ARISTODEMO                    Un lugar literario
La isla Tierra Tierra         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Sexta parte.- Las historias de Anselmo

   Recuerdos antiguos de Anselmo

   La casa en que viví no es cualquier casa. Es la principal de la isla. Le da sentido. Tiene dos pisos. En el primero, todo es dolor y tristeza. En cambio, en el segundo se disfruta. He subido pocas veces la escala.
   El terreno está en desnivel, de modo que hacia el fondo, el primer piso empieza a ser subterráneo. Se entra a la vivienda por el segundo nivel. Ahí está la pieza de la amistad. Cada habitación representa algo de la isla.
   Había un sector de la casa, que no me dejaba atender otros lugares. Es la pieza de la TV. Ahí vi buenas películas, imaginando que eran acerca de mí en otras islas.
   Yo me asomaba a la ventana todos los días.
   -Para ver lo que hay hoy -decía.
   Me encantaba cuando había mar. Sobre todo si estaba azul. Pero, aunque estuviera gris, me daba esperanza. No todos los días hay mar.
   El antigiuo hombre del farol ya no se ve. Era un deportista. Más bien dicho, su silueta apenas se distinguía del entorno. Cuando estuve así de lejos me detuve a reflexionar con tranquilidad. ¿Por qué iba a tenerle miedo? Talvez porque metía bulla o porque sus modales eran bruscos. Una vez acudí a ese farol, dispuesto a convivir con esa persona que parecía un loco. Aunque en ese tiempo yo no habría sabido expresarlo, ahora me doy cuenta de que, con seguridad, él podía aportar algo a mi vida y yo a la suya. A medida que me acercaba fui intentando una frase pero cada vez era más difícil. El hombre estaba sentado en ese pequeño trozo cuadrado, como de vereda, y miraba sus manos a la luz que venía de arriba.
   Una falda de mujer flameaba al viento como una bandera.
   Cuando miro mi infancia desde acá, me doy cuenta de que mi misión está inscrita en mí desde antes de nacer. Expresada en términos de eternidad, en lenguaje permanente. No es fácil ni inmediato trasladarla al lenguaje cotidiano. Añoro algo desconocido. El poder del silencio está en escuchar mi intuición. En un momento toqué un lugar como prohibido donde está lo trascendente que tengo desde antes de llegar a esta vida.
   Mi padre me regaló una bicicleta. Salí a andar en ella. Recorrí una calle, y otra, pero de repente me vine al suelo violentamente. Es que no sabía andar muy bien, y me topé con una piedra. Le tomé miedo a la bicicleta. Después, ya no salía a andar en ella. Hasta que vi que la única manera de estar agradecido del regalo que me hizo mi padre sería disfrutarlo.
   Yo conversaba con el niño de la casa vecina.
   -Cuando grande, seré militar -le anuncié.
   -Yo seré civil -me respondió.
   Así, planificando nuestras vidas, ordenábamos cómo debería funcionar la sociedad. Nos decíamos que siempre estuviéramos atentos. Estábamos seguros de que nadie conocía la isla mejor que nosotros. Ahora, me da risa.
   Hay otra cosa que no me da tanta risa. Es que yo buscaba una muralla para ponerme, casi afirmado en ella. Necesitaba ese apoyo que no lo es tanto, pero es como si fuera. Habría deseado andar trayendo una pared portátil que me diera seguridad. Ya sé que eso no sería eficaz. La muralla que no se mueve es la que me sirve. Para convivir, para pretender a una mujer, competir. Así, puedo sentirme un muro yo mismo.
   Vimos unos niños muy pequeños, jugando. Y nosotros que nos sentíamos grandes los mirábamos en menos.
   -La tierra es un bien inapreciable -les dijo mi amigo.
   Los pequeños lo miraban raro.
   -El agua también -intervine yo, acordándome de los cuatro elementos, que me enseñaron en el colegio.
   -Y ustedes, ahí . . . haciendo barro -agregué-. Esa mugre. Neutralizando fuerzas valiosas.

