ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia adolescente         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Primera parte.- Empezando a pensar distinto

   Fray Arnaldo

   Debo haber tenido unos diez años cuando murió la Hermana Clara. Era una figura muy querida, y lo sigue siendo, por cierto. Recuerdo muy vivamente la emoción que percibí en mi madre, aquella vez. Fue entonces que me decidí a entrar a la comunidad de los Hermanos Menores, los de Francisco, pero tuve que esperar casi siete años para poder hacerlo.
   Ya había pasado los treinta de edad cuando me remeció otra muerte franciscana. La de Buenaventura, un hombre joven, lleno de vida, que estaba haciendo un trabajo valiosísimo en el Concilio. Muchos dicen que lo envenenaron. Tiendo a pensar eso mismo, pues tras su repentina muerte, el Concilio se desinfló. Imposible saber quién puede haber perpetrado ese magnicidio. Por ese tiempo, yo estaba empezando a ser presbítero, y me estuve cuestionando mucho, hasta que logré asimilar bien la enseñanza de Francisco: A la Iglesia hay que renovarla desde adentro, y con amor. Si no, no se puede.
   Con motivo del funeral de Buenaventura, conocí al dominico Albert, un obispo alemán que había sido su maestro y amigo. Tuve oportunidad de conversar con Albert. Me ayudó mucho su manera de conciliar la sabiduría humana y la fe divina.
   Bastante después de mis cuarenta años tomé contacto con Pedro Olivi, franciscano también, y muy activo en la defensa del ideal de pobreza de Francisco. Es un tema complicado, hoy en día, cuando muchos franciscanos, a quienes llamamos "conventuales", han decidido dejar de lado esa pobreza, que consideran exagerada. Y no sólo la pobreza, sino también otros aspectos esenciales del testamento de Francisco.
   Olivi está siendo muy atacado por los conventuales, quienes son bien recibidos por la jerarquía. Ésta ha prohibido leer los escritos de Olivi. Dicen que es la cabeza de lo que llaman secta supersticiosa. Un seguidor suyo, Tomás de Tolentino, un muchacho joven, estuvo encarcelado por más de dos años.
   Este tipo de cosas se estaban viviendo cuando entablé amistad con Ángela, prima lejana mía, nacida en Foligno. Es una amistad desprovista de cualquier intento erótico, por supuesto. Lo que nos une es una inquietud espiritual. Ella es un poco menor que yo, pero mucho más alta y robusta.
   En un breve lapso de tiempo, hace ya varios años, Ángela perdió a su madre, a su marido y a sus hijos. Se encontraba en estado de gran confusión cuando un día se le ocurrió asistir a misa a la iglesia de San Feliciano, en Foligno, donde yo estaba presidiendo esa eucaristía. Quiso Dios que en aquella mañana yo estuviese inspirado, y mi homilía resultase buenísima. Puedo decirlo sin falsa modestia, porque el que me sopló fue el Espíritu Santo. El caso es que Ángela quedó tan impresionada que se me acercó a la salida.
   -Hola prima -la saludé.
   -Fray Arnaldo, quiero confesarme.
   Pues, fuimos al confesionario y ella empezó a hablarme de su vida, hasta terminar con llanto. Al final, se sintió consolada, y me adoptó como su director espiritual.
   Cierta vez, Ángela me preguntó, respecto a la comunión:
   -Si Dios está en mí, ¿por qué estoy yendo a recibir a Dios?
   -La única manera de saberlo es que se lo preguntes a Dios directamente.
   Varios días después ella sintió, efectivamente, la respuesta de Dios: "Una cosa no excluye la otra". Así me lo contó, y empezó a comprender lo que significa ser infinito.
   -Si pudiera, iría a comulgar todos los días -manifestó entonces.
   Ángela ingresó a la Orden Tercera y aprendió oración contemplativa, para la cual tiene gran facilidad. Progresó mucho, a tal punto que la insté a anotar todas esas palabras de Dios que ella sentía.
   -Para que no se te olviden -le dije.
   No tuve mucho eco porque ella no es aficionada a escribir. Me daba una pena atroz que la enseñanza divina se le escapara como agua entre los dedos. La mente humana no es capaz de retenerla sin ayuda de un papel y un lápiz. Le hablé de esto, en todos los tonos. Por último accedió a revelarme el contenido de su vida mística para que yo lo escriba.
   Así empezamos a hacerlo. Nos juntamos una vez por semana en la iglesia de San Feliciano. A la vista de la gente, porque si no, murmuran.
   Una vez, Ángela participaba en una escena teatral en la plaza. Se estaba representando la pasión de Cristo, y ella figuraba como una de las mujeres piadosas. Le habían dicho que tenía que llorar, sin embargo, lo que le pasó fue que se desmayó.
   -Muchos deben haber pensado que eché a perder la representación -me comentó después.
   -Al contrario -la tranquilicé-. En ti se dio una dimensión más real que el simple llanto.
   En eso, apareció el joven Ubertino de Casale, que está de visita por estos lados. Es un Hermano Menor, seguidor de Pedro Olivi.
   -Ven, Ubertino -lo llamé, y le presenté a Ángela. Ya le había hablado de ella antes, cuando él me pidió que le enseñara la oración contemplativa.
   -¿Yo...? -exclamé en esa ocasión-. Te llevaré hacia la persona indicada.
   Y aquí estamos, listos para programar unas pocas clases.
   -Ángela -le pedí-, por favor, ¿puedes instruir a este joven que quiere entrar en la vida mística.
   Ella se impresionó, pero no tardó en asumir su rol de maestra. A los pocos días, Ubertino ya tenía que volver a Florencia. Así lo hizo, muy bien preparado, pero antes quiso contarme algo, en gran secreto. Caminando en el campo, lejos de cualquier ser humano, y además en voz baja.
   -El mes pasado visité a Juan de Parma.
   -¿Qué? -pregunté, alarmado- ¿Te escuché bien?
   -Sí, Arnaldo. Te lo cuento a ti, pero por favor, no se lo vayas a decir a nadie.
   -No se lo diré a nadie. Puedes estar seguro.
   -Pedro me dijo dónde encontrarlo. Fui disfrazado de panadero.
   -No me digas dónde está Juan, mira que si me atrapan los torturadores..., prefiero no saberlo, simplemente.
   -De acuerdo. Además, prometí no decir lo del lugar de escondite.
   -¿Y cómo está Juan?
   -Está muy bien de salud, a pesar de su vejez, pero... triste. Él quisiera salir.
   -Lo comprendo.
   -¡Arnaldo...! Considera esto como secreto de confesión. ¿Ya?
   -Sí. Anda tranquilo.
   Muchos meses después volvió a mi pensamiento esta conversación que había tenido con Ubertino. Fue hace poco, cuando el franciscano Girolamo Masci asumió la jefatura de la Iglesia. Fue discípulo de Buenaventura, y también fue Superior de nuestra Orden. Como Papa, adoptó el nombre de Nicolás, igual que lo había hecho otro Papa anterior, muy distinto a él. Me refiero a Giovanni Gaetano Orsini, que había sido Inquisidor General, después de haber estado interviniendo a nuestra Orden, como supuesto "protector". No me explico por qué a ambos, tan opuestos, les vino bien el nombre de Nicolás.
   Bueno, el caso es que el Papa Masci, con la mejor intención, y creyendo que tenía más poder del que tuvo realmente, absolvió de toda culpa a Juan de Parma. Y le encargó una misión conciliadora con la iglesia oriental. Juan se puso muy contento, y se dirigió hacia Ancona, para embarcarse con destino a Grecia. Lo hizo con gran cuidado ya que, de todos modos, era prudente tratar de no ser detectado por algún secuaz de los inquisidores. Pasó a comer algo a un pueblito llamado Camerino, luego de lo cual se sintió mal, y murió al poco rato.
   No sé si tengo derecho a ser mal pensado. Sólo sé que sospecho la presencia de una mano negra.

         * * *

   Poco después de la muerte de Juan de Parma, me trasladaron a Asís. No deja de ser bello estar en la ciudad de Francisco y Clara, pero lamenté tener que interrumpir la anotación de la experiencias místicas de Ángela.
   Llevaba yo más de un año en Asís cuando sucedió algo notable en el templo de San Francisco. Estando muy cerca de ahí, escuché una bulla que venía desde el atrio, visitado por un grupo de peregrinos de Foligno. Una mujer daba gritos, en plena crisis de llanto, mientras varios Hermanos trataban de sujetarla. Acudí corriendo.
   -¡Déjenla! -grité.
   Al instante ella empezó a tranquilizarse, porque... me reconoció. Era Ángela. La llevé a una orilla y allí nos sentamos a que me explicara qué le estaba pasando. Lo hizo de una manera poco serena, diciéndome que entró en una especie de éxtasis cuyo gozo se terminó de repente por motivos desconocidos.
   Cuando terminó de tranquilizarse me despedí de ella, prometiéndole que muy pronto volveré a Foligno, pues yo estaba tratando de conseguir eso.
   El ansiado traslado me resultó meses después. Partí hacia Foligno, muy contento. Eso fue bueno porque me permitió continuar el trabajo con Ángela. Me gustaría que resultara un libro de todo esto.
   Me reuní con Ángela para reanudar las anotaciones, pero primero conversamos. Me contó que al llegar de vuelta a Foligno, esa vez, se quedó en cama una semana completa porque se sentía como apaleada. Y cuando se atrevió a salir a la calle, con la chica que la acompaña, ésta vio que Ángela se ponía como transfigurada. La chica se asustó, pero después todo pasó, y siguieron caminando.
   En otra ocasión, en la misa ocurrió una cosa extraña. Cuando levanté la hostia en la consagración, todos se hincaron, como hacen siempre, pero en cambio, Ángela corrió hacia adelante. Siempre se emociona mucho en esa parte de la misa.
   En nuestras reuniones de trabajo me propongo hacerla hablar. Su voz, a veces es fuerte, otras veces es suavecita. Para mí, es necesario conocer todo, ponerlo por escrito, examinarlo. No coloreo nada, pues su sabiduría no es fruto de estudio ni de pensamiento, sino de inspiración divina. Aunque sus palabras hubieran tenido poca belleza literaria, igual están muy bien para el documento que estamos elaborando.
   Al final de cada sesión le leo lo escrito, para ver si está conforme. Muchas veces he tenido que soportar sus enérgicas quejas cuando algo le parece mal. Es que yo no puedo sentir lo mismo que está sintiendo Ángela. Por ese motivo, tampoco lo puedo escribir. Me limito a poner en el papel lo que ella dice, pero esa poca cosa no es lo esencial. Es sólo un nombre que ella intenta dar a cosas que no lo tienen. Así, el escrito está resultando con limitaciones. Hacemos lo que podemos pero, tratándose de Dios, no tenemos manera de visualizar el fondo.
   Cierta vez, Ángela pidió al Señor una señal milagrosa. Después se dio cuenta de que la cosa no iba por ahí. Dios le ha dicho "Las señales que te doy son más valiosas que el obsequio buscado por ti. Te regalo sentir siempre el Amor cálido".
   Los dos entendimos con claridad el mensaje.
   -Murió Cunegunda -me contó una vez Ángela.
   -¿Quién es Cunegunda? -pregunté, un poco avergonzado por no saber.
   -La que fue reina de Polonia.
   -¡Ah! Ya recuerdo. Ella quedó viuda y se retiró a un pueblito, y fundó un monasterio de Damas Pobres de Santa Clara.
   -Sí. Y mucho más que eso. Tuvo una vida ejemplar.
   -Su vida se parece un poco a la tuya.
   -No, Arnaldo. Nunca fui reina, ni he tenido una vida ejemplar.
   -Pero, después que murió tu marido dejaste salir tu religiosidad.
   -Pero ella la dejó salir mucho antes.
   -Está bien, Ángela. Lo triste es que no existe Sumo Pontífice en la Iglesia.
   -¿Y eso, a que viene?
   -Pues, si hubiera habido uno, habría podido destacar la santidad de Cunegunda.
   -¡Ah! A propósito de eso, hace ya varios meses que murió el Papa Nicolás, y...
   -Y aún no se vislumbra la elección de uno nuevo.
   -¿Qué está pasando ahí?
   -Lo que pasa es que hay pocos cardenales. Además, casi todos ellos pertenecen sólo a dos familias. No han logrado llegar a un acuerdo. Si fueran tres familias, todo sería más fácil.
   -Quiera Dios que pronto se pongan de acuerdo.
   Por ese día, no seguimos trabajando. A la semana siguiente le pregunté, una vez más:
   -¿Qué has visto?
   -Vi la plenitud. No la sé describir. Escuché palabras de dulzura, que se alejaron suavemente.
   Cuando esa divina presencia se alejaba, Ángela gritó "No me abandones".
   La presencia le dijo "Nunca te alejarás de mí". Ángela le preguntó "¿Y si cometo pecado mortal...?". La divinidad le contestó "No fue eso lo que quise decir".
   A veces, Ángela mostraba a un Dios que maldecía, o que, al menos, mantenía muy escondida la misericordia. Yo le discutía, porque sé que eso no puede ser. Entiendo que es algo muy particular de ella, por las enseñanzas que ha recibido en la vida. Tuve que escribir eso porque es el libro de ella, en que ella enseña su manera de contemplar, y la forma cómo fue aprendiendo. El libro es meritorio, por sus aspectos grandiosos que quiero salvar para que no se pierdan. Cada cual tomará de él lo que lo haga vibrar.
   Hace un mes tuve que ir a Lombardía con otro fraile, por motivos pastorales. Durante el camino conversamos cosas, algunas bastante profundas.
   -¿Por qué Dios decidió crear al hombre?
   -¿Y por qué permite que pequemos?
   -¿Por qué no nos hizo virtuosos?
   -¿Y por qué su muerte con sufrimiento nos salva?
   Como no teníamos respuestas satisfactorias, decidí preguntarle a Ángela, y así lo hice, en cuanto llegué. Le repetí las preguntas varias veces, para que no se le olvidara alguna.
   A la semana siguiente, llegó con las respuestas:
   -Me acosté en el suelo -me explicó-, mirando hacia abajo, para hacer esas preguntas. Al final, no me di cuenta cómo me fui levantando, poco a poco, hasta empinarme con los brazos hacia el cielo. El Señor me respondió en forma muy clara.
   -¿Qué te respondió? -exclamé, ansioso porque ella estaba en silencio.
   -Que la persona humana necesita sentir la bondad.
   Me quedé pensativo, buscando en mi interior la relación entre esa respuesta y la inquietud mía. Ángela volvió al silencio.
   -¿Y algo más? -pedí, en voz baja.
   -El Señor me dijo que no necesitaba morir ni sufrir para salvarnos.
   -¿Y..., qué más dijo?
   -Me mostró que la verdad no tiene un comienzo ni un final.
   -Vi más respuestas -agregó Ángela para terminar- pero no las puedo expresar... Me faltan las palabras.

