ARISTODEMO                    Un lugar literario
La iglesia adolescente         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Tercera parte.- Afirmando personalidad

   El inicio de la Reforma

   Conocí bien a Martin Luther, y por eso quiero ser yo quien cuente esta historia, de cómo se inició la reforma en Alemania. Mi nombre es Johann Von Staupitz, y hoy, en 1524, ya estoy próximo a la muerte.
   El proceso que llevó a la reforma se estaba incubando desde tiempo atrás. La jerarquía de la Iglesia había estado cayendo en excesos, en cuanto a corrupción e inmoralidad. La venta de indulgencias fue algo que empezó muy de a poco. Muchos la deplorábamos, pero otros tantos se limitaban a mirarla como algo anecdótico. Un Papa que quiso poner orden duró menos de un mes y fue envenenado. Lo sucedió un Papa guerrero.
   Mientras tanto, yo siempre seguí siendo muy estudioso. Me doctoré en Teología en Tübingen. A continuación, estuve un par de años como prior en München, y después pasé a ser Decano de la Facultad de Teología en la nueva Universidad de Wittenberg. Yo tenía cuarenta años. Al poco tiempo me nombraron Vicario general de la Orden de los Agustinos, a la que pertenecía en aquel entonces.
   Por ese tiempo, llegó a Wittenberg un joven estudiante llamado Martin Luther, agustino también. Muy buen alumno, con grandes condiciones, a tal punto que lo alenté a que se doctorara en Teología. Muy pronto pasó a ser Profesor en la Universidad.
   Con calma y serenidad, me puse en campaña para reformar la Orden Agustina, pues le encuentro una serie de defectos. Con mucho amor, pero también con firmeza. Como respuesta, tuve una tremenda oposición, que nunca me había esperado. No querían cambiar ni una sola coma a lo estipulado por San Agustín hace más de un milenio.
   Incluso Luther es muy apegado a San Agustín. Para él, nos salvamos por la fe, y no por las obras. Eso, de acuerdo a las enseñanzas de nuestro patrono doctor, respecto a la gracia. Enseñanza que Martin aprendió a pie juntillas. Intenté hacerle ver que las cosas teológicas pueden llegar a ser mucho más complejas que como se veían hace mil años, y que distintos pensamientos nuevos pueden también aportar en gran medida al conocimiento que podamos tener en torno a lo trascendente.
   Fui confesor de Luther. Por su formación de infancia, Martin tenía serias dificultades para aceptar el perdón de los pecados. Yo traté en todo momento de que pudiera sanar ese aspecto de su mente, y creo que finalmente lo logramos, en alguna medida. Martin se dio cuenta que la justicia de Dios no es vengativa ni castigadora, sino misericordiosa.
   Más aún, cuando Luther conoció Roma, supuesta ciudad sagrada, eso fue para él una gran desilusión. También lo conversamos.
   Nuestros pensamientos eran tan parecidos, que nos llevábamos muy bien. Nuestras disconformidades eran las mismas. Él era mi brazo derecho, a tal punto que, cuando dejé Wittenberg recomendé que Luther me reemplazara en mi cátedra de Biblia en la Facultad, ya que él es muy buen profesor. Yo me alejé, hacia el sur de Alemania, sin dejar todavía la Orden de los Agustinos.
    En esos años, había asumido el Papado León X. Éste tuvo la desfachatez de potenciar en gran escala la venta de indulgencias, para las obras de terminación de la Basílica de San Pedro. También hizo una bula ofreciendo absolución de pecados a cambio de dinero, incluso a cuenta de pecados que aún no se cometían. Para mí, esto fue algo que superó mis límites de tolerancia. Empecé a hablar estas cosas en mis sermones. Comprendí que el haber estado disgustado con la forma de ser de los Agustinos era apenas algo menor, comparado con lo de ahora.
   Me pregunté qué estaría pensando Luther, y decidí escribirle para intercambiar puntos de vista. Es que siempre sospeché que su energía juvenil lo iba a llevar lejos. Yo quería saber qué tanto. Así, me enteré que Luther estaba en una actitud de franca rebeldía. Para Luther, el estudio de la Biblia fue crucial. Consideró que todo el mundo debería estar más en contacto con la Biblia. Por eso, según me contó, ya comenzó a traducirla al alemán.
   También me contó de sus prédicas, en las que trataba de convencer a la gente que no cayera en el comercio de indulgencias. No sólo porque es un fraude, sino más que nada porque es una grave ofensa a Dios el pensar que Él esté en consonancia con semejante absurdo injusto. Estuve muy de acuerdo con Martin, y así se lo hice saber en una de las cartas.
   Por otra parte, me enteré de que Luther llegó a ser un gran predicador en el templo principal de Wittenberg. Sin embargo, según me habló en una carta, la gente tenía tal ansia de indulgencia, que no querían alinearse con Luther. Y fue por eso que Martin vio que tendría que hacer algo más radical. Escribió 95 tesis, todas ellas relacionadas con las indulgencias y con el comercio de éstas, indicando cómo deberían ser las actitudes de la Iglesia, en lugar de las que ha adoptado. Envió esa proposición a algunos importantes obispos de Alemania. Su intención era someter el texto a discusión.
   "Lo que enseño", me escribió Martin, "es a depositar la confianza, no en el mérito de sus obras, sino en Jesucristo".
   Hubo un Concilio, el Letrán V, pero en él no se trató el tema de las indulgencias. Fue más bien un concilio político, con un nefasto agregado, la censura de libros.
   Algún tiempo después supe que Luther, al no obtener respuesta de los obispos, había estado pensando cómo hacer públicas sus 95 tesis. Entonces, comprendió cuál era su momento. La Fiesta de Todos los Santos en el castillo de Wittenberg. Ésa era la oportunidad en que llegaba mucha gente a ver las reliquias del elector Federico de Sajonia, adornadas con piedras preciosas. Es que daban indulgencia a los asistentes.
   En plena fiesta, Luther leyó sus tesis, y hasta las había pegado en la puerta del templo, al llegar, en la mañana muy temprano. Junto con ellas, exhorta a los cristianos a discutirlas, para lo cual invita a que lo visiten en la Universidad.
   Luther y sus 95 tesis tuvieron muchos seguidores. No sólo en Alemania, también en otros países. De hecho, el comercio de indulgencias cayó considerablemente.
   Por mi parte, estoy de acuerdo con muchas de esas 95 tesis, pero considero que algunas de ellas no son adecuadas, según mi manera de ver las cosas. Acudí a Wittenberg, para conversar con Luther respecto a eso, y me encontré con una persona con mucha fuerza para llevar adelante su proposición.
   -Mis amigos temen por mi vida -me dijo Martin, con un poco de sonrisa.
   -Y tienen razón... Deberías andar con cuidado.
   -Así es el camino de Jesús. Además, no creo que me maten, pues eso sería contraproducente.
   -Si te fijas bien, verás que tu proyecto consta de dos partes muy distintas. Está lo que podríamos llamar Teología de las Indulgencias, y también lo que se refiere específicamente al comercio de indulgencias.
   -Podría decirse que sí.
   -En esa segunda parte estás brillante, y yo estoy contigo.
   -¿Y en la primera?
   -En la primera, no tanto.
   -¿Por qué?
   -Opino que los seres humanos no tenemos tanta capacidad como para hilar demasiado fino, con ese grado de detalle. En este terreno hay que avanzar con cautela. Recuerda lo que dijo Jesús: "Lo que has ocultado a los sabios lo has mostrado a los sencillos". ¿Entiendes? Aquí hay cosas para revisar, y eventualmente modificar.
   -Nadie más me ha dicho algo así.
   -No creo que sea sólo yo quien piense de esa manera. Puedes contar tus adeptos, pero no puedes contar a los que están en descauerdo, pues esos no vienen a ti. Yo vine porque soy tu amigo, y si no lo fuera no habría venido, te lo aseguro.
   No llegamos a nada pero por lo menos lo dejé pensando en el asunto.
   Al año siguiente, Luther fue invitado a una entrevista con el cardenal Cayetano, en Augsburgo. Yo pedí ir como moderador, ya que supuse que el encuentro sería de debate. Sin embargo, no hubo debate alguno. Roma no estaba dispuesta a dialogar ni debatir, ni siquiera comprender que pueden haber puntos de vista distintos a los propios. Simplemente, su posición era la de obligar a someterse a la autoridad del Papa y del Consistorio.
   -¿Cuáles son mis errores? -preguntó Luther.
   Pero, el asunto no era descubrir si se trataba de errores o no. Había planteamientos distintos a los obligados, y contra eso no había inteligencia que valiera.
   Tres días duró la entrevista. Luther propuso poner sus puntos de vista por escrito para que fueran debatidos abiertamente. Al principio, Cayetano se negó. Entonces, intercedí como mediador, y le supliqué al cardenal que accediera, Finalmente, éste accedió.
   Luther pudo presentar su propuesta, pero ésta llegó hasta ahí, no más.
   Después vinieron otros cuestionamientos y condenas desde varias universidades.
   Luther estaba tratando de reformar la Iglesia desde dentro, o sea formando parte de ella. En todo momento fue ésa su actitud. Y considera que tiene derecho a plantear sus puntos de vista. Ahí está la gran piedra de tope: El Papa León X no le reconoce ese derecho.
   He tratado de que Luther se conforme con ser sembrador y confíe en que sus propuestas madurarán algún día. Sin embargo, él me ha dicho que la jerarquía de la Iglesia va por una senda completamente equivocada, un camino de corrupción e inmoralidad, y es imperioso que enmiende rumbo, ahora ya. En eso, le encuentro toda la razón. Y me esfuerzo por tratar de descubrir una manera cómo esto pudiera lograrse.
   Propuse a mis superiores que promoviéramos la posibilidad de tener una instancia para debatir el tema, a un alto nivel, tomando en serio a Luther. Les hice ver que, en este momento, la Iglesia está enfrentando un problema, y que tendrá que resolverlo, en vez de ignorarlo. Lo único que resultó de ahí es que me empezaran a mirar con malos ojos. De hecho, yo estaba ahí entre medio de Luther y de León X, dos personalidades fuertes e inflexibles.
   El Papa me conminó a abjuar de las propuestas de Luther. Le respondí que no tenía sentido abjurar de algo que jamás he sostenido públicamente. Sin embargo, reconocí la autoridad del Pontífice.
   En resumidas cuentas, por tratar de conciliar posiciones, quedé mal con León X y con Luther.
   -Los Papas tiene el primado por una tradición humana, solamente -me dijo Martin- y no por derecho divino,como ellos pretenden.
   -Sí, pero uno tiene que tener un mínimo de aceptación de las circunstancias existentes, para poder cambiar las cosas.
   Al final, Luther fue amenazado de excomunión, y así y todo, decidió que los ataques del Papa hacia él carecían de valor. Se dejó estar, y..., ocurrió lo que yo más temía: Martin Luther fue excomulgado. En ese preciso instante se terminó eso de estar reformando la Iglesia desde dentro. A partir de entonces, la reforma se estaba efectuando desde afuera. Y con mucha fuerza, pues Luther tiene gran cantidad de seguidores.
   El problema que estaba enfrentando León X se le fue de las manos. Ya no podía hacer nada por solucionarlo. Así, intentó trasladar el fardo a los hombros del emperador Carlos, y como éste es un hábil político, citó a Luther a la Asamblea de Worms, y para ello, le proporcionó un salvoconducto.
   Cuando Luther estaba viajando desde Wittenberg hacia Worms, la gente lo aclamaba. Y le decían que lo de Worms podía ser una trampa, como había ocurrido antes con Jan Hus.
   En Worms, Luther fue conducido a la asamblea parlamentaria imperial. Llegó también el emperador Carlos, con una gran corte. Trataron de obligarlo a retractarse de lo escrito en sus libros. Se negó, y documentó ampliamente su negación. Carlos quería agradar a León, por razones políticas, para conseguir algo, pero respetó el salvoconducto que antes había entregado. Sólo un mes después puso a Luther fuera de la ley.
   Ayudado por seguidores influyentes, Luther se retiró a un castillo, donde quedó privado de libertad. Durante ese encierro se dedicó a traducir el Nuevo Testamento al alemán.
   Por mi parte, yo me retiré de los agustinos y me uní a los benedictinos.
   Luther no me perdona que yo no haya querido ser uno de sus seguidores incondicionales. Soy su amigo, y estoy de acuerdo con él en muchas cosas, pero no en la impaciencia. De hecho, creo que la reforma de Luther va a tener un rápido efecto de mejoramiento de la moral de la jerarquía católica, pero al elevado costo que significa tener una rama de la Iglesia separada del tronco.
   Envié una carta a Martin explicando las diferencias que hay entre nosotros.
   Y ya estoy anciano y cansado.

