ARISTODEMO                    Un lugar literario
Los santos de Asís         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   16.- Maseo adquiere humildad

   Asís es un pueblito muy bello. Casi tanto como Marignano, mi pueblo natal, donde lo pasé muy bien, tranquilo y sin reparos. La mayoría de las niñas se enamoraba de mí, y yo disfrutaba contándoles mis aventuras, no siempre tan verdaderas, claro está, porque siempre me ha gustado ser atrayente.
   Ahora, me pregunto por qué se me ocurrió venirme a la Porciúncula, a hacer penitencia y oración. Nadie quería creerme cuando lo anuncié, en casa de mis padres, frente a un nutrido grupo de amistades. Se rieron, creyendo que me estaba burlando de ellos.
   Me parece saber por qué tomé esta decisión tan insólita, pero yo mismo no logro creerme. El asunto me empezó a atrapar esa vez que escuché a Francisco en la plaza de Marignano. Dijo cosas que me impactaron. Mi formación fue siempre muy cristiana, y en ese momento me di cuenta que yo también quiero que los cristianos nos restauremos. Empezando por uno mismo, pues soy la persona que tengo más a mano y en la que más puedo influir.
   Así fue como llegué a este hermoso lugar, y vestí ese deslucido hábito de color indeterminado. Mal no me va a hacer. No me siento obligado a quedarme para siempre, pero intentaré permanecer por un buen tiempo. Ignoro qué hago aquí, pero sé que éste es mi lugar. Talvez tenga yo alguna misión, con estos muchachos jóvenes como yo, pero más alocados, hasta divertidos. El siglo me tenía hastiado. Yo necesitaba un cambio radical.
   Han quedado atrás mis éxitos en el amor, que no era realmente amor, sino algo que sólo alimentaba mi orgullo, mis ganas de tener una buena estampa. He sido un barril sin fondo. En cambio, lo de acá no me deja vacío. El día pasa rápido, lleno de cosas que no se continúan, pero van dejando algo. Al final de cada jornada puedo preguntarme con qué me quedo después de este día y siempre surge algo importante. Empiezo a encontrar un sentido a la vida. No todo ha de ser fuerza.
   -Algo quiere enseñarnos Jesús al bajar desde lo más excelso hasta la más pobre situación humana -me dijo Francisco una tarde, y ese pensamiento me ha seguido rondando.
   A las pocas semanas alcancé un enorme cansancio y llegué a saber lo que es el hambre. Tenía muchas ganas de comerme un buen trozo de carne asada y tomarme un vaso de vino. Sin embargo, veía cómo Francisco miraba los panes, que ya estaban un poco duros, y decía que eran sus tesoros. Y lo repetía una y otra vez, con un convencimiento tan asombroso, que yo no podía evitar que mi mano se fuera a uno de los panes y de ahí a mi boca, al mismo tiempo que Francisco y los demás.
   Un solo pan quedaba cuando entró Rufino, llegando de su extendida oración. Se lo habíamos dejado, sin siquiera ponernos de acuerdo.
   -¿Sabéis quién es el alma más santa que hay en el mundo? -preguntó Francisco.
   -Tú -respondimos todos con certeza.
   -No, Hermanos. Yo soy indigno y vil.
   -Entonces, no sabemos quién -fuimos diciendo uno a uno.
   -¡El hermano Rufino! -exclamó Francisco, y en ese momento el aludido se puso rojo e intentó rechazar con una sonrisa el honor que estaba recibiendo.
   -Sí. Rufino nos enseña a estar atentos a la palabra de Jesús -continuó Francisco-, así es su oración, en lugares apartados.
   Acto seguido, Francisco nos habló de la manera cómo teníamos que vivir en los eremitorios. Nos aclaró que a él, nunca le ha gustado mucho andar escribiendo disposiciones normativas. Le gusta dar libertad como Dios nos enseña, según dice, pero la hermana Clara lo convenció de que las cosas no pueden funcionar así no más, de una manera tan silvestre, y que todo debe tener un orden. Fue así como Francisco estableció que sólo cuatro Hermanos por vez irían a las Cárceles, dos de ellos para orar propiamente, cada uno en una celda, y los otros dos quedarían cuidando la oración de sus Hermanos y preparando algo de comer una vez al día.
   -Dos serán Marías y dos serán Martas -dijo Francisco para redondear-, y tendrán que alternar día por medio.
   A esas alturas, ya todos sabíamos la historia de Marta y María, que relata el evangelista Lucas con motivo de una visita que Jesús hiciera a las hermanas de Lázaro, en Betania.
