ARISTODEMO                    Un lugar literario
Presencias antiguas         Gonzalo Rodas Sarmiento


  La creación

   Nadie sabe a ciencia cierta cuáles fueron todos los propósitos de la divinidad para disponerse a construir el mundo. Cualquiera puede entender que se trata de una labor enorme.
   No es que haya ocurrido en una semana, la cual habría comenzado antes de inventarse el concepto de día y noche. No. Claro que no. Son siete épocas, cada una de ellas con más de un millón de años.
   En los primeros lapsos se formó el extenso cosmos, incluido nuestro pequeño sistema solar, con el planeta Tierra. Y una infinidad de galaxias, muy alejadas unas de otras. La divinidad necesitó varias épocas para crear el cosmos, porque es tan inmenso que no se puede recorrer en menos tiempo. Ni siquiera es posible saber cuánto tiempo ocupa Dios para visitar el universo completo.
   Así se fundó el devenir cósmico. Dios se preocupó de cada uno de los planetas de cada sistema. En ellos creó los grandes mares y los continentes. También en nuestra pequeña Tierra dibujó continentes con montes y manantiales, con bellos paisajes.
   Las primeras épocas fueron dedicadas sucesivamente, a los reinos: Mineral, Vegetal, Animal. En ese orden.
   La vida evolucionó en la sexta época, y surgió el ser humano. Dios hizo hombres y mujeres, sexos complementarios para que la vida pueda seguir.
   En la séptima época es la humanidad la que está colaborando en la Creación. No es que Dios esté descansando, como dicen, sino solamente confía en que el Hombre y la Mujer le ayudarán en tan magna tarea. El mundo lo hacemos entre todos.
   La divinidad nos enseñó, con su actitud, los pasos a seguir para crear. Más bien dicho, para descubrir, pues los humanos sólo podemos crear de esa manera. La primera etapa, la de descubrir la luz, se refiere a la inspiración. Después de eso, hemos de descubrir el horizonte de nuestro trabajo, o sea, la línea que separa el cielo del mar. En seguida, considerar lo que es mar y lo que es tierra... El sentir y el pensar... A continuación, separar lo que está oscuro, de lo que está claro. Y al final, proceder a poblar con caracteres vivos.
   No es fácil, pero se puede lograr. Y no hay que olvidar que después de cada etapa, hemos de mirar lo realizado y ver que todo está bien.


  El paraíso

   Dios puso el jardín del Edén dentro del ser humano. Y en el Edén puso a un personaje llamado Adán para cuidar ese jardín de belleza y plantaciones llenas de semillas y árboles de vida. Y para que disfrute la vegetación y el canto de los pájaros. Este personaje no es perfecto, comete errores, sobre todo cuando piensa muy poco, o... piensa demasiado.
   El río de agua viva del Edén sale de éste y se abre en cuatro brazos que recorren toda la persona. Es un flujo de fuerza vital constructivo.
   Uno de los árboles es el de la Conciencia. Su fruto no es para comerlo sino para que se transforme en semillas que darán nuevos árboles de la vida.
   Dijo Dios: "Si te comes ese fruto estarás frustrando el desarrollo del jardín del Edén.
   De Adán, en estado de ensueño, desde su solidez cercana al corazón, salió un personaje femenino llamado Eva. Ella tampoco es perfecta. También comete errores, sobre todo cuando siente muy poco, o... siente demasiado.
   Por ese tiempo, se formó también una serpiente, enrollada a un árbol de la vida, cuando éste estaba recién empezando a nacer. El sufrimiento que le había ocurrido a esa plantita se debió a que un caudal de agua viva, que se contaminó por el camino, le pegó muy fuerte.
   A solicitud de la serpiente, Eva comió del fruto prohibido, y le dio a Adán. Ese fruto contenía todas las semillas para el desarrollo de árboles de la vida. ¡Y se lo comieron! En una sola tarde. Comerse el fruto prohibido es como malversar la alegría del ser, dedicándola al disfrute que hace perder esa alegría.
   Así, el Edén quedó inconcluso. Adán y Eva tuvieron que retirarse de ese bello jardín y acudir hacia el resto de la persona.
   Se dieron cuenta que no conocían la actitud con la cual afrontar la nueva forma de vida que les tocaba.
   Hoy añoran el paraíso al que han de volver.


  Jesé

   Tuve una infancia muy feliz. Más que nada, me acuerdo de mi abuela paterna.
   Mi padre fue un hombre tranquilo. Me enseñó a orar. Y así mismo, pongo ahora yo también la oración en mis hijos, de esta forma:
   "El Señor me da lo que necesito. Me escucha, y alegra mi ánimo. Me guía y me muestra los caminos".
   Mis mejores recuerdos son las conversaciones con mi abuela Rut, una mujer extraordinaria y de gran sabiduría. Yo escuchaba absorto cuando me contaba sus aventuras. Ella adoraba a su hijo Obed, mi padre, un hombre quitado de bulla, fruto del amor de mi abuela con mi abuelo Booz.
   La abuela Rut era moabita, a pesar de lo cual fue muy bien recibida acá en Belén, gracias al afecto que todos tenían por la familia que la trajo.
   -Fui yo que quise venirme -me decía la abuela muchas veces- porque le tenía gran cariño y apego a la madre de mi primer marido, el cual murió muy joven.
   -¿Él también era de Moab? -pregunté yo, una de esas veces.
   Entonces, me contó la historia antigua. Noemí se llamaba esa suegra israelita que ella tuvo. Se había ido a vivir a Moab durante los años en que acá había escasez. "Vacas flacas" le llamaban a esos años.
   Noemí se vino de vuelta, ya viuda, cuando aquellos años dieron paso a un tiempo floreciente. "Vacas gordas" decía Noemí. Ella murió mucho antes de que yo naciera.
   Cuando volvió de Moab, acompañada de su nuera, se encontró acá con antiguas amistades que la querían mucho. Rut se puso a trabajar durante una cosecha de cebada, en el campo de uno de estos amigos de la familia de Noemí. No era un trabajo bien conceptuado, sino más bien una ocupación menor, y temporal solamente. Le permitían recoger las espigas que se les caían a los segadores. Así, podía ganarse un sustento mínimo.
   Cierta vez, el patrón, que no era otro que Booz, se dirigió al campo desde la ciudad, para vigilar cómo iban los trabajos. Entre muchas otras cosas, vio a esta mujer y le cayó en gracia. Le conversó, le dio acceso a las vasijas de agua con que los segadores saciaban su sed. Booz le agradeció la generosidad de venirse con Noemí. La autorizó a sentarse a comer con los segadores. Poco a poco la fue transformando en una segadora, la cual dejaba caer espigas para aquellos trabajadores mínimos que iban detrás.
   Booz y Rut se enamoraron, y se casaron. Fueron felices, pero el cuento no termina ahí. Más bien dicho, aún no ha terminado.
   Parece que la historia quisiera continuar conmigo. Así lo he ido sintiendo desde esa bendita vez cuando me visitó el profeta Samuel.
   Samuel era más que un profeta. Tenía un liderazgo natural que le hacía ser casi como un gobernante. Por lo menos, hasta que él mismo decidió delegar esa tarea en un rey. Nombró para ello a Saúl, un hombre de gran estatura que andaba buscando a Samuel para pedirle consejo.
   Años más tarde, Saúl se desvió del buen camino, y entonces Samuel se preocupó mucho porque los destinos de Israel ya no estaban en buenas manos. Ése era el estado de la situación cuando Samuel vino a Belén y me visitó.
   Me invitó a participar en una actividad religiosa, un sacrificio a Yavé. Acepté de tan buen grado que hasta le proporcioné una ternera.
   En esa oportunidad me contó que se vio en la necesidad de buscar a la persona que tendría que constituirse, en el futuro, en un nuevo rey. Por supuesto, eso no se lo conversó a Saúl. Y por lo tanto me pidió discreción.
   -Mi buen Jesé, he estado en oración -me dijo-, y el Altísimo me hizo descubrir que uno de tus hijos ha de ser el futuro rey.
   Quedé más que asombrado, no podía creer algo tan grandioso. Me demoré en responder, tímidamente:
   -¿Cuál de ellos...? Tengo ocho hijos varones.
   -Aún no sé cuál... ¿Puedes presentármelos?
   Accedí, y llamé primero al mayor, porque supuse que a él tendría que corresponderle. Samuel no quedó muy seguro, así que seguí llamando a mis hijos para ponerlos en la presencia de Samuel. Éste seguía indeciso después de mi hijo séptimo.
   -¿Son ocho? He visto sólo siete -dijo el profeta.
   -Bueno, el más pequeño, David, no está aquí. Se quedó cuidando el rebaño.
   Una luz casi imperceptible pasó por los ojos de Samuel, como si algo le estuviera circulando por su cuerpo como un flujo energético.
   Mandé a buscar a David, mientras seguía diciéndole a Samuel cuáles son las bondades de mis hijos.
   Él me explicó que ya no está interesado ni en la estatura de las personas, ni en otras características físicas, sino en lo que habla su corazón.
   Un par de horas después llegó David. Entonces lo presenté también a Samuel. Éste le hizo una serie de preguntas fáciles que no parecían indicar nada, al menos a mí. Pero, para Samuel fueron certeras y esenciales ya que daban en un blanco que sólo él conocía, como producto de su oración.
   -David es el llamado por Dios -sentenció Samuel.
   En una breve ceremonia improvisada, Samuel ungió a David como futuro rey.
   Pasó algún tiempo y no volvimos a tener noticias de Samuel.
   Yo, que era miembro de un tribunal regional, ya no lo soy. Me sacaron del tribunal por mis ideas distintas. Incluso traté de convencer a mis hijos con esas ideas mías. No lo logré. Ellos suscriben, sin cuestionar nada, las enseñanzas de la sociedad en que estamos.
   Mi idea es la de rechazar esa increíble cuestión que no sé cómo llamarla. Eso de que la mujer queda impura al tener una relación sexual. Me pregunto "¿y el hombre?". De cualquier forma, si el mandato del Altísimo es "multiplicaos", no le veo mucho sentido a esa impureza que surgiría, y que por si fuera poco, dicen que mancha a la creatura que en ese momento se empieza a gestar. Y no sólo eso, el hijo o hija, al nacer adquiriría la culpa de ese pecado y la tendencia a pecar. ¡Pero..., es que esto es monstruoso!
   Se lo he explicado a cada uno de mis hijos, incluyendo a David, el menor, pero no he podido tener resonancia en ellos.
   Un día, llegaron a nuestro pueblo unos heraldos reales, anunciando en la plaza, que buscaban a alguien que supiera tocar el arpa.
   -Yo sé -dijo David en voz alta.
   Estos señores andaban trayendo un arpa. Pusieron a David ahí y le pidieron que tocara. Mi hijo no tuvo ninguna dificultad para hacerlo, y los dejó muy conformes.
   -¿Dónde vives? Tenemos que hablar con tu padre -inquirieron.
   Entonces aparecí en escena, pues yo andaba por ahí cerca. Les di nuestros datos, y ellos se fueron, prometiendo regresar.
   Quedamos intrigados, esperando que volvieran pronto. Efectivamente, vinieron al tercer día a nuestra casa.
   El jefe de los heraldos reales me manifestó que quería llevarse a David a la corte. El rey Saúl lo estaba pidiendo. A mí, eso me hacía sentido pues los caminos del Altísimo son así. Sin embargo, me resistí un poco. No iba a entregar a mi hijo así, tan fácilmente. Invité al hombre a tomar una copa de vino... Bueno..., en realidad..., varias copas.
   Y conversamos. En algún momento me dijo que Saúl se estaba sintiendo triste. No me dijo que, también, atormentado, pero lo entendí así. Y que un sabio de la corte le había recomendado conseguir a alguien que toque el arpa porque sólo así sanaría su estado de ánimo. Al final, di mi consentimiento, y David se fue con los heraldos.
   Tiempo después supe que mi hijo había llegado a convertirse en ayudante del rey. Volvía a Belén cada cierto tiempo, y volvía a irse a la corte. Yo le pasaba víveres para que llevara a los soldados que estaban combatiendo a los filisteos. Más bien dicho, estaban esperando para entrar en combate. Los filisteos no querían una guerra con mortandad. Y no porque fueran pacifistas, sino porque querían a los judíos vivos para transformarlos en sus esclavos.
   Fue en ese contexto que David vivió una experiencia notable en que, una vez más, el Altísimo lo distinguió como el hombre que ha de gobernar en el futuro. Aunque es muy joven todavía.
   Lo ocurrido me lo contó el propio David cuando vino en visita a casa, pero algo ya se había sabido en Belén antes de eso. Es que fue una buena noticia que se propagó con rapidez.
   Lo que había acontecido fue que, estando David entre los soldados repartiendo los víveres que había llevado, fue increpado por sus hermanos, que le dijeron "¿Por qué viniste?". Cada cual puede haber tenido distintos motivos para decirlo y también otros soldados adhirieron a ese rechazo. Tanto así, que se enteró Saúl, y mandó a llamar a David.
   Por esos días, circulaba con prepotencia Goliat, un guerrero filisteo de gran estatura y muy ancho de cuerpo. Le decían "gigante". Este Goliat pregonaba que cuando un israelita se atreviera a luchar contra él, el que resulte vencedor someterá al pueblo del derrotado.
   Saúl ofreció una recompensa al que accediese a enfrentar a Goliat y lo venciera.
   Así las cosas, la conversación de Saúl con David derivó al tema Goliat. Eso era inevitable, pero lo asombroso fue que David se ofreció para pelear con Goliat. La primera reacción de Saúl fue de risa, como si estuviera escuchando un chiste. David insistió declarando que estaba hablando en serio. Entonces Saúl entendió que David tenía realmente esa intención. Por supuesto, le respondió que de ninguna manera le permitiría meterse en ese combate desigual. David volvió a insistir, esta vez con una tremenda seguridad. Le explicó que él ha matado muchos leones y osos que pretendían comerse sus ovejas.
   Saúl tuvo que acceder. Le proporcionó un casco y una coraza como las que tenía Goliat. David intentó andar así, pero decidió sacarse toda esa ferretería pesada porque le molestaba mucho. Fue al arroyo a buscar piedras filudas. Con éstas y una honda y un palo acudió a enfrentarse a Goliat. Este enorme adversario se burló de mi hijo, quien no se amedrentó. Al contrario, él también le gritó con valentía, y participó en la lucha verbal. En algún momento de esa pelea le asestó con la honda un certero piedrazo en la frente. Ese filo que llegó con fuerza hirió mortalmente a Goliat.
   David adquirió gran popularidad y participación como un adulto más. Pasó el tiempo. Saúl cumplió lo prometido y dio una de sus hijas, Mical, como esposa a David. No es la mayor sino la que estaba enamorada de David. Asistí a la boda con mi mujer. Fue un gran evento, lleno de pompa.
   Siguió pasando el tiempo. Saúl no podía soportar que alguien le hiciera sombra. Es que ya a nadie le cabía duda que David iba a ser rey. Y Saúl empezó a perseguirlo, a tal punto que David tuvo que esconderse. Mical lo ayudó a escapar. Mi hijo llegó a Belén por un rato corto, sólo para llevarnos a mí y a mi mujer, mi amada Nitzevet, a un lugar seguro.
   Nos puso en Moab. He aquí que ahora, anciano como soy, estoy listo para terminar mis días de una manera pacífica y natural, en las tierras de Rut, la que comenzó una bella historia que ha de completarse cuando su bisnieto David sea proclamado rey de Israel. Creo que no alcanzaré a ver ese glorioso momento.


