ARISTODEMO                    Un lugar literario
La isla Tierra Tierra         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Octava parte.- Vivencias de actualidad

   El cartero

   El cartero de la isla
   De tanto caminar, no supe cómo llegué a una isla solitaria.
   Eso fue en los primeros años, en que ya desempeñaba el oficio de repartir la correspondencia. Al comienzo, mantuve en mi poder cada carta durante muchos meses. Lo que más me interesaba era que no se me perdiera ninguna. De todos modos, empezaron a sufrir deterioro. Recuerdo que los sobres estaban cada día más amarillentos, y a punto de desintegrarse. Las cuidaba celosamente, por miedo a entregarlas en forma equivocada. Aún no había hecho llegar ninguna carta a su destino, pero no perdía la esperanza de lograrlo algún día.
   Con el tiempo, fui aprendiendo a arreglármelas cada vez mejor. Me resultó difícil porque, habitualmente, me encargan encomiendas extrañas, de distintas clases y formas. Es común que algunas mercancías vengan envueltas de muy mala manera, mientras otras traen un bello envoltorio de regalo y una rosita de papel. Igual, todas llegan deterioradas a destino. Recuerdo algunas que venían sin envolver. Hay gente que manda las encomiendas sin un miserable papel que la contenga. O no le ponen remitente. Eso sería lo de menos, lo peor ocurre cuando tampoco le escriben la dirección del destinatario.
   De repente necesito parar un poco a ordenar mis pensamientos. Entonces, voy a la playa, solo, a ver si me encuentro con mi razón de ser. Mirando el mar y escuchando el ruido de las olas me doy cuenta de lo que soy y de lo que quiero ser.
   Así como hay gente que lleva libros a la playa, simplemente para entretenerse, yo prefiero leer en la arena, los mensajes escritos en ella. Nunca he sabido quién los puso ahí. Realmente, no sé con quién me estoy encontrando. Quizás con alguien como yo, que también escribe cartas que nunca nadie leerá. Vivo así, buscando y buscando, hasta morir sin encontrar. A veces me digo que no he venido al mundo a encontrar, sino solamente a buscar, que no es lo mismo.
   Me gustaría poder decir que todas las cartas que reparto las he tenido que ir a buscar previamente al correo. Es que eso sería lo lógico. Pero, la realidad es bien diferente. Muchas de las misivas y mensajes que hay en mi maletín los tuve que recoger del suelo.
   Eso pasa porque mi trabajo es algo que no termina nunca. Cuando voy por la calle, no tardo en ver un papel en el suelo. Un papel que, en ningún caso es basura, sino una carta que alguien escribió. Para mí es importante hacer llegar ese mensaje. No puedo evitarlo. Parece ser mi misión.
   A lo mejor, sería preferible que algunas cartas no llegaran nunca. Pero, eso yo no lo puedo decidir. De cualquier manera, es mil veces preferible que llegue lo que no tendría que llegar, con tal que no se queden en el camino esos otros mensajes que, imperiosamente necesitan arribar.
   Las cartas que encuentro tiradas por la calle, tengo derecho a leerlas, pues vienen abiertas y sin sobre. Son mensajes que buscan a su destinatario, y soy yo el que tengo que descubrirlo. Por supuesto que no es fácil. Hasta cartas de amor he encontrado en las baldosas, siempre cerca de un árbol. La primera vez que vi una esquela en plena vereda, no pude resistirme y la recogí. Quise leerla pero no estaba completa. Era apenas un trozo, lleno de misterio. Me dolió esa carta porque mostraba una situación como de ruptura, aunque el mensaje estaba escrito en términos de acogida. Una contradicción que a mí no me correspondía aclarar.
   Cada vez tengo más claro que mi misión es hacer llegar los mensajes. Ya sabrá la otra persona qué hacer con el resto que falte.
   Para ir a buscar el correo proveniente de otras islas, salgo en mi débil bote a recorrer el archipiélago. Voy contento, pensando que en mi equipaje debe ir la gran carta que le mejorará la vida a alguien. Al final, siempre me decepciono, quizás porque mis expectativas son demasiado abultadas.
   Remo con dificultad, muchas veces con el viento en contra. Una vez había tiburones y tuve que volver.
   Necesito pasar, con la máxima naturalidad posible, entre medio de las guerras que se están llevando a cabo entre ciertas islas, por la supremacía del océano. Voy esquivando cañonazos y tratando de que no me hagan prisionero. Afortunadamente, soy también el encargado de llevar información secreta, como las palabras claves, las que cambian todas las semanas. Me viene bien así porque demoro siete días en aprendérmelas.
   Empiezo a darme cuenta que lo que busco en la vida es alguna carta para mí. Una de ésas que no se quedan en el camino. Casi diría que estoy seguro de esto. Aunque se trate de una comunicación agresiva o frustrante, quiero que llegue, pues hasta eso es preferible antes que la duda, y desde luego, mucho mejor que la indiferencia. Quiero saber lo que la gente tiene para decirme.

   La esperanza
   Desde hace unos pocos años empecé a llevar regularmente las cartas a la residencia de Dios. Esto es lo más notable que ha pasado en mi vida. O lo fue, por lo menos, hasta anoche.
   Voy todos los días, aunque no tenga casi nada para entregar. Prefiero no guardar ningún papel para el día siguiente.
   Es una casa hermosa y grande, de tres pisos, en lo alto del monte. Las numerosas ventanas me hacen pensar que allí debe vivir mucha gente.
   A media mañana llego, cada día, hasta ese lugar, una cima amplia llena de vegetación. Me acerco lentamente a la casa, disfrutando su cercanía. Toco el timbre, y al poco rato me abre la puerta un tipo gordo y sonriente. Es un simple empleado, pero lo respeto porque representa al dueño. Todos los días lo miro con cara de estar listo para escuchar de él una palabra acogedora, como “Adelante” o “Pase”. Sin embargo, todos los días debo aceptar su tácita negativa a dejarme entrar.
   Resignado, abro mi maletín. “Cartas para el Señor” dice la etiqueta pegada a la franja de papel que las mantiene a todas amarraditas. Se las tengo que entregar al simple empleado, quien las recibe con una sonrisa suficiente.
   Mi secreta esperanza es ser invitado a entrar, algún día, y poder conocer la casa por dentro, recorrerla entera, y conversar con el propietario. Pero, una y otra vez he debido irme, así no más, y bajar hasta la playa pensando que, ya habrá otra oportunidad.
   Hoy es un día diferente. Vengo lleno de felicidad, y ya imagino la cara que pondrá el simple empleado cuando me vea llegar y me abra la puerta. Es que anoche sucedió algo muy especial cuando salí en el bote. Divisé una figura a lo lejos, que parecía el fantasma de algún pirata atrapado para siempre en la inmensidad del mar. Me dio un miedo salvaje. No hallaba para dónde ir porque la visión parecía perseguirme. No quería mirarla. Hasta que tuve que rendirme a la situación que yo no podía controlar.
   Levanté la cabeza. Dejé de remar y miré. No era fantasma. Ni pirata. Ni nada por el estilo. Era Jesús que caminaba sobre las aguas y venía hacia mí.
   Me habló. Sí, y me dijo que cambiaría un poco mi profesión, mi forma de vivir el oficio de cartero. Ya no tendría que seguir llevando cartas a Dios. Ahora me ha sido permitido repartir sus respuestas.

