ARISTODEMO                    Un lugar literario
Encuentros misteriosos         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Primera parte.-    Alfonso y Marcela

   El silencio

   Presido una reunión bien especial, aunque nadie repara en mi presencia. Es la monja la que toma la iniciativa y dice a las niñas:
   -Tenéis que hacer silencio para que podáis escuchar a Dios.
   Se los repite con tanta insistencia que las alumnas, poco a poco, dejan de oírla.
   Disfruto al ver a estas adorables creaturas tratando de apagar el ruido interno. Especialmente, Marcela, la traviesa y bulliciosa del curso. Parece estar en éxtasis, casi hasta darse cuenta que ando rondando cerca suyo. Decido hablarle, ya que es la única que está cumpliendo con lo encomendado. Entonces, suavemente la invito a una gran tarea, mucho mayor que la de hoy. Un verdadero sueño loco, de esos grandiosos.
   -Cállate -me dice-, estamos en silencio.

   

   Alfonso

   Cuando niños

   La sonrisa de Marcela me desarma. No creo que yo pueda gustarle, pero eso no importa, por el momento. Creo que le voy a gustar cuando seamos grandes. Vivimos a pocas casas de distancia, en la misma cuadra. Ella tiene un año menos que yo y va en Segunda Prep, en colegio de monjas. Yo voy en Tercera.
   El papá de Marcela tiene un trabajo importante, lo que le significa contar con chofer, don Benigno, que es un muchacho joven, y tiene a su cargo un sobrino, Norberto. Algunas veces, lo trae para que haga las tareas, cuando no tiene con quien dejarlo. Norberto va en Quinta. Él viene muchas veces a jugar conmigo. Casi siempre, a la pelota. También al teléfono hecho con dos tarros, unidos por un cordel muy largo para asegurar una buena distancia entre los dos. Nos divertimos mucho.
   Eso sí, yo prefiero ir a jugar con él en la casa de la Chela, porque así, ella también participa. Me encanta, aunque es un poco bulliciosa. Jugamos al Ludo, al Ha Llegado Carta y al Poto Sucio. También al Almacén, con tortas de barro.
   La esposa de Don Benigno está esperando un bebé. La Nana de la Chela dice que está esperando dos bebés, porque según ella van a ser mellizos. No se sabe si acaso tiene la razón. Don Benigno trata de tomarlo con humor:
   -Si son mellizos y si son varoncitos, se llamarán Renato y Remigio.
   Una vez soñé con Marcela. Soñé que íbamos en el auto con Don Benigno yendo hacia un colegio en que estábamos ella y yo. Me gustó tanto este sueño, que no lo he olvidado.
   Al día siguiente en la tarde fui a su casa y llevé el teléfono de tarros. Norberto había salido con su tía. Conversé mucho con Marcela por ese teléfono, que nos tenía un poco lejos. No nos veíamos.
   -¿Tú sueñas? -le pregunté.
   -Sueño muchas cosas... cuando estoy despierta.
   -¿Y cuando estás dormida?
   -Anoche soñé que estaba en el colegio, y venía Don Benigno en el auto a buscarme. Y estabas tú, y decías "¿Me llevan?".
   -No te puedo creer..., ¿el colegio era mixto?
   -Sí. Eso es lo raro.
   Me maravillé por la coincidencia.
   -Yo también soñé eso... -dije, ansioso-. O sea, casi lo mismo.
   -No. Eso no puede ser.
   -Ya sé que no puede ser... Pero, fue... Con la única diferencia que íbamos hacia el colegio, en vez de venir de vuelta.
   -No seas mentiroso, Alfonso. Estás inventando.
   No me atreví a insistir. Más adelante, tendrá que creerme.
   -Juguemos a otra cosa -dijimos, al mismo tiempo, y nos fuimos para adentro. No hemos vuelto a hablar de eso.
   En mi casa hay gallinas. Había una que era muy celosa, y picoteaba a las demás porque quería tener al gallo para ella sola. Ésa fue una de las primeras que nos comimos. No tuvo buen sabor. Su carne era dura y llena de nervios.
   Yo persigo a la gallina flaca. Todos los días, un par de vueltas por el patio, en la mañana, y otro tanto en la tarde.
   -Deja tranquila a esa gallina, Alfonso -grita mi madre desde la cocina.
   Yo no contesto nada. No le digo por qué persigo a esa gallina. Ella cree que por molestar. Pero, tengo mis motivos. Es que me cae bien esa pobre ave... Lo que quiero es que nunca engorde para que no tengamos que comerla. Le estoy salvando la vida.