   Necesito cultivar en mí una humildad a la que no estoy acostumbrado. Francisco me ayuda en esto, y creo que lo disfruta, pero no me importa porque es algo que necesito.
   -Hermano Maseo -me dijo un día, delante de todos-, tus compañeros tienen una gracia que tú no tienes..., la oración contemplativa.
   -Sí -reconocí-, pero en cambio, yo puedo predicar en buena forma y agradar a la gente.
   Entonces, me di cuenta que yo buscaba ensalzarme. Ésa es la vestidura que tengo que sacarme. La sonrisa con que Francisco recibió mi respuesta hablaba por sí sola. Él es capaz de estar contento con tan poco, y contagiar esa alegría. Parece un tipo superficial, pero es muy profundo.
   -Hermano Maseo -insistió-, quiero que ayudes a los Hermanos a su oración, que la puedan tener con mucha libertad... Me refiero a los que quedan acá en la Porciúncula.
   -De acuerdo.
   -Quedas encargado de atender la puerta y la cocina.
   -Está bien -acepté, inclinando la cabeza.
   Me dediqué a la puerta y a la cocina durante días completos, por varias semanas. Me quedaban pocos ratos libres para pensar un poco. Tenía que correr de un lado a otro, dejar las papas a medio pelar para ir a abrir la puerta. Él quiere que yo aprenda a servir a los demás. Me ha dicho que eso es lo que me faltó aprender en el siglo. Y tiene razón. Me lo dice con tan buen ánimo que no puedo quejarme ni rebelarme. Entendí que me falta humildad. No sé si aguantaré mucho tiempo, pero estaré hasta donde pueda. Entré acá más que nada porque quiero aprender a orar. Eso es lo que yo considero que me falta. Pero, Francisco no lo ve igual y no me da ese espacio.
   Una cosa es rezar mientras cocino, pero yo necesitaba dar un paso más. De todos modos, es grato estar en la Porciúncula. El intelecto hay que dejarlo un poco de lado. Es que en el siglo hemos desarrollado solamente eso. No pensar tanto antes de dar un paso, pues se corre el riesgo de no darlo. Ya soy más espontáneo, y acepto que a veces los otros tienen la razón y no yo. Le doy más cabida al sentimiento.
   Yo necesitaba también tener largos momentos de oración, y como no podía lograrlos durante el día, decidí dármelos en las noches. Por eso, dormía poco, y esperaba con optimismo que todo eso no durara para siempre. En mi oración pedía a Dios la virtud de la humildad. Poco a poco empecé a aprender a orar con todo el sentimiento y toda su expresión, hasta con lágrimas, a veces de tristeza, a veces de alegría.
   Las privaciones cuestan al principio, pero me van dejando un espacio para descubrir novedades necesarias, que antes se me pasaban por el lado. Los de afuera podrán decir que aquí se pierde el tiempo, desentendido de las cosas importantes. Creo que será por un tiempo. Es un aprendizaje. Cuando sepa cómo vivir la vida, podré salir al mundo nuevamente. Cambiado. Distinto. Mejor.
   Mis compañeros intercedieron por mí, y un buen día, Francisco tuvo a bien liberarme de la obligación del servicio diario. A partir de entonces, nos turnamos para tal labor. Gracias a ese gesto de mis Hermanos, ahora puedo orar de día y dormir de noche.
   -Tengo una misión para ti, hermano Maseo -me anunció Francisco, varias semanas después.
   -Gracias, de antemano, hermano Francisco -respondí, contento, aún cuando temía que aquí viniera otra de esas pruebas.
   -Quiero que vayas a ver al hermano Silvestre que está en las Cárceles.
   -Encantado.
   -Ocurre que él tiene una gran claridad de escucha, y yo necesito salir de una duda que me tiene muy confuso.
   -¿Qué he de decirle al hermano Silvestre?
   -Que me ponga en su oración, y... escuche..., escuche muy bien, ¿me entiendes?
   -Sí, hermano Francisco.
   -Necesito saber si acaso Dios quiere que me dedique a la oración o que salga al mundo a llevar su palabra.
   -Ya veo, pues... yo iré a preguntárselo.
   -Y unos tres días después irás de nuevo, a buscar la respuesta.
   Accedí de muy buen grado. Además, el día estaba lindo para un paseo. Me dirigí a las Cárceles, y esperé que el hermano Silvestre acudiera al comedor, y entonces aproveché el momento para comunicarle el encargo del hermano Francisco.
   -Muy bien -afirmó-. Dile que esté tranquilo. Y ven dentro de tres días a buscar la respuesta.
