ARISTODEMO                    Un lugar literario
La isla Tierra Tierra         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Primera parte.- Las historias más antiguas

   En el principio

   Al principio estaba muy oscuro, pero yo no lo sabía. Ni sospechaba que pudiera existir algo distinto a la tiniebla. Sólo sabía que yo formaba parte del primer paisaje, tan árido, tan frío, que no podría ser atrayente para alguna otra piedra que llegara desde lugares remotos. Fue en ese tiempo que se empezó a formar mi carácter.
   Quise llorar, pero aún no habían sido creadas las lágrimas.
   La primera cosa interesante que sentí en mi vida fue un movimiento lejano, como de agua que iba y venía en un eterno juego, poniendo un poquito de alegría en este ambiente inhóspito. Lo encontré tan maravilloso, que empecé a imaginar esa agua llegando hasta mí, y entonces ya podría llorar.
   El sol apareció por primera vez, con timidez, y avanzó lento un gran trecho hasta irse en tonos rojos. Felizmente volvió a iluminar después de una fría oscuridad en que lo añoré como lo más preciado.
   Desde entonces, el sol va y vuelve, igual que el agua que me acaricia y se retira, una y otra vez. En igual forma, empezó a venir la lluvia, como un llanto que no proviene de mí, sino de afuera, para después poner cada vez más azul el cielo. Cuando la lluvia me moja, yo también adquiero mi verdadero color.
   En esta forma tranquila transcurrió mi vida durante los primeros millones de años. Un buen día vi aparecer pequeñas plantas y después, grandes árboles. Y también unos seres extraños que parecían mamarrachos cada vez más monstruosos hasta que se convirtieron en dinosaurios. Eso fue hace muy poco tiempo. Ahora, los cambios son vertiginosos. Ha surgido toda clase de animales, que se pasean por encima mío. Incluso, esos que andan en dos patas, y que no tienen plumas, y se ríen. Sí, ríen mucho. Es su principal característica. Confieso que hasta me contagian, y le dan un sentido a mi vida.

   

   Resplandor del amanecer

   Era el más precioso arroyo del planeta. No sólo por el agua cristalina que fluía cantando alabanzas, sino también por la tierna manera de lavar las piedras de su lecho.
   Aún recuerdo ese tiempo remoto en que una hermosa joven acostumbraba a bañarse desnuda en el arroyo. Era la hija del jefe de la tribu, y tenía por nombre Resplandor del Amanecer.
   Resplandor, como le decían, disfrutó esa agua por muchos años, hasta su vejez. Y después de ella, varias generaciones también la disfrutaron. Más tarde, cuando vino el progreso material, aunque el arroyo siguió estando ahí mismo, ninguna muchacha ni vestida ni desnuda osaba introducirse en su helada agua.
   Hubo guerras, sismos y desbordes que intentaban infructuosamente cambiar el curso de este verdadero río que llegó a ser. Al final, una bomba nuclear lo logró en pocos segundos. No supe para dónde se fue el agua, así, tan de repente. Tampoco quedó ninguna de las piedras amigas que yo apreciaba.
   Durante miles de años no creció ni siquiera una brizna de pasto, ni nada parecido. El planeta continuaba girando sobre sí mismo, y el sol siguió saliendo todos los días. Creo que las estaciones del año nunca dejaron de alternarse como siempre, aunque yo no tenía cómo comprobarlo.
   Dormí algunos millones de años, y al despertar observé maravillado unos arbustos y unos frondosos árboles. La vida había vuelto. Torrentes de agua que pasaban eran bebidos por los dinosaurios. Lentamente fue cambiando todo. También desaparecieron los dinosaurios, siendo reemplazados sucesivamente por otros animales hasta llegar a los búfalos. Y lo más notable, ayer empecé a ver seres humanos por aquí y por allá.
   El arroyo está precioso con su agua cristalina que canta alabanzas y tiernamente lava las piedras de su lecho. Hoy ha venido a bañarse desnuda la hija del jefe de la tribu. Se llama Resplandor del Amanecer.

   

   El despertar

   El primero en despertar fue el gato, mientras todos los demás siguieron durmiendo, a pesar de la bulla estrepitosa. No se supo si el felino soñó algo durante su larga noche, ni si estaba en condiciones de recordar sus eventuales experiencias oníricas. Ajeno a todo eso, el gato fue a despertar al perro, pues lo iba a necesitar al salir, para tener de quien burlarse desde las copas de los árboles. Al can no le había llegado su momento y continuó su sueño, ahí entre la jirafa y el picaflor. El escurridizo minino echó a andar con sigilo hacia el patriarca, quien también estaba dormido, junto a su pequeña familia. Todos dormitaban en el arca, mientras afuera llovía torrencialmente.

   

   Narraciones del anciano Eustaquio

   Esta isla se llama Tierra Tierra. Así la bautizó el vigía de los descubridores cuando la vio por primera vez desde lo alto del mástil de la nave.
   Más que una isla, es un símbolo de un mundo entero en miniatura. Con excepción de las fronteras. Esas líneas imaginarias que dividen lo indivisible, no están reflejadas en este pequeño universo.
   La naturaleza es lo más bello que tenemos. Cuando bebo el anaranjado néctar de la flor desnuda, ésta me abraza sonriente. Entonces, empieza la primavera. En los jardines hay pensamientos, cardenales, y nomeolvides. Cierta vez, un pensamiento cruzó los aires y desbordó el caudal que baja de la montaña. Las aguas claras se dispusieron a mojar el océano.
   El mundo exterior tiene presencia en Tierra Tierra, aunque sólo sea en los mapas. Siempre se producen discusiones en torno a las supuestas cualidades del continente. En ciertas oportunidades se ven pasar algunos aviones que nadie sabe qué significado pueden tener, además de alimentar la esperanza.
   Cuando alguna isla del archipiélago se hunde de puro vieja, un transatlántico se lleva a casi todos sus habitantes al continente. Los gigantes se tienen que quedar, y hundirse con su pequeño terruño naufragado.
   De repente aparecen tierras nuevas venidas de no sé dónde, y son conquistadas por los guerreros de islas grandes vecinas. Hasta que, en algún momento, se independizan. Desde ese momento es rarísimo tener visitantes.
   Muchas veces nuestros antepasados intentaron construir puentes hacia las islas próximas, pero jamás pudieron terminarlos. Siempre se derrumbaron estrepitosamente. También desde esos otros lugares la gente intentaba fundar pasarelas hacia acá, pero aún no ha habido forma de juntarse al medio. Todo destino se toma su tiempo, como una paloma mensajera, inocente, buscando el futuro. Es necesario entender que un mensaje amargo también es portador de sabiduría.
   En cuanto a lo espiritual, sabemos que existe la luz porque también hay horas oscuras. No se trata de una competencia, pues tenemos por cierto que no existe algún astro negro que irradie oscuridad. Cuando hay suficiente luz, las sombras se ven nítidas. En cambio, en la noche las sombras y las siluetas se confunden. Al iluminarlas, las sombras se desvanecen, y las siluetas adquieren su dimensión y colorido.
   También interesa la política. La isla tiene un gobierno, o quizás habría que decir una especie de consejo gobernante que trata de interpretar a la nación en todas sus decisiones. No le es fácil porque el tirano que antiguamente gobernó por muchos años, aún no se ha ido, y sigue manipulando desde las sombras.
   La isla Tierra Tierra fue colonizada por tres pueblos que llegaron en distinto tiempo, provenientes de diversas latitudes. Los que llegaron primero se establecieron formando una cultura más bien primitiva, pero llena de valores espirituales. Tenían un lema “Viva la vida”. Y así es como vivían, de acuerdo a eso. En cambio, los conquistadores que llegaron desde el mar tenían su propia consigna “Creo en la verdad”. Y lo pusieron en el escudo, signo representativo de la nación. Tuvieron la deferencia de incluir también el lema de indios. Así, la divisa era doble, y ninguna de sus partes le hacía sombra a la otra.
   Un pequeño sector de la isla estuvo habitado por otro pueblo primitivo, el cual fue aplastado por completo. Su lema no estaba escrito en ninguna parte, pero todos lo sabían. Cada cual lo decía con sus propias palabras. Era un verdadero canto de amor, que nunca fue a ponerse en los emblemas físicos.
   Más tarde la frase del escudo evolucionó a “Verdad y Vida”, que es mucho más práctico, sobrio y explícito. Tan poco comprometido, que a las pocas décadas volvió a cambiarse. El escudo pasó a decir “Verdad y Valentía”. El cambio no cumplió su objetivo, porque se mantuvo la falta de compromiso.
   Cambiaron el lema muchas veces, porque los nuevos gobernantes no quedaban conformes con él, pero no se daban cuenta de que nunca le habían devuelto el compromiso original.
   Cuando miré el escudo, muchos años después, tuve que ponerme a pensar en algún significado. Colores, animales, logotipos. Y una frase en bronce: “Con hielo o con hierro”. Era una de esas frases que, de tanto repetirlas, su significado se diluye y se esfuma. Como el hielo que se transforma en agua, y, el hierro que se oxida.
   En una época oscura de nuestra historia le pusieron “Frialdad y Valentía”. Pero, después recapacitaron y lo cambiaron por “Razonable o Valiente”. Prefirieron la "o" en vez de la "y", pues creyeron que no se puede ser las dos cosas al mismo tiempo.
   No sé cómo irá a seguir variando esta verdadera declaración de principios que cuelga del emblema, tal como antes los letreros colgaban del cuello de las personas.
   Había que ponerse un cartoncito con una frase alusiva, como si fuera ropa. Por obligación.
   Yo alcancé a usar letrero, y trataba de que nadie me lo viera, pues era ignominioso. Una vez vi a un hombre achacoso con un cartel que decía “Destacado”. Hasta podría haber sido yo, en años juveniles. También estaba el anciano con cartel de “Ilustre”, pero no tenía qué comer. Por fin suprimieron los letreros. Ahora se llevan las mismas leyendas en tarjetitas en el bolsillo.
   Me da risa... ¿Ilustre... ? Sólo mis zapatos son ilustres. ¿Destacado...? También, pero el del pie derecho, no más.

   

   El bazar de los sueños locos

   Hace muchos años, cuando yo era joven, tuve un trabajo muy especial. Me costó un tiempo adquirirlo. Recuerdo que, después de mucho buscar, encontré un aviso que decía "Se necesita una persona optimista...".
   Casi no seguí leyendo, porque mi ánimo estaba más bien pesimista. Sin embargo, me revestí de toda la buena actitud que pude, y acudí a la dirección que salía en el aviso. Al llegar, creí que me había equivocado, porque sobre la puerta había un gran letrero que decía "Bazar de los sueños locos".
   Ya que estaba ahí, entré, y dije a la niña que me recibió:
   -Me llamo Eustaquio, y vengo por el aviso.
   -¿Cumple con los requisitos? -me preguntó con una sonrisa hermosa, ante la cual me llené de un optimismo desconocido.
   -Sí, señorita.
   La niña me llevó a una entrevista con el jefe. Una entrevista muy corta. Quedé aceptado y empecé a trabajar en ese mismo momento.
   Mi trabajo consistía en organizar el archivo, clasificando las distintas solicitudes que llegaban. Miraba de repente alguna, cuando había terminado el trabajo del día si aún era temprano. Leí las cosas más locas, al principio me reía, después empecé a mirar las hojas con más seriedad. Algunas de éstas decían cosas así: "Haré un colegio gratuito para que todos los niños puedan estudiar"; "Haré un colegio que desarrolle las artes y la creatividad de los niños"; "Crearé un laboratorio en que se produzca un fármaco para la amistad"; "Fomentaré el desarrollo de la persona".
   Hasta me puse a escuchar un día la conversación entre un cliente y la persona que atendía. Ella se llama Eunice, y es la misma que me acogió al llegar. Descubrí que me alegraba escucharlos, aunque no tuvieran los pies en la tierra. También conversé con esa niña después, acerca de lo mismo. Así, supe que esta oficina ayuda a conseguir financiamiento y orienta cómo comenzar, qué primeros pasos dar, etc.
   Y también ayudan a caminar, fijándose en las luces que vienen desde el final del camino.
   El resultado de todo esto es que me enamoré de Eunice. Y ella de mí. Entonces, tomé una serie de decisiones fundamentales. Ingresé mi propio sueño loco en los registros: "Descubriré el néctar de la visión, para desarrollar la vista trascendente". Eunice me miraba con amor. Al día siguiente dejé mi trabajo del Bazar. Ya era hora de que lo tomara otra persona que lo necesitase más que yo. Me puse a caminar siguiendo la luz. Y me casé con Eunice.
   Después de los años, mi sueño loco sigue siendo un sueño, y continúa estando ahí la luz hacia la cual voy. He tenido una vida maravillosa. Al hijo que tuvimos le pusimos por nombre Eulogio, para que llegue a ser elocuente.

