ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia niña         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Séptima parte.- Aprendiendo a sobrevivir

   Máximo el Auténtico

   El calor estaba agobiante, más aún subiendo el monte Sinaí a mis 65 años de edad. Y peor todavía, sin saber si encontraría o no a la persona que andaba buscando. Se trataba de un monje llamado Juan, nombre bastante común.
   Por suerte, vi venir a alguien bajando, y con atuendo monástico muy parecido al mío. Se me acercó muy amable, y me saludó como Jesús:
   -La paz sea contigo, hermano.
   Después de contestar su saludo le pregunté directamente por un monje llamado Juan. Se rió y me respondió que conocía a tres con ese nombre y que viven en sendos pequeños monasterios, en diferentes sectores del monte.
   Le expliqué que el Juan que yo buscaba es uno que escribió "La escala del Paraíso". Y que justamente lo que yo necesitaba era que me hablara de su obra, pues los que la han leído, o por lo menos han sabido de ella, la han puesto tan bien, que decidí hacer este largo viaje.
   -¡Ah! Juan de la Escala. Así lo llamamos -me respondió, al tiempo que me mostraba con su dedo índice un puntito en una de las cumbres cercanas. Una de las más bajas, menos mal.
   Le agradecí haberme solucionado un problema. Nos despedimos, y partí por un angosto e intrincado sendero en la dirección indicada.
   Una hora después llegué, e hice sonar la campana especialmente dispuesta.
   -Buenas tardes. Mi nombre es Máximo -dije al monje que me acogió.
   -Muy buenas tardes.
   -Busco a Juan de la Escala.
   -Yo soy.
   -Loado sea Dios.
   -¿En qué puedo servirte?
   -Estoy interesado en La escala del Paraíso.
   Rió de buena gana, me hizo pasar y me ofreció quedarme unos días. De hecho, Juan se sentía bien por tener alguien que lo escuche.
   Me asignaron una celda de relativa comodidad. Dejé ahí mis cosas y, la primera actividad fue integrarme a la oración de Vísperas, y después, una comida frugal. Me quedé tres días, durante los cuales conversamos de todo. Primero, de la Escala.
   Juan había escrito "La escala del Paraíso" quince años atrás. Cada peldaño de su escala representa un paso concreto del camino del alma hacia la perfección. Al principio está la renuncia al mundo, en varios peldaños, para ir llegando progresivamente a la lucha contra los vicios y al desarrollo de las virtudes. Y en la cima, la unión con Dios por medio del Amor. Es como un libro de oración.
   Le hablé un poco de mí, que nací en Constantinopla, que estudié Teología y otras materias, y entré al monasterio no tan joven. Eso fue en el tiempo en que Sabiniano, que después fue patriarca de Roma, tuviera desafortunada actuación frente al patriarca de Constantinopla, quien sólo quería llevarse mejor con Roma. De hecho, yo también soy partidario de tener la mejor relación posible con Roma.
   Juan de la Escala me contó que llegó acá muy joven, y ya es abad, y no baja casi nunca al mundo. Así que fui yo el que habló más cosas, para poner al día a Juan con algunos de los acontecimientos que me ha tocado observar. Empecé por lo que para mí es el principio, cuando yo tenía un poco más de veinte años. Le hablé del brevísimo pontificado de Bonifacio el tercero. Mientras, yo tenía un alto cargo como funcionario del emperador bizantino Heraclio. Y dejé todo para ser monje, y nunca me he arrepentido. También llegué a ser abad, más o menos en la época en que empezó a predicar Mahoma. Pero, cuando los sasánidas invadieron gran parte de nuestra península, el monasterio en que yo estaba tuvo que trasladarse a Cartago, a un convento a cargo del abad Sofronio. Me dediqué a estudiar los escritos de Gregorio Nacianceno y de algunos pensadores que admiraban a Platón. Y también a escribir.
   -Adopté el modelo de Platón -expliqué-, en el sentido de que el propósito del ser humano es volver a la unidad con Dios.
   -Como lo decía Orígenes.
   -Sí, como el gran Orígenes, pienso también que la salvación es para todos.
   -El hombre -agregué- encuentra su totalidad en sí mismo, al superarse.
   -O sea, podría decirse que la encuentro en Jesucristo.
   -Bueno, sí, ése es un buen punto de vista.
   A continuación le hablé del martirio, o más bien dicho masacre, en el monasterio San Clodio, en León, hace algunos años. Primero mataron al abad Vicente, y después fueron al convento y mataron a su sucesor Ramiro, junto a doce compañeros.
   Lamentamos un buen rato eso, en oración. Después le conté que Sofronio fue nombrado patriarca de Constantinopla, y unos años después, los árabes se apoderaron de Jerusalén. Todo esto último, Juan ya lo sabía.
   Hasta aquí llegó nuestra conversación del tercer día. A la mañana siguiente, después del Laudes, emprendí el viaje de regreso. Mi aventura estaba terminando de buena manera. La disfruté intensamente.