   El cartero antiguo
   Con los amigos del correo vamos en las noches a tomarnos unas copas. Ahí hablamos todos nuestros problemas, aunque nadie más nos escuche. De todos modos, nos sirve para desahogarnos. Muchos de ellos ya no van al bar. A los más viejos, que ya no están, los echamos de menos. Cuando jubilan dejan también de ir a compartir con los amigos. Es que los temas de conversación ya no los afectan.
   Muchas cosas aprendí del antiguo cartero, que siempre se desvivió por enseñarme el oficio, y se vio superado por los adelantos que ya ocurrían en esa época. El era muy anciano, y atento, con su pelo blanco y ralo. Le tomé cariño. Al principio, tuve que aguantar la risa un par de veces porque era tan arcaica la manera de trabajar que él tenía.
   Recuerdo que, en ese tiempo, las ventanillas del correo tenían unos barrotes de bronce, de sección cuadrada. Había buzones rojos en las esquinas, y hasta se usaban. Eran el orgullo de mi antecesor.
   Este hombre me contó que en su juventud tenía que dibujar pacientemente cada estampilla en cada sobre, y pintarla de varios colores. Y lo hacía con tal precisión, que era imposible distinguir una de otra. Mucho cambió la vida después. Hasta él mismo se tenía que reír al recordar sus comienzos.
   Había caminado varios miles de kilómetros a lo largo de su vida. Un día de otoño me vio llegar a mí, lleno de ideas nuevas. Con estampillas prefabricadas. Era cuestión de pegarlas, no más, y para eso uno tiene lengua. Además, yo venía con mi maletín volador.
   Todo esto es muy parecido a lo que me está pasando a mí ahora, después de los años. Vienen los muchachos nuevos con otros métodos, tan distintos a los que yo aprendí. La rapidez es lo más preciado, y eso a mí no me resulta, en absoluto. Me dicen “Mueve las cartas, no te muevas tú”. ¿Y cómo querrán que uno pueda hacer eso ?
   Nada saco con hablarles de mi maletín volador, que me permite llegar a muchos lugares. No me creen si les digo que cuando lo abro y me meto en él hasta las rodillas, me basta mover un poco los zapatos, y el maletín se eleva.
   Mientras toma velocidad, me voy leyendo el diario. Cuando llego a destino encojo los dedos de los pies y bajo hasta el nivel de las ventanas. Igual, hasta yo mismo me quejo de la lentitud de mi limitado maletín. Es de corto alcance.
   El caso es que me tuve que retirar cuando yo no encajaba en los impetuosos planes de estos muchachos jóvenes. No tienen ninguna experiencia estos niños nuevos que están llegando. Si parece que todavía estuvieran jugando a ser adultos.
   Miro mi pelo canoso, el poco que me queda. Entonces recuerdo a ese joven que era yo, cuando reemplacé al antiguo cartero, quizás el abuelo de aquel que lo está vengando hoy.
   Caminaré sin tener cartas que llevar. Lo único que sé es que no puedo vivir si no ando recorriendo las calles.
   Mañana en la noche me echarán de menos en el bar.

 

 

   Un presbítero en dificultades

   Creo que yo soy el único religioso de la isla. Hasta hace poco, intentaba enseñar las buenas costumbres a la poca gente que llegaba a la capilla. Detrás de ésta hay un convento pero jamás nadie vio a monje ni monja alguna. Sólo un sacristán para los trabajos menores. Ya no se celebra el oficio todas las semanas, sino una vez al mes, porque casi nadie asiste.
   Me siento culpable de haber llegado a esta situación de abandono. “¡Soy un Judas!” repito en mis oraciones más lloradas, pero después vuelve a mí el buen humor.
   “¿Cuál fue mi error?”, me recrimino, y descubro mi exceso de celo intelectual, y sobre todo el no haber sabido unir la luz y el calor, como en el sol. Hoy aspiro a llegar a esa unión, en las prédicas. Pero, es un círculo vicioso. Si nadie las escucha.

         * * *

   Recuerdo cuando, en mi niñez, fui obligado a rechazar la amistad de los niños del escondite. “Si yo soy de ellos” decía con lágrimas vivas. Me forzaron a repudiarlos de hecho. Vi cómo mi padre, cura también, echaba a estos niños del templo porque no estimó correcto sus ropajes. Hoy, aún me duele todo eso, y trato de llegar donde los niños. Pero, ya no soy niño como ellos, que han seguido siéndolo. ¿Qué puedo hacer, ahora?
   Me he dedicado a estudiar en los libros antiguos que encontré cierta vez. Hay uno de mitos religiosos, escrito en versos, y empieza así:

   Quería demoler a la humanidad
   la siniestra convención de serpientes.
   ¡Esta vez al hombre tentaremos,
   es nuestra última oportunidad!

   Decidieron usar cual manzana
   el fruto del árbol inagotable
   cuyo sabor dulce y amargo
   de pronto se siente necesario.

   La culebra llevó al hombre un arma,
   diciéndole “Recibe este fruto
   de la más fascinante industria;
   con él ganarás muchas batallas”.

   El hombre estampó su reclamo:
   ¡Mi Dios me enseñó a amar la vida!
   La culebra dijo “Tendrás vida...
   cuando la quites a los demás“.

   El hombre recordó “No matarás”.
   La culebra se siguió arrastrando:
   “Solamente dispara las armas
   para defenderte de los disparos”.

   En un intento desesperado
   el hombre puso atención a Cristo.
   “Si te golpean en una mejilla,
   otra mejilla habrás de presentar”.

   La culebra lanzó su estocada.
   ¡Podrás dar muerte a los malvados!
   Argumento jamás contestado
   desde la manzana original.

   El hombre optó por el fusil
   y lo ofreció a la mujer y al niño,
   los que aún responden tímidos:
   ¡Mi Dios me enseñó a amar la vida!

         * * *

   Vislumbré mi desunión interna cuando me fijé en un detalle que no parecía importar tanto. En la capilla faltaba la sexta estación del Vía Crucis. Desde pequeño, recuerdo que ya no estaba. Nunca supe por qué. Ahora, quiero descubrir cuál es el motivo.

         * * *

   Uno de los niños que vienen al oficio es un mal educado. Se come la hostia como si fuera un chicle. Es un verdadero rumiante. El domingo pasado le tomé el tiempo. La hostia le duró más de veinte minutos en la boca. Por reloj. Si hasta trataba de hacer globitos.
   Me acordé de una de las situaciones más insólitas que me ha tocado vivir. Esa vez, que se me confundieron las hostias consagradas con las sin consagrar. Eran dos copones que el idiota del sacristán los guardó juntos. Lo reté para que no le vuelva a pasar.
   Fue bochornoso. No hallaba qué hacer, pues si le doy a alguien, en la misa, de las sin consagrar, no sé qué daño le estaré haciendo. Por lo menos, sería un verdadero fraude. En esa oportunidad me pregunté cuáles contagian a cuáles. Quise consagrarlas todas, por si acaso. Pero, no me atreví. Ignoro si puedo volverlas a consagrar las que ya lo están. Busqué en los libros si acaso existe reconsagración. No encontré nada que me aclarara ese aspecto.
   Traté de sentir cuáles eran las verdaderas. Se veían iguales. Se escuchaban iguales. Nada en ellas era distinto. Ni el color, ni el aroma. Las probé. Sabían iguales. Las puse en mi mano, invocando la sabiduría. Les busqué algún resplandor. Todo fue infructuoso.
   Al último, lo que hice fue comérmelas todas. Y eran tantas que se me anduvo echando a perder el estómago. Bueno, eso es un mal menor.
   Ahí viene el sacristán. Me da tanta rabia cuando me acuerdo.
   -¿Cuál de los dos copones es el consagrado? -le vuelvo a preguntar, igual que aquella vez.
   -El doradito -responde, y me dan ganas de patearlo.
   -Si son iguales -le digo, perdiendo la paciencia. Y a continuación, agrego:
   -Te dije, imbécil, que respetes las cosas sagradas.

 
   El televisor y el elefante

   Había una vez un elefante que tenía la capacidad de detectar televisores. Aunque estuvieran apagados, escondidos, o embalados. Los pescaba con su trompa y los lanzaba lejos, con tanta fuerza que se rompían. Apareció como la salvación del mundo. La cultura estaba esperanzada.
   -Lo que pasa es que este elefante es comunista -se escuchó decir a alguien, en una tertulia.
   Los científicos querían desentrañar el misterio. ¿Qué tiene el televisor apagado que lo delata? ¿Es por olfato? Quizás se trata de un magnetismo latente, no descubierto aún. Algo de los metales, o de los circuitos.
   -¿Cómo me habla usted, colega, de magnetismo de latencia subliminal de orden N, si eso aún no ha sido descubierto? -argumentó uno de los científicos, en una reunión de trabajo.
   -A lo mejor lo estamos descubriendo justamente ahora.
   -Es que no podemos ser tan especializados.
   Una noche, durante las noticias, estaban explicando con detalles la forma cómo se cometió un asesinato. Toda la gente se interesaba en aprender. El locutor señaló que se había utilizado un mortal producto químico llamado fenil sutil malato descafeínico.
   En ese momento, el elefante llegó hasta el televisor más cercano, con tal grado de violencia que hasta el animador del programa trastabilló y se fue al suelo. En el estudio de TV no supieron cómo pudo ocurrir eso. No fue un simple tropezón como cualquiera.
   Cada día aumentaba la inquietud por aclarar el misterio del paquidermo. Las autoridades construyeron un edificio con una inmensa sala de elefantes. En la entrada se leía, con letras grandes, “Estudios de Magnetismo Latente”.
   Se efectuaron experimentos con trozos incompletos de televisor y con otros aparatos disfrazados de TV. Todo tuvo que terminar. Un día, el elefante apareció muerto. Asesinado, con una fuerte dosis de fenil sutil malato descafeínico.