   

   Viaje a mi antiguo barrio

   Mientras el ómnibus baja con lentitud por la Alameda, voy meditando acerca de mi vida solitaria de sabio loco. Vivo solo, en un departamento tan pequeño, que casi puede verse entero, con solo entrar en él. Para orientar la atención de las posibles visitas, siempre pongo algún retrato encima de la pequeña mesa que está a la entrada, al frente de la puerta. Cualquier retrato. Es como si le hubiera asignado la misión de recibir a las personas.
   En este momento voy hacia mi antiguo barrio de infancia. Solamente quiero ver cuán cambiado está todo. Me lo imagino lleno de vida nueva. Supongo que habrá otra gente distinta, pero con las mismas costumbres de siempre. Los mismos prejuicios, y lo que es peor, podré respirar esa misma ausencia de llanto que había en mi niñez, cuando hasta el aire estaba lleno de mandatos y restricciones. Al menos yo, terminé de llorar siendo muy pequeño. Ocurrió cuando me caí por ir corriendo frente a la botillería, y la señora ésa se burló de mí.
   -Los hombres no lloran, las puras mujeres -repitió varias veces, poniéndole una entonación desagradable.
   Me pregunto por qué habrá querido avergonzarme, si yo no le había hecho daño a ella. Ahora me doy cuenta que a la gente no le gusta que uno llore. Y se sienten con derecho a exigir de uno el comportamiento que quieren. Es un abuso.
   El caso es que ya no sé llorar. Eliminé de mi vida las lágrimas, y ahora me hacen falta. Pero, la gente no hizo conmigo todo lo que quiso. Por lo menos, me mantuve auténtico en algunas cosas.
   Mi abdomen se agita al estar cada vez más cerca de esas edificaciones que me son tan familiares. Me levanto del asiento porque ya estoy llegando. Con la mano que me queda libre, tiro de la cuerda, anunciando mi próxima bajada. Llevo mi amuleto para la buena suerte, un antiguo billete rojo de cien pesos. A pesar de esta supersticiosa protección, algo extraño me está sucediendo, justamente ahora, en el momento de descender del vehículo. Siento un destello acústico, dentro de una silenciosa oscuridad, durante una fracción de segundo. Puede ser mi imaginación. O bien, algún bombazo lejano, o un choque en la otra cuadra, o un fenómeno atmosférico. No lo sé.
   Con bastante preocupación me pongo a caminar. Un transeúnte que se acerca me evoca al maestro Juan, el que hizo la cómoda de mi pieza hace tantos años atrás. Su rostro y su aspecto son iguales a los del mueblista. Tendría que ser su hijo, pero no le conocí ninguno. Es tan increíblemente igual que me parece estar viviendo mi niñez.
   A medida que camino algunas cuadras, sigo viendo más hijos idénticos a sus padres, y me doy cuenta que mi entorno es de otra época. El hombre que se pone a vender fruta no ha cambiado. Con asombro, veo que la casa de la esquina es la misma que había cuando yo era niño, y todavía está igual. Y también la casa que está al lado, y las del frente. Lo encuentro maravilloso. Más aún, los autos que pasan son todos antiguos. Lindos modelos había en aquel entonces, y ahora los estoy disfrutando de nuevo. Sin duda, estoy en mi pasado. Esto es lo más raro que hay. Parece un sueño.
   Soy lo único que se ha modificado en el tiempo. En cambio, están misteriosamente en pie unas casas que no tendrían que estarlo, pues fueron demolidas hace algunos años. Así las cosas, no me queda más que asumir mi presencia en otra época, transformada en presente, de una manera fascinante. Todo está igual que cuarenta años atrás, menos yo. Al mirar mi aspecto de adulto me viene una pregunta sin respuesta. ¿Cómo llegué aquí? Después de mirarme por todos lados, entiendo que tengo que buscarme entre los niños. Presiento que me encontraré con mi yo local.
