ARISTODEMO                    Un lugar literario
Encuentros misteriosos         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Segunda parte.-    Desde el Norte

   Mesa de ayuda

   -¿Qué es un lupanar?
   -Se dice luna-par, creo yo.
   -Si tú lo dices... -consintió Belinda, la más joven, volviendo los ojos hacia su libro.
   -Es un lugar de juegos y diversiones, como una fantasilandia.
   -¡Ah! Con razón, aquí dice “lo pasaban de maravilla en el lupanar”.
   Obdulia, la de más edad, siguió tomando helado de su enorme copa. Ya hacía rato que estaban instaladas en una mesa de la vereda del restaurante.
   -¿Qué es un lenocinio? -preguntó Belinda, que seguía leyendo.
   -Es cuando matan a alguien.
   -¡Ah! Con razón, aquí dice “lo mataron de tres cuchilladas en un lenocinio de mala muerte”.
   -Se te va a derretir el helado si no te lo tomas -dijo impaciente Obdulia.
   -¡Oh! También dice “murió en los brazos de una puta” -insistió Belinda.
   -Supongo que no tengo que explicarte lo que es una puta, ya que lo sabes por experiencia propia.
   -Más experiencia tienes tú, que fuiste la que me metió en el ambiente.
   -Agradecida tendrías que estar..., si no tenías donde caerte muerta, y no te quedaba más que volver a la casa de tus papás.
   -Ni muerta habría vuelto. Tú no te imaginas lo que sufrí en esa casa, con mi padre borracho, violándome a cada rato y sacándome la cresta. Y la vieja, como si no pasara nada.
   A estas alturas, Belinda lloraba de rabia contenida, que surgió como de un volcán en erupción. Obdulia la consoló como pudo.
   -Quince años tenía cuando me escapé -continuó la joven, entre hipos- y me juré no volver nunca más... Ni me buscaron, tampoco.
   -Menos mal que me recogiste -logró decir Belinda cuando se repuso, después de un silencio- , y me llevaste donde esa señora que yo creí que era tu tía.
   -Bueno, si esa misma señora, a quien quiero tanto, me recogió también a mí cuando yo no valía un peso -empezó a contar Obdulia.
   -¿También te escapaste de tu casa?
   -De la casa de mi marido. Un abusador, que en mala hora se me ocurrió casarme con él. A mí, sí que me buscaron. Con tiras y pacos. No es nada de fácil vivir escondida si no tienes ni qué comer.
   -Supongo que no podías recurrir a tus papás -comprendió Belinda.
   -Ni por casualidad. Si yo tampoco salí bien de esa casa. Tenía dieciocho años cuando me enamoré de un hombre estupendo. Mis papás no lo podían ver ni en foto.
   Obdulia no lloraba. Había criado una coraza protectora infranqueable.
   -Tuve que escaparme para seguirlo -agregó-, pero no alcanzamos ni a casarnos, cuando lo perdí en un accidente de automóvil. Pasé muchas pellejerías hasta que me casé con un tipo que después resultó ser un imbécil. Es que ya estaba desesperada.
   -Me tengo que lavar el pelo -dijo Belinda, cuando la densidad del silencio se apaciguó.
   -Pero, si te lo lavaste esta mañana.
   -Sí. En la mañana fue por pura costumbre, no más. En cambio ahora, es por que no me aguanto ni yo misma.
   En cuanto terminaron su helado, llegó el mozo con la cuenta.
   -Son cuatro mil, más los quince que me deben, serían diecinueve mil, en total.
   -Anótalo, Pantruca, ¿ya? Mira que... no andamos trayendo nada... -dijo Obdulia, coqueteando.
   -No es mi problema, si... no andan trayendo nada... -casi deletreó el mozo, moviendo su vista de rayos X desde una falda a otra. Y agregó sonriente:
   -Quizás podamos arreglar esto de otra manera.
   -Junta más plata, flaco fresco -alcanzó a escuchar el mozo, cuando ellas ya se alejaban riendo.

