ARISTODEMO                    Un lugar literario
Los santos de Asís         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   7.- Egidio entre los primeros discípulos

   De repente aparece un viento helado que nos obliga a ponernos el capuchón. La dura carreta que nos transporta avanza con lentitud dando unos horribles saltos. De todos modos, estoy agradecido de que alguien haya querido llevarnos a Florencia, el destino que el hermano Francisco nos fijó, a mí y a Bernardo. Hasta conversamos, entre tumbo y tumbo. De hecho, no hemos parado de hablar en todo el camino. Bernardo me cuenta sus andanzas en Bolonia.
   -Me fui derecho a la plaza principal -señala- y, al verme con este hábito de color indeterminado, como tronco de árbol -agrega, dirigiendo sus dedos índices hacia nuestras vestiduras, un poco gris la de él, y más tirada a marrón la mía-, unos chiquillos empezaron a hacerme burla, como si yo fuera un loco.
   -Y lo eres -lo interrumpo con una breve risa.
   -Tanto como tú, Egidio -y después de un instante continúa-. Los niños éstos me tenían para la broma, pero yo les sonreía no más, y no les dije nada ese día.
   -¿Y al día siguiente?
   -Volví a la plaza, para hacerme amigo de ellos, pero eran muy obstinados.
   -Supongo que no hubo caso.
   -Durante varios días, hasta que tuve mi defensor.
   -¿Qué? -pregunto sin poder creer lo que me parecía haber escuchado.
   -Apareció como un ángel de la guarda. Su nombre es Nicolás de Guillermo, y me hizo un par de preguntas para formarse una idea de la situación. Entonces, le mostré la hojita.
   -¿Qué hojita?
   -Esa hoja, Egidio, igual a la que tú también tienes. La que escribió Francisco con las primeras reglas de comportamiento.
   -¡Ah! Sí -respondo enrojecido, pues me da vergüenza no saber leer y estar con un tipo que ha estudiado tanto.
   -Pronto podrás leerla. Te lo aseguro -me dice sonriendo.
   Bernardo me ha estado enseñando las primeras letras, y cómo juntarlas para armar las famosas sílabas. Me parece saber lo que piensa el sol, pero apenas sé que dos más dos son cuatro.
   -Sí. Seré un buen alumno -replico.
   -Este intercesor se impresionó con nuestra norma -sigue contando Bernardo- a tal punto que me llevó a su casa, me presentó a su familia, y me ofreció regalarme un terreno. Al principio le dije que sí, encantado, pero me acordé de lo que nos ha dicho Francisco, así que le pedí que nos dejara construir una choza ahí, si teníamos nuevos Hermanos boloñeses, pero que el terreno siguiera siendo propiedad de él.
   -Fabuloso. Ojalá en Florencia nos pase lo mismo -digo entusiasmado-. Es un buen hombre este don Nicolás, ¿no?
   -Pienso que se nos va a unir, y él mismo va a levantar la choza en ese terreno.
   -Así, vamos siendo más.
   -Pero, eso último no es seguro -me advierte.
   Me quedo pensativo. Uno puede ser pobre y sentir lo mismo que los ricos. Varios nos hemos maravillado al escuchar palabras luminosas...
   -Fuego -se me sale en voz alta.
   -¿Qué? -se asusta Bernardo y mira para todos lados.
   -No, hombre. Lo que digo es que al ver cómo tú cambiaste, entró fuego en mi corazón.
   -Perdóname, Egidio, pero si alguien te quemó no he sido yo.
   -Cuando estuve en la plaza de Asís viendo como renunciabas a toda la riqueza, y te quedabas tan pobre como he sido yo siempre -le digo con un poco de temblor-, algo pasó en mí. Ya nunca más pude ser el de antes.
   -Y así fue como te sentiste llamado, ¿eh?
   -Más que un llamado, sentí como un grito de Jesús “Ven, Egidio”. El me dice así -explico.
   -Me acuerdo que te encontramos en el camino, cerca de la Porciúncula, cuando iba yo con Francisco. Tú te arrodillaste, y Francisco te levantó como si fueras una pluma.
   -Y eso que soy bien gordito.
   -¿Cómo supiste el camino para ubicarnos?
   -Ese día me levanté temprano y fui a orar al templo de San Jorge, pues era su fiesta. El Señor me iluminó, y así supe hacia donde echar a andar, pero cuando llegué a un cruce de caminos ya no sabía por donde seguir.
   Le explico a Bernardo que recé de nuevo, y me metí por el sendero más angosto. Después de un rato los encontré.
   -¿Tus padres no te pusieron problemas? -me pregunta Bernardo.
   -No. Si yo ya tenía como 18 años.
   Estamos llegando a Florencia cuando el sol se ha puesto ya, hace un rato. Nos bajamos de la carreta con toda la agilidad que pudimos, y llenamos de bendiciones al cochero. Recorremos calles buscando donde pasar la noche. Sin dinero no es fácil encontrar algo. Hasta las residenciales más humildes desconfían. A medida que se hace tarde, la esperanza intenta abandonarnos. No podemos dormir en la plaza porque está haciendo un frío que penetra los huesos.
   -¿Qué hacemos? -pregunta Bernardo.
   -Rezar.
   Y eso es justamente lo que hacemos, mientras seguimos yendo de un lado a otro. Llegamos a una posada que está en reparaciones y tiene un gran letrero diciendo que no acepta pasajeros.
   -Aquí podríamos alojar -sonrío.
   Una mujer gorda, al parecer la dueña de la posada, anda por ahí y nos ve. En ese momento, Bernardo le pide que nos hospede.
   -¿No vio el letrero? -es su seca respuesta.
   -Por favor, permita que nos quedemos en cualquier parte que esté un poco abrigada -suplico.
   No muy convencida, y después de varios intentos, finalmente la señora se compadece y nos hace pasar a una habitación vacía, al lado del portón de entrada. Doy gracias a Dios y a esta señora, por el hospedaje y por el café caliente que nos trae para desentumecernos, además de dos mantas, una para cada uno.
   -Me da risa que nos crean delincuentes -le digo a Bernardo, tratando de saber qué siente. Él no es muy comunicativo, ni yo tampoco, pero a mí me gusta tratar de descubrir las cosas misteriosas.
   Bernardo está tan cansado, que muy pronto se duerme. En cambio, yo estoy desvelado y me pongo a pensar en miles de cosas, en la caridad, que va y viene. Como esa vez, yendo a Asís a conseguir un género pardo grisáceo para mi hábito, con Francisco que me recibía lleno de afecto, nos habló una mujer muy pobre, pidiéndonos limosna. Seguimos caminando, pues no teníamos dinero. Francisco se lo explicó con paciencia, y miró detenidamente mi capa, que me servía de buen abrigo. Entendí el silencioso gesto, y me saqué la capa. La mujer se fue agradecida, y yo quedé contento. Ese fue mi primer día en nuestra pequeña comunidad, con Francisco, Bernardo y Pedro, hace ya unos pocos meses, en que hemos estado integrándonos como grupo.
   Con troncos, ramas secas y barro, ese mismo día me ayudaron a construir mi choza, similar a la de ellos. A lo largo de los días, se interesaron por mis vivencias y por enseñarme. Compartimos nuestras distintas maneras de orar, y así cada uno ha hecho avanzar a los otros. Desde el primer día comenzamos a reunirnos durante cada crepúsculo en la capilla, esa hermosa Porciúncula, que tiene dos inmensas puertas, una de las cuales la mantenemos cerrada, y dos ventanas a distinta altura, además de un pequeño ventanuco. En esas reuniones nos contamos lo ocurrido en el día. A Francisco siempre le pasan cosas inesperadas. El nos habla de las actitudes de Jesús, para fortalecer nuestras motivaciones.
   -Denle libertad al corazón -nos dijo Francisco una vez, y se me quedó grabado.
   Estando en estas reflexiones escucho unos gritos que vienen de otra pieza cercana, a través de precarios tabiques.
   -¿Por qué los dejaste entrar? -grita un hombre iracundo, talvez el marido de la mujer que nos acogió.
   -... Sólo una noche... no son ladrones... -alcanzo a distinguir destellos de la defensa de la señora.
   Trato de hacerme el dormido, por si vienen a echarnos, y sigo sumido en mis pensamientos. Añoro cada piedra del muro de la Porciúncula, y también mi débil choza que hoy la imagino como un palacio. Vuelvo a ese lugar, dentro de mi cabeza. Me encanta pertenecer a esta hermandad al servicio del pueblo. Durante muchos días intentamos inventarnos un nombre, como grupo. Le dimos muchas vueltas a eso, y no llegábamos a nada, hasta que se me ocurrió decir “soy el hermano menor”, ya que no tengo ni la mitad de los conocimientos de los otros. A Francisco se le iluminó el rostro.
   -No eres menos, aunque no hayas tenido acceso al estudio -afirmó, y los demás estuvieron de acuerdo.
   -Todos somos hermanos menores -completó Pedro, que no habla mucho, pero dice lo justo. Y desde entonces somos los Hermanos Menores.
   En una de estas reuniones, Francisco nos entusiasmó para salir a evangelizar de dos en dos.
   -¿Dónde iremos? -quiso saber Bernardo.
   -Donde el Señor nos guíe -fue la respuesta de Francisco, y sin tardar formó los grupos, uno con Bernardo y Pedro, y el otro con Francisco y yo. Nos fuimos a dormir pensando en lugares donde ir, y al día siguiente partimos. Bernardo y Pedro fueron a Perugia. Francisco y yo, a Spoleto. Después, de ahí cambiamos rumbo hacia Ancona. Ibamos cantando. Francisco, en francés, y yo tarareaba, no más, pero en comunicación con Dios. Por el camino me imaginaba que llegaríamos a ser muchos más Hermanos Menores. Bebíamos de los manantiales de una zona montañosa, y dormíamos en portales de iglesia. En uno de esos pórticos se nos unió un par de mendigos, como nosotros, pero mucho más acostumbrados a no tener nada. Para mí, cada uno de ellos era Jesús, y así los tratamos.
   En algunos pueblos nos correteaban con perros, pero en otros nos recibían con una mezcla de curiosidad y esperanza, lo que nos permitía pararnos en la plaza, cantar, conversar con la gente y ver cómo seguían llegando más interesados en esa charla amena. Yo iba por las calles cercanas recolectando personas que quisieran escuchar a Francisco. Su palabra llega hasta muy adentro de cada uno, con gran fuerza.
   -Es un hombre santo -era mi frase.
   Francisco me había enseñado a saludar dando la paz, como hacía Jesús. Al principio me costó, pero después lo adopté como único método de romper el hielo.
   -El Señor os dé la paz -decía yo a las personas con que me encontraba.
   -¿Forzudo, qué significa esa manera de saludar? -respondió uno, cierta vez, y traté de hacerle ver que si hablo de paz me estoy oponiendo a la guerra.
   También recibí unos garabatos de gente poco amistosa, lo que me tentaba a desistir y saludar de la manera convencional, como protegiéndome.
   -¿Protegerte de qué? -me preguntó Francisco una vez que me vio desanimado. Me explicó con un ejemplo.
   -Uno puede mantener la calma -expresó- si lo golpean físicamente, pero... ¿por qué no mantenerla también cuando aparece ese fantasma llamado Don Ridículo? Ni siquiera es una persona a quien temer.
   Francisco me mostró la actitud de Jesús, que no protestaba ante los insultos. Entonces, sentí una especie de necesidad de palpar esa humillación que forja el carácter.
   Así como la palabra de Francisco entró en mí, con fuerza, también entraba en las personas que se reunían en la plaza a escucharlo cuando los instaba a la penitencia.