   Me encamino hacia la calle en que antes estuvo mi casa. Ya sé que la demolieron hace veinte años, junto a todas las adyacentes, y construyeron una universidad. Pero, ahora estoy viendo la que fue mi casa. El mismo caserón antiguo que todavía está casi cayéndose. Me acerco con una mezcla de temor y curiosidad. Quiero verla por dentro.
   Aunque tuviera la antigua llave en mi bolsillo, igual tengo que tocar el timbre, pues soy un invasor. Pacífico, pero invasor. Estoy a punto de empujar el timbre con mi dedo estirado hacia un recodo del muro, donde el cartero anota cuántas cartas ha entregado. Recuerdo que antes tenía que empinarme.
   Pero no, no tocaré el timbre. No me atrevo a invadir esa casa que ya no es mía. Además, no sabré qué decir. Tengo vergüenza porque no me podrán creer la verdad. Recorro toda la cuadra un par de veces, sin animarme a irrumpir en la casa que fue mía y ya no lo es.
   Desde la esquina veo, allá en la otra calle, un niño de unos siete años. Voy hacia él, decididamente, porque me siento identificado. No sé si ese niño soy yo, pero me recuerda a mí mismo. Más aún en el momento en que tropieza en una baldosa levantada y se hiere la rodilla. A ese niño le pasa lo que me pasó a mí, pero no parece ser yo. Siento ternura por él. Es alguien digno. Entonces sale la odiosa señora de la botillería, con su mismo vestido azul oscuro, y su cantinela “Los hombres no lloran, las puras mujeres”. La mujer se burla del niño que llora. Abusa porque ella es más grande. Este es el momento en que me enfurezco, porque me lo está diciendo a mí. Y esta vez no se lo aguantaré. La enfrento y le digo golpeadamente y con rabia:
   -Puede usted guardar su cantito donde le parezca y desparecerse de mi vista inmediatamente.
   La dama se queda muda, me mira con incredulidad y asombro, y ya no molesta más. No es tan anciana como yo la recordaba.
   Ayudo al niño a pararse y con mi pañuelo le limpio la sangre de su rodilla. Quizás he venido a rescatar algo que se me quedó atrapado en las frustraciones de la infancia.
   Ya que estoy frente a mi versión antepasada, necesito conversar con ese niño. Menos mal que confía en mí y en mis intenciones. Nos sentamos en la cuneta y le cuento lo que ha sido de mi vida. Queda fascinado al escuchar acerca de mis inventos, y también me habla de su mundo. Decido ir al grano. No puedo andar con rodeos conmigo mismo.
   -Alfonso..., ¿qué niña te gusta? -le pregunto sonriendo.
   -Estoy muy chico para que me guste alguna.
   -Pero, puede gustarte una tan chica como tú.
   -¿De verdad, puede?
   -Sí. ¿Quieres que te guste alguna? La Chela, talvez.
   -¿La conoces?
   -Que si no la voy a conocer. Tiene unos ojos azules preciosos.
   -Sí. La conoces -me dice con ternura.
   -Cuando la veas, dile que la encuentras linda. Nada más que eso.
   No sé si trato de ayudar o de ser ayudado. Le explico que no tiene que esperar ninguna respuesta de ella. Tan solo decírselo. Es seguro que a ella le gustará escuchar algo así.
   -Dile que te gustan sus ojos -insisto.
   -No me atrevo, señor
   -¿Qué puede pasar? Mira, cuando yo tenía tu edad me gustaba una niña como la Chela, y nunca se lo dije. Eso me entristece, después de cuarenta años. En cambio, si se lo hubiera dicho, nada malo habría pasado que durara cuarenta años.
   -Tengo que irme -anuncia, al tiempo que se para y empieza a caminar.