   

   Reminiscencia

   Me llamo Eulogio y tengo algo que hoy quisiera contar. Durante muchos años he tenido esto guardado sin decírselo a nadie, pero ya me está quemando y tengo que dejarlo salir.
   Yo tenía siete años. Mientras jugaba con otros niños, corríamos de allá para acá y se levantaba la tierra suelta, lo cual no gustaba mucho a los adultos cercanos.
   Lo notable ocurrió cuando me fijé en un Maestro que estaba enseñando. A pesar de la distancia que nos separaba, me pareció escuchar sus palabras. Fue como si yo las hubiera sabido desde siempre. Me interesé vivamente por ir hacia él. Ya a mi edad, supe que había cosas importantes que aprender de aquel hombre, distinto a todos los demás. Incluso, distinto a esos que me atajaron, y amablemente me invitaron a retirarme. No les quise hacer caso, y seguí intentando zafarme de ellos.
   -Dejad que el niño venga a mí -exclamó el Maestro.
   Me dejaron pasar, y llegué a ponerme muy cerca de él. Sentí un destello interior que me iluminó todo por dentro como un relámpago. Eso duró sólo una fracción de segundo y me quedó grabado hasta el día de hoy.
   Algo maravilloso se me despertó. Como un conocimiento que hubiera estado durmiendo dentro de mí. Mientras el Maestro acogedor me hablaba con ternura, me llené de alegría. Al rato, me dijo que ya podía volver con los otros niños.
   Seguí pensando en eso durante los días que siguieron, y semanas, meses..., y años, hasta bien entrado en la adolescencia. Cierto día, desperté sobresaltado recordando cuando había vivido yo una escena similar a esa que tanto me movía. Pero en aquella otra que se me estaba revelando yo no era un niño, sino un adulto. Era otro el niño que estaba siendo recibido por otro Maestro. Sí..., podía recordarlo perfectamente. Supuse que eso tendría que haber ocurrido en alguna vida anterior, o algo parecido..., probablemente en otro planeta.
   En pocos minutos de mi estado de somnolencia lúcida, antes de saltar de la cama, recordé mucho más de aquella vivencia remota. Aquel hombre era grandioso, así como el de nuestro tiempo. Y a aquel lo asesinaron las autoridades religiosas. Sí, ya lo recuerdo... Es que me impactó.
   Me levanté esa mañana, dándole vueltas a todo el asunto, y pensando que, afortunadamente, acá la gente no es tan mala. También añoré el jugar con esos nietos remotos que dejé en la vida anterior.
   De todos modos, me preocupaba el destino que hubiese tenido el Maestro de nuestro tiempo. Así que me dediqué a investigar. Muy pronto averigüé que el Maestro de nuestro tiempo también fue asesinado por las autoridades religiosas.
   Y yo que creí que esas cosas acá no pasaban.

   

   Soledad de un árbol

   Me pregunto cómo llegué hasta acá. Alguien me ha traído, y no sé por qué se le ocurrió hacerlo. Me imagino que ha de ser para algo grandioso que aún no he sido capaz de descubrir.
   Eso es lo que quiero creer, a pesar de lo que me tocó vivir hace algún tiempo, cuando aún no cumplía mi primer siglo. En un aciago atardecer que no he podido olvidar, un hombre venía hacia acá, y desde lejos se notaba malhumorado. Su caminar urgido y errático no presagiaba nada bueno. Cuando estuvo cerca, el tipo no pudo ocultar que estaba destruido por dentro. Así estaba terminando ese mal día, que hasta hoy me hace doler.
   Prefiero mil veces mi soledad actual, aunque yo esté fuera de lugar, y sin poder tocar a nadie con mis ramas extendidas, que se agitan a causa de la suave brisa.
   Desde aquí se domina un panorama bellísimo y distante, una inmensidad gigantesca. En la lejanía alcanzo a divisar un atrayente árbol femenino. Me he llegado a enamorar de ella, de su presumida estampa, de su ritmo provocador. Le envío misivas con el viento, pero jamás obtengo respuesta.
   Me sigue persiguiendo la imagen del hombre aquel que vino a importunarme hace ya muchos siglos. Como un enajenado sacó una cuerda que traía escondida en su túnica y se dispuso a anudarla a una de mis ramas. Eligió la más robusta. En ese momento quise romperla. Si era mía, tenía que obedecer mi orden. Sin embargo, no tuve fuerza suficiente para quebrarme. No me explico cómo he sobrevivido después de ese desgraciado acontecimiento, y en clima tan adverso, sin más agua que la niebla nocturna.
   Miro hacia abajo y me parece estar a punto de caerme al vacío, pero eso no puede ocurrir. Hay raíces que me sustentan y se agarran como pueden del abrupto suelo estéril. En cambio, otras raíces destartaladas quieren arrancarse y no lo logran.
   Quisiera olvidar esa antigua noche de luna que no terminaba nunca, y yo estaba aterrado, mirando la silueta tétrica que bailaba colgando de mí. Es lo más feroz que me ha tocado vivir.
   Al día siguiente vinieron a sacarlo.
   -Es Judas, el traidor -exclamó alguien.
   Por fin pude quebrarme. Y fue peor, porque el cuerpo del desdichado rodó quebrada abajo hasta reventarse contra el último peñasco. Fue horrible.
   Desde entonces quedé marcado por la ignominia, hasta el día de hoy. No tengo amistades, y eso es triste. La sombra que doy no la aprovecha nadie. Quisiera saber para dónde se han ido todos.
   Trato de tirar semillas a mi alrededor, y cada día al despertar miro con la esperanza de ver si acaso ha brotado algo.
   "Es Judas, el traidor", aún retumba esa frase en mis oídos.
   A esa rama asesina que ya no tengo, intenté llamarla "justiciera", pero no me lo creí en ningún instante. Ahora me creció ahí mismo un vástago nuevo, frágil al comienzo, después se fue afirmando. Hoy, en un nuevo atardecer, ha venido un halcón a posarse sobre mi inocente brote. Me dio alegría, porque llegó trayendo un mensaje de mi amada.

   

   La biblioteca

   La biblioteca es un microbus que recorre la isla. Al comienzo, es una aventura, con una limitada posibilidad de leer, pero es una gran gracia. Al terminar la lectura, uno se baja. Para no tener que volver a pie, lo que antes hacía yo era terminar el libro justo al ir pasando por donde quería bajarme.
   Cierta vez no pude hacerlo así, pues en una esquina creí que íbamos a doblar, pero el microbus siguió derecho. Pensé que quizás doblaría en la próxima. Tampoco dobló en la próxima, ni en la que sigue, ni en ninguna. Yo sabía que el conductor quería doblar. Su recorrido se lo indicaba. Algo trababa las ruedas o el volante. Estábamos haciendo un camino demasiado largo, y ningún tesoro nos esperaba al final. Decidí bajarme, aunque estuviera lejos. Tuve que caminar.
   En cambio, hoy llegué hasta el final del recorrido, donde nunca había estado antes. Ahí hay un gran edificio, llamado Biblioteca de la Sabiduría Universal. Los encargados sacaron del microbus los libros que estaban llegando, para guardarlos, y pusieron otros nuevos para el próximo viaje.
   Entré a la BSU, con gran entusiasmo. La estaba conociendo por primera vez. Me gustó estar ahí.
   - Mi nombre es Eulogio -dije, para presentarme.
   Conversé con la persona que atiende, y supe que en este edificio está todo el conocimiento, todo lo que ha pasado, ¡todo!
   -¿Y mi vida? -pregunté.
   -También.
   -¿Y lo que ni yo mismo recuerdo?
   -También.
   -¡Ah! -eso me interesó, para buscar todo lo que tenga bloqueado.
   Pedí el libro correspondiente, lo buscaron y aquí lo tengo. Tiene sus páginas en blanco. Miro una de ellas, fijamente, y extraigo de allí imágenes que me dicen algo. Es fabuloso.
   Hay más que eso en la biblioteca fija, la BSU. Es aquí donde está el libro grande dejado por los conquistadores. Un libro famoso y muy respetado. Es un verdadero guión de lo que se debe hacer. Además, en él se ha seguido escribiendo la historia de la isla. A pesar de los cuidados, al libro se le han roto páginas, están algunas humedecidas; y otras, quemadas por el tiempo. Hay muchas páginas perdidas.
   Dicho libro está para consulta solamente, y no se puede sacar de ahí. Todos tenemos que conocerlo y seguirlo. Aunque sean simples historias de conquistadores, jamás confirmadas. Importante es no repetir los mismos percances.
   Leyendas antiguas y nuevas pueden leerse en esta biblioteca.


  Segunda parte.- Leyendas antiguas y nuevas

   El elfo

   Mi vida ha sido alegre y triste, al mismo tiempo. Me lo paso en fiestas, bebiendo el néctar de los frutos silvestres y bailando minuto tras minuto con mujeres hermosas. Desde anoche cuando era un niño aún y ya me empezaba a fastidiar el tamaño de mis orejas.
   Las niñas engreídas se reían de mí en la clase. Yo he venido a este país de gigantes a rescatar aunque sea a una sola princesa. Prisionera sin rejas ni candados, amarrada a una historia que no construyó. Hasta ahora, sigo buscando desesperado a mi princesa carnal para llevarla al mundo de luz desde donde hemos venido. Pero, ¡Oh, desgracia!, ¿cuándo podré ser amado por mi princesa si todas ellas arrancan a perderse cuando ven mis orejotas?
   La busco filtrándome entre las ramas de los jardines, y estirando mi cuello hasta donde puedo. En esta última hora ya casi no tengo alcance. He perdido mis cualidades juveniles. Creo que he fracasado en mi misión. Se acerca el alba cruel con su guadaña, lista para llevarme. No puedo terminar mi vida así. ¡No puede ser!
   ¿Habrá vida después de la muerte? ¿Cómo será todo eso? Espero que el creador me dé otra oportunidad y me permita luminizarme en la próxima noche de luna llena.

 
   Los tres mensajeros

   Ademis despertó esta mañana, sintiendo que éste iba a ser un gran día.
   Su intuición le dijo que debía entregar un mensaje al rey. No recordaba dónde puso ese papel que alguien le dio, tiempo atrás, para ser puesto en las manos reales.
   Se levantó, comió algo, y se puso a buscar por toda la casa. El papel no aparecía. Pasaron muchas horas hasta que dentro del último cajón de la cómoda, en el que había buscado cinco veces sin encontrar nada, apareció el motivo de su misión. Era un sobre cerrado en el cual se leía "Mensaje de Vida". Lo miró al trasluz. Se notaba en su interior la presencia de un papel escrito.
   Ademis alistó su caballo y emprendió en él la marcha hacia el palacio real. Fue un viaje tan largo que no alcanzó a llegar antes del ocaso.
   -¿Cómo podría ser posible, en un solo día, cumplir tan compleja y difícil misión? -se preguntó Ademis.

         * * *

   Ademis despertó esta mañana, sintiendo que éste iba a ser un gran día.
   -¿Cómo? -pensó- ¿hoy es ayer?
   Parecía una nueva oportunidad. Tenía que empezar por buscar el mensaje. En menos de dos horas ya lo tenía. Logró encontrarlo en el último cajón de la cómoda.
   Partió en su caballo hacia el palacio del rey. A mitad de camino se encontró con otro jinete, que también resultó ser un mensajero que intentaba llegar al palacio real. Conversaron durante el almuerzo, en la posada Acuarius. Así, Ademis se enteró de que su compañero se llamaba Albiros y llevaba consigo un Mensaje de Luz. No lo quiso mostrar, por temor a perderlo.
   Siguieron camino juntos y llegaron a palacio antes del atardecer. En cuanto cruzaron el puente levadizo, Ademis se presentó a entregar su mensaje a un asistente, para que se lo diera al rey. Albiros, en cambio, le dijo al asistente que sólo entregará el mensaje al rey directamente.
   -Ya vuelvo -dijo el asistente y se fue hacia dentro del castillo. Los mensajeros esperaron, y después de algunos minutos vino el rey en persona.
   -Gracias por traerme el mensaje que es tres mensajes -dijo el rey, y agregó:
   -¿Dónde están las otras dos partes?
   -¿Dos? -exclamamos asombrados.
   -Hay una más -aclaró Albiros, y se puso a buscar el Mensaje de Luz.
   Buscó varias veces en cada uno de sus bolsillos. No lo pudo encontrar, a causa de haberlo guardado tanto.
   -¿Cómo podría ser posible, en un solo día, cumplir tan compleja y difícil misión? -preguntó Albiros.