   Me quedó la impresión de que no era primera vez que Silvestre recibía una solicitud así de parte de Francisco. Me despedí y volví a la Porciúncula. Al día siguiente, en la mañana, me llamó el hermano Francisco.
   -¿Sabes, hermano Maseo? -me preguntó-. Es necesario asegurarse, así que hoy irás a San Damián y le pedirás el mismo favor a la hermana Clara. Ella tiene la mejor escucha que conozco. Le pediré al hermano Ángel que te acompañe.
   No era permitido que un Hermano fuese solo a San Damián. En nuestro reglamento estaba el ir acompañado, así pues, partí con Ángel, y con alegría también. El trayecto a pie fue muy conversado.
   -Una vez que yo iba caminando con el hermano Francisco -empecé a contarle a Ángel- llegamos a un cruce desde el cual se podía ir a Siena, a Florencia, o a Arezzo. Entonces le pregunté a Francisco por cuál senda iríamos. “Dios dirá” fue su primera respuesta.
   El hermano Ángel sonrió, y yo proseguí con mi historia:
   -Para profundizar un poco, me mandó que girara sobre mí mismo muchas vueltas.
   -No te creo -sostuvo Ángel riendo.
   -Yo me sorprendí mucho porque me estaba mandando a hacer algo que hacen los niños chicos.
   -Claro.
   -Me puse a dar vueltas. Imagínate... Y cuando casi caigo mareado me ordenó detenerme. Él no me estaba mirando. “¿Hacia dónde quedaste mirando?” me preguntó. Le dije que hacia Siena..., y para allá partimos.
   El hermano Ángel disfrutó mucho con el relato. Todavía reíamos cuando llegamos a San Damián. La Hermana que nos abrió la puerta nos hizo pasar al comedor, pues es el único lugar que tienen las Hermanas Menores para recibir a las escasas visitas que se presentan. Nos convidaron un vaso de agua, que bastante falta nos hacía.
   Luego de unos minutos llegó la hermana Clara, una mujer bellísima, que yo no conocía, y que ni siquiera me imaginaba que pudiera existir hermosura igual. Que Dios me perdone por pensar la verdad, pero ninguna de las admiradoras que yo tenía cuando estaba en el siglo habría podido emular a la hermana Clara.
   -Vengo de parte del hermano Francisco -exclamé con mi mejor sonrisa, en cuanto me repuse.
   -¿Y por qué no vino él personalmente? -me preguntó Clara, con verdadera desilusión.
   No atinaba a darle ninguna respuesta, porque quedé abatido. Me sentía menospreciado. Me limité a explicarle cuál era la inquietud del hermano Francisco.
   -Él confía en lo que escuches en tu oración -aclaré.
   La hermana Clara prometió tenerme una respuesta dentro de tres días. Nos despedimos con formalidad, y emprendí el camino de vuelta, junto a Ángel.
   -¿Qué pasó en Siena esa vez? -me preguntó cuando ya empezábamos a alejarnos de San Damián.
   -La gente salió a nuestro encuentro -le conté-. Tú sabes que Francisco es muy querido. Nos llevaban en andas, y nos tuvieron que bajar al suelo de improviso porque al llegar a la plaza había una pelea entre dos tipos.
   -¿Vosotros caísteis al suelo?
   -Por poco nos caímos. Francisco les empezó a hablar mientras se ordenaba la túnica, que casi se le había salido.
   -Ya sé. Los reconcilió.
   -¿Cómo supiste?
   -Conozco bien al hermano Francisco.
   -¿Sí? Y entonces... ¿ qué me dices de esto otro?
   -¿Qué otro?
   -Mira. Esa noche dormimos en casa del obispo, que nos recibió muy bien y nos atendió como si fuéramos reyes.
   -¿Y?
   -En la mañana siguiente, al alba, me dijo “Nos vamos”, y salimos de ahí sin despedirnos siquiera. El obispo aún dormía. A mí me dio vergüenza ser tan descortés.
   -Pero, Maseo, ¿te das cuenta lo que dices?
   -Perfectamente.
   -¿Crees que el obispo sufrió mucho cuando vio que vosotros ya no estábais?
   -No. El que se sintió mal fui yo.
   -Claro. No cumpliste con lo que tú mismo esperabas de tí.
   -Sí. ¿Acaso no tengo derecho...? Ángel, me estás fastidiando.
   Ángel rió, y me hizo ver que Francisco nos enseña a renunciar a cosas a las que uno tiene derecho. No conversamos mucho más en ese trayecto. Ambos quedamos sumidos en nuestros pensamientos.
