ARISTODEMO                    Un lugar literario
Presencias de Jesús         Gonzalo Rodas Sarmiento

  María madre de Jesús

   Siempre supe que tendría que cuidar a un niño que llegará a ser grandioso, un conductor espiritual. Lo que no sabía es que yo misma lo iba a dar a luz. Antes había creído que el niño era el pequeño Jacob, hijo de José. Es que yo tenía el sueño loco de ser una madre virgen. Desde niña, cuando me gustaba bailar en la naturaleza.
   El niño Jesús fue para mí como un regalo infinito. Disfruté cuidándolo. Con José nos esmeramos por su formación dentro de los escasos recursos con que contábamos.
   Al saber la gente que yo, en algún momento, había declarado con firmeza mi propósito de ser virgen, muchos me preguntan ahora si acaso realmente lo soy. Yo les respondo invariablemente "No es asunto tuyo. Por favor, respeta mi privacidad". Es mi secreto que comparto con Dios y con José. Y a nadie más ha de interesarle.
   A mí y a José, el Altísimo nos mandó a renunciar a muchas cosas. Así..., en blanco.
   Dios eligió a José como padre de Jesús. Ser padre es muchísimo más que un simple acto de engendrar.
   Todas las concepciones son milagrosas. La de Jesús en mí, lo fue también, gracias al Espíritu Santo. Y tan misteriosa que yo misma no la entiendo. Cuando Jesús estaba aún en mi vientre, nuestra comunicación era muy fluida. Más que ahora. De hecho, supe que estaba embarazada cuando él mismo me lo hizo saber. Fue una escucha, tal como la de mi madre en el laurel.
   En aquella época, Jesús me decía "Veo agua". Fue maravilloso ponerle atención.
   A los pocos días de nacer Jesús, se me acercó un sabio y humilde profeta en el atrio del templo. Me anunció que una espada atravesará mi corazón. Esa vez, me animé a conversarlo con José. Varias veces estuvimos hablando de eso a lo largo de los años. Por una parte, la profecía puede estar refiriéndose a un dolor que tendré que afrontar en algún momento futuro. Pero, por otra parte, la espada puede estar simbolizando la palabra, o sea alguna enseñanza de Jesús, la que llegará hasta el fondo de mi sentimiento.
   Al final, José me convenció de que Jesús ha venido al mundo con una misión importante y con una tremenda fuerza para cumplirla.
   No quiero dejarme llevar por el miedo ni por el apego. Debido a eso que le escuché a José, temo que Jesús morirá joven. Sé que no tengo que hacer nada por evitarlo. Es su vida. Él no es cualquier persona. Siempre ha sido rebelde. Incluso, de niño, era como cualquier niño rebelde. Jesús ha ido tomando caracteres divinos poco a poco.
   He tenido siempre mucha paciencia, y José también la tuvo conmigo, ya que lo fastidié un buen poco.
   También me pregunté, en aquella oportunidad, por qué sólo a mí..., eso de la espada..., y no a José. Probablemente porque él moriría joven, antes que yo. Pero, ese temor no lo compartí con nadie.
   Efectivamente, José murió ya, hace algunos años.
   Admiro a mi hijo Jesús. Todo me dice que él correrá cada vez más peligros. Sé que algún día he de perderlo, pero trataré siempre de hacer lo que pueda por retrasar ese momento de dolor. Porque así estaré contribuyendo a que él pueda salir adelante con la misión que el Altísimo le haya encargado.
   Hace pocos días, estábamos en una boda en Caná, con Jesús y algunos amigos. La celebración no estaba siendo todo lo alegre que tendría que haber sido. Desde el inicio noté que la gente estaba como dispersa. La fiesta transcurría sin tanta animación como me habría gustado. Nadie le daba real cabida a lo que nos convocaba. O sea, que un joven y una niña estaban comunicándonos su decisión de ser matrimonio.
   Yo lo considero importante, pero los demás lo tomaban de una manera deslucida. Por eso, después de varias horas, le pedí a Jesús que animara la fiesta. Que esa agua se convirtiera en un buen vino:
   -¿Puedes poner un poco de vino en esta celebración?
   Cuando se lo dije, él interpretó que yo me estaba refiriendo a la vida galilea, y no sólo a una fiesta ocasional que en algún momento iba a terminar. Me contestó con otra pregunta:
   -¿Acaso ya es el momento de empezar?
   Entendí que eso de poner alegría tenía mucho que ver con su misión, tal como está escrito en el libro de Isaías, y más claramente en el de Jeremías:
   "... cambiaré tu pena en alegría...".
   Esa misión, alguna vez tenía que comenzar.
   Jesús animó la fiesta. Y me habló así:
   -Esto es un símbolo de lo que he de hacer en toda la Galilea..., y en Jerusalén.
   Lo último lo dijo con un poco de preocupación. Y entonces recordé lo de la espada, que ya empieza a incorporarse en mi sentir.


  Juan Bautista

   Soy una voz. Es así como tendría que responder a la pregunta "¿Quién soy yo?".
   La historia de mi vida está fuertemente ligada a la de Jesús. Siempre ha estado en mí la intuición de ser como una punta de lanza que le va abriendo camino. Y traté de desempeñarme lo mejor posible en esa tarea.
   Todo se remonta a mi niñez. Antes aún, cuando nuestras madres nos tenían en su vientre, ya estábamos conectados de alguna manera incomprensible. Y cómo tuvimos que sobrevivir siendo bebés, gracias a nuestros padres.
   La violenta muerte de Zacarías, mi padre, significaba para mí empezar una nueva vida, cuando todavía era yo muy joven. En ese momento no tenía cómo, pero lo intenté. Renegué de la posibilidad de llegar a ser sacerdote. No estoy llamado a eso. Podría haber sido ése mi camino, como hijo de sacerdote, era lo que se esperaba para mí.
   Me rebelé, y en cuanto pude me incorporé a los esenios. Después de algunos años me di cuenta de que ése tampoco era mi camino. Aún siendo los esenios una gente maravillosa. De todos modos, esa etapa de mi vida fue importante. Me sirvió para hacer realmente el duelo. Y también para descubrir mi vocación.
   Me sentí movido por lo que leí en Isaías, "Una voz clama en el desierto; preparad el camino del Señor; enderezad las sendas torcidas y allanad las ásperas". Toqué el cielo al ver algo que estaba ahí, desde niño, y no lo había valorado en su real dimensión. Me sentí identificado con esas palabras. Poco a poco me fui dando cuenta de que por ahí va mi misión en la vida. Eso de enderezar los caminos torcidos, y allanar los ásperos..., me mueve.
   Me instalé a orillas del río Jordán, para predicar la conversión.
   Me vestía pobremente, y comía cualquier cosa que encontrara por ahí, langostas, y lo que me diera la vida que Dios regala, la miel silvestre.
   Fue así como empecé con esto de bautizar. Sumergiendo a la persona en el río Jordán, como signo visible de la actitud de cambio de vida, de transformación.
   -No hagáis extorsión -predicaba-, no calumniéis. Compartid con el que no tiene.
   Hasta de Galilea empezó a llegar gente.
   Los saduceos de Jerusalén, muy preocupados, enviaron sacerdotes y escribas. Me preguntaban "¿Quién eres? ¿Algún profeta? ¿Por qué haces esto? ¿Por qué bautizas? Les respondí con la máxima cortesía que me fue posible:
   -Yo bautizo con agua, pero vendrá después de mí un profeta que os bautizará con el espíritu divino.
   También vinieron unos fariseos, maestros de la ley, con la misma cantinela. Pero a éstos, no pude responderles con amabilidad. Por el contrario, los traté de víboras. Es que decían "no tenemos nada que convertir, cumplimos todos los preceptos". Tienen una visión muy limitada, sin amor.
   Yo sabía quién era ese profeta que vendría después de mí. Nada menos que mi primo Jesús. Y esperaba que apareciera.
   Un buen día, llegó Jesús, con mucha humildad, a bautizarse. Estaba lleno del espíritu divino, que permaneció en él, y hasta pude percibirlo tan claramente como si hubiera sido una suave paloma, puesta sobre él.
   Después, los discípulos de Jesús también bautizaban.
   Todo marchaba muy bien. Salvo que fui muy incomprendido por las autoridades. Mis adversarios se las arreglaron para que las fuerzas de Herodes me apresaran.
   Ahora que estoy prisionero, ya no sé cómo tengo que seguir. Talvez llego sólo hasta aquí. Puedo decir "Misión cumplida". Y Jesús sabe bien cómo continuar.
   Moriré muy joven el día menos pensado. Espero que Jesús tenga una larga vida. Ya es un Maestro.


  Suegra de Pedro

   Adoro a mi hija. Le pusimos Perpetua por nombre, para que viviera muchos años, y fuera siempre feliz. Cuando ella era niña chica se portaba muy bien y me ayudaba. Yo la peinaba, y la arreglaba, casi como jugando.
   Creció demasiado rápido, y en su adolescencia se enamoró de Simón, el pescador hermano de Andrés. Son buenos chiquillos. Yo ya había enviudado, y a menudo tuve que pedir alguna ayuda a estos hermanos, ya que siempre han tenido mucha fuerza..., mientras yo..., ninguna.
   Me alegré mucho cuando Perpetua se casó con Simón. Y mucho más cuando Simón y Andrés se hicieron amigos de Jesús. Les cambió la vida.
   Y ahora que ya tengo muchos años, y el cuerpo no me acompaña mucho, me enfermé gravemente y estuve a punto de morir. Simón ayudaba a Perpetua a cuidarme.
   -Te traeré a Jesús -me dijo Simón, y efectivamente fue a buscarlo, y al poco rato volvió con él
   -No te preocupes, Pedro -le dijo Jesús a Simón, pues así le llama- tu suegra sanará.
   Es como si Jesús hubiese adivinado en qué consistía mi enfermedad y hubiera sabido desde siempre cómo se sana eso. Me dijo que tomara más agua, cosa que me cuesta, y le explicó a Perpetua qué comidas debía darme.
   Al día siguiente me sentía mucho mejor, y muy pronto me pude levantar y ponerme a hacer las cosas de la casa.
   Esa especie de magia de Jesús es grandiosa.
   Jesús se ha retirado a orar. Me dijo que tenía que anunciar el reino de Dios a otras ciudades. Es que todo el mundo lo busca. Unos para sanar, otros para aprender.


  El hombre de la mano seca

   Mis amigos me apodan "el hombre de la mano seca". Desde aquella vez, en la taberna, en que yo mismo dije, de mí, "tengo una mano seca". Lo dije en sentido figurado, pues estaba sin trabajo desde hacía mucho tiempo. Y aún lo estoy, y eso es algo que me tiene muy mal. ¿Con qué cara puedo mirar a mi Sara? ¿Qué daré de comer a mis niños?
   Hoy, sábado, he asistido a la sinagoga, dispuesto a orar por mi situación, para que el Altísimo me ayude a salir de este pantano.
   El hombre que estaba leyendo el rollo hasta hace poco rato, me ha impresionado muy bien. Se llama Jesús. Ya lo había escuchado yo en otras oportunidades. Es tan galileo como yo, pero mucho más sabio.
   La lectura estaba tomada del libro de Jeremías, y habla del trabajo, entre otras cosas. Aquella escena en que el Altísimo le da un mensaje vivo al profeta, mostrándole el trabajo de un alfarero. Jeremías entiende que somos como barro en las manos de un divino alfarero.
   Todo aquello tiene mucho que ver con lo que hoy me está pasando a mí. Por eso, cuando Jesús terminó de leer me acerqué a hablarle de mi problema. Mis amigos presentes decían en alta voz "apareció el hombre de la mano seca".
   -¿Quieres curar tu mano? -me preguntó Jesús, en forma poética, siguiéndonos el juego.
   Le contesté que sí, con la esperanza de que me ayudara a conseguir trabajo.
   -Hoy no se trabaja -empezaron a murmurar muchos, por aquí y por allá.
   Fue entonces que Jesús los convenció, momentáneamente, de que se puede hacer alguna pequeña labor para mejorar la vida de la gente.
   -El espíritu de la ley no es inmovilizarnos -explicó Jesús-, sino sólo tener una actitud de descanso a lo largo del día. ¿Por qué puedo caminar hasta la sinagoga? ¿y leer una lectura?
   Todos quedaron muy callados.
   -El sábado es para el hombre, y no el hombre para el sábado -concluyó Jesús.
   Es genial este hombre. Lo admiro cada vez más.
   -Pásame tu mano -me pidió. Al principio no atiné, pues habíamos estado hablando en sentido figurado.
   -Los signos visibles son importantes -insistió Jesús, sonriendo.
   Le pasé una mano..., la diestra, pues simboliza mejor la situación.
   -Ya está sanada -me dijo Jesús después de un rato en que él estuvo con los ojos cerrados, en oración.
   Y me dio todo un discurso de cómo mi actitud es la que determina si adquiero un trabajo o no.
   -No llegues pensando que estás pidiendo -exclamó-, ni que seguramente no te darán nada.
   -La cosa es al revés -continuó Jesús-. Llega pensando que estás ofreciendo regalar algo valioso que probablemente aceptarán.
   Le di las gracias, emocionado.
   Sé con certeza que mañana tendré trabajo. Y esa certeza es lo que Jesús me ha regalado hoy.


