ARISTODEMO                    Un lugar literario
Los santos de Asís         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   29.- Elías en su primer Capítulo

   Llegaron miles de Menores a esta asamblea al aire libre, en el año 1221. Todos muy cerquita porque no quieren perderse ninguna palabra. He tenido que gritar para que me escuchen los de más al fondo. No pudo asistir el Cardenal Ugolino, y en su reemplazo vino el Cardenal Raniero Capocci.
   Hace pocos días llegó también Francisco, que estaba en Las Cárceles. Se molestó mucho en cuanto hizo su aparición, al ver el convento nuevo, mi orgullo, un edificio precioso que construimos con la ayuda de Ángelo, el hermanastro de Francisco, en muy breve tiempo. Ni siquiera es una casa de lujo, nada de eso. De todos modos, a él no le pareció bien siendo éste el lugar en que todo empezó, en una actitud tan distinta.
   Francisco no alcanzó ni a saludar y ya estaba arriba del techo, sacando tejas y tirándolas lejos.
   -No la derribes -le gritó Ángelo, viendo unas cuantas tejas destruidas en el suelo-, la casa es del Comune.
   Ante esa queja, Francisco bajó de ahí, un poco más tranquilo, y todo se aclaró. Yo me reía, no más.
   -Hay que vivir como peregrino -dijo Francisco sonriente, y entonces sí que empezó a saludarnos.
   -La pobreza es nuestro fundamento -agregó después.
   En ese momento le pedí que se hiciera cargo de abrir el Capítulo que iba a comenzar al día siguiente. Y lo hizo con mucho agrado, y también con sabiduría, apoyándose en un bello salmo que dice "Bendito sea el Señor que me prepara para combatir".
   Terminada esa introducción, Francisco me dejó la palabra y se sentó muy cerca mío. Entre otras cosas, hablé un poco de lo que ha sido mi vida. Del pobrísimo caserío en que nací, a pocos kilómetros de Asís. De la amistad que me unió a Francisco desde niños y muy especialmente en la juventud, en esa etapa en que nos gustaban las fiestas y el ruido a altas horas de la noche. Les hablé del tiempo que permanecí en Bolonia, tierra natal de mi padre, donde pude estudiar en la Universidad, gracias a su sacrificio, y a que trabajé como escribiente en una notaría, y también enseñando a los niños a cantar los salmos.
   Me atreví a decir que le tengo veneración a Francisco. Él me considera un buen organizador, pero eso no lo dije, pues no estaría bien echarme flores yo mismo. Por algo me recomendó a Ugolino para que me nombrara Superior cuando murió Pedro.
   También les hablé de mis actividades en Siria tratando de reconciliar a griegos y latinos, cuyas relaciones se habían deteriorado mucho como consecuencia de las Cruzadas. Por encima de todo, mostré mis ansias de renovar la Iglesia. Acá fue donde tuve el primer tironeo de mi túnica. Miré a Francisco, que me señalaba a mí con un dedo.
   -Por supuesto, yo tengo que renovarme antes que nadie -acoté, entonces-. Si no soy capaz de corregirme yo, menos podré transformar a los demás.
   Ahí entendí por qué Francisco se sentó en el suelo, a mi lado. Él no ha soltado la rienda pastoral, ni la va a soltar tampoco.
   Después, Francisco dio lectura completa a la regla que escribió, muy similar a la Forma de Vida que él mismo había elaborado hace unos años, al comienzo de esta aventura.
   Muchos se aburrían durante esta parte de la asamblea. Al final, se quejaron de que la regla era muy larga. Después de una discusión se acordó que Francisco redactaría una nueva, más corta.
   En este mismo Capítulo nombré a Pacífico como visitador de las Hermanas. Y encargué a Cesáreo de Spira viajar a Alemania con algunos Hermanos más, para organizar la Provincia. Admiro mucho a Cesáreo, que tiene una cultura envidiable y mucha fuerza pastoral. Lo descubrí en Siria, nos hicimos muy amigos y entró a la comunidad. Ha sido un gran aporte. Ayudó a Francisco a poner las citas bíblicas en la Regla.
   -¿Qué andas haciendo por acá? -recuerdo que le pregunté cuando nos conocimos, aquella vez en que él llegó por primera vez hasta la pequeña casa en que vivíamos.
   -He tenido que salir arrancando de todas partes -fue su alegre respuesta.
   -¿Por qué?
   -Porque cuando predico, me da por ensalzar a las mujeres, y les hago ver que no valen menos que los hombres. Además, trato de conducirlas a una vida más espiritual.
   -Entiendo. Son los hombres los que te empiezan a odiar.
   -Ciertamente -respondió en esa oportunidad.
   Y ahora, se fue a Alemania. Este Cesáreo tiene muy buena voluntad y le encanta viajar.
   Semanas después del Capítulo, noté que el ambiente no estaba muy bueno para mí, pues me consideran muy autoritario. Claro, acostumbrados a Francisco y a Pedro..., panes de Dios... ¡Yo quiero que las cosas funcionen!
   Hasta Francisco ha estado un poco distante. Evoco con nostalgia esos años juveniles en que hacíamos tanta lesera, con León y los otros. Cuando ellos siguieron por sendas generosas, quise seguirlos también, aunque no tan convencido. Ir con ellos por el mundo. Es que hay algo esencial a lo que no podría renunciar. La religión cristiana ha de volver a ser lo que tiene que ser. Recuperar al Jesús olvidado. El que expulsó a los mercaderes del templo, "Mi casa es de oración, y la habéis hecho cueva de ladrones". Hay mucho que hacer en esto, transformar la Iglesia. Al principio, Francisco estaba fascinado con la fuerza que yo ponía, pero ahora ya no me mira con tanta esperanza. Parece que he rebasado algún límite. Él, que parecía no tener ni fronteras ni rejas...
   Yo, jamás tendría el vigor que él tiene para encarnar la pobreza. Somos fuerzas distintas. Creo que nos necesitamos, para componer algo. Me duele que nos distanciemos. No podemos pretender que la fuerza complementaria se apague. Él está muy bien como es, y yo como soy. Sé que Francisco me estima mucho, aunque no comparta mi manera de hacer las cosas. Yo lo acepto como es, y lo admiro. No renunciaré a la misión que creo tener. Soy un poco más frontal. Parece que yo cosechara lo que él siembra, pero no es así. Cada vez que puedo, suavizo un poco nuestra relación amistosa, que no podrá perderse jamás. Lo que más me mueve es la alegría.
   En alguna parte he escuchado decir que una vida es como un martillazo para enderezar un clavo. Se necesitarían las vidas de muchas personas para terminar de enderezarlo. Yo quiero aportar un pequeño golpecito para corregir la iglesia, y no quiero fallar.
   He intentado hablar con Francisco, pero no me hace mucho caso. Me ha costado tener con él una conversación que nos ayude a recuperar nuestra amistad. Ayer se produjo la ocasión, y la aproveché. Francisco lavaba los platos y los jarros, y decidí ir a ayudarle. Él estaba muy serio, y no me hablaba.
   -¿Tienes algo que reprocharme? -le pregunté directamente, con toda la humildad que pude.
   Le tuve que repetir la pregunta, porque él seguía callado.
   -Apártate de mí, Satanás -me dijo, entonces, igual que Jesús a San Pedro esa vez que el apóstol no quería que Jesús muriera.
   Me sentí un poco mal al ser tratado con tanta dureza, pero me puse a pensar en Pedro, y en cómo se sintió él con esa frase tan difícil de aceptar, hasta que pude sonreir porque nuestra escena se parecía a la del evangelio. Francisco se contagió con la buena disposición que logré tener, y poco a poco fue brotando la risa en ambos, y hasta pudimos conversar. Así fui entendiendo que son los clérigos los que están molestos conmigo porque no les asigno más cargos que a los laicos.
   -No es que esté mal... -empezó a decir Francisco.
   -Tenemos que renovar la Iglesia -le interrumpí- eso es lo importante.
   -Sí, pero los conflictos con el clero no ayudan. Trató de convencerme de tener paciencia.
   -Si te enfrentas a la jerarquía -agregó- nunca vas a lograr convertir la Iglesia. Tú eres Iglesia..., conviértete tú primero.
   -Francisco, tenemos que luchar.
   -Lo primero que tenemos que vencer es nuestra propia iniquidad.
   -Bueno, pero... recuerda que Jesús expulsó a los mercaderes del templo. Y lo hizo con violencia.
   -Tienes que fortalecer lo positivo. Si no... ¿Qué vas a obtener...? Que te excomulguen. Eso vas a obtener.
   Me dejó pensativo.
   -Reza por mí -le supliqué en ese momento.