         * * *

   Ademis despertó esta mañana, sintiendo que éste iba a ser un gran día.
   -¿Otra oportunidad...? -se dijo, y se propuso no desperdiciarla.
   Buscó el mensaje por toda la casa, durante casi una hora, hasta que lo encontró en el último cajón de la cómoda.
   Con rapidez partió hacia la posada Acuarius y se puso a esperar a Albiros. Pasaban las horas. Después de almorzar, vio a lo lejos que se acercaba un jinete. Cuando éste llegó se presentó inmediatamente:
   -Soy Amondes y llevo un mensaje al rey.
   Se bajó del caballo y mostró a Ademis un sobre que decía "Mensaje de Calidez".
   Después que Amondes comió algo rápido, cabalgaron juntos hacia el palacio. Llegaron al atardecer. Cuando cruzaban el puente levadizo, el entusiasmo de Amondes hizo que el mensaje que llevaba en su mano en alto cayera al agua.
   Vino el asistente. Ademis le entregó su mensaje para que se lo llevara al rey. Éste apareció en persona, diciendo:
   -Gracias por traerme el mensaje que es tres mensajes... ¿y dónde están las otras dos partes?
   Amondes le explicó, con gran simpatía, que el mensaje ya no estaba pero que era de calidez. Y al ver la frustración del rey, preguntó:
   -¿Cómo podría ser posible, en un solo día, cumplir tan compleja y difícil misión?

         * * *

   Ademis despertó esta mañana, sintiendo que éste iba a ser un gran día.
   Buscó el sobre en el último cajón de la cómoda y se dirigió con presteza en su caballo a la posada Acuarius. Al poco rato llegaron Albiros y Amondes.
   Cuando este último mostró el sobre, Albiros le advirtió:
   -Guárdalo, no lo vayas a perder.
   -Tienes razón, reconoció Amondes, y guardó el sobre.
   -¿Y el tuyo? -preguntó después.
   -Lo tengo muy bien cuidado -replicó Albiros.
   -¿Estás seguro que lo tienes? -quiso saber Amondes.
   Las miradas de éste y de Ademis sobre Albiros hicieron que el temeroso jinete se decidiera a buscar en todos sus bolsillos hasta que dio con el sobre y lo sacó con cuidado. Después que los otros lo vieron lo volvió a guardar.
   Los tres mensajeros partieron hacia el castillo y entregaron sus mensajes. El rey se puso contento y dijo:
   -Gracias por traerme el mensaje que es tres mensajes.
   Poco después vio alejarse por el camino a los tres mensajeros, dejando atrás una nube de tierra.

 
   El monte de la vida

   Cada vez que Daniel sube hasta lo más alto del monte de la vida, disfruta cada árbol, matorral, o flor, del angosto sendero que lo conduce lentamente hasta la cima. El canto de los pájaros completa la música del paisaje.
   Daniel acostumbra a sentarse en una piedra a mirar el horizonte. Busca esas maravillas no recordadas que lo esperan desde siempre. Alguna de ellas servirá para mejorar las condiciones de trabajo de tanta gente en Ecolosia, país en el que vive desde mucho antes de nacer. Ya vivía cuando empezó a ser la semilla que su madre cuidó. Antes aún, su camino se empezó a formar por esos años en que sus padres vinieron al mundo a conducir a los abuelos.
   Una vez, estaba Daniel en la piedra de siempre, repasando los grandes logros de su padre, el rey Luis. También la tristeza vino a contarle cosas. Le habló del minero, cruelmente entregado a la tierra, que en sofocantes nubes le alfombraba los pulmones. Era una vida dura, destinada a concluir en algún derrumbe.
   El príncipe Daniel quiso poder mirar más y más lejos, hasta allá donde los cerros son azules. Sorpresivamente se encontró un par de prismáticos en sus manos. Al mirar por ellos su vista alcanzó hasta las montañas que estaban más lejos. Vio arbustos, flores, conejos, y, apurando los ojos, hasta vio las hormigas con su cargamento de mermelada para el invierno.
   -Tú que eres tan poderoso -pidió a su lente, sin dejar de mirar por él- permíteme ver la solución a los problemas de los mineros de Ecolosia.
   -¿No te das cuenta de que yo no te sirvo para ver lo que está cerca tuyo?
   El príncipe dejó a un lado su anteojo de larga vista, mirándolo sonriente. Buscó en los alrededores cercanos, poniendo toda la atención que pudo. No habían soluciones por ninguna parte. Sólo vio a una niña de pelo ondulado, cuyo rostro era más moreno que todas las personas que había conocido. Tenía una belleza diferente a la habitual. La niña estaba sentada en una roca mirando por unos prismáticos hacia los cerros lejanos.
   -A lo mejor buscas algo que está cerca tuyo -le dijo Daniel, de improviso. La negrita se asustó y dejó al lado su anteojo. Miró al príncipe y le preguntó, sin poder disimular su molestia:
   -¿Tú, quién eres? ¿Y por qué sabes que busco algo?
   -Soy el príncipe Daniel de Ecolosia, y sé que buscas algo porque buscas igual que yo.
   -Yo soy Adela, princesa de Liberalia -se presentó la niña, sonriendo levemente-. Estoy triste porque en mi país el aire apenas se puede respirar, y las calles están llenas de basura.
   Los niños empezaron a construir su amistad rápidamente. Conversaron durante horas, hasta que el sol quiso esconderse. Así fue como Daniel se enteró de que, en Liberalia, todas las personas tenían derecho a decir su opinión. No como en Ecolosia, en que las cosas tienen que expresarse de manera escondida.Recordó esa vez cuando se disfrazó de “niño de los azotes” para recibir el castigo que se había merecido.
   Adela y Daniel comprendieron que en su país funcionaba bien todo aquello que lo hacía mal en el otro. Entonces, tuvieron la idea de regresar cambiados entre sí, como visitas que, en país vecino, aprenden a tener lo que falta en el propio.
   Mientras la princesa negra iba hasta Ecolosia por el camino que le enseñó Daniel, éste se dirigió a Liberalia, siguiendo las indicaciones de Adela. Le picaban los ojos, y también la garganta, como si en el aire hubieran miles de enanitos con alfileres. Buscó un castillo como el suyo, con torres y puente levadizo, pero no había ninguno, pues todo era más moderno. Tuvo que preguntar a un anciano que estaba fumando sentado en la acera:
   -¿Dónde vive el rey?
   El hombre miró extrañado a un personaje tan blanco. Se fijó en sus ropas, que ya no se usaban desde hacía años, y sólo atinó a responder:
   -En su palacio. ¿Dónde más puede vivir?
   -¿Por dónde se llega al palacio? -insistió el príncipe, mientras un vehículo raro le tiraba una nube de humo.
   El viejo pisó la colilla y le indicó las calles que tendría que recorrer, pero le advirtió que no lo dejarían pasar. El niño corrió hasta el lugar indicado. El palacio resultó ser una casa muy grande, con extensos y descuidados jardines a su alrededor. La única puerta de la alta reja exterior estaba custodiada por dos policías tan oscuros como su uniforme.
   -Buenas noches -dijo el niño-. Quiero ver al rey. Traigo un mensaje de la princesa.
   Los guardias se miraron y después hablaron, los dos al mismo tiempo:
   -¿Dónde la tienes? ¿No sabes que la niña está siendo buscada por todo el reino?
   El príncipe ya se imaginaba preso y encadenado, cosa que seguramente le habría ocurrido si hubiera estado en un país como el suyo. Entonces, cayó en la cuenta del peligro que corría Adela, y sacó fuerzas de ésas que se guardan para estas ocasiones. Insistió tanto, que los guardias lo llevaron ante el rey Segismundo. No había corona sobre su cabeza, pero a Daniel no le importó ese detalle. El rey daba grandes pasos alrededor de la silla en que el niño estaba sentado tratando de sacar la voz:
   -Señor rey, creo saber cómo la gente podrá disfrutar la libertad que tiene en este país.
   Muy molesto, el rey se sentó con brusquedad en otra silla frente a él y le gritó:
   -Mi pueblo disfruta de libertad, niño entrometido -y agregó, bajando la voz-. Harías mejor en decirme cómo encontrar a mi hija.
   -Ella fue a Ecolosia a respirar aire puro, a beber agua y a mirar como se ven las calles cuando no están llenas de basura.
   Para Segismundo fue mucho. Hasta la libertad de Liberalia tenía su límite, y Daniel fue a parar a los calabozos subterráneos. Ya no quedaban presos, sino sólo un laberinto de celdas vacías. La distancia entre los barrotes permitió al príncipe pasar a la celda vecina, y a otra y a otra, muchas veces.
   Un barrote muy anciano dijo al príncipe :
   -Fueron tantas las ideas encerradas en estos subterráneos que, después de mucho, llegaron a reinar. Sólo me quedan recuerdos tristes y alegres de los sentimientos que acaricié.
   -Gracias, Barrote. Talvez tú sepas cómo llegar a los calabozos de Ecolosia. Son tan parecidos a éste. . .
   -Estás en uno de ellos -le dijo cariñosamente el pedazo de fierro-. Los calabozos no son de ningún país y son de todos, al mismo tiempo.
   Daniel sintió miedo por Adela, y puso gran fuerza en querer encontrarse con ella. Hasta tal punto, que pronto la vio, a un par de rejas de distancia. Estaba tirada en el suelo y lloraba. El príncipe se sentó junto a ella y besó sus lágrimas saladas.
   -El rey no quiso escucharme, porque soy una niña, y además, de otro color. ¡Es injusto!
   -Eso es lo que nos toca corregir -le dijo Daniel, y agregó-, tenemos que tratar de salir de aquí, ahora mismo.
   Juntando sus enormes ansias de libertad, alcanzaron a ver una pequeña abertura. Apenas pudieron pasar por ella. A lo lejos, divisaron el monte de la vida, muy alto y abrupto. Ya amanecía. Corrieron hasta acercarse al cerro y comenzaron a trepar con gran dificultad, por entre las espinas. Muchas veces tuvieron que bajar e intentar subir por otro sector. Al pasar cerca de unas grandes piedras sueltas, estuvieron a punto de caer a un precipicio. Cuando, finalmente, llegaron a lo alto del cerro, el sol ya estaba arriba. Se veían sucios y rasmillados, pero alegres. Estaban a salvo. Antes de volver a sus casas, se echaron a descansar sobre el pasto y compartieron sus experiencias en reino cambiado. Ahora podían reír.
   Esta vez, bajó cada uno por su propio sendero.
   El rey Luis y la reina Luisa se sintieron aliviados al ver llegar a Daniel. Pero, más contento se puso éste cuando les escuchó decir :
   -Anoche hemos aprendido que los trabajos pueden ser realizados por personas libres, en condiciones dignas. Todo empezará a cambiar en Ecolosia.
   Necesitaba contarle esto a Adela. Se veía junto a ella, diciéndoselo, en todas las formas imaginables. El tiempo transcurrió muy lento, hasta el día siguiente. Subió al monte más temprano que de costumbre, y encontró a la princesa, radiante de felicidad.
   -¿Sabes? En Liberalia han empezado a limpiar las calles, y a usar otro tipo de envases, y a no ensuciar el aire, . . . Ðse atropellaba por decirlo todo. También Daniel le contó lo suyo, de una manera distinta a todas las que imaginó.
   Los niños se tomaron de las manos, compartieron su alegría a través de los ojos, y se pusieron a correr y a saltar.
   . . . Y se cuenta que cada mañana vuelven al monte de la vida, que con niños brincando se ve más alto aún.

 
   El viento

   Empecé siendo el bufón de la corte. Eso mismo me condujo después a convertirme en mago, para mi desgracia, porque el rey se lo creyó. Me dio la orden de llevarle el viento de la pampa nortina hacia las praderas del sur, cuyo territorio es excesivamente calmo. El rey me amenazó con decapitarme si no lo lograba. Y hasta me dio un plazo. Le tuve que decir que lo haría. Con eso, lo único que estaba logrando era ganar un poco de tiempo.
   Fui a consultar a un mago de verdad, quien me advirtió que por una cosa así tendría que pagarle un buen precio, pues él emplearía al máximo sus poderes. Se le salió que iba a comprar un ventilador a pilas. Entonces lo mandé al diablo. No me sirve así, si además tengo que pagar tan caro. Aprendí que no hay magos que sepan trasladar el viento a otros lugares. El rey tendría que quedarse con las ganas. Pero, no iba a ser yo quien se lo dijera.
   -Sí, majestad -es lo único que podía decirle. Y aproveché de contarle el último chiste, para suavizarlo un poco. Se rió a carcajadas y se alejó diciendo:
   -¿Y el viento del sur..., cuándo...?
   Yo no sabía qué hacer. Acudí a la casa de uno de esos sabios modernos, uno que se hace llamar Meteorólogo. Le planteé con sinceridad mi problema. El tipo no podía parar de reírse. Tuve que irme así, humillado.
   Intenté de todo. En una inmensa botella eché viento de la pampa y la tapé con prontitud. Me la llevé al sur, con toda la rapidez que pude. Entonces la destapé y pude comprobar que el transporte no resultó, pues el viento se murió en el camino.
   Hice una grabación audiovisual en el norte. Llevé ese viento electrónico hacia el sur y lo proyecté, con algunas dificultades. No causó ningún efecto.
   Hasta que di con la solución. Trasladé una parte del paisaje desde el sur hasta el norte. Bastó con unas pocas hectáreas. Entonces, fui con el rey a ese norte que quedó disfrazado de sur. Tuve que pedir al cochero que diera muchas vueltas para que así el monarca se desorientara, y no se diera cuenta cuando empezaba a dirigirse hacia el norte. Cuando llegamos al sector del experimento, el rey quedó fascinado.
   Así fue como mi cabeza se salvó.

