ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia adolescente         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Primera parte.- Empezando a pensar distinto

   Fray Arnaldo

   Debo haber tenido unos diez años cuando murió la Hermana Clara. Era una figura muy querida, y lo sigue siendo, por cierto. Recuerdo muy vivamente la emoción que percibí en mi madre, aquella vez. Fue entonces que me decidí a entrar a la comunidad de los Hermanos Menores, los de Francisco, pero tuve que esperar casi siete años para poder hacerlo.
   Ya había pasado los treinta de edad cuando me remeció otra muerte franciscana. La de Buenaventura, un hombre joven, lleno de vida, que estaba haciendo un trabajo valiosísimo en el Concilio. Muchos dicen que lo envenenaron. Tiendo a pensar eso mismo, pues tras su repentina muerte, el Concilio se desinfló. Imposible saber quién puede haber perpetrado ese magnicidio. Por ese tiempo, yo estaba empezando a ser presbítero, y me estuve cuestionando mucho, hasta que logré asimilar bien la enseñanza de Francisco: A la Iglesia hay que renovarla desde adentro, y con amor. Si no, no se puede.
   Con motivo del funeral de Buenaventura, conocí al dominico Albert, un obispo alemán que había sido su maestro y amigo. Tuve oportunidad de conversar con Albert. Me ayudó mucho su manera de conciliar la sabiduría humana y la fe divina.
   Bastante después de mis cuarenta años tomé contacto con Pedro Olivi, franciscano también, y muy activo en la defensa del ideal de pobreza de Francisco. Es un tema complicado, hoy en día, cuando muchos franciscanos, a quienes llamamos "conventuales", han decidido dejar de lado esa pobreza, que consideran exagerada. Y no sólo la pobreza, sino también otros aspectos esenciales del testamento de Francisco.
   Olivi está siendo muy atacado por los conventuales, quienes son bien recibidos por la jerarquía. Ésta ha prohibido leer los escritos de Olivi. Dicen que es la cabeza de lo que llaman secta supersticiosa. Un seguidor suyo, Tomás de Tolentino, un muchacho joven, estuvo encarcelado por más de dos años.
   Este tipo de cosas se estaban viviendo cuando entablé amistad con Ángela, prima lejana mía, nacida en Foligno. Es una amistad desprovista de cualquier intento erótico, por supuesto. Lo que nos une es una inquietud espiritual. Ella es un poco menor que yo, pero mucho más alta y robusta.
   En un breve lapso de tiempo, hace ya varios años, Ángela perdió a su madre, a su marido y a sus hijos. Se encontraba en estado de gran confusión cuando un día se le ocurrió asistir a misa a la iglesia de San Feliciano, en Foligno, donde yo estaba presidiendo esa eucaristía. Quiso Dios que en aquella mañana yo estuviese inspirado, y mi homilía resultase buenísima. Puedo decirlo sin falsa modestia, porque el que me sopló fue el Espíritu Santo. El caso es que Ángela quedó tan impresionada que se me acercó a la salida.
   -Hola prima -la saludé.
   -Fray Arnaldo, quiero confesarme.
   Pues, fuimos al confesionario y ella empezó a hablarme de su vida, hasta terminar con llanto. Al final, se sintió consolada, y me adoptó como su director espiritual.
   Cierta vez, Ángela me preguntó, respecto a la comunión:
   -Si Dios está en mí, ¿por qué estoy yendo a recibir a Dios?
   -La única manera de saberlo es que se lo preguntes a Dios directamente.
   Varios días después ella sintió, efectivamente, la respuesta de Dios: "Una cosa no excluye la otra". Así me lo contó, y empezó a comprender lo que significa ser infinito.
   -Si pudiera, iría a comulgar todos los días -manifestó entonces.
   Ángela ingresó a la Orden Tercera y aprendió oración contemplativa, para la cual tiene gran facilidad. Progresó mucho, a tal punto que la insté a anotar todas esas palabras de Dios que ella sentía.