 
   30.- Francisco deprimido

   Bajé a la Porciúncula, con la esperanza de tener un veredicto acerca de la Regla. Tuve que preguntar porque nadie hablaba de eso, como si fuera un tema demasiado candente. Obtuve una evasiva tras otra, hasta que abordé a Elías a solas.
   -¿Qué pasa con la Regla?
   -Está perdida.
   -¿Qué...?
   -Alguien la tomó sin permiso, y... no sé..., no apareció más.
   -No la cuidaste. Era un trabajo de muchos días, hecho con amor... y con oración..., consulté a personas entendidas, traté de hacerlo lo mejor posible. ¿Y todo para nada...?
   Elías agachó la cabeza y se disculpó, compungido. Reconoció su descuido. Lo tuve que tranquilizar, pues siempre he confiado en él. De todos modos, me deprimí un poco. Me dolió porque no pude evitar pensar que alguien perdió el documento deliberadamente para que la regla no prospere. Desde las sombras, con hipocresía. Alguien que no merece estar donde está. Ya sé que no es Elías, pero... es alguien, mezclado con el resto de los Hermanos, corrompiendo la comunidad.
   Traté de indagar quién extrajo el documento desde el lugar en que se guardaba. Sin resultado. Me imaginaba un fraile sin rostro, visto de espalda, a lo lejos, en la penumbra, entrando con sigilo donde no debería hacerlo. Y yo, esperando hasta que el hombre salía... caminando de espalda.
   Comprendí que esto ha tenido que ocurrir para algo. Aunque tenga que trabajar el doble, lo haré sin reclamar. Es una oportunidad para escribir una regla mejor que la anterior. Solucionar sus errores, que debe haberlos tenido. Pensé en hacerlo con León, que escribe muy bien, y está inspirado en lo mejor. De todos modos, se me hacía muy difícil partir de nuevo con esto. A ratos me corroía la furia. Me preguntaba si acaso habría estado equivocado cuando elegí el rumbo de mi vida.
   Yo no estaba nada de bien cuando llegó Ángel, al día siguiente. Justo mientras yo oraba "Señor, haz que alguien quiera escucharme".
   -La hermana Clara quiere que vayas a San Damián a hablarles -casi gritó Ángel.
   -¿Por qué? ¿Qué pasa?
   -Pasa que le han ofrecido unas propiedades, y ella quiere rechazarlas.
   -Me parece bien que las rechace.
   -Es que hay varias Hermanas que quieren aceptar.
   -Bueno, habrá que convencerlas de su error.
   -Eso es, justamente, lo que la hermana Clara pide que hagas por ella.
   Consideré que era tan urgente, que en cuanto pude me dirigí hacia San Damián. Llegué agitado, directo al Oratorio. Una a una fueron llegando las Hermanas. Yo esperaba, en un estado de ánimo no muy amistoso, pero traté de tranquilizarme. Cuando ya estaban todas reunidas, empecé con una oración. Ellas la siguieron con gran entusiasmo, dando gracias a Dios por ese momento. Las veía un poco borrosas porque me está fallando la vista desde hace algunos días, pero escuchaba muy bien sus voces, y me preguntaba cómo podía ser que estas personas tan divinas estuvieran pensando en adquirir propiedades.
   Las Hermanas miraban la vasija que yo andaba trayendo. Seguramente lo hacían con mucha curiosidad.
   Llegado el momento, destapé el cántaro, que no contenía más que ceniza. Vacié un poquito delante de mí y otro poco hacia los lados, y también hacia atrás. Esparcí la ceniza en círculo, para simbolizar la soledad que sentía. Y para ser más gráfico aún, vacié en mi cabeza el residuo que sobró, y desde ahí fue cayendo sobre mi ropa.
   -Somos como esta ceniza -pronuncié lentamente, y después guardé silencio, pues quería que sintieran eso de ser ceniza, mientras yo trataba de mirar al crucifijo con los ojos semicerrados, buscando inspiración.
   -Señor, ten compasión de nosotros -empecé a recitar un salmo.
   Al final, cantamos, y después me despedí de cada una. Muchas lloraban. Clara estaba un poco rara, pero siempre sonriente. Me dio las gracias y no trató de retenerme.
   Al día siguiente correspondía dar el veredicto, y todas estuvieron de acuerdo en rechazar la propiedad.
   De todas formas, en los días que siguieron me deprimí bastante. Donde me pusiera me sentía fuera de lugar, y sin esperanza de revertir el fracaso que ya estaba palpando en esta aventura loca en que un día me metí, y ahora no hallaba cómo huir de tal situación que me estaba doliendo demasiado. Era como si una espada revolviera mis entrañas.
   De repente reaccionaba con mal humor frente a mis compañeros y después me arrepentía y retornaba a pedirles perdón. Cuando estaba solo, le gritaba a Dios. Yo mismo no me soportaba.
   -Estás metido en un pozo de amargura -me dijo León, con tranquilidad.
   -Soy un pecador.
   -Todos lo somos, pero tenemos que salir adelante.
   -Gracias por tu preocupación -intenté dejar la conversación hasta ahí.
   -Hasta Clara se dio cuenta, el otro día, y también está muy preocupada.
   -Ya se me va a pasar.
   -Tienes que ir a ver a Clara -esta vez, León me habló golpeado, como no lo había hecho nunca.
   -No quiero llevarle mi tristeza... ni contagiarla con la oscuridad de mi alma.
   -¿No crees que ella tiene luz?
   -Tú... ¿irías conmigo? -le pedí, después de un largo silencio.
   -Por supuesto.
   -Que si no, no soy capaz.
   Partimos con rumbo a San Damián, y me pareció que llegamos demasiado rápido. Clara nos recibió. Para mí, ella es una fuente divina.
   -Dejadnos solos -ordenó Clara, y nos sentamos en el escaño del patio. Así, los demás podrían vernos, pero no escucharnos.
   -Los Hermanos se avergüenzan de mí -comencé diciendo.
   -¿Te lo han dicho?
   -No necesitan decirlo.
   -¿Qué te hacen?
   -Me piden reglas y después no las aceptan...
   -La única Regla está en el Evangelio.
   -Eso es lo que trato de hacerles entender.
   Clara me hacía muchas preguntas que me obligaban a mirarme desde un punto de vista nuevo para mí.
   -Estoy ciego -dije de pronto, exagerando sólo un poco mi problema de la vista.
   -¿Tienes más dificultades que antes para ver a Dios?
   -No, Clarita, si buscas por ahí, puedo decirte que Dios me ha llamado para sacar a la Iglesia del pantano en que se encuentra, y noto que me estoy empezando a hundir junto a ella.
   -¿Cómo podrías sacarla de ahí, en vez de hundirte?
   -No sé si puedo... No sé si quiero...
   -Deja que la cizaña crezca junto al trigo..., ya vendrá el momento de quitarla.
   -¡Cizaña...! ¡Cizaña...! Es que no quiero formar parte de una guerra contra supuestos enemigos.
   -Jesús nos dice "Convertiré tu tristeza en alegría, que nadie te podrá quitar" -me recordó Clara, con un temblor en su voz.
   -De repente pienso en desistir.
   -¡Encendiste mi llama...! -casi bramó Clara-, y ahora... ¿piensas apagármela? Tienes que seguir regando tu plantita... No echarás todo por la borda.
   Me puse mentalmente en su lugar. Recordé esa vez que me dijo "Te seguiré hasta el fin del mundo". Por seguirme a mí, decidió una forma de vida y arrastra a otras personas a esa misma vida, que la gente no comprende. No puedo desistir de la obra de Dios. La sal no puede perder su sabor.
   A esas alturas, me puse a llorar como un niño chico, y no podía parar. Entonces, me di cuenta que Clara también estaba llorando.
   Comprendí todo. Y adquirí esa nueva fuerza que había querido abandonarme. Por fin pudo entrar la luz en mi alma. Después de los llantos, Clara me invitó a compartir un pan y un vaso de vino, junto a León y a Bienvenida.

