ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia niña         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Primera parte.- Asamblea recién nacida

   Pedro y el encuentro en el monte

   Estoy maravillado por tener a Jesús con nosotros. Aunque sólo lo hayamos visto dos veces en este último mes. Y sin poderlo tocar. No he podido asumir que esto pueda ser posible. Sin embargo, lo es. Me pregunto cómo pudo entrar a la casa esa vez que se nos apareció, si estaban todas las puertas cerradas.
   La llegadas de Jesús son misteriosas. Después que fue muerto, y en esa forma tan cruel. Y más aún, después que fue sepultado. Es increíble cómo logró derrotar al odio y a la injusticia. Me avergüenzo de no haber estado ahí en el Calvario esa tarde, como Juan, que es apenas un niño. Tuve miedo, es cierto, mucho miedo. Pero ya lo he ido venciendo.
   -Juan -le digo, y quiero decirle también que admiro su valentía, pero no me sale. Él me mira interrogativo.
   -Tenías razón -declaro, pero sé que no me va a entender.
   -¿Por qué lo dices, Pedro?
   A esta altura del diálogo, los otros nueve se interesan en escucharme.
   -Quiero decir que tienes una sabiduría especial porque siempre das con la verdad, a pesar de que nunca te entendemos mucho.
   -Hago lo que puedo, no más, pero... ¿a qué te estás refiriendo?
   -A lo de Judas.
   -¡Ah! Te convenciste. Sí, creo que Judas no fue un tipo malévolo, sino que los sacerdotes lo embaucaron.
   -¿Lo... qué... quieres decir con eso? -preguntan varios a la vez.
   -Lo hicieron tonto -explica Juan.
   -Y tan mal que terminó. Me dio más pena que rabia cuando descubrieron su cadáver y fui a reconocer su rostro -explico, porque pienso que no todos lo saben-. Se adivinaba tanto dolor en esa cara, ya sin expresión alguna. Tiene que haber estado muy deprimido y agobiado. El tipo no tenía a nadie.
   -¿Y es verdad que el cuerpo cayó a la quebrada? -pregunta Bartolomé.
   -Cuando intentaron descolgarlo cayó desde gran altura y se reventó en el fondo de la quebrada. Es que Judas se colgó de una rama bien difícil, en un lugar abrupto.
   -¿Por qué dices que lo hicieron tonto? -intenta averiguar Andrés, dirigiéndose a Juan.
   -Le hicieron creer que ellos iban a proteger a Jesús, perseguido por los romanos, que querían desaparecerlo -argumenta Juan-, y le pareció bien, sabiendo que el Sanedrín no puede condenar a muerte.
   -El que está desaparecido es José, el de Arimatea -acota Simón, apodado Zelote.
   -Es bien raro eso -observa Jacob, el hermano de Juan.
   -Algunos miembros del Sanedrín quedaron muy molestos con él -expone Mateo.
   -Escuché decir que ellos lo tienen encerrado -acota Tomás.
   -Creen que él escondió el cuerpo de Jesús -explica Felipe.
   Rumores van y vienen, con lo cual la conversación se diluye un poco.
   -Judas puede haber creído que si Jesús se veía muy acosado -complementa Andrés, volviendo al tema anterior- iba a descargar todo su poder divino y se manifestaría de una vez por todas.
   -Yo no creo que Judas esperara ese momento de triunfo -le digo.
   -Igual fue un desgraciado -interrumpe Tadeo cuando ya todos empiezan a hablar al mismo tiempo.
   -Callad, que ahí viene el Maestro -protesto con firmeza, en cuanto veo venir a Jesús.
   -Menos mal que no nos equivocamos de lugar -dice alegremente Jacob, el hermano del Señor-. En esta subida nos dijo, y aquí nos encuentra, pero yo no estaba tan seguro hasta que lo vi, ahora recién.
   Quiero preguntar muchas cosas al Maestro, y no lo he hecho las otras veces porque me he limitado a alegrarme de su presencia.
   -La paz sea con vosotros -nos saluda Jesús.
   Todos murmuramos una tímida respuesta, y echamos a andar junto a él por el sendero que nos llevará hasta lo alto del Tabor. El panorama es bellísimo.