         * * *

   Por dos años estuvo vacante la sede papal. Hasta que un fraile benedictino de 80 años, llamado Pietro Damarrone, envió un mensaje a los doce electores instándolos a la sensatez. A los pocos días Pietro recibió la visita de unos obispos, embajadores del cónclave, notificándole que había sido elegido Sumo Pontífice. Se resistió un poco, pero tuvo que acceder. Se puso por nombre Celestino.
   Me sentí muy contento, porque imaginé que, por fin, terminaría la persecución a los franciscanos "espirituales".
   Cuando recién tenía unos 30 años, Pietro se había ido a una montaña y se quedó en una cueva, dedicado totalmente a la oración. Acudían muchos a consultarle. Le animaban a que recibiera el sacerdocio, a lo que accedió, un tiempo después. Así transcurrió su vida, y ahora, ya anciano, se ha visto obligado a cambiar drásticamente su forma de vivir. Montado humildemente en un borriquillo entró en Aquila, como Jesús en Jerusalén. Una vez que estuvo coronado, se fue al Palacio Real de Nápoles e hizo construir una cabaña dentro de sus habitaciones para vivir mejor la soledad.
   Efectivamente, el Papa otorgó un buen trato a los "espirituales", hasta donde pudo, con el ánimo de restaurar una iglesia pobre, pero encontró duros obstáculos. El rey de Nápoles intentó influir en sus decisiones, a veces con éxito. Por otra parte, Celestino no tenía las capacidades que se requieren para manejar una Curia intrigante e indómita. En particular, entró en conflicto con uno de los poderosos de la Curia, llamado Benito Gaetani, el más prepotente.
   Pietro estuvo sólo tres meses y medio como Papa. Renunció. Nunca se supo cuan libre fue su decisión de dejar el pontificado. Gaetani leyó el acta de abdicación, con disimulado júbilo. Dicen los rumores que él mismo había redactado el escrito.
   Con mucha presteza se eligió a Gaetani como nuevo Papa. Adoptó el nombre de Bonifacio, se trasladó a Roma, y revocó las reformas que había alcanzado a hacer el Papa Celestino. Éste intentó retirarse a tierras helénicas, pero fue detenido. Bonifacio dispuso que Pietro hiciera vida de oración y penitencia en el castillo de Monte Fumone, del cual no se le permitió salir nunca más. Allí murió Pietro, al poco tiempo.
   Bonifacio es un hombre de carácter fuerte, tremendamente autoritario y conflictivo. Con él, los franciscanos "espirituales" empezamos a sufrir nuevamente. Muchos, de entre los más activistas, se fueron a Grecia, buscando refugio.
   Los conventuales volvieron a tener mucho peso. Por esa razón, se me prohibió ver a Ángela. Le encargaron a un fraile joven, recién entrado, que me reemplazara en la redacción del libro. A él le tocó transcribir unas visiones de la pasión del Señor. Lo hizo con un lenguaje poco cuidado.
   Cuando recuperé mi lugar, unos meses después, mantuve en el libro lo escrito por este muchacho. No modifiqué nada, porque no pude comprender mucho del contenido, y porque el pobre fraile aprendiz hizo lo que pudo..., yo lo comprendo. Debe haber sido muy duro para él.
   Ángela quería destruir esos textos, porque esas visiones de la Pasión fueron dolorosas para ella. La dejaron en mal estado de ánimo. Yo insistí en dejar todo tal cual. Comprendí que fue bueno que las cosas se hayan dado así como se dieron. Ahora, el libro ya podía seguir. Creo que servirá para que sus futuros lectores aprendan a contemplar.
   Continué mi trabajo con Ángela, y también siguieron, por cierto, nuestros ocasionales desencuentros.
   Una vez, ella preguntó a Dios si es más grande conocer la divinidad en uno mismo o a través del entorno. La visión que me dio me resultó incomprensible, pero hacía sospechar que a Dios se le conoce mejor a través de la bondad recibida desde otros, cuando se la siente en uno mismo.
   "Claro", reflexioné, "el entorno ha sido creado por Dios..., incluyendo al prójimo". Quise saber más respecto a este tema tan importante que ella estaba tocando en su oración. Sin embargo, me dijo que no tenía nada más que agregar.
   Insistí en que me dijera un poco más, pues no le creí que no tuviera nada. Ella se enojó, y yo dejé la pluma para no tomarla más..., por ese día. Estaba muy molesto. Creo que me pilló en un mal pie, debido a alguna frustración que yo había tenido.
   El mal genio se me pasó muy pronto, cuando me enteré que Ramón Llull entró a nuestra comunidad de Hermanos Menores. Es un poeta misionero, que ha viajado mucho, tratando de aproximar el cristianismo a la cultura árabe.
   Seguí trabajando con Ángela. Me enseñó a hacer la señal de la cruz. ¿Cómo...? Que no hay que hacerla de prisa, sino atender primero a cómo estoy tocando mi frente, y después, poner mi mano sobre el corazón, y darme el tiempo para sentir el amor, en ese momento lo que siento es la presencia divina.
   Al final, surgieron enseñanzas notables. Por ejemplo, eso de que en algunas ocasiones la persona cree hallarse en el amor, pero está en el odio. Y eso otro, de la persona espiritual, en riesgo de caer en el engaño si se siente excesivamente segura de sus capacidades, que en realidad son limitadas.
   -Dios abraza el alma, con un amor y una dulzura increíbles -me dictó Ángela-; nadie lo puede entender si no lo experimenta.
   Con esto, quedó completo el libro, en lo relativo a la oración de Ángela. Empecé a tener más tiempo para mi propia oración, y también para adiestrar a los Hermanos que han ingresado hace poco.
   Por ese tiempo, murió la Hermana Margarita. La historia me la contó uno de esos frailes nuevos, proveniente de Cortona. Esta Margarita era hija de un agricultor que muy pronto quedó viudo, siendo ella una niña chica. No se llevó bien con la madrastra que tuvo. Optó por escapar de casa, adolescente aún, apenas tuvo un hombre con quien irse. Vivió feliz con él, hasta que lo mataron unos asaltantes. Desde entonces, Margarita se dedicó a hacer la caridad. Se fue a Cortona y fundó un hospital. Vivió como terciaria la segunda mitad de su vida.
   Otra muerte que lamenté mucho fue la de Pedro Olivi. Dejó una gran cantidad de escritos, los cuales corren peligro, ya que nuestros superiores quieren quemarlos. Con toda la rapidez que pude me fui a Florencia, y me las arreglé para encontrar algunas de sus obras. Las saqué a escondidas, y así logré salvar unas pocas.
   La vida siguió transcurriendo. Dos años después ocurrió otra muerte, lamentable por la forma en que se dio. La Inquisición hizo quemar en la hoguera a Segarelli, el que fundó la comunidad de los Hermanos Apostólicos. Es cierto que ésta cayó en desgracia por tener, no sólo el ideal de la pobreza, sino también el rechazo a someterse a la autoridad eclesiástica. Para la jerarquía, todo esto fue demasiado. Sin embargo, yo no creo que se justifique condenar a muerte al hombre que está en esa situación. Ni menos en esa forma cruel, por medio del fuego, como un infierno anticipado. No tenemos derecho. A mí, esto me violenta, pero no puedo decirlo si no es en voz muy baja.
   Para reafirmar este abuso, el Papa Bonifacio emitió una Bula afirmando que sólo son posibles la salvación y el perdón si la persona está sometida al Papa.
   Bonifacio ganó muchos enemigos a causa de su modo tiránico. Muy especialmente entre los reyes, pues intentó ponerles la bota encima. Tan odiado era este Papa, que un grupo armado atacó la sede papal y se llevó a Bonifacio. Lo mantuvo secuestrado hasta que dos días después otro grupo armado logró liberarlo. El Papa quedó en muy mal estado físico, y murió poco después.
   Mientras tanto, el libro de Ángela siguió creciendo, pero sin mi participación. Le agregaron cartas y exhortaciones. Finalmente, el libro fue aprobado por una comisión de Hermanos teólogos.
   En cambio, a Ubertino de Casale se le prohibió enseñar, y los superiores lo obligaron a retirarse al convento de Alverna. Al final, resultó mejor porque Ubertino ocupó el tiempo en escribir su obra mayor, una colección de teorías alegóricas relativas a la sociedad.

 

   Barlaam

   Me incorporé a un monasterio basilio cuando ya empezaba a acercarme a los treinta años. Decidí ponerme por nombre Barlaam, en vez de Bernardo, como me llamaba hasta ahora. Lo hice así, en homenaje a un antiguo monje ruso a quien admiro.
   Antes de venir a Constantinopla me dediqué a estudiar muchas cosas. Matemáticas, filosofía y astronomía, principalmente.
   Nací en la región italiana de Calabria en 1290, y fui formado en la religión cristiana ortodoxa, a pesar de haber vivido en un ambiente muy romano.
   Cuando niño, ya me gustaba aprender. Fui siempre muy preguntón, pues quería enterarme de todo. La guerra fratricida de Cruzadas parecía estar terminando. Ojalá no se reanude. Los últimos cruzados heridos se recuperaban en Rodas, atendidos por la hospitalaria Orden de los Caballeros de San Juan.
   Siendo ya un adolescente, escuchaba conversar a los adultos. Así fue como supe que había un nuevo Papa que se llamó Benedicto. Al poco tiempo murió sorpresivamente. Los adultos subían la voz y casi se iban a las manos, mientras yo escuchaba frases como éstas:
   -Murió comiendo unos higos que le habían regalado.
   -Entonces lo envenenaron.
   -¿Cómo se te ocurre?
   -Es lo que acostumbran a hacer con los Papas.
   Por niño que yo haya sido, entendí que lo más probable es que lo hayan envenenado. Supuse ingenuamente que iba a haber una investigación. No la hubo.
   Casi un año después, recién pudieron elegir un nuevo Papa. No se ponían de acuerdo franceses e italianos. Eligieron a un francés, que pasó a llamarse Celestino.
   El rey Felipe de Francia empezó a tener mucho poder. Más del conveniente, pues lo usaba en su propio beneficio. Por entonces, surgieron fuertes acusaciones contra los Templarios, una especie de monjes guerreros, que contaban con importantes propiedades.
   El Papa Clemente quería establecerse en Roma, pero no se lo permitieron. La sede se trasladó a Aviñón.
   -Suerte que el tesoro pontificio no está en Roma ni en Aviñón -así empezó otra conversación de adultos.
   -¿Dónde está, entonces?
   -Está en Asís, muy bien cuidado. En un lugar seguro.
   -¿Lo guardan los franciscanos?
   -No lo sé. Los franciscanos custodian los santuarios en Palestina.
   -Hace poco el Sultán de Egipto les permitió establecerse en el monte Sión.
   Así hablaban los adultos. Y el tiempo siguió transcurriendo.
   Yo tenía ya unos veinte años cuando el rey francés hizo que el Papa Clemente convocara a un Concilio en Vienne. Como resultado, se suprimió la Orden de los Templarios, que ya no tenía razón de ser, y se cedió su dinero a los caballeros hospitalarios. Sin embargo, después se supo que éstos no recibieron casi nada, a pesar de tener mucha necesidad. Sólo algunos de los reyes hicieron llegar los bienes a las órdenes hospitalarias.
   El Concilio condenó también un error que se estaba extendiendo mucho, incluso entre algunos Begardos. Era el error de postular que si se alcanza cierto estado espiritual, ya no es factible pecar; a raíz de esa creencia, había gente que le permitía al cuerpo todo lo que pidiera. Afortunadamente, begardos y beguinas siguen existiendo. Son laicos dedicados a la oración y la caridad, pero sin hacer votos perpetuos.
   Cuando murió el Papa Clemente, la demora en elegir un sucesor fue de dos años, porque seguía la disputa entre franceses e italianos. Finalmente, hubo acuerdo en elegir al Arzobispo de Aviñón. Pasó a llamarse Juan.
   Por ese tiempo, había tomado gran magnitud la antigua disputa interna de los franciscanos. Un sector de ellos, llamado "los espirituales", es más rígido, y muy apegado a las enseñanzas del fundador Francisco. Viven en pobreza, y en fidelidad al Evangelio. El otro sector, llamado "los conventuales" es más relajado. Han retornado un poco al mundo que en un principio habían rechazado.
   Un par de años después de haber asumido, el Papa Juan, hombre enérgico, y más preocupado de las finanzas que de ser pastor, tomó una decisión drástica, que a mí me disgustó muchísimo. Condenó la postura de los espirituales. El Ministro General de la orden franciscana, Miguel de Cesena se negó a aceptar el dictamen del Pontífice entrometido, aunque él mismo no era de la tendencia "espiritual". A causa de su indisciplina, fue excomulgado.
   Es que el Papa Juan llegó hasta afirmar, en cierta oportunidad, que Cristo y sus apóstoles habían sido hombres de gran riqueza. No me gusta escuchar eso, de labios de la persona que supuestamente conduce a la gente. ¿Hacia dónde nos quiere llevar? Sé que Cristo enseñó la oración a sus apóstoles.
   Ya llevo dos años en este convento, y se me han hecho muy cortos. He podido seguir estudiando, que es lo que más me gusta. Teología, filología, y he continuado con filosofía y otras materias me permiten entender mejor la vida. He logrado tener bastante prestigio en círculos eclesiásticos. Por un tiempo, hice clases en la Universidad. Pero, no era eso lo mío. Quisiera poder dedicar tiempo a la unión de los cristianos.
   En la región en que viví muchos años, es mayoritario el cristianismo romano. Se supone que deberíamos estar peleándonos, pero yo no veo que haya motivos para ello. Es más, pienso que sería bueno entendernos mejor y superar nuestras diferencias. Éstas no son doctrinales, sino administrativas. Cuando converso esto con los otros monjes, me miran como a un pájaro extraño.
   -¿Cristianismo romano... dices tú? -me preguntó un día el abad.
   -Ya sé que ahora está siendo galo... -me sonrojé.
   El abad se retiró con una ancha sonrisa, y me dejó pensativo. La jerarquía papal acostumbra a ponerse en situaciones impresentables. Yo entiendo que son seres humanos, pueden equivocarse, igual que uno. Pienso y pienso, pero no sé cuál va a ser la manera de unirnos.