 
   31.- León en Greccio y Alverna

   Todos estos últimos años se precipitaron sin darme cuenta. Ya es el 1224, y me parece que hubiera sido ayer cuando Francisco predicaba en la plaza de Bolonia. Sin embargo, ya han transcurrido dos años de eso. Se juntó mucha gente a escucharlo, y fue tal la llegada de sus palabras, que hasta los enemistados optaron por reconciliarse, y varios estudiantes de la Universidad decidieron entrar inmediatamente a la comunidad. Es que Francisco cuando predica no se limita a eso. Él canta alabanzas y atrae a las personas. Tiene una percepción especial.
   Una vez me dijo:
   -Si encuentras en la calle un papel escrito, recógelo, pues te trae un mensaje. Ponlo en tu oración.
   Y en otra oportunidad:
   -Si quieres ser un verdadero Hermano Menor tienes que recibir las injurias y los elogios con la misma serena alegría.
   Creo que Dios nos puso a nuestro gran amigo Elías, como un necesario contrapeso.
   Conversé bastante con Francisco cuando estuvimos en Fonte Colombo escribiendo la Regla. Las dos veces, porque después que se perdió el documento que habíamos elaborado con tanta dedicación, Francisco se resignó a hacerlo de nuevo y volvimos al mismo lugar para ello. Tratamos de acordarnos cómo estaba, para lograr una versión lo más parecida posible. No creo que haya quedado idéntico pero, sustancialmente, lo mismo.
   Cuando volvimos a la Porciúncula con la nueva redacción, supimos que Electo había sido apresado y asesinado en tierras musulmanas. Fue duro enterarse de algo tan trágico, después que creímos que Electo era un hombre débil, resultó tener una fortaleza a toda prueba.
   Francisco se enfermó, tenía tanta fiebre que no pudo asistir al Capítulo del año pasado, en que terminó por aprobarse la famosa Regla. Yo le llevé la buena noticia, y se puso contento, pues era algo muy anhelado.
   Le conté también que Cesáreo estuvo presente, junto a algunos alemanes, que lo aprecian mucho.
   -Pidió ser relevado como Provincial -mencioné.
   -Es un contemplativo.
   En cuanto Francisco se mejoró, partió a presentarle el texto al Cardenal Ugolino, y con él fueron a Roma para solicitar una formal aprobación del Papa Honorio. Ésta llegó varios meses después, para lo cual Francisco tuvo que volver a Roma, y esta vez lo acompañé.
   -Nos cambiaron un poco la Regla -me comentó Francisco después, en la noche, en casa del Cardenal de la Santa Cruz, donde estábamos alojando.
   -Sí -respondí-. Le quitaron la frase que insta a los Hermanos a ir por el mundo sin llevar nada para el camino.
   -Y varias más... ¿Y notaste que ahora somos "Orden"?
   -Supongo que eso no es más que un nombre.
   -Es un poco más... Ahora quedamos sometidos a las disposiciones que surjan para las Órdenes.
   -¿El Cardenal Ugolino hizo los cambios?
   -Pienso que sí, pero... debe haber estado presionado.
   -Es lamentable, porque nosotros siempre habíamos querido ser una comunidad distinta..., nueva.
   -Yo también me desilusioné un poco, León, pero ¿sabes? no importa. En lo esencial nos aceptaron casi todo... Dejemos las cosas así. Seguimos siendo una instancia renovadora.
   -Y hemos de estar en armonía con el Papa, si queremos tener eficacia. Eso lo aprendí de tí.
   -Sí, también con el Papa, pero muy en especial con el evangelio... ¿Sabes, León? Mañana temprano saldremos de aquí.
   -¿Por qué? Si nos están invitando por un par de días más.
   -No nos dejemos llevar por los honores, ni las comodidades excesivas, mientras nuestros Hermanos van por el mundo sin llevar nada.
   Le encontré la razón. Tenemos que ser consecuentes.
   Nos dirigimos hacia Fonte Colombo porque comprendimos que en ese lugar teníamos que elevar nuestra oración en un momento como éste.
   Días después nos encaminamos hacia Greccio, una aldea muy tranquila, pero... siendo pleno invierno, y nosotros a pie..., nos recibió con una lluvia intensa, y hasta nieve a ratos. Mucho antes de llegar, ya estábamos completamente mojados. No se veía casa alguna donde pedir refugio, hasta que apareció una. Primero, vimos una lucecita, y fuimos hasta allá. Golpeamos la puerta. Un tipo de muy mal aspecto nos abrió, y dijo:
   -Soy yo el pobre, no vosotros.
   Y volvió a cerrar la puerta. Tuvimos que seguir camino, embarrados hasta la rodilla.
   Paró de llover y vimos a lo lejos una persona que se incorporaba a la marcha, después de haber estado protegido bajo un cobertizo. Nos adelantamos todo lo que pudimos, hasta alcanzarlo y seguir junto a él. Yo pensaba que... en alguna parte ha de vivir este hombre. Hicimos amistad. Su nombre es Juan, y quería llegar pronto a su casa.
   -Rebeca debe estar preocupada porque no llego -murmuró, refiriéndose a su mujer.
   Un poco antes de la entrada del pueblito estaba su casa. No tardamos en llegar a su modesta vivienda, y Juan nos hizo pasar. Nos prestó ropa, y pusimos a secar nuestros hábitos. Rebeca nos dio de comer, una sopa bien caliente para resucitarnos. Estábamos compartiendo con una familia muy buena, y conversamos hasta bien entrada la noche, hora en que nos retiramos a la habitación que nos proporcionaron. Yo estaba muy agradecido, y así lo manifesté. Afuera, la lluvia continuaba.
   A la mañana siguiente, nuestras ropas ya se habían secado. Compartimos un buen desayuno, contemplando un bello y frío sol que ya empezaba a remontarse. Aprovechamos de conversar con Juan y Rebeca acerca de nuestra aventura de la noche anterior. Repasar un comentario que había hecho Francisco, respecto al hombre que no nos acogió en plena lluvia, me hizo decir:
   -De verdad, tendríamos que enseñarle a ese tipo, que Jesús vino pobre.
   A Francisco se le iluminaron sus ojos.
   -Sí. Lo haremos -exclamó con alegría y con su vista fija hacia ninguna parte-. Estamos a pocos días de la Navidad.
   -Quiero que la gente pueda contemplar con sus propios ojos -agregó, después de una pausa- al niño en el pesebre, y cómo fue puesto sobre el heno... y José y María también han de estar ahí. Sí, ahí mismo. ¿Por qué no?
   -Y los pastores -respondí al entusiasmo de Francisco.
   -Y los animales -aportó Rebeca, con una sonrisa.
   -Todo esto, en vivo -explicó Francisco, haciéndonos llenar de asombro.
   -¿Animales vivos... por estos lados? -pensó Juan en voz alta-. Bueyes y asnos, es lo que hay.
   -Perfecto -dije, porque me acordé de una antigua tradición que dice que ésos eran los animales que había en el pesebre, en aquella gozosa oportunidad.
   Francisco asignó a Rebeca y Juan los roles de María y José, y les pidió que consiguieran un buey y un asno.
   -Sólo uno de cada uno, por favor -aclaró.
   Pastores auténticos serían muy fácil de encontrar. Y con eso, ya estaba casi lista la presentación.
   -Falta Jesús.
   -Conozco un bebé precioso, aunque ya tiene como tres meses... -ofreció Rebeca- ¿no importará?
   -No importa.
   Y así fue como Francisco armó un pesebre viviente junto a la iglesia de Greccio, el día 24 al anochecer. Las velas daban un ambiente especial. Yo celebré la misa, a la cual acudió casi todo el pueblo, contento y admirado. La prédica se la dejé a Francisco, quien habló simplemente del rey pobre, el niño de Belén.
   Nuestro improvisado Jesús, de repente se largó a llorar, y fue acunado por María, o sea Rebeca. Una escena memorable.

         * * *

   Nos quedamos un par de meses en Greccio. Y después unos pocos más en la Porciúncula, hasta Agosto. Francisco oraba y oraba, incluso en el Capítulo de este año su participación fue de instarnos a todos a la oración.
   Faltando poco para la fiesta de la Dormición de la Santísima Virgen, Francisco quiso tener un retiro de cuarenta días, sólo con unos pocos Hermanos, con los que él tiene más afinidad. Así, pues, fuimos hacia Alverna, un lugar muy tranquilo, acompañados por Egidio, Rufino, Maseo y Ángel. Establecimos turnos para que sólo uno estuviera atento a las visitas, y los demás pudieran dedicarse por completo a la oración. Además, el que quedaba de relacionador, tenía que conseguir el pan y el agua, nuestro único alimento durante todo ese período.
   -A las hermanas Aves les gusta nuestra presencia -dijo Francisco el primer día.
   -Entonces, acá nos quedaremos -agregó Egidio, a lo cual reímos como niños.
   -Esto es como empezar de nuevo -opinó Maseo, y todos estuvimos de acuerdo.
   Cada choza quedó ubicada en alguna ladera de poca pendiente, pero los senderos entre ellas eran empinados. Tuvimos que poner troncos en algunas partes para cruzar los pequeños abismos.
   En las noches hacíamos oración comunitaria para cerrar el día, pero a lo largo de éste, cada uno tenía su propio encuentro personal con Dios. Me llamaba la atención ver a Francisco, inmóvil por varias horas, arrodillado, con sus manos extendidas, tapados los ojos con la capucha, si había mucha luz.
   Un día, me pareció que Francisco estaba puesto sobre algún soporte, invisible para mí desde donde yo estaba, pero cuando se levantó de ahí, al anochecer, no había nada, sólo el suelo. No le hablé nada al respecto, pensando que talvez me estaba fallando la vista a mí también. Sin embargo, al día siguiente vi lo mismo otra vez, y a cada tarde parecía estar un poco más elevado. Sentí como una necesidad de ir a besar sus pies, pero no lo hice. Le pregunté a Dios cómo tendría yo que reaccionar, y Él me respondió con mucha claridad que lo dejara tranquilo. Así que preferí no ir hacia él en esos momentos de elevación.
   Cierta vez en que me tocó estar en el Servicio, esperé hasta que Francisco bajara al suelo, así como está siempre uno..., para llevarle su pan y su vaso de agua. Cuando estuve cerca pude escuchar su plegaria, repetida una y otra vez:
   -¿Quién eres tú, Dios..., y quién soy yo?
   Le pedí que me explicara el sentido de su oración, y me arrepentí porque no era eso lo que Dios quería de mí. Francisco lo tomó muy bien, y alegremente me invitó a que nos sentáramos en un tronco.
   -Mira, León..., se encendieron dos luces delante de mí. En una de ellas, la más divina, reconocí al Creador. En la otra, la más terrenal, me vi yo mismo.
   Se me aclaró un poco el asunto, y no quise seguir insistiendo, más allá de escuchar lo que él quisiera decirme.
   Casi al final de este tiempo de retiro en Alverna noté que Francisco escondía las manos, y caminaba con dificultad. Eso era muy raro. Hasta sangre vi caer a su paso. Lo conversé con Rufino, pues él era el encargado de lavar la ropa.
   -La camiseta de Francisco me llega manchada de sangre -me confidenció Rufino.
   Entonces, lo hablé directamente con Francisco. Si él tenía heridas en las manos, en los pies y en el costado, eso se estaba pareciendo mucho a las llagas de Jesús. Por toda respuesta puso sobre mi pecho una de sus manos heridas, muy cerca de mi corazón, que se aceleró un poco. Se agitó también mi toma de aire, y entré en un estado de emoción tan intensa, como si Jesús estuviera ahí conmigo, que no pude evitar los sollozos. Sentí como si Francisco estuviera ya por retornar al Padre.
   En cuanto me tranquilicé un poco, le imploré:
   -Quiero que escribas unas pocas palabras para mí.
   Es que yo necesitaba con urgenia algo así. Sería una despedida, pero más que eso, escrita con esas manos crísticas... iba a ser una presencia divina que me acompañara siempre.
   Le traje papel y tinta, y Francisco escribió "Que el Señor te bendiga, León; te muestre su rostro y te dé la paz". Me lo entregó diciendo:
   -Tenlo hasta tu muerte.
   -Por cierto lo tendré, y lo cuidaré.
   Al día siguiente celebré misa, antes de dejar el monte Alverna, Francisco y yo. Nos despedimos de los otros Hermanos y empezamos a bajar lentamente, con un burro que nos prestó el Conde Orlando. Pasamos a despedirnos de él, nuestro benefactor. Por el camino, Francisco iba bendiciendo al hermano Monte.
   Tardamos varios días en llegar a la Porciúncula, donde nos establecimos, una vez más. No fue fácil retener a Francisco, que siempre quiere salir a predicar, y le cuesta asumir que ahora tiene limitaciones físicas.
   El asunto se puso feo en el invierno, porque este lugar es frío y húmedo. Han venido a visitar a Francisco algunos Hermanos de otras comarcas, y hasta vino el obispo Guido, quien estuvo muy poco rato pues no soportó ver así a Francisco. Al irse, noté que el obispo iba llorando.

