ARISTODEMO                    Un lugar literario
La isla Tierra Tierra         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Sexta parte.- Las historias de Anselmo

   Recuerdos antiguos de Anselmo

   La casa en que viví no es cualquier casa. Es la principal de la isla. Le da sentido. Tiene dos pisos. En el primero, todo es dolor y tristeza. En cambio, en el segundo se disfruta. He subido pocas veces la escala.
   El terreno está en desnivel, de modo que hacia el fondo, el primer piso empieza a ser subterráneo. Se entra a la vivienda por el segundo nivel. Ahí está la pieza de la amistad. Cada habitación representa algo de la isla.
   Había un sector de la casa, que no me dejaba atender otros lugares. Es la pieza de la TV. Ahí vi buenas películas, imaginando que eran acerca de mí en otras islas.
   Yo me asomaba a la ventana todos los días.
   -Para ver lo que hay hoy -decía.
   Me encantaba cuando había mar. Sobre todo si estaba azul. Pero, aunque estuviera gris, me daba esperanza. No todos los días hay mar.
   El antigiuo hombre del farol ya no se ve. Era un deportista. Más bien dicho, su silueta apenas se distinguía del entorno. Cuando estuve así de lejos me detuve a reflexionar con tranquilidad. ¿Por qué iba a tenerle miedo? Talvez porque metía bulla o porque sus modales eran bruscos. Una vez acudí a ese farol, dispuesto a convivir con esa persona que parecía un loco. Aunque en ese tiempo yo no habría sabido expresarlo, ahora me doy cuenta de que, con seguridad, él podía aportar algo a mi vida y yo a la suya. A medida que me acercaba fui intentando una frase pero cada vez era más difícil. El hombre estaba sentado en ese pequeño trozo cuadrado, como de vereda, y miraba sus manos a la luz que venía de arriba.
   Una falda de mujer flameaba al viento como una bandera.
   Cuando miro mi infancia desde acá, me doy cuenta de que mi misión está inscrita en mí desde antes de nacer. Expresada en términos de eternidad, en lenguaje permanente. No es fácil ni inmediato trasladarla al lenguaje cotidiano. Añoro algo desconocido. El poder del silencio está en escuchar mi intuición. En un momento toqué un lugar como prohibido donde está lo trascendente que tengo desde antes de llegar a esta vida.
   Mi padre me regaló una bicicleta. Salí a andar en ella. Recorrí una calle, y otra, pero de repente me vine al suelo violentamente. Es que no sabía andar muy bien, y me topé con una piedra. Le tomé miedo a la bicicleta. Después, ya no salía a andar en ella. Hasta que vi que la única manera de estar agradecido del regalo que me hizo mi padre sería disfrutarlo.
   Yo conversaba con el niño de la casa vecina.
   -Cuando grande, seré militar -le anuncié.
   -Yo seré civil -me respondió.
   Así, planificando nuestras vidas, ordenábamos cómo debería funcionar la sociedad. Nos decíamos que siempre estuviéramos atentos. Estábamos seguros de que nadie conocía la isla mejor que nosotros. Ahora, me da risa.
   Hay otra cosa que no me da tanta risa. Es que yo buscaba una muralla para ponerme, casi afirmado en ella. Necesitaba ese apoyo que no lo es tanto, pero es como si fuera. Habría deseado andar trayendo una pared portátil que me diera seguridad. Ya sé que eso no sería eficaz. La muralla que no se mueve es la que me sirve. Para convivir, para pretender a una mujer, competir. Así, puedo sentirme un muro yo mismo.
   Vimos unos niños muy pequeños, jugando. Y nosotros que nos sentíamos grandes los mirábamos en menos.
   -La tierra es un bien inapreciable -les dijo mi amigo.
   Los pequeños lo miraban raro.
   -El agua también -intervine yo, acordándome de los cuatro elementos, que me enseñaron en el colegio.
   -Y ustedes, ahí . . . haciendo barro -agregué-. Esa mugre. Neutralizando fuerzas valiosas.

 
   Futbol

   Llegué a la cancha para ver jugar a mi sobrino. Él tenía un partido de futbol, como gran cosa, ya que es sólo un niño empeñoso. Vi que todo era muy precario. No había ni donde sentarse a ver el partido. Claro, este niño no es profesional sino apenas aficionado. Su equipo estaba intentando clasificar para el campeonato preliminar que pudiere permitirle llegar, si lo ganaba, a la serie de Ascenso Dos.
   Jugaban contra el equipo de la Financiera. Lo que más me llamó la atención fue que un arco era más grande que el otro.
   -¡Qué raro! -me dije, pero por lo menos me conformé, pensando que si hay cambio de lado, ambos tendrán ventaja durante un tiempo.
   Me fijé un poco mejor y vi que el rayado de la cancha tampoco era simétrico. La mitad del campo estaba más cerca de un extremo que del otro.
   Entraron los equipos a la cancha, y empezó el partido. Al inicio no me di cuenta de que el club de la Financiera tenía un jugador demás. Los conté cuando me pareció que eran muchos. Esto sí que lo consideré grave. Fui a decírselo al árbitro, pero no me hizo caso. Al estar cerca de él vi que en su casaquilla negra tenía, además de su nombre Juan Mercado, la insignia de la Financiera.
   "Ya...", pensé. No había nada más que hacer, según parecía. Sin embargo, los chiquillos se veían optimistas. Lucharon como leones. No hubo cambio de lado para el segundo tiempo. Según me enteré, eso fue así porque la solicitud por escrito no llegó en forma oportuna.
   Se produjeron algunas jugadas notables. Un delantero se encontró con la pelota, mansita en sus pies, sólo frente al arco. No tiró. No hizo ni amago de disparar, por miedo a echarla para afuera. Hasta que la pelota se fue, tal como vino. Y junto con ella, se fue la oportunidad. Esto contrasta con la actitud de otro jugador que, con empeño y perseverancia, logró estar en posesión del balón, un poco urgido. Disparó el mejor tiro al arco que pudo. Salió apenas desviado. Me pregunto a cuál de los dos jugadores preferiré haberme parecido, cuando me juzguen al final de los tiempos.
   Seguí divagando y mirando un bello encuentro desigual. Empatábamos a tres cuando el partido ya estaba terminando, con dos expulsados de nuestro equipo. Pero, los descuentos se alargaron demasiado hasta que nos hicieron un gol con la mano. Perdimos 4-3.
   -No importa, tío Anselmo -dijo mi sobrino, cuando íbamos de regreso después del partido- , lo importante no es ganar, sino competir.
   No quise explicarle que ni eso se estaba dando. Creo que habría que decir "Lo importante no es la competencia de hoy, sino conquistar el derecho a competir mañana".
   Así era la Liga de la Libre Competencia, con cancha asimétrica y áreas desiguales.

