ARISTODEMO                    Un lugar literario
Los santos de Asís         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   1.- Ortolana en el bautizo de su hija

   Invité también a Pica, la mujer de Bernardone. La conocí cuando estuvimos en Tierra Santa hace un par de años. Ella era la única de nosotras que no pertenecía a la nobleza. A mí, eso de los títulos es algo que jamás me ha importado. Nos hicimos muy amigas.
   Hoy hemos bautizado a mi hija de pocos días, en la iglesia de San Rufino, aquí al lado de mi casa, en plena plaza principal. La ceremonia finalizó recién, y nos disponemos a reanudar la conversación que teníamos las dos, y también con Pacífica, recordando ese hermoso viaje, en que ella estuvo con nosotras.
   -Ortolana, no me canso de decirte ¡qué linda niñita has tenido! -exclamó jubilosa Pica al llegar a la plaza, hace ya más de una hora. Y desde ese momento no paramos de charlar hasta mucho rato después, cuando llegó el padre Guido.
   -Hermosa, ¿cierto? -reconocí con orgullo, mirando al bebé que estaba en mis brazos.
   -¿Se llamará Caterina? -preguntó Pica.
   -No. Con Favarone decidimos llamarla Clara.
   -¿Por qué? Si estabas tan convencida esa vez que visitamos las reliquias de la intrépida Caterina de Alejandría.
   -Prometiste llamar así a tu primera hija -recordó Pacífica, con una sonrisa de complicidad.
   -A alguna hija que tuviere -rectifiqué- pero en ese tiempo no tenía ninguna. Además, puedo tener otra, después.
   -Pacífica, parece que tú sabes algo más -dijo Pica, y entonces intervine, explicando la visión que había tenido. Pica lo entendió perfectamente porque también a ella le han pasado cosas similares.
   Lo que ocurrió es que cuando estaba en mi octavo mes de embarazo, no me sentía muy bien, y me puse a rezar delante del crucifijo, en esta misma iglesia, para que el Señor me ayudara a llegar bien al parto, tener mi bebé sin problemas. En aquel momento escuché que Jesús me hablaba. Me decía que no tuviera miedo. Que daría a luz una luz más clara que la misma luz en día iluminado.
   -Así, con esas palabras -afirmé-. Lo recuerdo como si fuera hoy.
   Y recuerdo también que después de ese día empecé a imaginar que tendría un hijo sacerdote, y que llegaría a ser obispo. Me metí mucho en mi ensoñación, y me alegraba por anticipado porque mi hijo tendría que llegar a ser Cardenal, y más aún, después con toda seguridad sería elegido Papa. Me emocionaba imaginar los pormenores de la elección. Así, estuve tranquila hasta el día del parto y..., sorpresivamente..., tuve una niñita. Yo no entendía nada. Me preguntaba por qué tuve niñita si Dios me dijo que tendría alguien que iluminará
   -¿Acaso una mujer puede iluminar? -dije en voz alta- ¿Cuándo ha pasado algo así? Bueno, si es la voluntad de Dios, así tendrá que ser.
   Talvez tenga un niñito después, más adelante. Le volví a preguntar a Dios, así como por curiosidad, pero ya sé que Él hará lo que estime conveniente, y lo hará de la mejor manera, y si hoy yo no sé cómo va a ser eso, no debe importarme. Yo, que me sentía como una María, a lo mejor fui una Ana.
   -Así tendrá que ser -confirmó Pacífica.
   -Sí. Parece que las mujeres tenemos que estar siempre en un segundo plano -manifesté lentamente, tomando nota mental de lo que me escuchaba decir-. Y eso..., algún día cambiará. Quedé feliz de haber tenido una niñita.
   Ellas estuvieron de acuerdo conmigo en eso.
   -Tuvimos que preparar tantas cosas para agasajar a los invitados -comenté, porque me puse a pensar en las actividades femeninas-. Es una cosa vana que se transformará en nada. Pero, la vida parece tratarse sólo de lo inmediato.
   Un anuncio de ayer referido a una utopía del mañana parece ser una ilusión que me saca de mi centro real, pero es lo único que perdura. Es lo que seguiré recordando por muchos años.
   Seguimos hablando del viaje que hicimos en plena guerra de Cruzadas. Era realmente arriesgado. Por eso, no me fue fácil en aquella oportunidad convencer a Favarone, que me diera permiso para salir en peregrinación. Menos mal que no tuvimos ningún contratiempo, en todo el viaje, gracias a que íbamos en un grupo atendido de manera muy segura.
   -Hay tanta incomprensión religiosa en el mundo -reflexionó Pacífica en voz alta.
   -¿Han escuchado hablar de los valdenses? -preguntó Pica.
   -Creo que son los mismos que los Pobres Hombres de Lyon -respondí-. Andan descalzos y con ropa muy sencilla. Siempre de a dos, predican la pobreza y la penitencia.
   -Ya han llegado por acá -observó Pica- y hasta traducen el evangelio por su propia cuenta. Lo leen y lo vuelven a leer. Y despotrican contra los sacerdotes, contra la misa, y contra la riqueza de la Iglesia.
   -Y no creen en el purgatorio.
