ARISTODEMO                    Un lugar literario
El expreso de las 10:20         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   12    El prisma

       He ayudado a muchos viajeros a recordar todas esas instancias en que la vida los pone y los saca de los pedestales. A mirarse desde distancia remota, como a una estrella extinguida, cuya luz jamás dejará de recorrer el espacio.
       Ahora, estoy frente a una de estas oportunidades nuevas. Se llama Ernesto, y al principio me miraba asustado, sin entender de qué se trataba. Miles de niños me regalan su presencia. Sin ellos no soy nada. Proporcionan cada una de las referencias permanentes para evaluar las vidas en tránsito. Estoy al servicio exclusivo de esa causa.
       - ¿Y ese televisor? - preguntó despectivamente, indicándome con el dedo.
       Al ver el lector de tarjetas que tengo incorporado, pareció comprender. Buscó en sus bolsillos, sacando toda clase de cosas, como por ejemplo, una llave de fierro, un candado oxidado, un trozo pequeño de alambre de púas, un reloj de arena, un resorte, una pata de conejo, el infaltable botón, un cerrojo, y varios cigarrillos antiguos, de diferentes marcas.
       - ¡Qué raro! Si hace años que no fumo - dijo y siguió buscando hasta dar con una pequeña tarjeta transparente, desconocida para él mismo, a juzgar por su gesto. La mostró en forma interrogativa a los niños, los que asintieron entretenidos.
       Todos los que llegan acá traen una tarjeta para presentarme sus vivencias. Me dejan soñar que estoy vivo y que tengo derecho a disfrutar, correr riesgos y tener aventuras, como si las tuviera. Reír y llorar al conocer las emociones de otros. Así no me oxido, y me construyo solidario.
       Yo jugaba a adivinar qué tipo de vida se me venía encima. Siempre es una experiencia nueva que después olvido en forma súbita. Habitualmente, hago estas proyecciones de la manera más rápida posible, pues cada vida es larga. Sin embargo. me detengo de vez en cuando. En realidad, me programé para ir más lento en la medida que voy encontrando estados anímicos más intensos.
       Ningún recoveco me es ajeno. Como un espejo espiritual, reflejo hasta los sentimientos de los personajes.
       Mientras sus males acumulados van enrojeciendo el semblante al espectador protagonista, sólo quedan en pie sus añoradas actitudes constructivas, que le ofrecen vislumbrar una solución a sus conflictos.        Ernesto introdujo la tarjeta en la ranura, y al instante tomé prestada su historia, proyectándola en visión perfecta. Esto es vida. Ahora puedo ser transparente, y mostrar imágenes completas, sin distorsión. En cambio, cuando estoy apagado como me corresponde en los lapsos de espera, parezco una simple piedra de caras rectas, a medio pulir, sin vida propia. Quedo obligado a presenciar sin sentir. Ser un testigo mudo y sordo de un devenir silencioso, frío y gris.

* * *

       Reinan la confusión y el miedo. Me refiero a esa escena notable en que recién me detuve, tratando de captar cómo están ordenadas mis partículas electrónicas.
       Estoy representando un acto eucarístico masivo. El fuego, la tierra y el agua han desplazado al aire. Ernesto, muy solo, se mueve entre el gentío, llorando por el efecto de los gases lacrimógenos que aun están en el ambiente, mezclados con los nubarrones de humo que invadieron el parque. Va desesperado, buscando a los suyos, sintiendo ardor dentro de su boca. Verdaderos pinchazos en nariz y ojos. Apenas alcanza a echar de menos la celebración que no pudo ser lo que estaba llamada a ser. Fue el grito del Pontífice, la nota que hizo resonar el diapasón de Ernesto :
       - ¡ El amor es más fuerte !
       Veo a Ernesto emocionado nuevamente, con más intensidad que la de aquella vez, como si todas las vibraciones del parque confluyeran en él.
       Este momento es más que una anécdota. Es una manifestación clara de vida en medio de tanta negación. Un punto de eternidad que ya estoy aprendiendo a reconocer.
       - Cada uno de ustedes es más fuerte - dice Ernesto a la multitud infantil que lo acompaña en esta ocasión. mientras yo empiezo a recorrer su vida nuevamente, queriendo que no llegue nunca ese punto final en que olvidaré todo.

