ARISTODEMO                    Un lugar literario
Diálogos insondables         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Idealismo

    -Veo que caminas tan lento que te alcancé.
   -¿Y? Si no tengo apuro. Ni estado físico, tampoco.
   -Por acá, nadie tiene apuro, según me he dado cuenta.
   -Creo que es bueno detenerse un poco. Así, conversando, tendremos un viaje más acogedor. Se trata de disfrutar el viaje, y no de correr tras una meta.
   -En estos años de ahora, ya no tengo ninguna meta.
   -Entonces, ¿antes tenías? Cuando estabas allá...
   -¿Quién eres?
   -Me llamo Oscar. Amo la belleza, y trato de interpretar el vuelo de las golondrinas. ¿Y tú, quién eres?
   -Mi nombre es Ernesto.
   -No te puedo creer. Pero, ¡qué regalo! No te imaginas la felicidad que me da... Que un Ernesto sea ahora mi compañero de senda. Increíble. ¿Y eres formal?
   -Para nada. Parece que das mucha importancia a mi nombre.
   -Siempre se la he dado. Desde que estaba allá y me dio por escribir, justamente acerca de esa circunstancia extraordinaria.
   -¡Ah! Ya sé... Eres poeta.
   -Bueno, sí, ¿por qué no? En vida escribí cosas que aún me gustan, como si las viera por primera vez y no las hubiese escrito yo.
   -Me viene bien compartir el camino con alguien culto, como tú, Oscar.
   -Culto y curioso. Quiero saber todo sobre ti. ¿A qué te dedicaste?
   -A buscar la justicia y la libertad de los pueblos, luchando por los derechos de los más pobres.
   -¡Ah! Por ahí estaba tu meta. Y, cuéntame cómo fue que tuviste que venir a este otro ámbito, a buscar el Paraíso, porque... ¿en eso estamos, no?
   -Por cierto, en eso estamos.
   -Y la señalización caminera no ayuda mucho. Pero, ¿sabes? podré conocer lo que fue tu vida, si me cuentas tu muerte.
   -Me mataron en una sala de clases, de una escuelita pobre, pobre, pobre, de un pueblito pequeño, perdido en la sierra. La escuela tenía dos puertas, dos ventanas y dos salas.
   -Entonces, también eres culto, Ernesto. Y amas a los pobres.
   -Lo más notable de mi muerte fue el haber conocido a la maestra. Era casi una niñita. Y se las arregló para convencer al guardia que la dejara entrar. ¡Entrar a su ámbito usurpado! Y me llevó un pan escondido. Yo necesitaba conversar con ella, ¿sabes?
   -¿Y lo lograste?
   -Claro que sí. Me apoyé en lo que ella había dejado escrito en el pizarrón. Pude darme cuenta que era una mujer extraordinaria.
   -¿Y qué hablaron?
   -Me reprendió por haber dejado a mi familia. Yo traté de explicarle mis motivaciones. Que los niños merecen una escuela de verdad y no esa que tenían. Hasta le prometí construirle una si salvaba con vida.
   -Lástima que no pudo ser.
   -No pudo ser... Desde su casa, la maestra escuchó las ráfagas de balas, y acudió corriendo.
   -Eres un idealista. Supongo que has quedado como un faro para mucha gente.
   -Me quieren. No me puedo quejar. Siempre me consideré un ciudadano de América Latina, que es una tierra fácil para algunos y muy difícil para la mayoría. Pude haber vivido con mi familia. Pude haber ejercido la medicina. Incluso, pude haber sido un ministro de Fidel, y tener una vida larga. Pero, eso no es lo mío. Me entregué entero a una causa. En cuerpo y alma.
   -Mi final fue mucho menos glorioso.
   -Cuéntame, Oscar.
   -Mi última muerte fue de enfermedad. Meningitis. Se me complicó una infección del oído interno. Tú entiendes de eso. Y ocurrió en una ciudad tan bella, como es París. Asistió a mi funeral el dueño del humilde hotel, que yo ni siquiera podía pagar. Quedé debiendo.
   -Dices... última muerte... ¿Acaso tuviste una muerte anterior?
   -Sí. La cárcel de Reading fue atroz. Me devoró toda mi vitalidad.
   -¿Por qué fuiste a parar a la cárcel?
   -Tuve la desafortunada idea de querellarme contra un tipo muy poderoso, y teniendo yo tanta vulnerabilidad.
   -Algo muy grave te habrá hecho ese hombre.
   -Me acosaba. Me desprestigiaba. Finalmente, me acusó de pervertir a su hijo. Imagínate. Siendo que él lo trataba tan mal. Nunca fue un padre para Alfred. Todo lo contrario. ¡Un tipo detestable! En cambio, a Alfred le tomé un tremendo cariño. Él es muy bello. Entre los dos nos ayudábamos a odiar a su padre.
   -¿Fuiste homosexual?
   -Sí, Ernesto.
   -¿Y... habiendo tantas mujeres hermosas?
   -Y teniendo yo una esposa admirable, que merecía un mejor marido. Yo la amaba... y la destruí. El hombre mata lo que ama, y por eso ha de vivir encarcelado. Me refiero a la prisión interna en que está atrapado cada ser humano. ¿Entiendes?
   -Claro que entiendo.
   -Me di cuenta de esto al sufrir ese horrible encierro. Y pude escribirlo antes de morir. Ese es mi legado. Más allá del príncipe feliz y del gigante egoísta, que ojalá ayuden también a las personas a comprenderse mejor.
   -Y aquí vamos los dos, en busca de un paraíso remoto y añorado.
   -Jamás podremos dejar de buscarlo.