ARISTODEMO                    Un lugar literario
El expreso de las 10:20         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   19    A descubrir destinos

       El murmullo y los ruidos de la preparación daban un ambiente especial al andén. Un olor metálico característico completaba el entorno de comienzo de viaje. Subí al tren sin conocer su destino. Ni siquiera sabía cuándo iba a estar de vuelta, si es que alguna vez.
       Me cambié de vagón por dentro. El cierre hermético de la puerta, además de asegurar un buen pasar, produjo un ruido fuerte. Elegí un asiento cerca del centro del carro. Todo me producía admiración. Tanto las ventanas, como la forma escalonada del techo, que permite el paso de luz. Hasta el humo de los cigarrillos se transformaba en una nube agradable, imperceptible.
       Miré a las otras personas. Unos, asomados a la ventana. Otros, tratando de acomodarse, o conversando, o simplemente esperando.
       Todavía no me sentaba y ya ansiaba partir. Me alejaré de un mundo que aún no he conocido del todo. Talvez un día volveré.

* * *

       Cuando me pareció que el andén se iba lentamente hacia atrás, comprendí que el tren se había puesto en marcha. Me senté. El movimiento parecía estar afuera, más allá de una invisible envoltura que me aislaba del entorno.
       Al mirar unos afiches de publicidad en la estación, las sonrisas congeladas de los personajes parecían cobrar vida, hablándome sin voces. La vida que les corresponde tener cuando el movimiento se inicia. Uno a uno, fueron quedando atrás.
       Mi posición era privilegiada para observar el devenir atenuado por la distancia. Los postes que pasaban parecían todos iguales, pero tenían pequeños detalles que los diferenciaban unos de otros. Disfruté al mirar un paisaje que cambiaba cada vez más rápido, mientras el sonido rítmico del tren contrastaba con el silencio de los movimientos lejanos. Tan callados como esas sensaciones que también cruzan bajo nivel. El viento mueve los árboles, pero a mí no me llega.

* * *

       Dejamos atrás las edificaciones más notables. La del gobierno, la de los representantes, el palacio de la justicia. También otro edificio más grande, a punto de derrumbarse. Se destacaba más nítidamente que los otros, a pesar de no tener ninguna bandera en su mástil. Me llamó la atención su estructura.
       - Es el Palacio de la Injusticia - me explicó el Viejo Rubén, al notar mi curiosidad. Y agregó -. Es uno de los edificios más antiguos que hay. Hace algunos años tuve la oportunidad de conocerlo por dentro. Trabajan con luz artificial, proporcionada por unas lámparas con pantallas de papel.
       Como me interesé en saber qué hay detrás de esas persianas que permanecen cerradas a plena luz del día, Rubén me habló de las principales dependencias del palacio. Me fue describiendo los salones negros y grises. El Salón de la Prescripción, el Salón de la Amnistía, y el Salón Olvidado, donde se guardan los expedientes. Me dijo que también hay una salita pequeña, de construcción ligera, al fondo del patio. Le llaman Sala de Delación Compensada.
       - Es bien desgraciado el palacio - reconocí -. ¿Y qué es esa torrecilla que destaca en la parte alta?
       - Desde ahí vigilan la libertad - me contestó riendo a carcajadas. No supe si se mofaba de mí o de las instituciones.
       - ¿Alguien siente gusto por administrar ese edificio? - le pregunté, pero no supo responderme.

* * *

       La conversación con el vecino me duró un buen rato. Pero, se terminó. Mirar al exterior fue algo que también se acabó relativamente pronto.
       Me dediqué a observar a las personas, reconociéndome en ellas. Algunos viajaban añorando la estación de salida. Muchos, preocupados por llegar pronto, o pensando en lo que harán cuando lleguen. Otros, disfrutando la vida, estarían felices viajando eternamente, sin llegar jamás a alguna parte.
       - ¿Se sirven café? - ofreció Aurelia, una hermosa joven no muy alta, de pelo negro y tez bronceada. Hábilmente, equilibraba la bandeja tratando de compensar el vaivén.
       Acepté complacido y aproveché de hacerle miles de preguntas. Quería saberlo todo acerca del tren.
       - ¿Para dónde vamos?
       - Eso no lo sabe ni el maquinista. Se limita a continuar por la interminable línea. El que la dibujó sabía lo que hacía.

