ARISTODEMO                    Un lugar literario
El expreso de las 10:20         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   1    Hacia el final

   Estoy a punto de iniciar mi último viaje. Recuerdo bien el momento en que el doctor me anunció la presencia de una enfermedad terminal. Al principio, no lo quise aceptar. Supuse que en el laboratorio habrían confundido los exámenes. Escondí mis ojos para no ver la realidad. “¿Por qué yo?” fue la primera queja que conocí de mis propios labios. Hoy, veo muy atrás esa pregunta que tomé prestada de no sé quién y que no parece tener respuesta. Ya me conformé, pero me costó muchas rebeliones que nunca se concretaron en lágrimas.
   Hasta ahora, no creo realmente que vaya a morir muy pronto. Solamente lo sé, pero no lo siento en mi interior como algo palpable.
   En los primeros días, empecé a pedir compensaciones, como si el mundo estuviera en deuda conmigo. Quise darme algunos gustos y también ver cumplidos mis anhelos con respecto a los demás. Que mi hijo bata el record de los cincuenta metros planos en el campeonato escolar; que mi hija gane el concurso de artes plásticas; en fin, egoístas y vanas exigencias en el momento menos propicio.
   Hasta que me acostumbré a la idea, me había sentido acosado por el miedo a la muerte. Y también muy solo, a pesar del cariño de mi familia. Me pregunto si las cosas irán a estar mejor o peor sin mí, y si éste es un momento oportuno para irme.
   Mi velador ha cambiado los libros por los remedios. Ya no puedo conversar más que algunas palabras, por entre las mangueras de mi precaria situación. Estoy cansado, incómodo y con fiebre. No puedo mover mucho los brazos, aprisionados, como si sus conexiones me sujetaran. Me duele gran parte del cuerpo. Y también un importante trozo del alma. Me doy cuenta que no viví con toda la intensidad.
   Me dejé absorber por el trabajo en forma desmedida. Como un papel secante, de ésos que usaba en el colegio, supuestamente para congelar la escritura. Nos entreteníamos viéndolo ponerse azul desde una de sus puntas sumergidas en el tintero, hasta que nos pillaba la miss Julie.
   La Julia no me podía ver, ni yo a ella. Teníamos nuestra propia guerra, que siempre terminé perdiendo yo. Para vacaciones nos daba enormes tareas. Cuadernos enteros en que estaban indicados los ejercicios de cada página. Me negué a aprender en sus clases, para no darle en el gusto.
   Así y todo, sin darme cuenta, algo me quedó. Aprendí a hacer planes. Costumbre que no me ha dejado tranquilo hasta hoy. Ya tengo previsto cómo será la vida de mi familia cuando yo no esté.
   Nunca he caminado muy libre. Fui uno más de un largo desfile. Ni el primero ni el último. Siempre dentro de marcos, dando pasos previsibles. Hasta ese día, en que las oportunidades empiezan a retirarse. Si hubiera tenido más género llegaría mejor presentado.

         * * *

   Miro hacia atrás mis grandes planes amontonados. Están cada vez más lejos. Su rótulo apenas puede leerse todavía:
   “Lo que siempre había querido hacer”.
   Antes los miraba desde el lado de allá. Hacia adelante, con esperanza. Entonces, podía leer en el anverso del letrero, que crecía a mis ojos:
   “Lo que haré algún día”.
   Creo que siempre llegué tarde al futuro por no haber logrado subirme en alguno de los instantes que pasaban vertiginosamente.

         * * *

   He estado todo este último tiempo metido en tratamientos, exámenes y pruebas que no condujeron a la medicina a un mejor nivel, ni a mí tampoco. Que haya habido que vender el auto no importa tanto. Después de todo, mi mujer nunca quiso aprender a manejar.

