ARISTODEMO                    Un lugar literario
Encuentros misteriosos         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Cuarta parte.-    Se inicia el siglo 21

   Julián y Carolina
   

Diálogo interrumpido

   Julián

   No sé cómo se me ocurrió enchufar el teléfono en la electricidad. Me di cuenta a tiempo, creo yo porque se escuchó un ruido extraño, y lo saqué de ahí rápidamente. Supuse que, a pesar de todo, el teléfono iba a funcionar bien pero no fue así, pues al tratar de marcar un número no dio ningún tono. No pude comunicarme con el hotel Splendor, del sur, donde mis padres pasan una segunda luna de miel, o tercera, mejor dicho. Me han dejado a cargo de la casa, y el muy bruto cometí esta torpeza. Tuve que hablarles desde la casa de los vecinos y aproveché de decirles que ahí mismo podían dejarme un mensaje cuando necesitaran, mientras me arreglaban el teléfono.
   Entonces, creí que el aparato estaba completamente malo pero algo rarísimo ocurrió, pues de repente se puso a sonar la campanilla y cuando atendí me salió una mujer que dijo conocerme. Se llama Carolina, y no pude recordar nada que tuviera que ver con ella. Igual, conversamos casi diez minutos. La mujer llamada Carolina es bastante mayor que yo y me trató con una dulzura maternal, pero parece que ella creyó que soy su pretendiente o algo así.
   Sospeché que esto era una pitanza. Ella dijo que quería que nos juntáramos al día siguiente a las doce en la plaza que está a tres cuadras de mi casa. Cuando eran las once y media, aún me debatía entre ir y no ir. Pensaba que iban a estar escondidos los amigos para reírse de mí. Al final, fui y observé desde cierta distancia. No había nada anormal. Avancé unos pasos y le di varias vueltas a la plaza. Dieron las doce, las doce cinco, me senté en el escaño exacto que ella había mencionado. Las doce diez, las doce y cuarto . . . A las doce veinte me volví a mi casa, muy molesto por haber caído en esta farsa, y tratando de adivinar en qué forma alguien se iba a reír de mí.
   En la tarde llamó Carolina por teléfono. Estaba ligeramente enojada porque, según ella, yo había faltado a la cita. Traté de explicarle su error.
   -Estás muy raro, Julián. Si no fuera porque está lloviendo, iría a tu casa ahora mismo.
   -Ven, no más, acá no está lloviendo.
   -No hables leseras, si estamos a pocas cuadras.
   Me tenía muy intrigado. No parecía que ella quisiera molestarme, pero su mundo no me cuadraba, y así se lo dije. Cuando le pedí su dirección se anduvo enojando, pues supuestamente yo habría estado muchas veces en su casa. A esta altura, dejé de fingir que yo entendía sus incoherencias. Tampoco me pareció que estuviera loca. Ella me probó que me conoce. Me describió esta casa, mis padres, mi aspecto físico, pero dijo que yo estudiaba Derecho, y resulta que apenas estaba terminando la enseñanza media.
   -Tengo ganas de entrar a la Escuela de Derecho, el próximo año -aclaré.
   -Julián, te fuiste al pasado. Si entraste ya hace casi cinco años, y hasta te ha ido bien.
   Yo no sabía qué pensar.
   -¿A cuánto estamos?
   -Once de Agosto del año dos mil.
   -Pues, acá es el año 1995, y es verano.
   -Julián, te estás pasando de molestoso.
   -Voy a ir a tu casa ahora mismo. Dame la dirección.
   No hubo caso. Me cortó indignada. Ni siquiera pude llamarla, pues no sé a qué número. Ni tampoco ir a su casa, no sé dónde, al frente de la plaza.
   Al poco rato llegó el técnico de la Compañía, y arregló el aparato, sin mayor dificultad. A partir de entonces, Carolina no me ha vuelto a llamar.
   Días después fui a la plaza, nuevamente, y le di varias vueltas. Estuve un buen rato en eso, mirando hacia todas las ventanas de los cuatro frentes, hasta que al final ocupé el asiento que era nuestro único punto conocido de unión. Después le di más vueltas a la plaza, y calculé que habrían unos 23 departamentos, en total, todos ellos habitados, quizás si por alguna Carolina. Adquirí la costumbre de ir a estudiar a la plaza, pensando que algún día iba a conocer a esta mujer.
   Así, empezó a pasar el tiempo. Nunca volví a tener a esta niña en el teléfono. Entré a Derecho, y seguí yendo a la plaza, con frecuencia. Me convencí de que el desperfecto que tuvo el aparato me hizo comunicarme con un mundo remoto. Esa Carolina que habrá en mi futuro tendrá que empezar a estar en el presente, algún día.
   Esto no se lo he contado a nadie porque no me creerían. Ni yo mismo lo creo. Talvez mi imaginación ha estado jugando conmigo. He idealizado tanto a esta niña, que ahora le tengo miedo a ese momento que ha de venir irremediablemente.

