ARISTODEMO                    Un lugar literario
Los santos de Asís         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   21.- Clara y el privilegio de pobreza

   Estaba todo cubierto de una capa blanca, porque en la noche anterior había nevado. En la tarde vino Francisco, y eso me causó sorpresa. Es cierto que yo lo estaba llamando desde hacía varias semanas, a través de Felipe, pero justamente ese día, era talvez la única jornada que no invitaba a caminar tanto.
   Siempre estoy añorando visita. Cuando decidí venir a esta aventura me imaginaba que iba a tener más relación con los Hermanos. Como hermanos, claro está. Pero, no ha sido así. Me gustaría que nos visitaran más. Compartir nuestras experiencias, recibir la enseñanza de Francisco. De repente me siento un poco huérfana. Más que el pan de cada día necesito la palabra de cada día. Orar en conjunto, cantar, sentir voces graves junto a las nuestras. Ya sé lo que se interpone, el miedo a romper el celibato. Es extraño como funciona la naturaleza humana. La gente cree que un hombre conversando con una mujer es algo peligroso, una tentación irresistible, un canal para la llegada al mundo de bebés que nos sacarán de nuestra vida dedicada al Señor y nos harán volver al siglo. ¡Qué simpleza..., esa manera de pensar! Tendré que conformarme. Hasta lloro a veces por esta situación, que me es dolorosa.
   Por eso me puse tan contenta con la visita de Francisco. Le pedí a Pacífica que nos acompañara y le convidé un té a Francisco para que se repusiera, mientras yo no paraba de hablarle de nosotras, las Hermanas Menores, de cómo las veo regresar contentas del trabajo, en este tiempo, cosiendo casullas para aquellos curas que no tienen cómo comprarse una.
   -Yo les pregunto a todas su parecer cuando llega una Hermana nueva -expliqué- como una manera de recordarles el propósito de estar aquí.
   -El otro día -continué hablando- llegó una mujer muy elegante, llena de maletas, y con una sirvienta.
   Francisco abrió unos tremendos ojos, y yo le seguí contando acerca de esa mujer que pretendía tener acá a alguien que la sirviera. Aquella vez me armé de paciencia, las hice pasar al comedor y empecé a explicarles que las Hermanas Menores no somos como las monjas tradicionales. Si quieren estar acá, tendrá que ser de acuerdo a nuestra forma de vida. La criada sonreía, contenta, al mismo ritmo que su patrona arrugaba el rostro. Le aclaré que no puede obligar a su empleada a quedarse si ella no quiere. De hecho, la sirvienta optó por irse, sintiéndose muy libre. Aproveché de pedirle que se llevara algunas maletas, dejando sólo una, la que fuere más importante.
   -Eres maravillosa -rió Francisco.
   -Adivina qué pasó tres días después.
   Le conté a Francisco que la sirvienta volvió a golpear nuestra puerta, esta vez para quedarse, pues así lo decidió ella misma. Y la que antes había sido su patrona trajo una palangana con agua y se arrodilló a lavarle los pies.
   -Así estás restaurando, poco a poco, la Iglesia de Cristo -replicó Francisco, y siguió hablando de las enseñanzas de Jesús, que nos muestra la renuncia a los bienes materiales.
   -Hemos de actuar con las riquezas como hacemos con esos bienes sutiles que nadie puede llevarse a su pieza, ni menos guardarlos bajo llave.
   -Como la puesta de sol -agregó, para completar la idea.
   -Y el arco iris..., Francisco, el amor de Dios es lo que da la felicidad. Su contemplación es el alimento.
   Francisco asintió sonriente, y me preguntó acerca de la Forma de Vida, que estoy escribiendo.
   -Trato de hacerla con un criterio muy abierto y flexible en todo lo que no es medular -le expliqué-. Por ejemplo, reduzco el silencio a una parte del día solamente.
   -¿Y qué es lo medular?
   -Lo que Jesús nos dice en el evangelio.
   -Que no se puede servir a Dios y a las riquezas.
   -Eso es primordial. La regla benedictina que quieren imponerme acepta poseer bienes, y hasta lo exige, para la seguridad personal. Eso no lo puedo aceptar.
   -En lo que no es esencial..., ¿eres más abierta, me dijiste?
   -Sí, Francisco.
   -Entonces, prométeme que ya no seguirás durmiendo sobre ramas.
   -Es el único colchón que tengo.
   -Puedes hacerte otro, con briznas blandas.
   -Un poco de penitencia es necesaria para purificarse del pecado.
   -Clara..., por favor.
   -Está bien. Si tú lo dices..., lo haré.
   No sé cómo se nos voló la tarde. Muy pronto empezó a oscurecer. Francisco se despidió, y lo fui a dejar hasta el patio. Hacía frío.
   -¿Cuándo me visitarás de nuevo?
   -Cuando broten las rosas.
   El creyó que se estaba refiriendo a la primavera, que aún se iba a demorar un par de meses, y se alejó caminando rápido, pero de repente se detuvo en seco y me miró sonriendo. Se encogió de hombros, y continuó su salida. Yo me reía sola, pues lo que él había visto era un pequeño botón que apareció en el rosal.

         * * *

   Esa noche me desvelé pensando en todo lo vivido durante el día. El viento producía bulla. Me levanté a tapar a las Hermanas. A Caterina, que dormía plácidamente. Admiro en ella esa presencia de Dios que siempre tiene. La que tampoco lograba conciliar el sueño era la hermana Iluminada. Hace unos días ya noté en ella una sequedad en la oración. Ahora fue el momento de conversarlo. Sin hacer ruido, murmurando apenas, le pregunté si había podido entregarse a la oración. Negó con la cabeza.
   -Te alabo, Señor Jesús... -le pedí repetir conmigo en voz muy baja para no despertar a las demás.
   Fue providencial. Ella comprendió que yo no podía darle más instrucciones, y con ésa sola, Iluminada se esforzó y perseveró hasta que salió adelante.
   Varios días después vinieron Egidio, León, Maseo y Junípero, adelantados para darme tiempo a organizarme, según dijeron:
   -Está por llegar Francisco, con unos obispos.
   -¡Madre mía! -exclamé, pensando que no tenía mucho para servirles.
   Preparamos algo muy modesto, justo cuando ya llegaban las visitas a caballo. Eran ocho los obispos. No sé cómo Francisco consiguió tantos interesados en conocer mi Forma de Vida. Los hice pasar al Oratorio, y ellos decidieron empezar con una oración, para lo cual se arrodillaron piadosamente. A la izquierda del pequeño altar estaba, como siempre, la reserva eucarística en su cajita de marfil. Fue Francisco el que condujo la oración, en voz alta y con una maestría tal, que la pequeña oración de inicio se prolongó por más de una hora y fue grandiosa. Varias Hermanas la siguieron desde la escala porque no cabían en el Oratorio.
   El obispo Jacques de Vitry me pidió que diera la bendición. ¿Yo? Me moría de susto. No me consideré capaz de algo así, y le rogué a Francisco que lo hiciera él. Menos mal que accedió.
   Cuando entramos en materia, en lo que nos convocó, las cosas dejaron de estar tan celestiales, aunque todos mantuvimos una actitud amistosa y cordial. La verdad es que los obispos vinieron a ponerme en el cauce conciliar. Las condiciones estaban dadas desde hacía casi un año, y no era viable que yo siguiera rebelde. Para que esta comunidad tuviera validez, no me quedaba más remedio que elegir alguna de las reglas oficialmente aprobadas. Eso sí, sólo en aquellos aspectos referidos a la disciplina. En lo pastoral, puedo seguir con las enseñanzas de Francisco.
   Elegí la regla benedictina porque se aviene mejor a nuestra vida contemplativa. Señalé que estamos dispuestas a aceptar la prohibición de salir del convento, pero que queremos continuar viviendo la pobreza.
   Tuve que explicar que las Hermanas Menores rechazamos toda posesión y anhelamos la pobreza como único privilegio. A los obispos les costaba entender eso, y sostuvieron que la pobreza nos iba a hacer muy vulnerables, y ellos querían que estuviéramos seguras, y no expuestas a tantos abusadores que andan sueltos. Me aseguraron que con la regla benedictina se han santificado cientos de hombres y mujeres.
   Me criticaron el hecho de juntar nobles con plebeyas, pero eso seguirá siendo así.
   Me alabaron, por aquello que llamaron “mi buena intención”, respecto a la pobreza, pero en el momento de las decisiones todo quedó en un “ya lo veremos”.
   Días después, Felipe, el visitador, me entregó una carta de Francisco que decía “... quiero seguir la pobreza hasta la muerte. Os ruego vivir siempre en esa pobreza, aunque te aconsejen lo contrario...”.
   Tomé mi decisión. Teniendo en cuenta que el Papa estaba pasando una temporada en Perugia, hacia allá dirigí mis pasos, ayudada por un pariente de Bienvenida, que vive en Perugia, y ese preciso día vino a verla. No tuvo ningún inconveniente en llevarme en su coche, tirado por un hermoso caballo blanco. Incluso, hasta me esperó, con mucha amabilidad, para traerme de vuelta.
   Inocencio también fue atento conmigo. Me escuchó con respeto, y no se sorprendió de mi solicitud porque él ya conocía bien a Francisco.
   -La gente viene siempre a pedirme privilegios -rió- para tener más bienes y ser más poderosa.
   Movió la cabeza, sacó una hoja y se puso a escribir el documento que yo había esperado tanto. Lo firmó y me lo pasó. En ese escrito nos asegura el privilegio de pobreza a las Hermanas que vivimos una vida regular junto a la iglesia de San Damián, para que nadie pueda obligarnos a tener propiedades. Se lo agradecí con humildad.