   Dos días después fui a buscar la respuesta del hermano Silvestre.
   -Di a Francisco, de parte de Dios -empezó a hablar Silvestre con cierta solemnidad-, que Él no lo está llamando sólo para sembrar, sino también para cosechar fruto de almas.
   Le transmití esa respuesta al hermano Francisco, quien la recibió contento, y me advirtió que no conversara eso con nadie, mientras no le haya traído la visión de Clara, lo cual habría de ocurrir al día siguiente. Me puse de acuerdo con Ángel para salir después de su oración, y así lo hicimos.
   -Anteayer me volvió a desconcertar el hermano Francisco -le conté a Ángel por el camino-. Le salí al encuentro cuando volvía de su oración y le pregunté algo que, desde el día anterior estaba con ganas de averiguar, y no me había atrevido.
   -¿Qué es eso tan misterioso?
   -Mira, ya te habrás fijado que todo el mundo viene atraído por Francisco, y sólo se interesan por él, que no es precisamente un tipo que tenga una presencia... ¿cómo te diría...? o sea..., es chiquito, y flaquito...
   -Eres incorregible, Maseo.
   -Mejor no te cuento nada.
   Estuvimos en silencio por largos minutos, y cuando casi llegábamos a San Damián, Ángel me pidió:
   -Por favor, continúa con ese relato.
   -Esa vez le pregunté a Francisco -seguí contando-, “¿por qué a tí?, ¿por qué todos van detrás de tí y quieren verte?, ¿por qué a tí?”
   -¿Ya?
   -Francisco entendió perfectamente la raíz de mi inquietud -expliqué a Ángel, e iba a seguir con mi historia, pero como ya estábamos llegando a San Damián, dejamos la conversación para después.
   La hermana Clara nos recibió en el comedor, amistosamente, y me contó que antes de terminar el primer día ya obtuvo la respuesta a la consulta del hermano Francisco, y que la corroboró preguntándole a la Hermana más simple y sencilla de todas, y que también ella en su oración escuchó lo mismo.
   -Puedes decirle al hermano Francisco -concluyó- que la oración ha de ser complementada. Lo que Dios quiere de él es que anuncie el Reino de Dios llevando la Palabra a otros para que también puedan salvarse.
   Quedé impresionado por la similitud de esa respuesta en relación a la del hermano Silvestre, pero no dije nada, pues así lo prometí a Francisco.
   -Dios nos ha llamado -agregó Clara- para que seamos modelo de vida cristiana... y un espejo ante los demás.
   Por el camino de vuelta, yo trataba de digerir esas últimas palabras de Clara. Es muy profunda esta chica. Después, seguí contando a Ángel ese otro asunto de hace unos días.
   -“¿Quieres saber por qué a mí?” -repetí para Ángel los mismos términos de Francisco.
   -Me respondió que él está marcado -proseguí-. Según él, muestra en sí la iniquidad que el Señor ha de curar.
   -Como dice el evangelio -acotó Ángel-, “el que se humilla será ensalzado”.
   -Bueno -dije solamente, y guardé silencio durante largo trecho. Algún día, Francisco logrará hacerme humilde.
   Cuando íbamos llegando a la Porciúncula, ya era un poco tarde, y Francisco salió a recibirnos, muy amistoso, como si yo fuera un regalo. Nos lavó los pies, y nos sirvió comida. Nos conversó mientras esperaba que termináramos, y después que Ángel se retiró comprendiendo que su parte estaba lista, Francisco se puso en actitud de acoger la voluntad de Dios. Se arrodilló y cruzó los brazos.
   -¿Qué quiere de mí el Señor Jesucristo? -me preguntó.
   Le repetí las respuestas escuchadas por Clara y por Silvestre, que eran muy parecidas. Francisco permaneció recogido por unos minutos y después se levantó, fervoroso, y con ganas de partir pronto.
   -En nombre de Dios, iniciemos ya este nuevo camino.
   Al día siguiente, en cuanto nos levantamos, ya tenía dispuestas las asignaciones de cada Hermano a diferentes partes del mundo.
   -Tú irás conmigo a Francia -me dijo.

 
   17.- Clara y su vida cotidiana

   Francisco nos ha visitado varias veces, lo cual me deja muy contenta. Yo le pido que de vez en cuando venga un Maestro a darnos alguna enseñanza.
   -Clara -me dijo durante su visita del mes pasado-, tengo una duda.
   -Si puedo ayudarte... -respondí.
   -Claro que puedes. Tú lo puedes todo.
