ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia niña         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Primera parte.- Asamblea recién nacida

   Pedro y el encuentro en el monte

   Estoy maravillado por tener a Jesús con nosotros. Aunque sólo lo hayamos visto dos veces en este último mes. Y sin poderlo tocar. No he podido asumir que esto pueda ser posible. Sin embargo, lo es. Me pregunto cómo pudo entrar a la casa esa vez que se nos apareció, si estaban todas las puertas cerradas.
   La llegadas de Jesús son misteriosas. Después que fue muerto, y en esa forma tan cruel. Y más aún, después que fue sepultado. Es increíble cómo logró derrotar al odio y a la injusticia. Me avergüenzo de no haber estado ahí en el Calvario esa tarde, como Juan, que es apenas un niño. Tuve miedo, es cierto, mucho miedo. Pero ya lo he ido venciendo.
   -Juan -le digo, y quiero decirle también que admiro su valentía, pero no me sale. Él me mira interrogativo.
   -Tenías razón -declaro, pero sé que no me va a entender.
   -¿Por qué lo dices, Pedro?
   A esta altura del diálogo, los otros nueve se interesan en escucharme.
   -Quiero decir que tienes una sabiduría especial porque siempre das con la verdad, a pesar de que nunca te entendemos mucho.
   -Hago lo que puedo, no más, pero... ¿a qué te estás refiriendo?
   -A lo de Judas.
   -¡Ah! Te convenciste. Sí, creo que Judas no fue un tipo malévolo, sino que los sacerdotes lo embaucaron.
   -¿Lo... qué... quieres decir con eso? -preguntan varios a la vez.
   -Lo hicieron tonto -explica Juan.
   -Y tan mal que terminó. Me dio más pena que rabia cuando descubrieron su cadáver y fui a reconocer su rostro -explico, porque pienso que no todos lo saben-. Se adivinaba tanto dolor en esa cara, ya sin expresión alguna. Tiene que haber estado muy deprimido y agobiado. El tipo no tenía a nadie.
   -¿Y es verdad que el cuerpo cayó a la quebrada? -pregunta Bartolomé.
   -Cuando intentaron descolgarlo cayó desde gran altura y se reventó en el fondo de la quebrada. Es que Judas se colgó de una rama bien difícil, en un lugar abrupto.
   -¿Por qué dices que lo hicieron tonto? -intenta averiguar Andrés, dirigiéndose a Juan.
   -Le hicieron creer que ellos iban a proteger a Jesús, perseguido por los romanos, que querían desaparecerlo -argumenta Juan-, y le pareció bien, sabiendo que el Sanedrín no puede condenar a muerte.
   -El que está desaparecido es José, el de Arimatea -acota Simón, apodado Zelote.
   -Es bien raro eso -observa Jacob, el hermano de Juan.
   -Algunos miembros del Sanedrín quedaron muy molestos con él -expone Mateo.
   -Escuché decir que ellos lo tienen encerrado -acota Tomás.
   -Creen que él escondió el cuerpo de Jesús -explica Felipe.
   Rumores van y vienen, con lo cual la conversación se diluye un poco.
   -Judas puede haber creído que si Jesús se veía muy acosado -complementa Andrés, volviendo al tema anterior- iba a descargar todo su poder divino y se manifestaría de una vez por todas.
   -Yo no creo que Judas esperara ese momento de triunfo -le digo.
   -Igual fue un desgraciado -interrumpe Tadeo cuando ya todos empiezan a hablar al mismo tiempo.
   -Callad, que ahí viene el Maestro -protesto con firmeza, en cuanto veo venir a Jesús.
   -Menos mal que no nos equivocamos de lugar -dice alegremente Jacob, el hermano del Señor-. En esta subida nos dijo, y aquí nos encuentra, pero yo no estaba tan seguro hasta que lo vi, ahora recién.
   Quiero preguntar muchas cosas al Maestro, y no lo he hecho las otras veces porque me he limitado a alegrarme de su presencia.
   -La paz sea con vosotros -nos saluda Jesús.
   Todos murmuramos una tímida respuesta, y echamos a andar junto a él por el sendero que nos llevará hasta lo alto del Tabor. El panorama es bellísimo.
   Mucho antes de la cima, Jesús se detiene. Es el mismísimo lugar en que se puso tan resplandeciente, aquella vez, el año antepasado. Aún lo recuerdo muy bien. Fue algo tan grandioso que yo no quería bajar.
   -Dentro de poco ya no me veréis -anuncia el Maestro.
   -Pero, ¿cómo ...? -y otras frases así pronuncian varios. Yo guardo silencio. Jesús sonríe y vuelve a repetir lo mismo.
   Ahora que piensa despedirse, tengo que hacerle mis preguntas, sin pérdida de tiempo, pues ya no lo veremos más después de esta tarde nubosa.
   -Maestro -le pregunto-. Nosotros, los que hemos estado siempre más cerca tuyo, ¿qué vamos a hacer cuando tú ya no estés con nosotros?
   -No me veréis, pero estaré siempre con vosotros, y con los que vengan después de vosotros, hasta el fin de los tiempos.
   -Lo único que quiero es serte fiel y no negarte -le digo, y todos asienten-. ¿Cómo hemos de vivir eso?
   -Recordad muy bien mis enseñanzas y proclamadlas para que en todas las naciones la gente quiera encontrar el reino de Dios... dentro de sí mismos. Libradlos de la falsedad, de la injusticia y del odio. La verdad os hará libres.
   -¿Y qué haremos con los que no acepten tus enseñanzas?
   -Ya os he dicho -responde Jesús- que en la casa de mi Padre hay muchas moradas.
   Me quedo callado, tratando de entender. Jesús se sienta en una piedra, y los demás lo imitan. Algunos se sientan en el suelo. Entonces, el Maestro nos empieza a hablar.
   -Tomad a la serpiente por la cabeza, y miradla bien. Si no, cómo podríais lograr que su veneno no os haga daño?
   -De todo lo que os he dicho -agrega Jesús-, lo más importante es que os améis como yo os he amado. Y cuando encontréis a alguien que tenga su conciencia oscurecida, vosotros habéis de intentar restablecer su paz. Sí. Le diréis “La paz sea contigo”.
   Jesús se levanta, y se aleja un poco. Nosotros esperamos a ver qué va a hacer.
   -Volved a Jerusalén y no os mováis de ahí. En pocos días más recibiréis el Espíritu de la Verdad.
   Alzando sus manos, nos envía:
   -Benditos seáis.
   Nos mira y su túnica se pone resplandeciente, como esa vez. Miro a Jacob y a Juan, que también me miran. Entiendo que, a partir de este momento, nuestro secreto ya no es tal. Todos nos paramos y nos quedamos ahí mismo, viendo al Maestro transformado en un intenso resplandor. Es un bello momento, y no quiero que termine jamás. Creo que los pies de Jesús se separan del suelo, pues me parece que él estuviera un poco más alto que hace un rato. Permanece así por unos minutos. Lo miro extasiado. Siento una felicidad enorme al ver cómo Jesús vence todas las fuerzas.
   De pronto, nos invade una niebla, que empieza a impedir la visibilidad.
   La niebla está cada vez más tupida. Tiene una densidad tan increíble, que ya no vemos al Maestro. Y hace un frío como si estuviéramos sumergidos en el agua. No veo a nadie. Ni siquiera a los que están aquí al lado. Tengo que andar a tientas. Me acerco mucho a Jacob, y entonces, apenas lo veo, tan sorprendido como yo.
   Empezamos a hablarnos unos a otros para sentirnos acompañados. Y llamamos a Jesús. Caminamos hacia donde se supone que está él.
   Comienza a disiparse un poco la niebla. Lo suficiente como para ver a mis compañeros más cercanos. Pero, a Jesús todavía no se le ve.
   Cuando la tarde se aclara por completo, lo buscamos en distintas partes. También al otro lado del cerro. Tardamos horas en desistir. Todo esto es demasiado sorprendente. Jesús no podía irse sin dejarnos intrigados. Llegó al mundo viniendo desde el misterio, y se ha ido hacia el misterio.

 

   Esteban

   Muchas veces acudí a escuchar a Jesús de Nazaret. Su enseñanza es lo más importante que ha pasado en mi vida y marcó en mí un hito fundamental. Jesús vino a mostrarnos cómo es realmente la presencia de Dios en la vida de los hombres. Es un mensaje novedoso, de fraternidad y de amor, algo que yo jamás había escuchado antes.
   Después que Jesús murió me acerqué a Juan, el más joven de sus cercanos seguidores, pues necesitaba contarle a alguien lo afligido que yo quedé cuando ocurrió esa muerte. No me fue fácil encontrarlos pues vivían muy encerrados en una casa en Jerusalén. Era un capullo que aún tenía un tiempo por delante hasta que después se abrió, y entonces fue explosivo, en gran medida.
   Me acogieron bien, y empecé a asistir a esos encuentros maravillosos. Entablé amistad con Marcos, un muchacho muy joven, hijo de la dueña de casa. Yo no fui el único que llegó hasta allí. Muy pronto se empezó a formar en Jerusalén una comunidad en que, además de guardar el sábado, celebrábamos también el día siguiente, que representa la resurrección de Jesús. Ese día se celebra el ágape, en que se comparte, todas las semanas, el pan y el vino que las mujeres sirven en una gran mesa, y todos reiteran las palabras que Jesús dijo en su última cena. La gente nos llama “nazarenos”. Los nazarenos más osados íbamos al huerto de Getsemaní a orar, y tratábamos de encontrar por medio de la intuición el punto exacto en que Jesús rezó al Padre en esa noche negra. Con mi amigo Matías de Belén, un tipo muy estudioso, participamos con entusiasmo en la comunidad. El fue elegido como integrante de los Doce, en reemplazo de uno que murió trágicamente y del cual se dice que fue un traidor.
   Juan me contó acerca de una asombrosa reunión que tuvieron para Pentecostés, cuando estaban orando, y se dieron cuenta de una extraña presencia en la sala. Todos la percibieron, de alguna u otra forma, y se llenaron de una profunda confianza espiritual. Acogieron el Espíritu de Dios, que llegó en forma de lenguaje fogoso, y salieron a hablarle a la gente, con una tremenda energía. Hasta entendieron otros idiomas.
   Pedro es el que dirige esta comunidad, y predica en la plaza con mucha inspiración y con palabras simples y persuasivas, acompañadas de conmovedores gestos más elocuentes que las palabras. Es un testigo de la resurrección.
   -Vuélvanse a Jesús, el Cristo -llama Pedro, a viva voz-. El nos limpia de nuestra maldad.
   -Sí. Somos de Jesús -respondíamos con alegría, queriendo que se notara bien, como algo imborrable. Así lo manifestamos.
   Fue entonces que Pedro recordó a ese otro Juan, el hijo de Zacarías. El que bautizaba a los que querían reafirmar su propósito de transformarse. Algunos discípulos de Jesús también empezaron a bautizar, pero con un sentido un poco distinto. Yo fui uno de los primeros que se acercó a ese manantial a recibir el signo visible que me marcaba como un seguidor de Jesús.
   Vendí los pocos bienes que tenía y entregué el dinero a los necesitados. Eso mismo hicieron todos los que anhelaban seguir por el camino que abrió Jesús. Es una comunidad grandiosa, y cuando nos juntamos a compartir el pan y el vino entramos en oración de intensa y alegre alabanza a Dios, que nos transporta.
   La gente trae a sus enfermos para que Pedro los sane. Una vez, logró que un paralítico empezara a dar pasos. Uno que se ponía siempre en la Puerta Hermosa a pedir limosna.
   -Tu fe te ha sanado -le dijo Pedro, con humildad.
   Cuando nos reunimos en el templo, los sacerdotes nos miran con desconfianza. Muy en especial los saduceos, que se han sentido cada vez más molestos. La primera vez que los guardias del templo apresaron a Pedro y a Juan nos angustiamos mucho. Al otro día se reunió el Sanedrín y les advirtió que nunca más hablaran en nombre de Jesús. Por esa vez los dejaron libres, pero en varias oportunidades los volvieron a tomar presos, y también a otros discípulos. Muchos azotes se ganaron, lo que les dio una bendita fuerza para seguir predicando en nombre de Jesús. Cada vez que los detenían, el resto orábamos por ellos en la casa de Marcos.
   -Dios ha enviado al Cristo para salvar al pueblo de Israel -repetían hasta el cansancio los discípulos que predicaban.
   Al final, siempre los liberan, porque pesa aquella sentencia establecida esa primera vez por Gamaliel, un maestro de la ley.
   -Si no están en las cosas de Dios, pasarán -dijo Gamaliel a los sacerdotes, hace ya algún tiempo.
   Llegó a haber tanta gente en torno a nuestro movimiento, y tal cantidad de aportes monetarios, y también tantos necesitados, que para los Doce era una tremenda carga la administración del dinero. No les dejaba tiempo para anunciar el mensaje de Dios. Más aún, los desencuentros entre los judíos seguidores de Jesús, y los de procedencia griega, que estaban empezando a llegar, hacían cada vez más difícil el reparto de alimentos.
   Me pidieron que los ayudara en eso, ya que tengo un buen conocimiento de matemáticas y sé manejarme en estos menesteres. Así y todo, llegó un momento en que Pedro decidió que lo mejor era encargar a un grupo de trabajo el control de los aportes. Lo anunció en la asamblea, y pidió siete hombres de buena voluntad. Me ofrecí gustoso, junto con Timón, Felipe, Prócoro, Pármenas, Nicanor y Nicolás. Por aclamación, tuve que hacerme cargo de ese grupo, lo cual asumí con entusiasmo. En poco tiempo logramos distribuir, de la mejor manera posible, los fondos acumulados. Establecí métodos de captación y formas ágiles de reparto entre los pobres. Hasta me quedaba tiempo para predicar, y eso es lo que más me gusta. He llegado a ser un discípulo comprometido, casi como si fuera uno de los Doce. Precisamente debido a eso, hace pocos meses Pedro le encargó a nuestro grupo la misión hacia los judíos procedentes de las colonias griegas. En esta actividad me siento realizado.
   En las calles, la gente me venera como si yo fuera un iluminado. Sin embargo, no hago más que hablarles de Jesús y sus enseñanzas. Trato de hacerles ver que la presencia del Altísimo en la vida de las personas las libra de la falsedad y de la injusticia, y las lleva a actuar con verdad y con amor.
   Cada día aumenta la cantidad de seguidores de Jesús, pero también surgen aquellos que rechazan sus enseñanzas. En la sinagoga de los Libertos, provenientes del extranjero, a la que voy a predicar con mucha frecuencia, algunos judíos se enemistaron conmigo. En ocasiones se han desatado controversias que desembocan en feroces altercados. El problema llegó a tanto, que un día fui a parar al Sanedrín, llevado a la fuerza por los guardias del templo. Hasta ahí, era algo que podía considerarse habitual que ya les había ocurrido a otros, y si ahora me estaba pasando a mí, eso no tenía nada de particular. Supuse que me azotarían y me dejarían libre. Eso creí, pero parece ser que mi caso tiene algo distinto a los demás. No sólo porque administro dinero, sino más que nada, porque me estoy empezando a relacionar con gentiles.
   En su momento aparecieron testigos falsos sosteniendo que yo hablaba en contra de Moisés y de su ley, y también en contra del templo, y hasta del Altísimo. Cuando tuve una oportunidad para defenderme empecé hablando de la historia de Abraham, Isaac y Jacob, y después les di un resumen de la historia de Moisés, dejando clara mi admiración y respeto por él. Traté de hacerles ver que fueron nuestros antepasados los que no quisieron obedecer a Moisés. Seguí hablando de los profetas y de cómo algunos de ellos fueron combatidos por la jerarquía religiosa del momento, tal como también ocurrió con Jesús.
   -Vosotros lo matásteis -les dije con énfasis.
   Se pusieron como perros rabiosos, y si es que tenían la intención de soltarme, ésta desapareció por completo. En todo instante sentí la presencia de Jesús a mi lado. Sin duda, el Maestro siguió viviendo después que murió.
   Esta mañana muy temprano vino Saulo a buscarme al calabozo. Es un joven rabino que conocí en la sinagoga de los Libertos. Es un hombre estudioso, y tan avanzado en el conocimiento de las sagradas escrituras que ya es casi un doctor de la ley. Su gente me llevó a empujones hasta las afueras de la ciudad. Estos guardias del templo son hombres sin cultura, bastante violentos. Yo rezaba, y pedía fuerza al Altísimo. Al llegar al lugar de las lapidaciones los verdugos se sacaron sus túnicas, las dejaron al cuidado de Saulo y empezaron a recoger piedras. No fue Saulo el que dio la orden de lanzármelas. No. Él es un muchacho joven, inexperto aún, que obedece órdenes y ha sido utilizado por los que quieren permanecer incógnitos. Simplemente, le tocó ir a buscarme, y no creo que haya tenido muy claro para qué me traían.
   Acaba de llegarme el primer guijarro. Trato de ponerme lo más chico que puedo, mientras pido a Dios el perdón para ellos, tal como nos enseñó Jesús.
   Cubro mi rostro con los brazos, y también cubro mis genitales con las rodillas, sentado en el suelo. Mis pobres extremidades están yendo al sacrificio para proteger mi vida, que espero seguir teniendo.
   Entre piedra y piedra, me doy maña para hablarle a Saulo. A pleno grito le digo que él no debería estar metido en esto. Creo que lo estoy impresionando.
   Mis brazos ya no se sostienen. Una piedra en la cabeza me ha botado, y se me empieza a borrar el entorno. Las voces enardecidas se escuchan cada vez más distantes.