   Mucho antes de la cima, Jesús se detiene. Es el mismísimo lugar en que se puso tan resplandeciente, aquella vez, el año antepasado. Aún lo recuerdo muy bien. Fue algo tan grandioso que yo no quería bajar.
   -Dentro de poco ya no me veréis -anuncia el Maestro.
   -Pero, ¿cómo ...? -y otras frases así pronuncian varios. Yo guardo silencio. Jesús sonríe y vuelve a repetir lo mismo.
   Ahora que piensa despedirse, tengo que hacerle mis preguntas, sin pérdida de tiempo, pues ya no lo veremos más después de esta tarde nubosa.
   -Maestro -le pregunto-. Nosotros, los que hemos estado siempre más cerca tuyo, ¿qué vamos a hacer cuando tú ya no estés con nosotros?
   -No me veréis, pero estaré siempre con vosotros, y con los que vengan después de vosotros, hasta el fin de los tiempos.
   -Lo único que quiero es serte fiel y no negarte -le digo, y todos asienten-. ¿Cómo hemos de vivir eso?
   -Recordad muy bien mis enseñanzas y proclamadlas para que en todas las naciones la gente quiera encontrar el reino de Dios... dentro de sí mismos. Libradlos de la falsedad, de la injusticia y del odio. La verdad os hará libres.
   -¿Y qué haremos con los que no acepten tus enseñanzas?
   -Ya os he dicho -responde Jesús- que en la casa de mi Padre hay muchas moradas.
   Me quedo callado, tratando de entender. Jesús se sienta en una piedra, y los demás lo imitan. Algunos se sientan en el suelo. Entonces, el Maestro nos empieza a hablar.
   -Tomad a la serpiente por la cabeza, y miradla bien. Si no, cómo podríais lograr que su veneno no os haga daño?
   -De todo lo que os he dicho -agrega Jesús-, lo más importante es que os améis como yo os he amado. Y cuando encontréis a alguien que tenga su conciencia oscurecida, vosotros habéis de intentar restablecer su paz. Sí. Le diréis “La paz sea contigo”.
   Jesús se levanta, y se aleja un poco. Nosotros esperamos a ver qué va a hacer.
   -Volved a Jerusalén y no os mováis de ahí. En pocos días más recibiréis el Espíritu de la Verdad.
   Alzando sus manos, nos envía:
   -Benditos seáis.
   Nos mira y su túnica se pone resplandeciente, como esa vez. Miro a Jacob y a Juan, que también me miran. Entiendo que, a partir de este momento, nuestro secreto ya no es tal. Todos nos paramos y nos quedamos ahí mismo, viendo al Maestro transformado en un intenso resplandor. Es un bello momento, y no quiero que termine jamás. Creo que los pies de Jesús se separan del suelo, pues me parece que él estuviera un poco más alto que hace un rato. Permanece así por unos minutos. Lo miro extasiado. Siento una felicidad enorme al ver cómo Jesús vence todas las fuerzas.
   De pronto, nos invade una niebla, que empieza a impedir la visibilidad.
   La niebla está cada vez más tupida. Tiene una densidad tan increíble, que ya no vemos al Maestro. Y hace un frío como si estuviéramos sumergidos en el agua. No veo a nadie. Ni siquiera a los que están aquí al lado. Tengo que andar a tientas. Me acerco mucho a Jacob, y entonces, apenas lo veo, tan sorprendido como yo.
   Empezamos a hablarnos unos a otros para sentirnos acompañados. Y llamamos a Jesús. Caminamos hacia donde se supone que está él.
   Comienza a disiparse un poco la niebla. Lo suficiente como para ver a mis compañeros más cercanos. Pero, a Jesús todavía no se le ve.
   Cuando la tarde se aclara por completo, lo buscamos en distintas partes. También al otro lado del cerro. Tardamos horas en desistir. Todo esto es demasiado sorprendente. Jesús no podía irse sin dejarnos intrigados. Llegó al mundo viniendo desde el misterio, y se ha ido hacia el misterio.

 

   Esteban

   Muchas veces acudí a escuchar a Jesús de Nazaret. Su enseñanza es lo más importante que ha pasado en mi vida y marcó en mí un hito fundamental. Jesús vino a mostrarnos cómo es realmente la presencia de Dios en la vida de los hombres. Es un mensaje novedoso, de fraternidad y de amor, algo que yo jamás había escuchado antes.