         * * *

   Compartí muchos años con Gloria. En los fáciles, nos amamos; en los difíciles, nos distanciamos. Hasta vivimos separados un tiempo, pero las brasas no se apagaron nunca. De verdad la amo y la seguiré amando, aun en el otro ámbito que todavía no conozco. Ella encabeza el resumen que intento hacer de mí. En medio de datos personales que empiezan a perder validez. ¿Qué importa mi edad, estado civil o dónde hice mis estudios? Hay cosas que ya no interesan, como el papel de colores y la cintita después de abrir los regalos.
   Ya pedí un cura y creo que lo tendré de un momento a otro. Esto me hace sentir como niño llegando a casa con una mala nota. Analicé mi conciencia hasta donde pude, pero no estoy muy acostumbrado. Al principio, busqué mis malas acciones, tratando de imaginar motivos por los cuáles Dios me llamaría la atención. No he matado, ni violado, ni robado más que algún cenicero que no hacía falta a nadie, ni a mí. Salvo alguna mentirilla, sólo se me ocurrían pequeñeces difíciles de inventariar. Definitivamente, por mis actos no me llamarán la atención.
   Me pregunté por qué me siento en falta, entonces. Cuando decidí fijarme en las omisiones atisbé un panorama inmanejable que me deprimió bastante. Me reconocí en aquellos sectores que pude ver con más nitidez, hasta que se llenó mi capacidad de mirarme. No llegué muy lejos en la elaboración de un mapa que parecía de nunca terminar.
   Dejé de lado las grandes listas de pequeñas cosas y prioricé esas otras que me hacían sentir más mal. Algunas, muy mal. Lamenté no haberme metido en las situaciones que no me vaticinaban éxito. Eso me significó dejar de vivir una buena parte de lo que había para mí.
   Ahí viene entrando el padre Matías. Espero que sea mi salvación.
   Siento como estar perdiendo a las personas. Talvez al otro lado las tendré de un modo distinto. ¿Y a mí cómo me tendrán los que se quedan? Sé que seguiré viviendo en Gloria y en mis niños. ¿Seguiré vivo en mí? No puedo negar que tengo curiosidad.

   

   2    El padre Matías

   Esa noche fue una de las más frías. Afuera, solamente. Al entrar al hospital sentí calor. Se me empañaron los anteojos y los tuve que limpiar apuradísimo. Llegué al extremo del pasillo, con esa urgencia interior que intenta infructuosamente detener los relojes. Corriendo en la imaginación y sin avanzar mucho en la realidad.
   Subí al tercer piso y recorrí otro par de pasillos interminables. Siempre me llaman a última hora. A veces, excesivamente tarde. Esta vez alcancé a llegar a tiempo. El enfermo aún me esperaba. Tomé una silla y me senté muy cerca de él, en actitud de acogida. Después de aquietar mi agitación, le dije:
   -¿Quieres que te ayude a reconciliarte con el Padre?
   -Sí, padre -dijo Ernesto ávidamente y me habló con mucho esfuerzo, mientras yo trataba de escucharle con la paciencia que pude.
   Enumeró en forma atropellada los pecados que había logrado atrapar, como temiendo que se le escaparan. Le di mi bendición y lo ayudé como pude en su paso para encontrar la compasión infinita de Dios. Le administré el sacramento de la unción, que antes se llamaba “extrema”, lo que servía únicamente para tomarle miedo. La gente se resistía a andar asustando enfermos con sacramento tan extremo. Igual lo hice rápido, pues no había mucho tiempo. El Señor derramará su gracia sobre el enfermo. Estuve un poco más con él, dándole ánimo y fortaleza. Ernesto quedó muy aliviado y bien dispuesto. También yo quedé mejor. Me llené de algo que no es felicidad ni alegría, pero que tiene una densidad que le da un cuerpo a mi alma.
   Después de un rato salí de la pieza, consolé a los acongojados familiares y los insté a orar. Son como míos propios. Mi padre era muy amigo de un tío de Ernesto, a pesar de la diferencia de edad. Me llaman cada vez que se produce una circunstancia sacramental en la familia, si bien, el resto del tiempo no se acuerdan mucho, ni yo tengo oportunidad tampoco, para vida social.
   Cuando me retiré del hospital, aún sentía la emoción que se me despierta cada vez que absuelvo. Me siento un instrumento de comunicación de Dios. Como un teléfono negro y antiguo, con ruidos y todo.