   

   Pantruca

   Un trabajador de estación

   Desde muy niño trabajé en la estación del ferrocarril. Si algo me ha fascinado durante toda mi vida es ver los rieles, esos fierros que no se sabe hasta dónde van a llegar.
   El primer día, me pasaron un trapo mugriento y un escobillón, con el que me entretuve haciendo perder el equilibrio a los pasajeros que estaban en fila frente a las ventanillas. Me sentía obligado a molestar para estar a tono con el letrero de plata que mi padre me colgó al cuello a causa de mis primeras diabluras callejeras. Siempre me ha pesado toneladas esa sentencia que es una verdadera meta, y he necesitado esforzarme para cumplir lo que de mí se espera.
   En mi estación mando yo, aunque a alguien no le guste. Llegué acá después de conocer todos los liceos desde dentro hasta que no quedó ninguno que me aguantara. Es que el letrero me inducía a ser valiente, y decirles unas cuantas verdades a los profesores. Especialmente a uno, que trató de hacerme creer que las líneas paralelas nunca se juntan. Con sangre me entró esa frase que no olvidaré, ni tampoco aceptaré. ¿Cómo puede una persona estar tan segura que las paralelas nunca se van a juntar ? No quise entenderlo. Más bien, estoy seguro que se juntan cuando nadie las ve.
   Después de un tiempo, supuestamente dedicado a la limpieza de una estación que se negaba a perder la suciedad, fui progresando, y pasé a cargador de maletas. Así, adquirí un uniforme y un gorro rojo con visera. Desde entonces, recorro el andén una y otra vez, disfrutando el movimiento de las locomotoras. En algunos ratos me escapo a tomarme unos tragos, y me enfrasco tanto en el vino, que después no sólo los trenes se mueven, sino también todo el edificio de la estación. Y qué decir de los rieles. Se juntan. Y también se cruzan y se separan. Yo siempre supe que mi profesor de matemáticas estaba equivocado.

   Estación de trenes

   Estando yo en la limpieza de la estación ferroviaria de Antofagasta, llegó un tipo con vestimenta extraña. Me preguntó por un tren con destino a la localidad de Bajo Cóndores. Lo tuve que atender yo porque el jefe de la estación no estaba. Le expliqué que ese tren pasa una vez por semana, todos los sábados. El hombre andaba con suerte, pues sólo tendría que esperar algunas horas. Dijo llamarse Norberto, y traía una especial recomendación de trabajo para una empresa minera, talvez pequeña, o al menos desconocida.
   Mientras Norberto esperaba el tren que lo llevaría a su destino, conoció a Obdulia. Tuvieron tiempo para conversar muchas cosas, pues el tren tardó varias horas en pasar. Yo pasé muy cerca de ellos varias veces para escucharlos. Me pareció que Norberto creía estar enamorándose, y además, siendo correspondido. Obdulia le contó que vivía muy sola, y trabajaba como auxiliar de lavandería. Era una mujer mayor que él, y había tenido una vida azarosa.
   Obdulia no se subió a ese tren, pues su destino era otro.
   Casi un año después, volvió Norberto y lo reconocí de inmediato porque traía puesta la misma ropa.
   -¿Qué tal la pega? -le pregunté.
   -No había pega. Me dijeron que esa empresa dejó de funcionar a fines del año pasado.
   -¿Y qué te quedaste haciendo?
   -Me tuve que quedar toda la semana esperando el tren.
   Me pareció extraña esa respuesta, si había pasado muchísimo más de una semana, pero Norberto no estaba con ganas de conversar, y se fue muy rápido a conseguir alojamiento, según dijo.
   Al día siguiente, Norberto vino a la estación especialmente a hablar conmigo. Estaba muy nervioso y desconcertado.
   Me contó que cuando llegó a Bajo Cóndores no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Un pueblo abandonado... Incluso, llegó a creer que se había equivocado de lugar.
   -Y eso no es lo más extraño -me dijo-. Ayer en la tarde quise visitar a Obdulia..., para continuar esa amistad que habíamos empezado a tener.
   -¡Ah! Y no la encontraste.
   Empecé a comprender la frustración de Norberto.
   Me explicó que durante largos minutos golpeó la puerta, sin obtener respuesta. Una vecina de su amada le contó que ésta murió, hace algunos meses. Nada tenía lógica para Norberto.
   -Murió hace ya unos ocho meses -confirmé, apenado, porque yo también la quería mucho.
   -Eso es absolutamente imposible. Tú sabes que estuve con ella hace poco más de una semana.
   Lo miré sin saber qué decirle. Para él, el tiempo no transcurrió como a cualquier otra persona. Le tuve que mostrar la fecha de un diario reciente. Casi se cayó al suelo de la impresión.
   -¿Y qué puedo haber vivido durante un año completo, sin darme cuenta?
   Es una de las cosas más notables que ha ocurrido por acá.

