ARISTODEMO                    Un lugar literario
Mi amiga Natalia         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   Mi amiga Natalia   (Del libro "La isla Tierra Tierra")

   La sombra oscura me perseguía donde yo fuera. Perseverante e implacable. Sólo a ratos se ponía tenue. Al acercarme a cada próximo farol, la sombra simulaba esconderse y después venía de nuevo a mí por el otro lado, más negra que nunca. No se despegaba de mis zapatos. Aunque me los saqué, la sombra seguía ahí, desafiante, enraizada en mis plantas frías.
   En cambio, las niñas juguetonas eran tan livianas que parecían estar a punto de salir volando. Tenían la fuerza suficiente para transformar la fantasía en realidad. Corrían contentas por las calles alegrando la noche, iluminadas por conos de luces. Se parecían mucho a las hadas, así como yo las he imaginado siempre. Reconocí en algunas de ellas a las amigas de mi infancia. No han envejecido como yo, o quizás alguien les permitió venir de cualquier edad que eligieran.
   Cuando éramos niños, yo molestaba a la más pequeña. Le tiraba las trenzas, y la pobre se enojaba mucho, y lloraba. Cuando creció, ya no peleé más con ella, sino que empecé a tratar de enamorarla. Se mantuvo muy esquiva. Sólo una vez me aceptó un beso.
   Fue justamente la chica la que me habló la otra noche, diciéndome que no apague la luz de mi corazón. Que me servirá para vencer el miedo. ¿Por qué me diría eso? Si antes no supe relacionarme con ella, cuando era el momento oportuno, después se transformó en un enigma.
   No todas vinieron como niñas. Algunas llegaron sumamente mayorcitas, y representaban a cabalidad los estragos del tiempo.
   Una de estas mujeres golpeó a mi puerta al día siguiente, y no la quise dejar entrar. Aunque la había visto muchísimas veces, siempre me despertaba desconfianza. Cuando trató de meterse por una de las ventanas de la sala de estar, tuve que bloquearla. Aproveché de clausurar también todas las otras ventanas. Como los postigos resultaron ineficaces, me decidí a clavar unas tablas a los marcos de madera, obstruyendo así toda posibilidad de ingresar.
   La mujer se alcanzó a filtrar por la puerta de la cocina, pero la eché a escobazos. Le di tan duro, que se alejó corriendo y se escondió en la oscuridad del frente, detrás de unos fierros, y de una persistente lluvia.
   Desde esa vez empezó a acosarme cuando me divisaba en la calle. Yo prefería apurar el paso. Su aspecto me causaba repulsión. Un día la enfrenté y le di un discurso golpeado. La amenacé con la fuerza pública. Finalmente, me dejó tranquilo por un par de días. Después volvió a la carga.
   -Déjame entrar, soy Natalia -me dijo esperanzada, como si su nombre fuera una ayuda. Al rato tuvo que desistir y se retiró con lentitud.
   Llegué a estar tan molesto que decidí ir a pedir consejo a Don Alcibíades. Siempre me ha parecido un viejo sabio, además de afable, sonriente, respetuoso de los demás, y lleno de comprensión. A veces encuentro que irradia bondad y ternura. Al menos, así era su retrato, en el cual aparecía muy elegante, y repleto de envidiable dignidad. Lo había pintado un amigo de su padre, en días agitados y atardeceres tranquilos. Sin duda, el pintor sabía plasmar en la tela colores virtuosos.
   Don Alcibíades dejaba entornada la puerta de su casa para que todas sus amistades pasaran libremente. También yo entraba, como todos los demás.
   Al cruzar la puerta ese día, me encontré una vez más con su retrato, metido dentro de un grueso marco dorado, pero a él mismo no lo vi en ninguna parte. Puede haber estado en alguna habitación interior. Me senté y me volví a parar varias veces. Después de un rato preferí irme, y volver al otro día bien temprano con intención de conversar libremente con este caballero. Así lo hice, pero como él nunca ha sido madrugador, tuve que conformarme con hablar a la imagen, colgada en el centro de la pared principal de la sala de recibos. Muchas veces he estado conversando así con el retrato de Don Alcibíades, horas enteras, sin aburrirme pero sin saber quién es él realmente. Todas esas veces me contestó desde su solemnidad, sin usar palabras.
   -¿Cómo puedo deshacerme de la bruja ésa? -le pregunté, y le conté que al principio no era tan fea. Parecía casi normal y hasta quise acogerla un día tomándola de las manos, pero no me animé ni a mirar esas manos.
   Don Alcibíades me miró desde el óleo y me pareció que arrugaba la frente.
   -¿Es talvez una víctima de circunstancias ajenas? -volví a preguntar-. En ese caso tendría que restaurar su dignidad, cumpliendo el mandato de amor al enemigo.