         * * *

   La rutina diaria de ritos litúrgicos y administración de signos visibles me provoca alguna frustración. Veo que la gente se conforma con lo externo. Lentamente empiezo a perder presencia en todo aquello que se diluye en el mar de la costumbre. Me quedo vacío y despegado de las personas. Dios espera algo más de mí.
   Si tuviera que definir mi situación, estado, profesión, o como se llame, diría “Soy herramienta de Dios”, pero . . . eso vale para todos. ¿Hay algo más en mí? Consagrar la vida a El, tampoco es privativo del orden sacerdotal. He buscado en las palabras de Jesús algo que no vaya dirigido a todos. Apenas logro encontrar una frase, en uno de los evangelios. “A quienes ustedes les perdonen los pecados les serán perdonados, y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”. Es una pista. Por ahí encuentro una misión.
   Pero, ¿cómo puedo saber a quién perdonar y a quién no? El perdón no nace en mí. Viene de arriba. ¿Cuándo lo atajo y cuándo lo dejo pasar? No tengo derecho a negar el perdón a nadie que lo pida con un propósito de cambio de actitud. Creo que mi misión va más allá de transferir el perdón a quien lo busca. Me siento llamado a acercar el momento de esa búsqueda. A luchar para que las personas quieran transformarse.

         * * *

   Mis feligreses están necesitados de bienes inmateriales. Como el desapego que pueden recordar de su infancia. Por eso, siento importante llevar la palabra a los que parecen no necesitar nada. Es lo más difícil que hay.
   Quiero hacerles ver que en el día de hoy se está causando la miseria de mañana. No la de hoy. De eso ya se encargaron hace mucho tiempo.
   Necesito armar dos grupos. Y que todos pertenezcan a ambos. Unos, a ayudar a los pobres marginados de hoy, con la generosidad que ellos mismos nos enseñan. Y los otros, a no continuar produciendo la pobreza futura.
   Esto último es lo más complicado. No hay recetas ni panaceas. Solamente tocar el corazón de las personas, para que trasciendan el horizonte material y quieran regresar, a tomar las decisiones aquí, en medio de la gente.

         * * *

   Miro en el pasado lo que fue mi temprana vocación, a punto de sucumbir a manos del entorno. Nunca supe cómo se gestó mi sobrenombre, en mi tiempo de niño. Unas tías ancianas me decían “El arzobispo”, cartel que pesaba toneladas en mis pequeños hombros. Continué siendo yo, a pesar de ello, y a pesar de mi abuela, que me dijo “¿Cura? . . . ja, ja . . .Curado vas a ser”. Fue un golpe proveniente del contexto cultural.
   Tampoco desistí cuando me vi bajo las botas de curas guerreros. Ni cuando se me recomendó asegurar mi vida en la universidad. Ni cuando visualicé a ese dragón llamado Celibato. Ni tampoco cuando recordaba a un antiquísimo secretario de parroquia a la que acudí a solicitar una partida de bautismo de mi hermano menor, siendo yo apenas un niño chico.
   -¿Tu hermano es hijo natural? -me preguntó duramente. Entonces, se me vino toda la ciencia-ficción a la cabeza. Aún no habían inventado los bebés de probeta, pero, ¿cómo podía yo estar tan seguro de eso? A no ser que mi mamá no me hubiera contado algún detalle, siempre pensé que mi hermano nació de parto normal, tan natural como puede serlo en una clínica.
   -Sí -respondí, después de una insistencia, tratando de aparentar una seguridad que no sentía. El sacerdote tomó un tremendo archivador verde lleno de papeles añejos y se puso a buscar. Repasó varias veces cada papel de la fecha que correspondía. No encontró a mi hermano.
   -Tu hermano, ¿no será legítimo?
   -Muy legítimo -respondí inmediatamente, con certeza.
   -¡Que eres bien guanaco! -fue el epíteto que me gané. El tipo guardó el archivador y sacó otro, igual de grande, de color blanco oscuro.
   Después de esta escena, transcurrió un par de años antes que la entendiera.
   Si tantas piedras en el camino no fueron suficientes para dejarme fuera, es porque había una fuerza. No supe de dónde venía, hasta que le tomé el peso al asunto. Sin duda fueron decisivos los sabios consejos del padre Rubén, mi guía espiritual durante la época escolar. Recuerdo con cariño cuando se integraba a los partidos amistosos. No era fácil marcarlo porque escondía la pelota de trapo entre medio de la sotana.
   ¿Por qué me eligió Dios? No lo sé, pero trataré de no defraudarlo.

