ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia niña         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Cuarta parte.- Aprendiendo a hablar

   Policarpo

   Me tienen preso y sé que muy pronto moriré. No es que yo haya cometido algún delito. No. Nada de eso. Me acusan de haber alterado el orden en repetidas ocasiones, acá en mi Esmirna natal. Y me acusan de desacato a la autoridad romana. Y de andar difundiendo doctrinas que están reñidas con el culto establecido a los dioses.
   He pedido un tiempo para meditar, y me lo han permitido después de muchos ruegos, pero sólo por un par de horas. Intento aprovecharlas en un clima de oración.
   Comencé mi meditación saludando al Padre, y ofreciéndole mi vida y agradeciendo todo lo que me tocó vivir y las personas valiosas que conocí a lo largo de mi existencia. Así, empezaron a surgir mis recuerdos.
   Mis padres fueron las primeras personas valiosas que conocí. Me trajeron al mundo un poco después de la muerte de Pedro y de Pablo. Unos dos años después, según me contaron.
   Me pusieron por nombre Policarpo, que significa "frutos abundantes". De esa forma, manifestaron su anhelo para mí. Espero no defraudarlos.
   Siempre me enseñaron muchas cosas, además de darme su amor. Así, fui aprendiendo que alguien escribió las enseñanzas de Jesús, en un rollo muy importante. Y también hay otro, notable, conteniendo algunos sucesos de la vida y muerte de Jesús. Este último libro lo escribió Marcos, un discípulo de Pedro, que cuando era niño había conocido a Jesús. Hace ya muchos años, lo leí y me encantó.
   Y poco después apareció otro rollo, conteniendo una doctrina para los cristianos. Creo que fue escrita por varios seguidores de Pedro y de Pablo, y pone mucho énfasis en la importancia del bautismo.
   También supe que el templo judío de Jerusalén fue destruido por los romanos, y desde entonces empezó a tener cada vez menos peso la secta de los saduceos. Lo del templo mismo fue algo lamentable, pero en cambio, la decadencia de los saduceos fue una cosa que me da esperanza.
   Siendo yo casi un adolescente, mi padre me contó que circulaba un nuevo libro en la comunidad de Mateo. Incluso, acudió a conocerlo. En ese rollo se habla algo acerca de la infancia de Jesús. Contiene también los aportes de Marcos y de Enseñanzas. Parece bastante completo, pero es un texto orientado a judíos cristianos.
   En ese momento, pensé que sería bueno contar con algún libro similar, pero para gentiles cristianos. Lo genial fue que tal como lo imaginaba surgió, años más tarde, en la comunidad de Lucas, otro de los grandes hombres que conocí. De hecho, fui a Tebas, después que cumplí veinte años, en mi primera excursión aventurera, tratando de afirmar mi personalidad. Lucas ya estaba anciano. Su libro está muy bien escrito y es de gran belleza expresiva. Contiene una segunda parte en que habla algo acerca de Pablo y las primeras misiones cristianas.
   Al año siguiente ocurrió algo notable. Vino a Esmirna el discípulo directo de Jesús. El único de ellos que aún continuaba con vida. Juan, que vivía en Éfeso, llegó hasta acá para fundar una comunidad. Entré inmediatamente a ella, pues eso era lo que yo estaba necesitando. Mi vida adquirió algo nuevo, casi milagroso. Me fui transformando en otro, sin darme cuenta. Juan siguió visitando nuestra comunidad varias veces al año. Es un hombre extraordinario. En una oportunidad vino acompañado de su esposa, una mujer un poco mayor que él. Juan estaba casado con la viuda de su hermano Jacob, ya que así es la costumbre judía.
   Muchas veces viajé a Éfeso, que no es tan lejos, para escuchar a Juan. Se podría decir que casi todo lo que sé lo aprendí de su comunidad. En Éfeso alcancé a conocer, antes de que muriera, a una presbítera llamada María, nacida en Magdala, y que se vino a Éfeso, hace muchos años, junto a la madre de Cristo. María conoció a Jesús, y fue una de sus principales discípulas. Era una mujer de gran sabiduría.
   A los pocos años de comenzar nuestra comunidad, ésta había crecido tanto, y venía gente desde tales distancias, que Juan decidió abrir la comunidad en varias, y me nombró presbítero de una de ellas.
   Juan nos enviaba cartas a las distintas comunidades. En ellas nos reforzaba el mensaje de amor que nos dejó Jesús. También fortalecía las buenas actitudes de algunos obispos, y reprendía a otros cuando se desviaban. En el fondo, Juan tomó la responsabilidad de armonizar la iglesia cristiana, después que murió Pedro, para que ésta no quedara a la deriva. Es la única persona que podía hacerlo ya que era uno de los pocos apóstoles que iban quedando, de los que conocieron a Jesús, y el único cuyos viajes misioneros habían sido más cortos, en espacio y tiempo.
   Juan fue un predicador valiente. Se iba a meter a ámbitos no muy acogedores, donde primaban los romanos. No siempre fue bien recibido. Muchas veces salió magullado. Las autoridades lo consideraban subversivo. A tal punto que el emperador Domiciano lo desterró a la isla Patmos. Ahí estuvo relegado por más de dos años, hasta que murió Domiciano. Entonces pudo volver a Éfeso, pero durante esos años sentíamos su ausencia, y no podíamos hacer nada contra el poder. Juan nos hacía mucha falta.
   Fue en ese tiempo que los demás presbíteros de Esmirna me eligieron obispo de esta ciudad. En mis enseñanzas, en Esmirna, muestro a Jesús según lo que he aprendido en Éfeso y también según el libro de la comunidad de Lucas.
   Cuando Juan regresó de Patmos tuvo un entusiasta recibimiento, lleno de júbilo. En cuanto me enteré fui a Éfeso a saludarlo y expresarle mi aprecio. Juan llegó muy cambiado, dispuesto a trabajar fuerte en el libro que hacía tiempo estaba incubando. El que nos muestra a Jesús. De hecho, lo sacó adelante, con la valiosa ayuda de varios escritores de su comunidad.
   Uno de estos escritores escribió también otro libro, llamado "Revelación". Está escrito en base a símbolos para que pueda perdurar y ser comprendido por las personas en el futuro. En este libro nos habla de las visiones que tuvo Juan en Patmos y que se refieren a cómo puede uno destruir la iniquidad que lo ha invadido y construir la ciudad nueva en su alma.
   En esta última etapa de su vida, Juan no quiso retomar la función de coordinar a los obispos. Desde que él se tuvo que ir a Patmos, el que desempeñó dicho cargo fue Clemente, el obispo de Roma. Lo hizo con la mejor voluntad y porque siempre tuvo muy buena acogida en los demás obispos. Se ganó el respeto de todos nosotros, que lo reconocimos como conductor. Incluso una vez fui a Roma para conocerlo y dejarme guiar por él. Me habló del grave problema que estaba enfrentando, pues los cristianos de Corinto entraron en conflicto interno. Clemente les dirigió una carta para orientarlos. Además de las recriminaciones específicas, esta carta ha servido para reforzar las actitudes buenas que también han tenido los corintios. Y más aún, después de los años, al ser conocida por otras comunidades, nos ha reforzado también a los demás en todo aquello que es bueno. Por eso es un documento tan importante. En él se insta a poner los ojos en Cristo. Y termina con una palabra nueva, "Amén", que significa "Por cierto".
   Clemente fue una persona que me impresionó muy bien. Años después fue desterrado a la península de Quersoneso Táurico, casi isla en el Mar Hospitalario. Fue condenado a trabajos forzados en una mina de mármol. No fue un prisionero dócil, sino más bien trató de dar a conocer a Jesús entre los demás. A tal punto, que en algún momento Clemente desapareció. Algunos obispos intentaban averiguar acerca de él, pero eso resultó imposible. No había a quien acudir. Después de un tiempo su cuerpo apareció flotando, y el mar lo trajo hacia una playa. Fue recogido por almas caritativas que lograron reconocerlo y darle sepultura.
   Otro personaje grandioso que conocí fue Ignacio, el obispo de Antioquía, que tomó la responsabilidad de conducir la iglesia cristiana cuando Clemente fue desterrado. Ignacio escribió varias cartas a diversas comunidades, incluyendo Esmirna. En ellas da guías pastorales brillantes. Me pidió evitar que los obispos solteros se sintieran superiores a los casados, pues eso no sería muy sano.
   A Ignacio también lo consideraron subversivo. Fue apresado y llevado a Roma por las autoridades romanas. Precisamente durante ese viaje a Roma, encadenado, lo conocí acá en Esmirna, ya que el barco se detuvo en este puerto. Fui a verlo, o por lo menos a intentarlo. Gracias a Dios me dejaron subir al barco. Hablamos un poco, hasta que los guardias me obligaron a bajar.
   Me encargó que escribiera a los cristianos de Filipos, ya que él no lo pudo hacer. Así, escribí una carta, como me lo había pedido Ignacio. Lo hice sólo como completando su obra, pero no por intentar conducir la iglesia, pues creo que no tengo las capacidades que se requieren.
   Ignacio murió en el circo de Roma. El día antes, se entrevistó con los obispos que habían acudido a esa ciudad en un intento de librarlo de la muerte. Les dijo que el obispo de Roma sería quien presida la iglesia a partir de ese momento. Así fue como Alejandro tuvo que hacerse cargo de tal responsabilidad. Ignacio lo decidió de esa manera para asegurar que siempre haya sucesión cuando el Imperio eche abajo al conductor de la Iglesia.
   Mi trabajo pastoral en Esmirna continuó desarrollándose. Más de una vez me tocó asistir a algún moribundo, y también a su funeral. Y si el difunto era rico llegaban las plañideras y le daban densidad al acto de despedirse de una persona. Las lloronas que vi vestían de gris y caminaban descalzas.
   Muchos años después conocí a un samaritano muy valioso, llamado Justino. Él era aún un joven de unos 26 años cuando yo contaba ya con unos 60 que me habían encanecido el pelo. Justino había estudiado filosofía con un discípulo de Aristóteles y después con uno de Platón, que se avenía mucho más a su manera de pensar. Ya a esa edad, Justino había viajado mucho.
   Habiendo ido yo a Éfeso a esperar a unos familiares que estaban por llegar, me fui un rato a la orilla del océano para entrar en meditación. Muy cerca de allí estaba este joven, meditando también. Permanecimos mucho rato en esa soledad acompañada. Cuando noté que él ya estaba en actitud de retirarse, me puse a conversar con Justino. Hablamos de muchos temas, durante varias horas, acompañados de una botella de vino, sentados ante una mesa firme. Nuestros conocimientos se estaban complementando muy bien. Se entusiasmó al ir conociendo a los profetas y a Jesucristo.
   Mucho después supe que Justino se convirtió al cristianismo y ha elaborado un gran trabajo de difusión de las enseñanzas de Jesús, desde un punto de vista filosófico.
   Yo estaba casi anciano cuando instituí sesiones especiales para niños, lo cual no es nada de común, pero creo que es vital. Tuve un discípulo niño, llamado Ireneo, con gran capacidad de aprendizaje, y desplante. Hasta tomaba apuntes. Sé que llegará a ser un gran predicador, pues está a punto de serlo, siendo ya un adulto muy joven aún.
   El año pasado fui a Roma a entrevistarme con Pío, que había sido elegido obispo por los presbíteros de Roma, muchos años atrás. Los demás obispos le tenemos gran admiración, y lo consideramos jefe de la iglesia. Y es por eso que acudí a preguntarle algunas cosas, entre otras, ponernos de acuerdo en la fecha en que debe celebrarse la Resurrección, ya que he observado distintos criterios al respecto. Le llevé de regalo un ejemplar de "Revelación", que un copista hizo para mí. Le informé que no es la versión original de puño y letra de su autor de la comunidad joánica, pero que no tiene ninguna variación respecto a aquélla.
   A su vez, el obispo Pío también me regaló un rollo. Una copia de "El Pastor", libro escrito por su hermano Hermas. Yo nunca antes había sabido algo acerca de este libro, y cuando lo leí me pareció excelente. Tiene algunas cosas en común con "Revelación", en cuanto a enfoque, pero su contenido y su lenguaje son más simples que los del libro joánico. Por ejemplo, dice "ahuyenta de ti la tristeza", que es muy fácil de entender directamente. Y esta otra, "siete vírgenes sostienen la torre", oración en la cual hay símbolos que el mismo Hermas explica en su escrito y nos hace ver que una gran cantidad de realidades espirituales son la base de sustentación para construir el temperamento de la persona.
   Pío me llevó a casa de su hermano, en una de sus visitas. Ahí tuve la oportunidad de conversar largamente con Hermas. Pude comprobar que es un verdadero genio para conocer las diversas maneras de ser de la gente.
   Hace pocos días, el obispo Pío murió de muerte violenta a manos de unos desquiciados.
   Y ahora, ya están viniendo a buscarme los soldados. Interrumpen mi reflexión, y me llevan al patíbulo. Mi mente sigue en oración, mientras mi cuerpo es golpeado.

