ARISTODEMO                    Un lugar literario
Presencias de Jesús         Gonzalo Rodas Sarmiento

María Magdalena

   La tristeza se ha apoderado de mi. No sólo porque mataron a Jesús, sino también por la manera como lo hicieron. Se ensañaron, igual que si se hubiera tratado de un delincuente. Ni siquiera pudimos ungir su cuerpo antes de que fuera sepultado.
   María, la madre de Jesús, nos pidió que lo hiciéramos en cuanto terminara el Sabbat. Es por eso que salimos de casa muy temprano, junto a otras mujeres galileas que se han refugiado con nosotras, en la casa de la mamá de Marcos, la que también se llama María. Todas las personas más cercanas a Jesús hemos sido recibidas en esta casa, gracias a la generosidad de la señora María. Aunque tengamos que dormir en el suelo, eso no importa.
   Hoy nos levantamos cuando aún estaba de noche, pues no queríamos ser vistas. Me acompañó Salomé, esposa de Zebedeo, y también Miriam, esposa de Cleofás. Llevamos aceites y especias aromáticas para ungir el cuerpo del Señor.
   Salimos al amanecer, muy acongojadas, pero con el firme propósito de lograr nuestro objetivo. Al comienzo, cada una de nosotras va encerrada en sus pensamientos. Recuerdo las veces que pasé por estos mismos lugares con Jesús, y los demás. Y me remonto más aún en el pasado. Me parece que hubiera sido ayer cuando conocí a Jesús, en Magdala, mi pueblo, cierta vez que él hablaba a la gente en la plaza, muy cerca de mi casa.
   Esa vez fui a mirar por curiosidad, aprovechando que mi mamá no estaba. Yo tenía casi treinta años, pero vivía sometida a mi madre. No me dejaba hacer nada. Siempre me retaba y me decía cosas hirientes, muy molesta porque no quise casarme con el hombre que ella eligió para mi.
   Hasta ese día, mi vida era un verdadero suplicio. Mi alma estaba llena de heridas, y ya no sabía qué hacer conmigo. Era como si tuviera muchos demonios torturándome. El demonio del miedo, el de la culpa, el de la inseguridad, y tantos otros.
   -Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan -estaba diciendo el hombre sabio que hablaba en la plaza.
   Y continuó con otras enseñanzas, que me dejaron admirada.
   -Se llama Jesús -me dijo al oído una vecina, tan entusiasmada como yo.
   -Bendecid a los que os maldicen, y haced el bien a los que os odian -señaló Jesús, y yo me sentí aludida en mi aflicción, a tal punto que me empezaron a salir las lágrimas.
   -Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados -escuché decir a Jesús. A esa altura, yo no quería nada más que escucharlo. Supe que él podía quitar esos demonios que afligían mi alma.
   Aquella tarde no volví a mi casa. Seguí a los seguidores de Jesús, y pude darme cuenta que muchas otras mujeres los acompañaban. Eso era algo tan insólito como fascinante. De hecho, nunca más volví a mi casa. Creo que mi madre no me buscó, al menos no con mucha fuerza.
   Una voz me saca de mis cavilaciones. Es Salomé, preguntando:
   -¿Quién nos removerá la piedra que tapa la entrada del sepulcro?
   -Dios resolverá eso -respondo, con fe.
   Vamos pasando muy cerca del lugar en que murió el Maestro. Todavía pueden verse las cruces. Al pasar por unos matorrales veo algo que me llama la atención. Es alguien que se había escondido, pero al vernos sale lentamente. La reconozco:
   -¡Juanita!
   Entonces sale también Verónica, con sus ojos enrojecidos de tanto llorar. Trato de consolarla, hasta donde puedo. Sé que ella estuvo enamorada de Jesús, desde su infancia en Nazaret.
   Miriam les explica nuestros planes, y ellas se nos unen. Seguimos caminando. Después de un trecho no muy largo, diviso a lo lejos el sepulcro que andaba buscando. El que me había mostrado José de Arimatea en ese negro atardecer. La tumba en que él y Nicodemo pusieron a Jesús. Nos acercamos. Dos guardias salen a nuestro encuentro y no nos dejan seguir avanzando. Mis compañeras empiezan a volver por donde vinimos, pero yo no me rindo tan fácil. Tengo una idea. Sigo a las demás, y cuando los guardias ya no pueden escuchar digo a ellas mi plan. Yo iré por detrás de unos arbustos, agachadita para no ser descubierta, y después de un rato, las demás también tendrán que ir, de a una.