 
   El aprendiz de diablo

   Soy un demonio de tercera clase. O sea, de los más ineptos que puede haber. Aún cuando la ineficacia es una de las tantas realidades que conforman lo más profundo de mi espíritu, junto a la estupidez y la pereza, por nombrar sólo algunas, se da el contrasentido que, es justamente la ineficacia la que ha estado frenando mi carrera. No he querido ir a estudiar al Instituto Belcebú porque no se me pasa por la cabeza ser responsable o cumplidor. Es cierto que allí aprendería a desarrollar las características satánicas más prestigiosas, como son la soberbia, el odio y la alevosía. Sin embargo, creo que podré progresar en forma autodidacta, para lo cual me basta con observar a mi alrededor.
   Ocupo un departamento pequeño en un edificio que ya se derrumba, en el lado sur del condominio infernal. Mi vecina es una diabla feísima y antipática, que fornica sólo con diablos de primera clase. A mí, me desprecia, la muy presumida. Bueno, todo el mundo me desprecia. Tanto los buenos como los malos. Eso es algo en que se ponen de acuerdo para perjudicarme.
   Casi todos los días salgo a trabajar, no muy temprano, y llego rendido en la noche. Tengo que ir al mundo de los buenos a provocar tentaciones. Al principio, me gustaba mi trabajo, pero ya me aburrió. Ayer me dijeron que asistiera a una reunión de poderosos y les metiera en la cabeza la idea de armar una guerra devastadora.
   Entré un poco escondido a una gran sala, y me encontré con señores elegantes y también varios compañeros míos. Parecía que fuéramos nosotros los anfitriones. Todos los demonios hablábamos al mismo tiempo y decíamos cosas parecidas. Comprendí que yo era tan solo uno más del montón.
   -Hay que atacar -le dije al oído al que presidía la reunión-, hay que atacar.
   -Pero, no será en nuestro territorio -dijo en voz alta, como dirigiéndose a alguien.
   -El mundo está lleno de enemigos -insistí.
   -Le costará mucho dinero al estado -murmuró.
   -Y a tí, ¿qué te importa? -casi le grité.
   -Tengo que mostrar una buena imagen -manifestó el hombre-, porque se acercan las elecciones.
   -Llénate de plata antes que te derroten -le recomendé-, que después se pasará la oportunidad.
   -No estoy muy convencido -exclamó.
   Yo me empecé a retirar con la cola entre las piernas. Entonces surgió un diablo de primera, con la palabra eficaz.
   -Cada avión de guerra que echen abajo -dijo con calma, como mascando las palabras- será una pequeña fortuna que ingresará a los bolsillos de los accionistas
   -¿Eres país o eres accionista...? -agregó, después de una pausa.
   Me retiré lleno de envidia. ¿Por qué no se me ocurrió a mí decir eso? Fui castigado porque mi rendimiento no estuvo a la altura de lo esperado. No logro ser un diablo como la gente.
   Tampoco creo en eso de firmar, a lo Fausto, un documento que, entre otras cosas, compromete a no cumplir los compromisos. La lealtad no está entre mis principios básicos. Ni la sinceridad, tampoco.
   Me doy cuenta que el odio ha entrado en mí, aunque he querido negarlo, no verlo. Es la causa de mi pesantez, no ser acogido, no ser amado. Odio porque alguien odió. Odio a los que odian. Odio el odio. ¿Cómo se termina todo este círculo vicioso? Caigo en lo mismo que odio. Es el miedo el que está actuando en mí.
   ¿Y el ídolo Luzbel? Tuvo su debilidad. ¿Alguien lo tentó? ¿Cómo pudo ser si en ese entonces no había nadie que pudiera tentar a alguien? Sin duda, es un personaje contradictorio.
   Creo que lo mejor será retirarme de la vida que he estado llevando. Recuerdo a un hombre distinto a todos los demás, que dijo en voz alta, hace mucho tiempo, a sus seguidores:
   -Amad a vuestros enemigos.
   Siento en el ambiente la presencia pisoteada de ese hombre distinto. Hasta he llegado a pensar que quizás esa presencia sea capaz de llenar mis vacíos. Después de todo... ¿qué soy yo si no un enemigo? ¿Acaso no merezco, por lo menos, ese calificativo? Siempre he tratado de serlo.
   Lo que dispuso el hombre distinto ha seguido estando en pie. No tengo intención de obstruir ese mandato. En el fondo, yo también necesito que me amen. Y que me saquen de mi estado de ánimo infernal.


  Novena parte.- Los desordenados

   Hernando

Club

   Me llamo Hernando, igual que mi abuelo y mi tatarabuelo.
   Hoy ha sido un gran día para mí, porque entré al Club de los Revoltosos. Desde el año pasado quería meterme en esto, pero exigen tener diez años cumplidos, y eso recién lo logré ayer.
   Al despertar esta mañana quedé por un rato en onda delta, dentro de una especie de música, imaginando que estaba en el futuro, y descubría el misterio de los números. Debido a eso, me fueron a dejar al colegio más tarde que lo habitual, y entré a la sala cuando ya estaban compartiendo.
   Durante Matemáticas le conté a Miguel lo que quiero descubrir. Él es como un balazo. Nos enseña las fracciones al grupo en que yo estoy. Gracias a Miguel pude aprender eso del Común Denominador.
   La pizarra que tenemos es muy especial. Al llegar a la clase se la ve en blanco, limpia, vacía. El profesor explica y cuando necesita escribir algo, ya lo tenía preparado desde antes, igual como ocurría, tiempo atrás, con las transparencias. Toma el borrador, o lo que parece serlo, y lo pasa por la pizarra. Entonces se revela la materia. Sólo se logra escribir así con ese desborrador programable. También hay borradores, propiamente dichos, en los bordes de la pizarra. El que borra líneas y el que borra columnas.
   A la vuelta del recreo fuimos a Música. En la orquesta que somos, yo toco la batería. La alumna directora es Amanda, pues tiene una gran facilidad para escuchar cada instrumento. Ella entró al Club de los Revoltosos la semana pasada. Cuando pasó el profesor nos dijo que a fin de año vamos a grabar un holograma, si es que seguimos progresando.
   En la hora de Naturaleza fuimos al parque con la profesora, a disfrutar del otoño. Tuvimos que registrar cada uno de los colores de los árboles, para lo cual llevé mis lápices. Después, en la sala, dibujamos lo que vimos.
   Finalmente, clase de Historia, en otra sala, en la que están los ordenadores. Se nos dio media hora para investigar lo más característico que haya tenido lugar en la isla a principios del siglo actual. Mañana tendremos que representarlo con pura mímica. Ya se me ocurrirá algo.

 

Un ermitaño

   Mientras fui niño, jamás dije "Cuando sea grande quiero ser ermitaño". Sin embargo, aquí estoy en mi ermita, tratando de descifrar por qué el mañana es distinto del ayer. Llegué a este lugar en un intento desesperado de cumplir con un plan original que me costó muchos años descubrir. Cada paso que he dado en mi vida me ha traído hasta acá.
   En mis comienzos, me bastaba esperar el reconocimiento a mi labor, y éste llegaba con puntualidad. Eso no duró para siempre. Por el contrario, no sólo empezó a ser escaso sino que ficticio. Para éxitos más altos, éstos ya no estaban dados por los méritos sino por otras consideraciones, algunas superficiales, otras malignas.
   Movimientos sísmicos se produjeron, y poco a poco fueron rompiendo las señales que me indicaban el camino. Ya no sabía dónde ir. Los destinos dejaron de ser importantes, pero yo seguí siendo un buscador. Disfruto los senderos de búsqueda, me lleven para donde me lleven. Me gusta caminar por esas vías, aunque esté oscuro. Por eso llevo mi linterna y mi bastón.
   Sigo caminos que han andado muchos, y me gustaría no ser el último. Cuando encuentro un caminante sigo un trecho con esa persona, hasta que en alguna encrucijada debamos despedirnos.