   22.- Francisco y su relación con la jerarquía

   Siempre me llevé bien con el Papa Inocencio. Desde aquella vez en San Juan de Letrán, en los comienzos, cuando fui a visitarlo y finalmente me acogió. Hasta el día de su sorpresiva muerte en Perugia, en el verano de 1216. Se encontraba de paso en esa ciudad con algunos cardenales y esperando a otros. Aguardando también la mejor oportunidad para ir al norte a conciliar a los pisanos con los genoveses. Necesitaba la unidad para enfrentar la quinta cruzada en mejor forma que la desastrosa anterior. Por supuesto, no quería que los venecianos volvieran a desvirtuar la causa. Con estas preocupaciones estaba el Papa, un hombre joven y vigoroso, cuando le vino una fiebre altísima que lo llevó a una muerte rápida.
   En cuanto supe esto al día siguiente, me dirigí a Perugia y entré a la Catedral, donde estaba el cadáver del Pontífice. Me encontré con una escena muy desagradable, pues durante la noche habían asaltado el templo para robar las riquezas que amortajaban el cuerpo sin vida de Inocencio III. Los obispos corrían de un lado para otro, pero nadie hacía nada útil. Me saqué mi capa y con ella cubrí la desnudez del Pontífice. Entonces, los puse a todos a rezar.
   El cónclave empezó muy pronto, en cuanto el Papa estuvo enterrado, en la misma Catedral. Se efectuó en Perugia, y con gran rapidez se eligió al anciano Cardenal Savelli, quien adoptó el nombre de Honorio. Me pareció una buena elección porque Savelli ha demostrado su amor a los pobres, al entregarles todos sus bienes. Quedé con la esperanza de que ahora empezaría la renovación de la Iglesia.
   Estando yo de vuelta en la Porciúncula, una noche tuve un sueño en que vi a Jesús y a la Virgen María, llegando de Tierra Santa. No estaban preocupados ni nada de eso. Quise hablarles, pero no me salían las palabras. Jesús sonrió comprensivo y me dijo “Quiero consagrar tu tierra a mi madre”. Me levanté contento, tratando de entender qué quería decirme Jesús. Lo medité durante unos días, y como además estaba necesitando reanudar lazos con el pontificado, y podía aprovechar que el Papa todavía estaba en Perugia, recordé lo que me contó Clara hace unos días. Ella me estaba dando el ejemplo. Yo sonreía solo, y tomé también mi decisión de ir a Perugia a ver al Papa. Esta vez, al nuevo Honorio III. Maseo me acompañó. Por el camino me fui pensando qué privilegio iba a pedir. Recordé eso de la Cruzada y las indulgencias que dan a los que participan en ella. ¿Cómo contrarrestar eso? Por lo que le escuché decir a Jesús en el sueño, imaginé que nuestra fraternidad de la Porciúncula es como una verdadera cruzada pacífica. Sí... Talvez por ahí iba la palabra de Jesús...
   El encuentro con el Papa fue muy cordial.
   -Santo Padre -le dije, después de los preámbulos-, el pequeño templo de Santa María de los Ángeles... lo reconstruímos prácticamente... y os suplico le otorguéis una indulgencia.
   -¿Indulgencia...? ¿Cuántos años...? Como ves, surgen dudas.
   -No. No pido años. Pido indulgencia para los que visitaren el templo de la Porciúncula.
   -¡Oh! Estás pidiendo demasiado, Francisco. No acostumbramos a conceder ese tipo de indulgencias.
   -Su Santidad, Jesús me ha pedido consagrar el lugar a la Virgen María.
   -Si es así, está bien, te la concedo.
   Los purpurados que estaban presenciando esta entrevista pusieron el grito en el cielo y le hicieron ver al Papa que una indulgencia similar se está otorgando a los cristianos que van a las cruzadas. Ése es el mérito necesario para ganarla. Según ellos, no sería posible poner al mismo nivel una simple visita a una pequeña iglesia, pues eso quitaría incentivo a la participación en las cruzadas.
   Recién entonces comprendí la intención que había detrás de mi propia solicitud. Por un instante temí que mi pedido no prosperase, pero al mismo tiempo me alegré profundamente de estar contribuyendo a la paz, aunque fuera con un granito de arena. Sí. Valía la pena dar esta lucha. Sin embargo, no fue necesario.
   -La he concedido y no la revocaré -sentenció Honorio III, y agregó dirigiéndose a mí-. La indulgencia será válida todos los años, pero sólo en el día de aniversario de la dedicación de la capilla.
   Me incliné en reverencia, muy contento y me despedí agradecido. Cuando caminé hacia la puerta el Papa me llamó:
   -Espera que te hagamos el certificado.
   -Me basta vuestra palabra, Su Santidad.
   De todas maneras tuve que esperar el certificado, y mientras tanto me disculpé:
   -La Virgen María es mi diploma.
   -Y los ángeles son nuestros testigos -agregó Maseo, con complicidad.
   -Y Jesús es el notario -completé, para distender un poco el ambiente.
   Los cardenales quedaron sonriendo, cuando emprendí el regreso con Maseo y el certificado.

         * * *

   Me vino una indigestión a causa de algo descompuesto que debo haber comido. A tal punto no retenía alimentos, que me lo pasaba corriendo a la letrina, y me dio tanta fiebre que los Hermanos me llevaron a la casa de Don Guido, quien me hizo ver por un médico. Me quedé en su casa unos días, hasta que sané bien, no sin antes pasar por unos delirios en que me venían a acompañar los ángeles. Fue bueno haber tenido que estar en casa ajena en condición de peregrino.
   El 1216 fue un buen año, a pesar de todo, empezando por ese capítulo de Pentecostés, primera asamblea de nuestra hermandad que celebramos, aquella vez en San Verecundo, un poco al norte de Asís. Ya nos estábamos extendiendo por muchos lugares y consideré provechoso reunirnos una vez al año para discutir los problemas de la comunidad y alegrarnos en el Señor.
   En esa ocasión les hablé para reforzar nuestras motivaciones espirituales:
   -No tengáis más de dos túnicas. Parchadlas con trozos de género antiguo -fue lo que caló más hondo. Les mostré los remiendos de mi ropa para ir yo adelante en esto.
   Me llenaron de preguntas y me pidieron conseguir un determinado privilegio del Papa y así no necesitar permiso del obispo para predicar.
   -Estará bien que pidamos ese permiso cada vez -les manifesté-. Nuestra humildad ha de convertir a los obispos, y entonces ellos mismos nos pedirán que hablemos a la gente.
   El capítulo del año que siguió lo celebramos en la Porciúncula. Participaron más de quinientos Hermanos, de todo el país. Uno de ellos era tan especial que nos sorprendió a todos. Tomás se llamaba, y siempre se le veía sumergido en su oración. Leer la Sagrada Escritura lo transportaba. Guardaba un silencio absoluto, a tal punto que se comunicaba por señas. Lo creían muy santo, pero yo no estaba tan convencido de eso. El se mostró de cuerpo entero cuando fue el momento de confesarse. Quiso hacerlo sin hablar, con puros gestos, como estaba acostumbrado a hacerlo, pero esta vez el hermano Silvestre estaba siendo su interlocutor para el sacramento, y eso no le pareció bien. Fue tanto el bochorno de Tomás, que al final desistió de confesarse, y dejó a todos desilusionados. Al poco tiempo se retiró del grupo.
   Como resultado de este Capítulo de Pentecostés la fraternidad quedó formada por doce provincias, cada una a cargo de un Ministro Provincial, encargado de relacionarse con los Custodios, que eran los responsables de los centros importantes de su región. Los monasterios quedaban a cargo de un respectivo Guardián. Toda esta estructura, que ha resultado ser muy provechosa, fue ideada por el hermano Elías.
   Cuando se vio el tema del llamado del Papa a una nueva cruzada, éste no fue atendido así, en forma liviana, sino que despertó nuestro deseo de evangelizar. Se organizaron misiones al exterior, las cuales quedaron asignadas. Casi todas éstas resultaron después en un gran fracaso, con excepción del envío del hermano Elías a Siria. Más tarde se llegaría a saber que mi amigo de la juventud desarrollaba allí una labor fructífera.
   Silvestre optó por irse a vivir solo en una celda de Las Cárceles. Por mi parte, yo elegí ir a una misión en Francia, pero no llegué a realizarla porque cuando iba pasando por Florencia tuve la genial idea de ir a visitar al Cardenal Ugolino, y entonces todo cambió. Yo lo conocía de antes, pero de vista, no más. Es sobrino de Inocencio III, y además Conde de Segni y obispo de Ostia, y legado papal para la zona de Toscana. Quise tener la deferencia de pasar a verlo antes de emprender viaje a Francia, pues me gusta mantener buenas relaciones con la jerarquía. Fue un encuentro grato. El Cardenal Ugolino es un hombre afable, de gran simpatía, bastante paternal. Debe tener unos diez años más que yo. Es un hombre muy preparado y le gusta ayudar al desarrollo de la vida monástica. De hecho, se ofreció como protector de la comunidad de los Hermanos Menores, a lo cual accedí gustoso. Muy puesto en su papel, Ugolino comenzó en ese mismo momento a desempeñar su rol protector. Me advirtió que no sería bueno para la fraternidad que yo me alejara y la mantuviera todo ese tiempo sin pastor.
   -Además, hay otro motivo -señaló el Cardenal.
   -¿Sí...?
   -En el Consistorio hay prelados que no ven a tu fraternidad con buenos ojos -me confidenció Ugolino-, pero habemos otros que queremos defenderla, y lo lograremos de mejor manera si tú permaneces en la provincia.
   Me convenció, y por eso desistí del viaje, me volví a Asís y le pedí a Pacífico que él encabezara la misión a Francia.
   Esa expedición no dio ningún fruto, debido a las dificultades de idioma. Lo mismo pasó con la misión a Alemania. Los Hermanos volvieron frustrados, habiendo sido confundidos con herejes valdenses, por mostrar motivaciones similares, a pesar de que en nuestra hermandad respetamos la autoridad del clero y de la jerarquía, cosa que no hacen los valdenses.

         * * *

   A comienzos del año siguiente, el Cardenal Ugolino me mandó llamar a Roma, donde él había acudido unos días antes ya que tenía programadas una serie de importantes reuniones con el Papa. Con enorme preocupación, el Pontífice le hizo ver al prelado, entre muchas otras cosas, el lamentable resultado de nuestras misiones.
   El Cardenal me consiguió una audiencia con el Papa y me dijo que sería muy bueno que yo le hablara a Honorio III para hacerlo recuperar el buen concepto acerca de los Hermanos Menores. Me sentí como un niño pillado en falta. Necesitaba decir que no me he desviado en herejía, y me costaba mucho preparar algo por escrito, pero como Ugolino piensa en todo, ya me tenía listo un excelente discurso en latín.
   -Apréndelo de memoria -me aconsejó.
   Es bien especial este personaje. Me estima mucho pero trata de meterme en un molde. Me pone los pies en la tierra cuando me despego mucho. No me viene mal un poco de cauce, pero si hemos de renovarnos como Iglesia, la lucha es precisamente contra eso de que traten de mantener todo como está. Acepto el adaptarnos en algo, pues así nos escuchan.
   Pasé gran parte de la noche leyendo el discurso, una y otra vez, para que se me quedara bien grabado. Eran estos pensamientos, que no han nacido en mí, aquello que los cardenales querían escuchar. En cambio, lo que yo quería era como abrir un pesado portón, por largos siglos cerrado. Sí. Poner una gota de aceite en las articulaciones oxidadas de la estructura de Letrán.
   Al día siguiente iba tranquilo a la reunión, pero cuando vi a todos los cardenales ahí, junto al Papa, me sentí pequeñito y se me olvidó todo lo que tenía que decir. Le pedí en silencio al Espíritu Santo que me iluminara, y me puse a hablar algo que me venía desde muy dentro de mí, y no de la sabiduría cerebral de Ugolino. Los brazos se me movían al ritmo de las palabras, y hasta los pies me obligaban a dar saltitos. Los cardenales estaban asombrados.
   -Vuestros rostros son el rostro de la Iglesia -les repetí en varias oportunidades, como un estribillo que los hiciera tomar conciencia de una Iglesia que se ve apegada al lujo.
   -Un rostro que debería ser bello, resplandeciente, como Jesucristo -agregué, y les pedí que miraran sus ropas, sus adornos, su riqueza.
   Alguien estaba hablando en mí. Yo me escuchaba decir cosas fuertes, con sensación de estar en el último día. Sin duda, era el Espíritu divino. Yo no habría sido capaz de repetir después ninguna de esas frases.
   -Dios no está contento con su Iglesia -terminé diciendo, y se me saltaron las lágrimas. Algunos cardenales también lloraban.
   Después, Ugolino me felicitó porque mis palabras llegaron a destino.

