ARISTODEMO                    Un lugar literario
Balada de la cárcel de Reading         Oscar Wilde

  Traducción efectuada por Gonzalo Rodas Sarmiento

   I

   No vestía su casaca roja
   como la sangre y el vino,
   y sangre y vino había en sus manos
   al ser con la muerta prendido,
   la pobre mujer a la que amó
   y mató en el lecho mismo.

   Caminaba en medio de reclusos
   con ropa ajada de preso,
   gorra de criquet en su cabeza,
   y un paso alegre y ligero;
   pero nunca vi a un hombre contemplar
   el día con tanto anhelo.

   Nunca vi a un hombre contemplar
   con tal mirada de anhelo
   ese pequeño toldo azul
   que los presos llaman cielo,
   y las nubes vagando sin rumbo
   como plateados veleros.

   Caminando con almas en pena,
   en otro patio del penal,
   no sabía si cometió el hombre
   algo enorme o algo banal,
   cuando una voz susurró desde atrás
   “A ese tipo lo van a colgar”.

   ¡Dios mío! Hasta el muro de la prisión
   parecía tambalearse,
   y el cielo se puso en mi cabeza,
   como un casco sofocante;
   y aunque también yo era un alma en pena,
   de mí no pude apenarme.

   Qué obsesiva idea lo movía,
   fue lo único que entendí,
   y también su mirada anhelante
   a una claridad hostil;
   porque el hombre mató lo que amaba,
   él tenía que morir.

         * * *

   Que todos escuchen esto bien,
   cada hombre mata lo que ama;
   unos matan con adulación,
   o con amarga mirada;
   el cobarde lo hace con un beso,
   ¡el valiente, con la espada!

   Unos matan su amor a edad joven,
   y otros cuando ya son viejos;
   unos lo ahogan con manos áureas,
   o con manos de deseo;
   los amables usan un cuchillo
   que enfríe más pronto al muerto.

   Algún amor es fugaz, otro extenso,
   unos lo compran, o lo venden;
   unos dan muerte llorando a mares,
   y otros, sin un suspiro leve;
   porque cada hombre mata lo que ama,
   pero cada hombre no muere.

   No muere de modo humillante,
   en un día de negra fama,
   ni tiene una soga en el cuello,
   ni un paño sobre su cara,
   ni al espacio vacío sus pies
   a través del suelo pasan.

   No convive con hombres callados
   que lo vigilan día y noche;
   que lo observan si intenta llorar,
   o rezar sus oraciones;
   y lo vigilan temiendo que él mismo
   su presa a la cárcel robe.

   No emerge al alba viendo aterrado
   la celda llena de gente,
   el blanco capellán tembloroso,
   el alguacil inclemente,
   y el formal director enlutado,
   con el rostro de la Muerte.

   No se levanta con triste apuro
   vistiendo de condenado,
   en saltos nerviosos que son vistos
   por un doctor ordinario
   cuyo reloj marca un ritmo débil
   dando horribles martillazos.

   No padece una sed asquerosa
   que la garganta reseca,
   antes que el verdugo con sus guantes
   se deslice por la puerta,
   y lo amarre con tiras de cuero,
   y la sed termine muerta.

   No inclina cada uno la cabeza
   oyendo el fúnebre oficio,
   ni mientras la angustia de su alma
   le dice que aún está vivo,
   se cruza con su propio ataúd,
   yendo al atroz cobertizo.

   No mira cada uno hacia lo alto
   a través de un vidrio breve;
   no suplica con labios de barro
   que el tormento por fin cese,
   ni sobre mejillas temblorosas
   siente el beso de la muerte.

 

   II

   Por seis semanas recorrió el patio,
   con ropa ajada de preso,
   gorra de criquet en su cabeza,
   y un paso alegre y ligero;
   pero nunca vi a un hombre contemplar
   el día con tanto anhelo.

   Nunca vi a un hombre contemplar
   con tal mirada de anhelo
   ese pequeño toldo azul
   que los presos llaman cielo,
   y cada nube errante conducir
   sus enredados cabellos.

