ARISTODEMO                    Un lugar literario
José de Belén         Gonzalo Rodas Sarmiento

     
Advertencia

      Este libro parece ser la historia de un carpintero llamado José, y su familia, que vivieron hace dos mil años. Sin embargo, talvez no lo sea, pues no pretendo haber encontrado alguna historia perdida.
      Siempre me ha apasionado el tratar de descubrir cómo siguen viviendo las personas después que mueren.
      Ésta es la historia de un carpintero llamado José, y su familia, que viven hoy en algún lugar tan lejano como cercano.

      El autor

 

   1.- José y los sueños

   Desde muy niño me interesaron los sueños. No sólo los que sueño despierto. Con mucha más razón los que me vienen en la oscuridad de la noche. Casi siempre me duermo en cuanto pongo la cabeza en la almohada. Sin embargo, no despierto con la misma rapidez. Ahora me doy cuenta por qué me costaba tanto levantarme cuando yo era pequeño, lo que me significó unas peleas atroces con mis padres. Es que yo necesito repasar el sueño antes de salirme de la cama.
   Me maravilla cómo cada sueño me lleva de la mano, igual que lo haría un padre tierno, con la sabiduría admirable de algún anciano que me impulsara a vivir los preámbulos de su propia vida. Hasta he concebido un lenguaje. En este caso, me refiero a lo que sueño dormido.
   Estas vivencias extrañas me muestran caminos. Y me los seguirán dando a conocer por mucho tiempo más, puesto que recién estoy llegando a esa edad en que se supone que uno ya es adulto y, por lo tanto, tiene que cambiar sus costumbres livianas de la niñez por otras más pesadas, aptas para la vida seria.
    En mi infancia estuve bastante solo, aunque nunca me faltó algún amigo con quien recorrer entero el pueblito de Belén donde nací, y me crié con mis bondadosos padres. Pertenezco a una familia de carpinteros. Todos lo han sido, desde que se recuerda, y a mí también me tocó serlo. He llegado a dominar el trabajo con maderas. Jacob, mi padre me lo enseñó con mucha paciencia, tal como mi abuelo se lo enseñó a él, y yo tendré que enseñarlo a mis hijos cuando los tenga. Siempre me he llevado bien con mi papá, a pesar de haber sido él muy autoritario. Asumí la carpintería siendo un niño aún, cuando mi padre se enfermó de la respiración. Al ser yo el mayor de los hijos, he tenido que ser responsable y estar pendiente de mis hermanos y hermanas. Me acostumbré a preocuparme demasiado de las cosas. Después de los años, aún vivimos en la misma casa, a la entrada de Belén.
   Me encanta todo lo que sea de madera, y trabajar con los troncos de árboles. Me asombra ver cómo un leño tosco puede llegar a convertirse en belleza. Sin embargo, para efecto laboral he preferido trabajar en la construcción. La mayor parte del tiempo me dedico a hacer arreglos en viviendas de personas que han adquirido algún poco de dinero. Están siempre mejorando algo. También trabajo en mi taller, cuando me encargan un mueble o cualquier cosa menor.
   En Belén no tenía muchas posibilidades laborales, pero la cercanía de Jerusalén me hizo venir en busca de trabajo. Tuve mucha suerte porque en uno de los primeros días de búsqueda en Jerusalén conocí a Joaquín, que intentaba reunir trabajadores para su hacienda. Le caí bien y me preguntó qué sabía hacer. Le dije que soy carpintero. Ese día trabajé en su hacienda y como lo hice muy bien me pidió que siguiera yendo. Somos muchos los que venimos a trabajar a la finca de Joaquín y su esposa Ana, en Jerusalén. La casa es enorme. Afortunadamente para mí, porque eso me significa tener siempre algún arreglo que hacer ahí. También vienen jardineros a mantener los amplios lugares en que la señora Ana ha plantado arbustos y flores. Al principio, yo estaba a la orden de un carpintero anciano que también se llamaba José. Nos decían “Los José”. Eramos el José viejo y el José niño. Cuando el José viejo se enfermó y ya no pudo seguir trabajando, Joaquín me puso como jefe de la carpintería. Después de un tiempo me ofreció pernoctar en su hacienda cuando quisiera para no perder tanto tiempo movilizándome todos los días. De hecho, me quedo en la hacienda casi siempre, menos en Sábado. Joaquín me invita, con muy buena disposición, y tiene habitaciones de sobra.
   Es gente generosa con su riqueza material, que es mucha. Joaquín cuenta con una gran cantidad de ovejas y otros animales. He trabajado tanto en su casa que casi vivo ahí, y me han acogido como a un verdadero hijo. Joaquín ayuda a muchas personas, y se mete a tal punto en los trabajos de la hacienda, que no le queda tiempo para sentarse a conversar un rato. He sido su brazo derecho en todo lo que tiene que ver con carpintería.
   Estando la situación tan mala como está, los pobres cada vez más pobres, y los ricos cada vez más ricos, es reconfortante que un rico esté tan preocupado de los pobres. Y su esposa es una verdadera santa, muy servicial, siempre preocupada de traer la comida para los trabajadores.
   -Mis padres me eligieron un muy buen esposo -me ha dicho la señora Ana, varias veces, agregando que ella no se resistió porque supo que el Altísimo estaba de acuerdo. Doña Ana tiene una percepción muy especial de las cosas, y por eso siempre he querido hablarle, hasta que una vez me decidí a hacerlo. Desde ese día, siempre me conversa un rato.
   No ha podido tener hijos en sus veinte años de casados, y eso entristece a Joaquín, y le da problemas para participar en el templo. Creo que hasta un simple escriba se permitió tratarlo duramente cuando se aprestaba a ofrecer sus dones, como acostumbran a hacerlo los ciudadanos importantes. Le manifestó que el Altísimo no lo ha querido bendecir dándole descendencia. Cómo será, que justamente por esta razón, Joaquín anda desaparecido desde hace algún tiempo. Yo trato de darle optimismo a la señora Ana. De verdad, confío en que el Altísimo les envíe un hijo.
   -Cuando estaban reunidos en una sala del templo, los que habían traído ofrendas -me contó ella hace algunos días-, el sacerdote rechazó la de Joaquín, y más encima lo recriminó delante de todos por no tener hijos. Lo mandó a un rincón. Salió de ahí muy dolido y avergonzado de que lo trataran así.
   Con doña Ana tenemos mucha afinidad. Se podría decir que somos amigos, aunque yo soy prácticamente un niño, y ella ya está entrada en años. Yo la respeto mucho. Siempre ha sido muy maternal conmigo. Es una mujer bondadosa y con inquietudes por lo sobrenatural, igual que yo. Me conversa cuando me trae la comida en la tarde, al final del trabajo. Y también me acompaña mientras estoy comiendo, en una improvisada mesa de piedra, y me sigue hablando.
   El sol ya se está poniendo. Sentados en el hermoso jardín estamos ahora hablando como todas las tardes, mientras ella se entretiene en la costura. Tiene su cara descubierta, ya que está en su casa. Para salir debe ponerse un velo que le cubre la parte inferior del rostro. Eso es así en Jerusalén solamente, y por tratarse de una mujer de cierta posición.
   -Siempre que converso con algún amigo -le cuento a la señora Ana-, o con alguien de mi familia, respecto a lo que son para mí los sueños, me miran raro, como si yo estuviera hablando de cosas extrañas e insólitas. Debe ser por eso que cuando era niño, yo hablaba solo.
   -La gente no recuerda sus sueños, al menos no completamente. Olvidan los colores, y hasta los personajes -responde ella.
   -En cambio, yo los recuerdo muy vivos, y me encariño con cada imagen -le explico, y me entusiasmo-. Muy pocas veces los anoto. Simplemente, los recuerdo por varios días, y les voy encontrando un sentido. Son mensajes del Altísimo que nos guían con amor y conocimiento. Algunos, no los olvido jamás.
   -Eres muy instruido para ser un carpintero.
   -Me gusta saber todo lo oculto.
   La señora Ana esboza una sonrisa y guarda silencio. Está muy triste porque Joaquín se ha ido y nadie sabe dónde.
   -Temo que Joaquín haya muerto -le escucho decir casi en un susurro-. Hace ya cuarenta días que salió de casa. Supuestamente se fue al desierto, y debe estar pasando hambre y sed.
   -A lo mejor está con los esenios.
   -Quiera el Altísimo que esté con los esenios. Ellos podrán consolarlo, darle un consejo, y también algo de comer. Lo último que se supo es que andaba con uno de sus pastores, y el rebaño. Se fueron cuando estaban construyendo las chozas para la fiesta de los Tabernáculos -hace una pausa, y continúa-. Voy todos los días a la Puerta Dorada a ver si lo veo venir. Justamente ahora vengo llegando de allá. Es que ese joven de la otra vez . . . ¿te acuerdas? me anunció que Joaquín estaría de vuelta muy pronto. A las mujeres nos toca esperar.
   -¿Qué joven de la otra vez?
   -¿No te acuerdas? Cuando te fui a buscar y te pregunté si era de los que trabajan contigo. Creí eso en un principio. Al final, nunca supe quién era ni de dónde apareció.
   Ahora recuerdo que el otro día la señora Ana me comentó algo que le había acontecido una tarde en el jardín.
   -Vi un nido en un laurel -mencionó en esa oportunidad-, con unos hermosos pájaros que me hicieron recordar cuánto ansío concebir. Le rezo a Dios y me lamento.
   En eso, un joven apuesto estuvo a su lado, según me contó. Ella supuso que sería uno de los que trabajaban conmigo, y por eso fue a preguntarme. Resultó que no era ninguno de ellos. También me dijo que después de la escena del laurel se tuvo que recostar, cansada, y continuó en oración. Estaba muy confundida.
   -¡Ah! Ya recuerdo -le digo-. Era un desconocido para mí, a juzgar por la descripción, ya que no lo alcancé a ver.
   -El caso es que él me aseguró que pronto concebiré una hija y que todo el mundo llegará a conocer a sus descendientes. Me dio mucha alegría, pues le creí. Es que necesito creerle. También, esos pajaritos del laurel fueron un signo inconfundible para mí -hizo una pausa y continuó, sonrojada-. Además, no he tenido mi derrame impuro, ninguna de las dos veces en que me tocaba tenerlo, desde que se fue Joaquín. No se lo he contado a nadie.
   Al decirme esto, Ana se sobrepone a su tristeza y logra habitar la alegría. Empiezo a ver un resplandor alrededor de ella, especialmente en su cabeza y hombros, como tantas otras veces. Ella me ha contado que también ve resplandores en algunas personas, a veces. Yo solamente en ella. Talvez por eso, nuestra amistad ha perdurado.
   -¿Y cómo pudo saberlo? -pregunto- Es un personaje extraño.
   -El Altísimo se las arregla para dar signos. El nos guía de esa forma, ¿sabes? Me encanta descubrir lo que El quiere de mí.
   Así como ella tiene un don para los signos, yo lo tengo para los sueños. Nos ayudamos entre los dos a entender nuestros destinos. Yo confío mucho en su sabiduría, lo que es bastante decir, si se tiene en cuenta que no conozco ningún otro hombre con ese grado de confianza en una mujer. Las mujeres son muy injustamente despreciadas.
   A doña Ana le encanta el tema de las apariciones y signos. Sobre todo, signos. Lee hasta en los árboles. La forma como la brisa pasa por sus hojas es para ella como un canto que le fascina. Siempre encuentra un mensaje en todo. Es una buena enseñanza para mí, la de buscar señales a través de las que el Altísimo me va guiando.
   -Simplemente lo acepto -agrega-. Cuando deseamos algo con fuerza, también sentimos temor. Esto ha sido como un reencuentro con raíces de infancia. Yo viví en el templo desde los cinco años hasta que me casé. Es la aventura la que me enfrenta a la costumbre.
   -O también la originalidad contra el deber -digo susurrando.
   -Más bien, es el logro contra la resistencia.
   Reímos con el juego de palabras. Creo que el saber viene primero en lo superficial, y más tarde en lo profundo.
   Después de la risa, el silencio nos hace volver a la tristeza. Mi vida no ha estado exenta de heridas ni de prejuicios. Muchas veces me he sentido obligado a vivir caretas. Sentir rabia y humillación cuando lo único que me nace desde adentro es conformidad. Precisamente, son los sueños los que me traen de nuevo a mi suelo y me dicen claramente que mi sensibilidad no tiene por qué obedecer a obligaciones sociales. Me llega ese tipo de cosas y las veo como sugerencias de Dios. El sueño me aclara cuál es, en realidad, mi sentimiento frente a las cosas, porque lo que uno cree que siente está muy contaminado por prejuicios, heridas y por los desperdicios invisibles que están en el ambiente. No hallaba cómo expresarle todo esto a la señora Ana.
   -Una vez tuve un sueño decisivo -atino a decirle-. O sea, el que me abrió los ojos que ven y leen los mensajes. Había un sol tan fuerte en mi sueño, que quemaba todas las cosas. Los árboles, las casas, y cuanto estuviera en ellas o fuera de ellas. Hasta que ese sol se fue tapando de nubes y apagándose, en consecuencia. Así pudo sobrevivir lo que aún quedaba del ambiente en el que yo vivía. Al despertar, yo estaba triste porque lo relacioné con lo que había pasado el día anterior.
   -¿Y qué había pasado el día anterior?
   -Yo me había disgustado con mi hermano menor, y lo había hecho llorar, lo cual causó risas en mí. Risas de fuego, como rayos malignos del sol de mi sueño, cuyo exceso de alegría había empezado a causar daño.
   -De ahí, tú mismo puedes sacar la enseñanza.
   -Después de un par de días, recién comprendí el mensaje -le explico-. La enseñanza me estaba diciendo que los nubarrones de tristeza me salvan de seguir haciendo daño. Entonces supe que ser dañino es también ser víctima. Y que la tristeza tiene un sentido. Necesito vivirla para ser yo, plenamente, como me creó el Altísimo.
   -Es fascinante el mundo de los sueños.
   -Sí. Me llama la atención que, de repente, un personaje del sueño se convierte en otro.
   -Pienso que eso tendría que ser clave para descifrar los sueños -reafirma ella- pero no se me ocurre cómo.
   -No siempre son tan importantes.
   -Un sueño puede ser un simple saludo o un llamado a tomar nota de algo. Finalmente, nos acercan al Altísimo.
   -Hace poco soñé que iba caminando bajo un cielo rojo de nubes, al atardecer -empiezo a contarle a Ana-, y de pronto ya no podía seguir avanzando. El aire parecía asombrado, los pájaros detuvieron su vuelo. La gente miraba hacia arriba fijamente y sin moverse. Un pastor que había levantado su vara, estaba con su brazo tendido en el aire. Después de poco rato todo siguió su curso nuevamente. Nunca he podido descifrar ese sueño.
   -Entonces, no lo olvides. Algún día lo vas a comprender.
   -Eso espero. Antes, yo fui rebelde y no hacía mucho caso a mis padres, que eran muy devotos -hago una pausa-. Cierta mañana, siendo adolescente, me desperté con una especie de ataque de felicidad, con un mensaje lindísimo que no podría reproducir. Me levanté corriendo y me arrodillé en plena naturaleza a disfrutar ese momento, y darle gracias al Altísimo. No me canso de alabar al Señor por sus maravillas -hago otra pausa-. Sentí su respuesta amorosa, y desde entonces me he acostumbrado a volver sobre las lecturas de los profetas, que ya tenía tan olvidadas.
   En eso estamos, hablando en el patio, cuando vemos venir un hombre pequeño de porte, demasiado conocido para nosotros. Es Joaquín. Después de cuarenta días, regresa con una larga barba. Su mujer se levanta y corre a su encuentro.
   -¿Dónde estabas?
   -Orando en el desierto -responde Joaquín, mientras ella lo abraza llorando, y le cuenta atropelladamente que serán papá y mamá.