 
   Tierra Bella

   -Papá, ¿puedes llevarme a Tierra Bella?
   -Sí, Anselmo -me respondió mi padre-. Algún día te llevaré.
   En ese tiempo, yo era un niño pequeño, y no sabía muy bien cómo era ese lugar llamado Tierra Bella, y quería descubrirlo.
   De tanto insistir, una vez fuimos, con mi padre a Tierra Bella.
   Él también ha sido niño, alguna vez, al inicio de su vida, y quizás lo olvidó.
   Salimos una tarde, de la mano, caminando y cantando. En el sendero había desvíos y obstáculos.
   Cuando arribamos al sector en que está Tierra Bella, seguimos andando varias cuadras, al lado de un muro. Estábamos siempre de este lado de esa muralla, pues nos prohibieron pasar al otro lado, en el cual se veía una naturaleza hermosa. Nos dijeron que había dragones. En este lado, sólo hay piedras, maleza y tarros.
   Supuse que en unos años más iba a poder cruzarlo. Este lado no tiene destino.
   El primer viaje no dio para mucho más, pero hubo después una segunda aventura hacia Tierra Bella.
   En cuanto llegamos al consabido muro, y notando que nadie me veía, intenté asomarme. Aunque no era fácil, pude realizar un esfuerzo gigantesco para subirme encima de la muralla, con intenciones de saltar hacia el otro lado. Aún me controlaban, pero yo no quería dejar que lo hicieran. Soporté gritos y clamores lejanos de advertencia. Caminé por arriba del muro como en cuerda floja. Mi padre se aburrió de enviarme avisos. Subieron muchos niños más y siguieron detrás mío caminando sobre el muro.
   Me tiré hacia el otro lado, y quedé adolorido. Había un ambiente como encantado. Vino un extraño animal chiquitito y amistoso. Creí que era un dragón, pero no lo era. Nunca vi un dragón en Tierra Bella.
   Vinieron muchos y me llevaron donde un rey. Es que yo era un extraño. Por ese día, preferí volver al lugar en que soy, o creía ser.
   Después de eso, cuando quería ir a Tierra Bella me mandaban con la nana.
   Recordando todo esto, años más tarde, pude vislumbrar que Tierra Bella es un lugar de encuentro con la magia divina. Es el reducto en que los niños cumplen la misión de salvar a los mayores.
   Entonces, entendí que los niños vienen al mundo trayendo los tesoros que los mayores necesitan para recordar cómo, cuándo y dónde ocultaron los suyos. Es costumbre querer esconder los tesoros. Los adultos pueden enseñar a los niños cosas prácticas solamente, como hablar un lenguaje común y formar parte de una misma sociedad.
   Guardé este conocimiento en alguna parte, y seguí viviendo lo que podríamos llamar Vida Real. Me casé y tuvimos una hermosa hija, Amanda, que es un encanto.
   Hoy, viene Amanda hacia mí, diciendo:
   -Papá, ¿puedes llevarme a Tierra Bella?

 
   Víctima culpable

   Mi vida había estado llena de preocupación y lucha por lograr poder y dominio. En desmedro de las personas que me rodeaban.
   Recuerdo aquella oportunidad en que me defendí de mi vecino que me estaba agrediendo. Es así como sucedió y no al revés, que es lo que él anda diciendo por ahí. Tuve que pegarle y dejarle un ojo morado. Le tuve que dar unas patadas en el suelo porque si no, él me las habría dado a mí. Todo empezó cuando me insultó gratuitamente. Después que yo corrí con todos los gastos del deslinde, y él se iba de alivio, no le gustó donde puse el cerco.
   Hasta mi mujer se anduvo molestando conmigo porque pisoteamos las flores, con esto de la pelea. Ni me fijé que habían flores en mi campo. Las flores crecen en la frontera. Entonces empecé a sentirme culpable. ¿Cómo pude ser así con mi amigo? Algo me cegó. Trataré de corregirme. Desde que era niño me dan estos impulsos.
   Me debato entre esos dos estados. Culpable o Víctima. Voy de extremo en extremo. Como un péndulo, que si tuviera más extremos también se iría hacia ellos. ¿Cuándo lograré centrarme? Me lo pregunto a veces, pero pronto me desentiendo, pues si me centrara estaría inmóvil, inmutable, sin energía. Necesito movimiento.
   Así fue como me puse a trabajar en una empresa que fabrica armas. Antiguamente, allí se hacían hondas, arcos y flechas, pero ahora se elabora armamento más complejo y avanzado.
   Y nada menos que yo era el jefe de Estudios de Mercado. No sé cómo me conseguí un trabajo tan indigno. Es algo asqueante, en el caso de este rubro. Perdí la cuenta de cuántos conflictos alimenté, como quien echa gasolina en el fuego. Hasta que no pude más. Tuve que salir arrancando. Sí. Literalmente.
   Ahora, que quedé sin familia, tengo que esconderme. Arrepentido, me metí a un convento, como monje que necesita detener el movimiento incesante. Es una manera de hacer que mi vida tenga oración y penitencia, que mucha falta me hacen. Esta nueva vida ha sido maravillosa, porque me ha tocado enseñar a niños pobres, en una improvisada escuela sucedánea. En realidad, fui yo el que aprendí de ellos. A ser vulnerable, a reírme, a asombrarme.

 