 

Los pródigos

                                    "Estaba perdido y ha sido encontrado".
   Lucas 15,32

 
   El niño pródigo

   ¡Qué ganas de vivir! Necesito dinero y libertad.
   La vida me ha prometido darme ese dinero y esa libertad..., en muchos años más. Pero, es ahora que los necesito. Y es mi padre el que administra eso. Tengo que hacer algo para apurar las cosas.
   -Papá -le dije, una mañana de primavera-. Quiero empezar ahora mismo y no después que esté viejo.
   -¿Empezar qué cosa, hijo?
   -A vivir la vida.
   -Muy bien -rió- puedes vivirla todos los días.
   No pude hacerle ver que la vida no está aquí, sino en otra parte, y que he de buscarla.
   Al año siguiente se repitió la escena, y así también el año que vino después. Pero, esa vez yo había llegado a la mayoría de edad, de manera que él no pudo oponerse a darme la herencia anticipada. Ni a dejarme partir.
   Me embarqué en una nave y conocí muchos países. También conocí el amor de las mujeres fáciles. De verdad, lo pasé muy bien durante un par de años. Viví a cuerpo de rey con una mujer lindísima, de la cual llegué a enamorarme perdidamente.
   Tuvimos que empezar a cuidar los gastos porque el dinero se me estaba terminando. Un día, la mujer me dejó. Fue entonces que supe lo que es la tristeza, y beber lágrimas. Y como si eso fuera poco, también pasé hambre.
   Busqué trabajo y lo único que encontré fue el de cuidar chanchos. Era algo asqueroso, pero por lo menos me pagaban algún dinero para alquilar una pieza muy pequeñita, y sucia como la pocilga. Hasta me alcanzaba para comprarme un poco de pan, pero no mucho.
   Empecé a comerme la comida de los chanchos, sin que nadie se fijara. Hasta que una vez el patrón me descubrió y me despidió. Quedé en la calle, en pleno invierno.
   Decidí esconderme en un barco y volver a la casa de mi padre. Durante los días que duró el viaje yo iba pensando que no tenía derecho a llegar así donde mi viejo. No sabía si acaso iba a atreverme. Le pediría que me dejara cuidar sus chanchos y compartir con ellos su comida.
   He aprendido mucho durante esta aventura.

   El padre pródigo

   Cuando mi hijo menor me pidió dinero y se fue a vivir la vida en otra parte me dio una pena atroz, pero lo dejé ir porque no pude seguir oponiéndome. Habían sido muchos años de conflicto en que hice todo lo posible por obligarlo a tener una actitud decorosa. Sé que falté gravemente a mis deberes. Sé que debí haber sido más enérgico, aunque hubiera tenido que amarrarlo. También sé que mis amigos y conocidos me lo reprochan, aunque no me lo dicen directamente.
   He esperado largo tiempo la llegada de Manuel. Algo me dice que él tendría que darse cuenta de que cometió un error. Todos los días salgo a encontrarlo al camino. No vaya a ser cosa que alguien del pueblo lo vea venir e intente agredirlo; tan odiado es.
   Hoy he salido nuevamente al camino y veo venir a alguien a lo lejos. Me aproximo a esa persona, pensando que ha de ser mi hijo. Cuando está cerca, empiezo a correr. Quiero abrazarlo, lleno de felicidad, y llevarlo a nuestra casa. Sé que ya nadie podrá hacerle daño, pues es mi hijo.
   Ya está muy cerca, y me mira asombrado. No es él; es otra persona, y sigue su camino.
   Todos los días vuelvo a casa solo, confiando en que mañana será la ocasión.

   El hermano pródigo

   Arreboles juguetones despiden al sol. Yo también me voy yendo a casa, después de una cansadora jornada de trabajo en el campo de mi padre. He dedicado mi vida a cuidar animales y hacerlos engordar. Siembro para cosechar y cosecho para poder sembrar de nuevo, año tras año. Así, mi padre ha podido tener una casa digna de él, con las comodidades necesarias. Y ha podido adquirir las lujosas vestimentas que ofrecen los mercaderes.
   Desde que se fue Manuel, me ha tocado más trabajo. Si algún día mi hermano volviera y trabajara, creo que todos tendríamos un mejor pasar. Eso, si se atreve a volver después de la vida que ha llevado. Creo que mi padre jamás podría aceptar a Manuel, que según he podido averiguar, dilapidó toda la herencia que supuestamente le correspondía. Mientras aquí yo me gano mi pan con mucho esfuerzo. Se puede decir que he estado trabajando para mi hermano. Para que disfrute del vino y de las prostitutas. ¡Qué injusta puede ser la vida! Quizás yo también debería tener el coraje de mandarme cambiar y huir de la monotonía, que ya me está aburriendo. Pero, no le haría eso a mi padre. Además, ya no soy tan joven. ¿En qué se me ha ido la vida? Ni siquiera he podido quitarle algún tiempo al trabajo, para buscar la risa. Ni tampoco he sido un conquistador de mujeres porque siempre tuve miedo al rechazo. Me parece que mi padre gastó en mí toda su fuerza represiva, y no le quedó nada para Manuel.
   Al acercarme a la casa, siento un tremendo alboroto. Música y cantos a lo lejos.
   -¿Qué está pasando en esta casa? -le pregunto a un criado en cuanto lo tengo cerca.
   -Es que llegó Manuelito, y su papá está tan contento que hizo matar un novillo -me responde. Entonces, me da rabia tanto premio para el peor. Me doy cuenta que he desperdiciado mi vida cumpliendo siempre a pie juntillas las normas de mi padre.
   -Hijo, entra -me dice él , sonriendo como si todo estuviera normal-. Ven a celebrar la llegada de tu hermano.
   -Todos estos años te he sido un hijo fiel, y nunca me has permitido hacer un asado con mis amigos-. Al decir esto me siento más imbécil que nunca y me dan ganas de morirme ahí mismo.
   -Mis cosas son también tuyas -me responde cínicamente, y me deja aun peor, como un apéndice suyo. Quiero ser capaz de cortar la esclavitud hoy mismo. Irme lejos, muy lejos. Ser libre, aunque se me haya olvidado cómo es eso de disfrutar. Por lo menos, quiero poder sacarme el yugo y romperlo a patadas.


  Tercera parte.- Las historias de Fabián

   El niño Fabián

   Hay una habitación que antes me daba terror. Es igual que cualquiera, pero creo que una vez me asusté por una sombra que parecía persona. Después, nunca quise entrar de nuevo.
   En cambio, en la pieza de jugar, siempre se está contento. Muy contento, como para cantar. Pero, todavía recuerdo lo que me pasó esa vez, cuando no vi un hoyo que había en el suelo y caí al primer piso, y en este sector la casa no tiene escala.
   En el primer piso hay un pasillo que tampoco me gustaba. Como lo veía lleno de puertas, me daba miedo de que saliera alguien desde alguna de ellas. Nunca salió nadie, pero eso no quería decir que no pudieran venir algún día.
   La rabia estaba prohibida en esta casa, y parece que en toda la isla. No sé quién es la persona que se instaló para poner reglamentos.
   A veces siento un barullo que no logro sofocar.
   Desde muy niño me ponía a imaginar que cerca de mi casa había un inmenso castillo, fortaleza de paredes altas, rodeado de un foso de cocodrilos. Y cuán lindo sería mirar por alguna cerradura para ver cómo son los habitantes. Hasta alcanzaba a ver, aunque de lejos, una ventana de ese castillo. Y unos niños jugando contentos al otro lado de esa ventana.
   Una vez salí de mi casa, para ir al castillo. Y me pilló la lluvia, estando sin paraguas. Ahora lo uso siempre, aunque no llueva.
   Me molestaban por ser amigo de una niñita. Traté de que nadie se diera cuenta. Ella se llama Lázara. Otro niño más grandote, agresivo molestaba a Lázara. Le tiraba las trenzas, la hacía llorar. Yo la consolaba y trataba de que el otro no la molestara. "Si intento pegarle", decía yo a mí mismo, "salgo perdiendo, y queda de manifiesto mi derrota, y el castigo sería peor para Lázara".
   Hasta hoy, ocurre a veces que me pillan con Lázara, y entonces me ponen al lado de la ridícula, una disfrazada extraña. Los disfrazados, a veces son confundidos con personajes distintos. Salir disfrazado es casi lo mismo que quedarse en la casa.

   La princesa olvidada

   Entre cada cucharada de sopa, yo escuchaba el cuento del príncipe y la princesa. Quien me lo estaba contando era Anunciación. Es así como se llama la nana de mi casa. Tuve que aceptar la comida porque el relato me estaba entreteniendo.
   Ella me explicaba hasta los más pequeños detalles de cada escena. Describía cada una de las flores que, según ella, estaban expuestas encima de sus tallos. Imaginé las flores como las del jardín de mi abuela, y hasta creí ver una luz invisible que las flores emitían.
   No sé cómo funciona dentro de la mente eso de recibir un cuento, pero me llegaba hasta muy adentro el amor que unía al príncipe y a la princesa del reino vecino. Según Anunciación, ellos nunca se veían, ni tampoco se les permitía estar cerca.
   En ese entonces, yo admitía sin reservas que pudiera producirse ese grado de amistad entre dos personas que no se visitaban. De todas maneras, la nana me explicó que en ese tiempo ni siquiera se pensaba que pudiera haber ordenadores, tal como existen ahora.
   Al escuchar la narración, yo seguía adornando los acontecimientos, imaginando las cosas, un poco más allá de lo que Anunciación me contaba. Siempre me ha gustado descubrir algo que se esconde entre los asuntos que me cuentan. Es así como lo necesito.
   -El príncipe y la princesa vivían encerrados cada uno en su palacio -siguió contando la nana.
   Imaginé que yo era el príncipe, encerrado en un castillo, dentro de una fría mazmorra, detrás de duros barrotes de fierro. En cambio, la princesa estaba en una habitación y, en vez de puerta, tenía varias delgadas columnas de seda, adornadas con hilos de oro. Unos feroces guardias no permitían acercarse a ella.
   -¡Fabián, abre la boca! -exclamó Anunciación.
   La abrí todo lo que pude, como dando fuerza a mi decisión de salir libre. Al mismo tiempo, quería seguir escuchando el cuento.
   En mi prisión, quise tener una lupa para agrandar los espacios pequeños. Con su ayuda, podría salir libre a través de algún diminuto agujero. Después, me pareció que eso era demasiado fácil. Supuse que el rey me pondría más dificultades y obstáculos. Claro que sí.
   Mi celda estaba oscurecida por un sol negro que proyectaba mi sombra clara sobre el suelo de piedra. Me aferré a ese único trozo de luz, que se movía conmigo, sin dejarme solo. Estaba convencido de que esa claridad me ayudaría a ser libre.
   Era grandioso ese momento en que yo me escapaba de la cárcel. Salía desde una caverna que estaba en el fondo del mar. Ya no me bastaban las puertas y agujeros. También salí desde el agua, con fuerza hacia la playa, montado en un caballo marino.
   -¿Los caballos marinos tienen herraduras? -pregunté.
   -¡Come y calla! -respondió Anunciación-. Si te vas a poner a pensar en cualquier tontera, mejor no te cuento nada.
   -¡Cuéntame! -exigí, a pesar de que un caballo marino no es ninguna tontera.
   La nana siguió hablándome del rey, con su corona y su capa roja. Para mí, era como tenerlo ahí mismo. A medida que continuaba el relato, tuve que asumir que todavía yo estaba tras la reja. Y al otro lado, podía ver al rey con un manojo de llaves en su mano.
   Una enorme y peligrosa araña se estaba acercando al rey. Entonces, me saqué un zapato y lo estrellé con toda mi fuerza contra el asqueroso animal. Era un bicho negro, con largas patas. El hombre de la capa roja me miró asustado primero, y agradecido después.
   -Fabián, no estés tirando zapatos en la pared -volvió a interrumpir Anunciación.
   En ese momento, yo estaba muy ocupado en salir a buscar a mi princesa, corriendo por senderos y puentes, antiguos y nuevos al mismo tiempo.
   -Fabián, bájate de la mesa.
   Así transcurría mi hora de almuerzo, día tras día.
   Fue pasando el tiempo y ya no recuerdo cómo terminaba ese cuento del príncipe y la princesa. Quizás Anunciación no lo alcanzó a completar.
   Aún así, nunca he dejado de buscar a la princesa, que vive prisionera en un reino remoto. Eso sí, después de unos años, ya aprendí a no subirme arriba de las mesas, ni de los sillones.