   

   2.- María en el templo

   Un poco antes de que yo naciera, mis padres ya habían prometido al Señor que me consagrarían al servicio divino. Esto no era tan extraño, ya que en algunas pocas familias de Israel se acostumbra a poner una de las hijas al servicio del Templo, lo que es un gran honor.
   El mismo día que llegué a este mundo, nada menos que a Jerusalén, mi padre Joaquín estaba tan contento que hizo una gran fiesta, a la cual invitó a los pobres y les regaló ropa. Al año siguiente, para mi primer aniversario, nuevamente mi padre organizó otra fiesta similar con los pobres.
   A pesar de que yo estaba prometida al Altísimo, las cosas no se estaban dando así, al principio. Ya tenía cuatro años cuando me llevaron al templo. O sea, cuando ya era una personita de cierta independencia. Mi aprensiva madre se resistió a llevarme antes. Tengo recuerdos de esa época, y bien nítidos.
   Varias otras niñas llegaron también ese mismo día, que los sacerdotes habían fijado. Todas llevábamos una lámpara en la mano, con mucho cuidado, para no causar algún daño. Ibamos vestidas de blanco con dorado y cantábamos salmos de alabanza. Una a una fuimos entrando al patio de los gentiles, llamado así porque a él puede ingresar cualquier persona, aunque no profese nuestra religión. No es más que un gran patio cuadrado, con unas enormes columnas al llegar a la parte edificada. A este recibidor sólo podemos entrar los judíos. Algún tiempo después me di cuenta que eso está especialmente señalizado en unas placas del muro, en griego y en latín. Desde esta construcción, tres puertas llevan al atrio llamado de las mujeres, pues está permitido para hombres y mujeres. La central es la Puerta Hermosa, donde se ponen los mendigos a pedir limosna.
   Apenas entramos al atrio de las mujeres, los sacerdotes salieron a nuestro encuentro y nos acompañaron hasta el otro extremo del patio. Quince escalones hay que subir para llegar al atrio de los israelitas, al cual no deberíamos ingresar las mujeres, según supe después. En esas gradas estaban, como era la costumbre, los levitas cantando salmos con lindas voces, y acompañándose de flautas, arpas y címbalos. Es una música maravillosa. Desde lo alto, el sumo sacerdote, con su túnica blanca y su lujoso efod, tenía una ancha sonrisa y una mitra de dos cuernos en su cabeza. Abría sus brazos en señal de acogida, y dispuesto a ayudarnos a subir las gradas. Mis padres ya me habían contado cómo sería todo, y yo estaba tan ansiosa que subí sola la escala del templo. El sacerdote me llevó hacia el Santuario, y yo entré con él, muy suelta de cuerpo por el espacio que dejaba la cortina, porque no sabía que era un lugar exclusivo para los sacerdotes. La puerta, que era de oro, estaba abierta. Después supe que el sacerdote hizo una excepción al dejarme entrar. Y estaba muy contento. Me preguntó si acaso sabía que al Santuario se entra para conocer y adorar al Altísimo. Por supuesto, no supe qué contestar. Me limité a admirar los candelabros y altares.
   Así fue mi llegada al templo. Mi mamá se quedó triste. Después que me dejaron, junto a las otras niñas, y conversaron con el sumo sacerdote, mis padres se fueron. Al comienzo me visitaron mucho, pero después de un par de años se cambiaron de casa y de pueblo. Se fueron a Nazaret, en el norte. Mi padre tuvo algunas dificultades económicas, no muy grandes, pero prefirió vender sus terrenos en Jerusalén y comprar uno más pequeño cerca de Nazaret. Además, no le gustaba la vida agitada de Jerusalén. Siempre quiso volver al Norte, a la tierra saludable que lo vio nacer.
   Así y todo, se las arreglaban para visitarme dos veces al año. También venía a verme Miriam, mi prima que quedó huérfana un poco después de venirme yo al templo. Mis padres se hicieron cargo de ella, amorosamente. Resulta que ahora es como hermana mía, y nos llamamos casi igual. Si viviéramos juntas, no sé cómo nos diferenciaríamos. Talvez por la edad, pues ella es ocho años mayor que yo.
   Ese día que llegué me quedé feliz como si siempre hubiera vivido ahí. Ya era asidua a la oración. También tejía a esa temprana edad. Mi madre me había enseñado, en el tiempo en que viví en mi casa. Recuerdo a un trabajador que mi padre tenía. Se llamaba José y cuando mi mamá me enviaba a llevarle algo de comer, él me hablaba.
   -Tú eres la alegría -ésas eran sus palabras favoritas. Me hacía fiesta y me estimulaba a reír. Yo era una niñita pequeña.
   Ahora me estoy acostumbrando al templo. Al día siguiente de llegar nos presentaron a los rabinos, que nos imparten la formación religiosa en una sala especialmente dispuesta para ello. En realidad son jóvenes que están recién estudiando para rabinos. Así, ellos aprenden y nosotras también. La sala está en una de las esquinas del atrio de las mujeres que es bastante más que un patio cuadrado, pues tiene hasta un altar de sacrificios. Y edificaciones en las cuatro esquinas, no sólo para la formación religiosa sino también hay bodegas para guardar enseres. En una de las esquinas del patio están las habitaciones para nosotras, las niñas.
   Pronto me hice amiga de todas. Acá, las chicas tenemos que coser los velos del altar, hilar el efod del sumo sacerdote, lavar los vasos que se usan en las ofrendas, y hasta limpiar el piso, pero ha sido un tiempo feliz.
   Hemos aprendido la oración “Alabado seas Señor, Dios de Israel”. Es lo que hacemos bien temprano, en la mañana. Después, leemos la Sagrada Escritura durante un rato, antes de pasar a los trabajos del día. Lo que más me gusta es hilar la lana. En las tardes me voy sola a leer unos apuntes que he tomado de los profetas. Esa es una lectura que me vitaliza. Cuando Jeremías anuncia una ley que se escribirá en el corazón de las personas, me llego a emocionar. Lo mismo, cuando Ezequiel habla de un nuevo espíritu que vivirá en el alma.
   Llevaba cerca de un año acá cuando observé algo que me llamó mucho la atención. Era necesario hacer un arreglo en el edificio donde está el Santuario, que contiene el altar de oro para los inciensos, la mesa con la ofrenda del pan y el candelabro de siete brazos. Todos los trabajos los hicieron los mismos sacerdotes, sin contratar trabajadores. Me explicaron que nadie puede tocar esas piedras si no es sacerdote. Cuando me acuerdo que, de niña chica recién llegada, anduve por ahí, sin entender nada, me da una mezcla de vergüenza y risa secreta.
   Cerca del Santuario está la puerta de Nicanor, llamada así en honor a un antiguo judío de ese nombre que, estando en Alejandría donó dos puertas de bronce para el Templo. Durante el transporte de esas puertas, en barco, se desató una fuerte tormenta que casi hizo zozobrar la embarcación. El capitán ordenó tirar al mar una de las pesadas puertas, para alivianar la carga, a pesar de los ruegos de Nicanor. Cuando un poco después, el capitán quiso tirar la otra, Nicanor se amarró a ella. En el rato que duró el forcejeo, el mar se calmó, y gracias a eso se salvó la puerta. Más aún, cuando el barco arribó a puerto, la otra hoja que Nicanor creía perdida apareció, pegada al casco de la nave. Ambas hojas pudieron instalarse en el Templo.
   Por la puerta de Nicanor se llega al atrio de los israelitas, que está presidido por un altar blanco, de mármol, para los sacrificios. En este inmenso patio se concentran los hombres judíos que peregrinan a Jerusalén para ciertas festividades. Aunque lleguen miles de hombres, el patio jamás se llena. Los peregrinos asisten en gran cantidad al Templo, no sólo para Pascua, sino también en Pentecostés, que se celebra cincuenta días después cuando ya empieza el verano. Y principalmente, para la fiesta de los Tabernáculos, en el otoño. Esta es la que más me gusta. Es una fiesta alegre, con cantos levíticos, y los sacerdotes tocan las trompetas. También se hacen sacrificios y ofrendas en el templo. Por la noche, se ve preciosa la ciudad iluminada, y también el templo, con los inmensos candelabros que arden en el patio de las mujeres, contrastando con el siniestro y oscuro castillo romano de Antonia.
   Los hombres son los privilegiados. ¿Por qué? No es justo. Igual, me agrada mi vida, y no necesito tantos privilegios tampoco.
   En una de las esquinas del patio de los israelitas está la sala de las piedras labradas, en que se reúne el Sanedrín, que es el máximo tribunal, para resolver los casos más graves que se presenten. Este consejo está formado por los principales sacerdotes y por los maestros de la ley, además de los ancianos, que son israelitas respetables e importantes.
   En otra de las esquinas está la sala en que se enseñan las leyes de la Torá. Precisamente, las peregrinaciones son una oportunidad para que el pueblo aprenda las leyes y tenga también diversas enseñanzas.