  Hermanos rivales

   Dentro de mi alma hay muchos personajes. Dos de ellos, Caín y Abel, son jóvenes hermanos, o más bien dicho, compañeros de juerga. En realidad, nunca se han llevado muy bien.
   A los dos les gustaba la misma niña, otra de mis personajes internos. Una hermosa chiquilla, además de simpática, inteligente y de buen corazón.
   Ella se enamoró de Abel.
   Entonces, Caín quedó muy frustrado, y se puso a pensar en cómo deshacerse de Abel, más por envidia que por otro motivo.
   Un día, la niña no sabía dónde estaba Abel, y le preguntó a Caín.
   -¿Acaso soy guardián de mi hermano? -respondió éste, de mala manera.
   Finalmente, Caín tuvo que asumir su derrota, y se dedicó a vagar sin rumbo, lleno de culpa.
   Quería morirse, pero a nadie le interesó matarlo.


  Oseas

   He venido a la plaza, una vez más, dispuesto a hablarle a la gente, ya que es aquí donde muchos se reúnen, más que nada para comprar los víveres necesarios. Les digo las cosas que he conversado con Dios. Sí, tal como suena. En mi oración, no sólo le cuento a Dios mis problemas, también escucho sus respuestas. Desde muy niño he dejado vivir en mí esa capacidad. En mi casa me ridiculizaban, pero nada podía importarme menos.
   Así, después de algunos años, que no son tantos, me he dado cuenta de que mis problemas no son sólo míos. Muchas personas sienten cosas parecidas. Y si no le han preguntado nada a Dios, entonces yo puedo transmitir las respuestas a esas preguntas no planteadas.
   Creo que, por hoy, no hablaré a la gente, porque al llegar me encontré con Gomer, la niña de la que estoy enamorado. Conversamos un poco, a pesar de que eso es muy mal visto. Decidimos retirarnos por distintos lados de la plaza para salir hacia un sector más tranquilo y juntarnos nuevamente. Así lo hacemos, para poder contarnos nuestras vidas sin sentir que rechazan nuestra osadía.
   La vida de ella ha sido mucho más entretenida que la mía, sin duda. Es una niña muy alegre, llena de vida, mientras que yo soy un poco retraído. Incluso, solitario. Llegué a eso porque mis amigos no aceptaban esos diálogos que yo decía tener con la divinidad.

         * * *

   Amo mucho a Gomer. Y ella también a mí.
   Cuando hablo con Dios, le cuento eso también. Al principio, yo estaba dubitativo, pero sentí que la divinidad me instaba a unirme con Gomer, una mujer pura y sin mancha.
   Fue así que me armé de valor y la pedí en matrimonio. No sólo ella accedió, también estuvo de acuerdo su padre, lo cual es de gran importancia.
   Desde que nos casamos hemos sido inmensamente felices.
   He continuado con mis predicaciones en la plaza. Al principio, instaba a la gente a volver al buen comportamiento; no vaya a ser que Dios quiera destruir a Israel.
   Me escuchan pero no me hacen mucho caso. Sospecho que ese discurso no es grato a la gente, y por eso intenté validarlo en mi oración. Dios me hizo ver que ama a su pueblo, y que lo salvará, pero no por medio de la guerra.
   Entre tanto, Gomer quedó embarazada y me dio un hermoso niño. Y después, nuevamente tuvimos descendencia; esta vez una niña adorable. Y a los pocos años, un tercer hijo.
   Ahora, mi discurso ha cambiado. Ya no hablo de castigos divinos. El buen comportamiento debe basarse en el amor y no en el miedo. Digo a la gente que un día se juntarán los pequeños reinos y serán un solo pueblo.

         * * *

   Cuando tomé conciencia de que el pueblo de Dios incluye muchos pequeños reinos, decidí visitar varios de ellos y llevarles también la palabra divina. En eso he estado durante algunos años, y yo diría que con gran éxito. No sólo en la predicación sino también en mis compras y ventas de mercadería, las que viajan conmigo.
   Siempre creí que estaba viviendo una época privilegiada de mi vida, que me tenía contento, hasta que una tarde oscura, casi de noche, al llegar de vuelta a mi casa después de andar por reinos vecinos, la encontré vacía.
   Fue como caer violentamente desde gran altura. Tampoco en el patio había alguien. Difícilmente podrían estar los niños allí a esa hora. Desde ahí me dirigí a la vivienda vecina, ya que compartimos el patio. Allí vive mi hermana viuda, con un niño que alcanzó a tener.
   Llamé con preocupación, y salió mi hermana a recibirme.
   -No grites tanto, Oseas, que los niños duermen -me habló en susurros.
   -Ven acá afuera -agregó, llevándome- y podremos conversar.
   En el patio encontramos un lugar para sentarnos. Ella, al principio estaba muy callada y afectada.
   -¿Dijiste "niños", en plural? -pregunté con la esperanza de que mis hijos estuviesen con ella.
   -Sí, Oseas, tus hijos están conmigo, que yo los cuido muy bien. Ya sabes que los quiero muchísimo.
   -Gracias..., pero..., ¿qué ha pasado con Gomer?
   -Verás... No me es fácil esto... No sé cómo decírtelo...
   -¿Murió? -me atreví a preguntar llorando.
   -No, Oseas. Ella no ha muerto. Es peor que eso... Simplemente, se fue de aquí.
   -¿Pero, cómo? ¿Dónde puede ir? ¿De qué va a vivir?
   -Comprenderás que no se fue sola.
   -¿Con quién?
   -Con un hombre rico y atrayente que pasó por el pueblo.
   Mi llanto se manifestó del todo. Mi tesoro estaba en el suelo, hecho trizas.
   Después de esa noche estuve muchos días sin salir, no sé si por pena o por rabia, o por miedo a lo que me podrían decir, mofándose de mí.
   He conversado con mis hijos, compadeciéndolos por tener una madre que se desvió del buen camino. Yo mismo, a veces quisiera repudiarla, pero me cuido mucho de no decírselo a los niños. Por el contrario, les digo que ella volverá, aunque ni yo me lo creo. A ellos les haría muy mal odiar a su madre. No quiero que caigan en eso.
   Me recrimino: ¿Por qué la tuve tan abandonada? Ella se contagió con la iniquidad del mundo.
   Converso estas cosas con Dios. Le pido que me explique, ¿por qué ha pasado esto conmigo? ¿Cómo podría volver a conquistarla? La amo entrañablemente.
   Ya sé leer en mi alma las respuestas divinas. Y hasta he aprendido a discriminar las ruidosas palabras no divinas que intentan infiltrarse.
   Dios me dijo que así como yo amo a mi esposa infiel, es como Él ama a su pueblo aunque se vuelva a dioses extraños. Me ha dicho que el pueblo de Israel se ha prostituido y se ha apartado de él. Me ha pedido que le explique eso a la gente; que yo puedo hacerlo porque soy un símbolo viviente. Todos los día me pide que lo represente, ya que mi mujer está representando al pueblo de Israel.

