ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia niña         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Séptima parte.- Aprendiendo a sobrevivir

   Máximo el Auténtico

   El calor estaba agobiante, más aún subiendo el monte Sinaí a mis 65 años de edad. Y peor todavía, sin saber si encontraría o no a la persona que andaba buscando. Se trataba de un monje llamado Juan, nombre bastante común.
   Por suerte, vi venir a alguien bajando, y con atuendo monástico muy parecido al mío. Se me acercó muy amable, y me saludó como Jesús:
   -La paz sea contigo, hermano.
   Después de contestar su saludo le pregunté directamente por un monje llamado Juan. Se rió y me respondió que conocía a tres con ese nombre y que viven en sendos pequeños monasterios, en diferentes sectores del monte.
   Le expliqué que el Juan que yo buscaba es uno que escribió "La escala del Paraíso". Y que justamente lo que yo necesitaba era que me hablara de su obra, pues los que la han leído, o por lo menos han sabido de ella, la han puesto tan bien, que decidí hacer este largo viaje.
   -¡Ah! Juan de la Escala. Así lo llamamos -me respondió, al tiempo que me mostraba con su dedo índice un puntito en una de las cumbres cercanas. Una de las más bajas, menos mal.
   Le agradecí haberme solucionado un problema. Nos despedimos, y partí por un angosto e intrincado sendero en la dirección indicada.
   Una hora después llegué, e hice sonar la campana especialmente dispuesta.
   -Buenas tardes. Mi nombre es Máximo -dije al monje que me acogió.
   -Muy buenas tardes.
   -Busco a Juan de la Escala.
   -Yo soy.
   -Loado sea Dios.
   -¿En qué puedo servirte?
   -Estoy interesado en La escala del Paraíso.
   Rió de buena gana, me hizo pasar y me ofreció quedarme unos días. De hecho, Juan se sentía bien por tener alguien que lo escuche.
   Me asignaron una celda de relativa comodidad. Dejé ahí mis cosas y, la primera actividad fue integrarme a la oración de Vísperas, y después, una comida frugal. Me quedé tres días, durante los cuales conversamos de todo. Primero, de la Escala.
   Juan había escrito "La escala del Paraíso" quince años atrás. Cada peldaño de su escala representa un paso concreto del camino del alma hacia la perfección. Al principio está la renuncia al mundo, en varios peldaños, para ir llegando progresivamente a la lucha contra los vicios y al desarrollo de las virtudes. Y en la cima, la unión con Dios por medio del Amor. Es como un libro de oración.
   Le hablé un poco de mí, que nací en Constantinopla, que estudié Teología y otras materias, y entré al monasterio no tan joven. Eso fue en el tiempo en que Sabiniano, que después fue patriarca de Roma, tuviera desafortunada actuación frente al patriarca de Constantinopla, quien sólo quería llevarse mejor con Roma. De hecho, yo también soy partidario de tener la mejor relación posible con Roma.
   Juan de la Escala me contó que llegó acá muy joven, y ya es abad, y no baja casi nunca al mundo. Así que fui yo el que habló más cosas, para poner al día a Juan con algunos de los acontecimientos que me ha tocado observar. Empecé por lo que para mí es el principio, cuando yo tenía un poco más de veinte años. Le hablé del brevísimo pontificado de Bonifacio el tercero. Mientras, yo tenía un alto cargo como funcionario del emperador bizantino Heraclio. Y dejé todo para ser monje, y nunca me he arrepentido. También llegué a ser abad, más o menos en la época en que empezó a predicar Mahoma. Pero, cuando los sasánidas invadieron gran parte de nuestra península, el monasterio en que yo estaba tuvo que trasladarse a Cartago, a un convento a cargo del abad Sofronio. Me dediqué a estudiar los escritos de Gregorio Nacianceno y de algunos pensadores que admiraban a Platón. Y también a escribir.
   -Adopté el modelo de Platón -expliqué-, en el sentido de que el propósito del ser humano es volver a la unidad con Dios.
   -Como lo decía Orígenes.
   -Sí, como el gran Orígenes, pienso también que la salvación es para todos.
   -El hombre -agregué- encuentra su totalidad en sí mismo, al superarse.
   -O sea, podría decirse que la encuentro en Jesucristo.
   -Bueno, sí, ése es un buen punto de vista.
   A continuación le hablé del martirio, o más bien dicho masacre, en el monasterio San Clodio, en León, hace algunos años. Primero mataron al abad Vicente, y después fueron al convento y mataron a su sucesor Ramiro, junto a doce compañeros.
   Lamentamos un buen rato eso, en oración. Después le conté que Sofronio fue nombrado patriarca de Constantinopla, y unos años después, los árabes se apoderaron de Jerusalén. Todo esto último, Juan ya lo sabía.
   Hasta aquí llegó nuestra conversación del tercer día. A la mañana siguiente, después del Laudes, emprendí el viaje de regreso. Mi aventura estaba terminando de buena manera. La disfruté intensamente.

         * * *

   Vivo una agonía insufrible. No sé por cuántas horas más, o quizás días, y hasta semanas.
   Todo empezó por una controversia teológica, de ésas que dividen con fuerza brutal al pueblo de Dios, y son por eso lamentables en grado sumo. Jesús nos advirtió acerca de esto, alabando a Dios por haber puesto el conocimiento en las almas más sencillas y haberlo negado a los sabios y supuestamente entendidos. Pero, una y otra vez los humanos caemos tropezando en la misma piedra, no sin la presión ejercida por los gobiernos que intentan uniformar el pensamiento.
   Desde hace un siglo, por lo menos, ya cayeron en desgracia los que pensaban que la naturaleza divina de Jesús había sido tan fuerte que había dominado a su naturaleza humana, anulándola. Y ahora, han vuelto a la carga diciendo que la naturaleza humana de Jesús no poseía voluntad, ni ninguna clase de energía para actuar. Eso es algo que no se puede entender bien, pero que choca al entendimiento, pues la voluntad humana de Jesús demostró con hechos ser muy fuerte. En el fondo, aquéllos intentan discernir si acaso podría haber habido conflicto entre lo que Jesús quiere en cuanto hombre, y lo que quiere en cuanto Dios. Para mí, es más fácil entender que Jesús actuaba con su energía humana, privilegiando la conducción según los designios de su voluntad divina.
   En ese momento, me fijé la tarea de conversar con los que piensan distinto. En su gran mayoría son personas valiosas, y si están o no equivocadas no lo puedo decidir yo. Lo esencial, para mí, es enseñar lo que he aprendido, y abrirme a lo nuevo, también. El diálogo es lo único constructivo, en este caso.
   La iglesia de Roma considera hereje a la iglesia de Constantinopla, y viceversa. Los gobernantes de cada lado intentan conquistar a sus adversarios alineándose con la posición teológica de su patriarca súbdito. Así, el asunto ha trascendido lo pastoral, para convertirse en un problema político. Y dentro de él, la disputa teológica de los patriarcas ha pasado a ser una de las tantas aristas del asunto.
   Hubo un patriarca de Roma, llamado Severino, en lucha con el emperador bizantino Heraclio. Duró pocos días el patriarca Severino. Murió cuando ocurría un saqueo en San Juan de Letrán. Poco después, Pirro, patriarca de Constantinopla fue depuesto por motivos políticos, y exiliado en Cartago, donde estaba viviendo yo, como abad de un monasterio. Yo había conocido a Pirro, años atrás, cuando estudiábamos.
   Visité a Pirro y le propuse debatir públicamente eso de la voluntad de Jesucristo. Lo programamos para la semana siguiente. Al evento concurrió un gran público. Fue un debate magistral el que tuvimos. Partí diciendo que no tenemos muchas posibilidades de comprender las cosas divinas. Pirro estuvo de acuerdo. De ahí, nos enfrascamos en una conversación constructiva, cada cual defendiendo su posición. Al final, Pirro aceptó lo de las dos voluntades. Terminamos amigos, y decidimos ir a Roma, y hablar con el patriarca, y dejar solucionada la controversia, de una vez por todas. Fuimos juntos, pero no alcanzamos a hacer mucho, pues Pirro se arrepintió de su retractación y volvió a Constantinopla. No supe qué presiones ha debido enfrentar.
   Por lo menos, se convocó a un concilio. A poco andar, el patriarca de Roma fue envenenado. Asumió Martín. El concilio siguió su curso. Participé en él. Triunfó la posición de Roma, que también yo he suscrito en todo momento.
   Como yo le encontraba la razón a los supuestos adversarios, fui repudiado por los bizantinos. A partir de ese momento yo pasé a ser una especie de traidor a la tierra en que nací.
   Pero, ¿cómo? Lo único que no traicioné ni lo haré jamás, es lo que Dios puso en mi corazón.
   Me dispuse a mirarme por dentro, con una pregunta: ¿Quién soy yo? Y también, mirarme por fuera, con otra pregunta: ¿Qué es el mundo? Avancé mucho en esta búsqueda y llegué a la conclusión de que las respuestas a esas preguntas siempre serán sólo aproximaciones que ayudan mucho.
   Hace nueve años fui apresado, y también lo fue el patriarca Martín, quien quedó primeramente en Constantinopla, y después desterrado. Murió al poco tiempo habiendo sido humillado y torturado.
   A mí me llevaron a juicio, o más bien dicho, lo que ellos llaman "juicio", en el cual me condenaron a prisión. Y hace poco, otro juicio similar, como resultado del cual fui cruelmente torturado. Me cortaron la lengua para que no pudiera hablar, y también me cercenaron la mano derecha para que no pueda escribir. Fue todo muy doloroso, y sigue siéndolo. Fui desterrado a la Cólquida, una tierra con valor mitológico para los griegos.
   Y acá estoy, en medio de grandes dolores, con mis heridas infectadas, y alta fiebre. Rezo con el salmo 22, como hacía Jesús en la cruz. No es que Dios nos haya abandonado, sino es una manera de aproximarse al ámbito divino, en medio de la aflicción.
   Trato de aprender a escribir con la mano izquierda, pues no quiero que me silencien. Y quiero escribir un testamento espiritual, muy breve, ahora que estoy por acceder al llamado del Padre.