   Francisco me dijo que yo era un discípulo aventajado. Creo que fue para darme ánimo, y después de decirlo se quedó admirando el vuelo de las golondrinas.
   -Envidiables las alas, ah -sostuvo.
   -¿Y para qué queremos ir tan rápido? -respondí con una pregunta que se contesta sola.
   -Tienes razón -sentenció, y me propuso un ejercicio, para estar más cerca del Señor. Entonces, por el resto de ese día caminamos a cierta distancia el uno del otro. Yo estuve de acuerdo porque no me quedaba otra, y por respetar esa necesidad de silencio que Francisco tuvo en ese momento. A mí me sirvió para meditar que si Dios no nos da algo es porque no lo necesitamos.
   Al final de esa larga expedición, llegamos sin ningún resultado concreto, lo cual me deprimió un poco. Entonces, Francisco me devolvió mis propias palabras “¿para qué queremos ir tan rápido?”. Una vez más me enrojecí, y volví a ser yo mismo. En realidad, él me está enseñando a orar.
   -Cuando dos personas rezan -me ha dicho-, parece que estuvieran en lo mismo, pero no. Cada uno está en un mundo distinto.
   Eso me dio confianza, porque antes creí que mi falta de cultura me iba a hacer difícil la oración.
   Bernardo y Pedro ya habían llegado el día anterior. Reanudamos nuestras reuniones, y nos vimos enfrentados a una situación delicada, porque mucha gente reaccionó mal a nuestra manera de vivir y evangelizar. Acudieron con sus quejas hasta el despacho del obispo Guido, y lo tenían tan vuelto loco que no hallaba cómo conciliar las cosas. Los sacerdotes estaban también alterados con todo esto, unos a favor y otros en contra. Uno de aquellos llegó un día hasta la Porciúncula. Al verlo acercándose creí que vendría con alguna queja, pero no. Nada de eso. Vino a darnos su apoyo. Era el padre Silvestre, el mismo de las piedras aquéllas.
   También llegó a la comunidad otro joven de Asís, llamado Sabatino. Vino para quedarse, vistió nuestro hábito de color indefinido, como dice Bernardo, y compartió nuestra pobreza. Francisco lo puso en grupo con Pedro, y así liberó a Bernardo y lo envió a Bolonia, en un verdadero grupo de a uno. Ahí le sucedieron esas anécdotas que me contaba durante nuestro viaje de ayer en la carreta.
   Por ese tiempo en que llegó Sabatino, me empecé a dedicar a la artesanía. Con juncos y mimbres fabriqué unos canastos que después negocié en la plaza, obteniendo alimentos a cambio. Me gusta trabajar en contacto con la naturaleza, en cualquier cosa. Fui a los bosques cercanos, y también a otros lejanos a recoger leña, que también transformé en comida. Hasta estuve de temporero en la vendimia pero de acuerdo a nuestra regla, pedí que la remuneración viniera en forma de uva, todos los días.
   A veces, alguno de nosotros acompaña a Francisco a la ermita de las Cárceles, pero casi siempre va él solo a encarcelarse, como decimos nosotros, y entra en unas oraciones de alto vuelo. Es una antigua construcción de verdaderas celdas en una cueva natural, junto a una caída de agua en la roca del monte Subasio, a una hora de Asís, caminando. Antiguamente habían pertenecido a unos ermitaños.
   Francisco puso unas vigas para acondicionar el lugar, y consiguió una mesa para la sala más grande. Con palos y ramas completamos un poco las celdas.
   Las Cárceles están cerca de los benedictinos, que son también propietarios del terreno de la Porciúncula, y aunque quisieron regalárselo a Francisco, éste no aceptó tener propiedades.
   Sigo tratando de dormir, y a ratos me resulta. De pronto, despierto y vuelvo a pensar las mismas cosas. Me levanto, me da frío y me vuelvo a acostar.
   Ya está amaneciendo. Con Bernardo nos levantamos y nos retiramos del aposento sin meter bulla, para dirigirnos a un templo que queda a dos cuadras. La dueña de la posada va también en nuestra dirección, un poco más adelante. La alcanzamos para agradecerle la hospitalidad.
   En el templo hay un señor muy respetado y querido, llamado Guido, igual que nuestro obispo. Este don Guido de Florencia, como podríamos decirle, es reconocido como generoso. De hecho, está repartiendo dinero entre los mendigos. Cuando nos ve, a Bernardo y a mí, intenta darnos también una cantidad no despreciable. No aceptamos nada. Bernardo le explica nuestra regla de vida, y nuestra opción por la pobreza. Lo hace con palabras de persona culta y estudiosa, como que es un doctor de la universidad.
   -Hemos elegido la pobreza -expone Bernardo- de acuerdo a lo que nos pide nuestro Señor Jesucristo.
   -¿Tú has tenido propiedades? -pregunta don Guido a Bernardo, abriendo unos tremendos ojos.
   Iniciamos una larga conversación. A lo largo de ella va apareciendo la admiración de don Guido, quien nos lleva a su casa. Casi sin darme cuenta voy detrás de ellos y entramos en un bello jardín, el de la casa de este hombre, que es muy rico.
   Mientras saboreamos un espléndido desayuno, don Guido dice:
   -Os cederé un pequeño terreno que tengo en las afueras de la ciudad. Incluso tiene una construcción precaria, en la que puede vivir gente.
   Yo estoy encantado porque mi sueño se empieza a cumplir. Casi no sé qué decir, y Bernardo está tan asombrado como yo.
   -Con gusto viviremos allí -le digo con alegría- pero la propiedad ha de seguir siendo vuestra.
   Ya sé que ésa es la voluntad de Francisco, y en ningún caso podríamos hacerlo de otra forma.

 
   8.- Francisco en Roma

    Una vez más, me dirigí a la residencia del obispo Guido. Era mi costumbre pedirle consejo, y también una pequeña limosna para paliar las dificultades que vivíamos en la Porciúncula. Para mí, este buen hombre es padre y señor de las almas.
   No me hizo esperar mucho, a pesar de la gran cantidad de trabajo que le demanda la diócesis.
   -Francisco, la gente se está apartando de la Iglesia -me dijo, yendo al grano, y agregó que él está de acuerdo con las personas que ven nuestra mendicidad como una carga para ellos-. Pon los pies en el suelo.
   Después de una pausa me ofreció una huerta para que la trabajáramos. Así, de improviso, quedé enfrentado a mi contradicción, pues si uno tiene propiedades ha de cuidarlas, lo cual le obliga a poseer armas, y después sin darse cuenta pasa de la defensa a la ofensiva. Creo que las propiedades pueden llegar a ser violentas, y traté de explicarle esto a Don Guido, pero lo único que conseguí fue dejarlo en silencio por un rato breve. Seguimos desenredando el asunto. Reconocí que me gustó eso de trabajar, pero en propiedad ajena, y tener presencia entre los trabajadores. Prometí al obispo que así lo haríamos, y él quedó más tranquilo.
   Al irme seguí pensando en que no quiero causarle problemas a la persona del obispo. Sin embargo, no podía renunciar a la lucha por darle nueva vida a la Iglesia. Para eso, es necesario que cambien las personas, empezando por mí y nuestro grupo de Hermanos Menores. Si no, ¿cómo podríamos hacer que el mundo deje de estar como está? En la reunión de la comunidad, que tuvimos al atardecer de ese día, les hablé.
   -No podemos ser como una sal que perdiera su sabor -expuse con vehemencia, y me maravillé de cómo Dios me lo había soplado.
   Continué elaborando lo que ellos llaman La Regla, un pequeño documento en que se reafirma el propósito de atender al evangelio, y se dan algunas pautas de cómo vivir sin tener el problema económico resuelto, lo que constituye nuestra particular actitud de renovación.
   Ya éramos doce, y todo indicaba que seguiríamos creciendo. Estas primeras vivencias tenían una mística muy especial, una grata sensación de estar en el propio origen, tocando una plenitud y una serena alegría con la piel del alma.
   Había que hacer algo para tener la aceptación de la jerarquía. No sólo de nuestro obispo, que siempre me ha tenido afecto. ¿Quizás si del Papa? Al principio rechacé ese pensamiento porque lo consideré desproporcionado, pero a los pocos minutos volvió hacia mí incólume, como preguntándome ¿por qué no?
   Durante varios días estuve dándole vueltas a eso, y pidiéndole a Dios que me indicara cómo proceder. La divina respuesta me llegó a través del asistente del obispo, cuando fui a visitar a Don Guido.
   -Si quieres verlo ahora, tendrás que ir a Roma -ésas fueron sus palabras para darme a entender que el obispo andaba de viaje.
   “Ir a Roma”. Sí. Eso era. Ahí estaba la respuesta, clara como el agua. No me costó nada convencer a los otros once. De todas maneras, los animé diciéndoles que no hay que tener miedo del Papa. Es solemne, pero es un padre acogedor. No teníamos ni equipaje que armar, así que partimos al día siguiente, pero antes les pedí que le encargáramos a uno de nosotros ser el guía del viaje.
   -Tú, Francisco -hablaron casi a coro.
   -No, no -les dije riendo con alegría-. Necesito dejarme guiar. Acepten que en virtud de la humildad yo me someta a alguno de vosotros, y vaya donde él diga, y duerma donde él disponga.
   -Es sólo por el viaje -agregué al verlos temerosos-, en Roma volveré a tomar las decisiones.
   Las miradas se posaron en Bernardo, el más antiguo. Fue elegido por aclamación.
   Bernardo decidió que fuéramos a pie, y así lo hicimos, rezando y cantando, muy contentos. Nos subíamos a las carretas, cuando nos lo permitían. Fue un viaje entretenido, alimentándonos con lo que la gente quiso darnos.
   Conversé con los Hermanos el motivo de la expedición. Les comenté que han estado apareciendo muchos movimientos renovadores de la Iglesia, pero que no la aman como lo hacemos nosotros. Quieren cambiar una cosa que no les va. Tienen los mismos buenos motivos que podría tener cualquiera. Hasta se dan cuenta que primero tiene que cambiar uno, pero están en enemistad con la jerarquía, y así no logran nada.
   -No quiero que nuestro movimiento caiga en eso -aclaré-. Tampoco quiero que parezca hereje y se desprestigie, pues así estaríamos perdiendo nuestro tiempo y nuestra acción.
   -No podemos exigir a alguien que cambie su actitud -agregué-. Queremos que el Papa bendiga nuestro movimiento. Además, eso será de su parte una disposición a cambiar, una apertura a lo nuevo. Nosotros haremos nuestra conversión personal.
   Siempre he confiado en que el Señor nos ayudará.
   En una de las noches, alojando en un monasterio cerca de Rieti, tuve un sueño. Iba por un camino hermoso, con árboles bellísimos a ambos lados. Admiré especialmente uno de éstos, el más alto de todos. Levanté la vista hacia la copa y quise llegar hasta ella, para lo cual me elevé un poco, tomé distancia del suelo y caminé unos pasos sobre el aire. Corté una de las ramas más fuertes y con ella en mis manos bajé hasta volver al suelo. Hasta ahí me acuerdo. Al despertar traté de entender este mensaje pero no lo logré en ese momento.
   Cuando salimos de ahí, a la mañana siguiente, andábamos un poco molestos porque dormimos mal, pasamos frío, y además nos picaron unos bichitos. Durante el trayecto, que se estaba haciendo pesado, conté el sueño a los Hermanos, y entre todos le daban miles de significados, y así fuimos recuperando la alegría inicial.
