ARISTODEMO                    Un lugar literario
Los santos de Asís         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   37.- Clara y el devenir de las Hermanas Menores

   El esposo de Beatriz se enfermó de gravedad, y los médicos no pudieron hacer nada por él. Fueron días tristes, en que mi hermana pequeña venía a San Damián muy seguido, y entre todas la consolábamos. Al final, se quedó acá y ya puedo decir que mi hermana menor es Hermana Menor. También entró mi tía Blanca, que la acompañaba en sus visitas. Esto ocurrió tres años después de la muerte de Francisco.
   Las cosas cambiaron mucho en ese tiempo. Se notó la ausencia del fundador. Entre los Hermanos empezaron a surgir conflictos. Unos, muy fieles a la pobreza, otros no tanto, algunos excesivamente apegados a la tradición del clero, otros con muchas ganas de hacer caminar a la Iglesia por mejor senda. Yo preguntaba a Dios "Señor, ¿qué hago?", y también interrogaba a Felipe, nuestro visitador, y lo enviaba de vuelta con las sugerencias que el Señor me susurraba, para que ellos resolvieran sus problemas. Siempre me agradecían mucho. Tuve que ser fuerte y plantarme muy firme, así los Hermanos limaban sus asperezas.
   Entre medio de las dificultades, todo se amenizaba con las anécdotas de Junípero. Él contaba que cuando estaba en el eremitorio de Monte Casale, había una banda de ladrones por ahí cerca. La gran discusión de los Hermanos era si darles limosna o no. Francisco, que aún vivía, les dijo "Hemos sido enviados para los enfermos, no para los sanos. Id donde los hermanos bandidos y llevadles pan y vino. Leedles la palabra del Señor y haced que prometan no hacer daño a nadie". Al poco tiempo, esos bandidos dejaron de cometer delitos. Incluso, uno de ellos ingresó a la fraternidad.
   En otra oportunidad, Junípero dio limosna a un mendigo, y como lo vio con mucho frío, quiso darle su hábito. Así lo hizo, a pesar de que le tenían prohibido volver a hacer eso. Cuando regresó al convento, se disculpó diciendo:
   -Me asaltaron.
   Así es este Junípero. Regala lo que encuentra, a tal punto que los Hermanos tienen que andar escondiendo las cosas.
   No menos entretenido resultó el hermano Egidio, el gigante tierno, como le decimos nosotras. Una vez vino a presenciar una disertación dada por Alejandro de Hales, prestigioso profesor de la Universidad de París. Yo estoy siempre consiguiendo estas conferencias de Teología, porque me gusta aprender un poco, y que las Hermanas también las reciban. Incluso vienen algunos Hermanos, así fue como ese día estaba Egidio, muy atento, hasta que de repente se levantó de su silla.
   -Dejadme que ahora hable yo -le dijo Egidio al filósofo- y se puso a dar una prédica simple, que tenía bastante relación con lo último que había escuchado.
   Después permitió que la docta clase continuara. Me acordé de Francisco, que una vez dijo "Deseo que mis Hermanos teólogos sean tan humildes que interrumpan su discurso si algún Hermano simple quiere decir su palabra".
   No todas las cosas que pasan ni las noticias que llegan son divertidas. Una vez ocurrió algo que me pareció atroz, y casi me morí del disgusto. Se trata de una bula llamada "Quo elongati", promulgada por el Papa Gregorio, que no sé por qué se ha puesto tan incomprensivo con nosotras, si antes no era así. En ese documento, no sólo toma partido por aquellos Hermanos que reniegan del testamento de Francisco, sino que además nos asestó un duro golpe a las Menores. Obliga a los Hermanos a solicitar el consentimiento del Papa en cada oportunidad que deban visitarnos.
   Me indigné, pues nos estaba quitando un bien preciado. No me iba a quedar así, sin más. Llena de vigor, me dirigí a la cabaña que tienen los Hermanos a poca distancia de aquí, donde siempre se turnan dos de ellos para pedir la limosna dedicada a nosotras. Son los que nos proveen el pan de cada día. Les dije que podían marcharse de ahí, pues ya no los íbamos a necesitar más.
   -¿Cómo? -me dijo uno de ellos-. ¿Qué váis a comer?
   -Nada. Si nos quitan el pan espiritual, que nos quiten también el pan material.
   Y después, instruí a las Hermanas para no recibir el pan.
   Pasamos hambre durante un par de semanas, pero Elías logró que el Papa cambiara la disposición. A partir de ese momento, los Hermanos ya no necesitan el consentimiento del Papa, ahora basta el de su Superior.
   Volvimos a aceptar el alimento que generosamente los Hermanos pedían para nosotras. Yo había quedado al borde de mi voluntad porque teníamos Hermanas enfermas.
   Una noche, Sor Andrea estaba en la enfermería, sintiéndose tan mal que no podía hablar. Desde hacía meses sufría de la garganta, y se llevaba sus manos al cuello, con gran dolor. Le pedí a Felipa que le diera un huevito caliente, pasado por agua, y que me la trajera. Así lo hizo.
   -¿Cómo te empezó esto? -le pregunté a Andrea, en cuanto llegó a la habitación.
   -Primero se enfermó mi alma -ella logró responder, cuando comenzaba a volver a la vida. Todo había comenzado con una vergonzosa tentación.
   Después de esa noche, Andrea volvió a sonreír. Se le fue quitando toda su angustia.
   Llegamos a ser tantas Hermanas en San Damián, que tuvimos que apretarnos para caber en el dormitorio y también en el comedor. Ni aún así hemos podido ser más de 24, simplemente no caben más. Es la forma como Dios nos dice que algunas de nosotras tienen que ir a otros conventos, a enseñar, a ayudar a las que recién ingresan en diferentes localidades.
   La vitalidad de Pacífica causó admiración a las Hermanas de Vallegloria, en Spello. Benedetta fue también a Vallegloria, y cuando volvió me ayudó a escribir la Regla, pues además de ser culta tiene linda letra. Ella estuvo presente cuando León trajo el Breviario de Francisco, porque aquí lo cuidaríamos mejor.
   A las Hermanas nuevas de Asís, yo misma las formo en lo esencial de nuestra forma de vida. Mi prima Amada, que es hermana de Balbina; Francisca, hija del capitán; Inesita, que la criamos nosotras.
   -¿Cómo lo haces para permanecer en oración si te da sueño? -me preguntan.
   -La alabanza... -les digo-, a distintas horas del día.
   -¿Acaso Dios necesita que lo alaben?
   -No, pero eres tú la que necesitas alabarlo para sentirlo.
   Trato de enseñarles la contemplación, como una búsqueda del significado de la propia vida. También compartimos las distintas maneras como sentimos la Eucaristía.
    -Siento cómo Cristo se encarna en mí -señaló una niña muy joven, y me dejó impresionada. Me hizo recordar al hermano Lucas Belludi, que nos ha sido de gran ayuda en Padua. Nos prodiga tal atención, que no he necesitado enviar a ninguna Hermana. Allá se las pueden arreglar.
   Lucas mantiene un hospicio muy cerca de nuestro convento de Arcella, con elementos de curación y primeros auxilios. Muchas personas pobres van a ese lugar cuando están enfermas. Fue precisamente a ese hospicio que Lucas llevó a Antonio cuando éste se sintió muy mal, después que había empeorado su salud, estando en el eremitorio de Camposanpiero. Esa misma tarde murió Antonio, asistido por Lucas.
   Para las Damas Pobres de Praga necesité el apoyo de los Hermanos. En invierno del 1234 conseguí con Elías que enviara a cinco Hermanos para que se establecieran allá. Estuvo muy contento de concedérmelo, pues de esta manera también la fraternidad masculina se va extendiendo a otros países. Y todo esto, gracias a la princesa Inés, la que pudo ser emperatriz, pero prefirió renunciar a toda la riqueza para dedicarse a atender a los enfermos pobres. Vendió sus joyas para construir un hospital. Hubo una ceremonia con gran afluencia de gente el día de Pentecostés, que Inés eligió para su investidura como Hermana Menor. La acompañaban otras seis damas nobles, dando el mismo paso.
   Desde niña pequeña, Inés vivía comprometida a casarse, cuando fuere mayor, con algún importante joven de la nobleza. Ella se encargaba de desbaratar esos proyectos de sus padres, y con el firme propósito de mantenerse virgen. Asistió cierta vez a una prédica de Hermanos Menores que andaban en gira por varios países. Inés se les acercó al final y les preguntó:
   -¿Cómo poder llevar una vida como vosotros, siendo que soy mujer?
   Fue entonces que los Hermanos le hablaron de mí, y de cómo renuncié al siglo para ser una Hermana Menor. La vida cambió para ella en ese mismo minuto, y así empezó nuestro contacto epistolar, a través de estos Hermanos, que empezaron a servir como correo.
   La animo a seguir siendo siempre linda por dentro, y le ruego que siga siempre los sabios consejos del hermano Elías, y se resista a otras influencias de venerables personas, respecto a las propiedades.
   Hace poco murió Felipa Mareri, una gran mujer, que fue incomprendida al comienzo, antes de que su comunidad fuera aceptada por la jerarquía, como perteneciente a nuestro movimiento de Hermanas Menores.
   Otro acontecimiento de gran importancia ocurrió hace pocos años. La situación se puso muy difícil, debido a la férrea oposición de la jerarquía a una vida de pobreza. Estábamos acostumbradas a recibir nuestro alimento desde lo poco que recibían los Hermanos en sus salidas diarias. Cuando esta ayuda empezó a menguar, aumentamos nuestros ayunos. Pude tomarlo como una penitencia, pero cuando la ayuda disminuyó demasiado, tuve que disponer que Hermanas de San Damián salieran a pedir limosna, en grupos de a dos. Creí que eso iba a ser sólo por un tiempo, y que luego volveríamos a la reclusión de la regla benedictina. Sin embargo, la necesidad ha continuado, y no hemos podido retornar al esquema tradicional. Las Hermanas que salen a pedir han necesitado hacer trabajos menores, especialmente en hospitales, para obtener el pan de cada día.
   Me habría gustado salir yo misma, pero mi salud no me lo permite. A veces me siento enferma, y me cuesta subir la escala, como si cargara un pesado fardo. Y me viene fiebre, trayéndome un extraño temblor. Siempre siento a Dios consolándome con ternura.
   A las Hermanas que realizan servicios fuera del convento les pido que vuelvan lo más temprano posible, pero no sin antes haber alabado al Señor por la hermosura de la naturaleza.
   Mi madre murió más pronto de lo que yo suponía que iba a suceder. Elías despidió sus restos en el oratorio, y a mí se me salían muchas lágrimas, recordando mi infancia.
   Por ese mismo tiempo, las beguinas de Santo Ángel de Panzo se incorporaron a nuestro movimiento, transformándose en Hermanas Menores.