   Carolina

   Afuera llueve, mientras observo la plaza desde mi ventana. Hoy no ha venido ese estudiante universitario que siempre miro y admiro embelesada. He llegado a saber que se llama Julián. Ya que no puedo vivir la vida que quisiera, por lo menos soy feliz en mi fantasía.
   Viene mi mamá y me trae un té con tostadas. Me pregunta si quiero que me ponga nuevamente en mi cama. Le respondo que después del té.
   Me imagino miles de vivencias con Julián. Pienso cómo sería si él estuviera enamorado de mí. La imagen de él que tengo guardada en mi corazón me abraza y me acaricia, y nos sentamos a besarnos en la plaza. Sé que nunca esto podrá llegar a ocurrir en la realidad, pero no importa. Si puedo hacer como que vivo lo que sueño despierta, ya es algo.
   Son muchos los años que llevo aquí, encerrada y postrada, y me parece que fueran muchísimos más. Me gusta imaginar que hablo por teléfono con Julián y lo cito a juntarnos en su escaño de la plaza. Lo siento así, con tanta fuerza que me parece que puede hacerse realidad.
   Vuelvo a mirar ese asiento vacío, a través de la lluvia que está en el aire y en mis ojos.
   Hace años que él empezó a venir. Ya es Agosto del año dos mil. Talvez mañana le pida a mi madre que me lleve a la plaza en la silla de ruedas, si es que está bonito el día. Muchas veces he estado por hacerlo y no me he atrevido, porque . . . la simple esperanza de una vida futura . . . es más llevadera que una eventual certeza de ser rechazada.
   

La silla

   Julián

   Cuando nos hicimos amigos, Carolina parecía una niña chica . Excelente compañera para jugar al Ludo y a los naipes, en su casa. Ella usa una silla de ruedas, debido a un problema de motricidad que ha tenido desde pequeña. Inicié esta amistad, como algo sin mayor importancia, casi más que nada como un gesto solidario, y por dar rienda suelta a mi gran necesidad de dar afecto, y que nunca me atreví a canalizar de otra manera.
   Carolina escribe unas poesías bellísimas, y las recita para mí.
   Sin darme cuenta me fui enamorando de Carolina. Y por la forma como supe de su existencia, sé que ella es la mujer de mi vida. Por eso, no me da mucho más que risa cuando alguna amiga común me dice algo así como "¿Para qué pierdes tu tiempo con la Carola, si yo te podría dar mucha más felicidad?".
   Ninguna otra niña ha sido suficiente tentación para mí, hasta el momento.
   -Te voy a hacer andar -le dije a Carolina, hace ya varios meses. Y he estado intentándolo por todos los medios a mi alcance, a pesar de que ella se ha resistido. Al principio, tenía mucho miedo, y lloraba, pero ya está tomando más confianza.
   Le regalé unos bastones, y con ellos hasta hemos podido salir a la plaza, por ratos cortos. Estoy feliz, porque Carolina sanará.

   Carolina

   Mi vida ha sido bastante solitaria. Hasta que conocí a Julián, una vez que le pedí a mi mamá que me llevara a la plaza. Estaba él en ese escaño que ya es el nuestro.
   A veces, escribo versos, inspirada en mis fantasías. Me gusta mucho escribir.
   Adoro a Julián. Me da tanta felicidad. Hasta me ha convencido de tratar de caminar, cosa que yo siempre consideré imposible.
   -La fe mueve montañas -me aseguró Julián una vez que yo casi lloraba de miedo.
   Me dijo también que comer pan con queso me haría bien para mis músculos. No supe si creerle o no, pero él lo hizo para que yo tuviera esperanza en que puedo sanar. Y eso, sí que lo logró. Así, cada vez que él viene, acepto pararme en mis dos pies, sujetándome como pueda, y hago como que doy pasos.
   Mi papá puso una barra en mi pieza para afirmarme cuando trato de dar pasos, que resultan dolorosos.
   -Tienes que caminar para hacerme feliz a mí -ésas fueron las palabras de Julián que, definitivamente, me impulsaron a poner toda la fuerza de mi ser en ejercitar mis músculos. Puede que sea imposible, pero lo lograré. Julián me ha dicho que el cuerpo se mejora desde el alma.

   Julián

   Con Carolina hemos ido al cine. Con sus bastones, y además, en el auto de mi papá. Esto le hace bien, y sigue progresando.
   Una tarde hubo una fiesta del grupo de amigos. Ella creía que no podría asistir.
   -No te importe -la tranquilicé -, si no sólo se baila en las fiestas, también se conversa.
   La convenci y fuimos a la fiesta. Y hasta la saqué a bailar cuando tocaban un disco lento. No se atrevía, pero la tomé con fuerza para que pudiera moverse un poco. Ese baile resultó bastante bien, y Carolina siguió aumentando su confianza. Todos nos miraban fascinados, y al final aplaudieron.

   Carolina

   Mi vida ha cambiado mucho. Ya no uso la silla de ruedas. Paso gran parte del tiempo sentada en un sillón, y siempre camino como ejercicio, varias veces al día.
   Una tarde, Julián no llegó a la hora acostumbrada, ni llamó por teléfono, ni nada. Me preocupé.
   -No viene..., no viene -me escuchaba decir mi madre.
   Pasaron las horas. Se hizo de noche.
   Sonó el teléfono, y atendió mi mamá. Yo escuchaba de lejos, lo que ella hablaba, pero no el resto de la conversación. Me alarmé, porque mi madre no lograba controlarse. Cuando cortó, ella lloraba.
   -Era Adriana -balbuceó.
   -¿La hermana de Julián?
   -Sí.
   -¿Qué pasó...? -yo también me puse a llorar.
   Como pudo, mi mamá me contó.
   Julián tuvo un accidente de auto. Cayó a un barranco por hacerle el quite a un camión descontrolado.
   A la misa fúnebre llegué caminando. Sin los bastones..., como un homenaje a mi amor. Si me caía no me iba a importar..., pero no me caí.
   En el momento de los discursos leí un pequeño texto de despedida que escribí:
   "Gracias, Señor, porque ese ser maravilloso que creaste, lo pusiste a mi lado para que me sanara las piernas".
   Ya no lloraba, porque no me quedaban lágrimas.
   