 
   Futbol

   Llegué a la cancha para ver jugar a mi sobrino. Él tenía un partido de futbol, como gran cosa, ya que es sólo un niño empeñoso. Vi que todo era muy precario. No había ni donde sentarse a ver el partido. Claro, este niño no es profesional sino apenas aficionado. Su equipo estaba intentando clasificar para el campeonato preliminar que pudiere permitirle llegar, si lo ganaba, a la serie de Ascenso Dos.
   Jugaban contra el equipo de la Financiera. Lo que más me llamó la atención fue que un arco era más grande que el otro.
   -¡Qué raro! -me dije, pero por lo menos me conformé, pensando que si hay cambio de lado, ambos tendrán ventaja durante un tiempo.
   Me fijé un poco mejor y vi que el rayado de la cancha tampoco era simétrico. La mitad del campo estaba más cerca de un extremo que del otro.
   Entraron los equipos a la cancha, y empezó el partido. Al inicio no me di cuenta de que el club de la Financiera tenía un jugador demás. Los conté cuando me pareció que eran muchos. Esto sí que lo consideré grave. Fui a decírselo al árbitro, pero no me hizo caso. Al estar cerca de él vi que en su casaquilla negra tenía, además de su nombre Juan Mercado, la insignia de la Financiera.
   "Ya...", pensé. No había nada más que hacer, según parecía. Sin embargo, los chiquillos se veían optimistas. Lucharon como leones. No hubo cambio de lado para el segundo tiempo. Según me enteré, eso fue así porque la solicitud por escrito no llegó en forma oportuna.
   Se produjeron algunas jugadas notables. Un delantero se encontró con la pelota, mansita en sus pies, sólo frente al arco. No tiró. No hizo ni amago de disparar, por miedo a echarla para afuera. Hasta que la pelota se fue, tal como vino. Y junto con ella, se fue la oportunidad. Esto contrasta con la actitud de otro jugador que, con empeño y perseverancia, logró estar en posesión del balón, un poco urgido. Disparó el mejor tiro al arco que pudo. Salió apenas desviado. Me pregunto a cuál de los dos jugadores preferiré haberme parecido, cuando me juzguen al final de los tiempos.
   Seguí divagando y mirando un bello encuentro desigual. Empatábamos a tres cuando el partido ya estaba terminando, con dos expulsados de nuestro equipo. Pero, los descuentos se alargaron demasiado hasta que nos hicieron un gol con la mano. Perdimos 4-3.
   -No importa, tío Anselmo -dijo mi sobrino, cuando íbamos de regreso después del partido- , lo importante no es ganar, sino competir.
   No quise explicarle que ni eso se estaba dando. Creo que habría que decir "Lo importante no es la competencia de hoy, sino conquistar el derecho a competir mañana".
   Así era la Liga de la Libre Competencia, con cancha asimétrica y áreas desiguales.