         * * *

   Ya pasé los cincuenta años de edad, y he aquí que estoy teniendo serios problemas con el patriarca de Constantinopla. Todo comenzó cuando se me ocurrió trasladarme a esta bella ciudad, hace unos quince años. Yo era una persona conocida y respetada, a causa de mis escritos, y por eso fui bien recibido. Me puse a hacer clases en la Universidad. Todo iba muy bien, y llegué a ser abad en el monasterio de San Salvador. Fue entonces que decidí ir a conocer los monasterios del monte Athos, pues cuentan con un enorme prestigio.
   Ahí, en el Monte Athos, los monjes viven en pequeños grupos dentro del monasterio. Se permite la propiedad privada a nivel personal, además de contarse con un fondo propio del monasterio.
   Me impresionó bien un monje llamado Gregorio Palamás, abad del monasterio San Sabas, en Athos. Gregorio es seis años menor que yo, y también ha estudiado mucho. Fue formado en la corte del emperador Andrónico II. Además, es presbítero. Y es un sabio, pero no por ser tan sabio deja de ser testarudo. Eso sí, debo reconocer que también yo lo soy.
   Entablé una buena amistad con Gregorio y pasamos largas tardes intercambiando nuestros conocimientos. Al principio, con mucha sintonía, pero pronto empezamos a tener cambios de opinión.
   -El Espíritu Santo procede del Padre -manifestó en cierto momento, y como yo no le hice mucho caso, insistió:
   -No me vas a decir que procede también del Hijo, como dicen en Occidente.
   -Lo que yo creo es que no vale la pena pelearnos con ellos por algo que no sabemos.
   -Pues, ¡lo sabemos, Barlaam!
   -Calma, Gregorio, hemos de abandonar esa tendencia tan humana de tratar de comprender la naturaleza de Dios. Es algo a lo cual nuestro limitado pensamiento no tiene acceso.
   -¡Ah! Si tu pensamiento es más limitado que el mío...
   Preferí no responder a eso, pero seguí insistiendo:
   -El conocimiento se origina en la percepción de los sentidos.
   -¿Y...?
   -Por eso no podemos conocer a Dios.
   -¿Y que me dices del conocimiento místico?
   -Que es real, pero en forma simbólica solamente.
   -El conocimiento sobrenatural puede llegar a la visión de Dios, por la gracia del Espíritu. Es como la luz de la Transfiguración..., ¡la del Tabor!
   No nos entendíamos, pero de todos modos, este encuentro de pocos días fue cordial. Sin embargo, seguimos discutiendo por varios años, ya fuese en el monte Athos o en Constantinopla. Se me complicó mucho la vida por meterme en discusiones de nunca terminar, en temas excesivamente complejos para los seres humanos. En más de una oportunidad subimos el tono de la voz, pero nunca fue tanto como para irnos a los puños. Siempre nos tratamos con respeto. También conversamos mucho por la vía epistolar. Nuestros temas fueron siempre el conocimiento de Dios y el sentido de la experiencia religiosa.
   Gregorio defiende el método de meditación que él ayudó a fundar. Es el hesicasmo, lo que significaba calma y tranquilidad. Enseña la técnica de la mirada fija, con respiración regular y la repetición de una breve oración de Jesús.
   Pienso que estando Dios más allá de la experiencia sensible, no es posible conocerlo plenamente. Gregorio decía haber visto la esencia divina con los ojos del cuerpo. Nunca lo ha podido describir, pero eso no quiere decir nada.
   Mientras tanto, el Papa Juan quería hacer construir un palacio pontifical en Aviñón. Además, surgían tratados para el uso de los inquisidores. No andaba nada de bien la jerarquía cristiana.
   Al poco tiempo de llegar yo acá, el Papa Juan excomulgó a su enemigo, el rey alemán Ludwig. Éste recibió la solidaridad de mucha gente, los adversarios del Pontífice. El rey intentó poner un Papa paralelo, Nicolás, pero éste duró poco tiempo, y se sometió al Papa Juan. Después de mucho, el rey Ludwig intentó deponer al Papa Juan, pero tampoco tuvo éxito en eso.
   Entre tanto, murió el Papa Juan, y lo sucedió un cisterciense, que pasó a llamarse Benedicto. Tuve la oportunidad de conocerlo cuando el emperador bizantino Andrónico III me envió en misión ante el Papa Benedicto, ofreciendo una futura unión cristiana, ya que la gran tentativa anterior había fracasado en el Concilio de 1274. Esta pequeña nueva tentativa también fracasó porque lo que el emperador quería era ayuda contra los turcos.
   Gregorio Palamás tenía mucho prestigio, y no era fácil actuar en contra de sus postulados. De todos modos, lo hice, aunque con mucho respeto. Y aunque parezca un contrasentido, me comprometí a luchar por la unión de las iglesias cristianas.
   -Hay que estar de acuerdo con el pensamiento de los Padres -dijo Gregorio-. Es a través de ellos que habla el Espíritu Santo.
   -Jamás podré estar de acuerdo con eso, Gregorio. Recuerda que Jesús alabó al Padre porque enseña estas cosas a los más pequeñitos y no a los sabios.
   Gregorio me llevaba siempre a controversias teológicas muy complicadas. Yo trataba de que él no se elevara tanto en sus opiniones. Fue inevitable caer en esa famosa polémica de la procedencia del Espíritu Santo.
   -Ya que tú dices obedecer a los Padres -le dije-, ¿por qué no lo haces también en este asunto?
   -Un momento, Barlaam... Los Padres Ortodoxos no están de acuerdo.
   Efectivamente, el Patriarca de Constantinopla apoyó a Gregorio. En cambio, a mí me excomulgó. Opté por irme a Italia, pero pienso volver después que me prepare mejor.

         * * *

   Empecé a participar en la iglesia cristiana occidental. Al poco tiempo fui nombrado obispo de Gerace, por el nuevo Papa Clemente, que asumió a la muerte de Benedicto. He tratado de desempeñarme lo mejor posible como obispo, pero me cuesta muchísimo.
   El Papa Clemente consolidó la custodia de los Santos Lugares por parte de los franciscanos. Creo que eso fue algo muy bueno. Mientras tanto yo seguía tratando de ser un buen obispo, pero me llamaba mucho más la vida ascética contemplativa. Después de unos pocos años dejé el obispado.
   Mientras tanto, en una guerra, Gregorio fue hecho prisionero. Tras un par de años fue liberado. Nos encontramos nuevamente, y logramos conciliar nuestras posiciones, cediendo ambos un poco.
   Mientras Aviñón pasaba a ser un pequeño estado propiedad de la iglesia, yo decidí retirarme del mundo. Me fui a uno de esos inmensos riscos de Meteora, muy cerca del mayor de éstos, donde un monje, salido de Athos, había fundado un monasterio. Yo andaba en pasos similares. Elegimos este lugar, por ser de difícil acceso. Me instalé en el punto más alto del macizo rocoso que había elegido. Construí una capilla y una celda, además de una cisterna. Llevo más de un año en este lugar privilegiado, he podido hacer oración, no tengo seguidores aunque me encantaría tenerlos.
   Últimamente he estado tan enfermo, que decidí bajar al pueblo. Me acogieron bien, en casa de una familia cristiana humilde. He podido conversar, y así me enteré que Gregorio fue nombrado obispo de Tesalónica.
   A veces me siento mejor, y quisiera creer que voy a sanar.

 

   El confesor de la reina

   Aunque me llamo Juan, me dicen Nepomuceno porque nací en Nepomuk. Fue en tiempos del Papa Clemente, el sexto con ese nombre.
   A los siete años me enteré por casualidad de una noticia que estaba llegando al mundo adulto. Un dominico alemán, llamado Heinrich Seuse, había sido amonestado por hereje. Y más encima, se lo acusaba de haber tenido un hijo, lo que es considerado vergonzoso para un sacerdote. Yo no entendía mucho ni de lo uno ni de lo otro. Lo del hijo resultó ser una simple calumnia y nada más. Lo que yo quería saber en ese tiempo es a qué le llaman ser hereje. Y no iba a ser fácil averiguarlo.
   Al año siguiente, recién me atreví a preguntar. Las primeras veces que lo hice no obtuve más que evasivas. Algún tiempo después logré vislumbrar que un hereje es aquel que sostiene un concepto equivocado acerca de Dios. Entonces, supuse que este Heinrich habría incurrido en eso. Sin embargo, el asunto me dejó inquieto. A tan temprana edad, ya estaba pensando que había algo malo en todo esto. Y me dio miedo de ser también yo un hereje, pues no tenía nada de claro cómo es Dios, por más que me lo explicaban.
   En mi adolescencia llegué a la conclusión de que no es justo castigar a alguien por tener un pensamiento distinto al de la jerarquía.
   Cuando tuve la edad, estudié en la Universidad de Praga, y después, Derecho Canónico en Padua. Al mismo tiempo, trataba de averiguar qué habría pasado con Seuse en todos esos años.
   Casi terminando mis estudios, tuve la información. Seuse estaba viviendo en un convento en Ulm, en el sur de Alemania, quitado de la bulla.
   Me recibí de canónigo, y con tal título me atreví a ir a Ulm a visitar a Seuse. Me dejaron verlo, y conversamos un poco. No mucho, porque el viejo Heinrich estaba muy enfermo, próximo a morir. Me contó que él había caído en desgracia, años atrás, por seguir las ideas de su maestro Eckart Hochheim, quien estaba cuestionado. Sin embargo, a esta altura, Seuse ya está perdonado, y se restauró su prestigio, pero él no quiso salir de su encierro. Se dedicó a escribir, mientras pudo.
   Toda esta historia de Heinrich me tocó profundamente, y condicionó en gran medida la actitud que yo iba a tener en lo que me tocaría vivir.
   Por mi parte, yo me dediqué a predicar, y también fui ordenado presbítero, cuando estaba por cumplir treinta años.
   En ese tiempo tuve buena llegada en la corte. Hasta viví en palacio, durante varios años. En uno de ésos, la emperatriz de Bohemia, que se llama Juana, me pidió que yo fuese su confesor y director espiritual. Los pajes murmuraban, y nos decían los Juanes.
   El rey Wenceslao, esposo de Juana, es un hombre extremadamente celoso. Simplemente, desconfía de su mujer, y anda siempre imaginándose que ella podría serle infiel. No conmigo, por supuesto, si para él yo soy casi asexuado.
   Muchas veces me ha pedido el rey que le contara los pecados de doña Juana. Jamás accedí a decírselos.
   -Soy tumba -respondo yo, invariablemente.
   No es tanto por cumplir la obligación de sigilo, que se supone que los presbíteros tenemos impuesta, sino más bien por respetar la privacidad de la persona que confía en mí. Pienso que la buena relación matrimonial entre ellos no tendría que basarse en chismes de pasillo.
   La famosa obligación de sigilo está muy desprestigiada en estos tiempos. Hay criminales que toman el sacramento de la confesión como si fuera una carta de impunidad. Esto ha ocurrido más de una vez. Incluso, una muy grave..., un cardenal que envenenó a otro, se confesó con un tercer purpurado, y entonces... ¡aquí no ha pasado nada...! ¡No! Es que eso no puede ser. A mí no me vendrían con ese cuento. Jamás protegería a un asesino. En un caso así, no hay sigilo que valga.
   Por otra parte, también he sabido de más de un caso en que la manipulación ha ocurrido en el sentido inverso. O sea, algún presbítero abusador hace mal uso de la información privilegiada que ha logrado tener en una confesión, y en esa forma obtiene ventajas ilícitas a costa del pobre confesado.
   Tampoco caeré en eso, nunca, jamás. Sin embargo, el rey Wenceslao empezó a mirarme con malos ojos. Dejé de vivir en palacio, pero seguí confesando a la reina. Y estudié mucho. Fui nombrado Vicario General del arzobispado. Estando en este cargo sucedió algo que me trajo consecuencias desastrosas. Unos monjes eligieron como abad a uno de ellos, llamado Odelenus, y yo confirmé esa decisión, y lo acepté como legítimo abad. Hasta ahí, estaba todo muy bien, pero al rey Wenceslao no le gustó. Hasta en estos detalles se mete. Es que él quería poner en ese puesto a un conocido suyo.
   El caso es que fui a parar a la cárcel, por oponerme a los deseos del rey, el cual me odia. Creo que este caso del abad fue sólo un pretexto de Wenceslao, para tenerme bajo su pie, pues siguió preguntándome acerca de los presuntos pecados de su mujer.
   Fui sometido a torturas, hasta que la reina se las arregló para liberarme. Ella curó mis heridas. Y así, pude volver a predicar en la Catedral, aunque muy disminuido físicamente.
   Hace unos días, noté que me perseguían unos matones. Varias veces, después de esa, volvieron a estar muy cerca mío. Supongo que para amedrentarme. Hoy, vengo cruzando el río Moldava por el puente nuevo, el que está habilitado, aunque faltan aún unas terminaciones. Este puente se empezó a construir hace muchos años, cuando gobernaba el rey Carlos, que es el anterior a Wenceslao.
   Siento que me siguen. No es primera vez que tengo que correr, tratando de escapar. Otras veces lo he logrado.
   En cambio, ahora me están alcanzando. Entre varios me agarran y me tiran por el borde hacia el río . Voy cayendo, y me parece que el tiempo no transcurriera. No creo que salga vivo de esto.