 
   32.- Francisco enfermo

   El retiro que tuve en Alverna es un hito en mi vida. Lo empecé recordando el sueño que tuvo Elías, cuando estuvimos en Foligno, hace pocas semanas. Me lo contó varios días después de tenerlo, y porque yo capté que él tenía algo para decirme y no se animaba a hacerlo. Así se lo dije, y no le quedó más que reconocerlo, aunque muy de a poco.
   -Tuve un sueño -comenzó diciendo, esa vez- y en él vi a un anciano venerable, vestido de blanco.
   -Tu sueño es importante.
   -Claro que lo es.
   -¿Qué hacía ese albo anciano?
   -Era como un maestro de sabiduría, ¿entiendes?
   -Perfectamente.
   -Bueno, ocurre que él me habló, y eso me produjo gran emoción.
   -¿Qué te dijo?
   -Algo extraño... Que a ti, Francisco te quedan dos años..., ¿dos años de qué...? No aclaró nada más...
   -De vida.
   -¿Y lo dices así, tan suelto?
   -¿Se te ocurre otra interpretación?
   -Sigo buscando otra.
   -Gracias por decírmelo, Elías -lo tranquilicé-, yo ya lo sabía.
   Mi salud no estaba nada de bien, aunque yo tratara de no hacer caso a esa realidad. Durante mi retiro en Alverna quise meditar en torno a mi muerte que se aproxima. Y se me confirmó al abrir el Evangelio tres veces, como el mismo Señor me lo ha sugerido, para saber qué me dice Él hoy a mí. En las tres veces me salió alguna escena de la pasión de Cristo, según tres evangelistas. Así, tuve oraciones tristes, contemplando la dolorosa cruz.
   Un halcón venía a recordarme mis horas de ponerme a orar, con una puntualidad increíble. Entonces, yo tomaba una tabla que se desprendió del suelo, y la usaba de violín, y otra de igual procedencia, aunque mucho más delgada, me servía de arco. No producían música audible pero era como si lo hicieran, y eso me servía para iniciar mis tiempos de oración.
   De tanto mirar las heridas de Cristo, el dolor físico empezó a habitarme cada vez más, a tal punto de llegar a sentirme muy unido con Jesús.
   Un día, cuando el sol comenzaba a anunciarse con timidez frente a mí, visualicé algo que parecía bajar del cielo. Muy pronto lo sentí cerca, y pude notar que se trataba de una figura humana extrañísima, con dos alas, como un ángel. Se paró cerca mío con sus brazos extendidos en cruz. Adiviné en él la imagen de Jesús crucificado que me miraba con bondad y ternura. En sus manos y pies tenía clavos, y también manaba sangre por una herida en su corazón.
   La figura del visitante empezó siendo muy nítida, para después diluirse en forma gradual hasta desaparecer completamente, de un modo suave. Mi emoción era intensa. Alegre y acongojado al mismo tiempo, me preguntaba por qué había tenido esta visión misteriosa, como un signo visible de mi plegaria. Cavilando estaba, cuando el dolor en mis manos me obligó a mirarlas. En ambas palmas me aparecieron unas manchas negras que fueron tomando volumen como hinchazones. Eran verdaderas cabezas de clavos que se formaron con mi propia carne. Estaba sangrando por las manos, por los pies y por el costado. Traté de pararme y me fui al suelo, adolorido. Me levanté como pude y, caminando apenas, volví a mi celda para recostarme un poco. El sangramiento se detuvo pero más tarde y los días siguientes volvió a brotar varias veces, produciéndome dolor.
   Al principio quise ocultar esto a mis Hermanos, pero me fue imposible. ¡Cómo esconder las llagas de Cristo!
   Muy pronto llegó el día cuarenta de este retiro, y León me bajó hasta la Porciúncula, donde tuve que quedarme tranquilo.
   A fines de ese año, el Cardenal Ugolino me envió una carta diciendo que había descubierto un médico en Siena, que podía curar mis ojos. Me decía que él mismo y otros cardenales lo habían consultado, con mucho éxito, aunque sus problemas de la vista eran menores.
   Ugolino trataba de animarme a ir a Siena a hacerme ver por ese galeno. "Tu salud es importante, no sólo para tí, sino también para los demás" decía la carta. Me dejó medio convencido, y Elías logró finalmente que yo decidiera hacer ese viaje, tan difícil para mí.
   Pensando que mi muerte estaba próxima, quise pasar a San Damián a despedirme de Clara, la persona que ha sido más importante para mí, siempre con la palabra adecuada para mantenerme con fuerza.
   -Elías... -hablé de pronto, durante el camino.
   -¿Sí, Francisco?
   -Por favor, prométeme que nunca dejarás de proporcionar ayuda a las Hermanas Menores.
   -Prometido.
   Llegando a San Damián, se levantó un viento helado, típico del mes de Enero. Recién había comenzado el año 1225.
   -No irás todavía a Siena, Francisco -ordenó Clara- que no estás nada de bien, hace mucho frío, y los caminos están tapados de nieve.
   Me habría opuesto, pero no fui capaz.
   -Quédate acá unos días -completó Clara.
   Los Hermanos que me acompañaban construyeron una choza para mí, cerca del jardín, con barro y paja, y también con ramas que fueron a recoger en un bosque cercano.
   Ahí me acomodé, en un improvisado lecho. Luz, no necesitaba. Clara me fabricó unas sandalias acolchadas y un gorro de lana con el que podía taparme hasta los ojos cuando había mucha claridad. Ella me cuidaba amorosamente. Todos los días limpiaba mis llagas, para lo cual venía acompañada de otra Hermana. También me preparaba agua de hierbas. Y con el pretexto de parchar los agujeros de mi hábito, Clara ponía en él grandes trozos de género para que me abrigaran.
   Los Hermanos se turnaban para venir de a dos cada día, a lavarme y a conversar conmigo. Cada vez querían saber si necesitaba algo.
   Esto de estar quedándome ciego me ha abierto nuevos sentidos para ver a Dios, y todo aquello que antes me era invisible. Escucho hasta el vuelo de las golondrinas, ésas que admiré cuando reparaba la construcción de San Damián.
   En mi oración, yo me ponía dentro del personaje Bartimeo, del evangelio de Marcos, y pedía la ayuda del Señor. Siempre he sabido que Él me tiene preparado un tesoro mayor que todas las riquezas de la tierra.
   Después conversé eso con Clara, y ella me dijo:
   -Tesoro es algo que puedes sentir como muy propio, a la vez que es de Dios.
   -Tesoro es..., tesoro eres tú -le dije simplemente cuando ya se estaba retirando, y ella sonrió, negando tal elogio.
   Cuando sentía deseos de escuchar un instrumento musical, sus acordes llegaban a mí, traídos por los ángeles, como si hubiese sido yo el que se transportaba a otro mundo. Lo mismo me ocurría con los salmos.
   Como yo comentara esto con los Hermanos, Pacífico me trajo su cítara. Se lo agradecí, y tuvimos una larga conversación, recordando su llegada a la comunidad, hace ya cerca de diez años. Ambos venimos del mundo de los trovadores.
   -Quedé muy impresionado cuando te conocí esa vez en la plaza -le confesé.
   -Sí -rió Pacífico-, recuerdo que me dijiste que tenía una voz maravillosa...y que podría usarla para mejor causa.
   -No me hiciste mucho caso..., continuaste tu vida de canciones festivas.
   -Y hasta obscenas.
   -Sí -reí.
   -Pero, no creas que no te hice caso. Tus palabras se quedaron trabajando aquí dentro -dijo, indicando su frente con un dedo.
   -Hasta que un tiempo después volvimos a encontrarnos en Colpersito, donde las Hermanas Menores, cerca de San Severino.
   -Yo había ido por acompañar a un amigo que iba a visitar a su prima.
   -Así son los caminos de Dios. Estabas en el patio cuando te vi y te reconocí de inmediato.
   -Yo también. Tenías un gran resplandor, ¿sabes...?, en ese momento supe con certeza que estaba comenzando un nuevo camino en mi vida.
   -La vida puede ser muy hermosa.
   Me sirvió mucho la cítara de Pacífico. Con ella me puse a alabar a Dios y sus criaturas. Al hermano Sol, bello y radiante, por el cual Dios nos alumbra; a la hermana Luna y las hermanas Estrellas que le dan belleza a la noche; al hermano Aire sereno y al hermano Viento; a la hermana Agua, humilde y pura; al robusto hermano Fuego; a la hermana Tierra, que produce flores y frutos; a los bienaventurados hermanos y hermanas que perdonan y tienen paciencia; a la hermana Muerte, de la que no podemos escapar.
   Alabando así, descubrí unos versos que el Señor puso en mí, y se los dicté a León, durante una tarde lluviosa. Y descubrí también la música que llegó a mi oído desde un remoto lugar divino. Se la enseñé a Pacífico para que la escribiera con neumas y unos extraños símbolos musicales que él conoce. Le encomendé que cantaran este Cántico del hermano Sol, todos los días.
   -Somos juglares para mover corazones hacia la alegría del espíritu -les dije esa vez.
   También enseñé a Clara el mismo cántico, y le pedí que lo cantaran todos los días. A su vez, ella lo enseñó a las Hermanas. Desde mi humilde choza escuchaba yo las dulces voces que me llegaban desde lejos y disfrutaba la paz que transmiten. Hasta que mejoró el tiempo, llegó la primavera, y tuve que dejar San Damián para ir al médico.
   -¿Vamos a Siena? -pregunté.
   -No, Francisco. Vamos a Rieti -respondió Elías- pues el Cardenal Ugolino encontró allá un médico que domina los últimos métodos descubiertos.
   Fui a parar otra vez a Fonte Colombo, y allí empezó a visitarme con frecuencia el afamado galeno. Yo no tenía cómo pagar sus servicios, y cuando se lo dije me respondió que la atención sería gratuita. Eso sí, me preguntó si podía trasladarme a alguna casa mejor provista, y que estuviera un poco más temperada.
   -Donde los Mareri -respondí, acordándome de la grata hospitalidad que me había brindado ya un par de veces don Felipe Mareri.
   Ese mismo día me trasladaron al pequeño castillo Mareri, que queda cerca, y no es tan suntuoso, menos mal, y donde me reciben como a un hijo amado.
   Me encontré con la lamentable noticia de que don Felipe había muerto, poco tiempo atrás. Su familia me acogió con generosidad.
   Don Felipe tuvo dos hijos y dos hijas. Tomás, uno de ellos, tenía un alto cargo en las oficinas del Emperador Federico II. En cambio, su hermana Felipa, un poquito mayor que Clara, resolvió tal como ella ser Hermana Menor.