   Después que Jesús murió me acerqué a Juan, el más joven de sus cercanos seguidores, pues necesitaba contarle a alguien lo afligido que yo quedé cuando ocurrió esa muerte. No me fue fácil encontrarlos pues vivían muy encerrados en una casa en Jerusalén. Era un capullo que aún tenía un tiempo por delante hasta que después se abrió, y entonces fue explosivo, en gran medida.
   Me acogieron bien, y empecé a asistir a esos encuentros maravillosos. Entablé amistad con Marcos, un muchacho muy joven, hijo de la dueña de casa. Yo no fui el único que llegó hasta allí. Muy pronto se empezó a formar en Jerusalén una comunidad en que, además de guardar el sábado, celebrábamos también el día siguiente, que representa la resurrección de Jesús. Ese día se celebra el ágape, en que se comparte, todas las semanas, el pan y el vino que las mujeres sirven en una gran mesa, y todos reiteran las palabras que Jesús dijo en su última cena. La gente nos llama “nazarenos”. Los nazarenos más osados íbamos al huerto de Getsemaní a orar, y tratábamos de encontrar por medio de la intuición el punto exacto en que Jesús rezó al Padre en esa noche negra. Con mi amigo Matías de Belén, un tipo muy estudioso, participamos con entusiasmo en la comunidad. El fue elegido como integrante de los Doce, en reemplazo de uno que murió trágicamente y del cual se dice que fue un traidor.
   Juan me contó acerca de una asombrosa reunión que tuvieron para Pentecostés, cuando estaban orando, y se dieron cuenta de una extraña presencia en la sala. Todos la percibieron, de alguna u otra forma, y se llenaron de una profunda confianza espiritual. Acogieron el Espíritu de Dios, que llegó en forma de lenguaje fogoso, y salieron a hablarle a la gente, con una tremenda energía. Hasta entendieron otros idiomas.
   Pedro es el que dirige esta comunidad, y predica en la plaza con mucha inspiración y con palabras simples y persuasivas, acompañadas de conmovedores gestos más elocuentes que las palabras. Es un testigo de la resurrección.
   -Vuélvanse a Jesús, el Cristo -llama Pedro, a viva voz-. El nos limpia de nuestra maldad.
   -Sí. Somos de Jesús -respondíamos con alegría, queriendo que se notara bien, como algo imborrable. Así lo manifestamos.
   Fue entonces que Pedro recordó a ese otro Juan, el hijo de Zacarías. El que bautizaba a los que querían reafirmar su propósito de transformarse. Algunos discípulos de Jesús también empezaron a bautizar, pero con un sentido un poco distinto. Yo fui uno de los primeros que se acercó a ese manantial a recibir el signo visible que me marcaba como un seguidor de Jesús.
   Vendí los pocos bienes que tenía y entregué el dinero a los necesitados. Eso mismo hicieron todos los que anhelaban seguir por el camino que abrió Jesús. Es una comunidad grandiosa, y cuando nos juntamos a compartir el pan y el vino entramos en oración de intensa y alegre alabanza a Dios, que nos transporta.
   La gente trae a sus enfermos para que Pedro los sane. Una vez, logró que un paralítico empezara a dar pasos. Uno que se ponía siempre en la Puerta Hermosa a pedir limosna.
   -Tu fe te ha sanado -le dijo Pedro, con humildad.
   Cuando nos reunimos en el templo, los sacerdotes nos miran con desconfianza. Muy en especial los saduceos, que se han sentido cada vez más molestos. La primera vez que los guardias del templo apresaron a Pedro y a Juan nos angustiamos mucho. Al otro día se reunió el Sanedrín y les advirtió que nunca más hablaran en nombre de Jesús. Por esa vez los dejaron libres, pero en varias oportunidades los volvieron a tomar presos, y también a otros discípulos. Muchos azotes se ganaron, lo que les dio una bendita fuerza para seguir predicando en nombre de Jesús. Cada vez que los detenían, el resto orábamos por ellos en la casa de Marcos.
   -Dios ha enviado al Cristo para salvar al pueblo de Israel -repetían hasta el cansancio los discípulos que predicaban.
   Al final, siempre los liberan, porque pesa aquella sentencia establecida esa primera vez por Gamaliel, un maestro de la ley.