   Felipe Longo y Bienvenida, que nos acompañan, movieron sus cabezas en señal de confirmación, mientras yo me limité a reír.
   -A través tuyo me habla Dios -agregó Francisco, con seriedad- y Él ha quedado de decirme en qué forma he de dirigir el camino de los Hermanos.
   -Pues, creo que eso te lo escribió en el evangelio. Abrí un librito que me regaló el obispo Guido hace muchos años atrás, y sin buscar mucho encontré la palabra y la leí en voz alta:
   -“Vosotros sois la sal de este mundo. Y si la sal deja de estar salada, ¿cómo podrá recobrar su sabor?”
   Todos nos quedamos meditando un rato.
   -Ya veo -exclamó Francisco-. Los cristianos tenemos que recuperar nuestro sabor.
   -Justamente -afirmé-. Eso es lo que has estado tratando de lograr, y nosotras también.
   -Entonces, intentaremos ser un poco más salados -prometió Felipe.
   Reímos de nuevo, y después Francisco nos habló de sus viajes y de los nuevos Hermanos que han ingresado, algunos sacerdotes, y una gran cantidad de laicos. También me preguntó por las nuevas Hermanas que llegaron a San Damián.
   -Hace poco llegó Benedetta.
   -¡Ah! La prima de Ángel Tancredi.
   -Sí. Es una persona muy culta. Sabe muchas cosas. Un poco antes había llegado Cecilia de Caciaguerra.
   Después le hablé de mi sobrina Balbina, la hija del señor Martín de Coccorano.
   -Me visitó una vez, sin imaginar que iba a querer quedarse. Y después llegó Felipa.
   -¿La hija de Leonardo de Gislerio?
   -Sí. El señor que nos recibió en su casa en Perugia, cuando yo era chica.
   Como Francisco puso cara de tristeza al recordar sus aventuras revolucionarias, tuve que sonreírle.
   -No te pongas así, pues de eso ya estamos reconciliados hace tiempo -lo tranquilicé.
   -Es verdad -reconoció, volviendo a su alegría.
   -Bueno, Felipa también empezó visitándome, y le hablé de como Jesús soportó tanto, por la salvación de la humanidad. Al poco tiempo, ella vino a quedarse.
   -¿Y Cecilia? -intervino Felipe Longo, nuestro visitador.
   -¡Ah! Mi amiga -expresé- ella quedó admirada al escucharte, Felipe.
   -Al escucharnos.
   -Balbina resultó muy aplicada -les conté que a los pocos días de llegar ya decidió establecerse fuera de Asís, en Vallegloria, con un par de amigas.
   -Estoy enviando a Pacífica -agregué- para que las adiestre.
   Les conté que a las Hermanas nuevas les damos formación para que logren acallar el ruido del mundo y puedan establecer una intimidad con Dios. Y que vivamos en una convivencia fraterna, libres, ligeras y sin carga. Y que tengan cuidado con los apegos y holguras porque las pueden hacer olvidar la necesidad esencial.
   Antes de retirarse, Francisco bebió el poco vino que, como gran cosa, pude poner en su vaso en esa oportunidad. Mientras yo lo miraba irse, me suplicó que comiera un poco más cada día. A él le parece que yo ayuno demasiado. Es que ésa es la manera de vivir que elegimos. Compartir con los pobres no es una carga pesada. La penitencia me da fuerza para transformar mis actitudes y mi manera de relacionarme con las personas. Me abre a la oración porque mi cuerpo empalma mejor en mi espíritu. De todos modos le he hecho caso, pero a veces la comida no alcanza.

         * * *

   Cristo nos enseña que el más importante ha de servir a los demás. Por eso, ya que me han puesto de Abadesa, nombre demasiado pomposo, me toca ser la mayor de las Menores. La mayor servidora, la que se levanta primero y se acuesta última. La que da el ejemplo. Eso trato, enseñar el desapego. He decidido ser yo la que sirva a la mesa, lave los platos, atienda a las Hermanas enfermas. Entre todas me ayudan, y compartimos los trabajos en forma muy natural. Hacemos lo que se hace en una casa: limpiar, ordenar, adornar, cocinar. Cada una lava su ropa.
   Me preocupo de los detalles. Acepté ser abadesa, pero no puedo ser mamá de Pacífica. Siempre será ella la figura de experiencia. Tenemos tiempos para la oración y también para reír y cantar y cuidar el jardín. A casi todas nos gusta bordar. Nuestra tendencia es a andar todas juntas.
