ARISTODEMO                    Un lugar literario
La isla Tierra Tierra         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Quinta parte.- Las historias de Ramiro

   La casa de infancia de Ramiro

   Cuando fui niño me dieron una habitación del primer piso para mí. Tenía de todo, así que no necesitaba salir. Aún está adornada y es acogedora. Pero, me aburrí pronto. Y me aventuré por otras piezas.
   Hay un patio en la casa. Con otros niños jugábamos a esconderos detrás de los matorrales. Se veían muchos letreros en los prados, con un gran “NO”. Las niñas, que me habían estado prohibidas, ahora podía buscarlas. Una vez vi a una y dije “un, dos, tres por la vieja sin diente que está detrás del árbol”. Ahora me río. Yo disfrutaba con estas amigas, y tenía mucho diálogo con todas ellas. También con la culposa. Ella venía anunciada por un asqueroso chiquillo que me daba una resistencia enorme. Ese acusete que me mostraba en toda mi indignidad.
   Una de estas niñas, la de rojo, andaba desastrada. Se le veían los calzones. Era la más prohibida. Tenía una cara triste. Parecía que en cualquier momento se iba a largar a llorar. Cuando llegaba a encontrarla la volvía a perder.
   Muchas veces encontré a la amarga, la de tristeza seca, sin esperanza.
   ¡Ya, niños, A salir del escondite! Ésa era una frase típica que escuché en mi niñez.
   Para ir de un lugar a otro, debía cruzar a través de una habitación. Trataba de no hacerlo, pues era un ambiente vivo. Varias personas estaban sentadas conversando en esa habitación. Hasta el día de hoy sigue siendo un sector cálido. Una pieza en que se baila tango a media luz. O boleros. Se ven mujeres morenas. Uno se asoma, no más. Esa vez que asistí a esa habitación, dije que no quería molestar, pero no lo creí ni yo mismo. Preferí dar un rodeo por un pasadizo muy estrecho y largo. Parecía más largo de lo que era. En realidad, eran dos pasillos a distinto nivel con una escala que los comunicaba. Cualquiera habría tenido miedo a pasar por ahí, pues apenas cabía una persona, topando en ambas paredes. Pero, a mí me daba más miedo la habitación, sentirme invasor de un mundo ajeno.
   Me lo pasaba en una pieza casi oscura en que no quería que me vieran. Me acostumbré a irme para allá por cualquier cosa. ¡Qué lata! Estar durante este hermoso día de sol, en un sótano sin ventanas. Con una ampolleta para alumbrarme. Llegué a creer que era la única luz que existe. Se me olvidaba la luz natural, la que deslumbra los ojos.
   Una tarde, Don Eulogio llegó enojadísimo. Era un anciano hosco, feo, de negro. Vibraban sus mejillas cuando gritaba.
   -¡Ábranme!
   Se sentía con derecho a entrar. Un extraño derecho, que lo daba por no respetado, en todo momento. Él exigía lo que quería. Pero, yo no estaba dispuesto a abrirle. Que se fuera a freír espárragos a otro lado. Si le abría iba a transformarme en su esclavo. Él se las arreglaría para hacerme hacer lo que quisiera de mí. No le abrí, él siguió golpeando. No se aburría. Era capaz de echar la puerta abajo. Ahora, imagino que le abro la puerta y lo trato amablemente.
   A veces pienso que por algo es que en el salón de visitas, hay un velador, y dentro de su puertecita una bacinilla.
   Un llanto quedó en mi ventana, por el lado de adentro. Ese lado que es mío. Desde donde yo miraba la vida. Ese llanto quedó colgado como un paraguas, cerrado por muchos inviernos.
   En algún momento despegué una punta de la ventana, y después la otra, y la enrollé como un lienzo de pintura. Dejé esa pared sin ventana, y me fui a la pared de enfrente en la pieza de alojados, que estaba sin ventana, y desenrollé la que traía y la adherí a la pared. Ahora podía ver un entorno nuevo, que no conocía.
   Es que yo necesito mucho espacio.
   Todavía tengo ese libro grande, que antes estuvo muy bien cuidado. Con hojas lindas y dibujos de colores. Ahora, prefiero no mostrarlo. En mi libro está todo. Lo tengo siempre tan guardado, que a veces, lo busco y no lo encuentro. Otras veces lo veo cuando no lo estoy buscando. Me nacía toda clase de sueños cada vez que acariciaba sus tapas. Cuando lo hojeaba e intentaba leer algo, no me lo creía. Era un libro para más adelante.

 
   Telepatía

   -Ábreme -clama ella, simplemente, sin emitir sonido alguno.
   -No le abro a nadie -pienso yo.
   -¿Y yo no soy alguien especial?
   -Pero no eres yo -le aclaro-, y bueno... esto es algo que tú jamás comprenderías.
   -Nadie tiene muros tan altos como tú -insiste.
   -Quizás todos deberían tenerlos.
   -Tu inmenso castillo está rodeado de un foso de cocodrilos -me recrimina en silencio.
   -¿Sabes? He recibido toda clase de calificativos. No me importan. Me insultan para forzarme a abrir la puerta. Otras veces me hablan con dulzura. De cualquier forma, no caeré en la trampa. Hay palabras que parecen llaves intentando abrir mis candados. No lo lograrán.
   -No comprendes que tus ladrillos ya quieren desmoronarse.
   -Lo he notado, y no sé por qué ocurre eso -reconozco yo.
   -Estás mintiendo.
   -Si te dejo entrar te vas a reír de mí, y lo que es peor, vas a incitar a todo el mundo a burlarse de mí.
   -¿Por qué crees que yo haría eso?
   -Porque me ha pasado.
   -Nunca te ha pasado conmigo.
   -No me arriesgaré -intento decir, y le pregunto en silencio-. ¿Acaso tendrías tu casa sin llave... para que todos circulen libremente? No creo. Hay gente que comete maldades y atropellos.
   -No te debe ser fácil mantener la fortaleza en pie -piensa ella, con aire de triunfo.
   -He necesitado estar esforzándome todo el tiempo.
   -Ni siquiera yo, la mujer que amas, ha podido traspasar tus muros.
   -A veces salgo, y busco dónde enterré el talento -le explico, aprovechando de cambiar un poco el tema.
   -Te he visto. Sin armadura ni escudo.
   -Quiero ser tu amigo, pero... ¿no eres la derrota? Trato de salir de mi castillo, a recibirte -le cuento-. Te vi con los prismáticos. Camino por el trigo y las piedras, y el pasto mojado. De noche no tengo miedo, nadie me ve. Quiero llorar contigo, abrazarte. ¿Qué más da? Si yo también soy negativo. Necesito ver tu rostro, las cicatrices. Yo también soy feo. No puedo llorar cuando salgo del castillo.
   -Yo miro por las cerraduras de las puertas -confiesa ella-, para ver cómo es el habitante. Alcancé a ver una ventana a lo lejos... y unos niños jugando, al otro lado de la ventana.
   -Claro, no estoy solo -reflexiono-. Hasta Robinson Crusoe estaba acompañado... Todo está lleno de espejos.
   -¿Y si trato de entrar, qué podrá pasar?
   -Una vez, hace mucho tiempo, saquearon mi casa -digo, sin notar que yo mismo le estoy quitando llave al candado de la puerta de atrás-, me desnudaron y me apalearon -continúo-. Dejaron al descubierto todas mis vergüenzas. Fue una violación de mis secretos. Esa vez, lo arrasaron todo y se fueron.
   -Por eso, durante todos estos últimos años no le has abierto la puerta a nadie.
   -Aprendí a cuidarme.
   -¿Para cuándo o para quién estás cuidando tanto tu presunto tesoro... que quizás no lo es tanto?
   -Ni lo recuerdo ya -debo confesar.
   -La puerta de aquella vez no es la misma de ahora -ella trata de explicarme.
   -Sé muy bien que al final terminaré cediendo. Mis murallas están puestas para proteger eso que sólo he de mostrar antes de morir -explico-. Y todavía no quiero morir.

 
   El libro de mi vida

   Abrí el libro de mi vida por la última página. Aquélla en que estaba escrito el índice. Algunas líneas habían sido subrayadas o destacadas con indicaciones en los márgenes. Por ejemplo, las referencias a los capítulos del principio. Fue el quinto el que más me llamó la atención y despertó mi curiosidad:

   "De cómo estuve en la obra de teatro. . . . . . . . . . . . . . . . Pág. 27".

   Esbozando una sonrisa al evocar situaciones olvidadas de mi infancia, fui a esa página a tratar de descubrir algo. Mi sentido de búsqueda me imponía la necesidad de leerla. Me costó encontrarla, pues no era más que un resto de página rota. Lo que quedaba había sido quemado por el tiempo, y se resquebrajaba al tocarlo. Era tal el deterioro, que sólo pude leer algunos trozos saltados. Con mucho temor, mis ojos se movían sobre esas letras...

   Así, empecé a leer el libro de mi vida:

   "Sigo mirando la obra desde mi ventana, pero ya no quiero seguir detrás del vidrio. Me gustaría desempeñarme como actor, pues creo que es importante llegar a serlo algún día. Andar yo también de una calle a otra, ser protagonista de una esquina. Por el momento, me limito a decir pocas frases desde mi lugar de espectador, y hasta hago los gestos no verbales. Nadie se da cuenta, excepto cuando algunos del público me pillan y me hacen callar y estarme quieto, pues no los dejo presenciar la obra con tranquilidad. Me preguntan que si acaso me creo un actor, o si estoy loco...".

   Retorné al mundo de hoy y me puse a divagar en torno a lo leído. No parece que haya sido escrito por el niño que fui, sino más bien por algún personaje sabio, escondido muy adentro, y que le gusta hablar por medio de símbolos.
   Entendí que esta lectura me había enseñado algo. Que se puede almacenar vida, como si fuera un fluido energético que se intenta meter dentro de una batería. Llegué a creer que eso es lo que hice en mi niñez, como si hubiera querido ahorrar emociones y sensaciones, al no vivir lo que venía a mí en cierta situación, sino guardarlo para después. Lo que no he podido saber aún es el por qué de esa mezquindad.
   Lleno de confusión, volví a la lectura:

   "Quisiera aprender a expresarme sin molestar. Para mostrarme como soy, tengo que sacarme el disfraz, pero antes de eso he de aceptar que se me vea el disfraz, en calidad de tal. Es que están todos creyendo que ésa es mi ropa. O sea, me da vergüenza tener que andar disfrazado...".

    Recordar esto me daba un poco de risa con pena. Recién ahora pude entender que lo primero es asumir el disfraz. Cuando niño tuve miedo a revelarlo en lo que es. Eso es algo así como un temor a sentir miedo. Al darme cuenta de eso, ya pude quitarme el miedo de más afuera.
   Aún estuve dispuesto a leer un poco más:

   "No es el ambiente el áspero, es ese marco de madera que debo ponerme encima de la ropa. Se me entierra por todos lados. Maldito pudor que me obliga a cubrirme. En el closet tengo varias jaulas...".

   A esta altura, empecé a resistirme a seguir leyendo. Visualizaba el miedo grueso como si fuera un verdadero abrigo.
   Me armé de valor y quise continuar:

   "La gran pelea es si vestir a todos los actores igual o a todos distintos, con originalidad no uniforme...".

   Eso no lo entendí bien porque lo que seguía era ilegible. Con dificultad, tuve que cambiarme de página:

   "El director de la obra teatral me ha mandado a instalarme en una butaca, y esconderme entre los espectadores porque he sido vetado por la censura. Después que pase la tormenta, ya podrá ponerme de nuevo en el escenario. El problema es que entre tanto no se olvide de rescatarme, y quede yo siempre esperando mi turno, camuflado en el público, que nadie creería que soy actor... De repente, el malo de la película sale arrancando del escenario y se esconde debajo de un asiento, aquí a mi lado...".

   En esta parte tuve que interrumpir la lectura porque faltaba media página. Seguí leyendo en la siguiente:

   "Voy en una especie de desfile. Visto una extraña chaqueta como de charreteras. Le ordeno a la parte inferior de mi cuerpo ser fiel a ese desfile. Pero, yo con mi parte superior del cuerpo pensamos en otras cosas más importantes...".

   Esta lectura me estaba proporcionando una realidad antigua, que me parecía redundante. Elegí los aspectos novedosos, que parecían olvidados, pero estaban todavía ahí para volver a recordarlos algún día.
   Traté de continuar leyendo pero faltaban páginas o no se distinguían bien las letras. Seguí desde donde pude:

   "Mientras tanto, ella mira la vida a través de un espejo en que se ve todo. Ella sonríe a la vida...".

   ¡Ah! Eso ya corresponde a otro capítulo, pues no tiene nada que ver con lo anterior. Volví al índice y comprobé que me había salido de la infancia, y entrado a la romántica adolescencia.

