ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia niña         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Tercera parte.- Aprendiendo a caminar

 
   Pablo arrestado

   Tres años después de la muerte de María, volví a subir a Jerusalén. Me recibieron con alegría. A poco de mi llegada, fui a visitar a Jacob y estuvimos conversando. Le conté todo lo que había vivido en la misión, en estos tres años.
   -Estuve unas pocas semanas en Antioquía -empecé diciendo- y partí de vuelta hacia Éfeso, pasando por el camino a visitar las ciudades en que ya había estado antes. Me encontré con Tecla.
   -¿Quién es Tecla?
   -Es una joven con mucho talento para predicar. Me pidió consejo, diciendo que quería volver a Iconio. Le confirmé que ésa era una buena decisión, y le pedí que fundara una comunidad allí, en su pueblo natal.
   -¿Andabas con Dionisio? Creo que es un gran predicador.
   -No. Fui con Lucas. Dionisio regresó a Atenas, pues se dio cuenta de que ahí estaba su misión. Ha hecho un trabajo importante allí.
   -¿Y cómo estaba la cosa en Éfeso?
   -Muy bien. Aquila y Prisca cuidan la comunidad de la mejor manera. En su casa son casi todas las reuniones. Hasta tuve tiempo para escribir una carta pastoral.
   -Supongo que a algunas de las comunidades?
   -A los corintios, una carta que me resultó muy bonita. Les hablé del amor, porque hay mucha división en las comunidades de Corinto.
   -¿Y fuiste a Corinto?
   -En un primer momento no me fue posible, y le pedí a Timoteo que fuera él. Después envié a Tito, quien logró pacificar los ánimos, pues tiene grandes cualidades para conciliar a las personas. Más tarde, yo también visité Corinto.
   -En otras partes..., ¿ha habido este tipo de problemas?
   -Por cierto. La principal dificultad está en los falsos predicadores, que entregan una enseñanza errónea, supuestamente en nombre de Jesucristo.
   -¿Como qué, por ejemplo?
   -Algunos enseñan que el pecado de los antepasados nos pesa también igualmente a nosotros hoy.
   Jacob lamentó que se produzca esa falsa enseñanza, dada por personas que se quedaron atrapadas en el pasado.
   -Cuando estuve en Corinto -seguí contando- escribí una carta pastoral, y le pedí a Febe que la llevara a Roma, pues pienso llegar hasta allí, muy pronto.
   -¿Estuviste en Cesarea?
   -Sí. De allá vengo. Me hospedé en casa de Felipe.
   -¿Uno de los siete del grupo de Esteban?
   -El mismo. Ha hecho un gran trabajo, ayudado por sus cuatro hijas, mujeres de oración, que siempre tienen la palabra justa. Ellas dicen que es la abstinencia sexual lo que les ayuda a la oración.
   Me quedé pensando que... deben tener razón, si por algo me he mantenido así..., sin casarme.
   Tuve más conversaciones con Jacob, y los demás, pero me llevé la gran sorpresa de que ha vuelto a recrudecer la enemistad hacia mí en Jerusalén. Unas mentes afiebradas me sacaron a empujones del Templo, y me llevaron al cuartel. Gracias a que soy ciudadano romano me permitieron hablar al pueblo. Con cadenas alrededor de mis muñecas, alcé la voz y dije:
   -Yo soy el pastor de los gentiles.
   Se enfurecieron tanto, que las autoridades no se atrevieron a dejarme libre, pero decidieron que tendría que juzgarme el Sanedrín. Pocas horas después, ya estaba puesto en esa instancia. Noté que muchos de los magistrados eran saduceos, y otros tantos, fariseos. Y como se detestan, eso me significó una pequeña ventaja que quise aprovechar.
   -Hermanos míos, soy fariseo, hijo de fariseos -exclamé- y creo en la resurrección de los muertos y en una vida futura. Los cuerpos físicos mueren pero el alma no morirá.
   Como los saduceos no creen en lo que no se ve ni se toca, se ofuscaron y se levantaron de sus asientos. Se desató una gran discusión entre los dos bandos, ya que los fariseos creemos en esa trascendencia.
   No hubo acuerdo para condenarme, lo cual me significó volver a ser puesto en poder de los romanos. Para mí, era un pequeño alivio. Mientras tanto, los más duros del Sanedrín seguían buscando la manera de eliminarme. Dijeron que querían sacarme otra vez, para hacerme unas preguntas. Según supe después, eso era sólo un pretexto. En ese momento yo no supe que mi vida corría peligro inminente. El que se enteró fue el hijo de mi hermana. Acudió a contarlo a los romanos. Se las arregló para llegar hasta el tribuno, el cual ya estaba sospechando algo así.