  María de Betania

   Jesús está acá en Betania. Quizás no es más que por unas pocas horas, ya que nuestro vecino Simón el leproso lo ha invitado a almorzar.
   Jesús sólo viene a Jerusalén para las fiestas, como ahora que se aproxima la Pascua. El año pasado, cuando vino por primera vez desde que se dedica a enseñar, yo no recordaba haber oído hablar de él. En esa oportunidad no me atrevía a mostrarme, pero lo escuché hablar desde lejos. Quedé tan fascinada, que dejé atrás para siempre mi mal comportamiento de niña consentida. Desde ese día, he madurado, y nunca más he vuelto a asistir a esas fiestas a las que me invitaban para que me desnudara bailando. Me gustaba hacerlo, es cierto, pero no había comprendido que era una conducta indeseable, que me hacía muy mal. Quedé con la fama de ser una mujer pecadora, de conducta inmunda, y no sé hasta cuando la tendré, ni qué puedo hacer para perderla definitivamente. No sé qué daría..., es que estoy tan avergonzada...
   Ahora que está Jesús en Betania, no quiero dejar pasar la oportunidad de hablar con él, pues ya sé que predica el perdón. No sé si me voy a atrever. Quiero ser muy sincera y decirle cuánto siento por haberme comportado de mala manera en el pasado cercano.
   Me pregunto si me podrá ayudar Lázaro. Es mi hermano, es muy prudente, me quiere, y además está invitado a la casa de Simón. Por supuesto, el leproso invitó a puros hombres. Mi hermana Marta va a ir también, pero solamente a servir la comida a la mesa. No a compartirla. Cuando le pedí a Marta que me llevara para ayudarle a servir, traté de explicarle mis motivaciones. En alguna medida me entendió, pero me dijo muy claramente que no convenía que yo me presentara en casa del leproso, porque él tiene muy mal concepto de mí.
   ¡Bah! Si Marta supiera..., que Simón iba a aquellas fiestas que me avergüenzan... Preferí no decírselo.
   A Simón le dicen "leproso" sus amigos, desde que era niño chico. Y no porque haya contraído la lepra, sino porque adquirió accidentalmente una horrible cicatriz en la cara, jugando con una herramienta. Después de tantos años, esa marca casi no se le nota, pero el apodo quedó para siempre.
   -Ya me voy -me dijo Marta, tomando en sus manos varias fuentes con comida -, para preparar todo antes que empiecen a llegar los invitados.
   -Te ayudo a llevarlas... -me ofrecí sonriente y esperanzada.
   -Es mejor que no, María.
   Y se fue. Yo me quedé triste, pensando que necesito hablar con Jesús, y sin saber cómo hacerlo. Lo vi pasar por el sendero, junto a sus discípulos más cercanos. Conversaban y reían.
   El maestro estaba ahí, a sólo unos pasos de distancia. Era mi oportunidad, pero mis pies no querían obedecerme. Cuando logré caminar unos pasos, Jesús ya estaba llegando a la casa vecina, la de Simón el leproso.
   Transcurrió un buen rato, antes de que se me ocurriera cuál iba a ser mi manera de llegar. Entonces, ya no me costó tomar la decisión, y pasar a los hechos. Si antes transgredí para el mal, ahora iba a transgredir para el bien.
    Fui a buscar un frasco de alabastro con perfume de nardo puro, que yo guardaba para nunca jamás, y partí a casa del vecino.
   Marta estaba sirviendo a una espléndida mesa. Y ahí se encontraba Jesús, sentado en uno de los extremos, contiguo a la cabecera que ocupaba el anfitrión. Me senté en el suelo, a los pies del Maestro. Las palabras no me salían, pero también se puede hablar sin ellas. Incliné mi rostro, y besé los pies de Jesús, una y otra vez, llorando a mares. Los sequé con mis largos cabellos. Abrí el frasco y puse bálsamo en los pies de Jesús, extendiéndolo con gran cuidado hasta cubrirlos completamente. Toda la casa se llenó con el aroma del nardo.
   -Mujer -me dijo uno de los amigos de Jesús- ¿no crees que habría sido más provechoso vender ese costoso perfume, y dar el dinero a los pobres?
    Casi me levanté para irme de ahí, pero Jesús lo evitó, poniendo su mano sobre mi cabeza. Surgió también la voz de otro de los amigos del Maestro:
   -No digas tonteras, Iscariote. Lo único que quieres es meter tus manos en el dinero.
   Se levantó Iscariote y casi le pegó al otro, si no hubiera sido porque Jesús los atajó:
   -¡Tranquilos! No molestéis. Pensad un poco. A los pobres siempre los tendréis, pero en cambio, a mí no siempre.
   Simón me miraba con cara de reproche. Estaba molesto conmigo, y puede haber tenido mucha razón, aunque a mí, eso había dejado de importarme.
   Acercó su rostro a Jesús, y le dijo, en voz muy baja pero yo lo escuché:
   -Si supieras qué clase de mujer es ésta...
   -Simón, te diré algo -respondió Jesús, sin bajar la voz-, imagina que alguien te debe quinientos denarios, y otro te debe sólo cincuenta. Imagina también que tú eres bondadoso, y como no te pueden pagar, les perdonas la deuda a los dos. ¿Cuál de ellos te amará más?
   -Supongo que el que me debía más.
   -Así es. Entonces, mira a esta mujer con otros ojos. A ella le estoy perdonando mucho, y por eso es tanto el amor que muestra.
   Todos se quedaron muy callados. En ese momento, Jesús me tomó, me levantó del suelo, y me dijo con mucha ternura:
   -Puedes ir en paz.
   Seguí sin hablar. Sólo pude sonreír. Y así volví a mi casa. No dije a Jesús nada de lo que tenía que decirle, pero de alguna manera, se lo he dicho todo.


  Un endemoniado

   Me he estado sintiendo como si tuviera un demonio metido dentro de mi alma. Y ni siquiera sé cómo expresarlo. Ya no me atrevo a convivir con la gente, pues todos me rechazan, con muy justa razón. Soy un indeseable, tratando de sobrevivir sin merecerlo. En las noches me voy al cementerio a dormir muy cerca de las tumbas. Quisiera no volver a despertar nunca más. Pero, el destino implacable me vuelve a poner en detestable circulación.
   A menudo me pongo violento, con la gente que más quiero. Y los dolores de cabeza me han estado acosando sin piedad.
   Sin embargo, hoy me ha invadido una especie de tranquilidad, suficiente para sentarme en el suelo, a la orilla del camino.
   En eso, veo venir unos hombres que conversan entre sí, con alegría. Se detienen muy cerca mío, mientras yo los miro con mala cara. El más alto de ellos, uno al cual llaman Jesús, me habla con ternura. Nunca creí que alguien haría algo así conmigo.
   -¿Quieres sentirte mejor? -me dice.
   No he sabido qué responder. Por un lado, necesitaba imperiosamente sentirme mejor, pero algo en mí me hace no querer eso. Sin embargo, me abro a escuchar qué quiere decirme aquel hombre.
   En medio del silencio que se ha producido, el hombre se sienta en el suelo, frente a mí.
   -¡Pero, Maestro... ! -exclaman algunos de sus seguidores.
   Jesús ríe, y casi me contagia su alegría. Pero me sigo resistiendo.
   -¿Por qué te resistes? -me pregunta Jesús, y me ha dejado tiempo para responder. Un tiempo que me parece eterno.
   Siento incomodidad, y no me salen las palabras. Al final, contesto cualquier cosa, intentando salir de esa situación que no logro aguantar. Quiero correr, pero los pies no me responden. Curiosamente, me he quedado pensando en el motivo de mi falta de colaboración.
   El Maestro continúa haciéndome preguntas que yo no atino a responder, pero que actúan en mi interior. De pronto, rompo a llorar, como un niño chico.
   No sé cuánto tiempo he estado así, hasta que me calmo, poco a poco. Empiezo a contarle a Jesús la historia de mi malestar conmigo mismo. Hay alguna magia que destraba mi expresión.
   Todas mis actitudes cochinas me abandonan como si fueran cerdos que se precipitan en un barranco.
   He quedado como nuevo. Lleno de gratitud hacia el Maestro. Y creo que nunca más me llenaré de demonios, pues en cuanto los sienta me acordaré de lo que me enseñó Jesús.


  La hija de Jairo

   A los doce años me pasó algo que no esperaba. Me preocupó mucho, y no me atrevía a contárselo a nadie, ya que era algo que afectaba a lo más íntimo de mi cuerpo.
   Si mi mamá hubiera estado viva se lo habría dicho, pues sólo ella sería capaz de comprenderme. Creí que nadie más podría serlo.
   Fue una tía la que intentó decirme, con cierta brusquedad, que me había ocurrido un derrame impuro, y que me volvería a pasar de nuevo. Yo creí que me iba a morir. No quería ni levantarme en las mañanas. A mi padre no le dije nada. Tenemos una relación muy distante. Y eso que él me quiere mucho.
   Mi papá no hallaba qué hacer, estaba desesperado. Pero, como es el principal de la sinagoga, se las arregló para sacarme a flote. Llegó una tarde, trayéndome a Jesús para que me volviera a la vida. Yo ya había oído hablar de él, pero como un personaje muy extraño.
   Jesús me habló a solas, con mucha ternura. Decidí que a él sí podía contarle mis cosas. Cuando le hablé lo del derrame impuro, sonrió y me tranquilizó:
   -Tu derrame no es impuro. A todas las mujeres les ocurre cuando mueren a la niñez y nacen a la vida de mujer.
   -Levántate -agregó-. Deja de mirar hacia la muerte y empieza a mirar hacia la vida.
   Entonces, me levanté feliz, libre de preocupaciones. Y Jesús ya no siguió siendo un extraño para mí, sino alguien muy admirado.


  Una samaritana

   Ocurrió durante un día muy caluroso. Cuando salí de mi casa, en Sicar, con la vasija vacía, no supe que ésa iba a ser la ocasión más importante de mi vida.
   Llegué al pozo que nos dio Jacob, y me dispuse a sacar agua, como todos los días. Ahora, no estaba sola. Había un hombre acalorado descansando, sentado sobre una piedra. Me pareció muy atrayente, pero me limité a esbozar casi un saludo mínimo, de la manera más tímida e impersonal posible. Con toda seguridad se trataba de un extranjero. Era muy común que judíos se detuvieran allí cuando viajaban entre Galilea y Jerusalén.
   -¿Me puedes dar agua, por favor? -me pidió el hombre.
   Me extrañó profundamente su actitud, y me agradó. Un judío hablándole a una persona samaritana..., es insólito. Además..., a una mujer..., eso era algo nunca visto. Sin duda, estaba frente a una persona superior, alguien que no se deja llevar por los prejuicios ni por arraigadas costumbres.
   En mi rostro se puso una sonrisa. Me demoré en reaccionar, y le convidé agua a ese judío. La bebió con rapidez porque la estaba necesitando.
   Le ofrecí más agua, pero no quiso.
   -Ya beberé más agua después, cuando vuelva a tener sed -me dijo, y me explicó que así es el agua. Quita la sed por un rato solamente.
   -Sueño que algún día... -le respondí- exista una agua que quite la sed para siempre.
   -¡Ah! Es el agua viva.
   -¿Así se llama?
   -Sí. Puedo darte agua viva.
   En ese momento, mi asombro fue superlativo.
   -¿Cómo te llamas? -me atreví a preguntarle.
   -Jesús.
   Dame de esa agua mágica que dices tener -dije, sin saber de qué se trataba.
   Jesús se dio cuenta de que soy un poco suelta, así que le confesé que he tenido más de un hombre, a pesar de no tener marido. No tuve problemas en reconocerlo, porque estaba frente a un hombre superior, admirable. El Cristo. Conversamos muchas cosas. Principalmente, de nuestras diferencias religiosas, y también de las semejanzas, pues creo que nuestras religiones son casi idénticas. Sólo difieren en detalles formales, como por ejemplo, el monte de culto, y los colores de las vestimentas de los sacerdotes.
   En eso, llegaron unos amigos de Jesús que habían estado viendo si acaso había un lugar donde comer.
   No me miraron con buenos ojos, como criticando que Jesús estuviera hablando conmigo. Opté por irme de ahí, y convoqué al pueblo, a viva voz:
   -¡Vengan a ver al Cristo!
   Entonces acudieron al pozo los hombres del pueblo, y pidieron a Jesús que se quedara en Sicar. Accedió gustoso, y se quedó en nuestro pueblo por dos días, con sus amigos.
   Mi vida cambió para siempre. Le encontré un sentido.