   Un caso policial

   ¡Qué hermoso parque! Nunca antes había estado en la capital. Desde que llegué, en la tarde, me entretengo en cualquier cosa. Mañana iré a ver a mi compadre, que me está consiguiendo una pega.
   -¿Qué sabís hacer? -me había preguntado en cuanto bajé del tren.
   -De todo. He sido mozo, he trabajado en la estación...
   Allá en el norte la cosa está mala. Quizás algún día pueda volver a mi pueblo. Allá están mis amores. Y todas mis raíces. Por ahora, ya se está oscureciendo, y mejor me vuelvo a la pensión, antes de que aparezca algún malandra. Como esa sombra que camina por ahí. No me gusta nadita. ¿Y si me apuro? Ya voy casi corriendo. También el otro bulto corre, y mucho más que yo. Ahora me asalta:
   -Dame la chaqueta, cabrito.
   -¿Estái loco, oh? Córrete, antes que llame a los pacos.
   -Y también los zapatos, ¿oíste?
   ¿Qué se habrá creído este huevón? ¿Mis zapatos nuevos? ¿Y mi chaqueta de cuero? Pienso que de un solo puñete me lo puedo sacar de encima. Allá voy. ¡Cresta! Sacó un cuchillo. Le hago el quite. ¡Ay! Me alcanzó. Me corro. Trato de arrancar. No puedo. Me dio otra vez. ¡Cómo me duele! Se me nubla la película. Caigo al suelo. Siento unas patadas. Ya no siento nada, pero sigo estando aquí mismo. . .

         * * *

   Nunca se supo si este relato quedó atrapado entre las neuronas de su dueño, y por lo tanto, yace bajo tres metros de tierra, o bien, si quedó en algún fluido etéreo rondándonos infructuosamente. Lo único que se pudo saber, en un primer momento, fue lo que apareció en el diario, dos días después, en una columna menor de la página policial:
   “Fue hallado un cadáver semidesnudo, de sexo masculino, de mediana edad, en la orilla sur-oriente del estero Los Sauces, a la altura del sector denominado Las Ñipas, de esta capital. El occiso, que aún no ha sido identificado, presenta heridas corto-punzantes en las regiones torácica y abdominal. Vecinos de Las Ñipas manifestaron no conocer al infortunado, así como tampoco advirtieron ningún movimiento extraño.”

   