   -Si no están en las cosas de Dios, pasarán -dijo Gamaliel a los sacerdotes, hace ya algún tiempo.
   Llegó a haber tanta gente en torno a nuestro movimiento, y tal cantidad de aportes monetarios, y también tantos necesitados, que para los Doce era una tremenda carga la administración del dinero. No les dejaba tiempo para anunciar el mensaje de Dios. Más aún, los desencuentros entre los judíos seguidores de Jesús, y los de procedencia griega, que estaban empezando a llegar, hacían cada vez más difícil el reparto de alimentos.
   Me pidieron que los ayudara en eso, ya que tengo un buen conocimiento de matemáticas y sé manejarme en estos menesteres. Así y todo, llegó un momento en que Pedro decidió que lo mejor era encargar a un grupo de trabajo el control de los aportes. Lo anunció en la asamblea, y pidió siete hombres de buena voluntad. Me ofrecí gustoso, junto con Timón, Felipe, Prócoro, Pármenas, Nicanor y Nicolás. Por aclamación, tuve que hacerme cargo de ese grupo, lo cual asumí con entusiasmo. En poco tiempo logramos distribuir, de la mejor manera posible, los fondos acumulados. Establecí métodos de captación y formas ágiles de reparto entre los pobres. Hasta me quedaba tiempo para predicar, y eso es lo que más me gusta. He llegado a ser un discípulo comprometido, casi como si fuera uno de los Doce. Precisamente debido a eso, hace pocos meses Pedro le encargó a nuestro grupo la misión hacia los judíos procedentes de las colonias griegas. En esta actividad me siento realizado.
   En las calles, la gente me venera como si yo fuera un iluminado. Sin embargo, no hago más que hablarles de Jesús y sus enseñanzas. Trato de hacerles ver que la presencia del Altísimo en la vida de las personas las libra de la falsedad y de la injusticia, y las lleva a actuar con verdad y con amor.
   Cada día aumenta la cantidad de seguidores de Jesús, pero también surgen aquellos que rechazan sus enseñanzas. En la sinagoga de los Libertos, provenientes del extranjero, a la que voy a predicar con mucha frecuencia, algunos judíos se enemistaron conmigo. En ocasiones se han desatado controversias que desembocan en feroces altercados. El problema llegó a tanto, que un día fui a parar al Sanedrín, llevado a la fuerza por los guardias del templo. Hasta ahí, era algo que podía considerarse habitual que ya les había ocurrido a otros, y si ahora me estaba pasando a mí, eso no tenía nada de particular. Supuse que me azotarían y me dejarían libre. Eso creí, pero parece ser que mi caso tiene algo distinto a los demás. No sólo porque administro dinero, sino más que nada, porque me estoy empezando a relacionar con gentiles.
   En su momento aparecieron testigos falsos sosteniendo que yo hablaba en contra de Moisés y de su ley, y también en contra del templo, y hasta del Altísimo. Cuando tuve una oportunidad para defenderme empecé hablando de la historia de Abraham, Isaac y Jacob, y después les di un resumen de la historia de Moisés, dejando clara mi admiración y respeto por él. Traté de hacerles ver que fueron nuestros antepasados los que no quisieron obedecer a Moisés. Seguí hablando de los profetas y de cómo algunos de ellos fueron combatidos por la jerarquía religiosa del momento, tal como también ocurrió con Jesús.
   -Vosotros lo matásteis -les dije con énfasis.
   Se pusieron como perros rabiosos, y si es que tenían la intención de soltarme, ésta desapareció por completo. En todo instante sentí la presencia de Jesús a mi lado. Sin duda, el Maestro siguió viviendo después que murió.
   Esta mañana muy temprano vino Saulo a buscarme al calabozo. Es un joven rabino que conocí en la sinagoga de los Libertos. Es un hombre estudioso, y tan avanzado en el conocimiento de las sagradas escrituras que ya es casi un doctor de la ley. Su gente me llevó a empujones hasta las afueras de la ciudad. Estos guardias del templo son hombres sin cultura, bastante violentos. Yo rezaba, y pedía fuerza al Altísimo. Al llegar al lugar de las lapidaciones los verdugos se sacaron sus túnicas, las dejaron al cuidado de Saulo y empezaron a recoger piedras. No fue Saulo el que dio la orden de lanzármelas. No. Él es un muchacho joven, inexperto aún, que obedece órdenes y ha sido utilizado por los que quieren permanecer incógnitos. Simplemente, le tocó ir a buscarme, y no creo que haya tenido muy claro para qué me traían.