         * * *

   Vivo una agonía insufrible. No sé por cuántas horas más, o quizás días, y hasta semanas.
   Todo empezó por una controversia teológica, de ésas que dividen con fuerza brutal al pueblo de Dios, y son por eso lamentables en grado sumo. Jesús nos advirtió acerca de esto, alabando a Dios por haber puesto el conocimiento en las almas más sencillas y haberlo negado a los sabios y supuestamente entendidos. Pero, una y otra vez los humanos caemos tropezando en la misma piedra, no sin la presión ejercida por los gobiernos que intentan uniformar el pensamiento.
   Desde hace un siglo, por lo menos, ya cayeron en desgracia los que pensaban que la naturaleza divina de Jesús había sido tan fuerte que había dominado a su naturaleza humana, anulándola. Y ahora, han vuelto a la carga diciendo que la naturaleza humana de Jesús no poseía voluntad, ni ninguna clase de energía para actuar. Eso es algo que no se puede entender bien, pero que choca al entendimiento, pues la voluntad humana de Jesús demostró con hechos ser muy fuerte. En el fondo, aquéllos intentan discernir si acaso podría haber habido conflicto entre lo que Jesús quiere en cuanto hombre, y lo que quiere en cuanto Dios. Para mí, es más fácil entender que Jesús actuaba con su energía humana, privilegiando la conducción según los designios de su voluntad divina.
   En ese momento, me fijé la tarea de conversar con los que piensan distinto. En su gran mayoría son personas valiosas, y si están o no equivocadas no lo puedo decidir yo. Lo esencial, para mí, es enseñar lo que he aprendido, y abrirme a lo nuevo, también. El diálogo es lo único constructivo, en este caso.
   La iglesia de Roma considera hereje a la iglesia de Constantinopla, y viceversa. Los gobernantes de cada lado intentan conquistar a sus adversarios alineándose con la posición teológica de su patriarca súbdito. Así, el asunto ha trascendido lo pastoral, para convertirse en un problema político. Y dentro de él, la disputa teológica de los patriarcas ha pasado a ser una de las tantas aristas del asunto.
   Hubo un patriarca de Roma, llamado Severino, en lucha con el emperador bizantino Heraclio. Duró pocos días el patriarca Severino. Murió cuando ocurría un saqueo en San Juan de Letrán. Poco después, Pirro, patriarca de Constantinopla fue depuesto por motivos políticos, y exiliado en Cartago, donde estaba viviendo yo, como abad de un monasterio. Yo había conocido a Pirro, años atrás, cuando estudiábamos.
   Visité a Pirro y le propuse debatir públicamente eso de la voluntad de Jesucristo. Lo programamos para la semana siguiente. Al evento concurrió un gran público. Fue un debate magistral el que tuvimos. Partí diciendo que no tenemos muchas posibilidades de comprender las cosas divinas. Pirro estuvo de acuerdo. De ahí, nos enfrascamos en una conversación constructiva, cada cual defendiendo su posición. Al final, Pirro aceptó lo de las dos voluntades. Terminamos amigos, y decidimos ir a Roma, y hablar con el patriarca, y dejar solucionada la controversia, de una vez por todas. Fuimos juntos, pero no alcanzamos a hacer mucho, pues Pirro se arrepintió de su retractación y volvió a Constantinopla. No supe qué presiones ha debido enfrentar.
   Por lo menos, se convocó a un concilio. A poco andar, el patriarca de Roma fue envenenado. Asumió Martín. El concilio siguió su curso. Participé en él. Triunfó la posición de Roma, que también yo he suscrito en todo momento.
   Como yo le encontraba la razón a los supuestos adversarios, fui repudiado por los bizantinos. A partir de ese momento yo pasé a ser una especie de traidor a la tierra en que nací.
   Pero, ¿cómo? Lo único que no traicioné ni lo haré jamás, es lo que Dios puso en mi corazón.
   Me dispuse a mirarme por dentro, con una pregunta: ¿Quién soy yo? Y también, mirarme por fuera, con otra pregunta: ¿Qué es el mundo? Avancé mucho en esta búsqueda y llegué a la conclusión de que las respuestas a esas preguntas siempre serán sólo aproximaciones que ayudan mucho.
   Hace nueve años fui apresado, y también lo fue el patriarca Martín, quien quedó primeramente en Constantinopla, y después desterrado. Murió al poco tiempo habiendo sido humillado y torturado.
   A mí me llevaron a juicio, o más bien dicho, lo que ellos llaman "juicio", en el cual me condenaron a prisión. Y hace poco, otro juicio similar, como resultado del cual fui cruelmente torturado. Me cortaron la lengua para que no pudiera hablar, y también me cercenaron la mano derecha para que no pueda escribir. Fue todo muy doloroso, y sigue siéndolo. Fui desterrado a la Cólquida, una tierra con valor mitológico para los griegos.
   Y acá estoy, en medio de grandes dolores, con mis heridas infectadas, y alta fiebre. Rezo con el salmo 22, como hacía Jesús en la cruz. No es que Dios nos haya abandonado, sino es una manera de aproximarse al ámbito divino, en medio de la aflicción.
   Trato de aprender a escribir con la mano izquierda, pues no quiero que me silencien. Y quiero escribir un testamento espiritual, muy breve, ahora que estoy por acceder al llamado del Padre.