   Norberto

   Un final con guitarra

   Todo empezó en un bar nortino. Una de esas tantas veces en que fuimos con Juan a tomarnos unos tragos. Era nuestra costumbre conversar varias copas junto a otros amigos.
   Juan fue para mí algo muy parecido a lo que sería un padre, que casi no tuve. Mi padre murió en un accidente del trabajo cuando yo era un niño chico. Desde el momento en que ocurrió aquella desgracia me convertí en un tipo solitario.
   De todas formas, mi soledad ha sido llevadera. Y mucho más aún, cada vez que me siento atraído por alguna mujer. Hasta tuve una novia, que me hacía la vida feliz, pero nada resultó porque ella era de clase, y su padre no me aceptaba. Eso fue hace mucho tiempo.
   Como siempre, después de la segunda copa, Juan cantó su canción favorita, acompañándose de su querida guitarra. Es como si todavía lo estuviera viendo, en el sector más iluminado de la mesa. El trataba de alegrarnos la vida a todos los demás, y lo disfrutaba. Sin embargo, yo apenas sonreía, sin poder salir mucho de mi tristeza.
   -Compadre -le dije- , cuando yo me muera, usted me va a ir a tocar la guitarra, mire que quiero un funeral alegre, con música.
   -Así será, Norberto -me respondió riendo- , pero . . . ¿y si yo muero antes?
   -En ese caso, yo le consigo alguien que sepa tocar la guitarra.
   Entre risa y risa, quedó sellado el trato. Esa noche, no nos dimos cuenta que había quedado un presentimiento flotando en el aire. No le dimos importancia a una frase que dijo Juan, refiriéndose a su guitarra. Me pareció escucharle algo así como “a una cuadra de distancia no le veo las cuerdas”. No entendí bien por estar distraído pensando en mi imperiosa necesidad de aprender a tocar un instrumento musical, y en las muchas veces que había tratado sin éxito porque mis dedos ya se estaban poniendo tiesos. De todas maneras, la frase de Juan me quedó sonando.
   Ni nos imaginamos que tan pronto iba a ser el momento de cumplir nuestro pacto, cuando la violencia se hizo cargo del país. El abuso y la injusticia merodeaban en cada esquina. No podíamos salir en las noches porque estaba prohibido por la autoridad. Cada uno tenía que quedarse en su casa escuchando los balazos, sin siquiera saber a quién iban destinados.
   Ya no me resultaba posible trabajar contento como antes. Era el mismo mineral de cobre de siempre pero con un sabor completamente distinto. Empecé a temer por mi compadre Juan, que había estado metido en más de alguna actividad medio sindical, medio socializante.
   De un día para otro dejamos de ver a Juan.
   -Anda escondido -aseguró el Pantruca. Le decíamos así porque era el único rostro que no se quemaba con el sol ni se resecaba con la sal del aire. Me lo dijo convencido, pero no supe si creerle o no. Además, no había a quién preguntarle.
   Una tarde apareció Juan. Estaba flaco y un poco desanimado. Fuimos a tomar unas copas, pero bien temprano. Curiosamente, esa vez cantó canciones tristes, y se retiró callado. No fue mucho lo que alcanzó a estar en el pueblo. Lo sacaron durante una noche negra, y ya no volvió. No lo vi más.
   Muchas veces fui a compartir una taza de té con la madre de Juan. En su casa estaba la guitarra, como esperando algo, y causando un doloroso recuerdo a la pobre señora, cada día y en cada momento. Por eso, no vaciló en dármela en cuanto me atreví a pedírsela. No teníamos mucha esperanza de que mi amigo volviera.
   Juan no murió de manera natural, sino que en una situación odiosa, como si se hubiera tratado de una guerra en que cualquiera podía ser tildado de enemigo. Casi lo echaron a una fosa común de desaparición. Por alguna circunstancia fortuita se salvó de eso. Nadie supo ni cuándo ni cómo, y ya estaba bajo tierra en el desierto, a cierta distancia de un camino secundario.
   De cómo me enteré de esto, fue a través de un uniformado. Hasta ese momento, sólo se sabía que lo tomaron detenido. Nadie era capaz de decir nada de él. Sin embargo, una noche en el bar me puse a conversar con un suboficial. Al principio creí que me tomaba el pelo, cuando me dijo donde estaba enterrado Juan.
   -No se puede sacar de ahí -me advirtió con firmeza.
   No creí que él pudiera estar dando información tan sueltamente sin que sus superiores arremetieran contra él. Hay muchas cosas del ambiente militar que yo nunca he entendido.
   Fue una impotencia salvaje. La rabia me hacía querer decirle unas cuantas cosas al milico, a pesar de que fue atento y cortés al darme la mala noticia. Desde luego, él no tuvo nada que ver con esa sucia historia. El lo vio por casualidad, en una ocasión en que encontraron varios cadáveres tan descompuestos que había que darles sepultura rápida. Igual, quedé con la duda. Ni pensar en ir a confirmar con algún otro militar lo que el suboficial me había contado.