   En una tarde tibia de la primavera de 1209 llegamos a Roma y nos fuimos adentrando en la bulla de la gran ciudad. Algunos de los Hermanos estaban asombrados porque era la primera vez que vivían algo así. Nos veíamos insignificantes al lado de los romanos, que nos miraban con curiosidad. Fuimos a visitar sepulcros de apóstoles en el templo de San Pedro, y allí tuvimos una oración.
   Al preguntar a diversas personas por la ubicación del palacio de San Juan de Letrán, la residencia papal, noté en ellas una rebeldía a la autoridad eclesiástica que estaba en pie de guerra contra las sectas heréticas. En Roma, muchos se preocupan de eso. Después de caminar varias cuadras alcanzamos el famoso palacio. Mi intención era llegar hasta el Papa sin intermediarios. Por eso, les pedí a los Hermanos que se quedaran orando mientras yo subía solo, pues no sería conveniente que invadiéramos al Pontífice con tanta gente, ni tampoco iba a ser fácil para un grupo grande filtrarse hasta las altas dependencias.
   Así como andaba, descalzo y apenas vestido, entré por la puerta principal y me escabullí por unos pasillos laterales. Pude pasar inadvertido y subir una escala que llevaba a una galería, sin saber bien por donde ir, dejándome guiar por la mano divina, que sin duda tuvo una eficacia increíble, ya que de pronto me topé con el mismísimo Inocencio, en persona. Curiosamente, el Pontífice estaba escondiéndose de los guardias. Era un hombre pequeño de porte, de muy apuesta presencia, con ojos penetrantes, que se paseaba de un lado a otro, pensativo. El hombre más poderoso del mundo, debe haber tenido alguna importante decisión que tomar. Recordé cuando fue elegido Papa, y después fue ordenado sacerdote.
   Me hinqué y me presenté, con palabras que me salían a borbotones, tanto que en pocos segundos ya le había pedido permiso para vivir el evangelio. El Santo Padre quedó desconcertado. Para él, yo era un simple pordiosero fuera de lugar.
   -Somos doce, venimos de Asís, y estamos hospedados en el hospital de los Antoninos... -intenté seguir hablando desde ahí abajo.
   -Basta, ya -declaró el Papa con tranquilidad, dando por finalizada mi intervención.
   -Tengo otras cosas urgentes e importantes -me explicó-. Tendrás que esperar a tener una recomendación.
   El Pontífice se alejó, y yo quedé deprimido, atrapado en mi propio lazo, mirándome yo mismo de arriba a abajo. Salí despacio, busqué a mis compañeros de andanzas y les conté mi desventura.
   Decidimos que necesitábamos más oración, así que nos retiramos a un lugar casi apartado, si no se es muy riguroso, en una plaza. Después de una hora se empezó a juntar la gente. Nos observaban. Cuando tomé la decisión de hablarles de Jesús, y efectivamente así lo hice, muchos se retiraron de inmediato, mientras que otros duraron un poco más. Se fueron retirando también, pero al final quedó una señora sola, muy impresionada, declarando que nos encontraba admirables. Dijo llamarse Jacoba de Settesoli, y como nos notó hambrientos nos llevó a todos a su casa, donde vivía con su marido y sus dos pequeños hijitos. Nos ofreció un trozo de pastel de frambuesa, que ella misma había preparado. Estaba riquísimo. Lo engullimos y nos repetimos, hasta que se terminó el pastel. La señora Jacoba nos dejó invitados para el día siguiente, pues nos tendría otra tarta.
   De hecho, volvimos al otro día y también al siguiente. Uno de los Hermanos comentó, después en la plaza, que Jacoba era como una Marta, y otro le rebatió, que no, que era como una María, aludiendo a las hermanas de Lázaro. Soporté que discutieran un rato, y después di mi sentencia para terminar con esa discusión:
   -Es Marta y es María -y enseguida les cambié el tema-. ¿Sabíais que tenemos que conseguir una recomendación para ver al Papa? ¿Qué os parece?
   -No tienes recomendación -repitió Ángel, remedando una voz de solemnidad.
   Mientras escuchaba las risas recordé que nuestro querido obispo Guido estaba en Roma. No por otra razón Dios me había traído justo en ese momento.
   -Vamos a ver a Don Guido -señalé- y partimos todos, alegres, a averiguar donde podíamos encontrarlo. Casi un día estuvimos preguntando, hasta que dimos con él.
   Cuando nos vio, Don Guido se sorprendió de vernos en Roma, y creyó que lo estábamos abandonando. Para tranquilizarlo le conté que queríamos tener una entrevista con el Papa Inocencio para que avalara nuestra forma de vida. Le conté también mi experiencia fallida en palacio y se rió de mi ingenuidad.
   -Aunque a la Iglesia le interesa lo celestial -me explicó-, sus costumbres son muy terrenales. No basta con el Espíritu. También hay que tener un poco de diplomacia.
   Continuó diciendo que él es amigo del Cardenal Juan de San Pablo, muy influyente. Además, nos llevó a la casa del prelado, para presentarnos. Éste resultó ser una persona excepcional, abierto como una palma de mano. Nos preguntó que dónde alojábamos, y cuando se lo dijimos nos invitó a quedarnos en su casa. Nunca imaginé que nos íbamos a encontrar con alguien tan acogedor. Era médico, y también fue monje cisterciense. Nos aseguró que él nos recomendaría a Su Santidad, pero que tuviéramos paciencia, eso sí.
   -Preséntame a tus Hermanos -me pidió alegremente a la hora de la cena, estando todos alrededor de una generosa mesa.
   Empecé por mí, y los demás por orden de llegada a la comunidad.
   -Aquí a mi derecha está Bernardo, y allá al frente, Pedro. Ambos renunciaron a su situación privilegiada para vivir esta aventura -y continué presentando a Egidio y a Sabatino. A cada uno, el Cardenal le daba un saludo inclinando la cabeza.
   -Por allá, los religiosos disparejos -seguí-. El bajito es Morico y el alto es Felipe, que le decimos Longo. Ellos provienen de la Orden de los Crucíferos.
   -¡Ah! Los que cuidan leprosos en un hospital -mencionó el prelado.
   -Sí. En el Hospital San Salvador de los Muros -especifiqué, y en ese momento intervino el propio Morico:
   -Me contagié con una enfermedad extrañísima, y habría muerto de no ser por un brebaje milagroso que me dio Francisco, una vez que Felipe lo fue a buscar, muy preocupado.
   -Es el Señor quien te ha sanado, Morico -aclaré, y continué presentando-. Por acá tenemos a los Juanes, que también son disparejos. Este es Juan de Capella. Le decimos así porque le gusta usar un gorro. También renunció a sus privilegios. A este otro Hermano, en cambio, le decimos Juan el Simple. A pesar de no haber tenido acceso a la instrucción, comprende muy bien las Escrituras.
   -Finalmente Ángel, Barbaro y Bernardo de Vigilati, que llegó hace poco -completé- y aún no le hemos inventado sobrenombre para diferenciarlo del otro Bernardo.
   -Tienes once apóstoles -observó el purpurado-. Te falta sólo uno.
   -Está bien así -reí-, un iscariote no necesitamos.
   Como buen representante del Consistorio, el Cardenal Juan de San Pablo se interesó en conocer nuestras ideas y nuestros proyectos, para lo cual nos hizo una serie de preguntas, a medida que pasaban los días, y nos aconsejó entrar en algún monasterio, de los que hay muchos, por todas partes. A mí no me gusta la idea de entrar a una de esas instituciones que tienen escala jerárquica con superioridad de los nobles, y que son propiedad de una familia, que la financia y gobierna.
   Le expliqué que buscamos otra forma de vida que no la da ninguna Orden, en la actualidad. Que nuestros ideales son la pobreza, la castidad y la alegría.
   Nos habló pestes de la secta de los albigenses, y que menos mal que nuestra posición no es la de ellos, y que el Papa ha tratado por todos los medios de someter a los herejes por la vía pacífica, pero como no ha tenido ninguna respuesta positiva de su parte, empezó a preparar una verdadera cruzada en contra de ellos, y es lamentable que las cosas hayan llegado a ese extremo.
   -Muy lamentable -reconocí-. He participado en una guerra, y puedo decir que es lo peor que existe. Nadie gana en una guerra. Todos pierden.
   -Sí, pero hay que entender que no se puede tolerar que estén diciendo, por ejemplo, que el diablo es el creador del mundo material, en guerra con el mundo espiritual.
   -Es descabellada la idea que tienen.
   -Es una brutalidad.
   -Hay que enseñarles. Todo está en el evangelio.
   -¿Y tú, Francisco, cómo conoces tanto el evangelio?
   -Aprendí latín en la escuela, pues ahí había un sacerdote.
   Así, transcurrieron varios días, que los llenábamos con oración, y también hablándole a la gente en las plazas.
   Una noche, a la hora de la cena, el Cardenal Juan de San Pablo nos anunció una noticia espectacular, pero antes, quiso hablarnos de cómo empezó a gestarse. Yo estaba ansioso por conocer la buena noticia, pero apelé a la paciencia, y me puse a escuchar con tranquilidad.
   Todo había comenzado con un sueño del Papa, que nos relató nuestro eminente anfitrión, tal como a él se lo contó directamente Inocencio.
   -En su sueño, el Papa estaba en una terraza del palacio de Letrán -comenzó-, con una gran vista panorámica, pero él contemplaba la basílica consagrada a San Juan. De repente, ésta empezó a tambalear. Los muros crujían, las torres y las cúpulas parecían colapsar como en un sismo. Él trataba de hacer algo por sujetar el templo, aunque estaba lejos, habría podido si sus manos hubieran querido moverse. Estaba espantado. Quiso gritar y la voz no le salía.
   Todos escuchábamos en silencio.
   -Entonces -prosiguió-, vio venir un hombre humilde, descalzo, que se aproximó a la basílica y le aplicó su hombro para apuntalarla. Con su espalda sostenía el templo, como una cariátide, hasta que el peligro cesó y la iglesia pudo mantenerse en pie.
   -Hasta ahí el sueño -continuó hablando el prelado-. Lo bueno vino después, porque el Santo Padre reconoció en ese hombre del sueño a uno que le había visitado hace unos días.
   Yo me puse rojo porque me sentí aludido. De hecho, el Cardenal me miraba con complicidad. Él ya me conocía esa vivencia que me había causado pena en aquel momento, y ahora me producía regocijo.
   -El Papa mandó buscar a ese hombre en el Hospital de los Antoninos, pero ya no estaba ahí -siguió contando el prelado.
   Yo era una verdadera fiesta, y también todos mis compañeros. Tenía que sujetarme yo mismo para no partir al palacio papal.
   -Tranquilízate -ayudó a contenerme el purpurado-. Tenemos audiencia mañana a las nueve.
   Me costó dormir esa noche, y cuando ya lo estaba logrando vino Egidio a despertarme. Una hora después estábamos frente a Inocencio, el hombre que parecía tener todo el mundo en sus manos, y sin embargo se le había escapado de éstas en más de una ocasión. Nos recibió a los doce, además del Cardenal Juan de San Pablo. Varios otros solemnes prelados en su púrpura estaban presentes en la reunión. Tuve que hacer un esfuerzo para no salir arrancando.
   -Queremos vivir según el evangelio -empecé diciendo cuando se me dio la palabra-, yendo sin provisiones, poniendo la otra mejilla, amándonos los unos a los otros y acogiendo a los necesitados.
   -Ahora sois pocos, pero cuando seáis más -me preguntó uno de los cardenales-, ¿cómo los vas a alimentar? Piensa que todos los bellos sueños terminan enfriándose.
   -El Señor es generoso y alimenta a los pájaros, que son miles -me defendí.