 
   

Un convento singular

   Ha muerto Valerio. Estoy apenada, pues él era un hombre santo. Lo visité una vez, hace como nueve años, en su ermita cerca del castillo de la Piedra. Yo sabía que las ermitas se mantienen con las limosnas que dejan los peregrinos visitantes. Pero, lo que no sabía es que, en los pueblos cercanos a estas instalaciones básicas, hay clérigos que dedican tiempo a llevar las finanzas de sus ermitas.
   Me enteré de esto, de una manera dramática, esa vez que estuve hablando con Valerio. Me animé a ir porque su fama había trascendido las distancias, y quise estar cerca de la santidad, aunque fuera por un rato. También sé que la sociedad en que vivimos ve con malos ojos que una mujer visite a un ermitaño. Sin embargo, yo no quería topar en eso. Siempre trato de no dejarme llevar por prejuicios.
   -Me llamo Otilia -le dije-, y vivo en un convento.
   Me acogió con alegría, y con la mejor disposición.
   Le conté acerca de los problemas a la vista que tuve cuando niña.
   -Yo veía muy borrosas las cosas que estaban cerca, pero un poco mejor las lejanas.
   -Me doy cuenta que lo superaste.
   -Sí. Mi padre me envió a un convento de monjas. Debe haber sabido que ahí iba a sanar.
   -¿Y cómo lograste sanar?
   -Bueno... Sanar en alguna medida... Con mucha meditación, y con ayuda del agua de una fuente milagrosa que allí había.
   -¿Te quedaste en ese mismo convento?
   -Hace un par de años intenté volver a mi casa. Pero, mi padre quiso casarme con un gran señor..., que no era de mi agrado. Me escapé, disfrazada de sirvienta, y cuando pasó el peligro volví al convento.
   También hablamos algo acerca del concilio del anciano Agatón y de Sergio. Sólo pudimos compartir lo poco que sabíamos.
   -Fue el año pasado -acotó Valerio.
   -Sí. En Constantinopla.
   -El buen patriarca Agatón..., lo que más quería en toda su vida era mejorar la relación entre la iglesia de Roma con la de Oriente.
   -Tuve oportunidad de conocer a la hija de Agatón. Una gran persona.
   -Lo notable del concilio fue el haber ratificado lo de las dos voluntades.
   -¿Qué es eso de las dos voluntades? -pregunté.
   -Bueno, es algo complicado... Pero, en palabras simples..., se reconoce la voluntad humana de Jesucristo, quien vino a hacer la voluntad divina.
   -¿Y antes..., se estaban peleando por asuntos que no todos entendemos?
   -Algo así.
   -Hoy vendrá Sixto a buscar el dinero -me advirtió Valerio, después de una pausa-, así que será conveniente que no te quedes mucho más... Tú sabes lo que siempre imaginan respecto a las conductas de la gente.
   -¿Quién es Sixto?
   -Un clérigo administrador.
   -¿Y es confiable? -me atreví a preguntar, con extrañeza.
   -Para nada. El tipo me explota. Y le molesta que yo entregue limosnas a los que son más pobres que yo. Creo que pronto me iré de aquí a buscar un lugar mejor... Bello como éste, con luz y sol, apto para el recogimiento.
   Y como viéramos, desde lejos, que ya venía una persona, nos despedimos. Supuestamente me retiré, pero la curiosidad me retuvo, a unos cien metros de ahí, y me escondí detrás de unos matorrales.
   Observé cuando llegó el tal Sixto y habló algo con Valerio. No supe qué cosas se estaban diciendo, pero por los gestos se adivinaba una relación difícil entre ellos. Valerio le pasó al hombre una bolsa en la que debe haber estado el dinero, según imaginé. El clérigo miró dentro de la bolsa y se puso muy intranquilo.
   Estaban discutiendo airadamente. En cierto momento, Sixto le dio un golpe de puño al anciano Valerio, quien cayó al suelo. Al poco rato el abusador se fue. Cuando estuvo lejos, salí de mi escondite y corrí a atender a Valerio, que ya estaba tratando de sentarse en una piedra. Tenía sangre en su rostro. Se la limpié como pude, y traté de reconfortarlo.
   Conversamos un poco más, antes de retirarme. Estuve de acuerdo con él en que lo mejor sería que buscara otro lugar.
   Después de esa vez, no volví a verlo. Es que estábamos a mucha distancia.

         * * *

   Estoy a punto de morir. Aunque aún no he llegado ni siquiera a los sesenta años, una extraña enfermedad me ha atacado y me llevará hasta el Padre.
   Mi vida ha sido siempre como la de las monjas. Habitualmente en conventos, pues me ha sido permitido, con generosidad. Pero, también fuera de ellos, prestando ayuda a los enfermos y a los pobres.
   No sólo me he dedicado a la caridad. También he tratado de aprender las cosas divinas, aunque no tengo estudios formales. Busco por aquí y por allá. Y en la oración. Desde que recuperé la vista plena, o casi plena, diría yo para no pecar de exagerada, uno de mis máximos placeres ha sido la lectura. Además, me informo de lo que está pasando.
   Hace unos cinco años pasó por acá un joven presbítero apodado Bonifacio y predicó una vez en la plaza. Asistí fascinada porque es un hombre estudioso y sabe enseñar. De hecho, le encanta enseñar. Ésa es claramente su misión en la vida. Este Bonifacio estuvo pocos días, pues andaba de paso en su camino desde Inglaterra a Alemania, donde estaba destinado.
   Esa única plática de Bonifacio me enseñó mucho. Tanto así, que empecé a dedicarme a evangelizar a mi padre terrenal. Con paciencia y siguiendo la línea de Bonifacio, le he hablado a mi papá acerca de las enseñanzas de Jesucristo. Poco a poco fue entendiendo. Él es todo un señor feudal, y sin embargo, pudo entrar en la oración. La paz que sintió lo transformó. Importante en este camino de conversión fue mi mamá que, desde mucho antes, estaba intentando dar a su marido una formación religiosa.
   Hace tan solo dos años logré que el castillo de mi padre fuera convertido en una residencia piadosa, para la oración. Tal como un convento. Mis padres siguen viviendo en el castillo, de una manera monástica. Muchas niñas, discípulas mías se han venido a vivir a este castillo conventual. Desde acá, seguimos saliendo a socorrer a los enfermos. Mientras tenga vida, lo seguiré haciendo.