  Un paralítico

   Vivo en una pequeña aldea, cercana a Cafarnaum donde dicen que hay un hombre milagroso llamado Jesús.
   Te llevaremos a Cafarnaum -me dijo mi hermano.
   Realmente, era una gran oportunidad para mí, si es que Jesús pudiera sanarme. Mis piernas no funcionaban. Estaban transformadas en delgados pilares que podían sostenerme por un rato, pero sin caminar. Al menos, eso me han dicho desde niño. Por eso, mi hermano y su amigo tomaron mi camilla, conmigo arriba, por cierto, y partimos hacia el pueblo vecino, en un día soleado, no muy caluroso.
   Hacía tiempo que yo estaba esperando este momento.
   Llegamos a Cafarnaum después de una hora de haber salido. Preguntando, dimos con la casa en que Jesús estaba enseñando ese día. Sin embargo, no fue posible llegar siquiera a la puerta de entrada. Tal era la cantidad de gente que llenaba la casa y sus inmediaciones.
   -¿Qué hacemos? -se preguntaron mis benefactores.
   No era cosa de devolverse. Creímos que no había nada que hacer, pero al amigo de mi hermano se le ocurrió intentar una solución. Subimos por un sendero hasta dar la vuelta y llegar por el lado de atrás, con acceso al techo de la casa. No supe cómo se las ingeniaron para subirme con mi camilla, y bajarme después con ayuda de unas cuerdas que consiguieron. Había más de dos metros de altura, hasta el centro del patio. Fue una proeza de mi hermano y su amigo, de la cual estoy eternamente agradecido. Les ayudaron unas personas de las que se hallaban allí escuchando a Jesús, quien tuvo que interrumpir su charla para atender esta situación que estábamos provocando.
   Había rabinos, y hasta doctores de la ley, provincianos, claro está. Se produjo un murmullo creciente hasta desembocar en un silencio expectante.
   -¿Quieres sanar? -me preguntó Jesús.
   -Sí, Maestro -respondí con esperanza.
   -Toma tu lecho y camina hasta tu casa.
   Me levanté y me paré en el suelo. Traté de caminar, aunque no me resultaba tanto. Me era difícil pero no imposible.
   Jesús habló del perdón de los pecados, por algo que se dijo ahí, en ese gran grupo. Un escriba se molestó mucho:
   -Sólo Dios puede perdonar.
   Me vieron de pie, empezando a dar pequeños pasos. Así, el escriba aquel recapacitó. Pude irme entre un coro de alabanzas. Caminando apenas, cada vez con más seguridad. Me abrieron paso, y pudimos salir por la puerta principal, muy contentos. Nos demoramos como cuatro horas en volver a casa, pues yo caminaba despacio y necesitaba descansar cada cierto trecho.
   Después de ese gran día, camino todo lo que puedo. Mis piernas ya no están tan delgadas. Me sirven para ir a escuchar a Jesús.


  Juana

   Empecé a seguir a Jesús una vez que mi hermana me invitó a escucharlo. Fui más por curiosidad que por otro motivo. Ella, después no siguió yendo, pero yo sí.
   Quedé admirada esa vez que Jesús contó la parábola de los invitados a la boda. Ésos que no quisieron asistir y entonces el señor que invitaba hizo traer a los pobres. Me llegó hasta dentro, porque en mi niñez mi padre tenía un buen pasar, y me casó con Cuza, un funcionario del gobierno de Herodes. También tiene un buen pasar.
   Mi esposo es comprensivo y me permite seguir a Jesús. Es una cosa insólita. Sus compañeros lo recriminan pero Cuza, que es muy alegre y simpático los toma para la chacota.
   También me ha ayudado con permisos de acceso a lugares en Galilea, cuando Jesús lo ha necesitado. En cambio, con dinero no me ayuda mucho. Le cuesta soltar los denarios. Rara vez logro que me pase algo de dinero para la causa de Jesús.
   Otra parábola que me impresionó es la del rico y el pobre, ése que comía las migajas que caían de la mesa. El relato ilustra lo que vive nuestra sociedad.
   No me avergüenzo de mi familia, aunque estoy siempre tratando de hacerles llegar la palabra de Jesús. Al principio no fui bien vista, pero resolví eso con perseverancia y respeto.
   Hace pocos días nos contó el Maestro una de sus historias figuradas, y no logré en ese momento obtener de ahí una enseñanza para la vida. Es ésa del funcionario que favorecía a algunos clientes, pensando en la eventualidad de quedarse sin trabajo. Es que no me cabía en la cabeza que el ejemplo de vida sea hacer una trampa como esa. Ayer me atreví a preguntarle a Jesús por el significado de esa parábola.
   Me explicó que esos clientes favorecidos representan la Verdad, la Justicia y tantas otras realidades divinas. Y constituyen el verdadero patrón de aquel funcionario. Es un hombre que, realmente, trabaja para Dios. Y eso le acarrea problemas con su patrón terrenal.
   -No se puede servir a Dios y al dinero -acotó Jesús.
   Entonces, me quedó claro. Se trata de una buena enseñanza de vida.
   Y me puse a pensar en mi manera de vivir la vida. Y también en el trabajo de Cuza. Él sirve a Herodes. Y también a Dios, de alguna manera; y de hecho, me he fijado que eso le ha significado tener algunos problemas en su trabajo. Creo que le voy a conversar estas cosas, en algún momento oportuno, si es que se produce. Pero, tengo que pensar muy bien cómo hacerlo.


  Un mudo

   Cómo quisiera poder decir lo que pienso. Sólo hablo hacia mi interior. No sé articular palabra alguna que pudiere salir de mi boca, y ser escuchada por la gente.
   Me acerco a Jesús para que me sane y me encuentro con la ingrata realidad de mi obligado silencio. ¿Cómo podría decir "Jesús, sálvame"? O cualquiera otra frase parecida...
   Así, han ido pasando los meses sin hablar. Pero, no sin mantener la esperanza. En mis pensamientos mantengo diálogos con Jesús. Sé que él me sanará un día.

   * * *

   Descubrí cómo hacerlo. Al escuchar que la gente se refiere a la sanación como expulsión de demonios, entendí que en mí había un demonio callado, el que no habla, el que no se expresa por su voz. Entonces, decidí someter a mi demonio y hacer que se exprese de otro modo. No sólo con gestos y morisquetas, sino además con simples actitudes no verbales, capaces de dar a entender algo.
   Hasta que un día Jesús me entregó el don de la palabra. Fue un regalo maravilloso.
   -Tu fe te ha salvado -me dijo Jesús.
   Muchas veces lo escuché diciendo eso a alguien, y recién ahora empiezo a entender lo que significa.
   -Gracias -fue la primera palabra que salió de mis labios.
   Alguna gente, los más egoístas, los menos comprensivos, no se sintieron nada de contentos con esto, y no encontraron nada mejor que agredir a Jesús verbalmente, usando así de mala manera un don gratuito que les queda grande.
   -Tu poder sanador viene de Belcebú -le dijeron, aludiendo al rey de los demonios que aparece en la antigua mitología.
   Jesús les explicó con paciencia que el asunto no es así como ellos creen pensar. Les habló del Reino de Dios.
   Yo sigo estando cerca de Jesús. Eso sí, ya no tan callado como antes.


  Natanael

   Mi nombre es Natanael, pero me dicen Bartolomé porque mi padre se llama Tolomeo. Lo confuso de todo esto es que a mis hermanos, todos mayores que yo, también les dicen Bartolomé. Pero, ellos no son discípulos de Jesús, como yo, por eso en mi ámbito no hay posibilidad de equivocación.
   Soy muy amigo de Felipe, a quien conocí hace algunos años, cuando ambos seguíamos a Juan, y fuimos bautizados por él en el río Jordán.
   Precisamente, fue Felipe quien me convenció de seguir a Jesús. Recuerdo mi desconfianza inicial, cuando le respondí "¿Acaso de Nazaret puede venir algo bueno?". Fue un prejuicio como cualquier otro, de ésos que uno asimila sin cuestionamiento. Felipe me lo hizo ver. Con mucha calma me explicó lo que pasaba realmente en Nazaret. Por ejemplo, cuando cierta vez Jesús leyó a Isaías en la Sinagoga, y después casi lo mataron.
   Felipe recordaba aquel pasaje de la Escritura que leyó Jesús, y tuvo la paciencia de hablarme de eso. Decía algo así como:
   "Me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, dar vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos".
   Sólo con escuchar esa sencilla anécdota, y esa palabra de salvación, supe que Jesús es el Hijo de Dios que estamos esperando.
   Ahora sonrío al acordarme de eso, pues me doy cuenta de que hoy estamos, aunque de otra forma, esperando a Jesús que prometió venir a enseñarnos a orar. Estoy con Felipe y los otros del Grupo de los Doce, en uno de los lugares en que acostumbramos a reunirnos.
   Mientras espero, me pongo a recordar cómo fue que se armó este Grupo de los Doce. Fue en una mañana veraniega, muy temprano, despertando recién en nuestras carpas, volvió Jesús de su oración nocturna, y así lo dispuso.
   Sigo recordando otros encuentros que hemos tenido. Como esa vez que nos habló de la persona sembradora. Eso somos, pero también somos semilla, o sea Palabra, y también somos tierra que recibe semilla para que ésta germine.
   En esa oportunidad le escuché decir "vuestros ojos ven y vuestros oídos oyen". Hasta hoy sigo tratando de asimilar eso de los sentidos que permiten escuchar los susurros de Dios.
   En otra ocasión nos habló de la manera de iluminar desde arriba de los montes, y no desde lugares ocultos. Después de algún tiempo Jesús nos envió en misión de dos en dos. Hombre con mujer, anciano con joven, rico con pobre, sabio con ingenuo. Aquella fue una experiencia transformadora.
   En este momento, un bullicio de mis compañeros me saca de mis evocaciones.
   -Ahí viene el Maestro -dicen varios.
   Nos acercamos contentos.
   -La paz sea con vosotros -saluda Jesús.
   Le contestamos el saludo, y nos ponemos a escuchar.
   -Cuando oréis decid "Padre nuestro" -empieza diciendo Jesús- para hacer germinar una actitud fraterna.
   -Comienza la oración con una alabanza -continúa explicando el Maestro, mientras lo escuchamos con atención-. Por ejemplo "estás en el cielo, santo es tu nombre, etc.". No es que Dios necesite ser alabado y nosotros queramos proporcionárselo. Nada de eso. Somos nosotros los que necesitamos alabar a Dios porque es la manera de sentir su presencia.
   Estoy maravillado y trato de asimilar esto lo mejor posible.
   -Después -sigue Jesús-, expresa tu deseo de reconocer el Reino de Dios que está en ti; y tu actitud de descubrir la voluntad de Dios para que se haga también acá en la tierra.
   Jesús nos dejó meditar un rato en silencio para ir integrando estas cosas. Alcanzo a darme cuenta de que siempre trato de ser sincero, transparente y bien intencionado, pero no basta con eso. Hay algo más que tengo que descubrir.
   El Maestro siguió hablando:
   -Pedid y se os dará. Todo el que busca encuentra. Pedid también por lo terrenal y lo cotidiano. Que no falte el alimento de cada día.
   -Y para terminar -agregó-, nunca dejes de pedir perdón por tus caídas y errores. Y declara tu sincero propósito de perdonar también a los que te hayan ofendido. Es así el perdón: te llega desde lo alto, para que lo regales.
   -¿Dios nos pone a prueba? -preguntó uno.
   -No, amigo mío -respondió el maestro-. No es Dios quien nos pone a prueba... Pero, si quieres tener fuerza para superar las trampas que vayas encontrando..., puedes pedirla a Él. Y pedirle también que te libre del mal.
   Hemos quedado dispuestos en un tiempo para orar según lo aprendido hoy. Me siento bien, en paz, y alabo a Dios.