 

La ciudad nueva

   Ayer bebí agua de un arroyo dudoso. Ya sé que no debí hacerlo, pero tenía una sed salvaje. Por supuesto, me hizo mal al estómago, y ahora me duele tanto, que me arrepiento de haber sido tan osado. O quizás tendría que decir "tan débil", lo cual hace que me duela también el alma.
   Decidí ir a la Oficina de Reparación de Estados de Ánimo, aunque apenas puedo caminar. Iba con lentitud, pensando que ya llegaría, y esperaba pasar a otro ánimo más alto. También escuchaba a mi estómago, y lo sigo haciendo. Ese dolor es capaz de hablar. Gracias a él empiezo a entenderme un poco más.
   Hasta ahora, siempre había considerado que los malos síntomas son mis enemigos. Pero, no lo son. Vienen a darme un mensaje que no me agrada. Sin embargo, el sólo hecho de que me lo den, ya es algo bueno.
   Este diálogo es provechoso. Me conecta con aspectos esenciales. Entre otras cosas, aprendo que el agua que empezó a fluir muy pura y se fue contaminando por el camino, se parece al flujo de la energía que hay en mí, viniendo una y otra vez.
   Acabo de llegar, finalmente, a la Oficina ésa. Entré, y no había nadie atendiendo. Sólo vi un letrero que decía "Autoservicio".
   Me senté, me volví a parar, caminé unos pocos pasos, me senté de nuevo. Seguí conversando con la parte adolorida de mi cuerpo.
   "Quiero limpiar ese flujo", me dije.
   "Basta con querer limpiarlo, y ya; así se limpia", fue la respuesta que me pareció escuchar.
   ¿Lo creeré realmente? Es lo mejor que puedo hacer. Entonces, hay algo positivo en ese flujo contaminado.
   Se me pasó un poco el dolor. Ya estoy mejor. Salgo de la Oficina de Reparación de Estados de Ánimo, y llego de vuelta a la ciudad. Ésa que antes era horrible, de la cual quería arrancar, ahora está distinta. Es una ciudad nueva. Con bellas calles y casas, y puertas, y plazas. Las personas que encuentro son maestros y maestras. Entablo diálogos afectuosos con esas personas.
   En la plaza hay una fuente de agua viva. La bebo. Una princesa danza en la plaza.

 

Dentro de un gran relato

   Soy un personaje de uno de los siete mil relatos que Dios está escribiendo. Él descubre, día a día, cómo vivo en su mente. De cualquier manera, hay rasgos divinos encerrados dentro de mí.

 

   Amanda

Interpretar

   Aquella vez, subí un pequeño escalón para acceder a la máquina de consultas.
   -Buenos días, señorita Amanda, ¿qué desea consultar? -me habló una voz misteriosa, envasada dentro de la máquina.
   -Mi saldo en el banco -contesté, tratando de modular bien.
   Entonces apareció un mensaje de error en la pantalla. Y la misma voz de antes me dijo:
   -Usted está con zapatillas marca "Ciruela". Para poder continuar con la consulta, deberá adquirir zapatillas marca "Natrón".
   Contrariada, me bajé de esa estupidez, mientras pensaba en la fastidiosa ausencia que había experimentado. Importantes son las oscuridades porque tienen la gran gracia de hacerme añorar la luz. Fue así como descubrí la divinidad. Simplemente, al notar su ausencia, ya sé qué es lo que tengo que salir a buscar... Como los huevitos de chocolate, el día de la resurrección.
   Y ya que estaba recordando mi niñez, seguí en eso... Yo tenía un hermano chico, y una vez lo tuve que esconder para protegerlo de los malos. Después, no me acordaba dónde lo puse. El pobre chico vivió años hibernando, listo para salir a desempeñar su rol de niño, hasta que finalmente pudo hacerlo.
   En ese tiempo, yo entendía el lenguaje de los bebés. Y actué de intérprete, hasta que crecí un poco más, y se me olvidó esa lengua. Entonces pude entrar a mi época de vigencia.

 

Llamada telefónica

   Sonó el teléfono, y corrí desde el archivo para atender.
   -¡Aló! ¿Puedo hablar con el señor Aristizábal? -dijo la voz.
   -El señor Aristizábal está en una reunión -mentí, de acuerdo a las instrucciones que había recibido-. ¿Quién lo llama?
   -Dios.
   -Señor, póngase serio, por favor.
   -Sí. Soy Dios. Dígaselo al señor Aristizábal, y estoy seguro que él interrumpirá su reunión para atenderme.
   -Estuve a punto de responder con un improperio, y cortar. Sin embargo, no me animaba porque pensé que podría tratarse de algún bromista. Pero..., uno importante, como podría ser, por ejemplo, el gerente de alguna empresa. Así que decidí seguirle la corriente, y le dije, en tono de humor:
   -Espéreme un momentito, señor Dios.
   Me dirigí a la oficina del señor Aristizábal, y le dije que tenía esa extraña llamada. Él trató de resistirse un poco, porque no le parecía que fuera una cosa seria. Le pregunté si acaso me autorizaba para decirle al tipo que no molestara más. Mi jefe recapacitó. También sospechó que pudiera tratarse de un bromista importante.
   -Yo le diré unas cuantas cosas a ese caballero -me dijo-. Pásemelo.
   Volví a mi puesto y traspasé la llamada. Contrariamente a lo esperado, conversaron por largo rato. Al principio, escuché unas carcajadas de mi jefe. Entonces, ¿se estaba confirmando la sospecha...?
   Sin embargo, después de algunos minutos sentí como si él llorara, así como con hipo. Aún no había cortado la comunicación.

 

Imagen de Dios

   Ocurrió en una Facultad de Teología. Terminando el verano, acudí y, después de presentarme, pregunté por la carrera de Teología Esencial, pues me la habían recomendado. Quise saber si acaso ahí me iban a sacar de la duda de si el Espíritu Santo procede del Padre, o del Hijo, o de ambos, o de ninguno.
   -No, señorita Amanda -me respondieron-, ese tema se ve en otra carrera, que es Teología Multilateral.
   -¿Y si acaso en Dios hay solamente tres personas?
   -Eso también se ve en Multilateral, pero en el primer año. Después en el segundo y tercero se amplía bastante la percepción de las Invocaciones.
   -¿Y me van a enseñar que Dios es un ser muy poderoso y vengativo?
   -No, señorita. Eso es en Teología Antropomórfica.
   -¿Y llegaré a saber si acaso Dios se enoja? -pregunté, recordando eso de la ira divina.
   -No, eso también es en Teología Antropomórfica.
   -¿Y me enseñarán que Dios me está mirando y puede castigarme?
   -No, eso también es en Antropomórfica.
   -¿Y hay algún prospecto, u hojita con el Plan de Estudios de Teología Esencial?
   -No, señorita. Lo siento, pero no hay.
   Me matriculé, y una semana después ya estaba asistiendo a clases. En la primera de éstas ocurrió algo misterioso. Estábamos los alumnos en la sala, y aún no llegaba el profesor. Súbitamente se apagó la luz, y quedó todo a oscuras. Nos sorprendimos mucho. Al poco rato volvió la luz, y ya estaba ahí el profesor. De muy buen ánimo, nos habló de lo que Dios ocultó a los sabios y enseñó a los pequeñitos.
   Una vez al año hay una exposición de los dibujos realizados por los alumnos. El tema es "Dibujar a Dios". Este año se produjeron varias ilustraciones del tipo Hoja en Blanco, no porque esos alumnos no hayan sido capaces, sino porque no se sintieron aptos para comprender algo tan grandioso. Sin embargo, sus escuálidos dibujos no enseñan nada, o sea no aportan a los demás. La idea, tal como explicó el profesor, es que los trabajos enseñen una visión parcial que formará parte del conjunto infinito de visiones parciales. Se espera que en el último año se complete, quizás si alguna vez. Cada alumno debe aportar algo. Ése es el objetivo del curso.
   Se ven también otras figuras diferentes. Muchos dibujaron a Jesús, en distintas instancias, Crucificado, Resucitado, Maestro, Niño, etc. También hay collages. Y un sobre con pedazos, ya que ese dibujo resultó así. Y hay pentagramas, algunos con notas musicales, otros sin notas pero con llaves de sol. Hay círculos, triángulos, una gran variedad de figuras aprendidas antes, en el tiempo del colegio. Yo opté por dibujar un Cristo Mujer, representando la Segunda Venida.
   -Por armonía -expliqué a los curiosos que preguntaban, pues si Dios se vuelve a encarnar en un ser humano, supongo que lo hará en una mujer.
   Lo que aprendí en este curso es que a Dios no lo podemos envasar. Nunca terminaremos de entenderlo. Cada alumno viene a aportar y recibirse de los demás. El profesor es sólo un animador.
   También se enseña que en un pueblo remoto mandaban a la hoguera a los que tenían una percepción distinta a la del jefe.
   -¡Qué primitivo! -pensé.

