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RUBÉN DARÍO
     Rubén Darío es un escritor nicaragüense.
     Nació el 18 de Enero de 1867. Fue el primer hijo del matrimonio formado por Manuel García y Rosa Sarmiento, quienes se separaron pocos años después.
     La niñez de Rubén transcurrió en la ciudad de León, criado por su tía abuela Bernarda y su marido, a quienes consideró en su infancia como verdaderos padres.
     A los doce años pasó a educarse con los jesuítas.
     En su adolescencia empezó a escribir, y se dio a conocer en su país.
     Desde generaciones, su familia era conocida como "los Daríos", en relación al sobrenombre de su abuelo Ignacio Sarmiento.
     Rubén Darío trabajó como periodista.
     Estuvo en El Salvador, donde pasó por dificultades económicas.
     Regresó a Managua, y trabajó en la Biblioteca Nacional.
     A los 19 años se trasladó a Chile, donde contó con la protección de Eduardo Poirier. Durante tres años, trabajó en diversos diarios de Santiago, y logró publicar libros de poesía que le dieron fama internacional.
     Regresó a Centroamérica. En San Salvador se casó con Rafaela Contreras. Tuvieron un hijo, Rubén.
     Después de enviudar se casó con Rosario Murillo, a quien abandonó.
     Vivió en Buenos Aires, trabajando como periodista y como cónsul. También vivió en Madrid y en París.
     Su salud se deterioró bastante, por exceso de alcohol.
     Murió en Nicaragua, en 1916.

    

     Algunas de sus obras más importantes son:

Poesía.-

    “Abrojos”,
    “Rimas”,
    “Azul”,
    “Cantos de vida y esperanza”,
    “Oda a Mitre”,
    “El canto errante”,
    “Poema del otoño y otros poemas”,
    “Lira póstuma”.

Prosa.-

    “Los raros”,
    “Peregrinaciones”,
    “Tierras solares”,
    “Todo al vuelo”,
    “La isla de oro”.
 

TEXTO ESCOGIDO
"A Margarita Debayle"
del libro  "Poema del otoño y otros poemas"

     “ Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

Este era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes,
un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita,
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vio una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla,
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la blanca estrella
que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
mas lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: "¿Qué te has hecho?
Te he buscado y no te hallé;
y ¿qué tienes en el pecho,
que encendido se te ve?"

La princesa no mentía.
Y así, dijo la verdad:
"Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad."
Y el rey clama: "¿No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura! ¡Qué capricho!
El Señor se va a enojar."

Y dice ella: "No hubo intento;
yo me fui no sé por qué;
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté."
Y el papá dice enojado:
"Un castigo has de tener:
vuelve al cielo, y lo robado
vas ahora a devolver."

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: "En mis campiñas
esa rosa le ofrecí:
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí."

Viste el rey ropas brillantes,
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.
La princesa está bella,
pues ya tiene el prendedor,
en que lucen con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar:
tu aliento.
Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda, niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento. ”