Un escriba

   He estudiado mucho, pero no me las doy de sabio. Ni nada por el estilo. Mi función es solamente copiar textos sagrados para ponerlos al alcance de la gente. Para poder hacerlo de la mejor manera posible, necesito conocer muy bien los contenidos. A veces he tenido que traducir, y eso no es fácil. También me ha tocado ser ministro de fe ante circunstancias varias, y preparar certificados de divorcio, ingrata misión.
   Antes, eran los sacerdotes los que hacían el trabajo de copiar las escrituras. Poco a poco fueron delegando en nosotros, los escribas, para poder dedicarse ellos a lo que consideraron más importante. ¡Claro! No les faltó la soberbia. Hoy puedo decirlo con mucha tranquilidad.
   El cambio en mí empezó hace varios años, cierta vez que vino Jesús a Jerusalén, por las fiestas. En ese tiempo, aún era un desconocido galileo, o sea, un Nadie.
   Recuerdo que a este hombre se le ocurrió expulsar del atrio del templo a los comerciantes que vendían toda clase de cosas, no sólo tórtolas, y cambiaban dinero para facilitar las compras e incrementar sus ganancias. Lo extraño es que lo logró sin que nadie se atreviera a llevarle la contra en ese momento. Eso sí, ganó una gran cantidad de enemigos entre los poderosos.
   Un grupo de éstos se acercó a Jesús, al día siguiente, para llamarle la atención. Me uní a ese grupo porque..., reconozco que yo también estaba un poco molesto.
   En esa oportunidad Jesús, sin decirlo, nos dio a entender que la autoridad con que actúa proviene del Altísimo. Esa vez, quedé impresionado, pero la vida continuó, siempre igual.
   Al año siguiente, volvió Jesús a Jerusalén y decidí, por un día, seguirlo aunque desde lejos, sólo para descifrar el enigma de su personalidad. Nuevamente, unos poderosos se acercaron a Jesús, esta vez, para hacerlo contradecirse. Me integré al grupo, más que nada por curiosidad.
   -¿Es justo pagar impuesto a Roma? -fue la difícil pregunta que surgió en el grupo.
   -Pasadme una moneda -pidió Jesús, para iniciar una respuesta.
   -¿De quién es la cara que aparece aquí? -preguntó Jesús a continuación, mostrando la moneda.
   -Del César.
   -Pues, entonces, dad al César lo que es del César. Y a Dios lo que es de Dios.
   Todos quedaron sin palabras. Encontré admirable la respuesta de Jesús. No sólo nos dejó callados, sino que aportó una enseñanza. Definitivamente, supe que Jesús es una persona especial, un hombre digno de ser escuchado. Por eso, seguí estando cerca.
   Poco después, ese mismo año, llegó hasta Jesús un grupo de saduceos, que ya entonces me estaban empezando a caer mal. En esa oportunidad, querían criticar la enseñanza de Jesús en cuanto a resurrección y vida en el Más Allá. Le pusieron como ejemplo el supuesto caso de una viuda que tuvo que casarse con el hermano del difunto, y que volvía a enviudar, y había más hermanos. Llegaría a tener varios maridos, de acuerdo a la ley.
   -¿Con cuál de sus maridos estaría casada en ese supuesto Más Allá?
   Jesús respondió que en el Más Allá la gente no se casa. Se es como los ángeles. Insistió en que hemos de vivir otra vida, pues Dios es Dios de vivos, no de muertos.
   Me atreví a alabar a Jesús por sus palabras de verdad, y por haber puesto en su lugar a los incrédulos saduceos.
   Transcurrió otro año, y vino Jesús a Jerusalén, por las fiestas. Se puso a enseñar acerca del amor, como ya está escrito en la Torá:
    "Amarás a tu Dios con toda tu alma y tus fuerzas... y a tu prójimo como a ti mismo".
   Fue entonces que saqué la voz. Necesitaba aclarar la eterna duda que tenemos los judíos en torno a esa palabra "prójimo". ¿Hasta dónde se le puede llamar prójimo a alguien? ¿cómo es esa frontera entre el prójimo y el resto del mundo? Así que se lo pregunté directamente.
   Entonces, Jesús contó la parábola del buen samaritano, la cual me aclaró mi duda. Más bien dicho, me removió entero. Es increíble la sabiduría de Jesús.
   Y este año, nuevamente Jesús está en Jerusalén. Nos ha dicho "La verdad os hará libres". Es así como me dejó pensando una serie de cosas:
   ¿La verdad como llave? ¿La verdad sobre mí mismo? ¿He de revisar mis creencias?
   La gente no entiende nada. Se dicen unos a otros "Si ya no somos esclavos de nadie".


Marta

   Viene Jesús a casa a vernos. ¡Qué privilegio! Es por eso que me puse a trabajar afanosamente. Limpié la casa, y al mismo tiempo estaba preocupada de la cocina. Que no falte ninguna cosa. Que todo esté a punto. Mi hermana María no me ha ayudado en nada.
   Ahí viene Jesús entrando. Es María quien lo acoge, y también yo después. Y hasta me siento un rato a conversar. Jesús tiene una sabiduría increíble. María está a sus pies, como transportada a los más altos cielos.
   -Ayúdame a servir -le digo a mi hermana, mientras voy a buscar las bandejas.
   Me demoro en volver porque tengo una comida puesta al fuego, y no se me tiene que quemar.
   -¡María! -le grito- ¡Ven!
   Llega María, y le llamo la atención:
   -No me dejes sola haciendo las cosas.
   En eso ha llegado Jesús hasta nosotras, muy sonriente.
   -Agradezco todo lo que haces, Marta -me dice con ternura- pero no necesito tantas atenciones. Ven con María, que le estoy explicando algo muy importante, y que también tú tienes que escuchar.
   Me tuve que rendir, y empecé a pensar que Jesús tiene razón. Siempre la tiene.


Un niño

   Jugábamos a algo entretenido cuando llegó Jesús. Con todos los demás niños de la vecindad, paramos de jugar y corrimos hacia el sector en que está él, sentado en medio de la gente que lo ha seguido hasta acá. Y aquí estamos también nosotros, un poco más lejos, tratando de escuchar sus enseñanzas.
   Recuerdo aquella vez, el año pasado, en que se dio una situación muy parecida a la de hoy. En esa oportunidad yo estaba solo, y era primera vez que veía al Maestro, como le llaman. Mientras me acercaba con timidez, pude ver que unos hombres que andaban con él discutían entre ellos. Cada cual se consideraba más importante que los demás. Jesús los miraba con una mezcla de risa y pena. Desvió su mirada, y entonces me vio. Me llamó a su lado. Al principio yo no quería ir, pero me volvió a llamar, con tanta ternura que me animé y fui hacia él, caminando muy despacio. Jesús me sentó a su lado y dijo a su gente:
   -El que se parezca más a este niño es el más importante de vosotros.
   Los hombres se quedaron callados, sin entender nada.
   -¿Parecerse a un niño? -preguntó uno, después de un rato.
   -Debéis recibir la vida como lo hacíais cuando erais niños -explicó el Maestro.
   -¡Ah! -exclamaron al mismo tiempo, y se quedaron pensativos.
   -Trato de acordarme de mi niñez -dijo uno de ellos.
   -Cuando eras niño -inició Jesús una enseñanza- no tenías ese resentimiento que de pronto te invade. No te resistías a la vida, como ahora te ocurre, a veces.
   Recuerdo que me sentí muy bien, y le agradecí a Jesús, sin saber explicar por qué me sentía así.
   Durante el año he pensado muchas veces en esto, y creo que ya sabría decir lo que me pasó esa vez. Siento una gran necesidad de hablar con Jesús, y por eso me he estado acercando. Los otros niños me siguen.
   Unos hombres nos atajan. Talvez sean los mismos del año pasado, que siguen sin entender lo que el Maestro les enseñó.
   -Dejad que los niños lleguen hasta acá -les dice Jesús-, no se lo impidáis.
   Y nos deja ponernos a todos en torno a él. Estoy contento, y no sé si me voy a atrever a contarle lo que estoy pensando.
   -Gracias, Jesús -me escucho decir, y continúo-, porque dices que los niños somos importantes.
   -Benditos seáis -responde Jesús, y después, dirigiéndose a sus seguidores:
   -Para aceptar el reino de Dios que tenéis dentro de vosotros, tenéis que hacerlo como si nunca hubierais dejado de ser niños.


El joven rico

   Cuando escuché a Jesús de Nazaret, hace ya un tiempo, quedé impresionado. Esa vez creí que hasta ahí no más llegaba el asunto pero, en este último tiempo ha estado rondando mi mente. Eso de entrar al divino reino que él ofrece es como un llamado que no puedo seguir desatendiendo.
   Es por eso que he venido, como si yo fuera un discípulo más, y estoy acá en la ladera del cerro, sentado en una piedra, escuchando nuevamente a Jesús que nos habla desde abajo.
   -Felices los pobres. . . -dijo Jesús.
   Hay mucha gente acá, y me miran raro, talvez por mi vestidura no muy apropiada. Es la que me regaló mi padre para Janucá. No es que la gente me rechace, pero encuentran muy extraño que yo esté acá. Es que no me conocen.
   Ya ha terminado la predicación, llena de enseñanza, y ahora me dirijo hacia abajo porque quiero hablar con Jesús. Quisiera integrarme.
   Después de un rato logro llegar hasta él, y le pregunto qué necesito para entrar al reino.
   -Maestro bueno -le digo.
   -¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.
   Entramos en un diálogo breve y constructivo. Entre otras cosas, afirmo que he cumplido todos los preceptos de Moisés, y ésa es la verdad.
   Jesús me acoge con una actitud abierta y generosa.
   -Una sola cosa te falta -me dice.
   -¿Y qué es?
   -No pongas tu confianza en las riquezas. Tus bienes materiales has de administrarlos con amor por los pobres.
   -Yo amo a la que pronto será mi mujer. Ella no es pobre, ni quiere serlo, tampoco.
   -Todo eso está muy bien, pero yo te estoy diciendo otra cosa.
   Y con una acogedora sonrisa, agrega:
   -Sé que vendrás.
   Jesús se despide de mí con un abrazo, y sigue asediado por mucha gente. Mientras yo me he quedado sin saber qué decir. Me retiro lentamente, y pienso en eso de las riquezas que pesan. Recuerdo a esa viuda pobre que dio todo lo poco que tenía. Le tiene que haber sido difícil. . . , pero lo hizo.
   No me será fácil desprenderme, y eso lo encuentro lamentable. Espero llegar a lograrlo. Sí. ¿Por qué me resisto? ¿Por ambición? No, no es por ambición. ¿Por miedo? No creo que el miedo sea tan fuerte en este caso. Entonces. . . , ¿por qué. . . ?
   Creo que es por apego. Sí. Eso es lo que tengo que vencer: El apego.


Zaqueo

   Yo había escuchado hablar de Jesús una vez que fui a Jerusalén. Incluso, en conversaciones con la gente, acá en Jericó. Hay muchos que lo habían visto pasar, el año pasado. Yo tenía mucha curiosidad por saber quién es este Jesús que muchos admiran y otros tanto odian. Por eso, cuando se acercaban las fiestas de este año me preparé para ver pasar a Jesús. Más que pasar, esta vez decidió pernoctar en Jericó, para seguir camino al día siguiente hacia Jerusalén. Mucha gente salió a la calle para verlo, aclamarlo, y hasta conversar con él.
   Como yo tengo poca estatura, me subí a un árbol para tener mejor vista. Ahí me puse a esperar, hasta que pasó Jesús con sus discípulos.
   Jesús me vio. Y le debo haber parecido gracioso, pues se detuvo para conversar conmigo. Me hice famoso.
   -Esta noche iré a tu casa -me dijo sonriendo-. ¿Me puedo hospedar?
   -Encantado -le respondí, aunque me pilló tan de sorpresa que no tenía muy claro cómo comportarme.
   -Mi casa -agregué, indicando con una mano y sujetándome al árbol con la otra- es esa de la esquina.
   Jesús asintió, y siguió su camino, mientras yo bajé del árbol para anunciarle a mi mujer que tendríamos visita.
   No sé por qué me eligió a mí, que soy un pecador. Yo seguí sin saber cómo comportarme.
   Al anochecer llegó Jesús. Mis sirvientes le lavaron los pies, que traían la tierra del camino.
   Antes y después de sentarnos a comer conversamos mucho. Le conté que me dedico a cobrar impuestos para Roma. Tenía mucho miedo a ser rechazado. Sin embargo, no ocurrió así.
   -No estamos acá para juzgar a los demás -me aclaró-, sino para dar oportunidades de mejorar las cosas.
   Sus sabias palabras me hicieron darme cuenta que ha llegado para mí el momento de cambiar. De hecho, ya inicié un nuevo camino para mi vida. Haré una donación de dinero para los pobres. Y lo más importante, no continuaré dedicándome a ser cada vez más rico a costa de los demás.


