ARISTODEMO                    Un lugar literario
El expreso de las 10:20         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   20    Aurelia

       No sé qué haría sin la música. A través de su tenue envoltura me habla al mismo tiempo de felicidad y de tristeza. Distintas emociones ocupan un mismo espacio sin desalojarse una a otra.
       Si las melodías dejaran de llegar, me las arreglaría para mover el aire en ondas vitalizantes.
       Quizás la música está en mí. Yo la estoy cantando dentro de mi oído. Constantemente. Cuando miro el paisaje. Cuando converso. Cuando sirvo el café. Cuando guardo las tazas y me maravillo de la funcionalidad del mueble. Un armatoste metálico, cuadrado, horrible, pero con tan buena distribución que difícilmente podría llenarse.
       Por eso se asemeja a una sinfonía, pues en cada uno de sus cuatro costados se abre un cajón grande que ocupa completamente el espacio interior del mueble. Nunca he entendido cómo se superponen. Y si abro el mueble por arriba encuentro un lavaplatos. Es genial. Como la música.

* * *

       Volví a mi asiento, dos filas más adelante que esos recién llegados que me hacían tantas preguntas cuando les llevé el café. Ernesto me siguió con la vista y se levantó con naturalidad.
       - ¿Por qué sirves, si eres pasajera? - preguntó directamente.
       - Porque llevo más tiempo acá y ya he aprendido a servir. He hecho muchos viajes. Al principio, yo tampoco entendía nada.
       - ¿Quién dispone cuál es tu lugar?
       - Yo misma lo descubrí - contesté, y me sorprendí moviendo ojos y manos al ritmo alegre de la melodía que me llegaba desde el parlante.
       Ernesto se asombró y me dijo que él estaba escuchando acordes relativamente pesados. Hube de explicarle que en este tren todos escuchan algo distinto. No puse toda mi convicción. No le mencioné los pequeños duendes de mi música que me transportan a mundos remotos en un carruaje dorado. Ni cómo el amor empieza a tomar forma, hasta llegar a ser algo palpable, que me conversa como un príncipe de cualquier color, y me hace comprender hasta las vivencias que no he tenido.
       - Tú escuchas tu canción y yo la mía - enfaticé, y como ya me estaba constituyendo en guía, continué amablemente -. Si quieres disfrutar la música tienes que meterte dentro de ella y dejar que te lleve.
       Esta vez, creo que traspasé su orgullo, a juzgar por lo bien que pareció sentirse. Le conté que también el maquinista y el conductor son pasajeros que descubrieron lo que tenían para dar.
       - Acá no hay tripulantes - le dije.
       - Ojalá el maquinista conduzca bien - me respondió Ernesto, aprehensivamente. En ese momento, me limité a sonreír.

* * *

       Las ondulaciones empiezan a recorrerme el cuerpo, y se me pone la piel de gallina. La canción que estoy escuchando despierta en mí contenidos esenciales que no sé nombrar, y que nunca he logrado reconocer ante los demás, pues son aspectos desprestigiados, que provienen de mi vida original.
       Cuando entré al mundo de los adultos tuve que renegar de todo eso que fue visto como niñerías insípidas. Las sobras que pudieren quedar de ingenuidad, pureza y dulzura han sido puestas de patitas en la calle como si fueran las más indeseables deformaciones. Remanentes de la infancia. Parecen flores con que los mayores adornan a las niñas chicas para que no les causen problemas difíciles de manejar.
       No estoy ahí ni allá. Secretamente, me niego a aceptar esa manera tan simple como la sociedad nos parcela la vida. Yo estoy escondida en la mitad del recorrido de un péndulo. Entre los dos extremos distantes. No quiero ser esclava de los reglamentos, ni tampoco ser esclava de la rebelión.
       Vivo en la libertad de la cuerda floja. Donde no es grato quedarse. Tan sola. Mirando mis raíces blancas.
       Y si supiera que alguien va a leer esto, no me habría atrevido a escribirlo.