   El Santo Padre tomó la palabra y manifestó recordar sus propios ideales de juventud, cuando quería reformar la Iglesia.
   -Nunca he podido avanzar en eso -reconoció, y se le iluminaban los ojos al revivir sus sueños jóvenes-, pero..., quiero escuchar la opinión de cada uno de los cardenales.
   Primero habló uno de los que estaban más encendidos, y eso me puso optimista. Después habló uno de los más fríos:
   -No creo factible que puedan llegar a ser muchas personas las que quieran vivir... así.
   Se mostró un poco despectivo al pronunciar eso último. Después de varias opiniones cardenalicias, el Pontífice retomó la palabra para suspender la reunión, que se estaba poniendo turbulenta.
   -Tu plan supera la fuerza normal de la persona -declaró comprensivamente-. Es por eso que te pido tener un tiempo de mucha oración para que el Señor te manifieste su voluntad.
   Me prometió que me recibiría de nuevo cuando yo estuviera en condiciones de traer esa específica palabra de Dios que yo tendría que percibir de alguna forma. Era una bella tarea la que se me venía. Me daba mucha esperanza, aunque quedé un poco frustrado porque el asunto no se resolvió ese día.
   Casi dos semanas tuvimos que esperar, mientras el Papa deliberaba con los purpurados. No nos faltó actividad, entre asistir a los enfermos del Hospital Antoninos, y trabajar en cualquier cosa, en jardines, o ayudando a cargar y descargar las carretas. De esa forma, obtuvimos alimento y así alivianamos un poco al Cardenal, que tan generosamente nos hospedaba.
   También me di mucho tiempo para la oración, muy necesaria en ese momento. Le pregunté al Señor “¿Por qué tanta vacilación, si tu palabra es clarísima?”. Me basaba en ella para la escucha. En las parábolas. A Jesús le gustaba hablar en parábolas. Aún le gustaría si estuviera acá hoy. Sí, Señor, inspírame...
   Poco a poco se fue construyendo una parábola en mi cabeza. O alegoría..., o como se llame. ¿Qué forma le doy a Dios? Un rey. Sí, un rey. ¿Cómo está ese rey en nuestros días, en nuestra realidad? Cautivo, pero invencible. ¿Y yo, cómo entro ahí? Como una persona humilde, poco valorada por la sociedad, y que ama al rey... Entonces, estoy hablando de una mujer. Sí. Me represento por una mujer pobre... En el desierto. Y el rey, cuando aún está en su plenitud majestuosa, conoce a esa humilde mujer y se enamora de ella. Se aman intensamente. Ella queda embarazada, pero antes de saberlo se ve privada de la presencia del hombre que ama, pues un desalmado y sus secuaces lo secuestran. Pasan los años y el hijo crece hasta tener esa edad en que puede independizarse. “No te avergüences de ser pobre”, le dice la madre, “pues eres hijo de un rey que ya ha de haber recuperado su cetro. Búscalo y pídele todo lo que necesites”. Alegre, el joven heredero se presenta ante el rey, el cual se siente retratado en ese muchacho. Cuando éste asegura ser hijo de una mujer pobre que vive en el desierto, lo abraza y le dice “Eres mi hijo y recibirás mi herencia. Y compartirás mi mesa, a la que se sienta una muchedumbre de forasteros”.
   Me puse contento al haber recibido esta historia en mi imaginación. Se la conté a mis compañeros de ruta, y empezamos a ensayar una dramatización para ofrecerla al Papa, el día en que nos reciba.
   Durante la cena, el Cardenal Juan de San Pablo me habló de los herejes que habían proliferado en el sur de Francia, y de ahí ya se propagaban a países vecinos. Hombres que llevan una vida pobre, y predican. Reconocí que en eso se parecen a nosotros, pero no en las ideas que los motivan. Ellos creen en una divinidad formada por dos personas, una superior que ha creado las almas, y la otra, inferior, que ha creado la materia, incluyendo todo lo corpóreo. Le dejé muy en claro a Don Juan de San Pablo que nuestra fraternidad tiene un pensamiento muy distinto y, sobre todo, que somos dóciles a la jerarquía de la Iglesia. Le hice ver que, según mi punto de vista, la reforma de la iglesia cristiana tiene que empezar por la transformación del individuo. Me emocioné al hablarle estas cosas y hasta me vinieron unas lágrimas cuando el prelado expresó:
   -Es como si el Evangelio, en riquísima encuadernación, estuviera arrumbado y cubierto de telarañas, y hoy estuviéramos recuperándolo en todo su esplendor.
   Me prometió que al día siguiente visitaría al Papa para decirle que si alguien opina que vivir de acuerdo al evangelio es imposible para las fuerzas humanas, estará ofendiendo a Jesucristo. Don Juan de San Pablo cumplió su palabra, y resultó providencial porque, según me contó después, el Papa Inocencio ya se estaba preguntando que cómo podríamos dedicarnos a predicar si no contábamos más que con limosnas.
   Fuimos llamados a la presencia del Pontífice, y cuando éste me habló de sus aprensiones le anuncié que le iba a contar una parábola, pero a través de una representación escénica. Entonces, nos pusimos en nuestros roles, previamente asignados y ensayados. Felipe Longo era el rey, por ser más alto, y tener además un rostro más bondadoso. A Juan de Capella le tocó ser el jefe de los malos, y a mí, la mujer. Egidio era el hijo, pues es más joven y fornido. Los demás se repartieron entre secuaces del desalmado y miembros de la corte del rey.
   La dramatización resultó bastante buena, mejor que en los ensayos. Todos estuvimos muy puestos en el respectivo personaje, lo que significó que Juan de Capella terminó sintiéndose muy mal de ánimo, lloraba, y tuvimos que consolarlo entre todos. El Papa quedó admirado. Por fin, nos comprendió. Y nos habló con mucha sinceridad:
   -Tengo heridas que aún duelen. Quise ser santo, y no lo he sido. He luchado para que los hombres de iglesia sean santos, y tampoco lo han sido. Muchos se han apegado al poder y a la riqueza. La herejía surge por todas partes, por más que la combato. He cometido equivocaciones. Me estoy convenciendo de que para terminar con la tiniebla no saco nada con agredirla. Entiendo que basta con encender una pequeña luz para que la oscuridad se vaya. Sin embargo, eso que parece tan fácil, me ha costado tanto. Créanme que es terrible ser Papa. Yo también he llorado muchas veces.
   Dirigiéndose ahora a los cardenales, continuó hablando:
   -Este hombre es el escogido por Dios para restaurar la Iglesia Cristiana.
   Se levantó de su asiento y me abrazó.
   -Id con Dios -nos envió-, y que Él os inspire para llevar el evangelio a la gente.
   Bajo la condición de mantenerme siempre fiel al Papa, me otorgó licencia para predicar, y también a mis compañeros, pero sólo con especial permiso mío. Estábamos recibiendo ese beneplácito que yo necesitaba. A cambio de ello, tuve que ordenarme como diácono, lo cual no estaba en mis planes, pero es una exigencia, y no me pude negar. Aunque no tengo nada contra el diaconado, no creí que iba a formar parte de mi camino.

 
   9.- Rufino en dificultades

   Mi nueva vida empezó cuando me sentí fastidiado con tanta pompa. La elegancia y el despilfarro me hastiaron. Rechacé en mi interior la obligación de ser guerrero vencedor, arrogante, agresivo.
   Cuando niño no me gustaban algunos juegos excesivamente bruscos. Eso, ya me puso mal con tío Monaldo. Yo me llevaba bien con mis primas chicas, con Clara, sobre todo. Jugábamos muchas veces, aunque mis padres trataban de que no me juntara con ellas. Tengo cuatro años más que Clara. Cuando yo tenía 11 nos entendíamos bien. Después, cuando yo tuve 17 volvimos a entendernos bien. Entre medio, no tanto porque yo me sentía grande. Estuve también en Perugia, igual que ellas, en esa primera época en que yo me daba cuenta de la situación política. Encontraba razón al descontento de los oprimidos, pero disentía de sus métodos violentos.
   Soy un inadaptado. Ahora, que se empezó a dar en gran medida una convivencia pacífica, ha surgido este Francisco, un tipo tan inadaptado como yo, que reniega de su riqueza y de los pocos privilegios que llegó a tener. Es que la alcurnia es de puro barro y se puede caer a pedazos en cualquier momento. Es la nobleza de alma la que realmente vale. Hemos venido al mundo a poner justicia, y no por medio de la violencia, que eso sería contradictorio. Con Clara converso estas cosas, y ella me comprende. Es un encanto mi primita. Gustoso daría mi vida por ella.
   Una vez fui a San Damián, donde Francisco juntaba las piedras para volver a levantar una construcción que antes tuvo mejor pasar. Él tiene una tremenda fuerza de vida, voluntad, valentía para enfrentarse al mundo y a los mayores. Muchos lo creen loco y lo insultan, y él sigue en pie, feliz de la vida. Yo quería preguntarle tantas cosas, así que le llevé materiales de construcción. Me agradeció emocionado, y me quedé a ayudarle. Hasta le dí algunas ideas para que la obra quedara más sólida.
   He estado varias veces allí, pero dejé pasar tiempo sin ir. Sentía que eso no era lo mío, sólo era algo admirable donde yo podía aprender cómo manejar mi propio conflicto con mi mundo. Pero, las últimas veces me sorprendí yendo a pie en vez de ir a caballo. Y con vestimenta de trabajo. Así y todo, seguí dejando tiempos sin ir.
   Me costó decidirme si entrar o no a la cofradía de los Menores, como se dicen. Yo soy amigo de todos ellos, en especial de Francisco, pero una cosa es ser amigo y otra muy distinta es tener que pedir limosna como hacen ellos. Creo que eso no lo haré jamás. Le pedí al Señor en mis oraciones que me diera claridad para ver qué camino emprender. ¡Claridad! Sí, y fue mi primita Clara la que me enseñó a orar. Cuando recién se paraba en sus dos pies, ella ya decía “Padre nuestro que estás en los cielos”, y como yo me limitaba a mirarla, ella me insistía hasta que me hacía repetir sus rezos. Después que creció un poco, yo la veía hablando sola y le respetaba ese momento de intimidad con el Señor, y hasta me contagiaba. Siempre le pedía a Clara que rezara por mí.
   No hace más de un año que me enseñó la oración contemplativa, que yo aún no sabría cómo explicársela a alguien. Es difícil entender que los sentidos vayan pasando desde el cuerpo al alma, mientras uno está asombrado y admirado.
   El Señor me dio la claridad que yo necesitaba. Sentí que me daba licencia para ser original. Sí. Mi camino es mi camino, el mío propio, distinto al de mi amigo Francisco, pero podemos hacer juntos gran parte del sendero.
   Un día me armé de valor y me dirigí a la Porciúncula con una actitud de renovar mi vida completamente. No encontré a nadie. Ni a Francisco, ni a ninguno de los Menores. Regresé a mi casa con algo de frustración, pensando volver al día siguiente a otra hora, lo cual hice sin dudar. Me di cuenta de que yo quería formar parte de esa comunidad. De nuevo ocurrió que no estaban los Menores. Esperé largo rato y como no llegaron tuve que volver a mi casa. Mis padres nada sabían respecto a mis intenciones, y yo no pensaba decirles nada, tampoco, para que no me destruyeran mis planes. Ya sabrían de mi partida después que Francisco me hubiera acogido en la comunidad.