   Hace varios años, la primera vez que estuve con los Mareri, Felipa que es muy culta y hasta sabe hablar el latín, conversó mucho conmigo, y acudía a la plaza del pueblo a escucharme predicar. Así fue como se entusiasmó, y tomó su decisión. Estaba muy segura de lo que hacía. A tal punto que su familia no pudo hacerla desistir. Su padre trató de casarla con un rico personaje de la nobleza, pero nada la hizo cambiar. Ella misma se cortó el pelo, se puso ropas de pobreza y huyó con unas amigas que también quisieron seguir sus pasos. Esa vez, se establecieron en una gruta del monte.
   Tomás, que en varias ocasiones había luchado por traerla de vuelta a su vida anterior, vio su gran oportunidad con mi nueva llegada. Le envió un mensaje diciéndole que yo estaba muy enfermo en su casa, y por favor se viniera.
   Con prontitud, Felipa regresó a su hogar, trayendo consigo a las otras cuatro Hermanas Menores que vivían con ella y no dejarían de hacerlo, por nada del mundo.
   Estuve muy bien atendido durante mi permanencia en casa de Felipa. Por su parte, Tomás tuvo que rendirse a la evidencia. No era posible disuadir a Felipa. Entonces, Tomás optó por lo más sano. Le cedió la vivienda a las Hermanas Menores, aunque sin dejar de ser propietario, y se trasladó a otra mansión más acorde con su rango.
   Cuando el cirujano estimó que era el momento oportuno, después de varios exámenes, decidió intervenirme. Trajo un instrumento de hierro para cauterizar no sé qué asunto en la vecindad de mi ojo. Se trataba de un nuevo método que estaba investigando. No me opuse porque, esto de que prueben con uno..., es una manera de servir al prójimo. Eso sí, le pedí que esperáramos a Elías, que estaba por llegar. No me animaba a vivir esto sin su compañía.
   -Está bien -aceptó el cirujano, y empezó a preguntarme cosas, talvez por conversar, o para conocer mejor la dificultad de mi vista.
   -No debes llorar -me advirtió- eso le hace mal a tu vista, debido al problema que tienes.
   -Haberlo sabido antes..., si ya estoy casi ciego.
   -Yo espero que tu vista mejore.
   -Ya he podido ver la luz eterna.
   -No podemos esperar más.
   Menos mal que a los pocos segundos apareció Elías, lo cual me alegró, dentro de todo.
   El cirujano encendió un pequeño fuego y calentó el hierro hasta que se puso al rojo. Me encomendé a Dios, y le hablé al instrumento aquel:
   -Querido hermano Fuego, bello y poderoso, sé benigno. Pido al señor que temple tu ardor para que trabajes en mí con suavidad.
   El hierro caliente se puso en la parte alta de mi mejilla y se extendió hasta donde empieza la ceja, según me pareció. Me prometí no chillar, y lo cumplí.
   -Te portaste muy bien... Es asombroso... -exclamó el médico, admirado, cuando terminó la operación. No pude contestar nada, porque estaba como en otro ámbito. Su voz me llegaba lejana.
   Pasaron los días, y el tratamiento no tuvo ningún efecto sobre mi vista. Seguí igual. Elías decidió que lo mejor era llevarme a Siena, y hacia allá partimos.
   -Cuando muera -pedí a Elías, mientras íbamos en camino, sintiéndome muy mal y adolorido- quiero que me entierren en la Colina del Infierno.
   -¿Y por qué? Si ahí se entierra a los desalmados.
   -Precisamente..., para que dejen de hacer esas odiosas discriminaciones.
   Estábamos en plena primavera, con un tiempo muy bonito. De pronto, aparecieron tres mujeres pobres a la orilla del sendero. No las pude ver muy bien, sólo tres siluetas idénticas.
   -Bienvenida sea la pobreza -me saludaron, hablando las tres al mismo tiempo y pude observar sus sonrisas iguales. Creí que era una sola mujer, y que yo la veía triple debido al defecto de mis ojos.
   Me alegró mucho ese encuentro, como un saludo de la Santísima Trinidad.
   -Dale un pan a esta pobre mujer -supliqué a Elías.
   -Les di un pan a cada una -me dijo Elías después que reanudamos la marcha.
   -O sea..., eran tres realmente...
   -Sí. Y las tres igualitas.
   No las vimos más porque se perdieron en la espesura de la vegetación.
   Llegar al eremitorio de los Hermanos Menores, en las afueras de Siena, fue un grato descanso. A los pocos días vino a hablarme un Hermano teólogo.
   -Me emociona que estés aquí -empezó diciendo, y después de la presentación de rigor me pidió que le explicara algunos misterios incomprensibles acerca de Dios.
   -Tú has estudiado eso..., yo no -repliqué.
   -Por eso te lo digo. Mientras más estudio, más me doy cuenta que con el intelecto no puedo entender a Dios.
   -Tienes razón. Estudiando no lo vas a entender.
   -Claro. No puedo envasarlo.
   -Las palabras no alcanzan para explicar a Dios.
   -Por eso, querido Francisco, te pido que me ayudes, porque en tu oración has andado por esos lugares a los que yo no he llegado.
   -Ya llegarás... Claro, no con la cabeza, ni con el corazón, ni siquiera con las vísceras. Tienes que abrirte a lo más profundo.
   En eso llegó a verme el médico.
   -Convídale algo de comer -le pedí al Hermano teólogo.
   -Me da vergüenza, pues no tenemos mucho más que pan duro.
   -Comparte con él lo que tengas.
   El médico manifestó estar llano a participar de la pobreza.
   El Hermano teólogo, muy urgido, movilizó a los demás para que sirvieran algo. Cuando tuvieron la mesa puesta, sentí que alguien llamaba al portón. Después que fueron a abrir, capté que había llegado una mujer, trayendo un canasto lleno de víveres. El Hermano teólogo me miró con una sonrisa que lo decía todo.
   Los tratamientos que recibí en Siena tampoco tuvieron mucho efecto. Ni los emplastos, ni los colirios, ni nada. En cambio, se agravó mi problema intestinal. A tal punto, que una noche estuve vomitando por largo rato, hasta sangre, lo cual alarmó a todos. Creí que me iba a morir ahí mismo. Sin embargo, sobreviví.
   -Te dictaré algo -le anuncié a León, que vino a verme en la tarde siguiente, cuando ya me sentía un poco mejor.
   -Un mensaje para todos los Hermanos Menores -seguí diciendo- incluso los que entrarán en años venideros... hasta el fin del mundo.
   -Listo -me dijo León, en cuanto tuvo papel y lápiz.
   -Que se amen los unos a los otros, y amen la pobreza, y sean fieles a los clérigos.
   En los días siguientes mejoré bastante, y quise levantarme. Intenté acompañar a Elías a ver a su familia, y así lo hicimos.
   Me llevó al eremitorio de Cortona, que llamamos Las Celdas. Ahí estuvimos compartiendo un poco con el hermano Guido Vignotelli, el antiguo propietario del lugar. Recordamos su inicio, hace años, estando yo de paso en su pueblo me invitó a almorzar. Aquella misma tarde se incorporó a lo Menores. Un tiempo después, se ordenó como presbítero.
   Aunque todo anduvo bien en casa de la familia de Elías, me agravé otra vez. Cualquier cosa que comiera me caía mal. Le pedí a Elías que me llevara a Asís, y él me puso en la casa del obispo Guido.
   A poco de llegar, entablé amistosa conversación con el obispo, quien me subía el ánimo, pero también lo sentí rabiar un poco.
   -Opórtulo, el alcalde, va por muy mal camino -me confidenció.
   -¿Mi gran amigo Opórtulo?
   -Muy amigo tuyo será, pero no ha mostrado mucha amistad para con el Papa.
   -¿En qué aspecto, Guido?
   -Se ha aliado con los nobles de Perugia.
   -Supongo que el Papa no tiene nada en contra de los nobles de Perugia... Si ese conflicto ya tendría que estar superado hace años.
   -Pues, no es así... Tuve que excomulgar a Opórtulo.
   -Pero..., ¿cómo...? ¿No fue posible entenderse por las buenas?
   -Eso resultó imposible. Este tipo anda propalando que nadie debería venderme nada...., ni tener ninguna clase de relación conmigo.
   -¿Le hacen caso?
   -Casi nadie.
   -¿Entonces?
   -Mira, Francisco, si lo único que quiero es reconciliarme con él, pero veo todos los caminos cerrados.
   -Confía en Dios. Él puede abrirte algún camino nuevo.
   -Ojalá sea así, pues mañana tengo una reunión con él, acá en el obispado.
   -Estaremos en oración.
   Aproveché la presencia de Ángel y León, y les pedí que al día siguiente estuvieran tempranito acá, y que trajeran un laúd porque lo necesitarían para una misión importante. Así lo hicieron, con gran puntualidad llegaron al obispado muy temprano. Entonces les conté mi plan. Ellos quedaron encargados de cantar en el patio, durante todo el tiempo que durara la reunión del obispo con el alcalde. Cumplieron cabalmente, y nada menos que con el Cántico del hermano Sol. La gente empezó a juntarse en torno al obispado, pues lo que estaba pasando era bonito. El corazón del alcalde se ablandó, según me contó después el obispo Guido, y surgió en ellos un alto grado de comprensión, y de ahí al perdón..., sólo el paso necesario para abrazarse... Y todos felices.
   Fue a verme un médico, y le rogué que me dijera si acaso estoy por morirme. Necesito tener eso claro, para prepararme. El hombre titubeó un poco, pero al final me anunció que me quedaban pocos días. Le dí las gracias por decírmelo. Decidí irme a la Porciúncula, lugar que ha sido tan importante en mi vida, y ha de serlo también en el momento de mi muerte, que ya está próximo.
   Me tuvieron que traer poco menos que en brazos.
   Pido perdón a mi hermano asno porque lo he tratado mal en muchas oportunidades.
   Clara también está enferma, y ni siquiera podemos visitarnos. Le dicté a León una carta de despedida para que se la envíe. En realidad, va dirigida a todas las Hermanas, para que jamás se aparten de la pobreza. Clara me envió de vuelta un mensaje de alegría.
   Ahora, le estoy dictando a León un testamento a través del cual me despido de los Hermanos. Ahí les cuento un poco de mi vida y su sentido. Lo que parece amargo se vuelve dulce. Les pido ser fieles a los buenos sacerdotes, y que vivan según el evangelio, y saluden con la Paz del Señor. Que no se instalen, pues han de ser siempre forasteros. Y que mantengan este escrito junto a la Regla, ya que es inseparable de ella, y sin añadir comentarios explicativos ni interpretaciones, que no se necesitan.