* * *

       Me sumergí en mis pensamientos. No es que estuviera aburrido. Jamás pierdo el tiempo en aburrirme. Relajado, sin urgencias ni apuros, acostumbro a dar cabida a lo que quiere decirse en mí.
       Me pregunté cómo sería estar en esa estación que pasamos hace un rato, velozmente, como si no existiera. Sé que estaría sentado en un banco viendo pasar el tiempo y los trenes. En cambio, ahora veía pasar el tiempo y las estaciones.
       Me rondaban toda clase de sueños, no todos cuerdos. Las utopías más locas, nacidas en lo mejor de mí. Persistentes, como enormes fuerzas atrapadas, luchando por hacerme actuar.
       Quisiera atreverme a creer en esos sueños que aún me mantienen vivo. Son los destinos de mi vida. Donde tengo que llegar, o por lo menos acercarme. No es la estación que pasamos recién, ni tampoco la próxima en que el tren no se detendrá.
       Mis destinos están escritos en lenguaje propio. Vestidos con disfraces de colores para llamar mi atención. Sus contenidos increíbles me dicen mucho. No vienen a concretarse. Se conformarán si logran moverme.

 

   20    Aurelia

       No sé qué haría sin la música. A través de su tenue envoltura me habla al mismo tiempo de felicidad y de tristeza. Distintas emociones ocupan un mismo espacio sin desalojarse una a otra.
       Si las melodías dejaran de llegar, me las arreglaría para mover el aire en ondas vitalizantes.
       Quizás la música está en mí. Yo la estoy cantando dentro de mi oído. Constantemente. Cuando miro el paisaje. Cuando converso. Cuando sirvo el café. Cuando guardo las tazas y me maravillo de la funcionalidad del mueble. Un armatoste metálico, cuadrado, horrible, pero con tan buena distribución que difícilmente podría llenarse.
       Por eso se asemeja a una sinfonía, pues en cada uno de sus cuatro costados se abre un cajón grande que ocupa completamente el espacio interior del mueble. Nunca he entendido cómo se superponen. Y si abro el mueble por arriba encuentro un lavaplatos. Es genial. Como la música.

* * *

       Volví a mi asiento, dos filas más adelante que esos recién llegados que me hacían tantas preguntas cuando les llevé el café. Ernesto me siguió con la vista y se levantó con naturalidad.
       - ¿Por qué sirves, si eres pasajera? - preguntó directamente.
       - Porque llevo más tiempo acá y ya he aprendido a servir. He hecho muchos viajes. Al principio, yo tampoco entendía nada.
       - ¿Quién dispone cuál es tu lugar?
       - Yo misma lo descubrí - contesté, y me sorprendí moviendo ojos y manos al ritmo alegre de la melodía que me llegaba desde el parlante.
       Ernesto se asombró y me dijo que él estaba escuchando acordes relativamente pesados. Hube de explicarle que en este tren todos escuchan algo distinto. No puse toda mi convicción. No le mencioné los pequeños duendes de mi música que me transportan a mundos remotos en un carruaje dorado. Ni cómo el amor empieza a tomar forma, hasta llegar a ser algo palpable, que me conversa como un príncipe de cualquier color, y me hace comprender hasta las vivencias que no he tenido.
       - Tú escuchas tu canción y yo la mía - enfaticé, y como ya me estaba constituyendo en guía, continué amablemente -. Si quieres disfrutar la música tienes que meterte dentro de ella y dejar que te lleve.
       Esta vez, creo que traspasé su orgullo, a juzgar por lo bien que pareció sentirse. Le conté que también el maquinista y el conductor son pasajeros que descubrieron lo que tenían para dar.
       - Acá no hay tripulantes - le dije.
       - Ojalá el maquinista conduzca bien - me respondió Ernesto, aprehensivamente. En ese momento, me limité a sonreír.