   -Para que no se te olviden -le dije.
   No tuve mucho eco porque ella no es aficionada a escribir. Me daba una pena atroz que la enseñanza divina se le escapara como agua entre los dedos. La mente humana no es capaz de retenerla sin ayuda de un papel y un lápiz. Le hablé de esto, en todos los tonos. Por último accedió a revelarme el contenido de su vida mística para que yo lo escriba.
   Así empezamos a hacerlo. Nos juntamos una vez por semana en la iglesia de San Feliciano. A la vista de la gente, porque si no, murmuran.
   Una vez, Ángela participaba en una escena teatral en la plaza. Se estaba representando la pasión de Cristo, y ella figuraba como una de las mujeres piadosas. Le habían dicho que tenía que llorar, sin embargo, lo que le pasó fue que se desmayó.
   -Muchos deben haber pensado que eché a perder la representación -me comentó después.
   -Al contrario -la tranquilicé-. En ti se dio una dimensión más real que el simple llanto.
   En eso, apareció el joven Ubertino de Casale, que está de visita por estos lados. Es un Hermano Menor, seguidor de Pedro Olivi.
   -Ven, Ubertino -lo llamé, y le presenté a Ángela. Ya le había hablado de ella antes, cuando él me pidió que le enseñara la oración contemplativa.
   -¿Yo...? -exclamé en esa ocasión-. Te llevaré hacia la persona indicada.
   Y aquí estamos, listos para programar unas pocas clases.
   -Ángela -le pedí-, por favor, ¿puedes instruir a este joven que quiere entrar en la vida mística.
   Ella se impresionó, pero no tardó en asumir su rol de maestra. A los pocos días, Ubertino ya tenía que volver a Florencia. Así lo hizo, muy bien preparado, pero antes quiso contarme algo, en gran secreto. Caminando en el campo, lejos de cualquier ser humano, y además en voz baja.
   -El mes pasado visité a Juan de Parma.
   -¿Qué? -pregunté, alarmado- ¿Te escuché bien?
   -Sí, Arnaldo. Te lo cuento a ti, pero por favor, no se lo vayas a decir a nadie.
   -No se lo diré a nadie. Puedes estar seguro.
   -Pedro me dijo dónde encontrarlo. Fui disfrazado de panadero.
   -No me digas dónde está Juan, mira que si me atrapan los torturadores..., prefiero no saberlo, simplemente.
   -De acuerdo. Además, prometí no decir lo del lugar de escondite.
   -¿Y cómo está Juan?
   -Está muy bien de salud, a pesar de su vejez, pero... triste. Él quisiera salir.
   -Lo comprendo.
   -¡Arnaldo...! Considera esto como secreto de confesión. ¿Ya?
   -Sí. Anda tranquilo.
   Muchos meses después volvió a mi pensamiento esta conversación que había tenido con Ubertino. Fue hace poco, cuando el franciscano Girolamo Masci asumió la jefatura de la Iglesia. Fue discípulo de Buenaventura, y también fue Superior de nuestra Orden. Como Papa, adoptó el nombre de Nicolás, igual que lo había hecho otro Papa anterior, muy distinto a él. Me refiero a Giovanni Gaetano Orsini, que había sido Inquisidor General, después de haber estado interviniendo a nuestra Orden, como supuesto "protector". No me explico por qué a ambos, tan opuestos, les vino bien el nombre de Nicolás.
   Bueno, el caso es que el Papa Masci, con la mejor intención, y creyendo que tenía más poder del que tuvo realmente, absolvió de toda culpa a Juan de Parma. Y le encargó una misión conciliadora con la iglesia oriental. Juan se puso muy contento, y se dirigió hacia Ancona, para embarcarse con destino a Grecia. Lo hizo con gran cuidado ya que, de todos modos, era prudente tratar de no ser detectado por algún secuaz de los inquisidores. Pasó a comer algo a un pueblito llamado Camerino, luego de lo cual se sintió mal, y murió al poco rato.
   No sé si tengo derecho a ser mal pensado. Sólo sé que sospecho la presencia de una mano negra.