 

   El alejandrino Orígenes

   Nací en Alejandría, cuando ya había pasado un siglo y medio desde la muerte de Jesús. De mi padre Leónidas recibí la educación cristiana y también la helenística. Él tenía privilegios de ciudadano romano, pero yo no, porque mi madre es egipcia.
   Siempre he tenido gran deseo de saber, y formulé muchas preguntas a mi padre, que parecía saberlo todo. Le pregunté respecto a libros que han sido escritos por los seguidores de Jesús. Fue entonces que él me contó algo muy importante que ocurrió antes de que yo naciera. Se reunieron los obispos y estudiaron una gran cantidad de esos libros. Su objetivo era escoger los que tuvieran un mayor grado de inspiración divina para incluirlos, como un Testamento, dentro de la Biblia. Ya he leído todos los libros que fueron seleccionados en aquella oportunidad: Cuatro de los evangelios, solamente los de las comunidades de Marcos, Mateo, Lucas y Juan; también la segunda parte del libro de Lucas; además de las nueve cartas de Pablo a siete comunidades, Corinto, Éfeso, Filipos, Galacia, Colosas, Tesalónica y Roma; también las cartas personales de Pablo, a Timoteo, Tito y Filemón; dos cartas de Juan, una de Judas Tadeo; y el Apocalipsis joánico. Algunos de estos rollos estaban en mi propia casa, pues teníamos una gran biblioteca.
   Cuando yo tenía un poco más de quince años se produjo una persecución contra los cristianos, la cual duró varios años, durante los cuales toda mi familia vivió en peligro. Entre otras cosas, estábamos preocupados por nuestra biblioteca, ya que a menudo habíamos visto destrucciones masivas de libros en plena calle. Mi padre decidió que había que esconderla completa.
   -¿En qué forma? -quise saber.
   -Muy fácil -respondió mi padre, y se puso a excavar. Le ayudé en esto, con entusiasmo. En una tarde enterramos los libros. Ahí estarían protegidos contra los posibles invasores.
   Muchos meses después, mi papá cayó preso, y a los pocos día lo mataron. Yo quería morirme. Junto a otros jóvenes, decidimos salir a la lucha a la semana siguiente. Casi no dormí esa noche. En cuanto empezó a aclarar, me levanté de mi cama y quise vestirme, pero no encontraba mis ropas por ninguna parte. Fui a preguntarle a mi madre, pero no logré despertarla. Llegaron mis amigos a buscarme, y no pude irme con ellos, así como estaba, completamente desnudo.
   Finalmente, mi madre despertó. Entonces quise escuchar de ella qué pasaba con mi ropa. Estaba clarísimo quién me la escondió. Yo estaba airado.
   -Mi querido Orígenes -me dijo mi mamá -. Tú sabes lo duro que ha sido para mí quedarme sin Leónidas, y... ¿acaso quieres que más encima me quede sin ti? Tú eres el mayor, y yo te necesito para que me ayudes a seguir viviendo y a criar a tus hermanos.
   Comprendí inmediatamente cuán egoísta estaba siendo yo. Abracé a mi madre, y la besé en la frente, con toda mi ternura, y por fin, ambos dejamos salir nuestros llantos que teníamos atascados.
   Alcancé a vestirme, y muy pronto vinieron emisarios de la autoridad a llevarse nuestros bienes. Nunca se enteraron de que teníamos una biblioteca escondida.
   La vida se puso tan difícil que tuve que buscar trabajo. En la misma academia en que estudié, me puse a hacer clases. Una amiga de mamá nos ayudaba en lo económico, pero todo eso no era suficiente. Opté por desenterrar la biblioteca y venderla, ya que así sólo la estaba escondiendo en otra parte.

         * * *

   Conozco la obra de Clemente de Alejandría, que ya no está con nosotros. Aunque nunca fui su alumno, me ha impresionado bien. Él también está impregnado de la cultura griega, elevándose hacia las realidades ocultas, y vislumbrando verdades profundas.
   Si tuviera que definirme y decir qué soy, diría que soy un buscador. Estoy comenzando a practicar el ayuno y a vivir en pobreza. Eso me ayuda en mis meditaciones.
   He estudiado ciencias humanas, a tal punto que muchos me llaman Maestro. Luego de algún tiempo, llegué a dirigir la escuela cristiana de Alejandría. Hay acá una santa mujer llamada Apolonia. Ella es solamente diaconisa, pero es muy respetada, por su vocación de servicio.
   En mis clases enseño que la fe y la razón pueden convivir sin problema. El que ama a Dios sabe hasta donde su mente puede comprender, y cuándo debe recurrir a la fe para ampliar su conocimiento. No sólo enseño la Escritura cristiana. También la filosofía de Sócrates y de Platón. Acostumbro a citar las escrituras y el Pastor de Hermas.
   Me ha tocado tener alumnos gnósticos valentinianos. Se puede convivir bien con ellos, intercambiando puntos de vista. Al final, siempre logro convencerlos de que la parte espiritual es la más importante, en todos los seres humanos, y no sólo en algunos, incluyendo aquellos que parecen movidos solamente por instintos o por apetitos.
   En cada clase me dedico, en gran medida, a responder las preguntas de los alumnos. Y me agrada mucho que surjan interrogantes. Es así como ellos pueden vislumbrar las verdades que esperan ansiosas a ser descubiertas dentro de ellos mismos.
   Acepto que los jóvenes asistan a las clases de los maestros paganos, con tal de que integren esa enseñanza en una perspectiva cristiana.
   Converso mucho con un profesor de otra escuela, Amonio Saccas. El que me llevó hacia él fue un alumno mío, llamado Heraclas.
   Ya me acerco a los treinta años, y tuve la oportunidad de viajar a Roma, durante el pontificado de Ceferino. Ahí conocí al presbítero Hipólito, y escuché varias de sus homilías. Me impresionó tan bien, que quise conversar con él. Me recibió con amabilidad. Es un hombre muy culto, y ha escrito artículos de gran interés.
   Hipólito se dedica en parte a preparar a la gente para el bautismo. Esa enseñanza puede durar dos y hasta tres años, con mucha oración. Después de todo ese tiempo, la persona está preparada para el gran evento. El día anterior practica el ayuno. Un diácono, en el caso de los hombres, o una diaconisa, en el caso de las mujeres, hace la inmersión de la persona, en la piscina. Un presbítero o presbítera, administra el sacramento del bautismo.
   Las presbíteras son cada vez más escasas, debido a que esta función les está siendo quitada a las mujeres. Hipólito está disconforme con esa situación, y defiende la presencia femenina, pues las mujeres no son mentirosas como se les achaca, sino portadoras de la verdad. Él da el ejemplo de María Magdalena, santa mujer.
   Ya estoy de vuelta en Alejandría, y sigo enseñando lo que me han pedido que enseñe: el conocimiento de Dios. Me gusta esta misión porque me permite romper los esquemas de la gente. Yo digo a los alumnos que cualquier palabra humana acerca de Dios no será jamás una expresión perfecta, ni mucho menos. De ahí que la verdadera comunicación con Dios sea por la vía del Espíritu.
   -El hombre, por sí solo -les digo-, no puede llegar a conocer a Dios, con su limitada inteligencia.
   -¿Qué...? ¿Cómo...? -son los asombrados comentarios que obtengo.
   -Dios no puede ser visto con los ojos del cuerpo -insisto-. Con el Espíritu que hemos recibido de Dios, podemos comprender las cosas divinas.
   Trato de hacerles ver el sentido alegórico de las Escrituras, y que no podemos explicar algo acerca de Dios si no es mediante símbolos.
   -Por ejemplo, las manos de Dios..., los ojos de Dios..., son símbolos -les digo.
   -Toda la vida de Cristo es Palabra -insisto-. Es historia y es alegoría, al mismo tiempo. Por medio de Jesucristo podemos acercarnos al conocimiento de Dios.

         * * *

   El obispo Demetrio me envió a Arabia, a solicitud del gobernador, ya que varias damas de la corte estaban interesadas en el cristianismo. Allí estuve unos meses, y fue muy grato.
   La mayor parte del tiempo he permanecido en Alejandría, haciendo clases de cuanta materia existe. Llegó un momento en que no quise seguir en tanta dispersión. Adiestré a Heraclas para que se hiciera cargo de varios de estos cursos. Así, yo pude dedicarme de manera más profunda a enseñar Teología y Sagrada Escritura. Son los temas que más me gustan y los que más ayudan a comprender el sentido de la vida. La lectura de la Biblia es una verdadera oración, un diálogo de amor. De esta manera se comprende mejor el lenguaje místico de las escrituras, el que permite ver a través de un espejo misterioso.
   Es en cada uno de nosotros que Jesús crece en sabiduría y en gracia. Y es esa gracia la que ayuda a amar a Dios, y es ese amor el que salva a la persona.
   Mis clases se vieron interrumpidas nuevamente, pues tuve que hacer otro viaje, esta vez impulsado por las dificultades políticas. Me fui a Cesarea en Palestina, donde fui bien recibido por el obispo Teoctisto, y también por el obispo Alejandro de Jerusalén. Ellos me invitaron a predicar en la Asamblea, y también los fieles me recibieron bien.
   En Jerusalén vi la biblioteca que fundó Alejandro, la cual cuenta con varios libros que reconocí inmediatamente. Habían pertenecido a la biblioteca de mi padre, y aquella vez tuve que venderlos para que mi familia saliera adelante. Me alegré porque mis queridos libros están en buenas manos.
   Cuando Demetrio se enteró de que yo estaba dando homilías se indignó y me mandó llamar de vuelta.
   -¿Qué te has creído? -me recriminó airadamente-. Una cosa es hacer clases, y otra muy distinta es dártelas de presbítero en la Asamblea.
   -Yo quiero ser presbítero.
   -Pero aún no lo eres.
   -Ya estoy bien preparado para ello.
   Esta conversación se terminó de manera abrupta. Tampoco era el momento para seguir insistiendo. Más valía esperar mejor oportunidad. Ésta no llegó, en parte por la mala disposición de Demetrio, y en parte porque no todos estaban de acuerdo con mi manera de enseñar. A algunos no les agrada que yo interprete la Escritura de manera alegórica.
   -No busquéis un lugar físico para el Edén -explico-, porque éste es la representación de una idea.
   Pero, lo que menos aceptan algunos es que el alcance del amor de Dios es tan grande que todas las personas y cosas regresarán al seno divino, incluido hasta el mismísimo Satanás.
   Por lo demás, yo inicio cada clase advirtiendo a mis alumnos que mi enseñanza no es dogmática, sino sólo la más certera aproximación que se puede lograr hoy, como una flecha que aún no logra dar en el blanco. Me limito a proponer ocasiones para la reflexión, y habrá que abandonar la enseñanza de hoy cuando alguien encuentre algo mejor.
   -Estamos construyendo entre todos -les digo-. La teología es una continua búsqueda. Intento ayudaros a entrar en contacto con Dios.
   Enseño a mis alumnos a relacionar entre sí distintos pasajes de la Escritura. En una oportunidad estábamos viendo una escena del evangelio de Juan, en que Jesús se apresta a devolver la vista a un ciego y entonces un discípulo le pregunta si acaso ese defecto se debía a que pecó el pobre hombre, o si pecaron sus padres.
   Inmediatamente un alumno me preguntó acerca del concepto de "karma". Los demás lo miraron raro. Yo también, y le contesté:
   -No hay nada de eso. Hemos de quedarnos con lo que Jesús respondió a ese discípulo, "no pecó éste ni sus padres".
   El alumno insistió, refiriéndose a cuando Jesús preguntó a sus discípulos "¿quién dice la gente que soy yo?", y le respondieron que algunos dicen que Elías, y otros que algún profeta.
   -¿Eso -me preguntó el muchacho-, acaso no nos habla de la reencarnación?
   -Sí. Habla de que alguna gente creía en la reencarnación.
   -Y Jesús no les dijo que esa creencia estuviera errada.
   -No se los dijo.
   -¿Y..., entonces...?
   -Entonces... no sabemos en qué forma sigue viviendo la persona después que el cuerpo muere. ¿Es eso lo que quieres saber..., no?
   -Sí. Eso es lo que quiero saber.
   -Si tienes en ti la pregunta, también tienes que tener la respuesta. Lo que yo puedo hacer es ayudarte a buscarla.
   En ese momento surgieron en la clase varias voces interrogativas.
   -Si os ayuda, puedo hablaros de cómo vive en mí esta situación que tanto os está preocupando.
   Entonces, les dije que cuando la persona muere acá en la tierra, la resurrección se lleva a cabo en un cuerpo que no es material. No sabemos si acaso en algún momento ese ser puede volver a tomar un cuerpo material, en este mundo o en cualquier otro que ni siquiera somos capaces de imaginar. Si acaso antes he sido o no un profeta, hoy eso no importa para nada, pues mi tarea de esta vida es otra, y debo abocarme a ésta. Yo tengo una gran inquietud por llegar a saber un día cómo se muestran en la persona los misterios divinos y las instrucciones recibidas de Dios antes de ser concebidos.
   Al final, me aplaudieron. Y yo doy gracias a Dios porque mis alumnos respetan mi enseñanza. Mis clases, no sólo van dirigidas a los muchachos. También me reúno con las personas que vienen hacia mí trayendo inquietudes. Trato de enseñarles a buscar las respuestas mirando cómo el evangelio vive en cada uno.
   Yo tenía un poco más de treinta años cuando tuve que viajar a Antioquía, ya que ahí estaba viviendo Julia Mamea, una dama de la nobleza, que quería saber más acerca del cristianismo. Fue un encuentro provechoso.
   Por ese tiempo, Hipólito fue elegido obispo de Roma. La jefatura de la Iglesia la había asumido el diácono Calixto, a la muerte de Ceferino, ya que aquél era el brazo derecho de éste.
   Mucho antes, Calixto había sido esclavo. Su amo le permitió estudiar, y hasta le asignó funciones importantes en un banco. Su gestión no fue nada de buena, y Calixto decidió huir. Capturado, fue condenado a trabajar en las minas de Cerdeña. Ahí tuvo contacto con cristianos que también estaban condenados a ese trabajo. Calixto se convirtió al cristianismo, y como tal, fue liberado en una amnistía que se produjo cierta vez. Ceferino le encargó administrar una catacumba, y siempre confió en él. Calixto es misericordioso con los pecadores, en contraposición a Hipólito, que es bastante estricto.
    Cada día que pasa siento más gusto por escribir. A pesar de lo costoso que es esto. Gracias a Dios, he tenido una gran ayuda en lo económico. Mi amigo Ambrosio se ha transformado en mi benefactor. Él es quien me ha estado empujando a poner por escrito la enseñanza, pues la considera valiosa. De hecho, fue en sus conversaciones conmigo que Ambrosio decidió volver al pensamiento cristiano original, después de que estuvo por años frecuentando la asamblea de Valentino.
   Y he seguido con mis clases.
   -De Dios, algunos piensan cosas que no se podrían pensar ni siquiera del más injusto y cruel de los hombres -afirmé una vez que me preguntaron si acaso Dios castiga.
   -Si Dios nos ha dado libertad, no es para castigarnos, sino para que aprendamos a vivirla -insistí.
   -¿Y qué hay de la libertad de los prisioneros? -quiso saber un alumno.
   -Ahí tienes que buscar el sentido profundo. Muchas veces las personas estamos prisioneras de alguna instancia interna que abusa de su poder -Y después de una pausa agregué-. Como ves, la sagrada escritura debe leerse en su contenido interno. Está dicho en el Apocalipsis joánico, capítulo 5, que te habla de un libro escrito por dentro y por fuera.
   -A Dios lo encontramos en lo profundo de nuestro ser -seguí hablando-. También nosotros estamos escritos por dentro y por fuera. Nuestra alma es como una montaña, a cuya cima podemos llegar, aunque no tan fácilmente. Es como nuestro pequeño Tabor, donde Jesús se transfigura.
   -Pensándolo de esa manera -dije, continuando mi exposición-, ya podemos entender a los ángeles. Sea cual sea la forma de éstos, no dudéis de que Dios nos ha asignado un ángel a cada uno, para que nos guíe y nos proteja. Y cuando estamos reunidos en el culto, también los ángeles de cada uno están reunidos ahí mismo.