   -Sí. Tu mamá se va a preocupar si no llegas pronto.
   -Parece que la conocieras.
   -Me encantó conversar contigo -prefiero expresar solamente eso, y no contarle cuánto conozco a su madre.
   -A mí también.
   -Chao.
   -Chao.
   -Gracias -le alcanzo a gritar cuando se aleja.
   -¿Gracias? ¿Por qué? -grita también él, deteniéndose un instante.
   -Por todo -le digo, simplemente. Quisiera poder explicarle que todo lo que soy y lo que no soy se lo debo a él. A pesar de innumerables dificultades, él pudo construir un hombre, y ése soy yo. Hizo lo que pudo.
   No me parece que haya quedado muy convencido de decirle algo a su amiga. Lo comprendo. ¿Cómo podría ser de otra manera?
   Yo también tengo que irme pronto. No puedo seguir pretendiendo cambiar el pasado. Sería inútil.
   No sé cómo tendré que hacer para volver a mi ámbito normal. Sólo sé que es urgente hacerlo. Me subo a un destartalado ómnibus antiguo. Para pagar el pasaje estoy obligado a recurrir a mi billete de la suerte. De vuelto, me da el chofer un billete verde de cincuenta y varias monedas. Salgo ganando, pues ahora tengo más amuletos.
   Durante el insomnio de anoche, me estuve diciendo a mí mismo lo lindo que sería volver atrás. Y es lo que he estado haciendo. Metido en un pasado que ya dejó de ser mío, sin saber cómo volver a mi entorno propio. Espero conseguirlo en este trayecto, a través de otra explosión rara.
   -Hasta aquí no más llegamos, caballero -anuncia el conductor, después de muchísimas cuadras, cuando alcanzamos el final del recorrido.
   Me demoro en bajarme pensando en lo difícil que será volver a mi mundo. Todavía faltan ocho cuadras para llegar a la esquina de mi casa. Lentamente empiezo a caminar a través de potreros, pues aún no han construido nada.
   Cuando calculo estar muy cerca, imagino el edificio, con cada detalle. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. No pasa nada. Sigo en el pasado.
   Respiro profundo y cuento desde cinco hasta cero, en regresiva. . . Nada. Creo estar en el sector en el cuál algún día construirían el edificio en que viviré. Miro hacia arriba, calculando el piso séptimo. Sólo veo aire.
   Cuento desde el cien hacia abajo, mientras camino en círculo. Cuando voy en el veinte me tropiezo con una raíz que sobresale y me voy estrepitosamente al suelo. Después de una fracción de segundo en que no supe de mí, aterrizo en los pastelones de la entrada del edificio. Por fin estoy en mi época actual. Después de apaciguarme, me dirijo hacia los ascensores.
   Mientras subo, me pregunto por qué no estoy contento, si volví a mi mundo. Empiezo a entender la tristeza. Mi departamento sigue siendo solamente mío. Casi todo está igual que cuando salí en la mañana, excepto por un detalle, pues encima de la mesita de entrada hay un retrato de una niña hermosa. No sé por qué motivo, nunca antes me di cuenta que estaba ahí, como si no formara parte de mi entorno. Sin embargo, hoy que lo puedo ver, reconozco haberlo tenido en mis manos miles de veces.
   Me parece estar haciendo renacer unos recuerdos olvidados. Por algo sé que quiero leer, una vez más, el reverso de la antigua foto en blanco y negro. Es la Chela, de quince años, con su sonrisa inconfundible. Ella me la envió desde otro país al cual tuvo que irse cuando su padre fue nombrado en un cargo internacional.
   Tomo el retrato en mis manos con una emoción que no me conocía. Abro el marco lentamente y saco la foto. La doy vuelta para leer la dedicatoria:
         "Mis ojos se alegran al recordarte.
                      Marcela"