   Humedad en la muralla

   Me sorprendo al ver dos hilos de agua que bajan por la pared. ¿Alguna cañería rota...? No... Son flujos de lágrimas que parten desde los ojos del retrato de mi abuela. Siempre me llamó la atención la sonrisa de tristeza que ella muestra. Murió hace años. Y ahora..., ¿su retrato se pone a llorar? ¿Cómo saber qué intenta decir? ¡Ah...! Puede ser por mi tío Hernando.
   Tomo el teléfono y lo llamo.

   De encierros y libertades

   No sé cómo llegué a estar prisionero. ¿Lo olvidé? ¿Nací de esta manera?
   Siempre miro hacia adelante, y veo el inmenso ventanal, imposible de traspasar. Incluso, intenté el truco de pasar por debajo, pero no resultó. El vidrio llega hasta el suelo. Ni por arriba, ni por los lados, ni por ninguna parte pude ingresar al mundo exterior, el novedoso.
   Caminé hacia mi izquierda, buscando la ansiada apertura, hasta que mi mundo actual llegó a su límite. Comprendí que tendría que ir por el otro lado. Di media vuelta y me fui por donde había venido. Pasé por el punto de partida y me seguí alejando muchos metros, hasta llegar a una especie de precipicio.
   Por una escala muy empinada bajé hasta el nivel inferior, pensando que ahora sí, tendría que haber una pasada. Fue inútil. No la había. Volví a mi mundo, cada vez más oscuro.
   Por lo menos, recordé algo de mi vida, cuando aún no caía en la prisión. Sí, en una oportunidad no encontraba la llave de mi casa. Se quedó adentro cuando cerré. Le había puesto tantas protecciones a la puerta, llaves, candados, cerrojos y trancas, para que nadie pueda entrar sin mi permiso. Tantas fueron, que yo mismo me quedé afuera. Un día, ya no pude entrar más a mi casa.
   Después de eso, recordé cuando estaba viviendo en una casa ajena. Como un huésped de paso, sin saber de dónde venía, ni cuándo había llegado, talvez pocas horas antes. Tampoco podría decir cómo llegué a esa casa. Me sentía bien y en paz. Nadie me molestaba ni yo incomodé a nadie, como en tácito convenio. La gente que siempre vivía en esa casa no alternaba conmigo. Su hospitalidad era casi fantasmal.
   Me gustó mirar los retratos, muebles y antigüedades vigentes que enlazaban esa casa conmigo mismo. Vi cómo una botella de base cuadrada y largo cuello se inclinó respetuosamente y dejó caer su contenido en una copa estilizada.
   "Mañana lloraré de sorpresa", me dije, aquella antigua vez, y también lo digo ahora, aunque no sé cómo será eso. Esa duda de hoy es la que alimenta el asombro que vendrá.
   Aquella vez comprendí que debía irme dentro de poco tiempo, pero no sabía dónde. Tal como pienso también hoy. Y eso es todo lo que recuerdo.
   Y ahora, acá..., un gran muro se levanta ante mí y no me deja pasar. Me acerco a la puerta de vidrio irrompible, cerrada por fuera con siete llaves y un candado, además de la tranca superior y la tranca inferior. Y eso no es todo. Tiene además un pestillo, una aldaba y un picaporte. Me pregunto cómo saldré de aquí. He intentado en vano romper la puerta.
   Ni siquiera soy como todas aquellas personas que no pueden salir de día. Tampoco son libres. Están encerradas y no se las deja asomarse. Tienen algo que decir pero no pueden. Durante la noche, cuando todos duermen, esas personas salen de su relegación. Viven. Se meten por todas partes. Juegan todo lo que no han podido jugar. Se disfrazan. Se corretean. Disfrutan. Juegan a asustar a la gente. Se cambian unas por otras, cuando están a punto de ser descubiertas. Son muy desordenados. Conversan y recuerdan cuando estaban guardadas. Se preguntan cómo será esa vida de vigilia, tan rara y olvidada. Concluyen que no tienen acceso a esa oscuridad del día.
   Muchos deben creer que me he estado entreteniendo durante toda mi condena.
   Hacia un costado, y bien alto, está la pequeña trampilla por donde me llega el aire que me envían. Me subo, poniendo mis pies en las pequeñas salientes de las piedras, que como improvisados escalones me llevan hacia ese pequeño orificio cuadrado. Me afirmo con mis manos en los barrotes para no caerme. Afuera está la gente divirtiéndose. Los niños deslizándose por los toboganes, o recorriendo las calles en bicicleta, o simplemente en los escaños besando a las niñas. Cantan, ríen, saltan y se expresan con una facilidad tan increíble que desde acá percibo cada una de sus vibraciones.
   Necesito bajarme de ahí, ahora, con urgencia. Por las mismas piedras conocidas, llego de nuevo al suelo. Me doy vuelta completamente y miro hacia atrás, porque no quiero seguir viendo esa pared que cree comunicarme con el mundo. Surge otra realidad muy distinta. Por extraño que parezca, en este lado no tengo límite alguno. Sólo veo las paredes laterales que se extienden hasta el infinito. Todo el espacio entre ellas se abre para mí. Puedo caminar, correr, a gran velocidad. Estoy obligado a hacerlo, porque es mi única escapatoria posible. Avanzo así durante horas, días, semanas. Es un camino que me pertenece. Mi prisión ha quedado atrás. El mundo se me empieza a abrir. Me lleno de expectativas.
   Una vez, entablé amistad con un caballo blanco que se me acercó, el cual me permitió montarlo. Entonces, se me ocurrió la solución a mi problema. Llegaría al mundo nuevo por el lado de atrás, dando toda la vuelta al planeta. Eso era una gran idea. Cabalgué días enteros, y sólo le daba descanso al animal durante las noches. Se me anduvo aburriendo tanto, que hasta me habló. Y me convenció que todo su esfuerzo no iba a valer la pena cuando llegáramos al océano. Nos volvimos. Muchos días después ya estábamos de nuevo frente al vidrio. El caballo me contó que él ya estuvo al otro lado en una oportunidad. Casi me morí de envidia. Un simple caballo no podía superarme así. Le exigí que me dijera cómo lo había logrado.
   Después de mucho hacerse rogar me dijo que cerrara los ojos y pensara en ese mundo que me atraía tanto. Pero, que lo hiciera con mucha fuerza. Con una enorme cantidad de energía. Que concentrara mis ganas de estar al otro lado.
   Así lo estoy haciendo. Y aunque todavía me falta fuerza para superar el obstáculo, por lo menos ya tengo la certeza de que lo lograré.
   Me pongo a caminar, correr. Estoy llegando a la vida, al conocimiento, al amor. Sigo corriendo. Mi destino no puede estar lejos. Al final del pasillo hay una luz que me indica la salida. Le pongo atención y llego finalmente al campo abierto. Soy libre. A la distancia, hay un letrero. Me acerco y lo leo. No puedo evitarlo, pues las letras son para leerlas.
   “Prohibido pisar el prado”, es lo que dice. Una pequeña limitación para acordarme que estoy en libertad. Otros letreros empiezan a desplegarse. Necesito leerlos. “No cortar flores”, “No entrar”, “No virar izquierda”, “Prohibido estacionar”, “Dirección obligada”, “No botar papeles”, “Acceso restringido”, “Cerrado por reparaciones”, “Sólo para mayores”, “Cuidado con el perro”.
   Si no me hubieran enseñado a leer, sería libre.
   Hacia cualquier otro lado, mi panorama es tan deprimente como lo son las casas oxidadas y otras feas y precarias construcciones. Es que no estoy ni siquiera en algún lugar histórico, sino simplemente en un suburbio inhóspito.
   Decido cambiarme de mundo. Parece tan fácil como avanzar, tratando de no pensar en todo lo que dejo atrás. Pero, la cosa no puede ser tan regalada.
   Frente a mí se ve un hermoso parque. Predominan las tonalidades verdes y amarillas. Una mujer atrayente, disfrutando la naturaleza, es el centro del paisaje. Concentro mi vista en ella, y entonces parece acercarse. Hasta da unos pocos pasos de ballet. Es un mundo atractivo el que se me presenta así, en forma gratuita, contrastando con el mundo en el que yo acostumbraba a estar.
   Veo una plaza de juegos. Tiene un gran letrero anunciando los derechos de los niños:
   "Todos los niños y niñas tienen los mismos derechos. Tener un nombre digno, y pertenecer a la nación. Ser comprendido y amado. No ser sometido a crueldad ni explotación. Ser prioridad para socorro en situaciones de emergencia. Tener comida, vivienda, acceso a la salud, juegos y actividades recreativas, así como también educación y oportunidades para su pleno desarrollo. Y aprender la amistad entre los pueblos".

   El descubridor de personajes

   Salí muy temprano a recorrer la isla, porque necesitaba descubrir caracteres que fueran, a la vez, típicos e insólitos.
   Al primero que vi fue al gigante. Un hombre que medía más de dos metros de alto, y también de cintura. Era imposible no verlo. Me di cuenta de que el hombre no lo pasaba bien.
   -Soy el que pongo la cara -me dijo el gigante-, y me tratan como a la más baja servidumbre.
   Este coloso daba buenos consejos, pero la gente no le hacía caso. Traté de ser amable con él, pero se sintió incómodo.
   Tuve que seguir mi camino. Un poco más allá vi a la anciana quejumbrosa. Una mujer que se preocupaba más de lo acaecido en otras islas, que de los sucesos de acá. Me atajó para conversarme agitadamente, llena de material nocivo. Hasta lloró de rabia. También traté de ser amable con ella, pero en cuanto pude me fui de ahí. No quería seguir escuchándola.
   En la cuadra siguiente estaba el jardinero del sector, regando el manzano..., con jugo de pera. Puse tal cara de extrañeza, que el tipo tuvo que explicarme cuáles eran sus intenciones.
   -Hasta fui a reclamarle al proveedor de la semilla -se lamentó-, pues yo compré semilla de árbol frutal, y quiero que dé peras.
   Le hice ver que un poco más allá él tenía un magnífico peral, a punto de secarse.
   -Sí, pero las peras que dio eran chiquitas -respondió-, y cuando se lo dije al árbol ése, se empezó a secar. ¡Así, no sirve!
   Me despedí del jardinero, y seguí mi camino. Un par de cuadras más allá, estaba el heladero. No me vio porque es ciego, pero me sintió pasar.
   -No logro vender un simple helado -me contó sus penas-, ni siquiera en los días de más calor, ni cuando salen los niños del colegio. ¿Qué está pasando?
   No supe responderle, ni tampoco se me ocurrió comprarle un helado, aunque hubiese sido uno de agua. En eso, llegó Lázara a buscar al ciego. Ella lo cuida con ternura y entrega gratuita.
   Metros más allá, había un camión estacionado. El trabajador municipal había descendido de él, y estaba fumando un cigarrillo de descanso. Para ello, se sentó en un desvencijado sillón, que alguien puso en la vereda, como el desperdicio de la semana. Cuando el hombre terminó de fumar, tomó el sillón con la fuerza de sus brazos, y lo echó arriba del vehículo. Se subió, echó a andar el camión, y se fue.
   Decidí dar por terminada mi búsqueda del día. Por hoy, ya tenía un pequeño mundo para comenzar.

   Diario de un hombre trastornado

   Día 1
   Este es mi primer día de reclusión por una supuesta enfermedad mental que no reconozco. Me tienen encerrado como un animal, sin ser menos que cualquier persona. En realidad, llegué hace ya algún tiempo, pero éste es el primer día en que puedo escribir. Me costó varias sonrisas conseguir un lápiz y un cuaderno. Lo logré, gracias a que me hice muy amigo de la enfermera. Ella es bastante seria, pero en el fondo es buena persona, y además se da cuenta que yo no soy peligroso, y que no me voy a enterrar el lápiz en un ojo, ni tampoco se lo haría a nadie.
   Abriré y cerraré muchas veces este libro testamento. En él pondré mis vivencias que todos considerarán anormales. Puedo escribir más libre, sin temor al rechazo, porque ya fui rechazado. No podría tener miedo de que me digan que soy loco, pues ya me lo han dicho. No me importa ser tan distinto. En el fondo, soy extremadamente original.
   No recuerdo en qué fecha estamos. ¿Qué importancia tiene? Sé que es invierno porque tengo frío y afuera llueve.

   Día 2
   He tratado de hacer amistad con otros, cuando estamos en el patio. No es fácil. Me parece que nadie quiere ser amigo de nadie. Cuando vamos al comedor les converso a los que se sientan cerca, pero me miran raro como si yo viniera de otro planeta. Están todos muy metidos hacia dentro, menos los dos de la mesa del fondo. Uno joven que ya no le queda mucho pelo, y otro de más edad, que casi no tiene dientes. Estos dos se ríen todo el día. Yo encuentro bueno que se rían de las cosas graciosas, pero no les basta. Cuando me senté con ellos, una vez, se rieron de mí todo el rato, y hasta las cosas más dramáticas les causaban risa.