 
   

El hermano Marino

   Adriano
   El hermano Marino se ha enfermado, y de mucha gravedad. Acá en el convento todos tememos por su vida. Marino se ganó mi aprecio en estos pocos años que ha estado con nosotros. Desde el primer día, cuando vino con el hermano Eugenio, su padre, un verdadero santo que entró a Canobin cuando quedó viudo. Eso fue a fines de la década del 720. Marino tenía entonces catorce años, y es el monje más joven que hemos tenido.
   El abad no lo hubiera aceptado, por la edad, de no ser por los ruegos del hermano Eugenio, muy respetado por todos debido a su oración que era extraordinaria. Su espíritu se iba al cielo por tardes enteras y volvía con una sonrisa que me gustaría ser capaz de dibujar. Trató de enseñarnos la oración contemplativa, sin mucho éxito porque, o él no sabía enseñar, o nosotros no sabíamos aprender.
   Marino, sí que aprendió. Y se transformó en nuestro profesor. Fue algo increíble, cómo un niño nos acercaba a Dios.
   Marino tenía una especial belleza, quizás debido a que estaba en plena adolescencia. Si parecía que aún no salía de la niñez. Está mal que yo lo diga. No quiero parecer un pervertido sexual, pero..., Marino era bonito. Hablo en pasado porque ya no es tan lindo. El sufrimiento ha hecho estragos en él. Ahora, cuando lo veo en su cama, consumiéndose por la fiebre, me parece estar viendo un anciano, aunque todavía no llega a los veinte años. Limpio su frente con un pañuelo y lo ayudo a beber agua. Necesita mucho líquido.
   Antes que él llegara a Canobin, era yo el monje más joven. Hicimos amistad desde el primer momento en que llegó. Me encariñé tanto con él, que el abad me empezó a mirar feo, y a los pocos días me llamó a su oficina. Me habló con mucha fuerza. Le tuve que explicar que yo siempre he sido muy hombre, y que no tengo ninguna intención de ir en contra del sexto mandamiento.
   -Más vale así -replicó.
   Después de esa ingrata conversación me fui a mi celda, muy contrariado. El abad no quería que yo fuera amigo de Marino. Está bien, pensé, y le ofrecí al Señor el sacrificio de no verlo mucho. No lo cumplí, porque Marino me buscaba para conversar. A escondidas, claro, si no estaba permitido para nadie, no sólo para nosotros.
   Cuando murió el hermano Eugenio, fue un golpe duro para Marino. Lloraba tanto, que le presté mi hombro. Sus lágrimas quedaron en mi hábito. Yo no sé cómo puede llorar tanto. Es que es tan niño aún. Esa vez, el abad me volvió a llamar la atención. Tuve que defender nuevamente mi integridad moral. Es que acá en el convento no es bien visto tener un amigo. Eso me ha dificultado la vida de oración, porque tengo que inhibirme y encerrarme en mí mismo, lo que no me hace nada de bien.
   Es demasiado rígido el abad. Y exigente. Con Marino, al principio no lo fue tanto, pues tuvo en cuenta su edad. Hasta que ocurrió aquello.
   Un pecado muy grande tiene que haber cometido Marino porque lo echaron del monasterio. Fue una cosa atroz. El abad lo repudió, a tal punto, que Marino no pudo ni siquiera entrar al convento, para nada, durante más de un año. Se lo veía al lado de la puerta pidiendo limosna. Todos los días le llevé algo de comer, lo que había escondido antes, durante el almuerzo. Mi pan, o mi fruta, eran para Marino.
   Cada cierto tiempo yo le suplicaba al abad que recibiera a Marino, que lo perdonara, que él es un buen muchacho. No es fácil convencer de algo a este señor. Nunca me dijo qué tan gran pecado cometió Marino. Se lo pregunté a varios monjes. Nadie lo sabía a ciencia cierta, pero el rumor más insistente se refería a un presunto amor que él habría tenido con una niña del pueblo. Yo no quería creerlo. Jamás pude imaginar siquiera a Marino tratando de conquistar a una niña. Cuando escucho esas versiones se me revuelven cosas, me tenso. Es como si el demonio me obligara a sentir celos que yo rechazo con todas mis fuerzas.
   Es que no puedo creerlo..., y no quiero creerlo. Los hermanos me dicen que soy ingenuo, que Marino estuvo metido con una niña, y la dejó embarazada.
   Seguí yendo afuera a llevarle a Marino mi pan y mi fruta, cuando había. También le he llevado ropa que me han regalado. El pobre pasaba frío. La mía le queda un poco grande, pero no importa. El me lo agradeció con unos ojos maravillosos. A veces conversamos. Le pregunté que cuál fue su pecado. Me respondió de una manera que no me aclaró nada. Me dijo que su pecado fue necesario para estar más cerca de Dios. No entiendo. No pudimos seguir hablando pues me pilló el abad y fui castigado con ayuno obligado por tres días. Me quedé pensando en lo que me dijo Marino. ¿Acaso el fin justifica los medios? ¿Acaso Dios quiere que pequemos? Me pongo en oración y le pregunto eso a Él.
   En las últimas semanas de su castigo, Marino estaba acompañado de un niño. Apenas puede cuidarse él mismo, y tiene además que ocuparse de un niño pequeño, que aún es un bebé.
   Recién entonces empecé a aceptar que Marino puede haber estado en amores. Un día le pregunté:
   -Marino, ¿quién es este niño?
   -¿Te gusta? -me preguntó- dime si no es encantador.
   -Sí, que lo es, pero ¿de dónde lo sacaste?
   -Fue abandonado por su madre.
   Nunca he querido indagar mucho. Pero, si Marino fue castigado con tal dureza, ha de haber pasado algo. Miré al niño, tratando de encontrarle un parecido con Marino. No le noté ningún rasgo de Marino.
   Soy tan porfiado. No quiero creer lo evidente.
   Hace ya casi un mes que hablé con los otros hermanos, respecto a traer de vuelta a Marino. Me apoyaron. Cada uno habló con el abad, hasta que se ablandó. Permitió que volviera, con ciertas condiciones.
   También llegó con él el niño. Se llama Fortunato. Marino tendrá que limpiar las letrinas, siempre él, ya no habrá turnos. Y lustrar todas las sandalias. Alcanzó a hacerlo por unas semanas.
   A poco de llegar cayó enfermo. De esto, hace ya varios días, y estoy cuidándolo. Se me ocurre que morirá en cualquier momento. Está débil y tiene muy mal los pulmones.
   A ratos puedo dormir un poco. Por mí, no me despegaría de su celda. Trato de estar el máximo tiempo que puedo.
   Su respiración es agitada. Intenta hablar, pero no le salen las palabras. Le tomo sus manos y le doy ánimo. Se está yendo, no cabe duda.
   Hacía unos ruidos con la garganta, pero ya no. Ni tampoco se mueve su tórax. Me acerco más. Pongo mi oído en su pecho. No escucho latidos en su corazón. Marino ha muerto. No puede ser.
   -¡Marino ha muerto! -grito con desesperación.
   Llegan corriendo todos los hermanos. Tengo una pena terrible. Llega también el abad.
   -Murió -dice fríamente el abad, y agrega, dirigiéndose a mí-. Ordenaré un ataúd. Mientras tanto, vístelo. Mañana lo enterraremos, lejos de aquí.
   El abad se retira y me deja más apenado aún. Quiero ponerle el hábito a Marino. Sí. Un hábito de monje es la ropa que deberá vestir en esta ocasión solemne.
   Aún está tibio, según siento cuando le saco el pijama. Tiene una faja en el pecho, la cual está muy apretada. Este Marino, hasta el final con sus penitencias. Está tan apretada la faja, que no se la sacaré. El pantalón arremangado deja ver sus piernas lampiñas. Levanto un poco a Marino para retirarle el pantalón del pijama.
   -¡No! No puede ser -me hablo a mí mismo, más que sorprendido, consternado. Ahogo un grito. Es que su desnudez es distinta a la que me había imaginado. Veo su vello púbico, como un triángulo negro que termina en unos labios absolutamente femeninos. Marino es, en realidad, Marina.
   No puedo soportar la emoción que me tiene tomado. Se me escapan las lágrimas, primero unas pocas, después un torrente. Lloro con hipos, en tal forma que..., otra vez están llegando todos los hermanos.
   El abad se hinca a mi lado, y también llora.