         * * *

   Me decidí por la castidad. Es que quiero privilegiar mis tiempos de meditación. Esto lo he experimentado tal como lo dice San Pablo, en la carta primera a Corinto, capítulo siete. Nos dice que prefirió quedar soltero para dedicarse en mejor forma a la oración. Es por este mismo motivo que muchos presbíteros han optado por el celibato, aunque no todos. Y yo aún no soy presbítero, pero quiero serlo. Estoy renunciando a algo que podría tener, y lo hago libremente, por una causa sublime. Para ayudarme a cumplir con este sacrificio que me impongo, hasta lo dije públicamente en una de esas verdaderas homilías que doy con bastante frecuencia, a pesar de que Demetrio se enoja conmigo cada vez.
   En esa oportunidad en que me atreví a ser muy sincero con la gente, me apoyé en el evangelio de Mateo, capítulo 19, donde Jesús dice que hay quienes se hacen eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos. Por supuesto, partí explicándoles que Jesús habla en términos figurativos, de semejanza, y se estaba refiriendo a quienes optan por la castidad por causa del reino de Dios. Es ahí donde yo entro.
   Hasta ahora he podido cumplir con mi compromiso de castidad, y no me ha sido fácil, pues en algunos de mis viajes para enseñar el cristianismo no han faltado las damas tentadoras.
   En un viaje que hice a Roma, me enteré de la historia de amor entre una mujer cristiana llamada Cecilia, y Valeriano, un noble romano, que se convirtió al cristianismo. Dicha conversión movió a ira a las autoridades, a tal punto que ambos fueron asesinados. Fue un caso muy conocido, que despertó indignación en la gente común.
   De mis numerosos viajes, hay uno relevante. Cuando yo tenía 46 años, y Demetrio seguía negándose a ordenarme presbítero, ocurrió que necesité acudir a Atenas, llamado por el obispo, para atender a unos cristianos que tenían unas ideas extrañas. Decidí pasar por Cesarea y embarcarme allí. De esta forma, tendría la ocasión de saludar al obispo Teoctisto. Tuvimos una amistosa conversación, en la cual salió el tema de por qué yo aún no estaba oficialmente consagrado a la vida religiosa. Al día siguiente , Teoctisto me ordenó como presbítero, y eso me provocó inmensa alegría.
   Cuando volví a Alejandría, y Demetrio se enteró, lo tomó como si se tratara de una infidelidad o algo parecido. Se indignó, casi me pegó, y me gritó que no me quería ver nunca más. A tal punto, que me tuve que ir de Alejandría. Por supuesto, me vine a Cesarea, con pena por el rechazo, pero también con paz y claridad en mi alma. Eso me confirmó que estaba dando los pasos que el Señor me pedía.
   En Cesarea abrí una escuela, similar a la de Alejandría, y he seguido dedicándome a la enseñanza, y a escribir muchos tratados.
   -Basándome en lo que dice Pablo, cerca del final de una de sus cartas a Tesalónica -así inicié mi primera clase en la nueva escuela-, os puedo decir que el hombre tiene cuerpo, alma y espíritu.
   -Estamos unidos con Dios -continué-, por nuestro espíritu, el cual existe desde el principio del mundo. Y es inmortal. El alma, en cambio, contiene lo intelectual y lo afectivo. La educación de las almas continúa en mundos sucesivos; hay un proceso constante hacia la perfección, siendo nosotros primero como vasos de barro, luego de vidrio, luego de plata, para finalizar como cálices de oro.
   Al poco tiempo llegó Ambrosio, pues quiso seguir asistiendo a mi escuela, y ayudarme económicamente. Es una persona muy generosa.
   Supe que, en Alejandría, Demetrio seguía despotricando contra mí, y hasta inventó que yo me había castrado físicamente. No supe si reírme o llorar, pero al final preferí olvidarme. ¿Qué más podría hacer?

         * * *

   Siempre conversé amistosamente con aquellos cristianos que estaban confundidos y que interpretaban las escrituras de algún modo superficial, y han llegado a unas conclusiones que todos los obispos han considerado erróneas. Les hago ver cuál es la manera de leer las escrituras. Hay presbíteros que reprimen a estas personas airadamente, y eso es peor porque más se aferran a sus creencias. Mi método, en cambio, es el del diálogo. Así, he tenido buenos resultados.
   Yo llevaba ya unos pocos años en Cesarea, cuando ocurrió la detención de Hipólito, el obispo de Roma, junto a Ponciano, jefe de la Iglesia. Ambos fueron relegados a las minas de Cerdeña. No se llevaban nada de bien, pero el destino que les tocó los hizo reconciliarse. Los dos murieron en cautiverio. Fue un episodio muy triste para los cristianos.
   Por ese mismo tiempo, llegó a Cesarea el nuevo gobernador, junto a su esposa y el joven Gregorio, hermano de ésta, el cual se incorporó a mi escuela, como alumno. Fue muy destacado, y después de cinco años había asimilado tan bien el método, que se constituyó en mi ayudante. Nunca antes me había complementado así con un discípulo. En su graduación, dijo un discurso de acción de gracias, en que habló muy bien de la forma cómo yo guío a los alumnos.
   Años después, a Gregorio lo apodaron Taumaturgo porque, según algunos, él hacía milagros.
   Por mi parte, continué como profesor y escribiendo muchísimo, y dando homilías que tuvieron buena llegada. Me esforcé especialmente en enseñar la mejor manera de leer las escrituras. Para lograr una buena lectura hay que hacerlo tres veces. Primero, de manera literal, para iniciar un camino y añorar el sentido profundo. Después, una lectura moral destinada a captar qué debemos hacer para vivir la palabra. Y finalmente, la lectura espiritual, por medio de la cual el Espíritu Santo nos hace entender el contenido de la Escritura, y encontrar el sentido de los misterios.
   Insisto mucho en que los seres humanos estamos dotados de libre arbitrio y voluntad, y por eso, a veces actuamos mal y otras veces nos salvamos.
   Hace poco tiempo escribí una refutación de las teorías de Celso, escritas hace muchos años atrás, y que recién ahora algunos lo empiezan a tomar en cuenta. Celso fue un filósofo vulgar, que hablaba muchas tonteras. Yo no quería darle importancia a ese tipo, pero Ambrosio me pidió que lo rebatiera, y entonces, no me pude negar. Sólo por eso escribí ese texto contra Celso.
   Yo tenía 65 años cuando caí prisionero durante la persecución iniciada por el emperador Decio. También fue apresado Fabián, jefe de la Iglesia cristiana, cuyo pontificado fue de paz, organización, y expansión misional. Por esa misma época, fue asesinada en Alejandría, en plena calle, la anciana diaconisa Apolonia. Lo sentí muchísimo. Una turba la atacó y la golpeó, perdió algunos dientes, y la dejaron ahí tirada, sangrando. Ahí mismo murió.
   Estuve preso cuatro años, fui maltratado y torturado. Después que me liberaron me vine al norte, a este lugar llamado Tiro. Estoy tan débil, que me desmayo a veces. No sé qué más va a pasar conmigo. Creo que pronto el Señor me vendrá a buscar.


  Quinta parte.- Durante las primeras heridas

   Gabino

   A mis cuarenta años ya estoy rodeado de parientes poderosos. Cada cual en lo suyo, mientras yo sigo teniendo una vida tranquila, quitada de bulla. Mi hermano mayor, Cayo, fue elegido Jefe de la Iglesia Cristiana el año pasado. Por otra parte, mi primo Diocleciano, de mi misma edad ha ascendido al cargo de Emperador. Todo esto, acá en Roma, la ciudad en que hemos vivido gran parte de nuestras vidas.
   Jugábamos juntos cuando chicos. Después que crecimos, Diocleciano y yo entramos a la milicia. Tuvimos trayectorias muy diferentes. Mientras él se destacó y fue subiendo a pasos agigantados, a mí no me gustó tanto la carrera militar. Esa vida me despertó una secreta rebelión, sofocada por mí mismo, a tal punto que empezó a crecer en mí la figura de Jesús, que yo tenía muy olvidada.
   Antes de eso, cuando éramos niños aún, ocurrió lo de los siete desaparecidos de Éfeso. Aunque haya sido lejos, igual se supo. Siete jóvenes cristianos que se resistieron a ofrecer sacrificios a los dioses, fueron perseguidos, y tuvieron que escapar hacia los montes. Nunca más fueron vistos, excepto el más joven de ellos, que según los rumores fue visto disfrazado, mendigando. También surgió otro rumor diciendo que estos cristianos fueron encontrados por las autoridades, en una cueva, y que les taparon la salida con pesadas rocas, exterminándolos de esa manera. La gruta ha sido buscada por los cristianos, pero no ha sido encontrada.
   Por ese mismo tiempo nos llegó otra historia, ocurrida en Sicilia. El cónsul quería hacer suya a una hermosa joven cristiana llamada Águeda. Como ella se opusiera, el tipo la envió a que la violaran y la mataran.
   Cuando escuchábamos esas historias, Cayo defendía a los cristianos, y yo también en alguna medida, pero Diocleciano no. Poco a poco nos fuimos distanciando de él.
   Las persecuciones continuaron. Recuerdo, en mi adolescencia, la figura del Papa griego, llamado Sixto. Un buen hombre, que tuvo el gran mérito de reconciliar la iglesia de Roma con la de Cartago. Ésta estaba comandada por el obispo Cipriano. Al final, Sixto fue asesinado por un oficial, mientras celebraba la eucaristía en una catacumba. Esa vez, apresaron a varios diáconos. A uno de ellos, Lorenzo, lo mandaron a buscar los cálices de oro. Pero, él decidió venderlos y dar el dinero a los pobres. Su actitud valerosa le significó ser asesinado también.
   Quiso la suerte, buena o mala, cuando aún tenía yo poco tiempo de soldado, que me pusieran a cuidar presos para que no escaparan. Entre esos detenidos había algunos cristianos. Uno de ellos, llamado Proto, me hablaba de Jesús, cosas parecidas a las que yo escuchaba de mi madre cuando niño. Esta vez, el asunto empezaba a tomar fuerza. Era un buen tipo. Y tenía un compañero Genaro, muy divertido. También estaba preso, y nos hacía reír. No me di cuenta cómo fui tomándoles afecto, hasta que un día, los dejé escapar, a los dos, sin que nadie lo advirtiera. Inventé cualquier tontera para justificar mi descuido ante mis superiores. Igual, tuve que pasar unos días castigado en el calabozo.
   Lo interesante de todo eso es que mi vida cambió. Mucho influyó mi esposa, que era una santa mujer, y murió muy joven, dejándome viudo, con una hija adorable, la pequeña Susana.
   Lo concreto es que me retiré de la milicia, y entonces fue que cambié de vida, por completo. Pedí ser aceptado como presbítero. Y he aquí que ahora me estoy dedicando a la vida cristiana, como ayudante de mi hermano, el Obispo de Roma.

         * * *

   Estoy preso desde hace seis meses. Me van a decapitar mañana, pero eso no es nada. Lo verdaderamente doloroso fue la muerte de mi pequeña Susana, a sus veinte años. Me dolió demasiado, más que nada por la forma como ocurrió.
   Todo comenzó cuando el césar Maximiano Galerio se casó con Valeria, la hija del emperador Diocleciano. Al poco tiempo, Maximiano enviudó, lo cual fue tomado como un contratiempo por el emperador. Consideró que tenía que reponerle la esposa. ¿Y cómo? Si no tenía más hijas. Lo más cercano era Susana, hija mía, que soy su primo.
   Llegó un día a nuestra casa un funcionario del gobierno, llamado Claudio. Lo recibí con cortesía, y escuché su propuesta en cuanto a una futura boda de Susana con Maximiano. Cualquiera se habría puesto feliz de recibir tal privilegio. Sin embargo, yo tuve cautela, y le pedí dos días para conversarlo con mi hija.
   Le hablé de esto a Susana, y ella no quería aceptar. Cuando Claudio vino de nuevo a los dos días, Susana se integró a la conversación. Escuchó la propuesta, con mucho respeto.
   -Pero..., yo soy cristiana..., y el césar es enemigo de los cristianos -se defendió Susana.
   Para Claudio, eso no era obstáculo.
   -Ningún hombre me tendrá por esposa -insistió mi hija.
   Tal argumento tampoco hizo efecto en Claudio. No escuchaba razones.
   -Tendrás que explicarlo tú misma al emperador. No puedo llegar al palacio sin tu presencia.
   Decidí que, en ese caso, yo iría con ella. No podía dejarla sola en esto. Cuando llegamos los tres al palacio, a mí me dejaron afuera. Fue ignominioso. Para mi entender, se trataba de un verdadero secuestro. Nunca más vi a Susana viva.
   Por más que protesté durante muchos días, ni siquiera me dieron alguna explicación. Al contrario, me hicieron prisionero para que no molestara.
   Ahora es mi hermano Cayo el que ha salido a protestar. Lo han golpeado, lo han desprestigiado. Y también fue detenido, ayer. ¡Y es el Obispo de Roma...!