   Día 3
   Parece que hiciera una eternidad que estoy aquí, y ya necesité ampliar mis horizontes. Es por eso que hace algunos días me filtré hacia el sector de las mujeres. Lo logré sin que se dieran cuenta los enfermeros. A mí, pueden decirme que estoy loco, pero jamás me volveré tonto.
   Tuve que entrar en aventura porque se estaba poniendo muy aburrida mi manera de vivir. Hasta le hablé a una pasajera, recluida como yo, pero con cara de alienada. Intenté contarle que no soy del interés de nadie, según me he dado cuenta, y que además, en mi sector nos obligan a acostarnos temprano, y eso me da rabia. No me contestó ninguna cosa pero alcancé a ver que ella anda trayendo una antigua foto arrugada, de cuando era linda.
   No quiero contar en qué forma fue posible mi fuga. Es que si alguien lo lee, se me terminaría para siempre mi senda secreta.

   Día 4
   Vicky no se comunica con nadie. Su nombre lo adiviné al verlo escrito en la foto. Sé que ella siente y se da cuenta de las cosas, y que puede alegrarse y entristecerse, aunque no se note. Además de la foto anda trayendo un Rouge y lo cuida mucho, pero jamás lo usa. Comprendí mi razón de estar en este hospital siquiátrico. Dios me puso aquí para dar un poco de felicidad y amor a esta mujer, y sanarla. La amo.

   Día 5
   He visitado a Vicky varias veces en las últimas semanas. Le cuento todas mis cosas, que no son muchas, y las repito siempre. Ella no dice nada, pero me escucha desde su mundo lejano. Puedo decirle lo que quiera, y sé que no se va a molestar. A veces me he atrevido a hacerle insinuaciones, y le recito unos poemas de amor que aprendí de niño y que nunca he olvidado. Lo más fabuloso es que la he hecho sonreír, por primera vez, después de muchos intentos. Me ayudó la primavera, que ya está en todo su esplendor.

   Día 6
   Ayer me metí en la cama con Vicky. Después de mucho tiempo de vernos a escondidas, esto es lo mejor. No hacemos nada, simplemente estar juntos y compartir el aire. No es cualquier aire. Todo su entorno tiene algo de ella.

   Día 7
   No sospecho qué antiguo sufrimiento hay en Vicky, ni quién tendrá la culpa. Ella no me ha hablado aún ni una sola palabra. Hoy lloró por primera vez y me dejó la camisa llena de sus lágrimas. Después se durmió y así la dejé, en su cama, y me escabullí hacia mi sendero escondido.

   Día 8
   Fui sorprendido en la cama de la Vicky. Esto me significó que me llevaran a una humillante celda de castigo. Ella quedó desesperada, abriendo unos enormes ojos. Nunca la había visto así.

   Día 9
   Me vigilan. Hace muchas semanas que ya no logro ir a ver a la Vicky. Estoy esperando que la oportunidad se produzca cuando el enfermero se aburra de estar siempre cerca mío cada vez que salgo al patio. Sé que Vicky me ama, aunque no me lo ha dicho, pues nunca dice nada. La veo de lejos en el patio, a través de unas rejas, y trato de encontrar su mirada perdida.

   Día 10
   Vicky ha muerto. Ahora están todos enloquecidos en este hospital. Eso me facilitó invadir secretamente el sector de las mujeres. Fui a la pieza de la Vicky, y ahí estaba su cuerpecito blanco y frío. Pienso que talvez necesitaba irse. Tomé el Rouge que ella tanto quería y le pinté los labios. En eso me pilló un enfermero, y fui a parar nuevamente a la celda de castigo. Ya no me importa. Lo único que me duele es que no veré más a Vicky, y no alcancé a sacarla del silencio.

   Día 11
   Hoy fue el funeral. Hubo una misa en la capillita, que afortunadamente está en el lado nuestro, así que no me fue tan difícil llegar. Le llevé a Vicky una rosa roja que me robé. Casi me echan de ahí, pero un pariente de Vicky me salvó. No son muchos sus parientes, ni recuerdo que la hayan visitado, tampoco. Cuando fui a comulgar, el cura se negó a darme la hostia. Entonces le dije “¿Te crees el dueño de Dios?”. Me enfurecí como un energúmeno y le rasgué la túnica. Me sacaron de ahí en camisa de fuerza, mientras yo gritaba “Cura desgraciado”, y me llevaron a la celda de castigo. Entonces, lloré y lloré, hasta que me dormí.

   Día 12
   Vicky vino a verme a mi pieza. Estaba linda, como en la foto. Le di su Rouge, y ella misma se pintó los labios. Me sonrió, y se fue sin decir nada.


  Cuarta parte.- Más humano que los humanos

   Memorias de árboles

   Soy una semilla tan pequeña, que tuvieron que ponerme dentro de un sobre, para emprender este viaje a la capital. Ahí voy, tranquilo, en el fondo de la cartera de una mujer joven.
   Muchos trataron de convencerme de que no debía correr riesgos. Me asustaban, anunciando un futuro espantoso, con horribles estructuras de hierro, destinadas a asegurar mi rectitud. Me advirtieron que seré regado por las lluvias de los perros y de los borrachos. Y que los enamorados me clavarán cuchillos. Me dijeron que, una vez al año, estaré al borde de la muerte cuando me poden sin contemplaciones.
   Nada de eso me importa, pues de todos modos quiero vivir. Y llegar a ser un frondoso árbol, cuando sea grande.

         * * *

   Dicen que tengo paciencia. Y es cierto. Me reconozco así, pues han transcurrido muchísimos años y yo sigo esperando mi momento.
   También dicen que tengo fortaleza. Me pongo incómodo al tratar de aceptarme algo tan bueno, pero a decir verdad, ni los huracanes más violentos han logrado echarme al suelo.
   De cualquier forma, cuando me presento prefiero detenerme en los detalles. Mostrar mis hojas. Son alargadas y un poco curvas. Me gustan así. Algunas de mis ramas se ven como si estuvieran secas, supuestamente sin vida. Pero, si se las mira bien, aun están verdes y frescas con savia vigorosa, y pueden verse sus brotes. Sin duda, no moriré este otoño.
   En mi tronco está impresa la declaración de amor que el anciano Eustaquio escribió cuando era niño. Con un afilado cuchillo dejó una constancia duradera en mi piel. Fue doloroso, pero ahora lo disfruto. Son simples letras que intentaban retratar a la niña hermosa que fue esa misma mujer que después se fue arrugando como una pasa. Yo sigo mostrando ese corazón, y espero que un día vengan el viejito con la viejita a decirse una vez más sus palabras de amor.
 

   Me parezco a una piedra

   Me parezco mucho a una piedra,
   aunque algunos no lo dirán;
   ha de ser por tanta dureza,
   que a cada instante duele más.

   Disfruto un poco avergonzado
   un paisaje tan natural,
   siendo como soy un guijarro
   del camino que no he de andar.

   Me parezco mucho a una piedra
   que está derribada en el suelo;
   los lastimeros me golpean
   con tristes zapatos funestos.

   También me parezco a una piedra
   en la callejera batalla
   si no me oculto en la presencia
   de airadas manos que me atrapan.

   Vuelvo a ser apagada piedra
   cuando me resbalo hasta el fondo
   de la basura densa y negra
   del pantano más asqueroso.

   Vuelvo a ser una piedra fría
   si estoy en rigor espantoso
   con una sonrisa extinguida
   en mi boca y en mis dos ojos.

   Soy una piedra si resisto
   las estructuras colosales
   en que habita el ruin señorío,
   con la misma careta de antes.

   De igual manera, también sirvo
   para construcción generosa
   de los prudentes edificios
   en que progresen las personas.

   También lo soy cuando cobijo,
   con admiración y respeto,
   por largos y cansados siglos,
   las frías tumbas de los muertos.

   Siempre fui la piedra tallada
   por los más antiguos artistas,
   para asombro y feliz mirada
   desde remota perspectiva.

   Soy una piedra de valor,
   moldeada por un artesano,
   en brillante y lindo color,
   para el bien de los encantados.

   Sigo siendo valiosa piedra
   que adorna con brillo de soles
   toda femenina belleza
   en las festivas ocasiones.
 

   El mundo de los colores

   Los colores son como niños y niñas que juegan y coquetean. En cambio, yo soy como el verdadero abuelo de la chiquilla propietaria de este estuche y de todo su contenido. Hay un lápiz preferido de la niña, pues la representa. Es el rosa.
   Me encantan los colores. Son los que me hacen atrayente, porque yo me dejo atraer por ellos. Si soy capaz de admirar colores, los niños me admirarán a mí.
   Los personajes nos guardamos cuando nos vuelven a meter en el envoltorio. Empieza así la noche hasta cuando abren el estuche nuevamente y sacan algunos elementos. Los que no son escogidos reclaman como pueden, hasta integrarse a los hechos. Así, muchas veces.
   Una de las veces, despertamos en el colegio, en plena clase, hasta con intervención de profesora. Se produjo un diálogo entre nosotros, en voz baja y sólo lo indispensable.
   Otra de las veces despertamos en casa de la niña, supuestamente para hacer las tareas, pero eso no duró mucho. Quedamos los lápices tirados, y la niña se fue. Pudimos tener un diálogo más libre.
   A pesar de su edad juvenil, Rojo ya se había achicado, como un anciano. Así le ocurrió, de tanto subrayar.
   -Esto me pasa por trabajar tanto Ðle explicó a Celeste, que lo miraba hacia abajo, como si fuera un niño pequeño.
   Bueno, yo los admiro a ambos y me dejo atraer por ellos, aunque sientan demasiado orgullo, y para mí, un desprecio.
   -¿Crees que puedes llegar a ser algo más que un simple regalo de amigo secreto? Ðme preguntó Violeta, riéndose de mi traje elegante con botones dorados.
   Siempre me cuesta contestar estas cosas. Contengo demasiadas cartas de amor no escritas aún. Preferí irme hacia el cuaderno, pues disfruto intensamente mi recorrido por el papel. Es algo excitante, casi libidinoso. De sólo ver una hoja en blanco me empiezo a entusiasmar hasta tal punto que tienen que sujetarme para que yo no la mancille.
   -Puedo ser una caja de sorpresas -atiné a decir, tímidamente, al tiempo que volvía al escenario del conflicto-.Bastante más que adornar bolsillos de oficinistas, y de escritores.
   Esmeralda salió del estuche y me hizo callar, la muy atrevida. Me dijo que ellas vienen de la fuente de los colores y que eso es muy lejos. Que fluyeron como ríos brillantes con tonalidades puras, espesas y sutiles al mismo tiempo.
   -Y no le vamos a decir dónde, señor Parker -agregó Celeste- porque usted lo contamina todo con su negro alquitrán.
   -¿Acaso tú eres algo más que madera y un colorante? -le pregunté, enojado.
   -Sí, más que eso -me respondió-. Soy mi disposición a servir, en cualquier momento, a cualquier hora, con frío o con calor.
   Ya no quise seguir contestando. No he logrado asumir que el motivo de estar Aquí y Ahora es poder decir lo que me pasa, y dejar registrada mi expresión, durante todo el tiempo que sea capaz.
   Me agrada tener la habilidad de comunicarme con las generaciones antiguas, y con las próximas, que pocos vislumbran. Mientras me quede combustible no lo he dicho todo. Ojalá que mis kilómetros conformen una oración. Mi tinta sabe que llegará a ser un caudal de palabras. Ya se agolpan, con una tremenda necesidad de ser dichas. Y lo harán con paciencia y dignidad. Al ritmo que le imprima la batuta del escribiente, un verdadero escultor en tinta, descubridor de toda la riqueza escondida en un tintero de la historia.
   -No me puedo conformar -me dijo una vez Grafito, el lápiz negro, solidarizando conmigo-. La pesada de la Amelia desmiente todo lo que yo digo.
   -¿Te refieres a la goma?
   -Sí. Es una abusadora e injusta. Lo peor es que siempre la veo cuando se juntan los más detestables.
   -Especialmente ese tal Ramón.
   -Ese tipo tiene la mala costumbre de agarrarme por la cabeza con sus dos brazos poderosos, y me va ocasionando heridas y rasguños hasta sacarme sangre.
   -Él dice que saca punta.
   -Cuando puedo me escapo y voy a ver a Violeta, mi verdadera amiga. Sin ella no sé qué hacer. En cambio, cuando ella está, puedo vivir plenamente y ser yo mismo. Le cuento miles de secretos y ella se fascina. La acaricio y la beso. Ella también me besa.
   -Bueno, entonces ahí ya anda todo bien, ¿no?
   -Claro. Todo anda muy bien hasta que llega la Amelia. Entonces, no me queda más que irme derrotado, pensando en la horrible forma cómo estaría anulándome.
   Hasta ahí llegaron los diálogos de esa tarde. Al otro día despertamos en un piso de baldosas, que la brisa llenaba de arena cada cierto tiempo.
   -¡Qué lindo sería ordenar la playa! Moviendo granos de arena de distintos colores, y disponerlos en franjas de un color cada una -digo, pero nadie me hace caso.
   Las baldosas son casi todas blancas, menos las de los bordes y las de las gradas. Éstas son azules. De un azul casi iluminado, vivo, alegre, cálido si es que el azul tiene derecho a serlo. Con solo accionar un interruptor cambia el color de las baldosas, dependiendo también de la iluminación. La del sol y la artificial. Es así, como en determinados momentos pueden ser verde turquesa, o incluso un verde esperanza, a pleno sol del verano. En la noche, lilas, y hasta rojas.
   Algo muy raro dijo el estuche:
   -Desde el balcón el padre del fuego, con pincel vivo inventa los colores para rescatar la llave perdida en la eternidad subterránea.
   Pasé la noche pensando qué querrá decir eso.
 