 

   Juliana de Norwich

   De mi infancia y adolescencia sólo recuerdo la gran peste que asoló a este país, y también a muchos otros. En mi pequeño pueblo de Norwich la mortandad fue feroz. A mí me cuidaron mucho y no caí en la peste. Más bien dicho, caí al final, pero no yo directamente.
   Había alcanzado a tener un novio, aunque sólo por breve tiempo. Un hombre extraordinario, al que quise mucho. Él no era como la mayoría de los hombres, que desprecian a las mujeres. De un día para otro, no lo tuve más. Se lo llevó la peste.
   Lloré mucho su pérdida. . . Por largo tiempo. . . Hasta este año 1373, teniendo yo treinta, cuando me enfermé gravemente. Lo mío no fue la peste sino un problema pulmonar que me tuvo muy cerca de la muerte. Justo cuando un calor efímero empezaba tímidamente en las tardes, me descuidé. Talvez porque no quería seguir cuidándome.
   Me venían unas fiebres altísimas, y los doctores no hallaban qué hacer para espantar mi mal. Más eficaz fue el cura que me dio la extremaunción.
   Durante esa semana de gravedad en que apenas estaba aún en este mundo, y casi un poco en el otro, fue que tuve unas visiones extraordinarias. Tanto, que no quería olvidarlas. Por eso, las escribí como pude, sin siquiera redactar, en aquellos otros momentos en que despertaba al mundo real.
   Y en cuanto sané me puse a ordenar un poquito esos escritos. Al leerlos de nuevo, aprendí un montón de cosas que antes ni me imaginaba. Es que esas visiones que tuve fueron fabulosas. Había visto a Jesús, puesto en una pequeña ciudad eterna, mostrándome la fuente de la plaza. "Esta es tu alma", fueron sus palabras en aquella oportunidad.
   Esa vez creí que me estaba yendo de este mundo, y por eso me atreví a preguntar a Jesús si me iba a mostrar el cielo, el infierno, o el purgatorio.
   -Nada de eso -me dijo, sonriendo.
   Comprendí con claridad que no me estaba yendo del mundo. Simplemente, estaba contemplando el Amor. Y como Jesús me vio preocupada por mi destino, me tranquilizó diciendo:
   -El final será feliz en cada persona.
   -¿Y qué pasa con el pecado...? -pregunté.
   Su respuesta fue tan sabia y esperanzadora que no sé si la transcribí tal cual. Era algo así como "El pecado causa dolor pero no tiene sustancia, no puede prevalecer. Todo se transforma en bien". Eso último me lo tuvo que repetir porque yo no entendía nada.
   Y como seguí preguntando por el infierno infinito, me miró fijamente y me preguntó, a su vez, "¿No te das cuenta de la contradicción que hay en eso? El infierno no es más que una forma de lenguaje para expresar un estado de ánimo de desesperación. Y ese estado que siente en vida el que ha pecado..., se termina en algún momento".
   Por lo menos, ahora sí, lo entendí. Claro, ¿cómo no se me ocurrió antes? Dios no va a inventar un instrumento de tortura, ni mucho menos el que haya de aplicarse en forma desproporcionada.
   -¿Cómo será cuando vengas a juzgar... a los vivos y a los muertos? -pregunté ingenuamente.
   Jesús se mostró comprensivo:
   -He dicho tantas veces... que no vengo a juzgar sino a salvar.
   En eso, vi algo que ocurrió en las afueras de esa extraña ciudad. El servidor de un señor llegó al pueblo. Se le veía alegre y un poco apurado. Dijo que traía una misión que le habían encargado. Con el apuro, no se fijó bien y tropezó en una piedra. Rodó dentro de un barranco. Quedó adolorido y no lograba pararse, pero vino Jesús y lo ayudó. Entonces, el hombre pudo seguir su camino.
   -¿Cómo puedo entender a Dios... y al prójimo? -pregunté.
   Jesús no me respondió aquel mismo día, sino al siguiente. Sus palabras fueron algo así: "Para entender a Dios, antes tienes que entenderte a ti misma... y al prójimo. Ya sabes que eso no es fácil". Un rato después, agregó "Para amar a Dios, antes tienes que amarte a ti misma... y al prójimo". Entendí que esto no debería ser tan difícil.
   Fueron varias mis visiones, y creo que logré ponerlas por escrito de manera adecuada. Entonces, sané del mal que me aquejaba.
   "Bendita enfermedad", digo, y repito, aunque nadie me tome muy en serio. Y lo digo porque cambió mi vida para mejor.

         * * *

   Desde aquella enfermedad han pasado ya cincuenta años. Los he dedicado íntegramente a tratar de entenderme a mí y al prójimo..., y a Dios.
   Aunque no lo he logrado plenamente, por lo menos he podido desentrañar esas visiones y escribir un texto ampliado.
   Para empezar, en aquel mismo momento, hace medio siglo, decidí transformar mi vida. Para ello, me otorgué caracteres monásticos pero, no quise recluirme en un convento, ni tener una abadesa que limitara mi acción.
   Hablé con el cura, que me tenía un gran aprecio. Me facilitó un pequeño departamento, que él llama "celda" y está ubicado en forma contigua al templo de San Julián. El cura me contó que hay muchas mujeres que viven de esa misma forma que yo, y para él era un honor contar con una en su parroquia.
   Mi celda consta de dos habitaciones, una muy pequeña, con una cama, una cómoda y un lavatorio. La otra pieza tiene un sofá, una silla y una mesa, en la cual escribo. Esta habitación sale a un patio, al fondo del cual está el retrete. Desde el principio quise dar a ese patio un carácter más amistoso. Para ello, he estado cultivando flores.
   Hice voto de celibato. Además, salgo muy poco, sólo para conocer mejor al prójimo y para hacer algunas compras mínimas ya que mi alimentación y vestimenta son muy básicas.
   Me he financiado gracias a una herencia que tuve, no muy grande, sólo lo suficiente para sobrevivir.
   Además de orar, meditar y cuidar las flores, mi actividad se centra en descubrir cada día algo nuevo en el mensaje que Jesús me entregó. Todo esto lo voy escribiendo, y aunque no tiene por qué ser aceptado por otras personas, lo comparto con quienes tienen a bien visitarme. Y han sido muchas personas en todo este tiempo.
   Muy cerca de acá, durante mis comienzos, ocurrió algo abominable. Una sangrienta persecución contra los lolardos, seguidores del desprestigiado Wycleff, quien denunció los malos comportamientos de la jerarquía, y luchó siempre por volver a una iglesia pobre y espiritual como la del principio.
   Me apodan Juliana porque vivo en San Julián. A tal punto, que me interesé por conocer algo de la vida de este santo. Sin embargo, no fue mucho lo que logré saber.
   La gente me tiene estimación, pero a la vez critican en mí lo que llaman "atrevimiento..., ¿cómo se me ocurre que una mujer puede tener derecho a escribir?". No lo aceptan, porque el prejuicio está todavía muy fuerte. Están convencidos que una mujer no puede tener algo importante que decir. ¿Y... enseñar...? Eso es ilusorio, según dicen.
   He tenido que revestirme de mucha valentía para insistir en mi camino. Realmente, me atrevo a enseñar que la búsqueda de Dios tiene tres aristas: La primera es buscar con voluntad y alegría; la segunda es tener esperanza durante toda la vida; y la tercera, confiar.
   En muchas partes de mis escritos digo "Jesús" en vez de decir "Dios". Es por la manera como Dios se me manifestó, con ese símbolo. Me cuestioné mucho que tal símbolo fuera masculino, pero difícilmente iba a ser de otra manera. Así ha estado nuestra cultura hasta el momento. Sin embargo, ahora veo que no tenemos por qué imaginar a Dios más masculino que femenino. He ahí un prejuicio que Él (¿o Ella?) me está quitando. Su mensaje es de amor. Y ese amor divino lo veo como amor materno.
   Para mí, éste es el tema esencial.
   Hace diez años vino a verme Margarita, una joven que está en búsqueda, así como yo. Vino varias veces, en poco tiempo. Llegamos a estar en gran consonancia. Ella también decidió ponerse a escribir, sin importarle que eso fuese mal visto.
   Aquel encuentro me dio mucha satisfacción. Ahora, ya estoy próxima a morir, en paz. Sé que veré a Jesús tal como aquella vez, pero imagino que ahora será de un modo más vivo aún.


  Segunda parte.- Entrando a edad rebelde

   Jan Hus

   Tengo que emprender un viaje complicado. Es difícil, no por los obstáculos que pueda encontrar durante el camino, sino por otros albures, en el lugar de destino. Konstanz se llama la hermosa ciudad a la que he de llegar, junto a un lago. No voy de vacaciones, ni nada que se le parezca. Quiero ir porque necesito que me escuchen los cardenales del Concilio. Sobre todo aquel que pasa por sumo pontífice, y se supone que le corresponde esta zona. Él me mandó llamar, a defender lo que considera teorías mías. He de decirle que yo no inventé nada.
   -Adiós, Jerónimo -le digo a mi amigo del alma, y nos fundimos en un abrazo.
   -Adiós, Jan, cuídate... Y ponte firme.
   -Volveré, te lo aseguro, amigo mío.
   -Eres valiente. Si caes en peligro, iré a ayudarte.
   -No será necesario -y agrego-. Tu lugar está aquí.
   Como aún no llegan a buscarme, nos ponemos a conversar, más que nada para calmar nuestras aprensiones.
   -Juan XXIII no es un mal tipo -explico-. Por lo menos tiene la intención de unificar la Iglesia.
   -Sí... unificarla... en torno a su propia persona. No creo que el Emperador se lo acepte.
   -Por lo menos, es mejor que los otros dos Papas, que no quieren la Unidad.
   -¡Oh! Los Papas tradicionales. Mal recuerdo tenemos de esas tradiciones.
   -Un Papa, una vez, declaró que Dios se complacía en que se le rindiese culto en lengua desconocida.
   -Eso fue para que la gente no aprendiera de la fuente misma. Menos mal que nosotros hemos seguido enseñando en nuestra lengua bohemia.
   -Y seguiremos. Tenemos ya la Biblia traducida.
   -Como nos enseñó Wycliffe.
   -No todo lo que enseña Wycliffe es correcto -advierto.
   -Por supuesto. No todo, pero... hemos aprendido de él.
   En eso, se divisan tres jinetes, que vienen hacia acá. Traen un caballo para mí, que me lo han proporcionado unos amigos de la nobleza. Me despido nuevamente, y monto en el animal, lo más cómodo que puedo, con mi escaso equipaje. Ya nos disponemos a salir de Praga, en un día de otoño de 1414 que amenaza lluvia.
   Durante el camino, me las arreglo para pensar un poco. Si encuentro dificultades, podré superarlas gracias al salvoconducto que extendió para mí el Emperador Segismundo. Ese papel que ya empieza a arrugarse es lo que me decidió a hacer el viaje. Creo que una ausencia mía se interpretaría como un reconocimiento de culpabilidad, y no quisiera caer en eso. Es más, espero que estén dadas las condiciones para que mi excomunión sea levantada.
   Es un viaje largo, de varios días. Al pasar por los pueblos, observo que la gente me conoce y me estima. Vienen a mi encuentro y avanzan conmigo unas cuadras.
   Entre pueblo y pueblo, sigo pensando. Qué lesera esto de que haya tres Papas. Cómo pudo caer tan bajo la Iglesia Cristiana. Desde que un Papa francés Gregorio decidió que ya era el momento de volver a la ciudad de Roma, aunque la sede seguía invadida, las cosas no fueron por buen camino. Para peor, muchos cardenales se quedaron en Aviñón, y no fueron esperados para el cónclave, cuando murió Gregorio XI. A pesar de todo, aquellos tuvieron a bien reconocer al nuevo Papa, elegido de tan irregular manera, Urbano VI, italiano, como exigió el pueblo de Roma en una manifestación callejera. Tuvo este Papa la loable ocurrencia de querer extirpar la corrupción de la jerarquía de la Iglesia. Frustrados, los mismos cardenales que lo habían elegido, conspiraron contra él y eligieron otro Papa, Clemente VII, el cual tuvo que huir de Italia, y se refugió en Aviñón.
   La gente se preguntaba cuál es el verdadero Papa, si se excomulgaron mutuamente. Años después murió Urbano VI, en circunstancias muy sospechosas. Talvez algún día se aclare si acaso lo envenenaron. Lo sucedió Pedro Tomacelli, con el nombre de Bonifacio IX. En la otra dinastía, también hubo un nuevo Papa cuando murió Clemente. Eligieron al español Pedro De Luna, que se llamó Benedicto XIII. Siguió la misma situación porque cada nuevo Papa se consideró legítimo.
   Cuando murió Bonifacio IX asistí al funeral, como representante del rey Wenceslao de Bohemia. Ahí conocí al cardenal Baldassare Cossa, que estaba muy impactado por la muerte del Papa Tomacelli. Dejé que aliviara su pena hablándome, en un rato en que estábamos esperando afuera del templo.
   -Fue bueno para nuestra familia -comenzó diciendo don Baldassare- que Pedro Tomacelli se incorporara a ella. Él era cardenal, nada menos, y su hermano acababa de casarse con Giulietta, mi prima favorita, que me cuidaba cuando yo era pequeño, y me cantaba lindas canciones y me inventaba cuentos hasta que yo me dormía.
   Respondí con una simple sonrisa, respetando las emociones de niño que afloraban a sus ojos.
   -Me acostumbré a conversar con Pedro Tomacelli -continuó-, que además ha sido abogado de la familia por muchos años. Napolitano, de ascendencia noble y humilde al mismo tiempo. Hablando con él solía enterarme hasta de los detalles y las anécdotas. Nosotros seguimos fieles al Papa Urbano, aunque a muchos no les gustaba, era el legítimo. Pedro me explicó que, según él, el Papa anterior se vino a Roma antes de tiempo, cuando la Iglesia aún no estaba preparada para ello. Eso no le quitó legitimidad, pero lo debilitó mucho.
   -Siempre he pensado que no puede ser que haya una Iglesia de Roma y otra de Aviñón -dije, siguiendo el tema- ¿Soy de Pedro...? ¿Soy de Pablo...?
   -Claro que no puede ser. Yo quedé muy contento y optimista cuando eligieron Papa a mi pariente Pedro. A mis 19 años, ya empecé a luchar por una Iglesia unida.
   Asentí, con un movimiento de cabeza.
   -Fue tristísimo cuando terminó de morirse Tomacelli -continuó Cossa-, después de estar mucho tiempo enfermo de los riñones. Nunca pude decirle Bonifacio, ni menos Su Santidad.
   Después de una pausa, continuó:
   -Con Giulietta estuvimos siempre atentos a lo que podíamos hacer por nuestro pariente querido, para aliviar sus dolores terminales. El fue buenísimo conmigo. En cuanto terminé mi carrera de Derecho en Bolonia me nombró en un cargo diplomático importante, y como lo desempeñé bien, poco después me ascendió a Nuncio, cuando recién empezaba este siglo. Y también me dio título de cardenal. Todo esto, estando yo en la guerra. Al final, me tuve que salir de la milicia. Se puede decir que Pedro me sacó de ahí, y se lo agradezco de verdad. Con Tomacelli recuperamos una parte importante de los estados pontificios. Sin embargo, todavía no se vislumbraba la ansiada unidad.
   -Ni se vislumbra hoy, tampoco.
   -Recuerdo un antiguo sueño infantil - rió al decirlo- que me mostraba que yo sería el Papa que unifique la Iglesia.
   Preferí reír junto con él. La gente nos miraba con reprobación, y eso que no habían escuchado nada más que las risas.
   Ahora, me río yo solo, cuando recuerdo esa escena, pues es ese mismo Baldassare Cossa el que efectivamente llegó a ser un Papa más, y se llamó Juan XXIII. Y es a él a quien estoy yendo a dar explicaciones.