  Séptima parte.- Las historias de Venancio

   Venancio Cosmada

   Mis pensamientos fueron interrumpidos abruptamente.
   -Señor Cosmada don Venancio ... -exclamó con solemnidad el profesor de castellano. En su propio rostro parecía dibujarse un signo de interrogación.
   Al escuchar mi nombre quise que todo mi cuerpo se recogiera hacia adentro y se transformara en un punto invisible. Pero, no me quedó más remedio que ponerme de pie. Y vino la pregunta difícil.
   Me habría gustado poder lograr una expresión fiel de lo que intentaba responder. Estaba sin encontrar las palabras. Lo que iba saliendo de mí era como un montón de enanitos invisibles, con algún disfraz que encontraba por ahí, para que se vieran, y para que tuviesen alguna identidad.
   Me salvó la campana.
   Y después de un breve recreo, de esos en que no alcanzo ni a ponerme en actitud lúdica, le tocó el turno a la clase de Filosofía. El ramo se llama así, pero está un poco mezclado con cosas de sicología, creo yo.
   -Saquen una hoja, para una pequeña prueba -indicó el profesor.
   Como la prueba había estado anunciada, yo tenía pensado qué iba a responder, cualquiera que fuese la pregunta que viniera.
   Lo había escrito, pero dejaría ese papel muy guardado, pues mi interés no era hacer trampa, sino acordarme de lo esencial. Y de hecho, recordé el siguiente texto, y lo fui escribiendo en la hoja:
   "Amo a mi antigua amiga. La que tenía antes. Parecía sólo una niña, pero era la alegría misma. Los demás la trataban muy mal. Recuerdo que cuando yo caía en falta me castigaban quitándomela. La arrancaban violentamente de mí. Ella no perdía su sonrisa, que se empezaba a llenar de lágrimas. Yo quería que ella no sufriera, aunque eso significara estar separados. No la llamaba para no arriesgarla. De repente, la iba a ver a escondidas. Entonces, me contaba un cuento y me convidaba dulces. A lo mejor le habían echado la culpa de mis malos comportamientos. Según mis padres, ella no era la persona que pudiera educarme. Trajeron otra amiga para mí. Una tipa pesada, ruidosa, ficticia, petulante, aburrida y cargosa. Me la impusieron. Yo no soportaba ni su perfume, ni su baile, ni sus modales rudos y vulgares ni sus estruendosas carcajadas. Ella pasó a ser como mi alegría obligatoria. Quizás estoy siendo injusto con esta mujer, que no tiene la culpa de lo que haya pasado con la anterior. La mía. La verdadera. La que tiene que esconderse. La que anda temerosa, mirando hacia atrás. Amo la alegría, profundamente. Ella es estupenda. Es mi amor imposible".
   Aún no me dan el resultado de esa prueba, pero espero que el profe esté de acuerdo en que mi introspección tiene que ver con la pregunta formulada.
   Después de otro brevísimo recreo, vino la clase de Física. Pasaron una materia que tiene que ver con peso y masa. ¡Aburridísimo! Me puse a pensar en el microgramo. Es lo que debe pesar, seguramente, una idea buena. Aunque este profesor no hablaba de ideas, sino de plumas y plomos. Siguiendo con mi divagación, calculé que un billón de buenas ideas deberían pesar una tonelada.
   En eso, terminó la clase. Era la última del día, así que me fui a casa. Recordé cómo hacía este camino cuando era niño chico. Había una cuadra que tenía mucha arena, y yo caminaba por ahí, sobreponiendo mis pisadas en las respectivas de otro niño o niña que había pasado antes. Poco a poco, éstas iban agrandándose y distanciándose entre sí. Y cuando terminaba el trecho de arena, yo daba la vuelta en la esquina, y pasaba frente a la puerta de una casa, en la que siempre había una mujer, que se reía de mí, como si así estuviera cumpliendo con su deber. Cada día la encontraba más vieja. Hasta hoy me da rabia, aunque ella ya no vive ahí. Pienso que la primera vez que se rió puede haber habido algún motivo, que ya olvidé porque nunca quise reírme de mí mismo. Pero..., las otras veces... estaban demás.
   Aquella mujer tenía cierto parecido a una nana que hubo en mi casa. Alcanzó a estar menos de un mes. Ella llegaba en la mañana después que mi mamá ya se había ido a trabajar, y se iba un poco antes que mi mamá llegara en la tarde. Me contó que ella hacía lo mismo que mi mamá: salía temprano, le dejaba un mensaje a su nana, y llegaba de vuelta después que ella ya se había ido.
   También me contó que cuando andaba por la calle iba conectada a su música, casi siempre la misma canción, esa que decía "... tú tienes la culpa...".
   Entre tantos recuerdos, llegué a mi casa de hoy. La nana de ahora salió al jardín diciendo:
   -Voy a regar las rosas.
   -Riega también los pensamientos -le dije, lúdicamente, pero no me entendió.
   -En esta casa no hay pensamientos.
   -Sí que los hay.
   -¿...?

 
   El escondite

   Casi olvido que estamos jugando al escondite, con mi padre.
   Las primeras veces que me escondí, tenía mucho miedo a que no me buscaran. En cambio, si a mí me tocaba salir, tenía miedo que mi padre se fuera a esconder a su trabajo, allí donde yo no podría buscarlo.
   Después del tiempo transcurrido, ahora ya no recuerdo si me toca esconderme o salir a buscar.

 
   La puerta entreabierta

   Estoy en una de esas importantes reuniones familiares, sentado a una mesa generosa. Intercambiamos nuestros puntos de vista frente a temas de trascendencia para el mundo, aunque nadie se enterará de lo que digamos.
   Recuerdo cuando era niño, yo vivía en esta misma casa y miraba por la rendija de la puerta que me separaba del mundo de los adultos. En ese entonces, mis tíos y tías conversaban animadamente en este mismo comedor, y yo no entendía ninguna cosa. Sólo los admiraba por sus voces distinguidas que les daban altura de pedestal. Mi fantasía me llevaba a sentirme uno de ellos en algún futuro vislumbrado, mientras trataba de no moverme para que las tablas del suelo no crujieran. Podía pasarme horas espiándolos. Me estremecía con sus risas y también me llenaba de sus rabias y tristezas.
   En mi ingenuidad de ese tiempo no me daba cuenta que tenía en mí todas las respuestas que hoy busco afanosamente. Con añoranza miro las paredes del comedor, recorriendo su pintura descascarada y deteniéndome un poco en cada cuadro antiguo. Y en la puerta entreabierta, casi a mi espalda, alcanzo a ver un par de ojos pequeños, escondiéndose a baja altura. Me emociona descubrir a ese niño de mirada curiosa porque aun creo estar ahí donde está él. Imposible saber en qué momento crucé esa puerta.

 
   Los sueños del joven Venancio

   La libertad
   Salí caminando a grandes zancadas sobre el aire, desde mi balcón del segundo piso. Es mi costumbre usar poderes especiales para salir de la casa de infancia, porque si trato de bajar por la escala seré descubierto.
   Casi volaba, afirmándome en lo más tenue del aire. Cuando perdí altura y tuve que dar pasos cada vez más pequeños, ya estaba lejos, al otro lado de la Alameda.
   Mi marcha continuó a través de un portón a medio abrir, llegando a un patio más acogedor que las calles tenebrosas por las que anduve antes. En este otro ámbito había puertas iluminadas que me daban seguridad. Una de estas puertas me dio más que seguridad, cuando me permitió ver fugazmente en el interior a una hermosa joven, coqueta, con minifalda color naranja.
   Su actitud me hizo suponer que a ella le gustaba mostrarse. Se me estaba componiendo la noche, después de esa súbita pérdida de energía, en que tuve que ponerme a caminar pisando la vereda, como acostumbran a hacerlo todas las personas.
   Mi nueva amiga no estaba sola. Vivía con ella una mujer mayor, que parecía ser su madre, y reprendía a la joven a causa de su aspecto, que consideró exento de todo pudor. La chiquilla se retiró hacia dentro, asustada, y ya no la vi más. Hasta mi oído llegaron las últimas frases hirientes dirigidas a ella. Me pareció tan negativa y contaminante esta señora, que no pude callar, y decidí enfrentarla.
   -No tienes derecho a quitar la libertad a los demás -le dije con dureza, sintiendo que tenía muchas más cosas que decirle. Mi propia vida lloraba en ese momento, privada injustamente de la libertad natural.
   -Eres una persona encerrada -agregué, un poco más tranquilo-, una monja de reclusión.
   -Sí -respondió de manera inesperada-, jamás he salido a la calle.
   La mujer adquirió mejor aspecto. Se adelgazó y estilizó, y su rostro se puso bello, con un dejo de tristeza. Le seguí hablando con ternura, instándola a liberarse de sus prohibiciones. Ella tenía la disposición para hacer el intento, pero le faltaba la fuerza para lograrlo. Talvez ha creído que yo me estaba insinuando como un conquistador.
   Entonces, me fijé en su rostro, un poco duro. Una larga y delgada cicatriz abarcaba todo el ancho de su frente, en colores azul y rojo, ya desteñidos. Daba la impresión de ser una huella dejada por alguna corona metálica incrustada por largos años. Verla, me hizo comprender su actitud, como si uno pudiera recordar vivencias ajenas. Empecé a vislumbrar el motivo de los encierros. Al parecer, ese conocimiento tiene que haber sido lo que salí a buscar.