   Y es entonces, que los ojos míos se empiezan a humedecer.

   

   Marcela

   La vendedora de vestidos

   Recuerdo un horrible vestido que tuve cuando niña chica. Era de un color azul oscuro con franjas verde agua, y tenía unos vuelos extraños, que me cargaban. Mi obligación era usar ese vestido, y además, no ensuciarlo. Yo me ponía un delantal encima, y así me sentía mejor. Me iba a la cocina y preparaba cosas ricas para comer.
   Ahora que ya crecí, y me independicé, trabajo como vendedora en una tienda de ropa. Disfruto entre tantos vestidos lindos que me gustan.
   Hace un momento, acaba de entrar a la tienda una señora joven, con su hija pequeña. La pobrecita tenía un vestido casi tan feo como el que tuve yo en mi infancia. Se me empezó a remover todo por dentro, pero mantuve la calma. Atendí a la señora, y mientras ella se fue al probador, me dediqué a ofrecer lindos vestidos a la niñita. Hasta la llevé a otro cubículo para que se probara el que más le gustó.
   Ambas salieron casi al mismo tiempo. Regias las dos. La mamá miró a su hija con cara de asombro, como diciendo que no estaba en sus planes comprarle un vestido a ella. Fue entonces que se me ocurrió un truco. Inventé que había una promoción de llevar dos vestidos, uno de mujer y otro de niña, todo por el precio de uno, sólo por hoy.
   Madre e hija quedaron felices con su compra.

   

   Una noche especial

   Me contaron que cuando era bebé me dejaron a cargo de una tía. Sólo por un fin de semana. Desde hacía tiempo, mis padres querían vivir una noche especial, los dos solos. Lo sé porque me lo contaron. Y en su misma ciudad, no se vislumbraba bien la manera de lograrlo.
   Decidieron tomar un bus en la mañana, hacia el pueblo vecino. Llegaron a mediodía, y contrataron una habitación de hotel cinco estrellas. Dejaron su equipaje en el hotel y salieron a buscar un buen lugar para el almuerzo, el cual resultó muy grato. Casi fueron de ahí al hotel, pero durante el café evocaron ese otro pueblo cercano a éste, que visitaron una vez, hacía algunos años, y que ahora les vendría bien recordar.
   Era cerca. Tomaron un bus y llegaron a las cinco de la tarde. ¡Y cómo recordaron! Si habían pololeado en ese pueblo. Se sintieron tan tórtolos, que desecharon la seguridad adquirida en la mañana. Ya que buscaban una noche romántica, aquí podrían tenerla. Les estaban ofreciendo una cena especial, con champaña, una suite suntuosa. Sería inolvidable.
   Podía irse al diablo la anterior reserva. Allá se quedó el nuevo camisón coqueto. Compraron otro, y lo pusieron bajo la nueva almohada. Estaban listos para una noche inolvidable. Faltaban todavía unas horas para la cena. Mientras tanto, podían conocer un poco. Ir a una atracción turística, que estaba a unos cuarenta kilómetros, y volver bien para la cena. Sí, sería entretenido.
   Tomaron el bus hacia ese lugar. Conocieron mucho, pero empezaron a cansarse. Se subieron al bus de regreso. Justo a tiempo. ¡Qué día! ¿Habrá sido demasiado?
   A mitad de camino, el bus tuvo una falla que lo dejó inutilizado.
   Calcularon que pronto tendría que venir otra máquina a buscar a los pasajeros. Bueno..., no tan pronto, quizás. No quedaba más que esperar. El conductor del bus hacía lo que podía para comunicarse a través de un pequeño equipo de radio.
   Siguió pasando el tiempo... Y aumentando la aprensión. Y también la frustración. A medida que se perdía la esperanza.
   Aquella fue una noche muy especial..., en bus detenido.

