ARISTODEMO                    Un lugar literario
El expreso de las 10:20         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   7    Desde siempre

       La divina presencia no tenía ningún apuro. Me permitió usar todo el tiempo que quisiera para descubrir el mundo al que había llegado. Todo mi cuerpo respiraba. También los ojos. Era como traer las nubes de algodón y volverlas a llevar de vuelta.
       En un determinado instante, me pareció estar empezando a tener conciencia del lugar y de todo mi entorno. Cada cosa era nueva, desconocida, como si la memoria se hubiera apagado durante un pequeño lapso de tiempo. Solamente lo necesario para cuestionarme. Desapegarme de lo vivido para poder corregir rumbo.
       Después de mucho andar, descubrí que todo objeto que viera, ya existía en mí. Todo sonido que escuchara, ya pertenecía desde antes a mi oído.
       Tengo algunas escogidas situaciones más fuertemente grabadas, desde alguna vivencia que no alcanzo a recordar. Precisamente, esos elementos más marcados guían mi retorno.
       Para encontrar el camino, creí necesario disponer en mi campo visual todo lo que tengo registrado. Puesto en un mundo extraño, empecé a buscarme por lugares semejantes a los que llevo dentro, en un recorrido interno por mi medio ambiente como si viajara a lo más profundo de mí.
       Necesito ir a ese lugar donde yo soy.

* * *

       Miré hacia lo alto, tratando de descubrir dónde se estaba escondiendo la lluvia. Sólo quedaban esas gotas minúsculas que no quisieron llegar hasta el suelo.
       El arco iris era tan tenue y descolorido que no alcanzaba a asomarse. La brisa me besó con su cara limpia, aunque seguramente no tardaría en ensuciarse, como niños de un día domingo.
       Ráfagas de viento se llevaban el color de mis mejillas. Los vigorosos brazos del sol me lo traían de vuelta.
       Cada árbol del camino me dedicaba algún saludo. El baile de las flores mostraba una melodía que no pude escuchar.
       A mi paso, iba esquivando las latas vacías, envases desechables, bolsas plásticas, clavos oxidados, papeles de todas clases, huesos de chuletas, cáscaras y restos de frutas que la gente ha echado hacia afuera de sus casas para no convivir con los desperdicios.
       Recordé mi propio exceso de sentimientos desechables que lo contaminan todo. Aunque forme parte del equilibrio natural, espero que la basura no se apodere del mundo. Ni de mí.
       Ni tampoco dominen las moscas.
       Ni los cerdos.

* * *

       Empecé a subir por una escala de mármol. Aunque su frialdad no me invitaba, subí cada vez más alto. Con paciente rapidez avancé tantos peldaños como pude, hasta esas alturas jamás imaginadas donde las nubes son océanos.
       Continué ascendiendo por gradas de piedra sumergidas. Impulsado por la misma fe del navegante que un día salió en su barco hacia el oeste pretendiendo llegar por el oriente.
       Había agua por todos lados. Mi único afán era pisar siempre el escalón de más arriba, aunque ya ni sabía dónde me encontraba.
       Pude respirar al salir a la superficie, cuando volví a emerger desde las profundidades del mar. Llegué al punto de partida, sin haber descubierto un nuevo mundo.

* * *

       Cuando pensé en los montes lejanos, llegué a la cima de uno de ellos. Movido por la gravitación espiritual, causante de la armonía de cada momento.
       En esa misma forma, di varias vueltas al planeta, y fui también a otro cercano, y después, a otro planeta lejano.
       Recorrí tantas galaxias como fue necesario para descubrir que me estaba moviendo entre las partículas de un grano de arena de una extensa paya de un mundo gigantesco. Mi tamaño era tan insignificante que no logré comunicarme ni con la más pequeña de las hormigas.
       Después fui a conocer otros mundos gigantescos cercanos. No me animé a ir a los lejanos.

* * *

       Quise asomarme a los mundos diminutos que existen por millones en cada pequeño trozo de la roca sobre la cual estoy parado. No me fue posible conocer esas galaxias, pues soy demasiado grande para viajar tan cerca.