   No estrujaba sus manos, como otros,
   insensatos que intentaran,
   en guarida de negra derrota,
   encender falsa esperanza;
   solamente veneraba el sol,
   y con aire se embriagaba.

   No estrujaba sus manos llorando,
   ni siquiera se apenaba;
   mas, bebía el aire que le diera
   una ayuda momentánea;
   tal como si hubiera sido vino,
   bebió sol a bocanadas.

   Vagando con las almas en pena
   del otro patio del penal,
   olvidamos si habíamos hecho
   algo enorme o algo banal,
   y miramos con oscuro asombro
   al hombre que iban a colgar.

   Era extraño verlo caminar
   tan alegre y tan ligero,
   y era extraño verlo contemplar
   el día con tanto anhelo,
   y era extraño pensar que él debiera
   pagar algo tan inmenso.

         * * *

   Roble y olmo tienen bellas hojas
   que brotan en primavera;
   pero es sombrío el árbol de la horca
   mordido por las culebras;
   verde o seco, un hombre ha de morir
   antes que el fruto venga.

   Seres mundanos buscan en lo alto
   la morada de destino;
   mas, ¿quién quiere pender de una cuerda
   en lo alto de un patíbulo,
   y dar su última mirada al cielo
   desde un collar de asesino?

   Dulce es bailar al son del violín
   si hay Amor y Vida afable;
   bailar al son de laúd y flauta
   es veleidoso y suave;
   pero no resulta dulce bailar
   con ligeros pies en el aire.

   Lo mirábamos día tras día
   con curiosidad enferma,
   pensando si vamos a acabar
   nosotros de igual manera,
   pues nadie sabe en qué rojo infierno
   se puede hundir su alma ciega.

   Al final el muerto ya no andaba
   entre reos del penal;
   comprendí que él ya estaba de pie
   en el tenebroso corral,
   y que nunca más vería su rostro,
   ni para bien ni para mal.

   Como dos naves tormentosas
   se cruzaron nuestras sendas;
   nada teníamos que decir,
   no hicimos ninguna seña,
   pues no fue un encuentro en noche santa,
   sino en día de vergüenza.

   Éramos los dos unos proscritos,
   tras un muro de prisión;
   del mundo sufrimos el rechazo,
   y Dios nos abandonó;
   y el duro cepo que acecha al mal
   en su ardid nos atrapó.

 

   III

   Detrás del alto muro grasiento,
   caminaba en dura piedra,
   bajo un cielo plomo tomaba aire
   en el patio de las deudas;
   y teniendo un guardia a cada lado,
   para que el hombre no muriera.

   Convivía con espectadores
   de su angustia interminable;
   cuando lloraba y cuando rezaba
   lo miraban inclinarse;
   lo acechaban temiendo que él mismo
   su presa al cadalso hurtare.

   El alcaide cumplía las reglas;
   y aunque el doctor declaraba
   que la muerte es cosa de la ciencia,
   el capellán entregaba
   dos veces al día al condenado
   un folleto para el alma.

   Y dos veces al día, una pipa
   y una jarra de cerveza;
   su alma resuelta no daba lugar
   a que el miedo se escondiera;
   solía decir que le alegraba
   que el verdugo estaba cerca.

   Por qué decía cosa tan rara,
   los guardias no preguntaron;
   porque todo aquel que a vigilante
   se encontrare destinado,
   en máscara convierte su rostro
   y pone llave en sus labios.

   Pues si no, estaría conmovido,
   consolando al condenado.
   ¿Y qué haría la piedad humana
   encerrada en aquel antro?
   ¿Qué palabra de aliento en tal sitio
   puede ayudar a un hermano?

   Confusos armamos en el patio
   el desfile de los locos;
   ni siquiera nos importaba ser
   la brigada del demonio;
   era una festiva mascarada,
   pelo al rape y pies de plomo.