         * * *

   Arribé a Konstanz en una tarde fría de un otoño que ya terminaba. Me hospedé en casa de una viuda que arrendaba piezas. Se llama Fida, y pertenece a una familia amiga de mi madre. El primer día que llegué, me puse a conversar con la señora Fida, que es muy acogedora. Le conté que tengo 43 años, lo que le pareció sorprendente, pues ella se acordaba de mí cuando era muy pequeño en la pequeña aldea Husinec. Ella evocaba a mi padre, que murió en esa época.
   -Apenas alcancé a conocerlo -dije con tristeza.
   -Tu madre te envió a la escuela de la provincia. Me acuerdo que allí tenías un amigo...
   -Jerónimo. Todavía es mi amigo.
   -¿Es presbítero, como tú?
   -Sí. Allá quedó, en Praga, a cargo de la parroquia.
   -Tu madre procuró que fueras a la Universidad, a pesar de ser muy pobre.
   -Sí. Ella fue conmigo a Praga y se arrodilló para pedirle a Dios por mí. Me aceptaron en la Universidad de Praga, por caridad.
   -Y por el esfuerzo de tu madre.
   -Me pusieron como condición que estudiara mucho. Y así lo hice.
   -Te fue muy bien.
   -Después inicié el estudio de Teología, que me fascinó.
   -Y ahí comenzaron tus problemas.
   -En realidad..., sí, pero no tanto. Pude ordenarme presbítero, sin problemas.
   -Y por tu facilidad de palabra la gente empezó a asistir a tus prédicas... ¿Donde eran? Hasta ahí supe yo.
   -Fue en la capilla de San Miguel. Mira, te sigo contando: Me eligieron para prestar servicios en la corte del rey. Después me destinaron a predicar en la capilla Nueva Belén, una enorme, sólo para homilías.
   -¡Qué bueno! Porque uno no sabe casi nada de la Biblia.
   -Por eso es tan importante mostrarla. Y no en latín.
   -El momento que vive la Iglesia, lo encuentro muy malo.
   -También lo he denunciado. Los peores vicios, no sólo entre los laicos, lo que es peor, en el clero. Y muy especialmente en la jerarquía.
   -¿En la jerarquía?
   -Sí. En la jerarquía, la fornicación y la usura son frecuentes.
   -¿Le pones mucha emotividad...?
   -Soy lo más expresivo que pueda ser.
   -La gente que asiste a esas prédicas, ¿tiene cierta cultura?
   -Desde aristócratas hasta gente muy sencilla.
   -¿Y en tus misas?
   -Igual. Doy la comunión bajo las dos especies, pan y vino.
   -¡Oh! Pero, eso no lo permiten.
   -No hay motivo justificado para prohibir lo que Cristo nos enseña. La Biblia está por sobre el Magisterio.
   -Tengo una cátedra de Teología en la Universidad -agregué después de una pausa.
   -Bueno, si tú lo dices...
   -Hay algo más importante que decirlo. Mostrarlo. Hace un tiempo llegaron a Praga unos actores ingleses que venían a evangelizar. En una plaza pública representaron una escena con la entrada de Cristo en Jerusalén, sentado sobre un asno, y seguido por discípulos descalzos y con túnicas ajadas.
   -Me habría gustado verlo.
   -Y también otra escena con una procesión, en que se veía a un pontífice adornado con costosas vestiduras, montado en un caballo magnífico, precedido por clarines y seguido por cardenales engalanados.
   -Precioso... el contraste.
   -Llegó mucha gente a verlos, y quedamos todos impresionados por ese contraste. Después, los actores tuvieron que salir huyendo.
   -Ya me imagino.
   -Jerónimo y yo nos hemos limitado a denunciar la vida lujosa del clero, y su avidez, y libertinaje. Y la venta de indulgencias.
   -¿Cómo es eso?
   -Tal como suena. Cada Papa ha necesitado financiar sus ejércitos con que combate a los otros dos impostores. Para ello solicitan dinero a los poderosos, a cambio de indulgencias.
   Le hablé de Wycliffe, y sus enseñanzas. Algunas de ellas, heréticas, jamás las he suscrito. Por ejemplo, lo de la transustanciación. Nunca he hablado de eso en mis prédicas porque la gente no lo entiende. Y ahora, que traté de explicarlo a la señora Fida, tampoco entendió absolutamente nada. Es algo muy complejo, intelectual. Sólo para teólogos.
   En casa de doña Fida me dediqué a estudiar, pero antes de eso, al día siguiente a mi llegada fui a ver a Juan XXIII, en una pequeña oficina que habilitó para él el Arzobispo de Konstanz.
   -Buenos días, Su Santidad -saludé.
   -¿Santidad? Después de lo que has andado diciendo de mí...
   -Cortesía, ante todo.
   -Yo hubiera querido abocarme sólo a la unidad de la Iglesia, y ver lo tuyo más adelante, porque si tratamos de abarcar mucho se nos puede ir de las manos lo principal.
   -¿Qué es "lo mío"?
   -Te he llamado porque te acusan de hereje.
   -Jamás he cometido herejía.
   -Yo te creo, pero nadie más te cree, así que será necesario que lo demuestres ante el Concilio.
   -Para eso he venido a Konstanz.
   -Bien, mañana se iniciará el Concilio. Cuando sea oportuno serás citado para que des tus descargos.
   -Allí estaré, cuando me llamen... A pesar de todo lo difícil que me es estar dando explicaciones a aquellos cardenales que han tenido tanta corrupción e inmoralidad.
   -Lo que dices es demasiado fuerte e irrespetuoso.
   -Bueno, pero es que esto debe terminar. Ayer mismo estuve viendo como llegaban a Konstanz una cantidad de prostitutas de alto nivel, para cardenales.
   -Algunos hombres del clero no son capaces de soportar cierta presión en sus cuerpos. ¿Tienes tú alguna solución a este problema? No te voy a preguntar cómo lo haces tú.
   -Yo sólo digo que no seamos hipócritas. Si predicamos contra la fornicación, debemos tener una conducta ejemplar.
   -Hay tantas cosas que mejorar. Antes creía que cuando fuera Papa iba a hacer todo lo que se necesita para la Iglesia, pero no es tan fácil la cosa. La persona puede tener mucha energía, y el cargo puede ser el más importante, y además, tener la razón, pero falta algo. Siempre falta algo.
   -Como eso de las indulgencias que están a la venta.
   -Jan, la Iglesia necesita financiar la tarea titánica de terminar con el cisma.
   -Su Santidad ya es parte de ese cisma.
   -Porque los malditos impostores no han querido renunciar. Mira, Jan, había un Papa legítimo...
   -Gregorio XII... supongo.
   -Y dejó de serlo por andar metido en maniobras desatinadas y desprestigiadas, en contra de cardenales, para poner a sus parientes. ¿Qué íbamos a hacer? Siempre hemos querido la unidad de la Iglesia.
   -¿Qué nos enseña Jesús respecto a todo esto?
   -Jesús tomó el látigo y expulsó a los mercaderes del templo.
   -Eso es lo que yo pretendo... No sigamos vendiendo indulgencias.
   -Contigo no se puede. Te vamos a citar muy pronto, y entonces... compórtate... ¡Ah! Y por favor, no celebres misa ni prediques ni aparezcas en funciones públicas. Mira que eso te complicaría.
   -Está bien. No lo haré.
   Cumplí con lo prometido. En cuanto me despedí de Juan XXIII volví a casa a seguir con mis estudios. Preferí no salir a ninguna parte. En cambio, recibí a varias personas que vinieron a saludarme. En la noche, la señora Fida me contó que vio unos presbíteros llegados de la Bohemia, hablando mal de mí, en plena plaza. Decían que era peligroso tenerme libre. Por la descripción que ella hizo de los tipos, pienso que pueden ser Paletz, Causis y Broda, con los que siempre tuve discusiones en mi país.
   La inauguración del Concilio fue solemne, con campanas al vuelo, en la Catedral. Según me contó después uno de mis visitantes, estuvo presidida por Juan XXIII, y se le consideró como Papa legítimo. Llegó con gran pompa y elegante séquito.
   En la segunda sesión del Concilio, unos días después, Juan XXIII empezó a tener problemas. Se levantaron muchas voces solicitando la abdicación de los tres Papas. Tanto algunos doctores en Teología y en Derecho Canónico, como también varios procuradores de obispos, diputados de las universidades y representantes de los príncipes estuvieron en esta posición. Se programó una tercera sesión para antes de Navidad, en pleno invierno.
   A mí, aún no me llamaban. Probablemente porque Juan XXIII no tenía muchas ganas de mezclar cosas, y lo más importante era, sin duda, la unidad de la Iglesia.
   Pude seguir con mis estudios, y conversar con mis visitantes, muy preocupados por mí. Algo les he hablado de cómo fui cayendo en desgracia, a partir del momento en que el Arzobispo de Praga, que antes me había tenido muy bien evaluado, de pronto me prohibió continuar con mis prédicas. Con Jerónimo, no hicimos caso. Más aún, pedí al Arzobispo que revocara la condenación a las enseñanzas de Wycliffe, pues no todas son heréticas. El Arzobispo hizo quemar los libros del teólogo inglés. Y yo me puse a predicar contra la quema de libros. Poco después, se habían producido disturbios en la calle a causa de haber yo atacado la venta de indulgencias. Hasta en la Universidad se molestaron conmigo.
   -En aquella oportunidad -seguí contando a mis visitantes-, el Papa Alejandro V, de la dinastía de Pisa, ordenó al cardenal Colonna que me citara a la corte de Roma.
   Si bien a ese Papa lo habían elegido con la mejor intención de ser un Papa de unidad, resultó un fracaso, pues ninguno de los dos Papas preexistentes quiso abdicar en su favor.
   Comenté con mis amigos, que por motivos de seguridad, no acudí a aquel llamado, sino que envié representantes. Ahí fue que el cardenal decidió excomulgarme, y a las pocas semanas extendió el castigo a todos los que se consideraran mis seguidores. Hubo nuevos desórdenes callejeros. Yo continué con mis prédicas en la capilla Belén. Para presionarme, la curia decretó un interdicto contra la ciudad de Praga, prohibiendo celebrar misas y sacramentos. Ni siquiera permitía sepultar a los difuntos. Todo eso, mientras yo permaneciera en Praga. Apelé, pero no tuve éxito. Muchos ciudadanos opinaron que yo tenía que dejar la ciudad. A tal punto, que no me quedó más remedio que irme a Husinec, mi ciudad natal, para que pudiera terminar la persecución que sufrían mis conciudadanos. Ahí prediqué, pero a pocas personas. Más que nada, empecé a escribir libros y cartas. En "Sobre la Iglesia" afirmé que el Papado no tiene origen divino, y por lo tanto es lícito denunciar los errores que haya cometido. Me inspiré en la relación que hubo entre Jesús y los saduceos.
   Cuando murió el Papa de Pisa, fue que eligieron en su reemplazo al diácono Baldassare Cossa. Lo ordenaron presbítero, y entonces asumió el pontificado.
   Luego de un par de años, se dio término al interdicto, esa injusta dificultad que afectaba a Praga, y pude volver a esa ciudad.
   El Emperador Segismundo convenció a Juan XXIII de que convocara a un Concilio en Konstanz. Se basó en que ambos querían lograr la unidad de la Iglesia.
   Y aquí estoy, esperando que sea mi turno para mostrar mi inocencia. He sabido que tres patriarcas están participando en el Concilio, además de muchos cardenales y arzobispos. También cientos de doctores en Teología, y otros eclesiásticos. Los reyes han enviado gran cantidad de representantes. Es un concilio multitudinario.
   Los otros dos Papas, Gregorio XII y Benedicto XIII fueron convocados, pero hasta el momento no han venido. Sólo están sus delegados. A ratos pienso que talvez yo tampoco debería haber venido, pero desecho ese pensamiento, pues quiero resolver mi situación. Además, vine con un salvoconducto del Emperador, y adquirí acá una garantía personal de Juan XXIII asegurándome su protección.
   Por eso, no me preocupé tanto al ver llegar una delegación a la casa en que me hospedaba. Dos obispos, el alcalde, y un emisario del gobierno vinieron a buscarme, cuando aún faltaban casi tres semanas para la reunión del Concilio. Me dijeron que venían de parte del Papa, lo cual me pareció extrañísimo, increíble. De hecho, no lo creí.
   -No iré -exclamé airado-. Me presentaré al Concilio, cuando sea el momento.
   Se rieron con descaro. Me acerqué a la ventana, y pude ver soldados, en la entrada, y al parecer, dispuestos a cualquier cosa. No sacaba nada con oponerme. Esto era un verdadero secuestro. Preferí no disponer nada para llevar conmigo. Me despedí de la señora Fida, tratando de aparentar tranquilidad, para que ella lo tomara con calma. Sin embargo, comprendió la situación, y tenía lágrimas en sus ojos cuando me vio subirme al caballo y partir con los obispos.
   Al llegar al palacio episcopal, me recibió el cardenal Pierre D'Ailly, en la misma oficina que hasta hacía poco ocupaba Juan XXIII. Alcancé a preguntarme a mí mismo, si acaso estaría frente a un cuarto Papa.
   Me preguntó si me retractaba de mis herejías.
   -Herejías, no tengo -repuse-. Y si es que tengo algún error, pues muéstreme que es así, y desistiré de él.
   No nos entendimos. Llegó la hora de almuerzo, y el cardenal me hizo pasar al comedor de los monjes, citándome para continuar la reunión más tarde.
   Mientras comía, se me acercó un fraile con su plato, y se ubicó en la misma mesa. Conversamos cosas superficiales, que me hicieron creer que su intelecto era muy simple, hasta que me preguntó por qué no creía yo en la transustanciación.
   -Yo creo -corregí.
   -¿Qué crees acerca de la unión en Jesucristo de ambas naturalezas? -insistió.
   -Bueno..., hay una unión inseparable entre la naturaleza divina y la humana. Es algo sobrenatural.
   Traté de no hablarle mucho, pues el tipo me estaba interrogando. Me levanté de la mesa en cuanto pude. A las cuatro se reanudó la reunión. Esta vez, estaban también mis paisanos Paletz y Causis. Tuve que volver a decir que no tengo problemas con la transustanciación, pues no suscribo ese tema de Wycliffe. Siguieron con acusaciones vagas respecto a cosas muy menores. Lo sustancial del intercambio de opiniones, fue la alusión a algo que he sostenido en varias prédicas. Que si un sacerdote está en pecado mortal no debería administrar sacramentos, y que no es sabio que la jerarquía se deje conquistar por los legados de los príncipes. En esos dos puntos importantes, la discrepancia fue inevitable.
   -No es ninguna herejía -sostuve-, ni tampoco es un error.
   El sol ya se ponía, cuando me dispuse a irme, con una sensación de haber perdido el día. No me dejaron libre, sino que en custodia, en casa de un canónigo. La señora Fida tuvo que traerme ropa, al día siguiente.
   Juan XXIII se molestó con D'Ailly por su manera de actuar, pero no tenía ya su acostumbrado poder para imponerse. En la ciudad circulaba un anónimo, escrito en italiano, desprestigiando a Juan XXIII. Probablemente éste comprendía que no era yo el autor de ese ataque. Sin embargo, si acaso intentó liberarme no tuvo éxito. El poder estaba ya en manos de los cardenales.
   También el Emperador se molestó con la jerarquía pisana, por haber pasado por encima del salvoconducto extendido por él. Sé que ordenó liberarme, pero los cardenales lo convencieron de que no hiciera tal cosa. Que no necesitaba mantener la palabra empeñada con herejes. También lo amenazaron con disolver el Concilio. Segismundo no quería que todo volviera a un punto de partida que había costado tanto superar.
   A la semana siguiente me trasladaron a un monasterio dominico y me pusieron en una celda subterránea, ubicada en el mismísimo punto en que el río Rhin descarga su inmundicia en el lago Konstanz. Me enfermé. Tuve tanta fiebre que creí que iba a morir antes de tener tiempo para defenderme de los injustos ataques.
   Entretanto, el Concilio empezó a actuar como Inquisición. Con jueces de instrucción y fiscales. Elaboraron un acta de acusación en mi contra, y en cuanto estuve un poco mejor de salud, comenzaron a interrogarme usando la brutalidad.
   Mis amigos hacían lo que podían por tratar de sacarme de la prisión, pero lo más que lograron fue que les permitieran verme para darme ánimo, con la excusa de que supuestamente tratarían de que yo me retractase.
   Ellos me contaron que el cardenal Pierre D'Ailly era el más poderoso jerarca de la Iglesia, y que se las arregló para organizar el voto por naciones, y no por personas, teniendo en cuenta que la gran mayoría de los participantes era de Italia. El Concilio dio un Golpe, constituyéndose en autoridad de facto, en lugar de los Papas. Ningún cardenal quiso dar el anuncio. Se le encargó esta ingrata tarea a un simple obispo. Juan XXIII huyó de Konstanz. Disfrazado de sirviente, según los rumores.
    Eso fue lo último que pudieron contarme, pues mi situación empeoró después de la huida de Juan XXIII, y ya no me dejaron recibir visitas. Me volvieron a trasladar, esta vez al castillo de Gottlieben, una prisión propiamente dicha.
   Un par de semanas después llegó Jerónimo a este mismo castillo. Tan encadenado como yo. Era de esperar que eso ocurriese, conociéndolo como lo conozco, él jamás se iba a quedar en la comodidad de un techo seguro.
   Los interrogadores me decían muchas mentiras y frases mal intencionadas. Querían hacerme creer que habían tenido que ir a buscar a Jerónimo porque yo no quería retractarme. Y que mi amigo no lo era tanto, que ya había firmado un documento renegando de sus pensamientos anteriores, y diciendo que yo era hereje. Jamás podrían ablandarme con esas burlas. Siempre he tenido la certeza de que Jerónimo es valiente y decidido.
   A gritos trato da hablar con él, que debe estar en alguna celda cercana. De repente escucho una voz, muy atenuada, es lo que llega de su potente respuesta. No podemos intercambiar información alguna, pero nos damos ánimo. Y nos castigan cuando lo hacemos.