         * * *

   En Septiembre de 1240 ocurrió lo de los mercenarios. El ejército del emperador había sido reforzado con una gran cantidad de soldados mercenarios, provenientes del extranjero. Eran de distintos países, tanto de Europa como del norte de África. Gente sin escrúpulos, dispuesta a matar y destruir, sólo para tener qué comer. En aquellas semanas tampoco tenían ni el mínimo sustento, a tal punto que se desbocaron. Un grupo de estos soldados andaba por los alrededores de San Damián, buscando donde meterse a saquear, absolutamente fuera de control.
   Por eso, algunas Hermanas estaban con mucho miedo, porque los mercenarios merodeaban por acá cerca y en cualquier momento podían atacarnos. No era mucho lo que podían llevarse, si acá no tenemos ninguna riqueza, pero estos tipos son capaces de cualquier cosa, raptar, violar, son para ellos asuntos del diario vivir.
   Cierto día en la mañana, sentí bulla, portazos y gritos de hombres, cuando las Hermanas permanecían aún en el comedor. Yo estaba en mi cama porque no me sentía nada de bien.
   -Han entrado los sarracenos... -me dijo Bienvenida, quien venía corriendo-, escalaron los muros.
   -Sé que Jesús nos protegerá -la tranquilicé, a la vez que lo llamaba en mi interior, "¿Dónde estás, Jesús?"
   -Francisca, Iluminada, ayúdenme -grité, dispuesta a salir a encontrarlos.
   Bajé al oratorio y tomé en mis manos la cajita de marfil con adornos de plata, conteniendo las hostias consagradas. Ahí estaba presente el Cristo que nos salva. Llegamos al comedor. Yo, con una energía insospechada, que no sé de dónde me venía. Sin duda, la presencia de Jesús iba a hacer que esos hombres descubrieran lo positivo que hasta ellos mismos tienen, por más malos que sean. Podrán tenerlo escondido, dormido, encerrado, herido, aplastado o agonizante.
   Los mercenarios estaban en el patio, tratando de entrar. Teníamos todas las puertas bloqueadas, pero ellos tienen mucha fuerza, y algunas bisagras empezaban a ceder.
   -Señor, cuida a tus siervas -supliqué a Jesús presente, y su dulcísima voz me respondió en silencio:
   -Yo os cuidaré.
   -Estad tranquilas -dije a las Hermanas-. Jesús está con nosotros, así que no tenemos nada que temer.
   Ellas quedaron tan convencidas de esa presencia salvadora, que los rabiosos hombres que lograron entrar al comedor quedaron paralogizados. No se esperaban eso. Así y todo, uno de ellos me hizo una insinuación indecente. Le hablé, tratando de llevarlo a lo positivo que, con seguridad, habría de tener. El tipo se puso más amable, recordando su infancia junto a su madre.
   Empezó a retirarse, y los otros también se alejaron, sin hacer ningún daño. El que parecía jefe sonrió antes de irse. Pude observar que no todos los soldados mercenarios del emperador eran árabes, contrariamente a lo que había escuchado antes.
   Volví la cajita a su lugar, en el oratorio. Y yo, a mi cama. Todas se vinieron a la habitación. Le pedí a las Hermanas que guardaran el secreto por un tiempo, porque así sería la mejor manera de asegurar que los mercenarios no volvieran. Y que agradeciéramos al Señor que nos ha proporcionado este bello ejemplo vivo para reforzarnos lo que ya deberíamos haber aprendido. Él es muy bueno, viene una y otra vez a enseñarnos. Así fue como me levanté de nuevo y nos fuimos a alabar al Señor en nuestro oratorio, casi el día completo.

 
   38.- Bienvenida en el convento

   Algunos meses después que los mercenarios se metieron en San Damián y se retiraron sin hacernos daño, se pusieron a asediar la ciudad de Asís. La cercaron por todos lados, con nefastas intenciones. Cuando Clara se enteró, nos mandó llamar y organizó una gran oración por Asís, ciudad de la que recibimos siempre mucho bien. Nos explicó en que consistiría nuestra manera de vivir los próximos días. A manera de ejemplo, se sacó el velo, dejando ver su cabello muy corto. Tomó un poco de ceniza y se la echó en la cabeza, de la misma forma que veíamos hacer a Francisco.
   -Con esta ceniza, me reconozco pecadora -exclamó, y nos pidió que todas hiciéramos lo mismo.
   -Permaneceremos en el oratorio -agregó-, pidiendo perdón a Dios, y suplicándole la liberación de Asís y de toda su gente.
   Eso, hicimos, todo el resto del día, gran parte de la noche, y también al día siguiente, hasta cerca del atardecer, cuando fuimos informadas que la tormenta que habíamos estado sintiendo en las últimas horas había hecho estragos en el campamento de los soldados. Éstos tuvieron que huir, todo lo rápido que pudieron. Así fue como se salvó Asís. La gente quedó agradecida, y le otorgó mucha admiración a Clara.
   En especial, los Hermanos Menores le tienen gran estimación a nuestra abadesa porque reconocen en ella a la persona que lucha por enderezarlos. Para qué decir, en San Damián, cómo la queremos. Ella es la que me consuela cuando estoy triste. Siempre la hemos elegido gustosas, y por unanimidad, como nuestra superiora. Hasta la gata del convento, que es muy inteligente, le hace caso en todo.
   A propósito de esas elecciones, las hacemos porque la misma Clara pide efectuarlas, pues tiene la esperanza de ser relevada algún día y poder vivir obedeciendo. Cuando hay votación viene un Hermano garante, nombrado por el provincial. Elegimos también a las Discretas, que son las Hermanas encargadas del discernimiento comunitario. Ellas son las que aconsejan.
   Una vez fui elegida como Discreta. Yo no tenía idea de cómo discernir para el grupo, pero fui aprendiendo. Fue también una experiencia muy provechosa para mi propia vida. A veces, no tenía muy claro cómo actuar, y tenía que basarme sólo en la oración, y de ahí, confiar en la buena escucha.
   Cierta vez, en semana santa, Clara estuvo tan absorbida por la oración, que ni siquiera fue al comedor durante todo el día viernes, y tampoco fue a dormir esa noche. Yo estaba alarmada, sin saber qué hacer. El sábado, Clara siguió en el oratorio, y ya estábamos todas muy preocupadas. Llegó la noche, y tampoco vino a dormir. Yo no podía conciliar el sueño. Supe que era a mí a quien correspondía hacer algo. Cuando estaba próximo el amanecer del domingo le preparé un té y, alumbrándome con una vela, se lo llevé, junto con un pan.
   -Clara -le dije, unas tres veces, hasta que reaccionó-, tómate esto que te hará bien.
   Clara estaba como si viniera despertando, aunque no estaba dormida.
   -¿Ya llegó la noche? -preguntó Clara, muy extrañada.
   Entonces le dije que había estado así dos días completos y que ya era el día de la resurrección. Se puso muy contenta. Traté de que me contara un poco de ese mundo en que había estado tan absorbida. Me respondió algo así como el entorno de la pasión de Jesús. Y me habló de la contemplación, que yo no entiendo tanto como ella. Me mencionó el conocimiento intuitivo, y de cómo puede una ver lo esencial.
   Es que Clara es única. Recuerdo una vez, cuando yo venía llegando de vuelta del hospital, con mis pies llenos de barro, Clara se ofreció para lavármelos, con mucha humildad. Al terminar, ella bajó su cabeza para besarme el empeine. El instinto me hizo mover de ahí mi pie y le pegué a Clara en un ojo. Me sentí tan mal que me deshice en palabras de disculpa. Me cuesta mucho aceptar expresiones cariñosas.
   Eso ocurrió pocos meses después del accidente que se produjo cierta vez, cuando Clara estaba inspeccionando un portón en mal estado, y se le cayó encima. Angeluccia trató de rescatarla de ahí, pero sola no podía. Nos llamó a gritos, y acudimos todas. Clara, aplastada por esa mole de pesados fierros, no parecía estar incómoda. Logramos levantar la puerta entre varias, durante cerca de un minuto, y las otras sacaron a Clara hacia un lado para ponerla a salvo. Después de descansar un instante se sentó y se puso a conversar como si nada hubiera pasado. Hasta se paró y dio unos pasos cojeando. Nos dejó convencidas de que estaba bien, pero yo creo que muy adolorida. Los Hermanos de la limosna, que nos proveen de alimento, también acudieron pronto y levantaron la puerta que, aún estaba en el suelo. También la afirmaron bien, y repararon las bisagras al día siguiente.
   Uno de ellos era Junípero, que desde hacía pocas semanas estaba de vuelta en Asís, después de haber estado a punto de morir en Viterbo, a manos de Nicolás, poderoso y cruel señor. Todo porque una vez se le ocurrió salir solo del convento y se dirigió a una ciudadela dominada por Nicolás. Inmediatamente fue apresado por los vigilantes, más que nada por el aspecto pobrísimo de Junípero. Lo registraron y le quitaron sus herramientas de trabajo como zapatero, un punzón y una lezna que a estos hombres brutos les parecieron armas. Después de torturarlo lo condenaron a morir. Se enteró toda la gente, y también el Hermano guardián de Viterbo, quien acudió con rapidez y pudo evitar esta ejecución, y volver con Junípero al convento. Por el camino le llamaba la atención, por ser tan ingenuo e imprudente.
   Este Junípero es un caso especial. Es el que se columpia en la plaza con los niños. Nos contó que una vez estuvo varios meses sin hablar, por penitencia, cada día con la ayuda de un santo distinto. En otra ocasión, dio de limosna unas campanillas de plata que adornaban el altar. Después tuvo que justificarse, diciendo que eran un adorno innecesario, símbolo de la vanidad. Lo retó delante de todos el Hermano superior, Juan Parenti, con tanto énfasis que quedó ronco. Esa noche, Junípero llegó a la celda del hermano Juan, llevándole una escudilla con un preparado de harina y manteca, muy bueno para la ronquera. El superior lo rechazó, pero tuvo que recapacitar. Aceptó con la condición de que se comieran eso entre los dos.
   Creo que son los más pequeñitos los que tienen la palabra de Dios para los demás. Es así como Él nos guía.