Bartimeo

   El viento levanta el polvo del camino y lo hace entrar en mis ojos apagados. Jamás he podido ver ese camino, ni los caminantes. Sin embargo, sé que existen. Mi madre siempre me explicaba cómo son las cosas, sus formas, tamaños, y algo que ella llamaba color. No logré entender qué es ese famoso color que mi mamá nombraba.
   Es mucho lo que me ha tocado sufrir en esta vida. Desde niño, siempre he soñado despierto con el día en que pueda ver. Mis ojos no tienen luz, pero tienen lágrimas. Para algo tienen que servir esas lágrimas.
   Mi padre no pudo enseñarme su oficio. Él era ayudante de sastrería. No había manera de que yo pudiera trabajar en algo. Debido a mi dificultad, estoy obligado a vivir de la limosna.
   Antes me ponía a pedir en la calle principal de Jericó. Nunca faltó una persona caritativa que me conversara. Así era que yo me enteraba de los acontecimientos.
   Cierta vez, alguien me contó acerca de un rabino de Galilea, que ha sanado a mucha gente.
   -¿Y cómo puedo yo buscarlo? -pregunté.
   Hasta donde yo sé, habitualmente los rabinos son de Jerusalén, y salen de ahí a todos los pueblos.
   -No es fácil, Bartimeo -me respondió- porque él está siempre yendo a distintas localidades. Se llama Jesús. Harás bien en recordar su nombre.
   Por cierto, lo he recordado. Y como hay ciertas oportunidades en que la gente viaja a Jerusalén por las fiestas, comprendí que por ahí estaba mi única posibilidad. Hasta los galileos efectúan estas travesías. A mí me resulta imposible viajar a Jerusalén, y más difícil aún ir a Galilea. Pero, cuando Jesús vaya alguna vez a Jerusalén, es probable que pase por Jericó.
   Decidí cambiar de lugar. Desde esa vez, ahora me pongo a pedir a la orilla del camino de salida de Jericó hacia Jerusalén. El año pasado no vi a Jesús para ninguna de las fiestas. Este año, tampoco he tenido la suerte de verlo pasar.

   * * *

   Una tarde sentí una bulla de gente contenta.
   -¿Qué está pasando? -pregunté, no sé a quién.
   -Alguien viene.
   -¿Quién? -me llené de esperanza.
   -Es Jesús de Nazaret.
   -Llévame con él.
   -¿Estás loco?
   -No. Es que él me va a sanar.
   El tipo se compadeció de mí, aunque no me creía, y me ayudó a llegar hasta muy cerca del lugar por el que caminaba Jesús. No logramos avanzar más, porque había mucha gente. Ahí me dejó y se fue.
   -¡Jesús, ten piedad de mí! -grité dos veces.
   Los que seguían a Jesús me atajaron, pero el Maestro se fijó en mí, y les pidió que me dejaran pasar.
   -Es un ciego -dijo uno de los tantos seguidores de Jesús.
   -¡Ah! Debe ser un pecador -exclamó otro.
   -No es un pecador -aclaró Jesús, y me sentí tan agradecido que me saqué la capa y me hinqué en su presencia.
   -Entonces sus padres tienen que haber pecado -dijo el primero, en tono de pregunta.
   -Ni él ni sus padres -respondió Jesús-. Es la obra de Dios la que ha de manifestarse en él.
   -Quiero ver -fueron las únicas palabras que lograron salir de mi boca.
   -He sido enviado para hacer la obra de Dios -replicó Jesús-. ¡Y tú también!
   -Vengo como luz para el mundo -agregó Jesús, y volvió a exclamar:
   -¡Y tú también!
   Hizo barro con su saliva y tierra, diciéndome:
   -Esta saliva es el signo visible de mi palabra, y la buena tierra fértil es el símbolo de tu escucha. Unidas son poderosas.
   Untó mis párpados, y me dijo:
   -Los ojos de tu cuerpo representan a los ojos de tu alma.
   -Lava este barro en el estanque del Enviado -agregó.
   Un discípulo me llevó al estanque, lavé mis ojos, y volvimos donde Jesús. Esta vez, yo podía ver. No en la misma forma que toda la gente ve. Por lo menos distinguía algunos contornos.
   -Gracias, Jesús -le dije-. Eres grandioso.
   Realmente, yo estaba muy agradecido. Esto fue como nacer de nuevo. Desde ese día, yo seguí a Jesús. Los otros se dieron cuenta de que yo ya no estaba ciego, y se unieron a la alabanza.

   * * *

   Varios días después, en Jerusalén, vinieron hacia mí unos doctores de la ley, quienes se habían enterado del episodio de Jericó.
   -Dicen que antes eras ciego -indagó uno de ellos.
   Sonreí, sintiéndome feliz, pues mi visión ya estaba mucho mejor que el primer día. A ellos les pareció mal mi reacción.
   -¿Cómo fue que recibiste la vista?
   -¿Conoces a Jesús? -respondí con una pregunta.
   -¿Fue en día Sábado?
   -Veo que todos hablamos en preguntas...
   -Ha de ser un pecador el que dices que te sanó.
   -No. Es un profeta.
   No nos estábamos entendiendo, y decidí no hablar más con ellos. Mi vista estaba tan prodigiosa que vi el miedo en sus rostros. No era miedo a mí, claro está. Era un tremendo miedo a Jesús.
   -Tú naciste en pecado -me dijeron-. Vete de aquí.
   Por supuesto, me fui de ahí, tan rápido como pude. Ellos se quedaron riendo. Después de eso, he seguido estando con Jesús. En cuanto lo vi, le conté, y me fijé que el rostro de Jesús irradiaba bondad.
   No sólo abrió los ojos de mi cuerpo. También los ojos de mi alma.
   -He venido al mundo para abrir la vista a los que no ven -confirmó Jesús.


Una viuda

   Yo había escuchado hablar de Jesús, y tenía ganas de conocerlo. Justo pasó por este pueblo, Naim, cuando mi único hijo estaba tan enfermo que casi moría. Hasta ese momento nos sobreprotegíamos mutuamente desde que murió mi marido.
   Estábamos llevando a mi hijo en una camilla, con ayuda de los vecinos, intentando alcanzar la casa de un anciano sabio, que posiblemente pudiera aconsejarme qué hacer para sanar a mi hijo.
   No alcanzamos a llegar, pues antes vimos venir a Jesús con sus discípulos.
   Se compadeció de nosotros.
   -No llores -me dijo.
   Jesús le impuso las manos, y al poco rato, mi hijo, que parecía muerto, se puso a hablar. No entendía mucho dónde estaba.
   Había sanado. Gracias a la bondad de Jesús.
   Al ver sano a mi hijo, quedé muy contenta y agradecida.
   Desde ese día, me he interesado por conocer cada vez más la vida de Jesús, esa vida orientada a rescatar a la gente y conducirla hacia una vida plena. Me maravilla cómo cada escena de la vida de Jesús es en sí misma como una parábola que nos enseña algo.


Una leprosa

   Siendo samaritana, me enteré de esa historia que ocurrió aquella vez. La del Cristo del pozo de Sicar. También me enteré de cómo ese mismo Cristo sanó a un leproso, años atrás, en Galilea. Por eso, desde que contraje la lepra he estado imaginando una oportunidad para mí y para otros leprosos con los que vivo, alejados de la gente, en el límite entre Samaria y Galilea. Somos diez en nuestro grupo, si se le puede llamar así. La mayoría de ellos son judíos. Más bien, discutimos mucho, no nos hemos respetado. Es una vida casi miserable. A mí me mantiene la esperanza, y trato de infundirla en los otros.
   Un día en que Jesús estaba de viaje desde Galilea hacia Jerusalén, convencí a los otros de ir a pedirle que nos sanara. Obtuve fuerte rechazo de todos ellos, en parte por miedo, en parte por la baja autoestima, y en parte por pesimismo.
   -Tened confianza, alegría y optimismo -me escuché decirles.
   A mí misma me venía bien esa arenga.
   Después de mucho, logré hacerlos caminar, salir hacia donde no se supone que tendríamos que ir. A lo lejos vimos venir a Jesús con sus discípulos. Yo estaba dichosa. "Por fin sanaré", me dije, y también en voz alta:
   -Por fin sanaremos.
   Avanzamos, a pesar de saber que estábamos transgrediendo. Nuestros cencerros metían bulla. Gritamos varias veces:
   -¡Maestro, ten misericordia de nosotros!
   -¿Confiáis en que seréis sanados? -preguntó Cristo.
   -Sí -dije con fuerza, y también los otros se atrevieron a decirlo.
   -Entonces -dijo Jesús- id ya a la sinagoga y presentaos a los sacerdotes.
   Partimos de ahí con gran esperanza al comienzo. Fue una travesía extraña. Nos pilló la noche y nos quedamos a dormir en pleno campo.
   -¿Qué vamos a ir a hacer a la sinagoga? -preguntó el más incrédulo.
   -Ten confianza en el Maestro -tuve que decir varias veces a cada uno, y de verdad los convencí.
   A la mañana siguiente despertamos sanos los diez. Fue una alegría inmensa descubrirnos así, y seguimos viaje hasta la sinagoga.
   Al día siguiente, mi hermana, dichosa también, me compró ropa nueva. Así, salí a buscar a Jesús para darle las gracias. No cabía en mí de felicidad. Tardé horas en encontrarlo. Alabando a Dios llegué hasta él y sus discípulos.
   -¿Dónde están los otros nueve? -me preguntó Jesús sonriendo, sin esperar respuesta.
   -El Reino de Dios está en ti -agregó.


Una mujer perseguida

   Se podría decir que enviudé a muy temprana edad. Sin embargo, realmente no soy viuda, aunque vivo sola desde hace algún tiempo. He tratado de tener una vida tranquila, asexuada.
   Desde siempre he sabido que a las mujeres no se nos permite tener sexo con algún hombre que no sea el marido. Encuentro que es injusta la manera como se menosprecia a la mujer, pero jamás me atrevería a decirlo en voz alta.
   Transcurrieron algunos años hasta que conocí a un señor muy atrayente y simpático. Traté de evitarlo, mientras pude. Él insistió en visitarme. Al principio, me limité a convidarle un tecito y conversar. Inevitablemente llegó un momento en que no pude controlar la situación...
   Unos funcionarios del templo irrumpieron en mi casa una tarde y nos pillaron besándonos, o quizás un poco más que eso. Me sacaron violentamente hacia la calle, pregonando a viva voz que me iban a lapidar. Siguieron juntándose unos hombres furiosos, que ni sabían qué había pasado y qué no.
   Yo estaba aterrada. Esta macabra comitiva iba corriendo detrás de mí, hasta que me tomaron de los brazos, y prácticamente me arrastraron hacia el templo.
   En las afueras estaba uno que llaman Jesús el Maestro, enseñando a la gente. Lo interrumpieron, diciendo:
   -Hemos encontrado a esta mujer en pleno acto de adulterio. La ley nos obliga a apedrearla hasta la muerte.
   Jesús escribía en la tierra con un dedo, pues así ilustraba sus enseñanzas.
   -¿Qué hacemos con ella? -insistieron los hombres.
   Jesús se puso de pie. Me miró, y vio también las piedras que todos tenían en sus manos. Entonces habló con tranquilidad, pero con firmeza:
   -El que de vosotros esté sin pecado que lance la primera piedra contra ella.
   Uno se adelantó, diciendo:
   -Yo.
    -¿Tú? -lo retó el que estaba a su lado.
   El hombre botó la piedra al suelo y se retiró avergonzado.
   Después se fue otro... Y otro... Cada uno tiró su piedra al suelo, y todos se empezaron a retirar del lugar.
   Yo estaba tirada en el suelo, llorando.
   Cuando no quedó ninguno de mis perseguidores, Jesús me tomó de la mano y me puso de pie.
   -¿Nadie te condena? -me preguntó, con una ternura infinita.
   -Nadie, señor -fue lo único que atiné a decir, con un hilo de voz.
   -Vete y no peques más.
   -Gracias -dije, apenas, y me fui porque no había nada más que pudiera hacer.
   Estaba asustada, caminando hacia mi casa. Miraba para todos lados, con miedo de que la horda apareciera de nuevo. Eso no ocurrió.
   Me encerré en mi casa, y después de terminar de llorar, pensé en ese Jesús admirable por su sabiduría y su bondad.


Prócula

   No es fácil ser la esposa del Procurador Romano de Judea. Poncio es un hombre muy ocupado, y con mucha presión sobre él. Casi siempre está en reuniones políticas. Pero, lo de ayer ha sido lo peor que nos ha pasado.
   Han llegado hasta el Procurador los sacerdotes trayendo a un supuesto delincuente, que no lo es, en absoluto. Y están influyendo con mucha fuerza para que este hombre, llamado Jesús, sea condenado a muerte. Por lo demás, es galileo. Sin embargo, no fue posible traspasarle la causa a Herodes.
   Mi marido ha estado revisando los antecedentes desde que trajeron a Jesús, ayer en la mañana. Al parecer, éste es un hombre de buen corazón, que no ha cometido delito alguno. Hasta se ha producido una manifestación de algunos judíos que hoy piden la cruz para Jesús.
   Acabo de hablarle a Poncio en defensa de Jesús, porque anoche tuve un sueño muy importante. Yo sé muy bien cuando mis sueños lo son. Éste fue así:
   Yo iba por un camino y vi un arroyo de agua muy limpia. Llegó un hombre de túnica negra, y otro de túnica blanca. El primero introdujo sus manos en el agua, y ésta empezó a teñirse de rojo. El flujo del arroyo estaba después completamente rojo. Y el hombre de la túnica blanca ya no estaba.
   Le conté mi sueño a Poncio, y le pedí que por favor deje en libertad a ese hombre. Creo que lo dejé convencido. Aún no sé lo que hará.


