ARISTODEMO                    Un lugar literario
Presencias de Jesús         Gonzalo Rodas Sarmiento

Un escriba

   He estudiado mucho, pero no me las doy de sabio. Ni nada por el estilo. Mi función es solamente copiar textos sagrados para ponerlos al alcance de la gente. Para poder hacerlo de la mejor manera posible, necesito conocer muy bien los contenidos. A veces he tenido que traducir, y eso no es fácil. También me ha tocado ser ministro de fe ante circunstancias varias, y preparar certificados de divorcio, ingrata misión.
   Antes, eran los sacerdotes los que hacían el trabajo de copiar las escrituras. Poco a poco fueron delegando en nosotros, los escribas, para poder dedicarse ellos a lo que consideraron más importante. ¡Claro! No les faltó la soberbia. Hoy puedo decirlo con mucha tranquilidad.
   El cambio en mí empezó hace varios años, cierta vez que vino Jesús a Jerusalén, por las fiestas. En ese tiempo, aún era un desconocido galileo, o sea, un Nadie.
   Recuerdo que a este hombre se le ocurrió expulsar del atrio del templo a los comerciantes que vendían toda clase de cosas, no sólo tórtolas, y cambiaban dinero para facilitar las compras e incrementar sus ganancias. Lo extraño es que lo logró sin que nadie se atreviera a llevarle la contra en ese momento. Eso sí, ganó una gran cantidad de enemigos entre los poderosos.
   Un grupo de éstos se acercó a Jesús, al día siguiente, para llamarle la atención. Me uní a ese grupo porque..., reconozco que yo también estaba un poco molesto.
   En esa oportunidad Jesús, sin decirlo, nos dio a entender que la autoridad con que actúa proviene del Altísimo. Esa vez, quedé impresionado, pero la vida continuó, siempre igual.
   Al año siguiente, volvió Jesús a Jerusalén y decidí, por un día, seguirlo aunque desde lejos, sólo para descifrar el enigma de su personalidad. Nuevamente, unos poderosos se acercaron a Jesús, esta vez, para hacerlo contradecirse. Me integré al grupo, más que nada por curiosidad.
   -¿Es justo pagar impuesto a Roma? -fue la difícil pregunta que surgió en el grupo.
   -Pasadme una moneda -pidió Jesús, para iniciar una respuesta.
   -¿De quién es la cara que aparece aquí? -preguntó Jesús a continuación, mostrando la moneda.
   -Del César.
   -Pues, entonces, dad al César lo que es del César. Y a Dios lo que es de Dios.
   Todos quedaron sin palabras. Encontré admirable la respuesta de Jesús. No sólo nos dejó callados, sino que aportó una enseñanza. Definitivamente, supe que Jesús es una persona especial, un hombre digno de ser escuchado. Por eso, seguí estando cerca.
   Poco después, ese mismo año, llegó hasta Jesús un grupo de saduceos, que ya entonces me estaban empezando a caer mal. En esa oportunidad, querían criticar la enseñanza de Jesús en cuanto a resurrección y vida en el Más Allá. Le pusieron como ejemplo el supuesto caso de una viuda que tuvo que casarse con el hermano del difunto, y que volvía a enviudar, y había más hermanos. Llegaría a tener varios maridos, de acuerdo a la ley.
   -¿Con cuál de sus maridos estaría casada en ese supuesto Más Allá?
   Jesús respondió que en el Más Allá la gente no se casa. Se es como los ángeles. Insistió en que hemos de vivir otra vida, pues Dios es Dios de vivos, no de muertos.
   Me atreví a alabar a Jesús por sus palabras de verdad, y por haber puesto en su lugar a los incrédulos saduceos.
   Transcurrió otro año, y vino Jesús a Jerusalén, por las fiestas. Se puso a enseñar acerca del amor, como ya está escrito en la Torá:
    "Amarás a tu Dios con toda tu alma y tus fuerzas... y a tu prójimo como a ti mismo".
   Fue entonces que saqué la voz. Necesitaba aclarar la eterna duda que tenemos los judíos en torno a esa palabra "prójimo". ¿Hasta dónde se le puede llamar prójimo a alguien? ¿cómo es esa frontera entre el prójimo y el resto del mundo? Así que se lo pregunté directamente.
   Entonces, Jesús contó la parábola del buen samaritano, la cual me aclaró mi duda. Más bien dicho, me removió entero. Es increíble la sabiduría de Jesús.
   Y este año, nuevamente Jesús está en Jerusalén. Nos ha dicho "La verdad os hará libres". Es así como me dejó pensando una serie de cosas:
   ¿La verdad como llave? ¿La verdad sobre mí mismo? ¿He de revisar mis creencias?
   La gente no entiende nada. Se dicen unos a otros "Si ya no somos esclavos de nadie".