   Tenemos vivencias con mucha mística. Es una sensación rica de estar en el propio origen, tocando una plenitud y una serena alegría con la piel del alma. Somos como hermanas de Jesús, y queremos transformarnos en la forma que Él nos enseña. En la misma forma en que queremos que la Iglesia se transforme. Les leo y traduzco a las Hermanas el libro que me regaló Francisco. Es un Evangelio en latín. Seremos sembradoras, y alguna semilla caerá en tierra buena y dará fruto.
   Cada día le toca a un grupo de dos o tres Hermanas salir afuera, a los hospitales, a atender a los pobres y darles de comer y vestir, especialmente a los niños. Y aquellas que les toca quedarse en casa reciben a la gente del pueblo que llega hasta acá a pedir, aunque sea una oración, como dicen ellos. A una señora que vino a que rogáramos por ella porque no había podido tener un hijo, le encargué que le enseñara a tejer a unas niñas huérfanas que también acostumbran a llegar por estos lados. Recé mucho por esta señora, y al final pudo quedar embarazada. Su esposo estaba tan agradecido que acudió un día a expresarlo. Quiso la casualidad que su presencia en San Damián coincidiera con la de un joven que había venido a lamentarse de que no tenía trabajo.
   -¿Qué sabes hacer? -le preguntó el hombre, pues tenía un negocio.
   Ese mismo día, el joven quedó contratado como vendedor.
   El padre Silvestre se maravilla de todo esto y nos lo repite cada domingo cuando viene a decir la misa.
   Así transcurre la vida en este pequeño convento en que Dios nos regala su presencia y su cuidado. Ayer, no más, ocurrió algo notable que aún no sé cómo interpretar, pero lo recibo con alegría. Cuando fui a tratar de encender la lámpara del altar, no pude hacerlo porque se nos había terminado el aceite. Tomé el frasco vacío y lo puse afuera, al lado de la puerta, ya que en la tarde vendría el hermano Bentivegna a traernos unas pocas provisiones. Como a las cuatro llegó éste y le mandé decir que por favor nos trajera aceite la próxima vez que venga. Al poco rato, apareció el Hermano en el comedor, con el frasco lleno y me preguntó si acaso le estaba haciendo una broma.
   -¿Por qué?
   -Porque estás pidiendo aceite, hermana Clara, cuando no te falta.
   -Eres tú el de la broma. ¿Tan pronto conseguiste aceite?
   -Yo no conseguí nada.
   No nos entendíamos, hasta que tuvimos que asumir la misteriosa realidad. Alguien ha debido poner aceite en la pequeña vasija, pero no se vio pasar a nadie por ahí. Como sea que haya ocurrido, lo estoy agradeciendo a la providencia divina.
   Hoy se lo conté a Francisco, que vino con Felipe a vernos. Lo tomó con naturalidad, como si fuera algo que pasa todos los días. Tanto así, que me atreví a proponer una oración que se me había ocurrido en la mañana, y que no sabía si la iban a encontrar muy loca.
   -¿Representemos personajes de la vida de Jesús?
   Todos aceptaron encantados. Yo quise ser María Magdalena. Francisco resolvió ser el apóstol Pedro, mientras Felipe asumió al apóstol que lleva su nombre, y Bienvenida interpretó a la Virgen María. Así, nos instalamos en nuestro pequeño cenáculo, y tuvimos una oración preciosa, encarnando esa feliz escena en que... a mí me tocó empezar, diciendo “Jesús ha resucitado”.

 
   18.- Francisco contemplativo y evangelizador

   Tuve mi desierto en la isla del lago. El Trasimeno, muy cerca de Perugia. Estando en él, me imagino que es el Genesaret, y así ya empiezo a entrar en oración. Toda la última cuaresma la pasé en medio de la isla, que tiene bastante vegetación e insectos, pero es desierta en cuanto a personas. Llevé seis panes para los primeros días, confiando en que los árboles me proporcionarían algo de comer, lo que sólo resultó parcialmente cierto.
   Un amigo que tengo en Perugia tuvo la buena voluntad de llevarme hasta allá en su embarcación, y se resistió mucho a dejarme solo. Tuve que porfiar en todos los tonos, hasta que lo convencí.
   -Ven a buscarme para el Jueves Santo -le solicité.
   -Pero... si faltan varias semanas para eso.
   -Sí. Así lo quiero.
   -Eres un loco -sentenció al irse.
   Lo observé mientras se alejaba remando. Ambos reíamos.
   Con ramas armé una choza para protegerme del frío de la noche y del calor del día. A poco de llegar me hice amigo de un conejo que me visitaba a menudo.