 

   21    Para llegar a saber

       Me puse a revisar la mochila. Estaba llena de cosas que no supe ni para qué servían. Espero poder descifrarlo durante el trayecto.
       En el único cuaderno que encontré, leí algo relativo al futuro. Decía que el tren se detendrá y no será capaz de seguir, ni nadie sabrá cómo lograrlo. También decía que yo tendré la fuerza para hacerlo continuar viaje, con sólo sentarme en el asiento del maquinista, accionar una palanca, y presionar una determinada combinación de botones. Bueno, supongo que ahí estaré, llegado el momento. Supongo.
       Ya estaba vislumbrando una supuesta situación en la cual aprenderé lo que este instante trata de enseñarme. Es como si yo mismo me hubiera enviado este mensaje desde el futuro.
       Así lo estimé entonces. Pero, con el pasar de los días preferí pensar que todo era una tontera. Porque estas cosas ya no pasan hoy día. Los trenes no paran así no más. Su energía nunca se agota. Concluí que todo era una fantasía ridícula que sólo me llevaba a perder el tiempo.

* * *

       Los diarios parecían nuevos, pero tenían fechas de muchos años atrás. Saqué varios del canasto y los estuve leyendo. Algunos eran anteriores a Gutenberg. Parece que en este tren todo es posible.
       En una primera plana, una noticia destacada : “Pericles gran vencedor”.        Una vez más me vi sobrepasado por el entorno. No es que el medio ambiente quiera aplastarme, ni yo a él. Simplemente, no nos entendemos. Vivo limitado por una realidad objetiva que no me deja ver más allá.

* * *

       El hombre de los diarios venía también ofreciendo revistas. Colgaban de cintas metálicas, puestas en una estructura enarbolada como estandarte. Distintos motivos y colores, y la magia de la repetición de muchos ejemplares iguales, sobreponiéndose casi completamente cada uno a su antecesor. Esa franja repetida tantas veces es la que siempre me llama.
       También puede lograrse el mismo efecto con un solo ejemplar. Me atrajo la portada en que aparecía un niño con su gorro rojo, que parecía sacado del cuento de Blancanieves. Estaba sentado en el extremo inferior derecho abriendo otra revista igual, excesivamente grande para él, como si pudiera haber sido fotografiado leyéndola antes que ésta existiera. Un dibujo trascendiendo el tiempo me parece más poderoso que cualquier fotografía. Y más libre.
       Miré detenidamente la revista dibujada en la tapa, y vi un enanito leyendo otra de las mismas. Y miré dentro de ella. Y así varias veces. Siempre representaba el mismo niño leyendo. Era algo de nunca terminar. Mis ojos alcanzaron a distinguir diez enanos, cada cual más chico, pero sé que son muchos más, aunque no los pude ver.