 
   La llave

   Llevo puesta en mi espalda una especie de mochila de color oscuro. La uso siempre. Aunque es pesada, ya me acostumbré. Está afirmada mediante una compleja estructura metálica en base a varillas articuladas. Yo mismo la construí hace años, y en ella llevo toda clase de enseres, que a cualquiera le parecerían inútiles, pero para mí han sido vitales hasta ahora, y me han ayudado a sofocar esa antigua bulla que aún me sigue atacando.
   Hoy me dirijo hacia la casa en que viví cuando era niño, pues ahí podré guardar algunos de estos bienes, los más pesados, y así estaré en condiciones de caminar más rápido.
   Mi antigua calle me parece lejana, pero no tardo tanto en alcanzarla. Al llegar a esa mampara que era mía, me doy cuenta que aún sigue siéndolo. Aunque, hasta ahora, no recordaba los detalles, éstos aparecen en forma tan natural como si ayer, no más, hubiéramos dejado de vernos. Le doy unos golpes acariciadores, y muy pronto alguien viene a abrir. Es una persona que no me conoce, pero me recibe sin aprensiones, con una halagadora confianza que me permite moverme como un pedro por mi casa.
   Busco la habitación del fondo, en el segundo piso, aquélla que era como un desván en que sólo se apilaban objetos inservibles, ahí donde yo vivía. Hoy tengo ganas de estar de nuevo en ese ambiente mío. Ahí he de guardar las cosas que ando trayendo, si es que logro abrir la puerta, pues acabo de darme cuenta que está cerrada con llave y, al parecer, nadie la ha podido abrir en todos estos años. Le pregunto a unos maestros que andan trabajando en la casa, y me manifiestan su frustración porque tampoco han podido tener acceso a esa pieza para darle una mano de pintura.
   -Ojalá usted pueda abrirla -me pide uno de ellos, y desde ese momento ya tengo un motivo más para querer lograrlo.
   Ahora recuerdo que a mí mismo se me quedó la llave adentro, en una ocasión en que tuve que salir de ahí con mucha prisa, cuando casi me pillaron andando en mi triciclo rojo encima de los trastos viejos. De eso, hace ya mucho tiempo.
   Vuelvo a salir a la calle con mi carga a cuestas, y prometiendo volver con un duplicado de la llave que ha de tener el propietario del inmueble, quien vive apenas a un par de cuadras. El camino es corto, pero se me hace eterno porque a cada paso me encuentro con escombros, y no es nada de fácil transitar con tantos obstáculos, a veces insalvables. A mitad de la primera cuadra decido entrar a un edificio y seguir viaje por dentro, lo que parece más promisorio. Debo recorrer largos pasillos, en distintos pisos, pues a menudo necesito subir por algún ascensor decrépito, y bajar por escalas de caracol.
   Finalmente, llego hasta la oficina que busco, hablo con el propietario de la que fue mi casa, le explico mi problema, y él me pasa una llave de esas antiguas, que sacó de un cajón de un mueble destartalado.
   Le doy las gracias, lleno de esperanza, y emprendo el camino de vuelta, que ya lo aprendí. A pesar de todo, me cuesta encontrar las salidas. Con mucho cansancio, llego de nuevo a esa casa que amo y que ya no es mía. Subo al segundo piso, tomo la llave que traigo en el bolsillo y la introduzco en la cerradura. La giro, pero no abre. Después de varios intentos, dejo mi carga en el suelo, al lado de la puerta cerrada, y así de liviano como quedo, pienso que no será tan sacrificado volver donde el propietario.
   Salgo con un poco de miedo de que se me pueda perder algo de lo que estoy dejando, y vuelvo a internarme en el laberinto que me lleva hasta donde ese señor que es muy importante para él, y hoy también para mí, pero no los demás días. Antes de entrar, golpeo su puerta, sólo por mostrarme afable.
   -Deben ser los cafés -alcanzo a escuchar la voz del hombre que preside la mesa de reuniones.
   -No. No son los cafés -corrijo, fastidiado, mostrando la llave en alto.
   -¡Ah! -exclama-. Seguramente no le pusiste los pescaditos.
   -¿Qué pescaditos?
   -Mira -me explica-. Esta llave es maestra, pero debe adaptarse a cada necesidad. ¿Me entiendes?
   -Sí -miento.
   -Hay que ponerle unas puntitas que parecen pescados pequeños. Las venden en la Avenida de la Providencia, donde Fu-Lung, el chino.
   -¡Ah! -agrega-. Los pescaditos tienen que ser del treinta. Ésa es la medida.
   Teniendo en cuenta que ando sin carga, voy de inmediato a Providencia, al negocio de Fu-Lung, para comprar los famosos pescaditos.
   -Sólo tenel del númelo quince -me informa el chino en cuanto llego diciendo lo que necesito-. Los del tleinta estal agotados.
   Con pescaditos del quince, vuelvo a la casa que, tiempo atrás, me vio dar mis primeros pasos. Armo la llave como puedo, e intento abrir esa puerta esquiva. No hay caso, la habitación no quiere abrirse. Era la pieza en que yo jugaba, y desde la cual miraba hacia abajo, a la transitada calle, a través del vidrio de la ventana, todos los días, para ver si había cambiado algo respecto al día anterior. Recuerdo que una vez vi pasar un camión con unos tipos parados en la parte de atrás, muy en el borde. Reían a carcajadas, como si estuvieran llenos de sabiduría. En aquella oportunidad, a mí me pareció recordar algún tiempo remoto en que yo era uno de esos trabajadores, riendo de cualquier lesera.
   Por la rendija de la puerta aparece una luz que se ha encendido recién. Parece un efecto mágico. Al principio, no entiendo qué está pasando, pero después resulta evidente que hay alguien dentro del desván. ¿Acaso podría ocurrir que yo mismo siga estando frente a mi ventana?
   -¿Quién está ahí? -pregunto con suavidad, y me responde una voz de niño, apenas audible. Trato de conversar con él, y lo único que escucho bien es que el habitante de esa pieza declara no poder abrir la puerta desde dentro, pues necesitaría una llave.
   Ahora tengo otra poderosa razón para querer abrir la puerta. Liberar de su encierro a ese niño. Ése es el más importante de todos los motivos.
   Le explico al niño que la llave está colgada en la pared, al lado de la escopeta. Por lo menos, ahí la dejé en aquella remota oportunidad. Con esa simple información, el muchacho logra abrir la puerta, y sale a un mundo conocido, montado en su triciclo rojo, con tanta tranquilidad, como si nunca hubiera estado encerrado en ninguna parte.
   La habitación se ve bastante limpia, si se tiene en cuenta que hace tanto tiempo que nadie entra a hacer el aseo. Me pregunto cómo pudo sobrevivir este niño, cuya presencia nunca alguien advirtió, y que ahora corre y juega por la casa como si ésta fuera un inmenso regalo nuevo. Los años transcurridos acaban de reducirse a un simple instante. Y yo disfruto tanto, que no puedo parar de reir, igual que los hombres del camión.

 
   Poker

   Con las cartas que me salieron no logro juntar nada. Trato de barajar un rey de Miedo, con un siete de Tristeza, un cinco de Rabia, una dama de Pudor y un nueve de Responsabilidad. Antes, cuando los naipes tenían sólo cuatro pintas, era más fácil llegar a algo. Hasta se podía aspirar a una escala real. Ahora, no tengo ni siquiera un par.
   De todas formas, manejaré la expresión de mi rostro para aparentar que mis cartas son muy buenas. Subiré mi apuesta, esperando que todos se vayan al plato.
   En la manga tengo guardado un as de Creatividad. No sé si lo usaré, pues no soy muy hábil para hacer trampas.

 
   El Negro

   Los amigos del colegio le decían “Negro”. El niño siempre se imaginó que algún día se iba a convertir en alguien brillante y muy apreciado. Ese era el sueño loco que lo impulsaba a vivir. Nunca supo de dónde le venía esta idea, ni en qué forma estaba inscrita en él. Simplemente trataba de descubrir qué tendría que hacer para lograrlo.
   -No toques nada porque lo dejas todo sucio -le decía la madre, interrumpiendo por un instante sus pensamientos.
   Y cuando llegaban visitas, ella le advertía a su hijo:
   -No beses a la gente..., que vas a dejar a todos tiznados.
   Así transcurrieron los años para este niño de ojos vivaces y luminosos. Después de un tiempo, ya no lo vi más. Ahora, cada vez que paso cerca de un montón de cenizas me acuerdo de ese niño de carbón.