   Otros doce escalones conducen al atrio de los sacerdotes, donde está el altar de bronce, sobre el cual se ofrecen sacrificios. En éste, el fuego nunca se apaga, pues los sacerdotes tienen buen cuidado de alimentarlo en todo momento.
   Sólo pueden llegar a ser sacerdotes los descendientes sanguíneos de Aarón, por rama masculina. Son los representantes de Dios en la tierra, y a ellos les corresponde ocuparse del templo. He notado que su relación con los rabinos es un poco tensa. Los levitas también provienen de la tribu de Leví, pero no de Aarón. Ellos ayudan en los ritos litúrgicos y se hacen cargo de custodiar los utensilios.
   En el extremo del recibidor se ve una doble cortina que lleva al Santísimo, una enorme habitación sin más altares ni adornos que el arca que guarda en su interior los Diez Mandamientos. Sobre ella, dos querubines de oro extienden sus alas una sobre otra simbolizando el amor de Dios. A este lugar, sólo puede entrar el sumo sacerdote una vez al año para quemar incienso en el día de la expiación.
   Diez años he vivido en el templo. Han sido hermosos. Muchas veces he danzado en pleno atrio. Cuando puedo, me gusta estar un rato en el patio de los gentiles porque todo el mundo puede entrar ahí, hasta los no creyentes y los impuros. Es el verdadero templo, para mí. También dedico tiempo a leer los salmos, y a copiar algunos escritos sagrados que me piden los sacerdotes. Me encanta escribir todas estas cosas y leerlas una y otra vez, así las integro. También tengo que tener tiempo para remendar y lavarles la ropa.
   Recuerdo las primeras veces que estuve lavando, yo pensaba en la forma del agua, si es que se le puede decir así a algo tan cambiante. Me entretenía imaginándome qué pasaría si el agua no mojara, o sea, si no entrase en el tejido. No serviría para nada si no se dejara absorber, pues no se relacionaría. Me daba risa pensar esas cosas, y se me hacía más liviano el trabajo.
   Mi tía Isabel viene mucho al templo a ver a su esposo, el sacerdote Zacarías. Cuando ella llega, algún levita va a avisar, y después de unos breves minutos Zacarías se acerca hasta el atrio de las mujeres, conversa un poco con su esposa, y después mi tía aprovecha de visitarme a mí, y hablamos de todo. Ella es una gran persona, en la que confío plenamente para contarle cualquier asunto. Yo le digo tía, pero en realidad es prima de mi padre.
   Ya pronto tendré que salir al mundo. Preferiría quedarme en el Templo. Me he estado quedando todo lo que he podido, leyendo, que es lo que más me gusta, en especial esos escritos que están llenos de sabiduría. Cuando leo, el Altísimo me susurra palabras al oído. También me he acostumbrado a escribir, y me agrada mucho.
   A los pocos años de llegar a este maravilloso templo, tuve un encuentro con Dios. Yo, que siempre he tratado de ser una niña simple, la más simple. Muchos ángeles niños han visitado mi oración, pero aquel encuentro divino es lo más grandioso que me ha pasado en toda mi vida. Ocurrió una vez que estaba orando en plena naturaleza, en un lugar que me gusta porque ahí siento la presencia del Altísimo. Había empezado en el patio de los gentiles, y me fui alejando poco a poco. Quería respirar el aroma de los árboles en flor, y sentir la brisa en mi cara. Me encanta contemplar la bella vegetación que Dios crea todos los días. Los sacerdotes me dicen que dentro del templo está esa presencia que yo busco afuera. Yo creo que está en todas partes, y es afuera donde la siento más. Observo a los pájaros, y el crecimiento de los árboles que parece que se pudiera ver. Recibo y disfruto todo lo que Dios nos da en su infinita bondad. Tal como hacía tantas veces, antes que me trajeran al templo. En la huerta que tenían mis padres, acostumbraba a sentarme bajo las ramas de los árboles, y después corría a preguntarle a mi mamá “¿Quién hace crecer los árboles?” Ella me enseñó a amar al Creador.
   Este encuentro fue fabuloso. Me sentí transportada sin moverme. Viví la felicidad de una enorme cercanía a Dios, como si Él estuviera abrazándome. ¡Y cómo me fasciné de estar con Dios! Fue entonces que decidí ser virgen. Quizás entendía poco. Lo justo y necesario. Mi renuncia a la vida sexual no es sacrificio, ni requiere mucha voluntad. No se trata de rechazar la ternura. Tampoco es un desprecio al varón, ni al sexo por ser una carga para la mujer. Simplemente, es consagrarme al Altísimo.
   He vuelto a tener oraciones profundas, pero nunca una tan grandiosa como ese feliz encuentro, a los siete años.
   Ahora que cumplí trece, el sacerdote Abiatar se acercó a conversar con Zacarías que ha pasado a ser el sumo sacerdote. El Sanedrín lo nombró, el año pasado después que murió el anterior sumo sacerdote, Eleazar, y después del mes de duelo que hubo, pues todos sentimos mucho esa muerte. El caso es que Abiatar me eligió para darme en matrimonio a su hijo. Eso es lo que estaba solicitando al sumo sacerdote. Zacarías vino a mí muy contento y me comunicó que tendría que casarme con un joven que estaba destinado a ser uno de los mejores representantes del Altísimo. Lo que me estaba pidiendo el sumo sacerdote no me vino nada de bien. Menos mal que tengo cierta confianza con él, por ser el esposo de mi tía Isabel. ¡Qué problema! “Ayúdame, Señor, haré lo que tú me pidas”, digo al Altísimo en silencio.
   Con toda la mesura que pude, le aclaré que yo no compartía su entusiasmo. Casarme no estaba en mis planes. Se lo dije. Y como los sacerdotes que andaban con él insistieron en su petición, me tuve que negar en forma terminante. Les hice saber mi promesa de permanecer virgen, y eso les extrañó mucho. Abiatar afirmó que cada israelita, hombre o mujer, debe contraer matrimonio. Le repetí que yo no pasaría jamás por encima de mi promesa, e incluso ellos, hasta tendrían que protegerme y custodiar mi virginidad, porque yo pensaba quedarme en el Templo para siempre. Se alejaron sin entender nada. Yo me quedé suplicando a Dios que me ayudara en esta dificultad.
   Unos días después, Zacarías volvió a la carga, y se puso a sí mismo como ejemplo:
   -Tu tía Isabel estuvo varios años en el templo, como tú, y cuando tuvo edad de salir, su padre ya había fallecido. ¿Entiendes?
   -Y ella se casó contigo, que eres hijo de sacerdote.
   -Exacto. ¿Por qué ella pudo y tú no puedes?
   -Ella no tenía promesa de virginidad.
   -¿De dónde sacaste esa promesa tan extraña?
   Preferí guardar silencio. No quise decirle que tuve un encuentro con el Altísimo. Eso no le iba a parecer bien.
   A los pocos días volvió el sumo sacerdote a conversarme. Me explicó que la ley no permite que una joven que ya ha llegado a la pubertad permanezca en el Templo, porque provocaría la impureza del recinto sagrado. Por lo tanto, lo que me corresponde es volver con mi padre, o casarme. Como mi papá había muerto un par de años antes, justamente ahí radicaba el problema. Zacarías no quería obligarme a ir en contra de mi promesa, y me lo hizo saber. Así está la cosa, por el momento, y yo sigo rezando.
   -¿Por qué no podéis llevarme donde mi madre en Nazaret? ¿Porque ella es mujer no puede tener responsabilidad? -reclamé, pero Zacarías se limitó a mirarme con extrañeza.
   -Ahí está Alfeo, el marido de mi prima, ya que quieren una persona de respeto -insistí.
   -No. Es demasiado lejano -respondió al irse.
   Yo era muy niñita cuando prometí la virginidad, pero aún así, es lo más válido de cuanto hay en mi alma, pues yo ya estaba, en aquel momento, muy cerca de Dios. Entiendo que ése fue el momento indicado para hacer mi promesa, pues después me iba a costar mucho. Dios me respondió algo, y con mucha claridad. Lo aprobó y me dijo que igual podría tener un niño a mi cargo, pues yo siempre he aspirado a tenerlo. Eso se instaló en mí como una certeza. El conocimiento de que yo estaba renunciando al contacto sexual pero no al ser madre, entendido como el cuidar a un niño, día tras día. Empecé a tener el sueño loco de ser madre virginal. Tener un bebé en mi vientre sin intervención de varón. Es uno de esos sueños tan locos, que rápidamente lo hago a un lado por inverosímil. Sin embargo, es una luz que ilumina mi caminar. Todo empezó esa vez que sentí como si un ángel me lo estuviera anunciando. Después del tiempo, todavía recuerdo eso.
   Albergué mis certezas hace años, desde que tuve mi encuentro con Dios. En ese momento, las mismas cosas de siempre estaban distintas. Todo era más brillante, y yo veía los árboles y los pájaros sin sensación de distancia. Con fe en lo que estaba viviendo, esto iba ganando en intensidad. Me sentí una persona de Dios, propia de El, y le juré fidelidad. Sentí que me tenía en sus brazos, y eso era tan hermoso que no quería salir de ese estado. El Altísimo me dijo que volviera al mundo real. Yo tenía siete años. La edad en que más amor tiene una persona.