   El tribuno optó por lo más sano, y me envió a Cesarea. Lucas viajó también, pues no quería dejarme solo. Ahí tuve que comparecer ante Félix. Los judíos me acusaron de alborotar al pueblo, y de pertenecer a Camino, cosa que a los romanos no les interesó mucho.
   Expliqué que a algunos judíos no les gustó que les hablaran de la resurrección de los muertos, y de que Jesús vive. Félix entendía bien estas discrepancias, pues su esposa Drusila era judía.
   Félix no tomó ninguna determinación. Así, pasaron casi dos años, y llegó Festo, como sucesor de Félix. Festo quería llevarme a Jerusalén para ser juzgado allí. De nuevo tuvieron que escucharme:
   -Debo ser juzgado en el tribunal del César.
   Entonces, me llevaron a Roma. Pero, antes se me permitió defenderme ante el rey Agripa. Volví a hablar de la resurrección de Jesús. Me consideraron loco, y me embarcaron, junto a otros prisioneros, a cargo del centurión Julio. Lucas me acompañó.
   Cuando llegamos a Sidón, Julio me permitió ir a saludar a mis amigos. Días después desembarcamos en Mira de Licia, y nos cambiamos a otra nave. La navegación se tornó lenta, y también peligrosa debido al mal tiempo.
   Comenzó a soplar viento, cada vez más fuerte. Muy pronto quedamos a la deriva. Casi se pierde el bote que había para las emergencias. Hubo que aligerar el peso, para lo cual tiraron al mar toda la carga. Pudimos seguir a la deriva por el Adriático, durante dos semanas, pero al final ya casi no quedaba comida. Compartí el poco pan que tenía.
   La nave encalló cerca de una costa. Nadando, algunos; sobre tablones, otros; todos nos salvamos. Era Malta. Allí nos recibieron bien.
   Me tocó aliviar los males de los nativos, imponiéndoles las manos. Cuando terminó el invierno, nos embarcamos en otra nave, hacia Siracusa. Después, a Pozzuoli. Y de ahí, a Roma.
   Dos años después de ser apresado en Jerusalén, quedé arrestado en Roma, en custodia militar, vigilado por un guardia permanente. Se me permitió quedarme en casa de uno de mis discípulos. La gente acudía a esa casa y yo les hablaba. Así, permanecí otros dos años.
   En uno de los primeros meses de mi reclusión, llegó Epafras y me informó acerca de la comunidad de Colosas, que vive en una buena relación de amistad y perseverancia, a pesar de las doctrinas extrañas que habían surgido.
   Epafras es un gran predicador, que dejé como presbítero en Colosas después que salí de ahí. Estuve poco tiempo, pero Epafras se ha desempeñado muy bien, incluso ha predicado en las ciudades adyacentes. Mi fiel discípulo se quedó en Roma por un tiempo.
   Cierto día, se presentó un extraño visitante en la casa en que me hospedo. Vestido pobremente, al modo oriental. Su aspecto de cansancio me hizo pensar que este hombre estaba afligido y aproblemado. Al principio no me pareció una persona conocida, pero cuando me habló, su voz me resultó inconfundible.
   -Onésimo -le dije entonces, y lo abracé con afecto.
   A él, le pareció extraña la familiaridad con que actué. Es que es un esclavo, propiedad de Filemón de Colosas, un buen discípulo, en cuya casa nos reuníamos.
   -¿Qué te trae por acá? -le pregunté, extrañado de verlo así, como si fuera libre.
   Me contó que venía huyendo de Filemón, y también de la justicia, ya que tuvo que tomar algunos bienes de su amo para poder llevar a cabo su fuga.
   -No tengo nada especial contra Filemón -me dijo Onésimo- pero no quiero seguir siendo esclavo.
   -Yo escuchaba detrás de las puertas -agregó- cuando tú hablabas de Cristo, que ha venido a hacernos libres... Y aquí estoy...
   -Aprendiste a buscar la libertad -le dije, lleno de risa.
   -Aún recuerdo las palabras que oía. Vosotros hablábais de dejar morir la maldad, no porque vaya a venir un castigo de Dios, sino para ser incluído en el pueblo de Dios. Y que Jesús vino a librarnos, y fue fiel a su misión hasta la muerte.
   -Recuerdas bien, Onésimo, y también dije que la ley fue hecha para castigar a los que hacen el mal. Cristo nos enseña a no tener la ley como ídolo, pues es sólo una ayuda hecha por los hombres. No ha de movernos el miedo a la ley sino el servicio a Dios. Hay que cumplir la ley, pero eso no basta.