         * * *

   Cuando se cumplieron 35 años de nuestra llegada a San Damián, dejamos de lado por ese día el ayuno que nos tocaba. Es que celebramos en grande. El hermano Felipe hizo un recuerdo de nuestro inicio, que nos parecía haber sido ayer.
   Me sumergí en mis evocaciones. Con Clara, nos conocimos en Perugia, cuando niñas. Soy casi pariente; en la práctica, lo soy. Sus tíos me recogieron de la calle, los pormenores los supe después, cuando estaba más grande. Vengo de la pobreza. Me encontró la mamá de Felipa un día, por pura suerte, dicen que yo lloraba en un canasto. Las autoridades no quisieron hacerse cargo, y por eso fui admitida en la casa de esa señora. Me bautizaron como Bienvenida, para así acogerme con la mejor disposición. De niña, fui como una sirviente, pero también como amiga casi hermana de las niñas. Un día llegaron los Offreduccio de Asís, que estaban siendo perseguidos por los rebeldes. Tengo la misma edad que Clara. Nos hicimos muy amigas. Fueron meses inolvidables, de gran felicidad, a pesar de lo complicado de su situación. Pasó el tiempo, y en cuanto me contaron que Clara se había ido de su casa para juntarse con los Menores supe con certeza que yo también me iría para allá. Lo hablé con mucha franqueza en la familia, con lágrimas de gratitud, porque me regresaron a la vida cuando yo estaba botada sin poder defenderme. Agradecí todo lo que me dieron, y que me hayan enseñado a leer y escribir, aunque nunca he podido retratar las palabras tal como son. Partí hacia Asís sin equipaje; sólo con lo puesto, y fui muy bien recibida en Santo Ángel. Mi presencia sirvió para que la balanza se inclinara hacia la bendita osadía de venirnos a San Damián.
   He sido feliz. Clara es extraordinaria. Un día se lo dije, arrodillada, aunque ella me hizo levantarme del suelo. Me he dedicado a ser como si fuera servidumbre, porque es lo que estaba acostumbrada. Clara dispuso que las labores de servir se turnaran entre todas; así se hizo. La mayor parte del tiempo era como estar de vacaciones. Un día llegó Felipa. Fue un gran encuentro. Nuestra vida acá parece monótona e inútil ante los ojos de la gente. Sin embargo, cada día trae una novedad. La oración nos acerca a lo divino. Hacemos muchos trabajos de costura y bordado para los templos y los presbíteros.
   Ya quedó muy atrás lo de los sarracenos. Clara no está muy bien de salud. Va y viene de su parcial postración. Ese día estaba bien, o trató de aparentarlo. Siempre alegre y sonriente, cantando. Mi vida no es nada sin ella.
   -Dios nos invita a seguir avanzando -dijo Felipe, al terminar.
   Pienso que está hablando cada vez mejor este Felipe. En esa oportunidad teníamos alimento de sobra que habíamos conseguido por tratarse de una magna celebración. Sin embargo, nuestra realidad habitual no es esa. A los pocos días tuvimos el reverso de la medalla.
   Sólo quedaba un pan, grande pero uno solo. Cecilia, la encargada de la despensa semivacía, dijo que no iba a alcanzar para todas, ni menos para convidarles a unos Hermanos que habían llegado con motivo de una de las charlas de teología que vienen a darnos de vez en cuando. Clara bendijo el pan, rezó un padrenuestro y le pidió a Cecilia que cortara el pan en 26 tajadas, una para cada comensal. Así intentó hacerlo Cecilia, pensando que sería imposible. Sin embargo, a cada corte el pan partido seguía estando listo para otra incisión. Al final, alcanzó para todos.

         * * *

   Clara es realmente milagrosa. Una vez me curó para siempre de mi afonía, que no se me quitaba con nada. Lo más extraño es que primero soñé que iba a ocurrir esa curación, y días después se me acercó Clara, plena de su oración, y me hizo la señal de la cruz en mi boca y en el cuello. Desde ese día fui sanando de a poco.
   Lo milagroso de Clara quedó de manifiesto en la Navidad pasada, año 1252, estando Clara muy enferma. Partimos las demás Hermanas a la celebración eucarística de Nochebuena que se celebró en la Basílica de San Francisco. Habíamos conseguido ese permiso especial, por tratarse de la Navidad. Clara tuvo que quedarse en cama.
   La ceremonia estuvo muy linda. Los Hermanos cantaban salmos, y eso era una música que nos transportaba al cielo, sin abandonar el lugar. El hermano León dijo la misa y la prédica, con la sabiduría que lo caracteriza. Una gran celebración, como yo no había visto nunca antes.
   Al volver a San Damián, queríamos contarle todo a Clara, pero ella nos ganó la palabra. Fue Clara la que nos relató la ceremonia, los salmos, las palabras de León.
   -¿Pero, ¿cómo lo sabes? -le pregunté-, acaso fuiste, así como estás de enferma?
   -No. No fui hasta allá por mis pies, pero es como si hubiera estado.
   Y nos explicó cómo, estando en oración profunda, escuchó todo lo que estaba pasando en ese templo, a kilómetros de distancia. Hasta vio el pesebre que los Hermanos habían construido. Supongo que en ese espejo del cual Clara siempre nos habla.
   Nuestra abadesa es una persona que está muy cerca de Dios. Cuando la veo en oración, me maravilla su resplandor, tan intenso que parece fuego.

