ARISTODEMO                    Un lugar literario
Presencias de Jesús         Gonzalo Rodas Sarmiento

Prócula

   No es fácil ser la esposa del Procurador Romano de Judea. Poncio es un hombre muy ocupado, y con mucha presión sobre él. Casi siempre está en reuniones políticas. Pero, lo de ayer ha sido lo peor que nos ha pasado.
   Han llegado hasta el Procurador los sacerdotes trayendo a un supuesto delincuente, que no lo es, en absoluto. Y están influyendo con mucha fuerza para que este hombre, llamado Jesús, sea condenado a muerte. Por lo demás, es galileo. Sin embargo, no fue posible traspasarle la causa a Herodes.
   Mi marido ha estado revisando los antecedentes desde que trajeron a Jesús, ayer en la mañana. Al parecer, éste es un hombre de buen corazón, que no ha cometido delito alguno. Hasta se ha producido una manifestación de algunos judíos que hoy piden la cruz para Jesús.
   Acabo de hablarle a Poncio en defensa de Jesús, porque anoche tuve un sueño muy importante. Yo sé muy bien cuando mis sueños lo son. Éste fue así:
   Yo iba por un camino y vi un arroyo de agua muy limpia. Llegó un hombre de túnica negra, y otro de túnica blanca. El primero introdujo sus manos en el agua, y ésta empezó a teñirse de rojo. El flujo del arroyo estaba después completamente rojo. Y el hombre de la túnica blanca ya no estaba.
   Le conté mi sueño a Poncio, y le pedí que por favor deje en libertad a ese hombre. Creo que lo dejé convencido. Aún no sé lo que hará.


Verónica

   Llevan a crucificar a Jesús, mi gran amor. Aquel muchacho del que me enamoré cuando niña. Él no quiso hacer una vida tranquila y cómoda, como acostumbra a hacer la mayoría de la gente. Prefirió ir a lo difícil, y dar un mensaje de amor y salvación para todas las personas.
   Lo he seguido en esta penosa caminata, pero de lejos, igual como lo he seguido a lo largo de la vida, cuando Jesús ha estado en Galilea. Escuchando toda su enseñanza maravillosa, que ha sido importante en mi vida.
   Y ahora que he venido a Jerusalén por las fiestas, me encontré hace poco rato, con el dolor profundo de verlo en esta vía tan horrible, cercado de soldados que no permiten acceder a él. No puede ser que todavía tenga que seguirlo de lejos. Quiero acercarme a él y llevarle algo de consuelo. Con tanta vigilancia, no es nada de fácil.
   Aprovecho una pequeña distracción de uno de los soldados, y me filtro hasta tocar a Jesús. Quisiera poder darle agua, pero no tengo acá, ni tampoco me alcanzaría el tiempo para algo así, pues ya sé que me echarán de ahí. Alcanzo a poner un pañuelo en su rostro, para secar su transpiración y la sangre que aún tiene a medio coagular. Un soldado me saca de ahí con violencia, y me deja tirada en el suelo, mientras Jesús es obligado a continuar el fatal viaje.
   Mis ojos se llenan de lágrimas de impotencia y de amor. En mi oído resuena la palabra de Jesús "Bienaventurados los que lloran porque recibirán consuelo".
   ¿Cómo podré recibir consuelo?
   Antes de levantarme, miro el pañuelo con la sangre y el sudor de Jesús. Su rostro ha quedado retratado en el pañuelo. Lo guardaré por siempre, como un tesoro.
   Lo que han hecho con Jesús, y siguen haciendo, es lo más horroroso que puede haber.


Simón de Cirene

   Voy pasando cerca de La Calavera, y estoy apurado por motivos de mi trabajo. Aún así, me detengo a ver al hombre que llevan a crucificar. No parece ser un malhechor, a juzgar por las cosas benignas que dice a la gente. El hombre cae bajo el peso del leño, y los soldados tratan de levantarlo a golpes. Lo logran a medias. Un soldado le quita el madero y me lo pasa a mí.
   -Tú lo vas a llevar -me ordena.
   -Perdón, es que ando apurado.
   El tipo me golpea, obligándome a obedecer. Así que no me queda más remedio que caminar con la cruz del hombre al que van a matar. De pronto, recuerdo haber escuchado acerca de una persona llamada Jesús, al que los sacerdotes andaban buscando. Así que le pregunto al hombre, que apenas puede caminar:
   -¿Tú eres Jesús?
   -Sí. ¿Y tú quién eres?
   -Uno que iba pasando. Me llamo Simón. Soy de Cirene.
   -Me sonríe con gratitud y hasta me conversa un poco. Le digo que lo admiro, y que si pudiera sacarlo de aquí lo haría. Eso se lo digo despacito y muy cerca de su oreja.
   Llegamos al destino. El soldado me quita el madero y me dice groseramente que ya tengo que irme de ahí. Intento quedarme, por si se presentara una oportunidad de hacer algo por Jesús. Ya solté ese apuro que yo tenía.
   -Te dije que te fueras, desgraciado -me gritó el soldado, empujándome al suelo.
   Me paré rápidamente y me fui de ahí, pues no cabía otra cosa, pero volví calladamente a acercarme y me escondí detrás de una piedra grande. Estuve un rato, y no pude soportar el horror. Bajé apenadísimo.
   Y mi vida cambió para siempre.