El destino de Carolina

   Ya tengo 23 años, y trabajo en una casa de reposo, durante algunas horas al día, cuidando viejitos.
   -¡Estercita! -exclamó uno de los ancianos, al verme llegar.
   -Me llamo Carolina -le expliqué, una vez más, con mucha paciencia, como si estuviera dirigiéndome a un niño
   -Es que eres igual a la Estercita.
   Y me vuelve a contar la historia de esa antigua niña, que fue como su hija. Hasta le salen lágrimas cuando me habla de ella, su adoración. En realidad, era su sobrina, tocaba muy bien el piano, y ...murió trágicamente. Calculé que esa muerte había ocurrido pocos años antes de que yo naciera.
   También me habló de la casa en que vivían. Nunca ha querido contarme por qué Estercita fue abandonada por su madre, que la puso en manos de una tía, la que fue esposa de este caballero, que me quiere tanto por parecerme a su Estercita.
   Aquella antigua niña conoció a sus hermanos a los 14 años. Tuvo una vida difícil. Llegó a encariñarse mucho con un hombre que la amaba. A él le costó superar la muerte de Estercita.
   Cuando el viejo me contó eso, yo me acordé de mí misma, porque aún no termino de reponerme de la muerte de Julián. Entonces, también lloré.
   Para consolarme, el anciano me contó que ese joven se repuso después de unos años, se casó, y tuvieron un hijo, Diego.
   -Hablando del rey de Roma... -dijo el viejito al ver entrar a un visitante.
   -Te presento a... -agregó, y dejó la frase en suspenso.
   -Carolina -completé.
   -Diego -dijo el joven recién llegado, y me dio la mano.
   Esa vez, conversamos un buen rato. Me gustó Diego.
   Después de ese día, Diego siguió viniendo a ver al viejito, con frecuencia, cosa que antes no ocurría, si cuando yo llevaba cuatro meses en este trabajo, jamás había visto a Diego. En cambio, en los cuatro meses que siguieron, venía por lo menos unas dos o tres veces por semana.
   Estaba claro que Diego no venía precisamente por visitar a un aciano. Me declaró su amor, una tarde en que fue a dejarme a mi casa. Antes de un año, ya estábamos casados, y después de otro año tuvimos a nuestro hijo, Elías.

 