         * * *

   Han transcurrido unos años tristes, en que he ido levantando la cabeza, poco a poco, y me he puesto cada día más en el rol que Dios me pide.
   Principalmente, he estado a la escucha. Dios me ayuda a volver a mi lugar, y me dice que la gente está angustiada, y que aún así, han de buscarlo a Él, que quiere sanar a Israel, que no mientan, ni entren a robar a las casas, ni asalten a la gente en la calle.
   Me repite, una y otra vez:
   "Yo amaba a mi pueblo niño y le enseñé a caminar, con ternura le di de comer; pero se apartó de mí, cayó en la esclavitud. Habían recibido enseñanzas y fuerzas en sus brazos, pero se volvieron a los ídolos; y los jefes se han enfermado con el calor del vino. Rescataré a mi pueblo".
   He vuelto a predicar con fervor en las plazas de los pueblos, porque he visto cómo las personas empezaban a perder sus fuerzas.
   Les digo:
   -Ya no hay lealtad entre la gente ni fidelidad a Dios. Abundan la mentira, el asesinato, el robo y el adulterio. Mueren los peces del mar. Los sacerdotes han rechazado las enseñanzas divinas. Viven del pecado de la gente; por eso anhelan que pequen. En lo alto de los montes queman incienso y ofrecen sacrificios. A ellos les digo que aprendan de Jacob, que se fue al campo y trabajó cuidando corderos.
   No siempre hablo con tanta dureza, pero siempre insisto en que Dios ama a su pueblo infiel y quiere rescatarlo. El verdadero perdón es el que viene de Dios.
   Una vez, alguien me increpó diciendo:
   -Si Dios es realmente un Dios de amor, ¿por qué permite que las cosas se tuerzan de este modo?
   Me dejó callado por un buen rato. Tras un momento atiné a decirle que Dios nos da libertad. No nos tiene amarrados. Quiere que nos transformemos... por amor.

         * * *

   En la plaza en que se transan los esclavos, estaba yo un día predicando, y me llamó la atención una carreta en que trataban de vender a una mujer. Me desligué por un momento de mi actividad, y me acerqué porque la situación me llamaba poderosamente. No había muchos interesados en comprar esa esclava, que se veía en malas condiciones, muy llorosa. No sólo me compadecí de ella, que se parecía tanto a Gomer, sino que hasta llegué a imaginar que era ella misma. Nadie me creería si digo que no estaba seguro de eso. Pero, muy pronto sí que lo estuve. Sus gestos eran para mí inconfundibles.
   Sin pensarlo más, ofrecí por ella todo el dinero que andaba trayendo, más una medida de cebada que intentaba ir a vender en la tarde. Me aceptaron.
   -Llévatela -me dijo despectivamente el mercader, mientras la desataba.
   Y la llevé a mi casa. No cruzamos palabra alguna en el trayecto. Ella lloraba a mares. Mientras, yo le hablaba en silencio a Dios, "¿qué hago con ella, Dios mío?
   Después de llegar, Gomer tocaba todas las cosas, con ganas de estar contenta. Se arrodilló y besó mis pies.
   -He pecado contra Dios -dijo-, contra ti y contra mis hijos. No merezco ser tu mujer, pero..., por favor, déjame quedarme como tu servidora. Haré lo que me ordenes y nunca me quejaré.
   Entonces recordé que Dios ya me había respondido hace tiempo. Sus palabras eran algo así como "Tú has de representarme a mí, Oseas, y tu mujer representa al pueblo de Israel, al que yo amo y amaré siempre, aunque se haya desviado hacia otros ídolos, lo sigo amando y sé que volverá a mí".
   Levanté del suelo a Gomer, limpié sus lágrimas con mis dedos, la besé tiernamente en la mejilla, y le dije:
   -Te amo. Tú eres mi mujer.
   Nos fundimos en un abrazo, sintiendo ambos una alegría indescriptible. Llegaron los niños y se nos unieron. Me maravilla cómo ellos no tienen dificultad para perdonar.

         * * *

   La vida continuó por muchos años más, pero esta vez la dificultad ya no estaba en casa, sino en la plaza. Hablé a la gente con mucho énfasis y convicción. Talvez por eso mismo, empecé a ser rechazado.
   Les hablo de la relación de Dios con la humanidad infiel. Lo primero es la honradez, y la defensa de la justicia. Si esto no se antepone a todo lo demás, Dios no quiere que tranquilicemos nuestras conciencias con ceremonias ni sacrificios.
   Cada vez que hablo esas cosas me increpan y me amenazan, a tal punto que tengo que irme lo más rápido que puedo.
   Es que, de hecho, hay poderosos idólatras que tienen muy buena relación con los sacerdotes y sus ritos externos que, o tranquilizan conciencias o esconden conductas.
   Por eso digo al pueblo: "Volvámonos al Señor. Él tiene mucho contra nosotros, pero nos sanará y nos levantará. Esforcémonos por conocerlo".
   Dios me habla con imágenes poéticas. Siento como si nos dijera, a todo el mundo:
   "El amor que me tenéis es como el rocío de la madrugada, que temprano desaparece. Lo que quiero de vosotros es que me améis y no que hagáis sacrificios; que me reconozcáis como Dios y no me ofrezcáis holocaustos".
   Y también:
   "A mi pueblo le ha llegado el momento de nacer de nuevo. Lo haré salir del sepulcro. Los amaré. Vivirán de nuevo bajo mi protección. Así, florecerán".
   De esto le hablo a la gente. Y les hago decir esta oración:
   "Perdona nuestra maldad y recibe nuestras alabanzas. Ya no llamaremos Dios Nuestro a nada fabricado por nosotros".
   Y Dios me sigue hablando. Me ha dicho:
   "Toca tu trompeta como centinela que vigila porque el pueblo se ha rebelado contra mi enseñanza. Han nombrado jefes sin consultarme. Con sus riquezas han fabricado ídolos destructivos. Los sacerdotes acechan y cometen infamias".
   Cuando repito estas cosas en las plazas, muchos son los que me repudian, cada vez con más intensidad. La gente me dice que soy un necio, un loco. Lo dicen con odio. . . y hasta con maldad.
   Llegó un momento en que tuve que retirarme a una pequeña cabaña en el campo. Les hablo a los campesinos, pues ellos me entienden.
   Hasta el día de hoy, estando viejo, me pregunto qué representaban esas personas que me agredían. Son como la identidad grupal, un ídolo más. Sí, por la necesidad de sentir pertenencia, las personas renuncian a lo más preciado que Dios ha puesto en ellas y se someten a falsos dioses que prometen dar sombra.


  Babel

   Antes, todos los cristianos del mundo hablaban el mismo lenguaje religioso. El del Camino. Aquel que fue enseñado por los apóstoles de los primeros siglos.
   Sin embargo, un día, se dijeron "Construyamos una ciudad nueva, con una torre muy alta, que llegue hasta el cielo". Y se dispusieron a ello. Durante varios siglos se metieron en un intenso trabajo, trayendo piedras de distintas partes. Y dibujando planos y mapas topográficos, también estructurales. Querían ser famosos, y evitar tener que dispersarse por toda la tierra, como mandó el Señor, que había venido a salvar a todos.
   Esto era una increíble falta de fidelidad que, necesariamente, iba a desembocar en algo imprevisto. Así fue como, año tras año, los arquitectos empezaron a expresarse en distinto lenguaje que los albañiles, y distinto al de los carpinteros. Incluso, entre trabajadores vecinos que tendrían que complementarse, ya no se entendían. Se armó una confusión tan grande como la construcción que intentaban, la que quedó sin terminar.
   En vez de una torre surgieron miles de corrientes de teólogos, unos más dogmáticos que otros, con distintas devociones. No se entendían entre ellos. Todo esto, a medida que se iban dispersando por todo el mundo.
   Algún día, no muy lejano, aprenderán a traducir de un lenguaje a otro , para volver a entenderse como al principio. Inspirados por el Espíritu, comenzarán a hablar en otras lenguas.


