ARISTODEMO                    Un lugar literario
Un final con guitarra         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   Un final con guitarra           (del libro "Encuentros misteriosos")

   Todo empezó en un bar nortino. Una de esas tantas veces en que fuimos con Juan a tomarnos unos tragos. Era nuestra costumbre conversar varias copas junto a otros amigos.
   Juan fue para mí algo muy parecido a lo que sería un padre, que casi no tuve. Mi padre murió en un accidente del trabajo cuando yo era un niño chico. Desde el momento en que ocurrió aquella desgracia me convertí en un tipo solitario.
   De todas formas, mi soledad ha sido llevadera. Y mucho más aún, cada vez que me siento atraído por alguna mujer. Hasta tuve una novia, que me hacía la vida feliz, pero nada resultó porque ella era de clase, y su padre no me aceptaba. Eso fue hace mucho tiempo.
   Como siempre, después de la segunda copa, Juan cantó su canción favorita, acompañándose de su querida guitarra. Es como si todavía lo estuviera viendo, en el sector más iluminado de la mesa. El trataba de alegrarnos la vida a todos los demás, y lo disfrutaba. Sin embargo, yo apenas sonreía, sin poder salir mucho de mi tristeza.
   -Compadre -le dije- , cuando yo me muera, usted me va a ir a tocar la guitarra, mire que quiero un funeral alegre, con música.
   -Así será, Norberto -me respondió riendo- , pero . . . ¿y si yo muero antes?
   -En ese caso, yo le consigo alguien que sepa tocar la guitarra.
   Entre risa y risa, quedó sellado el trato. Esa noche, no nos dimos cuenta que había quedado un presentimiento flotando en el aire. No le dimos importancia a una frase que dijo Juan, refiriéndose a su guitarra. Me pareció escucharle algo así como “a una cuadra de distancia no le veo las cuerdas”. No entendí bien por estar distraído pensando en mi imperiosa necesidad de aprender a tocar un instrumento musical, y en las muchas veces que había tratado sin éxito porque mis dedos ya se estaban poniendo tiesos. De todas maneras, la frase de Juan me quedó sonando.
   Ni nos imaginamos que tan pronto iba a ser el momento de cumplir nuestro pacto, cuando la violencia se hizo cargo del país. El abuso y la injusticia merodeaban en cada esquina. No podíamos salir en las noches porque estaba prohibido por la autoridad. Cada uno tenía que quedarse en su casa escuchando los balazos, sin siquiera saber a quién iban destinados.
   Ya no me resultaba posible trabajar contento como antes. Era el mismo mineral de cobre de siempre pero con un sabor completamente distinto. Empecé a temer por mi compadre Juan, que había estado metido en más de alguna actividad medio sindical, medio socializante.
   De un día para otro dejamos de ver a Juan.
   -Anda escondido -aseguró el Pantruca. Le decíamos así porque era el único rostro que no se quemaba con el sol ni se resecaba con la sal del aire. Me lo dijo convencido, pero no supe si creerle o no. Además, no había a quién preguntarle.
   Una tarde apareció Juan. Estaba flaco y un poco desanimado. Fuimos a tomar unas copas, pero bien temprano. Curiosamente, esa vez cantó canciones tristes, y se retiró callado. No fue mucho lo que alcanzó a estar en el pueblo. Lo sacaron durante una noche negra, y ya no volvió. No lo vi más.
   Muchas veces fui a compartir una taza de té con la madre de Juan. En su casa estaba la guitarra, como esperando algo, y causando un doloroso recuerdo a la pobre señora, cada día y en cada momento. Por eso, no vaciló en dármela en cuanto me atreví a pedírsela. No teníamos mucha esperanza de que mi amigo volviera.
   Juan no murió de manera natural, sino que en una situación odiosa, como si se hubiera tratado de una guerra en que cualquiera podía ser tildado de enemigo. Casi lo echaron a una fosa común de desaparición. Por alguna circunstancia fortuita se salvó de eso. Nadie supo ni cuándo ni cómo, y ya estaba bajo tierra en el desierto, a cierta distancia de un camino secundario.
   De cómo me enteré de esto, fue a través de un uniformado. Hasta ese momento, sólo se sabía que lo tomaron detenido. Nadie era capaz de decir nada de él. Sin embargo, una noche en el bar me puse a conversar con un suboficial. Al principio creí que me tomaba el pelo, cuando me dijo donde estaba enterrado Juan.
   -No se puede sacar de ahí -me advirtió con firmeza.
   No creí que él pudiera estar dando información tan sueltamente sin que sus superiores arremetieran contra él. Hay muchas cosas del ambiente militar que yo nunca he entendido.
   Fue una impotencia salvaje. La rabia me hacía querer decirle unas cuantas cosas al milico, a pesar de que fue atento y cortés al darme la mala noticia. Desde luego, él no tuvo nada que ver con esa sucia historia. El lo vio por casualidad, en una ocasión en que encontraron varios cadáveres tan descompuestos que había que darles sepultura rápida. Igual, quedé con la duda. Ni pensar en ir a confirmar con algún otro militar lo que el suboficial me había contado.