 

   13    Contra todo lo supuesto

       No pude evitar que me rondara el miedo, cuando al poner la tarjeta, el prisma se llenó de mi vida. Prácticamente estuve metido adentro todo el tiempo que duró el video, hasta que la máquina lo devolvió, y entonces respiré más tranquilo, guardé la tarjeta, maravillándome de la cantidad de información que cabe en ese pequeño pedazo de plástico transparente.
       La proyección fue rápida, menos mal, pero no omitió ningún detalle de mi vida. Percibí hasta los sentimientos de las otras personas, sin tener que esforzarme ni adivinar.
       Aventureros niños me alentaron comprensivamente. Gracias a su increíble sabiduría, y a su sentido del humor, ahora miro todo distinto. En una dimensión más ajustada. Nunca imaginé que me podían enseñar. Ni menos ese otro niño, dentro de la pantalla. El que fui yo. Hasta hoy me sigue enseñando.
       Al evaluar mi vida, veo que me faltó llorar por algún rostro desvalido, más que ordenar su desayuno. Descubrí que las ausencias tienen fuerza. Son reales, como mi niñez.
       Ya estaba en condiciones de salir al pasillo. Mis pequeños acompañantes, se alejaron en parejas, lentamente, hasta confundirse con los rayos del sol que se filtraban entre las nubes. La mano acogedora, que me ha tenido siempre, me sigue teniendo ahora y me habla sin palabras, dando satisfacción a cada uno de mis intentos de expresar mi tristeza por no haber respondido plenamente.
       Me sentí como habiendo golpeado a Dios en la mejilla. Súbitamente vinieron a mí, en respuesta, las muchas mejillas de Dios, que son incontables como granos de arena de muchas playas de muchos planetas. O como muchos niños que vinieran al mundo en nuevos y pacientes intentos del creador.
       No quise prometer nada para el futuro, porque sería como jactarme de ser poderoso, y no me sentía así, en absoluto.
       Si tan solo hubiera tomado conciencia que llegaría a estar viendo esa película en presencia de esos niños, entonces habría vivido distinto mi vida.

* * *

       Me sorprendí cuando vi a Jesús en el rostro del mendigo al que yo estaba dando limosna. Pero, lo que definitivamente hizo cambiar mi percepción de las cosas fue esa escena en que yo, niño, molestaba a mi hermana hasta hacerla llorar. Contrariamente a lo ocurrido en esa oportunidad, esta vez mi pesadumbre interna se manifestó con más fuerza que la obligación social de reír.
       Sentí haber pisoteado la alegría, una vez más, acostumbrado a dejarla ir, de tanto que la arrancaban de mí, violentamente, y la tiraban lejos cada vez que me encontraban en falta. En ese entonces, yo me quedaba con mucho frío interior. Mi alma necesitaba abrigarse, o arrimarse a un inmerecido brasero.
       - Aun tengo vida y la tendré por mucho tiempo - dijo la Alegría, optimista y contenta, casi bailando -. Sólo destruiste mi foto.

* * *

       Seguí metido en la proyección, vertiginosa a ratos, una verdadera pesadilla, a veces. Empezó a frenar, al detectar un conflicto interno en que yo estaba metido. Ya era mi vida adulta. Dubitativo, me decía a mí mismo en aquella escena, “lo digo o no lo digo”. Iba a decir algo, pero al final me había quedado callado. Hoy recordaba arrepentido esa situación.
       - ¿Qué había en tu corazón? - me dijo la Verdad, que siempre hablaba en preguntas.
       - Tenía un deseo interno de ser fiel a Jesús, pero también sentía un tremendo miedo a las consecuencias que de allí vendrían.
       - ¿Era como una lámpara debajo de la cama?
       Asentí desconcertado, pues realmente nunca me he atrevido a encender la linterna hacia la gente.

* * *

       Lo que más me llamó la atención no estaba en la película, sino en los pequeños televidentes. Ver a la Justicia y al Perdón tomados de la mano, inseparables como caras de una medalla, en eterno noviazgo, fue algo que rompió mis esquemas.
       Siempre creí que eran fuerzas opuestas, y que deberían estar peleándose y forcejeando con los castigos, cada cual desde su extremo; una tratando de imponerlos, y el otro haciendo lo imposible por levantarlos. Hoy supe que nada de eso ocurre, ni podría ocurrir jamás. Ambos se necesitan mutuamente para luchar por una vida sin heridas ni manchas.
       Quedé completamente desubicado, pero preferí no emitir juicio ni pregunta alguna. No quise ponerme un ropaje de maestro de la ley visitado por el niño en el templo.

 

   14    El perdón

       - No creí tener derecho a tí - me dijo, con pesadumbre. Vi frustración en Ernesto, por asuntos que antes no le habían significado nada, y que hoy no dudó en calificar de egoísmo y falsedad.
       He vivido en su casa muchas veces y me he sentido bien casi siempre, sin rejas ni prisiones. ¿Cómo no tener gratitud?
       - Tu apertura a recibirme es suficiente - le respondí con certeza. Pero, no me instalaré. Estoy dispuesto a que me lleves a otra casa, y desde ahí me envíen a otra, y después a otra. No es bueno quedarse por mucho tiempo en los puentes.