   

   3.- José viudo

   Varios meses estuvo deliberando Zacarías, y consultó también a los sabios, y leyó a los profetas. Según supe después, el sumo sacerdote no encontraba la manera de sacar del templo a María, que ya había llegado a la adolescencia, y en cualquier momento podía ser tentación de pecado para los sacerdotes.
   Zacarías se vistió con el manto de las doce campanillas y entró al Santuario a orar por ella. Al parecer, escuchó que el Altísimo le ordenaba reunir a algunos hombres del pueblo, cada cual con una vara, pues en una de ellas haría el Señor Dios una señal milagrosa.
   Como resultado de todo eso, nos han buscado a hombres de cierta edad, viudos, respetables, relacionados de alguna forma con Joaquín, ya que fuéramos parientes, amigos, o como es mi caso, que trabajé mucho tiempo para él.
   Yo enviudé hace apenas un año. Buscaban hombres de poca pasión sexual, según dijeron. ¿Qué se creerán? Todavía soy fuerte, vigoroso, activo y vital. Hace pocos años pasé los treinta, y ya me tratan como a un viejo. Lo que pasa es que tengo cuatro hijos. A mi edad, me siento joven y lleno de vida, listo para empezar de nuevo. Es cierto que tengo un bastón, pero no porque no pueda caminar sin él. Simplemente me acostumbré a usarlo, porque es entretenido caminar, y la vara ayuda en las pendientes.
   Los sacerdotes decidieron en oración que era necesario que un viudo fuera el elegido para hacerse cargo de María, hija del difunto Joaquín. Después en el templo nos explicaron que María estaba causando dificultades para ser entregada en matrimonio, debido a su extraña idea de permanecer virgen. Aún vivía en el templo, a pesar de estar ya en los catorce años. Desde hacía varios meses, ya no era permitido que la niña pudiera seguir en el templo, y no habían podido desposarla como hacían con las demás niñas al llegar a esa edad. Me refiero a las doncellas del templo, aquellas que sus padres llevaron muy pequeñas para que estuvieran dedicadas a la oración.
   Que no divisaba a María, hacían ya muchos años. Para mí siguió siendo hasta ahora la niñita pequeña que corría por todas partes, con una alegría infinita. La conocí recién nacida, estando yo en unas construcciones en que participé en su casa. Recuerdo a la hijita de Joaquín como una criatura adorable. Me encantaba jugar con ella, cuando tenía unos tres años. Me sentaba en el suelo y ordenábamos las piedritas lindas que ella había encontrado. Me conversaba en su media lengua, y estaba enterada de todo. También le contaba cuentos, y María escuchaba fascinada las primeras frases. Entonces, para ella el cuento ya estaba terminado y se iba.
   En ese tiempo yo estaba casado desde hacía muy poco. Antes de los veinte años ya había contraído matrimonio con Salomé, una mujer de gran belleza que comunicaba en sus gestos y en su mirada. Ella era de Belén, y yo la había visto muchas veces siendo un niño que la pequeña Salomé nunca advirtió.
   Me enamoré de ella con motivo de algo muy divertido que ocurrió. Yo iba pasando cerca del arco de piedra que adorna el pozo, al centro de la plaza, y ahí estaba Salomé tratando de sacar agua. Siempre me fijaba en ella, pero esa vez me llamó la atención más que de costumbre porque vi que estaba teniendo problemas, y le costaba subir el cubo, que estaba hecho con un simple tronco ahuecado. Entonces me decidí a ayudarle tratando de que nadie se percatara de una acción tan insólita de mi parte. Entre los dos logramos sacar el agua que ella necesitaba.
   -¿Quién habrá hecho este cubo? -preguntó airada Salomé, en cierto momento-. Se atasca y se da vuelta para todos lados, es un desastre.
   -¿Quién habrá sido? -dije yo, y agregué:
   -Fui yo.
   Nos reímos mucho. Iniciamos una amistad, que muy pronto derivó en amor apasionado. Conseguí que mi padre hablara con el de ella, y así se fue arreglando la boda cuando aún éramos casi niños.
   A pesar de todos los chiquillos que crié, sigo teniendo un sueño extraño, como un rumor persistente dentro de mí, tan descabellado que casi no me atrevo ni a contarlo. Me veo criando a un niño muy vivo, sabio y lleno de amor, un niño maravilloso. Alguien que llegará a ser un rey, a pesar de haber nacido pobre. Me veo enseñándole y ayudándole a desarrollarse, aunque mi triste realidad es distinta. No he logrado ser así con mis hijos. Con cada uno de ellos he aprendido un poco más. A costalazos. Además, en mi ensoñación hay una mujer, la madre, la que hoy ya se ha ido.
   He enviudado a tan temprana edad. Me dio una pena honda cuando murió mi mujer. Yo adoraba a Salomé, la que me dio cuatro hijos. Sutilmente llegó a mi vida, y así también se fue, poco después de tener a Jacob, el más chiquito, que tenía un año recién cumplido cuando su madre nos dejó, en un día tristísimo. Ella había quedado muy enferma al tenerlo. La verdad es que nunca se recuperó mucho de eso. Le tuve que preparar el ánimo cuando supe que iba a morir. Mis hijas me ayudaron, y eso que son niñitas aún, Lisia y Lidia, ya vislumbraban que tendrían que dedicarse a atender un bebé. Pienso que para ellas, eso habría sido una carga demasiado grande.
   Nadie supo decir qué dolencia padecía Salomé. Era una enfermedad misteriosa que le impedía alimentarse bien. Simplemente, Dios quiso llevársela, y me vi triste y destruido y con la necesidad de conseguir alguna mujer que cuide al pequeño Jacob. Lloré con mis hijos, y también oré y les enseñé que la oración es como respirar. Para ellos fue una pérdida muy difícil de aceptar. En cada uno de mis hijos he creído ver a una persona admirable. Me encantan los niños. Y al quedar viudo tuve que ser papá y mamá al mismo tiempo, y eso me cuesta mucho.
   Algo ayuda mi hijo mayor, José, que ya está grande. Además, me acompaña cada vez que tengo una de mis salidas frecuentes cuando hago trabajos en otros pueblos, y dejamos a los niños con la vecina.
   Después que murió Salomé, decidí que lo mejor era que emigráramos porque nuestro Belén nos estaba dando mucha tristeza. Además, el trabajo se estaba poniendo escaso. Me pareció que lo mejor que podía hacer era irme al norte con mis hijos, y así lo hice, tal como lo hizo Joaquín hace algunos años, cuando entró en dificultades económicas y se estableció en Galilea, en las afueras de Nazaret, estando ya muy enfermo. Hacia allá nos dirigimos, y trabajé en la casa de Joaquín, administrando unas obras pequeñas que él aún impulsaba hasta que murió. Luego de su muerte, vinieron meses en que he tenido muy poco en qué ocuparme.
   El día en que me fueron a buscar para este asunto, pensé “qué fastidio”, porque no sabía que se trataba de la hija de Joaquín. Cuando llegó el heraldo, yo estaba trabajando en el campo, procurándome madera que necesitaba para una construcción. Hacha en mano, trataba de derribar un árbol. El propietario de este bosque me encargó hacerlo yo mismo, ya que nadie más podía hacerlo con presteza. En eso estaba cuando llegó esta persona recolectando viudos.
   En un primer momento no relacioné la situación con el sueño que había tenido la noche anterior. Hasta que vi el rollo que traía el emisario, pues era idéntico al rollo que vi mientras dormía.
   Recordé inmediatamente todo el sueño. En él, yo iba caminando con cautela por una pieza un poco oscura, de la casa en que crecí cuando niño. Me pareció que hubiera vivido siempre ahí. Pasé por todos los umbrales de los servicios y habitaciones, hasta llegar a una que no se usaba. Ahí había bastante luz y estaba lleno de rollos. Era como la sabiduría, y eso me puso muy alegre. Después esa pieza se transformó en un pasillo interminable, con estantes de rollos a ambos lados, cada cual más bonito y atrayente. Tomé uno y se puso brillante. Al extenderlo vi en él unas letras hermosas muy difíciles de comprender, y que se movían como bailando. Se mezclaron de distintas maneras, hasta que sentí un ruido en una de las habitaciones, pero no había puerta por ahí. Se escuchaban cantos hermosos y música melodiosa, que me tenía contento, con ganas de ir a esa pieza cercana pero inaccesible. Empecé a caminar de vuelta hacia el comienzo del pasillo. Hasta ahí llegó el sueño. Al despertar no me imaginé que algo de esa vivencia iba a estar presente en mi vida real, durante el día.
   Acerca del sueño, pienso que la pieza que no se usa es alguna fortaleza mía que no arriesgué aun. Y tiene luz. Estoy llamado a entregar sabiduría, no sé dónde. En aquel instante yo no anhelaba precisamente que me correspondiera a mí hacerme cargo de la niña, pues podría llegar a ser una relación difícil. Sin embargo, por otra parte, el pequeño Jacob necesitaba una mamá. Con él yo no sabía atar ni desatar, y siempre estaba pidiendo ayuda. Eso era algo que me movía. Sin este niño pequeño yo no tendría tanta fuerza.
   Cuando le conté a mi hijo José que yo estaría afuera unos días porque iba a venir a este ritual, se rió de mí graciosamente, con un poco de celos. Al principio no me imaginé que el destino pudiera ser mío.
   Y aquí estaba yo sin saber mucho cómo iba a seguir el asunto. Acudí a Jerusalén como muchos otros, para que el sumo sacerdote escogiera el esposo para María. Me quedó claro que estaba ahí por viudo, pues no querían dar la custodia de María a algún hombre lleno de energía sexual, si tenía que respetar la virginidad de su mujer. También sabía que necesitaba llevar mi vara. Así se nos pidió, para entregarla en el templo. No quise llevar mi vara actual, la que me acompaña donde voy, y marca mis pasos al caminar y me da una sensación de seguridad al apretarla en mi mano. Preferí llevar otra antigua que yo tenía en mi casa, y que le faltaba un pedazo. Por años la guardé como un recuerdo feliz, sin saber por qué. Al llegar nos reunieron en el templo, nos pidieron entregar las varas y las pusieron dentro del lugar más sagrado, llamado Santo de los Santos. ¡Vaya ceremonia ! En esta ocasión me tocó sentarme con los ricos, adelante. Yo no estaba muy acostumbrado a eso. Al fondo, bien atrás estaba María, en el sector para las mujeres.
   Antes de entrar habíamos estado conversando en el patio de las mujeres, María y varios de sus pretendientes, si se nos podía llamar así. Repasé en mi mente esa escena. Me impresionó la increíble belleza de María, que se había convertido en una mujer encantadora. Llevaba un velo, e irradiaba alegría y serenidad. La saludé y le hice recordar su niñez. A ratos reía con mis bromas, y se volvía a poner seria, como preocupada. Su voz dulce me tenía extasiado.
   El sumo sacerdote nos explicó de qué se trataba todo esto.
   -Escuchadme, hijos de Israel -empezó su discurso el sumo sacerdote-. Atended a mis palabras. Desde que el templo fue construido por Salomón, moran en él admirables hijas de reyes, de profetas, de sacerdotes, de pontífices. Al llegar a cierta edad, la costumbre es que tomen esposo, agradando así a Dios. Es el caso de María. Su padre, que murió hace poco, nos la confió en el templo, como un depósito sagrado. Ahora que la niña ha alcanzado la pubertad, ya no es posible tenerla más tiempo entre nosotros. La quise dar en matrimonio a un hijo del sacerdote Abiatar, pero ella se ha opuesto por una especial opción de virginidad que ha escogido libremente. Traté de disuadirla de su resolución, explicándole que puede honrar al Altísimo teniendo hijos. María ha encontrado un nuevo modo de agradar al Altísimo, prometiéndole que se conservará siempre virgen. A instancias del sacerdote Behezi, prometí hacer todo según la voluntad que revele el Altísimo. Así pues, tomando el pectoral, entré en el Santo de los Santos, y pedí por todas las jóvenes. Mientras esparcía el incienso ante el Señor, he aquí que escuché como si un ángel de Dios me hablara. Me hizo mirar en uno de los rollos del Números, en que Aarón fue escogido por Dios para tener la responsabilidad del santuario. Yavé dijo a Moisés “En esto se reconocerá al que yo elija, su rama echará brotes”. Fue la vara de Aarón la que resultó elegida en aquella instancia histórica. Hoy vamos a elegir al varón que tendrá la responsabilidad de custodiar otro santuario. El alma y el cuerpo de esta niña.
   Nos contó su oración del santuario, con las doce campanillas. Y cómo escuchó después de mucho orar que el Señor le decía que convocara a los viudos del pueblo y que traiga cada uno su cayado. El Señor elegiría un esposo para la niña. Sólo una de las varas iba a brotar, indicando así quién sería el escogido. Me tranquilicé. La mía tenía menos probabilidades de brotar porque era una rama más antigua que cualquier otra.
   Transcurrió la ceremonia de oblación del incienso. Hicimos una oración muy linda, que duró varias horas. Todos dijimos al Señor estar dispuestos a ser el elegido y también a no serlo. Supuse que a ninguna vara le pasaba nada aún.
   Es encantadora la niña, pero no creí estar en condiciones de hacerme cargo. “Señor, haz lo que tú quieras” fue mi oración. Después de todo, Jacob necesitaba una madre, y aunque María era muy niñita, por lo menos era mayor que mis hijas, que estaban muy chicas todavía.
   No sé por qué si me imaginaba el signo apareciendo en otra vara, de alguno de los postulantes, me sentía muy celoso por anticipado. De todos modos, me daría alivio.
   Llegó el temido momento en que los sacerdotes trajeron las varas y fueron repartiéndolas. Cada cual reconoció la suya. Yo no tuve apuro, y me quedé para el final. Cuando todos tenían su vara y creyeron que ninguna había florecido, notaron que yo aún no tenía ninguna en mi mano, y que en cambio, había una sobrante. El sumo sacerdote me preguntó:
   -José, ¿es ésta tu vara ?
   Asentí, y la tomé en mis manos. Al instante, observé en el cayado un brote muy pequeñito. Y después me fijé que tenía otro más. Y otro. Varios botoncitos de flores blancas adornaban la rama. Me llené de emoción.
   “Es la mía. ¡Oh, Dios! Bendito seas por confiar en mí” fue mi nueva oración. Dame fuerzas, que esto no es nada de fácil. Siempre fui un poco rebelde en eso de no pronunciar el nombre de Dios. Respeto eso, cuando se trata de algo banal. Sólo el sumo sacerdote en Día del Perdón puede pronunciar el nombre de Dios.
   Yo estaba asustado por la responsabilidad. No sabía cuán difícil iba a ser todo y cómo lo iba a vivir.
   -José, hijo primogénito de Jacob, eres el elegido del Señor -me dijo el sumo sacerdote, Zacarías.
   Casi pensé pedir que me liberaran. Casi alcancé a expresarlo. Abrí la boca, pero ninguna palabra salió de mí. En realidad, estaba maravillado por el milagro, y dichoso de ser tomado en cuenta por mi Dios.
   -Haré lo que el Altísimo me pide - eso fue lo que declaré, finalmente, apelando a ese vozarrón que tengo y que me escuchen hasta los de más atrás, y hasta el sector de mujeres, igual que cuando leo la Torá en la sinagoga.
   He de respetar su virginidad, pero no podría si yo fuera un adolescente. Hoy, Dios me manda a renunciar a muchas cosas, que aún no sé cuáles. Esto es como renunciar en blanco. Me agrada obligarme a algo por amor a Dios.
   -Vete con José y sé sumisa a él -dijo el sacerdote a María. Entonces me la entregaron, y me admiré de lo extraordinariamente hermosa que es esta niñita de apenas catorce años. Me fui con ella a mi casa.
   Venía Ana con nosotros, que estuvo presente en el templo, en el sector de las mujeres, junto a María. Se alegró mucho por este compromiso. Ella ya estaba viviendo en Nazaret, desde que tuvieron que irse al norte, no sólo por razones económicas y de salud, sino también porque les era muy doloroso estar tan cerca de María y no poder ir a verla muy seguido. De hecho, iban, pero eso no estaba bien según ellos.
   Hablé un poco con María durante los días de camino, y otro poco al llegar. Conversamos de los preparativos para los esponsales y para la boda. Y de su vida en el templo, de su entrega a Dios, y no me acuerdo qué más porque me dediqué a disfrutar del tono de su voz, y esa especie de cantito con que habla. Es una niña encantadora, y yo tendría que velar por ella. Me explicó muy claramente que ella había ofrecido a Dios su virginidad para siempre, y que no iría en contra de eso.
   -Está bien -tranquilicé a María- respetaré tu decisión.
   Le pedí que se hiciera cargo del pequeño Jacob desde ya, a lo cual accedió tan gustosa que parecía realizada. Fue una travesía fascinante, en que me sentí como un niño chico con juguete nuevo, o mejor dicho, como un adolescente descubriendo el amor. La presencia de María a mi lado fue siempre el mejor regalo que uno quisiera.
   Al día siguiente tendría que volver al campo a continuar mi trabajo, que ya llevaba dos semanas en que no había avanzado. Sé que el Señor protegerá a mi mujer durante mi ausencia. María estaba fascinada con Jacob, y yo con ella, pues el Altísimo había dado una madre a mi hijo menor. Nos ha llenado de bendiciones.
   Todos mis hijos estaban recibiéndonos. El mayor me dijo con complicidad, y un guiño:
   -Eres un tipo con suerte, papá.
   No supe qué decirle. No podía explicarle ciertas cosas, en ese momento. Por lo menos reconocí que me he enamorado de María, de una manera que a mí mismo me cuesta creer.