 

   Antonio Montesinos

   Nací en España, en un pueblito pequeño, cerca de Salamanca. Siempre fui muy estudioso. Ya me acercaba a los treinta años cuado entré a los Dominicos, para ser un predicador. Después de eso, cuando me ordené de presbítero, me asignaron a la ciudad de Ávila, la cual me trató bastante bien.
   Sin embargo, estuve poco tiempo allí, pues me embarqué hacia el Nuevo Mundo, el que había sido descubierto cuando yo cumplí 17 años. Desde entonces que quería partir a las nuevas tierras, y por eso aproveché la primera oportunidad que se me presentó. Junto a fray Bernardo y a fray Domingo, comandados por el prior Pedro de Córdoba, salimos en misión hacia ese destino.
   Llegamos a la isla La Española, y ahí nos instalamos, en una casa muy sobria, en la cual organizamos una pequeña capilla. Vivimos como predicadores que somos, enseñando que Dios es Amor. Y cuidamos a la población indígena, ya que está tan despreciada y esclavizada por otros cristianos colonizadores, apegados a la mentalidad imperialista que ha adoptado el gobierno español para con las colonias. En la nobleza se jactan de ser muy religiosos, pero yo no veo en ellos muchos valores humanos, ni tampoco que estén en consonancia con el evangelio. En cambio, para nosotros es primordial el trabajo pastoral. Cuando bautizamos no lo hacemos de manera autoritaria ni para someter a las personas.
   Llegaron también al Nuevo Mundo otros frailes dominicos, y ya somos un buen número. Entre ellos, uno muy especial, fray Bartolomé De Las Casas. Tiene indios a su servicio, pues está acostumbrado a ser de familia acomodada. Sin embargo, no es abusador con los indígenas, sino se interesa en ir descubriendo su cultura.

         * * *

   Un poco antes de Navidad me tocó predicar en la misa principal de ese domingo. El sermón lo preparamos entre varios, y a mí me encargaron decirlo, talvez porque soy el más decidido de todos.
   Primero, leí el evangelio del día, ése que dice "Yo soy la voz que clama en el desierto...". Es el texto que tocaba. No lo elegí, pero venía como anillo.
   Enseguida, subí al púlpito, y empecé a hablar, sin necesidad de leer:
   -Una voz que grita en este desierto dice que muchos de vosotros estáis en pecado, siendo crueles y tiranos con los indios que tenéis esclavizados.
   Ya se empezaron a sentir murmullos de sorpresa. Nadie esperaba que mi plática no fuera complaciente.
   -¿Con qué derecho lo hacéis? -continué- ¿Con qué autoridad hacéis la guerra a esta gente que estaba pacíficamente en sus tierras? ¿Les dais de comer, siquiera? Ellos están oprimidos y cansados, y se os mueren. ¿Acaso os ha importado eso? Son personas como uno, y tienen alma. Son hijos de Dios, igual que nosotros. Pues, amémoslos como a nosotros mismos. Es lo que Jesús nos enseña.
   No fue una homilía extensa, pero tuvo gran intensidad. El gobernador Diego Colón estaba entre los feligreses, y quedó tan disgustado que, ese mismo día, reunió en su casa a otras autoridades y vecinos de la ciudad para definir los pasos a seguir, a raíz de la prédica que habían tenido que soportar. Decidieron llevar una queja formal ante nuestro prior.
   Así lo hicieron, exigiéndole una retractación pública. Don Pedro los recibió con gentileza, y les respondió que no habría ningún inconveniente en revisar los términos del famoso sermón, para precisar la materia de acuerdo a la doctrina cristiana.
   De esta manera fue que me pasé la Navidad preparando un segundo sermón para el domingo siguiente. Me resultó más o menos parecido al anterior, pues no había cómo hacerlo de otra manera. Agregué que sólo podremos enseñar cristianismo con el ejemplo.
   Después de escuchar la homilía en la misa dominical, en un templo repleto de gente, Don Diego decidió enviar una carta de protesta, dirigida al rey de España.
   Mientras tanto, Fray Bartolomé se acercó a conversar conmigo, resuelto a cambiar en algunos aspectos su forma de vida. De partida, les dio la libertad a los indios que estaban a su servicio. Y de hecho, De Las Casas se ha transformado en uno de los más valiosos defensores de los derechos de los indios.
   Varios meses después, don Diego Colón tuvo la respuesta del monarca, diciéndole que si los frailes persistiesen sean enviados a Castilla en el primer navío, a rendir cuenta al superior de la Orden.
   Así fue como tuve que viajar a España. Junto al franciscano Alonso de Espinar, quien iba enviado por Don Diego, para contrarrestarme. En la Madre Patria no fui bien recibido. Se me cerraron las puertas. Tuve que recurrir a los más variados trucos y situaciones forzadas, hasta que el rey accedió a escucharme. Le conté con detalles las ofensas a que eran sometidos los indígenas. Fui todo lo convincente que pude, a tal punto que el rey convocó a varias personas de respeto para debatir la cuestión. Así, poco a poco fui saliendo airoso de esto. Hasta Espinar concordó conmigo, e iniciamos una gran amistad. Me habló de un franciscano llamado Pedro de Gante, el cual está haciendo un trabajo notable en Méjico. Tengo ganas de conocerlo.

         * * *

   Volví a América, pero esta vez a la isla San Juan. Allí me enfermé, y me venía una fiebre altísima, pero finalmente mejoré de eso.
   En La Española, el padre Las Casas ha hecho una gran labor. Todo el mundo confía en él. Incluso los encomenderos, pues antes fue uno de los suyos. Es por eso que Fray Bartolomé actúa habitualmente como mediador y conciliador.
   Años después me correspondió viajar nuevamente a España, para realizar gestiones que permitieran tener una Provincia Dominica en América.
   En cuanto pude, volví al Nuevo Mundo. Me encargaron ser Vicario de los dominicos en Venezuela. Diez años he estado en esto, con muchos problemas de incomprensión por parte de los colonizadores.
   Me di el tiempo para viajar a Méjico, y así conocer a Pedro de Gante. No me fue difícil ubicarlo, si todo el mundo lo conoce. Me impresionó muy bien. No sólo es un gran misionero, sino también es formador de misioneros. Él da a conocer su método. Muestra el cristianismo a los niños, y también les enseña a leer, a escribir, a cantar, y artes manuales. De ahí, después empiezan a llegar los papás y mamás. Vienen multitudes a pedirle el bautismo.
   Entre ellos, llegó hace algunos años un matrimonio indígena, que después ha dado mucho que hablar. Pedro me contó que al bautizarlos les dio por nombres Juan Diego y María Lucía. Resultaron ser muy religiosos, y hasta místicos. Después que Juan Diego enviudó, María Lucía empezó a estar muy presente en sus oraciones.
   Un día, Juan Diego llegó diciendo que en una de sus caminatas desde su pueblito a Tenochtitlán se le apareció la Virgen María.
   -Y eso le ocurrió varias veces más -me dijo Pedro de Gante- y la gente no quería creer.
   -Es un tema delicado -respondí, pero pienso que para Juan Diego es muy importante la vivencia que tuvo, de cualquier forma que haya sido ésta.
   -Justamente, hemos cuidado mucho ese aspecto.
   No me fue posible conocer a Juan Diego, pues yo tenía que volver pronto a Venezuela.
   Y ahora que ya estoy de vuelta, mi vida no está siendo fácil. Desde hace algunos días tengo la percepción de que me siguen, y no creo que para nada bueno.

 

   Tiempo de reforma

   Creo ser yo la persona más indicada para relatar esta historia. O quizás no tanto... Por lo menos señalar qué me pasa a mí con todo esto. Desde esta mazmorra en que me tienen privado de libertad, y amenazado con adelantarme el fuego del infierno.
   Me llamo Giordano Bruno, y soy napolitano. Las materias de mis estudios han sido la filosofía y la astronomía. Siempre me ha impulsado una necesidad de descubrir qué es verdadero.
   Mucho antes de que yo naciera ya habían surgido varias ramas de la iglesia cristiana, tan rígidas como el tronco. La rama luterana dio la partida a un proceso. Después, en Inglaterra la reforma se inició de manera muy distinta. El rey Enrique VIII se desmarcó del Obispo de Roma, ya que éste le negó el divorcio. Ahí hubo dificultades de tipo político, unidas a un exceso de rigor disciplinario del Papa Clemente VII, ya que fue uno de los Papas con mejor comportamiento en lo sexual, pues tuvo solamente un hijo ilegítimo, en su juventud. Y por otra parte, la fuerza del viento reformista incidió en el capricho del rey. La rama anglicana del cristianismo adoptó gran parte de la doctrina luterana.
   Durante mi infancia y adolescencia se había realizado en tres etapas el Concilio de Trento. Iniciado por Paulo III, un Papa que no era precisamente un ejemplo de vida virtuosa, ni mucho menos. Fue tan controversial el concilio, que tuvo que ser interrumpido dos veces. La segunda parte la llevó el Papa Julio III. Y la parte final, el Papa Pío IV.
   En este concilio se dio satisfacción a uno de los requerimientos propuestos por Lutero. El de corregir el comportamiento del clero. En efecto, se eliminó la venta de indulgencias, y se decretó que los obispos deberán tener capacidad y condiciones éticas intachables, y no podrán acumular beneficios, para lo cual deberán residir en su diócesis. Incluso, el concilio fue un poco más allá aún, y decidió crear seminarios especializados para la formación de presbíteros. Todo esto está muy bien, y constituye un fruto positivo.
   Sin embargo, en Trento no se conformaron con eso, y dieron más normas, algunas excesivamente rígidas, como lo es la obligación de celibato para el clero, la cual no fue adoptada por ninguna de las otras ramas de la iglesia cristiana.
   Por otra parte, se extremó desproporcionadamente la obligación para los fieles de pensar de manera uniforme y aceptar pasivamente las supuestas verdades doctrinales reconocidas por el concilio.
   Esta tendencia a valorar desmedidamente la uniformidad del pensamiento, en lo que se refiere a cosas trascendentes, es una herencia que data desde muy antiguo, cuando la influencia de los emperadores romanos era decisiva.
   Así fue como en Trento se creó un Catecismo conteniendo la doctrina, y un índice de publicaciones prohibidas por atentar contra el pensamiento establecido.
   Entre dichas supuestas verdades doctrinales están las que se refieren a los sacramentos. Una de éstas consiste en mantener vigente la teoría agustiniana del pecado original.
   No entiendo cómo los padres conciliares pueden haber creído que pueden establecer la manera de pensar de las demás personas. Si eso no es factible. Lo más que lograrán es que uno mienta para no ser perseguido. Pero, esto es algo que va a explotar en algún momento.
   Lo peor del Concilio de Trento fue el restablecimiento de la Inquisición, esa horrorosa lacra que parecía ser sólo un mal recuerdo del pasado. Y ahora es una pésima y tormentosa realidad.
   Durante las ejecuciones con fuego, los sacerdotes cantan letanías. ¿Cómo puede ser una cosa así? Se han adueñado del infierno.
   A las autoridades religiosas no les han gustado algunos de mis pensamientos. Sostengo que no existe el pecado original, ni tampoco existe la condenación eterna. Es que esas son ideas absurdas, que contradicen el concepto de divinidad que cualquiera ha de tener.
   Incluso, hasta me han criticado mis estudios astronómicos. Por suscribir que es la tierra la que gira alrededor del sol, y no al revés como se ha creído hasta ahora, me acusan de enseñar falsedades. Peor aún, cuando digo que el sol no es más que una de las numerosas estrellas del universo. Y más de alguna de ellas podría tener planetas en los cuales hubiera vida. Esto último es algo que no sabemos, pero no tenemos por qué negar tal posibilidad.
   Más de diez años alcancé a estar en un monasterio dominico, pero antes de cumplir los treinta de edad, y siendo ya un presbítero, estaba acusado de desviarme de la doctrina, y tuve que huir. Estuve deambulando entre distintos conventos, hasta que llegué a Ginebra, donde estaba instaurada la rama cristiana de Calvino. Decidí canalizar mi adhesión a Jesucristo dentro del calvinismo, ya que el tronco romano me estaba considerando un enemigo.
   Muy pronto me desilusioné, debido a que percibí una gran cantidad de errores doctrinales. Por ejemplo, lo de la predestinación. Al manifestar mis puntos de vista, empecé a ser perseguido por la rígida jerarquía calvinista, a tal punto que nuevamente tuve que salir huyendo.
   Estuve en Inglaterra, donde fui combatido por los anglicanos. Y después en Alemania, por los luteranos. Ninguna rama cristiana quería contar con mi presencia, y sólo por pensar distinto. Entonces, decidí que ya no seguiría metido en ambientes religiosos, sino absolutamente laicos.
   De la intolerancia reinante no se salvó ni siquiera Teresa de Ávila, una maestra extraordinaria, que se atreve a pensar por sí misma, y a ocupar el espacio que Dios le pide que ocupe. Con humildad y perseverancia. Y también con valentía, reprende a los inquisidores. Ella fue acosada por la censura, y hasta tacharon algunas de sus afirmaciones. Y tuvo que comparecer ante el tribunal de la inquisición. Es tanto el terror, que los presbíteros no se atreven a ser para ella consejeros espirituales, pues puede ser peligroso.
   Llegué a París y me puse a trabajar como profesor universitario. Ahí debería haberme quedado, pero no lo hice, porque un mal amigo, de la nobleza veneciana, me convenció de volver a Italia. Era una trampa. Al poco tiempo caí en las redes de la Inquisición, y fui apresado, y traído al Palacio del Santo Oficio, en el Vaticano.
   Mi proceso está siendo llevado por Roberto Belarmino, hombre de mucho prestigio como catequista, recién nombrado cardenal. Es muy culto y habla bien. Sin embargo, yo lo veo como un lobo en piel de oveja. Más falso que Judas. A pesar de pertenecer a la Compañía de Jesús, que es una comunidad muy bien inspirada. Belarmino viene siendo la oveja negra de ese grandioso grupo de hombres, el que nació hace ya varios años en Montmartre cuando Ignacio de Loyola y otros seis compañeros escucharon su intuición y decidieron iniciar un camino.
   Belarmino me ofreció, si me retractaba, ir por dos años a un convento con vino y libros tentadores, y después un traslado a Alemania. En ese momento, no me retracté. Me llamaron hereje por mis opiniones teológicas y astronómicas. En grado menor, se me acusó de faltar a la castidad, con mujeres. Creo que las autoridades religiosas sólo pueden meterse con mis opiniones teológicas, pero no con las astronómicas, pues no es su campo.
   No puede ser que haya tanta rigidez dogmática, no sólo en el tronco sino también en todas las ramas. Puede decirse que estamos recién en el comienzo de la Reforma. Jamás podría ser posible terminar con la rigidez de alguna manera rígida. Eso es contradictorio. Sería como terminar con la violencia, de una manera violenta. O inventar una guerra que termine con las guerras.
   Y yo soy también así, paradojal. Reconozco mi rigidez. ¡Mea culpa! Si voy a morir en esta causa es por eso. No es porque mis pensamientos sean mejores o peores que los de otras personas. Es porque la rigidez conlleva un menosprecio de los pensamientos ajenos. ¡Rigor mortis!
   La iglesia saldrá adelante algún día, y se completará el proceso de Reforma Cristiana. Pero, eso no ocurrirá antes de unas dos o tres generaciones, por lo menos. Cuando haya otros cristianos nuevos, mejores que nosotros los de hoy, que sean capaces de descubrir cómo terminar con la rigidez. No basta con que todos tengamos pensamientos propios. Eso es necesario, pero no suficiente. Es algo que ya comenzó. Falta el complemento. Se necesita que todos estemos abiertos a valorar los pensamientos de otras personas, tan legítimos como los propios.
   Jesús ha dicho "Te alabo, padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has mostrado a los sencillos". Se refiere a las cosas divinas. De nuevo tengo que decir ¡Mea culpa! Siempre me he considerado formando parte de los sabios y entendidos. A pesar de admirar esta palabra de Jesús.
   Cuando me empecé a dar cuenta de todas estas cosas, intenté retractarme. Sin embargo, ya no era posible. Muchos pensamientos ya habían quedado escritos. Y poco antes yo había afirmado "Si me retracto será una mentira". Me condenaron igual.
   Y aquí voy, caminando lentamente hacia ese injusto infierno adelantado que han decretado para mí.