 

   Miguel

El descubridor de caminos nuevos

   Hace unos años me gradué en la Universidad de Tranquilandia, obteniendo el título de Descubridor de Caminos Nuevos. Es un nombre pomposo y redundante, pero eso no me importa. En cuanto tuve el cartón en mis manos intenté poner una oficina en el centro de la capital de Tranquilandia, pero desistí ya que mi trabajo lo tengo que llevar a cabo en terreno.
    Tras varios años de búsqueda, esta mañana vi un puente que nunca antes había visto. Talvez por su aspecto, quedé convencido de que ninguna persona lo había cruzado en mucho tiempo. No sé por qué obtuve esa conclusión gratuita, sólo porque así lo deseaba. No es un gran puente. Por el contrario, se trata de una construcción precaria, de tipo colgante, a varios metros por sobre el caudal de un río vertiginoso.
   Llegué hasta el borde mismo del Panteris, un río hermosísimo como ninguno, cuya agua fluye cristalina hacia el lago, y al golpear las piedras se va construyendo una melodía. El caudal forma torbellinos que le dan una forma especial al caminar de un agua tan transparente que deja ver todo lo que hay en el fondo.
   No andaba trayendo la cámara fotográfica, ni menos una grabadora en que llevar a mi casa algo de este río para mostrárselo a mis hijos. Y aunque tuviera esos elementos, no me estaría llevando el río, sino tan solo una disminuida imagen.
   Sentí la tentación de tomar en mis manos una botella vacía, y llenarla con agua del Panteris, y al llegar a casa reunir a mis hijos para mostrarles la botella, que a esa hora ya estaría tibia. No tendría sentido porque esa porción de agua habría dejado de pertenecer al río.
   Me armé de valor y me apresté para cruzar el puente, si es que se le puede llamar así. Puse mi primer zapato sobre él. Me pareció que faltaba poco para que la estructura colapsara. Sin embargo, siguió en pie, y eso me animó a continuar entrando en el puente. Más que nada porque recordé el primer camino que descubrí, mucho tiempo atrás. Aquél era un simple sendero, muy angosto, en el borde de una quebrada.
   Lo que había ocurrido en aquella oportunidad es que no me animé a recorrer la senda sin haberla inscrito previamente, y por lo tanto me apresuré en volver a la ciudad, y esperé que abriera la Oficina de Registros Viales. Ahí viví mi primera frustración de principiante, pues no me permitieron efectuar la inscripción. Para mi vergüenza, me mostraron un antiguo libro de requisitos que, curiosamente, nunca me habían mencionado en mi época de estudiante. La cláusula principal decía: “Descubridor de un camino no es el primero que lo ve, sino el primero que lo anda”.
   Bueno, el caso es que ahora tenía que entrar en este puente, fuera como fuera. El crujido de las tablas que iba pisando, me hablaba. Me preguntaba si quiero saber qué hay al otro lado. Le respondí que no me lo dijera, así no me echaría a perder el descubrimiento.
   Me gusta descubrir caminos nuevos. Aquellos por los que tengo que andar. Por los que todos tenemos que andar. Y me agrada mostrar el camino. Lo que más me cuesta es atreverme a andarlo yo primero.
   Después de bastante rato llegué a la mitad. Parecía mentira haber avanzado sin precipitarme al vacío. Es ahora que empezaba lo difícil. La estructura bailaba de un lado a otro, mientras la baranda parecía que se fuera a salir. Para peor, esa segunda mitad está en subida.
   Para ayudarme a escalar el puente, me dije que después inscribiría mi descubrimiento. No como en aquella primera ocasión, la de ese famoso sendero, que fue transitado por alguien, sirviéndose de mi perspicacia. Además, esa persona se había precipitado sobre la Oficina de Registros Viales, y ya la tenía a su nombre, y ahora estaba construyendo una pequeña plaza de peaje. Desde entonces he tenido más cuidado.
   Me estaba mareando cuando llegué al final del puente y salí hacia tierra firme usando toda la agilidad que pude. Fue un gran alivio. Ya podía ir a registrar el puente. Pero, no. Antes necesitaba cruzarlo de nuevo, en sentido contrario. Y antes que eso, reconocer el entorno al que había llegado.
   Ví una casa sobre un enorme peñón, al borde del precipicio. No quisiera vivir allí, pero sí, visitar a los habitantes de esa casa. Entre otras cosas, preguntarles dónde se abastecen. Sigo creyendo que hay todo un mundo allí en ese otro lado.
   Intenté ver por donde llegar a esa casa. Después de varias idas y venidas alrededor del peñón, pude concluir que no hay camino ni por donde construirlo. Tampoco se veía andarivel ni ascensor.
   Decidí esperar un rato, a ver si alguien bajaba desde la casa. Hice señas, y hasta di unos gritos a todo volumen. No hubo reacción. Estuve horas imaginando cómo subir. Cuando empezó a ponerse el sol volví a cruzar el puente en sentido inverso, con mucha rapidez, antes de que se oscureciera. Ya podría investigar la casa del peñón en otra oportunidad.
   Después de unos días que dediqué a los trámites de inscripción, volví al lugar, pero esta vez traje elementos para escalar cerros abruptos. Sólo los primeros metros de subida fueron difíciles. después de ello llegué a una zona más acogedora y vi, no lejos de ahí, un sendero por el cual pude caminar hasta arriba, donde está la casa.
   Golpeé la puerta, y también toqué la pequeña campana que vi un poco escondida. Era una casa abandonada. Una de sus ventanas estaba abierta, y por ahí entré. Recorrí las habitaciones vacías y los pasillos lúgubres, y no encontré más vida que un estante de libros antiguos. Mientras repasaba los títulos y autores registrados en los lomos, escuché que sonó una campana.
   -¡Qué extraño! -dije en voz alta, como si hubiera alguien conmigo.
   Fui a abrir la puerta. Los goznes crujieron. No había nadie en la entrada, ni cerca tampoco. Volví a los libros. Tomé algunos en mis manos, les sacudí el polvo. Sus páginas estaban oscuras y quebradizas, quemadas por el tiempo. Comprendí que esos libros eran un llamado a no perder la sabiduría.
   Cuando iba caminando de vuelta hacia la puerta, sentí de nuevo la campana. Esta vez llegué al instante hasta el umbral de entrada, pero no vi a nadie.
   No había viento. ¿Por qué sonaba sola la campana? Eso estaba quedando como misterio sin resolver, pero... si yo había estudiado tantos años en la Universidad, no podía claudicar así no más. Ya que alguna tenue vida quedaba en el entorno, quise intentar descubrirla.
    Se me ocurrió que podía buscar alguna tumba o algo similar. Recorrí toda la parte alta del peñón, y no encontré ninguna señal de nada. O más bien..., casi nada.
   Había un matorral que tenía botones, incluso habían brotado ya unas pocas flores. Y eso era demasiado extraño. Volví a ese sector, llevando la herramienta de escalar que yo había traído. Con ella escarbé el suelo alrededor de las flores. Como a veinte centímetros de profundidad apareció una cosa que parecía un pequeño hueso como punta de dedo. Limpié con cuidado, y surgió otro de esos dedos, y después, casi toda una mano esquelética.
   Dejé mi trabajo hasta ahí. Al día siguiente, inscribí la pista descubierta, y volví con unos policías. Mi trabajo estaba cumplido. El de ellos, recién comenzaba.