 
   Dámaso

   Ayer cumplí diez años de edad. Nací acá en Roma, pero de una familia hispánica. Tengo una hermana menor, llamada Irene. Mi madre se llama Laurencia, y mi padre se llama Antonio. Él es presbítero, y ha trabajado siempre en la iglesia que está cerca del teatro de Pompeyo. Es el encargado de los archivos, en calidad de notario y lector.
   Yo era apenas un bebé cuando asumió Constantino como Emperador, siendo que él aún no cumplía los treinta años. En mi casa, los adultos hablan bien de él. Y dicen que antes no querían mucho a los emperadores. Así les escucho decir cuando me pongo muy cerca de ellos, detrás de la puerta, durante esas largas conversaciones que tienen los grandes después de la cena.
   -Damasito, a acostarse -me dice mi madre, cuando parece adivinar que estoy ahí, en vez de estar en mi cama.
   Los grandes hablan también de los monjes. Éstos son hombres que han elegido la vida de oración, con ansia de seguir a Cristo. Decidieron esa vida como protesta por la forma como vive la gente. Se retiran a lugares desérticos, cerca unos de otros, pero no juntos. Es para poder apoyarse en caso de necesidad. Siempre están en torno a uno más preparado que el resto, y celebran juntos la Eucaristía.
   También hay mujeres que quisieron seguir esta forma de vida, pero no se lo permiten porque puede resultar muy peligroso. Ellas viven en la ciudad, y no salen a la calle, salvo en situaciones muy especiales.
   Uno de estos jefes de monjes, o abades, que enseñan a los más jóvenes, se llama Antonio como mi padre, y es egipcio como el gran Orígenes. Ya tiene más de sesenta años. Se cuenta que siendo muy joven vendió sus bienes y repartió el dinero entre los pobres.
   Mi abuelo, que es de Hispania, se queja airadamente de que las mujeres dominan en la Iglesia cristiana, no sólo las presbíteras y diaconisas, sino principalmente las esposas de los presbíteros y de los obispos. Dicen unos que las mujeres hasta quieren ser obispas, pero no lo lograrán. Mi madre defiende a las mujeres, diciendo que son más responsables que los hombres y por eso parecen dominantes. También cuentan que en un Sínodo en Hispania se prohibió que los obispos se casen. Y también se prohibió que un presbítero duerma con su mujer la noche antes de celebrar misa.
   Es en este tipo de conversación que mi madre me manda a acostar. Porque como ellos tratan de hablar más despacito y sin gritar, me veo obligado a asomarme un poco.
   También hablan de los cristianos que han muerto a manos de los romanos en las persecuciones. Les llaman mártires, como el caso de los médicos gemelos Cosme y Damián, que curaban gratis a la gente. Me apasiona el saber de las muertes heroicas de los mártires. Como el caso de una Catalina, de Alejandría, por tratar de convertir a un emperador que había antes, llamado Maximiano. Todo esto ocurrió antes de que yo naciera. Y Luciano de Antioquía, hace poco, uno de los últimos antes de que Constantino diera por terminadas las persecuciones a las comunidades cristianas.
   Así oí decir a mi papá. Esta buena noticia ocurrió en Milán, gracias a Constantino, en conjunto con Licinio, emperador de Oriente. Ahí comenzó la libertad religiosa en todo el Imperio.
   -Gracias a Elena, su madre de origen humilde -, precisó mi mamá, y explicó que esa mujer se convirtió al cristianismo y tiene gran influencia sobre su hijo.
   -Las mujeres tienen tanta influencia, siempre... -observó mi abuelo.
   -Fue importante Osio, un obispo hispánico, que acompañó a Constantino a Milán -agregó, orgulloso.
   Me llevo muy bien con mi abuelo.

         * * *

   Han pasado cosas en estos años, y recién a mis veinte de edad, me dispongo a contarlas. Me refiero a la evolución que ha tenido el cristianismo. He sido sólo un observador, a lo largo de mi adolescencia. Estudiando, que es lo que más me gusta, pero también enterándome de lo que pasa. Siempre me ha interesado.
   Como gran cosa he llegado a ser lector y después diácono. Para mi edad, no está mal, pero no he podido tener un rol importante aún. Mientras tanto, mi hermana Irene se consagró a Dios, como monja, en uno de los primeros monasterios femeninos que se han fundado en Roma.
   Cuando el emperador Constantino dio libertad de culto, ordenó que las propiedades de los cristianos que habían sido confiscadas durante la última persecución, fueran devueltas a sus primitivos dueños. Además, se están construyendo muchas nuevas basílicas.
   Después de eso, Constantino tuvo un conflicto con Licinio, lo venció y se constituyó como emperador único. Para él es muy importante tratar de que los cristianos nos mantengamos unidos, lo cual no está ocurriendo.
   Un discípulo de Luciano de Antioquía, llamado Arrio, es un teólogo muy estudioso, presbítero en Alejandría. Este Arrio, que ya tiene más de sesenta años, destapó un conflicto ideológico que venía incubándose desde hace años. Desde que en Oriente había dos escuelas importantes: Alejandría, con método alegórico, y Antioquía, con método literal. No estaban de acuerdo en cuanto a la divinidad de Jesucristo.
   He aquí que Arrio, proveniente de Antioquía defendía dicha posición en el campo contrario, Alejandría. Es un tipo que tiene el don de la palabra. Habla con tal convicción, que a la gente le es difícil no estar con él. Sin embargo, todo su discurso está basado en un postulado difícil de aceptar por los estudiosos. Sostiene que la divinidad de Dios Padre es superior a la de Dios Hijo. Esto es algo muy intelectual, que sobrepasa la capacidad de pensamiento de los seres humanos, que somos tan imperfectos. Si la inmensidad de Dios no cabe en nuestra pequeña cabeza, mal podríamos sostener discusiones tan elevadas, acerca de lo que no entendemos. Los teólogos creen que ellos entienden más que el común de los mortales. El caso es que Arrio ha entrado en conflicto con muchos teólogos tan estudiosos como él. De cualquier forma, me sería difícil estar de acuerdo con Arrio, pues el comienzo del evangelio joánico nos dice que en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y era Dios.
   Atanasio, un presbítero alejandrino, nueve años mayor que yo, ha podido estar presente en estos intensos movimientos que está teniendo la iglesia cristiana. Ha sido la cabeza opositora a la de Arrio. También el obispo de Alejandría se pronunció en contra de Arrio.
   Para Constantino, el enfrentamiento entre cristianos no viene nada de bien, pues puede significar que su Imperio vuelva a dividirse. Quiere que los cristianos nos pongamos de acuerdo, y dejemos de molestarle sus movidas políticas. Por eso, convocó a los cristianos a un concilio, el cual se efectuó hace poco, en Nicea. Asistieron obispos llegados de todas partes. Silvestre, obispo de Roma no asistió, pero envió delegados.
   También se permitió la presencia de Arrio y Atanasio para que debatieran, pero sin derecho a voto, lo cual no cambia nada porque sería un voto para cada lado.
   El concilio se decidió por la postura de Atanasio. Se aprobó una lista de las cosas que se supone creemos los cristianos. Se le llamó Credo, y salió lo que salió, a tirones después de arduos debates. Y entre medio, una frase problemática: Que el Hijo fue engendrado de la sustancia del Padre. ¿Cómo puede entenderse eso? Si forma parte del pensamiento arriano, el que fue condenado por el mismo concilio. Dirigido por el emperador, quien probablemente no conoce bien los evangelios. Es una contradicción, aunque la diferencia es muy sutil.
   Creo que estamos construyendo una doctrina, y lo estamos haciendo sobre arena y no sobre roca firme como dice Jesús en el evangelio de Mateo. El resto del Credo no tiene mayores problemas, creo yo. Me lo aprendí de memoria, y lo rezo todos los días. Curiosamente, eso de "engendrado" es como para respetar a Arrio, pues algo de lo suyo quedó.
   En lo fundamental, el Credo aprobado en Nicea dice: "Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, creador de todas las cosas visibles e invisibles. Creemos en nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; consubstancial al Padre, mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra. Para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Creemos en el Espíritu Santo".
   Distinto es "Hijo de Dios engendrado de la sustancia del Padre" que "en el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y era Dios". Es la controversia entre Arrio y Atanasio. Todo esto, a mí me demuestra que Dios es incomprensible para nuestra mente. Es inútil ponerle tanto intelecto.
   En este concilio se ha reconocido la calidad de patriarcas a los obispos de Roma, Alejandría, Constantinopla y Antioquía. Son los más importantes, y se les otorgó franquicias tributarias. Los demás obispos pertenecen a alguno de los cuatro patriarcados. Constantino se deja para sí la tarea de asegurar que los cuatro patriarcas piensen igual.
   De todas formas, el Concilio puso orden en muchas cosas. No sé si para bien o para mal. Los obispos pasan a ser designados en vez de ser elegidos por los presbíteros.
   Después del Concilio de Nicea hubo muchos destierros. Le correspondía ser un concilio de unidad, pero está resultando ser de división.

         * * *

   Durante estos años me he dedicado principalmente a restaurar el recuerdo de los cristianos que han muerto en las persecuciones. He buscado sus tumbas ocultas y les he puesto epitafios. Para ello, he tenido que recorrer cada catacumba, palmo a palmo, e investigar mucho. Alguna gente dice que mi trabajo es inútil, pero yo lo sigo haciendo porque se trata de personas dignas, que han muerto por fidelidad a Jesucristo; y porque así doy un poco de consuelo a sus seres queridos.
   No ha sido ésa mi única ocupación. Sigo aficionado al estudio, y también a acompañar a las personas en sus inquietudes. Trato de ayudarlas a solucionar sus conflictos interiores.
   Además, estoy muy pendiente de los acontecimientos, ya que vivimos una etapa de cambios profundos, y sé que algún día tendré que poner un poco de orden en esto.
   Cuando se cumplió un año del concilio de Nicea, el emperador Constantino hizo levantar una magnífica tumba sobre el sitio en el cual se supone que estuvo el sepulcro de Jesús. Unas columnas ricamente adornadas sostienen el techo de vigas doradas.
   Tampoco fue ésa la única relación del emperador con la muerte, ya que ocurrió un asunto lamentable en torno a Crispo y Fausta. Él es el hijo mayor de Constantino, y ella es una esposa joven que tuvo el emperador, siendo ya maduro. Lo que pasó es que Fausta acusó a Crispo de intentar seducirla. Como consecuencia de esa intriga, Constantino hizo matar a Crispo. Sin embargo, después descubrió que ella sólo quería deshacerse de Crispo. Entonces, Constantino ordenó matar a Fausta.
   Tenemos a ese hombre como jefe de la Iglesia, y... ¿qué podemos hacer? Nadie tiene fuerza para enfrentar al Imperio. Y aunque la tuviera, no es ésa la vía más adecuada para poner las cosas en orden. Yo me inclino por la diplomacia.
   Pasan cosas tan lamentables como ridículas. Por ejemplo, las vestimentas clericales empiezan a ser cada vez más suntuosas.
   Ya soy un flamante presbítero de más de treinta años, joven aún, digo yo. Todavía no he tenido acceso a un rol importante. Me siento llamado a hacer algo por mejorar la iglesia cristiana. Esto no puede seguir así.
   Apenas unos pocos años después de Nicea, un arriano muy inteligente, llamado Eusebio de Nicomedia, se hizo amigo de Constantino y lo convenció de que, en el fondo, no hay tanta separación ni mayor diferencia entre los cristianos. Y que los arrianos no ven con malos ojos el Credo de Nicea. Personalmente, creo que su posición es muy centrada y digna de ser atendida. Sin embargo, cuando Constantino permitió que Eusebio volviera a su sede, provocó el enojo de Atanasio, ya obispo de Alejandría.
   El asunto se siguió complicando a tal punto que, once años después del concilio, el emperador decidió ordenar la amnistía para Arrio. Atanasio se opuso con fuerza a que Arrio fuera rehabilitado.
   Constantino programó un evento formal y solemne, a realizarse en Constantinopla, para recibir a Arrio como un cristiano digno. A esas alturas, los alejandrinos no querían nada con Arrio. El día del evento, en Constantinopla, a sólo minutos de la ceremonia, estando ya en el recinto del Palacio Imperial, Arrio se sintió muy mal del estómago. No sólo tenía fuertes dolores, sino que necesitó dirigirse hacia la letrina, con urgencia. No alcanzó a llegar. Sus heces fecales salieron con violencia, cuando corría, desesperado, hacia la letrina. Cayó muerto ahí mismo. Su muerte fue una escena repugnante.
   Nunca se supo quién lo envenenó, pero las sospechas recaen sobre un grupo alejandrino de choque, muy violento y fanático, que se dice cristiano, sin tener nada de cristiano.
   Los escritos de Arrio fueron destruidos. Su muerte fue muy indigna e injusta, además produjo el efecto de fortalecer el arrianismo.
   Aunque Atanasio nada tuvo que ver con el asesinato de Arrio, igual cayó en desgracia, y tuvo que exiliarse. Eso también fue injusto, y no ayudó a que el grupo extremista de Alejandría pudiere ser controlado.
   Hace poco, murió Constantino. Ya estaba enfermo, así que días antes pidió ser bautizado. El sacramento lo impartió Eusebio de Nicomedia.
   Tras la muerte de Constantino, Eusebio fue designado patriarca de Constantinopla, y llegó a tener mucha fuerza. Puso obispos arrianos.
   Creo que el arrianismo tendrá presencia en nuestra iglesia cristiana, por muchos años.

         * * *

   Ya tengo más de cincuenta años, y veo con dolor que continúan las luchas entre los arrianos y los partidarios de Atanasio. Parecen eternas.
   Hace mucho tiempo que volvió Atanasio de su primer exilio. Y años después llegó a Roma, desterrado de nuevo. La situación sigue. Incluso, los patriarcas no se entienden entre ellos. Hay rivalidades.
   Yo sigo en Roma, como presbítero, y he podido hacer bastante labor pastoral. También entre las damas piadosas que solicitan mi dirección. Y como la calumnia y la enemistad están presentes, por ahí andan diciendo de mí que soy un halagador de oídos femeninos.
   Estoy empezando a cambiar de actividad. Me han encargado misiones que requieren diplomacia. Firme pero discreta, para contribuir a consolidar la unión de los cristianos frente a las diversas situaciones hostiles.
   Entre medio de los arrianos y los atanasianos hay un grupo que es el más numeroso. A él pertenece Cirilo de Jerusalén. Podríamos decir que son nicenos, porque aceptan de muy buen grado el Credo de Nicea sin restricciones, tanto lo que quedó ahí de Arrio como lo que quedó de Atanasio. También yo tiendo a estar en este grupo, más centrado, sobre todo por lo difícil que resultaría probar las ponencias intelectuales de los teólogos.
   Estoy por la reconciliación. Dejar de lado los fanatismos y las disquisiciones intelectuales que no van a lo profundo porque los seres humanos tenemos esa limitación y hay que asumirlo.
   Desde hace cinco años es Liberio el patriarca de Roma, y yo trabajo codo a codo con él. Hace dos años, Liberio fue desterrado a Berea de Tracia, donde ha sufrido toda clase de humillaciones. Yo también he decidido ir junto a él al exilio, aún cuando a mí no me han cuestionado.
   Esto ocurrió debido a que Liberio no quiso aceptar el resultado del Sínodo de Milán, que se había celebrado para reafirmar las ideas arrianas. En representación de Liberio, en este sínodo participó el obispo de Cagliari, quien tiene un nombre muy bello, Lucifer, tal como uno de los dioses de la mitología romana, el que trae la luz, hijo de la diosa Aurora, que corresponde a la Eos griega.
   Lucifer de Cagliari también fue desterrado. El emperador nombró al diácono Félix como patriarca de Roma, en reemplazo de Liberio. Los obispos arrianos se pusieron del lado del emperador en contra del patriarca Liberio. Félix fue reconocido por la mayoría del clero, pero el pueblo mantuvo su fidelidad a Liberio.
   Me esforcé tratando de reconciliar a Liberio con Félix, pues yo tengo buena llegada con ambos. Logré que Liberio aceptara la posición central nicena. Por otra parte, el emperador se dio cuenta de que Félix no sería aceptado, así que permitió a Liberio regresar al patriarcado de Roma. Esto ocurrió hace algunas semanas. Liberio fue recibido con gran alegría del pueblo, mientras Félix se retiró a su casa en Porto.
   El año pasado, Atanasio salió desterrado de nuevo. Y no es el único desterrado. Es sólo el más famoso. Hace poco, murió en el destierro el hispánico Osio, que estaba muy anciano.
   Otro personaje famoso de esta época es Hilarión. Es un monje del desierto, originario de Palestina, pero se fue a un lugar deshabitado de la isla Sicilia. La gente hace peregrinaciones para verlo, es una persona notable. Le piden su oración, consejos, y hasta milagros. Incluso, yo mismo lo visité una vez que tuve que ir a Sicilia por motivos pastorales. Me dijo que quería volver a algún desierto. De hecho, se fue, hace poco, nadie supo hacia dónde.