 

   4.- José en su boda

   Nunca olvidaré esa feliz ocasión en que contraje matrimonio con María. Asistieron todos los parientes. Mi padre no alcanzó a estar, pues había muerto poco tiempo atrás. Vino un día mi hermano con aquella noticia triste.
   La fiesta de los esponsales se había celebrado seis meses antes, apenas una semana después que adquirí la responsabilidad por María. Para dicho acto nos reunimos sólo unos pocos parientes y amigos, testigos de nuestra unión. Unas monedas que entregué a María, después de ser bendecidas, simbolizaron las arras que indican que compartiremos nuestros bienes.
   Ese rito fue muy sencillo, una simple formalidad, con la presencia de Cleofás, un pariente de María que hacía las veces de su padre. La genuina ocasión de esponsales había sido, en la práctica, aquella ceremonia de la vara florecida en el templo.
   Ahora, las cosas eran diferentes. Con ocasión de la boda se organizó un gran evento, en que María fue plenamente transferida a mí, y eso tenía que notarse en todo el pueblo.
   Fui a buscar a María al hogar de sus padres y la llevé a mi casa. Ese simple gesto nos tomó muchísimas horas. Además, fue algo simbólico, porque María ya vivía en mi casa y cuidaba a Jacob.
   Recuerdo que nos casamos un miércoles, a esa hora cercana al ocaso de una tarde no muy calurosa. Llegué a la casa de doña Ana en las afueras de Nazaret, acompañado de dos amigos y dos músicos. Vestíamos trajes especiales de gala, apropiados para una boda. Uno de los amigos, Salem, era el maestro de ceremonias. Traía del ronzal un burrito adornado.
   María, esa tarde llevaba también un traje especial, un hermoso vestido de color púrpura y adornos blancos, ceñido con el cinturón nupcial, blanco también, que yo le había regalado en la víspera. Después me contó que ese vestido le quedaba incómodo, pues era tan rígido que casi no parecía género.
   Iba perfumada con ungüentos preciosos. Llevaba puestas las pocas joyas que tenía, y que se reducían a un brazalete de plata y unos aros.
   María se tapaba parte del rostro con un velo, dejando libres sus hermosos ojos negros, que combinaban muy bien con su pelo, suelto sobre los hombros. En la frente lucía una joya de oro que le prestó su madre, parecida a un collar, con una figura al centro, en piedras preciosas. Estaba bellísima. Como pude, la acomodé sobre el burro, y eso no era fácil, por la rigidez de su vestimenta. La acompañaban las damas de honor, que eran doncellas amigas o, al menos, conocidas. Cada una traía una guirnalda de flores en sus manos.
   Algunas otras personas del vecindario, o parientes, también se acercaron, y todos empezamos a caminar. En cada puerta se asomaba alguien. Se escuchaba música de flautas y canciones nupciales. María y yo no cantábamos, sino que sonreíamos con timidez. A ninguno de los dos nos gustaba mucho ser protagonistas de festividad, aunque sí nos gustaba estar uniéndonos para siempre. Los niños nos tiraban flores. Esta era la hora de los niños. No elegimos el camino, que por supuesto fue alargado cuanto pudieron las damas de honor y mis pajes. Dimos muchos rodeos, de manera de recorrer Nazaret entero, cada una de sus calles.
   Finalmente, llegamos a mi casa, en gran algarabía, para la solemne bendición. La vivienda, que desde ahora empezaba también a ser, oficialmente, la casa de María en Nazaret, estaba situada cerca de un sector alto del pueblo.
   Ayudé a María a descender del burro, y después nos pusieron bajo un manto dispuesto a cierta altura, sostenido por cuatro largas varas.
   Un rabino anciano leyó un texto extraído de una de las bodas más famosas, la de Tobías y Sara. Puse el anillo a María, y bebimos vino de la misma copa, después que el rabino hizo las siete bendiciones, entre otras, la de ese cáliz.
   La fiesta fue todo lo sencilla que se pudo hacer, con pocos invitados, sólo los parientes y amistades más cercanas. María y sus diez doncellas permanecían en un sector de una de las habitaciones. A las pocas horas de iniciado el banquete, hube de retirarme al campo con diez amigos que me acompañaban, tal como estaba previsto, de acuerdo a la usanza.
   Estuve en oración en el campo por más tiempo que el supuesto. Es que en ese momento no me movía tanto seguir las convenciones. ¡Cómo está cambiando mi vida! Estoy uniéndome a una mujer hermosísima, la cual ha renunciado a tener relaciones sexuales. Es una niñita extraña y yo la adoro. Aunque no logre entender bien sus motivaciones, la respetaré. De eso estoy cierto. Y no me va a ser nada de fácil, pero sé que el Altísimo me ayudará. Muero por estar al lado de ella, viéndola sonreír y escuchando su voz.
   Para mí, la oración es un gozo, y me metí tanto en ella, y Dios me dijo tantas cosas, que no podía levantarme así no más, a continuar un rito. No me di ni cuenta cómo pasó la hora. Se nos hizo muy tarde y teníamos que volver para encontrarnos con las damas de honor en un punto del pueblo especialmente convenido para ello. Siempre se realizaba este encuentro ahí mismo, pues era un lugar bonito y apropiado, al cual llegaban los curiosos y curiosas. El asunto es que yo tuve que correr hasta allá, con mis diez pajes, viniendo desde fuera del pueblo. Como nos demoramos mucho más de lo previsto, a algunas doncellas se les terminó el aceite de sus lámparas, las que se fueron apagando de a poco. Igual, acudieron a recibirme, y llegamos con algunas lucecitas hasta mi casa. Menos mal que la luna llena nos alumbraba.
   Con sus manos, las doncellas que aún tenían luz, cuidaban que no se apagara la llama por efecto de la brisa. Ibamos todos cantando, en la noche, mientras los invitados permanecían en espera fuera de la casa, en la calle, y también cantaban.
   María, acompañada del séquito de las diez vírgenes y las pocas lucecitas que quedaban, caminó hacia mí, en medio de canciones. Las damas de honor tenían gran habilidad para hacer coincidir su canto con el nuestro, a medida que nos íbamos acercando. Los invitados nos tiraban granos que, bien podrían haber servido para alimentar una familia. En ese momento, María y yo también cantábamos.
   El incienso en el aire le daba un toque fascinante a la ceremonia. Pronto estuve frente a mi mujer y nos detuvimos. Con suavidad le quité el velo a María, quedando descubierto su hermoso rostro, que se iluminaba a ratos por el movimiento de las luces de las doncellas. La besé en la boca, con ternura. Todos aclamaban, en medio del Cantar de los Cantares. Fue muy lindo. Estábamos contentos.
   María era una auténtica princesa que yo estaba recibiendo. Yo, un humilde siervo del Señor. Se lo dije en unos versos que inventé y me había aprendido. Fue un momento vibrante que no olvidaré jamás, y creo que tampoco lo olvidará el resto de los que estaban. Me di cuenta que una boda no es tanto de los novios, como de los demás, que no sólo necesitan registrar la unión, sino que también están teniendo un hito importante.

 