   Rafael
   

La búsqueda

   Nunca antes había caminado con tanta levedad como esa vez, tratando de recordar de dónde venía. Habitualmente, me preocupa cualquier detalle que pueda alterar el buen pasar. Sin embargo, en aquella oportunidad ni siquiera miraba dónde podía estar el suelo, antes de cada paso. El sendero de esa remota tarde era acogedor. Muy angosto, entre la vegetación de poca altura. Mi caminar era lento. No había nada que me estuviera apurando. Por el contrario, trataba de descubrir en mi memoria alguna pista que me dijera lo que viví el día anterior. A la retina no me llegaba nada. Al caracol del oído, sólo algunos gritos que no supe descifrar. En el olfato tenía residuos vivos, que me hacían evocar una especie de nube de medicamentos en estado gaseoso.
   Por el mismo sendero, unos cien metros más atrás, vi venir a una persona. La esperé porque no me venía mal conocer a alguien. Ya empezaba a sentirme solo. Cuando la persona estuvo más cerca, me fijé que era una mujer. La miré con cara de estar esperándola. Ella me miró como si me hubiera estado buscando. Talvez también se sentía sola.
   -Hola, soy Rafael -le dije, sin más preámbulos, cuando ella estuvo suficientemente cerca como para escuchar.
   -Soy Ariadna -me respondió con una sonrisa. Ella tenía una gran belleza, pero aún era muy pronto para decírselo. Noté una herida en su frente. Además, se la veía despeinada, y su blusa estaba manchada de sangre.
   -¿Qué te pasó? -le pregunté, como si fuera una persona muy cercana o familiar.
   -Tuve un accidente -dijo, sin estar muy convencida. Me dio la impresión de que recién empezaba a tomar conciencia de su situación.
   Con seguridad tenía algún traumatismo, pero Ariadna estaba risueña. Nos sentamos en un escaño a la orilla del camino, y me preguntó por qué tenía yo ese aspecto tan raro.
   -¿Yo? ¿Qué tengo? -pregunté, y me miré. Entonces, me di cuenta que, sobre la camisa, tenía una de esas mangueras de suero. Más aún, la tenía conectada a mi mano. Me la saqué, sin mayor problema, y deduje que yo venía de un hospital. Y eso fue lo que le conté, inmediatamente, sin mucho detalle, que tampoco sabía.
   -¿Y tú de dónde vienes? -le pregunté.
   -De los autos.
   Aquella conversación siguió siendo confusa. Supuse que Ariadna había tenido un accidente de tránsito y fue a parar a ese lugar mientras yo, estando grave en algún hospital, presumiblemente, debo haber tenido un paro cardíaco.
   Entre los dos estuvimos desenredando una madeja de recuerdos volátiles. En ese momento, yo no me daba cuenta que estábamos traspasando un mundo para ir a otro desconocido. De hecho, nadie puede decir que yo morí, si estoy vivo. Pero, debo haber estado al borde. Y Ariadna también.
   Me fasciné con ella, una mujer encantadora, adorable, y además, le caí en gracia. De verdad, me estaba enamorando de Ariadna, y justamente por eso fue tan doloroso lo que ocurrió a continuación. Ella se levantó del asiento y me dijo que tenía que volver.
   -¿Volver? ¿adónde? -quise saber.
   -Volver por donde vine. Así lo escuché recién, cuando me envolvió la luz.
   -¿Qué luz? -pregunté sorprendido.
   -Adiós -me dijo, con un beso suave, y al poco rato estaba alejándose y me hacía señas con la mano.
   Quedé desolado. En ese momento sentí que me había muerto. Quise que me envolviera una luz y me dijera que tenía que regresar. Y algo así sucedió, aunque sin luz.
   -Tienes que buscarla -me dijo, claramente, una voz silenciosa.
   Entonces, eché a correr por el mismo camino que trajo y se llevó a Ariadna. Ella volvió a la vida y, al parecer, yo también estaba volviendo.
   No recuerdo qué pasó después. Me llené de dolores en todo el cuerpo. Trataba de moverme, y no podía. Había vuelto a mi cama de hospital, y vi gente a mi alrededor.
   -Las oraciones lo trajeron de vuelta -escuché decir.
   Por mi estado, no me era posible escribir la experiencia vivida en ese pequeño viaje. Ni siquiera dictarla. Recuerdo que me dediqué a repasarla en mi mente, una y otra vez, para no olvidarla. Es que fue una vivencia tan hermosa. Por un lado, yo estaba contento de haber vivido eso, pero por otro lado, triste porque se me fue entre los dedos como si fuera agua. Aunque hubiera podido dictar, no me habría animado a hacerlo. Tenía mucho temor de ser incomprendido. Incluso, después de salir del hospital, y luego de varias semanas de convalecencia en mi casa, junto a mi mamá, aún no le había contado nada a nadie.
   Todo esto lo voy recordando mientras conduzco mi automóvil por la carretera, en una tarde tranquila. Bueno, en realidad, es el auto de mi madre. Ella me lo presta desde que entré a la universidad, el año pasado.
   Mi mente vuelve una y otra vez a aquel acontecimiento importante de hace algunos meses. Mi primera actividad, en cuanto pude levantarme y salir a la calle, fue dirigirme a esa inmensa biblioteca que hay en el centro, a buscar información de accidentes automovilísticos en la fecha en que estuve muriéndome. Necesitaba encontrar a Ariadna como fuera. Pasé tardes enteras en el silencio de una sala en que todos leían, mientras yo, frente a los ejemplares de los diarios de varios días intentaba investigar. Fue inútil. No encontré información de ninguna Ariadna. Tuve que rendirme a la realidad. No todos los accidentes aparecen en la prensa. Además, es posible que en el suceso que busco no haya habido personas fallecidas. Por otra parte, nadie intentaría asegurar que el accidente aquel haya tenido lugar en mi ciudad, ni siquiera en este país. Mi búsqueda duró un par de meses, y era lo mismo que estar atrapado en un camino del que no se puede salir. Hasta soñaba con laberintos.
   Mi mamá se empezó a preocupar porque notó que yo no estaba yendo a clases.
   -Estoy buscando a Ariadna -le dije, simplemente, sin más detalles ni explicaciones. Curiosamente, no me encontró loco, ni nada de eso.
   -¿Ariadna? ¿La del laberinto? -preguntó mi mamá. Me asombré de cómo ella podía saber en lo que yo estaba metido. Jamás se lo había mencionado.
   -¿Cómo sabes eso? -le pregunté.
   -¿Saber qué cosa?
   -Lo del laberinto, pues mamá.
   -Bueno, de repente me gusta leer los mitos griegos. Enseñan mucho.
   Quedé desconcertado al darme cuenta que su laberinto no era el mío. Le pedí que me explicara un poco más, y ella me contó todo el cuento aquél, que yo jamás había escuchado. Interesante, en todo caso, que una Ariadna haya ayudado a un tipo a vencer a un engendro raro, con cuerpo de hombre y cabeza de toro. Con un simple ovillo de hilo se pudo resolver un problema enorme, vital. Me maravillé tanto, que prometí a mi madre dejar de buscar a Ariadna. No le mencioné que ahora iba a empezar a buscar el ovillo de hilo.
   -Estás cansado, Rafael -me dijo ella- y yo supuse que me estaba viendo como a un damnificado neuronal. Y a lo mejor tenía razón.
   -¿Quién es tu Ariadna? -me preguntó con un poco de miedo y una pizca de celos. Le respondí con alguna evasiva, pero al observar su incredulidad, se lo conté todo, y me emocioné tanto que hasta lloré un par de lagrimitas. Ella me acogió con amor de madre, y en ningún momento miró en menos mi aventura. Al contrario, me respetó y me volvió a repetir que habían rezado mucho, ella y mis tías. Realmente, me creyeron muerto y resucitado.
   Me pregunto a qué he venido de vuelta, entonces. Ya sé que vine a buscar algo misterioso. Aún necesito descubrir qué significado puede tener el ovillo de hilo en mi vida. A veces me veo abandonando a Ariadna. Eso sí que es doloroso. ¿Y el hilo, qué? El alma de toda mi vida es un hilo, que no tiene que cortarse. ¿Dónde está? ¿Qué representa?
   Pensaba todas estas cosas cuando, súbitamente, tuve que detener el auto, pues a lo lejos, hacia adelante, un automóvil se acaba de estrellar contra la barrera por hacerle el quite a otro vehículo.
   Corro hacia allá y logro sacar a la conductora, única pasajera. No sé si el auto se va a incendiar. Alcanzo a sacar también la cartera, instintivamente. Llevo a la mujer a mi auto y parto, lo más rápido que puedo, hacia el pueblo más cercano. Ella ha perdido el conocimiento. Tiene una herida en la frente, y la blusa manchada de sangre.
   -Nombre de la persona accidentada -pregunta monótonamente la secretaria de Urgencia -mientras yo no sé qué hago con la cartera en la mano. La abro y encuentro un ovillo de lana, entre una infinidad de cosas, y en el fondo, las tarjetas.
   -La persona se llama . . . -empiezo a decir, mientras leo el documento- . . . Adriana . . . - y no puedo seguir leyendo.
   -¿Adriana . . . cuánto? -me exigen desde el otro lado del mesón.
   Para mí, el mundo se detuvo durante un segundo. Ahora, todo es nuevo.
   