   Números
   Yo estaba esperando turno, junto a otras personas, para efectuar un trámite de renovación de alguna tarjeta, tipo carnet. El encargado se daba vueltas por ahí, y no empezaba a atender. Mi número era el Cero. Por lo tanto, el primero. Cuando llegó el momento en que empezarían a llamar, ya tenía lista la tarjeta y todos los papeles necesarios.
   -¿Quién es el Uno? -preguntó el encargado en voz alta, y cansada sin motivo.
   -¡Momento! -exclamé- Primero es el Cero..., yo soy.
   Accedió de buen grado a atenderme primero, pero le rompí el esquema. Para él el Cero era el último. Le costaba encontrar todas las cosas referidas al número Cero, cada vez que yo le presentaba un papel. El más importante fue un escrito que yo debía haber copiado de algo que me hiciera resonar con intensidad, como una lectura activa de la vida. Sólo lo miró, y me dijo algo así como "Tú no tienes edad para esto”.
   Me quedé perplejo porque lo interpreté como censura. A mis veinte años eso era insólito. Estuve pensando, hasta que se me ocurrió que me sobraba edad, en vez de faltarme. Entonces, le pregunté:
   -¿Esto es para adolescentes?
   En eso, empezó a alejarse la escena, y a disminuir el volumen de luz y sonido.

   Una imagen esquiva
   Soñé que venías hacia mí.
   Yo quería hablarte y conocer alguno de los mensajes que me traes desde lejos. Lo único que vi fue la intensa luz de tus faros. Te esperé en la oscuridad, viendo pasar junto a mí cientos de figuras incorpóreas.
   De pronto, ya no estábamos en la carretera sino que en un patio. Y tu luz era emitida por el lente de una cámara fotográfica que se acercaba con lentitud. Aunque no pude verte, supe que ahí dentro venías manejando. Todo el entorno se iba imprimiendo en tu retina. Cada árbol, con toda su historia. Entonces quise retratarme, y me acerqué lo más que pude, hasta que un fogonazo me detuvo, y alcancé a escuchar el metal que se cerraba.
   Corrí para mirarme al espejo en ti, que te ibas yendo con mi vida completa, y yo detrás, en busca de esa película que se llevaba mis respuestas. Antes de irte dejaste afirmada en un escaño una especie de diapositiva gigante, de un color grisáceo. Supuse que era mi imagen.
   Pude distinguir en ella un rostro cuando todo empezó a aclararse progresivamente. Creí que por fin iba a descubrirme, pero la imagen se desdibujó, y tú ya estabas lejos.

   El plato nadador
   Soñé con un plato nadador. Ya sé que estamos en la era de los platos voladores, pero el que yo vi, no tenía ninguna posibilidad de volar. Simplemente, flotaba como un enorme plato de sopa en la inmensidad del mar. Era un verdadero portabarcos porque contenía, además de agua aceitosa, varios buques de guerra y submarinos, simbolizando grises pantrucas.
   La misteriosa nave se desplazaba a gran velocidad, con desconocidas intenciones, manejada por el país más poderoso del planeta.
   Después de algún tiempo, la nave fue vaciada completamente, y vuelta a llenar con agua limpia, y con arena en los bordes. Supuse que la guerra había terminado, porque vi veraneantes en traje de baño, disfrutando de un agua tranquila, y tomando el sol en los amplios bordes del plato.

 

 

 
   El bus

   Ahí estaba el bus, un poco destartalado. Venancio no quería subir aún, pues no tenía ninguna seguridad de que ese vehículo iba a partir. ¿Y si después venía otro, probablemente en mejor estado? No se arriesgaba a perderlo.
   Durante muchas horas el bus fue adquiriendo pasajeros pero seguía teniendo un aspecto estacionario. Cuando el vehículo empezó a andar, pilló tan de sorpresa a Venancio, que no se alcanzó a subir. Corrió detrás de él para alcanzarlo, hasta que el bus se perdió en la lejanía.

 
   El pedestal

   El tipo andaba trayendo en sus manos una especie de andamio plegable, de material liviano. Cuando llegó a la plaza, extendió su bulto, el que se manifestó como un pedestal de color gris. Sobre él se paró este señor, igual que si fuera una estatua, pero con algunos gestos y aspavientos desde su pequeña gran altura, como queriendo decir “Miren qué interesante soy”.
   Era un pedestal excesivamente alto, y tan inestable que el hombre perdió el equilibrio, trastabilló y quiso afirmarse en el aire. Cayó espectacularmente al suelo, quedando todo embarrado, con lo cual ganó muchas risas de los transeúntes. Le lanzaron algunas burlas que le hicieron sentir mal, a juzgar por su expresión.
   Me dije que a mí no me pasaría algo así. Claro, si tuviera un pedestal, como tienen los demás, cada cual con una frase más linda en letras de relieve. Por eso, me empinaba un poco, que no se notara tanto, detrás de unos pequeños arbustos, simulando tener también mi podio.
   Un buen día, adquirí uno de segunda mano, en una venta de baratijas. Un pedestal propio para mí, hasta con caballo. Sabía que era peligroso, pero necesario. Indispensable. Ahora, podía considerarme persona.
   Al poco tiempo me aburrí de tan estúpida estructura que me tenía en alto ficticiamente para no ser menos que los demás. Lo único que quería era bajarme del monumento, pues nadie venía a mí, ni tampoco podía yo ir hacia la gente. Ni siquiera me era permitido sonreír. Ni ganas tenía, estando siempre a merced de las palomas. Con respecto al caballo, ya no lo soportaba más. Así y todo, hubo personas que me envidiaron.
   Quería dar el paso de ser el primero en bajarme, pero no me atrevía. Iba a ser demasiado vulnerable. Tendría que convencerlos a todos que nos bajáramos juntos. Eso era imposible. Siempre supe que estaba llamado a volver a mi lugar en el suelo, pero me decía a mí mismo que aún no llegaba el momento.
   Cuando vi a la nana, allá abajo, disfrutando del lindo día como si ella lo tuviera todo, descubrí cual es la única manera de bajarme del podio. Ella me ayudaría, una vez más. Así como se ocupó de mi aseo cuando fui niño y de mostrarme los caminos más sencillos, esta vez me iba a solucionar un nuevo problema. Pensar que nunca le he dado las gracias. Y esta vez tenía que pedirle otro favor.
   Al mirarme ella con verdadero orgullo por mi altura, empecé a bajar por una especie de escala, propia de la armazón. Le presté a ella el pedestal, diciéndole que era importante vivir la experiencia de estar ahí arriba un rato. Subió con curiosidad, y se paró arriba, encantada, al lado del caballo, parecía una princesa. Entonces, se rió de la humorada que estaba haciendo. Realmente, teníamos que vivir esto. Ya que yo estaba en el suelo, no me costó hincarme y decirle “Alteza”. Aunque sólo fuera para aventurarnos en “La Cenicienta”, el cuento que tantas veces me contó. Para ella todo esto era un chiste, y cuando se le terminó la risa, se bajó, sin solemnidad, sin las dificultades y sin las resistencias que tengo yo, y nos sentamos en el escalón de más abajo. Yo iba a darle las gracias, pero fue ella quien me dijo que nunca olvidaría ese regalo.