   -También oí que es el mensaje enviado por Dios el que nos induce a hacer el bien.
   -Veo que tú mismo eres un símbolo viviente de la salvación que nos anuncia Jesús en su mensaje -traté de explicarle eso y muchas otras enseñanzas, como que a Jesús le gustaba hablar en símbolos, que es un lenguaje que perdura en el tiempo.
   Onésimo se quedó un tiempo conmigo, como sirviente pues eso es lo que le nace ser, y con agrado. Sin embargo, consideré que yo no podía ser desleal con Filemón, ni con Onésimo, ni menos con Cristo. No hallaba cómo resolver esta confusa situación. Decidí escribir una carta a Filemón, pidiendo clemencia para Onésimo. Tuve la certeza de que ésa iba a ser la actitud de Filemón, basada en la relación de amistad que siempre nos ha unido.
   En esa carta pedí a Filemón que volviera a aceptar a Onésimo, ya no como esclavo, sino como un hermano. Le ofrecí pagar las deudas que pudiera haber. Y además, le anuncié visita, la que efectuaré en cuanto obtenga la libertad.
   El mismo Onésimo llevó esta carta a Filemón. Fue acompañado por Tíquico, quien también llevaba cartas que escribí a Colosas y Éfeso. En rigor, no las escribí, sino que se las dicté a Timoteo, que ha sido mi secretario, además de enfermero, durante esta privación de libertad que me está afectando. Es más que eso. Timoteo es mi complemento, pues es más precavido que yo. Para mí es como un hijo, con el cual puedo compartir mis sentimientos.
   También con la ayuda de Timoteo escribí, un poco después, una carta a la comunidad de Filipos, más que nada para reconciliar a las diaconisas Evodia y Síntique, que estaban en conflicto, según me informó un filipense que estuvo por acá. También les anuncio que muy pronto los visitará Timoteo. Me habría encantado ir yo mismo, pero estoy impedido para hacerlo.
   De hecho, he decidido liberar a Timoteo de estar cuidándome. Él puede ser mucho más importante en una misión evangelizadora. Lo estoy enviando al mundo, con el dolor de quedarme sin él, porque comprendí que eso es lo mejor para la causa de Jesucristo.
   Le doy las últimas recomendaciones a Timoteo:
   -Has de estar siempre en la vida eterna -así le llamamos al Reino de Dios, que está en cada uno-. Nunca pongas el intelecto por encima de las enseñanzas de Jesús.
   -Bebe un poco de vino de vez en cuando -agrego- que hace bien para la digestión. Sin embargo, no seas como ésos que aparentan ser religiosos pero se aprovechan de las mujeres que buscan consejo.
 
   Priscila

   Cuando escuché a Apolos en la sinagoga quedé maravillada. Es un orador excelente, que busca conciliar el pensamiento de Platón con las enseñanzas de la Sagrada Escritura. Todos quedaron impresionados, también Aquila, mi esposo, según me dijo cuando nos juntamos a la salida. Tanto fue, que Aquila habló con Apolos ese mismo día y lo invitó a nuestra casa, porque tenían mucho que conversar.
   Fue una larga reunión en que hablamos de todo, empezando nosotros por presentarnos. Aquila lo hizo con todo detalle. Le contó de nuestra permanencia en Corinto, y de cómo conocimos a Pablo y nos transformamos en misioneros y vinimos con él a Éfeso.
   -Priscila tiene gran facilidad para enseñar -dijo Aquila, indicándome de manera afable.
   A Apolos le llamó la atención que una mujer pudiera estar en una situación así, y se alegró.
   -¿Sois de Corinto? -preguntó con incredulidad.
   -No. Llegamos a Corinto desde Roma -aclaró Aquila- cuando tuvimos que exiliarnos. El emperador Claudio expulsó a los judíos de Roma porque temió que los disturbios pasaran a mayores.
   -¿Disturbios?
   -Sí. Es que se producían fuertes discusiones entre los judíos que seguían a Cristo y los que no.
   -Supongo que vosotros érais de los que seguían a Cristo.
   -No tanto -corrigió Aquila-, pero... ya que por causa de Cristo tuvimos que irnos, de un día para otro..., quisimos aprender acerca de Jesús..., nada menos que en Corinto, ciudad consagrada a Afrodita.
   -Pablo nos vino como caído del cielo -agregué-, y lo conocimos porque buscó trabajo haciendo tiendas, el mismo oficio de Aquila.
   -Quisiera conocer a ese Pablo -exclamó Apolos-, ¿está en Éfeso?