* * *

       - Si pagas injusticia por injusticia dejas las cosas mucho peor - le dijo al hombre mi amiga Justicia -. No se puede equilibrar una mala acción si no es reparando el daño que ésta haya causado.
       La amo profundamente. Por la sabiduría de sus palabras, y porque mi propia vida no tendría sentido sin ella. Siempre está reparando daños. Anda con un maletín de herramientas, en el que lleva también daños de distintos portes. Ahora mismo, por ejemplo, está pegando unos trocitos rojos de corazón. Se lo lleva en eso.

* * *

       Renuncié a querer cambiar el pasado. Sobre todo porque es imposible. Sólo ayudo a convivir con él, comprensivamente. Estoy dispuesto a acudir como una nueva oportunidad cuando me llaman personas tan agobiadas por los remordimientos, que no desearían nada mejor que regresar a deshacer sus actuaciones. Todos ellos me son tan necesarios como yo mismo. Si el perjuicio que causaron sirvió para que vean su realidad y quieran cambiar, yo no pido más.
       No puedo blanquear páginas negras. Seguirán siendo negras. Me interesan aquéllos que las ennegrecieron. No para procurarles un buen pasar. No. Ellos me preocupan en otro aspecto. Creo que no querrán hacerlo de nuevo. Si me lo dicen así de claro, tendré que correr el riesgo. Los dejaré que toquen otras páginas blancas con sus manos que ya no ensuciarán.

 

   15    Hasta la vista

       La puerta no pertenecía a construcción alguna. Esa misma fabulosa entrada que hasta hace un rato coronaba el pasillo de salida del edificio, se transformó en un moderno monumento a la soledad. La puerta estaba tan sola como yo, dispuesta a abrirse y cerrarse, sin ningún sentido. Entré. ¿O quizás salí? Da lo mismo. Al otro lado no se veía rastros de nadie. Reinaba la más absoluta oscuridad.
       Cuando empezó el movimiento invisible, busqué de inmediato algún punto de luz. Es algo que aprendí en mi primer viaje por esta frontera negra. Lo vi, débil, al fondo, y velozmente me encontré junto a esa claridad.
       La luz era producida por dos filas de ampolletas que semejaban velas, a ambos lados de un ataúd, en la nave central del templo. Muchas flores sin vida, abatidas y lacias, adornaban solidariamente el funeral. Separadas de su raíz. Desconectadas de su fuente de vida corporal. Un símbolo de lo que pasaba con mi propio cuerpo.
       No supe cómo ni cuándo empecé a involucrarme en una ceremonia que requería mi presencia, de la que nadie se percató en un comienzo, y probablemente, tampoco después.

* * *

       En un banco de adelante encontré a Gloria. Fui a decirle cómo su amor contribuyó a formarme, pero no logré hablar nada. Ni siquiera tocar las lágrimas que se llevaban su dolor.
       Infructuosamente, quise abrazar y dar ánimo a mis hijos, y hacer llegar mi gratitud hasta mis ancianos padres, que estaban tomados de la mano.
       Tendría que poder comunicarme con quien quiera, con sólo desearlo, pero me falta una técnica que no he aprendido. Puedo intentarlo evocando algún recuerdo que nos una. Cada ser querido que se vino antes que yo, era una oportunidad de aprender. Hoy lamento haberlas desperdiciado.
       Cuando íbamos al cementerio, recién me sentí presente en mi esposa. En el momento de mostrarle mi manera de amar los árboles, percibí lo que ella quería decirme. Palpamos una fuerza de compromiso. Decidimos enviarnos cartas en el futuro, aunque no sabíamos cómo hacerlo.

* * *

       Al escuchar la frase típica “Que descanse en paz”, sonreí con humor, pues ya había tenido bastante trajín y todo indicaba que lo seguiría teniendo.
       Calculé que era el momento de retirarme, y aceptar ser invadido por una oscuridad movediza. Y buscar un punto de luz, para salir a un mundo distante y sentirme más liviano que nunca. Quedo agradecido de haber tenido la oportunidad de despedirme de todos aquellos que fueron a dejarme a la estación.
       Pero aun no me despedía de mi amigo Pablo, que por alguna razón no asistió al funeral. Al acordarme de él, me encontré súbitamente observando un partido de tenis. No noté el viaje. La vivencia recién llegada vino a sacar el moho a mis recuerdos y a rescatarlos de su estado de postergación. Pablo era un tipo amistoso y simpático. Nos conocimos en la universidad, muchos años atrás, e hicimos algunos trabajos juntos. Traté de llamar su atención, pero Pablo seguía jugando, con su habilidad acostumbrada.
       La curiosidad me llevó a preguntarme en qué forma había seguido viviendo nuestra antigua amistad. Al instante estuve dentro de una pequeña vivienda que pertenecía a algún país mágico.
       Mi casa en Pablo estaba desocupada. Los pocos muebles que quedaban no habían tenido algún cuidado en mucho tiempo. Me reconocí en un antiguo retrato en el que me veía luciendo una sonrisa de foto. Estaba puesto encima de una mesa, junto a unas revistas destruidas por la humedad, y a un plato con restos de mermelada descompuesta.
       Opté por abandonar esa casa tan poco acogedora, y volver al campo de tenis, justo cuando Pablo perdía un punto inexplicable, tras una gran jugada.