* * *

       Después de disfrutar sus colores me dispuse a leer la revista. Su nombre era “Salmo”. Su número, el 18, estaba indicado en la portada, que mostraba a un jinete sometiendo a un animal raro con una larga lanza.
       La hojeé. Me estaba conformando con mirar los dibujos que conducían la secuencia de las largas luchas contra toda clase de monstruos. Así, fui viendo tinieblas, manos salvadoras, montañas que se desmoronan, rocas en qué pararse, y un mar de angustias dispersándose por los cerros dejando ver la solidez profunda. Al sospechar que esto tenía que ver conmigo, pues cada figura me removía algo, leí la frase que acompañaba a uno de los dibujos. “El fondo del mar quedó a la vista y aparecieron los cimientos del mundo”. La lectura me daba esperanza.
       En un cuadro más grande se veía al protagonista asustado y solo, escondido entre fuertes murallas que lo aislaban del peligro exterior. Me sentí tan completamente identificado, que tuve que detenerme a orar.
       Por miedo a perder lo que me confiaste, construí los muros, cuando era muy niño aún. Me guardé para después. Ya es después. Ahora, puedo tratar de salir a vencer. Según confío, mi fuego llegará a estar preparado. Las herramientas que no me diste, no me las diste porque no las necesito. Así lo has dispuesto, en tu inmensa sabiduría. La luz ya está encendida. Sólo me falta alumbrar. Cuando reconozco que has puesto todo en mí, ya no lo puedo seguir ignorando. Algún día aprenderé a ser libre. Me has colmado de dignidad , aunque la sociedad luche por convencerme de lo contrario.
       Una frase que leí me llenó de fuerza. “Contigo corro a la lucha, con ayuda de mi Dios salto la muralla”. Seguí leyendo las frasecitas mágicas, a pesar de los bruscos movimientos del tren, que me desordenaban las letras. La más impactante me obligó a detenerme, una vez más. “Los derribo y no pueden levantarse, quedan en tierra bajo mis pies”. Confieso que me chocó un poco, hasta que vi el dibujo. Aparecía el mismo protagonista, al lado de afuera de su fortaleza, victorioso. En el suelo yacían destrozados unos afiches muy grandes, pero sin consistencia alguna. Tenían forma de guerreros, caras muy feas y letreros con sus nombres. Fue todo lo que quedó del Ridículo, del Fracaso, de la Desaprobación y de muchos otros miedos, completamente derrotados.
       Entonces entendí o creí entender todo el asunto. La revista intentaba instruirme acerca de los enemigos que tengo dentro, y de las defensas, que también están en mí. La sólidas y las que se destruyen al primer viento. Las que me protegen de enemigos débiles y aquellas sobre las cuales puedo ver mejor, como si estuviera en un campanario, escuchando resonar hasta la brisa, y mirando a lo lejos un panorama menos desalentador.
       Todo transcurre aquí adentro. Es que contengo verdaderos invasores. ¿Por qué hay enemigos dentro de mí? Porque está todo. ¿Cuándo nacieron? ¿Cómo fueron creciendo y organizándose? La fuerza que toman de mí, ¿a quién se la quitan? No pueden ser más fuertes que yo mismo. ¿No habré estado suministrando armas al ejército enemigo? Me quedé reflexionando que lo único bueno de las guerras es que nos ayudan a entender lo que pasa dentro de uno.

 

   22    La profesora

       Esta sala veloz ya era mi lugar, desde antes que yo llegara. Es como una extensión que me complementa, y en la cual puedo abrirme a lo nuevo e inesperado. Por cierto, no desempeño ningún rol ajeno, ni en calidad de esclava, ni tampoco metida en alguna presunta obra de teatro cosechando aplausos o transformaciones ficticias.
       Hasta donde puedo, trato de no encajonar a los alumnos en ruinosos esquemas antiguos que los harían olvidar lo esencial. Si algo valioso realmente aprenderán, será un lenguaje que les permita expresar el mensaje divino que traen para sus mayores.

* * *
Al principio, creí poder controlar las situaciones del futuro. Trataba de transportar pesados fardos de conocimiento para hacerlos entrar con calzador en los cerebros infantiles, como si fueran envases vacíos. Después, me convencí de lo contrario. La sabiduría no viaja, ni entra en las personas, ni se contagia. Simplemente, está en cada uno.
       Si logro interesar al estudiante a que abra puertas dentro de sí, su propia luz llegará a todos los rincones.
       Cada vez que uno de ellos expone lo aprendido, no sólo sé que aprendió, sino que además percibo un nuevo matiz que no había advertido antes, o relaciono aspectos que tenía distantes, y ya estoy mejor preparada para mi próxima clase. Y si el estudiante llega a constituirse en mi propio profesor, podré decir “misión cumplida”.