 

   Pedro misionero

   No fui el primero en salir a misión. De los que hemos sido enviados por Jesús, algunos se pusieron en camino antes que yo. Felipe se dirigió a Samaria; y Jacob hijo de Zebedeo, a Hispania.
   Por mi parte, quise organizar primero la comunidad de Jerusalén, para tener allí un centro de actividades. Después de eso salí a recorrer lugares, según el mandato del Maestro, y empezando por los más cercanos.
   Hasta hace poco me encontraba en el puerto de Jope, predicando a los judíos, mostrándoles el camino que nos dejó Jesús. Venía llegando de Lida, donde viví algo muy especial, pues la gente me llevaba a sus enfermos para que fueran sanados. Yo hacía lo que podía, les expliqué que es la fe la que sana. Si se encomiendan al Padre de los cielos, con la certeza de que él los curará de sus males, así ocurrirá. Un paralítico llamado Eneas logró pararse en el suelo y dar algunos pasos, con torpeza al principio, pero con una fe increíble, poco a poco ya pudo ponerse a caminar.
   En Jope empezó a pasar algo muy similar, y más aún, algunas mujeres pertenecientes a un grupo de viudas dedicadas a hacer la caridad llegó hasta mí, rogando por una de ellas que acababa de morir. Me acordé de la hija de Jairo y les dije:
   -No está muerta, está dormida -y nos pusimos a orar, por varias horas.
   Lo hicimos con tanta fe, que de repente la que parecía difunta despertó. La gente no quería creerlo. Me hice famoso, y sin haber hecho nada para merecerlo.
   Me quedé un tiempo en Jope, pues la gente me recibió muy bien, y fueron muchos los que se convirtieron a nuestro Camino. Simón, fabricante artesanal de cueros, me acogió con muy buena voluntad en su casa, en las afueras del pueblo.
   Tuve la inmensa alegría de encontrarme con Felipe. Fue un encuentro muy grato, en el que conversamos miles de cosas. Recordamos nuestra época de niños, cuando estudiábamos en la escuela de la sinagoga; y después que crecimos y trabajábamos como pescadores en Betsaida; como nos hicimos discípulos de Juan, el hijo de Zacarías; y después seguimos a Jesús.
   -Mi vida cambió completamente -reconoció Felipe.
   -Y la mía, también.
   Compartimos nuestras experiencia recientes. Felipe me contó sus andanzas en tierras extrañas:
   -En Samaria conocí a un hombre notable, llamado Simón también. Al parecer, tenía ciertos poderes especiales, y por lo tanto, muchos seguidores. Le llamaban "Mago". El caso es que le hablé de Jesús, y quedó muy impresionado. Tanto, que se convirtió al Camino. Después, él mismo anunciaba a Jesús, a su manera, eso sí.
   -Notable.
   -Sí, Pedro, pero lo más notable ocurrió después, en la ruta que va a Gaza, encontré una comitiva de la realeza de Etiopía. Me llamó la atención que uno de los funcionarios estaba leyendo a Isaías.
   -¿Y entendía algo..., en ese lenguaje tan complicado para él?
   -Un poco. Me acerqué y le expliqué algunas cosas que él encontraba muy extrañas. Le dije que Isaías hablaba en forma simbólica y profética, y que sus anuncios ya se estaban cumpliendo. Cuando le mencioné a Jesús y sus enseñanzas, quedó tan conmovido que también se convirtió a nuestro Camino.
   -Alabado sea Dios, cuyo camino es siempre novedoso.
   Al día siguiente, Felipe continuó su viaje, muy entusiasmado, mientras yo me seguí quedando en Jope, tratando de dejar una comunidad estable que cuide la palabra sembrada, pues no dará fruto muy pronto.
   Estaba yo en la azotea, orando, cuando me quedé dormido. En el sueño me vinieron unas imágenes muy vivas. Tuve una visión que parecía real, de unos animales que bajaban del cielo. Toda clase de animales impuros se deslizaban sobre un lienzo blanco que les permitía llegar hasta el suelo en forma suave.
   En cuanto desperté me puse a pensar en lo que podría significar eso que vi... Si venían del cielo, es que Dios los purificó... Talvez el Altísimo me está diciendo que hasta lo menos puro puede ser salvado. Él todo lo puede. Por algo, Jesús al despedirse nos dijo que lleváramos el mensaje a todo el mundo.
   Me di cuenta de algo fundamental. Hasta ahora, yo he estado muy encerrado en el mundo judío. Sentí un llamado a salir de ahí, hacia los gentiles.
   En ese preciso momento, escuché enérgicas voces de unos visitantes que me mencionaban. Me reí solo, al pensar que las cosas se estaban dando de una manera armónica.
   Bajé del techo, por la misma escalera que me había llevado hasta arriba. Los recién llegados me miraban con curiosidad. Eran soldados, y dijeron venir enviados por el centurión Cornelio. Querían que yo me fuera con ellos a Cesarea, a encontrarme con su jefe.
   Si no hubiera sido por el sueño que tuve y por lo impresionado que quedé con las aventuras de Felipe, creo que me habría resistido a dejar Jope de manera tan imprevista. Sin embargo, comprendí que tenía que emprender ese viaje.
   Traían un caballo para mí. Muy manso, menos mal, porque ésta era apenas la segunda vez en mi vida que me subía sobre uno de estos animales.
   Al llegar a Cesarea fui recibido por Cornelio, que ya me estaba esperando junto a sus parientes y amistades. En todo momento actuó con una humildad que no es común en un centurión. Entré a su casa decididamente, a pesar de que la tradición judía me lo estaba prohibiendo. Ignoré ese prejuicio, pues yo quería obedecer a Dios.
   Me senté, y después de beber un refresco, me puse a hablarles. Lo que el Espíritu Santo me inspirara. No había preparado ninguna alocución, y mis palabras llegaron bien a destino. Acto seguido, fue Cornelio el que empezó a hablar:
   -Aquella tarde gris en el Calvario, hace ya unos siete años... había un centurión dirigiendo el operativo...
   No quise decir nada, porque evoqué una escena demasiado dolorosa, y porque vi que Cornelio se puso a llorar.
   -¡Era yo! -exclamó entre sollozos, y a mí se me vino el mundo al suelo.
   "¿Cómo se me ocurrió venir a esto?", pensé, muy molesto conmigo mismo. Quedé un rato en silencio, sin saber si salir arrancando, o plantarle un puñetazo al centurión.
   Recapacité al recordar, con furor interno, que yo también he llorado sintiendo culpabilidad por haber negado al Señor durante aquella noche nefasta. Es casi increíble que tan amargo recuerdo me haya dado la presencia de ánimo para actuar de buena forma frente al arrepentido centurión.
   -Obedecías órdenes -le dije para consolarlo.
   -Me duele haber participado en algo tan detestable -argumentó.
   Entonces, les hablé de la misericordia que Jesús nos enseñó. A mí me dijo una vez "Perdona setenta veces siete".
   Lo que siguió fue muy intenso, y no tengo palabras para describirlo. Todos quisieron bautizarse, como una forma de entrar al Camino. Empezando por el centurión, cada uno se comprometió a seguir las enseñanzas de Jesús.
   Antes de retirarme, llevé a Cornelio a un lugar apartado, en que nadie podría escucharnos, y le pregunté directamente si sabía algo acerca de qué pasó con José de Arimatea.
   -Lo desaparecieron, pero nunca se supo quién -manifestó Cornelio, y agregó-. Las sospechas recaen sobre el Sanedrín, pero ellos no lo reconocen.
   Regresé a Jerusalén, contento por lo provechoso que había sido mi viaje, pero cuando conté acerca de lo logrado, me sorprendió el rechazo que obtuve.
   -Has entrado en casa de incircuncisos -me reprocharon.
   -Sí. Es lo que el Maestro nos mandó.
   -¿Y has comido lo que ellos te proporcionaron?
   -Por supuesto. ¿De qué otra forma queréis que me comporte?
   Todos quedaron mudos. Talvez empezando a entender un poco..., sólo un poco.
   -Jesús vino a salvar también a los gentiles -continué.
   Recuperaron el habla, y quedaron más tranquilos.
   -Acá, las cosas han estado bien revueltas -me contó Jacob, el hermano del Señor.
   -¿Sí? ¿Qué pasó?
   -El emperador Calígula, en otra de sus locuras, quiere poner una estatua con su imagen... dentro del Templo de Jerusalén.
   -Me imagino los disturbios que se han armado.
   Con bastante violencia, Pedro.
   -Ayer mismo escuché un rumor, que el emperador habría sido asesinado por sus adversarios políticos.
   -Benditos adversarios, pues nos están librando de una desgracia.
   -Nunca se sabe si es para mejor o para peor.
   -Ahora mismo estábamos yendo al templo a orar.
   -Pues, entonces.., ¡vamos!
   El ambiente jerosolimitano no mejoró mucho para mí. A la salida del templo me rodearon unos soldados romanos y me llevaron detenido. Me acusaron de haber estado metido en una conspiración contra el emperador. Estuve un par de días encerrado en un calabozo en la fortaleza Antonia. Me sacaban de ahí sólo para interrogarme. Y con violencia.
   "¿Dónde andabas? ¿Qué estabas haciendo por allá? ¿Te reuniste con algún soldado romano?, etc."
   Una noche, llegó sigilosamente un soldado a mi celda, me quitó las cadenas, y en una voz muy baja me ordenó que huyera. Pensé que me iba a matar, pero él me tranquilizó. Era uno de los rebeldes.
   -¡Olvídate de que yo existo! -me dijo con énfasis, pero sin subir la voz.
   Huí rápido, yendo por las partes más oscuras, con miedo al principio, pero más tranquilo a medida que avanzaba por la ciudad. Llegué hasta la casa de la mamá de Marcos, lugar donde siempre nos reunimos.
   A esa hora de la noche, aún quedaban algunos..., Tadeo y Simón el Zelote. Rosa, la criada, me abrió la puerta. No podían creer lo que veían.
   -¿Cómo... te han liberado?
   -Un ángel del Señor me ha liberado -respondí, acordándome de la advertencia del soldado rebelde.
   Fui a mi casa a buscar un poco de ropa.
   -¡Pedro! Por fin estás de vuelta -me dijo mi mujer, abrazándome con cariño.
   -Prepárate para irnos de aquí, al alba.
   Perpetua comprendió que la cosa estaba complicada, y empezó a juntar sus cosas. No tenía ningún interés en que me fuera solo, ni yo tampoco quería dejarla en peligro. Además, la extrañé mucho en mi anterior salida, y no quiero seguir sin ella.
   -Petronila también irá con nosotros.
   -La voy a despertar, y le diré.
   -Ya desperté -llegó diciendo mi pequeña hija, y también me abrazó.
   Partimos tempranísimo hacia Antioquía. Es el lugar que mejor se nos daba en esta circunstancia, y allí podría continuar difundiendo la palabra del Señor. De hecho, a eso me dediqué, en cuanto llegué, después del azaroso viaje.
   Se han formado grandes comunidades, y en cada una he nombrado a un presbítero para que sea el responsable de esa localidad. Los he escogido entre los más antiguos. Todo empezó muy bien, hasta que se hizo necesario que alguno de los presbíteros asumiera una responsabilidad más alta y se dedicara a armonizar entre sí las distintas comunidades. Les pedí que entre ellos eligieran uno para ese cargo, el que sería llamado "obispo".
   Todos ellos estuvieron de acuerdo en que el único responsable era yo. Les aclaré que el obispo tendría que ser uno de ellos, pero no hubo caso. Y aquí estoy quedándome en Antioquía, como obispo. Eso sí, les advertí que sólo sería por unos pocos meses, pues yo necesito seguir llevando la palabra del Señor a otros lugares.