 
   El músico

   El teatro está repleto, según escuché decir recién. No todas las noches ocurre igual. Nerviosamente, nos disponemos a salir al escenario. Cada cabello debe estar en su lugar. El único que se permite estar despeinado es el director, y no desde el comienzo.
   Me cambio la corbata por una elegante, reglamentaria en nuestra orquesta. Salir a escena me produce cierta inquietud. Siempre fue así, desde que me inicié como actor novato, hace ya algunos años.
   Esa vez, logré que me llamaran para actuar en una obra de teatro, y llegué feliz de haber sido seleccionado, justo en el momento de salir a escena. No había estado siquiera en algún ensayo, ni tuve tiempo de leer el guión. Recuerdo que le pregunté a la directora :
   -¿Con qué ropa tengo que salir?
   -Con esa misma que andas trayendo.
   Me felicité de andar así, porque no estaba inapropiado.
   -¿Y qué tengo que decir? -insistí en aclararme la situación.
   -Lo que te venga.
   -¿Y cuál es mi forma de relación con los otros personajes?
   -Ahí va a ir saliendo.
   Quedé desconcertado y no quería preguntar más para que no me sacaran de la obra. Pero, tuve que hacer una última consulta, vital para mí.
   -¿Soy rico o soy pobre?
   La directora me miró desde su asiento , y no dijo nada. Decidí salir a las tablas como fuera, y si no me contrataban más, mala suerte.
   Esta vez, la salida a escena es mucho más estructurada. Ahora, soy músico. Cada uno de nosotros está a cargo de un instrumento, conformando una totalidad como una vida. Yo toco los timbales. No deja de ser importante. Tengo que estar presente durante todo el concierto, que a veces dura hasta dos horas y media, sentado en una silla incómoda, sufriendo con el traje de etiqueta, y la corbata que me aprieta el cuello. Mi única participación será cerca del final. Dos simples golpes, nada más que eso. Pero, entro al escenario al comienzo, junto con todos. Realmente está repleta la sala. Se ve bellísima. Elegante, con sus cortinajes rojos, con personalidad. No siempre he tenido la suerte de tocar en una sala así.
   En mis comienzos, una vez tuve que actuar en un teatro desastroso. Estaba lleno de cajas de embalaje, y cables por todos lados. La pared tenía grandes agujeros cuadrados, donde habían estado los parlantes. Hasta goteras habían. Tanto, que casi llovía igual adentro que afuera. En esos tiempos, yo andaba con casco. No por las goteras, sino por seguridad. Aunque me dificultaba escuchar lo que me decían, no me animaba a sacármelo. Podía ser peligroso. Hasta que vencí el miedo y me lo saqué sin que lo notaran. Fue providencial porque empezó a llegarme una música que me hacía bailar el alma. Casi arrastraba también al cuerpo.
   Ya están afinando los instrumentos. A los timbales no tengo que hacerles nada, porque fueron revisados hace poco rato. Me limito a esperar, y eso es bastante aburrido. Cuando fui pianista, disfrutaba mucho más. Tuve que hacerme cargo de un enorme artefacto musical, adornado con una gran cola. Yo conversaba con el piano. Realmente, él me hablaba, aun cuando sus teclas no sonaran todo lo bien que lo habían hecho en su juventud. Cada uno de sus sonidos me entregaba una sensación de añoranza de alguna realidad feliz, olvidada. El piano era mi vida.
   Colgaron de su cuello un pequeño letrero que decía “Malo”. Eso fue una injusticia porque mi piano no era malo. Talvez estaba un poco desafinado, pero lleno de buenos sentimientos.
   Jamás pude llegar a ser un gran pianista. Al final, el piano sólo servía como mesa para aperitivos. Los pedales los usaban los niños para jugar al automóvil.
   En cambio, el piano de esta noche suena impecable. Todos los demás músicos tocan, aunque sea a ratos. Se entretienen y se sienten realizados. Dan vuelta las páginas de la partitura, una tras otra. Mientras yo, aquí, soy el espectador con mejor ubicación. No me pierdo noche, y ni pago entrada. Los críticos también vienen siempre, y se sientan muy adelante. Supongo que tratan de descubrir a los mejores músicos. ¿ Qué podrán pensar de mí ? Cuando sea mi oportunidad pondré toda mi alma en cada uno de los dos toques de timbal.
   Miro a la tercera violinista de más a la izquierda, de la fila de abajo. Siempre he estado enamorado de ella. Pero, ese sentimiento no es recíproco. Jamás he podido entender que el amor no sea correspondido. ¿Acaso uno no ama lo suficiente? ¿O amo con casco?
   Es muy misterioso todo. Siempre lo fue. Como ese río que caminaba hacia arriba. Llevaba mucha agua y bien limpia. ¿De dónde sacaba la fuerza? Nunca lo supe, por más que me sentaba en su orilla a ver pasar los muebles flotando. Era un espectáculo tan bello como deprimente. No supe qué ocurría con esos muebles. ¿Acaso terminaron de servir? ¿Se reciclarían? Una vez vi pasar un piano navegando con las patas hacia arriba. Entonces decidí que era el momento de deshacerme también yo de lo inservible. Boté al agua una bandeja y varias estructuras de madera que yo andaba trayendo. También aproveché de tirar el casco. Se fueron yendo con mis ilusiones.
   Ya se acerca el final del concierto. Me siento de una manera muy particular, como queriendo decir al público “Fíjense en mí. que yo también estoy acá“.
   Ese rostro iracundo del director agitando su batuta me recuerda al compositor. De ambos aprendí que cuando las cosas están maduras, la música surge sola. La armonía es la que hace su trabajo. Un compositor solamente arma pequeños trozos y busca lo que ahí quiere manifestarse.
   ¿Por qué el director me mira tan feo? ¿Por qué todos los músicos se están poniendo tan nerviosos? Si yo hubiera estado involucrado en esto, habría percibido el motivo, pero aquí botado, relegado a una participación tan pequeña, no me doy cuenta. Alguien se habrá equivocado. Los gestos desesperados del director me parecen eternos.
   Ya no me mira. Se ha dado vuelta al público y le hace una venia, mientras la gente aplaude a rabiar.
   ¡Mierda! ¿Cómo se pudo ir mi único instante?