* * *

       Con las materias a enseñar pasa lo mismo que pasó con Juvenancio. La primera vez que vino, dije a los alumnos.
       - Les presento a un niño nuevo. Se llama Juvenancio Hermenulcibíades Del Brillantísimo San Pancracio.
       Nadie quiso jugar con él. Juvenancio se aburrió, y los demás se lo perdieron.
       Al año después, Juvenancio lo intentó nuevamente. Entonces, me limité a decir :
       - Pueden jugar con un niño nuevo que ha llegado.
       Esta vez funcionó. Lo incorporaron a los juegos. Como una hora después, escuché un diálogo :
       - ¿Cómo te llamas?
       - Juve.

* * *

       Los alumnos pueden aprender sin profesores. Pero ningún profesor puede enseñar si no tiene alumnos.

* * *

       Surgen sus preguntas. No todas son fáciles, aunque lo parezcan al mirarlas. Son como llaves, como formas únicas y pequeños dientecitos que no encajan en cualquier cerradura. No abren cualquier chapa. No dejan salir cualquier respuesta. Todas estas formas quedaron recortadas al comienzo del viaje y desde entonces, cada respuesta espera a su pregunta.

* * *

       - ¿Qué es una flor? - pregunté a Ernesto, y me devolvió la primera idea que encontró :
       - Una flor es cada una de las extensiones de una planta, que le permite reproducirse.
       No quedé conforme con algo tan externo. Tuve una época en que lo habría estado, pues aún no tomaba conciencia del rápido deterioro que sufre la documentación intelectual al ser arrasada por el caudal de lo ignorado. Cuando lo seguro se transforma en sospecha. Y lo probable empieza a desvanecerse como espirales de humo. ¿Cómo decirle que buscara más adentro una respuesta que encajara más exactamente?
       - Ernesto, ¿qué es una flor? - le repetí, y no me defraudó. Se dejó ir hacia un sector un poco más cálido, iluminado apenas por tímidos rayos de sabiduría, que se cuelan a través de los nubarrones.
       - La flor es la alegría de los jardines, que nos envuelve con su aroma.
       Asentí en forma lenta, y le repetí la pregunta por tercera vez, para que buscara más adentro aún. Estuvo en silencio un rato. Ya no pensaba. Guiado por su excursión anterior llegó a otro lugar más despejado.
       - Es un elogio a la vida - fue su respuesta, propia y universal al mismo tiempo. Yo no se la había dictado. Creo que nunca la olvidaré.

* * *

       - La historia tiene la costumbre de repetirse una y otra vez - les dije - y es así como la vida humana recorre un camino cíclico. Cuando el homo sapiens se autodestruya, surgirá de las cenizas el homo affectus. Al salir de su arca-de-noé saludará a la naturaleza con un alarido, y volverá a pasar por las épocas cavernarias.
       Durante la pausa, los alumnos hacían bromas acerca de cómo podría llamarse la civilización que venga después del homo affectus.
       - Será el homo fidelis - sentenció Ernesto.

 

   23    Por lugares remotos

       Contengo todas las semillas. Tan pequeñas, que no se ven a simple vista. Cada vez que aprendo algo, me parece estar recordándolo, aunque no tengo ninguna idea desde cuándo el conocimiento duerme en mí.
       Esto lo viví de cerca en una enseñanza a la que me invitaron por preguntar demasiado. Se refiere al hombre primitivo. Es el relato de Atón, quién pudo ver fugazmente un futuro distante, como si sus semillas de conocimientos dormidos estuvieran soñando.
       Por no disponer de un lenguaje apropiado a su visión, el tipo tuvo que sufrir toda clase de vejámenes, hasta que fue condenado a muerte. Dejó un escrito que fue descifrado siglos después. Es uno de los manuscritos más antiguos que se conoce. Fue encontrado hace muchos años, cuando demolieron un antiguo edificio que había sido usado como lugar de reclusión.