 

   José de Cupertino

   Mi muerte ya se está acercando. Me lo ha dicho Dios con mucho cariño. Tengo sesenta años, que los he vivido de una manera muy especial, ya que Dios así quiso distinguirme, no sé por qué motivo. Hace muy poco tiempo que empecé a darme cuenta de qué cosas pasan por dentro de mi mente, tan calladas y distintas a las de otras personas. Y es por esa diferencia que he de morir en forma prematura.
   Si me comparo con una máquina, se podría decir que nací con algunos tornillos sueltos, lo cual me significó más de algún problema, pero en cambio, privilegió en mí la comunicación con lo divino.
   Hoy quiero revisar lo que ha sido mi vida, pero a la luz de esos nuevos conocimientos que he ido descubriendo de a poco. En el momento de vivir no los tenía y por eso no lograba entenderme, como puedo hacerlo ahora, en mis horas finales.
   Nací en Cupertino, un pequeño pueblito de Nápoles. Mi madre me tuvo en un establo, y no por parecerse a la madre de Jesús, sino porque, con mi padre, estaba huyendo de unos acreedores. Talvez debido a ese detalle se formó en mí una gran veneración por la Virgen María.
   Me costó muchísimo aprender a leer y a escribir. Además no tenía habilidad manual, todo se me caía. Mi mamá fue muy estricta conmigo y no confiaba en que yo pudiera adquirir algún rasgo de inteligencia. Tampoco soportaba a su marido. Me hablaba mal de él, y también me ponía mal con él.
   Desde pequeño yo hablaba solo, y me retaban por eso. Pero, yo seguí conversando con mi amigo imaginario cuando no me veían. Para mí, nunca fue una cosa mala, sino por el contrario, mi vida era así, y no podría haber sido de otro modo. Nunca pude explicarlo. Recordando esa situación, muchos años después, entendí que ese diálogo mío era trascendente.
   En mi adolescencia la gente se reía de mí, o peor aún, muchos se burlaban. Yo no tomaba conciencia de cómo me afectaba eso. Simplemente, el mundo real era inhóspito, y había que convivir con eso. Fui ingenuo, y temeroso de la gente.
   Sólo podía efectuar trabajos menores, simples.
   Mi relación con Dios fue siempre muy buena. Por eso, me pareció bien entrar a la vida monástica. Fui aceptado por los capuchinos como hermano lego, pero antes de un año me expulsaron por inepto.
   Me conformé, pues Dios no está solamente en los monasterios. Sin embargo, mi madre no se conformó. Habló con su hermano menor, mi tío Juan, que es franciscano. Más que hablar, se puso en su supuesto rol de hermana mayor y logró que mi tío se sometiera y me llevara a su convento, donde a él lo habían nombrado Guardián.
   Ingresé a los franciscanos como mandadero, y me vino muy bien porque sentí el afecto que me empezaron a dar los otros hermanos. Tuve todas las facilidades para hacer oración, y hasta me enseñaron una forma de orar, que después supe que se llama Contemplación. Es algo que me transporta a un mundo divino, como si me saliera de lo que llaman mundo real.
   En cambio, salir a pedir limosna no resultó bien conmigo porque lo poco que me daban lo volvía a repartir entre los pobres, y llegaba sin nada al convento.
   Una vez llegó un obispo a visitarnos. Un hombre muy abierto a lo nuevo. Me vio mientras estaba yo en la oración, y le caí bien. Hizo amistad conmigo. Le pidió al hermano Guardián que me prepararan para ser presbítero.
   Le hicieron caso, y quedé bajo la dirección de un hermano erudito para que me adiestrara. Tuve que ponerme a estudiar, a pesar de lo mucho que me costaba. Mi profesor trataba de que yo fuese capaz de explicar los evangelios, pero yo me quedé con Lucas, y de ahí no salía. Y no todo su evangelio, sino algunos pasajes, los que me tocaban más. Por ejemplo, "Bendito el fruto de tu vientre", y ese otro en que Jesús se alegra y alaba al Padre "porque enseñaste estas cosas a los más sencillos y no a los sabios". También la escena de la Marta y la María.
   Para mí, el misterio de la Santísima Trinidad nunca ha tenido nada de misterioso. Lo traté de explicar a los hermanos, pero no me hicieron mucho caso. Tomé mi capa y la doblé en tres, y les dije "Ya está". Claro, no logré darme a entender.
   Cuando fui a dar el examen para diácono tuve una gran suerte. El examinador abrió el libro de los evangelios en cualquier página que resultara, y me salió uno de los textos de Lucas que yo sabía explicar, pues los había asimilado muy bien de tanto mirarlos una y otra vez. Así fue como aprobé, gracias a Dios que me ayudó, en su infinita bondad.
   Seguí estudiando y nadie creía que iba a llegar a ninguna parte. Pero, cuado fui a dar examen para presbítero me tocó mi obispo amigo. Me aprobó sin mucho trámite. Mucho tiempo después comprendí que él valoraba más mi cercanía con Dios que cualquier conocimiento intelectual.
   Mi oración me llevaba a éxtasis, y de pronto, no me daba cuenta que estaba suspendido en el aire, y hasta me desplazaba. Al principio, yo creía que estaba mareado. Sin embargo, otros hermanos me vieron y se maravillaron diciendo "Milagro, milagro". Hoy sé que eso no tenía nada de sobrenatural. Simplemente, la fuerza de la oración era capaz de vencer a esa otra fuerza con que la tierra atrae.
   Una vez terminé la oración encaramado en un árbol, y me costó bajarme.
   La gente se fue enterando de mi levitación, y quería verme mientras oraba. Empecé a retirarme a lugares alejados para orar.
   Durante diez años estuve como presbítero en Cupertino, mi pueblito natal. Venían a mi misa gente de todas las localidades cercanas.
   Después, me pedían que fuera a celebrar en ciudades importantes. Hasta en Asís estuve una vez diciendo misa.
   Cuando murió mi madre, estando yo en otro pueblo, me enteré en una forma que parece mágica, pero no tiene nada de mágica. Es muy natural, aunque no lo sé explicar. Es que mi manera de comunicarme no es la de todo el mundo.
   Los científicos me visitaban, y me decían que a la ciencia le falta aún mucho que caminar, y que lo logrará copiándome. Nunca supe qué responder a eso.
   Exceptuando a los científicos, casi nadie quería creer que me pasaban cosas raras. Mis enemigos, pues también los tuve, me acusaron de estar engañando a la gente. Nunca he tenido intenciones como ésa de que me culpaban. Fui enviado al Superior General de los Franciscanos en Roma y luego al Papa Urbano VIII el cual deseaba saber si era cierto o no lo que le contaban de los éxtasis y las levitaciones que me ocurrían.
   Antes de irme al Padre, quisiera ser capaz de decir a qué he venido al mundo. He sido muy feliz, pero entiendo que uno viene a algo más que eso. Dios me privó de muchas facultades mundanas para resaltar otras facultades que no se entienden muy bien. Entonces, comprendo que soy un mensaje viviente, para dar a conocer esas facultades que pueden surgir apagando otras.
   Sí. Quiero creer que Dios me mandó para eso.

 

   Alfonso de Ligorio

   Nací en Nápoles, dentro de una familia acomodada. Tengo tres hermanos y tres hermanas, todos menores que yo. Cuando era niño, las tías ancianas me decían que iba a ser obispo. No sé de dónde sacaban eso, pero para mí era como una carga pesada.
   Me pusieron un director espiritual, supuestamente para mantenerme en comportamientos santos. Debo decir que no me agradó mucho esa manera de vivir la niñez, pero pude sobrellevarla bien. Me sirvió para orientarme a amistades sanas, y para cultivar la oración.
   Ya tengo veinte años y me he desarrollado en cuanto a estudios básicos para la vida. Siempre he sido estudioso, con buenas calificaciones, a tal punto que ya me he recibido como abogado.
   Me ha impresionado muy bien un filósofo y matemático, llamado Leibniz. Hizo un gran aporte al cristianismo, un verdadero mensaje a las iglesias. Decía que en vez de estar peleándonos unos contra otros, sería más provechoso tratar de comprendernos mutuamente, si todos seguimos a un mismo Jesucristo.
   Me gusta mucho tocar el piano, lo que he estado aprendiendo desde pequeño. Con otros amigos nos juntamos a tocar música, y hasta cantamos, aunque ninguno de nosotros es muy afinado.
   Mi padre quiere que me case con alguna niña de la alta sociedad, e intenta elegir alguna para mí, entre las hijas de sus amigos. Cada vez ocurre lo mismo, una chica amorosa, linda, simpática que después de conocerme un poco mejor, arranca a perderse. Me consideran culto, atento y muy noble, pero ellas preferirían un tipo más corporal, quizás no tan caballeroso como dicen que soy.