 
   23.- Clara vuelve a la carga

   El cardenal Ugolino es nuestro protector. Gracias a él, las Hermanas Menores tenemos la posibilidad de desarrollarnos y extendernos. Aceptó a nombre de la Iglesia la propiedad de todos los terrenos y casas que nos han sido donadas, incluyendo los de Perugia, Lucca y Siena, y ahora último el de Monticelli en Florencia. Nuestra fraternidad ha tenido un crecimiento que nunca imaginé.
   Por Pascua de Resurrección el cardenal Ugolino llegó hasta acá para conocer San Damián. Vinieron también Francisco y algunos Hermanos. Tuvimos una celebración memorable, en que cada una de las Hermanas compartió su testimonio y cantamos con alegría. La oración fue dirigida por mí, ya que así me lo pidieron Francisco y el Cardenal, y tuve que hacer mi mejor esfuerzo.
   Me escuché dando gracias al Señor porque le gusta poner su palabra en alguna de las más insignificantes Hermanas. Es así como Él nos guía.
   Gracias a Dios, todo resultó tan bien que al final casi levitábamos.
   El Cardenal Ugolino estaba emocionado y agradecido. Según me dijo, nunca en su vida había vivido algo así.
   -Me voy muy contento -señaló al despedirse.
   Nuestro visitador designado por Ugolino fue fray Ambrosio, cisterciense. Al principio anduvo bien, pero al poco tiempo noté que él no entendía nuestra forma de vida y, no sólo eso, lo peor fue que se empezó a enfriar nuestra comunicación con los Hermanos Menores. En cuanto pude le manifesté mis aprensiones al Cardenal Ugolino, quien no tuvo inconveniente en volver a nombrar a Felipe Longo como visitador, con lo cual volvimos a tener un mejor contacto con los Hermanos, pero eso ocurrió varios meses después de Pentecostés, fecha en la cual tuvo lugar el Capítulo.
   Participamos de alguna manera en los Capítulos, y eso me gusta. No es mucho lo que hacemos, más que preparar lo necesario. Estamos en el servicio, cuidando detalles de la alimentación que llega cargada en mulas, provista por ciudadanos de buena voluntad. Hemos tenido que fabricar una gran cantidad de esteras para que puedan dormir en ellas los Hermanos que vienen de otras provincias. Después que termina un Capítulo quedamos agotadas y volvemos a nuestra vida habitual.

         * * *

   Hace un par de semanas vino a verme Amada, mi sobrina, y me contó que se iba a casar. Ya tenía todo preparado, hasta el vestido, cada detalle de la fiesta con que se celebraría el matrimonio. Ella nunca había estado acá hasta esa vez, en que pudo compartir también con Caterina. Conversamos, primero banalidades, las flores para la boda, después apuntamos más a los sentimientos.
   -¡Qué paz hay aquí! -exclamó mi sobrina, en algún momento.
   La fascinación que tenía Amada hacia su próxima boda se fue diluyendo. Confesó que no estaba enamorada, y sólo iba a casarse por la presión de la familia, y porque se suponía que eso era lo que había que hacer. Estaba empezando a llorar cuando se despidió. Me quedé muy preocupada y recé por ella. A los pocos días volvió, y se la veía muy contenta.
   -Vengo a quedarme... -dijo-, si me aceptan.
   La abracé feliz, y me contó las peripecias que tuvo que hacer para cancelar la boda. Son detalles que, en el momento, parecen enormes pero pasan a olvido muy rápido.
   Ha crecido tanto la comunidad, que me he visto obligada a enviar algunas Hermanas en misión, para formar a las nuevas en Foligno, en Arezzo, en Siena. Y mi hermanita Caterina se está yendo a Florencia, dentro de poco. Sé que la voy a extrañar mucho.
   Con las más antiguas conversé acerca de la manera de recibir a las Hermanas nuevas, que ya empiezan a ser muchas.
   -Que sea tal como me recibieron a mí -comentó Bienvenida.
   -Deben prepararse para soportar penurias -aclaré- vosotras sabéis eso.
   -Las que han llegado con miedo -aportó Caterina-, a los pocos días ya lo han vencido.
   -Aprender a aceptar..., y a disfrutar del desapego -señalé.
   -Si nos dejamos tocar por Dios, todo se resuelve -agregó Felipa.
   -Hay que enseñarles lo esencial de la fe cristiana -propuso Pacífica, y la conversación empezó a irse para otro lado.
   -¿Se puede comulgar más de una vez al año? -preguntó una, y decidí dejar la reunión hasta ahí, no más.
   Llamé a las Hermanas nuevas. Con ellas estuvimos admirando ese bellísimo crucifijo bizantino que tenemos en el convento. Ese mismo que le dio la inspiración a Francisco. Me acerqué sonriendo, me hinqué y me puse a rezar. Todas me imitaron. También Francisca, Angeluccia e Inesita, que llegaron hace poco. Esta última es una niñita, hija del alcalde y de una mujer que no es la suya. A la pobre Inesita la acogimos con mucho cariño, tal como a la pequeña Lucía, que llegó de Roma el año pasado, en circunstancias parecidas, y también fue recibida por caridad.
   Me alegré al escuchar a Angeluccia alabando en voz alta, lo que es una gran cosa, siendo tan nueva. Nos sentamos en unos rústicos bancos que los Hermanos construyeron para nosotras.
   Angeluccia quiso saber quienes son los personajes que están junto a la cruz de Cristo, y que le dan tanta vida al ícono.
   -A la derecha de Jesús están la Virgen María y el apóstol San Juan -expliqué- los que estuvieron al pie de la cruz.
   -¿Y a la izquierda?
   -Una de las mujeres es Magdalena, y la otra es María, la esposa de Cleofás, que también estuvieron, con valentía, en aquella ocasión.
   -¿Y el que está al lado de ellas?
   -Es el centurión Cornelio.
   -¿El centurión..., pero... ¿cómo?
   -Fue puesto en el ícono porque el tipo se dio cuenta de lo que había hecho. Fue tremendo para él. Años después se convirtió al cristianismo.
   -Jesús decía “Perdónalos, que no saben lo que hacen”.
   -“No saben lo que hacen” repetía por lo bajo el centurión sujetando las lágrimas, mientras bajaba del Calvario. Así se lo confesó a San Pedro.
   -¡Ah!
   -En este ícono, Cornelio está representando al pecador que se arrepiente y es redimido.
   -Entonces, nos representa a todos.
   -Sí, pues.
   -¿Y de quién es esa cara que se alcanza a ver atrás?
   -Sólo sé que es hombre, porque tiene bigotes. Debe ser alguien que también haya estado en el Calvario.
   -Ningún otro apóstol estuvo ahí, más que Juan.
   -Algún discípulo... ¿talvez Esteban...? No lo sé.
   -¿Y esos dos más chiquitos?
   -Esos bien chiquitos, uno a cada lado, representan dos grupos. Son los soldados romanos, y los sacerdotes judíos.
   Nuestro crucifijo bizantino está lleno de contenido. Y tiene su historia... Marca el comienzo de toda la aventura en que estamos metidos Hemanos y Hermanas.

         * * *

   Una tarde se me acercó Pacífica, pues quería hablarme algo importante, según dijo. No pudimos conversar nada porque en ese preciso instante tuvimos visita. Esteban de Narni se llama el Hermano que llegó asustado y con una risa nerviosa. El hermano Leonardo tuvo que venir a dejarlo, por encargo de Francisco.
   -El hermano Esteban está pasando un mal momento -le escuché decir a Leonardo.
   El pobre Esteban se veía como trastornado. Yo no sabía qué extraño mal lo aquejaba, pero según Francisco, sólo yo podría ayudarlo a sanar poco a poco. Leonardo me lo traería por una hora, día por medio..., como si yo entendiera de eso. Los hice pasar al comedor, que es el único sector más apropiado para conversar. Le hablé algunas cosas triviales a Esteban para facilitar que él expresara su angustia como pudiera. Lo dejé que llorara un poco. Lo puse a rezar, y le hice la señal de la cruz varias veces. Al final se durmió, y ahí lo dejamos un buen rato. Aproveché de pedirle a Leonardo que me ayudara con el trabajo del jardín.
   Cuando se fueron, Esteban se veía mucho mejor que como llegó, a tal punto que ya no vinieron más porque lo dieron por sano.
   A una Hermana que se tentó de la risa, otra la retó:
   -¡Qué poco cristiana eres!
   Respuestas iban, insultos venían, hasta que las llamé al orden. Apelando a la obediencia las hice arrodillarse, por turno, frente a la otra y pedirle perdón. Y después, le pregunté a cada una si estaba dispuesta a dar ese perdón, con generosidad. Se abrazaron y se les pasó el enojo. Todas quedamos de mejor ánimo.
   Fue entonces que me acordé de Pacífica, y tuvimos la buena idea de regalarnos una pequeña conversación.
   -Lo único que no me viene bien de la vida monástica tradicional -me confesó- es ese silencio exagerado... A mí me gusta hablar.
   -Hablemos, entonces, Pacífica -la acogí con alegría.
   -A veces me pregunto si acaso todas las personas podrían vivir así, como lo hacemos nosotras.
   -Al mundo le faltaría uno de sus pies.
   -Me doy cuenta de que soy una privilegiada. Dios me ha amado mucho. Me encanta participar en la creación de algo nuevo.
   -¿Y te ha gustado trabajar en la cocina?
   -Me encanta. Sobre todo, organizarla. Sin tener mucho con qué cocinar, me las arreglo como puedo. Cultivo algunos condimentos.
   -Si la comida es poca, no importa, mientras tenga buen sabor.

         * * *

   Un día sentí que alguien llegaba. Era Ambrosio el que venía. En ese tiempo todavía era el visitador, y ahora traía un mensaje del Cardenal Ugolino, anunciando su visita para el día siguiente. El Cardenal es un hombre que está muy acostumbrado a la riqueza y al poder, a pesar de lo cual su actitud es de recogimiento, y tuvo la amabilidad de venir personalmente a entregarme la nueva versión de la Regla aprobada por el Papa para las Damas Pobres, como el Cardenal nos llama.
   Sin embargo, esa nueva Regla no era lo que yo estaba esperando, ya que intenta hacernos vivir en idéntica forma que las benedictinas, y sin ese privilegio de pobreza que Inocencio III nos proporcionó hace ya más de un año, poco antes de morir. Temo que perdamos nuestra identidad. Sé que todas estamos dispuestas a ser obedientes y vivir de esa manera mientras no tengamos nuestra propia forma que nos corresponde. Será una penitencia más, quizás la más fuerte penitencia, que es la de no poder decidir la forma de vida.
   El Cardenal repasó, leyendo la hojita que traía, algunas condiciones en que personas de afuera pueden entrar en la clausura. Por ejemplo, obispos, sacerdotes, obreros. Y también otras normas. De todos modos le hice ver al Cardenal Ugolino mis desacuerdos:
   -Hay aquí algunas expresiones demasiado drásticas.
   -¿Como cuál?
   -Como ésta, que nos obliga a vivir en clausura por toda la vida..., y otras... En cambio, nada se dice de lo esencial, que es el privilegio de pobreza.
   -No es recomendable para mujeres.
   -Bienaventurada es la pobreza, porque da riquezas eternas.
   -Pero..., no hay que exagerar.
   -Además, esta Regla considera dos clases de Hermanas, las señoras y las siervas. Eso está reñido con las enseñanzas de Jesús.
   -Todos los conventos son así.
   -Menos éste -le dije sonriendo, con la máxima simpatía que pude.
   No hubo forma de hacerlo entender que mirara a ese Jesús pobre que nos anima. Sin embargo, sigo pensando que Ugolino ha sido una verdadera bendición para nuestros movimientos, en muchos aspectos. Estoy segura que sin él nos habría sido imposible sobrevivir.