   Así lo hago, con éxito pues los guardias no me detectan, y logro llegar hasta el sepulcro. Lo raro es que la piedra está movida. Pienso que es una suerte, pero también algo inexplicable. Con temor, entro en el sepulcro...
   Casi me voy al suelo de espanto. El cuerpo de Jesús no está. Ahora, me parece entender por qué la piedra estaba movida. Y por qué hay tantos guardias, y por qué José de Arimatea no está ubicable. Me pregunto dónde puso el cuerpo de Jesús.
   Salgo y vuelvo a entrar un par de veces. Entonces veo a un muchacho joven, vestido de blanco. Le pido ayuda:
   -¿Dónde han puesto el cuerpo de mi Señor?
   En eso, vienen los guardias, más preocupados por este joven que por mí. El muchacho tiene tan intenso el resplandor, que los guardias se asustan, pues no están acostumbrados a eso. Se van, lo cual me alivia bastante.
   -No sé dónde han enterrado el cuerpo de mi Señor -sigo insistiendo.
   -No busques en una sepultura al que está vivo -es su respuesta, como si estuviera hablando de algo trivial.
   -Recuerda lo que él siempre decía... -agrega.
   Me parece que es un ser muy especial. Miro para todos lados. Quisiera ver si vienen las demás mujeres. En ese preciso instante el joven se fue, y no pude ver hacia dónde. Para no caerme, me siento en una piedra, sin saber qué hacer. Es entonces que veo a un hortelano, muy cerca de ahí. Me levanto y corro hacia él.
   -¿Dónde lo pusieron? -le pregunto al hombre.
   -¡María! -me dice con una tierna voz como la de Jesús. Lo miro mejor y me doy cuenta de que es él.
   -¡Maestro!
   Durante unos minutos no sé qué más decir. Es una impresión muy fuerte. No necesito hablar nada para hacerle saber la alegría que me produce verlo vivo. No lo hubiera reconocido si no me hubiese hablado.
   -¡Gracias, Señor! -atino a hablar algo, yo también-. Nunca te lo había dicho..., es que fue tan importante para mí, que me hayas enseñado a limpiar mi alma..., y a desalojar esos como demonios que no me dejaban ser yo misma.
   -Gracias a ti, María, por tu perseverancia.
   -¿Te quedarás por mucho tiempo? -le pregunto, tratando de tocar su brazo, pero mi mano no lo logra.
   -No, María. Muy pronto iré a la casa de mi Padre. Por eso no puedes tocarme.
   -¿Qué he de hacer?
   -Tú has captado bien el mensaje. Quiero que lo transmitas a otras personas.
   -Así lo haré, Señor mío.
   Llegan las otras y ven la piedra movida. No entienden nada. Jesús ya no está. Les explico algo, sin mucho orden ni calma. Busco a Jesús, y al joven de blanco. No se ven por ninguna parte.
   Nos vamos de ahí porque es necesario contar esto a Pedro y los demás. Corro más que ninguna y muy pronto llego a casa. Cuento todo, con gran desorden, hasta que me dan agua, y me tranquilizo, y entonces hago un relato más calmado. No me creen mucho, pues se trata de algo muy extraño. Pedro y Juan salen corriendo hacia el sepulcro. Los demás se quedan admirándome, incrédulos, como si yo fuera una aparición misteriosa.
   Lo único que me nace es sumergirme en la oración:
   -Padre, quiero sentir tu presencia, y contarte cuál es mi anhelo. Llevar tu mensaje a otros lugares. Sé que es casi imposible que una mujer pueda lograr algo así, pero lucharé por ello.


José de Arimatea

   Nací en Arimatea, y viví muchos años en esa ciudad de Judea. Muy joven me vine a Jerusalén, con un buen pasar que heredé de mi padre. Tengo una parcela con algunas plantaciones que me dejan buen dinero. Pertenezco al Sanedrín, como maestro de la ley, o más bien dicho, pertenecí a él hasta ayer.