         * * *

   Al pasar algunos años, mi desempeño como abogado fue muy exitoso, hasta que tuvo que terminar abruptamente. Yo ganaba muchos juicios, estudiando bien cada situación y planteando argumentos irrebatibles. Todo marchaba de excelente manera.
   Cierta vez, gané un pleito para un importante señor, en contra del duque de Toscana. Debo reconocer que estuve dichoso por un par de días, hasta que me enteré de muy buena fuente que yo había defendido una causa equivocada. Sin lugar a dudas, la razón estaba de parte del duque, y la justicia debería haberlo estado también. Entonces, me sentí pésimo, como nunca antes me había pasado.
   No quise seguir ejerciendo el Derecho. Tan simple como eso. Mi vida cambió completamente, de un día para otro. No quería ni comer. Me puse muy triste, en oración para tratar de salir adelante y superar mi antigua vida.
   En eso estaba cuando fui a visitar a un amigo que había enfermado gravemente. Me sentí bien haciendo ese gesto. Y por eso me puse a pensar si acaso no sería el servicio a los necesitados lo que tendría que empezar a vivir. Sí. Talvez por ahí andaría mi misión.
   Decidí intentarlo, al menos. Mi padre quería hacerme volver a mi vida antigua, pero pronto comprendió que eso era imposible. Y se conformó, no sin pena.
   En el seminario tuve un maestro que nos transmitía las enseñanzas de Juan Eudes, un formador de sacerdotes que vivió en Francia hace como un siglo.
   En el tiempo en que estuve estudiando se produjo el cisma jansenista en Holanda. La doctrina de esa iglesia está basada en la agustiniana, pero contiene una tergiversación en cuanto al alcance de la predestinación. De cualquier forma. como la predestinación está reñida con las enseñanzas de Jesucristo, el jansenismo fue condenado por el Papa. No así la doctrina que impuso antiguamente San Agustín. Creo que ésta habría que revisarla, por lo menos
   Me ordené sacerdote a los treinta años, y desde ahí me dediqué a trabajar con la gente pobre. Principalmente eso, pero también me di tiempo para escribir, y para preparar mis prédicas dominicales, que las daba como si estuviera en la corte de justicia.
   Con la finalidad de evangelizar a los más pobres, contribuí a fundar una Congregación, que la han llamando Redentorista. Ésta fue aprobada muchos años después.
   Durante todo ese tiempo he estado escribiendo el libro "Las glorias de María", y ya lo estoy terminando ahora que ya pasé los cincuenta de edad. En este libro muestro cómo puede llegar a ser muy provechoso rezarle a María. No solamente se reza a Dios. También a los santos. Incluyo una alusión a antiguos escritos que hablan de un gran resplandor que se vio cuando el alma de María subió a los cielos a reunirse con el Padre y con su hijo Jesús. A este tránsito le llaman Asunción.

         * * *

   Hace más de veinte años fui nombrado obispo de Santa Águeda. Mientras estuve en ese cargo, visité varias veces todos los pueblos de la diócesis. Cuando hubo hambre vendí riquezas episcopales para poder alimentar a los pobres. Pero, llegó un momento en que tuve que renunciar, y dar paso a otro más joven, lleno de energía.
   También visité otras diócesis, cuando fui requerido. Una vez tuve que ir a dar una charla en el tema de la devoción a la Virgen María, ya que el libro que escribí ha sido bien conceptuado. Esto fue en un convento de monjas en Pescia, un pueblito toscano. Resultó todo muy bien, y después de ese pequeño evento, el presbítero Luigi, que me había invitado, me llevó a almorzar, no lejos del convento. Y me acuerdo de esto, porque en esa oportunidad Luigi me contó algo sorprendente. La historia de Benedetta Carlini, que hace más de un siglo fue abadesa del convento en que estuvimos. Esta Benedetta tenía visiones místicas que no gustaron a la jerarquía de aquella época.
   -Es que las narraciones de Benedetta -dijo Luigi- eran eróticas y egóticas.
   -¿Y cómo manejaron esa situación?
   -Investigaron... Y descubrieron que Benedetta tenía la costumbre de besarse y acariciarse con otra monja en la cama.
   Luigi me contó que Benedetta tuvo que vivir bajo arresto por el resto de su vida. Y yo me quedé pensativo mientras volvía a mi tierra.
   Dios me ha dado longevidad. Ya tengo noventa años, y se aproxima mi muerte terrenal. Últimamente he tenido gran cantidad de achaques. Ya no veo casi nada, ni tampoco puedo oír lo que me dicen.
   Mientras pueda rezar, estoy vivo.

 

   El abate Molina

   Mi nombre es Juan Ignacio Molina. Nací en 1740, en una hacienda de Linares, ciudad de Chile, colonia que tiene España en América del Sur. Hay allí una naturaleza tan bella, que desde pequeño sentí curiosidad por comprender sus misterios.
   Mi niñez la pasé un poquito más al norte, en Talca, donde unos parientes, desde que mi padre y mi madre tuvieron dificultades. No fue fácil soportar la situación, que parecía orfandad.
   Casi al inicio de mi adolescencia tuve que partir a Concepción, en la costa hacia el sur. Allí estudié en un colegio jesuita.
   Tuve acceso a lecturas piadosas, como los escritos de Sor Francisca, una monja clarisa de Tunja, región del norte de este continente, cerca de Bogotá. En sus "Afectos espirituales" enseña como vivir en misticismo.
   Aprendí también a admirar a Martín de Porres, más conocido como Fray Escoba. Fue éste un monje dominico del Perú, famoso por sus buenas obras como auxiliar de medicina, y también atendiendo niños pobres. Llegó a ser lo que fue, a pesar de grandes dificultades que hubo de enfrentar. Era hijo natural de un español y de una esclava liberada. Su condición de mulato le significó a Martín ser molestado e insultado, además de marginado. Por eso mismo, se le reconoce por su enorme fuerza espiritual.
   Hace unos años me tocó vivir el terremoto del 51. Fue tan largo, que parecía no iba a terminar nunca. Era de noche. Traté de levantarme y me caía cada vez que volvía a intentarlo. La gente rezaba en voz alta. Resultó absolutamente imposible seguir durmiendo esa noche. No sólo quedó inutilizada nuestra casa, y la escuela. Se fue al suelo la ciudad casi completa. Fue un gran dolor, principalmente por la muerte de tantas personas.
   Ahora que tengo quince años he ingresado como novicio a la Orden Jesuita, para adquirir conocimientos religiosos, filosóficos y científicos. Para ello, he tenido que trasladarme a Bucalemu.
   Me atacó la viruela, pero ya me soltó, gracias a Dios, sólo me dejó marcas.

         * * *

   A mis 33 años estoy viajando desde Imola a Bolonia, en este hermoso país.
   De cómo llegué a estar en Italia, es una historia larga. Nunca me habría imaginado que mi vida iba a seguir este extraño curso. Cuando vivía en Santiago de Chile como novicio jesuita, con muy buen pasar, y disfrutando del clima, de la naturaleza y la gente de Chile, no se vislumbraba que fuere a ocurrir ninguna cosa que me sacara de ese estado casi celestial. Sin embargo, ocurrió.
   Los métodos de enseñanza de la Compañía de Jesús en Europa, muy abiertos, empezaron a caer cada vez más mal a los reyes, debido al absolutismo de éstos. Primero en Portugal y en Francia, la Compañía fue expulsada. En el caso de España, el asunto se agravó aún más, debido a la forma poco convencional que, en las colonias, hemos dado a la evangelización. Muy especialmente en Paraguay. El rey de España llegó a estar tan contrariado que ordenó sacar a los jesuitas, no sólo de España sino también de las colonias.
   Yo tenía 27 años y desarrollaba algunos trabajos comunitarios, por ejemplo en la biblioteca. Además, había estudiado varios idiomas.
   Merecíamos un mejor trato. Sin embargo, los soldados nos sacaron de nuestras casas en forma violenta y sin darnos mucho tiempo para juntar unas pocas pertenencias. Nos llevaron a Valparaíso y nos embarcaron hacia Callao, en un barco muy pequeño, lento y débil. Allí nos juntaron con los que venían de otros lugares, principalmente de Lima. Desde allí, en un buque grande con poderosos velámenes, hacia España, por el cabo de Hornos, llegamos al puerto de Santa María, después de varios meses. Ahí estuvimos otros tantos meses, en precarias condiciones, esperando ser informados de nuestros destinos.
   Lo más triste fue perder toda posibilidad de ver a mi madre. Talvez si para siempre. Otra pena fue alejarme de las hermosas montañas chilenas.
   Mi destino resultó ser Imola, en Italia. Allí estuve pocos años. Los dos primeros fueron precarios, debido a la falta de recursos.
   Los italianos me llaman Abate, un término de ellos, que significa algo así como clérigo español.
   El año pasado me ocurrió algo notable. Iba yo caminando hacia el templo, con intenciones de orar, cuando me encontré con un tumulto . En la plaza había un predicador cristiano hablando en italiano con acento inglés. Una turba empezó a increparlo y a lanzarle piedras. La mayoría prefirió alejarse. No pude menos que salir en defensa del hombre. Grité como no lo había hecho nunca. A punta de garabatos chilenos alejé a los rabiosos manifestantes. Llevé al inglés a mi casa, para curarle las heridas, y ofrecerle un té.
   Estuvimos conversando. Se llama John Wesley y tiene más de sesenta años. Ha recorrido varios países de Europa llevando un mensaje.
   -Debido a mi método, en mi país me llaman "Methodist" -me dijo.
   -Lo esencial del cristiano es seguir a Cristo, ¿no?
   -Por cierto.
   Al día siguiente, John partiría hacia Florencia.
   -¡Qué valiente! -exclamé, y le deseé suerte.
   La vida siguió monótona en Imola. Hace unos días me ordené presbítero, y por eso estoy viajando, ya que fui destinado a Bolonia.

         * * *

   En Bolonia ha transcurrido gran parte de mi vida.
   Además de administrar sacramentos y atender el culto dominical, me he dedicado a la oración... Y también a estudiar y escribir, que es mi gran pasión.
   Además, fui profesor de Griego en la universidad Instituto Pontificio.
   Uno de mis libros ha tenido mucho éxito. Es la Historia Natural y Civil de Chile.
   He escrito acerca de analogías entre los tres reinos de la naturaleza y sobre propagación del género humano en las diversas partes de la tierra, y la variación de las especies. Estos temas me valieron ser censurado por la jerarquía. Me acusaron de hereje, a tal punto que un consejo de teólogos examinó mi obra. Por largos años estuve cuestionado. Pero, ya fui absuelto.
   Siempre he querido volver a Chile. Al principio, las condiciones no estaban dadas, en absoluto. En cambio, desde 1820 cuando se consolidó la independencia de Chile, la situación empezó a estar propicia para volver. Se podría decir que empecé a hacer mis maletas, muy ilusionado, pero no me dejaron viajar, debido a mi avanzada edad. Tenía ochenta años, y ya me habían empezado los achaques. Tuve que resignarme, con mucha tristeza.
   Hace dos años murió en Alemania la mística monja de las visiones. Se hizo famosa debido a esas visiones que le venían en tiempo de oración. Supuestamente se refieren a la vida de Jesús y de la Virgen María. El escritor Clemens Brentano ha estado registrando por escrito dichas visiones, por considerarlas de gran importancia. Aún no ha publicado nada. Se trata de experiencias subjetivas, pero no por eso menos importantes. Sin embargo, a raíz del racionalismo y del empirismo reinantes en el mundo de hoy, se les ha dado el carácter de objetivas, porque o si no, "carecerían de importancia", según algunos teólogos. Yo prefiero considerarlas subjetivas importantes, aunque eso sea ir contra la corriente.
   A mis 86 años, mi problema de ahora es la enfermedad. Un dolor al pecho me ha tenido mal. Además, casi no veo, o a lo más, figuras como siluetas. Me es imposible salir a la calle, y presiento que ya puede estar próxima mi muerte.