Marta

   Viene Jesús a casa a vernos. ¡Qué privilegio! Es por eso que me puse a trabajar afanosamente. Limpié la casa, y al mismo tiempo estaba preocupada de la cocina. Que no falte ninguna cosa. Que todo esté a punto. Mi hermana María no me ha ayudado en nada.
   Ahí viene Jesús entrando. Es María quien lo acoge, y también yo después. Y hasta me siento un rato a conversar. Jesús tiene una sabiduría increíble. María está a sus pies, como transportada a los más altos cielos.
   -Ayúdame a servir -le digo a mi hermana, mientras voy a buscar las bandejas.
   Me demoro en volver porque tengo una comida puesta al fuego, y no se me tiene que quemar.
   -¡María! -le grito- ¡Ven!
   Llega María, y le llamo la atención:
   -No me dejes sola haciendo las cosas.
   En eso ha llegado Jesús hasta nosotras, muy sonriente.
   -Agradezco todo lo que haces, Marta -me dice con ternura- pero no necesito tantas atenciones. Ven con María, que le estoy explicando algo muy importante, y que también tú tienes que escuchar.
   Me tuve que rendir, y empecé a pensar que Jesús tiene razón. Siempre la tiene.


Un niño

   Jugábamos a algo entretenido cuando llegó Jesús. Con todos los demás niños de la vecindad, paramos de jugar y corrimos hacia el sector en que está él, sentado en medio de la gente que lo ha seguido hasta acá. Y aquí estamos también nosotros, un poco más lejos, tratando de escuchar sus enseñanzas.
   Recuerdo aquella vez, el año pasado, en que se dio una situación muy parecida a la de hoy. En esa oportunidad yo estaba solo, y era primera vez que veía al Maestro, como le llaman. Mientras me acercaba con timidez, pude ver que unos hombres que andaban con él discutían entre ellos. Cada cual se consideraba más importante que los demás. Jesús los miraba con una mezcla de risa y pena. Desvió su mirada, y entonces me vio. Me llamó a su lado. Al principio yo no quería ir, pero me volvió a llamar, con tanta ternura que me animé y fui hacia él, caminando muy despacio. Jesús me sentó a su lado y dijo a su gente:
   -El que se parezca más a este niño es el más importante de vosotros.
   Los hombres se quedaron callados, sin entender nada.
   -¿Parecerse a un niño? -preguntó uno, después de un rato.
   -Debéis recibir la vida como lo hacíais cuando erais niños -explicó el Maestro.
   -¡Ah! -exclamaron al mismo tiempo, y se quedaron pensativos.
   -Trato de acordarme de mi niñez -dijo uno de ellos.
   -Cuando eras niño -inició Jesús una enseñanza- no tenías ese resentimiento que de pronto te invade. No te resistías a la vida, como ahora te ocurre, a veces.
   Recuerdo que me sentí muy bien, y le agradecí a Jesús, sin saber explicar por qué me sentía así.
   Durante el año he pensado muchas veces en esto, y creo que ya sabría decir lo que me pasó esa vez. Siento una gran necesidad de hablar con Jesús, y por eso me he estado acercando. Los otros niños me siguen.
   Unos hombres nos atajan. Talvez sean los mismos del año pasado, que siguen sin entender lo que el Maestro les enseñó.
   -Dejad que los niños lleguen hasta acá -les dice Jesús-, no se lo impidáis.
   Y nos deja ponernos a todos en torno a él. Estoy contento, y no sé si me voy a atrever a contarle lo que estoy pensando.
   -Gracias, Jesús -me escucho decir, y continúo-, porque dices que los niños somos importantes.
   -Benditos seáis -responde Jesús, y después, dirigiéndose a sus seguidores:
   -Para aceptar el reino de Dios que tenéis dentro de vosotros, tenéis que hacerlo como si nunca hubierais dejado de ser niños.