   Marino
   Me dio mucha alegría cuando entré al convento con mi papá. Accedí de muy buen grado, no sólo para estar cerca de él, sino también para poder tener una vida monástica.
   Cuando él me cortaba el cabello muy cortito yo me puse contenta, a pesar de que adoraba mi pelo largo. Es que en la vida hay cosas más importantes que el cabello.
   Durante unos pocos años he sido muy feliz en Canobin.
   Adriano es un tipo espléndido, buen mozo, además de dulce y atento. Es un gran amigo.
   Mi vida se complicó cuando me tocó ir al pueblo con otros monjes. No iba Adriano. Tenemos que turnarnos para ir al pueblo en un carretón a comprar los víveres. Es una actividad agradable, que sirve para salir de la monotonía diaria.
   Lo único que no me gusta de esas salidas es que las mujeres me persiguen, pero también me da risa.
   La niña de la hospedería, hija del dueño, me molesta mucho. Claro, creyendo que yo soy un muchacho, quiere llevarme a su cama, a toda costa. Le expliqué que soy un monje y que no me permiten andar por ahí con mujeres. Ella no comprende. Me insulta y cree que puede tentarme dejándome ver sus muslos, y abriendo su boca como frutilla. Yo me río. Si ella supiera que soy niña, no hallaría dónde meterse. De repente, me dan ganas de decírselo, pero no lo haré. Lo más sagrado es mantener la promesa hecha a mi padre. Jamás me dejaré descubrir.
   Y no soy el único objetivo de esta muchacha. La he visto coquetear también con varios hombres, incluyendo al militar aquél, el único que le hace caso. Yo veo cómo se deleita con ella.
   No me gusta ir a esa hospedería, pero es la única que hay en el pueblo, y cuando se nos hace tarde tenemos que quedarnos porque sería peligroso viajar de noche por esos caminos llenos de delincuentes.
   -¡Hermano Marino! -una voz en el pasillo del convento, en este mismo instante, me saca de mis reflexiones.
   -Ya voy -digo, subiendo un poquito la voz para que me escuchen, y salgo de mi celda.
   -¿Qué pasa? -pido una explicación.
   -El abad te llama.
   -¿A mí? -pregunto sin esperar respuesta, y me dirijo a su despacho. No tengo aprensiones porque sé que él me estima. Golpeo antes de entrar.
   -Pase.
   Abro con lentitud la puerta, entro a la oficina del abad y lo miro. Está enojadísimo. Igual, me trata con mucha deferencia. Alguien más está con él, y yo lo conozco. Es el dueño de la hospedería. Le tiendo la mano con una sonrisa, y no me hace caso. Sigue sentado, y con muy mala cara.
   -Siéntese -me dice el abad.
   Así lo hago, en la única silla desocupada. El abad me empieza a hablar, muy serio.
   -Yo sé que usted ha tenido siempre un buen comportamiento. Tengo plena confianza, pero este señor me ha venido a decir algo, y tengo que cerciorarme, por eso es que le pregunto. Así, aclararemos todo.
   Sigo esperando que me pregunte algo, y lo único que le escucho, después de un rato es:
   -¿Y?
   -No sé de qué me está hablando -le digo con sinceridad.
   -Mire, la hija de este caballero está embarazada. ¿No lo sabía?
   -No. No tenía idea.
   Un silencio espeso e incómodo se produce de inmediato. Me imagino que querrán que yo acuse a alguien.
   -No sé quién puede haber sido -digo, y me arrepiento de haberlo dicho, porque es casi como inculparme. Eso me puso nerviosa.
   -Quiero decir -rectifico, después de otro silencio-. No puedo acusar a nadie.
   Fue para peor. El hotelero está desesperado. Se levanta de la silla, y se vuelve a sentar. El abad, muy molesto conmigo.
   -Necesitamos descubrir al seductor. ¿Fue usted? -pregunta ahora, de un modo directo.
   Me quedo callada, sorprendida. Es que ellos no saben que es imposible que haya sido yo. Sería tan fácil para mí demostrar mi inocencia.
   -La niña lo ha acusado a usted -me confirma la sospecha el abad.
   Casi me levanto el hábito, ofuscada, pero logro contenerme. No. No puedo revelar mi secreto. Se lo prometí a mi padre. Además, no podría continuar en el convento. No sé qué haría en un caso así. No tengo a quién recurrir. De cualquier forma, Jesús nos ha dicho “La verdad te hace libre”. Tendré que renunciar a todo, y revelar el secreto. Estoy pillada. No tengo escapatoria.
   -¿Tiene algo de qué arrepentirse? -insiste el abad, con una sabiduría tan enorme que, creo que él mismo no es capaz de manejarla.
   Intento hablar pero no me salen las palabras. ¿Dónde está mi fidelidad? No puedo saberlo. En fracción de segundo se me viene la imagen de la Virgen María enterándose de que tendrá un niño, sin haber tenido relación sexual. Pero, si eso es lo que me está pasando a mí ahora. Esto es como una Anunciación.
   -Puedo hacerme cargo de la criatura cuando nazca -es lo único que atino a decir.
   -No ha respondido a mi pregunta -me grita el abad, que ya me cree culpable.
   Ahora, miro a través de mis lágrimas. Me da tanto miedo, que quiero decir la verdad. Lo intento. Me hinco ante mi superior. El hotelero me desprecia.
   -He cometido un pecado -digo, tratando de mantener la serenidad, y pensando en la mentira con que entré al convento-. Rece por mí, que yo haré penitencia.
   Lo único que quiero es que me pregunten qué pecado. Sólo así tendría la presencia de ánimo para seguir confesando. Ya sé que tendré que mostrar mi intimidad, pero no lo haré ante ojos extraños. Pediré que el hotelero salga de la sala.
   El visitante pone cara de cantar victoria.
   -¿Podemos hablar a solas? -pido al abad.
   -No. Es mejor que confiese, ya.
   Estoy entregada, como un Jesús ante un Pilato y un Caifás. Recuerdo su oración en el huerto, antes de ser apresado. Yo tampoco me tomaría este cáliz, pero ... que se haga la voluntad de Dios... Prefiero guardar silencio.
   -No podrás seguir viviendo en este monasterio que has deshonrado -fue la rápida sentencia.