  Cuarta parte.- Entrando a mayoría de edad

   Juan Bosco

   Nací en Becchi, muy cerca de Turín, en 1815. Prácticamente no alcancé a conocer a mi padre, pues murió cuando yo era aún un bebé. Mi madre campesina tuvo que hacerse cargo del cultivo de la tierra y de su administración. Éramos pobres. Traté de ser fuerte en imponer mi voluntad para que me mandaran a la escuela. En realidad, no es mi voluntad, es la de Dios.
   A los nueve años, en Becchi, tuve un sueño que nunca he olvidado. O sea, uno de gran importancia. Estaba yo en el patio de una escuela. Había un grupo de niños, que se comportaban de manera grosera. Yo les daba puñetazos a algunos de ellos. Entonces, vino un hombre con manto blanco y me dijo "Trátalos con amabilidad..., no a golpes". "¿Quién eres?", le pregunté. Me dijo ser hijo de una mujer a la cual yo saludo. Al instante apareció esa mujer, con vestimenta luminosa. Los niños pasaron a ser perros. Pero, cuando la mujer habló, se convirtieron en corderos. Hasta ahí el sueño.
   Este sueño ha sido recurrente, pues lo volví a tener varias veces, con algunos matices distintos. Entendí que tenía que encontrar ahí un mensaje para mí. Mucho después llegué a creer que el haber descubierto mi vocación sacerdotal tiene mucho que ver con ese sueño.
   Tenía diez años cuando fui a una aldea cercana para asistir a una Misión que allí se daba. Yo era el único niño presente. Eso llamó la atención de un sacerdote, Don José Calosso, capellán de la aldea de Murialdo. Me preguntó quién era, de dónde venía y por qué siendo aún un niño acudía a los sermones de la Misión. Le demostré que entendía los sermones. Me preguntó si acaso me gustaría estudiar. Le respondí que sí, muy entusiasmado.
   -Mi hermano Antonio dice que estudiar es perder el tiempo -le dije a Don Calosso-, que es mejor dedicarse a las faenas del campo. Yo quiero ser sacerdote.
   Don Calosso me tomó bajo su protección y me dio clases durante dos años. Pero, estando yo en mi aldea nativa visitando a mi madre, murió Don Calosso. Tuve que trabajar para poder pagar mis estudios.
   De hecho, cuando niño pastoreé el ganado, y admiré las maravillas de la naturaleza. Y cuando grande me dediqué a la recuperación social de los jóvenes.
   En mi adolescencia tuve otro sueño trascendente. En él, yo iba en una barca que navegaba en un mar agitado, piloteada por un anciano de blanco. Algunas naves pequeñas avanzaban junto a nosotros. Pero, aparecieron otras naves enemigas, que atacaron a las nuestras. Nos rodearon. Cuando todo parecía perdido, dos pilares emergieron desde el fondo del mar. Sobre éstos, había imágenes sagradas. Nuestras naves se acercaron a los pilares y ya no tuvieron peligro de hundirse. Desde las dos columnas salió un viento que hundió a las naves enemigas.
   Entendí que con ayuda de lo sagrado puedo derrotar al mal.
   Estudié latín, que parece ser un idioma sagrado. Mi maestro fue José Cottolengo, del cual aprendí mucho. Ahí conocí también al presbítero José Cafasso, un poco mayor que yo. Bajito y siempre alegre. También me enseñó. Hasta los obispos llegaban a consultarle asuntos de teología. Estudié con él en el Convictorio Sacerdotal de San Francisco de Asís en Turín. Allí había buena formación.
   Cafasso fue quien me enseñó que si no he olvidado aquel antiguo sueño entonces tengo que buscar el mensaje y hacer caso de éste. También me dijo que si tengo muchos sueños, tendría que anotarlos.
   Por esos día tuve un sueño importante, en el que vi venir hacia mí una majestuosa Señora que conducía un rebaño.
   -Juanito -me dijo ella-, confío este rebaño a tu cuidado.
   -¿Y cómo podré hacerlo?
   -No temas, pues yo estaré contigo.
   Y desapareció.
   Hasta ahí el sueño. Antes de levantarme lo estuve repasando. ¿Pastor yo? Eso viene siendo el sacerdocio...
   Ese día, muy contento, fui donde un amigo y le dije:
   -¡Buenas noticias! Esta noche he tenido un sueño, según el cual, llegaré a ser sacerdote.
   -Pero, eso no es más que un sueño -observó el papá de mi amigo. No me desanimó.
   Pocos años después, yo iba a entrar a los franciscanos, preocupado por los problemas económicos, pero a raíz de otro sueño que tuve, que lo conversé con Cafasso, decidí entrar a diocesano. Eso fue a mis veinte años.
   Me dediqué a catequizar a los niños. Yo jugaba como un niño más.
   Fue en ese tiempo que tuve otro sueño de gran importancia. Yo estaba vestido de sacerdote, pero trabajaba en una sastrería, zurciendo ropa deteriorada. Al despertar, caí en la cuenta que no trabajaba haciendo ropa nueva. Le conté el sueño a Don Cafasso. Me ayudó a interpretar, me dijo que, probablemente, mi misión no sea la de trabajar con niños virtuosos, sino con los descarriados.
   A los 26 años me ordené sacerdote en Turín y ya me quedé en esta ciudad. A fines de ese año, estaba yo en el templo de San Francisco de Asís, y llegó un niño que quería ayudar misa, pero no tenía idea cómo hacerlo. El sacristán lo maltrataba. Acogí al niño y le enseñé a ser acólito. Se llamaba Garelli y fue mi primer discípulo. Y siguieron llegando los muchachos, muy pobres, traídos por Garelli. Creé un oratorio. Les enseñé a invocar al ángel de la guarda, que puede librarlo a uno en situaciones de peligro. Los niños aprendían también algún oficio útil.
    Tengo especial cuidado de no acariciar a los niños, ni besarlos, ni nada parecido, pues sería muy difícil no caer en excesos.
   Otros sacerdotes de Turín, que me veían jugar como niño, me creyeron loco, y se fueron a quejar al arzobispo. Estuvieron a punto de mandarme a un manicomio.
   A mis 27 años caí enfermo de tifus. Había epidemia. También enfermó José Cottolengo. Él murió por esta enfermedad, pero yo sané después de algunas semanas.
   Mis sermones dominicales atraían a la gente. Muchos llegaban a que yo los sanara. La verdad es que no tengo ningún poder especial, pero acojo a las personas, les impongo las manos, trato de hablarles como hacía Jesús, "Toma tu camilla y ponte a caminar". Al final, sanan porque tienen una gran fuerza vital.
   "La música y el canto son el alma de una casa", les digo a los que se sienten tristes.
   Durante años me he dedicado a escribir. Libros sencillos, para gente sencilla. Lo importante es que la sana lectura ayuda mucho a vivir mejor. Siento como si he venido al mundo a eso. A llevar la educación a los niños y jóvenes pobres.
   Dejé que los niños vinieran a mí, tal como enseña Jesús. Y cuando necesité ayuda, ésta no era fácil de encontrar. Hasta los sacerdotes más jóvenes y entusiastas se cansaban pronto. Claro, con tanta travesura... Hay que tener paciencia.
   Alguna relación con eso ha de tener un sueño trascendente que tuve. Cierta noche, mientras no me podía dormir, pensaba en el modo de existir del alma; cómo estaba hecha, cómo se podía encontrar y hablar en la otra vida separada del cuerpo, cómo se trasladaría de un lugar a otro; cómo nos podremos conocer los unos a los otros, si después de la muerte no tendremos ya nuestro acostumbrado cuerpo físico. Me parecía todo muy misterioso. Así, divagando, me quedé dormido y me pareció estar caminando por un sendero. Me estaba llamando una persona, y seguí caminando junto a él, con rapidez. No tocábamos el suelo con los pies. Llegamos hasta un palacio en lo alto. Entonces, el guía me enseñó a elevarme levantando los brazos. Así lo hice, y pudimos entrar al palacio. Recorrí varias salas. Mi guía ya no estaba. Encontré un obispo, sentado en un sillón. Era uno que ya había muerto, años atrás... Me acerqué y lo saludé con asombro.
   -Vivo en un lugar de salvación -me dijo-, pero aún no he visto a Dios.
   Me pasó una hoja de papel.
   -Poned el papel al revés -me explicó-. Porque los juicios de Dios son diferentes de los del mundo.
   -¿Me salvaré? -me atreví a preguntar.
   -El Señor hace saber esto a quien quiere, y cuando quiere.
   De repente se produjo un cambio. El Obispo estaba ahora tendido sobre el lecho. Se estaba muriendo. Una fuerza invisible se lo llevó de allí. Yo estaba asustado, y... desperté.
   En este sueño aprendí muchas cosas relacionadas con el alma y con el purgatorio, que antes no había llegado a comprender, y que ahora las veía tan claras que no las olvidaré jamás. Me di cuenta de que yo tenía miedo a que Dios me castigara al llegar al otro ámbito. Entonces, empezó a parecerme que ése es un miedo muy tonto. Si Dios es bueno y misericordioso.
   También obtengo mensajes en mis meditaciones.
   Cerca de mis cuarenta años tuve varios sueños que parecen importantes pero no sé hasta qué punto logré descifrar los mensajes. Por ejemplo, un sueño misterioso: Yo estaba rodeado de clérigos, en el lugar en que había un templo en construcción. Llega un paje de la corte, vestido de rojo, anunciando "Gran funeral en la corte". Cuando quise preguntarle, el paje ya no estaba.
   Al despertar, pensé en lo profético. Incluso, después investigué si había alguien enfermo en la corte. No lo había. Entonces, el sueño estaba apuntando hacia algún cambio importante en mi vida.
   Y un sueño que me gustó: En una plaza vi la rueda de la fortuna. El personaje que la manejaba la hizo girar. Sentí un pequeño ruido, y a cada vuelta de la rueda el ruido era cada vez más fuerte. Al despertar, quise relacionarlo con mi Oratorio y su llegada hacia la gente, siendo la rueda la que simboliza el paso del tiempo.
   Y un sueño que no deja de inquietarme: Salgo de mi antigua casa de Becchi, voy por un sendero hacia el campo. Me encuentro con un hombre moreno de barba, que me saluda, aunque yo no sé quién es. Él pretende hacerme comer de unos higos que se dan por ahí. Como yo no quiero, le digo que no me gustan los higos. Un trecho más allá, hay uvas. Ya no puedo decir que no me gusten las uvas. Entonces, le digo "Dejemos que las uvas maduren bien, no las saquemos antes". Poco después, el sueño se desdibuja.
   Esta pequeña historia onírica alude a la penitencia. A eso de no darme permiso para disfrutar. Sabiendo que hay un tiempo para cada cosa. Disfrutar los bienes que nos da la naturaleza es una manera de agradecer a Dios.
   También disfruté dando clases a niños adolescentes.
   Cuando mis discípulos crecieron y fueron adultos, nos atrevimos a crear una congregación. Esto fue algo que ya estaba en mí desde hacía algún tiempo, por un sueño que había tenido, en que una señora me pasó una cinta, con una palabra escrita, para que la pusiera en la frente de los niños. "Es para que no se dispersen", me había dicho.
   Yo tenía ya más de cuarenta años. El nombre de "Salesianos" que di a la congregación, es por San Francisco de Sales, modelo de amabilidad.
   Esta institución creció rápidamente. Con una misión de comunicación social. Llegado el momento, envié misioneros a la Patagonia, en América del Sur. Poco a poco, los Salesianos se extendieron en ese continente.
   Por algún motivo que no vislumbro bien, fui perseguido, y hasta trataron de matarme.
   Cuatro años después que murió mi madre, la vi en un sueño. Conversamos acerca de paraíso y purgatorio. Ella se puso resplandeciente. Este sueño fue un recordatorio de un mensaje que ya antes había tenido, en cuanto a olvidarme de que Dios castigue, y menos aún de manera eterna.
   Además, se complementa con otro, recurrente, en que avanzo por un largo camino para subir al monte.
   Quiero dar un paso más en mi vida real, y fundar una orden religiosa femenina. Hasta sé cómo se llamará: Hijas de María Auxiliadora. Sé que lo lograré algún día. Y espero que pronto. Ya estoy en conversaciones con la Hermana Mazarello, que tiene una labor muy parecida a la mía, con niñas, en el pueblito de Mornese, cerca de Génova. La conocí en uno de mis viajes de paseo otoñales.
   Mientras tanto, logré conseguir dinero vaticano para construir un templo del sagrado Corazón en Roma. Pero, alcanzó sólo para comprar el terreno. Me fui en gira por Italia y Francia para conseguir fondos. Así hemos logrado completar la construcción.
   Últimamente, mi actividad editorial pasó a responder a una vocación, una idea consciente de ser apóstol a través de mis escritos. Hace poco escribí "Vida de San José" y "Vida de San Pedro". Este último librito me dio problemas con la Congregación Vaticana del Índice. Tuve que ir a defender mi obra.
   Es 1868. Aún no puedo decir "misión cumplida", pero estoy feliz con la vida que he tenido. Si el Señor me llamara quedarían cosas sin hacer, pero me conformaría. En todo caso, sigo vigente y activo.