   -¿O acaso representa la maldad contra la cual debo luchar? -seguí preguntando a Don Alcibíades, y le expliqué que esta señora se ponía verde y azul, mientras sus ojos irradiaban una especie de odio. Yo quería expresar amor a través de los míos. Vencer el miedo en vez de salir arrancando hasta mi más lejano rincón. He tratado de sentirlo de ese modo, para transformarla a ella, y no ella a mí.
   El retrato me sonreía.
   -¿Quién me manda esta visita inhóspita? ¿Quién obliga a esta mujer a humillarse ante mí? ¿Y quién me obliga a mí a aceptarla o a rechazarla? -volví a preguntar. El viejo sabio me respondió sin palabras, desde su versión plana. Si hasta parecía mover los labios. Me dijo que ella ha venido a darme un mensaje, necesario para mí.
   -Entonces tendré que recibir ese mensaje -dije al cuadro, y salí de allí, preocupado. Ella venía a salvarme de algo, y yo no me dejaba.
   Natalia ha hecho cualquier cosa por encontrarme. Comprendí que debía resignarme a aceptar su presencia, amarla como era, o como parecía ser, en toda su inmundicia.
   Cuando pasé de nuevo frente a esta mujer de nariz afilada, rehuí al principio porque la noté tan sucia y con tantas miserias en su ropa. Después recapacité, y me propuse recibirla en mi casa. Lavarla, si es que me atrevía, a pesar de las prohibiciones de la sociedad. No es que a mí me importara faltar al pudor, pero supongo que a los demás les podría importar.
   El verdadero cambio en mí surgió al sentir que sería bueno hacer penitencia. Me propuse hacerla pasar cuando ella viniera. Le conversaría un rato, lo más amablemente que pudiera, aunque me costara hacerlo. Pensaba esto, no del todo convencido, pero con ganas de ser capaz. Dos días después, la mujer llamó a la puerta. Fui a abrirle y dejé que entrara. Ella no se lo esperaba. Entró con timidez, pero llegó hasta el fondo de la sala, con odioso aire de conquista.
   -Siéntese -le dije con dureza- y diga de una vez qué se le ofrece.
   Ella sonrió en forma patética, con su rostro horrible. Yo me senté un poco lejos, atemorizado, y queriendo que este trago amargo pasara pronto. Me di cuenta que ella no era una persona mala. Solamente me incomodaba, me era difícil soportar su mal olor.
   -No la retengo más, pero puede visitarme de nuevo -le dije, y me arrepentí acto seguido, pero ya estaba dicho. Ella se fue sin quejarse. No nos tocamos, pero nos sonreímos. Cerré la puerta y abrí las ventanas. Quedé bien conmigo mismo, sintiendo que había hecho la buena obra del día.
   Estaba atrapado. Nunca más podría echarla de mi casa, ni negarle una hospitalidad, aunque fría y penitencial.
   Era imperioso hablarle de esto a Don Alcibíades, a ver qué pensaba, qué me sugería. Yo había cumplido mi parte y ahora no hallaba cómo salirme. Esta situación me estaba hartando.
   - ¿Era eso lo que tenía que hacer ? ¿Me equivoqué ? - pregunté esta vez.
   El retrato me insistió en que recibiera el mensaje. Comprendí que no tenía escapatoria. Don Alcibíades siempre se las arregló para darme consejos desde su imponente figura. Empecé a pensar que era preferible venir a verlo en las tardes, cuando casi todos ya se hubieran ido. Yo esperaba que apareciera Don Alcibíades en persona. Pero, a esas horas no estaba en su casa.
   Tuve más encuentros con la extraña visitante. Ella jamás perdió la esperanza de ser mejor acogida. Y lo fue. Una vez que vino, hasta le di la mano. No la tenía muy limpia, pero no me importó tanto.
   -Dime todo lo que sabes -le pedí- ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Qué había en tu camino?
   Por su respuesta concluí que se había topado con puras basuras. Pude imaginar su trayecto azaroso, mientras ella se reía de mí, y se ponía fea otra vez.
   Me contó que por el camino tuvo que pasar toda clase de dificultades. Cada vez que ha venido se ha caído siempre en los mismos hoyos y se ha embarrado en los mismos lodazales. Es atacada por los mismos bandidos, y siempre logra escapar ilesa. Por eso, llega cansada, chascona, sucia, en estado lamentable.
   Con una increíble facilidad me dio a conocer exactamente todo el ámbito del cual proviene. Ha sido enviada una y otra vez por el Mago del Conocimiento. Desde que uno de sus añosos libros de más al fondo fue tocado por el sol. De ahí salieron todas las hadas. La de lluvia fina, la de diluvio, la de brisa, la de ventarrón, la del sol que quema, y la del tibio rayo del amanecer.