   Acaba de llegarme el primer guijarro. Trato de ponerme lo más chico que puedo, mientras pido a Dios el perdón para ellos, tal como nos enseñó Jesús.
   Cubro mi rostro con los brazos, y también cubro mis genitales con las rodillas, sentado en el suelo. Mis pobres extremidades están yendo al sacrificio para proteger mi vida, que espero seguir teniendo.
   Entre piedra y piedra, me doy maña para hablarle a Saulo. A pleno grito le digo que él no debería estar metido en esto. Creo que lo estoy impresionando.
   Mis brazos ya no se sostienen. Una piedra en la cabeza me ha botado, y se me empieza a borrar el entorno. Las voces enardecidas se escuchan cada vez más distantes.

 

   Pedro misionero

   No fui el primero en salir a misión. De los que hemos sido enviados por Jesús, algunos se pusieron en camino antes que yo. Felipe se dirigió a Samaria; y Jacob hijo de Zebedeo, a Hispania.
   Por mi parte, quise organizar primero la comunidad de Jerusalén, para tener allí un centro de actividades. Después de eso salí a recorrer lugares, según el mandato del Maestro, y empezando por los más cercanos.
   Hasta hace poco me encontraba en el puerto de Jope, predicando a los judíos, mostrándoles el camino que nos dejó Jesús. Venía llegando de Lida, donde viví algo muy especial, pues la gente me llevaba a sus enfermos para que fueran sanados. Yo hacía lo que podía, les expliqué que es la fe la que sana. Si se encomiendan al Padre de los cielos, con la certeza de que él los curará de sus males, así ocurrirá. Un paralítico llamado Eneas logró pararse en el suelo y dar algunos pasos, con torpeza al principio, pero con una fe increíble, poco a poco ya pudo ponerse a caminar.
   En Jope empezó a pasar algo muy similar, y más aún, algunas mujeres pertenecientes a un grupo de viudas dedicadas a hacer la caridad llegó hasta mí, rogando por una de ellas que acababa de morir. Me acordé de la hija de Jairo y les dije:
   -No está muerta, está dormida -y nos pusimos a orar, por varias horas.
   Lo hicimos con tanta fe, que de repente la que parecía difunta despertó. La gente no quería creerlo. Me hice famoso, y sin haber hecho nada para merecerlo.
   Me quedé un tiempo en Jope, pues la gente me recibió muy bien, y fueron muchos los que se convirtieron a nuestro Camino. Simón, fabricante artesanal de cueros, me acogió con muy buena voluntad en su casa, en las afueras del pueblo.
   Tuve la inmensa alegría de encontrarme con Felipe. Fue un encuentro muy grato, en el que conversamos miles de cosas. Recordamos nuestra época de niños, cuando estudiábamos en la escuela de la sinagoga; y después que crecimos y trabajábamos como pescadores en Betsaida; como nos hicimos discípulos de Juan, el hijo de Zacarías; y después seguimos a Jesús.
   -Mi vida cambió completamente -reconoció Felipe.
   -Y la mía, también.
   Compartimos nuestras experiencia recientes. Felipe me contó sus andanzas en tierras extrañas:
   -En Samaria conocí a un hombre notable, llamado Simón también. Al parecer, tenía ciertos poderes especiales, y por lo tanto, muchos seguidores. Le llamaban "Mago". El caso es que le hablé de Jesús, y quedó muy impresionado. Tanto, que se convirtió al Camino. Después, él mismo anunciaba a Jesús, a su manera, eso sí.
   -Notable.
   -Sí, Pedro, pero lo más notable ocurrió después, en la ruta que va a Gaza, encontré una comitiva de la realeza de Etiopía. Me llamó la atención que uno de los funcionarios estaba leyendo a Isaías.
   -¿Y entendía algo..., en ese lenguaje tan complicado para él?
   -Un poco. Me acerqué y le expliqué algunas cosas que él encontraba muy extrañas. Le dije que Isaías hablaba en forma simbólica y profética, y que sus anuncios ya se estaban cumpliendo. Cuando le mencioné a Jesús y sus enseñanzas, quedó tan conmovido que también se convirtió a nuestro Camino.