   

   3    De otro tiempo

   Tengo fijamente grabados los momentos más felices. Hoy se disponen a encontrarme. No puede ser que toda esa vida se vaya a ir con mi cuerpo. Las alegrías jamás podrán morir. Siempre tienen donde quedarse. ¿A quién estoy dejando mis alegrías?
   ¿Y mis sueños?

         * * *

   Mi infancia me ronda con escenas del campo que llegan a mi atención como relámpagos sin truenos. Me traen imágenes de mi abuelo sonriente, llevándonos en carretón a tomar leche de cabra, con Cecilia y Sebastián, mis primos cercanos, como yo les llamaba, pues mi madre me había dicho que eran primos lejanos. Jugamos veranos enteros, casi hasta la adolescencia.
   Disfrutábamos en la estación del ferrocarril viendo pasar el tren expreso, con su impresionante serpiente de oro a tal velocidad, que agresivas partículas de tierra me golpeaban los ojos. Aguardábamos con ansia los trenes locales, hasta que llegaba alguno detrás de su campana, trayendo un mundo distinto que se mezclaba con el de afuera.
   Lo que más recuerdo es mi libro de pintar. Era mi orgullo. No permitía que nadie pintara en él, ni menos la pequeña Cecilia, que se salía de los márgenes. Pero, aún estoy viendo la sonrisa con que me lo pidió. Con esos ojos, los más hermosos que he visto y el pincel en una mano y la acuarela en la otra, me desarmó. Se lo presté encantado, y quedé agradecido de tener algo de ella en mi libro de pintar. Mejor que cualquier obra de arte.
   Después de tantos años ya no sé dónde quedó ese libro, ni qué pasó con sus colores. Eso no es nada. Ni siquiera sé dónde quedó Cecilia. Pero, esto ocurrió muchísimos años después que el tiempo empezó a pasar. Se la llevaron en un auto, parecido a cualquier auto, unos tipos que parecían gente. Nunca más se supo de Cecilia. Pasó a ser un número más, en una página cualquiera, de un informe olvidado. El hilo de su realidad quedó escondido detrás de las puertas que no se abrieron. Hasta que llegue algún día distinto en que lo oculto se empiece a saber.