 

Mis búsquedas

   La mañana estaba agradable porque se sentía una brisa fresca. Yo estaba sentado en un escaño de la plaza, pensando en todas esas búsquedas que siempre tengo en algún rincón de mi cabeza.
   Había más personas por ahí cerca, sentadas también, pensando en sus propias inquietudes. Una mujer atractiva, de lentes oscuros, parecía estar muy preocupada. Yo estaba esperando solamente que el reloj avanzara un poco más. Nunca supe si los demás aguardaban lo mismo u otra cosa, o quizás a alguien. De hecho, se acercó un tipo amistoso. Los que estábamos ahí nos interesamos en escucharlo, y algunos hasta le hablaron y se pusieron a planear encuentros futuros. A mí me pareció un exceso de confianza, por tratarse de una persona desconocida.
   La mujer de las gafas le adelantó dinero. Allá ella..., quizás soy yo muy desconfiado, pero habría preferido conocer un poco más al interlocutor, antes de algo así.
   Después de que el hombre se había ido, empezó a surgir poco a poco una desconfianza generalizada. Claro, con la cabeza más fría... ya se le podía ver el aspecto de impostor. La gente prefirió irse. Yo, en cambio, seguí esperando al reloj.
   En cuanto fue mi hora, me levanté y me puse a caminar. Vi que se acercaba una mujer agradable. Era la misma que estuvo antes en la plaza. La saludé, como si la hubiera conocido de siempre. La verdad es que no la había visto nunca antes de ese día. Le hablé. Me habló. Cambié mi rumbo y seguí caminando junto a ella. No le mencioné eso del dinero y del impostor. ¿Para qué? No ayudaba en nada. En cambio, gracias a esa situación me atreví a contarle algo mío, muy íntimo, relacionado con mis sentimientos. La escuché en sus reflejos. Le dije qué es lo que me mueve en la vida..., lo que busco.
   Supe que ella me podía ayudar en eso. De hecho, pudo. Me dijo dónde estaba la respuesta a mis inquietudes. Es un lugar profundo, en el campo, saliendo del pueblo. Me dio todas las señas y se despidió de mí con la misma sencillez con que habíamos entablado la amistad. Se fue con tanta prisa, que no atiné a hacer algo por conservar el contacto.
   Me armé de valor y acudí a ese lugar profundo que ella me dijo. Al llegar vi una pequeña entrada. Era como una caverna. Entré en ella y bajé unos escalones. Pronto empecé a ver colores luminosos. Era una hermosura. Ahí dentro no estaba el tiempo. El aire era una caricia. Respiré ese aire, me dejé llenar de él. El poder del silencio estuvo en que pude escuchar mi intuición. Pensé en esa mujer que me regaló esa fuente de conocimiento. Le agradecí en mi interior, y le envié mi amor.
   Mientras iba subiendo a la superficie, me prometí que volvería. Desde esa vez, empecé a aprender a funcionar como un maestro, desde mi ser. Me di cuenta de que mi tarea para esta vida está inscrita en mí desde antes de nacer. Expresada en términos de eternidad, en lenguaje permanente. No es fácil ni inmediato trasladarla al lenguaje cotidiano. Es algo tan desconocido como añorado.
   Me aventuré en ese lugar como prohibido que tengo dentro, y me pareció que la sabiduría había llegado a mí. Eso me puso muy contento. Sentí como si el mundo estuviera en mis manos. Me dediqué a enseñar, y no he podido evitar que el orgullo me invada. De tanto saber me he puesto arrogante. Ni siquiera consideré necesario volver algún día a la fuente del conocimiento.
   Esto ya no me está gustando tanto. Es como haber vendido lo más valioso que tenía. Y haberme quedado sin nada. Ni para disfrutar ni para dar.
   Caminando por el campo, he llegado a un lugar en que antes había un río ancho y caudaloso. Ya no tiene ni una gota de agua. Misteriosamente se secó. Veo un barco, encallado en ese lecho seco, sin poder avanzar. La sequedad lo pilló en plena travesía. Los marineros lloran en la cubierta. Es tan triste, que me vuelvo hacia mi casa. Voy recordando escenas de perdón de Jesús. La mujer pecadora, el ladrón crucificado junto a él.
   Llego a casa. Al poco rato, Jesús llama a la puerta.

 

Jesús enfermo

   Yo andaba recorriendo los pasillos de un hospital, buscando dónde estaría la pieza de Jesús. Era uno de los tres pacientes del doctor. Llegué al tercer piso y leí el papel pegado en una de las puertas. Comprobé que ésta no era la de Jesús. Y en la segunda, se anunciaba a otro paciente. Finalmente, en la tercera pieza, el letrero decía “Jesús de Nazaret”.
   Los tres pacientes habían aparecido en un aviso de un diario. Yo quería entrar a la pieza de Jesús, pero los que me acompañaban se estaban quedando atrás, con una pareja de amigos. Los insté a apurarse, pues venían más personas a ver al enfermo. Efectivamente, otros visitantes lograron entrar antes que nosotros. Tuvimos que esperar en la fila, en primer lugar, eso sí. Aunque nadie nos dijo que no podían entrar muchos a la vez, lo consideré obvio, y actué de acuerdo a eso.
   En ese rato, me maravillé de que Jesús pudiera estar vivo aún, después de dos mil años. Muy enfermito, pero vivo. Quizás sería una de las últimas posibilidades de verlo con vida. Seguía llegando gente a la fila. También se presentó una extraña dama joven. No se veía su cabeza, pues tenía una pantalla de lámpara, puesta como sombrero. No tenía rostro visible, y empecé a imaginar lúdicamente que éste sería como una ampolleta. Me distraje tratando de entenderla. Y me dije “Tendrá que encenderse en algún momento y alumbrarnos a todos".
   Tanto me descuidé, que no me di cuenta cómo unas ancianas me quitaban el primer lugar de la fila. Ya estaba como cuarto o quinto. La puerta de entrada era muy angosta. Algo se alcanzaba a ver hacia dentro de la pieza. Principalmente, se veía una gran caja registradora, de ésas para manejar ingresos de dinero. Es que, en realidad, esto era una atracción turística. Me pregunté si a Jesús le haría bien todo esto. En eso estaba, cuando ya pude entrar a la habitación, junto a un grupo pequeño de visitantes. Jesús sonreía y hablaba con sabiduría, y también con sentido del humor.
   Muy cerca de su mano, en su antebrazo, estaba llegando el tubo que contenía el suero glucosado. El semblante de Jesús estaba lleno de vida. Me quedó claro que no va a morir tan pronto. Conversamos animadamente, hasta que un enfermero vestido de púrpura me dijo que ya debía retirarme, pues el enfermo no tiene que cansarse.
   -No quiero seguir siendo turístico -me dijo Jesús cuando me despedí-. Por favor ¿puedes sacar todos esos elementos mercantiles?
   Recordé la escena de los mercaderes en el templo, y me sentí con la difícil tarea de reproducir aquella antigua situación.
   Mientras yo salía de la pieza, iba entrando la mujer de luz. El enfermero le advirtió que no era conveniente que se encendiera.
   Volví a la planta baja, pensando cómo tendría que cumplir la misión encomendada.

 