   5.- María recibe un anuncio

       Hace algunos días fui a la fiesta de la luna nueva con las otras niñas. Nunca antes lo había hecho. En los meses anteriores de este mismo año, me limitaba a disfrutar con ellas en el cerro cercano, cuando al llegar con sus mantos blancos me contaban que habían ido fuera del pueblo para esta hermosa fiesta. Ellas saben que se dejarán amar por un hombre algún día. Por primera vez tuve la disposición a participar activamente cuando sentí gratitud y admiración por José. Tengo la certeza que Dios lo ha puesto en mi camino. La vara florecida es un signo.
       Hay algo más que me impulsó a asistir con mis amigas. He cambiado mucho en este último tiempo. Reconozco que yo no tenía deseos de salir del Templo, pues me gustaba esa vida, entregada a lo que Dios dispusiera. Desde pequeña hice mucha oración. Ahora, a los quince años ya estoy casada.
       En el fondo, Zacarías no tenía tan claro que quisiera dejarme ir del Templo. Actuó movido por lo que consideró su deber. Puso un requisito que talvez le haya parecido poco menos que imposible, para así salir bien del paso, y no sé si creyó que una vara iba a florecer. Le pedí a Dios que manifestara su poder y gloria para hacer de mí lo que quiera. En algún momento tuve una secreta fantasía en la cual José era el elegido. Desistí de pensar en eso, para entregarme a la voluntad de Dios. El Altísimo ha sido siempre muy bondadoso conmigo.
       Cuando supe que esa vara había brotado se me iluminó la sonrisa y me puse roja. José me tomó de la mano y salimos caminando.
       Primero hubo una ceremonia pequeña. Zacarías habló y dijo que nos comprometíamos, y que yo sería virgen porque así lo decidí. Le habló a José diciéndole que me aceptara, y a mí me ordenó obedecer a José.
       Cuidar a sus niños, para mí es algo lindísimo. Ya están crecidos, con excepción de Jacob. Siempre quise tener una misión maternal, a pesar de mi voto de virginidad. Desde chica soñaba despierta, que iba a estar encargada de proteger a un niño muy especial, privilegiado de Dios. Uno que llegaría a ser grande, no en poder terrenal, sino ante los ojos de Dios. Un conductor espiritual. Hasta hace muy poco, imaginé que Jacob llegaría a ser ese gran líder religioso. Algo de eso puede estar en los planes de Dios, pero ahora ya sé que la cosa es un poco distinta.
       Después que José salió para Cafarnaum a trabajar en una construcción, quedé encargada de cuidar a Jacob. Recuerdo que José puso un montón de palos sobre un burro, y se encaminó con lentitud hacia su destino.
       Me encantó entrar a la casa de José, y alternar con sus hijos. El mayor, José, es casi de mi edad. Le decimos Josetos para diferenciarlo de José padre.
       Al poco tiempo celebramos los esponsales, y unos meses después, la boda. Amo mucho a José, como nunca antes había amado a ningún otro. Tiene una dulzura que contrasta con su enorme vitalidad. Es un hombre que no habla mucho mientras no haya meditado acerca de lo que oye.
       Mis pocos ratos libres los lleno de oración. El Altísimo me enseña a vivir y a soportar los pequeños contratiempos. Le hablo en sigilo, diciendo “Acudo ansiosa a tu llamado. Disfruto cada paso y cada descanso. No hay reja que me pueda apartar de tí. No hay placer que no se vea opacado por tu presencia. Amo los árboles y los pájaros, los colores y los sonidos, los movimientos del aire, y del agua, y de las llamas de luz. Amo las personas y los momentos”.
       Ha habido cambios en mí, pero el más importante vino hace pocos días. El pueblito de Nazaret empezaba a tener el pequeño movimiento de un día habitual, cuando el sol ya estaba a media altura. Las calles comenzaban a poblarse de comerciantes. Igual que todos los días, yo fui con un cántaro a buscar el agua a la fuente. Iba cantando, como es mi costumbre. También en la misma fuente lavaba ropa. Es ahí donde nos reunimos las mujeres, y algo conversamos. Es que a ninguna le permiten demorarse mucho. Hasta tenemos la osadía de descubrirnos el rostro. Por lo menos, en Galilea las mujeres podemos ir un poco más libres que en Judea. Acá, una mujer hasta puede conversar con un hombre fuera de su casa. De todas formas, la mujer es obligadamente apagada, en nuestra cultura, y a mí no me gusta eso. Nunca he querido rebelarme en forma brusca ni frontal, pero cuando puedo, manifiesto mi inquietud, para que la mujer pueda llegar a tener un rol más preponderante.
       Varias veces escuché una especie de voces lejanas, al estar en la fuente, ese día y los anteriores. La primera vez me asusté mucho. “Alégrate María” escuché decir, y no supe quién me hablaba. Creí que era Josetos, pero él no estaba ahí, ni tampoco ningún conocido. Miré para todos lados. Nadie más había escuchado nada. Recuerdo que recogí mi cántaro y partí apurada a casa, cerré la puerta y le puse cerrojo.
       Como ocurrió esto mismo varias veces, al final me acostumbré. Igual, me preguntaba quién me conoce y me habla tan misteriosamente. Buscaba las voces, y cada vez que mi oído se ponía atento surgían esos sonidos como coro de ángeles. Yo sentía lo mismo que si me estuvieran saludando. Después lo percibí con más intensidad. Las voces parecían salir de las flores. Sentí la presencia de algún ángel que intentaba hablarme, aunque no lo vi como veía a los ángeles niños cuando yo era chica. Me he estado acordando de ellos y su levedad que conocí hace años.
       Caminé con mi cántaro, y con fuertes deseos de escuchar ese saludo diario. Efectivamente, ocurrió que el coro de ángeles cantaba y oí la voz de un niño saludándome. Hasta lo pude ver, pero nadie más lo vio. Las otras mujeres ni siquiera lo escucharon. Era un joven muy alto para su edad, y parecía tener un magnetismo especial. Seguramente provenía de un país remoto. Lo observé caminar sonriente, a paso lento, saludando a los inexpresivos transeúntes, que lo ignoraban.
       Volví a casa un poco intranquila. No sabía qué significaba esto que estaba ocurriendo casi un año después del asunto de la vara seca que tuvo brotes.
       Más tarde, a la hora de la oración, me puse a rezar con toda la fuerza de mi alma, y cuando ya estaba casi poniéndome invisible sentí el saludo nuevamente. Ahora vi al ángel, pues eso es lo que era este muchacho. Estaba a poca distancia, no más de unos seis pasos. Era un niño resplandeciente vestido de blanco. Se detuvo al llegar a mi casa, y entró al patio, con respeto, como correspondía a un extraño. Llamó con una voz amistosa. Me di cuenta de su presencia y lo hice pasar al pequeño repostero en que yo acostumbraba a alabar a Dios. Era un buen lugar, tranquilo, sin más ruidos que el canto de los pájaros.
       No era la primera vez que veía un ángel. En mi niñez vi muchos, pero hacía años que no me pasaba. No sentí que necesitara cubrir mi rostro.
       -¿A quién buscas? -pregunté sin reparo, pues el visitante irradiaba confianza.
       -María, he sido enviado por Dios. El ha querido responder a la perseverancia con que tú lo invocas todos los días, y me ha dado un mensaje para tí.
       Creí estar metida en una ensoñación, y no me atrevía a decir palabra alguna.
       -No tengas miedo -me dijo cariñosamente-. Tú conoces bien lo que está escrito acerca de un gran hombre que traerá a la tierra el reino de los cielos, y que ese reino no tendrá fin.
       -Sí. Lo he leído. Le llamarán Hijo del Altísimo.
       -Librará a la gente de sus propias bajezas.
       -Ardo en deseos de estar viva cuando ese hombre venga al mundo a traer la salvación.
       -No sólo estarás viva -me respondió el visitante-. Dios quiere que su hijo Jesús nazca de ti, porque eres la mujer más pura y más digna.
       Me llenó de elogios que provenían de Dios. Es una de las cosas más felices que me ha tocado vivir. Me dijo que yo iba a tener un hijo.
       Tuve que sentarme, pues mis piernas me temblaban, igual que mi emocionada voz preguntando:
       -¿Cuándo será eso? Estoy casada con José el carpintero, pero he prometido al Altísimo mantenerme virgen.
       -Jesús no ha de ser engendrado como todos los hombres. El Hijo del Dios Altísimo será concebido por la acción de su Santo Espíritu. Será un milagro que no te es dado comprender.
       -¿Y cómo podré, si tengo compromiso de virginidad ? -reiteré preocupada, y me dijo que para Dios no hay nada imposible. Me explicó que así como se produce el milagro de la concepción cuando un hombre fecunda a una mujer, eso también puede ocurrir sin la intervención de un hombre, si Dios así lo dispone. El permite que ocurran milagros.
       -Una luz del cielo vendrá a morar en tí - aclaró, o al menos intentó proporcionar una aclaración.
       Como soy incondicional de Dios, traté de expresar lo mejor que pude, que Dios podía hacer en mí todas las maravillas que quisiera regalarme. Para mí, eso es magnífico. Me arrodillé en señal de humilde aceptación, y extendí los brazos hacia un rayo de luz, que venía de una pequeña ventana en lo alto. Mis manos estaban resplandecientes. Me fijé que todo mi cuerpo lo estaba. Alabé a Dios diciendo:
       -Bendito seas porque haces maravillas. Puedes disponer de mí. Soy tuya.
       Cuando volví a tomar conciencia del entorno, el extraño visitante se había retirado, sin que yo atinara a preguntarle algo, y ahora que se ha ido, no sé qué tengo que hacer. Durante varios días he estado reflexionando en torno a la visita del ángel, sin atreverme a contarle a nadie.

 

   6.- María después del anuncio

       Tendré un hijo que no es de algún hombre. Es de Dios. ¡Qué grandioso ! Nacerá de mí un hijo de Dios. Yo no quepo en mí de felicidad. Se está cumpliendo esa especie de sueño que siempre tuve. Es una emoción la que me invade, que apenas puedo vivirla, por lo intensa. Tengo en mí al hijo de Dios, gestándose como cualquier bebé. Necesito alimentarme para él. Me cuesta creerlo. De repente se me ocurre que todo lo imaginé.
       Al mismo tiempo, me da mucho miedo. He tenido que vencerlo, poco a poco, después que se fue el ángel, pero a él no le iba yo a tirar mi miedo. Al contrario. Traté de mostrarme valiente.
       El gran drama de este momento es cómo decírselo a José. ¿Cómo lo tomará él? José es un hombre fuerte y lleno de vida, que me ama profundamente, con una gran delicadeza y ternura. Yo amo sus ojos, su frente, sus labios dulces. Tendré que apelar a toda su comprensión. No es fácil pedirle que me crea así no más. Es lo que le corresponde hacer, pero será difícil para él. Como siempre, confío en Dios. El sabe como hará las cosas. Es preciso que yo esté muy unida a José para criar a nuestro hijo. No podría hacerlo de otra manera. Necesito su complicidad en esto. Sé que él me quiere mucho, y por eso espero su comprensión. Necesito integrarlo, pues él es el arco para lanzar la flecha que es el hijo que vendrá. José es el brazo fuerte. Pido a Dios que ponga en mí las palabras más adecuadas y en él la sabiduría para que seamos la pareja que tenemos que ser.
       Nuestro hijo será un gran hombre, con una misión importante. No será un guerrero que salga victorioso en batallas dando muerte a adversarios. No. Tampoco será un rey benigno y poderoso que produzca riquezas en cantidad grande y sepa repartirlas armoniosamente entre sus súbditos. No. Será un hombre con un gran carisma y que tendrá seguidores. Enseñará lo que el Padre Dios le ha encargado desde el principio de los tiempos. Vendrá a proponer cambios importantes en la manera como los seres humanos nos relacionamos entre nosotros y con Dios. Tendrá adversarios pero no descargará ningún poder sobre ellos. Me aterra pensar qué harán con él esos adversarios. Como sea la voluntad del Altísimo, así tendrá que suceder.
       Difícil tarea se nos viene encima a José y a mí. ¿Cómo hemos de criarlo? No tenemos mucho que enseñarle. Dios sabe cómo hará las cosas. Yo soy una simple servidora, y haré todo lo que Dios me diga. Me invade el sentido de la responsabilidad, al ser la cuidadora de algo tan divino. Ya no puedo arriesgarme a perder el regalo recibido.
       Como no me atrevía a contarle a nadie, y necesitaba desahogarme, decidí que mi tía Isabel era la única persona a quien le contaría. Sí, tenía que hablar con ella, pues sabría aconsejarme. Recuerdo que el ángel la nombró. Sí. Me dijo que ella también ha concebido un bebé, a pesar de tener ya cierta edad. Era allá donde tenía que ir. También recuerdo cuando me habló de eso mi tía, una vez que me visitó en el Templo, hace varios años. Declaró estar en la certeza de que tendría un hijo algún día, y que la señal era un milagro en sí. No entendí nada, pero ahora, todo se juntó y se me aclaró en gran medida. Por lo demás, de todos modos yo necesitaba compartir con alguien lo que me estaba pasando, y ella era la persona más indicada.
       A través de una caravana envié un mensaje a José, que estaba trabajando en Cafarnaum, en casa de Zebedeo, y le pedí permiso para viajar a Ein Karem. Después de unos días recibí su respuesta, y preparé el viaje. Encargué a Miriam, mi casi hermana, que atendiera al pequeño Jacob en mi ausencia, y a las niñitas, aunque ellas ya están grandes, creo yo, no hay mucho que preocuparse. Hasta pueden ayudar a cuidar a Jacob. Lo hice así porque yo iría a visitar a mi tía Isabel, muy cerca de Jerusalén, hacia el oeste. Miriam es lo más buena persona que hay, y no tuvo ningún problema. Igual tiene a su pequeño Judas que nació el año pasado, y a Simón, que ya cumplió seis años.
       Miriam se casó siendo muy niña con Alfeo, un buen hombre que conoció al llegar a Nazaret, y se enamoró de él para siempre. Eso fue cuando yo estaba en el Templo. Alfeo tiene unos amigos griegos que le dicen Cleofás.
       Sí. Tenía que ir donde Isabel, y talvez podría aprovechar de ir al Templo y hablar con los rabinos. Josetos me preparó el burro, y no sólo eso, también tuvo la buena voluntad de acompañarme, de acuerdo a las instrucciones que envió José. Menos mal porque, en ningún caso, conviene andar sola.
       El viaje fue agotador. Llevaba en mi vientre a un salvador del mundo, en gestación. Quizás era aún del tamaño de un grano de trigo. El grano que caerá a tierra y dará frutos. Lo dicen los profetas.
       Salimos al alba y llegamos a Jerusalén muy tarde una noche, días después. Desde ahí son dos horas a Ein Karem, más el tiempo de espera, aunque hay caravanas con cierta frecuencia. Uno de los criados de Zacarías nos proporcionó las habitaciones. Yo iba a quedarme varias semanas. En cambio, Josetos emprendió viaje de regreso al día siguiente, después de un descanso reparador. En cuanto me levanté, fui a saludar a la tía Isabel. Me acogió tan bien, que me daba seguridad. Cualquier duda se desvanecía. Efectivamente, ella tenía varios meses de embarazo. No me equivoqué. Y también ella tuvo noción de lo mío, aunque no sabía bien a qué atribuirlo, en el primer momento. Me contó que su bebé estuvo brincando hace algunos días. Calculé que justamente cuando concebí.
       Lo sorprendente fue que también los bebés en nuestros vientres se reconocieron, no me explico cómo, y se saludaron a su manera. La única que la naturaleza les permitía, por el momento.
       Zacarías hablaba por gestos, y escribiendo porque estaba con un serio problema en su garganta. Contó que un día en el altar del incienso vio como si hubiera un ángel diciéndole que tendría un hijo Juan. El no lo podía creer, en aquel momento.
       Zacarías integraba el grupo de Abías. Hace unos meses, cuando le tocó un turno de servicio sacerdotal, entró al santuario del Señor para la quema del incienso, que se efectúa dos veces al día. Se renuevan las brasas de los perfumes en el altar del incienso, ante el Santo de los Santos. En ese instante, siempre se agolpa la gente afuera del templo.
       Era yo la que hablaba de todos esos detalles que conocía bien, mientras Zacarías no estaba en condiciones de hablar.
       El caso es que en esa oportunidad Zacarías demoró mucho en salir, y hablaba por señas. Quería dar a entender que tuvo una visión. Eso lo contó Isabel.
       Durante un mes y algo más conversé muchas cosas con ella, algunas profundas, otras superficiales. Me quedé hasta después que nació Juan.
       -Vuelve a Nazaret y quédate tranquila -me recomendó-, no salgas mucho, y haz todo lo que José te ordene. El Altísimo sabrá cómo solucionar tu problema.
       Fue hermoso el tiempo que pasé en casa de Isabel. Volviendo a Nazaret, seguía pensando cómo explicarle todo esto a José. Y ahora que ya se me nota el embarazo, la gente ya empieza a considerarme una futura madre. Tengo que dejarle esto a Dios. El tendrá previsto cómo sacarme de donde me metió. Me tranquilicé. Yo estoy serena y alegre porque sé que Dios me ayudará. En mi oración le pido “¡Ayúdame, ahora es el momento. Por favor, ayúdame!”
       Mi oración fue también gestándose en estos meses. Día a día se ha ido agregando alguna alabanza, alguna intuición, alguna manifestación de gratitud, alguna profecía que aprendí cuando niña, sin saber entonces cuán cerca llegaría a estar de aquel hombre grandioso, al que siempre había querido amar con amor de hija, y ahora empiezo a amarlo con amor de madre.