   Esperé el transcurso de un par de semanas, antes de irme de nuevo. Al final de ese lapso pude comprobar que la Porciúncula seguía desierta y sin rastro alguno de los Menores. Me dispuse a la oración, porque el lugar llama con fuerza a encontrarse con Dios. Así estuve más de una hora, y cuando ya me iba a retirar, ellos llegaron. Sí. Me costaba creerlo. Venían cantando, felices de la vida. Uno por uno me abrazaron, aún antes de que yo dijera una sola palabra. Francisco me vio la cara, no más, y me preguntó :
   -Rufino, ¿vienes a quedarte?
   -Sí, Francisco, si me aceptas, pero...
   -Por supuesto que te acepto, feliz -no me dejó terminar mi frase. Yo quería advertirle que no quería tener que salir a pedir limosna. De hecho, empecé a decírselo con ese típico tartamudeo que me viene ante las situaciones difíciles.
   -Ya hablaremos de eso, Rufino. Antes tenemos mucho que contarte.
   Entre todos se atropellaban para darme detalles de su viaje a Roma y cómo el Papa los recibió y les dio hasta facultades de predicar. Eso me hizo pensar en otra dificultad mía. No sólo estaba lo de las limosnas. Era seguro que si me ponía a predicar no iba a salir de mí ninguna enseñanza, nada útil, entre puros tartamudeos. Pensé que eso también iba a tener que decírselo a Francisco.
   Los Menores me contaron que cuando salieron de Roma tomaron el camino que va hacia el valle de Spoleto. Llegaron cansados, de noche y con hambre, a un lugar solitario. Apareció un desconocido que les dio unos panes y se fue.
   -¿Qué pasó después con ese hombre? -quise saber.
   -No supimos.
   -Fue algo maravilloso.
   -Un verdadero milagro.
   Todos me hablaban casi al mismo tiempo. Siguieron con su relato. En varios días de viaje, la gente que encontraban los miraba con extrañeza. No eran monjes, ni seglares, no tenían nada y estaban alegres. Después de detenerse a disfrutar el hermoso paisaje de Orte, se establecieron en Rivotorto, por un tiempo. Eso está muy cerca de Asís.
   -¿Y por qué no seguisteis hasta acá? -pregunté casi de corrido.
   -Porque al principio creímos que ahí tendríamos mejores posibilidades de oración que en la Porciúncula, pues parecía estar más cerca de la ermita de las Cárceles, que son unas cuevas en las faldas del Subasio -explicó un Hermano.
   -Y también por hacer un poco de penitencia -agregó otro.
   Felipe Longo y Morico habían conseguido poder quedarse en una pequeña casa de campo que pertenecía a los Crucíferos, la Orden de la cual ellos venían. La choza resultó ser tan pequeña que casi no cabían. Tenían que dormir semisentados, unos contra una pared y otros en la de enfrente. Francisco escribió en las tablas los nombres de cada uno asignándoles el lugar. Se ganaban el pan trabajando, y predicaban en forma ambulante. Además, ocupaban tiempo en la oración, delante de una cruz que pusieron a la entrada de la cabaña.
   -¿Qué hacíais si os daba sueño orando? -aproveché de preguntar, ya que a mí a veces me vence el sueño durante mis oraciones.
   -Yo uso un cilicio para rezar, con la finalidad de no caer en el sueño -respondió Bernardo.
   -También ayunábamos -agregó Egidio- menos esa vez que Pedro tenía tanta hambre que llegaba a quejarse en plena noche. Francisco se compadeció de nosotros y nos mandó a preparar comida para todos, pues hay que ser solidarios en eso también.
   -Nos explicó que no sólo hay que evitar el exceso en comer, sino también el exceso de ayuno -completó Felipe Longo.
   -Cuando llovía, no sabíamos si quedarnos adentro o salir para afuera -dijo Bernardo.
   -Supongo que ya estabais añorando la Porciúncula -observé.
   -Claro que sí -reconoció Pedro, saltando como un resorte.
   -Pero, seguíamos sin venirnos -agregó Bernardo, con un dejo de arrepentimiento.
   -Rivotorto fue un buen lugar para aprender a alabar a Dios -explicó Francisco-, y aún no había llegado el momento de salir. El Señor sabe muy bien cómo guiarnos.
   -¡Y cómo! -exclamó Egidio riendo-. Un día llegó un tipo indecente con un burro, y lo metió en la casa, empujándolo, mientras lo retaba groseramente. Dirigiéndose a nosotros, espetó:
   -Vamos a mejorar este sucio lugar.
   Me reí mucho con ese cuento del burro.
   -Fue como una señal divina -insistió Egidio- para hacernos volver a esta amada Porciúncula.
   -Y no fue ése el único visitante ilustre que tuvimos -agregó Felipe Longo, en un tono de broma. Entonces, me contaron el desaire que le hicieron a Otón de Brunswick cuando pasó yendo a Roma a su propia coronación, pomposo como es él, con toda su comitiva. Sólo uno de los Menores salió al camino, y no precisamente para verlo pasar, sino para increparlo y hacerle ver que su gloria no iba a durar mucho. Fue Egidio el que se ofreció de voluntario para esa pequeña misión.
   En la Porciúncula ya se estaba haciendo de noche. Compartí la comida con los otros Menores. Yo ya era también un Menor.
   Al día siguiente me armé una choza y tuve también mi hábito de color pardo grisáceo. Desde ese día me dediqué a la oración durante gran parte del tiempo. Yo estaba feliz con mi nueva vida de silencio. Fue como romper las cadenas que atan a la vida cómoda. Esos términos usaba mi adorada prima. Yo me volaba en la contemplación sin que nadie me molestara. Nunca he sido muy bueno para hablar, en especial por mi tartamudez. Al principio, Francisco me dejó que no saliera a pedir limosna. Menos mal, porque eso habría sido insoportable para mí.
   Un buen día, cuando desayunábamos, Francisco me informó que saldría conmigo, pues había algo importante que hacer en Asís. Como primera cosa, fui tras él, no sin aprensión. Me puse a pensar en mi padre, el cual ya estaba en conocimiento de mi renuncia a la vida caballeresca, y ya había rabiado y había intentado disuadirme, sin ningún éxito, por supuesto.
   Le imploré a Dios que Francisco no me hiciera pedir limosna ni predicar. De todos modos, la alegría de todos se me contagiaba.
   Por el camino, Francisco me fue hablando acerca de los nuevos Menores, que yo no había conocido antes.
   -A Ángel Tancredi de Rieti lo encontré luciendo un nuevo traje de caballero -empezó contando -y le dije de sopetón “cambia la espada por la cruz de Cristo”.
   -¿Así, sin preámbulos?
   -Así. Yo sabía que de otra manera no le iba a llegar el Espíritu Santo.
   -Y ya veo que le llegó.
   -En cambio, con Juan el Simple fue muy distinto. Lo conocí en una iglesia a la cual yo había llegado con un balde y una escoba, dispuesto a limpiar el templo.
   -¿Limpiar el templo? -repetí con incredulidad.
   -Sí. Como un signo visible. Después hablé con el cura y traté de explicarle ese gesto, y no entendió mucho.
   -¿Y qué tiene que ver Juan el Simple en todo eso?
   -Es que cuando tomé la escoba y me puse a barrer, él me vio y tomó otra escoba que encontró en un rincón, y también se puso a barrer.
   -Siempre te imita en todo.
   -Siempre. Desde esa vez... Con el padre Silvestre ocurrió algo muy distinto.
   -Cada uno en lo suyo -sonreí.
   -Estábamos en Rivotorto cuando llegó, muy decidido. Y además, muy compungido. ¿Te contaron la historia de las piedras?
   -Sí.
   -Bueno, pero lo de las piedras nunca lo preocupó mucho. Silvestre tuvo la certeza de que éste era su camino.
   -¿Cómo lo supo? -quise saber, porque me interesa eso de las certezas.
   -Por un sueño que tuvo... tres veces.
   Después, Francisco me habló de la penitencia como una especial orientación de la fuerza creadora para integrar cuerpo y espíritu. Yo asentía, no más, y calculé que me estaba preparando el terreno para lo inevitable.
   -¿Sabes, Rufino? Hoy vas a predicar en la iglesia de San Jorge.
   -No, Francisco -reclamé como niño chico, y continué..., tartamudeando-. No tengo ninguna gracia para hablar. Nunca he logrado convencer a nadie de nada.
   En ese preciso momento, no sabía cómo actuar para ser yo mismo.
   -Rufino, esta nueva vida que has elegido es de obediencia. Yo no te digo que vas a ser un gran predicador. Te digo que vas a predicar. Y lo harás desnudo.
   Eso último lo pronunció con énfasis. Creí que me estaba hablando en sentido figurado, pero... ¡no! El asunto iba en serio. Comprendí que si me negaba no merecía estar en la cofradía, y yo no quería tener que irme a ninguna otra parte. Los segundos me parecían horas, en las que pensaba en mi padre y en el tío Monaldo. Cuando se enterasen de esto, lo que yo iba a realizar, si es que osaba hacerlo, ya no querrían saber nada más de mí. Eso era algo bueno.
   -Está bien -empecé a responder- pero no totalmente desnudo. Déjame quedarme con una prenda de ropa interior.
   -Bueno -aceptó Francisco sonriendo.
   -No creo que el sacerdote me permita entrar así al templo -dije, en un último intento de salvarme de esta penitencia.
   -Sí, te lo permitirá. Soy amigo del cura.
   -¿Del padre León? - pregunté derrotado, viendo cómo a Francisco no se le escapa ningún detalle.
   -Soy muy amigo del padre León, desde antes que él fuera sacerdote.
   Cuando estuvimos cerca de la iglesia de San Jorge me saqué la ropa, menos la única indispensable, y entré en el templo. Yo iba rojo de vergüenza, pensando que aquí se me iba la vida. Era esto o nada. La penitencia o la derrota. Los feligreses me veían pasar, unos indignados, otros riendo a carcajadas.
   Subí al púlpito con toda la rapidez que pude, porque ahí me sentiría más protegido. Me puse a hablar de cualquier cosa. Quería terminar pronto con esto. Me daba lo mismo si decía algo bueno o no. Lo notable fue que las palabras me salían fluidas, sin tartamudeo. Eso era fabuloso. Me entusiasmé, y empecé a predicar de la mejor manera que yo hubiese podido. La gente me escuchaba. Dejaron de reírse. Les expliqué por qué estaba así. Nunca me había sentido igual. El color rojo de mi cara estaba cada vez más intenso y me ardía.
   Vi entrar a Francisco, tan semidesnudo como yo. Nuevas risas y protestas llenaron el templo. Definitivamente, nos creían locos. Francisco llegó hasta el púlpito, subió y se puso a predicar junto a mí. Improvisamos algo, hablando los dos, con palabras conmovedoras. Él, eso sí, con una profundidad increíble, hablaba acerca de la penitencia. Éramos un ejemplo vivo, y eso impresionó con fuerza a cada uno de los que estaban en ese templo. Francisco les habló de la desnudez de Cristo en la cruz. La gente estaba sobrecogida. Hasta el padre León, que cuidaba nuestras ropas, abría sus tremendos ojos salientes. Lo vi muy impactado por las palabras de Francisco, acerca del desprecio del mundo, y la pobreza voluntaria. Palabras que germinaban ahí mismo. Los avaros mostraban su arrepentimiento. Vi lágrimas en muchos ojos.
   Nos bajamos del púlpito con lentitud. El padre León nos manifestó su entusiasmo, mientras nos daba la ropa. Nos vestimos con rapidez. Yo me sentía muy bien, habiendo colaborado con lo poco que yo podía ofrecer a toda esa gente para que descubrieran caminos nuevos. Me puse a pensar que no siempre el pudor es constructivo, y que el culto al prestigio no es lo que más mueve a las personas hacia Dios. Eso sí, para mí el verdadero cambio se produjo en mi expresividad. Ya no he vuelto a ser ese tímido tartamudo que no quería predicar. Y se lo debo a Francisco.