 
   33.- León ante una muerte

   Ya tengo avanzado mi libro, y aún me queda material para continuar. Será algo más que la historia de Francisco. Hay tantos hombres santos en esta Orden, como debemos llamarla ahora. Estoy acá con Bernardo, Egidio, Ángel y Rufino, además de Francisco, por supuesto, a quien hemos estado cuidando durante gran parte del otoño de este año 1226.
   Elías viene muy a menudo, pero no puede quedarse por muchas horas, pues se lo impiden sus múltiples responsabilidades, tanto pastorales como administrativas.
   Un día, Francisco divisó a Bernardo que estaba haciendo oración, y lo llamó para conversar con él. Muchas veces han charlado horas enteras. En esta oportunidad, sin ver bien, Francisco no notó que el Hermano estaba absorto, y que por esa razón no obtuvo ninguna respuesta. Tuve que explicarle eso, y prometerle que le traería a Bernardo en cuanto terminara su plegaria.
   Lo más notable fue lo que ocurrió en uno de los últimos días, cuando Francisco consideró que sería de esencial cortesía que le contáramos a la señora Jacoba de Settesoli que él estaba a punto de morir. Me puse a escribir una carta muy atenta a dicha señora, benefactora nuestra, contándole la triste situación. Agregué que si ella tenía a bien venir por estos lados, le daría una gran alegría a Francisco. Le pedí que, de ser así, por favor trajera un buen trozo de paño color ceniza, para hacerle una túnica a Francisco. En cuanto tuve lista la carta, hablé con un Hermano joven que entró hace poco y le pregunté si podía ir a Roma a entregarla. Le di la dirección de la señora Jacoba, y algunas instrucciones que no alcancé a completar, pues ocurrió algo insólito. Tocaron a la puerta, fue a abrir el Hermano portero y volvió diciendo que viene una señora llamada Jacoba.
   -¿Pero, cómo? -dije yo, pensando en voz alta, y corrí hacia la puerta. Allí estaba ella, en persona, acompañada de su hijo Juanito. La saludé con gran alegría.
   -Traje esto por si se necesita -la señora Jacoba me entregó un paquete- es un paño que sirve para hacer una túnica.
   -Lo abrí y me encontré con el mismo género color ceniza que había estado imaginando.
   -Usted es una santa -le dije, y la llevé con Francisco. Al verlo, la pobre señora se puso a llorar.
   -También traje todo lo necesario para hacer un pastel -dijo Jacoba cuando estuvo más repuesta.
   -¡Excelente! -respondí-. ¿En qué puedo ayudar?
   -Nada, nada. Déjeme sola, no más.
   La conduje a nuestra improvisada cocina, y ella se puso a trabajar, mientras yo conversé con Juanito. Jacoba estuvo pocas horas con nosotros. Suficiente para despedirse de Francisco.
   -Esperen que el pastel se enfríe para comerlo -nos advirtió al irse.
   -Infinitas gracias, señora Jacoba -manifesté, y todos reafirmaron.
   Cuando el pastel se enfrió lo partí en varios trozos y le llevé uno a Francisco, quien comió muy poco, incapaz ya de digerir una mayor cantidad de alimentos.
   -Llamad al hermano Bernardo -pidió Francisco- a él le gusta este pastel.
   -Sí. Ya le dimos.
   Vino el hermano Bernardo y se sentó cerca de Francisco. Éste tocó las cabezas hasta que encontró la de Bernardo, la bendijo y recordó, dirigiéndose a todos:
   -Éste es el primer Hermano que me regaló el Señor. Quiero que todos lo honren siempre.
   Cuando ya se acercaba el crepúsculo salí al bosque a buscar leña para hacer fuego en la noche. El otoño estaba muy frío.
   En la noche tuve un sueño que me pareció importante, y no supe darle interpretación, hasta que le pregunté a Francisco:
   -Tenía que vadear un río ancho y alborotado. Varios Hermanos iban más adelante que yo, y cruzaron..., bueno... no todos. Los que llevaban mucha carga no lo lograron. Se los llevaba la fuerza del río.
   -¿Sí...?
   - Eso, no más. Creo que tiene que ser importante.
   -Claro. ¿Qué crees que simboliza el río?
   -Podría ser... algo difícil de soportar...
   -Y que fluye constantemente.
   -Puede ser la vida..., o sea, algo así como el requerimiento de cada día.
   -Eso creo.
   -¿Y los Hermanos que van más adelante? -pregunté.
   -Tú mismo.
   -¿En tantas versiones?
   -Sí. ¿Cuáles son tus muchas versiones?
   -¿Las posibilidades que puedo elegir...?
   -Yo diría que sólo las que ya escogiste.
   -¿Cómo?
   -¿Te acuerdas lo que era el río?
   -El requerimiento de cada día... ¡Ah! Mis versiones vienen siendo las actitudes con que he enfrentado distintos días.
   -Eso creo.
   -Algunos días... tengo mucha carga sobre mí.
   -Y entonces te cuesta más... superar las dificultades.
   -Me irá mejor si voy liviano por la vida.
   -Eso es.
   -Gracias, Francisco, por aclarar el mensaje que me trae el sueño.
   -Tú mismo lo has aclarado..., León -y continuó después de una breve pausa-. Llama a los demás, por favor.
   -Bueno -y fui a buscar al resto.
   -Hermanos -comenzó diciendo Francisco-. ¿Os habéis preguntado... cómo ha de ser la persona que tenga... la responsabilidad de esta... Orden?
   Le costó un poco decir esa última palabra.
   -Sí -respondimos.
   -Tiene que ser una persona... dedicada a la oración..., y también a pastorear el rebaño... -y agregó-. Acércate, Elías.
   Francisco puso una mano en la cabeza del vicario y le dijo:
   -No te alejes de Dios... en nada de lo que hagas.
   Fue un momento emotivo en que sentí cómo Francisco arreglaba su equipaje para viajar de retorno hacia Dios. Eso se me confirmó un poco después, cuando me dijo con su débil voz:
   -León, quiero confesarme.
   Recordé las muchas veces que él me ha contado sus cosas. Soy confesor pero también soy su amigo. Lo que me habla... ¿no es acaso un testimonio de amistad... y de modestia? Me complica estar en este rol. Una vez Francisco me autorizó a hablar libremente todo lo que él me hubiera confesado. Sin embargo, jamás acepté eso. Mis labios están sellados.
   Me acerqué y le pedí que no me dijera nada. Le di la absolución, así sin más, antes de que me hablara ninguna cosa.
   -Tu proceder ha sido siempre luminoso -ésas fueron mis palabras que me escuché decirle a Francisco, y son de la más absoluta justicia.
   -El tránsito que harás -seguí diciendo- estará lleno de gozo.
   Francisco tomó un pan, lo bendijo y lo partió. Entregó un pequeño trozo a cada uno de nosotros. Compartimos también el poco vino que teníamos. Fue como en la Última Cena del Señor.
   -Un día... nuestro movimiento... derivará a algo distinto -anunció lentamente Francisco-, ojalá sea del agrado de Dios... No pueden todos vivir igual... A ratos me duele el cuerpo..., y a ratos no siento nada... Ya no sé si estoy acá o allá... Aún puedo hablar con los Hermanos... que han de enterrarme... y también con los que ya se fueron... y me reciben contentos...
   El santo se iba yendo, de a poco, con una sonrisa que lo decía todo. Puse un poco de agua en sus labios. Alcancé a pensar en quien tomará el relevo. Elías, como jefe, sí.... pero, ¿quién pasará a ser el nuevo maestro sabio y potente? Tendrá que resultar de manera natural.
   Ya estaba atardeciendo el día sábado, con todos reunidos en torno al lecho de Francisco. Cantábamos el himno del hermano Sol, a ritmo lentísimo, cuando de repente nos quedamos callados. Parecía como si Francisco se había ido, pero volvió, con una respiración agitada.
   -Bienvenida hermana Muerte... -exclamó entonces Francisco, y nos pidió que lo pusiéramos en el suelo. Entre todos, obedecimos, porque en ese momento no cabía hacer otra cosa. Fue su última voluntad. Casi póstuma. Su cuerpo tocó la tierra, mas su espíritu estaba todavía despidiéndose de cada uno de nosotros, antes de abrazar al Padre.
   Una bandada de alondras vino a revolotear en torno a la choza, con una incríble alegría, acompañando la muerte de Francisco, mi amigo al que siempre admiré. Fue un sembrador. Es de esperar que las generaciones futuras recojan abundantes frutos.