   Primero, se me ocurrió que podía ir al lugar y hacer un hoyo, pero no tenía datos tan exactos, y además era muy peligroso porque me agarrarían rápidamente, y me meterían para adentro. En realidad, me llené de miedo. En uno de esos intentos podían pescarme a mí por desafiar a la autoridad.
   No me constaba que Juan estuviera ahí, pero realmente daba lo mismo si acaso estaba en ese lugar o en cualquier otro. El estaría siempre en todo el aire, de día o de noche, invierno y verano. El lugar dado por el suboficial estaba bien para centrar el recuerdo.
   No intenté excavar ni averiguar más. Lo esencial es que tenía que darlo por muerto. Nadie podía estar vivo después de todo lo que le había pasado. Tuve que asumirlo así, sin más. Equivalía a entregar todo, lo material y lo inmaterial, a cambio de nada, y sin que me dieran ni un maldito recibo. Fui despojado de mi amigo. El no era criminal, ni nada de eso. A lo más un poco exaltado y con una tremenda fuerza para pedir lo que era suyo. Ahora, ninguna cosa material es suya. Sólo la guitarra. Su legado es más que una canción.
   Como gran cosa, logré ir al día siguiente a despedirme en silencio de mi amigo. Llevé la guitarra, que aún no había aprendido a tocar. Ahí estaba yo, solo, en el desierto, con una tumba presunta. Aún hacía calor cuando ya empezaba a ponerse el sol. El aire lejano se pintaba con todos los colores en suave evolución.
   Rasgueé lo que pude con mis dedos torpes. Canté lo que pude con mi voz desentonada. Lloré lo que pude. Recé un padrenuestro, aunque mi compadre no era tan creyente, igual le sirve. Armé una improvisada cruz con dos palos y la clavé en el lugar en que se suponía estaba Juan.
   Le solté un poco las cuerdas a la guitarra para que no se cortaran con el frío de la noche, y la puse al lado de la cruz con un mensaje escrito en una caja de cartón desarmada. Ahí escribí el epitafio:
   “Peregrino que cruzas el desierto, cántale una canción a mi amigo Juan, que será también tu amigo en el cielo”.
   Así dejé la tumba, y me fui con el corazón apretado. Pensé que sólo estaba tirando una guitarra y un pedazo de cartón, lo cual no importaba para nada. Si algún día una persona llegaba a interpretar el amor a la humanidad en esa guitarra, se pagaba sola. Nunca llegaré a saber qué canciones se cantaron, si es que alguna.
   Imaginé multitudes en la tumba de Juan. Mi fantasía me presentaba las historias de cada una de las miles de personas que habrían acudido. Estoy condenado a no saber qué se vivió realmente en ese desierto. Por lo menos, estoy seguro que el viento entonó su saludo diario.
   Siempre le converso a Juan. No sé si me escucha, pero a mí me hace bien, sobre todo cuando ando con muchas dudas, se me aclaran. El me espera allá en lo alto, pero no voy a ir todavía.
   Estuve viviendo en el extranjero. Así lo decidí, antes de que fuera demasiado tarde. No sabía si irme o quedarme, porque no era nada de seguro vivir aquí. Mi trabajo en la mina de cobre se había puesto difícil, y no era cosa de revolverla tanto. Aunque no me estaban echando ni persiguiendo, yo no tenía a nadie y preferí intentar algo completamente nuevo. Pasó el tiempo, y parecía eterno. Trabajé en cualquier cosa, cuando tenía algo, y cuidando el poco dinero que lograba ganar.
   Cuando volví al país, habían pasado como cinco años. Una noche soñé con una guitarra sin cuerdas, en plena pampa, y al fondo se veía el pueblo y el camino secundario. Al despertar recordé, palabra por palabra, esa frase extraña que Juan pronunció una vez. “A una cuadra de distancia no le veo las cuerdas”. Sí. Esa era la extraña frase que se me quedó grabada.
   Me levanté con urgencia y partí a visitar la tumba. Todavía estaba la cruz, y hasta el cartón, con muchas piedras encima. Envejecido, pero aún se leía. No estaba la guitarra. La encontré mucho rato después, como a cien metros de ahí, totalmente destrozada. Me la llevé para guardarla como un preciado recuerdo.
   -Se parece a la guitarra del Pantruca -dijo alguien a quién yo no conocía, en cuanto me vio entrando al pueblo.
   Cuando se la mostré al Pantruca, casi se murió. Ahí me contó que él se la había robado de la tumba y se la llevó a su casa. Desafinada por el calor, casi quemada, inútil, pero gratis. Eso era impagable.
   Me contó que en la noche no pudo dormir por una bulla que venía del entretecho, y que se levantó dos veces a mirar y no encontró nada. A la noche siguiente habían vuelto los ruidos extraños y el Pantruca ya no podía más. Siguió teniendo toda clase de estragos, hasta que no le quedó más remedio que ir a devolver la guitarra. Iba tan asustado que no encontró la tumba y tuvo que dejarla por ahí, en cualquier parte.
   Después de toda esta historia, todavía no he podido quedar conforme. Ni tampoco he logrado aprender a tocar la guitarra. Lo más notable es la cantidad de cosas que me cuenta Juan cuando voy a tomarme un trago al bar.