   En esa dichosa oportunidad salimos del templo conversando con el padre León. Incluso nos acompañó unas cuadras, con serena alegría, y cuando nos íbamos a despedir de él, nos dijo:
   -No os despidáis. Yo sigo también.
   León llegó con nosotros hasta la Porciúncula.
   Ya no le digo “padre León”, pues ahora es uno más del grupo. Un Hermano Menor.
 
   10.- Clara y su decisión trascendente

   Después que mi padre murió pasamos una época de varios meses de recogimiento en que mi madre nos hacía rezar, y no podíamos salir. Quedamos puras mujeres en la casa, y todas llorábamos. El tío Monaldo nos visitaba mucho, como jefe del clan, se sintió obligado a protegernos. Insistió con mucha fuerza diciendo que yo tenía que casarme y hasta me eligió un pretendiente, hijo de un caballero riquísimo. A mis 17 años ya estaba en edad de constituirme en un buen negocio para mi tío. Le dejé muy en claro que la riqueza y el poder no significan nada para mí, y que cuando quiera casarme yo misma decidiré con quien. Menos mal que pude hablarlo con firmeza y con tranquilidad, sin exaltarme.
   Mi tío se resignó, por el momento, pues me conoce muy bien. Por otra parte, él ya sabía de mi admiración por Francisco, así que aprovechó de decirme que tuviera mucho cuidado, no como Rufino, que según él no lo tuvo, en absoluto.
   -Ese descarriado... -gritó el tío Monaldo, refiriéndose a mi primo, y dejó la frase inconclusa. Como yo no iba a dejar de defenderlo, eso fue exactamente lo que hice, para gran ira de mi tío, que tiene un carácter muy distinto al de mi padre, siendo hermano de él. Yo traté de apaciguarlo hasta hacerlo sonreír.
   -Mi sobrinita querida -me dijo, cambiando el tono agresivo por uno dulce, y tomándome de la cintura-. Ya eres una mujer, y muy bella, por cierto. ¿Quién va a ser el caballero que beba de este néctar?
   Ése fue el momento de escabullirme y volver a mi habitación, con pasos rápidos y ponerme a escribir algo en mi diario de vida, acerca de Francisco, tan odiado por mi tío Monaldo. Ahora que Francisco consiguió el beneplácito del Papa, está siendo autorizado para predicar en los templos, incluyendo hasta la catedral, y eso que no es sacerdote.
   Bona es mi enlace con los Hermanos Menores. Con ella envío algún dinero y víveres a la Porciúncula. Desde su casa vamos a menudo a escuchar a Francisco. Lo hacemos en secreto, para no ser vistas por mis parientes, que no lo comprenderían. Nos basta cruzar un pequeño trozo de plaza y ya estamos escuchándolo hablar con su claridad y sabiduría profunda. Francisco atrae a la gente.
   -Que el Señor os dé su paz -exclamó Francisco desde el púlpito, tal como inicia siempre sus prédicas. En seguida, partió hablando de la vida. Vivir. “¿Qué es vivir?” preguntó, y se quedó esperando respuestas. Surgieron varias, provenientes de los que estaban más cerca y querían participar.
   -Bueno es saber -señaló a continuación- pero no sacamos nada con aprender mucho si después no vivimos eso que hemos aprendido. El evangelio nos enseña a ir sin alforja y con una sola túnica de recambio... y... ¿qué hacemos con ese conocimiento? ¿Ponerle un marco y guardarlo junto con las riquezas? No, Hermanos. Hay que vivirlo. La salvación está ahí cerca, muy cerca, aquí mismo. Hoy, y no mañana.
   Francisco alababa a Dios:
   -Señor Dios, tú eres grande, eres el amor, la sabiduría, la paciencia, la mansedumbre, la fortaleza, el perdón, la eternidad.
   Me sentí transportada hacia Dios, con una especie de fuego dentro de mi alma. Decidí que al día siguiente iría a conversar con Francisco, pues quería preguntarle algo. Eso mismo que he preguntado a los sacerdotes y no han sabido responderme.
   Cuando manifesté mis intenciones, durante la cena, mi familia se opuso, aún cuando el tío Monaldo no estaba presente en esa ocasión.
   De todas maneras fui a ver a Francisco, acompañada de Bona, sin que en mi casa se dieran cuenta. En el patio de la iglesia de San Jorge, le hice mi famosa pregunta:
   -¿Qué es más verdadero, el evangelio o la vida?
   -El evangelio -respondió, simplemente, pero se quedó pensando, y después amplió el punto de vista.
   -Hay que liberarse de toda esclavitud -señaló.
   -La luz del Señor ilumina tu camino, Clara -agregó después-. Siempre ha sido así contigo. Eres una persona escogida por Dios.
   Fui varias veces a conversar con Francisco. En algunas de éstas, él mismo me había llamado a través de Bona. En el patio de la iglesia de San Jorge acostumbraba a estar Francisco, acompañado de alguno de los Hermanos, casi siempre Felipe Longo.
   -Jesús renunció a los privilegios que le correspondían -mencioné una vez-. Esa es su enseñanza.
   Felipe se impresionó, y Francisco me puso atención como si nunca él hubiera tenido ese mismo pensamiento.
   Los encuentros se repitieron hasta tal punto que Felipe Longo optaba por llevarse a Bona a uno de los extremos del patio y dejarnos solos cada vez, aunque sólo fuese durante un rato. Con Francisco cantábamos en la naturaleza, a la sombra de los árboles.
   Hablamos de abrir caminos nuevos, y de la firmeza que nos damos mutuamente, y también de lo que pasa en nuestro país.
   En una ocasión, Francisco me dijo:
   -Amo la pobreza.
   No me atreví a decirle que me amara a mí, como yo lo amo a él. Talvez sea un fruto prohibido. He de amarlo en silencio, sin esperar nada a cambio. Me encantaría saber qué siente él por mí.
   -Me gusta tu alegría -fue lo único que le escuché que tuviera que ver con sus sentimientos hacia mí.
   Al llegar a mi casa me quedaron sonando sus palabras “amo la pobreza”. “Pobreza” repetí para mí y me senté frente al espejo de mi pieza. Ese que me ha ayudado todos estos años a ponerme bonita y atrayente. Para Francisco no creo serlo. “Amo la pobreza” repetí una vez más, en voz alta, pero no tanto que pudieran escucharme. Si no soy pobre, por lo menos puedo desapegarme de la riqueza. Fue entonces que me saqué para siempre el collar, y los aros y el prendedor. Me di cuenta que tenía un pequeño cofre de alhajas, muchísimas, los privilegios que supuestamente me corresponden. Junté todo en una bolsa, y acudí al día siguiente muy temprano a la oficina del joyero.
   -Le vendo mis joyas -le anuncié, sin más, y él no quería creerme.
   Cuando aceptó la realidad, efectuó una detenida observación de todo lo que yo le llevaba, y me ofreció una cantidad de dinero.
   -Me tendrá que dar el doble de esa cantidad -le expliqué con firmeza, pues yo sabía muy bien el valor de mis joyas. Después de discutir un poco, accedió.
   Con ese dinero me dirigí a la oficina del obispo Guido y se lo entregué, con una facilidad que yo misma no conocía en mí.
   -Para las obras de la Iglesia -casi canté.
   El obispo se fascinó porque tenía planes de obras sociales que aún estaban sin financiamiento.
   -Bendita seas. Dios ha escuchado mis oraciones.
   Quedé contenta, y salí casi flotando en el aire. Demás está decir que nunca me he vuelto a poner una joya.
   En mi próximo encuentro con Francisco, él notó inmediatamente el cambio que se había producido en mí y besó mis mejillas con una ternura increíble. Así supe que es el hombre de mi vida.
   Tuve varios encuentros con Francisco en el patio del templo San Jorge. Yo necesitaba su apoyo. A veces, me atreví a discutir sus enseñanzas, y el sonreía como si no fuera posible que una chiquilla pudiese haber aprendido tanto acerca de Jesús. Nuestra bella amistad se fue transformando en un amor puro. La verdad, yo estaba loca por él. Soñaba con el día en que Francisco me pidiera ser su esposa, hasta que una vez no pude más y se lo dije.
   -Te amo, Francisco.
   Francisco no sabía cómo reaccionar.
   -¿Acaso tú no me amas? -insistí coquetamente-. Es un mandato de Dios.
   -Amo la Pobreza -me respondió Francisco, y después agregó-. Estoy enamorado de la pobreza y me casaré con ella.
   Eso último, casi lo gritó, y yo me quedé frustrada y triste, con la mirada baja.
   -Eres la mujer ideal, la mejor persona que conozco -habló lentamente Francisco, con lágrimas en sus ojos -, y tienes una gran belleza en tu cuerpo y en tu alma, pero Clarita, acuérdate de tu propio lema “Jesús renunció al privilegio que le correspondía”.
   Sonreí, reconociendo que le he repetido esa consigna a Francisco una infinidad de veces, y ahora se estaba volviendo en mi contra.
   -Te voy a contar una parábola -anunció.
   “Un rey muy poderoso envió un embajador a la reina. Volvió éste con la respuesta que se requería y la enunció de manera concisa. Unos días después, envió otro embajador el cual regresó con mucho más que una simple respuesta. Pronunció un verdadero discurso elogiando la belleza de la reina. Y más aún, fue mucho su entusiasmo y reconoció que hubiese querido poseerla. El rey se molestó con él y lo reprendió duramente por haber puesto ojos voraces en la reina. El rey decidió quedarse con el primer embajador. Eso sí, quiso estar seguro y le preguntó qué le parecía la belleza de la reina. El hombre respondió sabiamente: Sólo a tí te corresponde contemplarla”.
   Comprendí el mensaje inmerso en su cuento, y hasta me sentí halagada. Sin embargo, esa tarde me fui a mi casa con mucha pena, pensando que todavía era indigna, y que necesitaba ser más pobre aún.
   En la noche llené de lágrimas mi almohada. “Enamorado de la Pobreza...” me repetía yo misma, sin poder aceptarlo. Al día siguiente conversé con Caterina, pues le tengo gran confianza, y admiro su increíble sabiduría.
   -Tú crees que estás enamorada de Francisco- observó ella, después de escucharme.
   -Y lo estoy.
   -Piensa si acaso es así o no.
   -¿Qué quieres decir?
   -¿No será que estás enamorada del Cristo que él muestra?
   Me dejó pensativa, preguntándome a mí misma que de dónde sacaría eso esta chica. Siempre he pensado que Caterina tiene una sabiduría asombrosa para una niñita de su edad, pero esta vez se estaba pasando de lista. Durante varios días el asunto me rondaba y no podía concentrarme en nada. Decidí jugarme el todo por el todo. ¿Para qué podía querer ropas fastuosas? Empecé a desapegarme de lo cómodo, imaginando que no tenía tal o cual cosa... ¿puedo vivir así? Puedo. ¿Por qué no?
   No quise seguir siendo esclava del siglo. Me dirigí a la bodeguita, detrás de la despensa, a buscar unos sacos vacíos que estaban ahí desde hacía tiempo. Me los llevé a mi pieza y me dediqué a la costura durante un par de tardes. Con esos sacos me confeccioné un vestido, lo más gracioso que pude, que llegaba casi hasta el suelo. Cuando estuvo listo me lo puse y salí de mi casa sin que nadie me viera y me dirigí a la iglesia de San Jorge pues yo sabía que a esa hora iba a encontrar a Francisco. Por el camino me confundían con una pordiosera, a tal punto que palpé lo que es ser pobre, y no pude evitar las lágrimas. La gente me enrostraba su fastidio por mi presencia. Mi tenida, que empezó casi como un disfraz, pasó a ser un duro aprendizaje.