 
   

Un convento singular

   Ha muerto Valerio. Estoy apenada, pues él era un hombre santo. Lo visité una vez, hace como nueve años, en su ermita cerca del castillo de la Piedra. Yo sabía que las ermitas se mantienen con las limosnas que dejan los peregrinos visitantes. Pero, lo que no sabía es que, en los pueblos cercanos a estas instalaciones básicas, hay clérigos que dedican tiempo a llevar las finanzas de sus ermitas.
   Me enteré de esto, de una manera dramática, esa vez que estuve hablando con Valerio. Me animé a ir porque su fama había trascendido las distancias, y quise estar cerca de la santidad, aunque fuera por un rato. También sé que la sociedad en que vivimos ve con malos ojos que una mujer visite a un ermitaño. Sin embargo, yo no quería topar en eso. Siempre trato de no dejarme llevar por prejuicios.
   -Me llamo Otilia -le dije-, y vivo en un convento.
   Me acogió con alegría, y con la mejor disposición.
   Le conté acerca de los problemas a la vista que tuve cuando niña.
   -Yo veía muy borrosas las cosas que estaban cerca, pero un poco mejor las lejanas.
   -Me doy cuenta que lo superaste.
   -Sí. Mi padre me envió a un convento de monjas. Debe haber sabido que ahí iba a sanar.
   -¿Y cómo lograste sanar?
   -Bueno... Sanar en alguna medida... Con mucha meditación, y con ayuda del agua de una fuente milagrosa que allí había.
   -¿Te quedaste en ese mismo convento?
   -Hace un par de años intenté volver a mi casa. Pero, mi padre quiso casarme con un gran señor..., que no era de mi agrado. Me escapé, disfrazada de sirvienta, y cuando pasó el peligro volví al convento.
   También hablamos algo acerca del concilio del anciano Agatón y de Sergio. Sólo pudimos compartir lo poco que sabíamos.
   -Fue el año pasado -acotó Valerio.
   -Sí. En Constantinopla.
   -El buen patriarca Agatón..., lo que más quería en toda su vida era mejorar la relación entre la iglesia de Roma con la de Oriente.
   -Tuve oportunidad de conocer a la hija de Agatón. Una gran persona.
   -Lo notable del concilio fue el haber ratificado lo de las dos voluntades.
   -¿Qué es eso de las dos voluntades? -pregunté.
   -Bueno, es algo complicado... Pero, en palabras simples..., se reconoce la voluntad humana de Jesucristo, quien vino a hacer la voluntad divina.
   -¿Y antes..., se estaban peleando por asuntos que no todos entendemos?
   -Algo así.
   -Hoy vendrá Sixto a buscar el dinero -me advirtió Valerio, después de una pausa-, así que será conveniente que no te quedes mucho más... Tú sabes lo que siempre imaginan respecto a las conductas de la gente.
   -¿Quién es Sixto?
   -Un clérigo administrador.
   -¿Y es confiable? -me atreví a preguntar, con extrañeza.
   -Para nada. El tipo me explota. Y le molesta que yo entregue limosnas a los que son más pobres que yo. Creo que pronto me iré de aquí a buscar un lugar mejor... Bello como éste, con luz y sol, apto para el recogimiento.
   Y como viéramos, desde lejos, que ya venía una persona, nos despedimos. Supuestamente me retiré, pero la curiosidad me retuvo, a unos cien metros de ahí, y me escondí detrás de unos matorrales.
   Observé cuando llegó el tal Sixto y habló algo con Valerio. No supe qué cosas se estaban diciendo, pero por los gestos se adivinaba una relación difícil entre ellos. Valerio le pasó al hombre una bolsa en la que debe haber estado el dinero, según imaginé. El clérigo miró dentro de la bolsa y se puso muy intranquilo.
   Estaban discutiendo airadamente. En cierto momento, Sixto le dio un golpe de puño al anciano Valerio, quien cayó al suelo. Al poco rato el abusador se fue. Cuando estuvo lejos, salí de mi escondite y corrí a atender a Valerio, que ya estaba tratando de sentarse en una piedra. Tenía sangre en su rostro. Se la limpié como pude, y traté de reconfortarlo.
   Conversamos un poco más, antes de retirarme. Estuve de acuerdo con él en que lo mejor sería que buscara otro lugar.
   Después de esa vez, no volví a verlo. Es que estábamos a mucha distancia.

         * * *

   Estoy a punto de morir. Aunque aún no he llegado ni siquiera a los sesenta años, una extraña enfermedad me ha atacado y me llevará hasta el Padre.
   Mi vida ha sido siempre como la de las monjas. Habitualmente en conventos, pues me ha sido permitido, con generosidad. Pero, también fuera de ellos, prestando ayuda a los enfermos y a los pobres.
   No sólo me he dedicado a la caridad. También he tratado de aprender las cosas divinas, aunque no tengo estudios formales. Busco por aquí y por allá. Y en la oración. Desde que recuperé la vista plena, o casi plena, diría yo para no pecar de exagerada, uno de mis máximos placeres ha sido la lectura. Además, me informo de lo que está pasando.
   Hace unos cinco años pasó por acá un joven presbítero apodado Bonifacio y predicó una vez en la plaza. Asistí fascinada porque es un hombre estudioso y sabe enseñar. De hecho, le encanta enseñar. Ésa es claramente su misión en la vida. Este Bonifacio estuvo pocos días, pues andaba de paso en su camino desde Inglaterra a Alemania, donde estaba destinado.
   Esa única plática de Bonifacio me enseñó mucho. Tanto así, que empecé a dedicarme a evangelizar a mi padre terrenal. Con paciencia y siguiendo la línea de Bonifacio, le he hablado a mi papá acerca de las enseñanzas de Jesucristo. Poco a poco fue entendiendo. Él es todo un señor feudal, y sin embargo, pudo entrar en la oración. La paz que sintió lo transformó. Importante en este camino de conversión fue mi mamá que, desde mucho antes, estaba intentando dar a su marido una formación religiosa.
   Hace tan solo dos años logré que el castillo de mi padre fuera convertido en una residencia piadosa, para la oración. Tal como un convento. Mis padres siguen viviendo en el castillo, de una manera monástica. Muchas niñas, discípulas mías se han venido a vivir a este castillo conventual. Desde acá, seguimos saliendo a socorrer a los enfermos. Mientras tenga vida, lo seguiré haciendo.

 
   

El hermano Marino

   Adriano
   El hermano Marino se ha enfermado, y de mucha gravedad. Acá en el convento todos tememos por su vida. Marino se ganó mi aprecio en estos pocos años que ha estado con nosotros. Desde el primer día, cuando vino con el hermano Eugenio, su padre, un verdadero santo que entró a Canobin cuando quedó viudo. Eso fue a fines de la década del 720. Marino tenía entonces catorce años, y es el monje más joven que hemos tenido.
   El abad no lo hubiera aceptado, por la edad, de no ser por los ruegos del hermano Eugenio, muy respetado por todos debido a su oración que era extraordinaria. Su espíritu se iba al cielo por tardes enteras y volvía con una sonrisa que me gustaría ser capaz de dibujar. Trató de enseñarnos la oración contemplativa, sin mucho éxito porque, o él no sabía enseñar, o nosotros no sabíamos aprender.
   Marino, sí que aprendió. Y se transformó en nuestro profesor. Fue algo increíble, cómo un niño nos acercaba a Dios.
   Marino tenía una especial belleza, quizás debido a que estaba en plena adolescencia. Si parecía que aún no salía de la niñez. Está mal que yo lo diga. No quiero parecer un pervertido sexual, pero..., Marino era bonito. Hablo en pasado porque ya no es tan lindo. El sufrimiento ha hecho estragos en él. Ahora, cuando lo veo en su cama, consumiéndose por la fiebre, me parece estar viendo un anciano, aunque todavía no llega a los veinte años. Limpio su frente con un pañuelo y lo ayudo a beber agua. Necesita mucho líquido.
   Antes que él llegara a Canobin, era yo el monje más joven. Hicimos amistad desde el primer momento en que llegó. Me encariñé tanto con él, que el abad me empezó a mirar feo, y a los pocos días me llamó a su oficina. Me habló con mucha fuerza. Le tuve que explicar que yo siempre he sido muy hombre, y que no tengo ninguna intención de ir en contra del sexto mandamiento.
   -Más vale así -replicó.
   Después de esa ingrata conversación me fui a mi celda, muy contrariado. El abad no quería que yo fuera amigo de Marino. Está bien, pensé, y le ofrecí al Señor el sacrificio de no verlo mucho. No lo cumplí, porque Marino me buscaba para conversar. A escondidas, claro, si no estaba permitido para nadie, no sólo para nosotros.
   Cuando murió el hermano Eugenio, fue un golpe duro para Marino. Lloraba tanto, que le presté mi hombro. Sus lágrimas quedaron en mi hábito. Yo no sé cómo puede llorar tanto. Es que es tan niño aún. Esa vez, el abad me volvió a llamar la atención. Tuve que defender nuevamente mi integridad moral. Es que acá en el convento no es bien visto tener un amigo. Eso me ha dificultado la vida de oración, porque tengo que inhibirme y encerrarme en mí mismo, lo que no me hace nada de bien.
   Es demasiado rígido el abad. Y exigente. Con Marino, al principio no lo fue tanto, pues tuvo en cuenta su edad. Hasta que ocurrió aquello.
   Un pecado muy grande tiene que haber cometido Marino porque lo echaron del monasterio. Fue una cosa atroz. El abad lo repudió, a tal punto, que Marino no pudo ni siquiera entrar al convento, para nada, durante más de un año. Se lo veía al lado de la puerta pidiendo limosna. Todos los días le llevé algo de comer, lo que había escondido antes, durante el almuerzo. Mi pan, o mi fruta, eran para Marino.
   Cada cierto tiempo yo le suplicaba al abad que recibiera a Marino, que lo perdonara, que él es un buen muchacho. No es fácil convencer de algo a este señor. Nunca me dijo qué tan gran pecado cometió Marino. Se lo pregunté a varios monjes. Nadie lo sabía a ciencia cierta, pero el rumor más insistente se refería a un presunto amor que él habría tenido con una niña del pueblo. Yo no quería creerlo. Jamás pude imaginar siquiera a Marino tratando de conquistar a una niña. Cuando escucho esas versiones se me revuelven cosas, me tenso. Es como si el demonio me obligara a sentir celos que yo rechazo con todas mis fuerzas.
   Es que no puedo creerlo..., y no quiero creerlo. Los hermanos me dicen que soy ingenuo, que Marino estuvo metido con una niña, y la dejó embarazada.
   Seguí yendo afuera a llevarle a Marino mi pan y mi fruta, cuando había. También le he llevado ropa que me han regalado. El pobre pasaba frío. La mía le queda un poco grande, pero no importa. El me lo agradeció con unos ojos maravillosos. A veces conversamos. Le pregunté que cuál fue su pecado. Me respondió de una manera que no me aclaró nada. Me dijo que su pecado fue necesario para estar más cerca de Dios. No entiendo. No pudimos seguir hablando pues me pilló el abad y fui castigado con ayuno obligado por tres días. Me quedé pensando en lo que me dijo Marino. ¿Acaso el fin justifica los medios? ¿Acaso Dios quiere que pequemos? Me pongo en oración y le pregunto eso a Él.
   En las últimas semanas de su castigo, Marino estaba acompañado de un niño. Apenas puede cuidarse él mismo, y tiene además que ocuparse de un niño pequeño, que aún es un bebé.
   Recién entonces empecé a aceptar que Marino puede haber estado en amores. Un día le pregunté:
   -Marino, ¿quién es este niño?
   -¿Te gusta? -me preguntó- dime si no es encantador.
   -Sí, que lo es, pero ¿de dónde lo sacaste?
   -Fue abandonado por su madre.
   Nunca he querido indagar mucho. Pero, si Marino fue castigado con tal dureza, ha de haber pasado algo. Miré al niño, tratando de encontrarle un parecido con Marino. No le noté ningún rasgo de Marino.
   Soy tan porfiado. No quiero creer lo evidente.
   Hace ya casi un mes que hablé con los otros hermanos, respecto a traer de vuelta a Marino. Me apoyaron. Cada uno habló con el abad, hasta que se ablandó. Permitió que volviera, con ciertas condiciones.
   También llegó con él el niño. Se llama Fortunato. Marino tendrá que limpiar las letrinas, siempre él, ya no habrá turnos. Y lustrar todas las sandalias. Alcanzó a hacerlo por unas semanas.
   A poco de llegar cayó enfermo. De esto, hace ya varios días, y estoy cuidándolo. Se me ocurre que morirá en cualquier momento. Está débil y tiene muy mal los pulmones.
   A ratos puedo dormir un poco. Por mí, no me despegaría de su celda. Trato de estar el máximo tiempo que puedo.
   Su respiración es agitada. Intenta hablar, pero no le salen las palabras. Le tomo sus manos y le doy ánimo. Se está yendo, no cabe duda.
   Hacía unos ruidos con la garganta, pero ya no. Ni tampoco se mueve su tórax. Me acerco más. Pongo mi oído en su pecho. No escucho latidos en su corazón. Marino ha muerto. No puede ser.
   -¡Marino ha muerto! -grito con desesperación.
   Llegan corriendo todos los hermanos. Tengo una pena terrible. Llega también el abad.
   -Murió -dice fríamente el abad, y agrega, dirigiéndose a mí-. Ordenaré un ataúd. Mientras tanto, vístelo. Mañana lo enterraremos, lejos de aquí.
   El abad se retira y me deja más apenado aún. Quiero ponerle el hábito a Marino. Sí. Un hábito de monje es la ropa que deberá vestir en esta ocasión solemne.
   Aún está tibio, según siento cuando le saco el pijama. Tiene una faja en el pecho, la cual está muy apretada. Este Marino, hasta el final con sus penitencias. Está tan apretada la faja, que no se la sacaré. El pantalón arremangado deja ver sus piernas lampiñas. Levanto un poco a Marino para retirarle el pantalón del pijama.
   -¡No! No puede ser -me hablo a mí mismo, más que sorprendido, consternado. Ahogo un grito. Es que su desnudez es distinta a la que me había imaginado. Veo su vello púbico, como un triángulo negro que termina en unos labios absolutamente femeninos. Marino es, en realidad, Marina.
   No puedo soportar la emoción que me tiene tomado. Se me escapan las lágrimas, primero unas pocas, después un torrente. Lloro con hipos, en tal forma que..., otra vez están llegando todos los hermanos.
   El abad se hinca a mi lado, y también llora.