Dimas

   -¡Aaayy! -fue todo lo que pude exclamar..., con mucha fuerza, tras ese horrible martillazo que clavó mi mano al madero. Se me saltaban las lágrimas. Después de los azotes, venía ahora la muerte lenta en la cruz. La muerte más ignominiosa, sólo para los subversivos como Jesús, Gestas y yo, que caímos presos los tres en la misma noche, aunque en distintos lugares de Jerusalén.
   Con Gestas hemos sido muy amigos. Juntos nos unimos a los seguidores de Jesús en nuestra querida y desprestigiada Galilea. Sigo admirando al Maestro, que está siendo clavado aquí al lado mío. Y un poco más allá, Gestas, que no ha parado de despotricar e insultar, no sólo a los soldados sino también al propio Jesús.
   -¡Dimas! -me gritó Gestas- ¿Acaso estás contento con el desenlace de la aventura en que me metiste?
   No le contesté nada. El pobre estaba convencido de que Jesús se iba a transformar en guerrero. Al no ser así, se frustró tremendamente.
   -¡Jesús! -gritó ahora- ¿Acaso no te vas a salvar de esta muerte? ¿No nos salvarás también a nosotros, que te hemos seguido fielmente?
   Jesús también optó por no responder. Somos tres hombres sufriendo el mismo tormento, de distintas maneras. Jesús, con una corona de espinas en su cabeza, lo que multiplica el tormento.
   -¡Jesús! -grité yo, para contrarrestar a mi amigo Gestas- Sigo esperando que algún día entraré al reino que nos has prometido.
   -¡Dimas! -gritó Jesús- Te aseguro que hoy mismo estaremos juntos en el Paraíso.
   En ese momento nos levantaron del suelo y nos subieron varios metros, hasta clavar cada travesaño en la respectiva estaca vertical. Fue algo muy doloroso. Ahora, ya no podemos articular la voz. Ni siquiera llorar. Apenas respirar los últimos sorbos de aire, con gran dolor en el pecho. Y también en los pies.


Nicodemo

   Me gustó mucho toda la etapa de aprendizaje hasta llegar a ser un maestro de la ley. Al principio, estaba orgulloso de ese sitial al que había llegado. Hasta que una vez, hace ya varios años, cuando iba pasando cerca del lugar en que Jesús enseñaba, escuché tan solo una frase. Sólo una, pero... ¡qué frase!
   -Dios ha enseñado a los niños y a los pobres lo que ha ocultado a los sabios y estudiosos -señaló Jesús, en esa oportunidad.
   Sólo me detuve unos segundos. Seguí caminando, y sonreía un poco por lo que había escuchado; me pareció ingenuo.
   ¿Que el Altísimo me ha ocultado cosas...? Hube de reconocer que sí, me ha ocultado muchas cosas. Asumo mi realidad de persona con conocimiento limitado, a pesar de todos mis estudios.
   Y he seguido pensando en eso. También es cierto que, a veces los niños y los pobres muestran una sabiduría que nadie sabe de dónde les viene. Sentí tanta curiosidad, que empecé a repetir ese ejercicio de pasar cerca de Jesús en sus enseñanzas.
   Él viene a Jerusalén como dos veces al año, y yo aprovecho esos momentos. Una de esas veces, vi que unos tipos lo molestaban. Unos fariseos, como yo, pero más cerrados. Lo increpaban, diciéndole:
   -¿Acaso te crees descendiente de David?
   -No -respondió Jesús-, solamente provengo de Belén.
   Lo acosaron tanto que me vi en la obligación de intervenir en su defensa. No sabía muy bien quién es ni qué enseña pero vi en él a un hombre de buena intención, generoso y valiente.
   Logré dispersar a los molestosos, y Jesús siguió enseñando. Hablaba de unos ríos de agua viva. Lo decía de bella forma, y con convicción.
   Jesús no tuvo problema en honrarme con su amistad. Esa noche lo visité pues quise saber más de él y de su mensaje. Traté de que nadie me viera, porque temía perder mis privilegios.
   Jesús me habló de nacer de nuevo, y también me habló del Reino de Dios.
   Algún tiempo después, cuando nos reunimos los del Sanedrín para juzgar a Jesús, hace pocos días, lo defendí con toda mi fuerza verbal. Reconozco que me costó mostrarme, pero di ese paso. Los otros me recriminaron:
   -Te has hecho discípulo suyo y por ello levantas tu voz en su favor.
   Al final, lo condenaron a ser llevado ante Pilatos para que lo crucificaran. Jesús murió como un valiente, y en las condiciones más ignominiosas.
   José de Arimatea consiguió rescatar su cuerpo, y ahora estoy acompañándolo en la sepultura. He traído un poco de mirra y áloes.
   Es el final de un día muy triste.