Caja de Navidad

   Hoy, que es sábado, hemos venido a la feria. Con mi esposa, queremos comprar algunas frutas y verduras para la semana. También nos acompaña nuestro hijo Eugenio, mientras que la pequeña María Paz se ha quedado con la vecina, que la cuidará por unas horas.
   -¡Rafael! -siento la voz de Adriana que me llama para que la ayude a elegir duraznos.
   Es que el vendedor quería ponernos en la bolsa unos que estaban dañados. Mi primer impulso fue el de presentar ahí mismo mi queja. Sin embargo, en una fracción de segundo pasó por mi mente toda la actividad que estuvimos haciendo ayer, al atardecer. Llenar la caja de Navidad. Esa que uno compra en la parroquia para que la hagan llegar a una familia que no conocemos, ni conoceremos nunca. Esa que llegará a esa familia, de parte de alguien que tampoco conocen ni conocerán nunca.
   No sé por qué me imaginé que nuestra caja iba a ir a ese vendedor de la feria. No hay por donde suponer que pueda ser así, pero es que es algo conceptual. El hacer una caja de Navidad tiene que servir para algo más profundo que regalar unos pocos víveres. Es una acción que debería acercarnos.
   Por eso, recapacité, y cambié de actitud.
   -Amigo mío, ¿sabe qué? -le dije sonriente al hombre- quiero llevar los duraznos más lindos que usted tenga.
   Él también cambió de actitud, y me eligió la mejor fruta.
   Y terminamos amigos.

 

   Adriana
   

Un descubrimiento notable

   La muerte de Julián me causó gran dolor. Él fue siempre un buen hermano. Muy bueno con todos, especialmente con su novia Carolina. Y también con la humanidad, ya que donó sus órganos.
   La vida siguió, y tuve que reponerme como pude. Me volví un poco retraída. Yo misma estuve a punto de morir en un accidente, tiempo después, y así fue como me encontré con Rafael, que no sé decir si lo conozco desde siempre. Nos enamoramos con gran rapidez e intensidad.
   Cuando le conté a Rafael que Julián donó sus órganos, percibí en él una emoción súbita. Le pregunté qué le pasaba.
   -No me pasa nada, Adriana -me respondió.
   Después que insistí, me dijo que admiraba ese bello gesto de mi hermano. Me siguió hablando de otra cosa. Pero, conmigo no puede tener secretos. Supe que él quedó muy afectado por lo que habíamos estado conversando.
   Yo no sabía qué pensar, y me rondaba una inquietud insistente. Encontré que Rafael tenía unas actitudes muy parecidas a las de Julián. Ya sé que eso no quiere decir nada, pero... talvez podría decir mucho.
   En una tarde de jugueteo amoroso mis dedos rozaron algo irregular en su pecho. Era una cicatriz de una operación que tuvo. No quiso darme detalles, pero en ese preciso momento nuestra tarde se enfrió.
   Seguí preguntándole durante muchos días, hasta que reconoció que le habían puesto un corazón. Su operación había sido un trasplante, nada menos.
   -¿Te acuerdas de la fecha?
   Se acordaba, claro está, y es exactamente la misma fecha en que murió Julián. Entonces, pude explicarme el mutismo de Rafael.
   -No tienes que sentir culpa, mi amor -le manifesté con ternura.
   De común acuerdo con Rafael, decidimos no averiguar ninguna cosa que tuviera intención de cerciorarnos. Simplemente, su corazón es el de Julián. Lo sea o no lo sea. Y así, lo quiero mucho más.