         * * *

   Poco después de la muerte de Juan de Parma, me trasladaron a Asís. No deja de ser bello estar en la ciudad de Francisco y Clara, pero lamenté tener que interrumpir la anotación de la experiencias místicas de Ángela.
   Llevaba yo más de un año en Asís cuando sucedió algo notable en el templo de San Francisco. Estando muy cerca de ahí, escuché una bulla que venía desde el atrio, visitado por un grupo de peregrinos de Foligno. Una mujer daba gritos, en plena crisis de llanto, mientras varios Hermanos trataban de sujetarla. Acudí corriendo.
   -¡Déjenla! -grité.
   Al instante ella empezó a tranquilizarse, porque... me reconoció. Era Ángela. La llevé a una orilla y allí nos sentamos a que me explicara qué le estaba pasando. Lo hizo de una manera poco serena, diciéndome que entró en una especie de éxtasis cuyo gozo se terminó de repente por motivos desconocidos.
   Cuando terminó de tranquilizarse me despedí de ella, prometiéndole que muy pronto volveré a Foligno, pues yo estaba tratando de conseguir eso.
   El ansiado traslado me resultó meses después. Partí hacia Foligno, muy contento. Eso fue bueno porque me permitió continuar el trabajo con Ángela. Me gustaría que resultara un libro de todo esto.
   Me reuní con Ángela para reanudar las anotaciones, pero primero conversamos. Me contó que al llegar de vuelta a Foligno, esa vez, se quedó en cama una semana completa porque se sentía como apaleada. Y cuando se atrevió a salir a la calle, con la chica que la acompaña, ésta vio que Ángela se ponía como transfigurada. La chica se asustó, pero después todo pasó, y siguieron caminando.
   En otra ocasión, en la misa ocurrió una cosa extraña. Cuando levanté la hostia en la consagración, todos se hincaron, como hacen siempre, pero en cambio, Ángela corrió hacia adelante. Siempre se emociona mucho en esa parte de la misa.
   En nuestras reuniones de trabajo me propongo hacerla hablar. Su voz, a veces es fuerte, otras veces es suavecita. Para mí, es necesario conocer todo, ponerlo por escrito, examinarlo. No coloreo nada, pues su sabiduría no es fruto de estudio ni de pensamiento, sino de inspiración divina. Aunque sus palabras hubieran tenido poca belleza literaria, igual están muy bien para el documento que estamos elaborando.
   Al final de cada sesión le leo lo escrito, para ver si está conforme. Muchas veces he tenido que soportar sus enérgicas quejas cuando algo le parece mal. Es que yo no puedo sentir lo mismo que está sintiendo Ángela. Por ese motivo, tampoco lo puedo escribir. Me limito a poner en el papel lo que ella dice, pero esa poca cosa no es lo esencial. Es sólo un nombre que ella intenta dar a cosas que no lo tienen. Así, el escrito está resultando con limitaciones. Hacemos lo que podemos pero, tratándose de Dios, no tenemos manera de visualizar el fondo.
   Cierta vez, Ángela pidió al Señor una señal milagrosa. Después se dio cuenta de que la cosa no iba por ahí. Dios le ha dicho "Las señales que te doy son más valiosas que el obsequio buscado por ti. Te regalo sentir siempre el Amor cálido".
   Los dos entendimos con claridad el mensaje.
   -Murió Cunegunda -me contó una vez Ángela.
   -¿Quién es Cunegunda? -pregunté, un poco avergonzado por no saber.
   -La que fue reina de Polonia.
   -¡Ah! Ya recuerdo. Ella quedó viuda y se retiró a un pueblito, y fundó un monasterio de Damas Pobres de Santa Clara.
   -Sí. Y mucho más que eso. Tuvo una vida ejemplar.
   -Su vida se parece un poco a la tuya.
   -No, Arnaldo. Nunca fui reina, ni he tenido una vida ejemplar.
   -Pero, después que murió tu marido dejaste salir tu religiosidad.
   -Pero ella la dejó salir mucho antes.
   -Está bien, Ángela. Lo triste es que no existe Sumo Pontífice en la Iglesia.
   -¿Y eso, a que viene?
   -Pues, si hubiera habido uno, habría podido destacar la santidad de Cunegunda.
   -¡Ah! A propósito de eso, hace ya varios meses que murió el Papa Nicolás, y...
   -Y aún no se vislumbra la elección de uno nuevo.
   -¿Qué está pasando ahí?
   -Lo que pasa es que hay pocos cardenales. Además, casi todos ellos pertenecen sólo a dos familias. No han logrado llegar a un acuerdo. Si fueran tres familias, todo sería más fácil.
   -Quiera Dios que pronto se pongan de acuerdo.
   Por ese día, no seguimos trabajando. A la semana siguiente le pregunté, una vez más:
   -¿Qué has visto?
   -Vi la plenitud. No la sé describir. Escuché palabras de dulzura, que se alejaron suavemente.
   Cuando esa divina presencia se alejaba, Ángela gritó "No me abandones".
   La presencia le dijo "Nunca te alejarás de mí". Ángela le preguntó "¿Y si cometo pecado mortal...?". La divinidad le contestó "No fue eso lo que quise decir".
   A veces, Ángela mostraba a un Dios que maldecía, o que, al menos, mantenía muy escondida la misericordia. Yo le discutía, porque sé que eso no puede ser. Entiendo que es algo muy particular de ella, por las enseñanzas que ha recibido en la vida. Tuve que escribir eso porque es el libro de ella, en que ella enseña su manera de contemplar, y la forma cómo fue aprendiendo. El libro es meritorio, por sus aspectos grandiosos que quiero salvar para que no se pierdan. Cada cual tomará de él lo que lo haga vibrar.
   Hace un mes tuve que ir a Lombardía con otro fraile, por motivos pastorales. Durante el camino conversamos cosas, algunas bastante profundas.
   -¿Por qué Dios decidió crear al hombre?
   -¿Y por qué permite que pequemos?
   -¿Por qué no nos hizo virtuosos?
   -¿Y por qué su muerte con sufrimiento nos salva?
   Como no teníamos respuestas satisfactorias, decidí preguntarle a Ángela, y así lo hice, en cuanto llegué. Le repetí las preguntas varias veces, para que no se le olvidara alguna.
   A la semana siguiente, llegó con las respuestas:
   -Me acosté en el suelo -me explicó-, mirando hacia abajo, para hacer esas preguntas. Al final, no me di cuenta cómo me fui levantando, poco a poco, hasta empinarme con los brazos hacia el cielo. El Señor me respondió en forma muy clara.
   -¿Qué te respondió? -exclamé, ansioso porque ella estaba en silencio.
   -Que la persona humana necesita sentir la bondad.
   Me quedé pensativo, buscando en mi interior la relación entre esa respuesta y la inquietud mía. Ángela volvió al silencio.
   -¿Y algo más? -pedí, en voz baja.
   -El Señor me dijo que no necesitaba morir ni sufrir para salvarnos.
   -¿Y..., qué más dijo?
   -Me mostró que la verdad no tiene un comienzo ni un final.
   -Vi más respuestas -agregó Ángela para terminar- pero no las puedo expresar... Me faltan las palabras.