* * *

       Siete caminos se cruzaban, como rayos de siete soles. Me atraparon porque tenían una necesidad imperiosa de ser conocidos por mí. Sólo uno de ellos me conduciría a casa.
       Cada bifurcación llevaba a otra. Me interné en una selva por un angosto sendero entre altas vegetaciones. Era un intrincado laberinto hecho para juntar y para separar; para dar esperanza y miedo.
       Arañas y culebras atravesaban de un lado a otro. Tuve que cortar una rama para espantar a toda clase de insectos. Necesitaba llegar pronto a un sector más amigable. No quise volver atrás ni andar rápido. No sacaba nada con huir.
       En un sector de escasa vegetación, me senté a esperar a mi estado de ánimo. Ya no sabía si iba o venía de vuelta de algún purgatorio. Seguí a duras penas. Estuve por desistir. Afortunadamente, no lo hice.
       Frente a una hermosa arboleda divisé una casa, probablemente abandonada, a juzgar por el deterioro que pude observar a medida que me acercaba. Algunas persianas del segundo piso ya se caían. La puerta estaba sin cerrar del todo.
       Aunque esto sucedió cuando iba por un camino en que nunca antes había estado, tuve la certeza que esa casa la conocía de antes. Aún permanecían todos los antiguos aromas. Saludé a cada ventana, identificándola con mis propias ventanas.
       Casi se podía decir que conocía mi mundo, si no fuera porque aún no había visto a nadie. Ni siquiera al jardinero, si es que alguien lo era.

* * *

       En el patio se mueven unas sombras simulando monstruos. Las tenebrosas figuras dejan entrever a una hermosa dama sentada en un escaño del jardín. De frente no se la ve. Solamente desde los lados. Su perfil izquierdo muestra toda la tristeza que cabe en una mujer. En cambio, desde el otro extremo puede verse su inmensa alegría.
       Durante un lapso interminable, un hombre estuvo a su lado alegre. Sentado también, y sonriente, mientras yo observaba desde el lado triste.
       El hombre se levantó y me entregó una bolsa que ella envió para mí. Después se alejó rápidamente y ya no lo vi más. En ese momento traté de llegar hasta la mujer, pero mis pies no me respondieron.
       Desde entonces busco dentro de la bolsa, entre sus muchos papeles, alguno que me muestre un destino. Por más que me esfuerzo en vaciarla, siempre se queda un papel en el fondo. Lo único que he encontrado hasta ahora es una gran cantidad de entradas para espectáculos con fechas ya pasadas.

 

   8    La casa

       Tengo mucho que contar. Más que varios libros. A pesar de los poderosos barrotes que intentan aprisionar mis ojos. Y estoy ahí, callada, viva, acogedora, antigua, y a la vez más nueva que ninguna otra. Observada por las estatuas de piedra que adornan el húmedo y oscuro patio. Abrazada por secas enredaderas. De alguna manera logro divertirme, aunque sea haciendo gruñir las puertas.
       Voy teniendo siempre más habitaciones, de distintos tamaños, para propietarios y para inquilinos. Lugares de respeto y lugares de esparcimiento. Algunas bien tenidas, otras deteriorándose. En realidad, soy un verdadero hotel fuera de temporada.
       En los estantes y debajo de los escritorios encontré rumas de listas de pasajeros. Varias de cada día.
       Cada habitante va dejando algo, sin saberlo. Van cambiando mi forma de ser, a lo largo de los años. Tratan de remodelarme, pero logro imponer mi carácter.
       Es una tremenda responsabilidad ser vivienda. Tener que proteger y dar calor. Añoro mis tiempos juveniles, en que viví llena de gente. Para mí fue un agrado. No sé vivir sin alguien que me necesite.
       Generaciones enteras han estado aquí, y también sus hijos y los hijos de sus hijos. Amores tempestuosos e indiferencias tranquilas. Cuentos de niños subsisten en mi aire rancio, esperando a otros cuentos para completarse y acariciarse.