   Marino
   Me dio mucha alegría cuando entré al convento con mi papá. Accedí de muy buen grado, no sólo para estar cerca de él, sino también para poder tener una vida monástica.
   Cuando él me cortaba el cabello muy cortito yo me puse contenta, a pesar de que adoraba mi pelo largo. Es que en la vida hay cosas más importantes que el cabello.
   Durante unos pocos años he sido muy feliz en Canobin.
   Adriano es un tipo espléndido, buen mozo, además de dulce y atento. Es un gran amigo.
   Mi vida se complicó cuando me tocó ir al pueblo con otros monjes. No iba Adriano. Tenemos que turnarnos para ir al pueblo en un carretón a comprar los víveres. Es una actividad agradable, que sirve para salir de la monotonía diaria.
   Lo único que no me gusta de esas salidas es que las mujeres me persiguen, pero también me da risa.
   La niña de la hospedería, hija del dueño, me molesta mucho. Claro, creyendo que yo soy un muchacho, quiere llevarme a su cama, a toda costa. Le expliqué que soy un monje y que no me permiten andar por ahí con mujeres. Ella no comprende. Me insulta y cree que puede tentarme dejándome ver sus muslos, y abriendo su boca como frutilla. Yo me río. Si ella supiera que soy niña, no hallaría dónde meterse. De repente, me dan ganas de decírselo, pero no lo haré. Lo más sagrado es mantener la promesa hecha a mi padre. Jamás me dejaré descubrir.
   Y no soy el único objetivo de esta muchacha. La he visto coquetear también con varios hombres, incluyendo al militar aquél, el único que le hace caso. Yo veo cómo se deleita con ella.
   No me gusta ir a esa hospedería, pero es la única que hay en el pueblo, y cuando se nos hace tarde tenemos que quedarnos porque sería peligroso viajar de noche por esos caminos llenos de delincuentes.
   -¡Hermano Marino! -una voz en el pasillo del convento, en este mismo instante, me saca de mis reflexiones.
   -Ya voy -digo, subiendo un poquito la voz para que me escuchen, y salgo de mi celda.
   -¿Qué pasa? -pido una explicación.
   -El abad te llama.
   -¿A mí? -pregunto sin esperar respuesta, y me dirijo a su despacho. No tengo aprensiones porque sé que él me estima. Golpeo antes de entrar.
   -Pase.
   Abro con lentitud la puerta, entro a la oficina del abad y lo miro. Está enojadísimo. Igual, me trata con mucha deferencia. Alguien más está con él, y yo lo conozco. Es el dueño de la hospedería. Le tiendo la mano con una sonrisa, y no me hace caso. Sigue sentado, y con muy mala cara.
   -Siéntese -me dice el abad.
   Así lo hago, en la única silla desocupada. El abad me empieza a hablar, muy serio.
   -Yo sé que usted ha tenido siempre un buen comportamiento. Tengo plena confianza, pero este señor me ha venido a decir algo, y tengo que cerciorarme, por eso es que le pregunto. Así, aclararemos todo.
   Sigo esperando que me pregunte algo, y lo único que le escucho, después de un rato es:
   -¿Y?
   -No sé de qué me está hablando -le digo con sinceridad.
   -Mire, la hija de este caballero está embarazada. ¿No lo sabía?
   -No. No tenía idea.
   Un silencio espeso e incómodo se produce de inmediato. Me imagino que querrán que yo acuse a alguien.
   -No sé quién puede haber sido -digo, y me arrepiento de haberlo dicho, porque es casi como inculparme. Eso me puso nerviosa.
   -Quiero decir -rectifico, después de otro silencio-. No puedo acusar a nadie.
   Fue para peor. El hotelero está desesperado. Se levanta de la silla, y se vuelve a sentar. El abad, muy molesto conmigo.
   -Necesitamos descubrir al seductor. ¿Fue usted? -pregunta ahora, de un modo directo.
   Me quedo callada, sorprendida. Es que ellos no saben que es imposible que haya sido yo. Sería tan fácil para mí demostrar mi inocencia.
   -La niña lo ha acusado a usted -me confirma la sospecha el abad.
   Casi me levanto el hábito, ofuscada, pero logro contenerme. No. No puedo revelar mi secreto. Se lo prometí a mi padre. Además, no podría continuar en el convento. No sé qué haría en un caso así. No tengo a quién recurrir. De cualquier forma, Jesús nos ha dicho “La verdad te hace libre”. Tendré que renunciar a todo, y revelar el secreto. Estoy pillada. No tengo escapatoria.
   -¿Tiene algo de qué arrepentirse? -insiste el abad, con una sabiduría tan enorme que, creo que él mismo no es capaz de manejarla.
   Intento hablar pero no me salen las palabras. ¿Dónde está mi fidelidad? No puedo saberlo. En fracción de segundo se me viene la imagen de la Virgen María enterándose de que tendrá un niño, sin haber tenido relación sexual. Pero, si eso es lo que me está pasando a mí ahora. Esto es como una Anunciación.
   -Puedo hacerme cargo de la criatura cuando nazca -es lo único que atino a decir.
   -No ha respondido a mi pregunta -me grita el abad, que ya me cree culpable.
   Ahora, miro a través de mis lágrimas. Me da tanto miedo, que quiero decir la verdad. Lo intento. Me hinco ante mi superior. El hotelero me desprecia.
   -He cometido un pecado -digo, tratando de mantener la serenidad, y pensando en la mentira con que entré al convento-. Rece por mí, que yo haré penitencia.
   Lo único que quiero es que me pregunten qué pecado. Sólo así tendría la presencia de ánimo para seguir confesando. Ya sé que tendré que mostrar mi intimidad, pero no lo haré ante ojos extraños. Pediré que el hotelero salga de la sala.
   El visitante pone cara de cantar victoria.
   -¿Podemos hablar a solas? -pido al abad.
   -No. Es mejor que confiese, ya.
   Estoy entregada, como un Jesús ante un Pilato y un Caifás. Recuerdo su oración en el huerto, antes de ser apresado. Yo tampoco me tomaría este cáliz, pero ... que se haga la voluntad de Dios... Prefiero guardar silencio.
   -No podrás seguir viviendo en este monasterio que has deshonrado -fue la rápida sentencia.

 

   

Tarasio

   Estoy presente en un encuentro entre mi padre y el sabio Juan de Damasco. Ocurre acá en Constantinopla, mi ciudad natal. Ya han transcurrido un poco más de siete siglos desde que murió Cristo. Aunque tengo sólo quince años, quise acompañar a mi padre porque quería conocer a ese hombre sabio famoso. Me fue permitido porque así me instruyo en las cosas religiosas.
   -Has sido muy amable al recibirme, entre tus muchas actividades -le dijo mi padre al ilustre Juan.
   -Para ti siempre tendré un tiempito, Jorge.
   -¿Cómo estuvo ese viaje?
   -Muy bien. Aunque un poco largo y cansador, a mis setenta años...
    Este Juan de Damasco es un viejo simpático, poeta, lleno de historias, y además es presbítero. Él fue el que más habló en esta reunión, y yo me limité a escuchar solamente. Nos habló de su infancia, con Yazid, su compañero de juegos. Y de sus estudios de teología y de su predicación. Y de cómo entró a la vida monástica a los 35 años.
   Nos cuenta que antes de eso había estado participando, por muchos años, en cargos políticos, hasta que se hastió y sintió el llamado de Jesucristo.
   El presbítero Juan de Damasco defiende el culto de los íconos. En tres ocasiones ha elaborado escritos importantes, al respecto. De esto hace ya casi veinte años. Sin embargo, no ha tenido suficiente eco, como dice él, y sigue primando en la iglesia la idea de prohibir los íconos, porque se prestan para que la gente adore imágenes.
   -Pero, es que no tiene por qué ser así -reafirma Juan, con énfasis.
   Mi padre está de acuerdo, y yo, por lo menos diría que los íconos son bellos y sirven para visualizar aquellas realidades que no tienen presencia física hoy.
   Cuando llegó el momento de retirarnos, nos despedimos con cordialidad.
   -Adiós, Tarasio -me dijo Juan, y yo me sentí tomado en cuenta, una vez más, como antes cuando nos relacionábamos con personas importantes, debido al cargo de juez que tenía mi padre.

         * * *

   Esta vez estoy en otro encuentro importante. Han pasado muchos años, y ya tengo 53. Mi interlocutora, es nada menos que la Emperatriz Irene, que tiene treinta años. En realidad, es sólo Regenta temporal, mientras su hijo aún es niño. Éste se llama Constantino, como varios de sus ilustres antepasados, y será Emperador cuando alcance la mayoría de edad.
   Irene es una mujer bellísima. Nació pobre, en Atenas.
   Como motivo de esta entrevista, ella me está proponiendo ser su secretario. Para mí, es una gran noticia, siendo ella la jefa de la iglesia cristiana, tener un cargo cercano me permite aportar pastoralmente, lo cual es una de mis aspiraciones. La Iglesia ha estado, por largo tiempo, conducida por políticos más que pastores. Espero poder restablecer la conducción pastoral de la iglesia, en la medida de lo posible.
   Acepto encantado el puesto de secretario. Irene me tiene mucha estimación, y también yo a ella.
   Conversamos varios asuntos, especialmente acerca de los íconos, un tema que nos ha tenido muy tomados durante toda la vida.
   Hace unos treinta años hubo un sínodo en que se prohibieron las imágenes. Tanto a Irene como a mí, nos parece muy mal que se haya hecho eso, y esperamos revertirlo lo más pronto que se pueda.

         * * *

   Llevaba yo un año de secretario cuando Irene me nombró Patriarca de Constantinopla. He tratado de desempeñar ese cargo de la mejor manera posible. De hecho, mi vida personal ha sido muy sencilla, a pesar del lujo que se respira en los altos cargos en que he estado.
   Cuando tenía dos años de patriarcado organizamos con Irene un concilio, acá en Constantinopla. Pero éste fracasó porque el ejército se tomó el templo de la Santa Sabiduría. El concilio tuvo que postergarse para el año siguiente, y se llevó a cabo en Nicea, y contó con la presencia de los legados de Adriano, Patriarca de Roma.
   Tras fuertes discusiones, esta vez triunfó nuestra posición a favor del culto de las imágenes, para venerar lo que representan. En todo caso, se dejó claramente estipulado que no se debe adorar las imágenes en sí mismas.
   Además, ocurrió algo buenísimo: Un alto grado de conciliación entre la iglesia de Oriente, con la de Occidente, que siempre tienden a dejarse llevar por incomprensiones.
   En cuanto al Imperio, empezó a pasar por etapas nefastas. Desde el momento en que al joven Constantino le correspondía asumir como Emperador, y su madre no quería dejarlo todavía, talvez porque ya se notaba claramente que el tipo era inmaduro, y que no tiene las condiciones necesarias para gobernar. Fue así como los seguidores de Constantino, que ya se estaban preparando para tener cargos importantes, se sintieron estafados, y dieron un golpe. Impusieron como emperador a Constantino VI, y apresaron a su madre. Este nuevo emperador sacó a su madre de la prisión, y al poco tiempo, logró que se le permitiera volver a la corte.
   Algunos años después, los que habían estado gobernando antes, con Irene, vieron que ya era su momento de recuperar el poder. Más que nada porque el gobierno de Constantino VI dejaba mucho que desear. Lo derrocaron y lo asesinaron. Se produjo una anarquía durante unos días, en que Irene estaba muy apenada y rechazaba a esos antiguos seguidores. Por fin, ella se sintió como para hacerse cargo del gobierno, y nadie le puso dificultades en ese momento.
   Muy poco tiempo después, Carlomagno se constituyó en Emperador, y jefe de la iglesia. Irene fue desterrada a la isla Lesbos.
   Yo siempre intenté que en la iglesia hubiera más pastoreo que política. Esa fue la lucha desigual en la que estuve con paciencia y perseverancia, y con oración, pero con poco éxito.
   También he dedicado gran esfuerzo en socorrer a los pobres.
   Hace pocos día ha muerto Irene. Para mí, ha sido una gran pena.