 
   24.- Francisco y los Capítulos

   Los Capítulos de Pentecostés quieren sobrepasarme. Empezando por el del año pasado, 1218, en el que todavía me sentí bien recibido. Por primera vez asistió el Cardenal Ugolino, y lo hizo con verdadera actitud de servicio. Si hasta se despojó de sus ropas suntuosas y se puso un hábito todo parchado que me pidió para ser uno más de nosotros, aunque fuese sólo por unos días. Codo a codo con los Hermanos Menores lavaba los pies de los pordioseros, sin tener mucha habilidad para esa tarea a la que no estaba acostumbrado. Un mendigo se permitió hasta insultarlo, sin saber quien era el que intentaba mojarle sus sucios pies. Menos mal que Ugolino lo tomó con calma.
   En esa asamblea éramos cientos de Hermanos, y no todos estaban de acuerdo, incluso en aspectos esenciales. Eso fue así porque entraron a la comunidad muchos clérigos e intelectuales que por buscar a Dios en la rígida teología no se dan cuenta que lo tienen mucho más cerca de lo que creen.
   En aquella oportunidad les hablé de la alegría de vivir, del desapego, y de las actitudes con que se viste el alma, no sólo para ser bella. La ropa del alma también defiende del clima riguroso, pero no ha de ser una armadura.
   Un religioso me preguntó por qué yo hacía caso a escritos paganos y a otros en que no se habla de Dios. Le respondí que con esas letras también se puede armar el nombre del Señor. No quedó muy convencido, pero se fue pensando. En fin, ese Capítulo del año pasado transcurrió sin tanta dificultad, a pesar de la multitud que ya éramos.
   Los meses caminaron apresurados. Primero, a propósito de la Cum Dilecti, bula en que Honorio III asegura a nuestra fraternidad el ser recibida favorablemente, como comunidad cristiana autorizada. Este documento, lo llevo conmigo cuando salgo a predicar.
   Después vino la cena en casa de Ugolino, con la presencia de Domingo de Guzmán. Grato encuentro con un buen amigo. El Cardenal nos instó a conversar de nuestras comunidades. Ugolino me estima pero discrepa conmigo en la manera de leer lo esencial del evangelio.
   -Me agrada que seas un soñador -me dijo- pero los otros cardenales te consideran peligroso, en ese aspecto.
   -Imitemos a Cristo -respondí- que renunció a las ventajas de ser Dios y se sometió a las desventajas de ser hombre.
   -Sí, pero ni tú ni yo somos Cristo... Somos de barro..., tenemos que reconocerlo.
   -Desde que sentí que Jesús me decía "repara mi iglesia, que se está arruinando", eso ha sido la piedra fundamental en que se basa todo lo que he intentado hacer.
   Ugolino me acogió con simpatía, pero no me pareció que estuviera vibrando.
   -La pobreza es una de las cosas que se ha echado a perder en la casa del Señor -continué-. Los excesos de riquezas materiales pueden derribarla. Tenemos que repararla desde un lugar de amor. No se trata de poner una casa nueva y odiar la actual. Eso no funciona. Limpiemos, pulamos, tapemos las goteras, pintemos, reforcemos la tabla débil.
   Noté que Ugolino se quedó con la poesía y no con lo sustancial.
   -No me pondré afuera de esa casa a gritar contra ella -insistí.
   Me dejó tan triste esa conversación que casi no me di cuenta cuando el Cardenal cambió el tema y nos habló del Papa y de las dificultades que enfrenta al tratar de conciliar a los poderosos monarcas Federico II y Otón IV, rivales declarados. Después de esa cena quedé más convencido que nunca, de la necesidad de mostrar el verdadero rostro de Cristo.
   Nuestra cofradía ha seguido creciendo. Hace pocos meses llegó Iluminado, un muchacho muy joven, de Rieti, un verdadero regalo de Dios para mantener muy viva la luz. Le hace honor a su nombre.
   Casi al mismo tiempo llegó el hermano Mosca, que no dio resultado. Estuvo unos pocos meses con nosotros. Voraz a la hora de sentarse a la mesa, y muy pasivo e incómodo cuando le tocaba salir a mendigar. Esta persona era una carga, que no aportaba nada. No traté de retenerlo cuando él se mostró inseguro en cuanto a su permanencia.
   Recorrí muchos lugares en este período de mi vida, predicando el amor a Jesús, y casi siempre fui aceptado. En Toscanella se me acercó un señor de gran riqueza material, y me llevó a su casa, me ofreció alojamiento por los tres días que estuve en ese pueblo. Se esmeró por atenderme. Su hijo pequeño estaba enfermo de las piernas y no había logrado aprender a caminar. El hombre me rogaba todos los días que curara a su hijo. En vano le expliqué mi absoluta incapacidad para algo tan grande. Insistió con tanta fe que tuve que intentarlo. Eso sí, primero me puse en oración por unas horas, rogándole a Dios que sanara al niño. En eso estaba yo, transportado espiritualmente, cuando visualicé dos luces, una más potente que me mostraba a Dios Creador, sin duda, y otra un poco más tenue, que resultó ser como un espejo en el cual yo me miraba. Me sentí un instrumento del Señor, y fui hacia el pequeño, lo tomé en mis brazos, lo puse en el suelo y lo ayudé a pararse. En todo momento supe que Dios no me iba a defraudar. Llevando al chico con mis manos y con gran paciencia, él pudo doblar sus rodillas, afirmarse y dar unos pasos. Toda la familia celebró al niño, que ya podía aprender a caminar.
   En otra oportunidad, en Spoleto, me ponía yo a pedir limosna, todos los días en la misma escalinata, junto a otro Hermano de ese pueblo. Ambos habíamos superado ya la etapa de la vergüenza, y no teníamos tantas trabas para vivir la vida de esa manera. A la misma hora de siempre, pasaba dándose aires de grandeza un hombre que iba llegando a almorzar a su casa, ahí muy cerca. Cada vez le hablábamos a este señor apelando a la generosidad que Dios puso en él. Nos miraba con reprobación y hasta nos insultaba antes de seguir su camino y entrar a su lujosa vivienda. Así, hasta que un día volvió a aparecer por la puerta de su casa, minutos después de haber llegado, y nos gritó algo, al mismo tiempo que nos tiró un pan, el cual rodó por la calle hasta posarse a pocos metros de nuestra posición. Fui a recogerlo y le grité mis gracias al hombre, que ya se estaba entrando.
   Llevamos el pan al convento y lo compartimos con los demás Hermanos. Rezamos tanto por el hombre aquel, que al poco rato llegó a golpear la puerta. El Hermano portero lo hizo entrar, y se produjo una extraña situación en que lo mirábamos y él nos observaba en silencio. No sé cuanto rato transcurrió hasta que el tipo se puso a llorar, nos pidió perdón y se fue, cambiado para siempre. Tiempo después los Hermanos me contaron que este hombre se transformó en un benefactor.
   El año transcurrió tan rápido, que muy pronto estábamos ya en un nuevo Capítulo de Pentecostés, más concurrido que el año anterior, en los bosques de la Porciúncula. Armamos chozas de paja como si se tratara de una fiesta de tabernáculos. Yo conocía casi a la mitad de los Hermanos que vinieron. Para esta ocasión invité a Domingo de Guzmán. Me encontré con muchos hombres eruditos que querían conocerme. Todos ellos muy amables y con gran conocimiento acerca de la estructura actual de la Iglesia, pero no tenían ninguna motivación para luchar por los cambios que ésta requiere. Ni siquiera sentían que vivir la pobreza pudiera ser beneficioso para algo. Comprendí que de esa manera los cristianos nos estábamos resistiendo a ser transformados. En vez de iluminar, era nuestra fraternidad la que se estaba convirtiendo en una Orden tradicional. El gran desafío se estaba planteando así. Cómo vivir esta situación de la manera más fiel posible.
   Inauguré el Capítulo diciendo:
   -Hermanos míos, el camino en que estamos puestos es el de la humildad y la sencillez. Puede pareceros extraño mi programa, pero es el Señor mismo quien me lo ha revelado.
   -Sería lamentable que al predicar buscárais el aplauso fácil en vez de la liberación de las almas -agregué-. O que desvirtuárais el mensaje, viviendo con exceso de comodidades.
   Exhorté a los Hermanos a que amaran siempre a Jesucristo y que vivieran desapegados de los bienes materiales. De pronto, noté que muchos se distraían mirando extrañados mi túnica llena de parches, que ya no se sabe de qué color es.
   Les pedí que formaran grupos de a doce, como los apóstoles, para discutir los temas que estaban siendo de interés. Cada cierto trecho, el monitor de cada grupo comunicaba a la asamblea en forma brevísima lo esencial del resultado. Aún así, eso nos tomaba mucho tiempo, debido a la gran cantidad de grupos. Me di cuenta de lo difícil que es administrar una comunidad tan grande. No la tengo ya en mis manos, como antes. Ruego a Dios que esté en sus propias manos.
   Un poco antes que terminara el Capítulo, Ugolino vino a mí, con gran preocupación, en una pausa y me preguntó mi parecer acerca de lo que le estuvieron diciendo ciertos Hermanos. No pregunté quienes.
   -Ellos quieren aceptar la sabiduría de Agustín de Hipona, Bernardo de Claraval y el abad Benito.
   -Mi camino no es ninguno de ésos -respondí-, es de sencillez y humildad. Ya sé que parezco un loco, pero es así como me guía el Señor.
   Con Ugolino puedo conversar estas cosas, y hacerle ver que nuestra comunidad está hecha para abrir un nuevo camino necesario, y no para transitar por las anchas calles conocidas.
   -Me he jugado por vivir de acuerdo a las enseñanzas de Cristo -agregué.
   -Tengo un gran temor... -expresó el Cardenal-, que la fraternidad sucumba como ha pasado con todos los movimientos similares de reforma. Es que no fueron canalizados... y se descontrolaron.
   -Muchos cristianos de hoy sienten orgullo al levantar la cruz en el campo de batalla, pero se avergüenzan de la cruz... O la llenan de teología, en vez de tomarla y seguir a Cristo..., que nos habla de amar al enemigo y rezar por los perseguidores.
   Ugolino quedó muy impresionado, y se dispuso a dejar tranquilos a los disconformes que habían preferido acudir a la persona de más jerarquía, en vez de plantear el asunto abiertamente en la asamblea.
   Las conclusiones de ésta fueron gravitando hasta quedar establecidas. Se decidió que para evitar fracasos en las misiones, como los ocurridos, sería necesario que los Hermanos tuvieran más instrucción, incluso que fueran enviados a universidades.
   Siguió primando el espíritu de pobreza, pero eso fue algo que me costó una ardua lucha. A ratos sentí desesperación, pero el alma siempre me volvía al cuerpo.
   Respecto al llamado del Papa a integrar la nueva Cruzada, la decisión de la asamblea fue clarísima. No iremos a poner más guerra encima de la odiosa guerra. Nuestra decisión fue la de participar de una manera distinta. Iremos hacia los infieles a llevarles la palabra del Señor. Será arriesgado, y así lo asumimos. No necesitamos riquezas ni seguridades.
   Egidio fue el más decidido. Viene llegando de las Cárceles donde pasó más de tres años, y ahora quiere partir a Túnez. Lo planteó en la asamblea y recibió muestras de estimación y apoyo. Le hablé a él y a todos, encomendándoles que no se trata de ir a la confrontación, aún cuando nos reconoceremos como cristianos.