 

   16    El viento de la playa

       Además de las puestas de sol, y las gaviotas que vienen en picada, no he visto mucho más que arena, mar y caminantes. Y las formaciones rocosas que fluyeron rojas desde original fragua. Eso fue hace mucho tiempo. Desde entonces, me entretengo en mover la arena y en mover el agua, que incansablemente viene una y otra vez a borrar las huellas de los caminantes. De los que se zambullen, de los que se mojan solamente los pies, y de los que apenas llegan a la fría ola. Todos intentan atravesar la playa mientras sus coberturas se van desprendiendo como etapas superadas.
       El caminante de hoy ya va por los aires. Venía dando pasos cada vez más largos y livianos. Todo lo dejó en la arena. Los relojes, los calendarios y los almanaques. Y también unas maquinarias sofisticadas. Engranajes y resortes saltaron para todos lados. Yesos, desintegrándose de a poco. Gasas impregnadas de sangre de niño, coagulada hace muchísimos años.
       Quedaron atrás un montón de miedos que el mar se llevó. Aun flotan las inmensas carátulas negras. El hombre las mira impasible, mientras se alejan con lentitud. Su capacidad de sufrimiento yace en la arena, calcinándose al sol. La pesada razón tampoco pudo seguirlo. Ni siquiera su aptitud para tomar decisiones. Sacarse la responsabilidad fue algo realmente difícil. Todas sus vestiduras quedaron en el suelo, como circuitería en desuso, sin expresión y sin más movimiento que el lento arrastre de las olas.

* * *

       De lo último que se despojó fue de sus recuerdos. Saltaron al aire en una interminable expansión de nubes de todos colores, cada vez más tenues, buscando un espacio mayor que las pueda contener. Llevé sus alegrías y sus frustraciones a la capa más alta de la estratósfera. Ahí guardo todo.
       Algún día llegaré a tener una verdad blanca, sólida y armónica. Antes que termine la vida, hasta lo más oscuro habrá tenido su aclaración.

* * *

       El caminante ya no lo es. Sólo se lleva lo indestructible. Sus intuiciones libres que le permiten recibir los mensajes de los acontecimientos. Es la imagen y semejanza que lo acerca al creador. Una simple gota de agua suspendida en el aire. Pequeña y liviana. Ansiosa de encontrarse con el océano. Por siempre seguirá siendo agua, buscando agua.
       La muevo suavemente. La gota llega hasta el mar y se identifica con su antiguo entorno. Su contemplación podrá durar apenas una fracción de segundo, o quizás casi toda una eternidad. Innumerables ciclos de evaporación y lluvia.
       En algún momento, al romper la ola, esa misma gota de agua saltará hacia mí y empezará a adquirir nuevamente un cuerpo tenue. Se cubrirá de facultades hasta que pueda afirmarse en la arena y dar unos pasos. En su expresión adivinaré su felicidad de reencontrarse con lo desconocido. El caminante traerá luces esperando a ser tocadas para encenderse.

 

   17    En el principio

       Mi primer y único recuerdo empieza a dibujarse difusamente en la retina de mi alma. Con los pies revolviendo la arena y el rostro acariciado por el viento. Añoraba algo, pero no sabía qué. Mis cuerdas vibraban libremente, produciéndome gozo. En mis manos traía un cuaderno en el que estaban indicadas las tareas de cada página. Lo guardé en la mochila, después de hojearlo. Era mi punto de partida. Una oportunidad para crecer. Me sentía como una simple botella de agua de alguna vertiente con que saciaré alguna sed, si llego a tiempo.
       Al principio, sólo veía la tierra y el cielo. Pero, de tanto ser observada, la monotonía dejó de dominar el paisaje. Fue así como empecé a distinguir cerros de distintas tonalidades, empezando por los rojos y los negros, después los amarillos, y hasta los verdes y los azules. Un oasis que divisé vino hacia mí. Contenía muchas casitas de piedra, que aunque parecían no tener nada, daban la sensación de vida. Se me mostraron acogedoras.
       No recuerdo bien cómo ni cuándo elegí una de las casas y entré en ella, decididamente. La construyó alguien que ya la conocía y cuya misión amaba. Algún día este cálido hogar podrá moverse y conocer otras formas de vida. Sabe que no puede estar aquí eternamente. Me eligió y es feliz de estar cuidándome, mientras se me forma un cuerpo de carne y hueso y adquiero aptitud para salir al mundo a involucrarme.
       Fueron meses lindos, con lluvias y soles. Pero, quise ser libre. “¿Con qué me quedo de tí?”, fue lo que me preguntó la casita, y no supe responderle. La salida no fue cosa fácil. Llegué contuso, por la poca destreza al saltar unas grietas, hasta una especie de galpón con un duro piso de cemento. A pesar de mi capacidad de disfrutar, empecé a sentir miedo, pues había aterrizado en una realidad difícil. Desde esa vez no me agradan los pisos de cemento. Así y todo, estaba dispuesto a recorrer un camino tan desconocido como lleno de enseñanza, hasta volver a casa con el cuaderno lleno.