   -No. Él viaja mucho -explicó Aquila-. Tuvo que ir a Jerusalén, y seguir viaje hacia otros lugares, y volver a visitar los pueblos en los que ha fundado comunidades.
   -Nosotros quedamos encargados de Éfeso -completé-. Aprendimos mucho de Pablo, que ha sabido transmitir al mundo la enseñanza de Jesús.
   Apolos nos contó que nació en Alejandría, y siempre ha buscado aprender cómo la persona puede desarrollarse de acuerdo a los designios del Altísimo. Para ello, ha viajado mucho. Estuvo en Judea hace varios años, y se hizo bautizar por unos discípulos de Juan el Bautista, quienes le hablaron de Jesús. Incluso, en una oportunidad vio a Jesús enseñando en Jericó.
   Seguimos hablando de Jesús, y todo lo que nos vino a enseñar. Traté de dar a Apolos algunos conocimientos en relación a Camino, según nos lo mostró Pablo.
   -¿En qué consiste eso de que Jesús subió al cielo...? -preguntó Apolos-. Uno escucha eso, a veces.
   -Cuando decimos que Jesús subió, eso es una manera simbólica de decir que Jesús volvió a la situación divina desde la cual ha venido.
   -Misterioso, por lo tanto.
   -Así es. Y hay algo más... El espíritu de la persona es trinitario, pues contiene poder, amor, y buen juicio.
   -¿Y qué relación tiene?
   -Pues, recuerda que en la Torá dice que el espíritu de la persona fue creado a imagen y semejanza divina.
   -Ya veo. Podemos acercarnos a Dios si nos acercamos al espíritu del hombre... ¿Y qué hay del día del juicio, que también lo nombran algunos?
   -Bueno, es algo figurado. Lo que Pablo dice es que llegará un día en que tendrás que responder por tus actos y omisiones.
   -Algo en que tampoco se ponen de acuerdo los predicadores, se refiere a la libertad -dijo Apolos, después de un rato.
   -Pablo tiene una visión muy clara.
   -¿Cómo lo ve Pablo?
   -Si usas tu libertad para entrar en esclavitud, la pierdes. Seamos libres; no sigamos siendo esclavos.
   -Es paradojal... Soy tan libre que... ¿hasta me puedo permitir entrar en esclavitud...?
   -Sí. La libertad te permite perderla.
   -Es un tema para pensar. Y hay otro asunto conflictivo... Las buenas obras... ¿me llevan a salvarme?
   -Bueno..., una gallina pone un huevo, y de ese huevo saldrá finalmente la gallina.
   -O sea..., ¿qué?
   -Las buenas obras son también el fruto que proviene de haber recibido la salvación.
   Apolos se incorporó a nuestra comunidad, y semanas después, decidió ir a llevar la Palabra a Corinto.
   No pasaron muchos meses antes de que Apolos volviera a Éfeso, con noticias poco auspiciosas, pues el comportamiento de algunos cristianos de Corinto es deplorable. Se lo contó todo a Pablo, que días antes, llegó también a Éfeso.
   Pablo programó hacer un viaje a Macedonia y Corinto, aunque no tan pronto. Sin embargo, tuvo que adelantarlo a causa de la persecución que lo afectó, por parte de los orfebres. Tuvimos que esconder a Pablo en nuestra casa. Y eso se logró gracias a que contábamos con una habitación de difícil acceso. Un día llegaron los plateros, muy enojados porque, según ellos, Pablo les echaba a perder el negocio de las estatuillas de Artemisa, diosa a la que se dedica un culto importante en Éfeso.
   Los intrusos me botaron al suelo, y también a Aquila. Registraron la casa y no encontraron a Pablo, a pesar de que estuvieron a metros de su ubicación.
   -Estos tipos... casi me hacen bajar al Hades -me dijo Pablo, después de que ellos se fueron.
   Así es la forma griega de referirse a la muerte. En su mitología, Hades es el lugar al que van las personas que mueren.
   Pablo se fue de Éfeso, sin que lo vieran. Acá, la vida siguió, en buena forma para Camino, gracias al trabajo que hacíamos, Aquila y yo, siempre añorando nuestra querida Roma.
   Después que murió el emperador Claudio, viajé a Roma, junto a mi esposo, a pasar unos días. Encontramos una casa donde vivir, en Aventino. Llegamos tan cansados, que Aquila se durmió en cuanto terminamos de comer algo.