 
   Mi amiga Natalia

   La sombra oscura me perseguía donde yo fuera. Perseverante e implacable. Sólo a ratos se ponía tenue. Al acercarme a cada próximo farol, la sombra simulaba esconderse y después venía de nuevo a mí por el otro lado, más negra que nunca. No se despegaba de mis zapatos. Aunque me los saqué, la sombra seguía ahí, desafiante, enraizada en mis plantas frías.
   En cambio, las niñas juguetonas eran tan livianas que parecían estar a punto de salir volando. Tenían la fuerza suficiente para transformar la fantasía en realidad. Corrían contentas por las calles alegrando la noche, iluminadas por conos de luces. Se parecían mucho a las hadas, así como yo las he imaginado siempre. Reconocí en algunas de ellas a las amigas de mi infancia. No han envejecido como yo, o quizás alguien les permitió venir de cualquier edad que eligieran.
   Cuando éramos niños, yo molestaba a la más pequeña. Le tiraba las trenzas, y la pobre se enojaba mucho, y lloraba. Cuando creció, ya no peleé más con ella, sino que empecé a tratar de enamorarla. Se mantuvo muy esquiva. Sólo una vez me aceptó un beso.
   Fue justamente la chica la que me habló la otra noche, diciéndome que no apague la luz de mi corazón. Que me servirá para vencer el miedo. ¿Por qué me diría eso? Si antes no supe relacionarme con ella, cuando era el momento oportuno, después se transformó en un enigma.
   No todas vinieron como niñas. Algunas llegaron sumamente mayorcitas, y representaban a cabalidad los estragos del tiempo.
   Una de estas mujeres golpeó a mi puerta al día siguiente, y no la quise dejar entrar. Aunque la había visto muchísimas veces, siempre me despertaba desconfianza. Cuando trató de meterse por una de las ventanas de la sala de estar, tuve que bloquearla. Aproveché de clausurar también todas las otras ventanas. Como los postigos resultaron ineficaces, me decidí a clavar unas tablas a los marcos de madera, obstruyendo así toda posibilidad de ingresar.
   La mujer se alcanzó a filtrar por la puerta de la cocina, pero la eché a escobazos. Le di tan duro, que se alejó corriendo y se escondió en la oscuridad del frente, detrás de unos fierros, y de una persistente lluvia.
   Desde esa vez empezó a acosarme cuando me divisaba en la calle. Yo prefería apurar el paso. Su aspecto me causaba repulsión. Un día la enfrenté y le di un discurso golpeado. La amenacé con la fuerza pública. Finalmente, me dejó tranquilo por un par de días. Después volvió a la carga.
   -Déjame entrar, soy Natalia -me dijo esperanzada, como si su nombre fuera una ayuda. Al rato tuvo que desistir y se retiró con lentitud.
   Llegué a estar tan molesto que decidí ir a pedir consejo a Don Alcibíades. Siempre me ha parecido un viejo sabio, además de afable, sonriente, respetuoso de los demás, y lleno de comprensión. A veces encuentro que irradia bondad y ternura. Al menos, así era su retrato, en el cual aparecía muy elegante, y repleto de envidiable dignidad. Lo había pintado un amigo de su padre, en días agitados y atardeceres tranquilos. Sin duda, el pintor sabía plasmar en la tela colores virtuosos.
   Don Alcibíades dejaba entornada la puerta de su casa para que todas sus amistades pasaran libremente. También yo entraba, como todos los demás.
   Al cruzar la puerta ese día, me encontré una vez más con su retrato, metido dentro de un grueso marco dorado, pero a él mismo no lo vi en ninguna parte. Puede haber estado en alguna habitación interior. Me senté y me volví a parar varias veces. Después de un rato preferí irme, y volver al otro día bien temprano con intención de conversar libremente con este caballero. Así lo hice, pero como él nunca ha sido madrugador, tuve que conformarme con hablar a la imagen, colgada en el centro de la pared principal de la sala de recibos. Muchas veces he estado conversando así con el retrato de Don Alcibíades, horas enteras, sin aburrirme pero sin saber quién es él realmente. Todas esas veces me contestó desde su solemnidad, sin usar palabras.
   -¿Cómo puedo deshacerme de la bruja ésa? -le pregunté, y le conté que al principio no era tan fea. Parecía casi normal y hasta quise acogerla un día tomándola de las manos, pero no me animé ni a mirar esas manos.
   Don Alcibíades me miró desde el óleo y me pareció que arrugaba la frente.
   -¿Es talvez una víctima de circunstancias ajenas? -volví a preguntar-. En ese caso tendría que restaurar su dignidad, cumpliendo el mandato de amor al enemigo.
   -¿O acaso representa la maldad contra la cual debo luchar? -seguí preguntando a Don Alcibíades, y le expliqué que esta señora se ponía verde y azul, mientras sus ojos irradiaban una especie de odio. Yo quería expresar amor a través de los míos. Vencer el miedo en vez de salir arrancando hasta mi más lejano rincón. He tratado de sentirlo de ese modo, para transformarla a ella, y no ella a mí.
   El retrato me sonreía.
   -¿Quién me manda esta visita inhóspita? ¿Quién obliga a esta mujer a humillarse ante mí? ¿Y quién me obliga a mí a aceptarla o a rechazarla? -volví a preguntar. El viejo sabio me respondió sin palabras, desde su versión plana. Si hasta parecía mover los labios. Me dijo que ella ha venido a darme un mensaje, necesario para mí.
   -Entonces tendré que recibir ese mensaje -dije al cuadro, y salí de allí, preocupado. Ella venía a salvarme de algo, y yo no me dejaba.
   Natalia ha hecho cualquier cosa por encontrarme. Comprendí que debía resignarme a aceptar su presencia, amarla como era, o como parecía ser, en toda su inmundicia.
   Cuando pasé de nuevo frente a esta mujer de nariz afilada, rehuí al principio porque la noté tan sucia y con tantas miserias en su ropa. Después recapacité, y me propuse recibirla en mi casa. Lavarla, si es que me atrevía, a pesar de las prohibiciones de la sociedad. No es que a mí me importara faltar al pudor, pero supongo que a los demás les podría importar.
   El verdadero cambio en mí surgió al sentir que sería bueno hacer penitencia. Me propuse hacerla pasar cuando ella viniera. Le conversaría un rato, lo más amablemente que pudiera, aunque me costara hacerlo. Pensaba esto, no del todo convencido, pero con ganas de ser capaz. Dos días después, la mujer llamó a la puerta. Fui a abrirle y dejé que entrara. Ella no se lo esperaba. Entró con timidez, pero llegó hasta el fondo de la sala, con odioso aire de conquista.
   -Siéntese -le dije con dureza- y diga de una vez qué se le ofrece.
   Ella sonrió en forma patética, con su rostro horrible. Yo me senté un poco lejos, atemorizado, y queriendo que este trago amargo pasara pronto. Me di cuenta que ella no era una persona mala. Solamente me incomodaba, me era difícil soportar su mal olor.
   -No la retengo más, pero puede visitarme de nuevo -le dije, y me arrepentí acto seguido, pero ya estaba dicho. Ella se fue sin quejarse. No nos tocamos, pero nos sonreímos. Cerré la puerta y abrí las ventanas. Quedé bien conmigo mismo, sintiendo que había hecho la buena obra del día.
   Estaba atrapado. Nunca más podría echarla de mi casa, ni negarle una hospitalidad, aunque fría y penitencial.
   Era imperioso hablarle de esto a Don Alcibíades, a ver qué pensaba, qué me sugería. Yo había cumplido mi parte y ahora no hallaba cómo salirme. Esta situación me estaba hartando.
   - ¿Era eso lo que tenía que hacer ? ¿Me equivoqué ? - pregunté esta vez.
   El retrato me insistió en que recibiera el mensaje. Comprendí que no tenía escapatoria. Don Alcibíades siempre se las arregló para darme consejos desde su imponente figura. Empecé a pensar que era preferible venir a verlo en las tardes, cuando casi todos ya se hubieran ido. Yo esperaba que apareciera Don Alcibíades en persona. Pero, a esas horas no estaba en su casa.
   Tuve más encuentros con la extraña visitante. Ella jamás perdió la esperanza de ser mejor acogida. Y lo fue. Una vez que vino, hasta le di la mano. No la tenía muy limpia, pero no me importó tanto.
   -Dime todo lo que sabes -le pedí- ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? ¿Qué había en tu camino?
   Por su respuesta concluí que se había topado con puras basuras. Pude imaginar su trayecto azaroso, mientras ella se reía de mí, y se ponía fea otra vez.
   Me contó que por el camino tuvo que pasar toda clase de dificultades. Cada vez que ha venido se ha caído siempre en los mismos hoyos y se ha embarrado en los mismos lodazales. Es atacada por los mismos bandidos, y siempre logra escapar ilesa. Por eso, llega cansada, chascona, sucia, en estado lamentable.
   Con una increíble facilidad me dio a conocer exactamente todo el ámbito del cual proviene. Ha sido enviada una y otra vez por el Mago del Conocimiento. Desde que uno de sus añosos libros de más al fondo fue tocado por el sol. De ahí salieron todas las hadas. La de lluvia fina, la de diluvio, la de brisa, la de ventarrón, la del sol que quema, y la del tibio rayo del amanecer.
   Teníamos tendencia a hablar siempre las mismas cosas. Pregunté a Natalia si acaso visita a otras personas. Tuve la curiosidad de saberlo, porque creí que eso me ayudaría a conversar muchas cosas nuevas con ella. Pero, esa respuesta nunca me la quiso dar. Me entregó un papel. Supuse que era el tan esperado mensaje, probablemente trunco y con alguna distorsión, ya que esa página del libro, la que fue copiada por el sol y el agua en la piedra, llegó con algunos pedazos menos y otros tan embarrados que no se podía leer casi nada. Traté de descifrarlo como pude.
   La próxima vez que vino, mi amiga Natalia se había bañado y puesto perfume. Hasta se veía joven. Llegó en un momento propicio, ya que por la radio estaban tocando una música lenta, romántica. Después de una entretenida conversación, estuve dispuesto a ser un poco más cortés, y la invité a que bailáramos. Se puso contenta y me habló cosas bellas. Al sentir su cuerpo junto al mío me pareció que no estaba tan mal. Sin ninguna duda, la pobre estaba falta de cariño, y probablemente nadie le había puesto nunca la mano más abajo de la cintura.
   Me dije que, después de todo, ella ha sido buena conmigo. Y, por último, si algo le llegaba a parecer mal, volveríamos a esa prehistoria en que yo la echaba fuera de mi casa violentamente. No tenía nada que perder. Fue entonces que bajé la mano.
   Cuando empecé a incursionar debajo de su falda, yo no estaba todavía tan entusiasmado. Aun me sentía el tipo que le hace el favor a la dama. Pero, entonces todo cambió. Súbitamente la sentí exquisita. Ya no era yo un regalo para ella, sino que ella un regalo para mí. O ambas cosas al mismo tiempo. Ella no quería irse nunca más. Yo tampoco la habría dejado ir. Descubrí que era una mujer encantadora. Le regalé palabras de amor, y la besé, primero en la mejilla, después en la boca.
   Lo que sucedió cuando ella cerró sus ojos fue algo realmente milagroso. Su sonrisa se empezó a poner linda. Era el amor que la estaba transformando. Mientras la seguí teniendo tomada de las manos, la mujer rejuveneció. Su pelo blanco se tornó castaño. Sus arrugas se estiraron en forma armoniosa, casi imperceptible. Su cuerpo se transformó en el de una modelo. Todo su rostro adquirió la belleza en su expresión máxima. Con sus ojos, la princesa me dijo que me amaba. Y que la vida se le estaba yendo.
   No me di cuenta en qué momento empezó el temblor, como una suave mecedora que fue aumentando su ritmo hasta hacerse insoportable. Todos los adornos cayeron al suelo. Nubes de tierra y una bulla terrorífica nos asustaron y agrietaron los muros. Natalia salió escapando, y yo detrás, no pude alcanzarla. La busqué por estrechos callejones encerrados entre paredes de edificios que trataban de aferrarse al cemento que los fundó.
   Después de pasar por una arboleda de rojo follaje, dibujada por una naturaleza daltónica, volví triste y abatido. Supe bien por donde ir, pues en cada lugar que ya pisé alguna remota vez, parece que quedara como de otro color o de otra consistencia, como un surco, y pongo mis pies exactamente donde mismo.
   Durante los caóticos días que siguieron al sismo esperé con ansia una nueva visita de mi amiga. Hasta le envié fuerza mental, infructuosamente.
   Volví de nuevo a la casa de Don Alcibíades. Era realmente un gran señor. Y lo fue hasta el día del terremoto. Su casa tenía bastante solidez. En cambio, su retrato no tuvo tanta, pues se vino al suelo estrepitosamente y se quebró en miles de pedazos, quedando inutilizado. Nadie pudo evitarlo.
   Se dice en el pueblo que Don Alcibíades está procurándose un nuevo retrato. Mientras no lo traigan, la puerta de su casa permanece cerrada con llave. Está esperando mejor oportunidad. Habla por teléfono, con su voz de FM, cuidada con guantes de terciopelo. Hasta que llegue el cuadro, su verdadero contacto con el exterior.
   En mí, sigue estando la necesidad de hablar con Natalia, la mujer que me buscó hasta que me encontró, a pesar del tiempo que estuve sin tomarla en cuenta, sin verla ni escucharla.
   Vagué hasta alejarme de la ciudad. Al llegar a la costa vi a mi dama viajando sobre agua pura. En un bote celeste movido por la brisa del mar, iba de pie, expuesta a los eventuales ataques, sin ninguna clase de temor. Era una mujer muy bella, vestida de un blanco casi transparente como la luz del agua.
   La princesa pasó muy cerca mío y me dijo algo que no alcancé a escuchar. Con lentitud se fue alejando hasta esconderse en la niebla. Nunca más la vi.

 
   Las propias preguntas

   La caminata está agradable. No hace ni frío ni calor. Oigo el canto de los pájaros, y también converso con los árboles. Les doy las gracias por todo el bien que me hacen. Al mismo tiempo pienso en aquellas cosas que todavía permanecen ocultas. Algún día tendrán que revelarse.
   A lo lejos, diviso una casa solitaria. Se ve linda, mientras me voy acercando por el angosto sendero.
   Al llegar muy cerca de la casa, me pregunto si estarán aquí las respuestas a mis interrogantes. La construcción parece antigua, y me da la sensación de haberla conocido antes, a pesar de que nunca había andado por aquí. Que las persianas verdes pertenezcan a mis recuerdos, no quiere decir mucho, pero que la puerta sea tan igual a la que llevo muy dentro de mi mente, eso sí que es notable, y me permite acoger esa vivienda, a tal punto que siento la imperiosa necesidad de entrar.
   En cada una de sus cuatro ventanas se ve a alguien que se asoma. A ratos miran hacia afuera, y a ratos miran hacia dentro.
   -Buenos días -me dice con cantito una dama, desde el segundo piso.
   -Buenos días, señora -respondo contento.
   -¿Cuál de los vientos lo ha traído hasta acá? -le escucho decir, y como me quedo sin hablar, es ella la que continúa- Ha de ser la brisa del medio día.
   -Seguro que sí -respondo, y espero a que me invite a entrar.
   Desde una ventana del primer piso surge el vozarrón de un hombre enérgico:
   -Yo le abro.
   Mientras espero, me entretengo viendo las otras ventanas. En una del segundo piso hay un niño jugando con un avioncito. Pone gran entusiasmo al conducirlo con su mano en larga extensión por afuera, y después adentro de la pieza. Está feliz.
   En la otra ventana de abajo está asomada una niña joven, recién salida de la adolescencia. También es acogedora, con su mirada. Imagino que ella ha llegado desde lejos. Es como si viniera de algún lugar maravilloso.
   Entre tanto, escucho un galope, cada vez más cerca, y veo salir de la polvareda un caballo blanco hermosísimo, que viene con su jinete, también vestido de blanco. Muy pronto llegan hasta donde estoy.
   -Os traigo el don -escucho decir a este albo jinete, mientras se baja de la cabalgadura.
   Me entrega un pequeño paquete, con aspecto de cajita, envuelta en papel de regalo. Yo lo miro asombrado, sin entender nada, y con la interrogación puesta en mis ojos.
   -Es el don -me dice-, el don de la palabra. No debéis abrirlo aún.
   El hombre de blanco vuelve a montar y se aleja al trote, despidiéndose con su mano. Yo sigo sin entender, y me dirijo hacia la puerta, que ya está siendo abierta por el dueño de casa, gracias a la fuerza que él tiene. Las hojas de esa puerta son muy pesadas.
   Me hace pasar, le doy las gracias. Nos sentamos en la sala de estar. No sólo el hombre forzudo y su mujer, la que habla en forma poética. También el niño, que está fascinado con su juguete.
   -¡Ven, Enviada querida! -llama hacia adentro la dueña de casa -. Se necesita de tu gracia, un poco cada día.
   Enseguida aparece la joven. Viste túnica blanca.
   -¿Cómo es tu nombre? -me pregunta la Enviada.
   -Ramiro.
   -Ramiro -, me dice- el regalo que te trajo el heraldo te va a servir para dar a conocer tu mensaje.
   -¿Qué mensaje? -pregunto, cada vez con más extrañeza, y no obtengo más respuesta que la sonrisa acogedora de la Enviada.
   Se produce una conversación en la cual trato de comprender a cada una de estas personas. ¿Qué tengo de forzudo? me pregunto ¿Y de poeta? ¿y de niño apasionado?¿de Enviado...? Traigo algún mensaje, según parece. "Ya sé", me digo, "con mi fuerza, mi poesía y mi entusiasmo de niño tendré que descubrir si acaso es cierto que vine al mundo con un encargo".
   ¿Tengo un encargo...? ¿dónde? Me busco en todos los bolsillos. Quizás lo tenga en la chaqueta que dejé en mi casa. Cosido a la entretela.
   ¡Tengo que volver a casa!
   Me despido amablemente, y salgo afuera. Veo el caballo blanco, ahí mismo, esta vez sin jinete. ¿Cómo va a ser esto? Ya no está el mensajero... ¿Soy yo? No tengo más remedio que transformarme en el jinete. Monto el caballo y salgo en excursión.
   Un poco más allá hay un grupo de ancianos. Parecen ser sabios, así que me bajo del caballo, y les hablo. Converso con estas personas, tratando de obtener alguna luz en mi búsqueda. Les hablo de esos recuerdos que me cuesta mucho contar. Pienso que así, se va a revelar lo que hasta ahora ha estado oculto.
   Mientras tanto, el caballo vuelve por donde vino. Con eso me indica que su misión ya ha sido cumplida.
   -No quiero que se nos haga tarde -dice el anciano mayor, y se despide de mí. Se va con esos ancianos menores, mientras me quedo pensando en las vivencias que he tenido hoy. Me pongo a caminar y evoco a la Enviada, con todo su encanto y misterio. Creo que ella vino a esa casa a poner armonía.
   Sé que tengo que llegar de vuelta a mi hogar. La caminata está agradable. No hace ni frío ni calor. Oigo el canto de los pájaros, y también converso con los árboles.