* * *

       Me encontraba en una estación múltiple. Origen y destino de muchos viajes. Me dolía todo. Vi diferentes tipos de vehículos, preparados para salir. Desde carretas hasta aviones, incluyendo también automóviles, trenes, buses, camiones, y otros no tan convencionales. Cada modalidad estaba concentrada en un determinado sector del inmenso terminal, cuyo recorrido completo tomaba muchas horas, a pesar de la buena distribución y mejor señalización. Después de subir y bajar varias escalas mecánicas, y recorrer interminables pasillos, me cansé de caminar entre el gentío, buscando por dónde ir.
       Era frecuente que se llamara acogedoramente a algunas personas, a través de parlantes, distribuidos por la estación, y se diera instrucciones específicas a los que estaban muy rezagados, pues corrían el riesgo de perder su medio de locomoción. Puse oído esperando ser llamado, hasta que finalmente me aburrí de esa posición y la dejé como última alternativa. Decidí investigar para descubrir cómo encajaba yo en los planes de viaje.
       Cuando llegué al extremo costero, entraban y salían grandes cantidades de pasajeros en barcos de todos los tamaños y submarinos de todos los colores, así como también lanchas, botes y balsas. Estuve largo rato entretenidísimo mirando el flujo de embarcaciones y disfrutando la brisa marina. Un ruido monótono pero atrayente me hizo mirar hacia arriba. Un avión se alejaba velozmente hasta meterse en un puntito. Entonces se me ocurrió que en avión llegaría más pronto, aunque no tenía muy claro hacia dónde iba yo.
       Lentamente, empecé a dirigir mis pasos hacia el extremo opuesto de la gran estación, y después de mucho caminar llegué al terminal aéreo. Con cierta regularidad despegaban aeronaves, requiriendo avanzar previamente un trecho de unos pocos metros, ayudándose de sus patas. Tomaban altura batiendo sus alas y se alejaban a gran velocidad. Asimismo, llegaban aviones de pasajeros, con suavidad de paloma, sacando sus patas amortiguadoras de aterrizaje y se posaban graciosamente en la losa, quedando inmóviles ahí mismo.
       Empecé a buscar por dónde acceder a una de esas naves. Preguntando, llegué a una especie de oficina central de vuelos. Un gran mapa desplegado en la pared indicaba los vuelos con luces lineales de distintos colores según el punto de embarque. Así, me fue más fácil llegara uno de esos puntos, al que no pude ingresar por no contar con el boleto. Se me dijo que lo podría obtener haciendo uso de mi tarjeta, en el lugar especialmente dispuesto para ello. Quedé desconcertado, pues no entendí lo de la tarjeta. De todos modos, seguí las señales y me dirigí al sector principal de la estación, no lejos de ahí.
       Revisando los bolsillos y la mochila descubrí que tenía una pequeña tarjeta transparente, similar a las que vi en manos de otras personas. Me acerqué al mesón en que estaba el dispositivo de obtención de pasajes, y cuando fue mi turno, introduje la tarjeta en la ranura, tal como hacían los otros. El computador procesó la información y me entregó un boleto supuestamente concordante con los datos leídos y tomando en cuenta las disponibilidades del momento. Mi pasaje decía muy poco :
       Expreso de las 10:20.
       Segunda Clase.

 

   18    Miguel

       Mientras caminaba al terminal ferroviario junto a otras personas, me entretenía con mis pensamientos. Un poco defraudado por haber sido asignado a un insignificante tren. Pero, me dejé impregnar del espíritu alegre de los demás. El gentío ya no nos era indiferente a quienes formábamos parte de él. La semejanza de nuestras expectativas nos hacía sentir cerca.
       No sabía cuál era mi tren. Todos anunciaban un viaje placentero. ¿Qué pasaría si abordo uno equivocado? Al menos yo, no me sentía autorizado a fracasar. Por el momento, necesitaba información.
       A cada lucecita que se apagaba en el tablero de itinerarios le pregunté si me estaba dejando definitivamente abajo.
       El dichoso tablero me salvó, después de todo, cuando miré tan fijamente un recuadro que se refería al expreso de las 10:20, que se destacó para mí, en forma luminosa, el texto con la tan buscada información acerca del viaje, como si una luz interna me guiara.
       Ya estábamos prácticamente en viaje. Era cuestión de pocos minutos más. Me dirigí rápidamente hacia el andén. Se escuchaba por los parlantes una invitación a disfrutar el viaje y se recomendaba a los pasajeros no instalarse férreamente en el tren, ya que éste arribaría muy pronto al lugar de destino.