 
   25.- Iluminado en el mundo islámico

   Fue en el verano de 1219 que partimos hacia tierras musulmanas con la intención de llevarles el evangelio de Jesucristo. Para Francisco, éste era su tercer intento. Para mí, el primero, y me gané este derecho porque algo sé de la lengua árabe. No mucho, sólo lo que aprendí durante mi infancia en Rieti, con un tío mío de ascendecia árabe.
   Este viaje fue un verdadero regalo para mí. Nos embarcamos en Ancona junto a otros diez Hermanos y una multitud de hombres que iban a hacer la guerra con tal de huir de los ingratos destinos que su tierra italiana estaba en condiciones de ofrecer.
   El resto de los Hermanos tuvo que volver a sus conventos porque el barco no tenía capacidad para llevarlos a todos. ¿Quién seleccionó a los diez de la suerte? Francisco le pidió ese servicio a un niño que vagaba por el puerto. Dijo que así se daría la voluntad de Dios.
   -Necesito que Iluminado sea de la partida -exigió Francisco, indicándome a mí.
   Durante el viaje, el hambre y la enfermedad hicieron morir a muchos, mientras que los delincuentes, que también los había, mataban para robar algo de comer. Nosotros, los Hermanos, sobrevivimos sin dificultad porque estamos acostumbrados al ayuno. Finalmente, llegamos a Damieta en Egipto, donde estaba ubicado el frente de lucha. En el campamento de los cruzados nos recibió el Cardenal Pelayo Galván, un español con más odio que aptitudes. Siempre enojado y arrogante.
   A los Hermanos Menores nos asignó alojamiento en la casa contigua a una iglesia en el barrio más pobre de la ciudad, donde los enfermos y heridos aparecían a cada paso. Ocupamos gran parte de los días siguientes en atenderlos, pero con Francisco y Pedro Cattani también nos dedicamos a ir al campamento para tratar de conversar con Pelayo, a pesar de que nos menosprecia.
   El Cardenal usaba costosas vestimentas rojas. Podríamos hablar con él si se dignara bajar de su brioso corcel, el que también estaba adornado con un elegante género rojo.
   El ambiente no era de lo mejor, por las discusiones internas y por la falta de disciplina de los cruzados.
   -Te sugiero que aceptes -propuso a Pelayo uno de sus oficiales, cuando ambos bajaron de sus caballos-. Nos ofrecen todas las reliquias de la cruz de Cristo.
   -Migajas -replicó enojado el Cardenal.
   -Si nos retiramos de Egipto nos devolverán Jerusalén... ¿Te parece eso una migaja?
   -Pues, no se los creo.
   -Más te valiera creer, mira que saldríamos ganando sin sacrificar vidas.
   -¿Tienes miedo?
   -No, Pelayo, pero lo que nos ofrece el sultán nos conviene.
   Con Francisco y Pedro nos limitamos a escuchar en silencio y a mirarnos con extrañeza hasta que nos formamos una clara idea de la situación, justo cuando el diálogo entró en una de las carpas, a la que no tuvimos acceso.
   -Francisco, Pedro -les hablé entonces, cuando nos quedamos solos- me parece que nos vamos a meter en una batalla sin destino.
   -A mí también -dijeron ambos a coro.
   -A ti te hará caso el Cardenal -continué, dirigiéndome a Francisco- eres nuestro jefe.
   -Mira, Iluminado, no creo que Pelayo escuche a nadie.
   -Si Dios te susurra algo al oído... es para que lo grites desde los techos... ¿no?
   -Así nos enseña Jesús.
   -¿Y entonces?
   En eso, el Cardenal Pelayo salía de la carpa, y Francisco se acercó a él.
   -Perdón, señor Cardenal -habló tímidamente Francisco.
   -¿Qué necesitas? -preguntó molesto Pelayo.
   -¿Qué mejor podríamos tener que la ciudad de Jerusalén -respondió Francisco con otra pregunta-, y las reliquias de la cruz de Cristo, además de salvar vidas y terminar de una vez una guerra inútil?
   -No te metas en lo que no te corresponde -le gritó Pelayo, alejándose.
   -Es Jesús quien nos guía -insistió Francisco, corriendo detrás del Cardenal.
   -Eres un cobarde.
   Tres días después, Pelayo atacó la fortaleza árabe usando catapultas, y sus hombres fueron repelidos con aceite hirviendo. Fue una aplastante derrota para los cruzados. Muchos nuevos heridos llegaron a la pequeña iglesia que nos hospedaba. Nos quedaba poco tiempo para ir al campamento, y en esos breves ratos, Francisco se las arreglaba para tratar de hacer entrar en razón al Cardenal Pelayo. Así fue que llegamos a saber que el sultán quería negociar. Ésta era una gran oportunidad para nosotros. Francisco no tardó en ofrecerle al Cardenal nuestra colaboración en esta emergencia.
   -Olvídalo -fue la primera respuesta.
   Pelayo no tenía intención de enviar a nadie a parlamentar.
   -Te he dicho que no -contestó Pelayo al segundo día, cuando Francisco volvió a la carga.
   -Es muy peligroso, Francisco. No creo que el sultán os deje salir con vida -fue la respuesta del Cardenal, al día siguiente.
   Así siguió evolucionando este asunto, durante una semana. Pelayo quedó tan aburrido con Francisco que accedió a su pedido, sólo por deshacerse de él. Permitió que yo acompañara a Francisco, para que le sirviera de intérprete, pero nadie más.
   Las órdenes fueron muy claras. No deberíamos ceder ni un ápice. Además, Pelayo, que tenía clarísimas nuestras intenciones, nos advirtió:
   -No tratéis de convertir al sultán, si no queréis que él os mate.
   Partimos contentos hacia territorio enemigo.
   -“Ama a tu enemigo” es lo que nos dice Cristo -dije a Francisco, por el camino.
   -Sí. Les llevaremos el evangelio, y talvez hasta logremos terminar la guerra.
   -¿No será mucho?
   -Es que me lleno de optimismo.
   Salimos del pueblo por unas callejuelas oscuras y llegamos a un despoblado en el cual encontramos un sendero que nos llevó, después de algunas horas, hasta las cercanías del palacio del sultán.
   Sabíamos que la cosa era peligrosa. Estábamos en una ciudad y creímos que de ahí podríamos ir a las plazas a hablarle a la gente, en idioma universal. Francisco trató de aprender previamente algo de árabe. No alcanzamos a decir ni una sola palabra en público. Nuestro aspecto bastó para que nos rechazaran. Muchos soldados en las calles no nos permitieron avanzar más allá de las primeras casas. Unos guardias nos detuvieron y nos llevaron a una improvisada estación de policía que funcionaba en una carpa. Nos apodaron “los sufíes cristianos”, y se reían de nosotros.
   Insistí mucho en que necesitábamos ver al sultán de Egipto para parlamentar.
   -Nuestra misión es importante -traté de decir, en mi mejor lenguaje árabe.
   Nos hicieron preguntas, que yo contestaba después de preguntar a Francisco qué tenía que decir. Ahí me di cuenta que no es tanto lo que sé del idioma, pues me costaba armar cada frase.
   Nos llevaron a un edificio cercano y nos pusieron en una celda inhóspita hasta el día siguiente. Tratamos de dormir, pero al alba despertamos con las oraciones que se escuchaban. Pensé en mi nombre, que me habla de la luz que nos damos los unos a los otros. Jesús dice "Sois la luz del mundo". Creí que me había salido del mundo, pero hasta ahora no ha sido así. Sólo me puse en una orilla del mundo, tratando de iluminar, pues siempre he pensado que para algo me pusieron mi nombre. Unos dan luz, otros calor, otros vida, pero no estoy todo lo encendido que quisiera.
   Al día siguiente nos siguieron interrogando. Hasta unos pocos golpes nos dieron, pero pronto se aburrieron de nosotros. Entonces, empezamos de nuevo a insistir en que traíamos un mensaje de paz para el sultán, y queríamos ser recibidos por él, como emisarios para el bien y no para el mal. No querían hacernos caso, pero las cosas se fueron dando, pues pasó por ahí, ese mismo día, un alto funcionario. Nos vio y escuchó, y dio la orden de que nos trasladaran a otra celda un poco mejor, en las inmediaciones del Harem. Ahí no íbamos a poder estar por mucho tiempo, ya que era de alto nivel.
   Supusimos que de allí nos enviarían a una cárcel, lo que no estaba en nuestros planes. Sin embargo, tuvimos suerte, pues una noche llegó a ese lugar el sultán Al Kamil. De hecho, todas las noches las pasaba en el Harem, pero esa vez necesitó conversar algo con el encargado del centro de reclusión, y éste le habló de nosotros y de nuestro extraño requerimiento.
   El sultán dispuso que a la mañana siguiente nos llevaran a cierta sala del recinto. Por supuesto, nos llevaron custodiados. Francisco conversó con el sultán, a través mío, siendo yo el que conocía algo del idioma. Aquél comenzó un discurso, que yo traducía con la máxima fidelidad posible, así como también las respuestas de Al Kamil.
   Francisco empezó pidiendo perdón al sultán por la agresividad de los cristianos. Después le habló de Jesús.
   -Jesús, ¿el hijo de María? -expresó el sultán-. Aparece en nuestro libro sagrado, el Corán.
   Se entendieron muy bien, a pesar de tener uno el ideal de pobreza, y el otro, el de la riqueza. Ambos vibraban con el tema religioso, y se respetaron plenamente. Los dos querían terminar la guerra lo más pronto posible, y ninguno de ellos tenía la fuerza necesaria para lograrlo. Con gran entusiasmo intercambiaron ideas, hasta terminar siendo casi amigos. Al Kamil dejó muy en claro, eso sí, que a él no le íbamos a cambiar su religión.
   -Nos matarían a los dos -aseguró riendo el sultán a Francisco.
   Le caímos en gracia, y nos liberó de la prisión. Pudimos quedarnos como huéspedes suyos en una edificación que estaba muy cerca del palacio. Nos recomendó no salir porque nadie iba a comprender una cosa así. Conversamos un rato cada día, y hasta nos permitió entrar al palacio real y nos reunimos con los principales jefes.
   El sultán es un hombre joven y afable. En todo momento nos respetó. No entiendo cómo nuestros cardenales le hacen la guerra. Podría haber entendimiento conversando las cosas. Hay mucho fanatismo en nuestra jerarquía. También en importantes sectores del mundo árabe. Decidimos que le contaríamos todo eso al cardenal Pelayo, para que cambie de actitud. Eso sí, cristianizar a la gente de acá, como pretendíamos, es imposible. El sultán nos hizo ver que es tan difícil como cambiarnos a nosotros a la religión musulmana. Sin embargo, nuestro Dios es el mismo.
   Ya no sabía yo si estaba preso en jaula de oro o era huésped real del sultán. Nos trataban muy bien, como a visitas ilustres. El palacio era enorme y suntuoso, con pasillos y salones muy adornados, lo cual no tiene nada que ver con nuestra forma de vida.
   -El ámbito de nuestra tarea está en los cristianos -me dijo Francisco, y tiene toda la razón.
   Durante una semana fuimos huéspedes de Al Kamil. En la tercera noche, nos ofreció mujeres para agasajarnos como corresponde. Se trataba de unas sirvientas del Harem que se hallaba ubicado en el edificio vecino. Francisco me ordenó rechazar la oferta, cuando se la traduje con un poco de bochorno. Eso no fue entendido de buenas a primeras. Tuvimos que explicar que en nuestra cultura, y muy especialmente en nuestra situación de predicadores pobres itinerantes no nos permitíamos una cosa así.
   -¿Irías a una mezquita? -preguntó Al Kamil, después de varios días.
   -¿Por qué no? -fue la respuesta de Francisco-, si Dios está en todas partes.
   Esa tarde estuvimos en la mezquita. Fue una experiencia interesante.
   -Gracias por intentar salvarme -exclamó el sultán cuando decidió que ya era el momento en que debíamos retirarnos-. Habéis arriesgado vuestras vidas por mí... Nunca lo olvidaré.
   Regaló a Francisco un cuerno de marfil, muy lindo, y además nos otorgó un salvoconducto para visitar Tierra Santa. Y hasta nos dio víveres para nuestro camino al campamento. Llegamos a éste contentos y transformados. Ya no queremos evangelizar a los musulmanes. Eso no tiene sentido. Nuestro trabajo hemos de hacerlo hacia los cristianos.
   El Cardenal Pelayo nos preguntó acerca de las instalaciones que tendríamos que haber visto, pero la verdad es que ni nos fijamos.
   -No tenéis remedio -nos dijo.
   Nosotros, los Hermanos Menores, no quisimos seguir estando ahí. Tampoco a Pelayo le interesaba que continuáramos, así que fue muy fluida la despedida, y partimos hacia Tierra Santa, pasando por Siria para visitar a Elías. Es el Custodio de Siria, y nos recibió feliz. Francisco quedó admirado por el excelente trabajo que ha hecho acá Elías, con miras a reconciliar la iglesia griega con la latina. No sólo los cristianos le tienen estimación, también los musulmanes.
   Se ha incorporado a los Hermanos Menores en Siria un sacerdote y predicador famoso, Cesáreo de Spira. Es un teólogo alemán, que estudió en París, y sabe mucho acerca de los evangelios y de la obra misionera de San Pablo.
   Con Francisco, Pedro y Elías fuimos a Jerusalén, y también a Galilea. Fue un viaje emocionante y muy provechoso. Ver los lugares en que Jesús estuvo enseñando es sobrecogedor. Casi parece que todavía estuvieran las palabras de Jesús vibrando en el aire.
   Después de una semana volvimos a Siria a reunirnos con los demás. Estábamos contentos en Siria hasta que llegó el hermano Esteban, proveniente de Asís. Un saludo alegre fue seguido por nuestras caras de pregunta. Todos queríamos saber a qué se debía ese viaje.
   -No traigo buenas noticias -señaló Esteban.
   -¿Qué ha pasado? -quiso saber Francisco, pues la preocupación nos tomó a todos. Yo me imaginé las peores tragedias, en tan solo los pocos segundos que Esteban tardó en responder:
   -Los Hermanos más intelectuales... y los más clericales... se están apropiando de la comunidad.
   Empecé a sentirme un poco más aliviado y tranquilo, ya que lo escuchado no me pareció tan enorme ni falto de solución.
   -¿A qué te refieres? -preguntó Francisco.
   -Hubo un Capítulo de Pentecostés, sin nadie que tuviera la fuerza para defender nuestros principios originales.
   -Tendremos que anticipar nuestro regreso a Italia -decidió Francisco.
   -Sí, Francisco, por favor -suplicó Esteban, y después siguió contando los tristes pormenores de la debacle. Hasta nos habló de perseguidos y encarcelados. Yo no era capaz de imaginar cómo podía haber ocurrido algo así. Supuse que Esteban puede haber estado exagerando, pero de todos modos era urgente volver a Asís. Así lo hicimos, a primera hora del día siguiente. Francisco le pidió a Elías y a Cesáreo que nos acompañaran porque los iba a necesitar, con toda seguridad. Ambos acedieron, así que nos embarcamos con ellos hacia nuestra querida Italia, después de varios meses de haberla dejado.
   La Cruzada continuó, a pesar nuestro. La destrucción fue salvaje. Los lugares santos siguieron estando en manos árabes.
   En el barco, Francisco tuvo unas fiebres altas y no podía comer nada, ni siquiera tomar agua. Y como si eso fuera poco, se le pusieron los ojos colorados y le ardían. Se le hincharon los párpados y veía todo borroso. El viaje se le hizo eterno, y a mí también, hasta que por fin llegamos a Venecia. Desde ahí en adelante hasta Asís, Francisco ya estaba mejor.
   -¿Quién soy yo? -me preguntó Francisco.
   Entendí perfectamente que no estaba enajenado, sino que se estaba cuestionando, y ajustando su persona. Yo no quería ni pensar en lo que se nos iba a venir encima. Encontraríamos una Porciúncula muy distinta a la que dejamos.
   -Estás en un momento de fuerte cambio -le dije, y comprendí que no estaba respondiendo a su pregunta, pues no me corresponde hacerlo.