 
   El soldado pacífico

   Soldado Ramiro

   Me tuve que meter en este ambiente porque se declaró una guerra. Contra gente que no conozco.
   Cuando miro una disputa desigual, en que hay un agresor y un agredido, no quiero identificarme con ninguno de los dos. No me va bien. Ni pisotear ni estar debajo del pie. Difícil resulta salir bien puesto, de todas formas, pues la pasividad avala al agresor. Aunque lo esté odiando, en ese minuto, si no intervengo estoy trabajando para él. Y si me meto a la lucha paso a ser un agredido más. ¿Cuál es la actitud que me deja en paz? Tiene que haber una tercera posición, que la relaciono con la sabiduría y la verdad. Y con la valentía. Usar toda mi energía para detener eso que está ocurriendo, o sea, hacer todo sin perder la capacidad de vida que me permitirá ser solidario.
   Hay quienes se entregan en un momento así. Hay otros que se guardan para su propio momento. Ambos son necesarios.
   En esta isla hay dominantes y dominados. Ni se consulta a los que están en contra. La instrucción militar es férrea. Todos deben saber disparar. Hasta los niños pequeños ya están aprendiendo el uso de las armas. Mucho antes de que tengan permiso para usarlas, o por lo menos andarlas trayendo.
   Cómo parar todo esto, si nadie quiere quedarse con el último golpe. No habrá justicia por el solo hecho de terminar la guerra. Pero, más vale que eso ocurra pronto. Si no, es peor después. Habría sido mejor ayer pero eso ya no es posible. Mañana diremos lo mismo.
   Algún día la gente olvidará las peleas y los intereses retorcidos.
   Me saqué la insignia más incómoda cuando visitamos unas enormes construcciones de piedra. Los triunfos y las derrotas pasadas siguen vivos en esas fortalezas.
   Los fusiles llegaban en grandes cargamentos, disfrazados de comestibles. Se le compraban a intermediarios respetables, tan respetables como los reducidores, pero mucho más ricos. Tanto como para acallar a los que quisieron indicarlos con el dedo.
   Hay un tirano en esta isla. Gobierna desde las sombras. Uno ve solamente a sus secuaces. Vive escondido y tiene un poder increíble. Todos quieren derrocarlo, pero no es nada de fácil. De repente me pregunto si no serán los secuaces los que realmente hacen su voluntad propia. ¿No habrán inventado esa misteriosa presencia de un tirano invisible para justificarse? Han matado a muchos de ellos, pero siempre aparecen otros nuevos. En realidad, los verdaderos poderosos nunca están a la vista, pues su poder alcanza para lograr un anonimato plácido. Necesitan a los que hablan a gritos y mueven pelotones. Hay ciclos de esa añoranza que lleva la vulnerabilidad de un lado a otro y exacerba los miedos haciendo a las personas presas fáciles.
   A la segunda semana de mi permanencia en la guerra, ya estuve en el calabozo. Es que el sargento tenía que ponerme la bota encima. Me pareció que pesaba toneladas.
   En el calabozo tuve tiempo para pensar. Si a nadie le gusta la guerra, ¿por qué estamos tan metidos en ella? Acostumbrados a usarla para combatir todo aquello que rechazamos, que estamos intentando hacerle la guerra a la guerra. Es como echar parafina para apagar el brasero. La paz no usa las mismas armas que la guerra.
   Y así dicen que la mejor defensa es un buen ataque. El problema es que se llegan a confundir. El primer atisbo de agresión ni se ve, pero genera en el contrario una pequeña defensa, la cual es considerada ataque. Entonces, aparece la defensa del otro lado, que también será vista como ataque. Al final, nadie sabe cuál fue el huevo y cuál la gallina. Lo único claro es que los palos del gallinero ya no aguantan más estiércol.
   No entiendo por qué esa ansia de dominar a los demás. Lo notable es que así va surgiendo toda clase de inventos, los que también podrían llegar a ser muy buenos. Como si los martillos, antes de clavar su primer clavo tuvieran que golpear a alguien.
   Se necesita ser muy valiente para atreverse a desobedecer las órdenes que se oponen a los propios valores.
   Voy a la guerra porque me obligan. No porque me guste. Creí que me iba a librar por la edad, pero no fue así. Me dijeron que todos somos necesarios en este momento. Lo que es yo, preferiría morir antes que matar. Por eso, uso el fusil descargado.
   No saco nada con matar a los enemigos para dejar de tenerlos. Aparecen otros nuevos. Después comprobé que eran unos pájaros tan asustados como nosotros, y tan dispuestos a matar como nosotros. Y con una presencia divina muy adentro, igual que nosotros.
   Hace unos días me encontré con un enemigo. Suerte que no pudo disparar porque estaba herido. Le hice una curación y le di agua de mi cantimplora. Él no entendía nada.
   Ese enemigo quedó amigo. Nadie se enteró de esto. Creo que es mejor así.
   Las cosas que he pensado en el calabozo me han valido volver a él. Esta última vez no tuve que estar mucho ahí. Me fueron a buscar para una misión especial. Me eligieron a mí, justamente por mi manera de ser. Porque si se me ocurriere matar a alguien, la misión fracasaría. Entonces, claramente, soy yo la persona más indicada para tal misión.
   Me advirtieron que no saldría vivo de esto, y que desgraciadamente no quedaba otra vía, y que yo iba a ser héroe, y sería enterrado con honores, y le entregarían a mi anciana madre una bandera doblada.
   Y que me diera con una piedra en el pecho porque para ser yo tan cobarde, no me merecía esos honores. Me los darán si accedo a morir por la patria. Y si no, me matarán aquí mismo, y enterrarán mi cuerpo en una fosa común. Entonces, dirían que fui una lamentable baja en batalla.
   O sea, no tenía escapatoria.
   Mi misión suicida consistía en ir al país enemigo, ahí donde más concentradas están sus fuerzas, ser atrapado prisionero, y llevado a un campo de concentración, el cual ya estaba previsto de antemano, y rescatar a determinados presos que este país necesita de vuelta. Me dijeron que debería quedarme allá distrayendo al enemigo, para que los nuestros puedan, efectivamente, salir sin ser perseguidos muy encima.
   Acepté la misión con agrado porque tiene en cuenta mi amor a la libertad. Algo me dice que seré protegido. Creo que volveré con vida de esta misión, pero no lo digo.

   Soldado Anselmo

   Lo que me gusta de la milicia es la rectitud con que se actúa, la exaltación de las actitudes heroicas, la valentía.
   No hay nada mejor que morir por la patria. Para mí, los valientes son los que pueden cumplir hasta las órdenes más difíciles.
   Estamos evitando muchas muertes que se iban a producir porque los subversivos ya estaban listos para matar.
   Cuando tengo un arma en la mano, me siento otro. Superior. Poderoso. Seguro.
   Me aterra pensar lo que pasaría si cada uno jugara el partido por su cuenta. Sí, así como en el fútbol, si no es colectivo nos espera la derrota. También ocurre eso acá.
   El sargento nos dice que peguemos fuerte y que peguemos primero. Lo repite tanto que lo aprendí. Le saqué la mugre a mi hermano chico el otro día.

   Soldado Ramiro

   No todo salió como estaba calculado, y he aquí que voy caminando por un territorio enemigo absolutamente desértico, gozando de una supuesta libertad. Además, me encontré con otro soldado de los míos, único sobreviviente de una patrulla. Tiene dieciocho años, y yo me siento como un padre para él. Se llama Anselmo.
   -Viejo -me dijo ayer en la mañana-, no nos queda nada de comida.
   -Entonces, no necesitamos comer -le contesté, tratando de inyectarle optimismo.
   -Tampoco necesitamos tomar agua -me respondió molesto, mostrándome la cantimplora vacía y abierta, apuntando hacia el suelo.
   Y ahora que estaba que se moría, yo no hallaba cómo revivirlo. Menos mal que trajo la trompeta.
   -¿Para qué queremos llevar una trompeta? -le había preguntado yo varias veces.
   -La vamos a necesitar -me había respondido él, otras tantas veces.
   Ese era el diálogo de todos los días. Cuando descansábamos yo intentaba tocar un poco de jazz.
   -No nos tiene que pescar el enemigo -me decía, urgido, quitándome la trompeta. Y yo me río cuando él habla de enemigos.
   “Ya la tengo”, pensé. Le tocaré alguna música que sea capaz de encender a este pobre chiquillo, en este ocaso tan hermoso como trágico.
   -Me siento terrible... Creo que... me voy a morir -se quejaba el joven, volado de fiebre. Yo me puse a tocar el himno nacional, no muy fuerte. Muy cerca de su oreja. Era lo único que lo podía salvar.
   Al otro día, el que podía ser mi hijo estaba sano y sonriente como si nunca hubiera estado enfermo.
   -Gracias por la música -me dijo.

 

   La orquesta

   Ayer, el alcalde me ha pedido que, para el aniversario de la ciudad, interpretemos una pieza musical llamada "Concierto del buen extranjero".
   -Ramiro, tú puedes -me dijo.
   Accedí gustoso, y empecé por conseguir las pautas y partituras para cada uno de los instrumentos. Convoqué a un primer ensayo, y elaboré un plan completo de preparación. Es una música preciosa, y quiero que salga bien. En esa primera tarde de ensayo, cada cual se limitó a aprender su parte. El fagot interpreta en este concierto la añoranza; la trompeta es una enorme vibración; el violín es como comprensivo; mientras que el chelo enlaza a unos con otros; el contrabajo hace las veces de la razón; la flauta es ánimo para seguir adelante. Pero, lo más importante en este concierto es el piano, el que se atreve a vivir la vida. Y cuento con un pianista excepcional, que transmite su sentimiento.
   En el segundo ensayo empezó a gestarse la composición. Armonizar todo..., es la lucha que yo tengo que dar. Hacer callar a los que quieren tomarse demasiado espacio. Destacar, en cambio, a los más tímidos. Ponerlos en su justo momento. Estoy convencido de que eso de mover la batuta es sólo para la galería. La labor importante del director está en los ensayos e instrucciones cotidianas. Un director es como el discernimiento de la orquesta.
   Siempre me gustó la música. Algunos instrumentos toqué, y aunque nunca fui un gran experto en ninguno, los conozco muy bien a todos ellos. Y lo más importante, puedo sentir la música, y saber cómo ha de participar cada uno. Por eso, en estos últimos años me he estado dedicando a dirigir una orquesta, que no es muy grande, sino una menor, y a mí me hace feliz.
   Creo importante que la música, sin hablar, cuente historias, a cada persona una distinta, pero todas en la misma línea de sentimiento. Es la historia que a mí me cuenta la que me habita cuando dirijo. Y la que vive en cada músico es la que ellos expresan al tocar. Pero, el sentimiento es el mismo en todos. Eso es lo mágico de la música. La composición tiene esa flexibilidad, en forma muy natural.
   En este concierto que estamos ensayando, surge en mí la historia del tipo que fue asaltado, y dejado medio muerto; los que tendrían que ayudarlo no lo ayudan, pero sí un extranjero que va pasando, y lo lleva a una posada. Para mí, entonces, unos de los instrumentos principales a los que doy entrada son el violín y la flauta, para acompañar al piano.
   Sin darnos cuenta, llegó el día del evento. La interpretación resultó muy aplaudida, gustó, de verdad. Yo sé que hubo algunos defectos, pero no toda la gente se da cuenta, o talvez... perdonan. Saben que la perfección no existe. Y yo aprendí que la orquesta es como una persona, que no siempre funciona de manera integrada y afinada, y que necesita ensayos, que son como círculos reducidos, para aprender a vivir la vida.