         * * *

   Por dos años estuvo vacante la sede papal. Hasta que un fraile benedictino de 80 años, llamado Pietro Damarrone, envió un mensaje a los doce electores instándolos a la sensatez. A los pocos días Pietro recibió la visita de unos obispos, embajadores del cónclave, notificándole que había sido elegido Sumo Pontífice. Se resistió un poco, pero tuvo que acceder. Se puso por nombre Celestino.
   Me sentí muy contento, porque imaginé que, por fin, terminaría la persecución a los franciscanos "espirituales".
   Cuando recién tenía unos 30 años, Pietro se había ido a una montaña y se quedó en una cueva, dedicado totalmente a la oración. Acudían muchos a consultarle. Le animaban a que recibiera el sacerdocio, a lo que accedió, un tiempo después. Así transcurrió su vida, y ahora, ya anciano, se ha visto obligado a cambiar drásticamente su forma de vivir. Montado humildemente en un borriquillo entró en Aquila, como Jesús en Jerusalén. Una vez que estuvo coronado, se fue al Palacio Real de Nápoles e hizo construir una cabaña dentro de sus habitaciones para vivir mejor la soledad.
   Efectivamente, el Papa otorgó un buen trato a los "espirituales", hasta donde pudo, con el ánimo de restaurar una iglesia pobre, pero encontró duros obstáculos. El rey de Nápoles intentó influir en sus decisiones, a veces con éxito. Por otra parte, Celestino no tenía las capacidades que se requieren para manejar una Curia intrigante e indómita. En particular, entró en conflicto con uno de los poderosos de la Curia, llamado Benito Gaetani, el más prepotente.
   Pietro estuvo sólo tres meses y medio como Papa. Renunció. Nunca se supo cuan libre fue su decisión de dejar el pontificado. Gaetani leyó el acta de abdicación, con disimulado júbilo. Dicen los rumores que él mismo había redactado el escrito.
   Con mucha presteza se eligió a Gaetani como nuevo Papa. Adoptó el nombre de Bonifacio, se trasladó a Roma, y revocó las reformas que había alcanzado a hacer el Papa Celestino. Éste intentó retirarse a tierras helénicas, pero fue detenido. Bonifacio dispuso que Pietro hiciera vida de oración y penitencia en el castillo de Monte Fumone, del cual no se le permitió salir nunca más. Allí murió Pietro, al poco tiempo.
   Bonifacio es un hombre de carácter fuerte, tremendamente autoritario y conflictivo. Con él, los franciscanos "espirituales" empezamos a sufrir nuevamente. Muchos, de entre los más activistas, se fueron a Grecia, buscando refugio.
   Los conventuales volvieron a tener mucho peso. Por esa razón, se me prohibió ver a Ángela. Le encargaron a un fraile joven, recién entrado, que me reemplazara en la redacción del libro. A él le tocó transcribir unas visiones de la pasión del Señor. Lo hizo con un lenguaje poco cuidado.
   Cuando recuperé mi lugar, unos meses después, mantuve en el libro lo escrito por este muchacho. No modifiqué nada, porque no pude comprender mucho del contenido, y porque el pobre fraile aprendiz hizo lo que pudo..., yo lo comprendo. Debe haber sido muy duro para él.
   Ángela quería destruir esos textos, porque esas visiones de la Pasión fueron dolorosas para ella. La dejaron en mal estado de ánimo. Yo insistí en dejar todo tal cual. Comprendí que fue bueno que las cosas se hayan dado así como se dieron. Ahora, el libro ya podía seguir. Creo que servirá para que sus futuros lectores aprendan a contemplar.
   Continué mi trabajo con Ángela, y también siguieron, por cierto, nuestros ocasionales desencuentros.
   Una vez, ella preguntó a Dios si es más grande conocer la divinidad en uno mismo o a través del entorno. La visión que me dio me resultó incomprensible, pero hacía sospechar que a Dios se le conoce mejor a través de la bondad recibida desde otros, cuando se la siente en uno mismo.
   "Claro", reflexioné, "el entorno ha sido creado por Dios..., incluyendo al prójimo". Quise saber más respecto a este tema tan importante que ella estaba tocando en su oración. Sin embargo, me dijo que no tenía nada más que agregar.