El joven rico

   Cuando escuché a Jesús de Nazaret, hace ya un tiempo, quedé impresionado. Esa vez creí que hasta ahí no más llegaba el asunto pero, en este último tiempo ha estado rondando mi mente. Eso de entrar al divino reino que él ofrece es como un llamado que no puedo seguir desatendiendo.
   Es por eso que he venido, como si yo fuera un discípulo más, y estoy acá en la ladera del cerro, sentado en una piedra, escuchando nuevamente a Jesús que nos habla desde abajo.
   -Felices los pobres. . . -dijo Jesús.
   Hay mucha gente acá, y me miran raro, talvez por mi vestidura no muy apropiada. Es la que me regaló mi padre para Janucá. No es que la gente me rechace, pero encuentran muy extraño que yo esté acá. Es que no me conocen.
   Ya ha terminado la predicación, llena de enseñanza, y ahora me dirijo hacia abajo porque quiero hablar con Jesús. Quisiera integrarme.
   Después de un rato logro llegar hasta él, y le pregunto qué necesito para entrar al reino.
   -Maestro bueno -le digo.
   -¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.
   Entramos en un diálogo breve y constructivo. Entre otras cosas, afirmo que he cumplido todos los preceptos de Moisés, y ésa es la verdad.
   Jesús me acoge con una actitud abierta y generosa.
   -Una sola cosa te falta -me dice.
   -¿Y qué es?
   -No pongas tu confianza en las riquezas. Tus bienes materiales has de administrarlos con amor por los pobres.
   -Yo amo a la que pronto será mi mujer. Ella no es pobre, ni quiere serlo, tampoco.
   -Todo eso está muy bien, pero yo te estoy diciendo otra cosa.
   Y con una acogedora sonrisa, agrega:
   -Sé que vendrás.
   Jesús se despide de mí con un abrazo, y sigue asediado por mucha gente. Mientras yo me he quedado sin saber qué decir. Me retiro lentamente, y pienso en eso de las riquezas que pesan. Recuerdo a esa viuda pobre que dio todo lo poco que tenía. Le tiene que haber sido difícil. . . , pero lo hizo.
   No me será fácil desprenderme, y eso lo encuentro lamentable. Espero llegar a lograrlo. Sí. ¿Por qué me resisto? ¿Por ambición? No, no es por ambición. ¿Por miedo? No creo que el miedo sea tan fuerte en este caso. Entonces. . . , ¿por qué. . . ?
   Creo que es por apego. Sí. Eso es lo que tengo que vencer: El apego.


Zaqueo

   Yo había escuchado hablar de Jesús una vez que fui a Jerusalén. Incluso, en conversaciones con la gente, acá en Jericó. Hay muchos que lo habían visto pasar, el año pasado. Yo tenía mucha curiosidad por saber quién es este Jesús que muchos admiran y otros tanto odian. Por eso, cuando se acercaban las fiestas de este año me preparé para ver pasar a Jesús. Más que pasar, esta vez decidió pernoctar en Jericó, para seguir camino al día siguiente hacia Jerusalén. Mucha gente salió a la calle para verlo, aclamarlo, y hasta conversar con él.
   Como yo tengo poca estatura, me subí a un árbol para tener mejor vista. Ahí me puse a esperar, hasta que pasó Jesús con sus discípulos.
   Jesús me vio. Y le debo haber parecido gracioso, pues se detuvo para conversar conmigo. Me hice famoso.
   -Esta noche iré a tu casa -me dijo sonriendo-. ¿Me puedo hospedar?
   -Encantado -le respondí, aunque me pilló tan de sorpresa que no tenía muy claro cómo comportarme.
   -Mi casa -agregué, indicando con una mano y sujetándome al árbol con la otra- es esa de la esquina.
   Jesús asintió, y siguió su camino, mientras yo bajé del árbol para anunciarle a mi mujer que tendríamos visita.
   No sé por qué me eligió a mí, que soy un pecador. Yo seguí sin saber cómo comportarme.
   Al anochecer llegó Jesús. Mis sirvientes le lavaron los pies, que traían la tierra del camino.
   Antes y después de sentarnos a comer conversamos mucho. Le conté que me dedico a cobrar impuestos para Roma. Tenía mucho miedo a ser rechazado. Sin embargo, no ocurrió así.
   -No estamos acá para juzgar a los demás -me aclaró-, sino para dar oportunidades de mejorar las cosas.
   Sus sabias palabras me hicieron darme cuenta que ha llegado para mí el momento de cambiar. De hecho, ya inicié un nuevo camino para mi vida. Haré una donación de dinero para los pobres. Y lo más importante, no continuaré dedicándome a ser cada vez más rico a costa de los demás.