  Sexta parte.- Las historias de Anselmo

   Recuerdos antiguos de Anselmo

   La casa en que viví no es cualquier casa. Es la principal de la isla. Le da sentido. Tiene dos pisos. En el primero, todo es dolor y tristeza. En cambio, en el segundo se disfruta. He subido pocas veces la escala.
   El terreno está en desnivel, de modo que hacia el fondo, el primer piso empieza a ser subterráneo. Se entra a la vivienda por el segundo nivel. Ahí está la pieza de la amistad. Cada habitación representa algo de la isla.
   Había un sector de la casa, que no me dejaba atender otros lugares. Es la pieza de la TV. Ahí vi buenas películas, imaginando que eran acerca de mí en otras islas.
   Yo me asomaba a la ventana todos los días.
   -Para ver lo que hay hoy -decía.
   Me encantaba cuando había mar. Sobre todo si estaba azul. Pero, aunque estuviera gris, me daba esperanza. No todos los días hay mar.
   El antigiuo hombre del farol ya no se ve. Era un deportista. Más bien dicho, su silueta apenas se distinguía del entorno. Cuando estuve así de lejos me detuve a reflexionar con tranquilidad. ¿Por qué iba a tenerle miedo? Talvez porque metía bulla o porque sus modales eran bruscos. Una vez acudí a ese farol, dispuesto a convivir con esa persona que parecía un loco. Aunque en ese tiempo yo no habría sabido expresarlo, ahora me doy cuenta de que, con seguridad, él podía aportar algo a mi vida y yo a la suya. A medida que me acercaba fui intentando una frase pero cada vez era más difícil. El hombre estaba sentado en ese pequeño trozo cuadrado, como de vereda, y miraba sus manos a la luz que venía de arriba.
   Una falda de mujer flameaba al viento como una bandera.
   Cuando miro mi infancia desde acá, me doy cuenta de que mi misión está inscrita en mí desde antes de nacer. Expresada en términos de eternidad, en lenguaje permanente. No es fácil ni inmediato trasladarla al lenguaje cotidiano. Añoro algo desconocido. El poder del silencio está en escuchar mi intuición. En un momento toqué un lugar como prohibido donde está lo trascendente que tengo desde antes de llegar a esta vida.
   Mi padre me regaló una bicicleta. Salí a andar en ella. Recorrí una calle, y otra, pero de repente me vine al suelo violentamente. Es que no sabía andar muy bien, y me topé con una piedra. Le tomé miedo a la bicicleta. Después, ya no salía a andar en ella. Hasta que vi que la única manera de estar agradecido del regalo que me hizo mi padre sería disfrutarlo.
   Yo conversaba con el niño de la casa vecina.
   -Cuando grande, seré militar -le anuncié.
   -Yo seré civil -me respondió.
   Así, planificando nuestras vidas, ordenábamos cómo debería funcionar la sociedad. Nos decíamos que siempre estuviéramos atentos. Estábamos seguros de que nadie conocía la isla mejor que nosotros. Ahora, me da risa.
   Hay otra cosa que no me da tanta risa. Es que yo buscaba una muralla para ponerme, casi afirmado en ella. Necesitaba ese apoyo que no lo es tanto, pero es como si fuera. Habría deseado andar trayendo una pared portátil que me diera seguridad. Ya sé que eso no sería eficaz. La muralla que no se mueve es la que me sirve. Para convivir, para pretender a una mujer, competir. Así, puedo sentirme un muro yo mismo.
   Vimos unos niños muy pequeños, jugando. Y nosotros que nos sentíamos grandes los mirábamos en menos.
   -La tierra es un bien inapreciable -les dijo mi amigo.
   Los pequeños lo miraban raro.
   -El agua también -intervine yo, acordándome de los cuatro elementos, que me enseñaron en el colegio.
   -Y ustedes, ahí . . . haciendo barro -agregué-. Esa mugre. Neutralizando fuerzas valiosas.

 
   Futbol

   Llegué a la cancha para ver jugar a mi sobrino. Él tenía un partido de futbol, como gran cosa, ya que es sólo un niño empeñoso. Vi que todo era muy precario. No había ni donde sentarse a ver el partido. Claro, este niño no es profesional sino apenas aficionado. Su equipo estaba intentando clasificar para el campeonato preliminar que pudiere permitirle llegar, si lo ganaba, a la serie de Ascenso Dos.
   Jugaban contra el equipo de la Financiera. Lo que más me llamó la atención fue que un arco era más grande que el otro.
   -¡Qué raro! -me dije, pero por lo menos me conformé, pensando que si hay cambio de lado, ambos tendrán ventaja durante un tiempo.
   Me fijé un poco mejor y vi que el rayado de la cancha tampoco era simétrico. La mitad del campo estaba más cerca de un extremo que del otro.
   Entraron los equipos a la cancha, y empezó el partido. Al inicio no me di cuenta de que el club de la Financiera tenía un jugador demás. Los conté cuando me pareció que eran muchos. Esto sí que lo consideré grave. Fui a decírselo al árbitro, pero no me hizo caso. Al estar cerca de él vi que en su casaquilla negra tenía, además de su nombre Juan Mercado, la insignia de la Financiera.
   "Ya...", pensé. No había nada más que hacer, según parecía. Sin embargo, los chiquillos se veían optimistas. Lucharon como leones. No hubo cambio de lado para el segundo tiempo. Según me enteré, eso fue así porque la solicitud por escrito no llegó en forma oportuna.
   Se produjeron algunas jugadas notables. Un delantero se encontró con la pelota, mansita en sus pies, sólo frente al arco. No tiró. No hizo ni amago de disparar, por miedo a echarla para afuera. Hasta que la pelota se fue, tal como vino. Y junto con ella, se fue la oportunidad. Esto contrasta con la actitud de otro jugador que, con empeño y perseverancia, logró estar en posesión del balón, un poco urgido. Disparó el mejor tiro al arco que pudo. Salió apenas desviado. Me pregunto a cuál de los dos jugadores preferiré haberme parecido, cuando me juzguen al final de los tiempos.
   Seguí divagando y mirando un bello encuentro desigual. Empatábamos a tres cuando el partido ya estaba terminando, con dos expulsados de nuestro equipo. Pero, los descuentos se alargaron demasiado hasta que nos hicieron un gol con la mano. Perdimos 4-3.
   -No importa, tío Anselmo -dijo mi sobrino, cuando íbamos de regreso después del partido- , lo importante no es ganar, sino competir.
   No quise explicarle que ni eso se estaba dando. Creo que habría que decir "Lo importante no es la competencia de hoy, sino conquistar el derecho a competir mañana".
   Así era la Liga de la Libre Competencia, con cancha asimétrica y áreas desiguales.

 
   Tierra Bella

   -Papá, ¿puedes llevarme a Tierra Bella?
   -Sí, Anselmo -me respondió mi padre-. Algún día te llevaré.
   En ese tiempo, yo era un niño pequeño, y no sabía muy bien cómo era ese lugar llamado Tierra Bella, y quería descubrirlo.
   De tanto insistir, una vez fuimos, con mi padre a Tierra Bella.
   Él también ha sido niño, alguna vez, al inicio de su vida, y quizás lo olvidó.
   Salimos una tarde, de la mano, caminando y cantando. En el sendero había desvíos y obstáculos.
   Cuando arribamos al sector en que está Tierra Bella, seguimos andando varias cuadras, al lado de un muro. Estábamos siempre de este lado de esa muralla, pues nos prohibieron pasar al otro lado, en el cual se veía una naturaleza hermosa. Nos dijeron que había dragones. En este lado, sólo hay piedras, maleza y tarros.
   Supuse que en unos años más iba a poder cruzarlo. Este lado no tiene destino.
   El primer viaje no dio para mucho más, pero hubo después una segunda aventura hacia Tierra Bella.
   En cuanto llegamos al consabido muro, y notando que nadie me veía, intenté asomarme. Aunque no era fácil, pude realizar un esfuerzo gigantesco para subirme encima de la muralla, con intenciones de saltar hacia el otro lado. Aún me controlaban, pero yo no quería dejar que lo hicieran. Soporté gritos y clamores lejanos de advertencia. Caminé por arriba del muro como en cuerda floja. Mi padre se aburrió de enviarme avisos. Subieron muchos niños más y siguieron detrás mío caminando sobre el muro.
   Me tiré hacia el otro lado, y quedé adolorido. Había un ambiente como encantado. Vino un extraño animal chiquitito y amistoso. Creí que era un dragón, pero no lo era. Nunca vi un dragón en Tierra Bella.
   Vinieron muchos y me llevaron donde un rey. Es que yo era un extraño. Por ese día, preferí volver al lugar en que soy, o creía ser.
   Después de eso, cuando quería ir a Tierra Bella me mandaban con la nana.
   Recordando todo esto, años más tarde, pude vislumbrar que Tierra Bella es un lugar de encuentro con la magia divina. Es el reducto en que los niños cumplen la misión de salvar a los mayores.
   Entonces, entendí que los niños vienen al mundo trayendo los tesoros que los mayores necesitan para recordar cómo, cuándo y dónde ocultaron los suyos. Es costumbre querer esconder los tesoros. Los adultos pueden enseñar a los niños cosas prácticas solamente, como hablar un lenguaje común y formar parte de una misma sociedad.
   Guardé este conocimiento en alguna parte, y seguí viviendo lo que podríamos llamar Vida Real. Me casé y tuvimos una hermosa hija, Amanda, que es un encanto.
   Hoy, viene Amanda hacia mí, diciendo:
   -Papá, ¿puedes llevarme a Tierra Bella?

 
   Víctima culpable

   Mi vida había estado llena de preocupación y lucha por lograr poder y dominio. En desmedro de las personas que me rodeaban.
   Recuerdo aquella oportunidad en que me defendí de mi vecino que me estaba agrediendo. Es así como sucedió y no al revés, que es lo que él anda diciendo por ahí. Tuve que pegarle y dejarle un ojo morado. Le tuve que dar unas patadas en el suelo porque si no, él me las habría dado a mí. Todo empezó cuando me insultó gratuitamente. Después que yo corrí con todos los gastos del deslinde, y él se iba de alivio, no le gustó donde puse el cerco.
   Hasta mi mujer se anduvo molestando conmigo porque pisoteamos las flores, con esto de la pelea. Ni me fijé que habían flores en mi campo. Las flores crecen en la frontera. Entonces empecé a sentirme culpable. ¿Cómo pude ser así con mi amigo? Algo me cegó. Trataré de corregirme. Desde que era niño me dan estos impulsos.
   Me debato entre esos dos estados. Culpable o Víctima. Voy de extremo en extremo. Como un péndulo, que si tuviera más extremos también se iría hacia ellos. ¿Cuándo lograré centrarme? Me lo pregunto a veces, pero pronto me desentiendo, pues si me centrara estaría inmóvil, inmutable, sin energía. Necesito movimiento.
   Así fue como me puse a trabajar en una empresa que fabrica armas. Antiguamente, allí se hacían hondas, arcos y flechas, pero ahora se elabora armamento más complejo y avanzado.
   Y nada menos que yo era el jefe de Estudios de Mercado. No sé cómo me conseguí un trabajo tan indigno. Es algo asqueante, en el caso de este rubro. Perdí la cuenta de cuántos conflictos alimenté, como quien echa gasolina en el fuego. Hasta que no pude más. Tuve que salir arrancando. Sí. Literalmente.
   Ahora, que quedé sin familia, tengo que esconderme. Arrepentido, me metí a un convento, como monje que necesita detener el movimiento incesante. Es una manera de hacer que mi vida tenga oración y penitencia, que mucha falta me hacen. Esta nueva vida ha sido maravillosa, porque me ha tocado enseñar a niños pobres, en una improvisada escuela sucedánea. En realidad, fui yo el que aprendí de ellos. A ser vulnerable, a reírme, a asombrarme.

 

  Séptima parte.- Las historias de Venancio

   Venancio Cosmada

   Mis pensamientos fueron interrumpidos abruptamente.
   -Señor Cosmada don Venancio ... -exclamó con solemnidad el profesor de castellano. En su propio rostro parecía dibujarse un signo de interrogación.
   Al escuchar mi nombre quise que todo mi cuerpo se recogiera hacia adentro y se transformara en un punto invisible. Pero, no me quedó más remedio que ponerme de pie. Y vino la pregunta difícil.
   Me habría gustado poder lograr una expresión fiel de lo que intentaba responder. Estaba sin encontrar las palabras. Lo que iba saliendo de mí era como un montón de enanitos invisibles, con algún disfraz que encontraba por ahí, para que se vieran, y para que tuviesen alguna identidad.
   Me salvó la campana.
   Y después de un breve recreo, de esos en que no alcanzo ni a ponerme en actitud lúdica, le tocó el turno a la clase de Filosofía. El ramo se llama así, pero está un poco mezclado con cosas de sicología, creo yo.
   -Saquen una hoja, para una pequeña prueba -indicó el profesor.
   Como la prueba había estado anunciada, yo tenía pensado qué iba a responder, cualquiera que fuese la pregunta que viniera.
   Lo había escrito, pero dejaría ese papel muy guardado, pues mi interés no era hacer trampa, sino acordarme de lo esencial. Y de hecho, recordé el siguiente texto, y lo fui escribiendo en la hoja:
   "Amo a mi antigua amiga. La que tenía antes. Parecía sólo una niña, pero era la alegría misma. Los demás la trataban muy mal. Recuerdo que cuando yo caía en falta me castigaban quitándomela. La arrancaban violentamente de mí. Ella no perdía su sonrisa, que se empezaba a llenar de lágrimas. Yo quería que ella no sufriera, aunque eso significara estar separados. No la llamaba para no arriesgarla. De repente, la iba a ver a escondidas. Entonces, me contaba un cuento y me convidaba dulces. A lo mejor le habían echado la culpa de mis malos comportamientos. Según mis padres, ella no era la persona que pudiera educarme. Trajeron otra amiga para mí. Una tipa pesada, ruidosa, ficticia, petulante, aburrida y cargosa. Me la impusieron. Yo no soportaba ni su perfume, ni su baile, ni sus modales rudos y vulgares ni sus estruendosas carcajadas. Ella pasó a ser como mi alegría obligatoria. Quizás estoy siendo injusto con esta mujer, que no tiene la culpa de lo que haya pasado con la anterior. La mía. La verdadera. La que tiene que esconderse. La que anda temerosa, mirando hacia atrás. Amo la alegría, profundamente. Ella es estupenda. Es mi amor imposible".
   Aún no me dan el resultado de esa prueba, pero espero que el profe esté de acuerdo en que mi introspección tiene que ver con la pregunta formulada.
   Después de otro brevísimo recreo, vino la clase de Física. Pasaron una materia que tiene que ver con peso y masa. ¡Aburridísimo! Me puse a pensar en el microgramo. Es lo que debe pesar, seguramente, una idea buena. Aunque este profesor no hablaba de ideas, sino de plumas y plomos. Siguiendo con mi divagación, calculé que un billón de buenas ideas deberían pesar una tonelada.
   En eso, terminó la clase. Era la última del día, así que me fui a casa. Recordé cómo hacía este camino cuando era niño chico. Había una cuadra que tenía mucha arena, y yo caminaba por ahí, sobreponiendo mis pisadas en las respectivas de otro niño o niña que había pasado antes. Poco a poco, éstas iban agrandándose y distanciándose entre sí. Y cuando terminaba el trecho de arena, yo daba la vuelta en la esquina, y pasaba frente a la puerta de una casa, en la que siempre había una mujer, que se reía de mí, como si así estuviera cumpliendo con su deber. Cada día la encontraba más vieja. Hasta hoy me da rabia, aunque ella ya no vive ahí. Pienso que la primera vez que se rió puede haber habido algún motivo, que ya olvidé porque nunca quise reírme de mí mismo. Pero..., las otras veces... estaban demás.
   Aquella mujer tenía cierto parecido a una nana que hubo en mi casa. Alcanzó a estar menos de un mes. Ella llegaba en la mañana después que mi mamá ya se había ido a trabajar, y se iba un poco antes que mi mamá llegara en la tarde. Me contó que ella hacía lo mismo que mi mamá: salía temprano, le dejaba un mensaje a su nana, y llegaba de vuelta después que ella ya se había ido.
   También me contó que cuando andaba por la calle iba conectada a su música, casi siempre la misma canción, esa que decía "... tú tienes la culpa...".
   Entre tantos recuerdos, llegué a mi casa de hoy. La nana de ahora salió al jardín diciendo:
   -Voy a regar las rosas.
   -Riega también los pensamientos -le dije, lúdicamente, pero no me entendió.
   -En esta casa no hay pensamientos.
   -Sí que los hay.
   -¿...?