 
   

Metodio

   Metodio es mi sobrenombre. Me lo puso mi hermano menor, cuando éramos niños. Y yo a él lo llamé Cirilo, también un sobrenombre. Ambos seguimos llamándonos así, toda la vida.
   Nacimos en Tesalónica. Yo, once años antes que él. Nuestro padre tenía una gran biblioteca, con libros de los Santos Padres, especialmente Gregorio Nacianceno, que se transformó en mi favorito, ya que leí mucho, así como también lo hizo después Cirilo.
   En cuanto finalicé mi educación me dediqué a la administración pública en Macedonia. Llegué a ser gobernador de la provincia de la Macedonia interior. Sin embargo, a la edad de 35 años decidí dejar el modo de vida mundana, y tomé los hábitos en el monasterio que se encuentra en el monte llamado "El Olimpo Bitinio".
   Por su parte, Cirilo fue enviado a estudiar a Constantinopla desde los catorce años. Uno de sus profesores fue Focio. Yo también alcancé a tener a Focio como profesor, un par de años, pero Cirilo mucho más.
   Cirilo se convirtió en bibliotecario en el Patriarcado de Constantinopla. Durante algún tiempo enseñó Filosofía, su materia preferida, en una escuela de Constantinopla, pero al poco tiempo dejó la docencia y se vino al monasterio del "Olimpo Bitinio". Acá nos dedicamos al ayuno y a la oración. Y a observar cómo va transcurriendo la vida.
   El patriarca de Constantinopla, llamado Ignacio, cayó en desgracia por negarle la comunión a un tío del joven emperador Miguel. Poco después de eso, fue destituido. En su reemplazo asumió el profesor Focio, un hombre muy preparado. Ese mismo año, Nicolás asumió el patriarcado de Roma.
   Quiso Focio ser reconocido por Nicolás, y por eso éste envió a Constantinopla sus legados para averiguar bien la situación, que le estaba pareciendo irregular. Muy rápidamente, y sin mayor trámite, los legados confirmaron a Focio como Patriarca de Constantinopla. Sin embargo, a Nicolás esto le pareció muy mal, y decretó que debía reponerse a Ignacio.
   Focio respondió indignado, y obtuvo el apoyo de los demás patriarcas orientales. Se produjo, de esta manera, un nuevo y fuerte distanciamiento entre la iglesia de Roma y la oriental. Encuentro lamentable que las cosas se hayan dado así. Mis oraciones están ahora destinadas a la lucha por lograr una mayor unidad entre los cristianos.
   Al año siguiente, un pueblo del Cáucaso pidió que les hicieran llegar predicadores. El Patriarca Focio habló con Cirilo, a quien conocía muy bien, y por cierto le tiene gran estimación. Le pidió que dejara el convento, pues había llegado el momento de la acción. Y que juntara un buen grupo para hacerse cargo de esa misión. Cirilo lo habló conmigo. Al principio no estábamos muy seguros de querer meternos en esa actividad, pero entramos en discernimiento, y finalmente Cirilo se comunicó con Focio, aceptando la misión. Nos preparamos para salir hacia la península de Crimea, en la costa del Mar Negro.
   Estuvimos allí cuatro años estudiando el idioma de los josares, y predicando. Para que nuestra predicación fuese más eficaz, Cirilo decidió que tradujéramos la Santa Escritura al idioma eslavo. Esto les pareció muy mal a algunas personas anticuadas, y llevaron su queja ante Nicolás.
   Un día encontramos en un lugar de la costa de Crimea una reliquia del mártir Clemente, que había sido obispo de Roma al final del primer siglo.
   Cirilo se enfermó, y estuvo bastante mal, pero sanó. Sin embargo, cada cierto tiempo le volvía su enfermedad.
   Después que volvimos a Constantinopla fuimos enviados a Moravia, donde también necesitaban predicadores. Estuvimos ahí otros cuatro años.
   El patriarca Nicolás nos llamó a conversar, pues estaba muy preocupado por las habladurías que había en contra de nosotros.
   -¿Vamos a Roma? -dije a Cirilo.
   -Vamos a Roma -me respondió, sin mayor aprensión.
   Llevamos la reliquia de Clemente para entregársela a Nicolás, pero éste murió un poco antes de nuestra llegada. Por eso, conversamos con su sucesor Adriano II, que vivía en el palacio laterano, junto a su esposa y su hija. Formaban una bella familia.
   A todo esto, el patriarca de Roma estaba siendo llamado "Papa".
   El Papa Adriano nos recibió de muy buena manera. Él tenía la mejor disposición para unificar la Iglesia. Le dimos la reliquia, y también le regalamos una Santa Escritura en idioma eslavo. Así pues, se rompió la tradición de permitir la liturgia sólo en latín, griego o hebreo.
   Cirilo, que venía ya un poco enfermo, se agravó estando en Roma. Estuvimos meses en Roma cuidándolo. Presbíteros y obispos lo visitaban.
   Uno de éstos, cierta vez nos contó un hecho anecdótico ocurrido unos cuarenta años atrás en Fiésole, cerca de Florencia. Sucedió cuando estaban reunidos gente del clero y también muchos laicos, en un templo, orando para que el Espíritu Santo los ayudara a elegir un obispo. Era una oración con mucha apertura y disposición a aceptar a la persona que el Espíritu indicase. En eso estaban, mirando hacia la puerta por si veían aparecer al elegido, cuando un hombre entró al templo porque quería tener una pequeña oración. Se sentó muy atrás, y un rayo de luz proveniente de un vitral le dio en plena cara. Este hombre, llamado Donat, fue propuesto para obispo, y aceptado por aclamación. Donat no sabía dónde meterse. Primero creyó que éste era un pueblo con mucho sentido del humor. Al final, se rindió a la evidencia. Ni siquiera era un italiano, sino un irlandés que andaba en peregrinación hacia Roma. Lo interesante es que ha resultado ser un excelente obispo.
   Estábamos todavía en Roma cuando ocurrió el secuestro de la hija del Papa, por parte de un loco que la pretendía infructuosamente. Cuando la madre de esta joven descubrió el escondite del indeseable, éste las asesinó a las dos. Fue algo muy triste.
   A Cirilo le vino una fiebre tan alta que lo hacía ver a Dios y cantar alabanzas. Hasta que murió, teniendo apenas 43 años.
   El Papa Adriano me consagró presbítero y me nombró obispo. Volví a Moravia en tal calidad. Las cosas se habían puesto muy mal. Me tuvieron preso durante dos años, en una torre, muy humillado.
   Después que salí libre fui bien acogido por el pueblo. Creo que aún me queda mucha vida, para afrontar la cantidad de cosas que hay por hacer.


  Octava parte.- El fin de la inocencia

   El caso del Papa Formoso

   Me puse contento cuando el obispo de Porto fue elegido Papa. Ocurrió en un día otoñal del 891. Siempre le he tenido admiración y respeto. Como nombre papal adoptó su propio apellido, Formoso, que lo llenaba de orgullo. No era un tipo arrogante, sino más bien austero y con una fuerte personalidad. Su elección fue resistida con violencia por el obispo Sergio, su contendor vencido, que ya en ese tiempo codiciaba el poder.
   Yo era un muchacho inquieto, recién entrando en la adolescencia, y escuchaba toda clase de opiniones de los adultos. Unos a favor, otros en contra. Eran irreconciliables.
   Una vez que intenté decir mi punto de vista obtuve un duro rechazo:
   -Cállate, Pietro, que no deberías hablar estos asuntos.
   Como si yo no tuviera derecho a percibir las cosas que pasan, y encontrarlas buenas o malas.
   En mi opinión, Formoso fue uno de los mejores Papas de este tiempo en que han imperado el despotismo y las fuertes luchas de poder entre dinastías. No fue un tipo perfecto, que ningún ser humano lo ha sido ni lo será. Con su gran habilidad diplomática lograba desenredar entuertos y conciliar posiciones. Desde años antes de ser Papa se había destacado precisamente por eso, cuando estuvo como Delegado Pontificio en diferentes países. No siempre salió bien parado. Su situación más difícil la vivió a raíz de una fuerte pugna entre Arnulfo y Carlos II. La intervención del obispo Formoso a favor de Arnulfo disgustó al Papa de aquel entonces, Juan el octavo, y eso le valió la excomunión. Formoso tuvo que salir huyendo, y sólo pudo volver restituido cuando hubo un nuevo Papa, aquel que se llamó Marino.
   A propósito de ese Papa Juan el octavo, tenía por apodo "Papisa Juana", debido a su rostro lampiño y a sus modales afeminados. Demás está decir que el respeto que antes merecieron los Papas, ya lo habían perdido tiempo atrás.
   En algún momento de su pontificado, Juan el octavo cayó en desgracia por motivos que se ignoran, y fue depuesto, encarcelado, y asesinado con brutal violencia. Su pecado debe haber enfurecido mucho a los clérigos, y jamás quisieron contarlo.
   A raíz de ese secreto surgieron los rumores. Se decía que, en realidad, Juan el octavo era una mujer. Escuché muchas historias increíbles, inventadas a falta de información, y más que nada tomando el asunto para la risa. Casi nadie creía en ellas.
   A este Papa raro lo sucedió Marino, que era hijo de un muy buen sacerdote, llamado Palumbo. Estuvo sólo dos años, y murió en condiciones extrañas, no aclaradas hasta el momento. Con rapidez se eligió un sucesor, cuyo papado se extendió apenas por un año y algo más. Un poco antes de que muriera, ya estaba elegido el próximo Papa, que gobernó exactamente seis años. Y a su muerte fue que eligieron a Formoso.
   El Papa Formoso murió de manera sospechosa, después de cuatro años y medio de pontificado. Hay quienes dicen que lo envenenó alguno de los muchos enemigos que tenía en la propia Iglesia. Nunca pudo demostrarse eso, ni tampoco lo contrario, pues no hubo investigación. Es algo que me indigna.