 
   39.- Clara en su retorno al Padre

   Ahora que estoy próxima a morir, me ha dado por recordar. Tantísimas cosas, unas importantes y otras no. La mayoría de ellas son vivencias que me alegra haberlas tenido. También siento un poco de frustración cuando miro lo que ha estado pasando desde hace unos doce años. Dificultades con el Papa Gregorio, el que fue nuestro querido Ugolino, y no sé cómo adquirió una fuerte tendencia a rechazar nuestro movimiento, me refiero a la parte femenina de éste, las Hermanas Menores. Tardó mucho tiempo en reconocer como Damas Pobres a las seguidoras de Felipa Mareri, después que murió esta mujer tan santa.
   Han ido surgiendo muchos conventos de Hermanas Menores, algunas de ellas un poquito rebeldes, y tienen razón porque... ¿cómo vamos a aceptar que pongan el pie encima de lo más sagrado que tenemos? ¿Acaso hay que aceptar todo, todo, todo, todo..., o existen límites? Es cierto que por humildad y obediencia hemos aceptado muchas restricciones que no están en nuestro ideal, pero en lo que es esencial algunas Hermanas han querido ser auténticas. Salen a pedir limosna, lo cual disgusta a la jerarquía. Lo hacen vistiendo nuestro hábito, pero a pie pelado porque son tan pobres que no tienen para comprar zapatos. Ésa es la vida que buscamos. Pues bien, el Papa emitió varias bulas a diferentes regiones del mundo, despreciando a estas mujeres y dando instrucciones de no considerarlas Damas Pobres, como él nos dice. Sin embargo, lo son. Les llaman las Hermanas ambulantes.
   En otras comunicaciones se establece que la fundación de monasterios de Hermanas Menores sólo puede hacerse con la autorización del respectivo provincial franciscano. Eso me parece muy bien.
   Después que asumió el nuevo Papa Inocencio IV, emitió una nueva Regla para nosotras, en la cual se mantiene la licencia para que los Hermanos Menores entren en nuestros conventos a ejercer la cura de almas y también trabajos manuales. Es así como ellos nos traen la palabra de Dios, y los que son presbíteros nos administran los sacramentos. Sin embargo, esta regla no la he podido aceptar, por varios motivos esenciales, por ejemplo, se permite la existencia de Hermanas sirvientes, y eso va contra nuestra forma de vida. Es por eso que, con la ayuda de Bienvenida redacté una nueva regla y aún espero que el Papa tenga a bien aprobarla, lo que le he pedido con mucha humildad, en reiteradas oportunidades. Esa regla dice que las Hermanas que prestan servicio fuera del monasterio no deben permanecer fuera más tiempo que el necesario.
   Hasta nos visitó el Papa Inocencio, en cierta ocasión, aprovechando un viaje que realizó a la Umbria. Por supuesto, le recordé lo del documento que tanto me interesa que se apruebe. Él siempre me dice que soy una santa..., pero la aprobación de la regla se sigue demorando. Preparamos un almuerzo frugal para el Papa y los cardenales que lo acompañaban.
   Uno de los recuerdos más notables de esta última época es la visita que me hizo Elías, tan deprimido como estuvo Francisco casi treinta años antes, y también vino a mí esa vez.
   Elías fue una persona excelente, a quien siempre admiré. Perfecto no era, pues nadie lo es. Cuando llegó a San Damián esa tarde, sentí que el pobre se estaba muriendo de pena. Me reuní a solas con él, en el patio, para que estuviéramos visibles en todo momento, pero no nos escucharan.
   -Me alegra verte -empecé diciendo.
   -Yo no estoy nada de alegre, Clara, al contrario, ya no sé qué hacer.
   -Cuéntame, ¿qué te pasa?
   -Soy un incomprendido. Muchos Hermanos me rechazan.
   -Y muchos otros te quieren bien.
   -¡Estoy excomulgado! -exclamó Elías después de contarme muchas otras penas, no tan importantes, según me pareció.
   -Ya lo sabía, y pienso que fue algo muy injusto.
   -Clamo al nuevo Papa Inocencio para que me levante tan horrible castigo... Y no he obtenido ninguna respuesta.
   Le prometí seguir orando. A esta altura, los dos llorábamos. Yo trataba de ser fuerte y mantenerme serena para poder ayudarlo.
   -Explícame cómo lo sientes -le pedí, y me dispuse a escuchar.
   Elías me siguió hablando, del papa Gregorio, del emperador Federico, de su amigo Cesáreo, y de otras personas. Se fue tranquilizando. Le hizo bien contarme todo esto. Después, le hice muchas preguntas para que él mismo fuera encontrando las respuestas que necesitaba. De repente, se iluminó su rostro, y me dijo:
   -¡Gracias!
   Fue como si yo lo hubiera sacado de su estado de postración. Talvez algo de lo que le dije resonó en él. Cuando se retiró de San Damián estaba mucho más tranquilo y hasta sonriente. Y con ánimo para seguir luchando por su última causa, que era la de reconciliarse con la jerarquía de la Iglesia.
   Un tiempo después, supe que lo consiguió, poco antes de morir. Elías se fue al Padre demasiado pronto. No parecía que iba a ser así. Sentí mucho esta muerte, y se la comuniqué a las Hermanas de otras regiones. Entre ellas, a Inés, abadesa en Praga.
   En mi última carta me atreví a enseñar a Inés lo del espejo, que hace visible lo invisible. Es una forma de oración, en que miro a Jesús como si estuviera dentro de un espejo, en imagen visible aunque no corpórea. Es lo que llamo espejo de la eternidad, porque en él puedo ver todas las realidades que me trascienden.
   El año pasado nos visitó el cardenal Reinaldo, nuestro protector. Le di a conocer la nueva regla que quiero sea impuesta en nuestra fraternidad. Lo hice a través de una copia que efectuó Bienvenida, con mucho cariño, antes de enviar el original al Papa. El cardenal quedó impresionado y abogará por nosotras.
   Ahora que estoy por morir, he escrito mi testamento espiritual. En él digo a las Hermanas, las que están y las que han de venir, que Dios nos ha dado una misión en esta vida. Les hablo un poco de lo que fue mi vida, y de la oración, en especial la del espejo. También las llamo a la gratitud por todos los dones de Dios, y les recuerdo la pobreza que nos enseñó Francisco. Que las Hermanas crezcan en el amor de Dios y en la mutua caridad. La senda es estrecha, la puerta es angosta, y hay que perseverar siempre.
   Estoy tan enferma, que ya no puedo levantarme de la cama. Las Hermanas me cuidan amorosamente. También vienen algunos Hermanos y me leen los evangelios. Ángel trata de consolarme en mis dolores. León besa mi almohada. Junípero me hace reír con sus historias.
   Caterina está de vuelta. Aunque ella también está un poco enferma, ha venido para estar conmigo en estos momentos finales.
   -Hermanita...
   -Hermanita... -nos abrazamos llorando.
   Hasta el Papa ha venido a verme. Él está residiendo en Perugia, que no es tan lejos. De todos modos, es un honor que haya venido. Intento besar sus pies, pero no puedo, ni él lo permite tampoco.
   -¿Está aprobada la regla? -pregunto, ansiosa.
   -Bueno, tú sabes que esto requiere tiempo...
   -Ha sido mucho el tiempo y ya se está terminando.
   -Te prometo que exigiré a los cardenales que se apuren.
   No he podido obtener más que eso, pero confío en Dios. Él no me abandonará. Lamento no haber podido darme a entender en cuanto a la forma de vida que queremos las Menores. No es la forma convencional.
   Me duele todo, pero no importa. El Señor me ha dicho que pronto he de irme al otro ámbito, donde estaré muy cerca de Dios. No sé cuántos días me quedan. Trato de dejar todo dispuesto en San Damián. Todo andará bien. Mis niñas han de continuar. Cada una aportará lo suyo. A Dios le gusta mostrarse con muchas caras distintas. Soy fiel a lo mío, pero acepto que otros rostros sean distintos. Me gustaría dejar nuestra regla como una instancia válida. No quiero llegar sin esa tarea hecha. Pero, si no se pudo lograr, por lo menos hice todo lo que pude, y me gustó hacerlo. Estoy contenta. La gente me quiere mucho. He tenido encuentros con Jesucristo. He disfrutado el camino.

         * * *

   Después que transcurren dos semanas, el Papa vuelve a San Damián. Viene sonriente. Me entrega un papel, un importante documento. Es León quien me lo lee. Me lleno de alegría. La regla ha sido aprobada. ¡Qué felicidad! Le doy las gracias al Papa, y le pido su bendición.
   -Soy yo el pecador. El Señor es contigo -declara el Papa, emocionado y me absuelve de mis pecados.
   Sé que me queda muy poca vida. Mi cuerpo ya no me permite comer. Transcurre otro día más. Hoy es San Rufino, patrono de Asís.
   Me parece estar viendo a Jesús, quien me muestra un camino de luz. Sé que esa luz es la fuerza creadora de Dios.
   -Gracias, Señor, por haberme creado -exclamo en voz alta.
   Veo venir diez doncellas vestidas de blanco, ceñidas con una franja dorada, y con coronas de flores sobres sus cabezas. Cada una trae una lámpara encendida. Una de las vírgenes sobresale entre todas, por su gran resplandor. Avanza radiante hacia mí. Mis labios pronuncian unas palabras:
   -Ve segura, pues llevas la mejor escolta para tu viaje. El Creador te ama con ternura.
   Yo sé que es la Virgen la que me ha hablado usando mi propia voz para ello.
   -¿Con quién hablas? -me pregunta la hermana Anastasia.
   -Hablo con mi alma -respondo.
   La Virgen se inclina hacia mí y me cubre con un manto luminoso. Es entonces que siento como si la cama se estuviera yendo hacia abajo. Puedo observar la escena. Las Hermanas lloran y la Virgen las consuela. Veo que el hermano León cierra los ojos fijos del cuerpo que yace en la cama. Esos ojos que fueron míos, y ya no pueden ver.
   Todo se oscurece por unos instantes. Una tímida luz de alba aparece en el horizonte. Me rodea una naturaleza bellísima. Estoy en mi edad juvenil y visto ropas de princesa. A lo lejos, alguien me espera. Voy hacia él. Es un joven, vestido con ropas de príncipe. Es Francisco. Sonriente y sereno, recibe mi mano en la suya, y así iniciamos un nuevo camino, por un sendero de luz.