 
   34.- Clara afligida

   No sé por qué me molesté tanto esa vez. Cuando la hermana Rafaela salió del convento, cerca del ocaso, un día que no tuvo nada especial, salvo eso. Ella contravino las normas, pues no tenía nada que ir a hacer a ninguna parte, ni hubo causa útil o razonable, y ni siquiera pidió permiso. La puerta la mantengo sin candado durante el día, para que la clausura se respete por convicción y no por imposibilidad. Como sea, creo que no debí darle tanta importancia. Más de una vez he tenido que castigar a alguna Hermana. Siempre lo aceptan de buen grado y hasta me lo agradecen. "Si me porto mal, castígame", me han dicho un par de veces.
   El caso es que le llamé la atención a Rafaela, y le impuse como penitencia la limpieza del retrete, por dos meses a contar de ese día. Es un trabajo que a ninguna le agrada, y habitualmente nos turnamos, de modo que a cada una le toca una vez cada dos semanas. Sí, porque ya somos catorce en San Damián. Siguen entrando Hermanas nuevas, no sólo en Asís, sino también en muchos otros lugares.
   Casi se me había olvidado del todo la falta cometida por Rafaela, debido a que me preocupaba muchísimo más la salud de Francisco, y hasta la mía propia, ya que me he sentido mal del estómago y además he estado con un fuerte romadizo. A pesar de eso, me levanto temprano todos los días, y paso horas en el jardín arreglando las plantas, y desde ahí veo si vienen Hermanos trayendo noticias. La última vez trajeron más que una noticia. Los vi venir cuando ya estaban muy cerca. Y traían un cuerpo. Sí, era Francisco el que venía acostado en una improvisada camilla. Me asusté mucho. Lo primero que pensé es que había muerto. Después, mi mente se defendió, diciéndome "No, sólo debe estar muy enfermo y tendré que cuidarlo, como aquella otra vez". Los Hermanos entraron a la capilla, lo cual me pareció extraño. Si lo iban a poner ahí, sería que ya no estaba vivo. Todas nos agitamos y fuimos a la reja, el lugar donde asistimos a la misa cuando algún sacerdote viene a decirla. Eso, desde que nos obligaron a someternos a la regla benedictina.
   Mi impresión fue terrible. Ver ese rostro enflaquecido de Francisco, carente de vida, me desarmó por completo. Corrí hacia la puerta y salí afuera para volver a entrar por la capilla. Llegué y me eché al suelo junto al cuerpo de Francisco. No podía dejar de abrazarlo, y estaba tan frío y rígido. Se me saltaron las lágrimas desde muy adentro. Me invadió una pena profunda. Nunca en mi vida había llorado tanto como esa vez. Besé su rostro y sus manos llagadas. Sentí como si mi propia vida se estuviera empezando a ir.
   Cuando me aquieté un poco, León me dijo que llevaban a Francisco para sepultarlo en la iglesia de San Jorge, el lugar en que él empezó su predicación. Y no sólo eso, ahí mismo había aprendido a leer y escribir cuando niño.
   Los Hermanos se retiraron cantando una canción triste, y llevando el cuerpo de Francisco en alto. Yo quedé inmóvil, con mis pies plantados en la tierra mientras ellos se alejaban a paso lento, hasta que dejé de escucharlos.
   Pensaba en cómo pudo haber sido nuestra vida. Es una pregunta sin respuesta, y nunca he lamentado el camino que seguí. Se me venían los recuerdos, uno tras otro. Vivimos algo mucho más importante que si nuestra relación hubiese sido de piel.
   Entonces me di cuenta que yo misma estaba afuera del convento, infringiendo las normas, pues era algo que no se permitía.
   Entré y me fui al oratorio. Estaba triste y confundida. Algo mío se fue con él. Por eso supe que Francisco me seguirá guiando. Su voz siempre estará en mi oído. Su imagen siempre estará en mis ojos. Me comprometí ante Dios a cuidar esta causa a la que nos hemos entregado. He de ser fuerte, constante, y persistir en esta lucha tan linda.
   Esa noche no pude dormir. Las horas transcurrían más rápidas que lentas, entre recuerdos tristes y alegres. También tuve presente mi falta al reglamento, de la cual ni siquiera estaba arrepentida. Recordaba lo de Rafaela..., ¿qué pensaría ella de mí?
   Por sobre todo, era la imagen de Francisco la que me ocupaba. Me parecía estar escuchando su voz y viendo su sonrisa.
   Al día siguiente me levanté muy temprano y fui a buscar la escoba y los trapos de limpieza. Con ellos me dirigí al pequeño recinto en que tenemos el retrete, y me puse a iniciar su aseo. Era lo que me correspondía.
   -Pero..., ¿qué haces, hermana Clara? -escuché decir a Rafaela, que venía llegando en ese mismo momento.
   -Ahora me toca a mí.
   -No. Yo lo haré. Aún estamos en mis dos meses.
   -Pues, he pasado a ser yo la que está castigada.
   -No, no. Por ningún motivo.
   -Cometí la misma falta que tú.
   -Distinta... Yo fui a ver... al hombre que amo -confesó Rafaela, compungida.
   -Yo también... fui a ver al hombre que amo.
   -Sí, pero... un santo.
   Mis lágrimas brotaron nuevamente. Y en ella también. Llorábamos juntas, nos abrazamos, y después nos pusimos a limpiar. Rafaela entonó el Cántico del hermano Sol. Yo la seguí, y nos alegrábamos, cada vez un poquito más. Cuando las otras Hermanas salieron a mirar qué estaba pasando, nosotras ya reíamos.
   -Tienes razón -le dije a Rafaela-, las penas y dificultades hay que afrontarlas con alegría..., y con paciencia y valor. Es Él quien cambia las lágrimas en gozo.
   Al final, puedo decir que gracias al pequeño desliz que había tenido Rafaela, pude sobrellevar mejor este tiempo de tristeza.
   Días después, Felipe Longo nos contó el funeral de Francisco:
   -Elías lo puso en un sarcófago de piedra -le escuché, y me dio por llorar de nuevo, pero esta vez en silencio.
   Algo tenía desgarrado en mí, a pesar de todo lo que me había preparado para poder soportar este momento. Dios me consolaba... "Mujer de poca fe...". Sí, ésa era la divina palabra que se ponía en mi oído sigilosamente, hasta que atiné a agradecer al Señor por haberme privilegiado con esa presencia de Francisco, un hombre extraordinario.
   Ahora tendré que seguir construyendo sin él, y aprender a vivir de otra forma. Me sentí confortada cuando el hermano León me mostró el papel con esa oración que Francisco le escribió. Me di cuenta que el espíritu de Francisco, desde el cielo, sigue apoyándonos.
   Mi madre se vino a vivir a San Damián. Dijo que se ponía a mis órdenes porque quería restaurarse. Me dio gran felicidad, pero Pacífica era la más contenta. Yo sé que mi madre vino más que nada por acompañarme. Las mamás nunca dejan de serlo. Me habló de Beatriz, que tiene un lindo matrimonio.
   -¿Sabes, Clarita? Mi vida está atrapada aquí en San Damián -me confesó mi madre- y he venido a encontrarla.
   Le pedí que me dejara lavar sus pies. Es una de nuestras costumbres, algo simbólico. Titubeó pero aceptó. Y seguimos conversando, con sus pies en la jofaina.
   -Es linda la vida acá, mamá... Te gustará.
   -Sé que has estado enferma.
   -No es para tanto... En Semana Santa tuve una experiencia fuerte...
   -¿Sí? ¿Cómo?
   -Me metí tanto en la oración que..., creo que mi alma se trasladó hasta ese lugar y ese tiempo... Acá quedaron todas asustadas -reí levemente.
   -Tengo entendido que el cardenal Ugolino ha estado siempre apoyando vuestro movimiento -inquirió mi madre, después de una pausa.
   -Ya puedes decir "nuestro" movimiento -reímos-. Bueno, él es nuestro protector..., incluso nos protege más de la cuenta.
   -Supongo que lo respetas, como corresponde a su rango.
   -Nunca he dejado de respetarlo..., y le tengo aprecio.
   -Pero..., ¿alguna aprensión también?
   -¿Sabes que él me admira? Sí, de verdad, me lo ha dicho con humildad. Desde hace años, antes de cumplir yo los treinta, ya me ha estado pidiendo que rece por él -y después agregué-. Lástima que no ha podido entender que no queremos tanto silencio que nos impida expresar la alegría. Ni tantas seguridades que nos alejen del evangelio.
   -Te he extrañado en este tiempo...
   -¿Y qué es de Bona?
   -Ella está casada, es feliz, y ésa ha de ser su vida.
   -¿Mamá, ¿quieres cultivar el jardín?
   -Sí. Es lo que más me gusta.
   Así quedó asignada su tarea. Y yo, empecé a dedicarme más al canto.