* * *

       Me he aficionado mucho a la lectura durante este viaje. En esta oportunidad, me puse a leer el número 6 de una revista llamada Lucas, que saqué en cuanto vi pasar el canasto. La empecé a hojear de atrás para adelante, sintiéndome atraído por algunas frases.
       Me vino una súbita inquietud por saber qué hay dentro de las palabras. Son como un simple envoltorio. Habitualmente, atiendo la realidad como si estuviera sumergida en la neblina. No logro ver mucho más allá del papel escrito, lo que es apenas un poco más lejos que la nariz.
       Pero, ahora estaba perceptivo. Descubrí que mi vista es poderosa y puede llegar a sectores diminutos, que no parecen ser visibles. Mis ojos lograron entrar en las letras como un lente que me permitiera mirar cada punto en forma ampliada. Es casi como ver los átomos y los seres que los habitan. Miré la página de la revista y pude detenerme en una frase. Dentro de ella, en una palabra. En una letra. Y más adentro, en algún puntito negro de su interior, un verdadero regalo sin abrir.
       Ver lo eterno desde lo efímero. Es así como llego al contenido, más antiguo y más grandioso que la palabra escrita. Las palabras son apenas un intento de expresar una realidad que las sobrepasa.
       Al principio vi pura oscuridad, pero seguí intentando sin desesperar, hasta que las imágenes empezaron a delinearse y cobrar vida. Llegué a un lugar que me había parecido distante y remoto. Estuve en él. Pude sentir la vivencia que leía. Me aventuré en el mundo relatado, en la medida que lo tenía previamente inscrito.
       Sin saber cómo, me vi metido en pleno sermón de la montaña, sentado en el suelo, en una gradería natural, escuchando al Maestro que hablaba desde un sector bajo. En sus manos tenía un improvisado altavoz. Mi alma se llenó de luz y calor al recibir la original enseñanza que, según me dijeron, llevaba varias horas.
       Encuentro fabuloso llegar a estar dentro de un contexto que rompe la formalidad del entorno presente. Es como destaparse los ojos, para ver en plenitud. Desamarrarse los pies para cruzar fronteras impuestas arbitrariamente.

* * *

       Era un lindo día de sol.
       Fue impresionante sentirme tan cerca de El. Privilegiado, en un acto que no se va a dar de nuevo. Su palabra llenaba el cajón de cerros y mantenía a todos absortos. El lugar había sido especialmente escogido porque ayudaba a que la voz llegara con fuerza.
       - El que me oye y hace lo que digo - dijo Jesús -, se parece a un hombre que, al construir su casa cavó bien hondo y piso los cimientos sobre la roca.
       En la breve pausa que siguió, tuve tiempo suficiente para entrar en esa palabra que aún sonaba en mis oídos. Me sumergí en otro mundo remoto y desconocido, para visitar esa construcción. Aún tenía los andamios. Parado sobre los tablones, conversé con aquel sabio personaje sin nombre. Lo noté absolutamente convencido de lo que estaba haciendo. Se parecía a cualquiera pero era más libre. Como algún rey original y valiente que edificara un palacio sencillo.
       - Toda esa tierra que tuve que sacar era una parte de mí - me explicó -. Y la casa, más que un lugar donde vivir, es mi vida misma.
       Era un país extraño, con gente extraña, que levantaba casas extrañas, para protegerse de una naturaleza extraña.

 