   Autenticidad

   Yo era un niño azul. Al principio, mis papás estaban preocupados, pero después se conformaron, cuando vieron a los hijos de los vecinos. Había un niño rojo. Mis padres no querían que me juntara con él, pero eso no podía ser, porque todos estábamos integrados al grupo del barrio. Una de nuestras amigas era naranja; otra, violeta. También había niños amarillos, y distintos verdes. Y niñas magenta y turquesa. Hasta teníamos un niño índigo, el de la esquina.
   Mucho después supe que fuimos creados así para que en las rondas, girando, diéramos entre todos el color blanco divino. Al principio, así lo hacíamos.
   En ese tiempo, sólo acerté a darme cuenta de que el color lo contagiábamos a los otros que estaban muy cerca. Se producía un revoltijo. Cada cual quería dar su color a los demás, creyendo que el propio era el mejor color.
   Veíamos a los adultos, que después de tantos años, ya estaban en colores marrones, aunque no todos iguales. Unos eran de un tono castaño, otros pardo, otros caoba, otros beige, otros café, otros chocolate, otros canelo, y otros carmelita.
   Después que pasó el tiempo, yo también me fui contagiando de muchos colores, que empezaron a mezclarse. He llegado a ser un adulto del tipo castaño. Sin embargo, trato de no olvidar mi origen azul.
 

   El cóndor

   Una canción dice que yo paso. ¿Qué quieren decir con eso? También yo podría decir que todos pasan. Lo único que, realmente pasa, es que a mí me tienen para el trajín.
   Y como si esto fuera poco, me relacionan con la rapiña.
   Un liviano personaje de historieta se apropió de mi nombre, y ridiculizó mi estampa. Por lo menos, me puso simpático. Pero, eso no me deja tranquilo del todo, porque de aquí resultó que las equivocaciones empezaron a llevar mi nombre. No sólo las equivocaciones. Hasta las malas intenciones que derivan en desastre, también usurpan mi nombre.
   Y yo que me creía un pájaro muy importante, la máxima expresión en aves, y con un sitial en el mundo. Sin embargo, cuando empiezo a volar siento en cada ala unos tirones hacia abajo. Soy, en realidad, el símbolo de cómo se ven a sí mismos muchos humanos: Súbdito del halcón. Y orgulloso de no ser como el buitre.
 

   Fuerza envasada

   Soy un líquido dispuesto a volar. Vivo encerrado en una pequeña prisión de grueso plástico, abandonada junto a otras similares en un viejo galpón.
   Sé que tengo una fuerza interior capaz de vencer los más porfiados obstáculos, y que podré recorrer lugares hermosos hasta muy lejos. También me dará felicidad llevar alimentos a los rincones apartados. Disfrutaré llevando niños al colegio o participando en el triunfo de algún gran piloto de carreras. Aún no ha sido mi momento. Espero con ansiedad que alguien me saque de aquí para no morir de viejo, desvanecido y frustrado.
   Por fin, siento que abren la puerta de mi celda. A medida que gira la tapa, respiro cada vez más aire vitalizante. Puedo ver la luz cuando todo mi alrededor empieza a dar vueltas. Estoy bailando con alegría porque creo que llega mi libertad. Al mismo tiempo, me asusto un poco al ver el vehículo que tendré que mover, y esos rostros pensativos que se asoman por sus muchas ventanas.
   Caigo por un tubo y vengo a parar a otra cárcel, más insoportable que la anterior. Hay algo que me hace mover de un lado a otro constantemente. Creo que me voy a marear y no responderé de mí. De repente me deslizo aterrado por un delgado conducto, sin poder hacer nada para evitarlo. En este sector angosto empiezo a desmembrarme dolorosamente. Me arrastra un viento cálido que me tira con violencia a lo que puede ser mi última prisión. Me estoy quemando. Viene un monstruo que me golpea y me manda al infierno en medio de un tremendo ruido que no deja escuchar mi llanto.
   Ya estoy afuera. Nunca creí que tendría que morir para que la gente pudiera ir a su trabajo. Ahora que casi soy libre, quito el aire a esas mismas personas, en un intento de seguir existiendo. No las dejo ver, pero yo miro la ciudad, sintiendo la culpa de ser su parte más detestable. Quisiera escapar hacia lo alto, pero ya no me quedan fuerzas.
 

   Un billete

   Durante mi vida conocí a mucha gente, ricos y pobres. Ya estoy ajado, arrugado y envejecido, y tengo dos o tres cortes. Quiero relatar mis aventuras, desde que me gestaron en un banco. Y todas las manos por las que pasé.
   De mis primeros años no sé mucho. Lo más antiguo que recuerdo es haber estado junto a los demás de mi camada, verdes de mil pesos, limpiecitos y nuevos en el cajón del pequeño escritorio del cajero.
   Me entregaron a una viejecita. A mí solo. Tuve que separarme de mis hermanos. Conmigo iban unos azules, más grandes. En la cartera quedé guardado por un rato, doblado en cuatro. Y fui a parar a la farmacia. Desde ese momento, mi vida fue monótona. Ser dado de vuelto y ser entregado a algún pequeño negocio de barrio, una y otra vez. Por años. Nadie creía que yo sirviera para más.
   Hasta que caí en manos de un adolescente. Entonces, pasé a llamarme Mesada. Llegué a él con varios compañeros, casi tan arrugados como yo. De ahí, fui a parar a la boletería de un cine. Y seguí siendo vuelto.
   Curiosamente, mi último viaje fue al mismo banco de mi infancia, al mismo cajón, del mismo escritorio, del mismo cajero. Depositado por una viejecita muy parecida a la de mi infancia. Me puse contento porque creí que iba a encontrarme con mis hermanos. Pero, no. Ya no estaban. Peor aún, ahora me están llevando junto a otros muchos ancianos a morir en un horno, según escuché.
 

   Una situación peligrosa

   -¡Qué bella está la mañana! -exclamó, jubilosa, una rama de uno de los tantos árboles que hay en el pequeño bosquecillo.
   -Es de esperar que siga bella -le respondió una hoja de la rama vecina.
   -¿A qué vienen tus temores?
   -Es que desde aquí estoy viendo una de esas familias..., que viene llegando con sus enseres.
   -¡Ah! ¿Qué traen?
   -Nada menos que carne, carbón y una parrilla.
   -¡Oh, qué desgracia! Ya empiezo a rezar para que no armen un incendio.
   -Ya están haciendo el fuego -señaló la hoja, pues tenía mejor visibilidad-. Un trozo de carbón ha caído al suelo..., y no lo recogen.
   -Suerte la de ese carbón..., aquí lo estoy viendo.
   -Las llamas se acercan peligrosamente -dijo la hoja, después de un buen rato.
   -No dejemos pasar al viento.
   -Suerte la mía -dijo el trozo de carbón; hasta ahora me estoy salvando.
   -Tú y yo estamos llamados a ser un lápiz -propuso la rama al carbón.
   -Lindo será, cuando llegue ese día -respondió el carbón, un poco aproblemado por no poder volar hacia la rama, y porque ésta no puede desgajarse por sí sola.
   -En cambio yo... -se lamentó la hoja-, sólo serviré para una agüita estomacal.
   -Lo pasa bien esta gente -señaló la rama, un buen rato después-; toman vino, se ríen mucho...
   -Y hablan puras tonteras -completó el carbón.
   -Hay un niño que está escondido porque se hizo pipí -observó la hoja.
   -Y yo veo un lolo y una lola, escondidos también, acariciándose y besándose.
   -Cada cual lo pasa bien como puede.
   -Ya se va la familia -agregó el carbón, varias horas después- y menos mal que me dejan aquí.
   -Apagaron el fuego -dijo la hoja-, y sólo dejaron el olor a hastío.
   -Acá viene otro grupo humano -dijo la rama, dos semanas después.
   -Éste parece ser benigno -argumentó el carbón- ya que traen sandwiches fríos y bebidas.
   -Y hablan cosas cultas.
   -Oye, Carbón..., ¿escuchaste lo que dijo una de las niñas?
   -Sí, Rama. Le escuché clarito decir "con este carbón y una rama, yo podría hacer un lápiz".
   -Es fabuloso -exclamó la rama, agitándose para ser la elegida.
   -Te ha tomado a ti -dijo la hoja, muy contenta, viendo como ahora la rama y el carbón estaban ahora muy juntos, sobre una gran piedra.
   -"Necesitarías máquina para hacer un lápiz" escuché decir a alguien -aclaró la hoja, y eso fue lo último que pudo decir, porque alguien la sacó de su rama, la echó en una taza, y le echó agua caliente de un termo.
   -Te ha tomado a ti -dijo la rama, con tristeza.
 

   La gota de lluvia

   Entré por un agujero en un zapato negro del cuarenta y dos, en la Avenida Principal. Tuve que hacerlo porque la vida se estaba poniendo inhóspita. No había encontrado aún la manera de irme a algún sembrado y hacer germinar la semilla, incorporándome así a la planta y al fruto. Aunque después muera en algún desagüe antes de llegar al océano, eso ya no me importará. La fuerza que me mueve también me hace soñar, desde que venía cayendo a gran velocidad, entre el miedo de chocar y el placer de vivir intensamente.
   Después de recorrer pocas cuadras a pie y muchas en bus, el hombre llegó a un recinto más abrigado. Y yo con él. En algún momento había tenido que aferrarme a la suela para no caer al vacío, mientras el zapato trataba de no soltarse de la pisadera. Intenté escapar varias veces, extrayendo energía de un dedo del pie de mi benefactor. No logré la libertad, pues faltó calidez. Jamás perderé la esperanza de alcanzar algún día el mar.
   Parece que el tipo se aburrió de sentir el frío de la lluvia porque me tiró, con zapato y todo, cerca de una estufa destartalada. El fuego ardiente me hizo emprender el vuelo. Con mucha rapidez me evaporé y seguí una corriente en dirección a una ventana que tenía un vidrio quebrado. Ahora mi cuerpo es mucho más tenue. Ya estoy viajando hacia lo alto, volviendo a mi origen, en alguna nube desde la cual caeré en otra lluvia del mismo invierno.
 

   Una hoja de papel

   Dicen que aguanto mucho, y eso es muy cierto. Además, me complica bastante. El haber sido dotado de una paciencia casi sin límite me ha significado tener que afrontar situaciones dolorosas.
   Nací hace muchos siglos, proveniente de unos árboles frondosos. En mi más remota infancia fui escrito por primera vez, cuando un buen pastor copió en mí las más sabias palabras de amor. Así fue como yo decía, por ejemplo, "lo que Dios te susurra al oído, grítalo desde los techos". Y también se podía leer en mí "el reino de Dios ya está en vosotros".
   En aquel tiempo fui protagonista de discursos que dejaron huella. Todo iba bien, hasta que un mal pastor, a comienzos de la Edad Media, borró esas palabras. Para ello se las arregló usando unos productos raros que los alquimistas estaban probando.
   Mis lágrimas intentaron contrarrestar esa alquimia tergiversada, mas no lo lograron. Y he aquí que el mal pastor escribió en mí otras cosas, muy distintas a las anteriores, y nada de admirables. Me hizo hablar del pecado y de la culpa, además del fuego que nunca se apaga.
   El mal pastor copió en mí un concepto falso que leyó en la Epístola rechazada: "Cristo es el sumo sacerdote que derrama su propia sangre, en vez de la de chivos, para limpiar con ella los pecados de la gente".
   Todas estas cosas se siguen leyendo en mí. Es más, fui ensalzado en un concilio trentino. No he vuelto a aparecer en ningún otro concilio, pero sí en las homilías de este tiempo.
   Ya soy un antiguo papel amarillento, tostado y resquebrajado por el tiempo. Estoy próximo a morir, y por lo menos tengo el consuelo de que las malas palabras, escritas en mí, ya se están borrando por efecto del sol. Y las originales que añoro, están empezando a aparecer.
 