  Segunda parte.- Empezando a conocer el mundo

   De Saulo a Pablo

   Como nací en Tarso, tengo ciudadanía romana, por una gracia especial del emperador, que recibió tributo de dicha ciudad. Mis padres son judíos, de la tribu de Benjamín, y me educaron en la religión judía. Me pusieron por nombre Saulo, como mi abuelo.
    La ciudad de Tarso en Cilicia tiene mucha actividad, y viene gente de distintas partes, ya que es un punto obligado en las principales rutas comerciales. Debido a diversos intentos fallidos de helenizar esta ciudad, desde hace un tiempo, posee escuelas griegas, y hasta una universidad.
    A los quince años me di cuenta de que nunca iba a ser muy alto, al menos no tanto como quisiera. A esa temprana edad dejé mi ciudad natal. Mi padre insistió mucho en que yo estudiara para ser doctor de la ley. Por eso, me trasladé a Jerusalén, a casa de mi hermana mayor. Ella está casada. Conversé mucho con ella y su marido, acerca de los libros sagrados, y de cuánto esperábamos al Mesías.
    Fui alumno del rabí Gamaliel el Viejo, nieto de Hillel. Con él aprendí normas fariseas y adquirí dominio absoluto de la Torá. También aprendí a ser conciliador como Gamaliel, aunque no tan calmo, suave y prudente como él.
    Estuve cinco años estudiando en Jerusalén, y en cuanto completé el aprendizaje regresé a Tarso.
    No era suficiente haber obtenido el rango de doctor de la ley. También necesitaba ganarme la vida, de alguna manera, y la más indicada era continuar con el oficio de mi padre. Me he adiestrado como tejedor, y empecé fabricando tiendas con la ayuda del telar de mi padre.
    Algunos años después de llegar de vuelta a Tarso escuché en la sinagoga algo que me dejó muy impactado. Un rabino nazareno llamado Jesús alborotaba al pueblo con sus extrañas ideas, alejadas de los conceptos tradicionales que los doctores de la ley hemos aprendido, y enseñamos. Hasta contradecía la ley de Moisés. Sus seguidores lo querían mucho, pero los saduceos lo detestaban. Me interesé en averiguar un poco más, a lo largo del tiempo. Por las descripciones de su actuar, me da la impresión de que, en algún momento, lo conocí en Jerusalén, al principio de mis estudios en la escuela de rabinos. Creo que era un tipo alto, que me sorprendió por su desplante y su sencillez, un buen tipo, pero después no lo volví a ver.
    En estos últimos años yo no había venido a Jerusalén, pero desde que Jesús murió, he escuchado decir que siguen habiendo seguidores suyos, y dicen que Jesús ha resucitado, lo cual me resulta imposible de creer. Sólo podía imaginarme que estábamos frente a fanáticos que le hacen daño, no sólo a nuestra religión, sino también a nuestra tradición y cultura.
    Cada vez circulaban con más insistencia rumores acerca de las actividades de los adeptos de Jesús el Nazareno. Fue tanto, que decidí venir a Jerusalén a enterarme por mí mismo de cómo era todo este asunto.
    Me reúno los sábados con otros judíos provenientes de Cilicia, en la sinagoga que nos corresponde. Después del culto, se forman intensas discusiones sobre la persona y las enseñanzas de Jesús de Nazaret, crucificado por Poncio Pilato, a insistencia del Sanedrín.
   Acá, tendré que hacer méritos para que me reconozcan como doctor de la ley. Mientras tanto, soy un simple rabino, y a pesar de mis treinta años me encargan trabajos menores. Talvez no confían mucho en alguien que viene de otro país.
   Hace pocos días, tuve que ir a buscar a un muchacho llamado Esteban, que se encontraba privado de libertad. Es uno de los más revoltosos entre los seguidores del Nazareno. Después que llegué con él, me dejaron cuidando los mantos, y se dedicaron a apedrear a este pobre muchacho, hasta matarlo. Quedé impactado. Estamos siendo demasiado brutos, y me siento muy mal de haber participado en estos hechos, mandado por gente sin criterio y que sabe menos que yo. Es cierto que no se puede permitir que se desvirtúe la religión judía, pero creo que hay métodos más decentes.

         * * *

   La persecución llegó a ser tan violenta en Jerusalén, que muchos seguidores del Nazareno emigraron a otros lugares. Esto ha hecho más difícil controlar la situación. Por lo demás, en Jerusalén no es nada de fácil llevar las cosas por un cauce adecuado. Si a esto agregamos que traté de convencer, en forma tranquila y pacífica, a uno de los principales nazarenos, como les estamos empezando a decir, mi situación se puso pesada.
   -Saulo, no está bien que seas tan amigo de Bernabé -me dijeron, y me lo repitieron en todos los tonos.
   -No soy su amigo.
   Bernabé es chipriota, y tiene una gran facilidad para conciliar posiciones. Entre los nazarenos mismos. Por eso, cuando fui testigo de eso, quise hablarle, pues yo sabía que él no iba a tener inconveniente en escucharme. La verdad es que nunca lo pude convencer de nada.
   Consideré que mi misión no estaba en Judea, sino en otros lugares alejados. Por eso me fui de Jerusalén en busca de nuevos horizontes. Cuando manifesté mis intenciones a mis superiores, se sintieron aliviados y me ordenaron ir a Damasco. Hasta allí habían llegado los nazarenos. Estuve de acuerdo, pues desde ese lugar no era conveniente que se desplazaran hacia el norte.
   Fue así como me establecí en Damasco, tratando de disminuir la efervescencia de los nazarenos, y sus intenciones de emigrar.
   Había alcanzado a estar un año en Damasco, cuando me ocurrió un accidente, muy cerca de la ciudad. Cierto día mi caballo dio un mal paso, a causa de lo irregular del terreno, y caí con fuerza al suelo. Me pegué en la cara contra una enorme piedra del camino. No sólo fue doloroso, sino que los ojos me quedaron casi destruidos. No sabía cómo levantarme del suelo, pues no veía nada. Estaba furioso conmigo mismo. He pasado tantas veces por ahí y nunca había tenido ningún problema.
   Un rabino, que andaba conmigo en esa oportunidad, trató de consolarme y me llevó a mi casa. Ahí tuve que quedarme un par de días, antes de poder moverme, por lo menos. Tuve tiempo de reflexionar. Me planteé una pregunta: ¿Por qué persigo a los nazarenos?
   Le di muchas vueltas a esa pregunta, tratando de dejar afuera los prejuicios. ¿Qué me estaba diciendo el Altísimo? Esto que me ha ocurrido habrá de cambiar el rumbo de mi vida. ¿De qué manera? ¿Qué esperas de mí, Señor?
   Desde hacía un tiempo, sentía clavada en mi alma la mirada de Esteban cuando estaba siendo lapidado. Era como una espina, una duda cruel. ¿Por que los israelitas tenemos tantos cientos de preceptos y prohibiciones? Parece que el estar ciego me hizo ver mejor las cosas del alma.
   Vino a mi casa un seguidor del Nazareno. Se llama Ananías, y me contó que al enterarse de mi accidente decidió hacerme una visita para reconfortarme. Sintió que el Señor se lo pedía, así me lo dijo. Tuve que reconocer que estos nazarenos están bien inspirados. Le agradecí que se hubiera dado el trabajo de venir a mí, siendo alguien que lo persigue.
   Me ofreció hacerme una imposición de manos, si acaso yo aceptaba eso de él. Acepté de muy buen grado, y mientras él tenía sus manos sobre mi rostro yo pensaba "qué puerta se me ha abierto..., Dios es grandioso".
   Esa vez sentí un gran alivio a los dolores que tenía en mi cara. Ananías siguió viniendo a mi casa, en la mañana y en la tarde, por tres días más, y cada vez su imposición de manos me hacía mejor, hasta que se me salieron las costras y empecé a recuperar la vista. Antes de una semana, ya estuve bien, con excepción de una marca horrible que quedó en mi rostro, como una dureza junto al ojo derecho.
   -Estoy arrepentido de haber perseguido a los nazarenos -le confesé a Ananías.
   -Saulo, yo sé que eres de los nuestros, aunque no quieras admitirlo.
   -Estoy dispuesto a reconocerlo.
   Eso último que me escuché decir, me salió desde el fondo de mi alma. Y hasta accedí a que Ananías me bautizara. Le dije que necesitaba irme al desierto para estar un tiempo a solas con Dios, y así poder aclararme bien en lo que es su designio para mí.
   Así lo hice. Me dirigí hacia el sur, y elegí un lugar al este del río Jordán.

         * * *

   Estuve unos meses retirado, en el desierto, hasta que creí descubrir la misión de mi vida, o por lo menos, cómo comenzarla. Era el momento de volver a ponerme a las órdenes de Ananías. Es por eso que regresé a Damasco.
   En los primeros días me pareció extraño predicar las enseñanzas de Jesús resucitado. Poco a poco le fui encontrando cada vez más sentido. Y la gente empezó a aceptarme, también, lo cual no fue tan inmediato. Gracias a Dios no me rechazaron por mi rostro deformado, ni por mi baja estatura. A los nazarenos no les importó eso. Me acogieron bien. Comencé a ser uno más de los seguidores del Camino como ellos se hacen llamar. Me gustó ese nombre.
   En cambio, me gané muchos enemigos entre los partidarios del rey Aretas. Me consideraron un subversivo, porque me atrevía a predicar en las plazas. Tampoco me fue fácil que los judíos tradicionales se dieran cuenta de que el Mesías ya había venido, y no necesitábamos seguir esperándolo.
   Se desató una persecución en mi contra, a tal punto que ya no pude ir más a la sinagoga. Y hasta tuve que vivir escondido. ¿Qué sentido tiene? Era el momento de irme a otra ciudad. En Damasco querían matarme.
   Mis amigos me escondieron dentro de un gran canasto y me llevaron de noche hasta los muros de la ciudad. Me descolgaron hacia afuera, en el cesto, y ya pude salir de él, y sacar los víveres que habían dispuesto para mí. Entonces, subieron el canasto y se lo llevaron de vuelta. Yo quedé solo ahí afuera. Estaba salvando con vida, pero no sabía cuán difícil iba a ser la travesía, ni hacia dónde.
   Tuve que caminar mucho, y también aceptar la hospitalidad de los viajeros en caravanas. Cuando se me agotó el alimento, y el agua, realicé trabajos menores para ganarme el pan. Estuve en Nazaret, la tierra de Jesús, y en los alrededores del lago Tiberíades, tan importante en su vida. Después de muchas semanas llegué a Jerusalén, y me fui directo a la casa de mi hermana. Se puso muy contenta al saludarme, y se fijó en mi cara...
   -¿Qué te pasó, Saulo?
   Mientras ella me lavaba los pies le conté todas mis aventuras, sin omitir lo de mi nueva afiliación a Camino. Le dio mucha risa, y creyó que yo estaba bromeando, pero cuando vio la seriedad de mi insistencia lo asumió.
   -Yo también miro bien a los nazarenos -me comentó en voz bajita-, pero no me he atrevido a decírselo a nadie.
   Ahora congeniamos mejor que antes. Incluso, también con mi cuñado y con mi sobrino. Los noto muy abiertos, y eso es bueno, según he llegado a aprender.
   Opté por no ir a la sinagoga, sino ubicar a Bernabé en su casa. No me fue tan difícil encontrarlo. También a él le conté toda mi nueva vida, y me acogió con generosidad.
   -Ya se cumplieron ocho años desde que nos dejó el Maestro -me dijo Bernabé.
   -Estoy casi seguro de que una vez estuve con él -afirmé-, fue cuando aún no era conocido.
   Bernabé me llevó al lugar en que acostumbran a reunirse los principales responsables de la comunidad Camino. La mayoría de ellos conoció a Jesús durante su predicación. Es la casa de una tía de Bernabé. Se llama María, como casi todas las mujeres de acá.
   Nos abrió la puerta Marcos, el hijo de María. Es muy joven, y cuando era un niño alcanzó a recibir las enseñanzas de Jesús.
   Al poco rato empezaron a llegar los discípulos. A cada uno tuve que explicar mi nueva situación, pues en un primer momento me miraron con aprensión.
   Me tomó unos dos días que se decidieran a admitirme. Sin embargo, no pude permanecer mucho tiempo en Jerusalén porque los judíos se enteraron de mi presencia en la ciudad, y querían matarme.
   Los Hermanos me enviaron a Cesarea, donde estuve unas pocas semanas, hasta que me di cuenta de que lo mío no era eso. Mi Misión ha de estar entre los judíos que viven en otras tierras. Así como yo nací en Tarso.
   Eso es lo que me dio la pista. Me fui a Tarso.
   Sólo estuve unos meses, predicando en las sinagogas. Incluso, se me ocurrió que podía llevar las enseñanzas de Jesús a los gentiles. Hasta lo intenté, sin mucho éxito.
   Un buen día llegó Bernabé. Nos saludamos efusivamente.
   -Vengo a buscarte -me dijo.
   -¿Por qué?
   -En Antioquía hay mucho que hacer, y es ahí donde te necesito.
   -¿Antioquía...?
   -Mira Saulo, después que murió Esteban hubo una emigración de judíos desde Jerusalén hacia distintas partes.
   -Te refieres a los judíos que recibieron el mensaje de Jesús y se unieron a él.
   -Por supuesto. Y fueron muchos los que se establecieron en Antioquía.
   -Por cierto, no pueden ser una multitud.
   -No. Lo que pasa es que, en Antioquía, Camino prendió mucho entre los gentiles.
   -¡Vamos! -exclamé entusiasmado y sonriente-. Esto es, ni más ni menos, lo que yo quería que ocurriera.
   -Por eso he venido por ti.
   Pocas horas después ya nos estábamos dirigiendo hacia Antioquía, llenos de esperanza, tirando líneas de cómo íbamos a trabajar.
   Fueron varios días de viaje, hasta llegar a una inmensa ciudad, abierta al mundo. Era un gran desafío el que estábamos enfrentando, llenos de optimismo. Y lo abordamos con orden, tal como se necesitaba.
   Una parte importante de nuestras actividades era predicar, pidiendo a la gente perseverar en la oración, vivir en armonía y alabar juntos a Dios. Insistíamos en el respeto a las personas que tuviesen distintas creencias religiosas.
   No éramos tantos como se hubiese necesitado. Tuvimos que organizar a la gente, en una estructura pastoral, para que el crecimiento de la comunidad no se escapara como agua entre los dedos.
   Continuamos usando el mismo esquema que Pedro instauró, no sólo en Jerusalén, sino también acá mismo en Antioquía, cuando estuvo, al comienzo, hace ya unos cuatro años. Cada grupo comunitario, según sectores, queda a cargo de una persona responsable. Es preferible que sea el más antiguo, y por eso le llamamos "presbítero". Los ayudantes que necesite son los "diáconos". Y para coordinar a todos los presbíteros de la ciudad, entre ellos eligen a uno como "obispo".
   -¡Jesús es el Cristo! -era nuestro grito apasionado en las sinagogas, usando el término griego que expresa lo que llamamos Mesías. Después de poco tiempo, hasta los gentiles nos escuchaban el término "Cristo" en nuestras enseñanzas. Para ellos no tenía mucho significado. Era como un nombre, y nos empezaron a llamar "cristianos".
   Y a mí, me decían Pablo. Me gustó ese nombre, y a Bernabé le pareció excelente.
   -Ya que serás apóstol de los gentiles -confirmó Bernabé-, has de llamarte Pablo, de aquí en adelante.
   Ése fue un gran día para mí. Estábamos en medio de una reunión comunitaria, con mucha oración. Llegado el momento, me dirigí a la gente, con estas palabras:
   -Formamos un cuerpo en que cada uno sirve para algo distinto. Cada uno tiene un diferente don espiritual. Y estamos unidos unos a otros. Algunas personas son ojos, porque ven. Otros son oídos, porque oyen. Unos son manos, o pies, o hablan con sabiduría, o con profundo conocimiento.
   -Algunos curan enfermos -continué diciendo después de una breve pausa-, o hacen milagros, otros comunican mensajes de Dios; unos son apóstoles; otros, profetas; unos, maestros; unos ayudan, otros dirigen. Unos tienen el don de enseñar; otros, el de animar...
   -Y así... -agregué-, importante es que cada uno cumpla su don con alegría y responsabilidad.
   Mi discurso llegó muy bien a la asamblea. Y también hubo muchos otros, en distintas ocasiones. Permanecimos un año entero en Antioquía, antes de volver a Jerusalén llevando ayuda, ya que había dificultad económica en Judea, según fuimos informados.
   Muy pronto nos dirigimos de nuevo hacia Antioquía, trayendo con nosotros a Marcos, el sobrino de Bernabé. Es un muchacho muy inteligente y lleno de espíritu divino.