         * * *

   A mediados del período de Formoso, y a pesar de mi poca edad, decidí entrar a un convento, pues quise vivir de manera monástica, en oración. El abad me veía leyendo casi siempre, y encontró que yo tenía facilidades para aprender. Me puso a estudiar Derecho Canónico, que es un tema que me gusta mucho. Por ese tiempo estuve alejado de los acontecimientos mundanos, aunque nunca dejé de observarlos a distancia.
   Después de Formoso hubo un Papa Bonifacio, hijo del gran obispo Adriano. A las dos semanas de asumir murió de un modo sorpresivo. Aunque oficialmente se dice que murió de gota, no sé si creerlo.
   Casi un mes después asumió el Papa Esteban, numerado el sexto de los Esteban. Era hijo de un presbítero, y pertenecía al bando de los que detestan a Formoso. El nuevo Papa era un hombre muy desequilibrado, y se ganó el odio de muchísima gente, debido a su conducta torcida. A los pocos meses de asumir tuvo una actuación deplorable, en la cual me vi involucrado.
   Estaba yo en mis oraciones de la mañana cuando llegó al convento un oficial, acompañado de un sacerdote y un par de soldados. El abad los recibió en su oficina, no sin aprensión, y poco después ordenó al portero que me llamara. Tuve que acudir a esa reunión nada de agradable. Cristo estaba conmigo en espíritu, para salvar cualquier escollo que apareciera en el camino.
   Necesitaban mis servicios, según dijeron, para defender judicialmente a un acusado, que por muy criminal que fuera, siempre tiene derecho a defensa.
   -Es una causa canónica -explicó el presbítero.
   -Aún no he terminado mis estudios de Derecho Canónico -dije, tratando de sacarme de encima un desafío que no presagiaba nada bueno.
   Ese detalle no les importó. Tuve que partir en ese mismo momento a San Juan de Letrán, pues no me estaban preguntando mi opinión.
   Me asignaron una silla y una mesa, y también me pasaron un legajo de papeles para que los estudiara mientras tanto, ya que al día siguiente comenzaría el juicio.
   -¿A quién tengo que defender? -pregunté.
   -A Formoso, el que fue Papa.
   -Pero..., si ya murió.
   -Hay cosas que no se han aclarado todavía, Pietro. Y cuanto antes, mejor será.
   Por lo menos, la defensa de Formoso era algo que yo encarnaba bien, pues se trata de una persona que siempre admiré. Sin embargo, era irregular hacer un juicio a alguien fallecido, y así traté de hacerlo ver, sin que nadie quisiera escucharme. Estaba atrapado. No me quedó más que leer los papeles y preparar mi alocución, por escrito, con la cual llegué a la mañana siguiente a la sala del tribunal.
   Me recibió un espantoso olor pútrido que tenía a todos los presentes con sendos pañuelos perfumados en sus narices. Grande fue mi asombro cuando vi al acusado, de cuerpo presente, sentado en un sillón. Vestía ropas papales y mostraba parte de su rostro de un color morado, y un líquido viscoso que corría por la única mejilla que le quedaba. En la cuenca vacía de uno de sus ojos apareció un minúsculo gusanito que, tímidamente, se escondió al verme. Me vinieron arcadas que tuve que aguantar.
   En la silla del juez estaba el mismísimo Papa Esteban. Cuando traté de quejarme por la indecencia de haber desenterrado el cadáver del Papa Formoso para traerlo al juicio, el Papa Esteban me miró enojado y me obligó a ocupar mi lugar en la Defensa. Enseguida, dio por iniciado el juicio.
   Yo no hallaba qué hacer. Aquello era una farsa ridícula, macabra, inaceptable.
   Un clérigo que hacía de fiscal leyó el libelo acusatorio. Ahí se decía que Formoso había cometido perjurio, y que de tanto codiciar el papado llegó a él de mala forma, pues estaba inhabilitado por ser obispo de otra diócesis. La de Porto, en este caso.
   El juez se dirigió hacia el acusado y le preguntó qué podía decir en su defensa. Toda mi persona estaba arrugada. Hubiera querido estar muy lejos de ese lugar en que el demoníaco Esteban abusaba en esa forma tan horrenda.
   ¡Dios mío! -pensé- ¿Cómo pudo la Iglesia caer en manos de un hombre tan detestable como es el Papa juez Esteban.
   -Yo hablaré por él -tuve que intervenir, refiriéndome a Formoso, y leí el escrito que había preparado el día anterior.
   Ese clima se mantuvo por una jornada completa, sin que nadie tuviera interés en hacerme caso. Hasta hice ver, con documentos y pruebas, que Formoso llegó a ser Papa en la misma forma que todos los Papas, incluyendo el actual. Sin embargo, eso no era lo que querían escuchar.
   Nunca creí que pudiera llegar a vivir algo así, tan absurdo y abusivo. Me armé de valor y dije todo lo que tenía que decir. Aunque me haya llenado de enemigos, así me sentí más amigo de mí mismo.
   Al atardecer salí a tomar aire y caminar un rato. Necesitaba algo así como un desahogo interno. No llegué muy allá. Dos tipos surgieron de improviso, me tomaron, me pegaron, y me llevaron secuestrado a una mazmorra. Me sacaron en cara los argumentos con que yo había hablado. Me siguieron interrogando y golpeando por varias horas. Querían amedrentarme.
   En cuanto aclaró me dejaron salir. Me senté en el suelo, tratando de recuperarme hasta que consideré estar disponible para continuar el juicio. Caminé hasta San Juan de Letrán y entré a la sala, en muy mal estado. El mareo, producto de los golpes recibidos, me hacía dar pasos erráticos, y el hedor del cadáver estaba tan insoportable que vomité ahí mismo. El Papa Esteban se puso furioso.
   -¡Saquen a ese borracho! -gritó, y el guardia no tuvo mayores dificultades para cumplir la orden, mientras yo trataba de aclarar que no estaba ebrio.
   Salí de ese lugar apestoso, y estuve casi toda la mañana descansando. En la tarde me acerqué a la sala del tribunal y abrí un poco la puerta para escuchar desde afuera.
   Formoso fue declarado culpable. Alcancé a oír la sentencia, en que se daban por inválidos todos los nombramientos que él había hecho cuando fue Papa, pues había usurpado la silla de Pedro, según dijo el Papa juez.
   Se condenó al cadáver del acusado a una ignominiosa mutilación póstuma. Sus tres dedos centrales, índice, cordial y anular, le serían cercenados pues, indignamente habían sido usados para dar falsas bendiciones, según Esteban.
   Me asomé y vi que Formoso era despojado de sus vestimentas papales. El cadáver quedó desnudo, salvo una camisa de crin que no pudieron sacar porque ya estaba pegada al cuerpo. Era el cilicio que Formoso llevó en vida, como una forma penitencial voluntaria. Ni siquiera ese detalle, si puede llamarse así, sirvió para que estos buitres se convencieran de las buenas intenciones del hombre que estaban deshonrando. Le pusieron una vestimenta ordinaria, que tenían preparada para este efecto.
   -El cadáver de este indigno usurpador -sentenció el Papa Esteban- será enterrado en una fosa cualquiera.
   De inmediato surgió el clamor de los presentes:
   -¡Tirémoslo al Tíber!
   No costó mucho para que Esteban consintiera. Entonces, me di cuenta que la situación ameritaba actuar con rapidez. Partí corriendo, y conseguí que una carreta me acercara al río, en las afueras de la ciudad, en aquel sector en que las aguas van de bajada hacia la costa. Es muy cerca del convento en que vivo, y por eso conozco bien el lugar. Caminé un poco hasta llegar a la humilde choza donde vive Giovanni, un pescador amigo. Me recibió con alegría. Le expliqué la situación, con pocas palabras, y le imploré su ayuda, a lo que accedió gustoso. Tomó en sus manos un atado de redes de pesca, y partimos los dos hacia la orilla del río, y caminamos unos diez minutos hacia abajo, buscando un lugar apropiado.
   -Aquí podemos hacerlo, Pietro -dijo Giovanni, al llegar a un lugar en que el río es más angosto y describe una curva propicia para nuestros fines.
   Nos sacamos la ropa exterior, nos sumergimos en la orilla del río, y le ayudé a Giovanni a amarrar los extremos de las redes a ciertos árboles y arbustos, de manera que la parte central de aquéllas se alejara río adentro. No fue posible cubrir todo el ancho del río, pero confié en que mis oraciones ayudarían a rescatar el cuerpo de Formoso.
   Encendimos una fogata y nos pusimos a esperar, conversando. Le conté a Giovanni los pormenores del juicio, y casi se murió de la impresión. Un par de horas después vi que venía algo flotando sobre las aguas. Era Formoso, que aún no podía descansar en paz. La corriente impulsó su cuerpo hacia la red.
   -Eres un genio, Giovanni -exclamé entusiasmado.
   De nuevo nos sacamos la ropa y nos metimos en el agua para sacar las redes y el producto de la inusitada pesca.
   Giovanni me ayudó a sepultar el cadáver de Formoso en un lugar cercano, que a partir de ese momento pasó a ser un secreto. Ahí estaría el cuerpo por algún tiempo, hasta que la gente decente recuperara el papado.
   El Papa juez Esteban quedó tan desprestigiado que se ganó una gran cantidad de enemigos. Antes de terminar ese año, en un momento de descuido, fue atacado por una turba, y hecho prisionero. Murió estrangulado.

         * * *

   Asumió un nuevo Papa, que se llamó Romano. También era hijo de un presbítero. Me llené de entusiasmo cuando inició las gestiones para rehabilitar a Formoso y dejar sin efecto el tétrico juicio que se le había hecho. En eso alcanzó a estar por pocos meses, y murió en forma sorpresiva. Según los rumores, habría sido envenenado, pero eso nunca quedó muy claro.
   El siguiente Papa, Teodoro el segundo, continuó la labor. Era el momento que yo estaba esperando. Desenterré el cuerpo de Formoso, con la ayuda de Giovanni, y lo dispusimos de tal forma a la orilla del río, que otros pescadores lo encontraran y lo llevaran a las autoridades eclesiásticas. El Papa ordenó volver el cuerpo a su lugar de sepultura que le correspondía, de donde lo había sacado Esteban, tiempo atrás. Anuló el juicio macabro, y restauró el buen nombre de Formoso. Todo esto, cuando apenas hacía dos semanas desde que Teodoro fue elegido Papa.
   Creí que era el final de la historia, pero aún faltaba algo. Pocos días después, Teodoro fue envenenado. Esta vez no quedaron dudas acerca de cómo murió el Papa.
   Después de tanto enterarse de extrañas muertes papales, la gente empezó a perder la capacidad de asombrarse. Y a mí, me vino una angustiosa aprensión, mezclada con arrepentimiento. Si no hubiera entregado el cuerpo... Habría estado mejor cuidado..., y talvez se habría salvado Teodoro.
   Todo volvió a ser incierto. El asunto no tenía más remedio que esperar, atento a los acontecimientos.
   Hubo una sucesión de Papas que duraron poco, y sus muertes no estuvieron exentas de sospecha. Primero Juan el noveno, después Benedicto el cuarto, León el quinto y Cristóbal. Todo esto en sólo seis años.
   Empezó a tomar relevancia y poder el conde de Tusculum, llamado Teofilacto, quien entabló amistad con los Papas, y poco a poco fue obteniendo cada vez más control sobre las decisiones de la Iglesia, y también sobre sus suculentos bienes materiales. De esta manera, los Papas lograban sobrevivir, mientras podían.
   Así estaban las cosas cuando empezó el pontificado del Papa Sergio el tercero, que después de mucho intentarlo estaba logrando su codiciada e inmerecida silla. Para ello, hizo matar a León y también a Cristóbal, quien había asumido como Papa de una manera muy irregular, pues León aún no había muerto en ese momento, sino que sólo estaba prisionero.
   El caso es que el famoso Sergio resultó ser un tipo detestable. Astuto, y libre de escrúpulos, lo cual es una mezcla fatídica. Se las arregló para llevarse a su pontificia cama a Teodora, la mujer de Teofilacto, a cambio de jugosos beneficios para su esposo, quien estaba despojando a la Iglesia de sus bienes. Teofilacto llegó a ser senador y jefe militar de Roma.
   Estaba tan fascinado el conde, cada vez más poderoso, que no trepidó en ceder a su hija Marozia. La bella joven ocupó también la pontificia cama de Sergio, y adquirió una enorme potestad.
   Al poco tiempo, la gente comenzó a comentar estas libertades que se tomaba el Papa Sergio con ambas mujeres. El pueblo pasó a nombrarlas como la puta madre y la puta hija.
   Este Papa Sergio decidió volver a denostar a Formoso. Le hizo un juicio póstumo, esta vez sin la presencia del cadáver, y lo declaró culpable nuevamente. Su cuerpo fue sacado de su sepultura, pues no se le consideró digno de ella.
   Con Giovanni, preparamos nuestras redes en el río, esperando que hasta allí llegaría el cuerpo de Formoso. En efecto, así ocurrió. Lo rescatamos de nuevo y lo pusimos en la fosa secreta, provisoria, y creo que pasará mucho tiempo hasta que lo podamos sacar de ahí.