 
   40.- Buenaventura

   Un hecho notable que ocurrió en mi infancia marcó mi vida completa. Y para bien. Yo vivía con mis padres en un pequeño pueblito toscano, y me vino una enfermedad abdominal que me deshidrató y me tuvo muy cerca de la muerte. No me acuerdo tanto porque debo haber tenido unos cuatro años, pero me lo han contado muchas veces. El médico dijo a mi padre que yo, su hijito, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir al mal que me aquejaba. Quiso la buena suerte que el hermano Francisco pasara por nuestra aldea, en esos precisos días. Él ya estaba muy enfermo y retirado de la administración, pero no del pastoreo. Mi madre acudió a la plaza a escucharlo, y le rogó que nos visitara. Francisco accedió, con muy buena voluntad, y llegó hasta nuestra pequeña casita. No sólo consoló a mi mamá, sino que hasta me tomó en brazos y rezó por mí. Con sus santos dedos hizo una señal de la cruz sobre mi vientre y me volvió a poner en mi cama. Mi padre ofreció a Francisco quedarse a alojar en nuestra casa, con los otros dos Hermanos que andaban con él. Mi madre les preparó algo de comer. Ellos nunca han tenido apuro, así que se quedaron, y tuvieron oportunidad de ver, al día siguiente, que yo estaba mucho mejor, y hasta brincaba y cantaba.
   -¡Buena ventura! -exclamó Francisco al verme, y desde entonces ése fue mi apodo, aunque mi nombre original es Juan.
   De niño, ya me sentí muy cercano a los Hermanos Menores. En mi adolescencia fui varias veces a conversar con ellos. A los 22 años me incorporé a la fraternidad, y adopté definitivamente el nombre de Buenaventura.
   Me gusta escribir, y también predicar y enseñar. Tratar de descubrir lo esencial y presentarlo a los demás. Desde que Francisco me sanó cuando yo estaba por morir, he vivido algo especial en torno a él. Una gratitud que mi madre alimentó. Francisco murió poco después. Es como si yo hubiera heredado la vitalidad de él, pero no sus otras características, pues yo no soy capaz de tanto sacrificio ni tanto desapego. Soy una segunda generación, distinta a la primera. Así veo mi responsabilidad.
   Meses antes de mi entrada a la comunidad, había fallecido el Papa Gregorio IX, lo cual dio pie a algo insólito. La situación política estaba tan complicada, que el emperador quería tener pronto al sucesor de Gregorio, pero como los cardenales demoraban mucho en llegar a un acuerdo, éstos fueron encerrados en condiciones de incomodidad y sin más comida que la indispensable. Todo esto, para que saliera luego el resultado. Más de 50 días estuvieron sufriendo los cardenales en esta forzada y extensa reunión que se denominó "cónclave", hasta que eligieron un Papa. Éste se llamó Celestino y murió a los pocos días. Aunque oficialmente se dijo que había enfermado de gravedad debido a las duras condiciones del cónclave, no todos creyeron eso. Circularon rumores de que el nuevo Papa había sido envenenado, lo cual nunca se aclaró bien.
   Los cardenales decidieron escapar de Roma para no ser sometidos otra vez al suplicio que les significó el cónclave. Nos quedamos sin Papa por un buen tiempo, y así estábamos cuando entré a los Menores. Casi dos años después pudo celebrarse un cónclave más digno, y se eligió a Inocencio IV.
   Por ese tiempo, yo era muy exigente conmigo mismo. Muchas veces no iba a comulgar por encontrarme en pecado, aunque para otros pudiera considerarse como algo leve. Sané esta dificultad una vez que sentí como si Jesús me hablara, muy triste, diciéndome "¿por qué me rechazas?". Y yo en silencio trataba de explicarle mis motivaciones. Entonces Jesús me respondió, con mucha claridad "crees que te estás castigando a ti mismo, pero me estás castigando a mí". Me di cuenta que Cristo quiere entrar en mí, necesita que yo aporte mi voz para que Él diga su palabra, y necesita mis brazos para que, con ellos, Él pueda abrazar a la gente. Entonces, me levanté de mi asiento, fui a recibir el cuerpo de Cristo y le prometí nunca más negarme a recibirlo.

         * * *

   A poco de entrar a la fraternidad, que ahora le llaman "Orden", fui enviado a estudiar teología y filosofía a la Universidad de París. Ahí conocí a Tomás de Aquino, con el cual fuimos muy amigos. Tuvimos profesores excelentes, como el inglés Alexander, y el dominico alemán Albert von Lavingen, que fue un poco incomprendido debido a su gran apertura. Yo esperaba encontrarme con profesores muy rígidos, de esos que no aceptan nada que parezca un poco distinto a lo tradicional. Pues, Albert era exactamente lo contrario.
   Mi año de noviciado lo pasé casi completo en París, y tenía que ir cada cierto tiempo al convento de esa ciudad a entrevistarme con el Hermano guardián, un testimonio vivo de la forma de vida que instauró el santo Francisco.
   Cuando le conté a Tomás lo que sé de mi niñez, él también me contó algo de su adolescencia. Casi se puede decir que estuvo prisionero de su familia para que no ingresara a los dominicos. Sus perversos hermanos mayores lo tenían dominado. Para vencerlo quisieron que cayera con una mujer exquisita y se la pusieron en la pieza. Tomás venció la tentación y echó a la mujer con un tizón ardiente.
   En ese tiempo de estudiante tuve que viajar a Asís varias veces. Por ejemplo, con motivo de la muerte del hermano Bernardo, que fue el primer seguidor de Francisco, en el comienzo de nuestra comunidad. Al morir estaba acompañado de León y de Egidio, que también son de los más antiguos. León me contó que consagró un pan y un vaso de vino y lo compartieron en esos últimos instantes.
   A estas alturas Egidio, que nunca tuvo mucha instrucción, estaba siendo un maestro de oración. ¿Cómo aprendió? Simplemente, rezando, sin ningún tipo de traba teológica. Enseñaba la perseverancia, que es lo esencial en la oración, y también el recogimiento y la profundización. Y lo hacía en forma sencilla. Una de sus frases era "Es meritorio hablar bien, pero mucho mejor es callar bien".
   También asistí a un Capítulo importante que hubo en Francia, en 1247. Un tema en tabla fue la división que en esos años ya empezaba a insinuarse en nuestra fraternidad. Unos eran muy apegados a la santa pobreza y mendicidad, aprendidas de Francisco. Otros, en cambio, estaban por relajar un poco la forma de vida y estar más en los conventos, en oración.
   Ambas mociones tienen mucho valor, y yo nunca justifiqué que estuvieran en pugna. Lo mejor sería no llegar a posiciones extremas. Las Hermanas de San Damián, que eran muy escuchadas y respetadas en su sabiduría, hacían lo que podían por mantenernos unidos. Un gran conciliador era Juan de Parma, un hombre de unos cuarenta años, fiel a Francisco, y con muchos estudios, siempre luchó por la unión en la comunidad. Era tan querido por casi todos, que el Capítulo lo eligió Ministro General. Ejerció el cargo de la mejor manera, en fidelidad al testamento de Francisco y conciliando aquellas posiciones que tendían a ser extremas.
   Juan de Parma quiso visitar todas las comunidades, en los distintos países, y por eso realizó viajes, siempre en condiciones de pobreza. Soportaba largas caminatas, y llegaba a ayudar en los trabajos menores.
   Mientras tanto, con Tomás nos doctoramos en la Universidad, y nos transformamos en maestros, lo que no gustó a los demás profesores que nos menospreciaban por pertenecer a órdenes mendicantes. Consideraban que nuestras comunidades no deberían tener derecho a enseñar. De hecho, se produjo un grave conflicto cuando los alumnos decidieron tomar partido, unos por nosotros y los demás por los maestros tradicionales. Cuando empezaron a enfrentarse, con huevos y tomates, vimos que el asunto estaba tomando un tamaño desproporcionado, y decidimos renunciar. En esa oportunidad pronuncié un discurso que despertó la admiración de muchos, a tal punto que se produjo un consenso en dejarnos hacer clases. Así, el conflicto llegó a su fin.
   Tomás decidió continuar estudios en Colonia, para ordenarse como presbítero. Llegó de vuelta, hablando tantas maravillas que me convenció de hacer yo también algo similar. Me ordené en París, pero no me he sentido digno de tan alta investidura, y he preferido vivirla en bajo perfil.
   Mi vida empezó a estar tranquila, por muy poco tiempo. Seguí en París, haciendo mis clases, pero viajando a Italia cuando podía. En uno de esos viajes a Italia, fui a Cortona a ver a Elías, que estaba sufriendo mucho por su excomunión y por la campaña de desprestigio que algunos malintencionados emprendieron contra él. Me encontré con un hombre envejecido y enfermo. Nos saludamos con alegría.
   -Elías -le dije-, tú eras el hombre más importante después del emperador... y del Papa, claro.
   -Esos tiempos ya pasaron. Ahora estoy excomulgado, pero de todos modos he tenido actividades encargadas por el emperador.
   -¿Sí? Cuéntame.
   -Fui a Oriente en misión, a Constantinopla y Nicea, tratando de reconciliar a los emperadores.
   -¿Y... tuviste éxito?
   -Parcialmente. Faltó la colaboración del Papa Gregorio.
   -En Constantinopla -agregó Elías, después de un silencio- me regalaron una reliquia, de la Santa Cruz de Jesucristo. La traje a Cortona. Está en el templo que construimos acá. En Cortona me han tratado muy bien.
   -Tengo entendido que el dinero para la construcción fue puesto por el Comune.
   -Y también el terreno.
   -Te extrañamos, Elías, ¿cuando irás a Asís?
   -Cuando recupere mi buen nombre. Piensa que cualquier hecho vergonzoso que ocurra en la Orden, me lo cargan a mí. Estoy desprestigiado... injustamente.
   -Tenemos que aclarar tu situación, de una vez por todas.
   -He tratado de mil maneras que el Papa me levante la excomunión.
   -Me entrevistaré con el Papa. Voy a ayudarte en esto, hasta donde pueda.
   -Gracias, Buenaventura. Tú tienes llegada con el Papa.
   -Sí. Lo haré. Te lo prometo.
   Nos despedimos con afecto, y desde ese día me puse a pensar cómo hacerlo. Estudié los antecedentes que hay al respecto. Fui a Roma y pedí audiencia con el Papa. Le planteé el caso, y le pedí que levantara la excomunión a Elías, pues era injusta. Le expliqué mis motivos, con buenos argumentos. El Papa dijo que lo estudiaría.
   Esa vez, no logré nada, pero no me di por vencido. Al año siguiente insistí en mi petición, esta vez imploré al Papa, y me prometió estudiarlo. Fue en el invierno del famoso año 1253, que logré, en una nueva audiencia, que el Papa levantara la excomunión. Se lo agradecí, y partí lo más rápido que pude a Cortona a dar la buena noticia a Elías. Estaba moribundo. Se alegró mucho.
   -Gracias, Buenaventura, ya puedo morir tranquilo.
   Luego de dos meses murió Elías, y fue sepultado con honores en Cortona.
   Poco tiempo después, en el mismo año, murió Clara en San Damián. Una santa mujer que influyó mucho en el comportamiento de nuestra comunidad masculina. Siempre respetamos su buen criterio y la sabiduría que le daba la oración.
   Las Damas Pobres comunicaron esta noticia a los conventos femeninos, que hay en casi toda Europa. La hermana Benedetta asumió como abadesa en San Damián.
   Saludé a la hermana Caterina, que estaba sumida en gran tristeza, recordando vivencias de su infancia. A los quince días murió ella también.
   Acudió tal cantidad de gente al funeral de Clara, incluyendo al Papa y los cardenales, que el alcalde tuvo que poner soldados para velar por el orden público.
   También llegó muchísima gente cuando murió Caterina, pero esta vez no hubo soldados cuidando el orden. Una escala de acceso cedió al peso de la inusitada concurrencia, y se derrumbó sobre las personas que estaban abajo. A nadie le pasó algo más que rasmilladuras o pequeñas contusiones. Esa circunstancia de la fortuna fue considerada como un milagro.