   -Valdo, su fundador, fue excomulgado -completó Pica, bajando la voz, y entonces, optamos por conversar de otra cosa.
   Pica nos habló de su hijo Juan, al que llaman Francisco, desde que su padre Bernardone llegó de Francia muy entusiasmado por sus éxitos comerciales y contagiando a todos el gusto por lo francés.
   -Pedro viaja mucho a Francia -señaló Pica-. Hasta nos casamos en Francia. Juan disfrutaba con las canciones en francés, aunque no las entendía, le gustaban.
   -Ahora, todo el mundo le dice Francisco -acotó Pacífica.
   -Sí -reconoció Pica-, cuando los compañeros de la escuela se enteraron que le decíamos así lo dejaron definitivamente con el nombre Francisco... De repente, me preocupa este niño.
   -¿Por qué? -quise saber.
   -Porque le gusta mucho meterse en sus fantasías, y sueña despierto con grandes hazañas de caballería. Imagínate, tiene once años, si ya casi estamos entrando en el año 1194. ¡Cómo se pasa el tiempo!
   En eso estábamos cuando llegó el padre Guido, ataviado como de fiesta, y dio comienzo al bautizo. Es un muy buen sacerdote. No como la mayoría de ellos, que llevan una vida bien poco casta, venden las reliquias para financiar sus fiestas, y algunos, hasta tienen hijos, siendo que se decretó el celibato religioso, hace ya casi un siglo.
   Al padre Guido le tenemos mucho aprecio. Casi todos los asistentes a la ceremonia nos acercamos a la pila del agua bendita. Sólo el abuelo Offreduccio, que es el patriarca de la familia, y mi cuñado Monaldo, que es el hermano mayor, se quedaron sentados. Monaldo es el hombre fuerte del clan, ya que el abuelo está viejo y enfermo.
   -Clara, yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo -pronunció el sacerdote la fórmula bautismal, no sin antes haber rezado por San Rufino, mártir y patrono de la ciudad.
   Fue entonces que me fijé en el niño que había llegado hace un rato con un amigo, un poquito mayor, el cual subió alegremente al campanario. Cuando eran más pequeños yo los veía jugar a la guerra. Este otro niño que quedó abajo, parece ser el hijo de Pica. Hace tiempo que no lo veo, pues ellos van a misa a San Nicolás, cerca de su casa. Quería cerciorarme, pero ya no podía preguntarle a Pica, en pleno bautizo. Estuve muy pendiente de las palabras del padre Guido, pero cada cierto rato yo miraba hacia el niño y veía lágrimas en sus ojos.
   Al término del bautizo, fueron llegando más mujeres a nuestro grupo. Ahora, era Pacífica la que tenía a Clara en sus brazos.
   Seguí pendiente del niño porque pensé que algo le pasaba. No creo que haya estado molesto porque no lo dejaron subir al campanario con su amigo encargado de tocar las campanas durante el bautizo. Y muy bien las hizo repicar, tanto que yo me emocionaba, y parece que también el niño que quedó abajo, pues brincaba entusiasmado, lo cual era una señal de que sus lágrimas no eran de pena.
   Fui haciendo pasar a los invitados a mi casa, acá al lado del templo, la mansión que habitamos con mi esposo, Conde de Sasso-Rosso, caballero feudal de una antigua familia romana. Las riquezas que poseemos me permiten ayudar a los pobres de Asís.
   Favarone, por supuesto, entró el primero, junto a sus cuatro hermanos mayores. Lo siguieron los invitados. Yo me quedé para el final, y antes de entrar me volví hacia el niño aquel, que me pareció que es el de Pica.
   -¿Cómo te llamas? -le pregunté.
   -Francisco.
   -¡Ah! Eres el niño de Pica. ¿Y por qué llorabas?
   -No. No es que haya llorado -me corrigió dignamente-. Me salieron lágrimas por la luz.
   -¿Qué luz? -quise saber, si yo no había visto ninguna luz.
   -Esa tremenda luz que apareció de repente.
   -¿Por dónde apareció alguna luz? -insistí.
   -Por la ventana de arriba.
   -A ver... muéstramela -le pedí, pues no sé de qué ventana me hablaba.
   Volvimos a entrar y a pararnos cerca de la pila bautismal, y Francisco hubo de aceptar la evidencia. No había ninguna ventana.
   Francisco ríe, y yo también. Entonces, él se va cantando muy contento. Se dio cuenta que había vivido una experiencia especial.

 
   2.- Francisco paseando

   He adquirido la costumbre de pasear por el campo, meditando. Hacia arriba y hacia abajo del monte Subasio, por senderos atrayentes. Salgo todos los días en la mañana y vuelvo a casa a almorzar. Mi padre se preocupa porque poco a poco he dejado de interesarme en el trabajo de la tienda. Todavía lo acompaño algunas tardes y le ayudo a vender géneros, pero pronto me aburro. Incluso, he ido con mi padre a Francia, por negocios. Tenemos la mejor tienda de ropa y géneros de Asís, pero eso ya no me llama la atención.
   -Francisco -me ha dicho mi padre varias veces-, tú tendrás que hacerte cargo del negocio algún día, y ya tienes que empezar a aprenderlo.