         * * *

   Ya tengo más de sesenta años de edad. Y han seguido los acontecimientos importantes. Hace dos años, en el sínodo de Laodicea, se limitó las posibilidades de las mujeres presbíteras de esa región. Pueden seguir siéndolo, pero con limitaciones: no podrán presidir la asamblea, ni entrar en el santuario.
   En cambio, en un tratado que escribió Atanasio, éste afirma que las mujeres consagradas pueden celebrar la fracción del pan sin la presencia de un presbítero varón, y también pueden pronunciar la acción de gracias y orar, pues el reino de los cielos no es ni masculino ni femenino.
   Y en cuanto a la controversia entre los seguidores de Atanasio y los de Arrio, hoy parece estar llegando a su fin. Ya había habido un primer éxito de la posición nicena, la más centrada. Eso ocurrió hace siete años en el sínodo de Rimini y Seleucia.
   Al año siguiente surgió el templo de la Santa Sabiduría, en Constantinopla. Sabiduría es lo que se estaba necesitando. Lo más importante es que hace poco triunfó definitivamente la tesis nicena, gracias a que el anciano Atanasio demostró no ser tan fanático como muchos creían. A poco de volver de su quinto exilio, declaró que él se limita a cuidar la fe y el bien de la Iglesia, sin pensar en derrotar a los que piensen distinto. A partir de entonces, los arrianos se conformaron. Se terminó la férrea lucha entre fanáticos adversarios, y se impuso el Credo, que está aprobado desde el concilio de Nicea.
   Hubo paz por muy poco tiempo. Empezó a actuar cada vez con más fuerza el obispo Lucifer de Cagliari. El que debería traer la luz, está trayendo violencia. Había incubado un odio enorme hacia los arrianos y todo lo que se le pareciese, como por ejemplo el Imperio, incluyendo también a los que hubieran favorecido o tan solo comprendido a los partidarios de las ideas de Arrio. Renegó hasta de Atanasio, al cual antes había admirado, y para qué decir de mí, por haber sido conciliador.
   Lucifer siempre ha estado en contra de que el emperador sea el jefe de la iglesia. Y en eso, tiene toda la razón. Pero, ¿cuál puede ser la forma de luchar? ¿Hacerle la guerra al Imperio? Eso no puede ser, pues nadie tiene cómo vencerlo. Mientras más ataque Lucifer frontalmente al emperador, más se aferra éste al poder, y menos posibilidades quedan para hacer valer cualquier derecho.
   Yo soy de otro método. Estoy por una vía de diplomacia. Con paciencia, ir convenciendo al emperador que en algún momento deberá dejar que los obispos adquieran más potestad en la iglesia.
   Lucifer es muy impulsivo, se estrella contra una pared. Ha adoptado una presunta posición, como si fuera él el jefe de la iglesia, en contra del emperador. Son muy pocos los que lo siguen en eso, así que no resulta más que un hecho curioso, una locura sin destino. No es más que el jefe de una secta condenada al fracaso.
   Ahora que murió Liberio, estoy asumiendo el patriarcado de Roma, pues fue acogida por el emperador la proposición de mi nombre.
   Por su parte, Lucifer se tomó la libertad de proclamar patriarca de Roma al diácono Ursino, uno de los suyos. El emperador ha dejado caer su fuerza sobre él.
   Yo no quería aceptar el alto cargo en que me estaban nombrando, pues vi la gran oposición que había, hasta con enfrentamientos en las calles. Ofrecí renunciar para evitar las muertes que ya estaban ocurriendo, pero aún así se me confirmó en el cargo.
   Fui consagrado en la basílica de San Lorenzo in Lucina. El emperador desterró a Ursino. Para mí esto es doloroso, pues estoy obligado a desempeñarme en el cargo más alto a que puede aspirar un clérigo, y sabiendo que el predominio del emperador no es conveniente para la iglesia cristiana. Sin embargo, confío en que seré capaz de luchar pacíficamente por revertir esa situación. Es un desafío enorme, que acepto con humildad.

 
   Gregorio Nacianceno

   Nací cerca de Nacianzo, pocos años después del concilio de Nicea. Aunque ya he cumplido 43, me siento muy joven.
   Provengo de una familia acomodada. Aún así, nunca me he interesado mucho por las riquezas. He tenido buenas enseñanzas a ese respecto. Poco después de que mi madre convirtió a mi papá al cristianismo, éste fue presbítero, y luego obispo de Nacianzo.
   Las primeras letras las aprendí en casa, con un tío. Después, estudié Filosofía y Retórica en Nacianzo, y en Cesarea de Capadocia. Me he aficionado al estudio, a la oración, y a escribir poesías.
   En Cesarea fui compañero de Basilio. Soy muy amigo de él, y también de su hermano menor, que se llama Gregorio, igual que yo, y le decimos "El filósofo". Con Basilio nos complementamos. Él es muy activo, y yo lo hago poner los pies en el suelo firme. Juntos fuimos a completar estudios en Alejandría, y después nos trasladamos a Atenas viajando por mar. Casi naufragamos debido a una tormenta.
   Después que terminé de estudiar en Atenas, estuve un año haciendo clases de Retórica. Volví a mi pueblo natal, porque fui llamado por mi padre. Trató de convencerme de que me hiciera presbítero, y lo logró a los pocos años. Me dediqué unos meses a ayudar en la comunidad local, pero decidí irme a la región del Ponto para iniciar una vida de pobreza y oración en el monasterio que había fundado Basilio.
   Un par de años después, mi padre me volvió a llamar. Dudé mucho si acaso acudir, hasta que Basilio me convenció de que volviera a Nacianzo. Diez años estuve trabajando con mi padre, que estaba muy cuestionado, en una comunidad dividida. Dios estaba confiando en mí para resolver esas dificultades, así que me entregué a eso con decisión y voluntad. Y también con toda la diplomacia que pude, y desarrollando la oratoria. Al fin, los conflictos dejaron de serlo, mientras yo me estaba transformando en un predicador.
   Una de las cosas que predico se refiere a invocar la paciencia y el amor, que nos pueden llevar a alcanzar algún día el término del predominio del emperador dentro de la iglesia cristiana. Esto me ha hecho ganar enemigos
   Mientras tanto en Roma, el patriarca Dámaso fue acusado, en forma calumniosa, de cierta falta presunta. Era Ursino, su enemigo, el que esgrimía esa acusación, la cual no prosperó.
   Y ahora, hace poco, después que murió Atanasio, se produjo una nueva acusación contra Dámaso. Esta vez en tribunales, por antiguos asuntos de índole sexual. Dámaso fue absuelto, y el acusador fue desterrado.
   Mi amigo Basilio, que también es presbítero, fue nombrado obispo de Cesarea de Capadocia, su ciudad natal. En varias intervenciones, él lucha por la independencia de la iglesia cristiana ante el poder civil. Y también defiende la dignidad del pobre.
   A mí me nombraron obispo del pequeño pueblito de Sósima. Al principio, me esforcé por administrar lo mejor posible, pero pronto decidí retirarme. Es que eso no es lo mío. Volví a Nacianzo, porque mi padre estaba muy enfermo. Basilio no pudo comprenderme, y se molestó por esto. Nos distanciamos, y lo he estado lamentando.
   Yo sigo cuidando a mi padre en sus últimos días.

         * * *

   Ya pasé los cincuenta años, pero hace siete me reconcilié con Basilio. Fui especialmente donde él, después que murió mi padre.
   Las cosas iban bien, hasta que el año pasado murió Basilio, que tanto trabajó para restaurar la disciplina del clero. Me afectó mucho, porque fue un gran amigo. Pronuncié un discurso en su funeral. No sólo destaqué nuestra profunda amistad sino también su preocupación social, pues en sus sermones criticaba a aquellos ricos que adoran al dios dinero olvidándose de los necesitados. También mencioné sus numerosos escritos, su oratoria, y por supuesto, su santidad, apreciada por todos.
   Al poco tiempo murió Macrina, hermana de Basilio.
   Nuevamente estoy teniendo problemas porque el patriarca de Alejandría, Timoteo, no me aprecia, pues tenemos ideas muy distintas. Yo tolero que haya discrepancias, pero él no.
   Y para complicar más las cosas, hace algún tiempo surgió Prisciliano, en Hispania, difundiendo una doctrina que no es aceptada por algunos. Los más tradicionalistas lo acusan de toda clase de cosas. Sin embargo, su doctrina es atendible y benigna. Propicia el ascetismo; la participación activa de la mujer en la Iglesia, cosa que últimamente ha estado mermando, por influencia de algunos obispos; liturgia bailada; interpretación alegórica de los libros, tal como enseñó el gran Orígenes; y también, lectura de apócrifos.
   Prisciliano considera también que la divinidad está presente en el alma humana. A mí, ese concepto me parece muy bien. Pero, hay un detalle que dificulta el asunto. Dice, como Sabelio, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola persona. Este punto es el que encuentra oposición entre los teólogos. En particular, yo mismo he llegado, después de oración y estudios filosóficos, que las tres manifestaciones o invocaciones divinas son cada una de éstas una persona, ya que las tres son conscientes de sí mismas. Estoy convencido de que el Dios único es plural. Es así como lo enseño, y la gente lo acepta de muy buen grado. Claro está, como aprendí del gran Orígenes, las aseveraciones acerca de Dios, provenientes de estudios, son sólo la mejor aproximación que hoy somos capaces de enunciar. No podemos pretender que vamos a comprender a Dios, así, tan fácilmente, pues estaríamos menospreciando la grandeza de Dios. En cambio, estoy muy abierto a que el día de mañana surja una visualización más acertada. La Santísima Trinidad sigue siendo un misterio.
   La doctrina de Prisciliano se ha extendido mucho. Hace poco se convocó un sínodo en Zaragoza, para condenar las ideas de este joven teólogo español. A pesar de esa condena local, Prisciliano ha seguido enseñando.
   El Patriarca de Roma, Dámaso, no lo condenó, sino sólo le recomendó reflexionar acerca de la Santísima Trinidad. Ahora que he sido nombrado Patriarca de Constantinopla quisiera conversar con Prisciliano, acerca de nuestros respectivos estudios. Sin embargo, no estaría bien que me saltara al Patriarca de Roma. Tengo que hablar con Dámaso, y trataré de hacerlo pronto.
   Creo que es bueno que otro teólogo vea las cosas un poco distintas, pues eso nos puede hacer crecer a todos. Dios puso un poco en mí, pero también otro poco en los demás. En particular, en Prisciliano. Tenemos que complementarnos. Y buscar otros pocos... Muchos más.
   El emperador Teodosio ha declarado que el cristianismo pasa a ser ahora la religión oficial del Imperio. Algunos se ponen contentos, pero yo no. Que una religión sea obligada no es bueno. De hecho ya está ocurriendo un grave problema, porque los paganos están llegando, muchos de ellos con gran influencia, y traen unos conceptos nada de cristianos, que están entrando en nuestra doctrina. Como por ejemplo, la creencia de que existe un lugar de purificación donde van las almas para satisfacción de sus pecados. Así, ahora hablamos de un Purgatorio.