   Insistí en que me dijera un poco más, pues no le creí que no tuviera nada. Ella se enojó, y yo dejé la pluma para no tomarla más..., por ese día. Estaba muy molesto. Creo que me pilló en un mal pie, debido a alguna frustración que yo había tenido.
   El mal genio se me pasó muy pronto, cuando me enteré que Ramón Llull entró a nuestra comunidad de Hermanos Menores. Es un poeta misionero, que ha viajado mucho, tratando de aproximar el cristianismo a la cultura árabe.
   Seguí trabajando con Ángela. Me enseñó a hacer la señal de la cruz. ¿Cómo...? Que no hay que hacerla de prisa, sino atender primero a cómo estoy tocando mi frente, y después, poner mi mano sobre el corazón, y darme el tiempo para sentir el amor, en ese momento lo que siento es la presencia divina.
   Al final, surgieron enseñanzas notables. Por ejemplo, eso de que en algunas ocasiones la persona cree hallarse en el amor, pero está en el odio. Y eso otro, de la persona espiritual, en riesgo de caer en el engaño si se siente excesivamente segura de sus capacidades, que en realidad son limitadas.
   -Dios abraza el alma, con un amor y una dulzura increíbles -me dictó Ángela-; nadie lo puede entender si no lo experimenta.
   Con esto, quedó completo el libro, en lo relativo a la oración de Ángela. Empecé a tener más tiempo para mi propia oración, y también para adiestrar a los Hermanos que han ingresado hace poco.
   Por ese tiempo, murió la Hermana Margarita. La historia me la contó uno de esos frailes nuevos, proveniente de Cortona. Esta Margarita era hija de un agricultor que muy pronto quedó viudo, siendo ella una niña chica. No se llevó bien con la madrastra que tuvo. Optó por escapar de casa, adolescente aún, apenas tuvo un hombre con quien irse. Vivió feliz con él, hasta que lo mataron unos asaltantes. Desde entonces, Margarita se dedicó a hacer la caridad. Se fue a Cortona y fundó un hospital. Vivió como terciaria la segunda mitad de su vida.
   Otra muerte que lamenté mucho fue la de Pedro Olivi. Dejó una gran cantidad de escritos, los cuales corren peligro, ya que nuestros superiores quieren quemarlos. Con toda la rapidez que pude me fui a Florencia, y me las arreglé para encontrar algunas de sus obras. Las saqué a escondidas, y así logré salvar unas pocas.
   La vida siguió transcurriendo. Dos años después ocurrió otra muerte, lamentable por la forma en que se dio. La Inquisición hizo quemar en la hoguera a Segarelli, el que fundó la comunidad de los Hermanos Apostólicos. Es cierto que ésta cayó en desgracia por tener, no sólo el ideal de la pobreza, sino también el rechazo a someterse a la autoridad eclesiástica. Para la jerarquía, todo esto fue demasiado. Sin embargo, yo no creo que se justifique condenar a muerte al hombre que está en esa situación. Ni menos en esa forma cruel, por medio del fuego, como un infierno anticipado. No tenemos derecho. A mí, esto me violenta, pero no puedo decirlo si no es en voz muy baja.
   Para reafirmar este abuso, el Papa Bonifacio emitió una Bula afirmando que sólo son posibles la salvación y el perdón si la persona está sometida al Papa.
   Bonifacio ganó muchos enemigos a causa de su modo tiránico. Muy especialmente entre los reyes, pues intentó ponerles la bota encima. Tan odiado era este Papa, que un grupo armado atacó la sede papal y se llevó a Bonifacio. Lo mantuvo secuestrado hasta que dos días después otro grupo armado logró liberarlo. El Papa quedó en muy mal estado físico, y murió poco después.
   Mientras tanto, el libro de Ángela siguió creciendo, pero sin mi participación. Le agregaron cartas y exhortaciones. Finalmente, el libro fue aprobado por una comisión de Hermanos teólogos.
   En cambio, a Ubertino de Casale se le prohibió enseñar, y los superiores lo obligaron a retirarse al convento de Alverna. Al final, resultó mejor porque Ubertino ocupó el tiempo en escribir su obra mayor, una colección de teorías alegóricas relativas a la sociedad.