         * * *

   Salimos de Antioquía muy temprano en una fría mañana. Aún estaba oscuro. Sólo nosotros tres. Bernabé, jefe de la misión; Marcos, lleno de entusiasmo; y yo. Llegamos al puerto de Seleucia para embarcarnos hacia Chipre, ya que es la patria de Bernabé, y ahí él tiene muchos conocidos, como para empezar nuestra misión evangelizadora. En la tarde partió un pequeño barco que nos llevó hasta Salamina, una gran bahía en la parte oriental de la isla. El viaje no tuvo nada de placentero, ya que hubo mal tiempo, y nuestra nave se movía mucho.
   Descansamos en una posada hasta que aclaró el siguiente día, y salimos a comenzar nuestro trabajo. Acudimos a una sinagoga, y ya empezamos a encontrar amigos de Bernabé. A tal punto que le permitieron hablar acerca del amor de Dios, y cómo podemos llegar a Él a través del mensaje de Jesucristo.
   -Hace doce años que Cristo nos dejó para ir al Padre -comenzó diciendo Bernabé, y continuó hablando de la resurrección del alma de cada uno, la que ha de tener lugar si acogemos a Jesús, que quiere vivir en nuestros corazones.
   -Nada podrá separarnos del amor de Dios -continuó diciendo Bernabé-. Ni la vida ni la muerte, ni siquiera el dolor o el peligro. Dios nos ama. Jamás nos castigaría. Somos pecadores, pero podemos aceptar la salvación que nos trae Jesús.
   Al final no fue rechazado, ni tampoco aceptadas sus proposiciones. A la salida conversamos con los gentiles que siempre se juntan en la puerta, con gran interés en saber más acerca del Dios de los judíos. Ellos, sí que nos escucharon con buena disposición, sin los prejuicios de los judíos tradicionales.
   Marcos tuvo fluidez para llegar a esta gente, en dichas conversaciones, que no tenían nada de formal. Sin embargo, en lo que es predicar, nunca tuvo mucha disposición para ello. Este muchacho se dedicó, más que nada, a ordenarnos un poco, ya que Bernabé y yo somos difusos. Marcos es más estructurado, y sabe cuidar el dinero, y encontrar lugares baratos y dignos para alojar.
   No nos detuvimos muchos días en Salamina, ni en Nicosia, pueblo del interior, ni tampoco en Larnaca, ni en Lemesós, de la costa sur. Fue en Pafos donde nos establecimos y formamos una comunidad, con gran paciencia durante casi dos años.
   Mi problema del pómulo me produce dolor a veces, y me obliga a cerrar un poco el párpado. Todo eso, que resulta bastante molesto, me sirvió al comienzo como un tema para introducir la prédica, hablando del proceso de transformación que tuve. Después, ya me acostumbré, y la gente también. Muchos se convertían al Camino, incluyendo hasta el mismísimo procónsul romano.
   -Bernabé -dije una noche, durante la comida-, nos espera un mundo más grande. Creo que tendríamos que ir pensando en ir a otos lugares.
   -¿Y quién cuidará el rebaño?
   -Dejemos un presbítero.
   -¿Quién?
   -Elígelo tú, entre los más antiguos. Hay muchos que pueden hacerse cargo de la comunidad.
   No me costó tanto convencer a Bernabé, así que pocos días después zarpamos en dirección noroeste, con destino al puerto de Perge, en la región de Panfilia.
   Llegamos cansados porque el viaje no fue muy grato. Esa noche, tuvimos una cena áspera. Marcos tenía mala cara, y su tío le preguntó por qué. No fue fácil sacarle palabra. Resultó que el muchacho estaba añorando a su familia.
   -Este trabajo..., de andar por todas partes, predicando... No es lo mío -señaló.
   -¿Y cómo lo vamos a hacer si no...? -le dije, un poco molesto.
   -Pablo, tú mismo has dicho... -me respondió-, que hay diferentes dones. Unos enseñan, otros animan, otros sirven... Pues, yo puedo servir a Dios de otra manera.
   -¿De qué manera? -casi saltamos Bernabé y yo.
   -No sé aún. Talvez puedo escribir... Es que no sirvo para andar predicando.
   La conversación llegó hasta ahí, por esa vez. Siguió en términos similares, por varios días, hasta que Marcos nos anunció que se iba. Y se embarcó hacia Cesarea, con la intención de volver a Jerusalén.
   Con Bernabé seguimos viaje hacia el norte, a la región de Pisidia, y después a la de Licaonia. En el pueblo de Iconio estuvimos varios meses, y casi alcanzamos a formar una comunidad, pero todo se frustró cuando tuvimos que salir huyendo hacia el pueblo vecino. Lo que había pasado fue que los parientes de Tecla lanzaron la autoridad tras nosotros, a causa de que esta joven se convirtió al Camino, y la bautizamos. Es una familia de mucha riqueza, e influencia.
   En Listra creímos estar a salvo. En cuanto llegamos me puse a dar un discurso en la plaza, y logré convocar a tal punto a la gente, que nos endiosaron. A su manera, claro está, con las deidades que ellos habían conocido toda su vida. Bernabé, que era el jefe, fue considerado una encarnación de Zeus. Y a mí, como mensajero, me llamaron Hermes. Al principio, esto parecía una simple muestra de entusiasmo. Incluso, lo tomamos con humor y les seguimos un poco el juego durante unos días, como una travesura que establecía amistad. Imaginé que así la evangelización iba a surgir con más fluidez. Sin embargo, de repente el asunto se tornó desfavorable en grado superlativo. Querían ofrecer sacrificios a nosotros, los dioses. Eso no podía aceptarse, así que Bernabé les explicó con mucha claridad que somos seres humanos como ellos, y que nuestra enseñanza no se refiere a sus dioses, sino al único Dios.
   La decepción se apoderó de la gente, nos abandonaron, y como si eso fuera poco, había unos judíos llegados de Iconio, hablando pestes contra nosotros. Se pusieron a tirarnos piedras, hasta que nos dejaron medio muertos.
   Unas mujeres se apiadaron de nosotros y nos ayudaron a pararnos. Nos llevaron a casa de Eunice, una de ellas, que vivía cerca. Allí curaron nuestras heridas y se manifestaron muy dispuestas a seguir el Camino. Permanecimos unos días en casa de Eunice y su madre Loida, que nos acogieron con tan buena voluntad. Fue entonces que conocí a Timoteo, un muchacho de quince años, hijo de Eunice. Me preguntó acerca de Jesús, pues le llamó la atención algo que yo había mencionado en la plaza. Esa palabra "Dejad que los niños vengan a mí".
   -Hasta hace poco yo era niño -me dijo Timoteo, y yo sonreí, pensando que todavía lo era-, pero jamás había escuchado algo así.
   -¿Algo de acogida a los niños?
   -Sí. Alguien que enseña..., le da importancia a los niños. Eso es fabuloso.
   Estuve muy de acuerdo con Timoteo, y conversamos largas horas todos los días. Él estaba fascinado.
   Cuando pudimos dejar un presbítero en Listra, nos fuimos a Derbe, donde tuvimos buena acogida. Unos meses después, volvimos a Perge para embarcarnos hacia Seleucia y volver a Antioquía, que es mi lugar central.
   Al año siguiente de mi regreso ocurrió algo que tuvo una tremenda importancia para nuestro Camino. Todo empezó con la llegada de Pedro, que venía a ver cómo iban yendo las comunidades que él fundó. Mi relación con él fue siempre de mucho afecto, pero hubo algo que no me gustó nada, cierta vez que llegaron unos judíos cristianos, como nos dicen acá, noté que Pedro dejó de visitar a los gentiles y comer con ellos, como era nuestra costumbre. Talvez tuvo temor de causar ruptura con las creencias de estos personajes tan rígidos y conservadores. El caso es que no lo pude soportar, y un buen día lo enfrenté.
   -Pedro, ¿por qué has dejado de visitar a la gente que antes visitabas?
   -¿Por qué ya no comes con ellos -agregué-, como lo hacías antes?
   Pedro me explicó que, según él, había que tener prudencia porque aún no todos han comprendido el cambio que es necesario hacer. Nos levantamos la voz, pero al fin estuvimos de acuerdo que ese cambio necesario había que hacerlo ya. Fue así como se programó realizar una asamblea de los cristianos en Jerusalén, para dejar en claro ese punto.
   Fuimos a esa asamblea. La presidió Jacob, el hermano de Jesús, pues es el obispo de Jerusalén. La presentación de los problemas y sus posibles soluciones estuvo a cargo de Pedro, Bernabé y yo. Un judío llamado Silas, ciudadano romano como yo, tuvo una participación destacada. Lo más importante que se decidió es que para seguir nuestro camino cristiano, los gentiles, no están obligados a practicar los ritos judíos.
   Desde entonces, siempre propicié que los judíos aprendieran de los gentiles, y éstos aprendiesen también de los judíos. Formamos un solo pueblo.
   Junto a Bernabé y Silas llevamos la carta con el resultado de la asamblea, primero a Cesarea, después a Tiro, Sidón, y finalmente a Antioquía.
   Después de pocas semanas, ya estábamos listos para salir de nuevo, esta vez llevando también a Silas. Bernabé convenció a Marcos de que nos acompañara. A mí no me pareció muy adecuado, porque cuatro misioneros juntos..., me parece como fuente de posibles conflictos, además que Marcos ya mostró no estar en un grado de disposición como el resto. Opté por lo más sano, y organicé la misión en dos grupos. Bernabé y Marcos fueron a Chipre, mientras que Silas y yo fuimos a visitar las comunidades de Galacia, empezando por Derbe. Decidimos ir por tierra, lo cual no fue muy afortunado. Ese viaje resultó penoso.
   Pocos días estuvimos en Derbe. De ahí nos fuimos a Listra, donde encontramos una comunidad floreciente, gracias al joven Timoteo, muy empeñoso. Predicaba con tal fuerza y entusiasmo, que decidí llevarlo con nosotros a la misión, cuando salimos de Listra, con destino hacia la costa occidental. Pretendía llegar a Éfeso, pero ocurrió algo que me hizo cambiar los planes. En realidad, no fue casi nada. Sólo un sueño que tuvo Silas. Me lo contó y me instó a cambiar rumbo hacia el norte. Yo no estaba nada de convencido, pero llegando a la encrucijada, el sendero hacia Éfeso estaba cortado y no nos quedó más que tomar otro sendero hacia el norte, y me conformé con ese cambio.
   Nos equivocamos de camino, y llegamos a Troas, en la costa. Esa noche, fui yo el que tuvo un sueño, en el que vi a un griego suplicando ayuda. Les expliqué a los demás que al mes siguiente nos iríamos a Macedonia.
   Mientras tanto, en Troas, hicimos buen trabajo de evangelización. Cierta noche de Domingo, me encontraba dando una homilía en un tercer piso. Se reunió mucha gente y hacía calor. Un joven de los que estaba ubicado en el marco de una ventana, estaba tan agotado que se durmió, y cayó hacia el patio. Todos nos alarmamos, y bajé todo lo rápido que pude. También un médico, llamado Lucas. El joven caído yacía inmóvil, pero pude ver que estaba vivo. Lucas se preocupó de auxiliar al accidentado, y los demás volvimos a subir por la escala para continuar con la celebración, aunque muy intranquilos. Casi una hora después regresó Lucas, trayendo al muchacho, de muy buen ánimo. Fue una salvada milagrosa. Conversé con Lucas, no sólo esa noche, también varias más, ya que él me invitó a su casa. Le ofrecí incorporarse a nuestra misión. Accedió feliz.
   Lucas sabe mucho acerca de Jesús, y sobre todo de su madre María, pues conoció hace algún tiempo a un anciano amigo de la familia de Jesús. Uno que estuvo en una misión enviada por el propio Jesús, de dos en dos, delante de él hacia los pueblos que Jesús habría de visitar más adelante.
   Lucas se graduó de médico en Alejandría. Es un hombre muy culto. Se sabe unas parábolas, que le contó su anciano amigo, con las que Jesús enseñaba.
   Desde Troas viajamos en barco hacia Filipos, deteniéndonos algunas horas en la isla de Samotracia. Desembarcamos en el puerto de Neápolis, y de ahí caminamos tres horas hasta Filipos. Yo me reía solo, al constatar que ya éramos cuatro. Yo, que no quería que fuéramos más de tres.
   Llegamos cansados, de noche, y con hambre. Lucas consiguió un buen alojamiento, muy barato, ya que no disponíamos de mucho dinero. En la mañana siguiente salimos a buscar alguna sinagoga en la cual comenzar nuestra predicación. No encontramos ninguna, a pesar de que en la ciudad había judíos. Hicimos amistad con uno de ellos y le preguntamos que dónde se reúnen para el culto religioso. Dijo que a la orilla del río Gangites, en las afueras del pueblo.
   Hacia allá nos dirigimos, los cuatro, con entusiasmo. Imaginaba una pequeña multitud a la cual hablarle, pero no hubo tal. Sólo vimos unas pocas mujeres sentadas sobre la hierba, rezando en voz alta. Debe haber habido como diez en total, incluyendo unas jóvenes y otras ancianas.
   También nosotros nos sentamos, a corta distancia, y nos pusimos a orar. Ellas se extrañaron mucho de que nos hubiéramos instalado justamente ahí, en lugar de despreciar la compañía de mujeres. Les hablé del nuevo Camino, y de Jesús de Nazaret. Quedaron maravilladas, y contentas, pues una de ellas ya había escuchado hablar de Jesús y despertado la curiosidad de las demás. Era una de las no tan jóvenes. Su nombre es Lidia, y fue la primera que nos habló.
   -¡Qué alegría...!, encontrarme con seguidores de Jesús.
   -¿Lo conociste? -le pregunté.
   -No, pero he oído acerca de él, en algunos de mis viajes.
   -¿Viajas? ¿Te lo permite tu marido..., o tu padre...?
   -Soy viuda.
   -¡Ah! Ya veo.
   -Necesito viajar de vez en cuando porque me hice cargo del negocio que tenía mi marido. Él era comerciante en púrpura.
   -Esa tintura debe dejarte un buen dinero.
   -Sí. No me quejo.
   -Ella regala todo a los pobres -explicó otra de las mujeres.
   -¿Nos permitiríais volver a rezar con vosotras?
   -¡Sí! -exclamaron a coro.
   -¿Mañana?
   -La verdad es que no nos damos el tiempo para venir todos los días... Es muy lejos de nuestras casas.
   Quedamos de acuerdo para ir dos veces a la semana a ese mismo lugar. Nuestras oraciones se fueron poniendo cada vez más profundas, a tal punto, que todos quisimos hacerlo con más frecuencia.
   -Podemos reunirnos en mi casa -ofreció Lidia-. Es grande, y no molestamos a nadie.
   Así lo hicimos, y fue buenísimo. También invitamos a más personas, incluso algunos hombres también, aunque acá eran muy reacios. Poco a poco fuimos formando una comunidad con mucha vida. Estábamos felices.
   Un día, caminando por la ciudad con Silas, encontramos a una mujer joven, casi una niña, puesta en un lugar destacado de la plaza. Estaba articulando frases de supuesta adivinación, como un oráculo. Nos quedamos un rato a observar de qué se trataría esa extraña conducta. Otra mujer, no muy cauta, era la destinataria de tal información. Al final, ella pagó el servicio y se fue, no sé si creyendo o no en lo que le habían pronosticado.
   El que se embolsó el dinero era un pariente de aquella niña que actuaba como vidente. No la trató nada de bien al decirle que ya tenían que irse de ahí. Ella obedeció, sumisa. Me pareció artificial el oficio en que la habían puesto. Estuve a punto de decir alguna palabra de protesta, pero Silas me ganó y fue él quien dijo algo, aunque en un tono muy diferente al que yo iba a usar.
   -Un momento -exclamó-. Yo también necesito ayuda, pues tengo un problema.
   Al hombre se le encendieron unos ojos codiciosos, mientras yo pensé que se nos iba a ir el poco dinero que teníamos para comer.
   -Si actúo mal, siento una culpa mortificante -continuó Silas, cuando el improvisado oráculo estuvo dispuesto-, ¿cómo puedo hacer para sanar eso?
   La chica extendió sus brazos y puso las manos sobre los hombros de mi compañero. Cerró los ojos y trató de concentrarse. De pronto empezó a hablar con voz afectada. Primero, algunas incoherencias, después, frases de buena crianza.
   -Empéñate en cumplir la ley -dijo la mujer en varios momentos, y siguió con su discurso vacío y convencional.
   Al término de esa intervención, empecé a hablar yo, pues era una inmejorable ocasión para poner a disposición de la gente el mensaje del Señor.
   -Nadie queda libre de culpa por obedecer la ley, sino por seguir a Jesucristo -sentencié, y me gané una mirada de repudio por parte del hombre que explotaba a la niña. A su vez, ésta se puso a llorar.
   -Yo no quería hacer esto..., y no lo haré más -se quejó la niña, temblando entre sollozos. No soportó más, y se fue corriendo. El hombre comprendió que se le estaba terminando su negocio, y me increpó en duros términos. El resto de la gente se alineó con él. Muy pronto llegaron unos guardias y nos llevaron detenidos a Silas y a mí.
   Estuvimos encarcelados por varios días porque aquel fraudulento empresario era un hombre influyente. Aún así, como no había cargos serios contra nosotros, Lucas pudo intervenir ante el magistrado y logró que nos liberaran, con la condición de que abandonáramos Filipos, a más tardar al día siguiente.
   Caminamos hacia la casa de Lidia, los cuatro que hasta ahora habíamos sido inseparables.
   -Tendremos que dejar un presbítero acá en Filipos -expliqué-, para que mantenga esta comunidad. No se puede perder.
   -¿Y se puede saber a quién piensas dejar? -preguntó Silas.
   -Ése es el problema -reconocí-. Nadie de acá tiene las condiciones necesarias para ello.
   -Es que tú estás pensando sólo en los hombres -acotó Lucas, sonriente.
   -¿Y en quién más quieres que piense? -se me salió decir, quizás por algún prejuicio.
   -¿Por qué no una mujer? -Lucas contestó con una pregunta que para mí era de difícil respuesta. Guardé silencio durante un largo rato. Me costaba reconocer que Lucas tenía toda la razón.
   Al llegar a casa de Lidia nos recibieron con gran alegría. La comunidad estaba reunida en oración. Les conté que Silas y yo dejaríamos Filipos al amanecer, mientras que Lucas y Timoteo se quedarían unos pocos días, para después unirse a nosotros.
   -Lidia -dije a la dueña de casa-. Tú serás la presbítera que cuide a esta bella comunidad, y la siga haciendo florecer como hasta ahora.
   Ella aceptó encantada, y a todos les pareció bien que así fuera.