 

   Cirilo
   

La curiosidad de Cirilo

   Nací un 27 de Junio y me pusieron por nombre Cirilo, en honor al santo que se celebra ese día. Mi familia ha sido siempre muy religiosa, a tal punto que me he desarrollado en torno a la parroquia. De niño, ayudaba misa, y ahora, de grande, nunca falta algo en qué ayudarle al cura párroco. Él me habla maravillas de mi santo patrono.
   -Es doctor de la iglesia -me dice siempre. Antes, me imaginaba que mi santo era médico.
   -Era el patriarca de Alejandría -me enseñó también.
   Parece que los conocimientos del cura llegaban hasta ahí, no más. Sin embargo, logró despertar mi curiosidad. Yo necesitaba saber más de mi patrono, y por eso me dediqué a investigar en bibliotecas, con mucha esperanza de que la vida de San Cirilo fuera un modelo a imitar.
   La primera frustración la tuve cuando me enteré de que este Cirilo no es santo, pues nunca ha sido canonizado. Sus devotos le llaman "san", debido a la admiración que le tienen.
   Seguí buscando, por si talvez haya sido Cirilo alguien admirable. Eso de "doctor" hace pensar en la inteligencia y estudios de esta persona. Pero, no me cuadraba porque su perfil es el de un hombre vehemente, autoritario y violento. O sea, nada que ver con sabiduría ni con estudios.
   Desconcertado, seguí investigando. En un libro leí que Cirilo se valió del soborno y la calumnia para deponer a su adversario, el obispo de Constantinopla. Talvez el autor de ese libro esté sesgado, pero en lo que todos coinciden es en el fanatismo con que Cirilo defendía ciertas aseveraciones teológicas, sobre cuestiones muy complejas, que yo no entiendo, y probablemente él tampoco.
   Hasta leí que Cirilo tenía un grupo de choque, formado por provocadores inescrupulosos, disfrazados de monjes.
   No quise leer más. Mi famoso patrono está ahora en el suelo. Afortunadamente, hay otro San Cirilo, el de Jerusalén, cuya fiesta es en otro día distinto, pero eso no importa. Lo he adoptado como patrono, de aquí en adelante.
   Todo este asunto me sirvió para algo importante. Me cuestiono la forma cómo he vivido mi vida. Me estoy replanteando.
   

Cirilo y las clarisas

   Me encanta la imagen de Santa Clara que hay en el templo de las clarisas, a la salida de Los Ángeles, cerca del cementerio. Y ya que estoy en viaje hacia Santiago, y he de pasar por ese lugar, me detuve un rato y entré a ese pequeño templo. Fui hacia adelante, y ahí estaban las estatuas. San Francisco a un lado, y Santa Clara al otro, ambos en actitud contemplativa, amándose a su manera, de espíritu a espíritu. El escultor que hizo esta bella imagen de Clara ha de haber sido un gran artista. ¡Cómo logró una obra tan hermosa!
   Me senté en un banco cercano y me puse a meditar, con los ojos cerrados. Al rato de estar así, me pareció escuchar como si Clara me estuviera hablando en silencio. Me pedía algo, relacionado con el número 3. No supe si hacer caso o no. Abrí los ojos y la mire con cara interrogativa. Volví a mi meditación.
   Un par de minutos después sentí una palabra en mi interior. Esta vez, relacionada con mi viaje. Me pareció entender que me pedía llevar a unas monjas a Santiago. Seguí con los ojos cerrados y se me venía una imagen de tres monjas. En silencio, pregunté a Santa Clara si me estaba pidiendo llevar a tres monjas hasta Santiago. Entonces, me pareció escuchar un Sí, con claridad.
   No entiendo en qué forma funciona esto, ni cómo llegó a mí esa solicitud, así de exacta. Por cierto, estuve dispuesto a cumplirla, y además no me costaba nada.
   Salí del templo, pensando en cómo sería esto de ir a preguntar por tres monjitas que necesitaban viajar. Cuando ya estuve afuera, el asunto me quedó casi claro, pues vi a dos monjas en actitud de espera. Portaban sendos bolsos de viaje, con sus pertenencias, y miraban con ojos largos a los vehículos que pasaban por la carretera. Les hacían alguna seña, con una fe digna de admiración.
   -¿Vais hacia Santiago? -les pregunté.
   -Eso es justamente lo que estamos intentando.
   -Os llevaré.
   -Gracias, señor -dijeron al mismo tiempo, con alegría.
   -Eso sí, yo sé que tengo que llevar a tres, y no solamente dos.
   -Ya le decía, hermana -comentó la más joven de ellas, dirigiéndose a la otra.
   Me limité a esperar que terminaran su deliberación. Si de algo tenía certeza es que iba a aparecer una tercera.
   -Hay una confusión, señor -me explicó la mayor- pues una novicia que iba a venir con nosotros, no vendrá.
   -¿Y por qué no vendrá, si tenía que venir? -pregunté.
   -Es que así lo he decidido, porque a último momento le pedí que se ocupara de algo que tiene que hacer acá.
   -Lo siento -repliqué- pero tengo el encargo de llevar a las tres... O a ninguna.
   La mayor se resignó, y ordenó a la más joven que fuera a buscar a la novicia.
   Menos de un minuto demoró ésta en aparecer, muy contenta, con su equipaje en la mano, que sin duda tenía preparado desde antes.
   