         * * *

   Juan XXIII fue buscado, traicionado por alguien, encontrado, regresado a Konstanz, depuesto y encarcelado. Llegó a Gottlieben en una tarde muy calurosa. A él no le ponen cadenas, tiene un régimen de privación de libertad más benigno, pues sólo es acusado de presuntos homicidios e inmoralidad.
   Yo tenía muchas ganas de conversar con él, pero eso era imposible. Al menos, así me pareció, pero Cossa también quería hablar conmigo, y logró que le permitieran visitar mi celda. No le fue nada de fácil. Insistió durante varios días hasta que los convenció, con el pretexto de que él iba a obtener de mí la retractación. De esa forma, pudo venir acompañado de un guardia.
   El que había sido un solemne Juan XXIII ya no tenía sus lujosas vestiduras ni su rostro estaba sonrosado ni sonriente. Vestía ropa sucia y traspirada, como la mía. Sus ojos y su boca mostraban sufrimiento.
   Empezó contándome que todas las proposiciones de Wycliffe habían sido condenadas en el Concilio. Incluso, se decidió que su cuerpo sea exhumado para quemarlo.
   Cada cierto rato, Cossa echaba una miradita sobre el guardia, para hacerle ver que su presencia atentaba en contra de la presunta gestión de dar vuelta mi pensamiento.
   -La proposición de que las sustancias de pan y vino permanecen al ser consagrados -dijo Cossa, con ánimo de aburrir al guardia- es una herejía que ha sido condenada.
   -Ya lo sé.
   -También eso de que no sería necesario confesar los pecados a un presbítero. Y esa opinión de que el clero no debería tener propiedades. Y que hasta los diáconos puedan darse el lujo de predicar sin la debida autorización del obispo.
   A todo esto, el guardia se aburrió y se retiró, diciendo que ya volvía.
   -No vengo a decirte todo eso -dijo entonces Cossa, bajando un poco la voz- sino que... me remuerde la conciencia el no haber sido capaz de librarte de esta injusticia.
   -Tranquilízate, Baldassare. Sé que no es tu culpa.
   -Jan, es que vas a morir... Y yo quise evitarlo... Y no fui capaz... Una cosa es combatir ideas y otra cosa es ensañarse con las personas.
   -¿Amigos? -nos dimos la mano.
   -He podido comprenderte -señaló Cossa-, cuando el cardenal Zabarella fue el único que intentó defenderme en el Concilio, pero su voz no fue escuchada entre el griterío que se armó.
   Sonreí hasta donde pude.
   Baldassare Cossa me habló y me habló, mientras yo me limitaba a escucharlo, atento, con paciencia:
   -Cuando llegué acá estaba desesperado por no poder alejarme de mi entorno, paseándome como la bestia enjaulada que soy. Ya no podré hacer nada por la unidad, pero espero que igual se esté dando. Con cuarenta años y mucha energía, intenté dar término definitivo a los otros dos papados. Decidí preparar a Zabarella para que sea el único Papa, el de la unidad. Lo nombré obispo, y después cardenal. Es la persona más indicada para guiar a la Iglesia en una senda única, pero ya no parece algo viable.
   -Segismundo es como los niños chicos -continuó después de una pausa-. Si yo no quiero jugar de la manera que sus caprichos determinan, entonces se lleva el juguete, y me quedo sin nada. Así fue como me arrebató el concilio. Nos hemos dicho de todo, y en los tonos más violentos que se han visto en un concilio. Cuando me ordenó que dimitiera le respondí que si acaso estaba loco. A esa altura, daba lo mismo, pues todo estaba perdido. Yo no iba a borrarme así como así. Más tranquilo, le dije que el concilio de Konstanz lo iniciamos para unir a los cristianos, y él estaba ahora contribuyendo a la desunión. Fueron varios días tensos, en que yo estaba ahí, como de piedra. Cada vez más clérigos y cardenales me miraban mal.
   Yo me limitaba a asentir, para dejar que se desahogara.
   -Llegó el momento en que me tuve que desaparecer -continuó-, disfrazado con unas ropas que conseguí. Parecía un perfecto criado. Me puse un bigote, y con el sombrero mi aspecto cambió tanto que nadie me reconoció al pasar, ni al salir de Konstanz. Fui a Sciaffusa, buscando la protección de un duque, que me trató muy bien, y manejó la cosa con discreción. A las pocas semanas, me secuestraron en plena noche cuando todos dormían. Segismundo me trató de inútil, indigno, hereje, y dañino para la Iglesia. Maldigo la hora en que se me ocurrió aliarme con él. Yo mismo me puse la soga al cuello.
   -La oración te va a servir mucho para pacificar tu alma.
   -Siempre me han venido visiones de un personaje vestido de blanco, que trata de conversarme y yo no entiendo todo lo que me dice. Ahora, más que nunca, no dejo de tener esas imágenes dentro de mí. El personaje de túnica blanca trata de hablarme y decirme cosas importantes, pero tan bajito que no escucho. Antes, él sonreía y hasta me retaba con afecto, indicándome sabios caminos, a juzgar por unas pocas cosas que logré entender. Lo conozco desde que fui niño. Me ha hablado de unidad y de sacrificio, de fidelidad a Jesucristo. Ojalá yo hubiera hecho lo que tenía que hacer.
   -¿Es como un maestro interior?
   -Algo así. "Soy Angelo" me dijo una vez, y yo pensé que era un ángel del Señor, pero no. Más bien, lo veo como mi pontífice interno, el de la túnica blanca. Hoy ha venido a retarme, esta vez sin su tradicional sonrisa.
   -Ayer en la mañana vino a verme Zabarella -Cossa cambió de tema-. Me dijo “Su Santidad”, al llegar, y también al irse, y como me dio risa, él se contagió, y entonces soltamos una carcajada los dos. Fue una buena manera de distendernos.
   Yo también reí, y en eso entró el guardia apurándonos:
   -Ya pues, ya pues, la visita terminó.
   Baldassare tuvo que salir a empujones, y al día siguiente fue trasladado a otro castillo, en Heidelberg. Los dos quedamos mejor después de esta entrevista. Me sirvió cuando tuve que enfrentar al Concilio, más bien dicho a los inquisidores.