 

   Ulrich de Augsburgo

   Nací a fines del siglo IX. Pertenezco a una familia acomodada, de la nobleza. De niño, fui enfermizo, y por eso tenían que cuidarme mucho.
   Me tocó vivir casi toda mi vida en el siglo X, una época muy complicada para la iglesia cristiana. Esto ha resultado ser así debido al relajo moral de algunos Papas.
   Con Sergio III comienza una vergonzosa época con muchos Papas inmorales y corruptos, en manos de la familia de Teofilacto y su hija Marozia, de dudosa reputación.
   En 911 murió Sergio III, y fue sucedido por una larga serie de pontífices puestos por la familia de Marozia y su primer marido Alberico, y después el hijo de éstos, Alberico II.
   Muchos de estos Papas optaron por venderse a las pésimas costumbres. Pero, unos pocos se rebelaron contra ellas. Éstos fueron torturados y asesinados por la poderosa e inmoral familia. Excepción fue el Papa Agapito II, que de alguna manera se las arregló para rebelarse, en cierto grado, sin que lo asesinaran.
   Durante el período oscuro la iglesia sobrevivió gracias al Espíritu Santo y a algunos obispos, y también unos pocos reyes, que mantuvieron una santa espiritualidad. Yo hice todo lo que pude en este sentido. Como obispo de Augsburgo, fui nombrado por el rey Enrique, teniendo yo un poco más de treinta años.
   El que casi rompió la cadena de maldad fue el Papa Juan XIII que asumió el pontificado en 965, y logró, en alguna medida, restablecer las buenas costumbres en la jerarquía de la iglesia cristiana.
   Estoy convencido de que las malas conductas que ha tenido el clero en lo sexual se han debido, en gran medida, al celibato que ha sido impuesto desde hace algún tiempo. He luchado en todos los tonos para lograr que se permita el matrimonio de los presbíteros, pero no he tenido eco en ninguno de los Papados. Y ha habido varios. Creí que con Juan XIII iba a tener éxito, pero no fue así.
   Siempre he buscado mejorar el comportamiento del clero de mi diócesis, tan inmoral como son muchos de los cardenales.
   Con mi gran amigo Conrado, obispo de Constanza, hemos realizado cientos de visitas, en ese sentido, en nuestras diócesis y en las vecinas. Gracias a Dios hemos tenido éxito. Sin embargo, el ámbito es limitado.

 

   Romualdo

   Nací en Rávena, en 951, en una familia noble. Tuve muy buena instrucción.
   Como cabía esperar, mi vida en la adolescencia y primera juventud fue bastante mundana.
   Yo tenía veinte años cuando mi padre se batió a duelo con su primo. Antes del desenlace, yo estaba asustadísimo. Después que cayó muerto el primo, me sentí peor aún, pues yo mismo había deseado esa muerte. Y además, en ese momento tomé conciencia de tener un padre que ha matado a un ser humano. Eso no es grato, en absoluto. Ese duelo me hizo cambiar mucho. Ya no podía ver la vida como la ve un niño chico. No hallaba dónde encontrar la esperanza. Había presenciado ese duelo, desde lejos y oculto. Y salí corriendo despavorido, no sabía qué hacer.
   Poco tiempo después entré a un monasterio benedictino, cosa que antes ni se me había pasado por la cabeza. Estuve ahí tres años, durante los cuales, poco a poco fui sintiendo un llamado, cada vez más fuerte. A anunciar el Evangelio. O sea, la palabra de Jesús.
   Cuando iba a salir en misión, me enfermé. Me tuve que quedar, y ya no estaba tan seguro de tener que hacer esa salida. Talvez mis anuncios tendrían que ser acá mismo.
   Lo medité mientras convalecía. Y pensaba en el estado catastrófico en que está la Iglesia. Después de Juan XIII volvió la tendencia a que los Papas estuvieran presionados para corromperse, y si alguno no aceptaba ese régimen, quedaba con una alta probabilidad de ser asesinado, o por lo menos removido del cargo. Salvo heroicas excepciones. ¿Qué puedo hacer yo con todo eso? Me lo preguntaba seriamente. Y me respondía: Orar.
   Mi padre intentaba sacarme del convento. Fueron tantas las veces que acudió, y conversaba con el Superior, que al final se quedó acá con nosotros, arrepentido de su vida de violencia.
   Yo trataba de enderezar la conducta de los monjes, y talvez fue por eso que el Emperador me nombró abad. Estuve un tiempo haciendo esa función, pero pronto la delegué y me dediqué a fundar nuevos conventos.
   Ocupé gran parte de mi vida en la creación de monasterios, ya que mis prédicas en las plazas lograban convencer a muchos jóvenes. Incluso inicié una nueva Orden, la de los Camaldulenses. No tanto como Orden, en realidad es una rama eremítica de los benedictinos.
   En un viaje que hice a Roma me ocurrió algo grandioso. Yo estaba visitando a un obispo, y tuve que esperar un rato, ya que él estaba en una reunión con un obispo armenio, llamado Macario. Cuando éste salió, entré yo a mi reunión, que estaba planeada. Entre otras cosas, el obispo me habló de Macario, que es un gran tipo, que sana enfermos y anda misionando. Le había traído de regalo un libro escrito por otro armenio, "Libro de las sagradas elegías", y que fue traducido al latín por un presbítero, también armenio. Es un libro de oraciones.
   Me mostré tan interesado en ese libro, que el obispo me lo regaló. Quedé feliz. Al llegar de vuelta a mi tierra lo leí, y ahora lo guardo como un tesoro. Gregorio Narek se llama el autor, y se ve que es un tipo que lucha por una verdadera unión de las iglesias cristianas, que hoy en día están un poco separadas.
    Caminé mucho, a lo largo de toda mi vida, y al llegar a cierta edad, ya anciano, me conseguí un burro, para seguir anunciando el Evangelio.

 

   Juan Gualberto

   Nací a fines del siglo X. En una familia florentina dueña de castillos y otras riquezas. Me pusieron Juan, por muchos juanes santos que hay, y Gualberto..., nunca supe por qué.
   Crecí en un ambiente de felicidad hasta que ocurrió la muerte de Hugo, mi hermano mayor. Fue asesinado por un supuesto amigo. Y yo vi todo, cómo lo mataban, y no pude hacer nada. Eso se me quedó clavado, y me siguió torturando por muchos años.
   Adopté el papel de futuro vengador. Sabía que tarde o temprano yo haría correr la sangre del asesino. No tenía la claridad como para darme cuenta de la paradoja que eso encierra.
   Un día, Viernes Santo, asistí al templo para la adoración de la cruz. Aunque yo no era muy devoto, esa vez me emocioné con la ceremonia, muy bien llevada por el presbítero. Quedé sintiendo muy fuerte la pasión de Cristo, y así en ese estado me dirigí a Siena en mi caballo.
   Ya llevaba bastante camino avanzado cuando vi venir a alguien, a pie, en sentido contrario al mío. Era un hombre que venía con un niño. Me detuve junto a ellos, y me bajé del caballo para preguntarles si necesitaban algo.
   -Juan Gualberto -exclamó el tipo, con asombro, y una buena cuota de miedo.
   Entonces me di cuenta que ese hombre era el que mató a Hugo. "Por fin", pensé, "lo tengo a mi disposición". Quise cumplir esa venganza largamente esperada.
   Saqué mi espada. El hombre se arrodilló pidiendo perdón. Yo no tenía intención de perdonar, pero... el niño se puso a llorar. Y reviví en él mi propio llanto de aquella antigua vez. Eso, más mi reciente emoción frente a Jesús en la cruz perdonando a sus asesinos, me tocó con fuerza. No iba a causarle a ese niño lo que un asesino me había causado a mí.
   Guardé mi espada. Desistí de vengarme.
   -Lárgate -le dije sin poder evitar que se me notara el desprecio que yo aún estaba sintiendo.
   El hombre y el niño se fueron rápidamente. Me serené, y me subí al caballo sintiéndome bien. Llegué a un monasterio benedictino que había cerca, y decidí pasar un rato a orar. Así lo hice, y después de una hora me pareció que el Cristo crucificado me miraba con dulzura.
   Volví a mi casa. Cambiado. Todos me miraban raro. Sonreí y les dije que sólo estaba ahí para despedirme.
   Al día siguiente, muy temprano emprendí nuevamente el mismo camino, y me quedé en el monasterio. Ésa iba a ser mi vida a partir de ese día.
   Por varios años viví ahí. Hasta que me decidí a salir al mundo, aunque no tanto. Salí a fundar otros monasterios. Pero, entre uno y otro, yo convivía con la gente, y me enteraba de todo lo que estaba ocurriendo.
   Y lo que estaba pasando no era nada de auspicioso, pues las dificultades de entendimiento, entre la iglesia cristiana de occidente con la de oriente, estaban siendo cada día más fuertes.
   Este asunto hizo crisis en Julio de 1054, tras la muerte de León IX, patriarca de Roma, pero esa crisis se empezó a gestar un par de años antes, cuando los árabes que se habían adueñado de Sicilia fueron derrotados por los normandos, que estaban participando en la guerra en calidad de mercenarios. Y acto seguido, los normandos se consideraron únicos dueños de Sicilia.
   Llegó un momento en que se produjo una disputa entre los patriarcas de Roma y de Constantinopla por el futuro predominio religioso en Sicilia. Por supuesto, influidos por los gobernantes de oriente y de occidente que querían el predominio político. León IX, por Roma, y Miguel Cerulario, por Constantinopla, intentaban ganar esa partida.
   León IX tuvo la mala idea de nombrar al cardenal Humberto como arzobispo de Palermo en el exilio. Esto fue muy mal visto por Cerulario, a tal punto que León IX tuvo que enviar un legado a Constantinopla, con la intención de convencer al patriarca. Fue entonces que al Papa se le ocurrió la pésima idea de enviar como legado al mismísimo cardenal Humberto, quien quedó así con la tarea de ser juez y parte. Cerulario siguió indignado con tal situación.
   Estando así las cosas, murió León IX, durante su cautiverio en manos de los normandos. Fue entonces que en la Iglesia de Occidente se produjo una anarquía, ya que el emperador no designó un nuevo Papa cuando era el momento adecuado.
   El cardenal Humberto se tomó atribuciones que no tenía y entregó una injuriosa bula de excomunión a Cerulario, basada en falsas acusaciones. Más bien dicho, no se la entregó sino que se la dejó en el altar del templo de la Santa Sabiduría. Peor aún, cuando alguien fue a devolvérsela en el momento en que salía del templo, no la aceptó, y el papel fue a parar al suelo. Todo esto de la bula y de la incorrección del cardenal Humberto, yo lo supe años después, porque en el momento mismo las informaciones no eran nada de claras.
   Humberto volvió a Roma. Las relaciones entre las iglesias llegaron a su peor momento. Todo podría haber mejorado si se hubiera nombrado un nuevo Papa con mejores habilidades diplomáticas que su antecesor. Sin embargo, eso no ocurrió hasta un año después, cuando el emperador nombró a Víctor II.
   Yo tenía gran esperanza en que la relación entre las iglesias iba a mejorar, sin embargo, este nuevo Papa no hizo nada al respecto. Y el tiempo siguió transcurriendo.
   Hubo después un nuevo Papa, que se llamó Esteban IX. Me volvió la esperanza, pues este pontífice, Federico de Lorena, era la persona más indicada para pedir excusas a Miguel Cerulario, ya que formó parte de la delegación encabezada por el cardenal Humberto, de tan mal comportamiento en Constantinopla. Sin embargo, su pontificado duró sólo unos pocos meses. Quiero pensar que tuvo la intención de arreglar el lío, y no alcanzó.
   El Papa siguiente, Nicolás II, tampoco hizo nada por reconciliarse con Oriente. Muy pronto murió Cerulario, y desde ese momento el asunto se puso cuesta arriba.
   Este Papa Nicolás II se dedicó a acosar a los presbíteros casados, para que repudiaran a sus esposas. ¡Qué injusto y poco cristiano! Mi querida Iglesia Cristiana está pasando malos momentos. Es para llorar. Pero, prefiero orar.