   24    Atón

       Estas son las palabras de Atón, hijo de Dolomías, de una familia de pastores que vivía en la tierra de Melub en el año quinto del reinado de Abaús :
       Tuve una extraña visión y la poca prudencia de decir lo que ví. Quedé atado a algo que no comprendo. No llegan a mí las palabras que lo explicaran. Esto ocurrió cuando fui desde el valle del río de los Deseos hasta el valle del río de los Dioses. Sus aguas se juntan antes de llegar al mar. Entonces se cumplen los deseos.
       Caminé por el desierto muchas horas. Tenía sed. Ya había bebido toda el agua que pude llevar. El sol mojaba mi rostro como si el agua que bebí quisiera huir de mí. A lo lejos apareció una gran laguna. Sé muy bien que no había laguna. Todo es obra de los dioses que me presentan su agua para darme ánimo a seguir caminando. Me venían deseos de sumergirme. Entonces tuve la visión de un mundo desconocido.
       Miré y vi que había una casa que me atraía la mirada. Estaba construída con troncos muy rectos y pulidos. Tanto que no me lo pude explicar. Sería maravilloso vivir ahí.
       Sentí miedo. Estuve escondido detrás de un árbol sin atreverme a salir, hasta que comprendí que la gente no me veía.
       Estaban vestidos con finas ropas de todos colores. No necesitaban acercarse a ningún río a buscar agua. Esta salía de un pequeño tubo de hierro enterrado en el suelo, muy cerca de la casa. Era del tamaño de un niño de pocos años. Las mujeres llegaban hasta allí y hacían girar un nudo de hierro que coronaba el tubo. Así obtenían agua con la que llenaban unos cántaros de boca ancha. Me fijé que también eran de hierro. En menos de cincuenta pasos, las mujeres llevaban los cántaros hasta sus casas, donde tenían el fuego. Sería fácil vivir en esa comodidad.
       Me aventuré muy cerca de la casa, pues no me veían. Estaba observando a través de una ventana, y vi un objeto que tenía vida dentro. Era como una gran roca pulida y recta que despedía un fulgor de luz de muchos colores. No lograba sacar mi vista de la piedra viva. Contenía personas pequeñitas que iban y venían, hablaban y comían. Una fuerza irresistible me mantuvo mirando.
       Después de largo rato, levanté la vista. Vi a lo lejos otras casas, rodeadas de espléndidos jardines. Fui hacia ellas. Me acerqué mucho a una de las casas. Estaba construída con alguna piedra muy fina y pulida. Era más fastuosa que la casa que observé antes. La gente que las habitaba tenía vestimentas casi tan relucientes como en la piedra viva. Seguí mirando en la visión, acercándome todo lo que pude.
       A través de muchas ventanas vi piedras vivas. Los niños estaban encantados frente a ellas. Y eran cuidados por sirvientas, provenientes de las casas de troncos rectos. Como eso me llamara la atención, pregunté a un ángel que hablaba conmigo. Me dijo "Así lo disponen para que los niños puedan aprender la sencillez, de la que están privados". Después de eso terminó mi visión. La laguna se alejó hasta perderse.
       Caminé con nuevos bríos un largo trecho y no tardé en llegar a mi casa. Llamé a todos los de la tribu y les conté lo que vi, sin suprimir nada.
       Debí haber consultado primero a los dioses.
       La noticia se esparció y llegó a oídos del rey. Los sabios y adivinos no pudieron dar explicación de lo ocurrido. Ya no tuve más paz. Nadie quiso escucharme. Me llevaron a la cárcel cuando el rey dijo "Mereces morir porque no dices más que mentiras". Pero, yo estoy seguro de lo que vi. No sé explicar mi visión, que se cumplirá en tiempos remotos.

 

   25    Entre la luz y la sombra

       - ¿Hasta qué punto estará escrito nuestro destino? - pregunté a Miguel, mientras el tren describía una curva que me permitió observar más allá de la locomotora los rieles que se perdían en el horizonte.
       - Supongo que hay varias rutas trazadas - respondió, no sin antes burlarse de mi cuaderno.
       - ¿Tú crees que uno elige el camino por donde ir? - insistí confuso e incómodo mientras escondía el cuaderno, con tal grado de eficacia, que después tardaría años en volver a encontrarlo.
       - Sin duda, la vida está llena de decisiones.
       - Pero, a veces nuestras decisiones tienen muy poco alcance.
       Ante mi nueva insistencia, Miguel meditó un rato, antes de emitir su opinión :
       - Por más rígido que encuentres el camino por el que tienes que ir, siempre tendrás la oportunidad de escoger si pisar con entusiasmo o con temor, con naturalidad o con resentimiento. O comandado por el deber, la costumbre, la ambición, la anestesia, o lo que fuere.