   

   Turista

   Mientras bajo del bus, con la cartera en una mano y la cámara fotográfica en la otra, ya empiezo a admirar la impresionante parte alta del templo. Prefiero correr, pues no me queda ninguna mano para evitar que el viento trate de levantarme la falda. Después de entrar a la basílica, me maravillo con los vitrales y con las escenas del vía crucis. Tienen algo que me sobrecoge.
   Una voz de hombre habla desde el púlpito, instándonos a mejorar nuestras vidas. La mía lo necesita a gritos. Hace muchos años que no me reconcilio con Dios. Desde que estaba en las monjas, para ser exacta. En este momento, más que nunca tendría que hacerlo, pero no hallo cómo. No es nada de fácil dejar al descubierto las intimidades del alma. Es casi como desvestirme. “O por lo menos, como sacarme la falda y quedarme en calzones” me dice esa voz interior festiva que tengo. Me doy cuenta que decir mis cosas privadas sería una falta de respeto, frente a alguna persona excesivamente seria, como puede ser un sacerdote.
   Lo que más me llama la atención es que la gente está recibiendo la homilía con humor. Risas y aplausos cosecha ese hombre, que no tiene aspecto de cura, sino más bien el de un atractivo galán. Claro, pues si me fijo mejor, veo que es uno de los que venían en el otro bus, anterior al mío. Un turista como yo, pero viviéndose el viaje hasta el fondo.
   El hombre se baja del púlpito entre la simpatía de sus amistades y el enojo del sacristán. Para terminar su actuación, el tipo no halla nada mejor que meterse en un confesionario. Ahí, al lado mío. Esto es más que una coincidencia, si tengo en cuenta lo que yo pensaba recién. Sin vacilar ni demorarme, acudo hacia el impostor, antes que llegue el sacristán, y me hinco en la grada de madera.
   Trato de imaginar su gesto de sorpresa, al otro lado de la rejilla, en el momento en que susurro:
   -Necesito confesarme.

   

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   Esta mañana me ocurrió algo notable.
   Desde que me casé con Alfonso hemos querido tener un bebé, pero por alguna razón, el tiempo ha transcurrido sin que yo pudiera quedar embarazada. No queremos consultar al médico todavía. Decidimos darle más tiempo a la creatura que ha de venir. Cada vez que tengo un atraso, pienso que ahora sí, ha resultado, y me tomo el examen, el cual ha salido siempre negativo, hasta ahora.
   Sin embargo hoy, domingo, en cuanto desperté sentí algo especial. Como una voz de alguna persona invisible. O talvez un ángel, creí al principio. Sí. Me habló en silencio. Era escuchar lo que se estaba diciendo dentro de mí. No a través de mi oído, sino muy adentro.
   Alfonso no estaba, pues tuvo que salir muy temprano por un trabajo extraordinario, cosa que no ocurre casi nunca.
   La persona que intentaba comunicarse conmigo no podía ser un ángel. Eso empezó a quedarme claro por lo que dijo después. Al comienzo me había dicho "vendré a ti". Al menos, eso me pareció, con claridad. Después rectificó lo dicho. Era muy rara su expresión. Algo así como "no vendré, ya vine".
   -Estoy contigo..., estoy en ti -agregó la voz silenciosa-. Vengo a cumplir una misión. Tendrás que comprenderme.
   Hasta ese momento no había confiado mucho en mi nuevo atraso, pero ahora ya me estaba pareciendo que quizás esta vez..., sí que era cierto.
   -Mamá, te quiero -fue lo próximo que escuché en mi interior.
   Me llené de felicidad.
   -Quiero llamarme Julián -me dijo la voz invisible y silenciosa-, que significa "con fuerte raíz".
   No hubo más diálogo..., si se puede llamar así. Sólo fue lo indispensable. Nunca creí que se pudiera tener tal vivencia, con un ser pequeñito que recién inicia su gestación.
   Quedé tan segura de mi embarazo, que no veo la necesidad de hacerme ningún examen.
   Alfonso llegó a la hora de almuerzo, y me encontró radiante.
   -Vas a ser papá -le dije, y se puso tan contento, que me abrazó y besó con ternura.
   -¿Y cómo lo sabes? -preguntó cuando estuvimos más calmados.
   Me limité a sonreír... Se lo contaré más tarde.