 

   Roberto de Arbrissel

   Es el año 1085, y yo ya tengo cerca de cuarenta. Mi vida ha sido bastante feliz, a pesar de las incomprensiones que he debido enfrentar.
   Nací en un ambiente campesino, en una localidad de la región francesa llamada Bretaña. Mi padre era el párroco del pueblo, cargo que heredé yo, años más tarde. Mis sermones atraían mucha gente. Creo que logré tener cierto poder de convicción. Hace algunos años me fui a París, a estudiar en la Universidad.
   Hoy ha muerto el Papa Gregorio VII. Su pontificado, que empezó muy bien hace doce años, fue contaminándose poco a poco, hasta terminar muy mal. Tiene a su favor el haber contribuido en gran medida a mejorar la conducta del clero. Y también algo que es más importante aún, el quitar a los reyes las atribuciones que tenían para gobernar la Iglesia.
   En cambio, no supo manejar la resistencia de los reyes. Decidió vencerlos mediante la excomunión, y levantó a un pueblo en contra de su gobernante. Al final, el Papa terminó apresado y desterrado.
   Por otra parte, quiso reponer la antigua costumbre del celibato, pero de muy mala manera, pues se lanzó en una violenta e injusta lucha en contra de las esposas de presbíteros, por ejemplo, mi madre.
   Pero, lo peor no fue eso. El verdadero punto bajo de este pontificado fue el documento Dictatus Papae, en el cual se afirma que el Papa es señor supremo del mundo y todos le deben sometimiento; y que la Iglesia romana no erró ni errará jamás. ¡Qué estúpida soberbia! De tanto que lo habían endiosado, se endiosó él mismo, y cayó paradojalmente en el error de avalar las iniquidades que han habido en la Iglesia, y otras que seguramente ocurrirán en el futuro.
   Por mi parte, me he dedicado a reformar prostitutas. Pobres mujeres que han caído tan bajo a causa de injustas vivencias que tuvieron que soportar. En su mundo interior aspiran a salir de la vida que llevan, y tener una familia a la cual dedicarse. El sistema en que están inmersas se los dificulta.
   En mí, todo empezó una vez que acudí a un burdel, quizás con ánimo de olvidar las penas, aunque fuera por un rato. Esa vez, conocí a una mujer que me inspiró compasión. Era muy atractiva, pero renuncié a revolcarme con ella y dejarla más empantanada que antes. Le hablé, inspirado por el Espíritu Santo. Pero, por sobre todo, la escuché. A los pocos días, organizamos su liberación. Simplemente la saqué de ahí, con su consentimiento. Nos escapamos. Ésa es la verdad. Logré que la acogieran en un convento de monjas, para hacer penitencia.
   Ese éxito, me dio la fuerza para repetirlo una y otra vez, con distintas mujeres. Al final, los regentes de estos lugares me odiaban. Llegó un momento en que ya no me dejaban entrar a ningún prostíbulo. Más aún, un par de veces me salvé de morir a manos de estos rufianes.
   Reuní a las prostitutas liberadas, en una modesta edificación que conseguí. Por el momento, éstas están ahí escondidas, reconciliándose con su ser y disponiéndose a salir al mundo nuevamente. Las tengo sentenciadas, que si vuelven a la prostitución las voy a tirar al río. Por supuesto que no lo haré, pero por lo menos ellas saben que hay una advertencia.

         * * *

   Es el año 1099. Hace diez, el obispo de Rennes me llamó a trabajar con él. También fui profesor de Teología. Cuando murió el obispo, me echaron del pueblo, pues el obispo tenía muchos enemigos. Entonces, me fui como ermitaño al bosque. Estuve un par de años en eso.
   Hoy ha muerto el Papa Urbano II. Me tenía muy buena voluntad, pero no así yo a él. No me gustó que impulsara la llamada Guerra Santa. No me parece que una cosa así haya sido la voluntad de Dios.
   Por mi parte, me sigo dedicando a recobrar la dignidad de la mujer, injustamente postergada en nuestra querida iglesia cristiana. Ahora rescato a las que habían sido esposas de presbíteros y están siendo rechazadas, acosadas y oprimidas . Y a las que después de haber seguido a algún predicador, han intentado volver al mundo, sin tener donde llegar. También he comprado esclavas, sólo para permitirles tener una vida digna.
   Acabo de fundar la abadía de Fontevrault. Es residencia de una orden religiosa formada por hombres y mujeres. Está y estará siempre dirigida por una mujer, como abadesa. Ya antes, esta orden estaba funcionando de manera informal. Ahora, están todos los edificios en el mismo lugar. Uno para hombres, otro para mujeres, un tercero para las ex-prostitutas, un cuarto para los que atienden leprosos, y un quinto para los que están enfermos.

         * * *

   Es el año 1115, y ya estoy anciano y enfermo.
   Hoy no ha muerto el Papa Pascual II, sino sólo tuvo que huir de Roma. A causa de la protesta enérgica del rey Enrique V por un asunto de herencia recibida por la Iglesia, a la muerte de la condesa Matilde de Canossa.
   Por mi parte, ahora vivo como simple monje en Fontevrault.

 

   Arzobispo Tomás Becket

   Nací en Londres, y mi nombre es Tomás Becket.
   Ahora que tengo veinte años de edad, acaba de morir mi madre, una mujer muy piadosa. Me vienen lágrimas al recordar, de pronto, tantas escenas de mi infancia. Mi padre ha quedado lleno de tristeza.
   Siempre fuimos una familia acomodada, con un buen pasar, y por eso tuve la suerte de recibir una buena instrucción. Primero, en el convento de Merton, y después en París.
   El presente año ha sido importante para la iglesia cristiana, ya que a comienzos de Abril se llevó a cabo un concilio en Letrán. Es el segundo en este lugar, en pocos años, y precisamente fue convocado para aclarar algunos puntos y reafirmar otros, todos los cuales quedaron muy confusos en el primero de los concilios de Letrán, hace 16 años. En aquel entonces estaba tomando mucho auge la Orden de los Templarios, una comunidad de monjes guerreros, fundada poco tiempo atrás.
   Hubo algo del primer concilio que siguió quedando en el aire después del segundo. Se trata de la creencia en un lugar de tortura con fuego, llamado Infierno. Un "santo" lugar tomado de mitologías ajenas. La manera autoritaria como esto se impuso es consistente con el contenido que representa.
   En este segundo concilio de ahora se avanzó bien en materias de disciplina y buenas costumbres para el clero. Es algo que siempre está de actualidad. Hubo también otras disposiciones positivas, como por ejemplo, la condena a los torneos, y el rechazo a Anacleto, un "Papa" impostor. Y la condena de actitudes abusivas en que incurren muchos prestamistas usureros. Y el rechazo a una mala costumbre, muy extendida, que es la compra de honores y promociones eclesiásticas.
   También se advierte a los presbíteros que tengan cuidado con las confesiones falsas.
   Pero, en cambio, se extremó en exceso la persecución a ideas y personas consideradas heréticas. Por ejemplo, en contra de Arnaldo de Brescia, un presbítero revolucionario, conductor de masas, autor de ideas innovadoras, como es propiciar que la iglesia renuncie a sus desproporcionadas riquezas. Y que los laicos puedan predicar, y confesarse con laicos. Arnaldo había sido discípulo de Pedro Abelardo, que también ha sido combatido por la jerarquía. Y ahora, De Brescia está siendo expulsado como canónigo. Sin embargo, ha seguido enseñando. Se retiró a París, junto a su maestro.
   El punto negro del concilio ha sido la forma injusta y violenta como se ha querido terminar con las esposas de presbíteros. Se anularon esos matrimonios. Las mujeres fueron declaradas concubinas, y se puso a sus hijos como esclavos de la Iglesia. Después del concilio, muchos presbíteros se están resistiendo a tan drástica medida. Incluso, han empezado a producirse protestas callejeras por parte del clero.

         * * *

   A poco de terminado el concilio, Pedro Abelardo empezó a tener problemas, ya que un abad cisterciense, llamado Bernardo de Claraval se enfrentó al método dialéctico de Abelardo. Lo considera irrespetuoso con los dogmas que enseña la iglesia, y además, hasta peligroso para los jóvenes. Especialmente, cuando el filósofo dice que no se puede creer lo que aún no se ha entendido. En esto último, yo tampoco estoy con Abelardo. Creo que es una aseveración demasiado intelectual, siendo que nuestra capacidad de pensamiento es limitada. De hecho, a lo largo de mi vida he visto ocurrir cosas extrañísimas, que nadie sabe cómo pueden haber ocurrido, pero sé que ocurrieron. Por lo tanto, creo en ellas, aunque no las entienda.
   Un alumno de Pedro Abelardo fue elegido Papa. Adoptó por nombre Celestino, y reincorporó a Arnaldo de Brescia a la Iglesia. Este Celestino II duró apenas cinco meses en el pontificado. Murió a consecuencia de un fuerte disgusto que tuvo al discutir con el gobernante de Sicilia.
   Por ese tiempo, el arzobispo Teobaldo de Canterbury me tomó como su ayudante. Me dediqué a las finanzas, durante unos meses, luego de los cuales el arzobispo consideró que yo tenía buenas condiciones para el trabajo, y me asignó labores más importantes.
   Dos años después me ordenó de diácono y me envió varias veces a Roma a tratar asuntos diplomáticos, y también a estudiar Derecho Canónico.
   Siempre he mantenido una estrecha amistad con el príncipe Enrique, a pesar de nuestra diferencia de edad, ya que él es 15 años menor que yo. Desde el inicio de su adolescencia ya andábamos en juergas.
   Mientras tanto, Bernardo de Claraval predicaba para entusiasmar a la gente con una nueva Cruzada. Ésta se efectuó, finalmente, durante un par de años, con participación de reyes, y con ánimo de obtener algún botín. Resultó en un estrepitoso fracaso.
   Es muy lamentable todo esto. Arnaldo de Brescia sigue sosteniendo que la riqueza es lo que está corrompiendo a la Iglesia. Ya le estoy encontrando la razón.