 

   

Tarasio

   Estoy presente en un encuentro entre mi padre y el sabio Juan de Damasco. Ocurre acá en Constantinopla, mi ciudad natal. Ya han transcurrido un poco más de siete siglos desde que murió Cristo. Aunque tengo sólo quince años, quise acompañar a mi padre porque quería conocer a ese hombre sabio famoso. Me fue permitido porque así me instruyo en las cosas religiosas.
   -Has sido muy amable al recibirme, entre tus muchas actividades -le dijo mi padre al ilustre Juan.
   -Para ti siempre tendré un tiempito, Jorge.
   -¿Cómo estuvo ese viaje?
   -Muy bien. Aunque un poco largo y cansador, a mis setenta años...
    Este Juan de Damasco es un viejo simpático, poeta, lleno de historias, y además es presbítero. Él fue el que más habló en esta reunión, y yo me limité a escuchar solamente. Nos habló de su infancia, con Yazid, su compañero de juegos. Y de sus estudios de teología y de su predicación. Y de cómo entró a la vida monástica a los 35 años.
   Nos cuenta que antes de eso había estado participando, por muchos años, en cargos políticos, hasta que se hastió y sintió el llamado de Jesucristo.
   El presbítero Juan de Damasco defiende el culto de los íconos. En tres ocasiones ha elaborado escritos importantes, al respecto. De esto hace ya casi veinte años. Sin embargo, no ha tenido suficiente eco, como dice él, y sigue primando en la iglesia la idea de prohibir los íconos, porque se prestan para que la gente adore imágenes.
   -Pero, es que no tiene por qué ser así -reafirma Juan, con énfasis.
   Mi padre está de acuerdo, y yo, por lo menos diría que los íconos son bellos y sirven para visualizar aquellas realidades que no tienen presencia física hoy.
   Cuando llegó el momento de retirarnos, nos despedimos con cordialidad.
   -Adiós, Tarasio -me dijo Juan, y yo me sentí tomado en cuenta, una vez más, como antes cuando nos relacionábamos con personas importantes, debido al cargo de juez que tenía mi padre.