         * * *

   Ya cumplí los sesenta, y estoy por morir.
   Hace ya unos ocho años que se celebró el Concilio, acá en Constantinopla, siendo yo el Patriarca que presidió una parte de este concilio, el cual me dejó un pésimo recuerdo.
   Cuando fue convocado, por el emperador Teodosio, creí que por fin iba a ser posible que yo hablara con Dámaso acerca de Prisciliano, con quien yo quería conversar algún día próximo. Sin embargo, Dámaso no asistió. No sé por qué. Envió unos delegados, pero eso no solucionaba mi inquietud.
   El concilio empezó estando presidido por Melecio, Patriarca de Antioquía, un hombre de buen carácter, que se imponía con mucha paz. Era muy admirado por muchos, pero también tenía acérrimos enemigos.
   Desde el comienzo del concilio se condenó el arrianismo, ya que ha estado resurgiendo con fuerza en los últimos años.
   En forma muy sorpresiva se produjo la muerte de Melecio.
   Gregorio, hermano de Basilio, pronunció la oración fúnebre. A mí me correspondió seguir presidiendo el concilio.
   Se discutió el orden de prioridad de los patriarcados, y no se llegó a nada. Supuse que Dámaso había decidido no asistir, previendo que se formaría esta discusión.
   Mi actitud fue siempre conciliadora, y nunca he querido entrar en la lucha de poderes. Recibí duros ataques, por parte de obispos orientales. Hasta fue cuestionado mi nombramiento como obispo. Lo pasé mal, ésa es la verdad. Es que fue algo injusto. Me tuve que retirar del concilio y del patriarcado. Me sentí como que me estuvieran echando al infierno. Fue una gran desilusión el darme cuenta de que personas que creí muy santas, en realidad no lo eran.
   -Me entrego para salvar la nave, aunque no sea yo el causante de la tempestad -. Esas fueron mis palabras de despedida.
   Teodosio nombró presidente del Concilio a un hombre de su confianza, llamado Nectario. Para ello, hubo que bautizarlo, y después nombrarlo presbítero y asignarle una diócesis como obispo. Nadie se atrevió a llevarle la contra al Emperador. Como gran cosa, un obispo desubicado le pidió a Nectario que se abstuviera de acostarse con su legítima esposa mientras no haya terminado el Concilio.
   Opté por retirarme a mi ciudad natal, y he estado llevando una vida monástica, alejado de la jerarquía.
   En lo que siguió del concilio, se aprobaron varias modificaciones al Credo. Algunas razonables, como por ejemplo, decir "Creo" en vez de "Creemos", para así lograr que las personas no se escondan en la multitud a la hora de cuestionar la fe. También se agregó la concepción virginal de Jesús en María, por obra del Espíritu Santo. Y una apología a la Iglesia, el Bautismo, y la fe en la otra vida. Y que el Espíritu Santo procede del Padre a través del Hijo, y que habló por los profetas. Hubo además algunos cambios de redacción, sin mayor importancia, salvo el haber incorporado algo con figura literaria en vez de usar lenguaje directo como corresponde a un Credo. Es eso de que Jesús "está sentado a la derecha del Padre". En vez de decir, simplemente, que ocupa un lugar privilegiado.
   Hasta ahí, el nuevo Credo se sostendría bien, pero tuvieron la nefasta idea de agregar algo más. Un concepto que considero inconveniente, propuesto por obispos judeo-cristianos, muy apegados al judaísmo, que para ellos es la religión tradicional. Pusieron que Jesús fue crucificado por nuestra causa, en tiempos de Poncio Pilato. De esa manera, no sólo exculpan a sus venerados sumos sacerdotes, y diluyen la culpa en mucha gente, sino que además manifiestan su odio a Poncio Pilato. Lo que yo realmente creo es que hacer aparecer a este personaje en el Credo es una aberración. Es algo que está reñido con las enseñanzas de Cristo, que siempre practicó y nos enseñó el perdón.
   Afortunadamente, nadie le ha hecho caso ni ha dado mayor importancia a este concilio..., hasta el momento.
   Siempre me informo de las cosas que pasan en la Iglesia. Algunas de éstas me causan un profundo dolor.
   Murió Dámaso, hace pocos años. Acostumbrado a escribir epitafios, dejó escrito el suyo propio: "De entre las cenizas resucitaré".
   Siricio asumió el patriarcado de Roma, para lo cual dejó su casa, en la que había vivido con su esposa e hijos.
   Lo que me produjo dolor fue que Máximo, el usurpador del imperio de Occidente, mandó decapitar a Prisciliano, acusado de magia, aprovechando la simpatía que éste tenía por el ocultismo. Este joven teólogo era un hombre bueno, y fue ajusticiado por pensar distinto. O talvez por motivos políticos, debido a sus críticas a la jerarquía.
   Su muerte ha hecho florecer sus ideas religiosas. Prisciliano, que había sido nombrado obispo de Ávila, y a pesar de eso cayó en desgracia, ahora tiene más seguidores que antes.
   Una gran noticia es la traducción de la Biblia al latín, que está haciendo mi amigo Jerónimo. Él fue discípulo mío, y muy aventajado. Después, fue secretario de Dámaso de Roma. Al comienzo, Jerónimo trabajaba en Roma, por especial encargo del patriarca, que fue siempre un estudioso de las sagradas escrituras.
   Sin embargo, después Jerónimo optó por la vida eremítica, cuando surgió una acusación en su contra respecto a una supuesta relación pecaminosa con su discípula y secretaria Paula. Probablemente la acusación haya sido infundada. Una calumnia. Yo creo que se aman de manera espiritual. Jerónimo atacaba los vicios del clero, y de ahí surgió esta acusación.
   Jerónimo partió a Oriente con su grupo místico de mujeres. Ahora está trabajando en Tierra Santa, retirado. Consulta mucho a Paula, quien está viviendo en un monasterio fundado por ella en Belén. Ella conoce bien el idioma griego.
   Finalmente, ha ocurrido otra cosa buena. Fueron descubiertos los cuerpos de los siete desaparecidos de Éfeso. Es casi seguro que son ellos. Los encontraron unos esclavos que estaban abriendo una cueva para transformarla en refugio de pastores. Así se cerró este famoso caso, y más de un siglo después de su muerte se pudo dar sepultura a las víctimas. Se había tejido mucha leyenda en torno a esto. Hasta se decía que, hace poco, habían visto a uno de los desaparecidos que intentaba comprar pan en Éfeso con monedas antiguas.


  Sexta parte.- Asamblea observadora

   Julián de Eclana

   Nací cinco años después del Concilio de Constantinopla, que hoy está empezando a hacerse notar, y provoca discusiones.
   Me llevo bien con Agustín, quién es muy amigo de mi familia, y tiene una edad parecida a la de mi padre. Aunque proviene del norte de África, estuvo viviendo un tiempo en Roma y en Milán, y se acostumbró a visitarnos con alguna frecuencia, que no es tanta tampoco. Una vez al año viaja a la península itálica, y en cada uno de sus viajes viene a esta casa, con Alipio, su gran amigo. Mi madre no está del todo contenta con nuestra amistad hacia Agustín. Dice que ese hombre ha tenido una vida desenfrenada con mujeres de mal vivir, y que estuvo conviviendo con una florista, sin estar casado, y hasta tienen un hijo. Se llama Adeodato, y ya murió, teniendo poca edad.
   Sin embargo, mi tío Agustín, como lo nombro a veces, dice que su pasado turbio ya terminó. Y nos habla de su madre. Que era muy estricta, la maltrataba el esposo, y la suegra le hacía la vida imposible.
   Agustín estudió en Cartago, no sólo filosofía, sino también literatura y oratoria. En cambio, nunca soportó estudiar Griego. Él hizo clases de Retórica en la universidad, en MIlán. Eso es el arte de hablar bien y usar el lenguaje para persuadir. Allí vivió con su madre, con Adeodato, y con Alipio. Hace ya un tiempo, volvió a sus tierras.
   También nos contó que tuvo, hace varios años, una feroz discusión con el papá de Alipio, quien no permitía que su hijo tuviera esa amistad.
   Ahora que tengo 17 años, Agustín me cuenta más cosas. Me ha contado que cuando él era niño rezaba en voz alta, y se reían de él. Eso no le hizo nada de bien. En su juventud, él se metió en un movimiento llamado maniqueísta, del cual ya ha renegado porque tuvo un conflicto con el jefe, el obispo Fausto. En el movimiento maniqueo piensan que lo bueno de la persona ha sido creado por Dios, mientras que lo malo de la persona ha sido creado por una fuerza maligna. Por eso, consideran que el hombre no tiene libertad para dejar de pecar. Para ellos, la relación sexual es siempre pecaminosa.
   Agustín afirma que él ya no suscribe la doctrina maniqueísta, pero yo veo que no está del todo fuera de ella. Hasta le escuché decir, una vez, que Adeodato fue fruto del pecado. Me impresionó mucho esa aseveración, pues yo pienso que el pobre chico fue fruto del amor. Cuando intenté defender esa posición, Agustín siguió hablando de la pelea que tuvo con el obispo Fausto.
   -Fausto era un tipo que hablaba con elegancia -explicó Agustín-, pero decía puras tonteras, y se lo grité en su cara, en Cartago.
   La madre de Agustín llegó al extremo de echarlo de la casa, en los tiempos maniqueos, por andar metido con esos granujas, según ella. La pobre rezaba y rezaba para convertir a su hijo, hasta que lo logró. Agustín y Alipio fueron bautizados por el obispo Ambrosio, en Milán. Eso me lo han contado, pues ocurrió cuando yo era aún un bebé.
   Cuando vienen Agustín y Alipio, jugamos a los dados. Una vez, Alipio pilló a Agustín haciendo trampa, y lo reprendió. Yo me sentí con la libertad de hacer trampa también, pero entonces fue Agustín el que se dio cuenta, y me retó.
   Alipio es una persona muy sensible, y exigente en su profesión de jurisprudencia. Lucha contra la injusticia y la corrupción, a tal punto que es mal mirado por los poderosos. No anda conquistando mujeres, ni quiere tampoco que Agustín lo haga. De hecho, Agustín está muy arrepentido de la vida que llevaba. Alipio le ha enseñado a cultivar su vida interior.
   Yo me intereso mucho en las cosas que ellos me hablan. Notable fue el asunto del ángel caído. Les pregunté qué pensaban acerca de ese famoso cuento que alguien escribió hace pocos años. No se sabe quién es el autor, pero se sospecha que es una persona muy cercana al emperador, y que quiere pasar en forma anónima. Alipio es el que mejor conoce la historia de este relato que parece sacado de alguna antigua mitología.
   -No es de la mitología -aseguró Alipio, y explicó cómo un error de Jerónimo, el traductor de la Biblia, dio pie para que alguien inventara lo del ángel caído.
   -¿Cómo fue eso? -quise saber más.
   -Jerónimo tradujo el angélico nombre Helel que Isaías había asignado a un rey arrogante, caído muy bajo, en desgracia -continuó Alipio-, y le puso Lucifer, que significa, igual que Helel, "el que trae la luz". Esto, que pudo haber pasado sin problema, fascinó a los enemigos de los luciferianos, movimiento de los discípulos del fallecido obispo Lucifer de Cagliari, que luchan por lograr que la Iglesia deje de estar bajo el mando del Emperador.
   -¿Jerónimo lo hizo a propósito? -pregunté.
   -No creo. Pienso que no tuvo esa intención, sino que fue un simple error. El resultado concreto es que apareció, poco después, una presunta mitología apócrifa acerca de ángeles pecadores, uno de los cuales tendría por nombre Lucifer, y de ángeles que castigan a los ángeles pecadores hasta que algún día éstos vuelvan al buen camino.
   -En el fondo, fue enlodado el nombre del obispo Lucifer -completó Agustín.
   -Ya veo -observé-. El caído, según la Biblia, era un rey con nombre de ángel.
   -Y quieren hacernos creer -dijo Agustín- que se trataría de un ángel caído, pero eso es absurdo. Si un ángel bueno se convierte en malo por obra de su mala voluntad, ¿de dónde le viene esa mala voluntad si, como ángel, salió bueno de la mano de Dios?
   -Inventaron un relato monstruoso -concluí.
   Agustín habla algunas cosas sabias. Por ejemplo, afirma que los milagros no van contra la naturaleza, sino que están fuera de aquello que somos capaces de comprender acerca de la naturaleza.
   También me ha contado más cosas. Fue nombrado obispo de Hipona, siete años atrás, y ya tenía cinco años de presbítero. Un tiempo después asistió a un sínodo en Cartago, en el cual se decretó que los clérigos deberán separarse de sus mujeres.
   Yo veo que a las mujeres se las ha estado alejando del altar, cada vez más. Encuentro que eso no está bien, y siempre se lo digo a Agustín.
   -Las mujeres deben limitarse a obedecer a sus maridos -me ha dicho él. No sé si por molestarme, o si ése es realmente su pensamiento. De hecho, tiene mal concepto de la mujer. Creo que es por su historia, por el tipo de mujeres que él ha frecuentado. Pero, prefiero no decírselo.

         * * *

   Siempre he sido muy estudioso. Me interesé por la teología y la filosofía. A los veinte años empecé a ser lector en Apulia, donde mi padre es obispo. Cuatro años después, pasé a ser diácono, no sin antes efectuar algunos viajes, que fueron muy importantes para mí.
   Primero, fui a Hipona a ver a Agustín. Conversamos una cantidad de cosas, amistosamente. Me contó que sufrió mucho con la separación de su mujer. Fue algo que le impusieron.
   -Era una relación pecaminosa -sostuvo, y siguió diciéndome cuánto se odiaba a sí mismo cuando pecaba. Hasta los sueños eróticos le parecen malos.
   -No te tortures -lo tranquilicé-, pues eres una buena persona.
   Logré que sonriera. Él me estima. Reconoció que la maldad no tiene sustancia. De ahí, pasamos al tema de los maniqueos, que Agustín dice haber sacado de su vida completamente.
   -Me parece que no tan completamente aún -me atreví a decirle.
   No estuvo de acuerdo, y me habló de lo que está escribiendo. Agustín es muy convincente. Una de sus principales obras es un tratado sobre la gracia divina.
   Después hablamos de astrología. Él no cree en esas cosas, ni yo tampoco.
   El otro viaje que hice fue a Roma, a visitar a otros amigos de mi padre, y muy recomendado por él. Ahí conocí mucha gente. Entre otros, Pelagio, un hombre gordo y alto, un monje muy instruido proveniente de Irlanda. Tiene bastante más edad que yo, pero hicimos buena amistad, porque pensamos parecido. Aprendí mucho de él.
   De esto, han pasado dos años, y ya soy presbítero. Predico acerca de lo que llamo "las cinco glorias", y tengo bastante llegada.
   Las cinco glorias pueden resumirse así: reconocer la creación, para identificarnos con ella; observar la ley, en la medida que ésta enaltece la justicia; disfrutar del libre albedrío, para así agradecer a Dios; ayudar a fortalecer el matrimonio; y, buscar en el bautismo, con actitud de amar lo que buscamos.
   Con tanto viaje, me enteré de algo muy triste, ocurrido hace algunos años. Teófilo, el patriarca de Alejandría ha prohibido seguir las enseñanzas de Orígenes. Esto es como el mundo al revés. Este Teófilo, un hombre violento, codicioso y falto de escrúpulos, se ha hecho conocido por sus atrocidades, mientras que el gran sabio Orígenes es el mejor pensador y pastor que ha tenido la iglesia cristiana, después de los apóstoles del principio.
   El más acérrimo perseguidor fue Epifanio, quien logró ser seguido, no sólo por Teófilo, sino también por Jerónimo. En cambio, la obra de Orígenes fue defendida por Rufino de Aquilea, su traductor; y por Evagrio, además de Juan Crisóstomo, que era un gran pastor, patriarca de Constantinopla, y fue depuesto por Teófilo, y murió exiliado.
   En Roma vi que circulaba una obra literaria de ficción, muy bonita, llamada "Credo de los apóstoles", que relata una supuesta reunión entre los apóstoles, incluyendo a Matías. En esa narración, los personajes se reunieron a elaborar una doctrina común para su futura predicación, aportando cada uno de ellos un concepto.
   Afortunadamente, Rufino tuvo a bien hacer ver que sólo se trata de una ficción literaria. Rufino señala también que ahí se nombra el Hades, no el infierno. La versión original está escrita en griego, pero en la traducción se cometió el error de confundir el Hades con el infierno. Hades es el lugar donde van los muertos, en la mitología griega. O sea, la expresión "fue al Hades" es una manera de decir que la persona murió.
   Hace unos pocos días volví a Hipona, para visitar a Agustín. Me encontré con la tremenda sorpresa de que también Pelagio ha venido por estos lados, y platica mucho con Agustín. Así es como me incorporé a esas conversaciones. Con Pelagio nos saludamos efusivamente, lo que resultó asombroso para Agustín.
   Al comienzo, nuestras reuniones eran cordiales, pero poco a poco empezaron a surgir discrepancias, que fueron derivando a serios conflictos. Las ideas de Pelagio y las de Agustín son irreconciliables. Cada cierto trecho de la discusión, me preguntaban mi parecer, ya que yo también he estudiado estas cosas.
   En lo relativo a la gracia, convencí a Pelagio de que el trabajo efectuado por Agustín, al respecto, es lo mejor que se ha podido lograr hoy, aunque hemos de estar muy abiertos a que en el futuro pueda lograrse un conocimiento más certero.
   En cambio, traté infructuosamente de convencer a Agustín de que la procreación no tiene por qué ser pecaminosa. Si es entre marido y mujer, es un acto bueno ante los ojos de Dios. Según Agustín, no sería así. Llegó al extremo de decir que todos los bebés son concebidos en el pecado, y nacen con ese pecado original, el cual tiene que ser limpiado en el bautismo.
   -¿De dónde sacas esa tontera? -le preguntó airadamente Pelagio.
   -Está en la Biblia -respondió Agustín.
   -No está en la Biblia -dijimos a coro, Pelagio y yo.
   -Está en el Génesis -insistió Agustín, y se puso a hablar del pecado de Adán.
   -Aunque se trata de una narración mitológica -siguió diciendo-, ésa es la enseñanza que nos está dando.
   -Los niños pequeños no pecan, Agustín -insistí.
   Con Pelagio intentamos hacerle ver cuán equivocado está. El tono subió tanto, que tuvimos que retirarnos de su casa. Estábamos todos muy enojados. Creo que no volveré a tener el ánimo de visitar a Agustín nuevamente. Ni creo que él me invite, tampoco.