         * * *

   En la Universidad de París se volvió a desatar un rechazo a los maestros que pertenecemos a órdenes mendicantes. Apareció un libro escrito por Guillaume de Saint-Amour, especialmente para atacarnos. Tuvimos que suspender nuestras clases porque el ambiente estaba horrible para nosotros. El volumen se difundió y atentó contra la existencia de nuestras comunidades. Me apuré en terminar el libro que estaba escribiendo yo, "Sobre la pobreza de Cristo". Sirvió como respuesta. El Papa Alejandro IV y sus cardenales se pusieron a analizar el problema, que ya había alcanzado gran magnitud. Juan de Parma se presentó en esas reuniones para defender nuestra fraternidad franciscana. Al final, fue condenado el libro de Saint-Amour, y pudimos volver a nuestras cátedras.
   Sin embargo, el prejuicio en contra de la pobreza de nuestra comunidad quedó instalado y siguió actuando. Incluso, dentro de la propia Orden se produjo una fuerte polarización entre los defensores de la pobreza original y los renovados que la rechazan. Entre medio estamos los moderados, que sin ser tan pobres como los primeros seguidores de Francisco, aceptamos de buen grado estar con ellos. Reconozco que esto no es fácil para nadie. He tenido que viajar mucho para conciliar las posiciones en los distintos monasterios de Menores. Y en los tiempos libres me las arreglé para escribir varios tratados, algunos de teología mística y otros comentando las Escrituras.
   La polarización en nuestra comunidad hizo crisis a raíz de un libro que escribió un Hermano Menor, teólogo, Gerardo de Borgo San Donnino, pretendiendo enaltecer el carisma de Francisco y sus primeros seguidores. Sin embargo, su intento erró el camino, pues se basó en las enseñanzas de Joaquín de Fiore, que estaban muy desprestigiadas.
   Joaquín de Fiore, que vivió en el siglo pasado, fue un monje rebelde, estudioso. Escribió una obra, con intención profética, anunciando una nueva era, en que la Iglesia dejaría de ser una institución rica y organizada como jerarquía de poder, para transformarse en una iglesia de monjes pobres que conducirían a los pueblos hacia un renacimiento espiritual. Si bien, se trata sólo de un inofensivo buen deseo, la jerarquía de la Iglesia de la época se sintió amenazada y condenó esta enseñanza como herética. Esto último ocurrió en 1215, cuando Fiore ya había muerto.
   Gerardo de Borgo, convencido de que Francisco marcaba el inicio de la nueva era, enarboló una bandera difamada, con muy buena intención, pero sin ninguna posibilidad de éxito. De hecho, los inquisidores lo andaban buscando y hubo que esconderlo en un eremitorio, sin que nadie supiera dónde. La persecución tuvo un efecto inverso al que se proponían, pues suscitó un fervoroso apoyo a las ideas joaquinistas.
   Fueron años difíciles, en que hubo fuertes presiones de la jerarquía en la persona de nuestro Ministro General, pues consideraban que Juan tenía mucha consideración con los joaqunistas. Hasta que llegó el año 1257, en que se convocó a un capítulo extraordinario, en pleno invierno, en el convento Ara Coeli de Roma. Juan de Parma fue forzado a dimitir. Aún cuando la asamblea no quiso aceptar esa renuncia, Juan insistió, pues estaba absolutamente vetado por el Consistorio. La comunidad presente le pidió que él mismo designara a su sucesor. Así fue como me vi, de un minuto para otro, con el cargo de Ministro General, pues así lo decidió Juan. Tuve que improvisar un pequeño discurso, pues para mí fue una sorpresa.
   -Esta carga es muy pesada para mí -empecé diciendo-, pero la asumiré con responsabilidad porque sé que el Señor me guiará. Yo no tengo ninguna experiencia en administración, ni me gusta tampoco, pero no me opondré a la voluntad de Dios. Confío en la ayuda que vosotros me daréis.
   Dejé la Universidad, para abocarme por entero a dirigir los pasos de la Orden. Siempre he tratado de hacerlo con prudencia, e invocando la sabiduría de Dios. No era fácil armonizar un pueblo cristiano que se había tornado tan heterogéneo. Escribí cartas a todos los provinciales, invitándolos a mejorar los valores de la vida fraterna.
   Pocos años después, un nuevo Papa, Urbano IV nombró inquisidor general a un antiguo conocido nuestro, el cardenal Gaetano Orsini, que había sido protector de los Menores, así que el asunto nos complicó bastante. En ese momento, lo principal era no dar motivos a los inquisidores para que metieran sus narices en nuestra Orden, y si lo hacían, me era menester apaciguarlos sin molestar a los cardenales.
   Volvimos a caer en crisis cuando pretendieron llevarse a Juan de Parma. En el primer instante logré que desistieran, pero como no sabía hasta cuando sería eso, conversé con Juan.
   -Juan -le dije-, estás como sospechoso de herejía.
   -Yo no soy un hereje.
   -Ya lo sé, pero... eso no es lo que más importa. Si caes en sus manos te pueden condenar a muerte.
   -¿Crees que sea para tanto?
   -A lo menos, te someterían a tortura antes de preguntar nada.
   -Ese tipo de barbarie ya no ocurre en el mundo.
   -Lamentablemente, ocurre...
   Insistí a Juan que tenía que irse urgente a un eremitorio, y que nadie supiera dónde. Y que no saliera de ahí, por ningún motivo. Al fin, accedió, muy a tiempo porque los inquisidores volvieron a buscarlo. Por el momento, Juan quedó a salvo. Espero que nunca lo encuentren.
   Yo veía con horror cómo los franciscanos estaban divididos en dos bandos que parecían irreconciliables. En todo momento he intentado conciliarlos, buscando lo bueno de cada uno, y destacando lo que tenemos en común. Todos amamos a Jesucristo y todos queremos que nuestra iglesia cristiana vuelva a ser la original.
   También veía con espanto cómo en nuestra querida iglesia empezaba a agudizarse la intolerancia a pensamientos distintos, en tal grado que están imperando la violencia y el abuso. No es posible denunciarla si no es en una voz bien bajita. ¿Cómo combatirla? Me debatía pensando cómo hacerlo de manera efectiva. Estamos atrapados. ¿Cómo decir "No tolero la intolerancia"? Se necesita un poco de eficacia. Es más provechoso luchar mucho tiempo sostenidamente, que un rato corto con gran intensidad.
   Después vino la discusión sobre si teníamos que cuidar a las Damas Pobres, o no, pues se habían quejado de falta de atención. A raíz de esto, escribí una carta para todas las Menores, la cual fue muy bien recibida.
   A instancias de la asamblea reunida en Capítulo, años después, me puse a escribir la vida de San Francisco de Asís. Para ello, consulté todas las fuentes y trabajé varios años. Con motivo de este escrito, fui a visitar a Egidio al eremitorio de Monteripido, y le hice muchas preguntas, que él me respondió de manera simple, como es su estilo.
   -Nosotros los ignorantes -me preguntó cuando ya terminábamos la entrevista-, ¿qué podemos hacer para salvarnos?
   -Todos podemos recibir la gracia de amar a Dios. Con eso basta.
   ¿Soy capaz de amar a Dios tanto como lo amas tú?
   -Por supuesto.
   Egidio se puso a saltar de júbilo. Así lo dejé cuando me despedí.
   Fui a Foligno a entrevistar a otros Hermanos, de los más antiguos. Fue una tarde provechosa, y cuando me retiré de ahí, partió corriendo detrás mío un Hermano muy humilde, que logrando vencer su timidez, dijo que quería hablarme. Nos sentamos en unos troncos al borde del camino y conversamos bastante. Eso fue bueno para ambos.
   No sólo conversé con muchos Hermanos y Hermanas, también quise estar en los lugares más frecuentados por Francisco, como la Verna, y la Porciúncula. Medité y me di largos tiempos de oración. Sentí como si en el aire hubieran quedado vibraciones que me ayudaban a formarme la más clara idea de lo que vivió Francisco.
   Cuando terminé de escribir, después de tres años, y tras revisar la biografía, le encargué a varios Hermanos que la copiaran, para distribuirla en los conventos. La presentación de este libro tuvo lugar durante un Capítulo en Pisa, en la misma oportunidad en que envié a Constantinopla una misión para unir a los cristianos. Basándome en algo que aprendí de Elías, reuní un grupo escogido de cuatro Hermanos Menores y les encargué ir a sembrar la semilla de la unión entre los orientales y los latinos. Encuentro muy necesario reconciliarnos, o por lo menos dar pasos en ese sentido.
   -Primero se siembra -les dije- y un tiempo después vendrá la cosecha.
   El Papa Urbano IV se enteró de esta misión y no le hizo mucha gracia. Tuve que llamar de vuelta a los cuatro Hermanos, y por eso la delegación no alcanzó a tener todo el éxito al que estaba llamada.