   Me inventó ese nombre porque, según me cuenta, se disgustó mucho cuando supo que mi madre me había puesto “Juan”, igual que el santo bautista, que no le causa ningún entusiasmo.
   Yo prefiero que sea Ángelo el que se haga cargo del negocio. Mi hermanastro es bastante mayor que yo, y le gusta el comercio, pero no me animo a proponérselo a mi padre, pues es un asunto entre ellos.
   En mi excursión de hoy, cerca de Asís, me he encontrado con una naturaleza preciosa. Me bajé del caballo y lo até a un cerco. Prefiero caminar un poco y escuchar el canto de los pájaros y la brisa que mueve las ramas de los árboles. Es hermoso.
   Voy pensando en mi existencia. Cómo se me han ido rompiendo todos mis esquemas. Tengo que plantearme de nuevo, pues ya tengo 23 años, y lo único que sé es que mi vida tiene que cambiar.
   Ya no soy ese joven elegante que gustaba de las fiestas, mucha música, y las diversiones intrascendentes con los amigos. Me da risa recordar los disturbios que armábamos, estando borrachos, cuando los guardias nos sumergían la cabeza en una fuente y nos llevaban a nuestras casas. Y qué decir de la fiesta de San Nicolás, antes que la prohibieran. Hacíamos parodias sacrílegas y al final sacábamos a remate unas prostitutas.
   Eran buenos tipos mis amigos, en todo caso, y los conservo. Bernardo, Elías, León, y tantos otros. Hasta ahora sigo acompañando a algunos en más de una velada en que cantamos y recitamos. Ellos también ya están un poco más serios. Muy especialmente León, que entró al sacerdocio. Recuerdo que para Navidad inventamos unas canciones lindas. Sueño con el día en que se construya un pesebre real, con ovejas, bueyes y asnos de verdad. Y hasta con pastores y magos, y un José, una María y un Jesús. Me imagino a mí mismo diciendo el sermón, aunque aún no sospecho qué diría.
   Tengo la certeza de que algún día esto ocurrirá. Algo falta en mi vida. O quizás sobra. Hace apenas tres años yo empecé a ser una persona guerrera. Me uní al escuadrón popular, en contra de los señores feudales, que casi ni quedaban porque se habían ido de Asís. La mayoría de ellos, a Perugia, muy cerca de acá, hacia el oeste. Es que yo estaba asombrado por la toma de la fortaleza Rocca por parte de los rebeldes. Aprovechando la ausencia temporal del duque, los burgueses vencieron a la guarnición y establecieron un régimen comunal. Con las piedras de la fortaleza construyeron una muralla que rodea Asís. Esa rebelión me atrajo tanto, que mi madre me recriminaba. Que cómo puedo andar con esos pillos. Que si no me daba cuenta que su amiga, la señora Ortolana tuvo que exiliarse con sus hijitas. De verdad, yo no me daba cuenta. No le tomaba el peso al asunto. Mi madre estaba apenadísima, pues tiene varias amigas nobles. Tenía, más bien dicho.
   Hace tan sólo dos años partí a la guerra contra Perugia, en una compañía de lanceros. Me habían atraído mucho las trompetas, los estandartes, y el colorido. Ibamos con buena disposición, pues suponíamos que la guerra era la manera de relacionarse entre los pueblos. Hoy lo encuentro absurdo. Ser enemigos de Perugia, es un contrasentido. Cuando vino la batalla de Collestrada la situación se puso tan negra, que tuvimos que salir arrancando. Fue una derrota estrepitosa. Estábamos echados en el suelo, un grupo de los nuestros, casi sin respirar porque los perugianos iban pasando por ahí, muy cerca. Giuliano no podía aguantar un estornudo, ni pudo pedir que le pegaran o algo así, el caso es que, a causa del estrépito que produjo nos atraparon y caímos prisioneros de los señores feudales.
   Habíamos querido quitarles sus privilegios por la fuerza, y... claro... nos derrotaron. Fui ingenuo, pero estoy en paz conmigo, fiel a mis principios, movido por un ideal de justicia.
   Nos llevaron a la cárcel de Sopramuro donde pasamos casi un año, en una mazmorra asquerosa, oscura y húmeda, muy fría en invierno y muy calurosa en verano. Cientos de días interminables. Golpes, insultos, y un mal olor que se me quedó pegado en la nariz, quizás para siempre. Llegó un momento en que no me importaba contribuir a la suciedad. Gran sufrimiento era la sed que me corroía la garganta, y el hambre que retorcía el estómago. En los primeros días, algunos lloraban. Yo, también. Después, mis ojos se secaron.
   Los otros compañeros le hacían el vacío a Giuliano, añadiéndole así otro dolor. Les dije que él no tenía la culpa, y aunque la hubiera tenido, me hice amigo de él en la prisión. Antes, lo había conocido muy poco. Menos mal que los demás me hicieron caso, y lo acogieron nuevamente.
   No teníamos letrinas ni agua para lavarnos. Comíamos unos pocos restos y bebíamos agua sucia. Aprendí a obtener del sufrimiento la fuerza para vivir. Mis compañeros de calabozo se fueron deprimiendo a lo largo de los meses. Recordé los cantos que yo sabía y traté de enseñárselos. No querían escucharme, me hacían callar, pero los convencí que ésa era la manera de mantenernos vivos. Así nos dábamos fuerza. Los que no cantaban, al menos sonreían. Hasta los carceleros se pusieron más humanos.