         * * *

   Me enteré de algo abominable que perpetraron unos cristianos en Alejandría. Fue el mismo grupo de choque que se hace pasar por monástico, y que 24 años antes, durante el patriarcado de Teófilo, destruyó el Serapeo, santuario dedicado a una deidad greco-egipcia. Esta vez, el siniestro grupo, llamado Parabolanos, secuestró, torturó y asesinó a Hipatia, una sabia filósofa, científica y maestra neoplatónica. Supe que esta mujer había sido acusada por Cirilo, el nuevo patriarca de Alejandría, sobrino de Teófilo. Acusada de enseñar supuestas supersticiones. Lo que más molestaba al fanático Cirilo era que Hipatia tenía también algunos alumnos cristianos.
   El emperador apoyó a Cirilo. Eso es lo que me resulta más desconcertante. Si tenemos al hombre más poderoso del mundo como jefe de la iglesia cristiana, ¿qué puede esperarse de ésta, entonces? Que vaya de mal en peor..., tal como está ocurriendo.
   Poco después de estos acontecimientos fui nombrado obispo de Eclana, lo cual me abrió la expectativa de llegar a ser alguien que influya en el mejoramiento de nuestra iglesia. Muy pronto me desengañé de esa optimista posibilidad, con motivo de un sínodo realizado en Cartago. No me tomaron muy en cuenta. Han preferido ignorarme porque digo cosas que molestan al emperador y a algunos patriarcas. Fue condenado Pelagio. No solamente sus ideas, sino también su persona. Tuvo que exiliarse en Palestina. Y todo, por la elocuencia de Agustín, que habla de una manera muy convincente.
   Tuve que seguir yo en la lucha contra la doctrina del pecado original. Y no a favor de las demás ideas de Pelagio, que no las suscribo. Junto a otros 17 obispos, firmamos una carta protestando contra el castigo dado a Pelagio. Como resultado de eso, al año siguiente, fui desterrado de Italia, por Bonifacio, el patriarca de Roma. Me retiré a Cilicia, donde fui muy bien recibido por Teodoro, obispo de Mopsuestia, junto a otros obispos expulsados.
   Teodoro me contó la historia de María egipcia la penitente, con motivo de su muerte, ocurrida hace poco. Ella era muy mencionada en algunas regiones, por haber pasado cuarenta años de soledad y penitencia en el desierto. Eso, porque se sintió culpable de haber sido pecadora en su juventud. Su conversión ocurrió en una peregrinación a Jerusalén, en la que participó sólo porque quería divertirse. Sin embargo, su vida cambió. Es un caso notable.
   Teodoro escribe. Talvez fue por su influencia que también yo me dediqué a escribir. Lo hago principalmente en torno al Antiguo Testamento.

         * * *

   Estuve siete años en Cilicia, pero al morir Teodoro, pasé a Constantinopla. En ese mismo año, el antioqueño Nestorio fue nombrado patriarca de Constantinopla. Al poco tiempo, Cirilo de Alejandría lo acusó de hereje, debido a su teoría acerca de cómo la humanidad y la divinidad se juntan en Jesús. Estos patriarcas discreparon en ese complicado aspecto de la teología. Según Nestorio, la divinidad habita en Jesús como en un templo.
   Creo que a Cirilo lo motiva el manejo político, y no la doctrina misma. Por lo demás, él siempre ha sido una persona más guerrera que intelectual.
   Cirilo empezó a llamar "Madre de Dios" a la Virgen María. A Nestorio le parece que eso es blasfemo.
   En un sínodo en Roma, y en un Concilio en Éfeso, convocado por el Emperador, se condenó la doctrina de Nestorio. Éste fue depuesto, y la oración "Santa María madre de Dios" fue dispuesta.
   Por mi parte, yo tengo mi propia discrepancia con Agustín. Estoy convencido de que el ser humano nace bueno. Dios, en su inmensa bondad, ha creado al hombre sin pecado, ni lo ha de castigar por los pecados que pudieran haber cometido sus antepasados. Estoy absolutamente en contra de esa extraña idea de Agustín en relación a lo que él llama pecado original. Trato infructuosamente de hacerle ver que la relación carnal no es pecaminosa entre un hombre y una mujer que se aman y se han unido en matrimonio.
   Seguimos discutiendo acerca de nuestros puntos de vista. Por escrito, ya que no quería visitarlo. Ni él estaba dispuesto a venir hacia mí.
   El año pasado, murió Agustín. Al final de sus días intentó retractarse de eso del pecado original. Lo hizo diciendo que sin voluntad no hay pecado. Sin embargo, o no tuvo la suficiente fuerza, o no tuvo convicción, o talvez nadie quiso apreciar esa retractación.
   Así como Agustín dice "tarde te amé...", podría decir también "tarde me retracté...".
   Hace poco, volvió a ponerse de actualidad el conflicto entre Cirilo y Nestorio. Al principio, el Emperador declaró desconocer el Concilio porque en él Cirilo había usurpado el puesto de presidente, que le correspondía al patriarca Juan de Antioquía. El Emperador encarceló a Nestorio y a Cirilo. Sin embargo, a los pocos días, permitió a éste último volver al patriarcado de Alejandría.

         * * *

   He sido muy combatido por el patriarca de Roma. Y, por otro lado, después del concilio de Éfeso tuve que irme de Constantinopla. Llegué a Sicilia, enfermo, con más de cincuenta años en el cuerpo.
   Veo cómo la asamblea de Jesucristo se está derrumbando. Mucho ha tenido que ver el hecho de que está siendo gobernada por el poder temporal del imperio. Personas que saben de política y de guerra, pero no son pastores.
   Tengo una brizna de esperanza cuando escucho al monje Vicente, de Lerins, una isla en el Mediterráneo. Es un hombre que ha estudiado, y sabe mucho, y dice las cosas con claridad, y a la vez, con tanta mesura y moderación, que no es combatido por la jerarquía. Tiene llegada, lo escuchan, no lo destierran, ni lo acosan.
   Pues, este fray Vicente ha escrito un muy buen libro, llamado Commonitorium, que quiere decir algo así como Apuntes para ayudar a la memoria. En él señala cuál es el criterio para discernir entre la verdad y el error en materias de fe. Y lo hace con referencia al Evangelio.
   Por ejemplo, en ese libro vi que Vicente apunta a la parábola del trigo y la cizaña, que nos relata Mateo, la cual enseña a no arrancar la maleza mientras el trigo no esté crecido. Y agrega, fray Vicente, que el conocimiento tiene que ir creciendo de acuerdo con los tiempos, y así poder profundizar para acercarse a los misterios, y ver cada vez mejor la hermosura, pero sin que una cosa se transforme en otra que haya sido sembrada malignamente. Somos custodios de las materias de fe, pero no somos sus autores.
   De las enseñanzas de fray Vicente yo entiendo que la doctrina del pecado original, ideada por Agustín, no puede ser una verdad de fe. Algún día le harán caso a Vicente, pero no creo que sea muy pronto, pues León, el nuevo patriarca de Roma, no ve con buenos ojos que los presbíteros tengan hijos.

 
   Pelagia

   Trabajé como bailarina durante gran parte de mi vida. Desde que era casi una niñita, y hasta bien entrada en la edad adulta.
   Lo pasé bien en ese tiempo, además de ganar algún dinero, lo necesario para subsistir. Sin embargo, siempre pensé que esa vida que llevaba era algo transitorio, mientras lograba estabilizarme, y que en algún momento formaría familia y me dedicaría a algo más provechoso.
   Nunca se me daba alguna circunstancia que me impulsara al cambio de vida que me estaba esperando. Hasta que se dio, de repente, cuando menos lo pensaba. A mis treinta años, yo tenía un admirador, distinto a la mayoría de los que me adulaban. Éste no tenía mente de cloaca, era un hombre bueno. Hasta creí que me iba a enamorar de él, pero rápidamente saqué esa idea de mi cabeza.
   Este joven tenía algunos amigos, y una vez me encontré con él, cuando estaba con uno de ellos, uno más distinto aún, alegre cuando había que estar alegre, pero también muy serio en otras oportunidades. Conversamos apenas un breve rato, y me sentí sucia por dentro. No porque me haya dicho algo en ese sentido, sino, simplemente porque me hizo recordar mi infancia, tan distinta a mi vida de ese momento.
   Cuando nos despedimos esa tarde, yo estaba que lloraba, y es lo que hice al llegar a mi casa. Esa noche no fui a trabajar. Al día siguiente, me acerqué a un templo, en pleno servicio religioso. No me atrevía a entrar. Pero, caminé hacia dentro, con una lentitud increíble.
   Recordé tiempos antiguos, que parecían olvidados, pero estaban muy vivos. En ese momento, el pastor hablaba de la misericordia infinita de Dios.
   Ese buen Dios que me había perdonado tonteras de niña chica. Ahora era muy distinto, pero..., ¿infinita? Bueno, eso alcanza para mí también.
   Demoré varios día en atreverme a ir a hablar con ese presbítero. Me acogió con ternura, tal como Jesús a la mujer que iban a apedrear. Y hasta me dijo lo mismo:
   -Ándate tranquila, y no peques más.
   Decidí cambiar de vida drásticamente. Para purgar mis pecados, y para acercarme de nuevo a Dios, que tan importante había sido para mí en la infancia, y tan abandonado lo tuve después.
   Vendí mis joyas. Y vistiendo una túnica de penitencia, dejé mi querida Antioquía. No habría podido rehacer mi vida allí mismo.
   Llegué hasta muy cerca de Jerusalén y me instalé en una gruta. Me convertí en ermitaña. O más bien dicho, ermitaño. Me disfracé de hombre por motivos de seguridad, para que no me pasara nada desagradable a manos de algún desalmado que circulara por ahí.
   Me dediqué a la oración, por varios años. No me ausentaba de la gruta más que para ir a comprar lo indispensable, y así no morir de hambre. La gente empezó a llegar hasta mí, diciendo cosas así como:
   -Fray Pelagio, rece por mí, que estoy tan enfermo.
   Los motivos de las personas eran muy diversos. En todos se necesitaba mi oración. La fama con la que me revistieron llegó hasta los sectores más apartados de la región.
   -Fray Pelagio, rece por nuestra querida iglesia cristiana -me dijo una vez un presbítero.
   Conversé muchas veces con ese presbítero. De todo lo que me habló, lo único que se me quedó registrado con fuerza, en mi corazón, es la historia de la emperatriz Pulqueria. Talvez por el contraste con la vida mía.
   Pulqueria ya murió hace algunos años, pero es muy recordada y admirada por los cristianos, incluso por mí misma, que también soy cristiana. Todos la quieren mucho por su gran labor que tuvo cuando gobernó la Iglesia, mientras fue emperatriz, junto a su esposo Marción, con el cual vivió una linda historia de amor. Se conocieron y se gustaron siendo niños, pero sus vidas habían ido por caminos distintos, ya que Pulqueria decidió que se mantendría virgen durante toda su vida. Nadie sabe hasta qué punto lo cumplió al final, estando casada, pero eso no es lo que importa.
   Verdaderamente interesante es lo que había ocurrido antes, cuando Pulqueria empezó a ser emperatriz. Los guerreros poderosos de la corte no veían con buenos ojos ser gobernados por una mujer, y le dijeron que tenía que casarse. Más aún, eran hordas de pretendientes las que tenía. La pedían en matrimonio, y ella los rechazó a todos. La amenazaron con derrocarla si no contraía matrimonio. Fue entonces que Pulqueria le pidió a Marción que se casara con ella. Y le dijo que tendría privilegios de emperador, excepto uno. . . , según se supo años después, ya que ella se mantendría virgen.
   Marción aceptó encantado, y dejó que su esposa siguiera tomando las decisiones respecto a la iglesia cristiana. Así fue como ésta convocó un concilio, el cual se efectuó en Calcedonia, y allí se aprobó una cuestión teológica que llevaba tiempo en discusión. Es un tema muy complejo, de cómo conviven en Jesucristo las naturalezas humana y divina.
   Se aprobó la moción sustentada por el patriarca de Roma y el de Constantinopla, los dos más importantes. Ellos sostienen que las dos naturalezas en Cristo conviven en armonía. Al menos, yo no sé decirlo de mejor manera.
   No prosperó la moción del patriarca de Alejandría, quien decía que la naturaleza divina, al ser tan poderosa, dominó a la humana hasta reducirla. Yo, sin ser teóloga ni nada parecido, encuentro atroz esa teoría, tal como me la contó el presbítero.
   Con esta vida de oración, me sentí perdonada por Dios, llena de alegría.
   Un día, se me terminó el dinero. Y además, me enfermé a causa de las precarias condiciones de vida. Entonces, me fui a un convento.
   Hoy tengo menos de cincuenta años, y ya estoy cerca de la muerte. Es que he tratado muy mal a mi cuerpo, durante toda mi vida. Recién ahora me doy cuenta de eso, cuando ya es demasiado tarde.