 
   35.- Caterina y su añoranza

   Mientras estuve en San Damián fui muy feliz. Cada día me daba un tiempito para conversar con Clara.
   -Después que murió Francisco, ya no he vuelto a ser la misma -me dijo una vez, con un poco de tristeza.
   -Es una ausencia física, pero... no me cabe duda que él te sigue hablando y guiando.
   -Bueno, sí... Me habla más que antes, pero me siento distinta, como si tuviera más responsabilidad..., que no tengo. He tenido que crecer. Ya no soy la niñita que juega a seguir a Francisco.
   -Ahora tienes que abrir camino.
   -Y tú me ayudas mucho en eso. Tienes sabiduría... No sé qué haría sin tí, hermanita.
   -Si somos capaces de llenarnos del amor de Dios, de ahí tiene que fluir hacia los demás.
   -Los árboles me invitan a alabar a Dios.
   Clara está siempre muy atenta a las necesidades de cada Hermana. Nos cuida con ternura. Y es siempre la que se dispone a hacer penitencias. Yo la he imitado, y también me pongo bajo el hábito un cinturón de crin, muy áspero, que me recuerda en todo momento que debo ser paciente y estar al servicio de las demás.
   Me preocupo por Clara porque come muy poco. Hasta se lo dije una vez a Francisco, quien trató de convencerla de que comiera más, pero ella dice que se siente muy bien, y lo expresa con una sonrisa tan divina que no es fácil llevarle la contra. Aquella vez, Francisco optó por traer al obispo Guido. Fue casi una fiesta tenerlo acá. Él la hizo prometer que comería todos los días, aunque fuera un simple pedazo de pan.
   Lo que más hacemos es orar, a distintas horas, con una admiración infinita por Jesús.
   -Lavo los pies a Jesús y se los seco con los cabellos que no tengo -me ha dicho Clara, y yo sonrío, por su manera de expresarlo. También trato de encontrar a la divinidad dentro de mí.
   Me siento en el suelo, como siempre, pues trato de ser sencilla. Eso sí, no me corto tanto el pelo como las demás. Estoy acostumbrada a ser la hermana chica. Por eso me entiendo muy bien con Clara. Es increíble cómo nos complementamos.
   Clara me ha enseñado que el misterio de Jesús, que es Hombre y Dios al mismo tiempo, no está para que descubramos alguna explicación satisfactoria, sino sólo para admirarlo y disfrutar cómo Dios se nos muestra.
   -Cristo no se aferró a los privilegios que pudo haber tenido en su condición divina -me explicó Clara-, sino que, renunciando voluntariamente a ello, optó por ponerse al servicio del Hombre.
   Me maravilla la comprensión de Clara, y cómo las cosas más complejas son simples para ella. Casi siempre veo un resplandor alrededor de su rostro, y a veces en todo su cuerpo. Su cabeza parece emitir unos tenues haces de luz.
   Cierta noche, estábamos las dos en el oratorio, y me dejé absorber tanto por la oración que no me di cuenta que el suelo se había retirado un poco hacia abajo. No sé cómo explicarlo... Nada podía importarme en un momento como ése. Un ángel vino y puso una corona de flores en mi cabeza. Tres veces. Yo estaba cautivada, llena de sonrisa, inmersa en la bondad de Dios, alabando la forma cómo Él vino al mundo a rescatarnos. Clara se retiró antes que yo, sin hacer ruido, y al otro día me preguntó por mi oración de esa noche. Yo no me atrevía a contarle, pero tuve que hacerlo en cuanto ella me confesó haberme visto levantada del suelo. Nos emocionamos tanto, que Clara decidió contarme un sueño muy especial que tuvo esa misma noche.
   -Yo iba subiendo por una escalera -empezó a contar- sin cansarme, como si anduviera en horizontal. Ya iba muy arriba cuando vi a Francisco, en lo alto. Yo le llevaba un lavatorio con agua caliente y un paño para hacerle compresas en sus manos. Llegué hasta él y vi cómo se abrió su hábito..., y me dio a beber de su tetilla.
   Me sentí muy rara al escuchar el relato de ese sueño, y Clara también al contarlo.
   -Sí, su tetilla -continuó-. Y me dijo "Ven y mama de mí". No era leche, era un néctar dulce. Bebí varios sorbos, y se quedó su pezón entre mis labios cuando intenté retirar mi boca. Me lo saqué con la mano, lo miré y había cambiado su forma. Ahora era un pequeño espejo con marco dorado, y fue agrandándose. En él me vi reflejada... Ése fue el sueño, hasta donde lo recuerdo.
   -Creo que es un sueño trascendente.
   -¿Qué me estará diciendo?
   -Sólo tú puedes leer en él.
   -Pero..., tú me vas a ayudar, Inés.
   -En todo lo que pueda, hermana.
   -Recuerdo que Francisco siempre hablaba del Dios Madre.
   -Incluso, él mismo... decía que quería encarnar virtudes maternales para con los Hermanos.
   -También está la escala, como la de Jacob..., un puente entre el cielo y la tierra.
   -Esa escala... -dije lentamente-, creo que significa ir a lo más elevado de tu persona.
   -Y ahí me encuentro con alguien que representa la divinidad.
   -Sí. Una divinidad que ofrece alimentar tu crecimiento.
   -Y lo hace con dulzura... Mientras yo, con el lavatorio, soy su servidora.
   -Y el espejo... es algo así como mirar en tí misma.
   -Ese espejo, saliendo de su pecho, es un símbolo muy parecido al de la costilla de Adán.
   -¿Y eso... qué puede significar?
   -Creo que apunta al rol de la mujer, que es privilegiar el amor de Dios... O sea, lo que representa el corazón, ¿ves?
   -Sí, me parece que ya tienes el mensaje.
   -Lo pondré en oración.
   Después de ese sueño, Clara adquirió un poder sanador que, yo diría... es milagroso. Siempre le han traído niños enfermos y ella los acoge con toda su ternura, y les hace la vida más grata, pero ahora hay algo más... Los niños se van sanos. Como aquel que se había metido una pequeña piedra en la nariz, y no podía respirar más que por la boca, y sentía dolor. No sé cómo Clara se las arregló para hacer salir el guijarro, moviéndolo desde afuera, al hacerle la señal de la cruz.
   Fue tanto lo que se veneraba a Clara, que una vez ocurrió algo sorprendente. Inesita, la que había llegado a San Damián siendo muy niñita porque no tenía donde estar, y se quedó después como Hermana Menor, quiso lavar los pies de Clara. Fue tal su insistencia, que mi hermana accedió. Después del lavado, Inesita bebió de esa agua y la encontró dulcísima. En seguida, Clara tiró el resto del agua que quedaba en el lavatorio.
   Mucho más notable fue el caso del pequeño Pietro, un niño de Perugia, que caminaba a tientas, tropezando con cuanto obstáculo hubiera, pues no veía casi nada, salvo manchas difusas en lugar de personas o cosas. Sus padres habían gastado en tratamientos médicos el poco dinero que tenían. Como todo eso fue infructuoso, pusieron su fe en mi hermana, la cual se decidió a dejar que Dios sanara al niño a través de ella. Y no sólo de ella, sino que de todas nosotras, según me confesó mucho después. Siempre quiso hacernos partícipes de esa gran tarea que es ser instrumento de Dios para su labor sanadora.
   Clara impuso sus manos sobre los ojos de Pietro y se encomendó a Dios. Todas rezábamos en silencio.
   -Ya, mi pequeño Pietro, ahora irás donde la santísima madre -lo tomó de la mano, y lo llevó hacia nuestra madre Ortolana, símbolo de la santa maternidad.
   Mi mamá rezó mucho, con gran emoción y lágrimas, mientras yo me quedé conversando con la madre del niño. Después de un buen rato vino Pietro corriendo, y sin tropezarse. Ya estaba empezando a ver un poco mejor, y para él, eso era grandioso.

         * * *

   Ya anochecía cuando nos llegó la noticia de la muerte del Papa Honorio III. Siempre impresiona algo así, aunque todavía haya estado muy reciente aquella extraña decisión de dicho Papa, que había despertado mi indignación en su momento. Algo tiene que haber tenido contra las mujeres si se dio el trabajo de sacarlas de los púlpitos. Yo encontré que fue ignominiosa la carta que escribió con las nuevas instrucciones, en la que trataba a la mujer, de la peor manera. Antes de eso, Clara podía predicar, por ser abadesa. De todas maneras, no acostumbraba a hacerlo, salvo raras excepciones.
   Ugolino fue elegido como nuevo Papa y adoptó por nombre Gregorio IX. Eso nos llenó de esperanza, ya que fue nuestro protector durante muchos años. Siempre rezamos por él, para que sea el renovador que la Iglesia necesita. Una de sus principales actividades, después del primer año de pontificado, fue canonizar a Francisco, para lo cual vino a Asís, y hasta nos visitó en San Damián, y compartió con nosotras varias horas.
   Le convidamos un té, con el poco pan que nos quedaba. Cuando llegó el momento de bendecir los panes, se los pasé en un plato al Sumo Pontífice. Lo hice con una reverencia, dando algo de solemnidad al momento. El Papa se aprestaba a efectuar la bendición, pero detuvo el gesto, como si se hubiera arrepentido.
   -Eres tú la que debe hacer la bendición -dijo el Papa a Clara, pasándole el plato con los panes.
   -De ninguna manera, Su Santidad -se disculpó mi hermana.
   -Sí, por favor, Clara, tú estás más cerca de Dios -insistió, mientras devolvía el plato.
   -Os respeto a vosotros -dijo Clara al grupo, a la vez que se hincó en el suelo.
   -Precisamente por eso, por la obediencia a la que te has comprometido, te ordeno bendecir los panes -le dijo el Pontífice.
   Yo que conozco bien a mi hermanita, sé que se puso contenta. Se levantó del frío suelo, y empezó a pronunciar sobre los panes, hermosas palabras de bendición que ella misma concibió en ese momento. Con sus manos hizo la señal de la cruz sobre el alimento. No era primera vez que Clara bendecía panes, pero nunca antes lo había hecho ante una presencia de tanto rango.
   Después del té llegó el momento que yo temía. El Papa dijo a Clara que nosotras deberíamos tener bienes raíces, para nuestra seguridad. Mi hermana mantuvo la serenidad, y hasta sonrió levemente.
   -Usted es como mi padre... -expresó con ternura, y agregó-, Santo Padre, quíteme los pecados, no más, pero no me dispense de seguir a Jesucristo.
   -El camino al Reino de Dios es estrecho -reafirmó Clara, con valentía-, y la puerta, angosta.
   Ugolino ya sabía..., este diálogo lo habían tenido tantas veces. No le quedó más remedio que seguir dejando a firme el privilegio de pobreza.
   -Recen por mí -nos dijo el Papa al irse.
   A los pocos días, mi vida tomó un giro inesperado que me costó aceptar. Tuve que trasladarme al convento de Monticelli, en Florencia, para llevar hasta allá las enseñanzas de Clara y mantener en alto el espíritu de las Hermanas Menores. Se han multiplicado tanto nuestros monasterios en toda Italia, que Clara ha debido desarmar un poco nuestro grupo para ir en ayuda pastoral de las nuevas Hermanas.
   Me fue muy dolorosa la separación, pero he vivido cosas muy lindas en mi nueva casa, de la que soy abadesa. Trato de serlo de la misma forma humilde que he visto en mi hermana, como sierva de las demás.
   A veces me siento agobiada, y extraño a Clara. Le escribo cartas contándole mis alegrías y tristezas, y así no estoy tan sola. Le pido oración y le imploro que me retorne a San Damián lo más pronto que se pueda. En cada anochecer pienso que falta un día menos para mi regreso a Asís. Si Dios puso una santa a mi lado, en mi casa, hermana mía, compañera de juegos..., fue para que yo me alimentara espiritualmente de ella.
   "Hacemos sacrificios" me responde Clara, "sólo será por poco tiempo". Pero, ese poco, a mí se me hace mucho. Los primeros días, lloraba, pero ya me estoy acostumbrando. Me he encariñado con las Hermanas de acá.
   "Pide al hermano Elías" le he rogado a Clara, "que nos visite acá en Florencia".
   Ayer vino Elías por estos lados, y fue muy grato. Las Hermanas estuvieron felices de conocerlo.

   

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