   Tuve tiempo de preguntarme qué sentido tiene haber sido fiel a ideales, si al final no se logra nada. Si aunque hubiésemos ganado la batalla, tarde o temprano los ricos se recuperan. Este asunto no puede funcionar así, basándose en el odio. Tendrá que ser de otra manera. Me pregunto cómo el injusto podrá comprender su error y empezar a ser justo, si nadie puede forzarlo. Y yo, ¿cómo puedo comprender mis errores, y cambiar, transformarme en lo que he de ser? Nadie me puede forzar tampoco. Es mi tarea. Es lo único que puedo hacer. Si lo logro, talvez pueda llegar a ser un modelo viviente, de cómo cada cual puede comprender sus errores y empezar a ser mejor.
   Mientras estuve en esa prisión, necesité imperiosamente un abrazo de alguien, que no vino nunca, ni siquiera de mi padre pues no podía venir. Por lo menos, le permitieron pagar rescate, después de muchos meses, y así terminó ese sufrimiento, y volví a mi casa en Asís, enfermo y desanimado, débil, en los puros huesos. Con fiebre y diarrea. Mis articulaciones necesitaban rehabilitación, y peor aún porque tuve que estar un año en cama.
   Había vivido un fracaso estruendoso, y todavía me preocupaba por lo que la gente pudiere comentar. Supuse que nadie podría quererme. En esos días, recién llegado, pensé en muchas cosas. En las oraciones del calabozo, plegarias que habían estado olvidadas por años. Esta vez no las iba a dejar irse. Me habían sostenido y tenían que seguir sosteniéndome. A través del dolor, fui descubriendo el amor de Dios.
   Pensé en el poder, y en quienes lo tienen. La jerarquía de la Iglesia tiene gran poder, y también muchas riquezas. Se me venía este pensamiento ahora que el rostro de mi alma empezaba a volverse tímidamente hacia Jesús. A mi entender, esas riquezas de la Iglesia la hacen descuidar su misión. Todas esas cosas me daban vuelta en la cabeza.
   Después que pude levantarme y volver a frecuentar a los amigos, volví a las fiestas, pero ya no era el mismo.
   Me interesé en saber más respecto a una cosa gravísima que estaba pasando con la Cruzada. Ya era vergonzoso que se ofreciera indulgencia plenaria por enrolarse en el Ejército de Jesucristo. Así se le daba prestigio. Hasta se decía que Cristo aplaude la muerte del enemigo. Eso no puede ser. Va contra la enseñanza del evangelio. Y no es todo. Lo peor está empezando a ocurrir, según me he estado enterando desde hace poco. Los guerreros cristianos se han aliado con los venecianos, acérrimos enemigos del emperador bizantino. Aún no puedo explicarme cómo pudieron incurrir en esa canallada, por ahorrarse algún dinero, o quizás no tenían posibilidad de conseguirlo. Se ha visto que, en la práctica, los venecianos son verdaderos mercenarios. Es gente de lo peor, pienso yo. Y resulta que en ese momento, los cristianos pasamos a ser súbditos de los venecianos. Comprendí que podía pasar cualquier barbaridad. Era imperioso que alguien fuera a ese frente, el de los cruzados, a intentar poner orden.
   Con gran ingenuidad, creí que ese alguien era yo. No fue por otro motivo que, nuevamente, empezó a interesarme la vida caballeresca. Me compré una armadura y un buen caballo y me uní a una expedición que salió desde Asís hacia el sur, con destino a Puglia a unirse con Gualterio de Brienne, que dirigía las huestes pontificias en nombre del Papa Inocencio. Gualterio era un hombre con mucho prestigio, por los éxitos militares obtenidos por él.
   Ya en el camino me hice amigo de otro guerrero como yo, pero pobrísimo, tanto que opté por prestarle mi armadura nueva, para que no estuviéramos tan disparejos.
   Acampamos, y en la noche tuve un sueño importante. Yo estaba recorriendo las numerosas dependencias de un palacio en las que había toda clase de elementos de guerra, como armaduras y espadas con cruces labradas. Al despertar, creí ver en ese sueño un anuncio de que obtendríamos lo que estábamos necesitando para enfrentarnos con éxito a los enemigos de los cristianos. Continuamos el viaje hacia Puglia, pero curiosamente, ya no tenía yo tanto ardor por ir a la guerra. Menos aún al escuchar a mis compañeros hablando de su odio por los islámicos, que yo no compartía en absoluto.
   Me fui enterando de más cosas, que habían estado silenciadas. Atrocidades. Lo que pasó cuando los cruzados se aliaron con los venecianos por conveniencias mezquinas de ambos, y se enfrentaron a los cristianos de Oriente en Constantinopla. Fue una monstruosa traición a los propios propósitos de la Cruzada. Saquearon la ciudad, incluyendo la Basílica de la Santa Sabiduría. Y violaron hasta a las monjas. Encuentro que fue una cosa horrible. ¿Cómo pudieron caer en ese exceso? Entendí por qué el Papa, sobrepasado por los acontecimientos, había excomulgado a los venecianos, y también a algunos cruzados. Sin embargo, no se repara nada con eso, y además no parece estar en una posición de pleno rechazo de lo ocurrido, talvez con la secreta esperanza de que la iglesia bizantina se someta a la romana. Ese asunto aún no está muy claro.