 
   El escondite

   Casi olvido que estamos jugando al escondite, con mi padre.
   Las primeras veces que me escondí, tenía mucho miedo a que no me buscaran. En cambio, si a mí me tocaba salir, tenía miedo que mi padre se fuera a esconder a su trabajo, allí donde yo no podría buscarlo.
   Después del tiempo transcurrido, ahora ya no recuerdo si me toca esconderme o salir a buscar.

 
   La puerta entreabierta

   Estoy en una de esas importantes reuniones familiares, sentado a una mesa generosa. Intercambiamos nuestros puntos de vista frente a temas de trascendencia para el mundo, aunque nadie se enterará de lo que digamos.
   Recuerdo cuando era niño, yo vivía en esta misma casa y miraba por la rendija de la puerta que me separaba del mundo de los adultos. En ese entonces, mis tíos y tías conversaban animadamente en este mismo comedor, y yo no entendía ninguna cosa. Sólo los admiraba por sus voces distinguidas que les daban altura de pedestal. Mi fantasía me llevaba a sentirme uno de ellos en algún futuro vislumbrado, mientras trataba de no moverme para que las tablas del suelo no crujieran. Podía pasarme horas espiándolos. Me estremecía con sus risas y también me llenaba de sus rabias y tristezas.
   En mi ingenuidad de ese tiempo no me daba cuenta que tenía en mí todas las respuestas que hoy busco afanosamente. Con añoranza miro las paredes del comedor, recorriendo su pintura descascarada y deteniéndome un poco en cada cuadro antiguo. Y en la puerta entreabierta, casi a mi espalda, alcanzo a ver un par de ojos pequeños, escondiéndose a baja altura. Me emociona descubrir a ese niño de mirada curiosa porque aun creo estar ahí donde está él. Imposible saber en qué momento crucé esa puerta.

 
   Los sueños del joven Venancio

   La libertad
   Salí caminando a grandes zancadas sobre el aire, desde mi balcón del segundo piso. Es mi costumbre usar poderes especiales para salir de la casa de infancia, porque si trato de bajar por la escala seré descubierto.
   Casi volaba, afirmándome en lo más tenue del aire. Cuando perdí altura y tuve que dar pasos cada vez más pequeños, ya estaba lejos, al otro lado de la Alameda.
   Mi marcha continuó a través de un portón a medio abrir, llegando a un patio más acogedor que las calles tenebrosas por las que anduve antes. En este otro ámbito había puertas iluminadas que me daban seguridad. Una de estas puertas me dio más que seguridad, cuando me permitió ver fugazmente en el interior a una hermosa joven, coqueta, con minifalda color naranja.
   Su actitud me hizo suponer que a ella le gustaba mostrarse. Se me estaba componiendo la noche, después de esa súbita pérdida de energía, en que tuve que ponerme a caminar pisando la vereda, como acostumbran a hacerlo todas las personas.
   Mi nueva amiga no estaba sola. Vivía con ella una mujer mayor, que parecía ser su madre, y reprendía a la joven a causa de su aspecto, que consideró exento de todo pudor. La chiquilla se retiró hacia dentro, asustada, y ya no la vi más. Hasta mi oído llegaron las últimas frases hirientes dirigidas a ella. Me pareció tan negativa y contaminante esta señora, que no pude callar, y decidí enfrentarla.
   -No tienes derecho a quitar la libertad a los demás -le dije con dureza, sintiendo que tenía muchas más cosas que decirle. Mi propia vida lloraba en ese momento, privada injustamente de la libertad natural.
   -Eres una persona encerrada -agregué, un poco más tranquilo-, una monja de reclusión.
   -Sí -respondió de manera inesperada-, jamás he salido a la calle.
   La mujer adquirió mejor aspecto. Se adelgazó y estilizó, y su rostro se puso bello, con un dejo de tristeza. Le seguí hablando con ternura, instándola a liberarse de sus prohibiciones. Ella tenía la disposición para hacer el intento, pero le faltaba la fuerza para lograrlo. Talvez ha creído que yo me estaba insinuando como un conquistador.
   Entonces, me fijé en su rostro, un poco duro. Una larga y delgada cicatriz abarcaba todo el ancho de su frente, en colores azul y rojo, ya desteñidos. Daba la impresión de ser una huella dejada por alguna corona metálica incrustada por largos años. Verla, me hizo comprender su actitud, como si uno pudiera recordar vivencias ajenas. Empecé a vislumbrar el motivo de los encierros. Al parecer, ese conocimiento tiene que haber sido lo que salí a buscar.

   Números
   Yo estaba esperando turno, junto a otras personas, para efectuar un trámite de renovación de alguna tarjeta, tipo carnet. El encargado se daba vueltas por ahí, y no empezaba a atender. Mi número era el Cero. Por lo tanto, el primero. Cuando llegó el momento en que empezarían a llamar, ya tenía lista la tarjeta y todos los papeles necesarios.
   -¿Quién es el Uno? -preguntó el encargado en voz alta, y cansada sin motivo.
   -¡Momento! -exclamé- Primero es el Cero..., yo soy.
   Accedió de buen grado a atenderme primero, pero le rompí el esquema. Para él el Cero era el último. Le costaba encontrar todas las cosas referidas al número Cero, cada vez que yo le presentaba un papel. El más importante fue un escrito que yo debía haber copiado de algo que me hiciera resonar con intensidad, como una lectura activa de la vida. Sólo lo miró, y me dijo algo así como "Tú no tienes edad para esto”.
   Me quedé perplejo porque lo interpreté como censura. A mis veinte años eso era insólito. Estuve pensando, hasta que se me ocurrió que me sobraba edad, en vez de faltarme. Entonces, le pregunté:
   -¿Esto es para adolescentes?
   En eso, empezó a alejarse la escena, y a disminuir el volumen de luz y sonido.

   Una imagen esquiva
   Soñé que venías hacia mí.
   Yo quería hablarte y conocer alguno de los mensajes que me traes desde lejos. Lo único que vi fue la intensa luz de tus faros. Te esperé en la oscuridad, viendo pasar junto a mí cientos de figuras incorpóreas.
   De pronto, ya no estábamos en la carretera sino que en un patio. Y tu luz era emitida por el lente de una cámara fotográfica que se acercaba con lentitud. Aunque no pude verte, supe que ahí dentro venías manejando. Todo el entorno se iba imprimiendo en tu retina. Cada árbol, con toda su historia. Entonces quise retratarme, y me acerqué lo más que pude, hasta que un fogonazo me detuvo, y alcancé a escuchar el metal que se cerraba.
   Corrí para mirarme al espejo en ti, que te ibas yendo con mi vida completa, y yo detrás, en busca de esa película que se llevaba mis respuestas. Antes de irte dejaste afirmada en un escaño una especie de diapositiva gigante, de un color grisáceo. Supuse que era mi imagen.
   Pude distinguir en ella un rostro cuando todo empezó a aclararse progresivamente. Creí que por fin iba a descubrirme, pero la imagen se desdibujó, y tú ya estabas lejos.

   El plato nadador
   Soñé con un plato nadador. Ya sé que estamos en la era de los platos voladores, pero el que yo vi, no tenía ninguna posibilidad de volar. Simplemente, flotaba como un enorme plato de sopa en la inmensidad del mar. Era un verdadero portabarcos porque contenía, además de agua aceitosa, varios buques de guerra y submarinos, simbolizando grises pantrucas.
   La misteriosa nave se desplazaba a gran velocidad, con desconocidas intenciones, manejada por el país más poderoso del planeta.
   Después de algún tiempo, la nave fue vaciada completamente, y vuelta a llenar con agua limpia, y con arena en los bordes. Supuse que la guerra había terminado, porque vi veraneantes en traje de baño, disfrutando de un agua tranquila, y tomando el sol en los amplios bordes del plato.

 

 

 
   El bus

   Ahí estaba el bus, un poco destartalado. Venancio no quería subir aún, pues no tenía ninguna seguridad de que ese vehículo iba a partir. ¿Y si después venía otro, probablemente en mejor estado? No se arriesgaba a perderlo.
   Durante muchas horas el bus fue adquiriendo pasajeros pero seguía teniendo un aspecto estacionario. Cuando el vehículo empezó a andar, pilló tan de sorpresa a Venancio, que no se alcanzó a subir. Corrió detrás de él para alcanzarlo, hasta que el bus se perdió en la lejanía.

 
   El pedestal

   El tipo andaba trayendo en sus manos una especie de andamio plegable, de material liviano. Cuando llegó a la plaza, extendió su bulto, el que se manifestó como un pedestal de color gris. Sobre él se paró este señor, igual que si fuera una estatua, pero con algunos gestos y aspavientos desde su pequeña gran altura, como queriendo decir “Miren qué interesante soy”.
   Era un pedestal excesivamente alto, y tan inestable que el hombre perdió el equilibrio, trastabilló y quiso afirmarse en el aire. Cayó espectacularmente al suelo, quedando todo embarrado, con lo cual ganó muchas risas de los transeúntes. Le lanzaron algunas burlas que le hicieron sentir mal, a juzgar por su expresión.
   Me dije que a mí no me pasaría algo así. Claro, si tuviera un pedestal, como tienen los demás, cada cual con una frase más linda en letras de relieve. Por eso, me empinaba un poco, que no se notara tanto, detrás de unos pequeños arbustos, simulando tener también mi podio.
   Un buen día, adquirí uno de segunda mano, en una venta de baratijas. Un pedestal propio para mí, hasta con caballo. Sabía que era peligroso, pero necesario. Indispensable. Ahora, podía considerarme persona.
   Al poco tiempo me aburrí de tan estúpida estructura que me tenía en alto ficticiamente para no ser menos que los demás. Lo único que quería era bajarme del monumento, pues nadie venía a mí, ni tampoco podía yo ir hacia la gente. Ni siquiera me era permitido sonreír. Ni ganas tenía, estando siempre a merced de las palomas. Con respecto al caballo, ya no lo soportaba más. Así y todo, hubo personas que me envidiaron.
   Quería dar el paso de ser el primero en bajarme, pero no me atrevía. Iba a ser demasiado vulnerable. Tendría que convencerlos a todos que nos bajáramos juntos. Eso era imposible. Siempre supe que estaba llamado a volver a mi lugar en el suelo, pero me decía a mí mismo que aún no llegaba el momento.
   Cuando vi a la nana, allá abajo, disfrutando del lindo día como si ella lo tuviera todo, descubrí cual es la única manera de bajarme del podio. Ella me ayudaría, una vez más. Así como se ocupó de mi aseo cuando fui niño y de mostrarme los caminos más sencillos, esta vez me iba a solucionar un nuevo problema. Pensar que nunca le he dado las gracias. Y esta vez tenía que pedirle otro favor.
   Al mirarme ella con verdadero orgullo por mi altura, empecé a bajar por una especie de escala, propia de la armazón. Le presté a ella el pedestal, diciéndole que era importante vivir la experiencia de estar ahí arriba un rato. Subió con curiosidad, y se paró arriba, encantada, al lado del caballo, parecía una princesa. Entonces, se rió de la humorada que estaba haciendo. Realmente, teníamos que vivir esto. Ya que yo estaba en el suelo, no me costó hincarme y decirle “Alteza”. Aunque sólo fuera para aventurarnos en “La Cenicienta”, el cuento que tantas veces me contó. Para ella todo esto era un chiste, y cuando se le terminó la risa, se bajó, sin solemnidad, sin las dificultades y sin las resistencias que tengo yo, y nos sentamos en el escalón de más abajo. Yo iba a darle las gracias, pero fue ella quien me dijo que nunca olvidaría ese regalo.