 

   Acerca de infalibilidad

   He aquí un tema muy puntual al que necesito referirme.
   Mi nombre es Johann Döllinger. Vivo en el siglo XIX, que no parece ser el último. Nací en Bamberg, Baviera, cuando ya expiraba el siglo XVIII. Soy un presbítero católico, pero... no voy a contar mi vida... Lo que quiero es plantear un tema para que sea debatido. No intento decir que yo no pueda estar equivocado. Todos podemos estarlo, si somos seres humanos, imperfectos. Justamente, este pequeño detalle que menciono es central en el tema que quiero tratar.
   Este asunto comenzó cuando al papa Pío IX se le ocurrió pensar que el Sumo Pontífice no debería equivocarse. Hasta ahí está todo muy bien. Pero, su pensamiento dio un paso más. ¿Por qué no considerar que Dios asegurará que los Papas logren no equivocarse?
   Aquí es donde se le pasó la mano. Más que nada porque no podemos decidir qué cosas tiene que hacer Dios. Ese Dios que nos ha dado libertad, para que tengamos la posibilidad de santificarnos. Es el primer regalo que nos ha hecho Dios.
   Muy entusiasmado estaba Pío IX con ese otro regalo distinto que esperaba recibir. A tal punto, que convocó a un concilio para establecer la infalibilidad del Papa.
   A muchos nos pareció mal lo que estaba pasando. Por eso escribí un libro llamado "El Papa y el concilio". En él expongo mis puntos de vista, en términos teológicos. Eso fue antes que comenzara el concilio. El libro cayó muy mal en la jerarquía vaticana.
   El concilio Vaticano I tuvo lugar, de todas maneras. Sin embargo, la mayoría de los obispos se oponía a decretar infalibilidad.
   El concilio no fue ecuménico, pues no hubo participación de ortodoxos ni protestantes.
   Para mejorar sus posibilidades, los ultramontanos introdujeron un cambio a la normativa, permitiendo que los documentos conciliares fueran aprobados por simple mayoría, vale decir la mitad de la asamblea. De todos modos, el Papa tuvo que suavizar considerablemente su premisa para lograr la aprobación con la mayoría mínima.
   De este concilio, varios obispos se retiraron indignados.
   Al final, la palabra "infalibilidad" quedó puesta en la Constitución Dogmática Pastor Aeternus, pero no con la fuerza que hubiese querido el Papa. Solamente quedó una frase alusiva a la infalibilidad que Jesús quería para la Iglesia. Nada más que eso pudo aprobarse, pues está bien decir que Jesús quería que Pedro y sus sucesores no se equivocaran.
   En lo medular, dicha Constitución quedó diciendo que cuando el Papa hable en forma solemne respecto a algún tema de fe o costumbres, lo que él defina no podrá ser reformado.
   Para rebatir la nueva disposición, entre los obispos disidentes hay quienes se fijan en las contradicciones y excesos cometidos por antiguos Papas. Sin embargo, dicha nueva doctrina no apunta al comportamiento, ni tampoco es retroactiva.
   Como corolario de ese postulado, que a duras penas pudo aprobarse, se infiere que si un Papa o alguno de sus sucesores define algo distinto a lo fijado en alguna oportunidad anterior, la nueva definición es válida sin que pueda ser revisada. Claramente, se le está dando máxima autoridad al Sumo Pontífice. Se han basado en ese mandato de Jesucristo, cuando le dijo a Pedro "lo que ates en la tierra será atado en el cielo, y lo que desates será desatado en el cielo".
   Nótese que el Papa tiene derecho a atar, pero también a desatar. Eso es esencial. Pero, no es todo. Los obispos del Vaticano I, que aprobaron la disposición, se olvidaron que ese mismo permiso para atar y desatar lo dio Jesús, en forma plural, al grupo de los doce apóstoles. Está escrito en Mateo 18, 18. Por lo tanto, debe entenderse que es el Concilio Ecuménico el que ha de tener máxima autoridad.
   De aquí se desprende que el haber dado este precepto de "infalibilidad" fue un mal paso, porque nos aleja de la ansiada unidad cristiana.

 

   Nathan Söderblom

   Nací hace 64 años en Trönö, un pueblito que está al norte de Upsala. Ésta es la ciudad donde he vivido gran parte de mi vida, junto al hermoso lago Ekoln, cerca de Estocolmo, la capital. Mi padre era pastor luterano, como también lo he llegado a ser yo. Mi madre procedía de una familia muy religiosa. Por lo tanto, mi formación ha sido cristiana desde siempre. Incluso, más que ser luterano, soy cristiano. Así veo mi pertenencia religiosa.
   Desde niño, siento y pienso que las diferentes ramas del cristianismo no deberíamos estar en conflicto. ¿Por qué ese tironeo entre distintos templos por un mismo Jesús? Sueño con el día de la unidad.
   Durante una primera etapa de mi formación estudié la historia de las religiones. En Upsala, y también en Leipzig.
   En 1890, teniendo yo 24 años, viajé a Estados Unidos a un seminario de cristianismo. Fue una experiencia muy importante para mí. Quedé realmente impresionado. Recuerdo una tarde de oración en que pedí a Dios humildad y sabiduría para la gran causa de la unidad cristiana.
   Tres años después recibí mi ordenación, y me nombraron capellán de un hospital para enfermos mentales.
   Al año siguiente me casé con una gran mujer, Anna Forsell. Nunca dejé de estar enamorado de ella. Con el tiempo, llegamos a tener doce hijos, una hermosa familia.
   Estábamos casi recién casados cuando partimos a París. Siete buenos años estuvimos viviendo en Francia, mientras yo estudiaba en la Sorbonne. En los veranos nos íbamos a Calais.
   Me doctoré en Teología, con una tesis en la escatología de Ahura Mazda, deidad suprema de Zoroastro. Me interesé en ese tema porque su mitología tiene algunas notables similitudes con la judeo-cristiana.
   Volvimos a Upsala, y empecé a hacer clases de Teología en la Universidad. Me dediqué también a escribir. Por ejemplo, varios libros sobre historia de la religión. Y a leer, sin duda. Fue así como me fui enterando de cosas importantes que han ocurrido, aunque la gente tienda a no darles importancia. Por ejemplo, tuvo mucha repercusión un caso de asesinato brutal, ocurrido en Italia. El de la niña Goretti, de once años, por resistirse tenazmente a ser violada por un abusador sexual.
   Y la famosa encíclica "Pascendi" del pontífice católico Pío X. Me interesé en conocerla. En ella se habla de "errores modernistas", refiriéndose a la natural evolución del pensamiento, como si ésta fuera mala.
   Durante catorce años seguí siendo profesor en Upsala, aunque también efectué varios viajes. A Roma, Atenas, y Estambul, que en aquel entonces aún se llamaba Constantinopla.
   De esos catorce años, los dos últimos fueron muy ajetreados ya que, además de mis clases en Upsala, fui también profesor de Historia de las Religiones en la Universidad de Leipzig. Eso me significó tener que viajar hasta dos veces por semana, lo cual resultó agotador.
   Dejé las clases de Leipzig cuando me nombraron arzobispo de Upsala. Desde ahí pude trabajar por la causa ecuménica.
   Por ese mismo tiempo se desencadenó la Gran Guerra, la cual causó estragos, particularmente en Armenia, que se hallaba dividida en dos: la parte occidental, dentro del imperio otomano; y la parte oriental, dentro del imperio ruso. Los armenios occidentales fueron perseguidos por el emperador otomano, acusados de ayudar al enemigo ruso. Algunos fueron deportados, y otros, exterminados, en gran cantidad. Fue un verdadero genocidio.
   Antes del fin de la guerra ocurrió el asesinato del llamado "monje loco", un personaje muy especial, llamado Rasputin. Éste había sido repudiado por ser distinto. Ni mejor ni peor que otras personas. Tuvo gran influencia en la corte del Zar.
   Otro asunto muy importante ocurrió antes del fin de la guerra. En Portugal. Lo que se dijo fue la aparición de Santa María a una niña pastora llamada Lucía, y sus pequeños primos Francisco y Jacinta. La historia misma parece haber sido manipulada. Sin embargo, creo firmemente en la santidad de esos tres niños. Y que hayan tenido visiones místicas en su oración. Lo que sin duda vieron es de gran importancia, pero probablemente ha sido una experiencia subjetiva. Difícilmente María iba a adoptar posiciones políticas. Y los horrores infernales están en la mente de esos niños angustiados por la guerra, sin tener de qué agarrarse, más que la enseñanza medieval que les han inculcado.
   Talvez el único mensaje de Fátima es un llamado a no seguir enseñando atrocidades a los niños.
   Después de la guerra ya hay más tranquilidad para seguir pensando en el ecumenismo. Me he acercado a muchos clérigos católicos para invitarles a hablar de paz. Hasta tuvimos un encuentro en Upsala, pero no fui tomado muy en serio.
   Me acerqué también a los anglicanos. Formamos la Sociedad de Santa Brígida, en honor a esta santa de Suecia, muy venerada por los anglicanos.
   Después escribí una Carta Abierta, y la dirigí a todas las ramas cristianas, incluyendo la reciente checa husita. En este documento sugiero la creación de un consejo ecuménico de las iglesias. Es como una siembra, que si cae en buena tierra dará frutos ciento por uno, algún día.
   Durante años he recorrido templos por todo el país. Son viajes entretenidos, para socializar. No todo ha de ser puro trabajo.
   En 1924 fui a París por unos pocos días, para dar una conferencia en la Sorbonne. Allí me enteré de lo ocurrido a un presbítero católico, llamado Teilhard de Chardin. Este paleontólogo jesuita había escrito internamente un texto crítico sobre el pecado original. Ya que tuve la oportunidad de leerlo, puedo decir que ese escrito estaba bien, ya que une lo científico con lo místico. Era algo que perfectamente podría entrar en un debate. Sin embargo, fue combatido por el Vaticano, al filtrarse el contenido de este artículo.
   Conversé con Chardin. Me dijo: "Algún día el ser humano aprenderá a aprovechar la energía del amor, entonces estará descubriendo el fuego por segunda vez".
   Algo notable me ocurrió ese día, mientras esperaba a Chardin, que estaba ocupado cuando yo llegué a su pequeño despacho. Había otro presbítero, católico, llegado desde un pueblito no muy lejano, y también esperaba a que Chardin se desocupase. Tuvimos una breve conversación con ese cura de pueblo. Chasteigner se llamaba. Muy simpático. No cabía en sí de felicidad, contagiosa por cierto. Me contó algo acerca de la conversión de una famosa artista, llamada Eva Lavalliere.
   -Hace unos años, ella se fue a vivir a un castillo, muy cerca de mi parroquia -dijo.
   -¿Siendo famosa y exitosa?
   -Sí. La farándula no la llenaba. Hasta había intentado suicidarse en una oportunidad.
   -Interesante el caso.
   -¡Ah! La vi una tarde en el parque, sentada en un escaño, se la veía triste. La reconocí y la saludé. Conversamos. Me dijo que estaba retirada de París, para estudiar en tranquilidad su próximo rol. La invité a asistir a la misa dominical.
   -¿Se habrá reído, talvez?
   -Un poco. Me dijo que su presencia iba a ser inconveniente en la iglesia. Traté de convencerla de que Dios la ama. Finalmente, me dijo, con una sonrisa "Iré a su misa, con una condición: Que usted asista a un espectáculo que haremos en una sala de teatro de Tours".
   -¿Y qué hiciste?
   -Le dije que bueno, y me regaló una entrada..., en primera fila.
   -¡Qué notable!
   -Todo sea por llevar la palabra de Jesucristo a todo lugar. Acudí a esa función. La gente me miraba muy raro..., "un cura pecador", decían, sin conocer la realidad.
   -Debe haber sido un momento difícil para ti.
   -Bueno, invoqué al Espíritu Santo, que siempre lo saca de apuro a uno. El caso es que, ella también cumplió su palabra, y asistió a la misa ese domingo.
   -Te felicito, amigo mío.
   -Esa vez, mi prédica resultó bastante buena. Ella siguió asistiendo al culto dominical. Decidió cambiar de vida, completamente. Con llanto me contó acerca de la dura infancia que le tocó vivir.
   -¿Cómo está ella ahora?
   -En una vida de oración. Vendió todo lo que tenía y entregó el dinero para las obras de caridad.
   -Es una buena historia.
   En eso, se desocupó Chardin, y la conversación quedó hasta ahí.
   Al año siguiente organicé un encuentro ecuménico en Estocolmo. Se llamó Conferencia Universal de la Vida y Acción. Se trató de buscar una sociedad justa y en paz. Desde hacía un buen tiempo yo soñaba con hacer esta reunión, para renovar la iglesia cristiana con la fuerza del evangelio. Invité a todas las ramas cristianas. La única que no quiso participar fue la Católica. Lo lamenté mucho. Y así lo expresé en el discurso inaugural, refiriéndome a la iglesia romana como "El apóstol Pedro".
   El tema propuesto fue: Mirar el mundo actual y sugerir soluciones pacíficas a los conflictos. Y el lema quedó enunciado como "La doctrina divide, el servicio es lo que une". De hecho, se evitaron los planteamientos teológicos.
   La Conferencia sentó las bases para un futuro credo ecuménico.
   Fue un primer paso. Una siembra.
   Después de eso, ya no quedaba mucho más que pudiera haberse intentado. Otros cosecharán algún día.
   La ausencia de los católicos es, realmente, un problema serio. Hay que esperar a Pedro, que no corre rápido. Así está puesto en el evangelio de Juan.
   Por el momento, ellos están preocupados de otras cosas. El Papa Pío XI escribió en una encíclica palabras duras contra las primeras iniciativas del movimiento ecuménico. Por otra parte, instituyó una fiesta a Cristo Rey, para realzar la majestad de Jesús. Yo no creo que cuando Jesús habla de Reino se esté asignando majestad ni nada similar.
   Acabo de recibir el Premio Nobel de la Paz. Están reconociendo la labor de muchas personas. Todos los cristianos trabajando juntos por la paz pueden llegar a algo en ese sentido. Eso es lo que queremos lograr. Aunque pensemos distinto y tengamos ritos diferentes. Nos une la palabra de Jesucristo y su mandamiento del amor.