  Jeremías

   Nací en el año 47 del reinado de Manasés. Por lo que me contó mi padre, ese rey fue un sanguinario, y además instituyó la adoración de ídolos ajenos que nada tienen que ver con Yavé. Cuando empezó su reinado, Manasés tenía doce años, y por eso hubo una regencia hasta que él cumplió la mayoría de edad.
   Provengo de una familia sacerdotal del pequeño pueblo de Anatot, de la tribu de Benjamín, al norte de Jerusalén.
   Yo tenía nueve años cuando murió Manasés. Recuerdo que todos estaban contentos y esperanzados. Sin embargo, su hijo Amón, que lo sucedió, no fue mucho mejor que su padre. Se desprestigió rápidamente. A los dos años de gobierno fue asesinado por sus oficiales.
   Josías, hijo de Amón asumió el reinado, pero como tenía apenas ocho años, su madre Jedida tuvo a su cargo la regencia, hasta que Josías fuere mayor de edad.
   Por ese tiempo, con mi familia, nos trasladamos a Jerusalén porque mi padre, Hilcías, fue nombrado sumo sacerdote. Tuve acceso a ir al palacio real a jugar con Josías, que era un rey niño, y con Sofonías, su gran amigo.
   Así, fue pasando el tiempo, y cuando Josías ya era adulto y gobernaba con soberanía, le encargó a mi padre consultar a los profetas respecto al libro de la ley. Hilcías fue donde la profetisa Hulda, la mujer de Salum, para hacer esa consulta. Ella concluyó que Yavé reprueba el quemar incienso a dioses falsos, y así se lo comunicó mi padre al rey. Al poco tiempo, Josías empezó a destruir los ídolos.
   Mucha gente no estuvo de acuerdo con el rey. Continuaron el culto a dioses extraños.
   Para mí, fue un hito en mi vida porque vibré con la actividad de Hulda, y como si eso fuera poco, empecé a sentir a mi lado una voz divina que me decía cosas. No sé explicarlo bien. Creo que es algo que estaba en mi interior desde siempre, aunque yo no me había dado cuenta.
   Comencé a tener tiempos de oración intensa, en que yo dialogaba con Dios. Sus palabras se decían dentro de mí, y se siguen diciendo. Dios me dijo: "Antes que nacieras, Jeremías, te destiné a ser profeta de las naciones". Al principio, no me sentí capacitado para una tarea como esa, y se lo dije: "Soy muy joven, y no sé hablar". Tuve que recapacitar, pues ya tenía 27 años, y además, la respuesta de Dios vino a los pocos días: "Puedes ir donde te indique y decir lo que te ordene, pues yo estaré contigo".
   Justamente por ese tiempo murió mi padre. Fue una gran tristeza. También yo morí a mi vida anterior acomodada, e inicié una nueva vida ascética, trabajando en cualquier cosa para sobrevivir. Decidí que no me casaría. No sólo por la pobreza, sino también porque tradicionalmente los que se dedican a transmitir la palabra de Dios no se casan.
   No quise estar solo en esto. Le pedí a mi primo Baruc, hijo de Nerías, que me ayudara, y como a él le encanta escribir, se constituyó en mi secretario. Así quiso vivirlo, escribiendo lo que yo le dictara.
   Para empezar, me puse a traducir el Deuteronomio. Baruc fue de gran ayuda en ese trabajo.
   Mi principal discurso en diferentes partes de la ciudad era así:
   "Antes fuisteis fieles a Dios, ahora os habéis alejado, olvidasteis la salida de Egipto y la travesía por el desierto. Os fuisteis tras ídolos que no son nada. Os habéis retirado de la fuente de agua viva. Destruisteis la bella naturaleza. Os dejasteis llevar por impulsos animales y apetitos desenfrenados. Estáis manchados de sangre de pobres e inocentes".
   Muchas veces he tenido que insistir en estas palabras. Es que las tengo, y me es imperioso decirlas. Es palabra divina, como un fuego que me quema por dentro. Tengo que expresarla, con fuerza.
   El señor me agregó otra información, muy importante:
   "Vendrán los reyes del norte trayendo la calamidad sobre este país; anúncialo aunque te hagan la guerra".
   He cumplido a cabalidad en dar este mensaje. Aún estábamos a tiempo de hacer algo por mejorar nuestra situación. Me acerqué a Josías para darle este anuncio, pues el rey es quien tiene mejores posibilidades de conducir el país de la mejor manera que se pueda.
   En un principio, Josías no me hizo mucho caso. Me dijo frases corteses, como "No te preocupes tanto, si llevo bien este asunto".
   Con mucha paciencia, insistí varias veces. Y para el pueblo, mi mensaje, proveniente de Dios, era:
   "No sembréis entre los espinos. Habéis usado el talento para hacer el mal. Tenéis ojos y no veis; tenéis oídos y no escucháis. No dais gracias por el otoño ni por la primavera. Os habéis hecho ricos robando; los sacerdotes hacen su voluntad y no la del Altísimo. Cuando saqué a vuestros antepasados de Egipto, nada ordené acerca de holocaustos ni sacrificios".
   También he reforzado lo positivo:
   "Hay una relación de amor entre el Señor e Israel".
   Muy pocos atienden a mis palabras. He tenido que agregar escenas impactantes. Me conseguí unas plañideras, esas mujeres que ponen el llanto en los funerales. Esta vez lloraban por Israel, en torno a mis anuncios.
   Así, se iba pasando el tiempo.
   Cierta vez, me pareció que el Señor me decía "Cada cual obtiene lo que se merece". Pero, no podía ser... Todos sabemos muy bien que hay gente malvada que le va muy bien en la vida. Con toda seguridad escuché mal... Entonces, le pregunté a Dios directamente: "¿Por qué les va bien a los malvados?". Él me respondió: "Te cansas corriendo contra gente de a pie, y... ¿quieres competir con gente de a caballo? Muchos de esos malvados están en tu propia familia".
   Entendí que, efectivamente, mi primera escucha había estado errónea. Pero..., quedé desconcertado con eso de los malvados en mi familia. Comprendí que tendría también que dar los mensajes en el terreno familiar.
   Confieso que lo intenté, pero ésa resultó ser una misión imposible. Además, era prioritario hablar más seriamente con Josías. Sin embargo, éste se había ido a la guerra, justamente en esos días. ¡Qué lamentable! Estaba tratando de reconquistar algunos territorios al norte de Israel, que estaban en poder de los asirios. No le sirvió de nada mi anuncio.
   No me hace caso el rey, no me hace caso mi familia. A mi mensaje le pasa lo mismo que le pasó a mi cinturón. Esa vez que se me perdió entre medio de unas piedras del río Eufrates. Cuando lo encontré, mucho tiempo después, ya estaba tan podrido que no servía para nada.
   Tengo que comprometerme más con la palabra. Si ésa es mi misión.
   Seguí intentando con el pueblo: "Sois como vasijas; os llenáis de vino y os rompéis unos contra otros". Y también: "Cuando uno se cae, se levanta, y si se pierde, trata de volver al camino".
   Mientras tanto, Josías logró conquistar esos pueblos por los que luchaba, con tan mala fortuna que a los egipcios les dio por ayudar a los asirios. Así, las cosas se complicaron mucho para nuestro rey, el cual cayó muerto en una batalla contra los egipcios.
   Yo tenía 42 años en ese entonces. Me cuestioné mucho, por haber pasado gran parte de mi vida siendo un profeta no escuchado. Aún me quedaba aliento. Seguí en la lucha.
   Josías fue sucedido por Joacaz, su hijo menor. Una irregularidad que no fue aceptada por el faraón, que en ese momento estaba como vencedor. Él puso a gobernar al hijo primogénito de la primera mujer de Josías. Su nombre es Joaquim. En cuanto al impostor Joacaz, tuvo que irse a Egipto en calidad de prisionero.
   Así las cosas, se me ocurrió que necesitaba traer conmigo a los recabitas. Es una pequeña comunidad nómade, dirigida por Jaazanías. Ellos se han mostrado siempre fieles a Yavé. Fui, pues, a buscarlos. Estuve muchos días en ese empeño hasta que logré dar con ellos. Le hablé a Jaazanías, explicándole las dificultades que he tenido para llevar a la gente el mensaje divino. Le pedí que por favor me ayudara en esta difícil tarea. Accedió, menos mal, y se vinieron conmigo a la ciudad.
   Los puse en el templo y les ofrecí comida y vino. El vino lo rechazaron porque para ellos es prohibido.
   Con los recabitas estuve hablando a la gente durante unos días. En ningún caso venían para quedarse.
   Mi mensaje era ahora: "Aprended de los que son cumplidores. No adoréis ídolos".
   Por algún motivo, relacionado con los recabitas, fui mal mirado en el templo. Tanto, que preferí no aparecerme por allí, durante un breve tiempo. Así fue como tuve que enviar a Baruc a leer el rollo aquel que hablaba de mejorar la conducta.
   Alguien, a quien le había parecido muy mal la lectura de Baruc, fue a quejarse al palacio real. De allí mandaron un emisario, el cual habló con Baruc y le aconsejó esconderse, tanto él como yo.
   Se me confirmó que hay perversión en el pueblo. A los pocos días, fui al templo, me paré en pleno atrio, y llamé a dejar las malas acciones. Los sacerdotes querían condenarme a muerte, pero les dije que soy un enviado de Dios. Menos mal, me soltaron.
   Al poco tiempo, Nabucodonosor comenzó su reinado en Babilonia. Se puso a conquistar ciudades, pues tenía la ambición de formar un gran imperio. Se apoderó de Jerusalén y nombró rey de Judá a Sedequías, primogénito de la segunda esposa de Josías.
   Mucha gente no quiso aceptar a Sedequías. No sacaban nada, pues Joaquim se tuvo que ir prisionero a Babilonia, junto a muchos dirigentes y otras personas que mostraron ser rebeldes.
   Comenzaron las dificultades. Escasez de agua, hambre.
   Siguió habiendo falsos profetas prometiendo que no habrá guerra ni hambre. Es lo que la gente quiere escuchar. Pero es una gran mentira. Yo siempre les llevé la contra. Fui perseguido, pero me mantuve en oración, y Dios me confortaba.
   Me acostumbré a pararme en la Puerta del Pueblo, por donde entra y sale el rey de Judá. También en las otras puertas, instando al buen comportamiento.
   De pronto, en mi oración, supe que Dios me iba a hablar a través del alfarero. No sé explicar cómo lo supe, pero lo supe con certeza absoluta. Así que, me dirigí a casa del alfarero. Traté de conversarle, para escuchar qué me decía. Era un hombre de pocas palabras. Seguía trabajando el barro en el torno. Si el objeto que producía le empezaba a quedar mal, volvía a intentar otro con el mismo barro, hasta que le quedara bien. Ahí comprendí en qué forma Dios me hablaba a través del alfarero. Me hablaba de perseverancia. Cuando el mensaje no llega a destino, hay que insistir hasta que resulte.
   Le di las gracias al alfarero y me retiré a mi casa. Él quedó muy sorprendido.
   Así, pues, seguí insistiendo, con un mensaje de paz. Es que la gente quiere hacerle la guerra a Nabucodonosor, que es demasiado poderoso. Nos puede aplastar cuando quiera.
   Un sacerdote llamado Pasur rechazó mi anuncio, y ordenó a los guardias que me golpearan. Me pusieron en el cepo de la Puerta Superior de Benjamín, y me tuvieron hasta el día siguiente.
   Después de eso, me fui muy apenado, caminando apenas, y tuve una oración de ésas lloradas:
   "Señor, no les gusta que los alerte contra la destrucción que vendrá. Sólo quieren escuchar cosas bonitas. Veo dolor y penas, temo terminar lleno de vergüenza. Sigo en la lucha porque estás conmigo".
   El rey Sedequías me acusó injustamente de querer pasarme a los caldeos, que pertenecen al dominio babilónico. Los soldados del rey me detuvieron y me trataron con crueldad. Me encerraron en un calabozo, en el sótano. Ahí estuve mucho tiempo, hasta que me llevaron a la presencia del rey.
   Le dije a Sedequías que él estaba en serio riesgo de caer bajo el poder de Nabucodonosor. "Anunciar esto no es un crimen", agregué, y pedí ser cambiado de ese horrible calabozo. Me pusieron en el patio de la guardia.
   Desde ahí, traté de hacer ver a los soldados la conveniencia de llegar a algún tipo de acuerdo pacífico con el imperio babilónico. No quisieron escuchar eso. Me lanzaron dentro de un pozo profundo que había en el patio de la guardia. Me hundí en el barro. Fueron muchos días sin comer ni beber nada.
   Me estaba muriendo. Dios me ayudó. Inspiró a Ebedmelec, un eunuco de la corte, quien se compadeció de mí. Según supe después, se dirigió directamente al rey implorando para que me sacaran del pozo. Accedió Sedequías, y se dispusieron a sacarme con la ayuda de sogas y con unos trapos que tuve que ponerme en las axilas.
   Volví al patio de la guardia.
   Cuando estuve un poco más repuesto, me llamó Sedequías para conversar, acerca de mis temores, según como él lo decía. Hablamos de eso y también de los temores que él tenía. En cierto momento dramático de nuestra conversación me dijo: "Si caigo en las manos de los caldeos me torturarán".
   "No sólo eso", le respondí, "si te vencen en la lucha, las mujeres de palacio serán entregadas a los generales de Nabucodonosor". Yo trataba de convencerlo de llegar a un armisticio. Pero, eso parecía no ser factible.
   Al terminar nuestro diálogo, el rey me dijo: "No digas a nadie lo que conversamos". Estuve de acuerdo en eso..., y volví al patio de la guardia, por unos días más.
   Sedequías optó por liberarme. Talvez creyó que yo estaba neutralizado. Sin embargo, no lo estaba, en absoluto. Me presenté en el templo, con un yugo al cuello, para simbolizar lo oprimido que estaba, y no sólo yo. Todo el pueblo de Israel estaba ya oprimido, y lo seguiría estando. Y corríamos grave riesgo de algo peor.
   Aún estábamos a tiempo de evitar más derramamiento de sangre, pestes y hambrunas. Se los seguí diciendo en todos los tonos.
   Vino un tal Hananías, que dijo ser profeta, diciendo que el emperador Nabucodonosor será vencido, y que serán devueltos los utensilios del templo, y que volverán los desterrados.
   Me enfrenté a él, porque lo consideré muy peligroso. Podría llevarnos a una masacre. Entonces, Hananías me quitó el yugo y lo rompió. Quedé muy desprestigiado, pero al día siguiente volví a la carga, esta vez con un yugo más resistente. Continué propiciando la paz y los acuerdos.
   De todos modos, me preocupé de los desterrados, a tal punto que le dicté una carta a Baruc y la envié a Ezequiel, un antiguo conocido mío, que estaba cautivo en Babilonia, empezando a ser el profeta que allí se necesitaba. Los insté a establecerse, pues el cautiverio puede llegar a ser muy largo. Les di toda mi comprensión y afecto. Que tuvieran paciencia, pues al final el Señor convertirá su llanto en alegría, y dará de comer a los que estén cansados. Les anuncié que llegará el día en que el Señor haga un nuevo pacto, poniendo la ley en el corazón de cada uno. Y no se necesitará instrucción para conocer a Dios.
   Envié la carta por medio de mi hermano Gemarías, funcionario real, que estaba siendo enviado a Babilonia en una misión, que no supe muy bien de qué se trataba.
   Gracias a Dios alcancé a enviar esa carta antes que me apresaran de nuevo. Llegué nuevamente al patio de la guardia. Me enteré de que pretendían quitarme mis bienes. No es mucho lo que tenía, tan solo algo de dinero ahorrado, de lo poco que heredé de mi padre. Le pedí a Baruc que, con ese dinero, comprara un pequeño terreno, y que guardara el contrato en vasijas de barro.
   A esas alturas, el país se siguió complicando. Sedequías decidió no seguir pagando tributo a Babilonia. Y para peor, se alió con Egipto, con la idea de dejar de ser súbdito de Babilonia.
   Lo encontré horrible. Si Yavé nos sacó de Egipto..., ¡no caigamos allí nuevamente!
   Ocurrió lo peor. Lo que estaba por suceder. Nabucodonosor atacó la ciudad de Jerusalén. Sedequías, abrumado, me volvió a sacar a conversar. Esta vez, me pidió un milagro. Pero, yo no sé hacer milagros. Le dije que ya era demasiado tarde, y que lo único que cabía hacer era ordenar a los ricos que liberaran a sus esclavos. El rey me hizo caso, y los liberó.
   De todos modos, Sedequías ya estaba derrotado. Su reinado terminó abruptamente. Toda la ciudad cayó en la esclavitud. Sedequías fue torturado. Sus hijos fueron asesinados en presencia de éste. Sedequías perdió la vista, como consecuencia de la tortura, y fue llevado cautivo a Babilonia.
   Yo lloraba de impotencia.
   El templo y el palacio real fueron quemados, después de ser despojados de todas sus riquezas. Yo fui a parar a un calabozo improvisado en la casa del nuevo gobernador, Gedalías, puesto por el emperador.
   La gente rica fue llevada en cautiverio a Babilonia. Los pobres tuvieron que quedarse a trabajar la tierra.
   A los siete meses fue asesinado Gedalías. La gente venía hacia mí y pedían oraciones: "Que el señor nos diga qué hacer". Oré mucho, y les dije: "No temáis, y no se os ocurra volver a Egipto".
   Johanán, el lider de la resistencia, rechazó ese mensaje, diciendo que no venía de Dios. Todos partieron a Egipto, y nos llevaron cautivos a Baruc y a mí.
   Ahora soy yo uno de los que están cansados y agobiados. Ya tengo más de sesenta años. Sigo haciendo anuncios. El más importante de esta etapa final es:
   "Lo esencial no es el culto externo, sino la unión con Dios".