* * *

       Traigo una buena disposición a colaborar en el rescate. No sé de dónde vino ese rumor, pero no me parece mal nuestra funcionalidad de transformarnos en puentes. Buscar a las personas que algún día también vinieron a buscar a otros. O sea, si no pierdo contacto con esta estación podré proporcionársela a todos aquellos que llegaron al mundo hace tantos años, que ya no la recuerdan. La relegaron al mundo invisible.
       Supongo que en mi equipaje tengo un mensaje de alguien. Ojalá lo encuentre.

* * *

       El que caminaba a mi lado me pareció conocido de siempre. En forma muy natural iniciamos algún diálogo y pudimos comprobar que nos tocó el mismo tren. Me alegró encontrar un amigo entre esa multitud.
       - Me llama la atención no tener recuerdos de lo que he vivido antes - me planteó Ernesto, y me dejó pensativo, pues yo tampoco me explico cómo puede ser tan intenso el olvido. No tengo ninguna respuesta, ni la tuve entonces, pero aventuré algo que me pareció cuerdo :
       - Quizás no sea bueno estar tan lleno de anécdotas. Conoces un mueble aunque no sepas cómo era el cepillo ni quién el carpintero.

* * *

       Aun estaba libre la línea por la cual debía venir nuestro tren. Demasiado desocupada. Sin el más mínimo indicio del enorme vehículo esperado. Fijé mi vista en un punto, al final de la vía, intentando vanamente extraer de él alguna figura en movimiento. No sé a qué distancia estaba ese minúsculo punto en el que concentré mi esperanza.
       Me gusta buscar la novedad y descubrirla escondida detrás de sí misma. Es asombroso. En el mismo punto en que termina lo visible, empieza lo invisible. Gritando para mostrarse. Igual como yo quiero dejarme ver, pues donde parezco no estar, también estoy.
       Sólo cuando desistí de enviarle energía mental, la máquina se hizo presente casi por casualidad. Su bocina lo llenó todo, sin molestar, y se apagó con ese mismo desplante. El tren llamó con un sonido de campanas que me evocó un recogimiento desconocido. De mis recuerdos más antiguos, sólo quedaban las cajas de resonancia.

* * *

       Se supone que yo sé mirar correctamente. Estoy seguro que vi el pantógrafo que comunica la energía eléctrica a la máquina aerodinámica. Sin embargo, después Ernesto me porfió mucho que yo estaría equivocado. Según él, se trataría de una antigua locomotora a vapor, que echaba humo en grandes cantidades.
       Al principio me enojé, pues no entendí cómo él tenía una percepción tan errónea. Ernesto es un tipo extraño, pero no puede estar loco. Claro, él no más vio la caldera. Después comprendí que podíamos seguir siendo amigos y aprender cada uno un poco del otro. Decidimos consultar más opiniones.
       Aerodinámica sí, pero sin toma-corriente. Debe ser turbo – dijo uno, mirándonos raro.
       Es diesel. La más típica. Esas medio cuadradas – dijo otro, haciendo gestos con sus manos.
       Quedamos desorientados. Cada persona puso su ojo en distintas características y vio diferente el mismo tren. Entonces, no es el mismo. Cada uno tiene el suyo propio.

* * *

       Conversé mucho en este viaje. Los trenes tienen algo que me inspira vida. Me paraba frecuentemente de mi asiento y entablaba diálogos con otros pasajeros. Una mujer que se incorporó a una de estas discusiones, no parecía estar muy optimista.
       - Encuentro deprimentes esos espinos que se ven en los ceros - dijo la recién llegada, que representaba muchos años -. Me encantaría ver un paisaje costero, con playas y la inmensidad del mar, o si no, unos campos sembrados como esos que se veían hace algún rato.
       Defendí los espinos porque sus formas caprichosas me llaman la atención y me divierten. Además, me pareció que cuando pasábamos por los campos sembrados, ella les encontró algo desagradable. Seguí disfrutando los cambios del paisaje; también cuando divisé el mar, y más aun al avanzar tan cerca del agua que pude seguir completo el ciclo del oleaje.
       - ¡ Qué insoportable olor a cochayuyo y a pescado ! - exclamó la mujer, acompañando la queja con un rostro arrugado -. Echo de menos los espinos que, con sus formas extrañas nos entretenían.
       No soporté más y le dije que no era el paisaje el negativo, sino ella. No hallaba cómo tirarle encima el caudal de pensamientos que se me enredaban unos con otros.
       Hube de reconocer que también yo he enfrentado situaciones de modo negativo, en algunas oportunidades. He vivido escenas que empiezan saludándome sonrientes desde el futuro, me ahogan cuando se acercan, y, mucho después las añoro cuando ya se han ido, no sin haberme golpeado al cruzarse por el presente.
       Las palabras me salían a borbotones, desordenadas y no causaron efecto en ella, al menos ese día.