   Las amigas

   Poco después de llegar de un viaje al extranjero, y haberme instalado en Santiago, viví una misteriosa situación. Cuando esperaba la luz del semáforo para poder cruzar, vi a una joven que también esperaba. Me sentí muy atraído por ella, mucho más de lo normal, si ni siquiera era tan bonita. Alguna irradiación invisible estaba actuando.
   Ella intentó cruzar distraídamente, cuando venía un microbús. La tuve que sujetar del brazo. Le salvé la vida, en virtud de ese algo invisible. Me dio las gracias, y conversamos un poco. Se llama Ester.
   Como quedamos de juntarnos, al otro día la busqué en el lugar acordado. Sin embargo, ella no llegó. Por lo menos, dejó un mensaje para mí, con el mozo. Éste me dijo que yo fuera a la casa de ella, al día siguiente. Y me explicó más o menos cual era la casa.
   Todo esto era tan extraño, que me debatía entre ir y no ir. Finalmente, acudí, porque esa intensa atracción que sentí, tiene que haber estado para algo.
   Toqué el timbre que había en la reja del antejardín, y esperé un rato. Volví a tocar, ya que nadie me abría la puerta. Se escuchaba una bella música de piano, supuestamente interpretada por Ester. Al menos, eso creí, y quizás por eso ella no escuchaba el timbre. Seguí esperando otro rato.
   Opté por retirarme de ahí, pensando que tendría que olvidarme de Ester. Sin embargo, volví al día siguiente. De nuevo se repitió lo mismo. Una música de piano, triste, muy triste.
   Fui varias veces, sin mejor resultado. En una de éstas, se me acercó una vecina, una muchacha joven. Conversamos.
   -Soy Norberto.
   -Soy Elisa.
   Aproveché de preguntarle si conocía a Ester.
   -La que vive en esa casa -le dije-. No la de la esquina, sino la del lado.
   -Sí -me respondió Elisa-. La conocí, y lamenté mucho su muerte.
   -¿Qué? ¿Murió? ¿Hace pocos días?
   -Hace más de seis meses.
   -No puede ser...
   Se la describí, para que me confirmara que no era la misma.
   -Es ella misma.
   -¿Pero, cómo?
   -La atropelló un microbús.
   Me dijo dónde ocurrió... Y es la misma esquina en que la conocí hace poco más de una semana.
   No iba a quedarme así, no más. Aquí había un misterio que yo quería resolver. Invité a Elisa a almorzar en el centro, y aproveché la ocasión para preguntarle muchas cosas. Pero, ella no sabía mucho acerca de Ester.
   -Estábamos recién empezando a ser amigas... -me dijo, y no terminó la frase. Nos despedimos con tristeza.
   Investigué en la Biblioteca los accidentes ocurridos en esa época, en ese lugar. Fueron sólo dos tardes las que estuve buscando en los diarios, hasta que encontré algo. Una Ester, precisamente. No había foto.
   Ya no quedaba mucho que indagar. El misterio amenazaba con seguir siéndolo para siempre. De todas formas, volví a llamar a Elisa, por si ella pudiese aclarar esta situación.
   Para ser sincero, no fue sólo por eso que llamé a Elisa. Ella me gustó desde el primer momento. Iniciamos una amistad, que pronto derivó a noviazgo.
   Ahora que Elisa es mi esposa, me pregunto si acaso habría llegado a conocerla si no fuera por esa misteriosa intervención de Ester.