   Conocí a Jesús cuando él era niño, con motivo de su Bar Mitzvá, una vez que se quedó en Jerusalén y sus padres retornaban a Galilea sin él, y un par de días después llegaron a buscarlo. Recibí a este joven en mi casa durante ese lapso de tiempo, y lo dejé conversar con otros maestros y rabinos en el templo. Ya en ese tiempo me impresionó su sabiduría innata.
   Años después, lo vi enseñando en el templo. Lo encontré fabuloso. Jesús estaba innovando toda nuestra cultura. La mayoría de mis compañeros del Sanedrín lo detestan, precisamente por eso. Es que son excesivamente conservadores y cerrados. Jesús quiso abrir sus mentes, y lo que logró es que lo persiguieran hasta la muerte.
   Yo también espero descubrir en mi interior algún pequeño trozo del Reino de Dios, tal como Jesús enseñó a sus seguidores.
   Hace algunos días estuvimos reunidos para algo que Anás dijo ser muy importante y urgente. De un día para otro citó a reunión extraordinaria. Al llegar, supe que se trataba de juzgar a Jesús, que había sido apresado. Fue una cosa atroz. Cómo se presentaron testigos falsos acusando a Jesús de cuanta cosa hay. Éramos muy pocos los que lo defendíamos.
   El saduceo Anás, que es nuestro jefe político-religioso, es un personaje detestable. Los tiene a todos en su mano, y logra lo que quiere en el Sanedrín. Principalmente, maneja a su yerno Caifás, a quien puso de Sumo Sacerdote, como si fuera un objeto perteneciente a él.
   Esta vez, el Sanedrín sentenció a Jesús a la pena máxima. En nuestro caso, la pena máxima no es directamente la muerte, ya que por disposición de los romanos no tenemos derecho a condenar a muerte. Jesús fue entregado a los romanos para que lo crucificaran. Pilatos no quería cometer la injusticia de hacer matar a Jesús, pero lo hizo porque le tiene terror a Anás. Es tan siniestro este Anás, muy amigo del César, que se las ha arreglado para lograr la destitución de cuatro procuradores romanos sucesivos. Pilatos estaba temeroso de ser el quinto.
   Cuando murió Jesús en la cruz, me apresuré en visitar a Pilatos y pedir el cuerpo de Jesús para darle sepultura. El procurador se sorprendió de que ya hubiese muerto. Hasta hizo venir al centurión para preguntarle si era efectivo que "el judío", como dijo él, ya estaba muerto. Una vez que el centurión informó a Pilatos, éste me permitió ir al Gólgota a levantar el cadáver, que aún estaba en la cruz.
   Lo puse en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. Era día de la preparación, y estaba por empezar el día de reposo. Más tarde, preferí cambiar el cuerpo de Jesús a otro lugar secreto y misterioso, dentro de mi terreno, por temor a que Anás quisiera robarlo. Pensé que sería sólo por un par de días, y después podría volverlo a su sepulcro, pero los hechos se precipitaron de otra forma.
   Menos mal que lo cambié de lugar, pues Anás se enteró de que yo tenía el cuerpo, y mandó a que sus guardias me llevaran preso. Éstos me dijeron:
   -Como es Sábado, nada podemos hacer contra ti, hoy. Pero, muy pronto daremos tu cadáver a las aves de rapiña y a las bestias de la tierra.
   Les respondí:
   -Vuestras palabras se parecen a las del soberbio Goliat, que fue vencido por David.
   Me encerraron en un calabozo oscuro y maloliente. Y pusieron llave y guardias a la puerta.
   Yo trato de descubrir la manera de escapar de aquí.


Tomás

   Estuve conversando con Felipe, que venía llegando después de un viaje de casi un mes.
   -Tengo que contarte algo fabuloso -me dijo, sonriente.
   -¿Por dónde anduviste? -quise saber.
   -Por todos los pueblos alrededor del lago. Dimos la vuelta completa.
   -Veo que tienes un buen grupo de amigos y amigas.
   -Sí, Tomás. Es cierto.
   -Bueno, cuéntame.
   -Tenemos un Maestro al cual seguimos.
   -Ha de ser alguien que sabe mucho..., me imagino.
   -Por lo menos, mucho más que nosotros... Se llama Jesús, y es grandioso.
   Felipe me habló de las enseñanzas de Jesús. Quedé tan impresionado que me puse a reflexionar acerca de lo que ha sido mi vida.