 
   El músico

   El teatro está repleto, según escuché decir recién. No todas las noches ocurre igual. Nerviosamente, nos disponemos a salir al escenario. Cada cabello debe estar en su lugar. El único que se permite estar despeinado es el director, y no desde el comienzo.
   Me cambio la corbata por una elegante, reglamentaria en nuestra orquesta. Salir a escena me produce cierta inquietud. Siempre fue así, desde que me inicié como actor novato, hace ya algunos años.
   Esa vez, logré que me llamaran para actuar en una obra de teatro, y llegué feliz de haber sido seleccionado, justo en el momento de salir a escena. No había estado siquiera en algún ensayo, ni tuve tiempo de leer el guión. Recuerdo que le pregunté a la directora :
   -¿Con qué ropa tengo que salir?
   -Con esa misma que andas trayendo.
   Me felicité de andar así, porque no estaba inapropiado.
   -¿Y qué tengo que decir? -insistí en aclararme la situación.
   -Lo que te venga.
   -¿Y cuál es mi forma de relación con los otros personajes?
   -Ahí va a ir saliendo.
   Quedé desconcertado y no quería preguntar más para que no me sacaran de la obra. Pero, tuve que hacer una última consulta, vital para mí.
   -¿Soy rico o soy pobre?
   La directora me miró desde su asiento , y no dijo nada. Decidí salir a las tablas como fuera, y si no me contrataban más, mala suerte.
   Esta vez, la salida a escena es mucho más estructurada. Ahora, soy músico. Cada uno de nosotros está a cargo de un instrumento, conformando una totalidad como una vida. Yo toco los timbales. No deja de ser importante. Tengo que estar presente durante todo el concierto, que a veces dura hasta dos horas y media, sentado en una silla incómoda, sufriendo con el traje de etiqueta, y la corbata que me aprieta el cuello. Mi única participación será cerca del final. Dos simples golpes, nada más que eso. Pero, entro al escenario al comienzo, junto con todos. Realmente está repleta la sala. Se ve bellísima. Elegante, con sus cortinajes rojos, con personalidad. No siempre he tenido la suerte de tocar en una sala así.
   En mis comienzos, una vez tuve que actuar en un teatro desastroso. Estaba lleno de cajas de embalaje, y cables por todos lados. La pared tenía grandes agujeros cuadrados, donde habían estado los parlantes. Hasta goteras habían. Tanto, que casi llovía igual adentro que afuera. En esos tiempos, yo andaba con casco. No por las goteras, sino por seguridad. Aunque me dificultaba escuchar lo que me decían, no me animaba a sacármelo. Podía ser peligroso. Hasta que vencí el miedo y me lo saqué sin que lo notaran. Fue providencial porque empezó a llegarme una música que me hacía bailar el alma. Casi arrastraba también al cuerpo.
   Ya están afinando los instrumentos. A los timbales no tengo que hacerles nada, porque fueron revisados hace poco rato. Me limito a esperar, y eso es bastante aburrido. Cuando fui pianista, disfrutaba mucho más. Tuve que hacerme cargo de un enorme artefacto musical, adornado con una gran cola. Yo conversaba con el piano. Realmente, él me hablaba, aun cuando sus teclas no sonaran todo lo bien que lo habían hecho en su juventud. Cada uno de sus sonidos me entregaba una sensación de añoranza de alguna realidad feliz, olvidada. El piano era mi vida.
   Colgaron de su cuello un pequeño letrero que decía “Malo”. Eso fue una injusticia porque mi piano no era malo. Talvez estaba un poco desafinado, pero lleno de buenos sentimientos.
   Jamás pude llegar a ser un gran pianista. Al final, el piano sólo servía como mesa para aperitivos. Los pedales los usaban los niños para jugar al automóvil.
   En cambio, el piano de esta noche suena impecable. Todos los demás músicos tocan, aunque sea a ratos. Se entretienen y se sienten realizados. Dan vuelta las páginas de la partitura, una tras otra. Mientras yo, aquí, soy el espectador con mejor ubicación. No me pierdo noche, y ni pago entrada. Los críticos también vienen siempre, y se sientan muy adelante. Supongo que tratan de descubrir a los mejores músicos. ¿ Qué podrán pensar de mí ? Cuando sea mi oportunidad pondré toda mi alma en cada uno de los dos toques de timbal.
   Miro a la tercera violinista de más a la izquierda, de la fila de abajo. Siempre he estado enamorado de ella. Pero, ese sentimiento no es recíproco. Jamás he podido entender que el amor no sea correspondido. ¿Acaso uno no ama lo suficiente? ¿O amo con casco?
   Es muy misterioso todo. Siempre lo fue. Como ese río que caminaba hacia arriba. Llevaba mucha agua y bien limpia. ¿De dónde sacaba la fuerza? Nunca lo supe, por más que me sentaba en su orilla a ver pasar los muebles flotando. Era un espectáculo tan bello como deprimente. No supe qué ocurría con esos muebles. ¿Acaso terminaron de servir? ¿Se reciclarían? Una vez vi pasar un piano navegando con las patas hacia arriba. Entonces decidí que era el momento de deshacerme también yo de lo inservible. Boté al agua una bandeja y varias estructuras de madera que yo andaba trayendo. También aproveché de tirar el casco. Se fueron yendo con mis ilusiones.
   Ya se acerca el final del concierto. Me siento de una manera muy particular, como queriendo decir al público “Fíjense en mí. que yo también estoy acá“.
   Ese rostro iracundo del director agitando su batuta me recuerda al compositor. De ambos aprendí que cuando las cosas están maduras, la música surge sola. La armonía es la que hace su trabajo. Un compositor solamente arma pequeños trozos y busca lo que ahí quiere manifestarse.
   ¿Por qué el director me mira tan feo? ¿Por qué todos los músicos se están poniendo tan nerviosos? Si yo hubiera estado involucrado en esto, habría percibido el motivo, pero aquí botado, relegado a una participación tan pequeña, no me doy cuenta. Alguien se habrá equivocado. Los gestos desesperados del director me parecen eternos.
   Ya no me mira. Se ha dado vuelta al público y le hace una venia, mientras la gente aplaude a rabiar.
   ¡Mierda! ¿Cómo se pudo ir mi único instante?

 
   Desconfianza

   -Yo soy nítido y tú eres difusa -le dije.
   -Estás equivocado -me respondió ella, a través de la niebla-. Yo soy nítida. Eres tú el difuso.

 
   Los papelitos

   -¡Está lloviendo! -dijo la voz, desde la avioneta, a través de un potente megáfono.
   Reinaba un sol esplendoroso, pero buscamos nubes, por si acaso, y hasta creímos verlas. Muchos salieron a la calle con paraguas.
   -¡Es de noche! -dijo la voz del avión, al día siguiente.
   Aunque la luz del mediodía golpeaba los ojos, nos retiramos a dormir.
   Cierta vez, surgió un rumor anunciando que el avión iba a tirar unos papelitos. Era una práctica anticuada, pero la esperé, ansioso. Seguramente, no osarían poner falsedades por escrito.
   Después de varios días, la avioneta dejó caer una nube de papeles. Los veíamos bajar, muy chiquitos. Quise ser el primero en agarrar uno.
   Cuando las hojas estuvieron cerca, atrapé una en el aire. El mensaje escrito decía:
   “Se ordena a la ciudadanía no creer en falsos rumores, en cuanto a que esta aeronave lanzaría papeles”.

 
   Las puertas

   Acá no hay nadie más que yo. Estoy en una de las tantas salas de espera de un enorme hospital, que ocupa varios pisos. Llegué hace ya mucho rato. Lo extraño es que tampoco hay muebles. Sólo la silla en que estoy sentado. Si llega alguien más no tendrá donde sentarse, salvo que yo acceda a darle el asiento.
   Necesito que pronto pase algo con el caso que me ocupa. Sigo esperando. Hay una puerta en el fondo de la sala, si es que puede llamarse así, siendo ésta una pieza tan pequeñita. Me digo que es la puerta de la esperanza, porque cada vez que se abre creo que ahora sí será mi turno. No sé muy bien qué hacer, más que esperar. ¿Esperar qué? Que se abra la puerta y aparezca alguien.
   Cuando se abre, lo hace con un lamento de hospital, y después se empieza a cerrar lentamente, con otro gemido. En mi interior, se inicia una oportunidad para mí. Sale una enfermera, y se va para otro lado, muy estirada, sin mirar a nadie. Va apurada. Todo es apurado en este hospital, menos lo mío. Esta oportunidad no tenía nada que ver conmigo. La puerta termina de cerrarse con un golpe seco, que me posterga la esperanza, por el momento. Así ocurre de nuevo, varias veces.
   Después de algún tiempo, me levanto de mi asiento porque ya no puedo permanecer sentado. Camino de un lado a otro. No es mucho el espacio. Toco la manija de la puerta, como queriendo hacerme amigo de ella. La suelto, y sigo caminando. En una de esas vueltas, la abro, con alguna aprehensión. Doy un paso hacia dentro, aunque no se supone que debería hacerlo. Al otro lado no hay nadie. He llegado a otra sala un poco más grande, sin muebles. Ni siquiera una silla. Sólo veo una puerta, en la pared del frente.
   Fuera de perder la posibilidad de sentarme, mi situación no ha cambiado mucho. Me paseo un poco, pensando que alguien va a aparecer por esa puerta del fondo. Es una expectativa que me podría sonreír en cualquier momento.
   Después de un rato largo en que no pasa nada, me decido por ir a abrirla. Con la esperanza de encontrar al otro lado a alguien que me atienda, aunque ya no tengo claro de qué asunto era que tenían que atenderme.
   Abro la puerta, tratando de paladear de antemano el calor humano que encontraré. Llego a otra sala vacía, más grande que la anterior. Sin muebles. Sin gente. Ahora tengo más espacio para pasearme mientras espero. Así lo hago por unos minutos. Al fondo veo una puerta bastante atractiva. Tanto, que decido ir a abrirla. Es así como logro entrar a otra pieza más grande y vacía que las anteriores. Como siempre, me preocupo especialmente de dejar bien cerrado antes de empezar a caminar.
   Más que caminar, tendría que reconocer que casi corro. Ya no me paseo ni me pongo a esperar. Simplemente, atravieso con prontitud todo el largo de la sala hasta la puerta del fondo. Entro a otra pieza más grande y vacía. Me estoy empezando a enojar. Nadie tiene derecho a hacerme esto. Si han de rechazarme, háganlo de frente. A golpes si quieren, pero sin este suplicio.
   He perdido la cuenta de las puertas que he abierto, y de las salas vacías que he cruzado de un lado a otro hasta llegar a la respectiva puerta del fondo. A esta altura del asunto, ya no me preocupo de cerrar ninguna de ellas. Solamente las abro, y así van quedando.
   Se me olvidó por completo el motivo de mi búsqueda. En tal emergencia, me detengo un rato a pensar. Transpiro. Mi respiración está agitadísima. Creo que ya lo tengo, al menos mentalmente. Claro, lo único que me queda es buscar uno de esos maestros que se supone tendría que haber en alguno de los recintos. Sí, eso es beneficioso y justifica cualquier sacrificio. Veo que es necesario abrir una gran cantidad de puertas para llegar al centro del mundo.
   Deben ser unas veinte o treinta las puertas pasadas. Llego a llorar de rabia e impotencia. Me digo que es por ese estado de ánimo que los maestros no quieren salir a mi encuentro. Sigo abriendo muchas más puertas, y no soy capaz de cambiar mi actitud. Esta soledad es demasiado dolorosa. Me siento rechazado por todo el mundo. Es injusto. Quiero encontrar algo distinto, aunque sea un precipicio. Sin embargo, no ocurre nada que no sea una copia exacta de la última desilusión.
   Ahora ya van como cien puertas enemigas.
   -¡NO! -es un grito potente que me sale desde la médula, y no va destinado a nadie. Sólo a mí mismo.

 
   De tumbas y sepulturas

   Trabajé muchos años como sepulturero. Pasar todo el día y todos los días enterrando gente, es más optimista de lo que parece. Todos los difuntos que pasaron por mi vida laboral fueron buenas personas mientras vivieron.
   Empecé a vibrar con cada discurso tratando de verme a mí en las descripciones. Y me pregunté "¿por qué el mundo está como está, si la gente tiene tantas virtudes?"
   -¿En qué cementerio enterrarán a los malos? -le pregunté un día a un colega.
   -¿Qué sabes de los que aún no han muerto?
   -Talvez los malos no mueren.
   -Todos tenemos que morir.
   Me quedé pensando que la muerte es misericordiosa... Pero, no siempre...
   Una vez, un carro fúnebre a gran velocidad, tuvo un accidente. Con la energía del choque, se abrió el féretro. Esa vez, se produjeron dos nuevos muertos. Y el que ya lo estaba desde antes, resultó con heridas de consideración.
   Y otra vez, en una misa de funeral, en el cementerio, el padre de la víctima se indignó cuando vio venir lentamente a una niñita llorando, con un ramo de flores en sus manos. Era morenita, y tenía puesto un traje negro. El viejo la odió, porque la culpaba de la muerte de su hijo. La verdad es que éste había muerto heroicamente por defenderla de un atacante.
   El viejo caminó hacia ella con ánimo de sacarla de ahí. Pero, me pareció como si, a pesar de todo, él estuviera empezando a recordar la ternura de su hijo, o la de su propia niñez. Al llegar, sólo fue capaz de abrazarla y llorar..., juntos.
   En otra oportunidad, vino un joven al cementerio, varias veces. Luego de reconocer cierta tumba durante el día, y cerciorarse de su ubicación, volvió al lugar durante la noche, creyendo que iba a pasar inadvertido. Premunido de una pala, una linterna y de mucho coraje se dirigió sigilosamente hasta el sitio donde había encontrado la tumba de su padre.
   A esas alturas, no era fácil darle cabida a la lógica, y tampoco podría alguien entenderlo. Ése era un encuentro solamente entre él y ese hombre que nunca alcanzó a conocer.