   Viajando

   Mi lectura transcurría plácida, casi somnolienta. Algo de lo que leí me hizo recordar a Juan, y todo el asunto ése de la guitarra. Dejé la lectura por un rato, evocando viejos tiempos.
   De pronto, en la otra silla, la que estaba desocupada, apareció Juan, sin que hubiera habido un mínimo ruido. Pero, ¿cómo?, si eso no es posible...
   -Hola, Norberto -me pareció escucharle.
   Al principio, no entendí nada. Después, por lo menos capté lo que Juan intentaba decirme. Me habló de Adelaida, su mujer, y de su hijo Rafael, que estarían en peligro, debido a un derrumbe que estaba por producirse en la carretera. No dijo cuándo, ni cómo, ni dónde. Desapareció, así como había llegado, de repente.
   Pasó un día entero en que no atiné a nada, sin saber a qué atenerme, hasta que escuché por la radio la noticia del derrumbe. Corrí a la casa del vecino para pedirle prestado su auto.
   Cargué gasolina y partí rumbo al norte, reprochándome inútilmente por mi demora, que había sido inevitable. Llegué en pocas horas a la zona del derrumbe, ya que no estaba muy lejos de Santiago. Hasta ese punto se podía pasar. De ahí mismo partía un desvío. Lo que siguió fue como una odisea, por caminos angostos y disparejos, hasta alcanzar de nuevo la carretera, esta vez por el lado norte, como a un kilómetro del derrumbe. Fue entonces que vi un camión con el capó abierto, en señal de estar teniendo problemas. Me acerqué, con intención de preguntar por la familia de Juan.
   Fue asombroso, pues ahí mismo me encontré con Adelaida y Rafael. Y todos sus enseres, pues están trasladándose a Santiago, en busca de un futuro para Rafael. El chofer trataba de inventar alguna manera de llevar el camión a un taller del pueblito cercano. El motor no quería arrancar. En forma providencial se había detenido, sin ningún motivo aparente, justo antes de que ocurriera el derrumbe.
   -Ha sido una gran suerte -les dije, con entusiasmo-, la pana los salvó de quedar sepultados debajo de un montón de tierra y piedras.
   Seguimos conversando. No había nada que pudiera apurarnos. Les conté lo que ha sido de mi vida, de mi esposa Elisa, y de mis hijos Carolina y Cirilo.
   Al final de ese día, un nuevo intento del chofer logró hacer partir el motor del camión. Así se confirmaba que lo vivido fue un verdadero milagro. ¿Por qué se había detenido el camión? Ésa era una pregunta sin respuesta. Un misterio inexplicable.
   -¿Por qué viniste hasta acá? -me preguntó Rafael, que es muy observador.
   No me quedó más que hablarle algo acerca de la visión que tuve.
   -Son misterios relacionados -concluyó, con una triste sonrisa de haber siempre querido conocer a su padre.
   Adelaida y Rafael continuaron conmigo su viaje hasta Santiago. Mientras tanto, el chofer se quedó a la espera de que despejaran la carretera, ya que su tremendo vehículo no pasaba por el desvío.
   Tres días después llegó el camión a Santiago, con las cosas.

   