* * *

       Cuando ordeno al tiempo caminar más rápido, camina más lento. Hay fuerzas que mueven el mecanismo del reloj y otras que le templan el carácter. Es como si el mar intentara apurar las olas, y éstas decidieran detenerse.
       Así como el transcurso del tiempo tiene su inercia, yo tengo la mía propia. Es una verdadera forma de vida. Me desorienta y me lleva a un mundo que no es el mío. De repente, me veo sin conexión con el pasado. Es entonces cuando necesito recordar cómo llegué a hoy.
       Mi tiempo no es implacable, ni frío, ni impersonal. Por eso me admira observar los relojes de Dalí, saliéndose del plano rígido que los había sometido. Me encienden muchas más luces para percibir la flexibilidad del tiempo, que los esforzados relojes de Einstein. Seguramente Dalí miraba mucho por la ventana y veía cosas que algunos dejamos pasar.

* * *

       Un descubrimiento notable empezaba a entusiasmarme. El brusco movimiento de vaivén me sacó de mis cavilaciones. Volví a la revista de acertijos. La página que me ocupaba era un rompecabezas, en que las distintas piezas podían moverse hasta su lugar llevándolas con un dedo. En la esquina inferior había un círculo para volver a desordenar las piezas.
       - ¿Sabías que si el todo fuera igual a la suma de sus partes, los rompecabezas no tendrían solución? - le dije a Ernesto, con entusiasmo.
       - No te entiendo, mi viejo.
       - Al menos, no una sola - continué sin saber darme a entender. Intenté explicarle que puedo poner una pieza al lado de otra y saber que encaja ahí, gracias a que me fijo en la relación que hay entre ellas -. ¿Entiendes? Es la relación entre las partes la que me permite llegar al todo.
       - Entonces, una persona más otra persona forman algo que es mucho más que dos personas.
       Su respuesta me dejó pensando en la humanidad como un gran rompecabezas en que cada uno busca su lugar, según lo que lleva inscrito. Y según sean las formas de sus bordes.

* * *

       Empieza a aclarar el día en tonos azules. Difusamente, entre las siluetas del paisaje, que se mueve cada vez más rápido, veo venir los postes, uno tras otro. La velocidad del tren aumenta sostenidamente.
       Los postes ya no dejan ver casi nada entre ellos. Forman una verdadera muralla compacta. Opaca, al principio; transparente, después. Adquiere, súbitamente, un brillo extraordinariamente intenso que me encandila y se apaga tan rápido como vino, dando lugar nuevamente al muro, mientras la máquina sigue acelerando hasta tal punto que no soy capaz de despegar mi espalda del asiento, ni mover los pies, prácticamente pegados a la parte baja del asiento. Mis vísceras quieren salirse, pero están impedidas de hacerlo.
       La rapidez llega a ser tal, que el muro se va transformando en una serie de postes que pasan velozmente, pero, esta vez lo hacen en la misma dirección que avanza el tren. Como si yo pudiera ver antes lo que es después.
       Loco de angustia, despierto de repente. Cansado y aliviado. Me parece que el tren apenas se mueve. Me levanto al baño, tratando de no olvidar el sueño. Empieza a aclarar el día en tonos azules.

* * *

       Puedo enlazar los extremos de cualquier etapa de mi vida que haya logrado recortar como una cinta. A estas alturas ya la tengo llena de nudos.
       Innumerables instantes caben en cualquier mínimo trozo de la cinta. Como los infinitos puntos de un grano de azúcar. O de sal.
       Mucho más me llama la atención el infinito grande. La cinta entera es tan larga como una eternidad. Debo suponer que el extremo final está más cerca que lejos, si un simple pensamiento me hace llegar a sus inmediaciones.
       Persigo esa punta que parece tan inalcanzable como vivir muchísimos billones de años. Atravieso completamente la lejanía, y vuelvo a aparecer por la prehistoria, sin que la cinta haya tenido un final.
       Todo aquello que alguna vez pareció plano, después resultó ser redondo como una naranja.

 

   19    A descubrir destinos

       El murmullo y los ruidos de la preparación daban un ambiente especial al andén. Un olor metálico característico completaba el entorno de comienzo de viaje. Subí al tren sin conocer su destino. Ni siquiera sabía cuándo iba a estar de vuelta, si es que alguna vez.
       Me cambié de vagón por dentro. El cierre hermético de la puerta, además de asegurar un buen pasar, produjo un ruido fuerte. Elegí un asiento cerca del centro del carro. Todo me producía admiración. Tanto las ventanas, como la forma escalonada del techo, que permite el paso de luz. Hasta el humo de los cigarrillos se transformaba en una nube agradable, imperceptible.
       Miré a las otras personas. Unos, asomados a la ventana. Otros, tratando de acomodarse, o conversando, o simplemente esperando.
       Todavía no me sentaba y ya ansiaba partir. Me alejaré de un mundo que aún no he conocido del todo. Talvez un día volveré.