 

   7.- José con dudas

       Anduve trabajando en una construcción en Cafarnaum, por varios meses, sin tener siquiera unos pocos días para ir a Nazaret. Dormí en tabernas, donde nunca faltaba el buen vino. Cuando por fin terminó la obra, y volví a casa, iba feliz, lleno de expectativas, con unas ganas inmensas de ver a mis hijos y sobre todo, estar al lado de María. Añoraba su fragancia de nardo y ya quería besar sus mejillas y sus labios dulces. Acariciar su pelo negro, escuchar su delicioso timbre de voz y reírnos juntos. Se podía haber dicho que ella era como otra hija más, por la edad, pero nuestra relación jamás podrá ser padre-hija. Somos compañeros de ruta, aunque yo pase mucho tiempo afuera.
       Al volver a Nazaret escuché unas risitas por ahí. En un primer momento no supe a qué atribuirlas. Y vi miradas interrogantes que trataban de disimular la ternura que parecían sentir. Antes me paraban para pedirme consejos, eso era lo habitual. Y ahora, . . . ¿risitas? ¿Qué está pasando aquí?
       -Felicitaciones, José -me dijeron varios transeúntes, y tampoco supe por qué. Sólo me quedó claro que algo tenía que estar pasando con María. No sabía si reírme o ponerme serio. Algo cree la gente. ¿O sabe? No quería reconocer ante mí mismo que una silenciosa alarma intentaba invadirme.
       Yo estaba intrigado. Preferí no preguntar nada a nadie. Si algo pasaba con mi mujer, se lo preguntaría directamente a ella. Sin embargo, se me cerraba un círculo odioso. Cualquiera pensaría que iba a tener un hijo. Seguí negándome a creer que María pudiera estar embarazada, pero esa imagen se me venía a la mente.
       Llegué a la casa y saludé a María con mucho entusiasmo, pero la noté triste y confusa, sin su acostumbrada gracia infantil. Su rostro pasaba de la palidez a un color rojizo.
       -¿Por qué estás triste ? -le pregunté-. ¿Te ha hablado alguien ?
       -Es que hay algo que no sé cómo explicarte -me respondió. Justamente, yo estaba notando que tenía una barriguita como de unos pocos meses de embarazo. Entonces, terminé de atar cabos, y me empezó a dar un dolor creciente.
       Casi todo el pueblo sabía que yo estaba en Cafarnaum trabajando, y María en Ein Karem visitando a su tía. A algunos no les cuadraba bien que ella apareciera embarazada.
       En una fracción de segundo me dije a mí mismo :
       “Cómo pude ser tan descuidado. Y ella, quizás tan inocente. Yo no entiendo qué pasó, si María no es de las mujeres que buscan lo fácil. Puede estar enamorada de alguien. Yo no tengo ya cabida en su vida, y esto es una desgracia. Todo mi mundo se ha venido al suelo. Nada volverá a ser igual. ¿Dónde voy a ir a morirme? ¿Qué van a decir todos? Eso es lo que menos me importa. Qué va a ser de mi mujer, que ha arruinado su vida, y yo tengo gran parte de la culpa. No quiero meterme en este lío. No me gusta que me pase esto. Ingenuo fui, y ella ya no parece ser lo que era. ¡Qué desilusión ! Hasta se supone que tendré que sonreír cuando camine con ella por Nazaret. Quiero irme lejos, lejos, lejos. Esto me sobrepasa. ¡Qué dura puede ser la vida ! ¿Cómo volver atrás? ¿Sería posible? ¿Podría empezar todo de nuevo? Yo la protegería”.
       -¿Qué estuviste haciendo, María ? Tú que eras alimentada por los ángeles y que te consagraste a Dios en cuerpo y alma. ¿Cómo pudiste ? -le dije, desde mi corazón destrozado. Me sentía muy mal, y me imaginé lo peor. Ella me explicaba como podía, pero yo no quise entender.
       -Dime qué acción prohibida has cometido. ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué te niegas a defenderte?
       Con toda la ternura que pude le pregunté si la habían violado yendo a Ein Karem. Temí que hubiera sido así porque hay bandoleros en los caminos. Dijo que no le había pasado nada de eso. Le seguí preguntando.
       A medida que hablaba, fui subiendo el tono. Ya casi gritaba. Hasta me rasguñé la cara. Es que no hallaba qué hacer con las manos. No le iba a pegar. Jamás lo haría.
       -No he dejado de ser pura -me respondió sollozando-. No he estado con ningún hombre, si es eso lo que piensas. No me juzgues a la ligera.
       -¿Puedes explicarme cómo fue que quedaste embarazada?
       Trató de decirme que la había visitado un ángel, pero no se daba a entender muy bien.
       -¿Me vas a decir que el ángel violó tu virginidad ?
       -No, José, entiendes todo al revés.
       Yo tenía rabia conmigo mismo, porque no supe custodiar a María. Recibí una virgen. . . Mientras crean que el bebé es mío, no me importa tanto. No obstante, hay por lo menos un hombre que sabe que no lo es. ¿Qué haré cuando se burle de mí ?
       -El ángel me dijo que concebiría un niño, sin intervención de varón.
       -¿No habrá sido un tipo que se hizo pasar por ángel?
       María se empezó a desesperar. Me retiré en ese momento, y después no quise comer lo que María me sirvió. Yo estaba enojadísimo. No hallaba qué hacer. Lo primero que hice fue salir corriendo sin saber adónde. Apenado, trataba de huir de mí mismo. Lloré, y después volví, pensando con qué cara me iba a presentar en la sinagoga, después de no haber sabido cuidar a María. Además, me sentía engañado. Ella, que no quería yacer conmigo, ¿lo hacía con otro ? No. Eso no podía ocurrir. Era todo muy extraño. Yo no estaba dispuesto a darle a nadie el derecho a ocupar mi lugar. Sólo al Altísimo.
       En ningún momento dejé de amar a mi mujer, pero necesitaba reflexionar. Esa noche, mientras todos dormían, preparé un equipaje y salí de casa. Quería estar solo, y era preciso pensar qué hacer. Seguí hablándome a mí mismo :
       “¿Cómo pudo ella corresponder así a mi amor que renunciaba a todo? Amo mucho a María. Yo quería que riéramos juntos. ¿Y por qué no llorar unidos? ¿Acaso se puede? Siempre pensé que iríamos al paraíso juntos pero, aunque tengamos que sufrir, que también sea juntos, y si ella ha de ser castigada por algo, compartiré con ella el castigo. Que nada pueda separarnos, ni siquiera un desliz de conducta. El mundo quiere impedirme actuar desde lo mejor que Dios puso en mí”.
       En un momento como ése, yo quería que me tragara la tierra. Lloré casi la noche entera. Decidí que no la iba a reprender públicamente, porque con eso la sentenciaba al castigo brutal de todo el pueblo. No le haría eso. La quiero demasiado. En ese momento, me venía la tentación de irme lejos, muy lejos. Hasta escribí una nota de despedida, que después rompí.
       Ya nadie más se interesaría en mis consejos, ni me pedirían que leyera en la sinagoga. Mucho me gustaba hacerlo, con mi pequeño taled lleno de flecos, subido en un estrado. Si hasta me ha tocado ser oficial encargado de facilitar, pasando rollos desde el armario santo donde se guardan, protegidos por una funda bordada.
       Me puse a pensar en el niño o niña que vendría, sin tener ninguna culpa, por supuesto. Mi religión, sin embargo, me obligaba a rechazar a mi mujer. No podría seguir recibiéndola en mi casa. Toda mi vida estaba hecha pedazos. Ya no tenía nada más que hacer en Nazaret. Nunca volvería a tener ilusiones. En ese momento necesitaba oración, y a eso dediqué un buen rato. Los pensamientos me seguían invadiendo. Rechazar a María y a su hijo sería poner de manifiesto el adulterio. Entonces, ella sería lapidada. Eso me angustiaba enormemente. No quería que nada malo le pasara a María, pero ya no podía seguir al cuidado de ella. Dejaría que todo el mundo creyera que fui yo. Sin duda, eso era lo mejor para todos. Y si yo desaparecía del pueblo, las culpas caerían sobre mí. Todos me creerían un malvado que abandona a su esposa embarazada. Por lo menos, creo que no sospecharían de ella. ¿O quizás sí? ¿Por qué motivo iban a pensar que me voy? Saldría a la luz eso de que yo estuve lejos de María por varios meses. ¡Qué dilema! No estaba seguro, pero no quería volver aún. Por el momento, me fui a una posada en Séforis, llevando un burro con mi carga. Pocas personas me conocían ahí, y difícilmente podrían conocer a María.
       Después de beber vino con otros pasajeros de la posada, pude dormir un poco. En el sueño vi un niño de luz, que vino deslizándose en un rayo de sol, y me tomó de la mano, me sonrió y entonces me puse a caminar junto a él. Yo estaba triste, también en el sueño. Algo en mi interior trataba de hablarme pero yo no quería entender, por más que repasé el sueño tratando de interpretar qué me decía Dios. Talvez he de tener la fuerza para aceptar una situación que me incomoda tremendamente. El sueño apelaba a mi generosidad.
       Salí a las afueras del pueblo y me puse a meditar, a rezar. Necesitaba una respuesta. Estuve muy seguro de que Dios me ama, y también ama a María. Me unió a ella para algo. Eso de llorar juntos era una experiencia que necesitaba vivir.
       Volví a mi pieza, y al poco rato me venció el sueño, nuevamente. Fue la comprensión de este otro sueño lo que me hizo volver el alma al cuerpo. Me devolvió la vida legítima. Con toda la plenitud que Dios regala. Sí. Tuve el sueño más grandioso que haya tenido hasta ahora. En él, vi a María que conversaba con los pájaros y los árboles, bailaba contenta, alzaba sus brazos al cielo, se elevaba, y seguía bailando a cierta altura sobre el suelo. Yo iba hacia ella caminando por el aire, avanzando gran espacio en cada paso. Eso me agrada mucho. Cuando estuve cerca, ella se había sentado en una roca y tendía las manos hacia mí. De sus dedos salían líneas con pequeños círculos luminosos en distintos tonos, que se transformaban en copos de algodón de colores. En gran cantidad se iban juntando, y poco a poco daban origen a un pequeño ser humano. Mi curiosidad inicial se transformó en expectativa. Con esas pequeñas esferitas de todas las tonalidades se fue formando la figura de un hombre que emanaba amor. Curiosamente, parecía un rey. Yo estaba extasiado. De pronto, ese rey se convirtió en un niño, era un niño pobre, en harapos, y trepó por mis rodillas, y se acurrucó sentado en mis muslos, tendiendo sus manitos hacia mi cara. Al instante, me sentí lleno de una ternura inmensa, y con pleno conocimiento de todas las cosas. Fue tanta la emoción, que en el sueño yo lloraba. Me inundaban lágrimas de felicidad, y así desperté, con esas mismas lágrimas, que hasta hacía poco habían sido de profunda tristeza.
       Leyendo en mi sueño comprendí la verdad. Dios piensa en todo, y me dio un don para enfrentar este momento. Me acordé de lo que leí en Isaías, “Una doncella concebirá y dará a luz un hijo que será Dios con nosotros”. Me sentí mal por haber desconfiado de María. Sentí deseos de correr a abrazarla. Me levanté, y me lavé, porque estaba sudoroso. Pesqué todas mis cosas, acudí a pagar y me fui de ahí cuando aún estaba oscuro.
       Amé a María más que nunca, y quería volver pronto a abrazarla. A mi casa, de donde nunca debí haber salido. O quizás sí, para comprender había necesitado un poco de soledad. Me arrodillé en el sendero y pedí perdón a Dios. Empecé a tomar conciencia de que tendremos al hijo de Dios. Necesitaría mirar eso en las escrituras de los profetas, después, cuando estuviera en Nazaret.
       Emprendí el camino, pensando en ese ser que María concibió, ese pequeño ser, hecho a imagen y semejanza del creador. El mismo milagro, que ocurre todos los días y seguirá ocurriendo, en el caso de nuestro niño que vendría, algo fue distinto. Dios no quiso que él tuviera mis defectos. Y tiene toda la razón. Si el Altísimo puede lograrlo, por algo lo ha querido así. Igual me destacó, pues me estaba encargando criar a una persona tan especial. No me negaré. Por el contrario, estaré siempre agradecido. ¡Qué tarea ! Soy un privilegiado, y he sido muy injusto con María.
       Nos miramos desde lejos y nos acercamos caminando, y después corriendo, fui botando las cosas, y nos fundimos en un abrazo cálido, tanto tiempo esperado. La besé en la mejilla muchas veces y en la boca, con amor verdadero. Llorábamos, pero estábamos contentos.
       -Perdóname -le dije con ternura-, por haber desconfiado, suerte mía. Te quiero. Viviré para protegerte.
       Nuestras mejillas estaban juntas. Le di muchos besos. Besé sus lágrimas y ella las mías.
       Ya podíamos empezar a conversar de lo que se venía a nuestras vidas.