   Llegué donde Francisco y me planté delante suyo, dispuesta a todo o nada.
   -¿Qué te pasa Clara? -me preguntó extrañado, no tanto por mi atuendo como por mi actitud y por mis ojos que evidenciaban un llanto reciente.
   -Soy la Pobreza -declaré con énfasis-, de la que tú estás enamorado.
   La emoción me hizo llorar de nuevo. Sabía con certeza que ése era el momento más importante de mi vida. Francisco me tomó de la cintura y me besó con ternura. Y yo también a él, desde el fondo de mi alma. Tuvo que retirarse un poco, y sin soltarme me levantó y me sentó sobre un muro bajo de concreto. Francisco respiraba con agitación, tratando de tranquilizarse. También lloraba.
   -El lema... -fue lo único que mencionó. En su rostro humedecido había una sonrisa divina, que me hizo recordar las palabras de mi hermana. Sí, ella tenía razón una vez más. Ahí mismo comprendí lo que significaba ese momento.
   -Daré cualquier cosa por ti -le dije, aunque ya no sabía si se lo estaba diciendo a Francisco o al Cristo que él muestra.
   -¿Me darías tu pelo?
   -Mucho más que eso.
   Nos miramos muy fijamente, sonriendo, no sé durante cuántos minutos.
   -Ya descubrí la verdad -afirmé-. En ti he visto a Jesús y es a él a quien amo con todo mi espíritu.
   Francisco asintió.
   -El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre -agregué.
   Francisco estaba realizado.
   -No te podrás escapar de mí -le advertí-, pues te seguiré hasta el fin del mundo.
   Me sentí partícipe de una misión trascendente. Éste fue un instante glorioso, sublime.
   -Quiero ser una Hermana Menor -me escuché decir después de un largo silencio.
   -De acuerdo -consintió Francisco muy contento-. Es una locura, y no sé cómo se va a poder hacer esto, pero se hará.

 
   11.- Rufino deprimido

   El descalabro que hubo en mi alma empezó en una tarde de domingo. Mi ánimo había estado mal desde la mañana, debido a algo que no me salió bien, y ya ni interesa. Quise estar en soledad, y me fui a un sector alejado. Me tuve que cambiar de lugar muchas veces porque encontraba que había bulla, o mucho sol. Al último, quedé en una cueva oscura, con una filtración de humedad que parecía decirme algo.
   Traté de aclararme en lo que estaba sintiendo, pues no había logrado comprenderlo todavía. Me invadió una sensación tan horrible como persistente. Una cosa asquerosa... y eso era yo. Mi interior se había puesto como un infierno, anticipando el destino seguro que estaba reservado para mí.
   Me había convertido en un verdadero demonio, y además, uno de los menores, uno de poquísima importancia, el que estuviera para los mandados, y que ni siquiera los haya desempeñado de manera eficaz, pues eso no le corresponde a un tipo tan negativo como yo me sentía.
   Me asaltaban imágenes de mi antigua vida de señor feudal en decadencia. “Soy un producto de la injusticia”, me repetía una y otra vez, “y tengo la misión no sólo de hacer fracasar a los demás, sino que también fracasar yo mismo”.
   Menudo conflicto. Si llegare a no fracasar, eso sería un fracaso. Es que uno no puede ser tan paradojal. Talvez por eso mismo, jamás podría ser perdonado. No me atrevía a hacer vivir el sueño imposible de dejar de ser un demonio. Un sueño inconfesable, como si lo hubiera robado.
   Estaba avergonzado de ser yo, y dirigido hacia la ruina espiritual. Le encontré un sentido a mis penitencias, aunque un poco primitivo. No eran más que el castigo que me estaba mereciendo. Y como era la injusticia la que trataba de moverme, decidí que no iba a seguir dándome castigos.
   Me mostré a mí mismo como un volcán de resentimiento, que estaba hecho para cometer errores, y si me equivocaba en eso, éstos dejarían de serlo. Si al menos me hubiera sentido capaz de cumplir la tarea que le corresponde a un buen demonio, ya merecería ser redimido.
   Al otro día caí en la cuenta que eso de “buen demonio” no puede existir. En ese mismo momento me volvió a atacar la terrible sensación del día anterior, y me seguí revolcando en la podredumbre, donde no debía estar, y no sacaba nada con tratar de huir.
   Sin embargo, lo más bien que salí de ahí al escuchar la anécdota del hermano Egidio, que venía llegando después de haber pasado varias horas arriba de un nogal.
   -“¿Cuántas nueces me darás en pago?” -mencionó Egidio que le había preguntado al patrón.
   -Todas las que te puedas llevar -había sido la respuesta.
   Con mucha astucia, Egidio se quitó el hábito en cuanto hubo terminado su cosecha y bajado del árbol, quedando semidesnudo. Amarró las mangas para tener así un improvisado saco que llenó de nueces, y se lo pudo llevar con gran esfuerzo. Llegando a Asís regaló su premio repartiéndolo entre los pobres, volvió a vestirse, y con las manos vacías se vino a descansar. Todos nos reímos mucho cuando Egidio nos contaba su aventura.
   Si algo me gusta de esta comunidad es el no tener ningún privilegio derivado de haber sido noble, como ocurre en las órdenes monásticas. Y también la relativa libertad que uno puede tener aquí, en comparación a las gruesas reglas de los benedictinos, por ejemplo.
   Yo quedé alegre, menos mal porque estábamos entrando a la reunión diaria con Francisco, y no me habría gustado que él se diera cuenta de lo que me estaba pasando. Todos estaban contentos, y eso hizo provechoso el encuentro, en que Francisco nos habló del oficio de predicador.
   -La persona que predica -dijo- ha de orar primero en soledad, para encontrar las palabras que debe decir y para contagiarse con ellas y darles vida.
   Sentí pena porque mi oración en soledad se había puesto tan tortuosa, pero Francisco me fue contagiando un poco con su entusiasmo y por el resto de ese día quedé bien. El martes me empezó a acosar de nuevo la sensación demoníaca. No quise contárselo a Francisco porque me daba vergüenza, y porque mi mal ánimo se me quitaba a ratos, cuando surgía alguna cosa alegre, como cuando llegó Maseo a incorporarse como Hermano Menor. Venía de Marignano, con su modo cortés y su dicción de agradable timbre con que aderezaba su conversación, siempre interesante.
   Dos días después se nos unió alguien completamente distinto. Se hace llamar Junípero, sobrenombre que él mismo inventó, y que significa “el más pequeño de los hijos de Dios”. Es un tipo muy original, que desde el primer momento se complació en mostrarnos la simplicidad. A su llegada le dimos una linda bienvenida.
   Ese mismo día, Francisco nos habló de la oración que tuvo, la semana pasada, a solas en un lugar apartado, y durante tres horas.
   -Poco a poco empecé a sentir una gran alegría -nos contó- y la certeza de que mis pecados han sido perdonados..., pero... fue una certeza más fuerte que dos más dos son cuatro.
   Yo recordaba mis sensaciones de demonio que aún no me había atrevido a revelarle y me hice el firme propósito de decírselo en cuanto tuviera la oportunidad.
   -Estaba tan absorto -continuó Francisco- que no me di cuenta cómo pasó el tiempo. Volví gozoso y transformado. Dios me prometió hacernos crecer en gran multitud.
   A mí, la oración en soledad no me había resultado mucho en esos días. Decidí rezar frente al crucifijo, para ahuyentar los demonios. Aún así, no lo logré. Sentí como si el mismo Jesús me mostrara toda mi iniquidad. Se me confundió todo de nuevo. Talvez con razón, en mi familia odian tanto a Francisco, y ellos me decían que no le creyera. Mi buen propósito del día anterior se me esfumó del todo. Ya no iba a ser fácil confiar en Francisco. Mi condenación no tenía vuelta. ¿Y toda mi oración, para qué podría servirme? Tendría que retirarme de esta cofradía, de la que no soy digno. No quería hacerlo sin decírselo a Francisco, pero eso me significaba tener que contarle el infierno que estaba viviendo. No iba a ser fácil.
   En eso estaba, cuando llegó Maseo a buscarme, diciendo que Francisco quería verme.
   -No pienso ir -fue lo primero que atiné a decir, pero después me puse a pensar en el asunto. Ya no podía seguir esquivando el bulto. Probablemente, Francisco se había dado cuenta de mi estado.
   A Maseo no le costó casi nada convencerme, y eché a andar hacia un bello lugar en la naturaleza, donde se hallaba Francisco. No necesité explicarle lo que me estaba pasando. Él me dijo, con claridad:
   -No les hagas caso a los demonios.
   La bondad de Francisco me desarmó. Y su sabiduría. No supe cómo él tenía tan claro lo que a mí me pasaba.
   -No puedes desconfiar de Jesús -me reprendió con mucha ternura-. El nunca te diría algo que no viniera desde un lugar de amor y misericordia.
   Francisco tenía toda la razón. Yo estaba muy avergonzado de haber desconfiado de él, y más aún, de Jesús.
   -Tú puedes ahuyentar a los demonios -me explicó- hablándoles con mucha firmeza. Podrás sentir como se van.
   A medida que Francisco me iba diciendo las cosas con tanta claridad, se me empezaron a salir las lágrimas, caí de rodillas, y dejé que me viniera el acceso de llanto. Estaba tocando fondo y no tenía posibilidad de resistirme. Después de un rato quedé mejor.
   -No te olvides de orar como tú sabes -me advirtió Francisco, levantándome.
   Volví a mi celda en el bosque y me puse a orar. Le pedí perdón a Dios y cuando le dije por qué lo estaba haciendo me volví a sentir tremendamente pecador. La sensación de demonio intentó hacerme dudar de Francisco. No lo quise aceptar.
   -Vuelve a abrir la boca y te la lleno de mierda -grité, dirigiéndome a un invisible demonio, y lo hice con toda la firmeza de que fui capaz. Así, se me terminó el problema para siempre. Recuperé mi entereza y mi confianza. Fue un momento sanador. Después, me reía solo porque justo en ese momento hubo un temblor y se derrumbaron algunas piedras, y corrían por las laderas del monte.

 
   12.- Clara se va de su casa

   Ese día me levanté temprano y estuve en oración hasta las 11, hora en que empezaba la misa principal del Domingo de Ramos. Acudí al templo, junto a mis hermanas, vistiendo nuestra mejor ropa, como corresponde a la festividad. Se conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Cómo me habría gustado estar en esa remota ocasión.
   Hace unos días mi madre salió de viaje a Roma, con Pacífica, y seguramente han tenido una fiesta de Ramos tan linda como la de acá. Para mí, era un día más especial que cualquier otro, pues había tomado una decisión de gran importancia y no podía comunicarla a nadie para no malograrla. Ni siquiera a Caterina. Ella notó que yo andaba rara.
   -¿Qué te pasa, Clara? -me preguntó.
   -Nada.
   Por supuesto, no me creyó, como si estuviera sabiendo algo. Pensé que iba a tener que hablarle de ello, después, cuando fuera el momento adecuado. Ahora, la gente se estaba poniendo en una fila para ir adelante a buscar un ramo. Preferí quedarme para el final. Si yo estaba renunciando a todo lo que había sido mi vida hasta ese momento, un buen símbolo sería quedarme sin ramo. Tenía la secreta esperanza de que éstos no alcanzaran para todos. Durante largo rato todas las personas estuvieron de pie caminando a paso lento, mientras yo estaba ahí sentada, paralogizada, como si mis piernas no pudieran moverme. El obispo Guido, que oficiaba la misa, se fijó en mi actitud.