* * *

       Cuando me pareció que el andén se iba lentamente hacia atrás, comprendí que el tren se había puesto en marcha. Me senté. El movimiento parecía estar afuera, más allá de una invisible envoltura que me aislaba del entorno.
       Al mirar unos afiches de publicidad en la estación, las sonrisas congeladas de los personajes parecían cobrar vida, hablándome sin voces. La vida que les corresponde tener cuando el movimiento se inicia. Uno a uno, fueron quedando atrás.
       Mi posición era privilegiada para observar el devenir atenuado por la distancia. Los postes que pasaban parecían todos iguales, pero tenían pequeños detalles que los diferenciaban unos de otros. Disfruté al mirar un paisaje que cambiaba cada vez más rápido, mientras el sonido rítmico del tren contrastaba con el silencio de los movimientos lejanos. Tan callados como esas sensaciones que también cruzan bajo nivel. El viento mueve los árboles, pero a mí no me llega.

* * *

       Dejamos atrás las edificaciones más notables. La del gobierno, la de los representantes, el palacio de la justicia. También otro edificio más grande, a punto de derrumbarse. Se destacaba más nítidamente que los otros, a pesar de no tener ninguna bandera en su mástil. Me llamó la atención su estructura.
       - Es el Palacio de la Injusticia - me explicó el Viejo Rubén, al notar mi curiosidad. Y agregó -. Es uno de los edificios más antiguos que hay. Hace algunos años tuve la oportunidad de conocerlo por dentro. Trabajan con luz artificial, proporcionada por unas lámparas con pantallas de papel.
       Como me interesé en saber qué hay detrás de esas persianas que permanecen cerradas a plena luz del día, Rubén me habló de las principales dependencias del palacio. Me fue describiendo los salones negros y grises. El Salón de la Prescripción, el Salón de la Amnistía, y el Salón Olvidado, donde se guardan los expedientes. Me dijo que también hay una salita pequeña, de construcción ligera, al fondo del patio. Le llaman Sala de Delación Compensada.
       - Es bien desgraciado el palacio - reconocí -. ¿Y qué es esa torrecilla que destaca en la parte alta?
       - Desde ahí vigilan la libertad - me contestó riendo a carcajadas. No supe si se mofaba de mí o de las instituciones.
       - ¿Alguien siente gusto por administrar ese edificio? - le pregunté, pero no supo responderme.

* * *

       La conversación con el vecino me duró un buen rato. Pero, se terminó. Mirar al exterior fue algo que también se acabó relativamente pronto.
       Me dediqué a observar a las personas, reconociéndome en ellas. Algunos viajaban añorando la estación de salida. Muchos, preocupados por llegar pronto, o pensando en lo que harán cuando lleguen. Otros, disfrutando la vida, estarían felices viajando eternamente, sin llegar jamás a alguna parte.
       - ¿Se sirven café? - ofreció Aurelia, una hermosa joven no muy alta, de pelo negro y tez bronceada. Hábilmente, equilibraba la bandeja tratando de compensar el vaivén.
       Acepté complacido y aproveché de hacerle miles de preguntas. Quería saberlo todo acerca del tren.
       - ¿Para dónde vamos?
       - Eso no lo sabe ni el maquinista. Se limita a continuar por la interminable línea. El que la dibujó sabía lo que hacía.

* * *

       Me sumergí en mis pensamientos. No es que estuviera aburrido. Jamás pierdo el tiempo en aburrirme. Relajado, sin urgencias ni apuros, acostumbro a dar cabida a lo que quiere decirse en mí.
       Me pregunté cómo sería estar en esa estación que pasamos hace un rato, velozmente, como si no existiera. Sé que estaría sentado en un banco viendo pasar el tiempo y los trenes. En cambio, ahora veía pasar el tiempo y las estaciones.
       Me rondaban toda clase de sueños, no todos cuerdos. Las utopías más locas, nacidas en lo mejor de mí. Persistentes, como enormes fuerzas atrapadas, luchando por hacerme actuar.
       Quisiera atreverme a creer en esos sueños que aún me mantienen vivo. Son los destinos de mi vida. Donde tengo que llegar, o por lo menos acercarme. No es la estación que pasamos recién, ni tampoco la próxima en que el tren no se detendrá.
       Mis destinos están escritos en lenguaje propio. Vestidos con disfraces de colores para llamar mi atención. Sus contenidos increíbles me dicen mucho. No vienen a concretarse. Se conformarán si logran moverme.

   

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