Advertencia

   La visión extraña se instalaba en mí, una y otra vez. Así fue ocurriendo durante varios meses. No duraba más de unos pocos minutos, y a veces tardaba días en volver. La primera vez, no le hice caso, pero como era una imagen insistente, no me quedó otra que pensar en esa escena: Un muro que se derrumba. No parece nada tan espectacular, si no fuera por un detalle que me aterrorizaba. Es que en la visión, yo quedaba atrapado. Después de mucho, empecé a sospechar cuál era el mensaje que había para mí allí. Talvez he de vivir eso exactamente alguna vez, y para entonces tendré que tener muy pensado cómo resolver la situación. . . Si es que se da así. Y si no, no pierdo nada.
   Al principio no quise contárselo a nadie. Me daba un poco de pudor, si se puede decir así, además de que nadie me iba a creer. Hasta que me convencí de que la única manera de lograr algo en torno a eso de resolver la futura situación, era mediante la complicidad con alguien. Yo solo, no estaré en condiciones de resolver nada. Más bien, alguien tendría que sacarme del apuro, llegado el caso.
   -Tengo un presentimiento -me atreví a decirle a mi hermana Carolina, una tarde en que la invité a tomarse un helado.
   -¿Qué sería?
   -Mira, no me preguntes cómo lo sé, pero cada vez lo siento con más certeza.
   -¿Qué sientes, Cirilo?
   -Es como un anuncio. A lo mejor, alguna sabiduría extraña trata de advertirme un posible peligro.
   -No me asustes. . .
   -No te lo digo para que te asustes. . . Mira, es como un temblor muy fuerte, un muro que se desploma, y yo intentando salir de entre los escombros.
   -Cirilo, tienes miedo de un terremoto. Es sólo eso. Yo también les tengo miedo.
   -Es un poco más que . . . simplemente tener miedo.
   -En realidad, debo reconocer que tú nunca le tienes miedo a nada.
   -¿Te das cuenta? Esto es como saber que voy a estar en dificultades, y tendré que poder salir de ahí.
   Carolina me comprendió, o al menos, así me lo dijo, talvez para tranquilizarme.
   El terremoto vino un par de semanas después. Todo se movía de una manera atroz. Las cosas caían estrepitosamente al suelo. No tenía con quien lamentarme, porque vivo solo. Quise salir afuera, a tropezones, porque caía al suelo, y cuando estaba atravesando el pasillo, se derrumbó el muro, y aunque me protegí todo lo que pude, me caí una vez más, traté de alejarme un poco de la zona más dañada, pero no me fue posible. Quedé atrapado por un montón de inmensos pedazos de concreto que me impedían el movimiento. Intenté pedir auxilio, pero eso no resultó posible. Yo no escuchaba ningún ruido. Tampoco podrían escucharme a mí.
   Al poco rato llegó Carolina con unos bomberos. No les fue fácil sacarme, pero lo lograron.

 

   Adelaida
   

El huésped

   Yo estaba apurada, ordenando todo. Ya veía que, en cualquier momento llegaba Cirilo con el francés. Bueno, en realidad, me advirtió muy claramente que no se trata de un francés. Supuse que debía ser un belga. O talvez un filipino.
   A las once de la mañana llegó Cirilo. Él pertenece a una comunidad cristiana en la que yo estuve un tiempo.
   También venía el huésped. Está en Santiago para asistir a un congreso religioso ecuménico. Me pareció tan raro que tuviera pinta de árabe. Aún no me reponía cuando escuché la voz de Cirilo.
   -Hola, Adelaida -me saludó.
   -Se llama Gaspar -agregó Cirilo, presentando a la visita, después que correspondí al saludo- y pertenece a la Congregación Ortodoxa Siria.
   -Buenos días -atiné a decir, pero el visitante no entendió nada.
   Lo hice pasar con un gesto para que comprendiera. Cirilo tenía que irse inmediatamente, así que me quedé sola con el árabe.
   -Tome asiento -le dije, y el siguió de pie, con una ancha sonrisa.
   -Sit down -repetí, sacando a relucir mi mejor inglés.
   Como tampoco entendió, le indiqué con mi mano una silla. Le serví algo de comer. Eso sí que lo entendió perfectamente bien. Me pregunté a mí misma si este joven, que recién venía saliendo de la adolescecia, tendría pozos petrolíferos, pero a él no le dije nada. Mientras el tipo engullía, yo me preguntaba si estaría siendo muy escandalosa con mi falda hasta la rodilla, o si tendría que ponerme un velo en la cara para no estar tan provocativa. Pero a él, tampoco le dije nada. Decidí que Gaspar tendría que adaptarse a las costumbres del país.
   Lo llevé a conocer su pieza. Era como andar con la gallinita ciega, pero en este caso, era una gallinita sordomuda. Y no es que no hablara. Me contaba miles de cosas en un idioma extraño. Estábamos incomunicados.
   Por señas, metí al árabe dentro de mi auto y lo llevé a una librería cercana, bastante surtida, y compré un diccionario árabe-español; español-árabe.
   Por el camino le preguntaba a Dios:
   -¿Qué quieres de mí, Señor? ¿Acaso este tipo viene en tu nombre?
   Al volver a casa le expliqué a Gaspar, obviamente a través de señas, que el diccionario iba a ser nuestro canal de comunicación. Lo abrí en la página del reloj, para explicarle los horarios. El leyó “reloj” en árabe, y entendió. Su sonrisa era ahora de triunfo.
   Por esta vía le pregunté, usando varias instancias del diccionario, en qué idioma comprendía algo durante las sesiones del Congreso. Me dio a entender que le traducían al francés.
   Y yo no sé nada de francés.
   Como los números son esenciales, aprendimos el uno, el dos y el tres, por el momento. Me cambié a otra página y le indiqué con el dedo la palabra “tren”, que me servía para explicarle el Metro. El leyó en árabe. Poco a poco, Gaspar iba entendiendo. De pronto, pescó el diccionario y lo abrió en el sector de él y me mostró una palabra tan extraña como todas las de su idioma. Yo la leí en castellano. Entonces, entendí que Gaspar estaba que ya se hacía. Le indiqué la dirección en que estaba el baño.
   Después seguí explicándole el Metro. Hasta lo llevé caminando a la estación República, muy cerca de la casa. La recorrimos entera. Diccionario en mano le enseñé a movilizarse. Hasta conseguimos un mapa de Santiago, con las estaciones.
   En la tarde practicamos números hasta el seis, y también los colores más importantes.
   Al terminar el día, Gaspar estaba cansado, y yo exhausta. Por lo menos, ya teníamos algunas palabras en nuestro vocabulario común.
   No fueron días fáciles, a pesar de que Cirilo lo venía a buscar en las mañanas, y a dejar, en las tardes. Por lo menos, eso me permitía hacer mi trabajo diario de visitas médicas.
   Fue el viernes en la tarde cuando ocurrió aquello. Estando yo en la Clínica Alemana, sonó mi celular. Lo encontré sin dificultad en la cartera. Sé que nunca podrá perderse en ella. La enfermera abrió tremendos ojos cuando vio el enorme celular antiguo que yo esgrimí. Gaspar me estaba llamando desesperado.
   -¿Dónde estás Gaspar? -le dije por el teléfono. El pobre árabe trataba de darse a entender. Sin diccionario nos resultaba prácticamente imposible.
   -Verde -dijo Gaspar por el teléfono. Menos mal que aprendió algunos colores. Igual, no era una pista tan fácil.
   -Cinco -dijo Gaspar. Y entonces creí comprender. Claro, debe estar perdido en la línea cinco del Metro, que es verde. Eso es lo que me imaginé.
   -¡Ah! -le dije- ¿En qué estación? Estación . . . - repetí esa palabra varias veces.
   En ese momento, alguien se puso al teléfono. Ya no era Gaspar el que hablaba, sino una voz en perfecto castellano.
   -Habla el carabinero González, de la Quinta Comisaría.
   -¿En qué puedo servirle? -le pregunté, disimulando mi confusión, mientras el cinco y el verde se estaban transformando en algo muy distinto a lo que imaginé.
   -Venga a buscar a este turco, por favor.
   -No es turco, es árabe.
   -Bueno, lo que sea.
   Me dio la dirección y partí a buscar a Gaspar. Era lejísimos. Finalmente, nos encontramos y volvimos a casa. Saqué el diccionario, con la esperanza de saber cómo este loco fue a parar a los carabineros. No hubo caso. Jamás lo pude saber.
   Un día, temprano, Gaspar abrió el libro en la palabra “avión” y me hizo un gesto aleteando con sus brazos. Al poco rato llegó Cirilo para llevarlo al aeropuerto. Antes de irse, Gaspar me entregó un regalo, que abrí emocionada. Era un ícono muy bello, representando un santo que no conozco. Será mi único objeto en recuerdo de mi huésped. Además de un diccionario árabe-español; español-árabe.