  Todo es vanidad

   Casi siempre me gusta ir a la escuela. Aprendo muchas cosas que han de ser útiles para la vida. En un puesto cercano al mío se sienta Braulio. Es un tipo desordenado pero muy buena persona. Casi siempre está castigado. Creo que lo admiro.
   En el otro extremo de la sala se sienta el matón. Ése que le gusta mostrar superioridad física. Es el abusador prepotente. Vino hacia mí un día y me empezó a molestar.
   -Víctor -me dijo- ¿quién es el más poderoso del curso?
   No le contesté nada.
   El matón disfrutaba jugando a esto. Se puso a mi espalda y pasó su brazo bajo mi barbilla, y me acogotaba, sólo para demostrar su fuerza.
   Llegó Braulio y encaró al matón. Me lo quitó de encima y le dijo unas cuantas verdades. Entonces vino el inspector y castigó a Braulio. ¡Qué injusticia! ¿Qué saco con saber tantas cosas, si no sé cómo actuar en estos casos. Desde ese día, Braulio fue mi mejor amigo, y empecé a ayudarle con los estudios.
   Invité a Braulio a tomar té a mi casa. Mi hermana Angélica nos atendió y nos sirvió generosamente, y después se fue a su pieza a hacer sus oraciones. Ella es muy religiosa, aunque yo trato de que haga más vida social. Invité nuevamente a Braulio, varias veces, pero nunca logré que ella fuera amiga nuestra.

         * * *

   Mi hermana Angélica es muy devota. Siempre está yendo a los servicios religiosos. Yo creí que ella nunca iba a encontrar a un joven de quien enamorarse, y he aquí que ahora, a los veinte años, se puso a pololear con uno de sus amigos, llamado Lorenzo. No es un tipo muy culto, pero sí es muy capaz para gestión de actividades. Tiene liderazgo. A mí me mira como si yo fuera un súbdito. Está convencido de que algún día podrá explotar a los estudiosos.
   Como yo, que asisto a la Facultad de Astronomía. Sigo siendo más amigo de Braulio que de Lorenzo. Ambos tienen liderazgo, pero de muy distinta especie. Braulio es dirigente estudiantil, y sale a marchar por las más diversas causas.
   -Tú eres estudioso, Víctor -me dice Lorenzo.
   De hecho, ya me está explotando, si me fijo bien, por lo menos esa vez que me pidió ayuda... Más que simple ayuda... Me pidió que le resolviera todos los problemas de una tarea con nota, de la Universidad. Era un problema matemático complejo para él. Le di las soluciones, y después me quedé pensando..., ¿acaso todo el conocimiento que uno adquiere sirve para algo, realmente? Me refiero a algo que valga la pena. Yo veo cómo los sabios descubren algo nuevo, y los que usan ese conocimiento son otros, a los que no les interesa el bienestar de la gente, sino su propia riqueza, o talvez la eliminación de los enemigos.

         * * *

   Estoy de visita en casa de Angélica. Ella se casó con Lorenzo, hace poco tiempo. Éste entró a trabajar a una empresa que fabrica bebidas. Tiene un alto cargo, y es muy amigo del dueño de esta empresa, Nicomedes, quien también está invitado hoy a casa de Angélica. Ya llegó, y converso con él, y con su esposa Margarita, hasta cierto punto, pues ella no es muy dada a hablar como la mayoría de las mujeres. Después entendí por qué. Ella deja que sea su marido el que llene de palabras el ambiente.
   Nicomedes habla por ellos dos. Así, pude visualizar que él es una verdadera máquina para hacer crecer la riqueza. Para ello, utiliza dinero ajeno que después devuelve en el plazo convenido, a bajísimo interés. Es un tipo simpático, no lo puedo negar, y su mujer es la elegancia misma. Su preocupación máxima es que los roles se cumplan como se debe.
   Ha sido una cena muy agradable.

         * * *

   Esta semana ha sido de encuentros fortuitos. Primero, el lunes, caminando por el centro divisé a Margarita, y nos saludamos. Ella andaba con su hermano Arturo, un tipo muy gordo y simpático. Nos invitó a pasar a servirnos unas empanaditas de queso.
   Estaban exquisitas. El único problema es que, siendo esto a media mañana, se me quitaron las ganas de almorzar.
   Después, el miércoles me encontré con Braulio, también en el centro. Hacía tiempo que no sabía nada de él, a pesar de haber intentado llamarlo un par de veces, sin encontrarlo. Pasamos a tomar un café, de esos bien conversados. Me contó que había estado detenido, estos últimos días. Recién salió libre ayer. Todo le pasó por participar en una marcha de protesta en defensa de los derechos de los trabajadores.
   -Mira, Víctor, ya me estoy olvidando de lo mal que lo pasé -me dijo.
   Y me explicó las dificultades por las que pasan los obreros, y todo lo que se está haciendo en la lucha por mejorar su situación.
   También recordamos viejos tiempos. No intenté ponerlo más tranquilo, porque sé que eso es imposible. Sólo le dije:
   -Cuídate Braulio.

         * * *

   Hubo una fiesta en casa de Nicomedes. Con gran concurrencia. Me incluyeron entre los invitados aunque no soy del círculo empresarial. También estaban Angélica y Lorenzo, y el gordo Arturo, hermano de la dueña de casa. Del resto de las personas, yo no conocía a nadie, pero me tocó conversar con muchos, o más bien dicho, escucharlos pues nadie estaba muy interesado en aceptar algo nuevo.
   De todo lo que oí esa noche, lo que más me llamó la atención y me preocupó fue que hablan pestes de Braulio, quien ya es un conocido revolucionario. Al principio intenté defender las buenas intenciones de mi amigo. Después ya empecé a ver que sólo lograba que me miraran como bicho raro.
   Me retiré temprano. No es mi ambiente.

         * * *

   Braulio cayó preso. Fui a visitarlo a la cárcel. Hay cargos muy serios en su contra, y es probable que sea condenado a muerte. El pobre está destruido.
   -Sólo he visto iniquidad en este mundo, en lugar de justicia -me dijo, desahogándose.
   -Los que tienen la fuerza son los que oprimen -observé.
   -Sí, pero yo he visto, a lo largo de mi vida, siervos a caballo y príncipes que caminan -y agregó-. Mi lucha ha sido pura vanidad. Lancé piedras cuando era tiempo de construir con ellas.
   -Ojalá salgas pronto de aquí, y podamos dedicarnos a curar las heridas.
   Fue un encuentro triste pero esperanzador.

         * * *

   A Arturo le dio un infarto. Fui a visitarlo al hospital. Estuvo a punto de morir, pero la rápida atención permitió que empezara a recuperarse lentamente. Margarita y Angélica están mucho tiempo con él cuidándolo.
   Arturo sigue estando alegre como ha sido siempre. Pero, ha tomado conciencia de ciertas cosas que antes se le pasaban por el lado.
   -Cuánto me agasajé con vino, fue algo ficticio y dañino. ¿Para qué tanto comer, si el cuerpo no lo necesita? El placer desmedido pasa la cuenta cuando menos se piensa. No siempre es tiempo de bailar y reír. También está el tiempo de llorar, que nunca lo consideré hasta ahora. Lo que he vivido ha sido pura vanidad.
   Me admiré de que Arturo haya adquirido tanta sabiduría.