 

   Yves Congar

   Ya me consideran un teólogo formado. A mis 34 años, yo diría que aún me falta bastante para merecer tal denominación.
   Nací en Sedan, en 1904, en el noreste de Francia, muy cerca de la frontera con Bélgica.
   Cuando niño observé algo que resultó ser importantísimo para el camino que he seguido. Esto puede entenderse si se tiene en cuenta que, hasta el día de hoy, los protestantes son despreciados por la jerarquía católica, como si se tratara de gente de mal vivir. A temprana edad me di cuenta que ese prejuicio, derivado de Trento, es injusto.
   Pues, ese hecho tan importante para mi camino ocurrió en plena Gran Guerra. Me dejó profundamente impresionado el gesto espontáneo de un pastor protestante. Con amabilidad, puso una pequeña capilla a disposición del párroco católico, que se había quedado sin templo a causa de un despiadado y desigual combate ocurrido, lamentablemente, en sus cercanías.
   Ese gesto despertó en mí una fuerte inclinación hacia el ecumenismo. Y también una actitud de cuestionar las cosas que me enseñan, pues si Dios me dio la capacidad de pensar por mí mismo, ¿por qué tragarme las cosas como si fueran livianas?
   Aunque antes quería ser médico, en mi adolescencia decidí ser sacerdote. De todos modos, me costó un tiempo considerarme digno. Primero estudié en el seminario diocesano de París. Aprendí a admirar y apreciar la figura de Santo Tomás de Aquino.
   A los 21 años dejé el seminario y entré a los dominicos. Reanudé los estudios en el convento de Le Saulchoir, en Bélgica. Allí aprendí a integrar distintos métodos en el estudio de la teología.
   Estando en Le Saulchoir viajé muchas veces a Bruselas cuando tenía algún día libre. Algunas de esas veces me encontraba allí con unos jesuítas que estudiaban en Louvain, cerca de Bruselas. Un chileno llamado Alberto Hurtado me impresionó muy bien, un gran tipo.
   Por ese tiempo conocí al jesuíta Henri De Lubac, cuyos conocimientos teológicos admiré desde el primer momento. Para mí fue casi como un profesor, ya que es ocho años mayor que yo. Sin embargo, sólo conversábamos muy de vez en cuando.
   Lubac había tenido que pelear en la Gran Guerra, donde fue herido de gravedad. Por eso ha seguido teniendo problemas de salud.
   Tenía yo 25 años cuando ocurrió el tratado de Letrán entre el gobierno italiano y el del Vaticano. La Santa Sede, que había estado al borde de la bancarrota, consiguió que la reconocieran como un estado soberano. Se benefició también con una exención de impuestos, y se le concedió inmunidad diplomática. La Iglesia obtuvo del gobierno italiano una gran cantidad de dinero, en compensación por haber perdido los estados pontificios en 1870. A cambio de eso, hubo que comprometer lealtad al estado italiano, lo cual me parece que es una pérdida de libertad, lo más preciado que Dios nos ha dado.
   Pero, lo peor no es eso. Al obligarnos a cuidar riquezas, el zorro Mussolini, ¡un Satanás!, nos deja amarrados de pies y manos. No me imagino en qué forma lograremos salir de esta camisa de once varas.
   Jesucristo quiere una iglesia pobre. Él dijo "Felices los pobres", y "Qué difícil es para un rico entrar en el reino de Dios".
   El Papa Pío XI encargó la administración de las riquezas a un tal Nogara, amigo de un importante obispo. Nogara ha invertido en todo tipo de empresas, incluidas las de armamento.
   Estamos en una gran contradicción.
   Cuatro años después el Vaticano estableció el Concordato, un acuerdo con la Alemania de Hitler. La Iglesia se comprometió a no inmiscuirse en lo político-social. A cambio de obtener un buen trato para los católicos alemanes, y proteger la enseñanza de la religión. No creo que este tratado tenga tanta importancia, si difícilmente va a ser cumplido por ninguna de las dos partes.
   Fui ordenado sacerdote a los 26 años. Me gradué como lector en teología, y me nombraron profesor de eclesiología en el centro teológico Le Saulchoir.
   Mi tesis versó sobre la “Unidad de la Iglesia”. Es el tema que me apasiona.
   Después, inicié el estudio de la teología del laicado, otro tema de gran importancia para mí.
   Hago mis clases tratando de seguir el camino de la Palabra de Dios que nos interpela a lo largo de la historia.
   El año pasado publiqué un libro de ecumenismo. Se llama "Cristianos desunidos". Al mismo tiempo, se fundó la colección Unam Sanctam, de eclesiología y ecumenismo, en la editorial Du Cerf, de París. El libro cayó muy mal en el Vaticano porque en estos tiempos no se quiere oír hablar de ecumenismo. Dicen que es un movimiento protestante.

         * * *

   Hace dos años que terminó, por fin, la segunda guerra mundial. Europa ya ha empezado a reconstruirse desde las cenizas.
   Mucho antes, hace ocho años, fue el cónclave en que se eligió Papa a Eugenio Pacelli, quien adoptó el nombre de Pío XII. En este cónclave había una mujer presente, sor Pascualina, secretaria del camarlengo. Estaba para asistirlo en caso necesario.
   Pío XII cambió el nombre de la institución que administra las finanzas vaticanas. Igual, la gente sigue llamándole Banco Vaticano.
   Fue a los pocos meses de tener un nuevo Papa, que estalló la guerra. Me tuve que enrolar como oficial del ejército francés. No duré mucho en la batalla, pues caí prisionero de los alemanes. Me pusieron en el castillo de Colditz, relativamente benigno, si lo comparamos con otros campos de prisioneros, pues este recinto era sólo para enemigos militares. Hasta nos permitían usar nuestro propio uniforme, que después de un tiempo ya estaba sucio y ajado.
   En Colditz tenía camaradas para conversar y eso me ayudaba a vivir. Como buenos militares, estaban siempre pensando en escapar. A mí no me parecía conveniente intentarlo, pero no era fácil sustraerse a tales tentativas. Así fue como me vi involucrado en una fuga que prometía éxito. Sin embargo, esa aventura terminó en un estrepitoso fracaso.
   Como consecuencia, fui trasladado a un campo en el norte de Alemania, en Lübeck, muy cerca de la costa. Ahí recibí un trato muy duro. Estaba siendo castigado por tratar de escapar.
   En este campo de prisioneros había una cantidad de cristianos, muy unidos en la oración, católicos, luteranos y anglicanos. Hice muchas amistades. Eso es algo que me ayudó a sobrevivir.
   Fue allí que se me ocurrió pensar que algún día podré actualizar la obra de Santo Tomás, orientándola al siglo XX.
   Después de la liberación, participé en la renovación espiritual de la Iglesia. En cuatro rasgos básicos: Unidad de los cristianos, Consideración al laicado, Reforma de las estructuras clericales, Compromiso con los pobres.
   He tenido encuentros importantes en este año. Con Lubac, quien me contó que fue detenido varias veces durante la ocupación de Francia por los alemanes. Y con Josef Beran, quien estuvo prisionero en Dachau. Después de la liberación, fue nombrado arzobispo de Praga.
   Y ya se están empezando a conocer historias notables ocurridas en la reciente guerra. Lo que más me ha impresionado fue el heroísmo del presbítero franciscano Maximiliano Kolbe, quien ofreció su vida para salvar la de otro prisionero, que había salido sorteado para morir. Eso fue en Auschwitz.
   También en Auschwitz, murió Edith Stein, monja carmelita, de etnia judía.
   Otro, que estuvo en Dachau fue Tito Brandsma, monje carmelita. Allí se le suministró una inyección letal. La enfermera quedó impresionada por la entereza de Brandsma.
   Me fui enterando de tantas otras cosas que ocurrieron durante la guerra. El hermano Frere Roger fundó una comunidad en Taizé, que congrega miles de cristianos.
   En cambio, durante la guerra, Nogara continuó haciendo negocios muy poco santos, al administrar el dinero vaticano.
   Y en cuanto al concordato con Alemania, no se cumplió por ninguna de las dos partes, tal como cabía sospechar en todo momento. De hecho, Pío XII salvó a muchos judíos, que estaban siendo perseguidos por los nazis.

         * * *

   Ya tengo 52 años. Mi vida se sigue poniendo cada vez más difícil, pero seguiré luchando dentro del entorno en que pueda hacerlo. Hay otros ámbitos en que no puedo hacer nada. Será tarea de generaciones futuras. Me refiero a Nogara, que ha continuado como inescrupuloso mago de las finanzas.
   Por otra parte, Pío XII definió como dogma de fe la asunción de Santa María. Al principio, no me pareció un buen paso porque se está acogiendo cierta literatura menor. Por lo demás, en toda la literatura, la palabra "cuerpo" está usada con carácter simbólico.
   Me imagino que talvez el Papa haya tomado esa decisión presionado por obispos conservadores que sólo quieren distanciarse de los protestantes y dificultar la unidad cristiana. ¡No lo sé! Prefiero entender que se trata de un dogma simbólico.
   A fines de 1949, el llamado "Santo Oficio", que es como una especie de Post-Inquisición, publicó un instructivo en contra del movimiento ecuménico. Incluso, ha rechazado la participación de la iglesia católica en el Consejo Mundial de Iglesias creado en Amsterdam el año anterior.
   La oficialidad de la Iglesia aún sigue siendo excesivamente jerárquica. Los cristianos necesitamos que nuestra asamblea esté más cercana al espíritu de Jesucristo.
   Yo veo la Iglesia como Pueblo de Dios, donde los fieles han de ser responsables de su fe, ante Dios, y en diálogo los unos con los otros. Como era en la Iglesia de los primeros años, una fraternidad en la que se comparta el espíritu de Cristo.
   Pienso que los laicos son interlocutores válidos dentro de la Iglesia, no sólo para escuchar lo que el clero dice sino para ser también partícipes de la Palabra y decirla. También creo en la importancia del diálogo ecuménico entre cristianos de distintas iglesias, para buscar la verdad. Ésta no es posesión sólo de una rama. Es de todo el árbol.
   Durante toda mi vida he luchado por la unidad de los cristianos. Por un encuentro que no tuviera como finalidad el retorno a casa de los "herejes", sino que estuviera basado en un verdadero diálogo en búsqueda de la verdad plena de la Iglesia. Las Iglesias de Oriente y Occidente son distintas pero no contradictorias, vislumbro con ello la posibilidad de una reunificación futura.
   Nuestra nueva teología, con Lubac y otros, consiste en volver a las fuentes del cristianismo y al diálogo con las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo. Sin embargo, todo esto parece ser demasiado adelantado según nuestra jerarquía.
   ¡Incomprensión romana! Hemos sido marginados. No nos permiten dar conferencias públicas, ni tener encuentros con otros grupos de creyentes, ni publicar libros sin permiso de nuestros superiores.
   Soñábamos con una iglesia que se jugara por una sociedad más justa.
   Esto me duele mucho. Me someto a las restricciones que me imponen, en virtud de la obediencia que me han inculcado, pero me cuestiono: ¿Acaso no he de ser un poco más valiente, para ser fiel a lo que Dios me pide?
   Perdí muchos amigos. Pero, aún tengo a mi amigo Lubac, tan censurado y atacado como yo. Mis libros fueron condenados.
   Llevo una especie de Diario de Vida, no tanto con mis vivencias, sino más que nada con las impresiones que me causan los acontecimientos que observo día a día en mi querida Iglesia.
   Por lo menos la censura me deja tanto tiempo libre que aprovecho para escribir. Y he podido hacer unos viajes muy interesantes, aunque hayan sido forzados. Fui a Jerusalén, el año pasado, donde conocí mejor a judíos y musulmanes, pero sobre todo a otros peregrinos cristianos que me han hecho progresar mucho en el camino ecuménico. Estuve también en Roma, y me agarraron los del "Santo" Oficio, para interrogarme. Me sentí como si hubiera vuelto a campo de prisioneros.
   Los obispos están siendo serviles, y no quieren que nada cambie. Y el famoso "Santo" Oficio tiene demasiado poder porque despierta miedo. Es como una especie de Gestapo cuyas decisiones no se discuten.
   Entre otras cosas, escribo acerca del laicado, precisando las funciones específicas de las personas que no pertenecen al clero. No hay una contraposición. El laico tiene una misión hacia el mundo.
   La crisis se hizo más aguda hace un par de años, después de que la Iglesia pidiera a los "sacerdotes obreros" que dieran marcha atrás. Por supuesto, nosotros los marginados habíamos hablado bien de ellos.
   Veo que la Curia Romana aplasta las personalidades creativas y premia personalidades mediocres y nulidades absolutas, incapaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo. Sus decisiones no se discuten y todo se reduce a obedecer.
   Fui recibido en audiencia por Pío XII. Sin embargo, el único que me escuchó realmente fue el obispo Montini.
   Hasta he llegado a llorar en esta soledad que no parece tener salida.