         * * *

   Al día siguiente salí muy temprano hacia el oeste, acompañado de Silas. Llegamos hasta Tesalónica, y ahí nos establecimos por un tiempo, predicando en la sinagoga. Muchas personas se nos unieron, pues estaban necesitando alguien que les dijera que con la muerte no se termina todo.
   Jasón, un hombre de mucho dinero se transformó en nuestro benefactor y nos hospedó en su casa. También a Timoteo y Lucas cuando llegaron al pueblo.
    Una vez más, surgieron detractores, que nos perseguían con mucho alboroto, y tuvimos que ocultarnos varias veces. A Jasón se lo llevaron preso, y tuvo que pagar una fianza para poder salir.
   Nos fuimos a Berea. Cada rechazo que obteníamos nos hizo ganar un poco de experiencia. Así, en lo sucesivo nos tranquilizamos para que el esfuerzo no cayera en el vacío. De todos modos, tuve que salir huyendo con Lucas y Timoteo, mientras Silas se quedó en Berea.
   Llegamos a Atenas, llenos de optimismo. Habían transcurrido casi dos años desde nuestra última salida de Antioquía.
   Fue impresionante caminar por Atenas, admirando toda esa cultura de tantos siglos. Sabía que no iba a ser fácil que los atenienses dejaran de lado sus dioses. Lo que más me asombró fue ver un altar con una inscripción que decía "Al dios desconocido". Lucas estuvo indagando acerca de ese extraño dios. Obtuvo una información que yo consideré de vital importancia, pues esta veneración fue naciendo a medida que el pueblo obtenía benditos beneficios sin que hubieran sido otorgados por Zeus, ni por Atenea, ni por ninguno de sus dioses. Necesitaron sentir gratitud hacia un dios desconocido. Lo encontré notable, y no podía dejar de pensar en eso.
   Prediqué en los mercados y en las plazas. Cada vez que yo mencionaba la resurrección, la gente entendía que me estaba refiriendo a un supuesto dios llamado Resurrección, el cual nos ofrecía renovar la vida de nuestra alma. Bueno, es una bella manera de mirar el asunto desde el punto de vista que está inscrito en ellos. De todos modos, hice un esfuerzo por enseñarlo.
   -Jesús siguió viviendo después de morir -logré expresar-. Ése es su mensaje de salvación, pues lo mismo ha de ocurrirnos. Es así, el pecado mata el alma, pero Dios la resucita, cuando Cristo logra reinar en la persona.
   -Para sanar hay que escuchar el mensaje de Cristo, creer en él e invocarlo -seguí diciendo-. Unidos a él seremos personas nuevas. Más de alguno entre vosotros ya ha sido salvado en esta vida. Murió como persona vieja, pero resucitó como persona nueva. Dios nos salva y nos da fuerzas para transmitir el mensaje de salvación, que despierta la verdadera vida en nosotros.
   Unos filósofos sintieron curiosidad por entender mejor esa extraña y novedosa enseñanza, y me invitaron a dar una charla en el Areópago, o Colina de Ares, que es una audiencia de mucho prestigio, pues allí se reúne habitualmente la corte de justicia de Atenas.
   Me sentí muy halagado por tan cordial invitación, y acudí lleno de esperanza. Basé mi discurso en el dios desconocido.
   -Os he venido a hablar de ese dios al que veneráis sin conocerlo -me escuché decir, y seguí hablando de las enseñanzas de Jesús acerca de un Dios padre y creador.
   Sólo unas pocas personas creyeron, en esa oportunidad. Entre ellos, el magistrado Dionisio y su esposa Dámaris. Con el correr de las semanas se fue formando una comunidad cristiana en Atenas.
   Envié a Timoteo a Tesalónica, para que apoyara a la gente de allá.
   Cuando salí de Atenas para ir a Corinto, Dionisio quiso acompañarme. Con mucho gusto acepté. Aunque yo quería dejarlo como presbítero, tuve que dejar a otro. Dámaris quedó como diaconisa.
   En Corinto encontré una situación complicada porque alguna gente gozaba de muy buena situación económica, pero había también mucha pobreza. A los ricos, siempre les decía:
   -No abuséis de vuestra riqueza.
   También me encontré con otros evangelizadores que habían llegado antes que yo, y enseñaban las cosas de una manera distinta. Eso también hizo más difícil mi trabajo en Corinto. La excepción fue Apolos, años después. Él llegaría a ser un gran predicador.
   Cuando llegó Timoteo, procedente de Tesalónica, lleno de optimismo, mejoró mucho el panorama. Y más aún, cuando Silas se vino desde Macedonia. Ambos me ayudaron muchísimo. Junto a Dionisio y Lucas, formamos un fuerte grupo evangelizador.
   Otra dificultad que encontré en Corinto fue la oración en lenguas, una costumbre pagana, bonita al oído, pero que algunos no la entienden. Eso dificulta el crecimiento de la persona en su relación con otros. De todos modos, respeté el derecho a orar de esa forma.
   Por otra parte, algo alentador. La mujer corintia tiene una gran fuerza participativa. Han surgido diaconisas, por ejemplo Febe, una mujer extraordinaria. Sin embargo, como los hombres no entienden que Dios pueda poner su mensaje en boca de mujer, y están acostumbrados al sometido silencio de ellas, noté que se empezaban a producir conflictos conyugales. Y como no es bueno que eso ocurra, he tenido que frenar un poco a las mujeres. Sin duda, deben ocupar ese nuevo lugar conquistado, pero en forma gradual.
   Necesité dinero para mantenerme, y logré encontrar trabajo, haciendo lo que sé hacer, la fabricación de carpas y toldos. Mi empleador era Aquila, que dominaba ese oficio, y muy pronto se transformó en uno de mis principales discípulos, junto a su esposa Priscila. Pusieron su casa a mi disposición, para las reuniones de la comunidad que se iba formando, poco a poco.
   Me conseguí papiro, tinta y cañitas de junco para escribir, además de piedra pómez y una esponja para borrar, engrudo para pegar las hojas, y cordones y sellos para cerrar los rollos. Le dicté a Timoteo una carta para los de Tesalónica, y la envié a través de unos mercaderes. Por desgracia, la carta fue mal interpretada, pues la gente creyó que pronto vendría Cristo de nuevo. Eso me pasó por tratar de expresarme en parábolas, como lo hacía Jesús. La gente tiene la tendencia a tomar todo al pie de la letra. Tuve que hacer una segunda carta, que también le dicté a Timoteo. En igual forma, escribí una carta a las comunidades gálatas. Más bien dicho, se la dicté a Timoteo, que tiene bonita letra.
   Más de un año estuvimos en Corinto. También fui llevado a la justicia, como en otras oportunidades, pero esta vez el asunto no pasó a mayores. Cuando le anuncié a Aquila que quería ir a Éfeso, quiso retenerme.
   -Es necesario llevar el mensaje de Jesús a otros lugares -le expliqué.
   -Entonces voy contigo.
   Casi me fui al suelo de la impresión. Esa fidelidad a Jesucristo, dejando todo, fue algo que no esperaba.
   -¿Dejas todo...? -le pregunté asombrado- ¿dejas a tu mujer?
   -No. Priscila irá conmigo.
   Así fue como el grupo siguió creciendo y adquirió una mujer misionera. Nos fuimos todos a Éfeso, con gran optimismo, en una travesía en barco.
   Pocos días alcancé a estar allí, pues ocurrió un imprevisto, cuando intenté visitar a Juan. No era alguien tan conocido, pero preguntando por aquí y por allá, logré dar con su comunidad. Me encontré con una sorpresa mayúscula. Juan se había ido a Jerusalén, llamado por Jacob, el hermano del Señor. Me contaron que María, la santa madre admirada por todos, estaba siendo llamada a retornar al Padre.
   Sin pérdida de tiempo me embarqué hacia Cesarea, para ir de ahí a Jerusalén. Dionisio y Lucas me acompañaron, mientras el resto del grupo se quedó, con el encargo de iniciar la misión en Éfeso.

 

   El hermano de Jesús

   Un año después del asesinato de Esteban, la comunidad de Jerusalén me eligió para ser su obispo. No sé si influyó de algún modo el ser yo hermano de Jesús. Me emocionó el cariño que me tiene la gente. De eso hace ya más de quince años.
   Mi vida ha sido menos agitada que la de los misioneros, pero no ha estado exenta de problemas y dificultades, ya que acá hay mucha incomprensión para con nosotros, los seguidores de Jesús.
   María, la madre de Jesús, y que además es mi madre adoptiva, optó por irse de Jerusalén, hace varios años, yendo detrás de Juan, que también es como si fuera hijo de ella desde que murió Jesús. María Magdalena decidió acompañarla. Estaba complicado el ambiente en Jerusalén.
   María volvió a esta tierra, el año pasado, talvez porque ya presentía que pronto iba a morir. María Magdalena se vino con ella, y también otras dos mujeres que no conozco. Juan las fue a dejar al puerto cercano a Éfeso, y les dio su bendición.
   Me dio alegría verla llegar a la casa de la mamá de Marcos, donde la han acogido con cariño. Me contó que el viaje estuvo agitado, debido a mal tiempo pero, después de todo, arribó bien.
   -Mi pequeño Jacob -me dijo, y yo me reí, porque las mamás nunca dejan de verlo a uno como un niño chico. De hecho, María es mi madre, si cuidó de mí desde que fui bebé, ya que mi padre enviudó y se casó con ella, que era una niña aún.
   Siempre recuerdo con afecto mi niñez, cuando jugaba con Jesús y con Tadeo. Después que crecimos, continuamos juntos recorriendo Galilea y Judea. Poco a poco, Jesús se nos fue revelando como el Cristo que iba a morir y resucitar. Y así fue, y puedo decirlo como si hablara de lo más natural, pues su vuelta a la vida ocurrió de una manera suave. Se me apareció estando yo solo, en oración, a la orilla del lago. Lo vi venir sobre el agua, tal como aquella vez.
   Recuerdo que corrí a contárselo a mi mujer y a mis hijos, y quedamos contentos. Eso fue hace tantos años.
   -Jacob -insistió mi madre, sacándome de mis evocaciones-, quiero conversar contigo.
   Mientras cenábamos me habló acerca de cómo fue vivir en Éfeso. Ella tenía su casa arriba de un cerro. Le gustaba vivir así, lejos del ruido. Ahí tenía unos árboles preciosos.
   Desde que llegó María, todos hemos recurrido a ella en busca de consejo, también los misioneros, cuando han estado de paso por acá. Ellos recorren el mundo dando a conocer las enseñanzas de Jesús. En todas partes ocurre más o menos lo mismo que aquí. Esto es, abrir las puertas de las sinagogas, ya que los gentiles no pueden entrar. Se quedan afuera, escuchando con mucho interés. Los llamamos "prosélitos de la puerta". Ellos reciben muy bien el mensaje de Cristo. Por eso nos ganamos tantos enemigos entre los judíos tradicionales.
   A María le gusta ir a orar a los lugares en que estuvo Jesús, como por ejemplo el monte de los Olivos, el Calvario, el sepulcro, y también se esfuerza en ir a veces a Belén.
   Hoy la visité cuando venía llegando de su oración en el Calvario. Estaba muy agitada, con lágrimas recientes.
   -¿Qué te pasa, mamá? -le pregunté.
   -He tenido un anuncio..., parecido a cuando tuve a Jesús. Pero..., con un motivo diferente, por supuesto.
   -Vi un mensajero vestido de blanco... -continuó.
   -Eso es cotidiano en ti.
   -Casi de todos los días, pero esta vez fue distinto. Me dijo que he de dejar este mundo, muy pronto.
   Me imaginaba algo así, pero guardé silencio. Estaba consternado.
   -No es una cosa triste -agregó, como para consolarme-. La verdad..., me alegra ir a reunirme con Jesús.