         * * *

   Muchos años después, fue mi cuñado el que se enfermó gravemente. Una enfermedad maligna lo tuvo al borde de la muerte. Lo visité varias veces en el hospital, y consolé a Angélica, que lo cuida amorosamente.
   Cuando Lorenzo estuvo un poco mejor, ya podía conversar, y me dijo:
   -Tanto que he trabajado en mi vida, y no sé si sirvió de algo.
   -Por cierto que sí.
   -Yo creía que nadie podría sustituirme. ¡Qué vanidad! La empresa funciona perfectamente sin mí. Me esforcé tanto, y pueden prescindir de mí, así sin más.
   -Bueno. Te has dado cuenta de que en la vida no todo es trabajar. Hay otras cosas importantes.
   -Si salgo de ésta, replantearé mi vida completamente.

         * * *

   También Margarita venía mucho a ver a Lorenzo, hasta que su marido le criticó el no estar en casa. Desde ese día dejó de venir por un tiempo, pero hoy ha venido de nuevo, sonriente. Angélica y yo teníamos curiosidad por saber qué le estaba pasando a Margarita.
   -Me independicé -nos dijo, cuando estábamos en la sala de espera.
   -¿Cómo es eso? -pregunté.
   Fue entonces que nos contó que enfrentó a Nicomedes, diciéndole que ella no iba a seguir cumpliendo con el deber de ser su apéndice.
   -En el fondo -dijo Margarita-, mi actitud sumisa de cumplir siempre todos los deberes era absolutamente vana. Era para que no se me pudiera criticar.
   Nos alegramos por Margarita, y así se lo dijimos.

         * * *

   El tiempo siguió transcurriendo. Nicomedes siguió ganando mucho dinero, pero nunca tuvo ocasión de disfrutar de él. Hoy, el cuerpo ya no le acompaña, y se ha dado cuenta de la inutilidad de su búsqueda a lo largo de la vida.
   -¿Qué buscaba? -me dijo, sin esperar respuesta- y agregó -¿Para qué puedo haber juntado tanto dinero?
   Se hacía miles de preguntas, y reconoció:
   -La vida se me pasó por el lado, mientras yo estaba ocupado en multiplicar el dinero, sin sentido alguno. Todo en vano.

         * * *

   Noté que Angélica ya no va tanto a la iglesia, y ha dejado de hacer sus oraciones que antes eran lo tradicional en ella.
   -¿Qué te ha pasado? -le pregunté.
   -Estoy entendiendo mejor las cosas de Dios. Me habían enseñado a rezar como penitencia por los pecados. A temer un castigo eterno que... ahora ya sé que no tiene sentido.
   -Me parece muy bien lo que te ha pasado.
   -No puede uno estar toda su vida buscando un Dios lejano. Si está mucho más cerca de lo que creía. Esa búsqueda de lo imposible fue vana ilusión.

         * * *

   Me quedé pensando.
   ¿Y yo?
   ¿Acaso soy el único que no cayó en vanidad?
   Nada de eso. He sido tan vano como todos. Busqué la sabiduría, que no deja de ser algo importante. Pero no es lo único. Tampoco me sirve saber tanto. Los extremos son los perniciosos. Está muy bien aprender algo cada día. Pero..., hay muchas otras cosas importantes. Y se me han pasado por el lado.
   Nunca alcanzaré a comprender toda la obra de Dios. Me moriré sin llegar a saber todo lo que quiero saber.
   El saber, el trabajar, el rescatar a los oprimidos, el cumplir, el darse tiempos con Dios, el disfrutar la vida, el extraer la riqueza que Dios nos da. Todas esas cosas tienen su importancia, en conjunto, y puestas al servicio de lo único esencial.
   ¿Y qué es eso esencial? -me pregunto a mí mismo.
   Es el amor.