   Desgarramos las sogas embreadas
   con torpes dedos sangrantes;
   limpiamos las puertas y los suelos,
   y los barrotes brillantes;
   fregamos cada tabla del piso,
   golpeando ruidosos baldes.

   Cosimos sacos, partimos piedras
   con un mugriento taladro,
   golpeamos latas, gritamos himnos
   y en el molino sudamos;
   pero en el corazón de cada hombre
   el terror yacía callado.

   Tan callado, que el día reptaba
   cual ola que de algas se llena,
   y olvidamos que al bribón y al necio
   lo más amargo le espera;
   hasta esa vez que al volver del trabajo,
   vimos una fosa abierta.

   Abriendo la tierra esa gran boca,
   pedía un viviente bocado;
   el propio barro exigía sangre
   al sediento patio de asfalto;
   y supimos que antes de la alborada
   un preso sería colgado.

   Entramos con el alma asombrada
   a la muerte, pavor y ruina;
   el verdugo pasó con su bolsa,
   arrastrando sus pies en la penumbra;
   y cada uno temblaba yendo a tientas
   hacia su asignada tumba.

         * * *

   Esa noche el pasillo vacío
   se llenó con los fantasmas;
   de arriba a abajo las duras calles
   tuvieron suaves pisadas,
   y tras barrotes que estrellas esconden,
   rostros albos atisbaban.

   Él yacía como si soñara
   en prados de fantasía.
   Observándolo en tan dulce sueño
   los guardias no comprendían
   cómo alguien podía así dormir,
   con el verdugo tan encima.

   No hay dormir si tenemos que llorar
   los que no lloramos antes,
   los locos, farsantes y bandidos,
   en vigilia interminable;
   mentes invadidas por la pena,
   con miedo ajeno infiltrándose.

   ¡Ay, qué doloroso es cuando llevo
   un pecado que no es mío!
   Pues, el maligno acero envenenado
   hasta su puño fue hundido,
   y lloramos plomo candente
   por la sangre que no vertimos.

   Guardianes con botas de fieltro
   recorrían las clausuras
   y miraban con ojos de asombro
   hundidas grises figuras,
   y no sabían por qué rezaban
   los que no rezaban nunca.

   Rezamos toda la noche hincados,
   ¡locos llorones de entierros!
   La noche agitaba los penachos
   de un negro coche funesto;
   y era como vinagre en una esponja
   el sabor del remordimiento.

         * * *

   Cantó el gallo gris, y el gallo rojo,
   pero nunca amanecía;
   retorcidas figuras de miedo
   en rincones se escondían,
   y los malignos entes nocturnos
   actuaban a nuestra vista.

   Como atravesando densa niebla,
   por el lado se pasaban,
   parodiando a la luna con giros
   y piruetas delicadas;
   a la cita acudían solemnes
   los repulsivos fantasmas.

   De la mano las delgadas sombras
   se retiraron con muecas,
   ejecutando por todas partes
   una danza en fuga etérea;
   los malditos trazaban adornos
   como la brisa en la arena.

   Como marionetas empinadas,
   dando unos saltos ligeros,
   llevaban su horrible mascarada
   con fuertes flautas de Miedo;
   gritaban un canto interminable,
   para despertar a los muertos.

   "Es muy ancho el mundo", se burlaban,
   "mas no con los pies atados;
   y es un juego para caballeros
   volver a tirar los dados,
   pero en la oculta casa sin honra
   pierde el que apuesta al pecado".

   No eran seres de aire esos bufones,
   con tal jolgorio brincando;
   para hombres de vida encadenada
   y con sus pies atrapados;
   ¡por las llagas de Cristo! vivían,
   dando una vista de espanto.

   Presuntuosas parejas giraban,
   dando vueltas y más vueltas;
   furtivas, subiendo las escalas,
   parecían mujerzuelas;
   con sutil desprecio y de soslayo
   miraban las plegarias nuestras.

   El viento del alba empezó a gemir,
   pero aún la noche continuó;
   hasta el último hilo el velo oscuro
   en su gran telar se tejió;
   mientras rezamos tuvimos miedo
   a la justicia del sol.