* * *

       Una callada música se escribe desde todas mis puertas. Tan eterna como miles de situaciones registradas en las tablas del suelo, ajadas por los años. Es ahí donde está mi personalidad.
       Vivencias, que se repitieron una y otra vez, fueron grabando surcos en la madera. Es mi resonancia que no será escuchada. Como las fuentes y palanganas antiguas.

* * *

       No merezco que entres en mi pieza de llorar. Pero, bastará una sonrisa tuya para salirme.

* * *

       Vestimentas para todas las situaciones pueden verse tiradas por ahí, o guardadas en forma conveniente.
       En las habitaciones del primer piso tengo los sombreros, guantes, impermeables, galochas, botas, paraguas, abrigos y la ropa de invierno con que Ernesto recibe a la tristeza cuando toca a la puerta.
       En la sala de visitas están las armaduras, corazas, cascos, chalecos anti-balas, trajes de camuflaje, piochas y condecoraciones.
       Al subir al segundo piso me encuentro con disfraces, máscaras, quitasoles, antifaces, y elementos de maquillaje.
       Más adentro hay mamelucos, trajes de asbesto y zapatos de seguridad.
       Hay muchas otras ropas nuevas en roperos antiguos, pero nadie se ha atrevido a usarlas.

* * *

       Los gritos ya se acallaron. Las melodías quedarán flotando para siempre en el aire, girando y girando. Cada vez más tenues, pero no se apagarán nunca. Permanecerán revoloteando cerca del piano.
       No cualquiera tenía derecho a estar en esa acogedora sala de asientos cómodos. Se reservaba para ceremonias elegantes y solemnes. Al último, todos se acostumbraron a no entrar.

* * *

       El tiempo cree que puede dejarme atrás, poco a poco, mientras me sienta abandonada. Lo único que quiero es volver a vivir. Que arreglen mis ventanas desvencijadas, saquen las telarañas, limpien un poco. Que reparen el techo para que no entre la lluvia. Hasta pasto está empezando a crecer por ahí en los rincones.
       Algún día me echarán abajo y construirán un edificio moderno. Las tablas que se salven irán a alguna parte a contar historias incompletas, y el espejo grande pasará a duplicar otro comedor.
       Tengo miedo a la demolición. A cada momento veo venir trabajadores con el chuzo y la picota. No los dejaré destruir mi historia.

* * *

       Cuando está Ernesto reviven las niñas olvidadas. Lo persiguen por todos mis pasillos y él no las logra ver. Sólo me acuerdo de ellas cuando escucho sus pasos, rápidos y escondidos. Son unas hijas ilegítimas de algún personaje antiguo y respetable, que las trajo acá a pasar inadvertidas. No se les permite mostrarse por la ventana. Nadie se ha enterado de su existencia. Viven en la casa, pero no se las acepta en la familia.

 

   9    Bajo el umbral

       Una envolvente música de piano viene a amasar mi tristeza. Me imagino a una dama del siglo pasado interpretándola en uno de los salones principales. Al entrar en la casa, me desilusiono. No hay piano, sino una destartalada radio a pilas. De pronto, termina esa música y empieza una horrible canción que me desagrada. Parece una burla. No logro sintonizar otra emisora.
       En la antigua terraza, la gente baila asumiendo una competencia deportiva. Los siento como invasores. No me tratan en serio. Intentan imponerme una realidad que no es la mía. Trato de pasar entre ellos con la frente en alto, como un súbdito que, apenas se atreve a respirar su mismo aire.
       Me gustaría tener el derecho a sentir mis propios sentimientos y llorar con lo que otros ríen. No me dejan solidarizar con los que sufren dentro de mí, obligados a ir a quejarse a otra parte. Por no darles la espalda, me niego a recibir la banda del circo. Pero, es imposible estar solo. Alguien me acompaña en mi interior. Ni siquiera tengo una tristeza limpia, sino un resentimiento que me corroe como un parásito.
       Mascullando, doy un mal paso al no ver la trampa en el suelo, y caigo violentamente a un subterráneo oscuro e inhóspito. Ni siquiera me intereso en el pedazo de pan que está encima de la mesa rústica. No tengo motivos para compartir nada, con nadie. Ni aceptar una miga de pan. De nadie.
       Aunque más apagadas, me siguen atacando las canciones que tratan de mover mi cuerpo a un ritmo que no siento. Que obligan a reír de los dientes hacia afuera. Como para una foto. ¿Por qué debo congelar una sonrisa ficticia?