 

   Barlaam

   Me incorporé a un monasterio basilio cuando ya empezaba a acercarme a los treinta años. Decidí ponerme por nombre Barlaam, en vez de Bernardo, como me llamaba hasta ahora. Lo hice así, en homenaje a un antiguo monje ruso a quien admiro.
   Antes de venir a Constantinopla me dediqué a estudiar muchas cosas. Matemáticas, filosofía y astronomía, principalmente.
   Nací en la región italiana de Calabria en 1290, y fui formado en la religión cristiana ortodoxa, a pesar de haber vivido en un ambiente muy romano.
   Cuando niño, ya me gustaba aprender. Fui siempre muy preguntón, pues quería enterarme de todo. La guerra fratricida de Cruzadas parecía estar terminando. Ojalá no se reanude. Los últimos cruzados heridos se recuperaban en Rodas, atendidos por la hospitalaria Orden de los Caballeros de San Juan.
   Siendo ya un adolescente, escuchaba conversar a los adultos. Así fue como supe que había un nuevo Papa que se llamó Benedicto. Al poco tiempo murió sorpresivamente. Los adultos subían la voz y casi se iban a las manos, mientras yo escuchaba frases como éstas:
   -Murió comiendo unos higos que le habían regalado.
   -Entonces lo envenenaron.
   -¿Cómo se te ocurre?
   -Es lo que acostumbran a hacer con los Papas.
   Por niño que yo haya sido, entendí que lo más probable es que lo hayan envenenado. Supuse ingenuamente que iba a haber una investigación. No la hubo.
   Casi un año después, recién pudieron elegir un nuevo Papa. No se ponían de acuerdo franceses e italianos. Eligieron a un francés, que pasó a llamarse Celestino.
   El rey Felipe de Francia empezó a tener mucho poder. Más del conveniente, pues lo usaba en su propio beneficio. Por entonces, surgieron fuertes acusaciones contra los Templarios, una especie de monjes guerreros, que contaban con importantes propiedades.
   El Papa Clemente quería establecerse en Roma, pero no se lo permitieron. La sede se trasladó a Aviñón.
   -Suerte que el tesoro pontificio no está en Roma ni en Aviñón -así empezó otra conversación de adultos.
   -¿Dónde está, entonces?
   -Está en Asís, muy bien cuidado. En un lugar seguro.
   -¿Lo guardan los franciscanos?
   -No lo sé. Los franciscanos custodian los santuarios en Palestina.
   -Hace poco el Sultán de Egipto les permitió establecerse en el monte Sión.
   Así hablaban los adultos. Y el tiempo siguió transcurriendo.
   Yo tenía ya unos veinte años cuando el rey francés hizo que el Papa Clemente convocara a un Concilio en Vienne. Como resultado, se suprimió la Orden de los Templarios, que ya no tenía razón de ser, y se cedió su dinero a los caballeros hospitalarios. Sin embargo, después se supo que éstos no recibieron casi nada, a pesar de tener mucha necesidad. Sólo algunos de los reyes hicieron llegar los bienes a las órdenes hospitalarias.
   El Concilio condenó también un error que se estaba extendiendo mucho, incluso entre algunos Begardos. Era el error de postular que si se alcanza cierto estado espiritual, ya no es factible pecar; a raíz de esa creencia, había gente que le permitía al cuerpo todo lo que pidiera. Afortunadamente, begardos y beguinas siguen existiendo. Son laicos dedicados a la oración y la caridad, pero sin hacer votos perpetuos.
   Cuando murió el Papa Clemente, la demora en elegir un sucesor fue de dos años, porque seguía la disputa entre franceses e italianos. Finalmente, hubo acuerdo en elegir al Arzobispo de Aviñón. Pasó a llamarse Juan.
   Por ese tiempo, había tomado gran magnitud la antigua disputa interna de los franciscanos. Un sector de ellos, llamado "los espirituales", es más rígido, y muy apegado a las enseñanzas del fundador Francisco. Viven en pobreza, y en fidelidad al Evangelio. El otro sector, llamado "los conventuales" es más relajado. Han retornado un poco al mundo que en un principio habían rechazado.
   Un par de años después de haber asumido, el Papa Juan, hombre enérgico, y más preocupado de las finanzas que de ser pastor, tomó una decisión drástica, que a mí me disgustó muchísimo. Condenó la postura de los espirituales. El Ministro General de la orden franciscana, Miguel de Cesena se negó a aceptar el dictamen del Pontífice entrometido, aunque él mismo no era de la tendencia "espiritual". A causa de su indisciplina, fue excomulgado.
   Es que el Papa Juan llegó hasta afirmar, en cierta oportunidad, que Cristo y sus apóstoles habían sido hombres de gran riqueza. No me gusta escuchar eso, de labios de la persona que supuestamente conduce a la gente. ¿Hacia dónde nos quiere llevar? Sé que Cristo enseñó la oración a sus apóstoles.
   Ya llevo dos años en este convento, y se me han hecho muy cortos. He podido seguir estudiando, que es lo que más me gusta. Teología, filología, y he continuado con filosofía y otras materias me permiten entender mejor la vida. He logrado tener bastante prestigio en círculos eclesiásticos. Por un tiempo, hice clases en la Universidad. Pero, no era eso lo mío. Quisiera poder dedicar tiempo a la unión de los cristianos.
   En la región en que viví muchos años, es mayoritario el cristianismo romano. Se supone que deberíamos estar peleándonos, pero yo no veo que haya motivos para ello. Es más, pienso que sería bueno entendernos mejor y superar nuestras diferencias. Éstas no son doctrinales, sino administrativas. Cuando converso esto con los otros monjes, me miran como a un pájaro extraño.
   -¿Cristianismo romano... dices tú? -me preguntó un día el abad.
   -Ya sé que ahora está siendo galo... -me sonrojé.
   El abad se retiró con una ancha sonrisa, y me dejó pensativo. La jerarquía papal acostumbra a ponerse en situaciones impresentables. Yo entiendo que son seres humanos, pueden equivocarse, igual que uno. Pienso y pienso, pero no sé cuál va a ser la manera de unirnos.