   "¿Y yo ando en este tipo de actividades?". Me estaba cuestionando. Mi mente le daba vueltas a los pensamientos del día.
   Al llegar a Spoleto, nos contaron que Gualterio acababa de morir. Esa noche tuve otro sueño porque el primero me había eludido. Estando un poco afiebrado, soñé con un hombre de túnica y barba blancas, que me preguntaba:
   -¿Dónde vas?
   Yo le contesté que a pelear a favor del Papa.
   -El Papa es mi siervo -declaró el hombre de la túnica blanca. Entendí que venía en representación de Dios.
   Tuve una gran emoción en ese sueño. Más aún cuando el anciano me volvió a preguntar:
   -¿Por qué sirves al siervo y no al Señor?
   Ese sueño me dejó perplejo. Uniéndolo a lo del día anterior, me empecé a dar cuenta de algunas cosas. En la mañana, mientras me levantaba, les fui dando forma dentro de mi cabeza. Y cuando ya estábamos a punto de reanudar el viaje tomé mi decisión y le dije al pobre hombre que me acompañaba:
   -Yo no seguiré en esto.
   Traté de explicarle que la guerra no es lo mío. Recién lo estaba comprendiendo. Nadie gana en las guerras. Todos pierden. Dios también pierde. Recordé a doña Ortolana y sus hijas. No fue justo que hayan tenido que emigrar en aquella oportunidad..., cuando yo las combatía. Mi madre tenía razón, como siempre. Jamás quisiera vivir así como lo he estado haciendo. Le hablé de todas estas cosas a ese pobre guerrero, que me miraba asombrado desde su caballo famélico.
   Me despedí de mi compañero de viaje y le deseé suerte. Yo retorné a Asís sin mi armadura, que se la dejé a él, pues yo no la necesitaba. Después de llegar, estuve atento a percibir algún signo que me indicara qué tenía que hacer. Sólo pude escuchar el más absoluto silencio. Fue en ese momento que empecé a replantear mi vida. Si ni el Papa Inocencio, en plena juventud, con todo su poder y su capacidad para manejar las monarquías, pudo controlar la guerra, y se le escapó de las manos la Cruzada, es que nadie puede asegurar que no se cometerán injusticias. Descubrí que tal guerra es indeseable, por donde se la mire.
   Yo estaba asqueado, también conmigo mismo, y ni siquiera me atreví a visitar a doña Ortolana, que estaba de regreso. Quería pedirle perdón por esa antigua ofensa de la que yo mismo salí más maltrecho que su familia. Postergué el gesto, pero sabía que en algún momento lo iba a hacer.
   Mi vida ya empezaba a cambiar. Mis amigos me preguntaron:
   -¿Qué te pasa, Francisco?
   No me era fácil decirles la verdad. Les hablaba usando la imagen de un tesoro escondido.
   -¿Estás enamorado? -insistían.
   -Me casaré con la mujer más bella y sabia -les decía yo, refiriéndome a una manera de vivir, la más parecida posible a como vivió Jesús.
   No entendían mi lenguaje enigmático. Y cuando yo mismo me escuché, recordé inmediatamente la escena esa del joven rico, al que Jesús le dijo:
   -Vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo.
   A mí me lo estaba diciendo. Sí. A mí. En ese preciso instante, en plena calle, a media noche, tuve ese encuentro con Jesús, y desde entonces trato de sentir siempre su presencia.
   Días después, yo estaba vendiendo géneros y entró a molestar un mendigo maloliente. Le tuve que decir que se fuera, porque en ese momento yo atendía a una distinguida dama, esposa de un cliente importante. Además, ésa es la costumbre. El asunto me dejó inquieto, pues desde niño me acostumbré a no dejar a los mendigos sin una monedita por lo menos, ya que invocan el amor de Dios. En cuanto se fue la compradora salí a buscar al mendigo. No me demoré tanto en encontrarlo, y le di algo de dinero. Así, empecé a encarnar esa nueva vida que busco, y en mi oración, prometí al Señor no negar ayuda a quienes la pidan por su amor.
   Creo que para comprender lo que es la pobreza, tendría que hacerme pobre y ponerme a mendigar. Sin embargo, no soy capaz de dar un paso así, teniendo en cuenta que en Asís todo el mundo me conoce. Le pedí a uno de los sastres que trabajan para mi padre que me hiciera un traje especial. La mitad derecha con el género más elegante, y la mitad izquierda con otro género, completamente distinto, el más barato que encontrase. El hombre se rió de buena gana, pero accedió, y a los pocos días ya tuve en mis manos mi nueva tenida. Me la he puesto un par de veces, para ver si me empiezo a acostumbrar, pero no duro mucho porque provoco rechazo.