En busca del reino

   Estábamos, con Hernando y Amanda, listos para iniciar nuestra expedición. Saldríamos a buscar el reino, y para eso traje un mapa, y también la llave que iba a necesitar. Me la dio mi madre cuando yo era pequeño. Más bien dicho, me la cosió dentro del bolsillo de mi chaqueta, para que yo no la perdiera.
   Cuando ya estábamos por empezar a caminar, Hernando me dijo que él también tiene una carta geográfica. Comparamos nuestras hojas, y así vimos que son muy distintos.
   -Lo podemos resolver, Miguel -me dijo Amanda-, pues yo también tengo un mapa.
   Lo extendió para ver cuál es el correcto. Fue una lamentable decepción ver que los tres mapas son distintos.
   -¡Ah! Pero, yo tengo la llave -exclamé con actitud de triunfo-, que mi madre me ayudó a cuidar durante todos estos años.
   No me duró mucho el optimismo. Tanto Amanda como Hernando sacaron sendas llaves y me las mostraron, desafiantes.
   -Me la dio mi mamá, hace muchos años -dijeron a coro, como si hubieran estado de acuerdo.
   Decidimos intentar cada uno su propia búsqueda, y juntarnos después para el viaje definitivo.
   Antes de salir, agradecimos al cielo por el futuro que, con toda seguridad, nos deparaba.
   Partí por mi camino, siguiendo las indicaciones de mi mapa, y llegué a una construcción. Como creí que estaban haciendo una casa para que habitara alguna familia, me puse a preguntar cosas:
   -¿Hay un cuarto oscuro?
   -No, no hay.
   -¿Y dónde se supone que las personas guardarán lo inservible?
   Me miraron con extrañeza.
   -¿Vendrá un Pacificador Habitacional? -seguí preguntando.
   -¿Qué es eso?
   -Es una persona muy necesaria, que tendría que venir cuando la casa esté lista. La recorrerá, aprendiéndose hasta el último rincón, y todo el funcionamiento de cada cortina, cada trozo de suelo, cada evento, cada persona de la casa, o visitante eventual. Y entregará un informe para mejorar la vida en la casa.
   -Lo que pasa es que no estamos construyendo una casa.
   -¿Y qué es, entonces?
   -Un templo.
   -¡Ah! Me gustaría trabajar aquí -dije-, pues supuse que estaba bien encaminado.
   -Muy bien. Eso sí..., acá no necesitamos arquitectos sino obreros.
   Me pasaron una carretilla para acarrear los ladrillos. Esa fue mi actividad en la construcción de ese templo.
   Me quedé pocos días, y me retiré de ahí porque comprendí que el reino que buscaba es algo diferente.
   Como un kilómetro más allá había un río. Hombres y mujeres estaban envasando agua sacada del río, y le ponían unas hermosas etiquetas que habían costado carísimas. En ellas se leía, con letras grandes y adornadas, “Agua Viva”.
   -¿Realmente, este río es de agua viva? -pregunté.
   -Sí. Lo es. ¿Quiere comprar una botellita?
   -No, muchas gracias -respondí con desconfianza.
   -Le advierto que la gente hasta se pelea por esta agua viva en los supermercados.
   Me despedí de ellos y caminé bordeando el río hacia arriba, para encontrar la fuente. Así, llegaría a estar cerca del reino.
   Por el camino vi, a lo lejos, un hombre que parecía haber desenterrado un tesoro.
   Definitivamente, ya estaba cerca, y eso se me confirmó al ver llegar a Amanda. Y también a Hernando, por otro camino. Nos saludamos muy contentos, y les conté mi aventura.
   También ellos hablaron de lo que habían vivido.
   -Me costó darme permiso para ser la primera en andar por ese camino -contó Amanda.
   -Me seguía una mariposa -agregó-, y yo trataba de tomarla en mi mano. Cuando me cansé de intentarlo, la mariposa se posó en mí.
   -Encontré también una fruta maravillosa -siguió contando Amanda-. La gente se comía la pura cáscara. Tuve que enseñarles que lo principal no es la cáscara sino lo de adentro.
   -Vi una persona que vendía espejos nuevos para mirarse -continuó-. No me interesé por comprar.
   -Lo que a mí me habría encantado adquirir -dijo Hernando- fue un arco iris, y también una puesta de sol... Claro, es algo absolutamente imposible.
   De repente perdía el camino -explicó Hernando-, pero siempre pude encontrarlo de nuevo.
   Vi gente -continuó diciendo Hernando- que va en contra de lo que no comprende. Yo les preguntaba por el reino. Muchos buscan un presunto reino del cual puedan obtener algún provecho concreto.
   -Me llevaron a un culto religioso -nos contó Hernando-. El celebrante parecía acogedor, pero a poco de comenzar la ceremonia empezó a desesperarse porque había un niño que lloraba y metía bulla. Hasta que el hombre éste pidió a la madre que se retirara del templo con ese niño. La pobre mujer salió, humillada, y yo quedé molesto.
   -El sacerdote leyó la lectura sagrada: "El que recibe en mi nombre a un niño recibe también a aquel que me envió".
   Los tres estallamos en risa. Es que resultó más divertido que trágico.
   -Si los tres nos hemos juntado aquí, quiere decir que hemos llegado a destino.
   -O sea que esa puerta angosta que estamos viendo ahí, es por donde tendremos que entrar.
   -Entrar con actitud de niño.
   Nos empezamos a acercar a esa puerta. Vemos que tiene tres candados.
   Y nosotros tenemos tres llaves...
   Este no es un lugar al que uno pueda entrar solo. Hay que venir con algien más..., y alguien más.
   Aún no hemos intentado abrir, pero ya estamos dispuestos.

 

  Décima parte.- Cerca del final

   Un astronauta

   Fue triste salir de Marte, rechazado y humillado porque nadie se fijó en mis tonos rojizos y naranjas. Que me vieran en blanco y negro no fue nada de grato. De cualquier forma, necesitaba venirme porque ya extrañaba mucho el arco iris.
   No sé si algún día volveré a Marte, llevándoles el azul, o incluso hasta el verde, que se mantiene mejor en la naturaleza. Cada vez que pienso cómo transportarlo llego a un callejón sin salida. Ni escondido en un bolsillo, ni tampoco entre las páginas de un libro. Sé que no resultaría. Creo que la única manera viable será ir a buscar un habitante de ese gris planeta, y mostrarle mi mundo. Sólo en una retina marciana podrán llegar los colores a Marte.

 
   Una mujer misteriosa

   Llegué a un mundo extraño. En cuanto desembarqué quise ir a alguna oficina de informaciones. No encontré ninguna. En cambio, la gente del puerto salió de sus pequeños recintos y miró el barco. Les llamaba la atención la forma y el colorido de la nave en que llegué. Y también su pequeñísimo tamaño, comparado con los inmensos buques de acá.
   Un atrayente señor, muy bien vestido, me habló en un idioma que no entendí.
   -Evelyn -respondí solamente, indicando hacia mí con mi propio dedo.
   -Adrián -contestó él, indicando también hacia sí.
   Hasta ahí, estábamos entendiéndonos. Sonreímos. Yo no sabía qué más decir. El hombre me hizo pasar a un pequeño despacho en el cual él estaba de visita por trabajo, según pude comprender.
   El anfitrión nos sirvió un café con galletas, que me vino bien. Ellos conversaban en torno a unos planos. Cuando en uno de éstos apareció el centro de la ciudad, aproveché de poner mi dedo sobre el papel e implorar, por gestos, que por favor me llevaran a un hotel. Ni siquiera sabía si mi dinero iba a servir en este país.
   En cuanto los hombres terminaron su reunión, Adrián me llevó a su auto, y partimos con mi maleta hacia el centro. No era muy lejos. Estacionó cerca de la plaza principal, y se dispuso a tratar de entender quién era yo, qué hacía en este lugar remoto, y cuánto tiempo pensaba quedarme. Yo tenía muy claro que ésas eran las cosas que debía comunicar. Sin embargo, ni siquiera habría podido proporcionar esa información en mi idioma, pues no tenía ninguna claridad en cuanto a cómo ocurrió que yo llegara a estar en ese pequeño barco.
   Para empezar, él cogió un mapa de la guantera, lo desplegó, y mediante gestos me preguntó mi procedencia. Identifiqué el continente, que es muy grande, pero los nombres de las regiones no están escritos en mi lenguaje. Indiqué el sector más alejado, intentando dar a entender que no sabía cómo llegué al barco. Creo que al final logré eso.
   Adrián descubrió que los números los entiendo, ayudándome con los dedos de las manos. Aprendí a interpretar cifras, lo que me sirvió para hacer pequeños trabajos en su oficina durante los días que siguieron. Adrián me instaló en una residencial que queda a media cuadra de distancia, respecto al lugar de trabajo.
   Aprendí un poco más del idioma y pude pedirle a Adrián que me haga volver donde está mi familia.
   -¿Y cómo...? -me preguntaba, como si yo supiera.
   Acostumbrábamos a caminar por la costa, mirando hacia el horizonte.
   Un día, vimos el barco, a lo lejos. Ése que para Adrián es tan extraño. Fuimos al puerto y lo vimos entrar a la bahía. Una hora después estábamos despidiéndonos con un gran beso. Adrián me dijo que quedaría triste de perderme.
   Yo estoy triste y contenta al mismo tiempo. Subo con mi maleta a mi pequeña embarcación que me llevará al lugar de donde soy.