         * * *

   Débil, enfermo y encadenado, acudí a la primera sesión formal del juicio. El cardenal golpista D'Ailly se había constituido como juez. Al obispo Lodi le encargaron actuar como fiscal. No había abogado defensor. El público estaba formado por algunos ruidosos miembros del Concilio, que me llenaron de insultos y hasta escupos.
   -Yo esperaba otro recibimiento -dije con tranquilidad.
   No se pudo avanzar mucho en esta parodia, que fue tan injusta y grotesca que el Emperador decidió asistir a la segunda sesión, dos días después.
   Se me acusó de haberme opuesto a la quema de libros de Wycliffe.
   -Esa condenación no se hizo de acuerdo a las Sagradas Escrituras -me defendí-. Algunas de las proposiciones de Wycliffe las tengo por verdaderas. No así otras.
   Intenté entrar en el detalle de esos artículos. No fue admitido dicho intento. Me acusaron de haber puesto en duda la condenación eterna de Wycliffe.
   -Yo no puedo afirmar si tal o cual persona se condenará o se salvará -dije, simplemente, sin entrar en profundidades pantanosas-. Eso lo sabe sólo Dios.
   Me trataban de "Caín", "Judas", "serpiente", y otros epítetos peores. Se escuchaban gritos "¡A la hoguera!".
   -Apelo a Cristo, que es el supremo juez -exclamé-. La Iglesia está sin cabeza visible, pero Jesucristo sigue gobernándola.
   Estas palabras cayeron pésimo, como un desacato a los impostores. No merecen ser respetados.
   -¿Cómo voy a retractarme de doctrinas que jamás he enseñado? -insistí.
   Se armó una trifulca de quejas entre público e inquisidores, porque algo de razón parcial me encontraban algunos.
   -Los herejes agregan una porción de verdad a sus doctrinas falsas, para engañar a la gente simple -intervino un cardenal veneciano cuando se calmó un poco el ambiente.
   Fueron muchos los intentos de convencerme que me retractara.
   -Antes que nada, la verdad -volví a decir, pues no me parecía que tuviera que renunciar a ella.
   -La Comunión debe recibirse solamente bajo la especie de pan -trató de explicar D'Ailly-, pues se recibe en ayunas. Cualquiera puede imaginar el bochorno que sería mezclar tan magno sacramento, con una inesperada embriaguez.
   -Cristo instituyó el sacramento bajo las dos especies
   -Arrepiéntete de ser un maldito hereje.
   Después de tres días agotadores, volví a mi calabozo, sin sentencia aún. Esperaban mi abjuración, pero yo no estaba dispuesto a eso. Sigo el ejemplo de Jesús. Aquí tengo mi propio y angustioso Getsemaní.
   Una noche soñé con mi capilla de Praga. Yo pintaba en la pared los cuadros del Vía Crucis. Más atrás venían unos jerarcas religiosos, y borraban esas imágenes. Otra noche volví a ese sueño, pero esta vez venían muchos pintores a restaurar los cuadros, poniendo colores muy brillantes. Desperté contento, sabiendo que jamás podrá borrarse la imagen de Cristo, pintada en los corazones de la gente. Vendrán otros que prediquen, después que yo haya muerto. Eso es algo que no se puede matar.
   El Señor me inundó de paz.
   Por última vez fui llevado ante el Concilio, en la Catedral. Se había juntado una asamblea numerosa e impresionante. Mientras duró la solemne misa, me mantuvieron afuera, al lado de la puerta, custodiado por soldados, pero sin mis cadenas. Después de las letanías me llevaron hacia adelante, hasta cerca del altar.
   -¿Cuál es vuestra decisión final? -me preguntaron, como si yo fuera el que toma las decisiones, sean éstas respetables o no.
   -La última decisión que he tomado fue venir hasta este Concilio, bajo la protección del Emperador, aquí presente -manifesté en voz muy alta, fijando mi mirada en Segismundo, cuyo rostro adoptó un intenso tono carmesí.
   Me arrodillé, después de insistir en mi derecho a ser convencido mediante las Sagradas Escrituras. No me acogieron, sino por el contrario, ya tenían la sentencia, la cual fue leída por uno de los obispos.
   La alocución comenzaba enumerando mis supuestas herejías. Una larga lista de observaciones repetidas con distintas formas. En definitiva, lo sustancial puede resumirse en tres puntos: Que desconozco la autoridad y la santidad de la jerarquía de la Iglesia; que apoyo al hereje Wycliffe; y el famoso tema de la predestinación, que nunca lograron entender.
   -Si me retractare de lo que he enseñado -expliqué, levantándome del suelo- ¿con qué cara miraría a las multitudes que me han escuchado? No puedo quitarles la salvación que Dios ya les dio.
   No recibí más que murmullos. Ya no cabía seguir defendiéndome. No se me dio ninguna oportunidad válida para ello. Me destituyeron del sacerdocio, de una manera ignominiosa. Se me acercaron dos obispos con una túnica sacerdotal y me la pusieron. Rezaron una oración, y el obispo lector continuó con la sentencia que me privaba de mis facultades sacerdotales. Los otros dos procedieron con rabia a quitarme la túnica. Pusieron en mi cabeza una mitra de papel, previamente preparada, en la que aparecían figuras de demonios y unas palabras que no alcancé a leer bien, y me causaron una sensación como de "Rey de los Herejes", o sea, un "INRI" especial para mí.
   -Jan Hus -continuó el que leía-, tu alma está dedicada al demonio.
   En silencio, encomendé mi alma a Dios, mientras el obispo aquel pronunció mi condena a morir en la hoguera. Con premura fui llevado al lugar de la ejecución, custodiado por hombres armados, y seguido por los elegantes jerarcas religiosos, y la gente de Konstanz.
   -¡Cristo Jesús, ten piedad de mí! -grité fuerte.
   Me ataron de pies y manos y me sujetaron a la estaca. Pusieron leña y paja a mi alrededor, hasta el cuello. Llegó un verdugo, cuya cabeza estaba tapada por un capuchón. Encendió la hoguera desde atrás, para no verme la cara.
   ¡Aaay... Calor... Dolor... No puedo respirar...!

 

   Basilio Bessarion

   Aunque me llamo Juan, he adoptado el nombre monástico Basilio. Eso, desde hace pocos días, cuando entré como monje en la Orden de San Basilio, a la edad de veinte años.
   Nací en Trebizonda, un puerto del Mar Negro. Mi niñez transcurrió sin dificultades, pero cuando tenía doce años me enteré de algo que me consternó. La muerte de Jan Hus. Encontré que era terrible lo que estaba pasando en la iglesia de occidente. Yo estaba estudiando en Constantinopla, y pude observar que la gente hablaba pestes de los cristianos occidentales. A mí, este asunto me remeció de otra manera. Ellos son tan cristianos como nosotros. Jesús es uno solo, y vino por ellos y por nosotros... y por muchos más, también. Empecé a pensar que tenemos que ayudarles. Y también ellos a nosotros... ¿por qué no? No seamos soberbios.
   Al año siguiente, cuando mandaron a la hoguera a Jerónimo de Praga, mi indignación fue en aumento. Jerónimo era un presbítero muy amigo de Jan Hus, que acudió a Konstanz para interceder por él, y lo apresaron también. Sufrió torturas y angustias, a tal punto que accedió a retractarse. Pero, después, a solas consigo mismo, lo pensó mejor y decidió no someterse, sino ser fiel a su propio pensamiento y a Hus. Y a Jesús, quién nos advirtió "cuando seáis llevados por mi causa, será el Espíritu el que hablará en vosotros". Y así fue como Jerónimo se atrevió a decir ante el concilio "Conocí a Jan Hus desde su niñez. Fue un hombre santo. No lo condenasteis porque hubiera invalidado la doctrina de la iglesia, sino por haber denunciado los escándalos del clero. Yo también estoy listo para morir". Y entonces, fue quemado en el mismo lugar que Jan Hus.
   En toda la Bohemia hubo protestas, que fueron creciendo cada día más hasta convertirse en una verdadera guerra, en contra de la jerarquía romana. Circunstancia que ha sido aprovechada por algunas autoridades civiles, con el fin de incrementar su poder.
   Desde ese tiempo, estoy tratando de descubrir cómo ir a una reconciliación de toda la iglesia cristiana.
   Aquel concilio tuvo también algo bueno. Se terminó el cisma que había, y se eligió un único patriarca de Roma. Se llamó Martín V, y se propuso pacificar a la cristiandad de la Bohemia. Secundado por su legado apostólico Juan Dominici. Éste murió hace ya tres años, y las hostilidades se han reanudado.

         * * *

   Hace ocho años que soy monje, y ahora estoy siendo ordenado presbítero. Es la culminación de un proceso de aprendizaje en que he estado durante todo este tiempo. Tuve clases de Filosofía con Gemistos Pletos. Fue un curso buenísimo, en el cual aprendí acerca de Platón. También escuché al aristotélico Jorge de Trebizonda. Desde ese momento, he defendido a Platón, pero sin atacar a Aristóteles. Es que Platón era un poeta. Su filosofía se radica en lo que observó durante su juventud. Cuando le dieron muerte a Sócrates, un hombre de gran nobleza espiritual, como si hubiese sido enemigo de la sociedad.
   Platón nos muestra la relación entre lo permanente y lo que fluye. Lo que podemos tocar y sentir es lo que fluye. Y todo esto se basa en una idea inmutable. Los objetos que percibimos son reflejos del mundo verdadero. Nuestra alma inmortal percibe lo inmutable. Es así como se despierta el amor.
   En cambio, Aristóteles era un científico. Se interesaba por el movimiento de la naturaleza. Para él, el ser está en el mundo concreto, y los objetos que percibimos son el mundo verdadero.
   Sin embargo, no se puede desconocer que la Ética y la Lógica son el gran aporte de Aristóteles.
   Lo que más diferencia a Platón de Aristóteles es la actitud hacia la mujer. Para Platón, las mujeres tienen las mismas capacidades que los hombres. Y hasta podrían gobernar. Hay muchos que todavía se escandalizan de eso. Platón nos dice que dejar de lado a las mujeres es como funcionar con un solo brazo, dejando de lado el otro. Deberían tener las mismas oportunidades de educación.
   En cambio, según Aristóteles, a la mujer le falta algo. Su virtud es el silencio, la sumisión. Está sometida al hombre, y no tiene derecho a opinar.
   He tenido que vivir muchas situaciones difíciles por ponerme a defender a Platón.
   Hace poco efectué un viaje a Asís para conocer a los franciscanos. De hecho, admiro a San Francisco y Santa Clara. No sólo conocí a los nuevos Hermanos Menores de hoy, sino también a la Hermana Angelina de Marsciano, una persona de gran calidad humana. Ya tiene más de cincuenta años, pero cuando aún estaba saliendo de la adolescencia, y ya era viuda, fue acusada de hechicería, y tuvo que refugiarse en Asís, donde fundó una comunidad, al poco tiempo, siendo ella tan joven.

         * * *

   Desde aquella época he luchado, hasta donde he podido, por volver a unir a los cristianos de occidente y los de oriente, que hemos estado separados por casi cuatro siglos. Y por eso me he interesado en saber lo que está ocurriendo en la Iglesia de Roma. Hace unos años partió el Concilio de Basilea, para tratar el asunto del acercamiento entre los cristianos, y también para ver el problema de los husitas.
   Éstos llegaron a un acuerdo con Roma, ya que se les concedió que puedan predicar libremente, y dar la comunión bajo las dos especies.
   En cambio, en lo que se refiere a unir a los cristianos, el concilio empezó a tener serias dificultades. Tanto fue, que el Patriarca de Roma, Eugenio IV, que también lucha por la unidad, decidió trasladar el concilio a la ciudad de Ferrara, mientras algunos de los clérigos se resistían, y decidieron quedarse en Basilea. Éstos nombraron un patriarca falso, que se llamó Félix V.
   Mientras tanto, y siguiendo con la iglesia oriental, fui nombrado abad de un monasterio basiliano. Y poco después, arzobispo de Nicea, cargo que no alcancé a ejercer, debido a algo fabuloso que ocurrió. Así son los caminos de Dios. El Patriarca de Roma invitó al emperador griego Juan a asistir al concilio en Ferrara, junto a sus más cercanos colaboradores de la Iglesia Oriental. Yo entre ellos, por supuesto, jamás dejaría de sumarme a algo así.
   Me llevé muy bien con Eugenio IV, y no me importa llamarlo Papa. Lo visité varias veces en Vaticano, donde viven ahora los Papas. Conversamos mucho, entre otras cosas, acerca de lo que ha sido su vida: Nació en Venecia hace 56 años, fue elegido Papa hace ocho años. Su pontificado empezó bajo los más negros augurios. El primero fue la aplastante derrota del ejército que luchaba en Bohemia contra los husitas, en Domazlice. El segundo aspecto negativo fue un grave conflicto con la familia de su predecesor, los poderosos Colonna. Después de eso, antes del traslado del concilio a Ferrara, tuvo que salir escondido a Florencia. Al comienzo de ese viaje iba en bote por el Tíber cuando lo descubrieron, y le tiraban piedras.
   El concilio continuó por buen camino, y con mucho trabajo, no sólo para mí, sino también para todos los que quieren la unidad cristiana.
   Hace un par de meses tuve el privilegio de participar en la redacción del importante documento en que se establece la unión de los cristianos. Para mí, se está materializando el gran anhelo de mi vida. Y lo mismo le pasa a Eugenio IV. A todo esto, el concilio se había trasladado a Florencia.
   Hoy, el Papa me ha nombrado Cardenal.