* * *

       Siento esta estridencia vulgar como un llamado a hacer algo que no podré hacer. Me llega como música de prostíbulo. Para bailar con alguna mujer gorda, risueña y triste que se ofrece como refugio de mil muchachos desorientados. Y así poder alimentar a un hijo que un día la repudiará.
       O para bailar con alguna mujer delgada, de mirada perdida más allá de sus clientes. O con alguna muchacha hermosa con la que bailé una vez, siendo casi un niño. Encantado y excitado. Recuerdo que conversamos de las joyas que lucía sobre su débil y gracioso vestido. Hasta que sonó el timbre, y un mozo afeminado fue a abrir la puerta.
       - Tengo que dejarte - me dijo la niña que me tenía al borde del amor.
       - ¿. . . Porque llegó . . ese viejo mal agestado? - le pregunté, refiriéndome al tipo cuya reciente presencia no había pasado inadvertida para nadie.
       - Es el que me regaló los aros, y el collar, y las pulseras, y el prendedor, y . . .
       No quise seguir escuchando. Se me revolvió toda la ilusión, en una espiral asquerosa.
       No. No me den esa horrible bulla. La alegría puede también ser real. Un disfraz de risa sólo evita morir apabullado.

* * *

       Bastó una frase. No cualquier frase. Esa frase. Dirigida a mí. No son las palabras, sino el tono. El golpe de las sílabas, envuelto en un cantito burlón, me dolió adentro. Me hizo sentir indigno.
       Quedé viviendo en un mundo ajeno, condenado a la derrota. Aun alcanzo a sentir cómo la alegría se va yendo, sin que yo la retenga. Rechazaría lo que me ofrecieran. No quiero el sabor a burla ni a resignación. Tampoco soy propiedad de otros.
       Las sensaciones que vienen me van dejando peor. Palabras golpeadas pasan cerca mío, produciéndome rabia. Me prohíbo sentirla porque es dañina. Busco refugio en un hoyo profundo como un delincuente que no tiene donde esconderse. Me siento torpe, inferior, falto de amor, y agredido por la alegría ajena.
       Envidio a los que saben amar, pero no voy a mendigar vida. Por no acceder a ponerme colorado soy capaz de renunciar a muchas cosas y personas. La relación con los demás me hace sentir miserable. Todo lo que toco, sufre. No merezco que me quieran. Yo mismo me echo para afuera del paraíso, pues me avergüenzo de mí. Sería una ofensa darme a los demás.
       No quiero mirar desde mi lugar. Quisiera escapar lejos, pero no me siento autorizado a irme de mí. Estoy acorralado, pegado. Soy un peso que tengo que cargar. Ni siquiera recuerdo cómo llorar. Siendo niño, fracasé; fui derrotado.
       No sé salir de este infierno. Si por lo menos pudiera subir al piso más alto. Pero, esta casa no parece tener escala.
       Me agarro de lo único bueno de esta habitación. He perdido los miedos. Es absurdo temer que se produzcan las calamidades que ya se produjeron. Entonces, me abro a querer salir del infierno. Sé que provengo de Dios y desearía poder aceptar sus dones.
       ¡ Jesús, tú siempre estás cerca. Por favor, sácame de aquí!
       Empiezo a reconocer la eternidad en que vivo, sintiendo la pertenencia de mi pasado y mi futuro. Recién entonces accedo a comerme el pan que está sobre la mesa. Al moverme para tomarlo, diviso un pequeño agujero en la pared, cerca del techo. Por ahí logro salir, con gran dificultad, y llego al jardín por entre unos arbustos. Un río de lágrimas sale de mis ojos cuando ya estoy afuera nuevamente en mi mundo, con mi dignidad. Soy uno con todas las demás personas. Ya puedo volver a entrar por la puerta principal.