   Después de largos minutos, volvió Caterina y volvieron todos. Pensé que ya se me había pasado el momento, y que lo mejor sería quedarme sin ramo. El obispo se levantó de su sitial, tomó un ramo y me lo trajo hasta mi asiento. Me lo entregó con mucha ternura. Siempre me ha querido mucho. Me puse roja y acepté el ramo con una sonrisa de agradecimiento por ese gesto tan inesperado. Don Guido me miró con una actitud de complicidad que me venía bien. Algo sabía él acerca de mis planes, pero como una cosa eventual y futura. Esta vez me pareció que me aprobaba tácitamente. Al menos, eso quise entender, aunque algo así no podía ocurrir. De todos modos, me sentí mejor, y pude agitar mi ramo como todos, en el momento en que fueron bendecidos.
   Estuve contenta el resto del día, y hasta le conté a Caterina lo que pretendía hacer. Le hice prometer que no le diría nada a nadie. Le expliqué que me estaba yendo de mi casa para vivir lo que ha de ser mi vida. Es más que una simple aventura, más que partir detrás del hombre que amo o que creí amar. Es ir a servir a Dios, ser fiel a lo que Él puso en mí. Es renunciar a casi todos los privilegios, excepto el único importante.
   -Jesús lo dice en el evangelio, "deja todo y sígueme". Me lo dice a mí, hoy -le expliqué-. Esto es como salir de la matriz. Quiero ayudar a Francisco a reparar esta gran comunidad cristiana que formamos todos.
   Y me quedé unos instantes pensando en que para algo viví ese exilio siendo niñita. Para crecer sabiendo lo que falta en la sociedad. No son los gobiernos ni los guerreros los que van a mejorar la manera de vivir de la sociedad. Tampoco el clero lo está haciendo muy bien. Los que tienen poder se envanecen, no lo usan para mejorar nada, sino para preservarlo.
   -He meditado mucho este paso -agregué-. Es como despertar en medio de la noche.
   -Me duele dejar atrás el apego a mi madre y hermanas -confesé, después de otra breve pausa-. Nos veremos menos, pero nos veremos y será lindo. No sé si me voy para siempre. Eso es algo que no puedo adivinar.
   -Te extrañaré -me dijo, y nos abrazamos.
   -Yo también te extrañaré.
   Mucho después que el sol se puso y la oscuridad empezó a dominar, cuando Beatriz ya estaba dormida y la servidumbre se había retirado, me levanté, me puse mi vestido de saco, el de la Pobreza, y un manto por si me daba frío. Me dirigí hasta la puerta de los muertos, una angosta abertura alta, que nunca se abría, excepto cuando murió mi padre el año pasado, y fue sacado su cuerpo por ahí, después que el tío Monaldo la abrió, con mucho esfuerzo, y con la ayuda de un martillo, y con el uso de aceite en las bisagras. Esta vez no costó tanto abrirla. Todavía estaba el aceite haciendo su trabajo. Cuando iba a ir a pedirle ayuda a Caterina, ella llegó sin que nadie se lo tuviera que decir. Entre las dos movimos la puerta. Elegí esa manera de salir de casa, para pasar inadvertida.
   -Es como si estuvieras muriendo... -balbuceó mi hermana, llorosa.
   -Estoy naciendo, hermanita -besé su mejilla.
   -Cuídate.
   Salté hacia afuera y cerré la puerta de los muertos, quedando inmediatamente en la sombra. Pensé en Bona, que no estaba en Asís, pues fue a pasar la cuaresma en Roma. Imaginé que ella estaba conmigo advirtiéndome que aún podía arrepentirme.
   Parecía una huída. Sí, yo estaba arrancando de ese futuro señorial que se vislumbraba para mí si me seguía quedando en mi casa. Estaban a punto de casarme, a la fuerza.
   Eché a andar a paso rápido hasta la esquina, y de ahí hacia la parte de afuera del pueblo. Unas cuadras más allá, la imaginaria Bona me detuvo, me miró y esperó a ver si yo me arrepentía. A unos cien metros ya se veían las antorchas de los Hermanos. Me despedí mentalmente de mi amiga y corrí hacia las lucecitas. Ahí estaba Francisco, con Felipe Longo y Bernardo, y dos caballos que consiguieron.
   Francisco me ayudó a montar junto a él en su caballo. Los otros dos Hermanos apagaron sus antorchas y compartieron el otro animal. Nos alejamos de ahí, al paso, pero cuando ya hubo más distancia empezó el trote, y después en franco galope íbamos felices, cantando.
   Aunque las puertas de la ciudad quedan cerradas durante la noche, ésa era una ocasión especial, a causa de los trabajos que se estaban efectuando en una cisterna. Francisco conocía un punto vulnerable, por donde pudimos pasar.
   -Tienes un rostro resplandeciente -observó Francisco cuando avistamos el valle en que está la Porciúncula.
   Yo estaba radiante de felicidad. Descendimos con cuidado hasta llegar donde estaban todos los demás Hermanos esperando con antorchas encendidas.
   En el momento de bajar de los caballos, se produjo una verdadera fiesta. El canto de todos me transportó a lugares celestiales. Este es un camino nuevo para mi vida.
   Entramos a lo que podría llamarse Capilla, un recinto maravilloso, pequeñito. Los Hermanos inventaron toda una ceremonia para acogerme. Nos hincamos ante el improvisado altar para hacer una oración de agradecimiento, y después nos sentamos en el suelo. Todos hablaron algo, y también yo manifesté la alegría que estaba teniendo, y el firme propósito de llevar una vida de pobreza, junto a todos ellos.
   Francisco hizo traer una tijera y me cortó el cabello, como un símbolo del paso que estaba dando. El corte de pelo fue igual que el de los Hermanos Menores, en redondo a la altura de las orejas, dejando pelo, sólo en la parte alta de la cabeza.
   Entregué mi manto, y recibí a cambio otro muy pobre y rústico. Así fue mi iniciación en los Hermanos Menores. Ya podía considerarme una Hermana Menor, la primera de todas, y no sé si también la última..., espero que no.
   Muy tarde nos retiramos a nuestros aposentos. Habían construido una pequeña choza para mí. Esa noche casi no pude dormir. Me levanté temprano en la mañana, y ahí empezaron los problemas porque necesité ir a la letrina, al fondo, y estaba ocupada. Tuve que volver a mi cabaña y esperar, lo cual fue casi dramático. Aunque ya tengo 18 años, soy muy niñita para algunas cosas, como ésta.
   Más que nunca, estaba necesitando toda la fuerza y entereza que el Señor quisiera mandarme. Yo había decidido renunciar a muchos privilegios. Sin embargo, en el momento de la acción las cosas siempre se ponen más difíciles.
   Recién tomé conciencia de que siendo la única mujer allí, mi decisión de venir a la Porciúncula puede ser muy mal entendida por la gente. Con toda seguridad, mi familia iba a querer que yo regresara. Ese era otro problema, pues en tal despoblado no tenía mucha posibilidad de defensa para quedarme pacíficamente. Yo quería vivir ahí, pero ya no estaba tan segura.
   Francisco escribió en una hoja una Forma de Vida para Clara, como la tituló. Soy la única Hermana Menor. Me gusta esa hoja, con la letra de Francisco.
   Todos teníamos muchas dudas sobre la presencia de una mujer en medio del grupo. Es que era algo impensable. Ningún Hermano Menor quería cumplir con una supuesta obligación de rechazarme. Aún más, mi primo Rufino se puso en un rol protector, pero Francisco encontró que esto no podía funcionar así.
   Era evidente que yo no debía quedarme en ese lugar, pero la salida de mi casa fue más que un simple gesto simbólico. No iba a volver a mi casa. Francisco me había prometido un lugar para mí en San Damián. Sin embargo, se puso temeroso. No se animaba a dejarme sola en alguna parte.
   Entre todos estuvimos discutiendo mi destino. Francisco pidió silencio y oración. Dios resolvería esto.
   Después de rezar una hora entera, Francisco ya sabía en qué lugar viviré durante los primeros días, mientras se aclara el panorama. En un convento de benedictinas, aquí cerca. Se llama San Paolo di Bastia. No es lo que más me gusta, pero estaría bien si es por poco tiempo. Así se lo dije a Francisco.
   Querían ir todos a dejarme, pero sólo habría sido posible a pie. Optamos por otra solución más rápida. Salí a media mañana con Francisco, cada uno en su caballo, y así aprovechamos de ir a devolver los animales, pues el propietario vive muy cerca del convento. Llegué a éste cuando las monjas se disponían a almorzar. Francisco solicitó a la elegante abadesa si podían tenerme unos días, a lo que accedió gustosa. Después, él emprendió el camino de vuelta a la Porciúncula, solo y a pie.
   Las monjas me acogieron bien. Son de clausura, y todas muy alegres. Con ellas, viví un primer día entretenido. Aquí hay un buen pasar, sin dificultades, pero no quiero acostumbrarme porque no es ésta la vida que elegí para mí. En este convento hay dos clases sociales. Unas monjas son de procedencia adinerada, y otras son sus criadas con las cuales han llegado. Yo soy un ejemplar extraño, pues me reconocen una nobleza a la cual he renunciado, pero no tengo sirvienta.
   Todo ha sido tan rápido, que mis recuerdos recientes vuelven, uno tras otro, y me tienen alborotada. Me puse a trabajar como criada, por propia decisión. Sin embargo, aún así no encuentro acá lo que deseo, es decir, una vida de sierva pobre de Cristo, despojada de todo. Al contrario, no he logrado salir de la opulencia, y sigo estando libre de toda necesidad.
   A los pocos días llegó el tío Monaldo, furioso, con un pelotón de soldados. No sé cómo se enteró de mi paradero. Seguramente las noticias vuelan. Si me hubiera quedado en la Porciúncula me habrían encontrado mucho antes. Alcancé a salir de allí justo a tiempo, y creí que sólo había ganado unos días, pero después me di cuenta que gané muchísimo más. Las Hermanas Benedictinas no sólo tienen cercado su monasterio con altas murallas, sino que además se aseguraron con un decreto de excomunión, conseguido con el Papa, como un privilegio especial para garantizarles que no fueren asaltadas, en tiempos en que todo el mundo anda armado, hay guerras, y las personas viven peleando, incluso dentro de sus propias familias.
   Al principio, el tío Monaldo intentó mantener la calma y convencerme por las buenas de que volviera a casa. Hizo un gran esfuerzo por tratar de lograrlo. Me habló de las lágrimas de mi madre. Le conté que he rezado mucho por ella, pues quiero que se conforme.
   Mi tío insistió. Poco a poco empezó a surgir la agresividad. Los hombres perdieron la paciencia y quisieron llevarme a la fuerza, arrastrándome con violencia. Me aferré al mantel del altar, y el tironeo hizo caer utensilios. Mi tío me pescó del velo, y entonces vio mi cabello cortado. Creo que eso lo hizo sentirse mal consigo mismo.
   -Por amor a Jesús he renunciado a lo material y a lo mundano -le aclaré.
   La madre superiora le hizo ver a Monaldo que se estaba arriesgando a ser excomulgado. Eso es algo que atemoriza a todo caballero. Mi tío puso cara de pánico, como viéndose a sí mismo consumido por el fuego del infierno. Entendió que no podía continuar en su conducta violenta, y tuvo que retirarse con sus soldados.

   

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