* * *

       Las ondulaciones empiezan a recorrerme el cuerpo, y se me pone la piel de gallina. La canción que estoy escuchando despierta en mí contenidos esenciales que no sé nombrar, y que nunca he logrado reconocer ante los demás, pues son aspectos desprestigiados, que provienen de mi vida original.
       Cuando entré al mundo de los adultos tuve que renegar de todo eso que fue visto como niñerías insípidas. Las sobras que pudieren quedar de ingenuidad, pureza y dulzura han sido puestas de patitas en la calle como si fueran las más indeseables deformaciones. Remanentes de la infancia. Parecen flores con que los mayores adornan a las niñas chicas para que no les causen problemas difíciles de manejar.
       No estoy ahí ni allá. Secretamente, me niego a aceptar esa manera tan simple como la sociedad nos parcela la vida. Yo estoy escondida en la mitad del recorrido de un péndulo. Entre los dos extremos distantes. No quiero ser esclava de los reglamentos, ni tampoco ser esclava de la rebelión.
       Vivo en la libertad de la cuerda floja. Donde no es grato quedarse. Tan sola. Mirando mis raíces blancas.
       Y si supiera que alguien va a leer esto, no me habría atrevido a escribirlo.

 

   21    Para llegar a saber

       Me puse a revisar la mochila. Estaba llena de cosas que no supe ni para qué servían. Espero poder descifrarlo durante el trayecto.
       En el único cuaderno que encontré, leí algo relativo al futuro. Decía que el tren se detendrá y no será capaz de seguir, ni nadie sabrá cómo lograrlo. También decía que yo tendré la fuerza para hacerlo continuar viaje, con sólo sentarme en el asiento del maquinista, accionar una palanca, y presionar una determinada combinación de botones. Bueno, supongo que ahí estaré, llegado el momento. Supongo.
       Ya estaba vislumbrando una supuesta situación en la cual aprenderé lo que este instante trata de enseñarme. Es como si yo mismo me hubiera enviado este mensaje desde el futuro.
       Así lo estimé entonces. Pero, con el pasar de los días preferí pensar que todo era una tontera. Porque estas cosas ya no pasan hoy día. Los trenes no paran así no más. Su energía nunca se agota. Concluí que todo era una fantasía ridícula que sólo me llevaba a perder el tiempo.

* * *

       Los diarios parecían nuevos, pero tenían fechas de muchos años atrás. Saqué varios del canasto y los estuve leyendo. Algunos eran anteriores a Gutenberg. Parece que en este tren todo es posible.
       En una primera plana, una noticia destacada : “Pericles gran vencedor”.        Una vez más me vi sobrepasado por el entorno. No es que el medio ambiente quiera aplastarme, ni yo a él. Simplemente, no nos entendemos. Vivo limitado por una realidad objetiva que no me deja ver más allá.

* * *

       El hombre de los diarios venía también ofreciendo revistas. Colgaban de cintas metálicas, puestas en una estructura enarbolada como estandarte. Distintos motivos y colores, y la magia de la repetición de muchos ejemplares iguales, sobreponiéndose casi completamente cada uno a su antecesor. Esa franja repetida tantas veces es la que siempre me llama.
       También puede lograrse el mismo efecto con un solo ejemplar. Me atrajo la portada en que aparecía un niño con su gorro rojo, que parecía sacado del cuento de Blancanieves. Estaba sentado en el extremo inferior derecho abriendo otra revista igual, excesivamente grande para él, como si pudiera haber sido fotografiado leyéndola antes que ésta existiera. Un dibujo trascendiendo el tiempo me parece más poderoso que cualquier fotografía. Y más libre.
       Miré detenidamente la revista dibujada en la tapa, y vi un enanito leyendo otra de las mismas. Y miré dentro de ella. Y así varias veces. Siempre representaba el mismo niño leyendo. Era algo de nunca terminar. Mis ojos alcanzaron a distinguir diez enanos, cada cual más chico, pero sé que son muchos más, aunque no los pude ver.