   Dispuse de largas horas para mis oraciones, y también para soñar cómo ha de renovarse la iglesia. Cada vez que un Papa ha querido reformarla ha tenido serios problemas. Lo han perseguido, lo han apresado, lo han destruido. No son las personas con poder las que pueden provocar los cambios que lleven a la Iglesia a su pureza original. No. Son los pobres, los marginados. El cambio viene desde abajo. El mismo pontífice actual, Inocencio, con toda su intención reformadora y con el poder que hoy tiene, no ha logrado mayor eficacia. Por el contrario, ha confiado en soldados belicosos que no merecían esa confianza, ha exterminado a los herejes en vez de enseñarles. ¿Qué nos enseña Cristo? Por otra parte, no creo que esto pueda mejorar si no mejora cada persona.
   Tuve tiempo también de reflexionar acerca de esa vergonzosa cruzada de los jóvenes pobres, que no sé quién organizó. Precisamente los que tienen más posibilidades de generar algún cambio, resulta que están metidos en el mismo lodo de los adultos. Muchachos y muchachas, postergados por la sociedad, acudieron con intenciones de luchar sin armas. Han ido así, con la pretensión de recuperar los lugares santos. . . sin un intento de reparar los lugares espirituales en que estamos los cristianos. Muchos de estos niños murieron, y los que no, fueron arrastrados por la esclavitud y la prostitución. ¿Hacia dónde va el mundo? Es lo que me pregunto.
   Recé extensas jornadas en este islote. Y al volver al mundo, en Semana Santa, me propuse ir a predicar a Siria. Con León lo intenté. Embarcamos en Ancona, pero la aventura duró muy poco. Una tempestad nos impidió alcanzar el destino previsto, y tuvimos que desembarcar en la costa adriática. Desde ahí no teníamos ninguna posibilidad de ir directamente a Siria sin volver a Italia. Lo complicado fue que tampoco había oferta de viajes a parte alguna. Por suerte pudimos abordar, después de dos semanas, una pequeña embarcación, muy precaria, en que unos navegantes aficionados querían ir a Ancona. No fue fácil lograr que nos dejaran participar de esa expedición. Tuvimos que aportar la alimentación para todo el grupo, la cual fue conseguida gracias a las limosnas que ya estábamos acostumbrados a pedir. El viaje fue largo y azaroso. En varias ocasiones estuvimos a punto de naufragar, hasta que finalmente estuvimos de vuelta en Italia.
   -Vuestras oraciones nos salvaron de morir -nos dijo uno de los improvisados marineros, al despedirnos.

         * * *

   Fue en nuestro propio país, donde se nos unió mucha gente. En una oportunidad, un joven pobre se nos acercó a pedir limosna. Uno de nuestros nuevos discípulos hizo un comentario temiendo que se tratara de un rico que se hacía pasar por pobre. Le expliqué con gran paciencia que los ricos viviendo como pobres éramos precisamente nosotros, porque habíamos renunciado a seguir siendo ricos. Entonces, nuestro joven seguidor recapacitó. Volvió unos pasos atrás y se arrodilló frente al mendigo. Además, le regaló la capa. Fue una escena notable que me hizo recordar mis inicios.
   Varios meses después, yendo con León por la región de la Romagna, pasamos muy cerca del castillo de Montefeltro. Como se veía mucha gente en movimiento por el sector, preguntamos a qué se debía esta actividad. Nos respondieron que un joven noble sería armado caballero, y por eso había esta fiesta, hasta con invitados extranjeros. Estaban todos tan contentos que nos invitaron a participar. Al principio, nos íbamos a negar, pero insistieron tanto que nos quedamos, pensando en evangelizar a esas personas. Caminamos junto a ellos por el sendero hasta la plaza de armas, en el pequeño pueblo. Mientras se reunía la gente, me armé de valor y me subí en una piedra.
   -Atención -grité un par de veces y me puse a relatar, amistosamente, las enseñanzas del evangelio. La gente nos escuchaba con interés. Cuando terminé mi alocución y me bajé de ahí se me acercó uno de los invitados, un señor noble que dijo ser Conde de Toscana. Su nombre es Orlando de Chiusi. Conversamos muchísimas cosas, pues resultó ser un hombre de gran simpatía. Me habló de sus tierras, y de cómo el monte Alverna se presta para la vida solitaria.
   -Es un lugar retirado... para la devoción -aclaró.
   -Quiero regalarte un terreno en ese monte -agregó entusiasmado, describiéndolo con toda clase de detalles.
