ARISTODEMO                    Un lugar literario
María de Betania         Gonzalo Rodas Sarmiento

  María de Betania        (del libro "Presencias de Jesús")

   Jesús está acá en Betania. Quizás no es más que por unas pocas horas, ya que nuestro vecino Simón el leproso lo ha invitado a almorzar.
   Jesús sólo viene a Jerusalén para las fiestas, como ahora que se aproxima la Pascua. El año pasado, cuando vino por primera vez desde que se dedica a enseñar, yo no recordaba haber oído hablar de él. En esa oportunidad no me atrevía a mostrarme, pero lo escuché hablar desde lejos. Quedé tan fascinada, que dejé atrás para siempre mi mal comportamiento de niña consentida. Desde ese día, he madurado, y nunca más he vuelto a asistir a esas fiestas a las que me invitaban para que me desnudara bailando. Me gustaba hacerlo, es cierto, pero no había comprendido que era una conducta indeseable, que me hacía muy mal. Quedé con la fama de ser una mujer pecadora, de conducta inmunda, y no sé hasta cuando la tendré, ni qué puedo hacer para perderla definitivamente. No sé qué daría..., es que estoy tan avergonzada...
   Ahora que está Jesús en Betania, no quiero dejar pasar la oportunidad de hablar con él, pues ya sé que predica el perdón. No sé si me voy a atrever. Quiero ser muy sincera y decirle cuánto siento por haberme comportado de mala manera en el pasado cercano.
   Me pregunto si me podrá ayudar Lázaro. Es mi hermano, es muy prudente, me quiere, y además está invitado a la casa de Simón. Por supuesto, el leproso invitó a puros hombres. Mi hermana Marta va a ir también, pero solamente a servir la comida a la mesa. No a compartirla. Cuando le pedí a Marta que me llevara para ayudarle a servir, traté de explicarle mis motivaciones. En alguna medida me entendió, pero me dijo muy claramente que no convenía que yo me presentara en casa del leproso, porque él tiene muy mal concepto de mí.
   ¡Bah! Si Marta supiera..., que Simón iba a aquellas fiestas que me avergüenzan... Preferí no decírselo.
   A Simón le dicen "leproso" sus amigos, desde que era niño chico. Y no porque haya contraído la lepra, sino porque adquirió accidentalmente una horrible cicatriz en la cara, jugando con una herramienta. Después de tantos años, esa marca casi no se le nota, pero el apodo quedó para siempre.
   -Ya me voy -me dijo Marta, tomando en sus manos varias fuentes con comida -, para preparar todo antes que empiecen a llegar los invitados.
   -Te ayudo a llevarlas... -me ofrecí sonriente y esperanzada.
   -Es mejor que no, María.
   Y se fue. Yo me quedé triste, pensando que necesito hablar con Jesús, y sin saber cómo hacerlo. Lo vi pasar por el sendero, junto a sus discípulos más cercanos. Conversaban y reían.
   El maestro estaba ahí, a sólo unos pasos de distancia. Era mi oportunidad, pero mis pies no querían obedecerme. Cuando logré caminar unos pasos, Jesús ya estaba llegando a la casa vecina, la de Simón el leproso.
   Transcurrió un buen rato, antes de que se me ocurriera cuál iba a ser mi manera de llegar. Entonces, ya no me costó tomar la decisión, y pasar a los hechos. Si antes transgredí para el mal, ahora iba a transgredir para el bien.
    Fui a buscar un frasco de alabastro con perfume de nardo puro, que yo guardaba para nunca jamás, y partí a casa del vecino.
   Marta estaba sirviendo a una espléndida mesa. Y ahí se encontraba Jesús, sentado en uno de los extremos, contiguo a la cabecera que ocupaba el anfitrión. Me senté en el suelo, a los pies del Maestro. Las palabras no me salían, pero también se puede hablar sin ellas. Incliné mi rostro, y besé los pies de Jesús, una y otra vez, llorando a mares. Los sequé con mis largos cabellos. Abrí el frasco y puse bálsamo en los pies de Jesús, extendiéndolo con gran cuidado hasta cubrirlos completamente. Toda la casa se llenó con el aroma del nardo.
   -Mujer -me dijo uno de los amigos de Jesús- ¿no crees que habría sido más provechoso vender ese costoso perfume, y dar el dinero a los pobres?
    Casi me levanté para irme de ahí, pero Jesús lo evitó, poniendo su mano sobre mi cabeza. Surgió también la voz de otro de los amigos del Maestro:
   -No digas tonteras, Iscariote. Lo único que quieres es meter tus manos en el dinero.
   Se levantó Iscariote y casi le pegó al otro, si no hubiera sido porque Jesús los atajó:
   -¡Tranquilos! No molestéis. Pensad un poco. A los pobres siempre los tendréis, pero en cambio, a mí no siempre.
   Simón me miraba con cara de reproche. Estaba molesto conmigo, y puede haber tenido mucha razón, aunque a mí, eso había dejado de importarme.
   Acercó su rostro a Jesús, y le dijo, en voz muy baja pero yo lo escuché:
   -Si supieras qué clase de mujer es ésta...
   -Simón, te diré algo -respondió Jesús, sin bajar la voz-, imagina que alguien te debe quinientos denarios, y otro te debe sólo cincuenta. Imagina también que tú eres bondadoso, y como no te pueden pagar, les perdonas la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos te amará más?
   -Supongo que el que me debía más.
   -Así es. Entonces, mira a esta mujer con otros ojos. A ella le estoy perdonando mucho, y por eso es tanto el amor que muestra.
   Todos se quedaron muy callados. En ese momento, Jesús me tomó, me levantó del suelo, y me dijo con mucha ternura:
   -Puedes ir en paz.
   Seguí sin hablar. Sólo pude sonreír. Y así volví a mi casa. No dije a Jesús nada de lo que tenía que decirle, pero de alguna manera, se lo he dicho todo.

   

Retorno:    Volver