         * * *

   María se está preparando para morir. Ha intensificado su oración. Ella tiene una pequeña comunidad de damas piadosas, a las que ya informó de su próxima partida. Designó a María Magdalena como directora del grupo a partir de ahora. Además, me pidió enviar un mensaje a Juan para que acudiera a Jerusalén.
   Envié ese mensaje a Éfeso, y dada la certeza con que María está viviendo su proceso, después mandé también avisos a los demás apóstoles que están en misión. Por lo menos a aquellos que sé donde pueden ubicarse.
   El primero que llegó, luego de algunas semanas fue Juan. Lo recibimos con alegría, y hemos conversado bastante, además de orar.
   -Estuve con Andrés, un poco antes de que él muriera -nos contó Juan.
   -¿Murió...? ¿El hermano de Pedro...? -preguntamos alarmados.
   -Sí. No sé muy bien los detalles, pero fue asesinado por unos fanáticos que lo consideraron un adversario peligroso.
   -¡Qué horror! -exclamó María, con lágrimas.
   Me quedó la sensación de que el recuerdo de Jesús adquirió súbita intensidad en ella.
   -Andrés me visitó en Éfeso -continuó Juan, después que nos tranquilizamos un poco.
   -¿Cuando iba a Grecia? -pregunté.
   -Sí. Y lo notable es que me dijo algo que hasta hoy me sigue rondando.
    -Andrés tenía una intuición especial -recordé en voz alta.
   -Sí. Me dijo que yo tenía que escribir la historia de Jesús y sus enseñanzas.
   -¡Qué bueno sería!
   -Poco a poco, voy a empezar a preparar algo.
   Unos días después llegó Pedro, proveniente de Roma. Llegó con Perpetua, su mujer, quien se dispuso a ayudar a María desde el primer momento. Mi madre ya no puede mucho con sus labores. Les conseguí un hospedaje apropiado, y no muy costoso.
   Pedro nos contó acerca del trabajo pastoral que está efectuando en Roma y alrededores. Es un terreno bastante difícil.
   -Me maravilla cómo siguen a Jesús los que no lo han visto -mencionó Pedro-. A todos he tratado de enseñarles que Dios nos envió a su hijo para salvarnos de seguir teniendo malas actitudes, y para dar un sentido a las vidas de cada uno.
   -Jesús fue fiel al anuncio que traía -agregó-, hasta dar su preciosa vida por no renunciar a ese mensaje.
   -Eso último es tan significativo -intervine-, y yo lo enseño también porque es algo que valoriza infinitamente el mensaje.
   Nos pusimos a recordar la asamblea que hubo acá en Jerusalén, hace ya unos seis años, si la memoria no me falla.
   -Fue notable -manifesté-, porque al final, luego de las discusiones estuvimos todos de acuerdo.
   -Sí. A algunos les costó aceptar que a los gentiles no los podemos obligar a que adopten todas las costumbres judías, por más que para nosotros sean de vital importancia.
   -Bueno..., eso en lo que se refiere a la circuncisión.
   -Ése era el punto más encendido.
   -Pero..., acuérdate que les seguimos exigiendo algunos preceptos acerca de sexo.
   -Y acerca de ídolos y de sangre de animales. Cosas que también son importantes.
    -La carta con el resultado, que enviamos en esa oportunidad a Antioquía, tuvo la eficacia que esperábamos.
   En esa conversación estábamos cuando vimos aparecer a Marcos, que venía desde Alejandría. Grandes saludos, especialmente de Pedro, que lo quiere como a un verdadero hijo. Recordé cuando Marcos era niño, y por eso le dije, con entusiasmo:
   -¿Te acuerdas... esa vez que casi te llevan preso por andar curioseando..., y los dejaste con tu túnica en la mano?
   -Me escapé casi desnudo -rió Marcos.
   Todos reímos con esa anécdota.
   -Tú tendrías que escribir la vida de Jesús -dijo Pedro a Marcos, en cuanto nos pusimos más serios.
   Juan y yo nos miramos con complicidad. No dijimos nada, pero a mí me estaba quedando muy claro que ha llegado el momento de conseguir que los acontecimientos y enseñanzas de Jesús queden por escrito, pues los que fuimos testigos directos tendremos que dejar este mundo en pocos años más.
   -¿Yo? -inquirió Marcos, dirigiéndose a Pedro-. Pero, si eres tú el que tiene todos los testimonios, si andabas con Él.
   -Sí, pero yo apenas soy capaz de juntar una letra con otra. Cuando envío cartas a las comunidades las tengo que dictar a alguien que me esté ayudando.
   -Bueno. Yo puedo ser alguien que te esté ayudando.
   -Eso es, Marcos, yo te puedo contar todas las vivencias, con detalles, y tú tienes la habilidad para ponerlo en el papel... y de bella forma.
   -¿Cuándo? Es que prometí volver a la misión que tengo en Alejandría.
   -En cuanto puedas -señaló Pedro-. Después que regreses a Alejandría, haz que ellos mismos elijan un obispo, y lo dejas pastoreando a la gente allá. Así, tú podrás ir a Roma.
   La enfermedad de mi madre María ya se estaba manifestando como algo muy serio, aunque ella seguía llena de optimismo, dedicada a la oración.
   Casi una semana después llegó Tomás, que venía de la India. Y también Bartolomé, que estaba en Tebaida. Y Mateo, proveniente del norte. Al siguiente día, tuvimos por fin a Pablo, al que no había podido ubicar, pues no sabía que andaba en Éfeso. Alguien le debe haber hecho llegar el mensaje hasta allá. Venía con dos discípulos, Dionisio y Lucas.
   A todos ellos les conseguí un modesto hospedaje para pasar las noches.
   Al principio, noté que Pablo y Marcos no se hablaban más de lo indispensable, así que decidí ponerlos a conversar. En un rato en que María estaba durmiendo, fui donde Pablo y le pedí que por favor me contara sus aventuras misionales. Caminamos por un pasillo hasta el otro sector del patio, en que se encontraba Marcos, y le pedí que nos hablara de Bernabé.
   Marcos comenzó relatando la evangelización de Chipre, y cómo habían surgido muchas comunidades en la isla, cada una con su presbítero, los cuales eligieron a Auxibio, uno de ellos, como obispo de Chipre. No sin emoción nos contó que Bernabé había muerto hacía un año, durante una persecución de que fue objeto. Me impactó esa mala noticia, y a Pablo mucho más aún. Al final, se reconcilió con Marcos.
   De día estábamos todos en casa de la mamá de Marcos, que es donde vive María, y donde habíamos recibido el regalo del Santo Espíritu de Dios, en una noche inolvidable, hace más de veinte años, y así la casa quedó santificada para siempre.

         * * *

   La salud de María se empeoró, a tal punto que ya no se levantaba, y todos nos juntábamos en su habitación, a cierta hora del día, iluminados por las velas. Entonábamos salmos y oraciones por nuestros compañeros que ya han muerto, todos en situaciones de violencia por parte de fanáticos religiosos. Se sentía su presencia espiritual.
   María Magdalena trajo la bandeja con el pan y el vino, para que Pedro pronunciara la bendición. Luego, ella misma nos lo sirvió, y compartimos ese pequeño alimento con devoción, y en actitud de recordar a Jesús. Cada uno de los presentes señaló un pequeño propósito.
   -La comida sagrada es un símbolo del alimento del alma -dijo Pablo cuando fue su turno-. Quiero alimentar mi alma desde el amor.
   Me impresionaron tanto esas palabras, que hasta hoy las recuerdo.
   Después de terminar de compartir el pan y el vino, seguimos evocando a los que no estaban ese día.
   -Lamento que no haya llegado aún Jacob -dijo Juan, refiriéndose a su hermano, que se llama igual que yo.
   Lo recordamos con afecto. Un hombre lleno de historias, algunas apasionadas.
   María habló palabras de despedida. Prometió permanecer para siempre orando por todos nosotros. Pidió que sus pocos bienes fueran dados a los pobres. Y que su cuerpo fuera sepultado en Getsemaní, junto a sus padres.
   Relámpagos y truenos nos acompañaban.
   María se puso a conversar con cierta presencia de Jesús, que yo no pude ver. Lo que vi fue un intenso resplandor en torno a ella, el cual se fue apagando, poco a poco, hasta desaparecer por completo en el momento en que María entregó su alma a Dios. Fue como si se hubiera dormido.
   A partir de ese instante empecé a recibir con emoción las imágenes de mi infancia, y a sentir la presencia de María, de un modo distinto pero lleno de certeza. Nunca me ha desamparado.
   Las mujeres ungieron el cuerpo de María para prepararlo a la sepultura. Entre Juan y yo la pusimos en un féretro, y Pedro puso una hoja de palma sobre él.
   Me preocupé de todos los pormenores del funeral y, llegado el momento, salimos en procesión hacia Getsemaní, cantando salmos, con el féretro en hombros.
   Había en Jerusalén un grupo de saduceos que nos odiaban por ser seguidores de Jesús. Como no les gustó nuestra romería, enviaron a unos guardias para disolvernos. Uno de ellos, muy fornido, puso sus manos en la urna, con la intención de botarla al suelo. Entonces, ocurrió algo prodigioso. El hombre perdió su fuerza como le pasó a Sansón cuando Dalila le cortó el pelo. Más aún, los dedos del tipo quedaron como si estuvieran pegados a la madera, y no lograba bajar sus manos, por más que trataba de tirarse al suelo como un ovillo.
   Pedro lo instaba a deponer su actitud. En realidad, era la única opción que tenía el pobre tipo.
   -¡De verdad, Jesús es el Mesías! -exclamó cuando quedó libre. Yo me preguntaba si acaso perseveraría. La respuesta la tuve unos días después cuando el hombre acudió a mí para ser bautizado.
   Nuestra procesión continuó aquella tarde del funeral, y pudimos llegar sin problemas hasta el lugar en que estaba el sepulcro. Pedro y Juan pusieron la urna en la sepultura. Después de las oraciones pusimos, entre todos, una gran piedra para cerrar la tumba.
   Decidimos hacer guardia de a dos hombres, durante tres días, en homenaje a la gran mujer cuyo cuerpo estábamos dejando en ese lugar.
   Algunas semanas después, en una de mis visitas a la tumba, observé o creí ver algo asombroso. Tanto que hasta hoy no he encontrado explicación a lo sucedido, salvo que éste haya sido un simbólico saludo de Dios, entre relámpagos y truenos. En un momento fugaz de claridad intensa, me pareció que en el cielo se veía el rostro de Jesús.
   Unos días más tarde llegó Jacob de Zebedeo, proveniente de Hispania. Me dijo que no pudo venir antes porque no se enteró a tiempo. El mensaje que envié no le llegó. En cambio, recibió la noticia de la muerte de María en el instante mismo en que ocurrió.
   -Tuve una visión... -me explicó-, sobre un pilar vi a María, durante un rato, y después desapareció.
   -¿Un pilar?
   -Sí. Uno que estaba dispuesto en vertical, listo para recibir la viga. Es que estamos construyendo una pequeña casa de oración.
   -Eso ocurrió cuando María murió -dije, después de preguntarle cuándo había sido su visión.
   -Me imaginé que María habría muerto o estaría por morir, y por eso vine.
   -¿Alguien quedó allá al cuidado de la comunidad?
   -Dejé un obispo y nueve presbíteros.
   Conversamos bastante. Me contó que después de haber predicado en Jerusalén y en Samaria, supo lo que pasaba en Antioquía, y quedó impactado.
   -Quise ir a tierras gentiles -afirmó-. Entonces fue que conocí a unos viajeros en Samaria, y decidí ir a Hispania.
   -Prediqué un tiempo -agregó-, y fundé varias comunidades. Se me hizo difícil, por el idioma, pero perseveré.
   Pocos días más duró Jacob de Zebedeo en Jerusalén, predicando de manera tan apasionada que un judío fanático lo asesinó. Fue una tarde muy triste. Acudí indignado a quejarme al Sumo Sacerdote. Me ofreció disculpas y condolencias, pero no obtuve de él nada más.