   Renato

   La cruz de piedra

   El camino estaba siendo monótono. Especialmente después de dejar atrás la carretera y entrar en la huella, que no difería mucho del resto del paisaje. Nunca en mi vida había sentido tanto calor. Un cielo despejado, azul, limpio, y un sol quemante. El viento sólo se escuchaba. No se veía, porque no había árboles, ni arbustos, ni construcciones, ni siquiera arena suelta.
   Me dirigía hacia la radioestación para controlar los registros. Con ellos intentaba ayudarme a eliminar una odiosa interferencia que se estaba produciendo en las comunicaciones. En ese tiempo no existían tantos adelantos tecnológicos como ahora, y se hacía necesario tener los instrumentos de medición en el lugar mismo.
   Al subir el último tramo del cerro por el largo y sinuoso camino, en pleno desierto, el motor de la camioneta se calentó tanto que el radiador empezó a hervir.
   -Hasta aquí no más llegué -me dije a mí mismo y comprendí el motivo por qué no permitían subir solo. Y entendí cabalmente la necesidad de andar trayendo un equipo de radio portátil. Este sí que lo traje. Lo levanté inmediatamente desde el piso de la camioneta, y me dispuse a comunicarme con la ciudad. No me sirvió de mucho. Después de varios fracasos, me rendí a la evidencia. El equipo estaba descargado. Esto me pasa por no haber sido previsor. Cuando estuve en la oficina, antes de salir, había cogido el primer equipo que encontré, así no más, sin probarlo.
   Y ahora, ¿qué podría hacer? Me culpé sin piedad. Era el colmo que no hubiera tomado las mínimas medidas de precaución. No traje ni agua de repuesto. Apenas una bebida para mí, y ya no estaba ni helada siquiera.
   Tendría que esperar a que se enfriara el motor, o incluso, esperar hasta la noche. El frío jugaría a mi favor. Que alguien pasara por aquí, era poco menos que imposible. Sin embargo, a lo lejos alcancé a divisar algo como una columna de tierra, indicando que quizás venía un vehículo por la carretera. Me pareció que se acercaba, pero no fue así. Se alejó cada vez más hasta perderse.
   Si iba a esperar hasta la noche para bajar, no me venía mal seguir subiendo a pie. Por lo menos, decidí iniciar la caminata. Veía espejismos hacia donde mirara. Cuando estaba preparando las cosas que llevaría conmigo, alguien me habló:
   -¿Necesita algo?
   Casi me morí del susto, pues no lo había visto llegar. Ni tampoco escuché ningún ruido de vehículo.
   -¿Quién . . . es usted . . .?, ¿de dónde . . . viene? -le pregunté, intrigado. Sólo me contestó que todos le dicen Juanito. Insistió en preguntar si yo necesitaba algo.
   -Agua -le dije, sin saber para qué me servía decirlo. Entonces, me fijé que él cargaba un bidón de quince litros. Lo puso al lado del vehículo, mientras me pedía que por favor lo devolviera después en Antofagasta, en una dirección que me dijo, y que me aprendí.
   -Cuando se enfríe el radiador le echa el agua -agregó a continuación. Eso fue todo.
   Yo trataba de entender cómo supo que el agua era para el vehículo y no para mí. Quise darle las gracias, pero el hombre ya no estaba. Miré para todos lados, confundido. No quedaba rastro de Juanito. El viento seguía aullando.
   Esto es lo más incomprensible que me ha pasado en toda mi vida.
   Caminé unos metros hacia distintos sectores, para ver si detrás de alguna loma se veía alguien alejándose. Nada. El viento me llevó con mucha fuerza, sin tener yo donde sujetarme. Cuando acepté irme al suelo, divisé un objeto extraño a unos cien metros de distancia. Fui hasta allá en la dirección del viento, hasta darme cuenta que se trataba de una pequeña cruz enterrada en el suelo. Estaba hecha de piedra. Al acercarme, vi que también había un cuadro con un marco y un vidrio trizado que ya no permitía leer ningún epitafio. La acción del tiempo había sido implacable.
   Cuando disminuyó el viento volví a la camioneta. Un par de horas después pude reanudar viaje, hacer mi trabajo en la radioestación y volver a Antofagasta, tarde en la noche.
   Preferí esperar hasta el día siguiente para ir a la dirección que me dio Juanito. Acudí temprano, llevando el antiquísimo bidón, ya que había prometido devolverlo. Por lo demás, mi curiosidad era enorme.
   -Mi nombre es Renato, y vengo a devolver el bidón que me prestó Juanito -le dije a la mujer que me abrió la puerta.
   Abrió también unos tremendos ojos y me miró muy asustada.
   -Adelaida, para servirle -balbuceó.
   -¿Juanito? -preguntó, sorprendida-. ¿Desde cuándo tiene usted ese bidón?
   - Desde ayer en la tarde. El me lo pasó allá arriba, en el cerro de la antena.
   -Eso no puede ser. Juanito murió hace quince años. Me dijeron que tuvo un accidente. Justamente en ese mismo cerro.
   -¿Es usted su esposa?
   -Su viuda, para ser exacta.
   -¿Dice usted que él murió en ese cerro? - atiné a preguntarle, porque no sabía qué decir.
   -Sí. Mi Juanito quedó enterrado ahí mismo, en el cerro de la antena. Y le pusieron una cruz de piedra, según me dijeron. Pero, fíjese que yo he ido muchas veces, y jamás he podido encontrar la tumba.
   Entonces comprendí todo. Al día siguiente fui al cerro de la antena, acompañado por la viuda, para mostrarle la cruz de piedra. Era lo menos que podía hacer por Juanito.