   En cambio yo, desvelada, me puse a recordar tantas cosas que se me venían a la cabeza. Mi infancia..., yo tenía apenas unos cuatro años cuando quedé huérfana, y fui criada por una bondadosa señora, amiga de la familia. Con esta señora, que fue como mi madre, nos vinimos a Roma. Pasaron los años y, en plena adolescencia conocí a Aquila, que había llegado del Ponto. Nos gustamos desde el principio. Tuvimos una boda linda.
   Seguí recordando..., que queríamos tener hijos, pero eso no fue posible, a pesar de nuestro empeño.
   Sonreí, con un poco de tristeza.
   Estuvimos un par de semanas en Roma, descansando. Fue precioso. Pero, llegó el día de volver a Éfeso, a nuestro trabajo.
   Transcurrieron varios años, hasta que decidimos nombrar presbíteros, en Éfeso, y que entre ellos eligieran un obispo. Como instrucción, les reforzamos lo más importante de la enseñanza de Pablo:
   "Hay tres cosas fundamentales: la fe, la esperanza y el amor. La más importante es el amor. Más importante que cualquier otro don espiritual. Puedes sacar fuerzas de los dones que has recibido, pero, de nada te sirven los dones si no tienes amor. Tener amor es soportarlo todo, ser bondadoso, no guardar rencor, alegrarse de la verdad".

         * * *

   Con Aquila, volvimos a Roma, con ánimo de quedarnos para siempre. A los pocos meses de nuestra llegada, nuevamente la vida se puso difícil para los judíos, fuéramos cristianos o no, y precisamente a causa de algunos desórdenes que se han producido. Unos pocos exaltados provocaron un desprestigio para todos. Al principio, en forma suave, pero todo se complicó de una manera feroz, sin tener nosotros ninguna culpa.
   El problema surgió a raíz de un enorme incendio que se produjo en Roma, al parecer por una negligencia de un grupo de ebrios. El fuego duró seis días y redujo a cenizas una gran cantidad de casas. Nerón acogió en los patios imperiales a las personas que quedaron sin vivienda. La aristocracia culpó al propio Nerón, emperador populista, de haber enviado a los borrachos a incendiar la ciudad. Esto ocasionó que Nerón se defendiera de las acusaciones acusando a los judíos y sus disputas. Fue así como se agudizó la persecución a los judíos, que a esas alturas de la vida, ya éramos del Camino en gran proporción.
   Tuvimos que adoptar un bajo perfil, y tratar de pasar inadvertidos en la vida diaria. Muchos cristianos fueron arrestados cuando no guardaron dichas precauciones.
   De todos modos, me las he arreglado para visitar a Pedro, obispo de Roma, que vive con su esposa Perpetua y su hija Petronila, quien no ha querido casarse, aunque no le han faltado pretendientes.
   Conversamos acerca de la situación que vivíamos; y de Andrés, hermano menor de Pedro, nacido en Betsaida. Andrés fue brutalmente asesinado en Patras hace algunos años. Y también hablamos de Jacob, el hermano de Jesús, que se desempeñaba como obispo de Jerusalén, hasta su violenta muerte a manos de judíos tradicionales.
   -Hace sólo dos años -acotó Pedro, que ha viajado mucho, visitando las comunidades de Camino.
   -Como nuevo obispo de Jerusalén eligieron a Simón -agregó-. Es un primo de Jesús.
   Pedro ha estado ocupando gran parte de su tiempo en dictar una carta a un escribiente y traductor, para que algún día pueda ser llevada al Ponto, y a Capadocia y a Bitinia, para fortalecer esas comunidades. Es un trabajo lento.
   Un día llegó Pablo a Roma y visitó a Pedro. Fue un encuentro alegre, en que nos contó sus últimos viajes, muy en especial se refirió a Grecia.
   -Dionisio fue elegido obispo de Atenas -dijo Pablo-. Y en Colosas eligieron a Epafras.
   Pablo contó también que Filemón perdonó a su esclavo Onésimo, y le dio la libertad. El hombre quedó feliz y fue a reunirse con Pablo, y a trabajar con él. Llegó a ser predicador.
   -Una cosa importante que descubrí -afirmó Pablo- es la necesidad de insistir mucho a los presbíteros para que tengan una vida ejemplar. También a las presbíteras, por supuesto.
   -Yo también me he dado cuenta de eso -aseveró Pedro-. A veces los presbíteros tienen conductas sexuales desordenadas, y entonces, la gente deja de creerles.
   -Y también en relación al dinero.
   Continuó la vida en Roma, sin poder predicar mucho; sólo un poco, en ciertas condiciones.
   -No juzguéis antes de tiempo -así eran los términos en momentos como los que vivíamos-. Esperad a que el Señor saque a la luz lo que hoy está en oscuridad.
   Y después de una frase tan aventurada, había que escapar.