         * * *

   Un par de años después murió el Papa Urbano. Como sucesor fue elegido Clemente IV, que perteneció a nuestra Orden. Estuvo muy poco tiempo en el pontificado. La muerte lo sorprendió en pleno esfuerzo por resolver las luchas de poder que se habían suscitado entre los cardenales. Clemente IV había ingresado a los franciscanos después que enviudó, y entró también al sacerdocio.
   Asistí al funeral, y ahí tuve la oportunidad de saludar a sus dos hijas, monjas, que vinieron autorizadas por sus respectivas abadesas.
   El cónclave reunido en Viterbo, pues en esa ciudad ocurrió la muerte del Papa Clemente, eligió como sucesor a Felipe Benicio, médico florentino y monje servita. Sin embargo, éste nunca asumió. Se decía que estaba escondido. No todos lo creyeron. Nunca se supo si acaso estaba secuestrado. El hecho es que un grupo de cardenales gobernó la Iglesia por casi tres años, sin ningún contrapeso.
   Decidí intervenir, aunque no era cardenal tenía yo una relación muy cordial y cercana con la jerarquía. Me fui a Viterbo y hablé con los cardenales respecto a la situación de la Iglesia, que estaba insostenible. Les sugerí que escogieran a seis de ellos para que eligieran al Papa. Algunos me acogieron bien, y acordaron reunirse para estudiar una solución al problema del pontificado. Finalmente hubo un cónclave, en el que eligieron como nuevo Papa a Teobaldo Visconti, que pasó a llamarse Gregorio X. Era éste un diácono, que se encontraba en ese momento en la Cruzada. Al llegar a Roma para asumir tan alto cargo, Teobaldo fue ordenado presbítero y obispo, y coronado como Papa, lo cual me alegró muchísimo. Yo lo había conocido en la Universidad de París, donde pudimos entablar una buena amistad.
   En el segundo año de su pontificado, el Papa Gregorio X me nombró obispo de Albano y me elevó a cardenal. Estando yo en el convento de Mugello llegaron los delegados pontificios trayéndome las insignias de mi "nueva dignidad", según dijeron. En ese momento yo estaba limpiando la vajilla, así que los hice esperar un rato mientras me lavaba las manos para recibir esos honores.
   El Papa convocó a un concilio en Lyon, con el principal objetivo de unir las iglesias romana y griega. Me encomendó preparar todo lo concerniente a esa ansiada unión con los griegos. A eso me dediqué, preparando discursos y animaciones, y también una comisión de cuatro Hermanos Menores para que viajaran previamente a Constantinopla a efectuar los primeros avances en la unidad de las iglesias. El Papa accedió de muy buen grado. Muy pronto me vi en pleno concilio, el cual se inició con solemnidad, y con más de mil participantes, incluyendo a Albert von Lavingen. No pudo asistir Tomás de Aquino, pues murió, justamente cuando se dirigía al concilio.
   Las primeras sesiones se orientaron al financiamiento de la cruzada. En el lapso libre que siguió, renuncié al cargo de Ministro General de la Orden, para lo cual convoqué a un Capítulo, en la misma ciudad de Lyon.
   El concilio continuó con lo que más me interesa, la unión de las iglesias. El tema no es nada de fácil para gran parte de la jerarquía. Nos reunimos varios cardenales, con los delegados griegos y discutimos en extenso diversas cuestiones. Lo que nos une y lo que nos separa. Conté con la valiosa colaboración del cardenal francés Pierre de Tarentaise. Otros cardenales no están aún llanos a acercarse al cristianismo oriental. Desde niños nos han inculcado que los que piensan distinto están equivocados. En cambio, yo estoy cada vez más convencido de acogerlos y limar las asperezas. Más que nada porque la división se agravó por la corrupción de nuestra mitad occidental. Días atrás me arrodillé ante los orientales y les pedí perdón. A muchos cardenales les pareció mal que yo haya hecho eso, pero estoy seguro que a Dios le ha parecido bien.
   Algunos matices teológicos no fueron tan difíciles de conciliar, pues los griegos estaban muy abiertos a la unión. Lo que más nos detuvo fue una cuestión lateral que salió durante las conversaciones, una aprensión de los orientales respecto de una práctica occidental excesivamente violenta para con los herejes. Me sentí incómodo, como obligado a defender algo imposible de justificar. En todo momento quise ser muy fiel a los principios divinos. Y siendo que yo dirigía el debate, y más aún, teniendo en cuenta que mi actitud era conciliadora, no pude menos que encontrar la razón a los griegos en muchas de sus intervenciones. Yo sabía que pisaba terreno pantanoso, y hasta noté las miradas desconfiadas de algunos cardenales, muy penetrantes, casi bofetadas sobre mí. Acordamos la unión, la cual se concretó más tarde en el plenario, al menos en el papel. El Papa Gregorio X lloró de alegría por la unión lograda. Ahora viene lo más difícil, rezar mucho por esta causa, para que la gente acepte la nueva disposición. Es necesario consolidar más la concordia, pues la gente común griega no está muy convencida de que haya llegado el momento de la reconciliación.
   Y hasta ahí va el concilio, por el momento. Están planeadas algunas sesiones más, pero no creo que yo pueda asistir, pues me enfermé. Hasta hace muy poco estuve absolutamente sano y lleno de vida, y de un día para otro me vinieron unas horribles convulsiones que parecía que me iba a morir. Fue algo repentino y muy agresivo que entró en mí. A nadie más le pasó, y son muchos los que comieron lo mismo que yo. Esa noche, yo no valía nada. No podía ni caminar. Arrastrándome, pasé botando cosas y derramé un florero del pasillo oscuro. Quería vomitar y no podía. Se me nublaba la vista, estaba mareado, aunque no había tomado ni gota de alcohol. Algo pude eliminar de mi cuerpo, por arriba y por abajo. Volví a mi cama, más aliviado. En la mañana no me pude levantar. Me sentía muy mal. Vino un médico y me preguntó si acaso comí algo indigesto. Le respondí que no. Dijo que me tuvieran en observación, que ya se me iba a pasar. Sin embargo, a cada momento me sentía más mal.
   Empecé a sospechar que me estaban envenenado, así que le pedí a mi asistente, un fraile de la comunidad, que me llevara al convento franciscano que está en esta misma ciudad. Los cardenales no querían que me fuera, si acá estaban las condiciones mejores. Decidí que me iba, y le ordené a mi asistente que me sacara. Y así lo hizo. Sabíamos que no había nada que perder. Era una buena precaución ir a mejorarme a otro lugar en que yo confío.
   Creo que a la alta jerarquía, mis pares, no les gusta nada que yo no elogie la inquisición. Y lo que menos les gusta es unir las iglesias. He estado dando esa lucha.
   En la tranquilidad de mi habitación, junto a mi malestar, me dedico a revisar lo que ha sido mi vida hasta ahora. Y leo la Biblia. En el libro de Baruc estoy viendo que dice "Jerusalén, mira al Oriente, ya vienen los hijos que viste partir".