* * *

       Leí palabras que iban más allá de los acontecimientos mismos. Inmersos en un espacio y un tiempo, pero sin estar anclados en ninguno de ellos. Esta vez tenía en mis manos el número 8 de la revista Juan. Me sumergí en la espesura de cada letra y, de repente, ya no estaba en el tren.
       Me vi puesto en otro escenario representando una obra diferente. Entremedio de una multitud enardecida. Todos tenían piedras en sus manos. Miré mi mano. Ahí también había una piedra, que yo había cogido del suelo en un momento de debilidad, dejándome llevar por el grupo y por las convenciones establecidas. Los gritos se dirigían hacia una mujer que huía asustada, perseguida por una sociedad que no se sentía con derecho a aceptarla.
       Era como estar viviendo un sueño, con recuerdos nuevos que me explicaban cómo llegué allí. Supe que me pasó a buscar el amigo de mi amigo, poderoso mercader. Había que dar su merecido a la mujer que osó tener amores con el que no era su esposo. Yo no habría ido, si no fuera que justamente estaba tratando de conseguir trabajo. El amigo de mi amigo, poderoso mercader, era el faro que me alumbraba en ese momento.
       Me sentí como en una verdadera pesadilla. Sin duda que tener mala puntería no será gran falta. Miré a mi alrededor, buscando algo que pudiera sacarme de esta actitud. Solamente vi a un grupo de hombres que nos observaban disgustados. Al centro de ellos, un hombre sereno y amistoso, sentado en el suelo, escribía algo en la tierra. Sentí que las cosas se estaban dando bien, aunque los perseguidores más rabiosos lograron atrapar a la mujer.
       “Maestro” le dijeron al que escribía en la tierra, y le pidieron avalar la venganza. Cuando el Maestro dijo “el que no tenga pecado, tire la primera piedra” recordé todo. Por un instante me conecté con cada página de las historias de todos los mundos. Era una gran cosa no estar amarrado al tiempo. Sin dudarlo boté la piedra al suelo, con gran alivio de mi parte. Casi seguí a mis amigos que ya se iban refunfuñando. Me quedó claro que la única decisión que está siempre presente, hasta en las más pequeñas cosas, es : “Ayudo a Jesús” o “No le ayudo”.
       Caminé lentamente en dirección a Jesús. Quería preguntarle algo, pero no me atreví a llegar hasta él. A lo lejos, vi como dejaba ir a la mujer, con palabras tiernas que no escuché. Alcancé a acercarme otro poco y vacilé. En eso, la escena se me esfumó y me vi nuevamente visajando dentro de las letras, hacia afuera. Sentado en mi tren, repasé esas preguntas que me rondaban y que no alcancé a formular :
       ¿Qué escribía? Esto es simple curiosidad.
       ¿Cuántas situaciones parecidas se producen a cada rato? Ya sé que es inútil tratar de contarlas. Por ejemplo . . . ¿por qué tenemos que repudiar a Poncio Pilatos, una vez por semana, cuando afirmamos nuestras certezas? ¿Sólo porque no quiso pedir perdón? Ni siquiera fue el culpable principal. Y lo hemos estado apedreando, como si el rencor fuera uno de nuestros valores eternos. ¿Acaso estamos todos libres de pecado?