   El viento lloroso se agitaba
   entre muros de prisión;
   como ruedas de torno de acero
   sentíamos el reloj.
   ¡Dime, viento!, ¿por qué merecimos
   tan severo cuidador?

   Barrotes plasmados se movían
   por la pared encalada,
   como una reja forjada en plomo,
   frente a mi lecho de tablas,
   y supe que en un lugar del mundo
   fue roja de espanto el alba.

   A las seis limpiamos nuestras celdas;
   reinó el silencio a las siete;
   pero un rumor llenaba la cárcel,
   debido a un vuelo potente,
   porque el señor del aliento helado
   llegaba para dar muerte.

   No llegó montando un corcel blanco
   ni ataviado de real pompa.
   Una cuerda y la tabla deslizante
   es cuanto pide una horca;
   con soga infame vino el heraldo
   a hacer con sigilo su obra.

   Parecíamos hombres a tientas
   por una ciénaga inmunda;
   no osamos decir una oración
   ni dejamos salir la angustia;
   algo ya estaba muerto en cada uno;
   la Esperanza era la difunta.

   La severa justicia del hombre
   no vira en ninguna parte;
   mata al débil, también mata al fuerte,
   sigue un camino implacable;
   con su pie de hierro mata al fuerte
   la asesina detestable.

   Esperamos con la lengua seca
   el repique del destino,
   porque ése es el toque de las ocho
   que hará de un hombre un maldito;
   para el mejor hombre y para el peor
   usa un nudo corredizo.

   Sólo teníamos que esperar
   el signo tan anunciado;
   éramos piedras mudas y quietas
   en un valle solitario;
   pero cada corazón golpeaba
   como tambor alocado.

   De repente el reloj de la cárcel
   el ambiente estremeció;
   de todo el penal surgió un lamento
   de impotente frustración,
   como de algún leproso asustado
   que huye de vuelta al rincón.

   En igual forma que lo espantoso
   se ve en el cristal de un sueño,
   vimos atado a la oscura viga
   ese cáñamo grasiento;
   y oímos la ahogada oración
   que el lazo cambió en lamento.

   El dolor y toda la amargura
   que lo hizo gritar así,
   la culpa salvaje y el sudor,
   mejor que otros conocí;
   pues el que vive más de una vida,
   más de una muerte ha de morir.

 

   IV

   Cuando ejecutan a un condenado
   no hay oficio religioso;
   el capellán está muy asqueado,
   o muy lívido su rostro,
   o eso que nadie advertir debiera
   lo tiene escrito en sus ojos.

   La campana tocó al mediodía
   y así terminó el encierro;
   los guardias, con llaves tintineantes,
   cada ansiosa celda abrieron;
   bajamos lentos la escala férrea
   cada cual desde su infierno.

   Salimos al dulce aire de Dios,
   no con habitual aspecto;
   pues algunos rostros eran grises,
   y otros, lívidos de miedo;
   y nunca vi hombres tristes contemplar
   el día con tanto anhelo.

   Nunca vi hombres tristes contemplar
   con tal mirada de anhelo
   ese pequeño toldo azul
   que los presos llamamos cielo,
   y cada nube alegre pasando
   con tan raro privilegio.

   Algunos entre todos nosotros
   iban cabizbajos, sabiendo
   que al tener cada cual una deuda,
   debían haber muerto ellos;
   en lugar del que mató algo vivo,
   los que mataron al muerto.

   El que peca de nuevo revive
   el dolor del alma muerta,
   le arranca el sudario mancillado,
   sangrando otra vez la deja;
   enormes gotas de sangre fluyen;
   sangrando en vano se queda.

         * * *

   Como payasos en pésimo atuendo
   con torcidas flechas adornados,
   dimos muchas vueltas en silencio
   al sucio patio de asfalto;
   dimos muchas vueltas en silencio,
   y nadie dijo un comentario.