  Daniel

  Mientras más lo pienso, menos lo entiendo. Pero, eso no importa. ¿Cómo fue que entré en la corte del rey de Babilonia? En mi familia, nadie se lo habría imaginado jamás. Nuestro pueblo judío ha mantenido siempre la frente en alto, aún en las condiciones más adversas. Y eso fue claramente notado por Nabucodonosor, quien quedó muy impresionado. Fue así como decidió incorporar judíos a su alrededor.
  El rey ordenó que le trajeran judíos para ser entrenados. Decidió que tendrían que ser de edad joven, pertenecer a familias distinguidas, tener muy buena presencia, y grandes conocimientos.
  Resulté elegido, junto a varios más, y entramos al recinto imperial para estudiar la cultura caldea. En todo momento se nos trató bien, mientras fuimos estudiantes.
  Al cabo de tres años, seleccionaron a los más avanzados. Quedamos solamente cuatro al servicio del rey: Misael, Ananías, Azarías y yo. Los que estuvimos enseñando cultura judía a nuestros profesores, durante todo el curso. Por ejemplo, una enseñanza de Isaías, que había sido especialmente reforzada por su discípulo Miqueas. Ese gran anhelo de convertir las espadas en arados.
  En esta función que adquirí, intento fortalecer la lealtad al Altísimo en mis contemporáneos. Inspirar en ellos una confiada esperanza. Ha sido este mi propósito, que lo siento muy fuerte en mí, encomendado por Dios desde un principio.
  Nabucodonosor se interesaba por desentrañar los misterios de los sueños. Para él era algo muy difícil, pero se daba cuenta de la importancia de rescatar los mensajes oníricos. Llamaba a magos y a sabios para que le interpretaran sus sueños. Los premiaba si le daban interpretaciones acertadas, y los castigaba si fracasaban.
  En algún momento, nosotros cuatro judíos fuimos incorporados a esto, a raíz de un sueño muy hermético que tuvo el rey. Me puse a orar para recibir del Altísimo la solución del misterio. Pedí también a los otros tres que lo hicieran. Así, podríamos salvar a todos los sabios, pues todos habían fracasado.
  Aquel sueño del rey, narrado por él mismo, fue así:
  "Veía que se levantaba una estatua grande, brillante y terrible. Con cabeza de oro, tórax y brazos de plata, vientre y muslos de bronce, piernas de hierro, pies de hierro y barro. Del monte se desprendió una piedra, dio en los pies a la estatua y los destrozó. Toda la estatua se convirtió en polvo, que fue llevado por el viento. No quedó rastro. La piedra se convirtió en montaña, y ocupó toda la tierra".
  Oré por varios días, estudié el sueño, y hasta me entrevisté con el rey haciéndole algunas preguntas, incluso algunas muy personales.
  Al final, le di mi veredicto:
  Ese sueño es como mirarse al espejo. Eres el más grande rey. La cabeza de oro es poder, honor y dominio sobre el reino. Después vendrá otro reino inferior y después otro inferior que gobernará sobre toda la tierra. Un cuarto reino más fuerte, que destruirá los anteriores. El quinto, fuerte y débil al mismo tiempo, con dos consistencias que no se pueden mezclar, hierro y barro. La piedra que se desprendió del monte es un reino que vendrá durante estos gobiernos, y que jamás será destruido ni dominado. Acabará con los demás reinos y durará para siempre. Es un sueño de adivinación del futuro.
  El rey quedó tan agradecido que me puso en un alto puesto: jefe de todos los sabios y Gobernador de la provincia de Babilonia. Y a los otros tres, en importantes cargos de la provincia.
  El rey, fascinado con esa cabeza de oro, hizo construir una gran estatua, toda de oro en el llano de Dura, provincia de Babilonia. Y ordenó a todos adorarla de rodillas en cuanto escuchasen tocar la trompeta. Bajo amenaza de ser arrojados a un horno encendido.
  Mis tres amigos fueron acusados porque no adoraron la estatua. En mi caso, no se atrevieron a acusarme, a pesar de que tampoco adoré al ídolo. Me preocupé por ellos, pues el rey ordenó arrojarlos al horno.
  No tenía más que la oración. Y fue casi milagrosa, por la manera cómo los tres se salvaron del desproporcionado castigo. Los soldados encargados, al acercarse al horno con sus corazas metálicas, no resistieron el calor que emanaba de allí. Por eso, los jóvenes no alcanzaron a ser echados al fuego.
  Los soldados hicieron creer al rey que un ángel los sacó desde dentro del horno. A consecuencia de esto, el rey se convirtió al Dios de esos jóvenes. Declaró que les deseaba paz y prosperidad a toda la gente.
  Fue fabuloso. La vida continuó de mejor manera, aunque no perfecta, tampoco.
  Una noche, el rey tuvo otro sueño. Al día siguiente me lo contó:
  "Un árbol muy alto, que tocaba el cielo con su copa. Se le veía desde cualquier parte. Hojas hermosas, fruto abundante. Las aves hacían en él sus nidos. Las bestias aprovechaban la sombra. Baja un ángel del cielo y dice: Echad abajo el árbol para que huyan las bestias. Dejad sólo la base del tronco y las raíces. Sujetadlas con cadenas de hierro y bronce".
  Después de hacer algunas preguntas al rey, y meditar durante un par de días, pedí ver al rey y le hablé de mi interpretación:
  El árbol es el rey poderoso. El ángel representa la sentencia dada por Dios. El rey será separado de la gente y comerá con las bestias durante siete años, hasta que reconozca el poder del Dios Altísimo. Entonces, le será devuelto el reino.
  Aconsejé a Nabucodonosor que actuara con rectitud y ayudara a los pobres. Y armándome de valor, le insinué que pusiera fin a sus maldades.
  El rey siguió mis consejos, en algún grado, pero no perseveró en eso. Y vino una época en que se regocijaba de su propio poder, y le entró un fuerte miedo de perderlo todo. Hasta que ocurrió que se puso a alabar al Dios Altísimo en lo que él, como rey que era, consideraba lo valioso de Dios: "Su poder durará siempre, su reino permanecerá. Ante él, nada son los habitantes. Actúa según su voluntad. Nadie puede oponerse a su poder".
  Nabucodonosor dejó de tener miedo, y se sintió un rey poderoso. Y también un realizador de obras, como acueductos y edificaciones.
  Cuando el rey murió lo sucedió su hijo Evilmarduk. Mientras éste estuvo en el gobierno, alcanzó a liberar de la prisión a Joaquim, quien había sido rey de Judá. No sólo lo liberó sino que lo consideró un verdadero amigo y le otorgó para vivir una gran mansión con un inmenso parque.
  Evilmarduk estuvo durante muy breve tiempo, ya que lo derrocó su cuñado Neriglisar.
  A la muerte de Neriglisar, que reinó por cuatro años, lo sucedió Nabónido, otro yerno de Nabucodonosor. Nabónido fue un rey atípico. No estaba muy interesado en gobernar una nación, sino en otras cosas que él consideraba más importantes en su vida. De ascendencia asiria, su madre era sacerdotisa del dios Sin. Ella influyó mucho en su hijo, quien también era muy religioso.
  Nabónido era poco querido por sus súbditos. En parte porque viajaba mucho por el país, dirigiendo excavaciones arqueológicas incomprendidas. A los pocos años de asumir dejó el gobierno en manos de su hijo Belsasar, en calidad de regente, y se retiró hacia el interior, en un oasis en que estaba el culto del dios Sin. Se dedicó a escribir usando tablillas. Incluso, mejoró mucho la calidad de la arcilla para éstas, mediante el agregado de un betún para conservarlas mejor.
  Mientras tanto, en Babilonia, se reunían cada cierto tiempo muchos judíos en casa de Joaquim. Yo, entre ellos. También dos jueces corruptos que se hacían pasar por honrados. Yo sabía que estos falsos jueces habían dictado sentencias injustas, siempre culpando a inocentes para favorecer a los verdaderos culpables. Además, noté que tenían deseos pecaminosos contra la bella Susana, la joven esposa judía de Joaquim.
  Un día, en que nos encontrábamos reunidos, la gente estaba indignada en contra de Susana, debido a unos supuestos hechos que habían contado algunos servidores. Hasta ese momento, la situación era confusa, pero pareció aclararse cuando los dos inseparables jueces contaron su versión de lo ocurrido: Que Susana se veía con un joven en el parque, y se besaban. Dijeron haberla visto con sus propios ojos, y que cuando ellos enfrentaron al hombre, éste logró escapar.
  La gente quería matar a Susana. La mujer habló con fuerza en su propia defensa. Mientras la acosaban, decidí intervenir, diciendo en voz alta:
  -¿Cómo podéis condenar a una mujer sin averiguar bien? Estos hombres mienten.
  -Por favor -agregué,- separad a los acusadores para que yo los interrogue.
  Me hicieron caso. A ambos tipos se les pidió amablemente que se ubicaran en diferentes salones.
  Les hice las mismas preguntas, primero a uno, después al otro, sin que ellos pudieran comunicarse. La gente colaboró con muy buena voluntad.
  Los acusadores cayeron en una serie de contradicciones, las que quedaron de manifiesto ante toda la gente. Estos tipos respondieron distinto a algunas preguntas, por ejemplo, "¿qué estabais haciendo en el parque a esa hora? "¿bajo qué árbol estaba Susana besándose con el intruso joven?".
  Desenmascarados, estos falsos jueces confesaron lo siguiente:
  "Ese día, después del encuentro, nos despedimos y nos fuimos a nuestras casas, pero cada uno de nosotros dos volvió secretamente. Nos encontramos de nuevo en el parque, cuando se suponía que ninguno de los dos estaría allí. Entonces, supimos que teníamos el mismo propósito. Escondidos, vimos a Susana, y cuando ella estaba sin sus sirvientas nos acercamos queriendo poseerla. La amenazamos para lograr su colaboración. Ella se resistió, corrió, gritó. Llegaron servidores de la casa. Entonces, inventamos para ellos la versión que después contamos acá".
  Estos dos perversos, nunca más fueron admitidos en esa casa. Fue así como se salvó Susana. Y Joaquim quedó muy agradecido de mí.
  Cuando Belsasar llevaba casi un año de regencia, me ocurrió que tuve un sueño notable. Traté de recordarlo bien porque me pareció importante. Mi sueño fue así:
  "Los cuatro vientos agitaban las aguas del mar. Del mar salieron cuatro grandes diferentes monstruos. El cuarto era el más terrible. Tenía cuernos, uno de éstos con ojos y boca que hablaba con arrogancia. De pronto apareció un anciano de túnica blanca, sentado en un trono con ruedas de fuego. El anciano le quitó poder a los monstruos. Llegó en una nube un Hijo de Hombre, como se llama a los hombres renovados que vienen a enseñarnos a ser hombres renovados. Y yo estaba con miedo".
  Cuando empecé a despertar, estando aún en un estado de somnolencia, intenté explicarme el significado de esa visión.
  Los monstruos, me dije, son reinos terrenales. Pero después el reinado será entregado al pueblo del Dios Altísimo. Y perdurará. Ese cuarto monstruo tan detestable es un reinado que destruirá la tierra. El cuerno especial es el último rey del último reinado, que tratará de cambiar la ley de Dios. También se le arrebatará el poder, el que será dado al pueblo del Dios Altísimo.
  En aquel momento, me quedé con esa interpretación, que me estaba preparando para algo que iba a venir.
  Dos años después tuve otro sueño importante:
  "Estaba yo en una ciudadela. A lo lejos, un carnero a la orilla del río. Era muy fuerte y tenía un cuerno más alto que el otro. Un chivo con un solo cuerno vino corriendo veloz y atacó al carnero hasta vencerlo. Pero se le rompió su cuerno, el cual empezó a evolucionar hasta llegar a ser un cuerno largo hasta el cielo. Echó abajo algunas estrellas".
  Tras esa escena, el sueño se desdibujó en una serie de escenas muy extrañas. Al momento de empezar a despertar de a poco, traté de interpretar. Me sentí llamado a ser un Hijo de Hombre. Los cuernos del carnero deben ser los reyes de Media y de Persia. El cuerno del chivo, y sus evoluciones, podría ser el rey de Grecia, que ha de vencer a Media y Persia, y llegará a ser muy poderoso.
  Lo esencial que tuvo este sueño para mí, es ese llamado a ser Hijo de Hombre. Desde ese día he estado tratando de descubrir la forma en que lo asumiré. Por lo menos, me ayuda el profeta Ezequiel, pues tiene buen concepto de mí. Una vez me dijo que yo era un sabio.
  Un día hubo un gran banquete. El príncipe Belsasar mandó traer las copas de oro y plata que Nabucodonosor había extraído del templo de Jerusalén. En ellas bebieron en grandes cantidades, Belsasar, sus mujeres, sus concubinas, y sus invitados. Alababan a sus ídolos, hechos de materiales.
  En cierto momento, Belsasar vio una mano que escribía con el dedo en la pared. Se atemorizó porque no entendía lo escrito. Llamó a los sabios. Tampoco entendieron lo escrito. La madre le dijo "No te pongas pálido; llama a Daniel".
  Belsasar me llamó, y me ofreció riquezas si le traducía lo que estaba escrito en la pared.
  -Quédese con sus riquezas -le respondí, y traduje lo escrito:
  "Tu reino llegará a su fin. Pesas poco. El reino será dividido y entregado a medos y a persas".
  Esa misma noche mataron a Belsasar. Ciro de Persia se apoderó del reino.
  Ciro nombró 120 gobernadores. Y para coordinarlos, tres supervisores. A mí me nombró supervisor. Traté de funcionar lo mejor posible, no así los otros dos, que por eso no me miraban bien. Más encima, mis gobernadores estaban frustrados porque no podían sacar ganancias excesivas en desmedro del rey.
  Para sacarme de ahí, prepararon un decreto real prohibiendo dirigir súplicas a alguna divinidad. El rey se los aceptó sólo como disposición temporal, pero fue suficiente. Me vigilaron, y me sorprendieron orando. Fueron a acusarme al rey. Ciro quería salvarme, pero fue mucha la insistente presión sobre él, y tuvo que ceder y castigarme.
  -Quiero que tu Dios te salve -me dijo el rey.
  Fui puesto en una mazmorra junto a los asesinos más peligrosos. Uno de estos hombres intentó atacarme. Entonces les hablé de la bondad divina, y de cómo ellos pueden transformarse en hombres nuevos. No me hicieron ningún daño.
  El rey tuvo remordimiento, y ordenó que me pusieran en libertad. Ciro se convirtió a mi Dios, y permitió que el pueblo lo venere.
  Durante el reinado de Ciro, la gente tenía un ídolo llamado Bel. Le llevaban mercadería y animales. El rey le daba culto.
  -¿Por qué no adoras a Bel? -me preguntó un día.
  -Sólo adoro al Dios viviente, el Creador y Señor -respondí.
  El rey afirmaba que Bel era viviente, pues se comía lo que le traían.
  -¿Quién se enriquece con todo eso que le traen al ídolo? -le pregunté, sonriendo- ¿Quién es el vivo que suplanta al dios?
  El rey entendió que ahí había algo sospechoso. Mandó llamar a los sacerdotes de Bel y les ordenó que le dijeran si alguien se enriquece con todas las dádivas que llegan a Bel. Por supuesto, no dieron una respuesta satisfactoria.
  Supuse que tendrían una entrada secreta por donde sacaban los alimentos que la gente traía a Bel. Entonces, puse una leve capa de ceniza casi imperceptible en el santuario, para que quedaran huellas marcadas si alguien entraba. Así fue como cayeron los sacerdotes y el culto a Bel. La entrada secreta estaba debajo de una mesa
  La gente influyente, enfurecida, me puso en un calabozo junto a los asesinos más feroces. Nuevamente fui prisionero en esta situación. Y nuevamente no me hicieron daño porque yo les hablé de los hijos de hombre.
  Tiempo después, cuando era Darío quien gobernaba, y yo estaba anciano, me puse a hacer penitencia, con ropa áspera y ceniza. Decía "Perdón, Señor, atiéndenos". Entonces, tuve un sueño, en que apareció la frase "setenta semanas". Lo interpreté como el tiempo que falta para obtener el perdón.
  Era el tercer año de Darío, cuando me vino un tiempo de tristeza. Casi tres semanas estuve en ese estado. No quería ni comer, ni disfrutar. Una tarde, salí a caminar, pensando en mis penas.
  Me senté en una piedra grande, a la orilla del río Tigris. Creía que no iba a ver a nadie allí. Sin embargo, vi pasar a un hombre muy arreglado, en cuanto a su ropaje. No sólo era raro ver a alguien, más raro aún, que estuviera vestido como de fiesta. Parecía brillar. Hasta me habló, con una voz serenamente fuerte.
  Me sentí muy pequeño, casi a la altura del suelo. Entonces, recordé la enseñanza del gran Miqueas: "Aunque caí, voy a levantarme".
  Fue vital. Empecé a levantarme de esa situación en que estaba. Sentí que aquel hombre de feliz apariencia era un enviado para rescatarme de mi tristeza. Aunque siguió su camino, continué viéndolo durante un buen rato y reconociendo en él a ese enviado. Era verdaderamente un hijo de hombre.
  Me puse a meditar en diálogo con el hijo de hombre que hay en mi interior. Me animó, y me dio nuevas fuerzas. Me instó a seguir animándome, y esperar confiado. Le dije que me gusta tratar de comprender las cosas difíciles, y que Dios me escucha.
  Quise saber qué va a pasar con mi pueblo. Me dijo que pasaré tribulaciones, igual que mi pueblo. Empecé a imaginar muchísimas cosas, que después se me iban olvidando.
  De lo que escuché, recuerdo con mucha claridad una oración esencial:
  "Los que duermen despertarán. La sabiduría volverá a ser admirada".