 

   26    La ventana

       Apenas alcanzo a retratar un pequeño trozo del entorno. Algún día creceré. Cuando sea grande. Podré contar en una sola frase toda la belleza del paisaje. La inmensidad de los mares y montañas que van pasando a medida que avanza el tren.
       Algunos creen que yo lo sé todo. Pero no es así. Intento ser transparente y mostrar lo esencial.
       Me protejo con un vidrio, que al llenarse de polvo y barro, obstruye las miradas, provocando una imagen distorsionada del mundo. Habitualmente, permanezco cerrada, por seguridad.
       Recuerdo esa vez, cuando un piedrazo fortuito me quebró el vidrio. Nadie resultó dañado, pero empecé a dar un viento helado, insufrible. No parecía ser yo. Algo me faltaba. Hasta que me sanó un vidriero.
       Me gustaría tener un vidrio irrompible. Pero, más que eso, sueño con la sabiduría y la clarividencia. Aunque no quiero ser tan definida que me limite, como una verdad encajonada, que deja de ser verdad. O como un río envasado, que también deja de serlo.

* * *

       Ahí está el niño parado en su asiento. Con su cabecita pegada a mí. Le muestro la vida que hay afuera, mientras el tren atraviesa la ciudad. Lo protejo de los peligros que algún día tendré que afrontar.
       Vemos los carretones naufragando en la lluvia cuando sus caballos resbalan en el pavimento. Manchas de arco iris, venidas desde los automóviles se esparcen por el suelo. También le dejo ver las gotas largas y filudas que caen oblicuas sobre los vendedores ambulantes, disfrazados de bomberos. Y también la gente que pasa todos los días, una y otra vez. Los con paraguas y los sin paraguas.
       El niño ve todo ese mundo en el que no puede estar. Pero, el mundo no ve al niño.

* * *

       Mis adeptos no toleran la duda. Necesitan apoyarse en cualquier concepto que parezca firme. Los hace sentirse poseedores de la única verdad absoluta.
       Muchos me preguntan qué hay allá al otro lado. Pero, no esperan mi respuesta. Tomo aliento para contarles todo. Trato de empezar por el principio, pero me demoro en asignarlo. En tanto, la gente ya se ha ido. Sólo alcanzan a escuchar el punto inicial y se conforman con ese primer atisbo.
       Me guía la intención de mostrar como en una película la vida de algún ser al que no conocen. Donde sea que miren, si buscan bien, verán la manifestación de algo grandioso. No debería bastar una mirada de reojo. Sin embargo, los pasajeros no quieren asumir algo tan grande.
       Mi entorno está variando a cada instante. No sólo por el devenir y por la dinámica natural, sino por la velocidad a que nos lleva el maquinista. Va tan rápido que no se alcanza a disfrutar algo y ya se está yendo.
       Los pasajeros se enredan porque ya no ven lo mismo que veían antes, y porque cada árbol queda distinto después de sentirse observado.
       No soy un cuadro colgado en la pared.

* * *

       No soy la única, ni quiero jactarme de ser la más completa, ni la más clara, ni la más perfecta. Pero, igual llamo a los pasajeros. Me gustaría tener brazos para acercar a las personas. Eligen las ventanas más concurridas, y se quedan tan atrás que apenas pueden ver algo.
       Tienen el poco grato comportamiento de pelearse con los que miran otras ventanas. Cada uno ve lo que la suya le muestra. Y se van discutiendo “que eran cinco los árboles”, “que no, que eran cuatro”, “que el cerro era muy alto”, “que cuál cerro si yo ví un río”, y así . . .
       Me siento frustrada por no poder dar a conocer un panorama completo. A lo más, puedo mostrarles un lado del mundo. Mis compañeras del frente conocen el otro lado, y tratan de darlo. Por lo menos, puedo cantar la totalidad de mi medio paisaje. También lo que ya pasó y lo que está por venir.
       Sin mis hermanas no soy nada. Quisiera que estuviéramos mucho más unidas. Junto a ellas conformamos una gran ventana. No son despreciables mentirosas que me contradigan, sino amadas amigas que me complementan.

* * *

       En la noche me transformo en espejo.
       Hay un tiempo de mirar para afuera y un tiempo de mirar para adentro.