         * * *

   Esta vez estoy en otro encuentro importante. Han pasado muchos años, y ya tengo 53. Mi interlocutora, es nada menos que la Emperatriz Irene, que tiene treinta años. En realidad, es sólo Regenta temporal, mientras su hijo aún es niño. Éste se llama Constantino, como varios de sus ilustres antepasados, y será Emperador cuando alcance la mayoría de edad.
   Irene es una mujer bellísima. Nació pobre, en Atenas.
   Como motivo de esta entrevista, ella me está proponiendo ser su secretario. Para mí, es una gran noticia, siendo ella la jefa de la iglesia cristiana, tener un cargo cercano me permite aportar pastoralmente, lo cual es una de mis aspiraciones. La Iglesia ha estado, por largo tiempo, conducida por políticos más que pastores. Espero poder restablecer la conducción pastoral de la iglesia, en la medida de lo posible.
   Acepto encantado el puesto de secretario. Irene me tiene mucha estimación, y también yo a ella.
   Conversamos varios asuntos, especialmente acerca de los íconos, un tema que nos ha tenido muy tomados durante toda la vida.
   Hace unos treinta años hubo un sínodo en que se prohibieron las imágenes. Tanto a Irene como a mí, nos parece muy mal que se haya hecho eso, y esperamos revertirlo lo más pronto que se pueda.

         * * *

   Llevaba yo un año de secretario cuando Irene me nombró Patriarca de Constantinopla. He tratado de desempeñar ese cargo de la mejor manera posible. De hecho, mi vida personal ha sido muy sencilla, a pesar del lujo que se respira en los altos cargos en que he estado.
   Cuando tenía dos años de patriarcado organizamos con Irene un concilio, acá en Constantinopla. Pero éste fracasó porque el ejército se tomó el templo de la Santa Sabiduría. El concilio tuvo que postergarse para el año siguiente, y se llevó a cabo en Nicea, y contó con la presencia de los legados de Adriano, Patriarca de Roma.
   Tras fuertes discusiones, esta vez triunfó nuestra posición a favor del culto de las imágenes, para venerar lo que representan. En todo caso, se dejó claramente estipulado que no se debe adorar las imágenes en sí mismas.
   Además, ocurrió algo buenísimo: Un alto grado de conciliación entre la iglesia de Oriente, con la de Occidente, que siempre tienden a dejarse llevar por incomprensiones.
   En cuanto al Imperio, empezó a pasar por etapas nefastas. Desde el momento en que al joven Constantino le correspondía asumir como Emperador, y su madre no quería dejarlo todavía, talvez porque ya se notaba claramente que el tipo era inmaduro, y que no tiene las condiciones necesarias para gobernar. Fue así como los seguidores de Constantino, que ya se estaban preparando para tener cargos importantes, se sintieron estafados, y dieron un golpe. Impusieron como emperador a Constantino VI, y apresaron a su madre. Este nuevo emperador sacó a su madre de la prisión, y al poco tiempo, logró que se le permitiera volver a la corte.
   Algunos años después, los que habían estado gobernando antes, con Irene, vieron que ya era su momento de recuperar el poder. Más que nada porque el gobierno de Constantino VI dejaba mucho que desear. Lo derrocaron y lo asesinaron. Se produjo una anarquía durante unos días, en que Irene estaba muy apenada y rechazaba a esos antiguos seguidores. Por fin, ella se sintió como para hacerse cargo del gobierno, y nadie le puso dificultades en ese momento.
   Muy poco tiempo después, Carlomagno se constituyó en Emperador, y jefe de la iglesia. Irene fue desterrada a la isla Lesbos.
   Yo siempre intenté que en la iglesia hubiera más pastoreo que política. Esa fue la lucha desigual en la que estuve con paciencia y perseverancia, y con oración, pero con poco éxito.
   También he dedicado gran esfuerzo en socorrer a los pobres.
   Hace pocos día ha muerto Irene. Para mí, ha sido una gran pena.

 
   