   Teníamos tendencia a hablar siempre las mismas cosas. Pregunté a Natalia si acaso visita a otras personas. Tuve la curiosidad de saberlo, porque creí que eso me ayudaría a conversar muchas cosas nuevas con ella. Pero, esa respuesta nunca me la quiso dar. Me entregó un papel. Supuse que era el tan esperado mensaje, probablemente trunco y con alguna distorsión, ya que esa página del libro, la que fue copiada por el sol y el agua en la piedra, llegó con algunos pedazos menos y otros tan embarrados que no se podía leer casi nada. Traté de descifrarlo como pude.
   La próxima vez que vino, mi amiga Natalia se había bañado y puesto perfume. Hasta se veía joven. Llegó en un momento propicio, ya que por la radio estaban tocando una música lenta, romántica. Después de una entretenida conversación, estuve dispuesto a ser un poco más cortés, y la invité a que bailáramos. Se puso contenta y me habló cosas bellas. Al sentir su cuerpo junto al mío me pareció que no estaba tan mal. Sin ninguna duda, la pobre estaba falta de cariño, y probablemente nadie le había puesto nunca la mano más abajo de la cintura.
   Me dije que, después de todo, ella ha sido buena conmigo. Y, por último, si algo le llegaba a parecer mal, volveríamos a esa prehistoria en que yo la echaba fuera de mi casa violentamente. No tenía nada que perder. Fue entonces que bajé la mano.
   Cuando empecé a incursionar debajo de su falda, yo no estaba todavía tan entusiasmado. Aun me sentía el tipo que le hace el favor a la dama. Pero, entonces todo cambió. Súbitamente la sentí exquisita. Ya no era yo un regalo para ella, sino que ella un regalo para mí. O ambas cosas al mismo tiempo. Ella no quería irse nunca más. Yo tampoco la habría dejado ir. Descubrí que era una mujer encantadora. Le regalé palabras de amor, y la besé, primero en la mejilla, después en la boca.
   Lo que sucedió cuando ella cerró sus ojos fue algo realmente milagroso. Su sonrisa se empezó a poner linda. Era el amor que la estaba transformando. Mientras la seguí teniendo tomada de las manos, la mujer rejuveneció. Su pelo blanco se tornó castaño. Sus arrugas se estiraron en forma armoniosa, casi imperceptible. Su cuerpo se transformó en el de una modelo. Todo su rostro adquirió la belleza en su expresión máxima. Con sus ojos, la princesa me dijo que me amaba. Y que la vida se le estaba yendo.
   No me di cuenta en qué momento empezó el temblor, como una suave mecedora que fue aumentando su ritmo hasta hacerse insoportable. Todos los adornos cayeron al suelo. Nubes de tierra y una bulla terrorífica nos asustaron y agrietaron los muros. Natalia salió escapando, y yo detrás, no pude alcanzarla. La busqué por estrechos callejones encerrados entre paredes de edificios que trataban de aferrarse al cemento que los fundó.
   Después de pasar por una arboleda de rojo follaje, dibujada por una naturaleza daltónica, volví triste y abatido. Supe bien por donde ir, pues en cada lugar que ya pisé alguna remota vez, parece que quedara como de otro color o de otra consistencia, como un surco, y pongo mis pies exactamente donde mismo.
   Durante los caóticos días que siguieron al sismo esperé con ansia una nueva visita de mi amiga. Hasta le envié fuerza mental, infructuosamente.
   Volví de nuevo a la casa de Don Alcibíades. Era realmente un gran señor. Y lo fue hasta el día del terremoto. Su casa tenía bastante solidez. En cambio, su retrato no tuvo tanta, pues se vino al suelo estrepitosamente y se quebró en miles de pedazos, quedando inutilizado. Nadie pudo evitarlo.
   Se dice en el pueblo que Don Alcibíades está procurándose un nuevo retrato. Mientras no lo traigan, la puerta de su casa permanece cerrada con llave. Está esperando mejor oportunidad. Habla por teléfono, con su voz de FM, cuidada con guantes de terciopelo. Hasta que llegue el cuadro, su verdadero contacto con el exterior.
   En mí, sigue estando la necesidad de hablar con Natalia, la mujer que me buscó hasta que me encontró, a pesar del tiempo que estuve sin tomarla en cuenta, sin verla ni escucharla.
   Vagué hasta alejarme de la ciudad. Al llegar a la costa vi a mi dama viajando sobre agua pura. En un bote celeste movido por la brisa del mar, iba de pie, expuesta a los eventuales ataques, sin ninguna clase de temor. Era una mujer muy bella, vestida de un blanco casi transparente como la luz del agua.
   La princesa pasó muy cerca mío y me dijo algo que no alcancé a escuchar. Con lentitud se fue alejando hasta esconderse en la niebla. Nunca más la vi.

   

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