 
   Desconfianza

   -Yo soy nítido y tú eres difusa -le dije.
   -Estás equivocado -me respondió ella, a través de la niebla-. Yo soy nítida. Eres tú el difuso.

 
   Los papelitos

   -¡Está lloviendo! -dijo la voz, desde la avioneta, a través de un potente megáfono.
   Reinaba un sol esplendoroso, pero buscamos nubes, por si acaso, y hasta creímos verlas. Muchos salieron a la calle con paraguas.
   -¡Es de noche! -dijo la voz del avión, al día siguiente.
   Aunque la luz del mediodía golpeaba los ojos, nos retiramos a dormir.
   Cierta vez, surgió un rumor anunciando que el avión iba a tirar unos papelitos. Era una práctica anticuada, pero la esperé, ansioso. Seguramente, no osarían poner falsedades por escrito.
   Después de varios días, la avioneta dejó caer una nube de papeles. Los veíamos bajar, muy chiquitos. Quise ser el primero en agarrar uno.
   Cuando las hojas estuvieron cerca, atrapé una en el aire. El mensaje escrito decía:
   “Se ordena a la ciudadanía no creer en falsos rumores, en cuanto a que esta aeronave lanzaría papeles”.

 
   Las puertas

   Acá no hay nadie más que yo. Estoy en una de las tantas salas de espera de un enorme hospital, que ocupa varios pisos. Llegué hace ya mucho rato. Lo extraño es que tampoco hay muebles. Sólo la silla en que estoy sentado. Si llega alguien más no tendrá donde sentarse, salvo que yo acceda a darle el asiento.
   Necesito que pronto pase algo con el caso que me ocupa. Sigo esperando. Hay una puerta en el fondo de la sala, si es que puede llamarse así, siendo ésta una pieza tan pequeñita. Me digo que es la puerta de la esperanza, porque cada vez que se abre creo que ahora sí será mi turno. No sé muy bien qué hacer, más que esperar. ¿Esperar qué? Que se abra la puerta y aparezca alguien.
   Cuando se abre, lo hace con un lamento de hospital, y después se empieza a cerrar lentamente, con otro gemido. En mi interior, se inicia una oportunidad para mí. Sale una enfermera, y se va para otro lado, muy estirada, sin mirar a nadie. Va apurada. Todo es apurado en este hospital, menos lo mío. Esta oportunidad no tenía nada que ver conmigo. La puerta termina de cerrarse con un golpe seco, que me posterga la esperanza, por el momento. Así ocurre de nuevo, varias veces.
   Después de algún tiempo, me levanto de mi asiento porque ya no puedo permanecer sentado. Camino de un lado a otro. No es mucho el espacio. Toco la manija de la puerta, como queriendo hacerme amigo de ella. La suelto, y sigo caminando. En una de esas vueltas, la abro, con alguna aprehensión. Doy un paso hacia dentro, aunque no se supone que debería hacerlo. Al otro lado no hay nadie. He llegado a otra sala un poco más grande, sin muebles. Ni siquiera una silla. Sólo veo una puerta, en la pared del frente.
   Fuera de perder la posibilidad de sentarme, mi situación no ha cambiado mucho. Me paseo un poco, pensando que alguien va a aparecer por esa puerta del fondo. Es una expectativa que me podría sonreír en cualquier momento.
   Después de un rato largo en que no pasa nada, me decido por ir a abrirla. Con la esperanza de encontrar al otro lado a alguien que me atienda, aunque ya no tengo claro de qué asunto era que tenían que atenderme.
   Abro la puerta, tratando de paladear de antemano el calor humano que encontraré. Llego a otra sala vacía, más grande que la anterior. Sin muebles. Sin gente. Ahora tengo más espacio para pasearme mientras espero. Así lo hago por unos minutos. Al fondo veo una puerta bastante atractiva. Tanto, que decido ir a abrirla. Es así como logro entrar a otra pieza más grande y vacía que las anteriores. Como siempre, me preocupo especialmente de dejar bien cerrado antes de empezar a caminar.
   Más que caminar, tendría que reconocer que casi corro. Ya no me paseo ni me pongo a esperar. Simplemente, atravieso con prontitud todo el largo de la sala hasta la puerta del fondo. Entro a otra pieza más grande y vacía. Me estoy empezando a enojar. Nadie tiene derecho a hacerme esto. Si han de rechazarme, háganlo de frente. A golpes si quieren, pero sin este suplicio.
   He perdido la cuenta de las puertas que he abierto, y de las salas vacías que he cruzado de un lado a otro hasta llegar a la respectiva puerta del fondo. A esta altura del asunto, ya no me preocupo de cerrar ninguna de ellas. Solamente las abro, y así van quedando.
   Se me olvidó por completo el motivo de mi búsqueda. En tal emergencia, me detengo un rato a pensar. Transpiro. Mi respiración está agitadísima. Creo que ya lo tengo, al menos mentalmente. Claro, lo único que me queda es buscar uno de esos maestros que se supone tendría que haber en alguno de los recintos. Sí, eso es beneficioso y justifica cualquier sacrificio. Veo que es necesario abrir una gran cantidad de puertas para llegar al centro del mundo.
   Deben ser unas veinte o treinta las puertas pasadas. Llego a llorar de rabia e impotencia. Me digo que es por ese estado de ánimo que los maestros no quieren salir a mi encuentro. Sigo abriendo muchas más puertas, y no soy capaz de cambiar mi actitud. Esta soledad es demasiado dolorosa. Me siento rechazado por todo el mundo. Es injusto. Quiero encontrar algo distinto, aunque sea un precipicio. Sin embargo, no ocurre nada que no sea una copia exacta de la última desilusión.
   Ahora ya van como cien puertas enemigas.
   -¡NO! -es un grito potente que me sale desde la médula, y no va destinado a nadie. Sólo a mí mismo.

 
   De tumbas y sepulturas

   Trabajé muchos años como sepulturero. Pasar todo el día y todos los días enterrando gente, es más optimista de lo que parece. Todos los difuntos que pasaron por mi vida laboral fueron buenas personas mientras vivieron.
   Empecé a vibrar con cada discurso tratando de verme a mí en las descripciones. Y me pregunté "¿por qué el mundo está como está, si la gente tiene tantas virtudes?"
   -¿En qué cementerio enterrarán a los malos? -le pregunté un día a un colega.
   -¿Qué sabes de los que aún no han muerto?
   -Talvez los malos no mueren.
   -Todos tenemos que morir.
   Me quedé pensando que la muerte es misericordiosa... Pero, no siempre...
   Una vez, un carro fúnebre a gran velocidad, tuvo un accidente. Con la energía del choque, se abrió el féretro. Esa vez, se produjeron dos nuevos muertos. Y el que ya lo estaba desde antes, resultó con heridas de consideración.
   Y otra vez, en una misa de funeral, en el cementerio, el padre de la víctima se indignó cuando vio venir lentamente a una niñita llorando, con un ramo de flores en sus manos. Era morenita, y tenía puesto un traje negro. El viejo la odió, porque la culpaba de la muerte de su hijo. La verdad es que éste había muerto heroicamente por defenderla de un atacante.
   El viejo caminó hacia ella con ánimo de sacarla de ahí. Pero, me pareció como si, a pesar de todo, él estuviera empezando a recordar la ternura de su hijo, o la de su propia niñez. Al llegar, sólo fue capaz de abrazarla y llorar..., juntos.
   En otra oportunidad, vino un joven al cementerio, varias veces. Luego de reconocer cierta tumba durante el día, y cerciorarse de su ubicación, volvió al lugar durante la noche, creyendo que iba a pasar inadvertido. Premunido de una pala, una linterna y de mucho coraje se dirigió sigilosamente hasta el sitio donde había encontrado la tumba de su padre.
   A esas alturas, no era fácil darle cabida a la lógica, y tampoco podría alguien entenderlo. Ése era un encuentro solamente entre él y ese hombre que nunca alcanzó a conocer.