 
   26.- Pedro al volver de Oriente

   En el verano del 1220 volvimos a Asís, con Francisco, Elías, Iluminado y los otros. Acá nos encontramos con algo que superaba los vaticinios más pesimistas, surgidos al hablar con Esteban. Algunos Hermanos se admiraron al constatar que Francisco estaba vivo, pues los rumores decían que había muerto. Incluso, en más de uno vi lucir ya una majestuosa actitud de sucesor.
   Nuestra querida fraternidad de Menores estaba en camino de transformarse en otra cosa. Durante la ausencia de Franciso, había quedado a cargo de Gregorio de Nápoles como superior general, secundado por Mateo de Narni como custodio de la Porciúncula. El hermano Gregorio dedicó gran tiempo a viajar, con miras a ampliar nuestro movimiento a otras regiones, lo cual puede ser loable pero, a mi entender, si quedó encargado de cuidar las ovejas, el pastor no tenía que irse por el mundo. Así se lo hizo ver Francisco:
   -Quedaste tú para que pudiera salir yo.
   -Francisco, no te imaginas la cantidad de nuevos Hermanos que han brotado por todas partes -respondió Gregorio-. Y tenemos muy buena llegada con los obispos, ¿sabes?
   No es fácil rebatirle, porque tiene facilidad de palabra.
   -Cuéntame qué pasó en el Capítulo de Pentecostés -pidió Francisco, dirigiéndose a Gregorio.
   -¡Ah! Estuvo fabuloso. Han llegado hombres con una enorme sabiduría.
   -¿Estudiosos...?
   -Más que eso. Eruditos.
   -Acabo de saber que Juan de Capella se retiró de la fraternidad.
   -Sí. Es un santo, pero... muy llevado de sus ideas.
   -¿Cómo así?
   -Formó una comunidad para atender a los leprosos. Escribió su propia regla y partió a Roma a tratar de entrevistarse con el Papa.
   -¿No podía llevar a cabo su misión dentro de nuestra comunidad?
   -No podía... porque estamos siempre tan escasos de dinero, tú sabes. Y han entrado muchos sacerdotes, que necesitan disponer de los mínimos elementos para la eucaristía, y... sus ornamentos. Todas esas cosas.
   -A partir de hoy tendrán que acostumbrarse a ser pobres.
   -De hecho, nos ha resultado difícil mantenernos con puras limosnas y pequeños trabajos ocasionales.
   -Gregorio, debemos rechazar la riqueza, si queremos que la Iglesia viva en el espíritu del evangelio de Jesús.
   -¿Y cómo podrá una Iglesia pobre administrar los sacramentos que los fieles necesitan para su salvación?
   -Tal como lo hacían los primeros cristianos.
   No era fácil dejar callado a Gregorio, pero Francisco lo logró. Sin embargo, le resultaba difícil mantener en la hermandad la forma de vida original. Por un rato breve pudo ponerse contento, cuando llegó Egidio, que había pasado un buen tiempo en profunda oración, alejado del mundo.
   -Quiero ir a predicar en el mundo árabe -le dijo a Francisco, a los pocos días.
   -En el mundo árabe... Sí -accedió Francisco-, pero, llevarás la palabra a los cristianos.
   Eso era lo más razonable, después de la experiencia de Damieta. Así fue como Egidio partió a Túnez, acompañado de Electo, un Hermano de los más jóvenes, y muy debilucho, pero con una tremenda fuerza interior.
   Al día siguiente, Francisco se acercó a mí, diciendo:
   -Pedro, tú eres la persona indicada.
   -¿Para ir a predicar? -pregunté confuso.
   -No... No me refiero a eso... Quiero a alguien que tenga mucho conocimiento de la teología, un sabio. Tú lo eres.
   -Gracias por pensar así de mí... ¿Dónde quieren a ese alguien?
   - Aquí mismo.
   -¿En qué pasos andas?
   -Mira, Pedro, yo ya no tengo buena salud, y no me hacen mucho caso los Hermanos. Le pedí a Dios que me indicara quién ha de reemplazarme, y me ha dado tu nombre. ¿Qué más puedo necesitar? Yo confío en tí. Sé que serás siempre fiel a nuestra pobreza original, y no llevarás a la comunidad por el mal camino.
   -Te agradezco este gesto, pero yo no soy digno de tan alto cargo.
   -No es un cargo. Es un servicio. ¿Estás dispuesto a sacrificarte?
   -Sí, lo estoy.
   Enseguida, Francisco comunicó la noticia a los demás Hermanos.
   -Vosotros, y también yo -les dijo-, obedeceremos al hermano Pedro Cattani.
   Al otro día, Francisco fue conmigo a ver al Cardenal Ugolino, para presentarme.
   -Por favor, no renuncies -le pidió nuestro protector.
   Yo pensaba que me agradaría eso a mí también, pero si Francisco ya lo había conversado con Dios, nada lo haría cambiar. Así lo comprendió el prelado.
   -Sería bueno que los nuevos Hermanos pasaran por un período de prueba de un año, ¿no crees, Francisco?
   -Sí. Tienes razón.
   Fue un logro del Cardenal, pues hasta ahora Francisco estaba reacio.
   -Estoy reformando el clero -continuó Ugolino, dirigiéndose a nosotros- y me agradaría mucho que algunos Hermanos de vuestra fraternidad ocuparan cargos importantes en la nueva estructura.
   -No hemos renunciado al siglo para ocupar cargos -dije.
   -No sería bueno que los Menores se transformen en Mayores -redondeó Francisco certeramente, dando por terminada la conversación.
   Transcurrieron meses difíciles para mí, por la nueva responsabilidad que estaba teniendo. En todo, trataba de hacer las cosas como las haría Francisco. Ya sé que fui nombrado porque soy el único Hermano intelectual del grupo de origen.
   No soy presbítero ni teólogo, pero siempre me ha gustado estudiar lo relacionado con religión. No pretendo estudiar a Dios, que eso es imposible. No estudié más que el Derecho Canónico. Después, vi que eso no es lo mío. He leído la Biblia, en particular los evangelios, ya los conozco bien y he reflexionado mucho en torno a esos documentos. Hay tergiversaciones en la Iglesia porque algunos jerarcas cristianos de la historia han interpretado algunas cosas a su manera, y sería bueno rectificarlas. Por ejemplo, eso de que María Magdalena haya sido una prostituta es un invento de alguien. Muy novelesco..., y prendió fuerte en la gente. Tenemos que reivindicarla, algún día. Al principio creí que yo lo haría, pero en eso entré a la comunidad, y ya empezó a cambiar mi propósito de vida. Me transformé ese día en que llegó Francisco con Bernardo a consultarme porque éste quería saber cual sería su camino. Resultó que no sólo él descubrió su camino sino que hasta yo descubrí el mío. Fue como un terremoto interior, que me removió.
   Y ahora, he tenido que cargar con la tediosa administración, pero en el momento de decidir cosas importantes, le consulto a Francisco. Ya tengo mi edad, estoy enfermo, y los rigores de la vida me han debilitado. Cada nuevo invierno me deja peor y no sé si resistiré el próximo.
   Los demás Hermanos, salvo los antiguos, tratan a Francisco como si hubiese muerto. Con veneración, pero sin hacerle mucho caso. Todos los días tenía que repetir Francisco sus llamados a la oración:
   -Alimentad vuestra alma. Sin oración no se puede avanzar en el sendero de Dios.
   Francisco daba el ejemplo, entregándose a sus plegarias en cada momento. Contemplando, percibía más que todos nosotros, como si tuviera sentidos especiales. Ésa es la principal razón por qué lo sigo tan decididamente.
   Una vez le llamé la atención por sus excesivas penitencias, como si se estuviera castigando en exceso, de manera injusta.
   -Tengo que ser ejemplo para los demás -me respondió-. ¿Y por qué seguimos teniendo ese libro? -agregó, cambiando el tema, al tiempo que señalaba un lujoso ejemplar del Nuevo Testamento, que había adquirido Mateo de Narni cuando nosotros estábamos en Oriente. Antes que yo alcanzara a pensar alguna respuesta, nos interrumpió el Hermano portero, diciéndome:
   -Viene la mamá de unos de los Hermanos, y pide ayuda.
   -Dale este libro -fue mi inmediata respuesta, y le pasé el famoso Testamento aquél-, le sacará un buen precio.
   Francisco sonrió, después que el portero se hubo alejado, y a mí me vino una tentación de risa, que no la pude aguantar. Al final, reíamos los dos, con gran relajo.
   Días después llegó la noticia de los mártires. Cinco Menores murieron en Marruecos. Berardo, Pietro, Adiuto, Accursio y Ottone. A pesar de que el sultán había dado la orden de liberarlos, ellos nunca dejaron de predicar cada vez que pudieron. Eran los propios cristianos los que intentaron callarlos, por miedo a una eventual venganza del sultán. El infante don Pedro los tenía en su casa a estos cinco Menores, para cuidarlos, y los llevó a una acción armada, junto a otros cristianos y a musulmanes. Tuvieron que pasar tres días de sed sofocante, hasta que Berardo encontró agua, que manaba en abundancia. Lo consideraron tan milagroso, que surgió entonces el tema de la religión, en agudos diálogos en que Berardo dejaba callados a los musulmanes. Cuando el sultán de Marruecos se enteró de estas andanzas se sintió humillado y no aguantó más la predicación de los Hermanos. De ahí para adelante, éstos tuvieron cada vez menos posibilidades de sobrevivir.
   Fue triste conocer el desenlace de tan valiente misión. Encargué a Felipe llevar la noticia al convento de San Damián. Entre llanto y llanto, pudo decirlo todo y consolar a las Hermanas. Clara manifestó su profundo deseo de ir en misión al Oriente y entregar su vida por Cristo.
   -Nosotras también iremos -exclamaron las demás.
   Yo me preguntaba si se trataría sólo de un llamado al martirio, o si no era quizás algo más. El deseo de anunciar el evangelio, de hacer realidad el Reino de Dios por la palabra y por la acción. ¿Por qué ella, Clara, no podía también anunciar el evangelio? A mi entender, en Clara se manifestó algo imperativo, de darse por la salvación de las personas.
   Estaban decididas, a tal punto que Clara solicitó el permiso de Francisco, pues él sigue siendo referencia pastoral para ellas. Nuestro fundador tuvo que ir en persona a San Damián a apaciguar a las Hermanas, hasta que las convenció de quedarse.
   Días después, regresó Egidio. Los cristianos no le habían permitido predicar, y para salvarlo lo obligaron a subir a una nave con destino a Italia. Así, llegó decepcionado, y sin Electo, quien logró escabullirse cuando lo iban a embarcar.
   En su nueva estadía en la Porciúncula, Egidio se dedicó más que nada a cuidar a Francisco, pues encontró que tenía fiebre.
   -Acá hacen a un lado a Francisco -se quejó Egidio.
   -Están un poco cambiados los Hermanos -tuve que reconocer.
   -¿Un poco...?
   -Anoche tuve una pesadilla -le conté para cambiar el tema.
   -¿Sí, qué soñaste?
   -Mira, yo iba pasando por uno de los infiernos..., pero, te digo que un infierno muy desgraciado...
   -¡Ya sé! Ahí te debes haber encontrado con varios Hermanos Menores.
   -No, Egidio. No había ninguno.
   -Talvez no fuiste al infierno de más adentro.