   Dimos muchas vueltas en silencio,
   y por las mentes hundidas
   el recuerdo de cosas horribles
   pasó como horrible brisa;
   el horror nos acechaba airado
   y el terror nos perseguía.

         * * *

   Los guardias trataban de mostrarse
   tras las bestias del rebaño,
   con sus uniformes de domingo,
   flamantes, pese al trabajo;
   pero, supimos en qué estuvieron,
   por la cal en sus zapatos.

   Donde se cavó la sepultura
   esa fosa ya no estaba;
   sólo un trecho de barro y arena
   junto a la horrible muralla,
   y un pobre montón de ardiente cal,
   que sirviera de mortaja.

   Tiene tal mortaja el desdichado,
   que muy pocos la quisieran;
   hondo bajo el patio de la cárcel,
   desnudo, para su afrenta,
   yace con sus dos pies engrillados,
   y su envoltura lo quema.

   Y todo el tiempo la ardiente cal
   devora el hueso y la carne,
   come en la noche frágiles huesos,
   y en el día tierna carne;
   devora carne y huesos por turnos,
   y el corazón a cada instante.

         * * *

   Alguna semilla en ese sitio,
   por años no sembrarán;
   por tres años el campo maldito
   desierto puro será,
   contemplando un cielo asombroso
   con fijeza cabal.

   Piensan que un corazón asesino
   dañará la siembra toda;
   pero no es así en la buena tierra
   que Dios hace generosa;
   la rosa roja florece más roja;
   la blanca, más blanca brota.

   ¡Desde su boca, una rosa roja!
   ¡del corazón, una blanca!
   Nadie sabe de qué extraño modo,
   la voluntad de Cristo habla,
   si a la vista del gran sacerdote
   floreció la seca vara.

   Ni la rosa blanca ni la roja
   brotan en aire cautivo;
   guijarros, piedras y pedernales
   solamente recibimos,
   porque ya se sabe que las flores
   sanan al hombre rendido.

   Nunca dejarán caer sus pétalos
   la rosa roja o la blanca,
   en el trecho de barro y arena
   junto a la horrible muralla,
   diciendo a los que andan por el patio
   que Cristo a todos los salva.

   Aunque las murallas espantosas
   por todas partes aún lo encierran,
   y un espíritu no anda de noche
   si está atado con cadenas,
   y un espíritu sólo ha de llorar
   por yacer en malvada tierra,

   ya está en paz, o lo estará muy pronto;
   en la paz del desdichado;
   ya no hay algo que lo vuelva loco,
   ni anda el miedo en día claro,
   pues donde yace no hay sol ni luna,
   no es planeta iluminado.

   Lo ahorcaron como a una bestia,
   sin campana en el entierro,
   que a un alma en tal grado horrorizada,
   hubiera dado consuelo;
   mas, a toda prisa lo sacaron
   y en un hoyo lo escondieron.

   Le sacaron los guardias la ropa
   y a las moscas lo entregaron;
   se burlaron de sus ojos fijos
   y de su cuello inflamado;
   y arrojaron entre risotadas,
   la mortaja al condenado.

   Al borde de tumba tan infame
   el capellán no se hincó,
   ni la marcó con la cruz bendita
   que Cristo al pecador dio,
   y el hombre era uno de los tantos
   que Cristo a salvar bajó.

   Todo está bien si sólo cruzó
   de la vida el fijo extremo;
   lágrimas ajenas llenarán
   el vaso, quebrado hace tiempo,
   pues quienes le lloren serán parias,
   los que siempre están de duelo.

 

   V

   No sé si las leyes son correctas,
   o si están equivocadas;
   en el presidio sólo sabemos
   que es maciza la muralla,
   y que cada día es como un año,
   año de extensas jornadas.

   Pero sé que la ley de los hombres
   hecha para el ser humano,
   desde que el mundo empezó a ser triste
   cuando uno mató a su hermano,
   salva escoria con el peor molino,
   y siempre desecha el grano.