Verónica

   Llevan a crucificar a Jesús, mi gran amor. Aquel muchacho del que me enamoré cuando niña. Él no quiso hacer una vida tranquila y cómoda, como acostumbra a hacer la mayoría de la gente. Prefirió ir a lo difícil, y dar un mensaje de amor y salvación para todas las personas.
   Lo he seguido en esta penosa caminata, pero de lejos, igual como lo he seguido a lo largo de la vida, cuando Jesús ha estado en Galilea. Escuchando toda su enseñanza maravillosa, que ha sido importante en mi vida.
   Y ahora que he venido a Jerusalén por las fiestas, me encontré hace poco rato, con el dolor profundo de verlo en esta vía tan horrible, cercado de soldados que no permiten acceder a él. No puede ser que todavía tenga que seguirlo de lejos. Quiero acercarme a él y llevarle algo de consuelo. Con tanta vigilancia, no es nada de fácil.
   Aprovecho una pequeña distracción de uno de los soldados, y me filtro hasta tocar a Jesús. Quisiera poder darle agua, pero no tengo acá, ni tampoco me alcanzaría el tiempo para algo así, pues ya sé que me echarán de ahí. Alcanzo a poner un pañuelo en su rostro, para secar su transpiración y la sangre que aún tiene a medio coagular. Un soldado me saca de ahí con violencia, y me deja tirada en el suelo, mientras Jesús es obligado a continuar el fatal viaje.
   Mis ojos se llenan de lágrimas de impotencia y de amor. En mi oído resuena la palabra de Jesús "Bienaventurados los que lloran porque recibirán consuelo".
   ¿Cómo podré recibir consuelo?
   Antes de levantarme, miro el pañuelo con la sangre y el sudor de Jesús. Su rostro ha quedado retratado en el pañuelo. Lo guardaré por siempre, como un tesoro.
   Lo que han hecho con Jesús, y siguen haciendo, es lo más horroroso que puede haber.


Simón de Cirene

   Voy pasando cerca de La Calavera, y estoy apurado por motivos de mi trabajo. Aún así, me detengo a ver al hombre que llevan a crucificar. No parece ser un malhechor, a juzgar por las cosas benignas que dice a la gente. El hombre cae bajo el peso del leño, y los soldados tratan de levantarlo a golpes. Lo logran a medias. Un soldado le quita el madero y me lo pasa a mí.
   -Tú lo vas a llevar -me ordena.
   -Perdón, es que ando apurado.
   El tipo me golpea, obligándome a obedecer. Así que no me queda más remedio que caminar con la cruz del hombre al que van a matar. De pronto, recuerdo haber escuchado acerca de una persona llamada Jesús, al que los sacerdotes andaban buscando. Así que le pregunto al hombre, que apenas puede caminar:
   -¿Tú eres Jesús?
   -Sí. ¿Y tú quién eres?
   -Uno que iba pasando. Me llamo Simón. Soy de Cirene.
   -Me sonríe con gratitud y hasta me conversa un poco. Le digo que lo admiro, y que si pudiera sacarlo de aquí lo haría. Eso se lo digo despacito y muy cerca de su oreja.
   Llegamos al destino. El soldado me quita el madero y me dice groseramente que ya tengo que irme de ahí. Intento quedarme, por si se presentara una oportunidad de hacer algo por Jesús. Ya solté ese apuro que yo tenía.
   -Te dije que te fueras, desgraciado -me gritó el soldado, empujándome al suelo.
   Me paré rápidamente y me fui de ahí, pues no cabía otra cosa, pero volví calladamente a acercarme y me escondí detrás de una piedra grande. Estuve un rato, y no pude soportar el horror. Bajé apenadísimo.
   Y mi vida cambió para siempre.


Dimas

   -¡Aaayy! -fue todo lo que pude exclamar..., con mucha fuerza, tras ese horrible martillazo que clavó mi mano al madero. Se me saltaban las lágrimas. Después de los azotes, venía ahora la muerte lenta en la cruz. La muerte más ignominiosa, sólo para los subversivos como Jesús, Gestas y yo, que caímos presos los tres en la misma noche, aunque en distintos lugares de Jerusalén.
   Con Gestas hemos sido muy amigos. Juntos nos unimos a los seguidores de Jesús en nuestra querida y desprestigiada Galilea. Sigo admirando al Maestro, que está siendo clavado aquí al lado mío. Y un poco más allá, Gestas, que no ha parado de despotricar e insultar, no sólo a los soldados sino también al propio Jesús.
   -¡Dimas! -me gritó Gestas- ¿Acaso estás contento con el desenlace de la aventura en que me metiste?
   No le contesté nada. El pobre estaba convencido de que Jesús se iba a transformar en guerrero. Al no ser así, se frustró tremendamente.
   -¡Jesús! -gritó ahora- ¿Acaso no te vas a salvar de esta muerte? ¿No nos salvarás también a nosotros, que te hemos seguido fielmente?
   Jesús también optó por no responder. Somos tres hombres sufriendo el mismo tormento, de distintas maneras. Jesús, con una corona de espinas en su cabeza, lo que multiplica el tormento.
   -¡Jesús! -grité yo, para contrarrestar a mi amigo Gestas- Sigo esperando que algún día entraré al reino que nos has prometido.
   -¡Dimas! -gritó Jesús- Te aseguro que hoy mismo estaremos juntos en el Paraíso.
   En ese momento nos levantaron del suelo y nos subieron varios metros, hasta clavar cada travesaño en la respectiva estaca vertical. Fue algo muy doloroso. Ahora, ya no podemos articular la voz. Ni siquiera llorar. Apenas respirar los últimos sorbos de aire, con gran dolor en el pecho. Y también en los pies.


Nicodemo

   Me gustó mucho toda la etapa de aprendizaje hasta llegar a ser un maestro de la ley. Al principio, estaba orgulloso de ese sitial al que había llegado. Hasta que una vez, hace ya varios años, cuando iba pasando cerca del lugar en que Jesús enseñaba, escuché tan solo una frase. Sólo una, pero... ¡qué frase!
   -Dios ha enseñado a los niños y a los pobres lo que ha ocultado a los sabios y estudiosos -señaló Jesús, en esa oportunidad.
   Sólo me detuve unos segundos. Seguí caminando, y sonreía un poco por lo que había escuchado; me pareció ingenuo.
   ¿Que el Altísimo me ha ocultado cosas...? Hube de reconocer que sí, me ha ocultado muchas cosas. Asumo mi realidad de persona con conocimiento limitado, a pesar de todos mis estudios.
   Y he seguido pensando en eso. También es cierto que, a veces los niños y los pobres muestran una sabiduría que nadie sabe de dónde les viene. Sentí tanta curiosidad, que empecé a repetir ese ejercicio de pasar cerca de Jesús en sus enseñanzas.
   Él viene a Jerusalén como dos veces al año, y yo aprovecho esos momentos. Una de esas veces, vi que unos tipos lo molestaban. Unos fariseos, como yo, pero más cerrados. Lo increpaban, diciéndole:
   -¿Acaso te crees descendiente de David?
   -No -respondió Jesús-, solamente provengo de Belén.
   Lo acosaron tanto que me vi en la obligación de intervenir en su defensa. No sabía muy bien quién es ni qué enseña pero vi en él a un hombre de buena intención, generoso y valiente.
   Logré dispersar a los molestosos, y Jesús siguió enseñando. Hablaba de unos ríos de agua viva. Lo decía de bella forma, y con convicción.
   Jesús no tuvo problema en honrarme con su amistad. Esa noche lo visité pues quise saber más de él y de su mensaje. Traté de que nadie me viera, porque temía perder mis privilegios.
   Jesús me habló de nacer de nuevo, y también me habló del Reino de Dios.
   Algún tiempo después, cuando nos reunimos los del Sanedrín para juzgar a Jesús, hace pocos días, lo defendí con toda mi fuerza verbal. Reconozco que me costó mostrarme, pero di ese paso. Los otros me recriminaron:
   -Te has hecho discípulo suyo y por ello levantas tu voz en su favor.
   Al final, lo condenaron a ser llevado ante Pilatos para que lo crucificaran. Jesús murió como un valiente, y en las condiciones más ignominiosas.
   José de Arimatea consiguió rescatar su cuerpo, y ahora estoy acompañándolo en la sepultura. He traído un poco de mirra y áloes.
   Es el final de un día muy triste.


Judas Iscariote

   Se podría decir que yo era el tesorero, ya que cuidaba el poco dinero que andábamos trayendo. Un par de veces me asaltaron, pero logré salir bien, por lo menos, vivo.
   Cuando me uní al grupo de Jesús, hace ya varios años, no me imaginé que ésa iba a ser mi labor. Fue una desgracia porque me perdía gran parte de lo pastoral y las oraciones. Excepto cuando nos enviaron sin bolsa, de dos en dos. Eso fue realmente bueno. Pero después volví..., y pude haberme desprendido de la bolsa, pero no quise porque sentí que el desempeñarme en eso me daba un aplomo fortalecedor. Tampoco me hizo bien que nos relacionáramos con publicanos. La verdad, no me ayudaban mucho. Y mientras más los veo, más detesto a los romanos, que tienen sometido a nuestro pueblo.
   Esto es algo que, en ese momento, yo no comprendía en Jesús. Ni tampoco esa pasividad, que yo veía en él. Yo esperaba un Maestro guerrero, y trataba de que él lo fuera, en algún grado, por lo menos.
   Me aboqué ingenuamente a la tarea de cuidar a Jesús. Protegerlo. Hoy sé que yo no había entendido nada.
   Lo peor llegó cerca de la Pascua, una vez que estuve en el atrio de los gentiles, que era lo más adentro que llegaba yo en el templo. Era mi costumbre ponerme ahí en oración cuando veníamos a Jerusalén. Pues, esa desgraciada vez se me acercó un sacerdote, y con una gran simpatía personal elogió a Jesús. Me costaba creerlo. El tipo resultó ser una verdadera Serpiente del Edén, pero yo no me di cuenta en ese momento. Fui muy imbécil. El tipo me hizo creer que los romanos querían matar a Jesús, y que por lo tanto era necesario protegerlo.
   -¿Y cómo? -pregunté.
   Después de varios rodeos me propuso que los guardias del templo detuvieran a Jesús, y así podrían cuidarlo, al menos por unos días mientras pasaba el peligro. Le creí, y quedamos de acuerdo. Yo le mostraría a los guardias cuál es Jesús, tal día a tal hora en tal parte.
   -Lo saludaré con un beso, como hago siempre.
   El sacerdote me obsequió unas monedas de plata, como ayuda a nuestra importante obra, según dijo.
   No sé cómo pude ser tan tonto de caer en sus redes.
   Entregué a Jesús, en la forma convenida, y todavía creí que los sacerdotes tenían buena intención. De partida, no había peligro de condena alguna por parte de los judíos. Pero, los muy cabrones de Anás y Caifás no tardaron más que unos pocos días en entregar a Jesús a los romanos, y después se las arreglaron para que lo crucificaran.
   ¿Cómo puede haber gente tan miserable? Y se revisten de ropaje sagrado. ¿Quién podrá confiar en ellos? Y me han arrastrado a ser tan miserable como ellos.
   ¡Cómo lloré!
   Cuando fui de nuevo al templo, esta vez a devolver el dinero mal habido, el sacerdote aquél se rió de mí... Si hasta yo mismo me doy vergüenza.
   Ya nadie me quiere, ni tampoco merezco que me quieran. Hasta he tratado de matarme. Lo que vivo es lo más parecido que hay a un infierno. No logro escapar de mí.
   Y aquí voy con la soga otra vez...