 
   El fondo de las pupilas

   El cielo está bello. Hay un sol radiante tan hermoso que me hace recordar cuando mi abuela decía “el sol va a salir para el día del juicio”. Esa era su frase preferida, en los días nublados. ¿Acaso esto quiere decir que hoy ha llegado el día del juicio?
   Parece . . . que sí. Por todas partes se están empezando a ver letreros publicitarios. Hay uno que dice “Acude al Juicio Final” y contiene una flecha indicando una dirección a seguir. En la cuadra siguiente, “No te lo pierdas”, y una flecha similar. “Gran juicio hoy y toda la semana”, “Usted no será espectador sino protagonista” son otros de los afiches, cada cual con la infaltable saeta. He de ir a pie, por supuesto, pues ya no hay locomoción colectiva. Todos los negocios están cerrando.
   Me pongo a caminar. ¿Qué otra cosa puedo hacer? La señalización me lleva hasta un caudal de gente estimulada, ya sea por el miedo a lo desconocido, o bien, por la inminencia de algo mejor. Está claro que no voy solo. Todos vamos hacia allá.
   Después de varias cuadras llegamos hasta el único teatro grande que va quedando en este sector de la ciudad. Creo que tendré que entrar, salvo que el gentío me lo impida. Espero mi turno, con paciencia. La verdad, no tengo ningún apuro. Avanzo lentamente hasta llegar a la antesala de recepción, en que me acogen unos jóvenes vestidos de blanco. Supongo que deben ser ángeles. Es una ángela quien me pregunta mi nombre.
   -Me llamo Adrián -le respondo con una sonrisa.
   Después de mirar a mis ojos y al fondo de mis pupilas, señala “ya te ubiqué”. Entonces, escribe algo en su teclado y me invita a pasar a la sala.
   -Por suerte llegas temprano -observa la ángela con optimismo- pues aún hay asientos, bien adelante.
   -¿Piensas que todos vamos a caber acá? -pregunto ingenuamente.
   -Son muchos los locales -aclara ella-, a lo largo y ancho del país, y del mundo.
   Le doy las gracias, más que nada porque es simpática. Entro en la sala y busco un asiento cerca del pasillo, para que no me cueste tanto salir, llegado el caso.
   Mientras espero que empiece el evento más importante de todos los tiempos, me distraigo mirando los preparativos. En el podio, recién han terminado de instalar varios computadores sobre unas largas mesas, y ahora vienen llegando unas personas vestidas de blanco, y con un aspecto mucho más importante que las de acogida. Parecen ser arcángeles, o algo así.
   También hay una pantalla gigante sobre la cual se están proyectando imágenes de lo que está ocurriendo en otras salas, no sólo del país, sino también del extranjero. Desde muy temprano se empezaron a juntar las multitudes en los diversos lugares habilitados para este espectacular suceso, que promete ser uno de los principales hitos de la humanidad. Millones de computadores están conectados en la más gigantesca red de teleconferencia que haya habido jamás.
   En la pantalla gigante aparece ahora la ciudad de Jerusalén, sede de la sesión principal de esta magna asamblea. Una voz explica que los bombardeos ya fueron suspendidos para siempre.
   La silla de honor de aquel estrado remoto está ocupada por un señor de túnica blanca, pelo largo, y cuidada barba, con unos ojos negros penetrantes y cariñosos. Creo que debe ser Jesús. Sí, lo es. El locutor así lo confirma, y agrega algunas instrucciones para vivir el juicio. Nos dice que en este primer día solamente se espera que todas las personas vivas del planeta tomen ubicación. Se deberá dar preferencia a los ancianos y a las mujeres que tengan un bebé en su vientre o en sus brazos.
   Recién mañana comenzará el juicio, pero no será todavía a las personas, sino solamente a las instituciones religiosas, por el momento. Ni siquiera a sus administradores. Se juzgará el grado de alcance celestial que cada iglesia haya tenido a través de la historia.
   Se nos informa que los muertos han de levantarse de sus tumbas, evento que se espera para el tercer día de reuniones. Un murmullo ocupa toda la sala, como una ola. En voz baja le digo a mi vecino:
   -No creo que eso les resulte.
   -De ninguna manera -confirma él.
   Por lo que veo en la pantalla, en las otras reuniones es la misma duda la que ocupa a todas las personas de todas las salas.
   -Eso no es posible -clama la gente, pensando en cuerpos estropeados y esqueletos reducidos, además de fosas comunes y cenizas diseminadas.
   -Hoy no es posible -sentencia un arcángel de esta sala-, pero al tercer día todo será posible.
   Se nos anuncia por la pantalla que a partir del cuarto día comenzará el juicio a las personas. Y que, por favor, tengamos paciencia. Esto no será fácil, y se necesita la colaboración y buena voluntad de cada uno.
   Miro mi reloj. Son recién las 11:50 del primer día. Es mejor que me levante de mi asiento y camine un poco.
   Después de unos breves paseos por el pasillo, voy hacia la acogida y, aprovechando que a esta hora llega poca gente, converso con la ángela que me recibió. Le pregunto si ella puede ubicar en su computador a todas las personas del mundo. Le explico que quiero ver a Evelyn, la mujer que he amado toda mi vida, y que desde hace unos años he perdido su pista.
   -Ya no es posible hacer nada para juntarlos -me asegura ella-. El tiempo se ha terminado.
   -Pero, ¿puedes decirme dónde está ella? Sólo saberlo me ayudará a soportar su ausencia.
   La ángela me otorga una sonrisa amplia.
   -¿Cómo son sus ojos? -me pregunta-. Esa es la clave de acceso.
   -Bueno . . . -intento expresar algo, y me lamento en silencio por no tener una foto- son claros y serenos, como ojos de poema.
   -Pero, ¿qué hay en el fondo de sus pupilas?
   -Ya sé -declaro-. Ella me corresponderá cuando yo descubra lo que hay en el fondo de sus pupilas.
   -Sí, pero . . . se acabó el tiempo, Adrián y Evelyn -mi ángela vuelve a sonreír-. Sólo quedan las próximas civilizaciones que vendrán después de ésta.
   Luego de una pausa, agrega con complicidad:
   -Os anotaré como postulantes para ser Adán y Eva en la próxima.

 
   Nueva civilización

   Fue una horrible guerra. Se usó armamento tan poderoso, que no sólo provocó muerte en el momento mismo en que cayeron las bombas. Siguió produciendo enfermedades durante muchos años después. Las últimas historias, nadie más que yo las pudo contar. A mí, como roca que soy, no me pasó absolutamente nada. He podido seguir mirando el mundo a mi alrededor. Quedaron muy pocos humanos en este sector del planeta, y por lo que les escucho hablar, en otras partes fue peor, y parece que no quedó nadie. La isla Tierra Tierra ha resultado privilegiada.
   El anciano viajero que antes iba de isla en isla, nunca más regresó. Y la hermosa dama de azul, que bailaba, tampoco volvió. No merecía morir de esa forma tan triste. Ése es el comentario que escucho. Dicen que la música lo envolvía todo..., y en menos de un segundo la mujer quedó encerrada en esa música. Con el tiempo, ha surgido una leyenda. Todos suponen que la dama de azul sale a bailar en las noches. Eso ha quedado en la mitología de este pueblo nuevo.
   Durante el primer par de días, después del bombardeo, la gente que quedó viva trató infructuosamente de comunicarse con seres queridos que habitaban en los continentes. Al final, tuvieron que tirar al suelo sus pequeñas máquinas cuando quedaron sin energía, para siempre. Los vehículos en que andaban, también se pusieron inservibles, después de una semana. Los abandonaron en cualquier parte. Algunos de éstos sirvieron de habitación por un tiempo, pero muy pronto se oxidaron, y empezaron su lenta degradación. La ropa les duró como un año. Después de eso, tuvieron que usar pieles de animales para protegerse del frío y del sol.
   Las mujeres siguieron embarazándose, y tuvieron preciosos bebés. Cuando éstos crecieron, los adultos les enseñaban lo que podían, pero en condiciones tan precarias, que después de cuatro o cinco generaciones la cultura ya estaba casi totalmente perdida. No había más actividad que cultivar la tierra para poder alimentarse. Y también la fabricación artesanal de utensilios que sirven para comer.
   La gente era feliz..., hasta que estalló el primer conflicto, y algunos empezaron a matarse con palos y piedras. A mí, no pudieron levantarme del suelo. Peso mucho.

 
   La pipa gigante

   El hombre era tan gigantesco que, dentro de su pipa gigantesca, las partículas de tabaco contenían todas las galaxias de nuestro pequeño universo.
   El hombre miró su reloj y vio que aun disponía de algunos millones de años para un breve descanso. Entonces, se llevó la pipa a la boca, encendió un fósforo y se preparó para fumar.

   

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