Bartimeo

   El viento levanta el polvo del camino y lo hace entrar en mis ojos apagados. Jamás he podido ver ese camino, ni los caminantes. Sin embargo, sé que existen. Mi madre siempre me explicaba cómo son las cosas, sus formas, tamaños, y algo que ella llamaba color. No logré entender qué es ese famoso color que mi mamá nombraba.
   Es mucho lo que me ha tocado sufrir en esta vida. Desde niño, siempre he soñado despierto con el día en que pueda ver. Mis ojos no tienen luz, pero tienen lágrimas. Para algo tienen que servir esas lágrimas.
   Mi padre no pudo enseñarme su oficio. Él era ayudante de sastrería. No había manera de que yo pudiera trabajar en algo. Debido a mi dificultad, estoy obligado a vivir de la limosna.
   Antes me ponía a pedir en la calle principal de Jericó. Nunca faltó una persona caritativa que me conversara. Así era que yo me enteraba de los acontecimientos.
   Cierta vez, alguien me contó acerca de un rabino de Galilea, que ha sanado a mucha gente.
   -¿Y cómo puedo yo buscarlo? -pregunté.
   Hasta donde yo sé, habitualmente los rabinos son de Jerusalén, y salen de ahí a todos los pueblos.
   -No es fácil, Bartimeo -me respondió- porque él está siempre yendo a distintas localidades. Se llama Jesús. Harás bien en recordar su nombre.
   Por cierto, lo he recordado. Y como hay ciertas oportunidades en que la gente viaja a Jerusalén por las fiestas, comprendí que por ahí estaba mi única posibilidad. Hasta los galileos efectúan estas travesías. A mí me resulta imposible viajar a Jerusalén, y más difícil aún ir a Galilea. Pero, cuando Jesús vaya alguna vez a Jerusalén, es probable que pase por Jericó.
   Decidí cambiar de lugar. Desde esa vez, ahora me pongo a pedir a la orilla del camino de salida de Jericó hacia Jerusalén. El año pasado no vi a Jesús para ninguna de las fiestas. Este año, tampoco he tenido la suerte de verlo pasar.

   * * *

   Una tarde sentí una bulla de gente contenta.
   -¿Qué está pasando? -pregunté, no sé a quién.
   -Alguien viene.
   -¿Quién? -me llené de esperanza.
   -Es Jesús de Nazaret.
   -Llévame con él.
   -¿Estás loco?
   -No. Es que él me va a sanar.
   El tipo se compadeció de mí, aunque no me creía, y me ayudó a llegar hasta muy cerca del lugar por el que caminaba Jesús. No logramos avanzar más, porque había mucha gente. Ahí me dejó y se fue.
   -¡Jesús, ten piedad de mí! -grité dos veces.
   Los que seguían a Jesús me atajaron, pero el Maestro se fijó en mí, y les pidió que me dejaran pasar.
   -Es un ciego -dijo uno de los tantos seguidores de Jesús.
   -¡Ah! Debe ser un pecador -exclamó otro.
   -No es un pecador -aclaró Jesús, y me sentí tan agradecido que me saqué la capa y me hinqué en su presencia.
   -Entonces sus padres tienen que haber pecado -dijo el primero, en tono de pregunta.
   -Ni él ni sus padres -respondió Jesús-. Es la obra de Dios la que ha de manifestarse en él.
   -Quiero ver -fueron las únicas palabras que lograron salir de mi boca.
   -He sido enviado para hacer la obra de Dios -replicó Jesús-. ¡Y tú también!
   -Vengo como luz para el mundo -agregó Jesús, y volvió a exclamar:
   -¡Y tú también!
   Hizo barro con su saliva y tierra, diciéndome:
   -Esta saliva es el signo visible de mi palabra, y la buena tierra fértil es el símbolo de tu escucha. Unidas son poderosas.
   Untó mis párpados, y me dijo:
   -Los ojos de tu cuerpo representan a los ojos de tu alma.
   -Lava este barro en el estanque del Enviado -agregó.
   Un discípulo me llevó al estanque, lavé mis ojos, y volvimos donde Jesús. Esta vez, yo podía ver. No en la misma forma que toda la gente ve. Por lo menos distinguía algunos contornos.
   -Gracias, Jesús -le dije-. Eres grandioso.
   Realmente, yo estaba muy agradecido. Esto fue como nacer de nuevo. Desde ese día, yo seguí a Jesús. Los otros se dieron cuenta de que yo ya no estaba ciego, y se unieron a la alabanza.

   * * *

   Varios días después, en Jerusalén, vinieron hacia mí unos doctores de la ley, quienes se habían enterado del episodio de Jericó.
   -Dicen que antes eras ciego -indagó uno de ellos.
   Sonreí, sintiéndome feliz, pues mi visión ya estaba mucho mejor que el primer día. A ellos les pareció mal mi reacción.
   -¿Cómo fue que recibiste la vista?
   -¿Conoces a Jesús? -respondí con una pregunta.
   -¿Fue en día Sábado?
   -Veo que todos hablamos en preguntas...
   -Ha de ser un pecador el que dices que te sanó.
   -No. Es un profeta.
   No nos estábamos entendiendo, y decidí no hablar más con ellos. Mi vista estaba tan prodigiosa que vi el miedo en sus rostros. No era miedo a mí, claro está. Era un tremendo miedo a Jesús.
   -Tú naciste en pecado -me dijeron-. Vete de aquí.
   Por supuesto, me fui de ahí, tan rápido como pude. Ellos se quedaron riendo. Después de eso, he seguido estando con Jesús. En cuanto lo vi, le conté, y me fijé que el rostro de Jesús irradiaba bondad.
   No sólo abrió los ojos de mi cuerpo. También los ojos de mi alma.
   -He venido al mundo para abrir la vista a los que no ven -confirmó Jesús.