 
   Cementerio

   Yo siempre andaba viendo resplandores en torno a las personas. Como si fueran unas sombras luminosas. Grandes o pequeñas. Intensas o no tanto. Eso sí, solamente a los vivos, pero jamás a los muertos. Por eso, casi me dio un infarto esa vez que vi una luz tenue en el borde del ataúd, justo cuando lo estaban bajando a la fosa.
   -¡Ábranlo! -grité. Y me creyeron loco.

 
   Agua bendita

   -Padre, padre, necesitan urgente agua bendita en casa de don Juvenal.
   -¿Por qué tan urgente? -preguntó el sacerdote.
   -No sé, pero debe ser un caso de vida o muerte.
   -Bueno, llévale un poco en un frasco, pero que esté bien limpio.
   El sacristán llegó apurado a casa de don Juvenal, golpeó el pesado portón, y cuando le abrieron, subió corriendo, llevando el frasco hasta el taller.
   -Estoy pintando en acuarela una estampa litúrgica -dijo con tranquilidad don Juvenal, y tomando el pincel lo sumergió suavemente en el frasco de agua bendita.

 
   Un rostro conocido

   Ese rostro me era familiar. Correspondía a algún amigo, por supuesto. Supe que lo había visto cientos de veces, y compartido actividades con él, hace ya varios años. Pero, no sabría decir qué.
   Seguí metido en mis pensamientos. Se supone que soy un sabio loco, como me dicen algunos.
   Mientras el tren avanzaba por debajo de la ciudad, traté de recordar de dónde conozco esa cara. En eso, él me vio y se sonrió. Claro, había descubierto a un antiguo conocido. Nos acercamos y nos dimos la mano, efusivamente.
   -Hola
   -Hola
   Ese fue nuestro primer diálogo, lleno de entusiasmo. Bueno, es que los dos estábamos contentos de volver a vernos. Yo trataba de buscar en mi cabeza alguna pista que me permitiera identificar al conocido desconocido.
   -¿Cómo te ha ido en la pega? -le pregunté- , con la esperanza de descubrir quién era este tipo.
   -Muy bien.
   Como su respuesta no me ayudó, intenté de nuevo.
   -¿Todavía estás donde mismo?
   -Sí, compadre, ahí mismo, no más.
   -Veo que estás haciendo carrera.
   -Bueno, dentro de lo que se puede. ¿Y tú? -comenzó a interrogar él, ahora.
   -También sigo donde mismo.
   No me atreví a ser más explícito, por miedo a que me atrapara en mi ignorancia respecto a él. Conversamos mucho, de cosas comodines, que sirven para cualquier amigo. Después de eso, vino un largo silencio, hasta bajarnos del Metro. Parece que él tampoco tenía muy claro quién soy.
   No logré descubrir cuándo ni dónde nos habíamos conocido. Al despedimos, ya en la calle, él era un amigo nuevo. El pasado no quería revelarse. De lo conversado, sólo pude desprender que esta persona venía a las oficinas de una institución financiera, en el edificio de la esquina.

         * * *

   Días después ocurrió aquello. Un hecho de sangre, muy lamentable. Quizás lo habría olvidado, si no fuera porque me acusaron como presunto culpable del asesinato, cometido a la misma hora en que yo conversaba con mi amigo.
   Yo no tengo nada que ver con ese asunto, y ahora, necesito ubicar a esta persona, como coartada. ¿Cómo lograrlo? Es una urgencia, de vida o muerte.
   Fui a preguntar por mi amigo a esa oficina de finanzas a la que se había dirigido en aquella oportunidad, pero sin saber su nombre, no logré gran cosa. Y cuando ya no hallaba cómo actuar, caí entre rejas, y desde ahí no puedo hacer mucho. Tengo que descubrir a mi conocido, a través de otra persona.
   El abogado tiene la mejor voluntad, pero me ha dicho que es imposible rastrear sin datos. Tendré que analizarme para llegar a la información que está dentro de mí mismo, escondida misteriosamente.

         * * *

   ¿Lo conocí cuando niño? Probablemente no. Estamos muy cambiados como para poder reconocernos después de tanto tiempo.
   ¿Es pariente? No. De haber sido así lo habría ubicado en el árbol genealógico.
   ¿Amigo de estudios? No creo... No hablamos nada de estudios.
   ¿Trabajamos juntos? Eso puede ser, pues mencionamos algo acerca de trabajo. O sea, pienso que lo conocí en relación a mi trabajo. A lo mejor no trabajamos juntos... Me habría preguntado por algún otro compañero de trabajo... Si es que él se hubiera acordado mejor que yo.
   ¿Fue un proveedor? No creo. No trató de venderme nada.
   ¿Un relator? Talvez en algún curso, de los muchos que tuve. Sí, por la voz, parecería un relator... Trato de recordar todos esos cursos... No lo veo dictando ninguno de ellos.
   ¿Relator y compañero de curso? Claro. Aquí lo tengo. Una vez asistí a un curso de relatores. Muy entretenido. Fue hace como diez años.
   ¿Tengo la lista de ese curso? No, pero la que era secretaria en ese entonces, la tuvo. Creo recordar dónde trabaja ella ahora.
   Me reúno con el abogado y le cuento todo esto. Él se limita a reír.
   -No te preocupes más -me tranquiliza-. Ya se aclaró la confusión que había. Mañana sales libre.