* * *

       Después de disfrutar sus colores me dispuse a leer la revista. Su nombre era “Salmo”. Su número, el 18, estaba indicado en la portada, que mostraba a un jinete sometiendo a un animal raro con una larga lanza.
       La hojeé. Me estaba conformando con mirar los dibujos que conducían la secuencia de las largas luchas contra toda clase de monstruos. Así, fui viendo tinieblas, manos salvadoras, montañas que se desmoronan, rocas en qué pararse, y un mar de angustias dispersándose por los cerros dejando ver la solidez profunda. Al sospechar que esto tenía que ver conmigo, pues cada figura me removía algo, leí la frase que acompañaba a uno de los dibujos. “El fondo del mar quedó a la vista y aparecieron los cimientos del mundo”. La lectura me daba esperanza.
       En un cuadro más grande se veía al protagonista asustado y solo, escondido entre fuertes murallas que lo aislaban del peligro exterior. Me sentí tan completamente identificado, que tuve que detenerme a orar.
       Por miedo a perder lo que me confiaste, construí los muros, cuando era muy niño aún. Me guardé para después. Ya es después. Ahora, puedo tratar de salir a vencer. Según confío, mi fuego llegará a estar preparado. Las herramientas que no me diste, no me las diste porque no las necesito. Así lo has dispuesto, en tu inmensa sabiduría. La luz ya está encendida. Sólo me falta alumbrar. Cuando reconozco que has puesto todo en mí, ya no lo puedo seguir ignorando. Algún día aprenderé a ser libre. Me has colmado de dignidad , aunque la sociedad luche por convencerme de lo contrario.
       Una frase que leí me llenó de fuerza. “Contigo corro a la lucha, con ayuda de mi Dios salto la muralla”. Seguí leyendo las frasecitas mágicas, a pesar de los bruscos movimientos del tren, que me desordenaban las letras. La más impactante me obligó a detenerme, una vez más. “Los derribo y no pueden levantarse, quedan en tierra bajo mis pies”. Confieso que me chocó un poco, hasta que vi el dibujo. Aparecía el mismo protagonista, al lado de afuera de su fortaleza, victorioso. En el suelo yacían destrozados unos afiches muy grandes, pero sin consistencia alguna. Tenían forma de guerreros, caras muy feas y letreros con sus nombres. Fue todo lo que quedó del Ridículo, del Fracaso, de la Desaprobación y de muchos otros miedos, completamente derrotados.
       Entonces entendí o creí entender todo el asunto. La revista intentaba instruirme acerca de los enemigos que tengo dentro, y de las defensas, que también están en mí. La sólidas y las que se destruyen al primer viento. Las que me protegen de enemigos débiles y aquellas sobre las cuales puedo ver mejor, como si estuviera en un campanario, escuchando resonar hasta la brisa, y mirando a lo lejos un panorama menos desalentador.
       Todo transcurre aquí adentro. Es que contengo verdaderos invasores. ¿Por qué hay enemigos dentro de mí? Porque está todo. ¿Cuándo nacieron? ¿Cómo fueron creciendo y organizándose? La fuerza que toman de mí, ¿a quién se la quitan? No pueden ser más fuertes que yo mismo. ¿No habré estado suministrando armas al ejército enemigo? Me quedé reflexionando que lo único bueno de las guerras es que nos ayudan a entender lo que pasa dentro de uno.