 
   Tierra Bella

   -Papá, ¿puedes llevarme a Tierra Bella?
   -Sí, Anselmo -me respondió mi padre-. Algún día te llevaré.
   En ese tiempo, yo era un niño pequeño, y no sabía muy bien cómo era ese lugar llamado Tierra Bella, y quería descubrirlo.
   De tanto insistir, una vez fuimos, con mi padre a Tierra Bella.
   Él también ha sido niño, alguna vez, al inicio de su vida, y quizás lo olvidó.
   Salimos una tarde, de la mano, caminando y cantando. En el sendero había desvíos y obstáculos.
   Cuando arribamos al sector en que está Tierra Bella, seguimos andando varias cuadras, al lado de un muro. Estábamos siempre de este lado de esa muralla, pues nos prohibieron pasar al otro lado, en el cual se veía una naturaleza hermosa. Nos dijeron que había dragones. En este lado, sólo hay piedras, maleza y tarros.
   Supuse que en unos años más iba a poder cruzarlo. Este lado no tiene destino.
   El primer viaje no dio para mucho más, pero hubo después una segunda aventura hacia Tierra Bella.
   En cuanto llegamos al consabido muro, y notando que nadie me veía, intenté asomarme. Aunque no era fácil, pude realizar un esfuerzo gigantesco para subirme encima de la muralla, con intenciones de saltar hacia el otro lado. Aún me controlaban, pero yo no quería dejar que lo hicieran. Soporté gritos y clamores lejanos de advertencia. Caminé por arriba del muro como en cuerda floja. Mi padre se aburrió de enviarme avisos. Subieron muchos niños más y siguieron detrás mío caminando sobre el muro.
   Me tiré hacia el otro lado, y quedé adolorido. Había un ambiente como encantado. Vino un extraño animal chiquitito y amistoso. Creí que era un dragón, pero no lo era. Nunca vi un dragón en Tierra Bella.
   Vinieron muchos y me llevaron donde un rey. Es que yo era un extraño. Por ese día, preferí volver al lugar en que soy, o creía ser.
   Después de eso, cuando quería ir a Tierra Bella me mandaban con la nana.
   Recordando todo esto, años más tarde, pude vislumbrar que Tierra Bella es un lugar de encuentro con la magia divina. Es el reducto en que los niños cumplen la misión de salvar a los mayores.
   Entonces, entendí que los niños vienen al mundo trayendo los tesoros que los mayores necesitan para recordar cómo, cuándo y dónde ocultaron los suyos. Es costumbre querer esconder los tesoros. Los adultos pueden enseñar a los niños cosas prácticas solamente, como hablar un lenguaje común y formar parte de una misma sociedad.
   Guardé este conocimiento en alguna parte, y seguí viviendo lo que podríamos llamar Vida Real. Me casé y tuvimos una hermosa hija, Amanda, que es un encanto.
   Hoy, viene Amanda hacia mí, diciendo:
   -Papá, ¿puedes llevarme a Tierra Bella?

 
   Víctima culpable

   Mi vida había estado llena de preocupación y lucha por lograr poder y dominio. En desmedro de las personas que me rodeaban.
   Recuerdo aquella oportunidad en que me defendí de mi vecino que me estaba agrediendo. Es así como sucedió y no al revés, que es lo que él anda diciendo por ahí. Tuve que pegarle y dejarle un ojo morado. Le tuve que dar unas patadas en el suelo porque si no, él me las habría dado a mí. Todo empezó cuando me insultó gratuitamente. Después que yo corrí con todos los gastos del deslinde, y él se iba de alivio, no le gustó donde puse el cerco.
   Hasta mi mujer se anduvo molestando conmigo porque pisoteamos las flores, con esto de la pelea. Ni me fijé que habían flores en mi campo. Las flores crecen en la frontera. Entonces empecé a sentirme culpable. ¿Cómo pude ser así con mi amigo? Algo me cegó. Trataré de corregirme. Desde que era niño me dan estos impulsos.
   Me debato entre esos dos estados. Culpable o Víctima. Voy de extremo en extremo. Como un péndulo, que si tuviera más extremos también se iría hacia ellos. ¿Cuándo lograré centrarme? Me lo pregunto a veces, pero pronto me desentiendo, pues si me centrara estaría inmóvil, inmutable, sin energía. Necesito movimiento.
   Así fue como me puse a trabajar en una empresa que fabrica armas. Antiguamente, allí se hacían hondas, arcos y flechas, pero ahora se elabora armamento más complejo y avanzado.
   Y nada menos que yo era el jefe de Estudios de Mercado. No sé cómo me conseguí un trabajo tan indigno. Es algo asqueante, en el caso de este rubro. Perdí la cuenta de cuántos conflictos alimenté, como quien echa gasolina en el fuego. Hasta que no pude más. Tuve que salir arrancando. Sí. Literalmente.
   Ahora, que quedé sin familia, tengo que esconderme. Arrepentido, me metí a un convento, como monje que necesita detener el movimiento incesante. Es una manera de hacer que mi vida tenga oración y penitencia, que mucha falta me hacen. Esta nueva vida ha sido maravillosa, porque me ha tocado enseñar a niños pobres, en una improvisada escuela sucedánea. En realidad, fui yo el que aprendí de ellos. A ser vulnerable, a reírme, a asombrarme.