Judas Iscariote

   Se podría decir que yo era el tesorero, ya que cuidaba el poco dinero que andábamos trayendo. Un par de veces me asaltaron, pero logré salir bien, por lo menos, vivo.
   Cuando me uní al grupo de Jesús, hace ya varios años, no me imaginé que ésa iba a ser mi labor. Fue una desgracia porque me perdía gran parte de lo pastoral y las oraciones. Excepto cuando nos enviaron sin bolsa, de dos en dos. Eso fue realmente bueno. Pero después volví..., y pude haberme desprendido de la bolsa, pero no quise porque sentí que el desempeñarme en eso me daba un aplomo fortalecedor. Tampoco me hizo bien que nos relacionáramos con publicanos. La verdad, no me ayudaban mucho. Y mientras más los veo, más detesto a los romanos, que tienen sometido a nuestro pueblo.
   Esto es algo que, en ese momento, yo no comprendía en Jesús. Ni tampoco esa pasividad, que yo veía en él. Yo esperaba un Maestro guerrero, y trataba de que él lo fuera, en algún grado, por lo menos.
   Me aboqué ingenuamente a la tarea de cuidar a Jesús. Protegerlo. Hoy sé que yo no había entendido nada.
   Lo peor llegó cerca de la Pascua, una vez que estuve en el atrio de los gentiles, que era lo más adentro que llegaba yo en el templo. Era mi costumbre ponerme ahí en oración cuando veníamos a Jerusalén. Pues, esa desgraciada vez se me acercó un sacerdote, y con una gran simpatía personal elogió a Jesús. Me costaba creerlo. El tipo resultó ser una verdadera Serpiente del Edén, pero yo no me di cuenta en ese momento. Fui muy imbécil. El tipo me hizo creer que los romanos querían matar a Jesús, y que por lo tanto era necesario protegerlo.
   -¿Y cómo? -pregunté.
   Después de varios rodeos me propuso que los guardias del templo detuvieran a Jesús, y así podrían cuidarlo, al menos por unos días mientras pasaba el peligro. Le creí, y quedamos de acuerdo. Yo le mostraría a los guardias cuál es Jesús, tal día a tal hora en tal parte.
   -Lo saludaré con un beso, como hago siempre.
   El sacerdote me obsequió unas monedas de plata, como ayuda a nuestra importante obra, según dijo.
   No sé cómo pude ser tan tonto de caer en sus redes.
   Entregué a Jesús, en la forma convenida, y todavía creí que los sacerdotes tenían buena intención. De partida, no había peligro de condena alguna por parte de los judíos. Pero, los muy cabrones de Anás y Caifás no tardaron más que unos pocos días en entregar a Jesús a los romanos, y después se las arreglaron para que lo crucificaran.
   ¿Cómo puede haber gente tan miserable? Y se revisten de ropaje sagrado. ¿Quién podrá confiar en ellos? Y me han arrastrado a ser tan miserable como ellos.
   ¡Cómo lloré!
   Cuando fui de nuevo al templo, esta vez a devolver el dinero mal habido, el sacerdote aquél se rió de mí... Si hasta yo mismo me doy vergüenza.
   Ya nadie me quiere, ni tampoco merezco que me quieran. Hasta he tratado de matarme. Lo que vivo es lo más parecido que hay a un infierno. No logro escapar de mí.
   Y aquí voy con la soga otra vez...