 
   Cementerio

   Yo siempre andaba viendo resplandores en torno a las personas. Como si fueran unas sombras luminosas. Grandes o pequeñas. Intensas o no tanto. Eso sí, solamente a los vivos, pero jamás a los muertos. Por eso, casi me dio un infarto esa vez que vi una luz tenue en el borde del ataúd, justo cuando lo estaban bajando a la fosa.
   -¡Ábranlo! -grité. Y me creyeron loco.

 
   Agua bendita

   -Padre, padre, necesitan urgente agua bendita en casa de don Juvenal.
   -¿Por qué tan urgente? -preguntó el sacerdote.
   -No sé, pero debe ser un caso de vida o muerte.
   -Bueno, llévale un poco en un frasco, pero que esté bien limpio.
   El sacristán llegó apurado a casa de don Juvenal, golpeó el pesado portón, y cuando le abrieron, subió corriendo, llevando el frasco hasta el taller.
   -Estoy pintando en acuarela una estampa litúrgica -dijo con tranquilidad don Juvenal, y tomando el pincel lo sumergió suavemente en el frasco de agua bendita.

 
   Un rostro conocido

   Ese rostro me era familiar. Correspondía a algún amigo, por supuesto. Supe que lo había visto cientos de veces, y compartido actividades con él, hace ya varios años. Pero, no sabría decir qué.
   Seguí metido en mis pensamientos. Se supone que soy un sabio loco, como me dicen algunos.
   Mientras el tren avanzaba por debajo de la ciudad, traté de recordar de dónde conozco esa cara. En eso, él me vio y se sonrió. Claro, había descubierto a un antiguo conocido. Nos acercamos y nos dimos la mano, efusivamente.
   -Hola
   -Hola
   Ese fue nuestro primer diálogo, lleno de entusiasmo. Bueno, es que los dos estábamos contentos de volver a vernos. Yo trataba de buscar en mi cabeza alguna pista que me permitiera identificar al conocido desconocido.
   -¿Cómo te ha ido en la pega? -le pregunté- , con la esperanza de descubrir quién era este tipo.
   -Muy bien.
   Como su respuesta no me ayudó, intenté de nuevo.
   -¿Todavía estás donde mismo?
   -Sí, compadre, ahí mismo, no más.
   -Veo que estás haciendo carrera.
   -Bueno, dentro de lo que se puede. ¿Y tú? -comenzó a interrogar él, ahora.
   -También sigo donde mismo.
   No me atreví a ser más explícito, por miedo a que me atrapara en mi ignorancia respecto a él. Conversamos mucho, de cosas comodines, que sirven para cualquier amigo. Después de eso, vino un largo silencio, hasta bajarnos del Metro. Parece que él tampoco tenía muy claro quién soy.
   No logré descubrir cuándo ni dónde nos habíamos conocido. Al despedimos, ya en la calle, él era un amigo nuevo. El pasado no quería revelarse. De lo conversado, sólo pude desprender que esta persona venía a las oficinas de una institución financiera, en el edificio de la esquina.

         * * *

   Días después ocurrió aquello. Un hecho de sangre, muy lamentable. Quizás lo habría olvidado, si no fuera porque me acusaron como presunto culpable del asesinato, cometido a la misma hora en que yo conversaba con mi amigo.
   Yo no tengo nada que ver con ese asunto, y ahora, necesito ubicar a esta persona, como coartada. ¿Cómo lograrlo? Es una urgencia, de vida o muerte.
   Fui a preguntar por mi amigo a esa oficina de finanzas a la que se había dirigido en aquella oportunidad, pero sin saber su nombre, no logré gran cosa. Y cuando ya no hallaba cómo actuar, caí entre rejas, y desde ahí no puedo hacer mucho. Tengo que descubrir a mi conocido, a través de otra persona.
   El abogado tiene la mejor voluntad, pero me ha dicho que es imposible rastrear sin datos. Tendré que analizarme para llegar a la información que está dentro de mí mismo, escondida misteriosamente.

         * * *

   ¿Lo conocí cuando niño? Probablemente no. Estamos muy cambiados como para poder reconocernos después de tanto tiempo.
   ¿Es pariente? No. De haber sido así lo habría ubicado en el árbol genealógico.
   ¿Amigo de estudios? No creo... No hablamos nada de estudios.
   ¿Trabajamos juntos? Eso puede ser, pues mencionamos algo acerca de trabajo. O sea, pienso que lo conocí en relación a mi trabajo. A lo mejor no trabajamos juntos... Me habría preguntado por algún otro compañero de trabajo... Si es que él se hubiera acordado mejor que yo.
   ¿Fue un proveedor? No creo. No trató de venderme nada.
   ¿Un relator? Talvez en algún curso, de los muchos que tuve. Sí, por la voz, parecería un relator... Trato de recordar todos esos cursos... No lo veo dictando ninguno de ellos.
   ¿Relator y compañero de curso? Claro. Aquí lo tengo. Una vez asistí a un curso de relatores. Muy entretenido. Fue hace como diez años.
   ¿Tengo la lista de ese curso? No, pero la que era secretaria en ese entonces, la tuvo. Creo recordar dónde trabaja ella ahora.
   Me reúno con el abogado y le cuento todo esto. Él se limita a reír.
   -No te preocupes más -me tranquiliza-. Ya se aclaró la confusión que había. Mañana sales libre.

 
   En un espejo

   Tengo ganas de ir a conversar con mi yo viejo. No es el que va a ser. Es, simplemente, la forma cómo me lo imagino. No en vano lo estoy creando.
   Hace ya algunos años que he querido realizar este viaje, pero nunca me he animado a concretarlo. Esta vez, sí que lo haré.
   Me tropiezo con una primera dificultad. No sé el lugar físico al cual ir. Creo que estaré en esta misma casa. No me moveré de aquí para esta travesía. Ni siquiera necesito equipaje. Se trata de un simple paseo al futuro, y nada más que eso.
   ¿Que tipo de vehículo ha de servirme en esta oportunidad? ¡Ah! Ya sé..., el espejo.
   Voy y lo miro. Es un espejo de cuerpo entero, que está al lado de la antigua cómoda. No importa si me veo bien o mal. Sólo quisiera verme más joven de lo que soy
   ¿Cómo meterme allí dentro? Ha de ser con los ojos cerrados. Al menos, durante el trayecto. Y tengo que lograr hacerlo sin quebrar el vidrio. No es fácil.
   Cierro los ojos y me concentro en la imagen que tengo dentro de mí. Al identificarme con ella, siento un ruido como de romperse la barrera del tiempo. Espero que se haya salvado el espejo, si no, yo estaría muerto.
   Abro los ojos y trato de constatar dónde estoy. No falta nada en mi cuerpo. Todo está bien. No es mi costumbre estar a este otro lado, y me cuesta un poco adaptarme. Después, hasta me empieza a gustar.
   -¡Hey, Venancio! A ti te digo..., al del espejo -es el yo de afuera el que me habla.
   Lo miro sin decirle nada. Veo que está muy envejecido. Trato de poner un rostro alegre, relajado, sereno, optimista... A ver si él me sigue...
   Sí. Me siguió. ¡Qué genial! Así, podemos conversar. Él habla primero:
   -A lo que he llegado.
   -¿A qué te refieres?
   -Me duele todo y no me importa. Creo que pronto he de retirarme de este mundo.
   -¿Has completado tu tarea, o no?
   -Siempre que creo haberla terminado, surgen páginas nuevas que antes no había visto, y tengo que seguir. Esto es de nunca terminar.
   -¿Cuántos años tienes ya?
   -Ochenta, no más.
   -Bueno, todavía te quedan varios años más -le digo, pensando que yo estoy apenas en los cincuenta.
   -Pero, por lo menos, puedo decir que lo más importante ya ha quedado listo.
   Me alegra escuchar eso, y así se lo digo, con una gran sonrisa. Él también sonríe.
   -¿Qué nombre le darías a eso tan importante? -le pregunto.
   -Cuando trato de darle nombre me doy cuenta de que no es tan importante.
   -Pero, ¿te da satisfacción?
   -Sí. Mucha.
   -Entonces. ¡Felicitaciones!
   -Es a ti a quien debo agradecer.
   -¿Por qué?
   -Porque hiciste de mi lo mejor que pudiste.
   -Perdón por no haber podido hacerlo mejor.
   Nos despedimos. Ha sido un momento grato. El yo de afuera se retira. También yo me voy hacia dentro.
   ¿Y ahora, cómo me salgo de esta máquina del tiempo? ¡Ah! Ya sé. Tengo que cerrar los ojos. Así lo hago, y me concentro en la imagen que tengo de mí.
   Escucho el ruido de romperse la barrera del tiempo, y ya estoy afuera nuevamente. Cansado, pero contento. Tengo un conocimiento nuevo. Necesito darle un poco de vueltas.

 
   El cuento roto

   -No rompas tu obra, Venancio. Eres un artista.
   -Es que mi obra es bien especial, amigo mío.
   -Tendrá que ser otra persona que la rompa por tí.
   -Yo me las arreglo solo.
   -Pero..., tu obra es valiosa.
   -No lo sé. Mi arte consiste en romper papeles, precisamente.
   -¿Cómo es eso?
   -Claro. En romper esquemas.
   -Eso es interesante. Una obra que no se deberá destruir.
   -¿Por qué no puedo romper la hoja de papel en que fue escrita?
   -¡Qué porfiado! Por lo menos, acepta que cualquier intento destructivo le agregaría valor a tu obra.
   -O la transformaría en una obra para armar.
   -¿Quién arma la obra..., el escritor o el lector?
   -Entre ambos. Por eso, escribí un cuento roto.
   -¿Cómo es un cuento roto?
   -Está escrito en muchos pequeños trozos de papel.
   -Ya veo. Un cuento puede estar roto, pero no por eso destruido.
   -Y el lector es libre de armarlo como le guste.
   -¿Y de qué trata tu cuento roto?
   -De un cántaro roto, que sólo se llena por un rato. Al final, se sale toda el agua.

 
   Maestros y ángeles

   Me habían dicho que para visitar a mis maestros tendría que recorrer miles de kilómetros. En la realidad, no fue tanto. La distancia resultó ser de apenas una pequeña fracción de milímetro. De todas maneras, un viaje así no es fácil porque los maestros acostumbran a estar lejos de la bulla, y eso significa tener que ir muy adentro.
   Fue una travesía enorme, abriendo muchas puertas para llegar al centro de mi mundo interior. Afortunadamente, no demoré mucho, ya que se logra una velocidad de miles de puertas por minuto.
   Al principio temí que nunca llegaría a la naturaleza definitiva de mi destino. Después comprendí que eso no importa, pues los maestros no se andan escondiendo, y siempre habrá alguno que me pueda atender. Hay muchos maestros y maestras, de todas las edades. Los de mediana edad son los que uno más conoce en la vida diaria.
   El de ayer era un anciano, un poco gordito, y vestía de blanco.
   -Cuando eras bebé -me explicó el maestro-, Dios conversaba contigo con libertad... Hasta que tuviste una primera actuación que consideraste errónea, y te asustaste.
   El maestro reconoció no saberlo todo. Solamente tiene experiencia, y la vida le enseñó que en caso de cualquier duda hay que consultar a los niños. Ése fue el único consejo que le escuché. Entonces, me llevó al prado donde juegan los niños, y ahí me dejó.
   Estuve tratando de acostumbrarme a la idea de que ellos me iban a resolver los complicados problemas de mi vida. Y como no atinaba a esbozar ninguna pregunta, se me ocurrió que lo mejor era indagar exactamente eso.
   -Niña -le dije a una negrita que iba pasando- ¿tú sabes resolver los problemas difíciles de la vida?
   -Puedes transformar uno difícil en dos fáciles -me respondió sonriendo, después de mirarme muy seria durante un rato.
   Cuando ella se fue a jugar nuevamente, volví lo más rápido que pude a mi ámbito acostumbrado. El paseo por ese mundo me enseñó mucho.
   En cambio, en el viaje de hoy me aventuré mucho más allá que ese punto central. Llegué a un sector que me trasciende. Me encontré con una persona muy parecida a mí.
   -Soy tu ángel de la guarda -me dijo.
   Lo miré extrañado porque el hombre no tenía alas ni plumas.
   -Hace mucho tiempo que quería hablar contigo -agregó-, pero no lo conseguía.
   -¿Por qué? -atiné a preguntar.
   -Porque lo impedía tu falsa imagen de lo que es un ángel.
   -Ya veo.
   -Hace siglos yo fui bisabuelo de tu tatarabuelo.
   -¿En cuál mundo?
   -En el tuyo.
   -¿Y es cierto que existen arcángeles?
   -No. Eso lo puede haber inventado algún pomposo arzobispo.
   -Cuéntame cómo fue eso de los ángeles caídos.
   -Eso tampoco es cierto.
   -Pero, mi tarea -agregó el ángel- no es enseñar, que para eso están los maestros. La mía es sólo protegerte.

   

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