* * *

       Busco el sector olvidado de mis recuerdos antiguos. Dentro de la casa, ya he recorrido interminables kilómetros de madera y adobe empapelado, mirando retratos, muebles y otras antigüedades vigentes que me enlazan conmigo mismo.
       Disfruto imaginando que cada pantalla de cada lámpara es la falda que caracteriza a cada tipo de mujer.
       Nunca como hoy, me invita la pieza de los objetos desperdiciados. Verdadero museo de lo que siempre estuvo en primera línea y ha venido a morir sin que lo vean, o donde por lo menos nadie lo miraría sin cariño. Abro la puerta con la ayuda de un cortaplumas. De un solo paso cruzo los muchos años que me separan de ese mundo de polvo y telarañas.
       Al avanzar, voy encontrando los más diversos objetos, que sólo sirven para viajar en el tiempo. Alcanzo a distinguir el largo piano, arrumbado. Lo abro y pulso una de sus amarillentas teclas. No suena. Ninguna de ellas hace vibrar nada, en absoluto. Se quedaron sin la música.
       Más allá veo un espejo quebrado, traído desde el ropero de mi habitación. Es un testigo mudo, con una imagen de niño atrapada en sus mil pedazos. En ellos están repartidos mis gestos espontáneos.
       Recuerdo mi antigua aspiración infantil, cuando quería que alguna vez el espejo fuera libre y original y exhibiera una imagen diferente, en vez de limitarse a copiar. Ahora me lo estaba dando, en la hora de su muerte.

* * *

       Hay buenos lugares para esconderse. Me gusta la pieza del fondo porque es la última, y porque ahí juegan los niños y se divierten a tope. También por ser más precaria y por su ventana que mira hacia abajo, a los patios vecinos.
       Cierro la puerta por dentro y la aseguro con el pestillo. El día de hoy se queda allá afuera.
       Me interno en el mundo dúctil donde todo enigma se resuelve. Con vivencias en miniatura, como viéndolas de lejos, controladas. Sentimientos como rollos de mares muertos que empiezan a revivir con lágrimas contentas. Ahí dentro se completa mi música y escucho el débil sonido de una intuición que se desvanece.
       Al mismo tiempo que muero, voy descubriendo la vida.

* * *

       Los pasillos empiezan a transformarse en calles. Al mismo tiempo, las puertas de las habitaciones adoptan la forma de ventanas de edificios. La lámpara se convierte en luna, mientras el techo deja de estar aquí y se adorna con miles de puntitos brillantes. Me doy cuenta que empiezo a dejar atrás la casa sin haber salido de ella.
       Desde el primer momento, me dejo guiar por un sonido distante, que me hace recordar los momentos previos a un concierto, cuando los músicos prueban y afinan los instrumentos dando origen a una composición irrepetible. La apagada música me llama hacia una pequeña cámara subterránea, cuya entrada apenas se alcanza a ver. A pesar de la mirada hostil del miedo, desciendo con la certeza de estar encontrando eso que ni sé que busco.
       El interior del recibidor está lleno de largas cuerdas tensadas de arriba a abajo, simulando arpas gigantes en continua vibración. No puedo resistirme a rasguearlas, obteniendo un sonido poderoso, que me mueve a seguir tocando las cuerdas al azar, repitiéndolas todas varias veces. Las sinfonías están ahí desde el principio, esperando que les den fuerza. Me encuentro con las que más me gustan y muchas otras que me parecen nuevas.
       Salgo contento, sin la sonajera de antes. Mi propia música me impulsa a correr y saltar. Es tan fabuloso, que necesito compartir esto con alguien. Me parece que hiciera siglos que no me mira alguna sonrisa. No quiero seguir estando tan solo, ni tan abandonado como la casa.
       Y no lo estoy. Se acercan siluetas de distintos colores.