         * * *

   Me es difícil relatar algo tan especial. Seré visto como un delirante, o a lo más dirán que tuve una alucinación o una experiencia al borde del fin. Le llamarán como quieran llamarle. Ocurrió estando yo muy enfermo.
   Las molestias de mi cuerpo empezaron a tomar vida propia, y me sentí rodeado de una multitud de sensaciones que iban y venían. Las veía pasar, delgadas como fotos de un álbum, buscándome para contarme algo. Después que sus caras empezaban a borrarse venían otras en su reemplazo. Al principio, no quise atenderlas. Que me dejen morir tranquilo. No escuché a ninguna de las brujas que me indicaban con el dedo, riéndose, ni a los viejos de los sacos, que querrían llevarme no sé dónde. Sensaciones carcelarias que no quise dejar entrar. Les puse toda clase de obstáculos, mientras pude.
   De repente, me fijé en un visitante con rostro agradable. Fue tomando espesor hasta materializarse junto a mí, como un amigo de siempre que hubiera traspasado los controles del hospital. Se sentó en mi cama sonriendo y me dijo: “Soy Ernesto”.
   No entendí lo que estaba pasando, pero por primera vez, eso dejó de importarme. Se me acercaba una amistad salvadora. Quise acoger al mensajero, pero en mi debilidad, no logré pronunciar palabra.
   -Tu cuerpo está débil -me dijo el visitante-, pero la adversidad debe fortalecer tu espíritu. Hoy es tu vida. No te impacientes porque empiece a ponerse el sol. Siempre habrá un mañana. Te despiertas de algún sueño que pronto olvidas y empiezas a tomar conciencia de tu realidad. No te aflijas, tu día fue provechoso. Alguna persona te habrá querido un poco más, y tú a alguien.
   Sentí un cúmulo de cosas. Si toda mi vida cupiera en un día, creo que hoy me dediqué a estudiar en la mañana y trabajar en la tarde; se me viene la noche encima, y no alcancé a vivir algo después del trabajo. Como un niño chico, pienso a qué jugaré mañana al despertar.
   -¿Por qué decidí cosas que no me gustan? -pregunté dificultosamente.
   -Estabas aprendiendo -me respondió-. Puedes estar tranquilo.
   Confieso que yo estaba emocionado, pero hace mucho tiempo olvidé como llorar. Estoy seguro que podría haber logrado más satisfacciones en mi vida, si hubiera recordado antes a este amigo. Me deseó buen viaje, se adelgazó hasta quedar transparente y se esfumó tan rápidamente como había llegado. Mi espíritu quedó más limpio, aun cuando no perdió sustancia alguna. Me quedé sintiendo la presencia de tan extraño personaje que me enseñó a recordar.
   Después volví a mis dolores. Y ahora busco respuestas en los más antiguos desvanes. ¿Para qué había venido yo? ¿A pasar un día intrascendente en el campo de mi abuelita? Seguro que no.

         * * *

   -He guardado tus ausencias para cuando las necesites -me dijo el visitante.
   Sin seguir rastro alguno, me encontré sorpresivamente con esa parte de mí que se había quedado no sé dónde, o no sé cuándo. Entonces, empezaron a surgir como deudas impagas aquellos trozos de mi vida que no asumí mientras estuvieron en cartelera.
   Tenía al frente un amigo que atesoró todo lo que algún día quise descargar de mí. Viví mi niñez preparándome para ser grande, y ahora lo único que quiero es volver a ser niño.
   Empezaba a quedarme todo un poco más claro. Desde muy pequeño fui construyendo a un ser adulto, ladrillo a ladrillo. Con todas las limitaciones de un niño que aún no ha sido descubierto, pero también, con toda esa riqueza escondida que en aquel entonces necesitaba dar a conocer de alguna forma.
   Cuando empecé a ser adulto, y caminé por caminos serios, atemorizantes, nada de divertidos, consideré necesario decirle a ese niño remoto “¿Por qué no hiciste esto, o aquello?”. Desde entonces le envío consejos y advertencias.
   Efectivamente, recibí de alguien esos avisos en mi niñez. Muy pocas veces les hice caso.

         * * *

   -La vida es como una cuerda de saltar -me dijo el visitante.
   Visualizo una cuerda muy larga, sostenida por un niño y una niña, distantes.
   Me la imagino golpeando el aire y el suelo, con un ritmo a veces tan apurado que la transforma en un verdadero muro impenetrable. Con seguridad, pegará fuerte. Es todo un sistema que no debo destruir.
   Nunca me atreví a entrar, por temor a pisar la cuerda.

         * * *

   -Estamos a distinto lado del espejo -me dijo el visitante.
   Me aseguró con insistencia no saber aún quién de los dos es el que se mira desde afuera.
   No me cabe duda que soy yo el que vive dentro del espejo. Mirando con mi rostro en mueca. Tratando de imitar los movimientos libres y las expresiones espontáneas del hombre de afuera. Mis gestos son los suyos, pero en mis pensamientos no se puede meter.
   Nunca podré salir de aquí. Ni siquiera cuando la rabia del hombre lo haga descargar un mortífero golpe sobre el vidrio. Estoy condenado a destruirme junto con mi prisión.