Metodio

   Metodio es mi sobrenombre. Me lo puso mi hermano menor, cuando éramos niños. Y yo a él lo llamé Cirilo, también un sobrenombre. Ambos seguimos llamándonos así, toda la vida.
   Nacimos en Tesalónica. Yo, once años antes que él. Nuestro padre tenía una gran biblioteca, con libros de los Santos Padres, especialmente Gregorio Nacianceno, que se transformó en mi favorito, ya que leí mucho, así como también lo hizo después Cirilo.
   En cuanto finalicé mi educación me dediqué a la administración pública en Macedonia. Llegué a ser gobernador de la provincia de la Macedonia interior. Sin embargo, a la edad de 35 años decidí dejar el modo de vida mundana, y tomé los hábitos en el monasterio que se encuentra en el monte llamado "El Olimpo Bitinio".
   Por su parte, Cirilo fue enviado a estudiar a Constantinopla desde los catorce años. Uno de sus profesores fue Focio. Yo también alcancé a tener a Focio como profesor, un par de años, pero Cirilo mucho más.
   Cirilo se convirtió en bibliotecario en el Patriarcado de Constantinopla. Durante algún tiempo enseñó Filosofía, su materia preferida, en una escuela de Constantinopla, pero al poco tiempo dejó la docencia y se vino al monasterio del "Olimpo Bitinio". Acá nos dedicamos al ayuno y a la oración. Y a observar cómo va transcurriendo la vida.
   El patriarca de Constantinopla, llamado Ignacio, cayó en desgracia por negarle la comunión a un tío del joven emperador Miguel. Poco después de eso, fue destituido. En su reemplazo asumió el profesor Focio, un hombre muy preparado. Ese mismo año, Nicolás asumió el patriarcado de Roma.
   Quiso Focio ser reconocido por Nicolás, y por eso éste envió a Constantinopla sus legados para averiguar bien la situación, que le estaba pareciendo irregular. Muy rápidamente, y sin mayor trámite, los legados confirmaron a Focio como Patriarca de Constantinopla. Sin embargo, a Nicolás esto le pareció muy mal, y decretó que debía reponerse a Ignacio.
   Focio respondió indignado, y obtuvo el apoyo de los demás patriarcas orientales. Se produjo, de esta manera, un nuevo y fuerte distanciamiento entre la iglesia de Roma y la oriental. Encuentro lamentable que las cosas se hayan dado así. Mis oraciones están ahora destinadas a la lucha por lograr una mayor unidad entre los cristianos.
   Al año siguiente, un pueblo del Cáucaso pidió que les hicieran llegar predicadores. El Patriarca Focio habló con Cirilo, a quien conocía muy bien, y por cierto le tiene gran estimación. Le pidió que dejara el convento, pues había llegado el momento de la acción. Y que juntara un buen grupo para hacerse cargo de esa misión. Cirilo lo habló conmigo. Al principio no estábamos muy seguros de querer meternos en esa actividad, pero entramos en discernimiento, y finalmente Cirilo se comunicó con Focio, aceptando la misión. Nos preparamos para salir hacia la península de Crimea, en la costa del Mar Negro.
   Estuvimos allí cuatro años estudiando el idioma de los josares, y predicando. Para que nuestra predicación fuese más eficaz, Cirilo decidió que tradujéramos la Santa Escritura al idioma eslavo. Esto les pareció muy mal a algunas personas anticuadas, y llevaron su queja ante Nicolás.
   Un día encontramos en un lugar de la costa de Crimea una reliquia del mártir Clemente, que había sido obispo de Roma al final del primer siglo.
   Cirilo se enfermó, y estuvo bastante mal, pero sanó. Sin embargo, cada cierto tiempo le volvía su enfermedad.
   Después que volvimos a Constantinopla fuimos enviados a Moravia, donde también necesitaban predicadores. Estuvimos ahí otros cuatro años.
   El patriarca Nicolás nos llamó a conversar, pues estaba muy preocupado por las habladurías que había en contra de nosotros.
   -¿Vamos a Roma? -dije a Cirilo.
   -Vamos a Roma -me respondió, sin mayor aprensión.
   Llevamos la reliquia de Clemente para entregársela a Nicolás, pero éste murió un poco antes de nuestra llegada. Por eso, conversamos con su sucesor Adriano II, que vivía en el palacio laterano, junto a su esposa y su hija. Formaban una bella familia.
   A todo esto, el patriarca de Roma estaba siendo llamado "Papa".
   El Papa Adriano nos recibió de muy buena manera. Él tenía la mejor disposición para unificar la Iglesia. Le dimos la reliquia, y también le regalamos una Santa Escritura en idioma eslavo. Así pues, se rompió la tradición de permitir la liturgia sólo en latín, griego o hebreo.
   Cirilo, que venía ya un poco enfermo, se agravó estando en Roma. Estuvimos meses en Roma cuidándolo. Presbíteros y obispos lo visitaban.
   Uno de éstos, cierta vez nos contó un hecho anecdótico ocurrido unos cuarenta años atrás en Fiésole, cerca de Florencia. Sucedió cuando estaban reunidos gente del clero y también muchos laicos, en un templo, orando para que el Espíritu Santo los ayudara a elegir un obispo. Era una oración con mucha apertura y disposición a aceptar a la persona que el Espíritu indicase. En eso estaban, mirando hacia la puerta por si veían aparecer al elegido, cuando un hombre entró al templo porque quería tener una pequeña oración. Se sentó muy atrás, y un rayo de luz proveniente de un vitral le dio en plena cara. Este hombre, llamado Donat, fue propuesto para obispo, y aceptado por aclamación. Donat no sabía dónde meterse. Primero creyó que éste era un pueblo con mucho sentido del humor. Al final, se rindió a la evidencia. Ni siquiera era un italiano, sino un irlandés que andaba en peregrinación hacia Roma. Lo interesante es que ha resultado ser un excelente obispo.
   Estábamos todavía en Roma cuando ocurrió el secuestro de la hija del Papa, por parte de un loco que la pretendía infructuosamente. Cuando la madre de esta joven descubrió el escondite del indeseable, éste las asesinó a las dos. Fue algo muy triste.
   A Cirilo le vino una fiebre tan alta que lo hacía ver a Dios y cantar alabanzas. Hasta que murió, teniendo apenas 43 años.
   El Papa Adriano me consagró presbítero y me nombró obispo. Volví a Moravia en tal calidad. Las cosas se habían puesto muy mal. Me tuvieron preso durante dos años, en una torre, muy humillado.
   Después que salí libre fui bien acogido por el pueblo. Creo que aún me queda mucha vida, para afrontar la cantidad de cosas que hay por hacer.