 

   10    La valla

       Me encargaron recibir a los que dan ese paso único e irreversible para abandonar un mundo e incorporarse a otro que no conocen.
       No puedo creer que me tengan temor o rechazo. La gente me ve como un obstáculo frío y distante. Aunque contengo cierto calor, le cuesta manifestarse.
       Los que llegan como analfabetos se sientan tímidamente en mis largueros que fueron árboles, y tratan de expresar cada una de las sensaciones que traen. Los que ya son de acá vienen a recibirlos, corriendo por el pasto, felices y dispuestos a ayudar.
       Hay épocas de mucho movimiento. Aunque vengan multitudes, siempre me quedo sola y converso con la pena causada por los tránsitos dolorosos que ocurren antes de tiempo.
       Trato de no ser solemne, ni forma, aunque el paso que atiendo es uno de los más importantes, para todos. Sin alambradas ni vigías.
       Sueño con el día en que las personas que pasen me den la mano, o tengan algún gesto que me haga sentir acogedora. Que canten de alegría en lo más alto de mi cabeza saludando a los dos mundos.
       Lo que han visto en mí hasta ahora es hosco, duro e impersonal. Un montón de troncos inertes y pasivos, listos para entrar en combustión. Me faltan ramas que se muevan puestas al viento.

* * *

       Siempre estoy viendo encuentros. Me lleno de gozo con cada uno de ellos. En el de hoy, un hombre llega esperanzado. O, por lo menos, está aprendiendo a llegar y a ser acogido. Es como cualquier otro. Sus amigos le dicen “Bienvenido Ernesto”. Le cuesta entenderse con ellos en el lenguaje eterno que algún día supo y que ahora sus seres queridos le ayudan a recordar. Le enseñan a comunicar esas cosas que no se pueden expresar con palabras.
       Ernesto conversa con una niña de unos siete años, que vino a esperarlo, acompañado de su abuelo, tomando helados de frutilla. A pesar de tener otra edad, Cecilia quiso venir en niñez a recibir a Ernesto porque es así como tiene más vida en él.
       Recuerdan la amistad tierna que compartieron en la madrugada de la vida. Les bastan sus ojos para expresar toda su alegría y también todo su dolor, mientras miran el libro de pintar que ella trajo.
       - ¿Es solamente aquí donde puedo encontrarte? - quiere saber Ernesto. Pero, no hay más respuesta, por ahora, que la misma sonrisa de los primeros tiempos. Ambos continuaron coloreando las figuras que habían quedado incompletas.
       - No hay nada escondido que no se llegue a saber - repite lentamente Ernesto, asombrado e interrogativo. Es la respuesta que escuchó en su interior, como si Cecilia se hubiera limitado a encender una oración que ya estaba de antes.
       Cecilia llegó de veintitantos años a este sector de los mundos, en un frío atardecer. Lo recuerdo muy bien, a pesar del tiempo transcurrido. Fue una de las jornadas más dolorosas que me ha tocado. El cielo estaba rojo oscuro. La niña venía con muchas otras personas, abrazados, sin ningún apuro, cantando canciones tristes, anunciando que llorarían toda la vida. Se escuchaban entre silbidos del viento. El suelo estaba húmedo de lluvia y los ojos húmedos del llanto que ya se había secado en sus mejillas.
       Los que ejercieron su poder sobre ellos han demostrado tenerme mucho miedo. No me gusta inspirar temor. No le hago daño a nadie.
       Hoy, el cielo está azul. Ya están todos al lado de siempre, caminando hacia la fachada antigua, no lejos de aquí, por donde los nuevos que llegan, entran a ese lugar en que deben rendir cuentas.
       Yo sigo quedándome hasta que haya pasado el último de los seres humanos y no quede alguno en isla solitaria. Entonces, será el momento de tomar mis troncos y partir muy lejos de aquí, a servir en otra pasada decisiva. Me iré con mis recuerdos y reconoceré nuevamente a cada uno.
       Las vivencias más indignantes no se repetirán en ningún otro mundo.