         * * *

   A los 35 años de edad me nombraron archidiácono de Canterbury. A fines de ese mismo año, Enrique empezó a ser rey. Seguimos siendo amigos, por un tiempo. Incluso, me nombró Canciller del reino. Para ello, restableció ese cargo, pues quería tenerme como consejero, ya que confiaba en mi buen criterio.
   El rey Enrique considera que hay una sola estructura de poder, y que él está por encima del arzobispo. Y se ha otorgado a sí mismo el derecho a conducir la iglesia. Tuve que advertirle que en esa lucha que tiene por manejar la iglesia, es él quien lleva todas las de perder.
   Complicando un poco más las cosas, tuvimos por esos mismos años, un Papa inglés, Adrián IV. Esto se ponía difícil para el rey. Y yo, ahí entre medio.
   Por otra parte, este Papa Adrián puso un interdicto sobre Roma, con intenciones de presionar al senado, que gobernaba esa ciudad. El alcance de un interdicto es enorme, pues suspende todos los ritos litúrgicos, incluidas las sepulturas. Fue muy sentido por los romanos ya que estaban próximas las fiestas de Pascua y todos temían pérdidas económicas al disminuir drásticamente las peregrinaciones.
   Así las cosas, el Senado tuvo que aceptar las condiciones del Papa, para suspender el interdicto. Dichas condiciones eran expulsar a Arnaldo y los suyos. Por lo tanto, el Senado dejó de apoyar a Arnaldo.
   En cuanto éste fue rechazado por la autoridad, lo tomaron prisionero unos soldados de Federico I Barbarroja, quien lo canjeó a cambio de la promesa del Papa de coronarlo emperador. Arnaldo de Brescia fue juzgado, y ahorcado, quemado el cadáver, y sus cenizas lanzadas al Tíber. Muchos cristianos expresaron su desencanto por la actitud de la Iglesia. Más allá de aceptar o no el pensamiento de Arnaldo, lo que se critica es la manera cómo se terminó con él, en vez de terminar con sus ideas.
   Unos años después se produjo un conflicto cismático en Roma, entre, Alejandro III y un tal Víctor IV. No pasó a mayores, pero le complicó la vida al Papa.
   Y hace poco, murió el arzobispo Teobaldo. Rechacé el ofrecimiento de Enrique para reemplazarlo. Consideré que yo no era digno de tan alto cargo, y además, me sería incómodo. Se lo dije de varias maneras: "vas a perder un amigo y ganar un enemigo", "tú que quieres poner la bota encima al arzobispo..., yo me defenderé de esa agresión; ahí la amistad no cuenta", "me sacas de tu lado para ponerme en el bando adversario".
   Sin embargo, un Cardenal, de mucha confianza del Sumo Pontífice, me convenció de que debía aceptar, y al fin acepté.
   Así fue como en el año 1162 fui ordenado sacerdote y arzobispo de Canterbury. Decidí empezar a mejorar mi comportamiento para merecer mi nuevo cargo. Pedí a mis ayudantes que en adelante me corrigieran con toda valentía cualquier falta que notaran en mí. Unos envidiosos empezaron a calumniarme en presencia del rey.
   A partir de ese momento se produjo en mí una transformación que me llevó a una vida austera. Antes de mi designación como arzobispo, yo no tenía nada de hombre de Iglesia, aún cuando era clérigo desde muy joven.
   Tomé con seriedad la función episcopal, renunciando a algunas costumbres. Antes había sido un hombre mundano y frívolo, pero al ser arzobispo eso cambió. Defendí con energía los derechos de la Iglesia.
   El rey Enrique II mandó a su hijo Enrique, de siete años, a vivir conmigo y ser educado por mí. Ésa es una costumbre de la nobleza. Me llevé muy bien con el niño, y él conmigo. Para mí fue como un hijo. A los cinco años de edad ya lo habían casado con una niñita de dos años, Margarita, hija de Luis VII de Francia. Un matrimonio por conveniencias políticas y económicas.
   Sin embargo, tal como yo mismo se lo había anunciado al rey, me vi enfrentado a él, a causa de su afán de gobernar la Iglesia. Yo estaba por una Iglesia independiente del poder civil.
   Dos años alcanzó a vivir conmigo el niño Enrique. Me lo quitaron cuando el rey se enemistó conmigo.
   En una de nuestras discusiones, Enrique II me instó a defender el honor del rey. Le dije, entonces, que el "honor de Dios" está por encima del honor del rey. Inventé eso de "honor de Dios" y lo seguí usando en mis conversaciones con el rey. Él se puso a buscar ayuda en el obispo de Londres.
   Pronto entré en un serio conflicto con Enrique, porque durante la asamblea de Clarendon, que se efectuó a comienzos de este año, el rey manifestó su voluntad de imponer a la Iglesia una serie de constituciones que intentan reglamentar la relación entre el poder real y el religioso. Se refieren a cuestiones judiciales entre clérigos y laicos, y pretenden dar poder al rey por sobre el arzobispo, en cuestiones de administración eclesiástica.
   Aunque en un primer momento estuve tentado a consentir esto, después recapacité y retiré mi apoyo. Fui el único obispo que se opuso. Todos los demás aceptaron someterse a la autoridad del rey por sobre la del arzobispo. El resultado es muy simple de enunciar. Quedó de manifiesto que yo estaba perdiendo el piso. Mi cargo de arzobispo dejó de valer.
   El altercado que produje me significó ser desterrado. Me vine a Francia.
   Por razones políticas, el Papa Alejandro III me negó su apoyo, para así evitar que Inglaterra se saliera de la Iglesia de Roma. Este Papa es conciliador y me encuentra inexperto. No aceptó mi renuncia.
   En cambio, he contado con el apoyo del rey Luis VII de Francia. Al final, he venido a parar a un monasterio, en Pontigny. Y aquí estoy, con toda la humildad que he podido demostrar.

         * * *

  Desterrado, pasé seis años en Francia, en la abadía cisterciense de Pontigny. En mi retiro, percibí un llamado a una vida más de acuerdo al Evangelio. Quise seguir las costumbres de vida de los monjes, entre los cuales descubrí el sentido de la penitencia, el cilicio, y la disciplina.
   Enrique siente hacia mí una extraña mezcla de afecto y de odio. Se reconcilió conmigo, cuando el Papa lo amenazó con la excomunión. Así, pude regresar a Inglaterra. La gente me recibió bien. Vi que tenía intacto mi prestigio.
   El rey Enrique quería tenerme humillado bajo su bota. Hizo coronar rey a su hijo, en York, no en Canterbury como correspondía. El rey Enrique llamaba "cretino" a su hijo. Y lo manejaba a golpes. Por algo, el pobre chico no quería a su padre.
   No cambié mi actitud rebelde, a tal punto que el rey lamentaba mi presencia. Escuché decir que el rey deseaba mi muerte, pero jamás supe si acaso eso era realmente así.
   A fines de 1170 , estando yo en oración junto al altar de la Virgen, llegaron cuatro caballeros del rey, aunque probablemente venían por propia iniciativa. Queriendo liberar a su soberano de este hombre inoportuno, que soy yo, uno de ellos me traspasó con su espada.
   Estoy herido de muerte. Unos presbíteros me están atendiendo en el suelo de la catedral de Canterbury.
   -El miedo a la muerte -alcanzo a decir- no debe separarnos de la justicia.

 

   Fray Telmo

   Los marineros y los pescadores me dicen Fray Telmo. Mi verdadero nombre es Pedro González Telmo, pero desde que entré a la orden de los predicadores, lo de "González" se perdió por completo, Y como existen muchos "Pedro", ya se ve cómo fue evolucionando mi nombre.
   Estoy próximo a la muerte. Primero sentí que así me lo decía Dios. Y después lo dijo también el médico al cual me llevaron los otros frailes, pues yo no quería ir.
   A estas alturas, quisiera recordar lo que ha sido mi vida, por si necesito arrepentirme de algo y reconciliarme con la divinidad.
   ¿Por dónde empezar? Por el principio.
   Nací hace 56 años, en un pueblito español cercano a Palencia, durante el breve pontificado de Clemente III. Mis padres provenían de familias acomodadas, y de esa forma transcurrió mi infancia.
   Me iba bien en los estudios, y siempre me gustó leer. En la Universidad de Palencia obtuve diplomas en Dialéctica, en Retórica, en Teología y en Cánones. Muy pronto el obispo Don Tello, que es mi tío, me ordenó como presbítero. Y poco después me otorgó un puesto como canónigo. Yo no estaba muy convencido de que ése fuera el camino que debía seguir, pero estuve muy bien dispuesto a intentarlo.
   No contento con todos los privilegios que ya me había dado, mi tío el obispo me nombró Deán de la Catedral. Me vinieron sentimientos encontrados. Por una parte, no tenía aún la madurez necesaria. Además, me sentía presionado más allá de lo que pudiera ser cómodo. Pero, al mismo tiempo, yo estaba dichoso de ostentar tan alto cargo, aunque me habría gustado que hubiera ocurrido por mis méritos y no por ser sobrino del obispo. Le pedí a Dios en mi oración, que me orientara y me hiciera ver cuál había de ser mi camino.
   El día de Navidad era mi estreno como deán. En dicha oportunidad, organicé una cabalgata, en forma de procesión, por la ciudad. Yo la presidía vistiendo mis más finas galas. También adorné a mi caballo, que así me hacía juego. Para mí era una gran alegría sentir la admiración y aplausos de la gente. Quizás me distraje tanto en eso, que no pude controlar un corcoveo del caballo, que no sé de qué se asustó. El hecho es que caí al suelo, en medio de un lodazal asqueroso. Quería morirme de vergüenza. La actitud de la gente cambió en forma absoluta. Ahora reían a carcajadas y se burlaban despiadadamente.
   Me paré con rapidez, rojo como un tomate, me subí al caballo y me fui para mi casa, y no volví a salir de ahí por varias semanas. Hasta lloré. Pero, lo que más hice fue pensar cómo se debe haber sentido San Pablo cuando se cayó del caballo y su vida cambió para siempre.
   Si tuve mi propio Damasco, mi vida también tenía que cambiar para siempre. ¡Y cómo! Por ese tiempo estaba naciendo una orden de predicadores fundada por un hombre extraordinario, llamado Domingo de Guzmán. Entendí que eso era lo mío. Ése era el camino que Dios me estaba indicando. En Palencia había ya un convento de esta orden y, curiosamente, se llama "San Pablo".
   Sin pensarlo más, me dirigí hacia allá y pedí que me aceptaran. La verdad es que me recibieron con los brazos abiertos.
   Salí al mundo a predicar. Dios estuvo siempre conmigo, y gracias a eso tuve muy buena llegada, hablando siempre de socorrer a los más necesitados. Mi discurso era distinto al típico. Así fue como recorrí la península, hasta que en Portugal me atajaron y me nombraron prior. Ahí tuve que quedarme por un tiempo. Me tocó acoger a un joven, llamado Gonzalo de Amarante, que después llegaría a ser un gran monje.
   Por ese tiempo fue lanzada otra Cruzada más. Un contrasentido, después de la última, que había sido nefasta, según me fui enterando de a poco. En su momento, no tomé conciencia de la gravedad de lo ocurrido en Constantinopla, pues yo era muy niño, y como tal, vibraba con la guerra santa, como le llaman. Y en cambio, ahora yo veía cómo estaban insistiendo en un camino errado.
   En cuanto pude, volví a salir al mundo. Mis sermones atraían a mucha gente. Los templos se llenaban tanto, que tuve que ponerme a predicar en las plazas. Mi fama llegó a oídos del rey Fernando, quien insistió ante el prior de la orden para que me enviara como capellán del Ejército. Yo no quería ir, pero en virtud del voto de obediencia me hice cargo de ese trabajo, resuelto a evangelizar a los militares. Les hablaba como he hablado siempre, poniendo mucho énfasis en inculcar valores de nobleza para con los vencidos, sin excesos ni crueldades.
   Caí muy mal entre los uniformados. Mis palabras no eran las que ellos querían escuchar. Hasta se me ocurrió una vez hablar en contra de las Cruzadas. Eso fue demasiado. Bastó para que me acusaran de grave falta contra lo establecido. Fue un regalo del cielo porque, debido a eso, me sacaron de ahí.
   Me enviaron castigado al convento de Tuy, un puerto fluvial a orillas del río Miño, frontera con Portugal. No como prior, ni nada parecido, sino como un simple monje en penitencia.
   Me dediqué a evangelizar a los pescadores. Yo les daba ánimo, y les conseguía ayuda. Ellos me pedían oraciones para que no hubiera mal tiempo. Yo accedía, de muy buen grado, con mucha fe en la fuerza de la oración. A tal punto, que los marineros que llegaban a Tuy en sus pequeñas embarcaciones empezaron también a pedirme oraciones para amainar las tormentas. En eso estuvimos por mucho tiempo, con gran éxito, hasta que me vino la enfermedad que me tiene mal.
   Gracias a Dios estoy teniendo el tiempo necesario para disponerme a entrar de buena forma en la otra vida.