   Pablo también se dedicó a escribir cartas. A Timoteo, que tendrá que hacerse cargo de las misiones .
   Cerca de dos años después del famoso incendio ocurrió lo que yo me estaba temiendo. Pedro fue apresado. Su carta, que estaba ya muy avanzada, quedó tirada por todas partes También se llevaron a su esposa Perpetua. Petronila se salvó porque en el preciso momento en que llegó la patrulla, ella había ido a buscar agua. Alcanzó a divisar la escena desde lejos, y fue a buscarme, angustiada. Fuimos donde Pablo. Trató de calmarnos. Lo logró a medias. A partir de ese día, Pablo se puso a hacer las averiguaciones con las autoridades.
   Con Aquila nos hemos encargado de la hija de Pedro. Mientras tanto, nadie sabe nada de nada. Pablo se arriesgó tanto, que también lo apresaron.
   Vivíamos una verdadera noche oscura. No hallábamos qué hacer. Visité a Marcos, que trabajó mucho tiempo como secretario de Pedro. Él estaba ahora de paso en Roma, y tampoco tenía muchas posibilidades de averiguar el estado de los prisioneros, pero no perdía la esperanza. Marcos tiene mucha diplomacia.
   Me habló de un libro que está escribiendo, referido al legado de Jesús. Él alcanzó a conocerlo un poco, y además ha relatado muchas cosas que Pedro le ha contado.
   Preguntando y preguntando, supe donde tenían prisionera a Perpetua. Alcancé a visitarla una vez, pues me lo permitieron como gran cosa. Semanas después me enteré de que había muerto, probablemente echada a las fieras, aunque eso no lo supe con certeza. Talvez fue sólo un rumor. En todo caso, nunca apareció el cuerpo de Perpetua.
   Marcos logró averiguar que Pedro también murió. Crucificado, en el caso de él. Lloramos de impotencia ante esas muertes horribles. Y fueron muchos más los asesinados. Me costó contárselo a Petronila, pero lo hice. Marcos me ayudó a consolarla un poco.
   Los presbíteros eligieron a uno de ellos, llamado Lino, como obispo de Roma. A Marcos le permitieron visitar a Pablo en la cárcel. Hasta que un día..., ya no estaba. Le dijeron que se lo habían llevado a otro lugar de detención. Al final, se supo que también lo mataron.
   Todo esto es demasiado doloroso. Aquila trata de darme ánimo cuando me ve llorando. Lo necesito, porque hay que seguir adelante.
 
   Simón el cananista

   Hace tiempo fui apodado "cananista", que es lo mismo que decir "zelote". Así, me diferenciaban de mi padre, a quien le decían "zelote" porque tenía ideas revolucionarias, aunque nunca perteneció a ese movimiento.
   También a mí me consideran revolucionario, pero soy bastante pacífico. No por otro motivo seguí a mi amigo Jesús, desde que éramos niños en Nazaret. Y hasta su muerte, e incluso después, durante todos estos años.
   He viajado por importantes ciudades, llevando la palabra de Cristo. Hasta que se me ocurrió venir a Babilonia. O más bien dicho, lo que queda de ella. No pensaba estar acá más que unas pocas semanas, pero las cosas se complicaron. Al llegar, asistí a un encuentro de judíos seguidores de Cristo, en una sinagoga. Me admitieron porque también tengo origen judío. Cuando dije que fui discípulo de Jesús, muy cercano a él, me miraron incrédulos. No me creyeron, en absoluto.
   En esa oportunidad, no vi ningún gentil escuchando afuera de la sinagoga, como es costumbre en casi todas las ciudades. Al poco rato entendí por qué ese desaire. Me bastó oír unas pocas palabras de la homilía para darme cuenta de que estaba metido en un encuentro de una secta tradicionalista.
   Se hablaban algunas cosas extrañas, reñidas con las enseñanzas de Jesús. Todos daban por sentado que Cristo había llegado a ser un sumo sacerdote, y que obtuvo el perdón de los pecados de toda la gente. Y eso, por medio del sacrificio, siendo él mismo la víctima, como un chivo de expiación.
   En el fondo, lo que ellos quieren es adaptar la historia de Jesús a una tradición antigua. Justamente la que Jesús vino a reemplazar porque ya dejó de tener sentido.
   -Se ofreció a sí mismo en sacrificio, una sola vez y para siempre -dijo el que dirigía.
   Casi me caí de la silla, pues quedé espantado... Pero, si yo que estuve al lado de Jesús por años, siempre supe que él decía que Dios no necesita, ni siquiera sacrificio de animales como expiación. Y menos un sacrificio humano. Si esto es... sencillamente diabólico.