         * * *

   Ya es 1975. Han pasado cosas muy buenas en este tiempo.
   Desde que Juan XXIII fue elegido Papa, el devenir de la Iglesia ha cambiado de rumbo. Este gran hombre dijo, con sencillez, que ya había habido muchas condenas del mal, y ahora ya era el tiempo de promover el bien.
   Yo había conocido a Roncalli cuando él fue Nuncio en París.
   En su breve pontificado avanzó más que en los últimos siglos. Creó el Secretariado para la Unidad de los Cristianos. Su primer presidente fue el jesuita alemán Agustín Bea. Y los primeros frutos, la valorización católica de leer la Biblia, y el reconocimiento a obras escritas por protestantes.
   Los marginados fuimos rehabilitados por el Papa Juan XXIII. Y cuando convocó al Concilio Vaticano II, me nombró consultor de la Comisión Teológica Preparatoria del concilio.
   En 1962 la Curia Romana presionaba a Juan XXIII para excomulgar a Fidel Castro. Sin embargo, el Papa se mantuvo serenamente firme en no tomar tan medieval medida.
   Se invitó a luteranos, anglicanos, ortodoxos y otras ramas cristianas a participar en el Concilio.
   Una semana antes de inaugurar el Concilio, Juan XXIII realizó un viaje en tren a Asís, para una especial oración. Era aclamado en las estaciones del tren.
   Participé en el concilio, junto a Henri de Lubac y otros teólogos. Entre 1962 y 1965. Excelente fue la participación de Agustín Bea en el concilio. Se enfrentó al cardenal Ottaviani respecto a las fuentes de la revelación divina.
   Lamentablemente, en Junio de 1963 murió Juan XXIII. Un hombre sencillo, querido por todos. Un gran Papa.
   Le sucedió Montini, con el nombre de Pablo VI.
   Ése fue un año de muertes que me provocaron dolor. A fines de Noviembre, pocos días después del magnicidio ocurrido en Dallas, ha muerto mi madre, que estaba muy enferma. Con una emoción de añoranza me puse a recordar cómo ella, en mi infancia, animaba mi gusto por escribir.
   Después de ese año de tristezas, fui nombrado Maestro de Sagrada Teología, en la Orden Dominica.
   En 1965 el arzobispo checo Josef Beran tomó parte en el concilio y pronunció la ponencia titulada "Sobre la libertad de conciencia", expresándose a favor de la libertad para todas las confesiones, y pidió la rehabilitación de Jan Hus, un luchador valiente que fue condenado a la hoguera en 1415. Aún no le ha sido concedido más que un tímido propósito de enmienda.
   El principal documento del concilio empieza diciendo: "Cristo es la luz de los pueblos". Ésa es la forma como se vivió este concilio. Y en la parte medular de dicha constitución se mira a la Iglesia como Pueblo de Dios, en que todos los cristianos han de tener responsabilidad. Se definió la forma de la jerarquía de la Iglesia. Se miró el papel de los laicos, como un vivo instrumento de la misión de la Iglesia. Después, una aclaración. . . ¿qué significa eso de "Iglesia santa". . .? Está llamada a llegar a ser santa.
   En la Constitución sobre la relación de la Iglesia con el mundo actual, se habla de los profundos cambios que ha experimentado el mundo en este último tiempo, insistiendo en la dignidad de la persona humana, en la actitud frente al ateísmo, en la persona nueva, transformada, y en la justicia social. Y la misión de la iglesia en ese mundo, respecto a lo cultural, lo económico-social, y la paz en la comunidad internacional.
   Está también la constitución sobre la liturgia. Hubo acá una renovación buenísima, que hace tiempo se estaba necesitando. Por sobre todo, se recupera la Biblia, que había estado escondida hasta ahora. Y se dio a la liturgia la lengua local.
   En la Constitución de la revelación divina, tuve alguna participación, más que nada para dar una nueva visión, ya no la del Vaticano I, que estaba llena de anatemas debidos a una idolatría hacia el magisterio.
   En las declaraciones del Vaticano II se consagra la libertad religiosa, y el derecho a la Educación, y se promueve el diálogo con las religiones no cristianas. En este último punto, se repudió el antiguo concepto de responsabilidad colectiva de los judíos en la muerte de Jesús. Es que no puede imputarse a todos los judíos sin distinción que vivían entonces, ni tampoco a los judíos actuales.
   Se escribieron también una serie de decretos. El más importante es el de ecumenismo, en que se promueve la restauración de la unidad entre todos los cristianos. Ahí se destaca que antiguos errores de la iglesia de Roma contribuyeron a las divisiones.
   Hay otro decreto sobre la participación de los laicos. Y varios más, sobre los medios de comunicación social, sobre los presbíteros, obispos y vida religiosa, sobre las iglesias orientales católicas, y sobre la actividad misionera.
   Mi compatriota Marcel Lefebvre ha liderado a los obispos conservadores que rechazan el concilio.
   Hasta antes del Vaticano II se hablaba del Espíritu Santo como del “divino desconocido”; este juicio valía no sólo para la vida de fe, que estaba toda centrada sobre el Padre y sobre el Hijo encarnado, Jesucristo. Valía también para la reflexión teológica que había estudiado los misterios del Padre y del Hijo, pero había descuidado la teología del Espíritu Santo. Después del Concilio la situación ha cambiado profundamente.
   Como corolario del concilio han ocurrido cosas importantes: A fines de 1965, Pablo VI y Atenágoras I emitieron una declaración conjunta de acercamiento. En 1966 se suprimió el índice de los libros prohibidos. Finalmente, Pablo VI devolvió a María Magdalena su verdadera identidad.
   Incluso antes de que concluyera el concilio, Pablo VI ya se había desprendido para siempre de la famosa tiara, ese ridículo y oneroso casco de tres coronas, lleno de perlas preciosas, que simbolizaba el poder. Lo donó a los pobres.
   Por otra parte, en cambio, Pablo VI puso al guardaespaldas Marcinkus a cuidar las finanzas vaticanas. No sé si eso será para mejor o para peor.
   Ahora último he estado reflexionando mucho acerca del concilio, y hay algo que, varios años después, me provoca inquietud. Respecto al capítulo I de Dei Verbum, donde dice que la revelación divina terminó y no hay que esperar ya ninguna otra. . . Creo que ahí pecamos de soberbia. No olvido que Jesús dijo, alabando con alegría, "Revelaste esto a los más pequeñitos y lo ocultaste a los sabios y entendidos". ¿Cómo podríamos los seres humanos decidir que Dios permanezca en silencio? No podemos, ni queremos tampoco. ¿Para qué, entonces, nos iba a decir Jesús "el que tenga oídos que oiga; el que tiene ojos que vea"?
   Desde hace algunos años tengo fuertes dolores en todo el cuerpo. Los médicos no saben bien lo que tengo, pero es algo neurológico. Hasta he empezado a tener dificultades para mover brazos y piernas. Menos mal que la cabeza todavía me acompaña. He debido retirarme a un monasterio. Es aquí donde estoy escribiendo una especie de testamento espiritual, un libro en que hablo de cómo me relaciono con el Espíritu Santo.
   La obra constará de varias partes. En la primera quiero ilustrar el testimonio que la Sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia dan del Espíritu Santo. Recorrer los dos milenios de historia del cristianismo. En una segunda parte estudiaré el Espíritu Santo como Vida, especialmente en nuestra vida personal, y en nuestra oración. En una tercera parte, quisiera examinar diversos aspectos de la renovación, como es el rezo en lenguas. Y, por cierto, en alguna de las partes veré qué tiene todo esto en relación al ecumenismo. Por ejemplo, está el viejo asunto del Filioque, que no quisiera dejarlo afuera. En la última parte, me referiré a la acción santificante del Espíritu Santo en las almas. Bueno, en realidad sólo digo que espero ser capaz y tener el tiempo para desarrollar todo esto.
   He consagrado mi vida al servicio de la verdad. La he amado y la amo todavía, de la misma manera como se puede amar a una persona.

 

   El Discípulo Amado de fines del siglo XX

   Me llamo Teófilo, que significa "Amado por Dios". Así me bautizó Lucas, al inicio de su hermoso evangelio que me dedicó. Igual como en Hechos de los Apóstoles.
   También Juan me menciona en su evangelio, no menos hermoso, pero más hermético. A mí y a la Madre Iglesia nos dijo que nos cuidáramos mutuamente. Y eso es lo que intentamos hacer
   Es el Discípulo Amado del siglo I el que le dice a Pedro: "Es el Señor". Cuando vio que venía Jesús resucitado. Y es también el de cualquier siglo quien llega siempre antes que Pedro y lo espera respetuosamente.
   En nuestro siglo XX, heroico fue Oscar Arnulfo Romero, que murió asesinado por fuerzas abusadoras, por denunciar las injusticias.
   Están también las Discípulas Amadas. En este siglo surgió la Madre Teresa de Calcuta, ejemplo de servicio a los pobres y enfermos.
   En este fin de siglo hay también otros puntos blancos, como el cardenal Raúl Siva Henríquez, arzobispo de Santiago, que se la jugó por los perseguidos durante la dictadura. Fue la voz de los sin voz.
   Es el momento de recordar lo que Cristo le dijo a Francisco de Asís, un Discípulo Amado del siglo XIII : "Repara mi iglesia, que amenaza ruina". Hoy, Cristo vuelve a decirme eso mismo, ¿y qué hago? Hay tantas reparaciones que hacer, y no tengo las herramientas. Corro hacia el sepulcro donde han puesto el cuerpo de Jesús, y me pongo a esperar a Pedro, la jerarquía, que corre más despacio. Llegará, sin duda.
   Y está eso otro, que ocurrió en 1978, como también pasaba hace muchos siglos, tantos, que ya nadie se acuerda. En esta oportunidad, murió el Pontífice "Medietate lunae". Algo había profetizado San Malaquías, respecto a esa muerte : "Caerá víctima de sus adversarios". Por otra parte, escuché una centuria de Nostradamus, que dice: "Los doce rojos mancharán los manteles".
   Se le practicó autopsia a este Papa cuando murió en extrañas circunstancias, y se encontró que su muerte se debió a haber ingerido cierto fármaco.
   En concreto, hubo sospecha, y no se investigó nada. Ésa es una de las tantas cosas que necesita reparación. Incluso, cuando un testigo murió de manera sospechosa, tampoco pasó nada.
   En su breve pontificado, el Papa Juan Pablo I alcanzó a enseñarnos que Dios es Padre y Madre. Es aquel Papa que quiso limpiar la podredumbre de las finanzas vaticanas. Si hasta el guardaespaldas del Papa alcanzó a tener sus día contados, como director del Banco del Vaticano. La muerte de Luciani lo salvó.
   Finalmente, hay otra cosa que reparar, pues he escuchado un par de rumores dando a entender que en algunas partes, algunos presbíteros, han abusado sexualmente de menores. Es algo que no sale a la luz. No se sabe. Y nadie quiere creerlo. Es como si el secreto de confesión impidiera que los pecados se lleguen a saber. Sin embargo, Jesús me ha dicho claramente "No hay nada oculto que no se llegue a saber".

   

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