María Magdalena

   La tristeza se ha apoderado de mi. No sólo porque mataron a Jesús, sino también por la manera como lo hicieron. Se ensañaron, igual que si se hubiera tratado de un delincuente. Ni siquiera pudimos ungir su cuerpo antes de que fuera sepultado.
   María, la madre de Jesús, nos pidió que lo hiciéramos en cuanto terminara el Sabbat. Es por eso que salimos de casa muy temprano, junto a otras mujeres galileas que se han refugiado con nosotras, en la casa de la mamá de Marcos, la que también se llama María. Todas las personas más cercanas a Jesús hemos sido recibidas en esta casa, gracias a la generosidad de la señora María. Aunque tengamos que dormir en el suelo, eso no importa.
   Hoy nos levantamos cuando aún estaba de noche, pues no queríamos ser vistas. Me acompañó Salomé, esposa de Zebedeo, y también Miriam, esposa de Cleofás. Llevamos aceites y especias aromáticas para ungir el cuerpo del Señor.
   Salimos al amanecer, muy acongojadas, pero con el firme propósito de lograr nuestro objetivo. Al comienzo, cada una de nosotras va encerrada en sus pensamientos. Recuerdo las veces que pasé por estos mismos lugares con Jesús, y los demás. Y me remonto más aún en el pasado. Me parece que hubiera sido ayer cuando conocí a Jesús, en Magdala, mi pueblo, cierta vez que él hablaba a la gente en la plaza, muy cerca de mi casa.
   Esa vez fui a mirar por curiosidad, aprovechando que mi mamá no estaba. Yo tenía casi treinta años, pero vivía sometida a mi madre. No me dejaba hacer nada. Siempre me retaba y me decía cosas hirientes, muy molesta porque no quise casarme con el hombre que ella eligió para mi.
   Hasta ese día, mi vida era un verdadero suplicio. Mi alma estaba llena de heridas, y ya no sabía qué hacer conmigo. Era como si tuviera muchos demonios torturándome. El demonio del miedo, el de la culpa, el de la inseguridad, y tantos otros.
   -Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan -estaba diciendo el hombre sabio que hablaba en la plaza.
   Y continuó con otras enseñanzas, que me dejaron admirada.
   -Se llama Jesús -me dijo al oído una vecina, tan entusiasmada como yo.
   -Bendecid a los que os maldicen, y haced el bien a los que os odian -señaló Jesús, y yo me sentí aludida en mi aflicción, a tal punto que me empezaron a salir las lágrimas.
   -Bienaventurados los que lloran, pues ellos serán consolados -escuché decir a Jesús. A esa altura, yo no quería nada más que escucharlo. Supe que él podía quitar esos demonios que afligían mi alma.
   Aquella tarde no volví a mi casa. Seguí a los seguidores de Jesús, y pude darme cuenta que muchas otras mujeres los acompañaban. Eso era algo tan insólito como fascinante. De hecho, nunca más volví a mi casa. Creo que mi madre no me buscó, al menos no con mucha fuerza.
   Una voz me saca de mis cavilaciones. Es Salomé, preguntando:
   -¿Quién nos removerá la piedra que tapa la entrada del sepulcro?
   -Dios resolverá eso -respondo, con fe.
   Vamos pasando muy cerca del lugar en que murió el Maestro. Todavía pueden verse las cruces. Al pasar por unos matorrales veo algo que me llama la atención. Es alguien que se había escondido, pero al vernos sale lentamente. La reconozco:
   -¡Juanita!
   Entonces sale también Verónica, con sus ojos enrojecidos de tanto llorar. Trato de consolarla, hasta donde puedo. Sé que ella estuvo enamorada de Jesús, desde su infancia en Nazaret.
   Miriam les explica nuestros planes, y ellas se nos unen. Seguimos caminando. Después de un trecho no muy largo, diviso a lo lejos el sepulcro que andaba buscando. El que me había mostrado José de Arimatea en ese negro atardecer. La tumba en que él y Nicodemo pusieron a Jesús. Nos acercamos. Dos guardias salen a nuestro encuentro y no nos dejan seguir avanzando. Mis compañeras empiezan a volver por donde vinimos, pero yo no me rindo tan fácil. Tengo una idea. Sigo a las demás, y cuando los guardias ya no pueden escuchar digo a ellas mi plan. Yo iré por detrás de unos arbustos, agachadita para no ser descubierta, y después de un rato, las demás también tendrán que ir, de a una.
   Así lo hago, con éxito pues los guardias no me detectan, y logro llegar hasta el sepulcro. Lo raro es que la piedra está movida. Pienso que es una suerte, pero también algo inexplicable. Con temor, entro en el sepulcro...
   Casi me voy al suelo de espanto. El cuerpo de Jesús no está. Ahora, me parece entender por qué la piedra estaba movida. Y por qué hay tantos guardias, y por qué José de Arimatea no está ubicable. Me pregunto dónde puso el cuerpo de Jesús.
   Salgo y vuelvo a entrar un par de veces. Entonces veo a un muchacho joven, vestido de blanco. Le pido ayuda:
   -¿Dónde han puesto el cuerpo de mi Señor?
   En eso, vienen los guardias, más preocupados por este joven que por mí. El muchacho tiene tan intenso el resplandor, que los guardias se asustan, pues no están acostumbrados a eso. Se van, lo cual me alivia bastante.
   -No sé dónde han enterrado el cuerpo de mi Señor -sigo insistiendo.
   -No busques en una sepultura al que está vivo -es su respuesta, como si estuviera hablando de algo trivial.
   -Recuerda lo que él siempre decía... -agrega.
   Me parece que es un ser muy especial. Miro para todos lados. Quisiera ver si vienen las demás mujeres. En ese preciso instante el joven se fue, y no pude ver hacia dónde. Para no caerme, me siento en una piedra, sin saber qué hacer. Es entonces que veo a un hortelano, muy cerca de ahí. Me levanto y corro hacia él.
   -¿Dónde lo pusieron? -le pregunto al hombre.
   -¡María! -me dice con una tierna voz como la de Jesús. Lo miro mejor y me doy cuenta de que es él.
   -¡Maestro!
   Durante unos minutos no sé qué más decir. Es una impresión muy fuerte. No necesito hablar nada para hacerle saber la alegría que me produce verlo vivo. No lo hubiera reconocido si no me hubiese hablado.
   -¡Gracias, Señor! -atino a hablar algo, yo también-. Nunca te lo había dicho..., es que fue tan importante para mí, que me hayas enseñado a limpiar mi alma..., y a desalojar esos como demonios que no me dejaban ser yo misma.
   -Gracias a ti, María, por tu perseverancia.
   -¿Te quedarás por mucho tiempo? -le pregunto, tratando de tocar su brazo, pero mi mano no lo logra.
   -No, María. Muy pronto iré a la casa de mi Padre. Por eso no puedes tocarme.
   -¿Qué he de hacer?
   -Tú has captado bien el mensaje. Quiero que lo transmitas a otras personas.
   -Así lo haré, Señor mío.
   Llegan las otras y ven la piedra movida. No entienden nada. Jesús ya no está. Les explico algo, sin mucho orden ni calma. Busco a Jesús, y al joven de blanco. No se ven por ninguna parte.
   Nos vamos de ahí porque es necesario contar esto a Pedro y los demás. Corro más que ninguna y muy pronto llego a casa. Cuento todo, con gran desorden, hasta que me dan agua, y me tranquilizo, y entonces hago un relato más calmado. No me creen mucho, pues se trata de algo muy extraño. Pedro y Juan salen corriendo hacia el sepulcro. Los demás se quedan admirándome, incrédulos, como si yo fuera una aparición misteriosa.
   Lo único que me nace es sumergirme en la oración:
   -Padre, quiero sentir tu presencia, y contarte cuál es mi anhelo. Llevar tu mensaje a otros lugares. Sé que es casi imposible que una mujer pueda lograr algo así, pero lucharé por ello.


Cleofás

   Vinimos a Jerusalén por la fiesta de Pascua. No sé si se la puede llamar así. De fiesta no tuvo nada, esta vez.
   Estoy acá con Rebeca, mi mujer, tal como todos los años hemos venido. Y ahora, nos ocupa la tristeza, y ya nos disponemos a emprender el regreso a nuestro pequeño pueblo, Emaús.
   Desde hace años seguimos a Jesús, un gran hombre, lleno de sabiduría, que predica con un lenguaje de amor, muy distinto a lo que estábamos acostumbrados. Más bien, debí decir "predicaba", ya que murió hace pocos días. Ése es el motivo de nuestra tristeza. Y no murió de cualquier manera. No. Ya sabíamos que estaba siendo perseguido por las autoridades religiosas, y también por los romanos.
   Tras un juicio injusto, muy breve, fue condenado a morir en la cruz. ¡Cómo puede haber tanta maldad! Siendo Jesús una encarnación de la bondad.
   Recuerdo cuando fui enviado por el Maestro, en misión de dos en dos. Yo iba con Rebeca, por supuesto, y volvimos muy contentos de esa importante actividad. Fue una de las cosas más hermosas que me ha tocado vivir. Durante el encuentro que tuvimos aquel día del regreso, compartimos las experiencias de cada uno de los grupos. Jesús era el más contento de todos. Nos habló de cómo Dios no se muestra a través de pensamientos de alto intelecto, sino en el corazón de las personas sencillas.
   Lo que más me impactó en aquella oportunidad fue que Jesús se atrevió a echar por tierra la idea de los satanes, que los sacerdotes nos han metido en la cabeza desde niños chicos.
   -Vi a Satán caer del cielo como un rayo -nos dijo Jesús, poniendo un rostro de sorpresa.
   Sí, ésa fue la forma como lo expresó. Es que él siempre hablaba en parábolas. Después nos explicó que caer del cielo es caer del trono que hay en el corazón de la gente.

         * * *

   Hace casi una hora que estamos caminando hacia Emaús. Todavía nos faltan un poco más de cinco horas para llegar, pero a mitad de camino hay una posada en la cual podremos comer algo y descansar un rato antes de seguir viaje.
   Un poco más atrás viene otro viajero, que camina más rápido que nosotros.
   Pronto nos alcanza, nos saluda y baja un poco la rapidez de sus pasos porque, al parecer, tiene ganas de conversar.
   Es un buen hombre, y nos pregunta:
   -¿Por qué estáis tristes?
   -¿Que no sabes lo que ha ocurrido en estos días? -respondo.
   -¿Qué ha ocurrido?
   Sonrío al advertir que estamos hablando con puras preguntas.
   -Mataron a Jesús el nazareno -respondo después de un rato, cuando ya se me había borrado aquella sonrisa.
   El viajero no parece sorprenderse mucho, y se queda esperando que le cuente más. No puedo evitar que se me trasluzca la rabia al contarle cómo Jesús fue apresado una noche, juzgado de manera fraudulenta y entregado a los romanos para que lo crucificaran.
   -Cleofás, por favor -me reta mi esposa-, no hables con tanto odio.
   -Unas mujeres fueron al sepulcro, al día siguiente -le explica Rebeca al viajero-, y no encontraron el cuerpo de Jesús. Ellas dicen que él vive.
   Se produce un silencio, me tranquilizo un poco, y es el viajero el que toma la palabra:
   -Confiad en lo que ha sido dicho por los profetas -nos aclara el viajero.
   -Era necesario que el Cristo padeciera y entrara en su gloria -continúa.
   Y de ahí nos sigue hablando, y enseñando las escrituras.
   No me doy ni cuenta cómo el camino se me hace corto, y de pronto, ya estamos llegando a Abu Gosh, donde está la posada que yo venía esperando.
   -Bendito seas, peregrino, que hablas como el Maestro -le digo con sinceridad, y lo invito a almorzar con nosotros en la posada.
   Acepta gustoso.
   Mientras estamos comiendo, nuestro amigo toma el pan y lo bendice, en la misma forma en que lo hacía Jesús. Lo parte, tal como hacía el Maestro, y nos lo da.
   Es entonces que siento como si recién se me estuvieran abriendo los ojos. Y a Rebeca le está pasando exactamente igual. ¡Cuántas veces hemos estado con Jesús y lo hemos visto partir el pan en su particular modo.
   Entonces..., estamos con Jesús. ¿Pero cómo puede ser eso? ¿Qué significa vivir esto? Yo estoy vivo nuevamente, y también lo está Jesús, no sé de qué forma.
   Estoy tan impresionado que apenas alcanzo a captar que Jesús se levanta de la mesa y sale de la habitación. Me paro inmediatamente, y salgo a buscarlo. Ya no está en ninguna parte. ¡Qué misterioso es todo esto!

         * * *

   Hemos vuelto a Jerusalén en esa misma tarde. Así lo decidí inmediatamente después de haber sido un testigo de Jesús resucitado.
   Estamos con Pedro, Juan, Magdalena y los demás. Hablo a borbotones:
   -¡Jesús vive!
   Las mujeres están fascinadas, pues nunca se habían sentido tan comprendidas como en este preciso instante.