   Sé también algo, y sabio sería
   que esto todos lo supieran;
   que los hombres construyen prisiones
   con ladrillos de vergüenza;
   y torturan detrás de barrotes
   para que Cristo no vea.

   Con rejas tapan la vista a la luna
   y dejan ciego al sol noble.
   Las cosas que pasan en su infierno,
   por algún motivo esconden;
   que nunca mire el Hijo de Dios,
   tampoco el Hijo del Hombre.

         * * *

   Allí, los hechos abominables
   germinan como venenos;
   en aire cautivo se marchita
   del hombre sólo lo bueno;
   cuida el portón la pálida Angustia,
   la Derrota es carcelero.

   Llora el niño de noche y de día;
   de susto y hambre lo matan;
   torturan al bruto y al más débil,
   y se burlan de las canas;
   enloquecen, y más se pervierten;
   nadie puede decir nada.

   Cada estrecha celda que habitamos
   es asquerosa letrina
   y el sucio aliento de la viva Muerte
   ahoga la ventanilla,
   y sólo la lujuria resiste
   la máquina destructiva.

   Provista de barro repugnante,
   agua podrida bebemos;
   y el pan amargo que dan medido,
   de tiza y cal está lleno;
   y el sueño no descansa nunca;
   camina y le llora al Tiempo.

         * * *

   Aunque el hambre y la sed enfermiza
   se acosan como serpientes,
   poco importa la ración mezquina;
   lo que nos lleva a la muerte
   es que la piedra alzada de día,
   de noche en corazón se vuelve.

   Con la noche en nuestro corazón
   y el crepúsculo en la celda,
   cada cual en su infierno privado,
   desgarramos larga cuerda,
   y el silencio es mucho más horrible
   que una campana severa.

   Nunca una voz humana se acerca
   a decir gentil palabra,
   y por la rejilla de la puerta
   asoman duras miradas;
   y olvidados, nos descomponemos,
   deshechos de cuerpo y alma.

   Así pasamos, viles y solos,
   oxidando etapas férreas;
   los que maldicen y los que lloran,
   y algunos que ni se quejan;
   mas, la eterna ley de Dios es buena
   y parte el corazón de piedra.

   Y todo corazón humano
   que en celda o en patio es roto,
   es igual que ese frasco quebrado
   que al Señor dio su tesoro,
   y al leproso le llenó la casa
   con un perfume valioso.

   ¡Dichosos los corazones frágiles
   porque alcanzan el perdón!
   ¿Cómo puede el hombre trazar su plan
   y limpiar su alma de error?
   Sólo a través de un corazón quebrado
   puede entrar nuestro Señor.

         * * *

   Aquel hombre de los ojos fijos,
   el del hinchado cuello,
   espera la misma mano santa
   que al ladrón llevó al cielo,
   pues, un corazón arrepentido,
   lo toma el Señor, sin desprecio.

   El juez de rojo que dio sentencia,
   tres semanas le ha cedido;
   tres cortas semanas para sanar
   el alma de su conflicto,
   y dejar sin las manchas de sangre
   la mano que empuñó el cuchillo.

   Limpió con sus lágrimas de sangre
   la mano que empuñó la daga,
   pues sólo la sangre lava la sangre
   y sólo las lágrimas sanan;
   y la mancha roja de Caín
   ya es de Cristo una nívea marca.

 

   VI

   En una cárcel cerca del pueblo
   hay una tumba humillada
   en la cual yace un miserable,
   comido por diente en llamas;
   en una tumba sin nombre alguno,
   yace en ardiente mortaja.

   Dejadle allí yacer en silencio,
   pues Cristo lo hará salir;
   no hay que exhalar nerviosos suspiros,
   ni lágrimas consumir,
   porque el hombre mató lo que amaba,
   él tenía que morir.

   Que todos escuchen esto bien,
   los hombres matan lo que aman;
   unos matan con adulación,
   o con amarga mirada;
   el cobarde lo hace con un beso,
   ¡el valiente, con la espada!

   

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