   La semana pasada estuve en Roma y visité el templo de San Pedro, donde había una gran cantidad de peregrinos echando monedas por la reja de la ventanilla en que se mostraba la tumba del santo. Fue entonces que se me vino a la cabeza todo ese pensamiento de pobreza, y sin pensar más tiré por entre los barrotes todas las monedas de oro que tenía. Sentí con rubor la tremenda bulla que produjeron, y cómo la gente me miraba. No era mi intención hacerme notar, pero tampoco había manera de deshacer lo que ya estaba hecho.
   Jesús no habría actuado como lo hice yo. Me puse a orar, y sentí con mucha fuerza que es Cristo el que ha de entrar en mí, caminar con mis pies, acoger con mis brazos. Sí. Ése es el sentido del Cristo vivo. Me abrí a que Jesús entrara en mí... ¿Qué Jesús? Él dijo "Lo que hiciérais al más pobre, a mí me lo hicísteis". Jesús es el hombre pobre, el mendigo, el que no tiene donde guarecerse. ¡Qué difícil! ¿Cómo va a entrar ese hombre en mí...?
   Quise salir de ahí pronto, y lo primero que vi al cruzar fue un mendigo sentado en la escalinata del templo. Extendía su mano vacía a los peregrinos. Al principio, me limité a comprender que era en esa mano donde debí haber puesto el dinero. Me empezó a invadir tanta pena que fui hacia el mendigo y le di mi capa. Ya me retiraba, pero regresé donde ese hombre. Es Jesús, es el que quiere entrar en mí, en mi cuerpo... Le di mis zapatos, y el resto de mi ropa, y le pedí la suya para vestirme de pobre. Entonces, quedé yo sentado en esas gradas, mientras el hombre se fue antes que me arrepintiera.
   Después de intentarlo varias veces, mi mano pudo estirarse al paso de la gente. De todas maneras, las monedas me las tiraban al suelo, y yo las recogía. En cuanto tuve el dinero necesario para volver a Asís, me fui de ahí corriendo, y luego, estando ya en el pueblo, avancé todo lo rápido que pude por sus calles angostas y sus escalas, tratando de que nadie me reconociera, hasta llegar a mi pieza con el corazón saltando.
   Me acordé de la inmensa necesidad que yo tenía de un abrazo, estando preso en condiciones inhóspitas, y pensé en esa gente que hoy está necesitando eso, viviendo su propia prisión insoportable. El pobre que no puede ni lavarse. Los he visto, sucios, fétidos, implorando por un trozo de pan duro. Y peor aún, los leprosos. ¡Qué enfermedad más sucia e insoportable! Si he de ver a Jesús en el leproso, tengo que ser capaz de abrazarlo. La sociedad lo prohibe. ¿Quién es la sociedad? ¿Mi padre? ¿Los apóstoles? ¿Los que crucificaron a Jesús? ¿En qué acera estoy? Creo que estoy allá al frente; me siento muy lejano de mí, como si estuviera huyendo. Si he de ser un buen samaritano como Jesús propone, no tendré que cruzar la calle cuando vea al necesitado. Es que realmente necesito al necesitado.
   En la soledad de mi habitación le hablé a Jesús y le prometí abrazar al primer leproso que viera.
   Y ahora que paseo por el campo, reflexionando en torno a estas cosas, y disfrutando el sol y la vegetación, me acaba de pasar algo increíble. Veo venir a un leproso y escucho sus campanitas. Él trata de irse por otro lado, y así evitarme. Con toda seguridad está acostumbrado a actuar así. Confieso que eso me estaba dando tranquilidad.
   En seguida mi cabeza empieza a hervir. Tengo que hacerle caso. Si todo lo que quiero para mi nueva vida es verdad, y no una cobarde mentira para tranquilizarme, no voy a evitar encontrarme con este hombre. Voy hacia el leproso, quien intenta alejarse de mí. Lo busco. Sí, quiero decirle algo. Darle una palabra de ternura. Se interna en el bosque, y yo también. Se pone a correr, y yo también. Él se asusta, ¿y yo también? Lo llamo, sin saber su nombre. Aquí, escondido entre los árboles, nadie me castigará por ir en contra de lo establecido. Jesús fue contra lo establecido, así nos enseña cómo hay que vivir.
   No es nada de fácil soportar el asco que me da el leproso. Necesito ser muy valiente. Le hablo al hombre, con la ternura que puedo. Me sonríe. Creo que nunca le ha pasado algo así. Busco un pan en mi bolsillo y se lo paso al leproso. Mi mano no toca la suya. Me digo que eso no puede ser, que me estoy evadiendo. ¿Soy o no soy? Lo toco en el brazo, y no me pasa nada malo. Parece como cualquier persona. Él quiere arrancarse, pues no soporta la sensación gozosa. No cree tener derecho. Le digo que lo conozco, que es como mi hermano. Yo sé lo que es estar rechazado como el peor de los desperdicios. Entonces lo abrazo, llorando y temblando porque me está costando demasiado.
   Es el Señor. Beso las llagas de sus manos como si fueran las de Jesús. El hombre no soporta más y se empieza a alejar, mirándome con un agradecimiento infinito.
   Sigo caminando, y trato de tranquilizarme. Siento una dulzura que no conocía. Acabo de dar el paso que tenía que dar. Ahora puedo decir que soy un hombre nuevo.