 

   Norberto
   

Su última humorada

   Yo estaba en mi cama, muy enfermo, viendo la TV. Una noticia de último minuto me impresionó. Se trataba de un accidente que se produjo en la carretera, en el cual quedó gravemente herido un famoso humorista. Julio Agosto era su nombre artístico. Nos había hecho reir a todos durante años, y ahora nos estaba haciendo llorar.
   Horas después murió Julio Agosto, un poco antes de que mi enfermedad me llevara a mí también.
   Llegué al otro ámbito, y dejé de sentir dolor en un cuerpo físico que ya no tenía. Adquirí otro cuerpo que, por alguna extraña razón, la gente no veía, pero yo sí, podía ver mis brazos, mis piernas. Y hasta la cabeza, con la ayuda de los espejos.
   Me dirigí hacia la iglesia de los franciscanos para recibirme cuando llegara mi féretro. Extrañamente, el ataúd ya estaba dispuesto en el momento en que entré a la capilla. ¿Cómo tan rápido? Miré el rostro del difunto porque tuve dudas. Pude constatar que ese cuerpo sin vida era el que perteneció a Julio Agosto.
   Decidí esperar un rato más, pero caí en la cuenta de que no quedaban capillas libres. Estaban todas ocupadas. ¡Qué contratiempo! Ya no podría llegar mi cuerpo acá, a pesar de todas las instrucciones que dejé antes de venirme.
   Al poco rato llegó Julio Agosto al lugar. Me refiero a su personalidad tenue. Nadie lo veía, así como a mí tampoco. Él se dio cuenta de ese detalle, así que me habló:
   -Yo no quería llegar acá, sino a los Dominicos.
   -Y..., tratemos de que te lleven allá -respondí muy interesado.
   -Es muy fácil decirlo, pero... ¿cómo se logra?
   -Tienes que decírselo mentalmente a alguno de tus deudos.
   Julio Agosto lo intentó varias veces.
   -No parecen creer que yo les esté hablando -concluyó.
   Pensamos varios planes, cuál más loco, hasta que a Julio Agosto se le ocurrió la genialidad. Le contó chistes en silencio al sacristán. Uno tras otro. El pobre hombre emitía unas tremendas risotadas, en los momentos menos propicios. Al principio, los deudos de Julio Agosto se limitaban a carraspear, un poco molestos, pero después de muchos chistes que ellos no percibían, la risa del sacristán terminó por incomodrlos a tal punto que se fueron a quejar al cura. El asunto terminó en franca discusión, y los parientes decidieron llevarse el ataúd a la iglesia de los Dominicos.
   Así, la capilla quedó libre para mi llegada, la que se produjo pocas horas después.