         * * *

   Ya pasé los cincuenta años de edad, y he aquí que estoy teniendo serios problemas con el patriarca de Constantinopla. Todo comenzó cuando se me ocurrió trasladarme a esta bella ciudad, hace unos quince años. Yo era una persona conocida y respetada, a causa de mis escritos, y por eso fui bien recibido. Me puse a hacer clases en la Universidad. Todo iba muy bien, y llegué a ser abad en el monasterio de San Salvador. Fue entonces que decidí ir a conocer los monasterios del monte Athos, pues cuentan con un enorme prestigio.
   Ahí, en el Monte Athos, los monjes viven en pequeños grupos dentro del monasterio. Se permite la propiedad privada a nivel personal, además de contarse con un fondo propio del monasterio.
   Me impresionó bien un monje llamado Gregorio Palamás, abad del monasterio San Sabas, en Athos. Gregorio es seis años menor que yo, y también ha estudiado mucho. Fue formado en la corte del emperador Andrónico II. Además, es presbítero. Y es un sabio, pero no por ser tan sabio deja de ser testarudo. Eso sí, debo reconocer que también yo lo soy.
   Entablé una buena amistad con Gregorio y pasamos largas tardes intercambiando nuestros conocimientos. Al principio, con mucha sintonía, pero pronto empezamos a tener cambios de opinión.
   -El Espíritu Santo procede del Padre -manifestó en cierto momento, y como yo no le hice mucho caso, insistió:
   -No me vas a decir que procede también del Hijo, como dicen en Occidente.
   -Lo que yo creo es que no vale la pena pelearnos con ellos por algo que no sabemos.
   -Pues, ¡lo sabemos, Barlaam!
   -Calma, Gregorio, hemos de abandonar esa tendencia tan humana de tratar de comprender la naturaleza de Dios. Es algo a lo cual nuestro limitado pensamiento no tiene acceso.
   -¡Ah! Si tu pensamiento es más limitado que el mío...
   Preferí no responder a eso, pero seguí insistiendo:
   -El conocimiento se origina en la percepción de los sentidos.
   -¿Y...?
   -Por eso no podemos conocer a Dios.
   -¿Y que me dices del conocimiento místico?
   -Que es real, pero en forma simbólica solamente.
   -El conocimiento sobrenatural puede llegar a la visión de Dios, por la gracia del Espíritu. Es como la luz de la Transfiguración..., ¡la del Tabor!
   No nos entendíamos, pero de todos modos, este encuentro de pocos días fue cordial. Sin embargo, seguimos discutiendo por varios años, ya fuese en el monte Athos o en Constantinopla. Se me complicó mucho la vida por meterme en discusiones de nunca terminar, en temas excesivamente complejos para los seres humanos. En más de una oportunidad subimos el tono de la voz, pero nunca fue tanto como para irnos a los puños. Siempre nos tratamos con respeto. También conversamos mucho por la vía epistolar. Nuestros temas fueron siempre el conocimiento de Dios y el sentido de la experiencia religiosa.
   Gregorio defiende el método de meditación que él ayudó a fundar. Es el hesicasmo, lo que significaba calma y tranquilidad. Enseña la técnica de la mirada fija, con respiración regular y la repetición de una breve oración de Jesús.
   Pienso que estando Dios más allá de la experiencia sensible, no es posible conocerlo plenamente. Gregorio decía haber visto la esencia divina con los ojos del cuerpo. Nunca lo ha podido describir, pero eso no quiere decir nada.
   Mientras tanto, el Papa Juan quería hacer construir un palacio pontifical en Aviñón. Además, surgían tratados para el uso de los inquisidores. No andaba nada de bien la jerarquía cristiana.
   Al poco tiempo de llegar yo acá, el Papa Juan excomulgó a su enemigo, el rey alemán Ludwig. Éste recibió la solidaridad de mucha gente, los adversarios del Pontífice. El rey intentó poner un Papa paralelo, Nicolás, pero éste duró poco tiempo, y se sometió al Papa Juan. Después de mucho, el rey Ludwig intentó deponer al Papa Juan, pero tampoco tuvo éxito en eso.
   Entre tanto, murió el Papa Juan, y lo sucedió un cisterciense, que pasó a llamarse Benedicto. Tuve la oportunidad de conocerlo cuando el emperador bizantino Andrónico III me envió en misión ante el Papa Benedicto, ofreciendo una futura unión cristiana, ya que la gran tentativa anterior había fracasado en el Concilio de 1274. Esta pequeña nueva tentativa también fracasó porque lo que el emperador quería era ayuda contra los turcos.
   Gregorio Palamás tenía mucho prestigio, y no era fácil actuar en contra de sus postulados. De todos modos, lo hice, aunque con mucho respeto. Y aunque parezca un contrasentido, me comprometí a luchar por la unión de las iglesias cristianas.
   -Hay que estar de acuerdo con el pensamiento de los Padres -dijo Gregorio-. Es a través de ellos que habla el Espíritu Santo.
   -Jamás podré estar de acuerdo con eso, Gregorio. Recuerda que Jesús alabó al Padre porque enseña estas cosas a los más pequeñitos y no a los sabios.
   Gregorio me llevaba siempre a controversias teológicas muy complicadas. Yo trataba de que él no se elevara tanto en sus opiniones. Fue inevitable caer en esa famosa polémica de la procedencia del Espíritu Santo.
   -Ya que tú dices obedecer a los Padres -le dije-, ¿por qué no lo haces también en este asunto?
   -Un momento, Barlaam... Los Padres Ortodoxos no están de acuerdo.
   Efectivamente, el Patriarca de Constantinopla apoyó a Gregorio. En cambio, a mí me excomulgó. Opté por irme a Italia, pero pienso volver después que me prepare mejor.

         * * *

   Empecé a participar en la iglesia cristiana occidental. Al poco tiempo fui nombrado obispo de Gerace, por el nuevo Papa Clemente, que asumió a la muerte de Benedicto. He tratado de desempeñarme lo mejor posible como obispo, pero me cuesta muchísimo.
   El Papa Clemente consolidó la custodia de los Santos Lugares por parte de los franciscanos. Creo que eso fue algo muy bueno. Mientras tanto yo seguía tratando de ser un buen obispo, pero me llamaba mucho más la vida ascética contemplativa. Después de unos pocos años dejé el obispado.
   Mientras tanto, en una guerra, Gregorio fue hecho prisionero. Tras un par de años fue liberado. Nos encontramos nuevamente, y logramos conciliar nuestras posiciones, cediendo ambos un poco.
   Mientras Aviñón pasaba a ser un pequeño estado propiedad de la iglesia, yo decidí retirarme del mundo. Me fui a uno de esos inmensos riscos de Meteora, muy cerca del mayor de éstos, donde un monje, salido de Athos, había fundado un monasterio. Yo andaba en pasos similares. Elegimos este lugar, por ser de difícil acceso. Me instalé en el punto más alto del macizo rocoso que había elegido. Construí una capilla y una celda, además de una cisterna. Llevo más de un año en este lugar privilegiado, he podido hacer oración, no tengo seguidores aunque me encantaría tenerlos.
   Últimamente he estado tan enfermo, que decidí bajar al pueblo. Me acogieron bien, en casa de una familia cristiana humilde. He podido conversar, y así me enteré que Gregorio fue nombrado obispo de Tesalónica.
   A veces me siento mejor, y quisiera creer que voy a sanar.