 
   3.- Clara niña

   Hace ya más de un mes que volvimos a nuestra casa, en Asís. Esa que antes estuvo llena de sirvientes, pero ahora cuenta sólo con una mucama, una cocinera y un mayordomo. Antes del exilio yo tenía una maestra para mí sola y Caterina tenía la suya. Los adultos dicen que los tiempos de antes eran muy buenos, y todo eso se arruinó. Yo recuerdo haber escuchado palabras de odio en mi propia casa. Nuestra nación ha estado muy dividida, pero ya no tanto. Hace un par de años empezó a haber algunos acuerdos y no sé hasta cuando va a durar eso, pues no es fácil que vuelvan a quererse los que han estado tan peleados.
   Aunque tengo casi doce años me gusta jugar con mi hermana Caterina que tiene nueve, y no con las primas de mi edad, que me parecen tan vanas y superficiales, y se lo pasan mirando el espejo. Éstas y yo ya tuvimos por primera vez nuestro flujo de mujer, y se supone que ya no deberíamos estar interesadas en cosas de niñas chicas. Sin embargo, con Caterina jugamos tardes enteras. Son juegos que parecen tontos, saltar, correr, escondernos, no pisar ciertas partes del suelo que serían precipicios, imaginar que somos señoras grandes y tenemos hijas que cuidar, y preparar comidas, jugar con barro. Así es mi vida, muy simple. No quisiera que esta edad se me fuera, pero también es lindo crecer.
   Caterina es muy simpática. Estoy contenta de tenerla como hermana. Siempre me pregunta cosas, lo que ella esté empezando a descubrir y yo ya he vivido. Le estoy explicando poco a poco, que ella también va a empezar a tener su período en un par de años más. Caterina es una niña que tiene curiosidad, y creo que eso es muy bueno.
   Echo de menos a Felipa que ahora está lejos. La conozco desde que fuimos bebés. Nos convertimos en inseparables cuando, con nuestras familias, tuvimos que refugiarnos en Perugia. Ambas teníamos siete años. Y también extraño a Bienvenida, que es casi como hermana de Felipa, ya que el padre de ésta, el señor Leonardo de Gislerio, la mantuvo en su provisoria casa de Perugia como a una hija, a pesar de no pertenecer ella a la nobleza, sino que a la servidumbre. Don Leonardo nos recibió a todos con mucho amor cuando estuvimos en dificultad.
   El problema de las peleas comenzó cuando yo tenía unos cuatro años. Es una de las primeras cosas que recuerdo. Se vivió mucha violencia. Tío Monaldo estaba enojadísimo, mientras el pueblo rebelde se tomó la fortaleza de la ciudad e instaló un gobierno que duró poco. En la plaza decidieron que los señores feudales no tendrían más privilegios. Aunque mi padre pensó que no había que hacerles mucho caso, de todos modos tuvimos que pasar largas temporadas en nuestro castillo de verano, porque ahí estábamos más seguros. Para mí fue bueno porque lo pasaba bien con mis sobrinas Balbina y Amada, que son casi como primas pequeñas.
   Pero el asunto se siguió complicando y tuvimos que irnos a Perugia. Fue entonces que conocimos a Bienvenida. Poco tiempo después de llegar allá, Caterina empezó a preguntarme:
   -Clara, ¿por qué nos vinimos acá a esta casa, en que casi no cabemos?
   Yo, que entendía sólo un poquito más que ella, trataba de explicarle, ya no recuerdo con qué palabras, que la vida se puso difícil. En el fondo, le repetía lo que mi mamá me había dicho a mí.
   A la casa que habitamos en Perugia llegaban los maestros a enseñarnos, y así no necesitábamos ir a la escuela de la iglesia. Las maestras y mi madre nos enseñaban lo que ellas saben. Coser, bordar, tejer, hilar, eran nuestras actividades. Los domingos iba con Bienvenida a cantar a la misa. Nuestro canto acompañaba la música de un inmenso órgano, tan grande que no veíamos a la persona que lo tocaba. Dicen que tengo bonita voz. Lo que sé es que el canto me transporta a algún lugar extraño en que todo es felicidad.
   Ahora estamos de vuelta en nuestra casa, al lado de la iglesia. Llegamos con Beatriz, de pocos añitos. Mi padre siempre decía que quería un hijo hombre, y por tercera vez le salió mujer. Él ha vuelto a lo suyo, acá en Asís trabajando en sus tierras, que sabe hacerlo muy bien. Se ha dado cuenta de lo valioso que eso es, y ha entendido la solidaridad. Al mismo tiempo, todos la hemos ido entendiendo.
   Hasta latín aprendí en Perugia, y eso me sirve para practicar con el padre Guido, que domina ese idioma, ahora que nos hemos reencontrado con él, acá en Asís. De esta forma, puedo conocer algo más del evangelio. Algo me lee el padre Guido cuando nos visita, y también los domingos, que le devolvemos la visita. Recuerdo que cuando yo era chica, me regalaba medallas y me hablaba de Jesús. Creo que él sabe más que mi mamá.