 
   Dionisio el Exiguo

   Mi nombre es Dionisio, pero me dicen Exiguo. Yo mismo me puse ese sobrenombre, pero sin querer. Todo empezó una vez que sentí con mucha fuerza que es el Niño Jesús el que nos guía. Y en ese momento descubrí un juego de palabras, ya que el vocablo griego para "el que guía" se parece mucho al término latino que significa "pequeño". Entonces, inventé una palabra nueva, parecida a las dos mencionadas, y que estaría entre medio de ellas. Lo que esa nueva palabra simboliza para mí, es que es un niño el que nos guía. Sin embargo, la gente la interpretó en una forma muy primaria, como si yo hubiera dicho "exiguo". Así quedé para siempre.
   Nací en un pueblito casi a orillas del Danubio, cerca de Bucarest, en el segundo año del pontificado de Hilario como Patriarca de Roma. Y lo digo así, de esa forma, porque siempre me he negado rotundamente a contar los años, como lo hace toda la gente, en referencia al comienzo del gobierno del emperador Diocleciano, que fue un sanguinario abusador.
   Quedé huérfano a muy temprana edad, por lo cual me crié en diversos monasterios. La continuación más natural de esa vida era ser monje, y por eso entré a los benedictinos.
   Cuando yo estaba comenzando mi adolescencia ocurrió un hecho notable. Cayó Rómulo Augústulo, el último emperador romano de Occidente. Esto significó que el Patriarca de Roma, Simplicio en este caso, recuperara la jefatura de la iglesia cristiana, lo cual fue y sigue siendo muy esperanzador. De todos modos, los nuevos reyes europeos, así como también el emperador bizantino intentan manejar la Iglesia. No ha sido fácil para los patriarcas de Roma mantener el control. Ya que heredaron un régimen autoritario, en esos términos han tenido que sobrevivir.
   Por mi parte, yo continué mi vida, como si nada. He estudiado mucho, y me encanta la Matemática. También estudié Astronomía, Teología, Biblia e Idiomas.
   Seguí observando mi entorno cristiano. Noté que, poco a poco, se empezó a relajar la conducta del clero.
   Por otra parte, surgió algo muy bueno: En el sur de Italia los obispos reanudaron la ordenación de mujeres como presbíteras y diaconisas, tal como existía al comienzo del cristianismo. Dicha costumbre había sido erradicada en el tiempo en que los emperadores romanos se hicieron cargo de la Iglesia, y tuvieron en Agustín de Hipona un poderoso aliado para sacar a la mujer de la sacristía.
   Pues, ahora que estaba resurgiendo la confianza en la mujer como pastora, este movimiento fue reprimido por el pontífice Gelasio, mediante un decreto. Eso fue lamentable.
   Llegué a ser abad de un monasterio, y adquirí cierta fama como traductor. En esa calidad fui llamado a Roma, para traducir textos desde el griego al latín, muy especialmente los documentos de los concilios.
   Desde muy niño tuve la idea de cambiar la referencia para contar los años. En vez del inicio del gobierno de un emperador, podría considerarse el inicio de algún patriarcado cristiano. Durante años me preguntaba si la figura central tendría que ser el apóstol Pedro. Hasta que atiné a darme cuenta que ni siquiera Pedro, sino Jesucristo mismo. Claro, tendríamos que contar los años desde el advenimiento de Jesucristo. No me fue fácil definir el instante de la vida de Jesús en el cual comenzó a ser nuestro divino guía.
   Me fui a estudiar la historia. En ella vi que los primeros judeocristianos creían que Jesús era un hombre como cualquier otro, pero que Dios lo había hecho divino al resucitarlo. Con ello, querían hacer énfasis en que un ser divino no puede morir, ni menos crucificado. Pero, cuando Marcos escribió su evangelio, no estuvo de acuerdo con esa tesis, sino que consideró la divinización de Jesús en el momento en que fue bautizado por Juan en el Jordán. En aquella oportunidad, una voz del cielo dice "Éste es mi hijo". Vinieron después los evangelios de Mateo y de Lucas, para quienes Jesús empieza a ser hijo de Dios en el momento de su concepción milagrosa. Finalmente, el evangelio de Juan comienza diciendo que en el principio la Palabra era Dios. Y agrega después, que la Palabra hecha carne habitó entre nosotros.
   Ante tal diversidad de puntos de vista, opté por tener en cuenta esa antigua intuición mía, en el sentido de privilegiar la niñez de Jesús como la circunstancia de su iniciación.
   Mucho más difícil aún fue tratar de precisar en qué momento exacto nació Jesús. Después de estudiarlo mucho, sólo llegué a un cálculo con un margen de error de 48 meses. Fijé el inicio de la era cristiana en aquel año en que, con un relativo grado de certeza, puedo afirmar que Jesús tenía entre cuatro y ocho años de edad. No pude lograr más exactitud que ésa.
   Feliz con esta forma de hacer un nuevo calendario me dirigí hacia el obispo para ver qué le parecía, y tratar de implantar esta nueva manera de contar los años. Yo tenía casi sesenta de edad cuando me animé a hacerlo. El obispo me respondió que tenía que conversarlo con el Patriarca Hormisdas.
   Me puse a esperar con paciencia, pero a los pocos meses murió Hormisdas. Asumió como Pontífice un conocido mío, quien adoptó el nombre de Juan. Yo había estudiado Teología junto con él, años atrás. Por eso, esta vez intenté colocar mi calendario directamente con el Patriarca de Roma.
   Tuve éxito dos años después. El nuevo calendario fue implantado por el pontífice Juan. Pero, no todo fue alegría para mí, pues entre tanto ir los escritos para allá y para acá, el año uno quedó asignado al nacimiento de Cristo, lo cual me parece erróneo. De todos modos, quedé contento de tener un calendario cristiano.
   Al año siguiente ocurrió algo monstruoso. El pontífice Juan fue objeto de una persecución encubierta pero implacable, por parte de Teodorico, el rey de Rávena. Éste tenía la ambición de conquistar pueblo tras pueblo y constituir un gran imperio en torno a él.
   El emperador bizantino, llamado Justino, era un obstáculo para ello, al igual que lo era el patriarca Juan. Ambos le estaban poniendo dificultades a Teodorico. Éste le pidió al patriarca de Roma que acudiera a Constantinopla, con alguna misión supuestamente diplomática. Pero, el plan secreto de Teodorico era ponerlos en conflicto.
   Al patriarca de Roma no le quedó más remedio que acudir a Constantinopla, donde fue recibido con cordialidad. Juan celebró misa solemne en el templo de la Santa Sabiduría. En todo momento mantuvo una relación amistosa con Justino.
   Al volver a Roma, Juan fue tomado prisionero, ya que Teodorico estaba furioso al sentirse burlado, y quiso presionarlo.
   A los pocos días, Juan murió en la tortura. Fue algo horrible. Lloré de impotencia. La gente salió a la calle a protestar, yo entre ellos, a pesar de mi avanzada edad.
   Después de tan doloroso acontecimiento, volví al monasterio, a dedicarme a la oración, que tanta falta hace.

 
   Un testigo observador

   Mi vida ha transcurrido de manera apacible, dentro de lo que se puede esperar. Dedicado a la oración y a socorrer a los necesitados. Ya sé que las ayudas caritativas no solucionan el problema de fondo, pero es la manera como el amor al prójimo fluye, en vez de estancarse.
   Los monasterios han sido mi entorno desde muy joven. Nunca me he arrepentido de ello, y puedo decir que he sido muy feliz. Ya sé también que si todos se dedicaran a ser monjes el mundo no funcionaría, pero lo mismo puede decirse de cualquier otra ocupación. Como nos enseñó San Pablo, somos las partes de un cuerpo, que necesita los brazos, las piernas, los ojos, la boca, etc.
   Fui bautizado con el nombre de Eleuterio, que significa "libre", poco tiempo después de nacer. Era el año 530 después de Cristo, como se cuenta el tiempo ahora último. Y cuando voy acercándome a los setenta de edad, y ya estoy tan enfermo que no puedo ni levantarme, me preparo para mi último viaje.
   ¿Qué le diré al Padre cuando llegue al otro ámbito? Le contaré aquellas cosas de las que he sido testigo. Las buenas y las malas. Él sabe demás que los seres humanos somos imperfectos, y nos equivocamos. Dios lo sabe todo, por eso contarle algo no es informar, sino es una muestra de amistad y de cercanía.
   Le hablaré de Benito de Nursia, un hombre extraordinario, que decidió renunciar a lo mundano, y partió a conocer a las personas. Enseñaba a leer y a escribir a los hijos e hijas de los campesinos, y gracias a eso podía tener lo necesario para comer y para dormir bajo techo. Hasta que, siguiendo una intuición profunda organizó una comunidad, a la cual yo quise pertenecer en cuanto pude, y aquí estoy. Nos llaman los benedictinos. Benito fundó también una comunidad femenina, a cargo de su hermana Escolástica.
   Al Padre le hablaré también del emperador Justiniano, a quien se le tenía gran estimación en los tiempos en que yo era niño. Esa edad en que uno no entiende mucho acerca de cosas difíciles. Sin embargo, después cuando empecé a entender me di cuenta que ese tal Justiniano no mereció la admiración que producía. En su afán de uniformar el pensamiento de la Iglesia, como han hecho todos los emperadores desde Constantino, no se le ocurrió nada mejor que desautorizar el pensamiento de un Padre de la Iglesia. Condenó nada menos que al gran Orígenes, el alejandrino que nos enseñó cómo tener los ojos que se requieren para leer e interpretar los libros sagrados. Y nos enseñó que hasta el mejor de los pensamientos no es más que eso: lo mejor que se ha pensado hasta el momento, pero a la vez, un llamado a esperar que esa idea sea superada más adelante, en continua evolución. Y nos enseñó muchas cosas más, una de las cuales no gustó a Justiniano.
   Le diré a Dios qué fue eso que no agradó al emperador. Se trata de la preexistencia del alma y la restauración de ésta después de la muerte. Justiniano temió que ese concepto pudiere llevar a la gente a creer en la reencarnación, incluida la idea de karma, que se enseña en otras religiones no cristianas.
   Como Vigilio, el Patriarca de Roma de aquel entonces, no estuvo de acuerdo con Justiniano, éste lo tomó prisionero y lo mandó a Constantinopla. Vigilio murió en cautiverio, diez años después.
   También le hablaré a Dios de mi gran amigo Gregorio, el actual Patriarca de Roma. Nos conocimos cuando él ingresó al convento en el que yo estaba. Venía de haber renunciado a la prefectura de Roma, para incorporarse a una vida de oración.
   Gregorio es diez años más joven que yo, pero entablamos una amistad muy sólida. Al principio conversábamos poco, y teníamos que hacerlo a escondidas, porque no era bien visto, pero después yo fui nombrado abad, y entonces ya teníamos más libertad.
   Me contó que tanto su abuelo como su bisabuelo habían sido patriarcas de Roma. También hablamos asuntos más importantes, ya que él ha sido estudioso. Siempre volvíamos a un tema que fue recurrente en nuestros diálogos: ¿Qué pasa con el alma de la persona después de la muerte? Nos apoyábamos mucho en Orígenes, quien predicaba acerca de la salvación universal.
   De ese modo, ambos estuvimos de acuerdo en que una sola vida no a todos les alcanza para arribar al Paraíso. No llegábamos mucho más allá que esa gran verdad, hasta que Gregorio me habló de un concepto que él había escuchado en alguna parte, y que le hace sentido: el Purgatorio. Me explicó que es el lugar donde van los muertos, como el Hades de la mitología griega.
   Para mí, eso resultó novedoso, pues no lo había escuchado nunca. Todo puede ser, digo yo. Es otra forma de imaginar lo que sigue después de la vida de acá. En la práctica, si comparamos el Purgatorio con la Reencarnación, son dos maneras distintas de decir lo mismo. De dar una forma tangible a algo que desconocemos.
   Gregorio hizo un gran aporte a nuestro monasterio. Un canto precioso, que eleva las almas hacia lo divino, y crea una atmósfera propicia para la oración. A esa música le llamamos "el canto de fray Gregorio". Lo rescató desde antiguas músicas que se tocaban en las primeras comunidades cristianas.
   Sólo cuatro años estuvo Gregorio en ese convento. Un día, llegó un mensajero de Benedicto I. Me pidió autorizar a Gregorio para retirarse del monasterio, pues iba a ser nombrado en un importante cargo diplomático de la Iglesia, en Constantinopla. Lo conversé con Gregorio. Al comienzo, él no quería aceptar dicha investidura, pero logré convencerlo, pues era importante para él y para la Iglesia. Así fue como perdimos a Gregorio para la vida monástica, pero lo ganamos para la jerarquía de la Iglesia. En efecto, ocho años después, Gregorio fue nombrado secretario de Pelagio II, aquel patriarca que no veía con buenos ojos eso de que los presbíteros fueran casados.
   Un poco después, Gregorio fue elegido Patriarca de Roma. Me puse contento, ya que Gregorio tiene grana aptitud para dirigir nuestra institución eclesiástica. De hecho, hasta ahora ha sido un gran Pontífice. Muy especialmente en lo que se refiere a las misiones. Las ha efectuado hacia el norte y hacia el oeste, hasta llegar a la tierra de los anglos.
   Más de una vez fui a Roma a conversar con el Patriarca Gregorio. Me contó acerca de sus escritos. Y del canto monástico que está implantando en la Iglesia. Es el que llamábamos "canto de fray Gregorio".
   Me trasladé a un convento en Roma., y mientras pude, asistí a sus homilías, generalmente sabias... Con una excepción, debo decirlo... Es que nadie es perfecto, todos caemos en alguna parte del camino, y nos volvemos a levantar. ¿Cuántas caídas tendré yo? Innumerables.
   El error cometido por Gregorio tiene relación con el rol de la mujer en la Iglesia. Talvez por influencia de su antecesor Pelagio II. El caso es que dijo que María Magdalena y la mujer pecadora que ungió a Jesús eran una misma persona. De acuerdo a los evangelios, eso no es así. Pero, desde que el Patriarca lo ha dicho, las mujeres agacharon la cabeza viendo a su santa símbolo caerse del pedestal. Y los hombres han respirado hondo sintiéndose a salvo de interferencias femeninas en la Iglesia. Es lamentable, además de injusto.
   Bueno, pero fuera de eso, la trayectoria de Gregorio ha sido impecable.
   Otro aporte de Gregorio ha sido el uso masivo de campanarios en los templos, para los anuncios importantes, aunque sólo sea la llamada a los oficios litúrgicos.
   El patriarca Gregorio no olvida a su amigo. Me ha venido a visitar, estando yo muy enfermo. Trato de conversar con él, como en los viejos tiempos, pero apenas me sale la voz. Más bien, es él quien me habla, dándome ánimo y buen humor.

   

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