  Tercera parte.- Aprendiendo a caminar

 
   Pablo arrestado

   Tres años después de la muerte de María, volví a subir a Jerusalén. Me recibieron con alegría. A poco de mi llegada, fui a visitar a Jacob y estuvimos conversando. Le conté todo lo que había vivido en la misión, en estos tres años.
   -Estuve unas pocas semanas en Antioquía -empecé diciendo- y partí de vuelta hacia Éfeso, pasando por el camino a visitar las ciudades en que ya había estado antes. Me encontré con Tecla.
   -¿Quién es Tecla?
   -Es una joven con mucho talento para predicar. Me pidió consejo, diciendo que quería volver a Iconio. Le confirmé que ésa era una buena decisión, y le pedí que fundara una comunidad allí, en su pueblo natal.
   -¿Andabas con Dionisio? Creo que es un gran predicador.
   -No. Fui con Lucas. Dionisio regresó a Atenas, pues se dio cuenta de que ahí estaba su misión. Ha hecho un trabajo importante allí.
   -¿Y cómo estaba la cosa en Éfeso?
   -Muy bien. Aquila y Prisca cuidan la comunidad de la mejor manera. En su casa son casi todas las reuniones. Hasta tuve tiempo para escribir una carta pastoral.
   -Supongo que a algunas de las comunidades?
   -A los corintios, una carta que me resultó muy bonita. Les hablé del amor, porque hay mucha división en las comunidades de Corinto.
   -¿Y fuiste a Corinto?
   -En un primer momento no me fue posible, y le pedí a Timoteo que fuera él. Después envié a Tito, quien logró pacificar los ánimos, pues tiene grandes cualidades para conciliar a las personas. Más tarde, yo también visité Corinto.
   -En otras partes..., ¿ha habido este tipo de problemas?
   -Por cierto. La principal dificultad está en los falsos predicadores, que entregan una enseñanza errónea, supuestamente en nombre de Jesucristo.
   -¿Como qué, por ejemplo?
   -Algunos enseñan que el pecado de los antepasados nos pesa también igualmente a nosotros hoy.
   Jacob lamentó que se produzca esa falsa enseñanza, dada por personas que se quedaron atrapadas en el pasado.
   -Cuando estuve en Corinto -seguí contando- escribí una carta pastoral, y le pedí a Febe que la llevara a Roma, pues pienso llegar hasta allí, muy pronto.
   -¿Estuviste en Cesarea?
   -Sí. De allá vengo. Me hospedé en casa de Felipe.
   -¿Uno de los siete del grupo de Esteban?
   -El mismo. Ha hecho un gran trabajo, ayudado por sus cuatro hijas, mujeres de oración, que siempre tienen la palabra justa. Ellas dicen que es la abstinencia sexual lo que les ayuda a la oración.
   Me quedé pensando que... deben tener razón, si por algo me he mantenido así..., sin casarme.
   Tuve más conversaciones con Jacob, y los demás, pero me llevé la gran sorpresa de que ha vuelto a recrudecer la enemistad hacia mí en Jerusalén. Unas mentes afiebradas me sacaron a empujones del Templo, y me llevaron al cuartel. Gracias a que soy ciudadano romano me permitieron hablar al pueblo. Con cadenas alrededor de mis muñecas, alcé la voz y dije:
   -Yo soy el pastor de los gentiles.
   Se enfurecieron tanto, que las autoridades no se atrevieron a dejarme libre, pero decidieron que tendría que juzgarme el Sanedrín. Pocas horas después, ya estaba puesto en esa instancia. Noté que muchos de los magistrados eran saduceos, y otros tantos, fariseos. Y como se detestan, eso me significó una pequeña ventaja que quise aprovechar.
   -Hermanos míos, soy fariseo, hijo de fariseos -exclamé- y creo en la resurrección de los muertos y en una vida futura. Los cuerpos físicos mueren pero el alma no morirá.
   Como los saduceos no creen en lo que no se ve ni se toca, se ofuscaron y se levantaron de sus asientos. Se desató una gran discusión entre los dos bandos, ya que los fariseos creemos en esa trascendencia.
   No hubo acuerdo para condenarme, lo cual me significó volver a ser puesto en poder de los romanos. Para mí, era un pequeño alivio. Mientras tanto, los más duros del Sanedrín seguían buscando la manera de eliminarme. Dijeron que querían sacarme otra vez, para hacerme unas preguntas. Según supe después, eso era sólo un pretexto. En ese momento yo no supe que mi vida corría peligro inminente. El que se enteró fue el hijo de mi hermana. Acudió a contarlo a los romanos. Se las arregló para llegar hasta el tribuno, el cual ya estaba sospechando algo así.
   El tribuno optó por lo más sano, y me envió a Cesarea. Lucas viajó también, pues no quería dejarme solo. Ahí tuve que comparecer ante Félix. Los judíos me acusaron de alborotar al pueblo, y de pertenecer a Camino, cosa que a los romanos no les interesó mucho.
   Expliqué que a algunos judíos no les gustó que les hablaran de la resurrección de los muertos, y de que Jesús vive. Félix entendía bien estas discrepancias, pues su esposa Drusila era judía.
   Félix no tomó ninguna determinación. Así, pasaron casi dos años, y llegó Festo, como sucesor de Félix. Festo quería llevarme a Jerusalén para ser juzgado allí. De nuevo tuvieron que escucharme:
   -Debo ser juzgado en el tribunal del César.
   Entonces, me llevaron a Roma. Pero, antes se me permitió defenderme ante el rey Agripa. Volví a hablar de la resurrección de Jesús. Me consideraron loco, y me embarcaron, junto a otros prisioneros, a cargo del centurión Julio. Lucas me acompañó.
   Cuando llegamos a Sidón, Julio me permitió ir a saludar a mis amigos. Días después desembarcamos en Mira de Licia, y nos cambiamos a otra nave. La navegación se tornó lenta, y también peligrosa debido al mal tiempo.
   Comenzó a soplar viento, cada vez más fuerte. Muy pronto quedamos a la deriva. Casi se pierde el bote que había para las emergencias. Hubo que aligerar el peso, para lo cual tiraron al mar toda la carga. Pudimos seguir a la deriva por el Adriático, durante dos semanas, pero al final ya casi no quedaba comida. Compartí el poco pan que tenía.
   La nave encalló cerca de una costa. Nadando, algunos; sobre tablones, otros; todos nos salvamos. Era Malta. Allí nos recibieron bien.
   Me tocó aliviar los males de los nativos, imponiéndoles las manos. Cuando terminó el invierno, nos embarcamos en otra nave, hacia Siracusa. Después, a Pozzuoli. Y de ahí, a Roma.
   Dos años después de ser apresado en Jerusalén, quedé arrestado en Roma, en custodia militar, vigilado por un guardia permanente. Se me permitió quedarme en casa de uno de mis discípulos. La gente acudía a esa casa y yo les hablaba. Así, permanecí otros dos años.
   En uno de los primeros meses de mi reclusión, llegó Epafras y me informó acerca de la comunidad de Colosas, que vive en una buena relación de amistad y perseverancia, a pesar de las doctrinas extrañas que habían surgido.
   Epafras es un gran predicador, que dejé como presbítero en Colosas después que salí de ahí. Estuve poco tiempo, pero Epafras se ha desempeñado muy bien, incluso ha predicado en las ciudades adyacentes. Mi fiel discípulo se quedó en Roma por un tiempo.
   Cierto día, se presentó un extraño visitante en la casa en que me hospedo. Vestido pobremente, al modo oriental. Su aspecto de cansancio me hizo pensar que este hombre estaba afligido y aproblemado. Al principio no me pareció una persona conocida, pero cuando me habló, su voz me resultó inconfundible.
   -Onésimo -le dije entonces, y lo abracé con afecto.
   A él, le pareció extraña la familiaridad con que actué. Es que es un esclavo, propiedad de Filemón de Colosas, un buen discípulo, en cuya casa nos reuníamos.
   -¿Qué te trae por acá? -le pregunté, extrañado de verlo así, como si fuera libre.
   Me contó que venía huyendo de Filemón, y también de la justicia, ya que tuvo que tomar algunos bienes de su amo para poder llevar a cabo su fuga.
   -No tengo nada especial contra Filemón -me dijo Onésimo- pero no quiero seguir siendo esclavo.
   -Yo escuchaba detrás de las puertas -agregó- cuando tú hablabas de Cristo, que ha venido a hacernos libres... Y aquí estoy...
   -Aprendiste a buscar la libertad -le dije, lleno de risa.
   -Aún recuerdo las palabras que oía. Vosotros hablábais de dejar morir la maldad, no porque vaya a venir un castigo de Dios, sino para ser incluído en el pueblo de Dios. Y que Jesús vino a librarnos, y fue fiel a su misión hasta la muerte.
   -Recuerdas bien, Onésimo, y también dije que la ley fue hecha para castigar a los que hacen el mal. Cristo nos enseña a no tener la ley como ídolo, pues es sólo una ayuda hecha por los hombres. No ha de movernos el miedo a la ley sino el servicio a Dios. Hay que cumplir la ley, pero eso no basta.
   -También oí que es el mensaje enviado por Dios el que nos induce a hacer el bien.
   -Veo que tú mismo eres un símbolo viviente de la salvación que nos anuncia Jesús en su mensaje -traté de explicarle eso y muchas otras enseñanzas, como que a Jesús le gustaba hablar en símbolos, que es un lenguaje que perdura en el tiempo.
   Onésimo se quedó un tiempo conmigo, como sirviente pues eso es lo que le nace ser, y con agrado. Sin embargo, consideré que yo no podía ser desleal con Filemón, ni con Onésimo, ni menos con Cristo. No hallaba cómo resolver esta confusa situación. Decidí escribir una carta a Filemón, pidiendo clemencia para Onésimo. Tuve la certeza de que ésa iba a ser la actitud de Filemón, basada en la relación de amistad que siempre nos ha unido.
   En esa carta pedí a Filemón que volviera a aceptar a Onésimo, ya no como esclavo, sino como un hermano. Le ofrecí pagar las deudas que pudiera haber. Y además, le anuncié visita, la que efectuaré en cuanto obtenga la libertad.
   El mismo Onésimo llevó esta carta a Filemón. Fue acompañado por Tíquico, quien también llevaba cartas que escribí a Colosas y Éfeso. En rigor, no las escribí, sino que se las dicté a Timoteo, que ha sido mi secretario, además de enfermero, durante esta privación de libertad que me está afectando. Es más que eso. Timoteo es mi complemento, pues es más precavido que yo. Para mí es como un hijo, con el cual puedo compartir mis sentimientos.
   También con la ayuda de Timoteo escribí, un poco después, una carta a la comunidad de Filipos, más que nada para reconciliar a las diaconisas Evodia y Síntique, que estaban en conflicto, según me informó un filipense que estuvo por acá. También les anuncio que muy pronto los visitará Timoteo. Me habría encantado ir yo mismo, pero estoy impedido para hacerlo.
   De hecho, he decidido liberar a Timoteo de estar cuidándome. Él puede ser mucho más importante en una misión evangelizadora. Lo estoy enviando al mundo, con el dolor de quedarme sin él, porque comprendí que eso es lo mejor para la causa de Jesucristo.
   Le doy las últimas recomendaciones a Timoteo:
   -Has de estar siempre en la vida eterna -así le llamamos al Reino de Dios, que está en cada uno-. Nunca pongas el intelecto por encima de las enseñanzas de Jesús.
   -Bebe un poco de vino de vez en cuando -agrego- que hace bien para la digestión. Sin embargo, no seas como ésos que aparentan ser religiosos pero se aprovechan de las mujeres que buscan consejo.
 
   Priscila

   Cuando escuché a Apolos en la sinagoga quedé maravillada. Es un orador excelente, que busca conciliar el pensamiento de Platón con las enseñanzas de la Sagrada Escritura. Todos quedaron impresionados, también Aquila, mi esposo, según me dijo cuando nos juntamos a la salida. Tanto fue, que Aquila habló con Apolos ese mismo día y lo invitó a nuestra casa, porque tenían mucho que conversar.
   Fue una larga reunión en que hablamos de todo, empezando nosotros por presentarnos. Aquila lo hizo con todo detalle. Le contó de nuestra permanencia en Corinto, y de cómo conocimos a Pablo y nos transformamos en misioneros y vinimos con él a Éfeso.
   -Priscila tiene gran facilidad para enseñar -dijo Aquila, indicándome de manera afable.
   A Apolos le llamó la atención que una mujer pudiera estar en una situación así, y se alegró.
   -¿Sois de Corinto? -preguntó con incredulidad.
   -No. Llegamos a Corinto desde Roma -aclaró Aquila- cuando tuvimos que exiliarnos. El emperador Claudio expulsó a los judíos de Roma porque temió que los disturbios pasaran a mayores.
   -¿Disturbios?
   -Sí. Es que se producían fuertes discusiones entre los judíos que seguían a Cristo y los que no.
   -Supongo que vosotros érais de los que seguían a Cristo.
   -No tanto -corrigió Aquila-, pero... ya que por causa de Cristo tuvimos que irnos, de un día para otro..., quisimos aprender acerca de Jesús..., nada menos que en Corinto, ciudad consagrada a Afrodita.
   -Pablo nos vino como caído del cielo -agregué-, y lo conocimos porque buscó trabajo haciendo tiendas, el mismo oficio de Aquila.
   -Quisiera conocer a ese Pablo -exclamó Apolos-, ¿está en Éfeso?
   -No. Él viaja mucho -explicó Aquila-. Tuvo que ir a Jerusalén, y seguir viaje hacia otros lugares, y volver a visitar los pueblos en los que ha fundado comunidades.
   -Nosotros quedamos encargados de Éfeso -completé-. Aprendimos mucho de Pablo, que ha sabido transmitir al mundo la enseñanza de Jesús.
   Apolos nos contó que nació en Alejandría, y siempre ha buscado aprender cómo la persona puede desarrollarse de acuerdo a los designios del Altísimo. Para ello, ha viajado mucho. Estuvo en Judea hace varios años, y se hizo bautizar por unos discípulos de Juan el Bautista, quienes le hablaron de Jesús. Incluso, en una oportunidad vio a Jesús enseñando en Jericó.
   Seguimos hablando de Jesús, y todo lo que nos vino a enseñar. Traté de dar a Apolos algunos conocimientos en relación a Camino, según nos lo mostró Pablo.
   -¿En qué consiste eso de que Jesús subió al cielo...? -preguntó Apolos-. Uno escucha eso, a veces.
   -Cuando decimos que Jesús subió, eso es una manera simbólica de decir que Jesús volvió a la situación divina desde la cual ha venido.
   -Misterioso, por lo tanto.
   -Así es. Y hay algo más... El espíritu de la persona es trinitario, pues contiene poder, amor, y buen juicio.
   -¿Y qué relación tiene?
   -Pues, recuerda que en la Torá dice que el espíritu de la persona fue creado a imagen y semejanza divina.
   -Ya veo. Podemos acercarnos a Dios si nos acercamos al espíritu del hombre... ¿Y qué hay del día del juicio, que también lo nombran algunos?
   -Bueno, es algo figurado. Lo que Pablo dice es que llegará un día en que tendrás que responder por tus actos y omisiones.
   -Algo en que tampoco se ponen de acuerdo los predicadores, se refiere a la libertad -dijo Apolos, después de un rato.
   -Pablo tiene una visión muy clara.
   -¿Cómo lo ve Pablo?
   -Si usas tu libertad para entrar en esclavitud, la pierdes. Seamos libres; no sigamos siendo esclavos.
   -Es paradojal... Soy tan libre que... ¿hasta me puedo permitir entrar en esclavitud...?
   -Sí. La libertad te permite perderla.
   -Es un tema para pensar. Y hay otro asunto conflictivo... Las buenas obras... ¿me llevan a salvarme?
   -Bueno..., una gallina pone un huevo, y de ese huevo saldrá finalmente la gallina.
   -O sea..., ¿qué?
   -Las buenas obras son también el fruto que proviene de haber recibido la salvación.
   Apolos se incorporó a nuestra comunidad, y semanas después, decidió ir a llevar la Palabra a Corinto.
   No pasaron muchos meses antes de que Apolos volviera a Éfeso, con noticias poco auspiciosas, pues el comportamiento de algunos cristianos de Corinto es deplorable. Se lo contó todo a Pablo, que días antes, llegó también a Éfeso.
   Pablo programó hacer un viaje a Macedonia y Corinto, aunque no tan pronto. Sin embargo, tuvo que adelantarlo a causa de la persecución que lo afectó, por parte de los orfebres. Tuvimos que esconder a Pablo en nuestra casa. Y eso se logró gracias a que contábamos con una habitación de difícil acceso. Un día llegaron los plateros, muy enojados porque, según ellos, Pablo les echaba a perder el negocio de las estatuillas de Artemisa, diosa a la que se dedica un culto importante en Éfeso.
   Los intrusos me botaron al suelo, y también a Aquila. Registraron la casa y no encontraron a Pablo, a pesar de que estuvieron a metros de su ubicación.
   -Estos tipos... casi me hacen bajar al Hades -me dijo Pablo, después de que ellos se fueron.
   Así es la forma griega de referirse a la muerte. En su mitología, Hades es el lugar al que van las personas que mueren.
   Pablo se fue de Éfeso, sin que lo vieran. Acá, la vida siguió, en buena forma para Camino, gracias al trabajo que hacíamos, Aquila y yo, siempre añorando nuestra querida Roma.
   Después que murió el emperador Claudio, viajé a Roma, junto a mi esposo, a pasar unos días. Encontramos una casa donde vivir, en Aventino. Llegamos tan cansados, que Aquila se durmió en cuanto terminamos de comer algo.
   En cambio yo, desvelada, me puse a recordar tantas cosas que se me venían a la cabeza. Mi infancia..., yo tenía apenas unos cuatro años cuando quedé huérfana, y fui criada por una bondadosa señora, amiga de la familia. Con esta señora, que fue como mi madre, nos vinimos a Roma. Pasaron los años y, en plena adolescencia conocí a Aquila, que había llegado del Ponto. Nos gustamos desde el principio. Tuvimos una boda linda.
   Seguí recordando..., que queríamos tener hijos, pero eso no fue posible, a pesar de nuestro empeño.
   Sonreí, con un poco de tristeza.
   Estuvimos un par de semanas en Roma, descansando. Fue precioso. Pero, llegó el día de volver a Éfeso, a nuestro trabajo.
   Transcurrieron varios años, hasta que decidimos nombrar presbíteros, en Éfeso, y que entre ellos eligieran un obispo. Como instrucción, les reforzamos lo más importante de la enseñanza de Pablo:
   "Hay tres cosas fundamentales: la fe, la esperanza y el amor. La más importante es el amor. Más importante que cualquier otro don espiritual. Puedes sacar fuerzas de los dones que has recibido, pero, de nada te sirven los dones si no tienes amor. Tener amor es soportarlo todo, ser bondadoso, no guardar rencor, alegrarse de la verdad".