         * * *

   Me desempeñé como arzobispo de Siponto, y seguí ayudando al Papa a integrar otras iglesias. Etíopes, armenios, sirios, caldeos, maronitas, y varios más. Por otra parte, también terminó el cisma de Basilea.
   Ocho años después de haber comenzado la Unión Cristiana, murió Eugenio IV. Lo lamenté mucho, porque era un hombre joven, y con gran espíritu de conciliación entre los cristianos. Como sucesor fue elegido Nicolás V, que no tenía esa misma actitud. Su línea era la de fomentar las artes y las letras, como en un verdadero renacer de la cultura.
   El nuevo Papa me nombró legado papal en Bolonia, con la misión de calmar la discordia que se estaba produciendo en dicha ciudad. Al principio me fue difícil, pero poco a poco fui ganando la confianza de la gente. Así, los conflictos fueron desapareciendo. También hice clases en la Universidad.
   Nicolás V murió muy joven, igual que su predecesor. En el cónclave que siguió a esa prematura muerte, me tocó participar, como cardenal. En el primer día de votaciones tuve una notable cantidad de preferencias, pero después eso fue decayendo, pues los orientales todavía no estamos totalmente aceptados por algunos cardenales. Al final, resultó elegido el valenciano Alfonso Borja, quien tomó el nombre Calixto III.
   Este nuevo Papa es anciano, pero aún así, ha luchado por recuperar Constantinopla, que cayó en poder de los turcos.
   Me acerqué a conversar con él con motivo de la canonización de Vicente Ferrer, un presbítero dominico muy admirado, valenciano también. Me contó toda la historia de este santo, que tenía casi treinta años más que él, y que estudió mucho y fue un predicador extraordinario, claro y profundo, entusiasmaba y daba esperanza a la gente, y también enseñó en la Universidad. Vicente llevaba una vida sencilla y austera, y siempre luchó por la unidad de la iglesia. Él era una persona dedicada a sembrar. Fue confesor de Pedro De Luna, el último patriarca rebelde de Aviñón. Quiso convencerlo de que renunciara, pero eso no resultó, y así fue como se alejaron. A principios de siglo dejó Avignon e inició sus viajes apostólicos, por distintos países. Andaba a pie. Al final de sus días, cojeaba tanto que la gente le consiguió un burro para que se trasladara.
   Calixto me contó una anécdota de Vicente, ocurrida en Florencia. La gente le pedía que predicara, y él no quiso hacerlo. "Vosotros tenéis a Fray Juan" les decía cada vez que la gente porfiaba. Vicente Ferrer estaba afirmando a este Fray Juan, un dominico un poco menor que él, y que trataba de superarse ya que, habiendo sido muy despreciado en su adolescencia, con dificultad había logrado ser aceptado por los dominicos, en ese tiempo, debido a su tartamudez y su simpleza. Fray Juan salía adelante, dedicado al estudio y al arte. Fray Juan es nada menos que Juan Dominici, que llegó a ser arzobispo y cardenal.
   Bueno, pero siguiendo con Vicente, tuvo como ayudante a una monja que después llegó a ser muy famosa, la Hermana Colette, que había sido beguina, después benedictina, para entrar finalmente a la Orden de Santa Clara. Se dice que Colette era milagrosa.
   Calixto me habla maravillas de su sobrino Rodrigo Borja, al cual ya nombró Cardenal, a pesar de ser aún muy joven.
   Algún tiempo después, Calixto rehabilitó la memoria de Juana De Arco, una niña batalladora francesa que murió en la hoguera hace más de veinte años, porque supuestamente habría faltado a la verdad en cuanto a apariciones que decía haber visto, y también por sospecha de herejía. Pienso que es una brutalidad haber asesinado así a esa pobre chica.

         * * *

   Por ese tiempo, me fui de Bolonia. Tuve que renunciar porque tenía mucha oposición por parte de la autoridad civil. Sin embargo, hubo un concurrido acto de despedida, organizado por la gente común, la más humilde y la de clase media, pues me tienen gran estimación.
   Me establecí en Roma, y mi casa se transformó rápidamente en un centro académico de Filosofía Platónica y de otros asuntos culturales. Poco a poco se fue agrandando mi biblioteca, a disposición de los académicos, entre los que se encontraban intelectuales italianos y extranjeros residentes en Roma.
   Después de un tiempo me fui a Pamplona porque me nombraron obispo.
   El pontificado de Calixto fue muy breve, ya que tenía mucha edad. Después de su muerte, eligieron Papa a Pío II, cuya escuela es absolutamente opuesta a la de Eugenio y Calixto.
   Sólo tres años alcancé a estar en Pamplona, pues se produjo como un comienzo de recesión de la unidad cristiana, y la gente me miraba con malos ojos. Dejé Pamplona y volví a mi casa de Roma, la cual volvió a ser centro académico por un par de años más.
   El Papa Pío II me envió a Constantinopla. En calidad de Patriarca, es cierto, pero ese puesto no lo deseaba nadie, sobre todo si estaba nombrado por Roma. Yo me fui gustoso, dando gracias a Dios por este desafío, y con mucha energía para dar vida nueva a la unidad cristiana, de la cual estaba quedando poco. Sin embargo, la gente desconfiaba de mí, y muy pronto comprendí que yo ya no era del mundo oriental.
   Combatí a los turcos desde el púlpito. Pero, estaba muy solo en esto. Duré dos años, y tuve que salir de Constantinopla.
   Regresé a Roma. Mi casa, ya nunca volvió a ser el centro académico que había sido. La gente del mundo occidental tampoco confiaba en mí. Ya no soy de ninguna parte. Yo, que siempre luché por lograr el abrazo de los unos con los otros..., ahora..., ni unos ni otros me consideran uno de los suyos.
   Me da tristeza y decepción. Decidí retirarme. Antes de eso, doné mi biblioteca a la iglesia de San Marco en Venecia. Viajé a Ravena, y acá vivo dedicado a la oración, en la abadía de San Juan Evangelista.

 

   Francisco de Paula

   Nací en la localidad de Paula, en la costa del sur de Italia.
   Mi nombre Francisco se debe a que mis padres se habían encomendado al santo de Asís para tenerme, ya que sus edades eran avanzadas.
   Y como si ese motivo no bastara, mi madre tuvo que encomendarse nuevamente a San Francisco, cuando a los pocos años me enfermé de la vista.
   Sané, y quedamos todos comprometidos a visitar Asís en cuanto pudiéramos. Lo hicimos, a mis catorce años. Esta peregrinación me dejó tan impresionado que decidí dedicarme a la oración. Quería irme de ermitaño en cuanto tuviera la edad para ello.
   No sólo estuvimos en Asís, en aquella oportunidad fuimos también a Roma. Ahí me encontré con una realidad que no imaginaba. Mucho lujo en los templos, y en las vestimentas de los cardenales.
   -Jesús no iba de esa manera -le dije a uno de ellos, el más pomposo.
   Me miró tan feo, que mi padre me sacó de ahí rápidamente.
   Era adolescente todavía cuando entré a un convento, por un tiempo, en Cosenza, cerca de casa.
   Unos pocos años después, ya me retiré a la montaña, en un terreno que es propiedad de mi familia. Durante cinco años me dediqué a aprender a contemplar a Dios, teniendo sólo una precaria alimentación.
   Al final de ese tiempo, la gente me visitaba, queriendo conocer mi experiencia, y hasta con esperanza de que yo pudiera sanarlos de sus males. Yo les repetía lo del Evangelio: Si tienes fe puedes mover la montaña.
   La vida de eremita se me estaba terminando así, de esa manera, justo cuando ya no la iba a necesitar para la oración. Entones, decidí volver al mundo. A partir de ese momento, me las arreglé para fundar grupos de oración, ya que tenía muchos seguidores. Con el tiempo, esos grupos fueron transformándose en monasterios. Algunos de frailes y otros de monjas.
   En ese tiempo, la gente me buscaba para que les hiciera milagros, según cierta fama que se había criado en mí, no sé cómo. Lo que yo hacía solamente era sanar las heridas de sus almas, y fue así como también empezaba a funcionar mejor el cuerpo.
   Un día, llegó hasta mí un enviado papal, quien me hizo muchas preguntas. Es que el Pontífice Pablo II desconfiaba de las historias inverosímiles que le contaban acerca de mí. Por supuesto, tenía toda la razón en no creerse esos cuentos.
   Recuerdo que este Papa Pablo II, cuando recién estaba asumiendo el papado, quiso llamarse Formoso II, en recuerdo de aquel Papa Formoso, de hace varios siglos atrás, cuyo cadáver había sido víctima de una ignominiosa profanación. Sin embargo, el que iba a llamarse Formoso II fue disuadido de ello, pues algunos cardenales no querían pasar por la vergüenza de que se supiera aquel borrón negro, que ha permanecido oculto.
   Conversé con mucha franqueza y humildad con mi visitante, diciéndole qué cosas hago y cuáles no, para que se formara una idea cabal del alcance de mi labor pastoral.
   Mientras tanto, la vida sigue día a día. Yo trato de saber lo que ocurre en el mundo. Con gran pena me enteré de que el templo de la Santa Sabiduría en Constantinopla está ahora transformado en mezquita. Para algo habrá ocurrido eso, me imagino.
   De los monasterios que yo estaba cuidando, nació de repente una Orden nueva. Cuando buscábamos un nombre para ella, recordamos a nuestro santo inspirador, que había creado la comunidad de los Menores. Entonces, nos pusimos "Los Mínimos". Y también, las monjas Mínimas. Muy rápidamente la Orden de lo Mínimos se propagó a España.
   Esta no es solamente una Orden de oración y penitencia. También es de acción, orientada a atender las necesidades de la gente que está en situación de abandono, ya sea por su pobreza o por la opresión a que se ven sometidos. En esto hemos estado trabajando.
   Cuando el rey de Francia Luis XI enfermó gravemente, pidió al Papa Sixto IV que me enviara hacia él, confiando en mis supuestos poderes milagrosos. Al principio yo no quería ir, pero el Papa tuvo que obligarme, así que me armé de valor y acudí a la corte francesa. Y tuve que vivir en palacio, lo cual me complicó en gran medida.
   Mis ayudas al rey no sirvieron mucho, porque él no se abrió nunca a mirarse por dentro. Por lo menos, establecimos un lazo de amistad que a los dos nos hizo bien.
   Lo más notable de este período de mi vida fue conocer a la hija del rey, y su historia triste. Juana es su nombre, y había sido rechazada por su familia desde el nacimiento, pues era deforme. Cuando tuvo más edad empezaron a notarse en ella otros defectos, como la cojera, y baja estatura. Fue enviada lejos de la corte, hasta que tuvo edad de casarse. En ese momento, Luis XI decidió casarla con el duque de Orleans, por razones políticas, y muy a pesar de éste. Juana fue como un ángel para su marido, quien jamás la tomó en consideración.
   La menospreciada princesa me pidió ser su director espiritual, a lo cual accedí con agrado.
   Cuando murió Luis XI, asumió el reinado Carlos VIII. Me retiré de la corte, pues ya no tenía nada más que hacer allí. Continué la dirección espiritual de Juana, por correspondencia.
   Años después, a la muerte de Carlos VIII, el duque de Orleans asumió como rey Luis XII. Inmediatamente anuló su matrimonio, concesión que le obsequió el Papa Alejandro VI, por motivos políticos. Juana optó por retirarse de la corte.
   A propósito de Alejandro VI, dicho Papa Borgia era un hombre inmoral, indigno del cargo que ostentaba. Hasta orgías organizó en el Vaticano. Lo que más le preocupaba era el progreso material de su familia. Y condenó a la hoguera al dominico Savonarola, quien denunciaba los excesos del Papa. Acusó de hereje a Savonarola, pero esa versión no tenía como sustentarse, pues, la teología de este dominico era la tradicional.
   Por ese mismo tiempo, Juana fundó la Orden de la Anunciación, lo cual fue un gran paso para ella. Poco después, murió, a temprana edad. A su funeral acudió mucha gente, pues era una persona muy querida. El rey Luis XII lloraba arrepentido.
   Pero, el gran drama de la Iglesia Católica en este tiempo es la Inquisición, lo más injusto y cruel que hay. No entiendo cómo personas religiosas que dicen seguir a Jesucristo se prestan para esta matanza y tortura, en nombre de un supuesto dios. Estas quejas, como la mía, no se pueden decir en voz alta, porque el que lo intente, será convertido en cenizas.
   Y ahora ha surgido un libro maligno, escrito por Sprenger y su gran amigo Kramer. Ambos son enemigos acérrimos de las mujeres, a las que nombran como "demonios con tetas y pelo largo". Pues, ese libro ha resultado ser inspiración para inquisidores.
   También llegó la Inquisición a España, con la complacencia de la monarquía, y teniendo como mano ejecutora al siniestro Torquemada, el hombre más odiado y temido.
   ¡Cómo quisiera poder hacer algo! Para terminar con este flagelo. He conversado con muchos gobernantes, confiando en que ellos podrían orientar su poder, por vía diplomática, en el sentido de convencer a la jerarquía religiosa de que abandonen la vía del terror.
   Por otra parte, también con los Mínimos, hemos estado llevando a los familiares de las víctimas una expresión de solidaridad, reconociendo nuestra falta de poder para mejorar las cosas.
   Ya estoy en mis últimos años, y no han sido fáciles.

   

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