 

   11    Según puedo recordar

       La mujer que venía hacia mí me pareció conocida, pero al principio no supe quién era. Cuando me llamó por mi nombre, descubrí que era mi tía Adela. No es que reconociera su voz, pues no la había escuchado jamás. Ella murió mucho antes que yo naciera. Cuando cada enfermedad era una aventura de la que no se salía tan fácilmente.
       Nunca me imaginé que la vería en juventud, y en colores. Si solamente la conocí en sepia. Intenté decírselo, sin saber cómo hacerlo. Igual, me entendió. Por algo, siempre he sentido su presencia, como la de un ángel de la guarda.
       - Gracias por la linda casita que tengo en tí - me dijo.
       Y, realmente la tiene. Junto a su anciana madre. La de calladas lágrimas que parecían dos gotas de rocío.
       - Quisiera saber de tí lo que tengo que saber, e ignorar lo que tengo que ignorar - expresé, sin emitir palabras -. Me dolió imaginar tu infancia. Triste. Tan lejos de tu padre y de tus hermanos.
       - Supe que me ibas a comprender - me respondió -, porque, cuando eras pequeño, guardaste en tu baúl las mismas notas musicales que también yo escondí en el mío.

* * *

       En el otro sector no había tanto sol. Una vieja pileta ocupaba el centro del patio de baldosas. Por los cuatro lados del contorno, los pasillos techados daban la impresión de estar en una casa de campo, por el lado de afuera de los grandes salones. En mí había un temor : ¿Para qué sería esto?
       La antigua construcción de adobe era acogedora. Tenía una tibieza especial que no supe localizar. De cualquier modo, no quise apurarme. Talvez me preguntarían qué hice con mi vida. ¿Cómo iba a poder recordar?
       Las ventanas estaban protegidas por poderosas estructuras de fierro. Una gran cantidad de personas estaba en cola bajo los techos, con sus caras preocupadas. Sospeché que este trámite no me sería fácil de asimilar.
       Me puse al final de la fila, que ya abarcaba más de la mitad del borde del patio, dando vuelta en dos esquinas. Delante mío había un tipo de rostro alegre, con gruesos bigotes. No supe por qué me pareció conocerlo desde antes. Como me venía bien conversar un poco, lo intenté con un saludo protocolar :
       - Larga la cola, ¿ah?
       - Sí, pero avanza rápido - fue su respuesta, tomada del mismo protocolo. Superada la formal condición de desconocidos, iniciamos un diálogo mientras caminábamos, pues la velocidad de la fila era realmente desacostumbrada.
       - ¿Cómo fue que llegaste por estos lados? - me preguntó el hombre de los bigotes. Al principio titubeé un poco, tratando de definir desde dónde empieza a llamarse “estos lados”. Le respondí atendiendo a las fronteras que para mí eran más significativas :
       - Enfermedad. De ésas que llaman “larga y penosa”, aunque en mi caso la encontré más bien corta . . . ¿y tú?
       - Accidente de tránsito. Tú sabes que andan manejando como locos.
       No me costó imaginar la escena. Cualquier esquina. Cruce peligroso. Seguramente mi amigo tenía hasta la preferencia, pero opté por no preguntarle. Ya no interesaban esos detalles.
       La columna de gente avanzaba cada vez más veloz. Siguieron llegando hombres y mujeres sin edad, y otras tantas entraban por la temida puerta, al final del recorrido, y volvían a salir inmediatamente por la puerta vecina, tan rápido como habían entrado.
       - ¿Crees que será muy duro esto? - pregunté.
       - No sospecho. Tanto hablar de los castigos de Dios, que no puedo menos que temer lo peor.
       - No creo que a Dios le guste castigar, ni tampoco, creo que haga cosas que no le gustan. Yo confío en un Dios bondadoso y misericordioso.
       - Dios te oiga.
       Seguí pensando. Dios no puede ser igual que los hombres. Algo superior debe tener. No puede estar sumergido en ese mismo barro de violencia, abusos y venganza en que estamos los humanos.
       - Dios es amor. Me quedo con ese concepto, y así puedo ir más confiado - respondí.
       Sin embargo, en el fondo sentí un miedo que colocó mi estómago dentro de un ascensor que subía y bajaba mientras avanzábamos. Seguramente, las decisiones que había tomado en mi vida no daban lo mismo. O si no, no tendría ningún valor la libertad.
       Seguí andando. Estaba cada vez más cerca. Doblamos en una de las esquinas del patio. Volvimos a preguntarnos y respondernos las mismas cosas. Era un punto de crisis. ¿Cómo sería la forma de purgar las malas actitudes?
       Trotábamos por los pasillos. Al tipo de los bigotes le tocó entrar, y salir casi al mismo tiempo por la otra puerta, metros más adelante. Ahora era mi turno.
       Entré, creyendo en una salida rápida, pero ocurrió algo distinto. Fue como si el tiempo se hubiera detenido de repente, en lo que parecía un desperfecto del sistema, justo cuando me tocaba a mí. Pero, no era una situación anormal. A todos les pasó lo mismo, pues el tiempo a ese lado de la puerta transcurría más lento.
       En ese momento no supe que muchísimo tiempo iría saliendo apenas unos metros más atrás que mi amigo. “Soy Miguel”, “Soy Ernesto”, sería nuestro diálogo.
       Por el momento, disfruté poder guardar eternidades dentro de un suspiro, con un toque de rey Midas. Por algo dicen que el tiempo es oro. Creo que es mucho más que oro.