         * * *

   Con Aquila, volvimos a Roma, con ánimo de quedarnos para siempre. A los pocos meses de nuestra llegada, nuevamente la vida se puso difícil para los judíos, fuéramos cristianos o no, y precisamente a causa de algunos desórdenes que se han producido. Unos pocos exaltados provocaron un desprestigio para todos. Al principio, en forma suave, pero todo se complicó de una manera feroz, sin tener nosotros ninguna culpa.
   El problema surgió a raíz de un enorme incendio que se produjo en Roma, al parecer por una negligencia de un grupo de ebrios. El fuego duró seis días y redujo a cenizas una gran cantidad de casas. Nerón acogió en los patios imperiales a las personas que quedaron sin vivienda. La aristocracia culpó al propio Nerón, emperador populista, de haber enviado a los borrachos a incendiar la ciudad. Esto ocasionó que Nerón se defendiera de las acusaciones acusando a los judíos y sus disputas. Fue así como se agudizó la persecución a los judíos, que a esas alturas de la vida, ya éramos del Camino en gran proporción.
   Tuvimos que adoptar un bajo perfil, y tratar de pasar inadvertidos en la vida diaria. Muchos cristianos fueron arrestados cuando no guardaron dichas precauciones.
   De todos modos, me las he arreglado para visitar a Pedro, obispo de Roma, que vive con su esposa Perpetua y su hija Petronila, quien no ha querido casarse, aunque no le han faltado pretendientes.
   Conversamos acerca de la situación que vivíamos; y de Andrés, hermano mayor de Pedro, nacido en Betsaida. Andrés fue brutalmente asesinado en Patras hace algunos años. Y también hablamos de Jacob, el hermano de Jesús, que se desempeñaba como obispo de Jerusalén, hasta su violenta muerte a manos de judíos tradicionales.
   -Hace sólo dos años -acotó Pedro, que ha viajado mucho, visitando las comunidades de Camino.
   -Como nuevo obispo de Jerusalén eligieron a Simón -agregó-. Es un primo de Jesús.
   Pedro ha estado ocupando gran parte de su tiempo en dictar una carta a un escribiente y traductor, para que algún día pueda ser llevada al Ponto, y a Capadocia y a Bitinia, para fortalecer esas comunidades. Es un trabajo lento.
   Un día llegó Pablo a Roma y visitó a Pedro. Fue un encuentro alegre, en que nos contó sus últimos viajes, muy en especial se refirió a Grecia.
   -Dionisio fue elegido obispo de Atenas -dijo Pablo-. Y en Colosas eligieron a Epafras.
   Pablo contó también que Filemón perdonó a su esclavo Onésimo, y le dio la libertad. El hombre quedó feliz y fue a reunirse con Pablo, y a trabajar con él. Llegó a ser predicador.
   -Una cosa importante que descubrí -afirmó Pablo- es la necesidad de insistir mucho a los presbíteros para que tengan una vida ejemplar. También a las presbíteras, por supuesto.
   -Yo también me he dado cuenta de eso -aseveró Pedro-. A veces los presbíteros tienen conductas sexuales desordenadas, y entonces, la gente deja de creerles.
   -Y también en relación al dinero.
   Continuó la vida en Roma, sin poder predicar mucho; sólo un poco, en ciertas condiciones.
   -No juzguéis antes de tiempo -así eran los términos en momentos como los que vivíamos-. Esperad a que el Señor saque a la luz lo que hoy está en oscuridad.
   Y después de una frase tan aventurada, había que escapar.
   Pablo también se dedicó a escribir cartas. A Timoteo, que tendrá que hacerse cargo de las misiones .
   Cerca de dos años después del famoso incendio ocurrió lo que yo me estaba temiendo. Pedro fue apresado. Su carta, que estaba ya muy avanzada, quedó tirada por todas partes También se llevaron a su esposa Perpetua. Petronila se salvó porque en el preciso momento en que llegó la patrulla, ella había ido a buscar agua. Alcanzó a divisar la escena desde lejos, y fue a buscarme, angustiada. Fuimos donde Pablo. Trató de calmarnos. Lo logró a medias. A partir de ese día, Pablo se puso a hacer las averiguaciones con las autoridades.
   Con Aquila nos hemos encargado de la hija de Pedro. Mientras tanto, nadie sabe nada de nada. Pablo se arriesgó tanto, que también lo apresaron.
   Vivíamos una verdadera noche oscura. No hallábamos qué hacer. Visité a Marcos, que trabajó mucho tiempo como secretario de Pedro. Él estaba ahora de paso en Roma, y tampoco tenía muchas posibilidades de averiguar el estado de los prisioneros, pero no perdía la esperanza. Marcos tiene mucha diplomacia.
   Me habló de un libro que está escribiendo, referido al legado de Jesús. Él alcanzó a conocerlo un poco, y además ha relatado muchas cosas que Pedro le ha contado.
   Preguntando y preguntando, supe donde tenían prisionera a Perpetua. Alcancé a visitarla una vez, pues me lo permitieron como gran cosa. Semanas después me enteré de que había muerto, probablemente echada a las fieras, aunque eso no lo supe con certeza. Talvez fue sólo un rumor. En todo caso, nunca apareció el cuerpo de Perpetua.
   Marcos logró averiguar que Pedro también murió. Crucificado, en el caso de él. Lloramos de impotencia ante esas muertes horribles. Y fueron muchos más los asesinados. Me costó contárselo a Petronila, pero lo hice. Marcos me ayudó a consolarla un poco.
   Los presbíteros eligieron a uno de ellos, llamado Lino, como obispo de Roma. A Marcos le permitieron visitar a Pablo en la cárcel. Hasta que un día..., ya no estaba. Le dijeron que se lo habían llevado a otro lugar de detención. Al final, se supo que también lo mataron.
   Todo esto es demasiado doloroso. Aquila trata de darme ánimo cuando me ve llorando. Lo necesito, porque hay que seguir adelante.
 
   Simón el cananista

   Hace tiempo fui apodado "cananista", que es lo mismo que decir "zelote". Así, me diferenciaban de mi padre, a quien le decían "zelote" porque tenía ideas revolucionarias, aunque nunca perteneció a ese movimiento.
   También a mí me consideran revolucionario, pero soy bastante pacífico. No por otro motivo seguí a mi amigo Jesús, desde que éramos niños en Nazaret. Y hasta su muerte, e incluso después, durante todos estos años.
   He viajado por importantes ciudades, llevando la palabra de Cristo. Hasta que se me ocurrió venir a Babilonia. O más bien dicho, lo que queda de ella. No pensaba estar acá más que unas pocas semanas, pero las cosas se complicaron. Al llegar, asistí a un encuentro de judíos seguidores de Cristo, en una sinagoga. Me admitieron porque también tengo origen judío. Cuando dije que fui discípulo de Jesús, muy cercano a él, me miraron incrédulos. No me creyeron, en absoluto.
   En esa oportunidad, no vi ningún gentil escuchando afuera de la sinagoga, como es costumbre en casi todas las ciudades. Al poco rato entendí por qué ese desaire. Me bastó oír unas pocas palabras de la homilía para darme cuenta de que estaba metido en un encuentro de una secta tradicionalista.
   Se hablaban algunas cosas extrañas, reñidas con las enseñanzas de Jesús. Todos daban por sentado que Cristo había llegado a ser un sumo sacerdote, y que obtuvo el perdón de los pecados de toda la gente. Y eso, por medio del sacrificio, siendo él mismo la víctima, como un chivo de expiación.
   En el fondo, lo que ellos quieren es adaptar la historia de Jesús a una tradición antigua. Justamente la que Jesús vino a reemplazar porque ya dejó de tener sentido.
   -Se ofreció a sí mismo en sacrificio, una sola vez y para siempre -dijo el que dirigía.
   Casi me caí de la silla, pues quedé espantado... Pero, si yo que estuve al lado de Jesús por años, siempre supe que él decía que Dios no necesita, ni siquiera sacrificio de animales como expiación. Y menos un sacrificio humano. Si esto es... sencillamente diabólico.
   -No hay perdón de pecados, si no hay derramamiento de sangre -continuó diciendo el tipo, y entonces me indigné a tal punto, que fui adelante a discutirle, argumentando lo que yo sabía, porque lo había aprendido directamente de Jesús.
   -Si fueron los sumos sacerdotes los que entregaron a Jesús a la muerte... -casi grité- ¿cómo podéis decir que él mismo pueda haber sido sumo sacerdote?
   Se armó una pequeña trifulca.
   Duré un buen rato. Al principio, muchos se interesaron por lo que yo decía, pero el director se burlaba. Lo increpé tan duramente que entre todos me sacaron a golpes hacia afuera.
   Quedé botado en la calle, sangrando y adolorido. "Sangre", pensé, y hasta me dio un poco de risa. Después de todo, no soy tan pacífico.
   Por varios días me estuve recuperando en la humilde habitación que conseguí. Tuve una visita inesperada que me dio gran alegría. Judas Tadeo llegó hasta acá, porque se enteró del altercado que había ocurrido en la sinagoga, y averiguó donde se hospedaba el cristiano agredido. Aún no sabía que era yo.
   -¡Tadeo! -exclamé, muy contento.
   -¡Cananista! -me respondió y nos fundimos en un abrazo. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
   -¿Qué haces por acá?
   -¿Y tú, qué haces por acá?
   Nos reímos y nos contamos nuestras aventuras. Y recordamos nuestro tiempo con Jesús. Y también nuestra infancia con él y con Jacob y con Simón, hermano de Tadeo.
   Este encuentro con Tadeo fue fundamental para mí. Para toda la vida que aún me quede. Desde ese momento seguimos trabajando juntos en llevar el mensaje de Jesús a toda la gente.
   Busqué una ocupación como tintorero, que es mi oficio, heredado de mi padre.
   Después de unas semanas hubo una segunda incursión en la sinagoga. Ahí escuché este discurso:
   -La muerte de Jesús es una derrota para el diablo. Por una sola vez y para siempre. El camino nuevo es el camino de vida que Jesús nos abrió a través del velo, es decir, a través de su propio cuerpo. Cristo es nuestro sumo sacerdote. El mejor y más grandioso, como lo fue Melquisedec.
   Me sentí con derecho a interrumpir para aclarar ese punto:
   -Jesús encontró sólo incomprensión entre los sumos sacerdotes. No fue uno de ellos. Por el contrario, Jesús fustigó a los mercaderes del templo, los que llevaban el negocio de los sumos sacerdotes.
   -Lo que Jesús nos dijo fue que no hiciéramos sacrificios de animales -replicó el predicador-, nada de matar chivos y becerros para purificar a las personas. Cristo se ofreció a sí mismo para quitar el pecado. Es su sangre la que nos limpia.
   -¿Estás hablando de sacrificio humano? -preguntó con énfasis Tadeo, volviendo a interrumpir, y se paró adelante-. Eso es quizás peor que sacrificar animales. ¿Para limpiar los pecados? Eso es el antiguo pacto. Justamente, Jesús vino a proponernos un nuevo pacto. Recuerdo muy bien cuando Jesús habló de un nuevo pacto. Dijo que así como el antiguo pacto era de muerte, el nuevo es de vida porque está fundado en el Espíritu de Dios.
   -No sé de qué hablas -replicó el predicador, mientras el resto de la gente empezaba a alzar el murmullo.
   -El nuevo pacto fue anunciado por Jeremías -continuó Tadeo-. El profeta dijo que sería un pacto distinto al de los antepasados. Esta vez, Dios pone su ley en el alma de las personas. Dios se da a conocer a todos, no sólo a los instruidos. Nos enseña a renacer como personas nuevas. A eso, algunos le llaman "limpiarnos de nuestra iniquidad".
   -Cristo obtuvo el perdón de todos los pecados, por medio de la sangre que derramó -manifestó el orador.
   -En cuanto a la sangre de Cristo -intervine, y me fui también hacia adelante-, él muchas veces nos dijo que la iba a derramar. Es que Jesús fue infinitamente fiel a la misión que Dios le encargó. Y por eso estaba tan dispuesto. Él vino a dar un mensaje. Dijo que el reino de Dios está dentro de cada persona.
   El tipo que predicaba se molestó conmigo por haber dicho eso, y empezó a cambiar un poco el tema.
   -¿Recuerdas que los cuerpos sacrificados se quemaban fuera del campamento? -preguntó sin esperar respuesta-. Pues, así también Jesús murió fuera de la ciudad.
   -Jesús nos pidió anunciar su mensaje -dije, volviendo al tema principal-. Su sangre como símbolo de pacto debe entenderse así. Más de alguna vez nos dijo que también nosotros tendríamos que estar dispuestos a morir por entregar el mensaje. A eso le llamó "beber su sangre".
   Intenté explicar que el Maestro siempre usaba imágenes y símbolos en sus palabras, para que éstas pudieran ser comprendidas por la gente que venga dentro de muchos siglos más.
   -Jesús -agregué- vino a cambiar nuestra manera de pensar... -Aceptad eso -completó Tadeo-. No tratéis de encasillar a Cristo en la ley antigua.
   A esa altura, ya empezaron a increparnos. Sin embargo, me armé de fuerza y dije en voz alta:
   -El vino nuevo se pone en odres nuevos, porque si no, éstos se romperían. Hay una renovación que tenéis que aprender, aceptar, integrar. No nos quedemos en el pasado.
   -Cristo murió por nosotros, sí -dijo Tadeo-. Porque fue fiel hasta la muerte. Vino a entregar un mensaje, y no lo traicionó, sino que lo vivió. Y murió por darnos su enseñanza.
   -Y resucitó -agregué-, para mostrarnos el renacer como personas nuevas. No tiremos eso a la basura. Lo que haga cada cual con el mensaje es una decisión libre... Pero, algún día tendréis que rendir cuenta.
   Nuevamente salimos de ahí a los empujones, quedando muy magullados.
   En cuanto nos repusimos, con Tadeo, unos días después, nos pusimos a predicar en las plazas. Ahí nos iba mejor. Así era nuestro discurso:
   -Salvar es liberar. Jesús nos ha enseñado en qué forma podemos ser rescatados de la opresiva iniquidad, y ser liberados para vivir nuestra vida según los propósitos de Dios.
   Teníamos buenas posibilidades para predicar en la plazas, y una excelente llegada, que contrastaba con la falta de acogida por parte de los judíos de la secta.
   Sentí que era importante nuestra labor.
   Hemos tenido muchos discípulos, entre ellos un escritor llamado Abdías. Lo nombramos presbítero de la comunidad que se estaba formando. Desempeña un excelente trabajo como pastor de la gente.
   Así estuvimos durante algún tiempo, contentos con el desarrollo de las comunidades. No obstante, las cosas no iban del todo bien, pues a los pocos meses, las personas de la secta se relajaron en sus costumbres, pues consideraban que si los pecados están perdonados de antemano... ¿dónde está la ley?, lo que les interesa tanto... Empezaron a tener toda clase de malos comportamientos. No sé si se estaban dando cuenta de una fuerte contradicción en su manera de pensar.
   Tadeo consideró que era el momento de volver a la sinagoga. A mi amigo le gusta escribir. Pasa horas enteras preparando cartas para las comunidades que él ha fundado en distintas partes de la región. Le escribe a los presbíteros que él ha dejado y al obispo que aquellos han elegido para coordinar las comunidades.
   Esa vez, Tadeo me dijo que tendríamos que ir a la sinagoga a aclararles la situación. Hacia allá nos dirigimos cierto día.
   -No nos han eliminado la antigua ley -hablé, cuando todavía no me empezaban a mirar mal-. Jesús no vino a permitirnos la mala conducta. Nos dijo claramente que no actuemos movidos por el miedo, sino por el amor. Eso es lo nuevo que ha pasado con la ley.
   -Sois como nubes sin agua, o árboles que no dan fruto -los reprendió Tadeo.
   La asamblea fue pasando de los murmullos a los gritos.
   -Sois como estrellas que han perdido el rumbo -continuó Tadeo.
   En esa oportunidad no salimos golpeados, sino sólo repudiados de palabra. Semanas después vino eso del castigo. Sí. En la secta hablaban de un castigo didáctico. Bueno, es cierto que con ese calificativo el asunto del castigo pasa bien. Sin embargo, han tenido que contradecir todo lo que afirmaban antes. En el fondo, estaban reconociendo su error. Pero, se han ido al otro extremo, por salirse con tanto ímpetu.
   Traté de hacérselos ver:
   -¿Qué tanto hay con eso del infierno? ¿De dónde habéis sacado esa enseñanza?
   Siempre que intervine, al principio me acogieron bien, y después ya no tanto hasta llegar al franco repudio.
   A veces yo defendía a Tadeo, otras veces, él a mí.
   En la pelea de ayer, resultamos muy maltrechos. Hasta los funcionarios de gobierno tuvieron que intervenir en favor nuestro.
   Y seguiremos firmes en la lucha...

   

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