 
   27.- Antonio y su vocación

   Hasta hace poco yo me llamaba Fernando. Tan solo el año pasado me puse Antonio, cuando me incorporé a los Hermanos Menores. Es uno de los pasos más importantes que he dado en mi vida, sólo comparable con el de hoy, que eso sí, es mucho más solemne. Es el día de mi ordenación sacerdotal, a la que asisten mis padres, muy contentos, pues ya se acostumbraron a la idea. Largos años tardaron en asumir que mi camino no es el tradicional que ellos habrían querido para mí. Cuando decidí dejar el mundo para entrar a un convento, hace ya muchos años, casi se murieron de la impresión. Fue un golpe duro para mi padre. Yo tenía apenas 18 años, y mi vida ya había hecho crisis.
   -Tienes facilidad para el estudio -me dijo, el día en que me atreví a comunicarle mi decisión-. ¿Y... la vas a desperdiciar?
   -No la voy a desperdiciar. Estudiaré para canónigo.
   Eso es lo que yo quería hacer con mi vida. Aprender mucho acerca de Dios, y enseñarlo. Bueno..., aunque es imposible aprender mucho..., al menos, todo lo que sea posible. Creo que uno nunca llegará a comprender la grandeza de Dios. Todo lo que parece imposible me llama con fuerza.
   A mi madre no le costó tanto aceptarlo. Creo que a ella puedo decirle lo que siento. Tuvieron que resignarse, después de varios días en que yo no cambiaba de idea. Estaba decidido a dejar las riquezas y las vanidades del mundo, y orientar mi capacidad de estudio al servicio de Dios. Así fue como entré a la comunidad de canónigos de San Agustín, en un convento muy próximo a la ciudad de Lisboa donde nací y me crié.
   Mis amigos me visitaban casi todos los fines de semana, y se reían con mucha bulla, y hasta me picaneaban para que me consiguiera permiso para salir con ellos alguna vez. Tanto ocurrió esta situación, que el canónigo superior se aburrió de esperar un mejor comportamiento de mi parte, y me trasladó al convento de la Santa Cruz, en Coímbra, la capital. Desde entonces pude dedicarme al estudio y a la oración. Aprendí muchísimo acerca de la Biblia y la teología.
   Un día, el superior del convento, que es sacerdote, me ofreció completar mi estudio un año más, y así poder optar a ser presbítero. Puse eso en oración, me levantaba muy temprano a preguntarle al Señor qué he de hacer. Después de unos días, acepté de muy buen grado. No sé si habría llegado a esa misma decisión si hubiera ocurrido antes lo de los mártires, pues fue algo que me removió profundamente.
   Era un grupo de cinco monjes atípicos, pertenecientes a la comunidad de Hermanos Menores. Con Berardo a la cabeza, pasaron por Coímbra hace un poco más de un año, yendo de paso hacia Marruecos. Tenían el férreo propósito de predicar en el mundo árabe, y hacia allá partieron. En Coímbra habían sido acogidos con calidez. Hasta la reina los invitó a palacio una tarde porque quería saludarlos.
   Acá admiramos al fundador de los Menores, un italiano llamado Francisco, muy conocido por haber renunciado no sólo a las riquezas personales sino también hasta a los más pequeños bienes comunitarios. Muy cerca de aquí está el monasterio de San Antonio Abad, que los Menores tienen en Coímbra. Y hasta existe también un convento femenino de Hermanas Menores en Las Cellas. Éste fue fundado hace poco por la infanta Sancha, hermana carnal de Teresa, monja también pero tradicional, cisterciense.
   Lo que ocurrió en Marruecos fue que estos cinco Menores entregaron sus vidas por la causa de Cristo. Sólo regresaron a Coímbra sus cuerpos, traídos en dos cofres de plata por el infante don Pedro, que se hallaba en expedición en Marruecos y había entablado una buena amistad con estos jóvenes. Él pidió los cuerpos para darles sepultura. Tuvo que superar toda clase de dificultades antes de arribar con ellos a Coímbra, varios días después de haberse anunciado. La reina y gran parte del pueblo salieron a recibirlo. El funeral se llevó a cabo en Santa Cruz, y acá mismo quedaron enterrados los cuerpos, pues en el San Antonio Abad no había lugar, si tiene sólo un par de celdas y una sala que llaman comedor.
   Para mí fue una experiencia fuerte, y le prometí al Señor que yo también llegaría a ser mártir, como esos cinco valientes.
   La oportunidad se vislumbró muy poco tiempo después, un día en que vinieron a la "canónica", como dicen ellos, dos Menores a pedir limosna y a rezar ante la tumba de sus mártires. Quise acompañarlos en esa plegaria, que después fue derivando a una conversación.
   -Me gustaría ingresar a vuestra comunidad -les dije, simplemente- y ser enviado a tierras musulmanas.
   No me pusieron ningún problema. También conseguí permiso de mis superiores, a pesar de que estaba dejando pendiente la parte final de mis estudios y la ordenación sacerdotal. No importa. Los llamados de Dios hay que atenderlos.
   Me fui a vivir al convento San Antonio Abad, y en honor a ese admirable santo, uno de los primeros en optar por una vida monástica, decidí llamarme Antonio, para que me ayude a ser como él. Tuve que renunciar a todas mis comodidades porque acá el espacio es muy reducido, y a veces no hay ni siquiera pan duro que comer. Es increíble, pero esta vida ma ha acercado más a Dios.
   En cuanto pude le pedí al Hermano guardián que me enviara a Marruecos a predicar. Se demoró un poco en concedérmelo, pero por fin llegó el día de partir a mi misión, a comienzos del 1221. Durante el viaje no hubo contratiempos. Yo estaba dichoso, pero me enfermé a poco de llegar al mundo árabe. La verdad es que nunca he tenido muy buena salud, y eso atentó en mi contra. Alguna infección atacó mis entrañas, y me dio mucha fiebre. Creí que iba a sanar pronto, pero eso no ocurrió. Cada vez se iba agravando mi estado, y tuve que volver pues así como estaba no valía un mendrugo. El ánimo no me alcanzaba para dar muchos pasos. En esas condiciones tenía que salir a mendigar para mantenerme.
   Pensé que ya habría otra oportunidad, más adelante. Con tristeza me embarqué de vuelta, sintiéndome pésimo. Para peor, se desató una tormenta que casi nos hace naufragar. Por suerte pudimos bajar en Sicilia. Yo, vomitando, fui llevado a un hospital donde me atendieron muy bien, hasta que mi enfermedad sanó, faltando apenas unos pocos días para Pentecostés.
   Ya que estaba en Italia, me pareció conveniente no perderme el Capítulo de este año, que se celebraría en Asís en esa fecha, así que emprendí el viaje hacia el norte, incluyendo un trayecto corto por mar, y lo demás por tierra. Llegué muy a tiempo al pueblito de Asís, que yo no conocía aún. Me encontré con el Hermano guardián del convento San Antonio, que se puso contento al verme, y con muchos otros Hermanos Menores, provenienetes de todas partes.
   Lo más notable fue encontrarme con Francisco. Es un hombre delgado y bajito, con una fuerza espiritual increíble. Conversé mucho con él, gracias a que, siendo niño, aprendí a hablar en italiano. Él es muy llano y abierto. Me dijo haber quedado impresionado por mi cultura religiosa. Le respondí que mucho más impresionado estaba yo por su humildad. Francisco se sentaba a los pies de Elías mientras éste presidía la asamblea. Es el ministro general desde hace un poco más de un mes, al morir Pedro Cattani, el anterior vicario.
   Fue un Capítulo interesante, y me sentí muy feliz de pertenecer a esta comunidad. Hasta me concedieron la palabra en cierto momento, y estuve fascinado contando mis últimas experiencias y dando a conocer mis motivaciones para estar allí.
   Ocurrió una anécdota notable. A un Hermano de los que estaban de visita se le perdió un libro que para él era valioso por las enseñanzas que tenía, y porque se lo había regalado una persona muy querida. Le prometí rezar para que apareciera el libro, y así lo hice después de la jornada diaria. A la mañana siguiente, muy temprano, iba yo caminando y divisé algo entre unos matorrales. Era un libro con sus tapas húmedas de rocío. Lo tomé, lo limpié y se lo llevé al Hermano distraído, quien se puso feliz con mi hallazgo.
   Francisco me pidió que por favor enseñara algo de teología a los Hermanos en diversas regiones, pues yo era la única persona, según él, capaz de hacerlo en forma fiel al evangelio. Me explicó que la mayoría de los eruditos dejan de lado lo más esencial y se sumergen en las elucubraciones intelectuales.
   -Sólo se llega al Padre a través de Jesucristo -dijo para reafirmar lo anterior-, lo dicen los evangelios.
   En eso tiene toda la razón. Y cuando le conté que tenía pendiente mi ordenación me insistió encarecidamente que no siguiera postergando eso ni un minuto más.
   -Eres ya como un verdadero obispo -señaló.
   Recuerdo cuando estuve estudiando para canónigo, y después me di cuenta de que eso no era lo que yo buscaba. Por eso estoy derivando a presbítero, y más que nada por la insistencia de Francisco. Fue entre medio que ocurrió lo esencial. Ver lo que pasó con esos mártires me cambió. Algo me decía que ése iba a ser mi destino. Cada paso que he dado ha sido importante, pues no se avanza en línea recta. Me gusta el estudio, y lo que más me gusta es animar, despertar en los demás las ganas de transformarse. Se necesita insistir. No retraerme porque me miren mal. Continuar en pie mientras tenga vida. La iniquidad tiende a mantenerse, no quiere ser erradicada. Hay que tener fuerza para derrotarla. Les hablo a los que escuchan y a los que no quieren escuchar. Me costó darme cuenta de todo esto. Es el niño sabio que uno lleva dentro el que sobresale siempre.
   Al despedirme de Francisco, al final del Capítulo, me volvió a repetir todo su sermón, con tal fuerza que aquí estoy en la "canónica" de Santa Cruz, a punto de ser sacerdote. Es una ceremonia hermosa, llena de símbolos, que no sólo me llena de emoción sino que también eleva profundamente mi ser hacia el Creador.