   -No hay perdón de pecados, si no hay derramamiento de sangre -continuó diciendo el tipo, y entonces me indigné a tal punto, que fui adelante a discutirle, argumentando lo que yo sabía, porque lo había aprendido directamente de Jesús.
   -Si fueron los sumos sacerdotes los que entregaron a Jesús a la muerte... -casi grité- ¿cómo podéis decir que él mismo pueda haber sido sumo sacerdote?
   Se armó una pequeña trifulca.
   Duré un buen rato. Al principio, muchos se interesaron por lo que yo decía, pero el director se burlaba. Lo increpé tan duramente que entre todos me sacaron a golpes hacia afuera.
   Quedé botado en la calle, sangrando y adolorido. "Sangre", pensé, y hasta me dio un poco de risa. Después de todo, no soy tan pacífico.
   Por varios días me estuve recuperando en la humilde habitación que conseguí. Tuve una visita inesperada que me dio gran alegría. Judas Tadeo llegó hasta acá, porque se enteró del altercado que había ocurrido en la sinagoga, y averiguó donde se hospedaba el cristiano agredido. Aún no sabía que era yo.
   -¡Tadeo! -exclamé, muy contento.
   -¡Cananista! -me respondió y nos fundimos en un abrazo. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
   -¿Qué haces por acá?
   -¿Y tú, qué haces por acá?
   Nos reímos y nos contamos nuestras aventuras. Y recordamos nuestro tiempo con Jesús. Y también nuestra infancia con él y con Jacob y con Simón, hermano de Tadeo.
   Este encuentro con Tadeo fue fundamental para mí. Para toda la vida que aún me quede. Desde ese momento seguimos trabajando juntos en llevar el mensaje de Jesús a toda la gente.
   Busqué una ocupación como tintorero, que es mi oficio, heredado de mi padre.
   Después de unas semanas hubo una segunda incursión en la sinagoga. Ahí escuché este discurso:
   -La muerte de Jesús es una derrota para el diablo. Por una sola vez y para siempre. El camino nuevo es el camino de vida que Jesús nos abrió a través del velo, es decir, a través de su propio cuerpo. Cristo es nuestro sumo sacerdote. El mejor y más grandioso, como lo fue Melquisedec.
   Me sentí con derecho a interrumpir para aclarar ese punto:
   -Jesús encontró sólo incomprensión entre los sumos sacerdotes. No fue uno de ellos. Por el contrario, Jesús fustigó a los mercaderes del templo, los que llevaban el negocio de los sumos sacerdotes.
   -Lo que Jesús nos dijo fue que no hiciéramos sacrificios de animales -replicó el predicador-, nada de matar chivos y becerros para purificar a las personas. Cristo se ofreció a sí mismo para quitar el pecado. Es su sangre la que nos limpia.
   -¿Estás hablando de sacrificio humano? -preguntó con énfasis Tadeo, volviendo a interrumpir, y se paró adelante-. Eso es quizás peor que sacrificar animales. ¿Para limpiar los pecados? Eso es el antiguo pacto. Justamente, Jesús vino a proponernos un nuevo pacto. Recuerdo muy bien cuando Jesús habló de un nuevo pacto. Dijo que así como el antiguo pacto era de muerte, el nuevo es de vida porque está fundado en el Espíritu de Dios.
   -No sé de qué hablas -replicó el predicador, mientras el resto de la gente empezaba a alzar el murmullo.
   -El nuevo pacto fue anunciado por Jeremías -continuó Tadeo-. El profeta dijo que sería un pacto distinto al de los antepasados. Esta vez, Dios pone su ley en el alma de las personas. Dios se da a conocer a todos, no sólo a los instruidos. Nos enseña a renacer como personas nuevas. A eso, algunos le llaman "limpiarnos de nuestra iniquidad".
   -Cristo obtuvo el perdón de todos los pecados, por medio de la sangre que derramó -manifestó el orador.
   -En cuanto a la sangre de Cristo -intervine, y me fui también hacia adelante-, él muchas veces nos dijo que la iba a derramar. Es que Jesús fue infinitamente fiel a la misión que Dios le encargó. Y por eso estaba tan dispuesto. Él vino a dar un mensaje. Dijo que el reino de Dios está dentro de cada persona.
   El tipo que predicaba se molestó conmigo por haber dicho eso, y empezó a cambiar un poco el tema.
   -¿Recuerdas que los cuerpos sacrificados se quemaban fuera del campamento? -preguntó sin esperar respuesta-. Pues, así también Jesús murió fuera de la ciudad.