   Hay una escena del evangelio que me hace imaginar que estoy ahí mismo escuchando a Jesús, que dice algo así como "He enseñado esto a los pequeñitos y humildes y se las he ocultado a los sabios y doctores". No son ésas las palabras exactas, pero así me llegan. Y yo me siento muy pequeñita y con muchas ganas de entender todo eso que no entienden los estudiosos. Con Caterina, más chica aún, y más sabia, sin duda alguna, converso estas cosas.
   Nuevamente he podido pasar largas horas en nuestra pieza de rezar. Es la más agradable de la casa. Mi padre no entra jamás ahí, y tampoco está mucho en casa. Con mi madre y Caterina tenemos bonitas oraciones todos los días, en un fuerte contacto con la presencia de Jesús. Hay un crucifijo, y me dedico a contemplarlo por largo rato, en silencio, imaginando cada minuto de ese dolor que fue poniendo así a ese rostro.
   Fue en Perugia, un poco después de llegar a esa ciudad, que descubrí el amor de Jesús. Es que mi mamá nos hacía rezar a todas. Una vez que ella nos estaba relatando un milagro de Jesús, que sanaba a los enfermos, ocurrió que Bienvenida estaba con dolor de estómago. Entonces imaginé que venía Jesús y estaba con nosotras y tomaba a Bienvenida en sus brazos y la acunaba como si fuera un bebé. Cerré los ojos, y me metí totalmente en la escena que tenía en mi pensamiento. Las palabras de mamá las sentía cada vez más distantes. Lo notable fue que a Bienvenida se le pasó su dolor.
   -La oración es milagrosa -observó mi madre, y yo quedé asombrada y muy contenta porque Jesús había venido con todo su amor.
   Cierta vez escuché acerca de Jesús caminando sobre el agua, y eso me fascinó. Una y otra vez he vuelto sobre esa lectura después que aprendí algo de latín, y gracias a que el padre Guido me presta el libro. Cuando el apóstol Pedro caminaba hacia Jesús, yo me sentía identificada, pero jamás quisiera hundirme. Ese Pedro representa a las personas. La mayoría de la gente duda, y se va al fondo. Por eso, no les va muy bien. Yo preguntaba a los adultos si es más verdadero el evangelio o la vida. Nunca me han dado una respuesta acertada, ni yo tampoco la he descubierto. Se lo pregunto a Dios en mi oración. Ninguna persona ha logrado que los demás no se hundan, pero a lo menos, yo quiero ser capaz de aprender a pisar sobre el agua. Incluso, eso puede animar a los demás.
   Atravesando la plaza estamos en casa de Bona Guelfuccio, que es la hermana menor de Pacífica, amiga de mi madre y pariente de mi padre. Yo me entiendo más con Bona, que no parece tan mayor, aunque me lleva unos diez años, y se casó hace poco. Ella ayuda mucho a la gente necesitada. También mi mamá da limosnas a los pobres, y ellos nos agradecen. En Asís, en Perugia, o donde sea, siempre los pobres han golpeado nuestra puerta, y jamás se han ido con las manos vacías. Mi madre dice que hay que compartir. No se cansa de repetirlo. Sin embargo, cada vez que guardo algo de comida para ellos, tengo que hacerlo a escondidas para que mamá no se entere.
   Mi primo Rufino, bastante mayor que yo, hijo de mi tío Escipión, le dice a mamá que la limosna no devuelve la dignidad de los pobres. A mí me da mucha pena verlos. Me pregunto por qué la vida es así, y si acaso serán sabios. A veces les pregunto acerca de milagros. Ellos andan siempre pensando en los milagros. Creo que los entienden mejor que yo.
   Rufino nos habla de un amigo suyo, llamado Francisco, que cuida a los enfermos en el hospital San Lázaro. Hasta leprosos, dice Rufino. Mi madre le aconseja que él no vaya a hacer lo mismo porque si hay leprosos se puede contagiar. Cuando escuchó a mi primo hablando de su amigo, mi mamá nos contó que ella conoció a Francisco cuando niño, y que fue muy amiga de su madre, pero ahora están distanciadas.
   Tío Monaldo desprecia a Francisco. Le tiene un odio tan increíble, que cada vez que ve a Rufino se enoja mucho con él. Han tenido serias disputas, y Rufino está a punto de ser prácticamente expulsado del clan familiar.
   -¿Cómo puedes andar con ese patán? -le recrimina el tío, furioso. Eso es lo más suave que le dice. A mí me indigna la reacción de mi tío porque su sobrino Rufino es un joven de buen corazón. Su nombre se lo pusieron en honor al santo patrono de Asís. Creo que algún día escribiré acerca de eso. Me gusta tomar la pluma y llevar al papel lo que se me viene a la mente. Por ejemplo, en las noches, cuando escucho el canto de los trovadores. Son muchachos festivos que alegran un poco la vida, pero no nos metemos con ellos.
   Es notable lo que me ha tocado vivir en mi niñez. El término del régimen de privilegios. Esto es algo que me hace reflexionar. ¿Por qué motivo algunas personas hemos tenido ciertos derechos especiales? Si Jesús renunció a todos los que pudo haber tenido. Me he dado cuenta que los privilegios son superfluos, que a nada bueno conducen, y que al alma le estorban.