 
   28.- Francisco y la forma de vida

   Cuando estuve con Elías en Narni, el año pasado, me sucedió algo asombroso. Nos encontrábamos recorriendo la zona central del país, llevando la palabra y viviendo de la limosna. Habíamos salido de Asís varias semanas antes, para asistir al funeral de Domingo de Guzmán, en Bolonia, y al volver visitábamos cada ciudad, por uno o dos días. A tal punto, que nos pasamos de largo hacia el sur, por los pueblos cercanos, y también los más alejados.
   Disfrutamos viendo cómo se aproximaba la gente, y hasta se unían a nuestras canciones. Muchos renunciaban a sus vanidades para emprender el camino de Cristo.
   Fue en Narni que ocurrió algo especial. Todo comenzó cuando un muchacho me dijo en la plaza:
   -Ven a sanar a mi padre, por favor.
   -¿Qué enfermedad tiene tu padre?
   -No puede caminar... Si no fuera por eso, él mismo habría venido acá.
   -Sólo Dios puede sanarlo -respondí- pero... vamos a tu casa, y conversemos un rato con él.
   El joven me miró con extrañeza y nos llevó a su casa. Mucha gente nos siguió, y hasta entraron unos pocos con nosotros. El hombre estaba postrado en su cama sin poder moverse, desde hacía casi un año. Intentaba comunicarse poniendo su lengua en tal o cual posición y haciendo unos raros guiños de ojos. Les pedí que entre todos pidiéramos a Dios que le diera un poco más movimiento al dueño de casa. Pedro es su nombre. Así lo hicimos, durante casi media hora, luego de la cual dije a la gente:
   -Ahora, vamos a cambiar la oración. Le vamos a decir a Dios que estamos muy agradecidos...
   Me miraban sin comprender.
   -... porque tenemos la certeza -continué- que Dios nos escuchará.
   -Gracias, Señor -recé- porque darás movimiento a Pedro, que te lo está pidiendo.
   Así estuvimos otra media hora. Después hice la señal de la cruz sobre su frente y empecé a retirarme. Pedro quiso abrazarme y, aunque no podía lograrlo, al menos pudo mover sus brazos y manos, lo que ya era algo notable.
   -Tienes que hacerle ejercicios -dije al niño antes de irme.
   Volví a esa casa, con Elías, antes de salir de Narni y vimos que Pedro daba ya algunos pasos, y hasta hablaba, lo cual nos puso contentos a todos.
   Seguimos viaje hacia el sur, recordando lo que habíamos vivido en Arezzo, algunas semanas atrás. Allí nos habíamos encontrado con una situación inhóspita, debido a la invasión florentina, que tenía muy desmotivada a la gente. Las calles eran inseguras para los transeúntes, además de estar llenas de basura que nadie recogía. En esa ocasión, nos dirigimos hacia la plaza a entregar nuestro canto. Me puse a predicar, y se juntó mucha gente. Traté de hacerles ver la necesidad de salir del caos y de la vida delictual. Por cierto, no iba a bastar con las buenas intenciones. Algo había que hacer para que la gente no siguiera cayendo cada vez más bajo. Eso pensábamos en la noche, en una pequeña casa de oración que los Menores de Arezzo habían conseguido prestada para vivir, en las afueras del pueblo.
   -Al día siguiente me enviaste a mí -señaló Silvestre, mirándome.
   -Sí, como mensajero. ¿Quién más podría haberlo hecho? Recuerda que eres sacerdote.
   -¿Cómo fue eso de expulsar los demonios? -preguntó Elías, mientras seguíamos caminando.
   -Siete demonios -rectificó Silvestre-, ese detalle es esencial.
   -Como los siete demonios que Jesús expulsó de Magdalena -acotó Elías, al instante.
   -Eso es -intervine-, "siete demonios" significa alguna cantidad de abatimientos que se han ido criando a lo largo del tiempo.
   Seguimos recordando cómo Silvestre había partido con tanta tranquilidad a cumplir esa misión, igual que si se tratara de sacar agua de un pozo, que con seguridad no estaría seco.
   -Fue divertido -agregó Silvestre- entrar al pueblo, gritando "De parte de Dios, retiraos los demonios". Yo apuntaba con la mano hacia los techos, centrando ahí el refugio de las malas costumbres.
   La gente de Arezzo había quedado tan asombrada que empezó a tomar conciencia de la necesidad de cambiar de actitud. Arezzo ha empezado a salir, poco a poco, de su postración, igual que Pedro en Narni.

         * * *

   Durante el camino de regreso a Asís pensé que sería bueno que el Papa Honorio ratificara nuestra Forma de Vida, que aprobó Inocencio, años atrás. Así se lo dije a Elías, y él estuvo muy de acuerdo.
   -La comunidad necesita tener una Regla -reafirmó.
   En cuanto llegamos a Asís me puse a escribir la Regla, en los mismos términos en que estaba esa primitiva Forma de Vida. Incluí algo adicional, la obligatoriedad de tener un período de prueba para los nuevos Hermanos, ya que ése es un verdadero clamor de Ugolino y Elías. Traté de que el documento no fuera muy rígido ni tuviera tanto reglamento, sino más bien sea un propósito de vivir de acuerdo al evangelio de Jesús. Le pedí a Cesáreo de Spira que me ayudara con las citas bíblicas. En todo momento, quise que la regla proviniera de Cristo y no de mí. Puse énfasis en la convivencia fraterna, pacífica, sin agresiones, y en el anuncio del evangelio de Jesucristo. Al final, cité extensamente las Bienaventuranzas.
   La regla no fue aceptada por la asamblea del 1221 porque la encontraron larga y poco precisa en cuanto a normas disciplinarias. Tuve que asumir que los tiempos han cambiado con mucha rapidez, y las motivaciones de la gente son otras. Se ha perdido la mística del comienzo. Algo se podría hacer para reencantar a los Hermanos con esa vida de los primeros años, ese fuego que aún está en mí. Mientras tanto, no me quedó más remedio que hacer otro documento más corto y con más normas específicas, pero sin perder lo esencial que Jesús nos pide. Para ello me recluí con León y Bonicio de Bolonia, en ayuno y oración, en un eremitorio benedictino en el Monte Colombo, cerca de Rieti.
   Cierta noche tuve un sueño en que yo recogía del suelo unas migas de pan para repartir entre los Hermanos. Con las migas hice una hostia, la cual no desaparecía nunca. Cada vez que la daba a alguien, volvía a tener otra igual en mi mano.
   Conversé el sueño con León y él me hizo ver su parecer respecto al significado:
   -Las migas son las palabras del evangelio... y la hostia es la Regla.
   Eso me reafirmó que hacíamos un trabajo correcto. Y... por cierto, era algo que estábamos recogiendo del suelo. Agregamos un concepto a la regla, en el sentido de admitir un grado de adaptación al entorno, pero sin dejar de ser auténticos. Los Hermanos no deberían convertirse en hombre corrientes, pues la sal no puede perder su sabor.
   Volvimos a Asís con nuestra nueva versión del documento. La entregué a Elías para que la estudiase, antes de darla por definitiva, y me retiré a Las Cárceles para hacer oración. Allí me encontré con Egidio, que está siendo cada vez más contemplativo. Al segundo día de llegar lo vi ensimismado, con los ojos hacia el cielo. No me cupo duda que estaba en la presencia divina. Después me contó lo que estaba viviendo en ese largo instante.
   -Vi muchos tronos -me dijo Egidio-, y uno de ellos estaba adornado con piedras preciosas... Pregunté que para quién era ese trono... Entonces supe que había pertenecido a un ángel que después pecó... y ese trono lo ocupará Francisco.
   -¿Quién, yo?
   -Sí, Francisco.
   -Eso es así porque yo soy el más pecador.
   Egidio se rió de mi salida, pero yo lo había dicho en serio.
   -Cuando eras trovador, y la gente te regalaba cosas, tu agradecías, ¿cierto?
   -Sí
   -¿Te das cuenta ahora, que en aquel momento estabas jugando a hacer una oración?
   -Sí, Egidio. Claro que me doy cuenta -reí.
   Entonces, fuimos a buscar nuestros improvisados laúdes y nos pusimos a cantar.

   

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