José de Arimatea

   Nací en Arimatea, y viví muchos años en esa ciudad de Judea. Muy joven me vine a Jerusalén, con un buen pasar que heredé de mi padre. Tengo una parcela con algunas plantaciones que me dejan buen dinero. Pertenezco al Sanedrín, como maestro de la ley, o más bien dicho, pertenecí a él hasta ayer.
   Conocí a Jesús cuando él era niño, con motivo de su Bar Mitzvá, una vez que se quedó en Jerusalén y sus padres retornaban a Galilea sin él, y un par de días después llegaron a buscarlo. Recibí a este joven en mi casa durante ese lapso de tiempo, y lo dejé conversar con otros maestros y rabinos en el templo. Ya en ese tiempo me impresionó su sabiduría innata.
   Años después, lo vi enseñando en el templo. Lo encontré fabuloso. Jesús estaba innovando toda nuestra cultura. La mayoría de mis compañeros del Sanedrín lo detestan, precisamente por eso. Es que son excesivamente conservadores y cerrados. Jesús quiso abrir sus mentes, y lo que logró es que lo persiguieran hasta la muerte.
   Yo también espero descubrir en mi interior algún pequeño trozo del Reino de Dios, tal como Jesús enseñó a sus seguidores.
   Hace algunos días estuvimos reunidos para algo que Anás dijo ser muy importante y urgente. De un día para otro citó a reunión extraordinaria. Al llegar, supe que se trataba de juzgar a Jesús, que había sido apresado. Fue una cosa atroz. Cómo se presentaron testigos falsos acusando a Jesús de cuanta cosa hay. Éramos muy pocos los que lo defendíamos.
   El saduceo Anás, que es nuestro jefe político-religioso, es un personaje detestable. Los tiene a todos en su mano, y logra lo que quiere en el Sanedrín. Principalmente, maneja a su yerno Caifás, a quien puso de Sumo Sacerdote, como si fuera un objeto perteneciente a él.
   Esta vez, el Sanedrín sentenció a Jesús a la pena máxima. En nuestro caso, la pena máxima no es directamente la muerte, ya que por disposición de los romanos no tenemos derecho a condenar a muerte. Jesús fue entregado a los romanos para que lo crucificaran. Pilatos no quería cometer la injusticia de hacer matar a Jesús, pero lo hizo porque le tiene terror a Anás. Es tan siniestro este Anás, muy amigo del César, que se las ha arreglado para lograr la destitución de cuatro procuradores romanos sucesivos. Pilatos estaba temeroso de ser el quinto.
   Cuando murió Jesús en la cruz, me apresuré en visitar a Pilatos y pedir el cuerpo de Jesús para darle sepultura. El procurador se sorprendió de que ya hubiese muerto. Hasta hizo venir al centurión para preguntarle si era efectivo que "el judío", como dijo él, ya estaba muerto. Una vez que el centurión informó a Pilatos, éste me permitió ir al Gólgota a levantar el cadáver, que aún estaba en la cruz.
   Lo puse en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie. Era día de la preparación, y estaba por empezar el día de reposo. Más tarde, preferí cambiar el cuerpo de Jesús a otro lugar secreto y misterioso, dentro de mi terreno, por temor a que Anás quisiera robarlo. Pensé que sería sólo por un par de días, y después podría volverlo a su sepulcro, pero los hechos se precipitaron de otra forma.
   Menos mal que lo cambié de lugar, pues Anás se enteró de que yo tenía el cuerpo, y mandó a que sus guardias me llevaran preso. Éstos me dijeron:
   -Como es Sábado, nada podemos hacer contra ti, hoy. Pero, muy pronto daremos tu cadáver a las aves de rapiña y a las bestias de la tierra.
   Les respondí:
   -Vuestras palabras se parecen a las del soberbio Goliat, que fue vencido por David.
   Me encerraron en un calabozo oscuro y maloliente. Y pusieron llave y guardias a la puerta.
   Yo trato de descubrir la manera de escapar de aquí.


Marcos

   Yo era un niño cuando conocí a Jesús. Mi madre, llamada María, era una de sus discípulas. Cada vez que el Maestro venía a Jerusalén, se realizaban en nuestra casa algunas reuniones de Jesús con sus más cercanos. Eran muchas las Marías, por ejemplo la de Magdala. Al principio, a mí me consideraban el niño regalón que revoloteaba por aquí y por allá.
   A medida que pasaban los años fui comprendiendo un poco más e interesándome en las enseñanzas de Jesús. Ya bien entrado en la adolescencia, tenía quince años cuando ocurrió algo magnífico, que a mí me gustó mucho.
   Jesús decidió enviar a sus discípulos en misión, de dos en dos. Armó 35 grupos, cada uno de dos varones adultos. Pero, yo quería ir y le rogué al Señor que me incluyera. Al principio no quería.
   Gracias al Altísimo, la María de Magdala también quería ir, aunque tampoco la dejaban. Pedro y los Zebedeos se oponían tenazmente.
   -Es muy peligroso -decían.
   Miles de motivos saltaban para atajarnos en nuestra intención de ser de la partida. Hasta que Jesús tuvo la genial idea:
   -María hará grupo con Marcos. También irán a anunciar el Reino de Dios.
   Partimos felices, en calidad de grupo número 36, habiendo recibido las mismas instrucciones que los demás. Los principales discípulos seguían hablando de la misión de los setenta. Una mujer y un niño..., no parecíamos dignos de ser contados. Para Jesús, sí valíamos.
   Fue una gran misión. Con María teníamos muy buena llegada con la gente. Incluso, casi más que los varones adultos.
   En el momento de llegar de vuelta y contar nuestras experiencias, fuimos realmente reconocidos.
   Jesús se puso muy contento y alabó a Dios por haber puesto la sabiduría en las personas más sencillas y no en los doctores de la ley.
   Hasta Pedro nos elogió a María y a mí. Desde ese día me ha estado pidiendo que escriba algunas cosas, que él las tiene en la cabeza pero le cuesta ponerlas en el papel.
   Al año siguiente, todo se complicó muchísimo en Jerusalén, para Jesús y sus seguidores.
   Nunca olvidaré esa cena que tuvo Jesús con sus discípulos más cercanos. Fue una verdadera despedida, como un testamento. En mi casa, por supuesto. Estaba también María ayudándole a mi madre a servir. Hasta yo mismo ayudé un poco. Después que se fueron, me acosté, con intención de dormir pues ya era tarde. Al poco rato, sentí que tocaban a la puerta con mucha violencia. Eran unos guardias del templo que buscaban a Jesús. Aunque mi madre les dijo que no estaba, igual entraron con prepotencia, registraron todo y se fueron frustrados.
   Decidí partir de inmediato al Huerto de los Olivos, sin que mi madre lo advirtiera. Así que fui así, no más, tal como estaba, tapado con la pura sábana. Quería saber qué estaba pasando. Cuando llegué al lugar, los guardias estaban apresando a Jesús. Incluso, casi me atrapan a mí, pero solté la sábana, y se quedaron sólo con ella, mientras yo escapaba desnudo.
   Llegué de vuelta a casa, desnudo, con frío y tristeza, y lloré de impotencia, como un niño chico.
   Ésa fue la última vez que vi a Jesús con vida. Días después lo vi cuando se apareció a los discípulos en mi casa.
   Decidí que algún día iba a escribir la historia de Jesús. Sé que lo haré. Estoy juntando sus vivencias. Le pregunto mucho a Pedro. Y también a mi primo Bernabé.
   Quiero incluir en mi libro esa escena de la sábana, porque encuentro que es un símbolo vivo de la muerte y resurrección de Cristo. Es algo tan grandioso que no se puede explicar con palabras, sino sólo con imágenes.


Tomás

   Estuve conversando con Felipe, que venía llegando después de un viaje de casi un mes.
   -Tengo que contarte algo fabuloso -me dijo, sonriente.
   -¿Por dónde anduviste? -quise saber.
   -Por todos los pueblos alrededor del lago. Dimos la vuelta completa.
   -Veo que tienes un buen grupo de amigos y amigas.
   -Sí, Tomás. Es cierto.
   -Bueno, cuéntame.
   -Tenemos un Maestro al cual seguimos.
   -Ha de ser alguien que sabe mucho..., me imagino.
   -Por lo menos, mucho más que nosotros... Se llama Jesús, y es grandioso.
   Felipe me habló de las enseñanzas de Jesús. Quedé tan impresionado que me puse a reflexionar acerca de lo que ha sido mi vida.
   Mi padre había querido que yo fuera carpintero, como él. Vive en Tiberiades con mi madre. Ellos son buenos, aunque han tenido dificultades conyugales.
   Mis primeros años de vida familiar no siempre fueron felices. La gente decía que yo era pendenciero. En realidad, he tenido algunos días muy malos, estando a veces triste y abatido. La pérdida de mi hermana de mi misma edad, a los nueve años, me había producido mucha pena.
   Pero, trato de mejorar.
   Recuerdo que al día siguiente de mi conversación con Felipe salimos en el bote a pescar en nuestro querido Mar de Galilea, cerca de donde sale el río Jordán.
   -Mañana habrá un encuentro con Jesús -anunció Felipe-. ¿Quieres venir con nosotros?
   -Bueno, sí..., ¿por qué no?
   Asistí, porque si Felipe estaba tan entusiasmado, tendría que ser por algo.
   Fue maravilloso. Traté de acordarme de las palabras de Jesús, para anotarlas en cuanto llegara a casa.
   Al final de ese encuentro, Jesús vino a hablar con Felipe, y después me preguntó "¿Dejarías todo..., y me seguirías?". Su presencia era tan atrayente que, en ese momento, yo podría haber dado mi vida por él. Lo digo con sinceridad, aunque en ese momento no se lo dije a nadie. Me limité a responder que sí, muy animosamente.
   Así fue como me uní al grupo, teniendo yo casi treinta años.
   Mi esposa se alegró de que me uniera a los seguidores de Jesús; se sintió aliviada con la idea de que yo iba a poder mejorar mi carácter. Y talvez también porque ya no la estaría molestando todos los días.
   Me despedí de ella y de nuestros cuatro niños, con afecto. Sabía que los iba a extrañar. Y salí de gira, junto a Felipe y los demás.
   Al principio fui recibido con algo de temor por parte de los discípulos. Hasta me dijeron que era mal parecido y desconfiado.
   En cambio, las discípulas me acogieron amorosamente.
   Después que ellos me conocieron un poco mejor, les caí bien.
   Antes, yo tenía inclinación por las cavilaciones melancólicas, pero la familiaridad con Jesús y sus seguidores y seguidoras me sanó de eso, en gran medida.
   Me dejé contagiar la alegría de Jesús. Esta asociación con el Maestro empezó a transformar lentamente mi manera de ser, y a efectuar importantes cambios en mis reacciones hacia las demás personas.
   Un día, muy temprano, Jesús nos dijo que había escogido a doce de nosotros para representar a las doce tribus que, algún día, tendrán que reaparecer. Me incluyó entre los Doce, como pasó a llamarse nuestro grupo.
   Quedé encargado de preparar y dirigir el itinerario, y he tratado siempre de ser un director capacitado del trabajo y de los desplazamientos de los discípulos.
   Jesús disfrutaba con nuestra compañía, y tuve muchas conversaciones largas y personales con él.
   Yo estaba tan entusiasmado con esta actividad, que me cambió la vida. No sólo a mí. También a mis amigos. Porque, cada vez que pasaba por el pueblo, yo les contaba lo que el Maestro nos hablaba. Cada enseñanza de Jesús, yo la anotaba después, donde podía. Junté varias parábolas, bienaventuranzas, y un sin fin de enseñanzas. Algún día las dictaré a un escribiente que las traduzca al Griego, para que quede toda esta sabiduría para la posteridad.
   Todos en el grupo de los discípulos teníamos veneración por Jesús a causa de algún rasgo. Incluso, hasta Judas, que al final lo entregó, también admiraba profundamente al Maestro.
   Para mí, por el carácter equilibrado de Jesús, y el ser afectuosamente misericordioso; y el ser tranquilo, pero nunca indiferente; compasivo, pero sin invadir al otro. Aprendí mucho de Jesús, tan lleno de humor, amante de la naturaleza.
   Una y otra vez me opuse a dejar que Jesús se expusiera a algún peligro, pero cuando él decidía correr un riesgo, yo decía: "Venid, amigos, vamos a morir con él".
   Sin embargo, no morí con él.
   Pasé por momentos difíciles durante los días del juicio y la crucifixión.
   Me costó creer que Jesús se hubiera aparecido, después de haber muerto. Me lo contaron, porque esa vez yo no estaba.
   Hasta que lo vi con mis propios ojos, y quise tocar sus heridas, pero eso no fue posible.
   Soñaba y aún sueño con dejar por escrito las enseñanzas de Jesús. Ya estoy en conversaciones con un escribiente en Tiberiades, que las pondrá en Griego. Para eso, tengo muchos apuntes en que he guardado esas enseñanzas tan valiosas. Lo que me falta es el dinero para pagar por su trabajo. También estoy tratando de conseguir eso.
   Y tengo la intención de ir después a Oriente a llevar la palabra de Jesús. Ése es el encargo que nos hizo, a sus seguidores de hoy y del mañana. La misión de proclamar su palabra en todo el mundo. Su palabra de amor, de paz y de misericordia. Y para facilitar la unión entre dichos seguidores, nos dio un rito. El de compartir un pedazo de pan y una copa de vino en comunidad, como signo visible de integrar en cada uno la palabra y la fidelidad a esa misión encomendada.

   

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