   -Alabado sea Dios, cuyo camino es siempre novedoso.
   Al día siguiente, Felipe continuó su viaje, muy entusiasmado, mientras yo me seguí quedando en Jope, tratando de dejar una comunidad estable que cuide la palabra sembrada, pues no dará fruto muy pronto.
   Estaba yo en la azotea, orando, cuando me quedé dormido. En el sueño me vinieron unas imágenes muy vivas. Tuve una visión que parecía real, de unos animales que bajaban del cielo. Toda clase de animales impuros se deslizaban sobre un lienzo blanco que les permitía llegar hasta el suelo en forma suave.
   En cuanto desperté me puse a pensar en lo que podría significar eso que vi... Si venían del cielo, es que Dios los purificó... Talvez el Altísimo me está diciendo que hasta lo menos puro puede ser salvado. Él todo lo puede. Por algo, Jesús al despedirse nos dijo que lleváramos el mensaje a todo el mundo.
   Me di cuenta de algo fundamental. Hasta ahora, yo he estado muy encerrado en el mundo judío. Sentí un llamado a salir de ahí, hacia los gentiles.
   En ese preciso momento, escuché enérgicas voces de unos visitantes que me mencionaban. Me reí solo, al pensar que las cosas se estaban dando de una manera armónica.
   Bajé del techo, por la misma escalera que me había llevado hasta arriba. Los recién llegados me miraban con curiosidad. Eran soldados, y dijeron venir enviados por el centurión Cornelio. Querían que yo me fuera con ellos a Cesarea, a encontrarme con su jefe.
   Si no hubiera sido por el sueño que tuve y por lo impresionado que quedé con las aventuras de Felipe, creo que me habría resistido a dejar Jope de manera tan imprevista. Sin embargo, comprendí que tenía que emprender ese viaje.
   Traían un caballo para mí. Muy manso, menos mal, porque ésta era apenas la segunda vez en mi vida que me subía sobre uno de estos animales.
   Al llegar a Cesarea fui recibido por Cornelio, que ya me estaba esperando junto a sus parientes y amistades. En todo momento actuó con una humildad que no es común en un centurión. Entré a su casa decididamente, a pesar de que la tradición judía me lo estaba prohibiendo. Ignoré ese prejuicio, pues yo quería obedecer a Dios.
   Me senté, y después de beber un refresco, me puse a hablarles. Lo que el Espíritu Santo me inspirara. No había preparado ninguna alocución, y mis palabras llegaron bien a destino. Acto seguido, fue Cornelio el que empezó a hablar:
   -Aquella tarde gris en el Calvario, hace ya unos siete años... había un centurión dirigiendo el operativo...
   No quise decir nada, porque evoqué una escena demasiado dolorosa, y porque vi que Cornelio se puso a llorar.
   -¡Era yo! -exclamó entre sollozos, y a mí se me vino el mundo al suelo.
   "¿Cómo se me ocurrió venir a esto?", pensé, muy molesto conmigo mismo. Quedé un rato en silencio, sin saber si salir arrancando, o plantarle un puñetazo al centurión.
   Recapacité al recordar, con furor interno, que yo también he llorado sintiendo culpabilidad por haber negado al Señor durante aquella noche nefasta. Es casi increíble que tan amargo recuerdo me haya dado la presencia de ánimo para actuar de buena forma frente al arrepentido centurión.
   -Obedecías órdenes -le dije para consolarlo.
   -Me duele haber participado en algo tan detestable -argumentó.
   Entonces, les hablé de la misericordia que Jesús nos enseñó. A mí me dijo una vez "Perdona setenta veces siete".
   Lo que siguió fue muy intenso, y no tengo palabras para describirlo. Todos quisieron bautizarse, como una forma de entrar al Camino. Empezando por el centurión, cada uno se comprometió a seguir las enseñanzas de Jesús.
   Antes de retirarme, llevé a Cornelio a un lugar apartado, en que nadie podría escucharnos, y le pregunté directamente si sabía algo acerca de qué pasó con José de Arimatea.
   -Lo desaparecieron, pero nunca se supo quién -manifestó Cornelio, y agregó-. Las sospechas recaen sobre el Sanedrín, pero ellos no lo reconocen.