   Primero, se me ocurrió que podía ir al lugar y hacer un hoyo, pero no tenía datos tan exactos, y además era muy peligroso porque me agarrarían rápidamente, y me meterían para adentro. En realidad, me llené de miedo. En uno de esos intentos podían pescarme a mí por desafiar a la autoridad.
   No me constaba que Juan estuviera ahí, pero realmente daba lo mismo si acaso estaba en ese lugar o en cualquier otro. El estaría siempre en todo el aire, de día o de noche, invierno y verano. El lugar dado por el suboficial estaba bien para centrar el recuerdo.
   No intenté excavar ni averiguar más. Lo esencial es que tenía que darlo por muerto. Nadie podía estar vivo después de todo lo que le había pasado. Tuve que asumirlo así, sin más. Equivalía a entregar todo, lo material y lo inmaterial, a cambio de nada, y sin que me dieran ni un maldito recibo. Fui despojado de mi amigo. El no era criminal, ni nada de eso. A lo más un poco exaltado y con una tremenda fuerza para pedir lo que era suyo. Ahora, ninguna cosa material es suya. Sólo la guitarra. Su legado es más que una canción.
   Como gran cosa, logré ir al día siguiente a despedirme en silencio de mi amigo. Llevé la guitarra, que aún no había aprendido a tocar. Ahí estaba yo, solo, en el desierto, con una tumba presunta. Aún hacía calor cuando ya empezaba a ponerse el sol. El aire lejano se pintaba con todos los colores en suave evolución.
   Rasgueé lo que pude con mis dedos torpes. Canté lo que pude con mi voz desentonada. Lloré lo que pude. Recé un padrenuestro, aunque mi compadre no era tan creyente, igual le sirve. Armé una improvisada cruz con dos palos y la clavé en el lugar en que se suponía estaba Juan.
   Le solté un poco las cuerdas a la guitarra para que no se cortaran con el frío de la noche, y la puse al lado de la cruz con un mensaje escrito en una caja de cartón desarmada. Ahí escribí el epitafio:
   “Peregrino que cruzas el desierto, cántale una canción a mi amigo Juan, que será también tu amigo en el cielo”.
   Así dejé la tumba, y me fui con el corazón apretado. Pensé que sólo estaba tirando una guitarra y un pedazo de cartón, lo cual no importaba para nada. Si algún día una persona llegaba a interpretar el amor a la humanidad en esa guitarra, se pagaba sola. Nunca llegaré a saber qué canciones se cantaron, si es que alguna.
   Imaginé multitudes en la tumba de Juan. Mi fantasía me presentaba las historias de cada una de las miles de personas que habrían acudido. Estoy condenado a no saber qué se vivió realmente en ese desierto. Por lo menos, estoy seguro que el viento entonó su saludo diario.
   Siempre le converso a Juan. No sé si me escucha, pero a mí me hace bien, sobre todo cuando ando con muchas dudas, se me aclaran. El me espera allá en lo alto, pero no voy a ir todavía.
   Estuve viviendo en el extranjero. Así lo decidí, antes de que fuera demasiado tarde. No sabía si irme o quedarme, porque no era nada de seguro vivir aquí. Mi trabajo en la mina de cobre se había puesto difícil, y no era cosa de revolverla tanto. Aunque no me estaban echando ni persiguiendo, yo no tenía a nadie y preferí intentar algo completamente nuevo. Pasó el tiempo, y parecía eterno. Trabajé en cualquier cosa, cuando tenía algo, y cuidando el poco dinero que lograba ganar.
   Cuando volví al país, habían pasado como cinco años. Una noche soñé con una guitarra sin cuerdas, en plena pampa, y al fondo se veía el pueblo y el camino secundario. Al despertar recordé, palabra por palabra, esa frase extraña que Juan pronunció una vez. “A una cuadra de distancia no le veo las cuerdas”. Sí. Esa era la extraña frase que se me quedó grabada.
   Me levanté con urgencia y partí a visitar la tumba. Todavía estaba la cruz, y hasta el cartón, con muchas piedras encima. Envejecido, pero aún se leía. No estaba la guitarra. La encontré mucho rato después, como a cien metros de ahí, totalmente destrozada. Me la llevé para guardarla como un preciado recuerdo.
   -Se parece a la guitarra del Pantruca -dijo alguien a quién yo no conocía, en cuanto me vio entrando al pueblo.
   Cuando se la mostré al Pantruca, casi se murió. Ahí me contó que él se la había robado de la tumba y se la llevó a su casa. Desafinada por el calor, casi quemada, inútil, pero gratis. Eso era impagable.
   Me contó que en la noche no pudo dormir por una bulla que venía del entretecho, y que se levantó dos veces a mirar y no encontró nada. A la noche siguiente habían vuelto los ruidos extraños y el Pantruca ya no podía más. Siguió teniendo toda clase de estragos, hasta que no le quedó más remedio que ir a devolver la guitarra. Iba tan asustado que no encontró la tumba y tuvo que dejarla por ahí, en cualquier parte.
   Después de toda esta historia, todavía no he podido quedar conforme. Ni tampoco he logrado aprender a tocar la guitarra. Lo más notable es la cantidad de cosas que me cuenta Juan cuando voy a tomarme un trago al bar.

   

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