 

   El confesor de la reina

   Aunque me llamo Juan, me dicen Nepomuceno porque nací en Nepomuk. Fue en tiempos del Papa Clemente, el sexto con ese nombre.
   A los siete años me enteré por casualidad de una noticia que estaba llegando al mundo adulto. Un dominico alemán, llamado Heinrich Seuse, había sido amonestado por hereje. Y más encima, se lo acusaba de haber tenido un hijo, lo que es considerado vergonzoso para un sacerdote. Yo no entendía mucho ni de lo uno ni de lo otro. Lo del hijo resultó ser una simple calumnia y nada más. Lo que yo quería saber en ese tiempo es a qué le llaman ser hereje. Y no iba a ser fácil averiguarlo.
   Al año siguiente, recién me atreví a preguntar. Las primeras veces que lo hice no obtuve más que evasivas. Algún tiempo después logré vislumbrar que un hereje es aquel que sostiene un concepto equivocado acerca de Dios. Entonces, supuse que este Heinrich habría incurrido en eso. Sin embargo, el asunto me dejó inquieto. A tan temprana edad, ya estaba pensando que había algo malo en todo esto. Y me dio miedo de ser también yo un hereje, pues no tenía nada de claro cómo es Dios, por más que me lo explicaban.
   En mi adolescencia llegué a la conclusión de que no es justo castigar a alguien por tener un pensamiento distinto al de la jerarquía.
   Cuando tuve la edad, estudié en la Universidad de Praga, y después, Derecho Canónico en Padua. Al mismo tiempo, trataba de averiguar qué habría pasado con Seuse en todos esos años.
   Casi terminando mis estudios, tuve la información. Seuse estaba viviendo en un convento en Ulm, en el sur de Alemania, quitado de la bulla.
   Me recibí de canónigo, y con tal título me atreví a ir a Ulm a visitar a Seuse. Me dejaron verlo, y conversamos un poco. No mucho, porque el viejo Heinrich estaba muy enfermo, próximo a morir. Me contó que él había caído en desgracia, años atrás, por seguir las ideas de su maestro Eckart Hochheim, quien estaba cuestionado. Sin embargo, a esta altura, Seuse ya está perdonado, y se restauró su prestigio, pero él no quiso salir de su encierro. Se dedicó a escribir, mientras pudo.
   Toda esta historia de Heinrich me tocó profundamente, y condicionó en gran medida la actitud que yo iba a tener en lo que me tocaría vivir.
   Por mi parte, yo me dediqué a predicar, y también fui ordenado presbítero, cuando estaba por cumplir treinta años.
   En ese tiempo tuve buena llegada en la corte. Hasta viví en palacio, durante varios años. En uno de ésos, la emperatriz de Bohemia, que se llama Juana, me pidió que yo fuese su confesor y director espiritual. Los pajes murmuraban, y nos decían los Juanes.
   El rey Wenceslao, esposo de Juana, es un hombre extremadamente celoso. Simplemente, desconfía de su mujer, y anda siempre imaginándose que ella podría serle infiel. No conmigo, por supuesto, si para él yo soy casi asexuado.
   Muchas veces me ha pedido el rey que le contara los pecados de doña Juana. Jamás accedí a decírselos.
   -Soy tumba -respondo yo, invariablemente.
   No es tanto por cumplir la obligación de sigilo, que se supone que los presbíteros tenemos impuesta, sino más bien por respetar la privacidad de la persona que confía en mí. Pienso que la buena relación matrimonial entre ellos no tendría que basarse en chismes de pasillo.
   La famosa obligación de sigilo está muy desprestigiada en estos tiempos. Hay criminales que toman el sacramento de la confesión como si fuera una carta de impunidad. Esto ha ocurrido más de una vez. Incluso, una muy grave..., un cardenal que envenenó a otro, se confesó con un tercer purpurado, y entonces... ¡aquí no ha pasado nada...! ¡No! Es que eso no puede ser. A mí no me vendrían con ese cuento. Jamás protegería a un asesino. En un caso así, no hay sigilo que valga.
   Por otra parte, también he sabido de más de un caso en que la manipulación ha ocurrido en el sentido inverso. O sea, algún presbítero abusador hace mal uso de la información privilegiada que ha logrado tener en una confesión, y en esa forma obtiene ventajas ilícitas a costa del pobre confesado.
   Tampoco caeré en eso, nunca, jamás. Sin embargo, el rey Wenceslao empezó a mirarme con malos ojos. Dejé de vivir en palacio, pero seguí confesando a la reina. Y estudié mucho. Fui nombrado Vicario General del arzobispado. Estando en este cargo sucedió algo que me trajo consecuencias desastrosas. Unos monjes eligieron como abad a uno de ellos, llamado Odelenus, y yo confirmé esa decisión, y lo acepté como legítimo abad. Hasta ahí, estaba todo muy bien, pero al rey Wenceslao no le gustó. Hasta en estos detalles se mete. Es que él quería poner en ese puesto a un conocido suyo.
   El caso es que fui a parar a la cárcel, por oponerme a los deseos del rey, el cual me odia. Creo que este caso del abad fue sólo un pretexto de Wenceslao, para tenerme bajo su pie, pues siguió preguntándome acerca de los presuntos pecados de su mujer.
   Fui sometido a torturas, hasta que la reina se las arregló para liberarme. Ella curó mis heridas. Y así, pude volver a predicar en la Catedral, aunque muy disminuido físicamente.
   Hace unos días, noté que me perseguían unos matones. Varias veces, después de esa, volvieron a estar muy cerca mío. Supongo que para amedrentarme. Hoy, vengo cruzando el río Moldava por el puente nuevo, el que está habilitado, aunque faltan aún unas terminaciones. Este puente se empezó a construir hace muchos años, cuando gobernaba el rey Carlos, que es el anterior a Wenceslao.
   Siento que me siguen. No es primera vez que tengo que correr, tratando de escapar. Otras veces lo he logrado.
   En cambio, ahora me están alcanzando. Entre varios me agarran y me tiran por el borde hacia el río . Voy cayendo, y me parece que el tiempo no transcurriera. No creo que salga vivo de esto.