  Un futuro filósofo

   -Teófilo -me dijo el profesor de Filosofía, en una tarde gris-, cuando hayas aprendido estarás en condiciones de enseñar.
   Siguió una brevísima pausa de unos dos o tres segundos. Alcancé a pensar muchas cosas, pues el pensamiento es muy rápido. Primero, lo tomé a la ligera, como una frase trivial de ésas que a veces uno dice para rellenar un espacio y que éste no esté en silencio. Después lo cuestioné, pues darse el trabajo de aprender para después poder enseñar..., no parece muy auspicioso.
   -Pero... -continuó el profesor- cuando lo enseñes, entonces lo aprenderás realmente.
   Ahora, sí, me quedó claro. Eso es. El enseñar es una etapa intermedia dentro del largo proceso de aprender. Este nuevo conocimiento me cuadra bien. ¡Y qué importante es!
   Decidí que para aprender verdaderamente, tendría que enseñar, pero... ¿a quién? Si todavía no tengo derecho. Lo único que se me ocurrió en primera instancia es elaborar la materia de un curso que yo daré más adelante cuando tenga alumnos. Y así fue como empecé a dedicarme a imaginar la clase de Filosofía que yo estaría dando.
   Les diría a mis alumnos tantas cosas, pero... ¡concretemos!, me digo.
   Les contaría que hay muchos filósofos en la Antigua Grecia, y todos buenísimos.
   Antes de los filósofos en temas del alma humana, estaban los llamados presocráticos, que se preguntaban acerca de la naturaleza, el cómo funcionan las cosas, movimiento, los elementos.
   Continuaría diciendo que en el mismo tiempo de Sócrates estaban los sofistas que, por ejemplo, se preguntaban si el pudor nos viene de la naturaleza o si lo hemos aprendido de la sociedad.
   Todos estos pensamientos me siguieron viniendo entremedio de las otras clases a las que asisto en esta Enseñanza Media. Por ejemplo, durante Religión. También durante Biología. Y Matemáticas, y todas las otras.
   Me fui caminando a casa, ya que me encanta caminar.
   Pensaba en Sócrates, un hito esencial. El que dijo "Sólo sé que nada sé". Sócrates enseñaba en las plazas. De una manera no convencional: Hacía preguntas para ayudar a la persona a descubrirse a sí misma. Enseñó que el conocimiento está dentro de uno, y está llamado a salir. Y que un maestro es como una comadrona que ayuda en ese parto. Predicó la frase "conócete a ti mismo", del oráculo de Delfos. Sócrates afirma que el hombre debe ser prudente dentro de la sabiduría y conocer los límites del saber.
   A Sócrates lo mataron las autoridades político-religiosas, por enseñar cosas tan sabias que ellos no las entendían. O no les gustaban. Se le acusó de corromper a la juventud y no creer en los dioses. Tuvo que beber un veneno obligadamente. Eso ha sido como una cruz indolora. Sí, porque Sócrates fue un anticipo de lo que iba a ser Jesús siglos después. Ambos decían tener la divinidad dentro, y no haber venido a juzgar. No escribieron nada. Y murieron por fidelidad a lo que la divinidad puso en ellos.
   También les conversaría, aunque de manera más informal acerca de que Jesús murió con tortura, "con consecuencia de muerte", como diría con desparpajo un dictador moderno, lavándose las manos. Claro, estando Jesús en un país súbdito del imperio, había bota brutal puesta encima. En cambio, Sócrates tuvo una muerte más benigna, si se puede decir, indolora, estando en el país que inventó la democracia. En todo caso, yo señalaría claramente, eso no quita que los encargados de administrar justicia puedan corromperse.
   Llegué a casa a tomarme mi limonada. Desde hace un tiempo, me la preparo yo mismo. Recuerdo cuando niño chico mi mamá me la preparaba con agua hervida y vuelta a enfriar. Ella me decía, en su sabiduría materna, que tomara mucha agua.
   -¿Agua sola? -decía yo, incrédulo, en ese tiempo.
   Mientras tomaba mi limonada de hoy me imaginaba a Sócrates bebiendo la cicuta. ¿A qué tendrá gusto? Prefiero no averiguarlo.
   Yo les enseñaría también a mis alumnos que, años después, los discípulos de Sócrates enseñaban sus palabras. También aconteció eso con los discípulos de Jesús. Y un discípulo de Sócrates, iluminado, avanzó un poco más en la interpretación. Tradujo desde lenguaje espiritual eterno a otro lenguaje que podamos entender mejor. Ese sabio filósofo se llamaba Platón. Más bien dicho, así es como le decían. Como un apodo respetuoso. Platón significa Formador.
   Explicaría a mis alumnos que la filosofía de Platón trata sobre la esencia de las cosas. Platón parte de la existencia de la Verdad, como realidad esencial. Platón se interesó por la relación entre lo permanente y lo que fluye. A él le interesa lo eterno e inmutable en la naturaleza y en la sociedad.
   Según Platón, cada cosa está hecha en un molde inmutable, que es espiritual y abstracto. A esos moldes les llamó Formas. Las Formas son esencias trascendentes e inmutables. Existen por sí mismas, no sólo en la mente humana. Jamás perecerán. La razón nos permite conocerlas. El mundo de las formas es el Ser Universal. La Forma más perfecta es la Forma de Bien. En cambio, el mundo sensible es la apariencia que captamos por los sentidos. Es múltiple y cambiante..., fluye.
   Según este antiguo gran filósofo, tenemos un alma inmortal, que puede percibir lo inmutable. Ésta ya existía antes de estar en un cuerpo. Mirando con esos ojos se despierta el amor. Platón nos dijo que el alma añora su origen y preexiste en el mundo de las Formas. Ha conocido antes las Formas, pero al llegar al mundo visible, la olvida. Somos capaces de recordar esos conocimientos anteriores.
   También diría yo, a mis futuros alumnos, algo más de Platón, muy importante. Él afirma que en un Estado no hay ninguna ocupación que sea exclusiva de los hombres y que por consiguiente las mujeres tienen derecho a ejercitarse en cualquiera de las tareas del Estado, incluyendo la del gobierno.
   Sin duda, Platón se anticipó a su tiempo, y viene a representar lo que mucho más tarde ocurrió con los primeros padres de la iglesia cristiana, en particular el gran Orígenes.
   Bueno, después de admirar a Platón, volví a mi mundo real de aquellos días, cuando yo además de preparar futuras clases eventuales, me ponía a escuchar música en la radio.
   Eran los tiempos en que los carros empezaron a funcionar con motor en vez de caballo. Una máquina que tiene tanta potencia como muchos equinos. Jubilaron al pobre caballo, noble y fiel.
   Sólo los ricos podían darse ese lujo. ¿Yo...? Feliz caminando.
   Ya no hay que soportar las deposiciones del caballo. En cambio, la basura que emite el motor a combustión, parece muy amistosa, pero creo que puede llegar a ser peor que la bosta del caballo.
   ¿Qué harán los caballos que se quedaron sin trabajo? Así es el progreso. Pasa lo mismo con la gente. Y eso es peor. Por lo menos el caballo puede dedicarse a correr y talvez llegue a ganar algún premio en el hipódromo.
   Yo tenía un tío que iba a jugar a las carreras. A veces ganaba un poco de dinero, otras veces perdía mucho. También tuve unas tías ancianas que, por cualquier cosa, me decían:
   -Dios te va a castigar.
   Al principio me daba miedo. ¿Cuándo me va a castigar Dios? ¿Después que me muera? ¡Qué raro! De todos modos, por si acaso, yo le decía a Dios que si me iba a hacer animal en la otra vida..., que sea un caballo. Eso lo podría soportar bastante bien. ¿Será que en mi ser hay algo de la Forma esencial del caballo?
   Me he quedado pensando en eso. Y también en ese otro enojoso asunto. Eso de que Dios castigue... ¿De dónde viene? Ya no podía seguir tragándome eso, como si fuera a ser niño chico para siempre.
   Busco en ese curso que estoy intentando preparar. Después de haber revisado los filósofos, hasta donde voy por el momento, no ha aparecido nada que se relacione con castigo divino.
   Algo hubo en antigüedades muy remotas, como en la mitología griega, y otras, en que los dioses actúan de manera humana. Pero ya con Sócrates, eso empezó a quedar atrás.
   Lo mismo en la antigua cultura judía. Pero, vino Jesús al mundo para restaurar la imagen divina que estaba tan deteriorada.
   No llegué a nada, en los primeros días. No quise preguntarle al profesor de Religión, porque no siendo su tema, salvo lateralmente, no confié en que me pudiere dar una respuesta satisfactoria.
   Tampoco quise preguntarle al profesor de Filosofía porque talvez lo haya explicado en alguna clase y a mí se me puede haber pasado por el lado.
   Me distraje pensando en lo que enseñaré algún día acerca de Aristóteles. Años después de Platón, discípulos de discípulos desembocaron en el famoso Aristóteles. Este filósofo negó la preexistencia del alma. Y caracterizó a la divinidad como la entidad que se mueve a sí misma.
   Aristóteles despreciaba lo femenino. Para él, las virtudes de la mujer son el silencio y la sumisión. Le niega a la mujer su oportunidad de crear su propio discurso.
   Aristóteles hizo también aportes muy valiosos. Por ejemplo, su Ética. Para él, la virtud es el justo medio entre los opuestos igualmente viciosos.
   También está su Lógica, a través del silogismo. Y la causalidad final, que es el "para". Descubrió que, además de las causas iniciales, "por qué esto es así", está la causa final, "para qué esto es así", que es la más importante.
   Aristóteles tiene su símil cristiano en los obispos que vinieron unos siglos después del sabio Orígenes.
   He estado yendo a la Biblioteca, lo cual no deja de ser provechoso. Me surgieron muchas dudas. ¿Estará eso de los castigos en Aristóteles? ¿ O en algún otro filósofo de su época? Probablemente en ninguno. Tendré que investigar eso, antes de estar preparado para enseñar.
   Me surgió también lo del eterno retorno. Y lo del dios desconocido, ése que San Pablo dio a conocer a los griegos. Entonces, me pregunto si acaso tiene Pablo un símil en la antigua cultura griega, alguien como podría ser un viajero que hubiera vivido entre Sócrates y Platón. El mismo Platón podría ser, ya que viajó bastante.
   Me llama la atención la eficacia de Pablo en Atenas; "os mostraré vuestro dios desconocido".
   Ese dios desconocido data de muy antiguo. Cuando una peste asoló la antigua Atenas, los dioses no se aplacaban a pesar de los sacrificios realizados. Había cientos de enfermos y moribundos, y gran angustia en la ciudad. Entonces mandaron a llamar a Epiménides de Creta, un sabio poeta que sabía aplacar a los dioses. Epiménides llegó a Atenas, reunió tres ovejas de distintos rebaños y las soltó por la ciudad diciendo que donde se detuviera alguna de ellas habría que hacer sacrificio al dios local. Las tres ovejas se detuvieron en un mismo lugar en que no había dios local. Se hizo entonces, por primera vez sacrificio al dios desconocido. La peste se terminó.
   Construyeron un templo al dios desconocido.
   Entonces, ahora me pregunto si acaso la relación con un dios desconocido será el elemento de unión entre estas dos largas historias, la griega y la judeo-cristiana.
   Pero, volviendo a lo de los castigos, tema de la teología antropomórfica, decidí preguntarle a mi abuelo que es lo más sabio que tengo relativamente cerca. Él huye del mundanal ruido. Una vez que vino a la ciudad le pregunté:
   -¿Cómo es eso de que Dios castiga?
   Me respondió que la gente tiene la mala costumbre de echarle la culpa a Dios ante cualquier cosa extraña. Llegué a pensar que es uno mismo el que se castiga.
   Mientras más me meto en esto, más dudas me surgen. De ahí viene eso de "Sólo sé que nada sé". Lo cual también tiene que ver con Jesús..., cuando se alegró y alabó a Dios, diciendo "Has ocultado esto a los sabios".

   

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