   Mi padre había querido que yo fuera carpintero, como él. Vive en Tiberiades con mi madre. Ellos son buenos, aunque han tenido dificultades conyugales.
   Mis primeros años de vida familiar no siempre fueron felices. La gente decía que yo era pendenciero. En realidad, he tenido algunos días muy malos, estando a veces triste y abatido. La pérdida de mi hermana de mi misma edad, a los nueve años, me había producido mucha pena.
   Pero, trato de mejorar.
   Recuerdo que al día siguiente de mi conversación con Felipe salimos en el bote a pescar en nuestro querido Mar de Galilea, cerca de donde sale el río Jordán.
   -Mañana habrá un encuentro con Jesús -anunció Felipe-. ¿Quieres venir con nosotros?
   -Bueno, sí..., ¿por qué no?
   Asistí, porque si Felipe estaba tan entusiasmado, tendría que ser por algo.
   Fue maravilloso. Traté de acordarme de las palabras de Jesús, para anotarlas en cuanto llegara a casa.
   Al final de ese encuentro, Jesús vino a hablar con Felipe, y después me preguntó "¿Dejarías todo..., y me seguirías?". Su presencia era tan atrayente que, en ese momento, yo podría haber dado mi vida por él. Lo digo con sinceridad, aunque en ese momento no se lo dije a nadie. Me limité a responder que sí, muy animosamente.
   Así fue como me uní al grupo, teniendo yo casi treinta años.
   Mi esposa se alegró de que me uniera a los seguidores de Jesús; se sintió aliviada con la idea de que yo iba a poder mejorar mi carácter. Y talvez también porque ya no la estaría molestando todos los días.
   Me despedí de ella y de nuestros cuatro niños, con afecto. Sabía que los iba a extrañar. Y salí de gira, junto a Felipe y los demás.
   Al principio fui recibido con algo de temor por parte de los discípulos. Hasta me dijeron que era mal parecido y desconfiado.
   En cambio, las discípulas me acogieron amorosamente.
   Después que ellos me conocieron un poco mejor, les caí bien.
   Antes, yo tenía inclinación por las cavilaciones melancólicas, pero la familiaridad con Jesús y sus seguidores y seguidoras me sanó de eso, en gran medida.
   Me dejé contagiar la alegría de Jesús. Esta asociación con el Maestro empezó a transformar lentamente mi manera de ser, y a efectuar importantes cambios en mis reacciones hacia las demás personas.
   Un día, muy temprano, Jesús nos dijo que había escogido a doce de nosotros para representar a las doce tribus que, algún día, tendrán que reaparecer. Me incluyó entre los Doce, como pasó a llamarse nuestro grupo.
   Quedé encargado de preparar y dirigir el itinerario, y he tratado siempre de ser un director capacitado del trabajo y de los desplazamientos de los discípulos.
   Jesús disfrutaba con nuestra compañía, y tuve muchas conversaciones largas y personales con él.
   Yo estaba tan entusiasmado con esta actividad, que me cambió la vida. No sólo a mí. También a mis amigos. Porque, cada vez que pasaba por el pueblo, yo les contaba lo que el Maestro nos hablaba. Cada enseñanza de Jesús, yo la anotaba después, donde podía. Junté varias parábolas, bienaventuranzas, y un sin fin de enseñanzas. Algún día las dictaré a un escribiente que las traduzca al Griego, para que quede toda esta sabiduría para la posteridad.
   Todos en el grupo de los discípulos teníamos veneración por Jesús a causa de algún rasgo. Incluso, hasta Judas, que al final lo entregó, también admiraba profundamente al Maestro.
   Para mí, por el carácter equilibrado de Jesús, y el ser afectuosamente misericordioso; y el ser tranquilo, pero nunca indiferente; compasivo, pero sin invadir al otro. Aprendí mucho de Jesús, tan lleno de humor, amante de la naturaleza.
   Una y otra vez me opuse a dejar que Jesús se expusiera a algún peligro, pero cuando él decidía correr un riesgo, yo decía: "Venid, amigos, vamos a morir con él".
   Sin embargo, no morí con él.
   Pasé por momentos difíciles durante los días del juicio y la crucifixión.
   Me costó creer que Jesús se hubiera aparecido, después de haber muerto. Me lo contaron, porque esa vez yo no estaba.
   Hasta que lo vi con mis propios ojos, y quise tocar sus heridas, pero eso no fue posible.