 
   En un espejo

   Tengo ganas de ir a conversar con mi yo viejo. No es el que va a ser. Es, simplemente, la forma cómo me lo imagino. No en vano lo estoy creando.
   Hace ya algunos años que he querido realizar este viaje, pero nunca me he animado a concretarlo. Esta vez, sí que lo haré.
   Me tropiezo con una primera dificultad. No sé el lugar físico al cual ir. Creo que estaré en esta misma casa. No me moveré de aquí para esta travesía. Ni siquiera necesito equipaje. Se trata de un simple paseo al futuro, y nada más que eso.
   ¿Que tipo de vehículo ha de servirme en esta oportunidad? ¡Ah! Ya sé..., el espejo.
   Voy y lo miro. Es un espejo de cuerpo entero, que está al lado de la antigua cómoda. No importa si me veo bien o mal. Sólo quisiera verme más joven de lo que soy
   ¿Cómo meterme allí dentro? Ha de ser con los ojos cerrados. Al menos, durante el trayecto. Y tengo que lograr hacerlo sin quebrar el vidrio. No es fácil.
   Cierro los ojos y me concentro en la imagen que tengo dentro de mí. Al identificarme con ella, siento un ruido como de romperse la barrera del tiempo. Espero que se haya salvado el espejo, si no, yo estaría muerto.
   Abro los ojos y trato de constatar dónde estoy. No falta nada en mi cuerpo. Todo está bien. No es mi costumbre estar a este otro lado, y me cuesta un poco adaptarme. Después, hasta me empieza a gustar.
   -¡Hey, Venancio! A ti te digo..., al del espejo -es el yo de afuera el que me habla.
   Lo miro sin decirle nada. Veo que está muy envejecido. Trato de poner un rostro alegre, relajado, sereno, optimista... A ver si él me sigue...
   Sí. Me siguió. ¡Qué genial! Así, podemos conversar. Él habla primero:
   -A lo que he llegado.
   -¿A qué te refieres?
   -Me duele todo y no me importa. Creo que pronto he de retirarme de este mundo.
   -¿Has completado tu tarea, o no?
   -Siempre que creo haberla terminado, surgen páginas nuevas que antes no había visto, y tengo que seguir. Esto es de nunca terminar.
   -¿Cuántos años tienes ya?
   -Ochenta, no más.
   -Bueno, todavía te quedan varios años más -le digo, pensando que yo estoy apenas en los cincuenta.
   -Pero, por lo menos, puedo decir que lo más importante ya ha quedado listo.
   Me alegra escuchar eso, y así se lo digo, con una gran sonrisa. Él también sonríe.
   -¿Qué nombre le darías a eso tan importante? -le pregunto.
   -Cuando trato de darle nombre me doy cuenta de que no es tan importante.
   -Pero, ¿te da satisfacción?
   -Sí. Mucha.
   -Entonces. ¡Felicitaciones!
   -Es a ti a quien debo agradecer.
   -¿Por qué?
   -Porque hiciste de mi lo mejor que pudiste.
   -Perdón por no haber podido hacerlo mejor.
   Nos despedimos. Ha sido un momento grato. El yo de afuera se retira. También yo me voy hacia dentro.
   ¿Y ahora, cómo me salgo de esta máquina del tiempo? ¡Ah! Ya sé. Tengo que cerrar los ojos. Así lo hago, y me concentro en la imagen que tengo de mí.
   Escucho el ruido de romperse la barrera del tiempo, y ya estoy afuera nuevamente. Cansado, pero contento. Tengo un conocimiento nuevo. Necesito darle un poco de vueltas.

 
   El cuento roto

   -No rompas tu obra, Venancio. Eres un artista.
   -Es que mi obra es bien especial, amigo mío.
   -Tendrá que ser otra persona que la rompa por tí.
   -Yo me las arreglo solo.
   -Pero..., tu obra es valiosa.
   -No lo sé. Mi arte consiste en romper papeles, precisamente.
   -¿Cómo es eso?
   -Claro. En romper esquemas.
   -Eso es interesante. Una obra que no se deberá destruir.
   -¿Por qué no puedo romper la hoja de papel en que fue escrita?
   -¡Qué porfiado! Por lo menos, acepta que cualquier intento destructivo le agregaría valor a tu obra.
   -O la transformaría en una obra para armar.
   -¿Quién arma la obra..., el escritor o el lector?
   -Entre ambos. Por eso, escribí un cuento roto.
   -¿Cómo es un cuento roto?
   -Está escrito en muchos pequeños trozos de papel.
   -Ya veo. Un cuento puede estar roto, pero no por eso destruido.
   -Y el lector es libre de armarlo como le guste.
   -¿Y de qué trata tu cuento roto?
   -De un cántaro roto, que sólo se llena por un rato. Al final, se sale toda el agua.

 
   Maestros y ángeles

   Me habían dicho que para visitar a mis maestros tendría que recorrer miles de kilómetros. En la realidad, no fue tanto. La distancia resultó ser de apenas una pequeña fracción de milímetro. De todas maneras, un viaje así no es fácil porque los maestros acostumbran a estar lejos de la bulla, y eso significa tener que ir muy adentro.
   Fue una travesía enorme, abriendo muchas puertas para llegar al centro de mi mundo interior. Afortunadamente, no demoré mucho, ya que se logra una velocidad de miles de puertas por minuto.
   Al principio temí que nunca llegaría a la naturaleza definitiva de mi destino. Después comprendí que eso no importa, pues los maestros no se andan escondiendo, y siempre habrá alguno que me pueda atender. Hay muchos maestros y maestras, de todas las edades. Los de mediana edad son los que uno más conoce en la vida diaria.
   El de ayer era un anciano, un poco gordito, y vestía de blanco.
   -Cuando eras bebé -me explicó el maestro-, Dios conversaba contigo con libertad... Hasta que tuviste una primera actuación que consideraste errónea, y te asustaste.
   El maestro reconoció no saberlo todo. Solamente tiene experiencia, y la vida le enseñó que en caso de cualquier duda hay que consultar a los niños. Ése fue el único consejo que le escuché. Entonces, me llevó al prado donde juegan los niños, y ahí me dejó.
   Estuve tratando de acostumbrarme a la idea de que ellos me iban a resolver los complicados problemas de mi vida. Y como no atinaba a esbozar ninguna pregunta, se me ocurrió que lo mejor era indagar exactamente eso.
   -Niña -le dije a una negrita que iba pasando- ¿tú sabes resolver los problemas difíciles de la vida?
   -Puedes transformar uno difícil en dos fáciles -me respondió sonriendo, después de mirarme muy seria durante un rato.
   Cuando ella se fue a jugar nuevamente, volví lo más rápido que pude a mi ámbito acostumbrado. El paseo por ese mundo me enseñó mucho.
   En cambio, en el viaje de hoy me aventuré mucho más allá que ese punto central. Llegué a un sector que me trasciende. Me encontré con una persona muy parecida a mí.
   -Soy tu ángel de la guarda -me dijo.
   Lo miré extrañado porque el hombre no tenía alas ni plumas.
   -Hace mucho tiempo que quería hablar contigo -agregó-, pero no lo conseguía.
   -¿Por qué? -atiné a preguntar.
   -Porque lo impedía tu falsa imagen de lo que es un ángel.
   -Ya veo.
   -Hace siglos yo fui bisabuelo de tu tatarabuelo.
   -¿En cuál mundo?
   -En el tuyo.
   -¿Y es cierto que existen arcángeles?
   -No. Eso lo puede haber inventado algún pomposo arzobispo.
   -Cuéntame cómo fue eso de los ángeles caídos.
   -Eso tampoco es cierto.
   -Pero, mi tarea -agregó el ángel- no es enseñar, que para eso están los maestros. La mía es sólo protegerte.