 
   41.- Maseo cierra esta historia

   El Señor ha sido muy bueno conmigo. No sólo me ha dado larga vida, sino que además acaba de avisarme que pronto iré a Él. Así, puedo prepararme, y llegar con los deberes cumplidos. Es el año 1280.
   Los chiquillos me dicen "El vejo Maseo".
   No todos los Hermanos Menores han tenido mi suerte. No hace más de seis años que murió Buenaventura, de una manera sorpresiva e inexplicable, en pleno concilio. Él fue un sabio, que estaba llamado a unir a los cristianos. Talvez, aún no ha sido el momento. La muerte de Buenaventura, que escribió importantes obras espirituales, fue muy sospechosa, por decir lo menos. Al parecer, lo envenenaron, según afirma su secretario Pellegrino. A partir de ese momento se agudizó la confrontación entre las posiciones extremas de nuestra comunidad. Toda la Iglesia ha estado muy movida.
   El aparente éxito de la unión que se estaba logrando entre las iglesias romana y griega quedó en nada, pese al esfuerzo de Pierre de Tarentaise, un seguidor de Buenaventura. Entre otras cosas, no se contó con la aceptación del pueblo griego.
   Dos años después murió el Papa Gregorio X, también de manera sorpresiva. Como sucesor, fue elegido precisamente el cardenal dominico francés Pierre de Tarentaise, un pacifista. A los cinco meses, Pierre murió de una manera parecida a Buenaventura. Con la diferencia que esta vez la investigación determinó que el nuevo Papa había sido envenenado, aunque hasta hoy no se ha podido saber quien o quienes fueron los culpables. Lo sucedió Adriano V, un diácono cuyo pontificado duró cuarenta días, ya que murió antes de ser ordenado sacerdote. Algunos sospechan que también lo asesinaron.
   Hay otro sabio perseguido, el inglés Roger Bacon, que ingresó a nuestra comunidad hace como 25 años. Unos lo persiguen por sus ideas científicas de avanzada, y otros, por defender la pobreza que nos enseñó Francisco. Me pregunto cómo el ser humano puede llegar a tal fanatismo como para rechazar violentamente a los que quieren innovar y también a los que se quedan pegados en la costumbre.
   Yo que no tengo tanto rango ni he descubierto nada, no he tenido problemas. Soy longevo entre los longevos. Me ha tocado cerrar los ojos de santos varones que me habían enseñado la humildad, eso que tanto me costó. Y estar en los entierros de muchos de mis Hermanos. Francisco, el primero que se fue, el que tuvo la intuición para armar toda esta aventura. Después, Bernardo su primer discípulo. Junípero, y Ángel murieron en 1258. Egidio, en Perugia, unos pocos años después. Su vida transcurrió en los eremitorios. La contemplación y la vida mística llenaron su existencia.
   Hace diez años murió Rufino en Asís, asistido por el hermano León, que murió también en la Porciúncula, al año siguiente. He buscado el libro de León por todas partes y no lo he podido hallar. Y hace poco murió Pacífico.
   Antes había muerto Clara, ¡qué mujer más grandiosa!, y su pequeña hermana, que llamábamos Inés, la siguió a los pocos días, simplemente porque no podía vivir sin ella.
   Dos años después de su partida, Clara fue canonizada por Alejandro IV, en Anagni, pues ahí vivía el Papa. Tanto pidieron las Hermanas de San Damián que les trajeran el cuerpo de Clara, que lograron les construyeran un convento al lado de San Jorge. Hacia allá se trasladaron, en cuanto estuvo listo. En esa oportunidad, León y Ángel entregaron a Benedetta el breviario de Francisco.
   Diez años después de la muerte de Clara, el Papa Urbano IV promulgó una nueva regla para las Damas Pobres, en la cual revoca el privilegio de pobreza e impone que el cuidado espiritual de las Hermanas ya no radica en los Hermanos Menores, sino en un cardenal protector y los capellanes que éste estime convenientes. La nueva regla echó por tierra todo aquello que había logrado Clara con tanto esfuerzo a lo largo de su vida. Esta nueva regla fue aceptada, después de gran resistencia, por la mayor parte de los conventos de Damas Pobres. Sólo los monasterios de Asís y sus alrededores se opusieron férreamente y mantuvieron la regla de Santa Clara.
   Ha sido muy difícil el camino de nuestra hermandad. Recuerdo cuando excomulgaron a Elías, y años después lo repusieron, un poco antes de su muerte. Otro gran Hermano Menor, muy distinto a Francisco, pero necesario también para restaurar el templo, como nos decía Francisco. Sí, nuestra misión fue siempre la de restaurar el templo. Así, expresado como figura literaria, así se lo pidió una tarde Jesús a Francisco. Y en eso hemos estado empeñados, cada cual en su estilo.
   Los vi morir a todos. Me llevé bien con Elías, con Juan de Parma, con Buenaventura, y de los Menores más chicos, con Rufino. Fue una amistad que antes no había sospechado que se podía dar. Francisco, admirable, siempre iba tan adelante que apenas podíamos seguirlo, y muchos se quedaron atrás. Cuando entendí que yo era el que tenía que asumir el pastoreo en la comunidad, ya era muy viejo.
   De las Hermanas Menores, Clara era una santa en vida. Al verla, fui aprendiendo a respetar a las personas. Su hermanita, un encanto de chica, tan divertida, y con una inteligencia superior. Otra que fue notable, Bienvenida, la acogedora. Pacífica era como una mamá, aunque nunca quiso llevar las riendas. Una mamá calladita que se fue apagando de a poco al llegar a anciana.
   En la comunidad pude llorar por primera vez después de durísimos años. En la niñez me habían inculcado no llorar. Comprendí a mis padres, que tanta distancia les tuve. Era difícil para ellos llevar una familia.
   Me duelen las piernas y los brazos, y ya no veo mucho. He de irme, contento, y me llevaré conmigo el recuerdo de la Porciúncula. Me pregunto para qué le serví yo al mundo. Son miles las personas que visité alguna vez y les hice ver la belleza de la vida, el encuentro con lo divino. Los viejos tenemos mucho que decir, y es bueno que nos escuchen.
   No me da miedo morirme. Sé que iré hacia una vida diferente, desconocida. Si tuviera que vivir de nuevo, elegiría la misma vida. En contacto con la naturaleza y con la gente. Admiro a los grandes contemplativos que he conocido. Mi oración es más modesta.
   El cuerpo es lo que se gastó, se consumió, tropieza y cae. Mi alma es la misma que tengo desde niño, en cuanto a fuerza y disposición.
   Mi existencia ha tenido etapas. Después de la niñez, y la juventud exitosa en el siglo, el aprendizaje que obtuve directamente de San Francisco. Después de su muerte vino una etapa de vigencia, en que pude combinar oración, trabajo manual y visitas que me gustaba efectuar. Al morir Clara, todo empezó a cambiar, me dediqué más que nada a adiestrar a los muchachos nuevos. En eso he estado hasta ahora.
   Mi vida ya llega a su fin. No sé si me quedan días, horas, o tan solo minutos. Quiero ir a morir a la Porciúncula, el lugar que más amo, donde se inició esta aventura, y que aún está habitado por Hermanos Menores, chiquillos jóvenes, llenos de vida... Una vida que se vive con generosidad por una causa superior. Quizás seguirá estando habitada la Porciúncula por un tiempo. No sé cuánto. Ojalá mucho.
   Hacia allá me encamino, apoyado en mi bastón, dando pasos pequeños. Parece una larga travesía. Antes era un corto trecho. No es que haya cambiado. Soy yo el que me he puesto más lento. Sigo avanzando mientras escucho el canto de los pájaros. El día está lindo.
   Y sigo recordando las dificultades que se han vivido. En 1269 los tártaros atacaron un convento de Damas Pobres en Polonia. Murieron sesenta Hermanas. Fue algo tremendo, que duele evocar.
   Cuando llego a mi destino, me encuentro con una pequeña comunidad de frailes. Los veo tan piadosos que me cuesta reconocerme en ellos. Salen a recibirme con mucho afecto.
   -¡Viene el viejo Maseo!
   Sí. Soy el viejo Maseo. Y me gusta serlo. A mis noventa años me consideran una reliquia viviente.
   -Tú, que conociste a Francisco, háblanos de él.
   -Aquí en este mismo lugar, reímos y cantamos tantas veces.
   Entro con ellos a la capilla. Está igual que siempre, llenándose de oraciones. Quiero llenarla de cantos.
   -Cantemos -les digo a estos chicos. Ellos también se saben el Cántico del hermano Sol.
   Me paro adelante, y empiezo a entonarlo con toda la fuerza que mis cansados pulmones me permiten. Los muchachos entran en la canción con mucha más energía. Esto es vida.
   De pronto, siento un intenso dolor en el pecho. Me doblo, y grito. El suelo se viene hacia mí y me golpea en el rostro. Sin embargo..., no siento nada...