   Soñaba y aún sueño con dejar por escrito las enseñanzas de Jesús. Ya estoy en conversaciones con un escribiente en Tiberiades, que las pondrá en Griego. Para eso, tengo muchos apuntes en que he guardado esas enseñanzas tan valiosas. Lo que me falta es el dinero para pagar por su trabajo. También estoy tratando de conseguir eso.
   Y tengo la intención de ir después a Oriente a llevar la palabra de Jesús.


Marcos

   Yo era un niño cuando conocí a Jesús. Mi madre, llamada María, era una de sus discípulas. Cada vez que el Maestro venía a Jerusalén, se realizaban en nuestra casa algunas reuniones de Jesús con sus más cercanos. Eran muchas las Marías, por ejemplo la de Magdala. Al principio, a mí me consideraban el niño regalón que revoloteaba por aquí y por allá.
   A medida que pasaban los años fui comprendiendo un poco más e interesándome en las enseñanzas de Jesús. Ya bien entrado en la adolescencia, tenía quince años cuando ocurrió algo magnífico, que a mí me gustó mucho.
   Jesús decidió enviar a sus discípulos en misión, de dos en dos. Armó 35 grupos, cada uno de dos varones adultos. Pero, yo quería ir y le rogué al Señor que me incluyera. Al principio no quería.
   Gracias al Altísimo, la María de Magdala también quería ir, aunque tampoco la dejaban. Pedro y los Zebedeos se oponían tenazmente.
   -Es muy peligroso -decían.
   Miles de motivos saltaban para atajarnos en nuestra intención de ser de la partida. Hasta que Jesús tuvo la genial idea:
   -María hará grupo con Marcos. También irán a anunciar el Reino de Dios.
   Partimos felices, en calidad de grupo número 36, habiendo recibido las mismas instrucciones que los demás. Los principales discípulos seguían hablando de la misión de los setenta. Una mujer y un niño..., no parecíamos dignos de ser contados. Para Jesús, sí valíamos.
   Fue una gran misión. Con María teníamos muy buena llegada con la gente. Incluso, casi más que los varones adultos.
   En el momento de llegar de vuelta y contar nuestras experiencias, fuimos realmente reconocidos.
   Jesús se puso muy contento y alabó a Dios por haber puesto la sabiduría en las personas más sencillas y no en los doctores de la ley.
   Hasta Pedro nos elogió a María y a mí. Desde ese día me ha estado pidiendo que escriba algunas cosas, que él las tiene en la cabeza pero le cuesta ponerlas en el papel.
   Al año siguiente, todo se complicó muchísimo en Jerusalén, para Jesús y sus seguidores.
   Nunca olvidaré esa cena que tuvo Jesús con sus discípulos más cercanos. Fue una verdadera despedida, como un testamento. En mi casa, por supuesto. Estaba también María ayudándole a mi madre a servir. Hasta yo mismo ayudé un poco. Después que se fueron, me acosté, con intención de dormir pues ya era tarde. Al poco rato, sentí que tocaban a la puerta con mucha violencia. Eran unos guardias del templo que buscaban a Jesús. Aunque mi madre les dijo que no estaba, igual entraron con prepotencia, registraron todo y se fueron frustrados.
   Decidí partir de inmediato al Huerto de los Olivos, sin que mi madre lo advirtiera. Así que fui así, no más, tal como estaba, tapado con la pura sábana. Quería saber qué estaba pasando. Cuando llegué al lugar, los guardias estaban apresando a Jesús. Incluso, casi me atrapan a mí, pero solté la sábana, y se quedaron sólo con ella, mientras yo escapaba desnudo.
   Llegué de vuelta a casa, desnudo, con frío y tristeza, y lloré de impotencia, como un niño chico.
   Ésa fue la última vez que vi a Jesús con vida. Días después lo vi cuando se apareció a los discípulos en mi casa.
   Decidí que algún día iba a escribir la historia de Jesús. Sé que lo haré. Estoy juntando sus vivencias. Le pregunto mucho a Pedro. Y también a mi primo Bernabé.
   Quiero incluir en mi libro esa escena de la sábana, porque encuentro que es un símbolo vivo de la muerte y resurrección de Cristo. Es algo tan grandioso que no se puede explicar con palabras, sino sólo con imágenes.