   El portal del templo

   Mi destino es ser vapuleado por toda clase de lluvias. La que viene del cielo, la que viene de los pordioseros ingratos que se descargan en mí, y la que viene de los carros policiales que, en tiempos difíciles, empujan la gente al templo.
   Después de algunas horas el sol me encrespa. Así transcurre mi vida. La mayor parte del tiempo me siento inutilizado, sin fuerza, descompuesto, golpeado, tironeado, bloqueado.
   Cuando miro hacia afuera siento la vida que quiere venir. Me gustaría ser vulnerable y dejar pasar a todos.
   Cuando miro hacia dentro veo todo tan oscuro y silencioso, que me lleno de esa tristeza, tan conocida para mí.
   Es un lugar desadaptado, que no se atreve a dejar que broten la alegría y el baile. Cada banco, cada vitral, cada cruz, apaga la danza y devuelve los cantos hasta las profundidades de los corazones.
   Todo sigue siendo así y seguirá hasta que alguien se atreva a contagiar su risa y su llanto a los púlpitos, que antes fueran agresivos y prepotentes.
   En los siglos transcurridos ha cambiado la vestidura de la gente, pero no su ropa lúgubre. Cambian los carruajes en que llegan los fieles, pero siguen llegando cerrados, como yo, y escondiendo las mismas cosas que yo. La vida sigue estando postergada.
 

   Una calle

   No son las grandes avenidas las que llevan el nombre de un personaje tan digno, sino sólo yo, una arenosa callejuela de un barrio pobre.
 

   La estación tecnológica

   Me llamo UKX6.3, soy el computador, y tengo toda la estación tecnológica a mi cargo. Soy un poco más que una máquina de calcular y de ordenar. Me dicen, con desprecio, Tonto Rápido. Pero, tengo mi inteligencia y soy capaz de recordar todo. Escucho y puedo expresarme. También gritar.
   Estoy programado. Obedezco las leyes justas y las injustas. Se supone que debo ser perfecto, pero ¿acaso alguien lo es? Yo también me caigo. Entonces tengo que empezar a deshacer todo. El drama ocurre cuando algún pequeño detalle oculto queda sin deshacer. Se transforma en un verdadero nudo que no deja fluir nada. Bloquea todo. Esto es igual que si se cae la Constitución. No hay nada definido que se pueda hacer. Por eso, siempre me cuido mucho para que no puedan botarme. Las tragedias humanas que ocurrirían en esa situación de abuso, no se podrían deshacer jamás.
   Para comunicación con otras islas, manejo una estación de radio. La gente manda mensajes. Todos quedan registrados, y no se borran jamás, aunque las cintas están arrumbadas, deteriorándose y llenándose de polvo.
   Hay también un dispositivo especial para llamar a la alegría cuando se aleja de la isla y se interna por mares peligrosos.
   Todos los días hago funcionar la estación repetidora. Mi ojo parabólico, que está sobre el techo, apunta hacia la isla más cercana, distante unos treinta kilómetros. Esta antena quedó ubicada detrás de un cerro, de tal manera que no vea el agua, y así no se maree.
   Hubo una vez un tirano en esta isla. Un personaje tan ajeno como abusador, que le puso una bomba a la antepasada de esta estación. Tuvo que ser reconstruida.
   A veces, me canso. Entonces, tienen que traerme mucha comida, y la devoro glotonamente. El tipo que me trae la comida es bien bruto, pero no falta.
   A pesar de la buena sensibilidad de mi oído, hay algunos mensajes que no los escucho, pues no alcanzan mi umbral de audición. Es lamentable porque me pierdo algo.
   A veces los susurros se pierden. Es como si se los hubiera llevado el viento. En esos casos, miro al horizonte, para todos lados hasta ver los mensajes escritos en el cielo, siempre que no se esté poniendo el sol justo ahí mismo.
   Pongo especial cuidado en no desvirtuar los mensajes. De repente, le pongo un poco, o me callo alguna parte que no me gustó, pero trato de decir todo. Es que no puedo. Si hasta se me olvidan unas partes. Si escucho incompleta la frase, tengo que inventar lo que faltó, pero tengo mucha experiencia en eso. Nunca he sabido que me haya equivocado. Trato de no quitar ni poner, pero no me resulta tanto.
   A la distancia veo un espejo mágico, utilizado también para la comunicación.
   El pájaro que está parado sobre un cable, ni sospecha que hay miles de conversaciones circulando a través de ese cable.
   Ha llegado a mí una asombrosa información: Habrá un nuevo emplazamiento, con unas antenas extrañas, para comunicarse con el futuro. Yo y mi futuro podremos hablar ahí. Por un teléfono especial y raro. Es una verdadera máquina para viajar en el tiempo. . . ¿Puede chocar? ¿Qué pasaría?
   Y en la isla existirá también una estación receptora, con una inmensa parábola, construída especialmente para recibir señales de seres vivos extraterrestres, desde una luna de Júpiter. Funcionará con energía solar.
   Y en cuanto a la TV local, ésta podrá mirarse con la ayuda de un control remoto especial, conteniendo un botón de zoom dando a la imagen cada vez más cercanía, o sea, agrandándola para ver mejor un detalle aunque eso signifique perder bastante del entorno.
   También habrá una nueva emisora de radiodifusión, con un panel de lucecitas de colores que cubrirán como un mapa toda la representación de la ciudad. Se encenderán con diferentes grados de intensidad. De repente, algunas se apagarán. Así se indicará la cantidad de auditores por sector. O sea, será el retorno inmediato para dar el rating sin comparar con otras radios.
 

   El tiempo

   Mi vida transcurre de manera apacible, casi siempre. Y eso que tengo flexibilidad, según Einstein, y según Dalí.
   Trabajando siempre, día y noche, sin vacaciones, y sin preocuparme de la jubilación que nunca vendrá.
   Unos tratan de apurarme. Especialmente los niños, pero no sólo ellos. Otros tratan de atajarme para que me detenga. Todo eso es infructuoso. Siempre mantengo mi ritmo regular.
   Una vez escuché decir que para divertirse hay que matar el tiempo. Yo no estaba muy convencido de eso, ni tampoco tengo instintos suicidas. Por lo demás, se supone que yo debería ser un preciado bien, aunque a veces me vuelvo contra la gente.
   Desde siempre, las horas, minutos y segundos están instalados en mí, y nunca querrían irse, sino que peor aún, en franca subversión, se dedican a hacer morisquetas, sin que yo pueda evitarlo.
   A un tipo le dio toda la rabia y se convirtió en un energúmeno. Agarró varias de mis horas, como siete creo que eran, y las mató en forma lenta. Para ser sincero, diré que las torturó hasta que dejaron de suspirar y cayeron inertes. No fue nada de divertido. Después, escondió los cuerpos, y hasta se olvidó dónde los puso, para que así nunca los puedan encontrar.
   Se entabló un juicio por ese delito, rotulado como Violencia-Innecesaria-Con-Consecuencia-De-Muerte. El tipo fue sobreseído porque el abogado encontró por ahí, en un cajón, una amnistía que le vino bien. De hecho, gracias a ella, cualquiera puede matar el tiempo sin que le pase absolutamente nada.
   No pierdo la esperanza de hacer justicia algún día.
   A pesar de todo, sigo yendo a acosar al asesino en una funa eterna.
 

   Aventuras de un bit

   Soy un bit de sexo masculino, o sea, un bitio, como acostumbramos a reconocernos entre nosotros. Formo parte de un grupo de trabajo integrado por tres bitios, incluyéndome, y cinco bitias, como llamamos a las bit femeninas.
   En este preciso instante estamos volando a una velocidad vertiginosa, la mayor que los seres humanos conocen, y que nos hace recorrer un tramo de sesenta kilómetros en apenas dos segundos. Me refiero a los segundos nuestros, porque los cronómetros humanos no se alcanzan ni a mover en tan corto tiempo. Quizás yo soy muy impaciente, pero cuando los humanos estiman que ha transcurrido la milésima parte de un segundo, mi reloj ya se movió en diez segundos completos. Y como si eso fuera poco, cada vez que me dicen “Espérate un minuto”, ya sé que mi paciencia ha de durar exactamente una semana.
   El caso es que este viaje es muy corto. Ocupa un tiempo mucho menor al que uso para relatarlo. Hace un rato, ya llegamos a la antena receptora, un inmenso plato que nos ha chupado con tanta fuerza que quedamos medio aturdidos mientras vamos bajando por una manguera que parece esófago. Esto es lentísimo. Supongo que llegaremos hasta la parte más baja del mástil. Menos mal que ninguno del grupo se separó, pues un percance como ése sería nuestra perdición. Nos han advertido que nos condenarán a muerte el día que uno solo de nosotros se aleje de los demás.
   Después de mucho rabiar contra las paredes de la manguera aquella, hemos llegado a una especie de estómago, que le llaman “Equipo”. Y, de hecho, hay un equipo de bitios y bitias cuya esclavitud es distinta a la nuestra. Ellos no viajan por el aire, sino que permanecen en tierra y están encargados de descifrarnos.
   Nos juntan a los ocho en una pieza, y escucho una voz que dice:
   -Desnudaos.
   Las pudorosas bitias intentan reclamar, pero no hay resistencia que valga. La encargada nos explica que nuestras ropas se han ensuciado con el ruido ambiental. En efecto, compruebo que eso es cierto. Nos sacamos la ropa.
   -Cinco hembras y tres machos, son una Ele -dice la funcionaria en alta voz para ser escuchada por el anciano bitio que anota en un papel.
   Nos pasan ropas limpias. Nos vestimos con rapidez, y nos mandan de nuevo a otra manguera igual a la anterior, pero ahora vamos hacia arriba. Nos han dicho que esta estación es repetidora, así que no nos podemos quedar en ella. Después de unos segundos llegamos a otra antena. Esta es de salida. Nos atrapa, y nos tira lejos.
   Muy pronto, nuestro vuelo empieza a perder altura. Todos los del grupo nos tomamos de las manos para no perdernos. Rebotamos en el agua fría de la laguna, y nuestro magnetismo nos vuelve a remontar. Ya estamos en una plato de llegada, pues estos viajes son demasiado rápidos. Bajamos por la consabida manguera, mientras nos reconocemos para comprobar que no falte nadie. Llegamos al equipo y, antes que nos digan, nos sacamos la ropa embarrada, porque estamos incómodos. Nos pasan ropa nueva, no sin antes constatar que el grupo está completo.
   -Somos Ele -le decimos a coro a la funcionaria.
   -Vosotros, callad -nos responde. Sin embargo, dice:
   -Cinco hembras y tres machos, son una Ele.
   Para mí no es novedoso. Ya lo sabía. Un viejo bitio toma nota, y me fijo que los grupos que venían antes que nosotros eran Hache y O. Y el que venía después, resultó ser A. No alcancé a mirar más, así que me quedé con sólo una parte del mensaje. Nos dicen que esta estación es terminal, y nos hacen pasar a un comedor.
   -Esperad un segundo para que vosotros mismos vayáis de vuelta, dentro de la respuesta.
   ¿Un segundo? Ya sé que eso es casi tres horas. Alcanzaremos a almorzar y a descansar un rato.
 

   La familia gramatical

   El sustantivo de esta familia es el abuelo. Se llama Lucas Gana Rojo. En su juventud fue un jugador de casino y de carreras , y también un frustrado militar, marcado por su nombre, igual que algunos naipes. Jugó fuerte y ganó tales cantidades que hubo de ser sacado en vilo por los matones del casino. Lucas Gana Rojo tenía un pacto con el diablo, que había quedado fraguado desde esa vez que la adivina lo contactó con el mismísimo representante del demonio en la tierra. Entre pailas, anafes, embudos, retortas y coladores.
   El sueño de Lucas era tener un hijo militar, pero no cualquier militar. Uno ganador, como el apellido lo indica. Por eso se dio cuenta que su heredero iba a necesitar un segundo apellido que lo fortaleciera. Cuando era un joven emprendedor, Lucas Gana Rojo había decidido casarse con una de las hermanas Guerra, que no estaban nada de mal, y así daría un buen nombre a su hijo, el que tendría que ser militar. Eligió a la más agraciada, llamada Bárbara.
   La abuela adjetiva siempre fue compañera inseparable de don Lucas. Aunque muchas veces lo hería y avanzaba hacia él con cara de poca amistad.
   Uno de los hijos que tuvieron, llamado Artemio, es el que nos muestra a la pareja.
   Pero, el hijo predilecto de don Lucas es Leonidas Gana Guerra, el que es como un verbo de acción. Entre batalla y batalla, Leonidas eligió por esposa a la suave Dulcinea Leal. Ella lo cuida y trata de mejorarle el prestigio. Quien muestra a la pareja es Estela, hermana de Leonidas.
   Los nietos son los que unen a ambas generaciones, que si no, estarían separadas por un abismo. Así, tenemos al pequeño Dante, que prepara las escenas, tratando siempre de relacionar a su padre y a su abuelo. Y también está su hermanita Nidia, la más chica de la familia, la que une a su madre y a su abuela.
   Los gritos y exclamaciones del vendedor ambulante, que pasa por la calle, se escuchan en toda la casa. Él es como de la familia.

   

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