   -Jesús nos pidió anunciar su mensaje -dije, volviendo al tema principal-. Su sangre como símbolo de pacto debe entenderse así. Más de alguna vez nos dijo que también nosotros tendríamos que estar dispuestos a morir por entregar el mensaje. A eso le llamó "beber su sangre".
   Intenté explicar que el Maestro siempre usaba imágenes y símbolos en sus palabras, para que éstas pudieran ser comprendidas por la gente que venga dentro de muchos siglos más.
   -Jesús -agregué- vino a cambiar nuestra manera de pensar... -Aceptad eso -completó Tadeo-. No tratéis de encasillar a Cristo en la ley antigua.
   A esa altura, ya empezaron a increparnos. Sin embargo, me armé de fuerza y dije en voz alta:
   -El vino nuevo se pone en odres nuevos, porque si no, éstos se romperían. Hay una renovación que tenéis que aprender, aceptar, integrar. No nos quedemos en el pasado.
   -Cristo murió por nosotros, sí -dijo Tadeo-. Porque fue fiel hasta la muerte. Vino a entregar un mensaje, y no lo traicionó, sino que lo vivió. Y murió por darnos su enseñanza.
   -Y resucitó -agregué-, para mostrarnos el renacer como personas nuevas. No tiremos eso a la basura. Lo que haga cada cual con el mensaje es una decisión libre... Pero, algún día tendréis que rendir cuenta.
   Nuevamente salimos de ahí a los empujones, quedando muy magullados.
   En cuanto nos repusimos, con Tadeo, unos días después, nos pusimos a predicar en las plazas. Ahí nos iba mejor. Así era nuestro discurso:
   -Salvar es liberar. Jesús nos ha enseñado en qué forma podemos ser rescatados de la opresiva iniquidad, y ser liberados para vivir nuestra vida según los propósitos de Dios.
   Teníamos buenas posibilidades para predicar en la plazas, y una excelente llegada, que contrastaba con la falta de acogida por parte de los judíos de la secta.
   Sentí que era importante nuestra labor.
   Hemos tenido muchos discípulos, entre ellos un escritor llamado Abdías. Lo nombramos presbítero de la comunidad que se estaba formando. Desempeña un excelente trabajo como pastor de la gente.
   Así estuvimos durante algún tiempo, contentos con el desarrollo de las comunidades. No obstante, las cosas no iban del todo bien, pues a los pocos meses, las personas de la secta se relajaron en sus costumbres, pues consideraban que si los pecados están perdonados de antemano... ¿dónde está la ley?, lo que les interesa tanto... Empezaron a tener toda clase de malos comportamientos. No sé si se estaban dando cuenta de una fuerte contradicción en su manera de pensar.
   Tadeo consideró que era el momento de volver a la sinagoga. A mi amigo le gusta escribir. Pasa horas enteras preparando cartas para las comunidades que él ha fundado en distintas partes de la región. Le escribe a los presbíteros que él ha dejado y al obispo que aquellos han elegido para coordinar las comunidades.
   Esa vez, Tadeo me dijo que tendríamos que ir a la sinagoga a aclararles la situación. Hacia allá nos dirigimos cierto día.
   -No nos han eliminado la antigua ley -hablé, cuando todavía no me empezaban a mirar mal-. Jesús no vino a permitirnos la mala conducta. Nos dijo claramente que no actuemos movidos por el miedo, sino por el amor. Eso es lo nuevo que ha pasado con la ley.
   -Sois como nubes sin agua, o árboles que no dan fruto -los reprendió Tadeo.
   La asamblea fue pasando de los murmullos a los gritos.
   -Sois como estrellas que han perdido el rumbo -continuó Tadeo.
   En esa oportunidad no salimos golpeados, sino sólo repudiados de palabra. Semanas después vino eso del castigo. Sí. En la secta hablaban de un castigo didáctico. Bueno, es cierto que con ese calificativo el asunto del castigo pasa bien. Sin embargo, han tenido que contradecir todo lo que afirmaban antes. En el fondo, estaban reconociendo su error. Pero, se han ido al otro extremo, por salirse con tanto ímpetu.
   Traté de hacérselos ver:
   -¿Qué tanto hay con eso del infierno? ¿De dónde habéis sacado esa enseñanza?
   Siempre que intervine, al principio me acogieron bien, y después ya no tanto hasta llegar al franco repudio.
   A veces yo defendía a Tadeo, otras veces, él a mí.
   En la pelea de ayer, resultamos muy maltrechos. Hasta los funcionarios de gobierno tuvieron que intervenir en favor nuestro.
   Y seguiremos firmes en la lucha...