   Me puse contento, pero le pedí que me lo prestara solamente, pues no quiero tener propiedades. Me di cuenta que el señor Orlando también se sentía feliz de poder ser generoso con nuestra fraternidad. Estábamos emocionados y nos abrazamos con verdadero afecto. Fijamos fecha para ir a conocer el lugar, a la semana siguiente. Llegado el día, acudí con Maseo, León y Ángel Tancredi. Llegó también Orlando de Chiusi con dos de sus hombres y nos explicó cómo llegar y hasta dónde se extiende nuestro campo en el monte Alverna. Lo encontramos fabuloso. Volví a insistir, eso sí, en que no quería ningún documento legal de propiedad.
   -Está bien -aceptó Orlando de Chiusi-. No haremos papeles, pero podéis disponer del sitio a vuestra entera voluntad.
   Fue un bello gesto, que agradecimos. Incluso, cuando vamos a Alverna, la gente del señor Orlando nos lleva comida. Y nos han ayudado con las chozas, y hasta nos trajeron una sólida mesa, que nos ha venido bien. Eso sí, les advertí a los Hermanos que no nos apeguemos a los generosos ofrecimientos del señor Orlando, ya que hemos decidido vivir en pobreza.
   Es un buen lugar para llegar, muy apropiado para la oración contemplativa, pero no nos hemos querido establecer de modo permanente. Nuestra vida sigue teniendo viajes de evangelización.

         * * *

   Estuvimos en Bolonia, cantando y predicando en las plazas. Bernardo se quedó allá por un tiempo, pues tiene vinculaciones con la Universidad, y los profesores le proporcionaron una pieza, y después de unos meses, una quinta completa. Bernardo no se instaló tampoco en Bolonia. Me acompañó a España, junto a varios de nuestra comunidad. Antes de salir, encargué a León que se quedara para atender a las Hermanas de San Damián. Aproveché la oportunidad para reiterar a los Hermanos que nosotros y las mujeres formamos parte de una misma comunidad, aunque vivamos en lugares diferentes.
   Por supuesto, fui a despedirme de Clara. Tiene un jardín muy bien cuidado, con unos rosales bellísimos. Y el pozo, hasta tiene agua.
   Partimos hacia España pasando por Francia. Como trovadores que somos, llevamos alegría y proporcionamos canciones además de dar a conocer el evangelio. Algunos hacían lo que podían, pues no son tan entonados como el resto. Llegamos después de muchos días a Navarra, en el norte. Nos detuvimos en una pequeña y acogedora aldea llamada Rocaforte. A poco de llegar, ya entrábamos en casa de un anciano que se estaba muriendo. La fiebre lo hacía delirar, y decía cosas simpáticas. Nos quedamos a cuidarlo un día entero y vimos como mejoraba lentamente. Sin embargo, teníamos que irnos, así que le pedí a Bernardo que se quedara con el enfermo, pues si lo dejábamos solo se iba a morir. Bernardo aceptó, gracias a su buena voluntad. Eso le significó perderse una peregrinación a Santiago de Compostela. No pudimos ir al sur, a la tierra ocupada por los árabes, no sólo por las dificultades propias de la situación sino también porque casi todos nos enfermamos del estómago. En consecuencia, se frustró el viaje a Marruecos, que era mi principal objetivo. Talvez fue para mejor, porque en Asís está llegando gran cantidad de nuevos Hermanos, y hay que estar ahí para recibirlos y encauzarlos.
   Se nos unió Tomás de Celano, un escritor muy culto y de animada oratoria. También se nos unieron el noble Ricerio, Juan Parenti, y mi gran amigo Elías, que tiene una fuerza espiritual increíble y muchas ganas de restaurar la Iglesia. También ingresó a nuestro grupo el trovador Pacífico, que antes había estado dedicado a las improvisaciones picarescas. Le llamaban el "rey de los versos", y renunció a toda esa pompa para orientar su arte a algo completamente distinto.
   -Sácame del mundo ilusorio -me imploró, cuando le hablé de nuestra vida sencilla.
   He aceptado a todos los que renunciaron a sus posesiones y a las vanidades del siglo, sin importar su clase social ni su nivel de estudios. No tenemos un período de formación sino que, en el día a día, los nuevos van asimilando la forma de vida.
   Decidí ir a San Damián con Leonardo, otro de los nuevos..., para que conozca.
   -¿Vamos a ver a la hermana Clara? -le dije, y antes que alcanzara a responder, saltó al aire una exclamación de Junípero:
   -¡Ésa es tu frase favorita!
   Debo reconocer que tiene toda la razón.