* * *

       Todavía puedo aterrarme. Como ahora, frente a lo que quedó de un antiguo certificado, oscurecido a fuego muy lento. Lo encontré botado en el suelo y no estoy seguro si acaso es mío. Aún se alcanza a leer :
       “Recibí de usted un total neto de setenta y dos mil quinientas catorce horas con veinticinco minutos y seis segundos. Entrego a cambio la cantidad de dinero necesaria para adquirir dos mil setecientas toneladas de papas”.
       La firma del empleador es ilegible.

* * *

       Mis recuerdos fluyen en el deshielo. Viven. Se mueven lentamente. Desde el estado de congelación, pasando por líquido frío, a tibio. Me estremecen cuando van tomando calor. Corren. Se atropellan. Finalmente hierven y lo salpican todo.
       Entiendo que he venido a recordar para poder olvidar.
       Cualquier suceso que haya quedado metido en un cubo de hielo, no está olvidado. Mientras se mantenga sumergido bajo una costra helada, jamás podrá evaporarse.
       No se saca nada con congelar el caudal, pretendiendo ignorarlo. Cuando termine la noche, un tímido rayo de sol lo hará caminar nuevamente.

* * *

       Esta vez, estoy bebiendo de la fuente. En cuanto crucé la puerta, una mano acogedora me tomó, con el amor y ternura de una madre, o de un padre. Después me soltó suavemente, y sus dedos empezaron a transformarse en haces de luz de distintos colores, abriéndose en muchos rayos, con todas las tonalidades imaginables.
       Así es como siempre había querido sentirme. Suspendido en el aire, cayendo casi sin velocidad.
       Las luces de todos colores se pusieron a bailar y se materializaron adoptando la forma de miles de niños cantando con espontaneidad a mi alrededor en un extraño jardín, tomados de sus manos. Muchas filas de niños y niños venían hacia mí, desde todas direcciones. Y yo al medio, seguí en caída lenta, hasta quedar sentado en el pasto, disfrutando tan calurosa recepción.
       Quisiera ser uno de ellos, pero me encuentro más anciano que nunca.
       Poco a poco me levantaron. No con sus manos, sino con sus cantos. Sin saber cómo, me vi integrado al grupo, con una fuerza de vida poco habitual en mí.
       Desde hace algún rato, mis pequeños amigos se están presentando en armonía perfecta:
       - Me llamo Esperanza.
       - Me llamo Justicia.
       - Me llamo Alegría.
       - Me llamo Perdón.
       - . . .

* * *

       Me toma de la mano una negrita llamada Verdad, transmitiéndome sin palabras su necesidad de ser cuidada por mí.
       Haré cualquier cosa por no frustrar la admiración que me demuestra. La sola posibilidad de defraudarla me detendría, dándome la fuerza suficiente para desistir de cualquier actitud negativa.
       Es mi salvación. Soy su salvación.

   

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