   Regresé a Jerusalén, contento por lo provechoso que había sido mi viaje, pero cuando conté acerca de lo logrado, me sorprendió el rechazo que obtuve.
   -Has entrado en casa de incircuncisos -me reprocharon.
   -Sí. Es lo que el Maestro nos mandó.
   -¿Y has comido lo que ellos te proporcionaron?
   -Por supuesto. ¿De qué otra forma queréis que me comporte?
   Todos quedaron mudos. Talvez empezando a entender un poco..., sólo un poco.
   -Jesús vino a salvar también a los gentiles -continué.
   Recuperaron el habla, y quedaron más tranquilos.
   -Acá, las cosas han estado bien revueltas -me contó Jacob, el hermano del Señor.
   -¿Sí? ¿Qué pasó?
   -El emperador Calígula, en otra de sus locuras, quiere poner una estatua con su imagen... dentro del Templo de Jerusalén.
   -Me imagino los disturbios que se han armado.
   Con bastante violencia, Pedro.
   -Ayer mismo escuché un rumor, que el emperador habría sido asesinado por sus adversarios políticos.
   -Benditos adversarios, pues nos están librando de una desgracia.
   -Nunca se sabe si es para mejor o para peor.
   -Ahora mismo estábamos yendo al templo a orar.
   -Pues, entonces.., ¡vamos!
   El ambiente jerosolimitano no mejoró mucho para mí. A la salida del templo me rodearon unos soldados romanos y me llevaron detenido. Me acusaron de haber estado metido en una conspiración contra el emperador. Estuve un par de días encerrado en un calabozo en la fortaleza Antonia. Me sacaban de ahí sólo para interrogarme. Y con violencia.
   "¿Dónde andabas? ¿Qué estabas haciendo por allá? ¿Te reuniste con algún soldado romano?, etc."
   Una noche, llegó sigilosamente un soldado a mi celda, me quitó las cadenas, y en una voz muy baja me ordenó que huyera. Pensé que me iba a matar, pero él me tranquilizó. Era uno de los rebeldes.
   -¡Olvídate de que yo existo! -me dijo con énfasis, pero sin subir la voz.
   Huí rápido, yendo por las partes más oscuras, con miedo al principio, pero más tranquilo a medida que avanzaba por la ciudad. Llegué hasta la casa de la mamá de Marcos, lugar donde siempre nos reunimos.
   A esa hora de la noche, aún quedaban algunos..., Tadeo y Simón el Zelote. Rosa, la criada, me abrió la puerta. No podían creer lo que veían.
   -¿Cómo... te han liberado?
   -Un ángel del Señor me ha liberado -respondí, acordándome de la advertencia del soldado rebelde.
   Fui a mi casa a buscar un poco de ropa.
   -¡Pedro! Por fin estás de vuelta -me dijo mi mujer, abrazándome con cariño.
   -Prepárate para irnos de aquí, al alba.
   Perpetua comprendió que la cosa estaba complicada, y empezó a juntar sus cosas. No tenía ningún interés en que me fuera solo, ni yo tampoco quería dejarla en peligro. Además, la extrañé mucho en mi anterior salida, y no quiero seguir sin ella.
   -Petronila también irá con nosotros.
   -La voy a despertar, y le diré.
   -Ya desperté -llegó diciendo mi pequeña hija, y también me abrazó.
   Partimos tempranísimo hacia Antioquía. Es el lugar que mejor se nos daba en esta circunstancia, y allí podría continuar difundiendo la palabra del Señor. De hecho, a eso me dediqué, en cuanto llegué, después del azaroso viaje.
   Se han formado grandes comunidades, y en cada una he nombrado a un presbítero para que sea el responsable de esa localidad. Los he escogido entre los más antiguos. Todo empezó muy bien, hasta que se hizo necesario que alguno de los presbíteros asumiera una responsabilidad más alta y se dedicara a armonizar entre sí las distintas comunidades. Les pedí que entre ellos eligieran uno para ese cargo, el que sería llamado "obispo".
   Todos ellos estuvieron de acuerdo en que el único responsable era yo. Les aclaré que el obispo tendría que ser uno de ellos, pero no hubo caso. Y aquí estoy quedándome en Antioquía, como obispo. Eso sí, les advertí que sólo sería por unos pocos meses, pues yo necesito seguir llevando la palabra del Señor a otros lugares.