 

   8.- José acusado al tribunal

       Ese saduceo Anás es muy torcido. Es un sacerdote joven, bastante menor que yo, bajito de estatura. Se supone que es piadoso, pero tiene un puesto de cambio de monedas en el templo. No sé por qué no me gusta mucho esa actividad comercial en pleno templo. No entiendo cómo un sacerdote puede ser así.
       Estando de paso en Galilea, vino a mi casa con la excusa de que falté a una reunión en la sinagoga. Siempre supe que eso a él no le interesaba. Anás quería saber si eran ciertos los rumores que corrían por el pueblo. Cuando entró, lo recibí con un cortés abrazo.
       -Es un honor vuestra presencia en mi casa -le dije, con frialdad.
       Me preguntó por mi viaje, y nos sentamos a comer algo. Le expliqué que no pude asistir a la reunión porque llegué cansado. No quise contarle el lío mayúsculo en que estaba metido esa tarde.
       Vio a María embarazada, y después de eso ya casi podía irse, dichoso. En el fondo, él sospechaba que el bebé esperado no era mío, y con toda seguridad se las iba a arreglar para averiguarlo.
       -Cuando María estaba en el templo -empezó a explicarme Anás, con cortesía-, nos pidió a los sacerdotes que veláramos por su voto de virginidad. . .
       El silencio que siguió me fue incómodo.
       -. . . Tú la has ayudado a romperlo -continuó diciendo, con absoluta compostura.
       -No hemos roto nada -intenté tranquilizarlo.
       -Creo en tu inocencia, José -su tono era amable.
       Quise hacerle ver que María tendrá un Hijo de Dios. Tratándose de una conversación con un sacerdote, creí que él iba a entender. Sin embargo, me equivoqué rotundamente, pues Anás se puso molesto por primera vez desde que llegó y me llamó la atención diciendo que soy un blasfemo, y que cómo podía esgrimir una defensa tan irrespetuosa y difícil de creer, si ni siquiera soy descendiente de Aarón.
       Me sentí pésimo, y permanecí en silencio porque no hallaba qué decir. Anás recuperó su tranquilidad y su disposición alegre y cordial.
       -No permitas que mancillen tu buen nombre -me advirtió al despedirse.
       Me disgustó su aparente seguridad y dignidad extrema. No confié en sus intenciones ni en su integridad.
       Al día siguiente vinieron a buscarme, y también a María. Los servidores del tribunal, que realmente eran guardias de la sinagoga nos llevaron a un juicio público. Supuse que Anás hizo valer su influencia como sacerdote con una fuerte intención de que se juzgue todo lo que considere pecaminoso.
       Como buen pueblo chico, la gente nos siguió. Estaban todos llenos de curiosidad, y no entendían bien lo ocurrido. Yo iba con una gran angustia porque me imaginaba que querían apedrear a María. Eso, yo no lo iba a permitir. Tendrían que pasar sobre mi cadáver. Llegamos al edificio en que funciona el tribunal, y entramos en él, mientras el pueblo quedó afuera esperando un veredicto.
       -Has cometido una gran iniquidad -me dijo, desde su solemne asiento un maestro de la ley-. Tú, que te creíamos un hombre justo.
       -Soy un hombre justo -respondí inmediatamente, y empecé a darme cuenta que me estaban acosando con un pretexto, el de no haber respetado la virginidad de María. Ella ya me había manifestado que tenía ese temor, pues al salir del templo comprometió a los sacerdotes en cierta medida, haciéndoles ver que son representantes de Dios.
       En algún momento, le dije al maestro de la ley “No es asunto tuyo” y me respondió “Sí que lo es. Es un asunto de todos”.
       Tuvo que hacerse presente el hombre de más jerarquía, ya que el caso lo ameritaba. El presidente de la sinagoga era casi como una especie de sumo sacerdote de pueblo chico. Me llenó de acusaciones, en el sentido de que yo no habría respetado la decisión de María de permanecer virgen. Yo comprendí que realmente eso no le interesaba al fariseo, sino que él sospechaba de la fidelidad conyugal de María, y estaba tratando de obtener de mí una acusación en tal sentido.
       -Dios hizo un milagro para mantenerla virgen -dijo el presidente-, hizo florecer una antigua vara, y tú . . . ¿así pagas tanta bondad? Te encargan custodiarla y fuiste como el lobo cuidando ovejas.
       Yo sabía que si me defendía mucho, el repudio feroz caería sobre María. Me defendí hasta donde pude, tratando de no dar pie a que a ella la acusaran de adulterio, pues ésa era la peor de todas las posibilidades que enfrentábamos.
       -No me condenes a la ligera -le dije.
       -Devuélveme virgen a la santa y pura María que has recibido del Templo. ¿Te has arrogado el derecho del matrimonio?
       -No he cometido impureza -fue mi defensa.
       Entonces, volvió el maestro de la ley, se dirigió a María y la llenó de acusaciones.
       -No he cometido impureza -fue también la defensa de María.
       No nos podían sacar de esa posición.
       Se me saltaron las lágrimas cuando el tipo me amenazó con quitarme a María. En ese momento no me di cuenta que era una amenaza sin fundamento. Lo dijo para ablandarme. Y lo consiguió. Acepté beber el agua amarga del Señor, una prueba de la verdad. Tuve que dar siete vueltas en torno al altar, y después beber completamente el contenido de un jarro en que el jurista había puesto el agua de la prueba.
       -Esta agua te hará salir manchas en la cara si mientes.
       Después de beber esa agua, di otras siete vueltas en torno al altar. Los letrados examinaban mi cara, buscando el más leve signo. Yo me secaba la transpiración con la mano. Después de un tiempo prudencial, me dieron por limpio. Algunos del público ya se aprontaban a apedrear a María.
       Tomé fuertemente de la mano a mi mujer. Cualquier condena que nos dieran, iríamos juntos. Por nada del mundo la iba a dejar sola en esta dificultad. Yo la defendería con mi cuerpo. Tendrían que matarme a mí antes que a ella. Me encomendé al Señor. Sólo El podía salvarnos de esta situación de peligro.
       -¿Qué acción ilegítima has llevado a cabo, hija mía, tú, que has sido educada en el Santo de los Santos, y que has oído los cantos de los ángeles? -preguntó el maestro de la ley- ¿Cómo es posible que hayas perdido tu virginidad, y olvidado la promesa que hiciste al Señor tu Dios?
       -Mi conciencia no me acusa de ninguna culpa -repuso María llorando-, y mi virginidad permanece santa, inviolada y sin la menor mancilla. Si el Señor me condena, a pesar de mi inocencia, cúmplase su voluntad.
       -Yo también beberé el agua de la verdad -agregó María, con mucha decisión, después de varios segundos en que el silencio llegaba a golpear.
       El jurista accedió, y María empezó a dar vueltas en torno al altar, después que él le advirtió que era preferible confesar ahí mismo, y no ser delatada por las manchas que aparecerían en su rostro.
       -Dinos quién fue.
       -No he cometido impureza -repitió María, con lágrimas en sus ojos, y se bebió todo el contenido del jarro. Después dio con mucha lentitud las otras siete vueltas en torno al altar. Su seguridad era impresionante. Ninguna sombra de nada apareció en ella. Estaba más linda que nunca. El presidente de la sinagoga la sacó a la calle y gritó hacia la gente:
       -Veréis las manchas que aparecerán.
       Sin embargo, no hubo manchas. Todos tuvieron que rendirse a la evidencia.
       Entonces, María avanzó hacia la gente con una valentía que yo no había visto en nadie más que en ella, y les dijo:
       -Mi Señor sabe que no he cometido impureza. Y no la cometeré, porque así lo decidí en mi infancia.
       Entonces el presidente hizo que compareciésemos ante él, María y yo.
       -Lo que la ley nos ordena hacer, lo hemos hecho -declaró-. El Señor no ha manifestado vuestro pecado, y yo tampoco os condeno. Id en paz.
       Pudimos retirarnos a casa, en medio del júbilo del pueblo, y alabando al Señor.

 

   9.- José y el nacimiento

       Estaban haciendo un censo, con toda la complicación que eso significa. Se supone que era para facilitar el cobro de los impuestos. Una trompeta anunciaba al mensajero real, quién se paraba en cada esquina y desenvolvía el rollo para leer una vez más el latoso edicto, que después pegaba en una muralla.
       Por eso, y muy a mi pesar, tuve que planear un viaje a Belén, mi ciudad natal. Quise dilatar el asunto, pues María estaba embarazada, probablemente de unos ocho meses.
       -Me voy ahora mismo y alcanzo a volver para cuando el niño nazca -manifesté, no muy convencido, pues no quería separarme de María ahora que se avecinaba el alumbramiento.
       -¿No irás sin mí? -entre que aseveró María y preguntó sin esperar respuesta, porque no admitiría que me fuera sin ella.
       María no necesitaba ir, pero insistió en acompañarme y me explicó que quería que estuviera con ella su tía Isabel cuando naciera el bebé y también las últimas semanas antes de tenerlo.
       -Tendríamos que habernos ido antes.
       -Estaba esperando que se mejorara mi mamá, pero ya no será posible que ella nos acompañe.
       -Cleofás, ¿qué opinas? -pregunté a mi cuñado.
       Si van a ir a Belén, cuanto antes será mejor. Vayan tranquilos.
       Una vez más puse mi oreja en el vientre de María y escuché unos ruidos como si el niño ya quisiera hablar. Me emocionaba imaginar cuando naciera. Sería un niño hermoso. Mi mujer se reía de mi entusiasmo, mientras yo improvisaba una canción para ese niño Dios que se estaba gestando.
       -Hijo esperado -le cantaba-. Bendición del Altísimo. Suspiro de Dios que pasas como el viento. -Jacob, ven acá a sentir a tu hermanito -llamé a mi hijo pequeño para integrarlo en esta espera, no sea cosa que vaya a sentir muchos celos después.
       No sólo vino Jacob, sino también vinieron las dos niñitas, que siempre andan juntas. Ayudaban mucho en la casa cuando María tuvo que estar tranquila.
       -¿Por qué tengo que estar tan tranquila?, si no me va a pasar nada.
       Mi suegra nos miraba con alegría desde su cama. Ella no pudo acompañarnos a Belén porque estaba enferma. Además, no necesitaba ir ella por lo del censo, ya que es mujer. En un momento en que conversamos, como en los viejos tiempos, me contó que al principio el Señor no los encontró preparados para criar a María, y por eso tardó en enviarla. Ana y Joaquín tuvieron que ayudar al desarrollo del carisma que ella traía. Ana siempre se ha dejado guiar por Dios. Le fascina obedecerlo. Intenta las escuchas más extrañas. Me contó que sus padres eran muy piadosos, y eso que tenían dinero. Por su descripción, me parecieron perfectos. Ellos le eligieron a Joaquín por esposo.
       -En ese tiempo fui sumisa -recuerdo haberle escuchado-, no me rebelé porque sentí que era el Altísimo quien lo estaba disponiendo.
       Por ningún motivo, mi mujer aceptaba estar sin mí cuando naciera el bebé. A tal punto fue así, que lo discutimos entre todos, y finalmente estuvimos de acuerdo en que había que partir al día siguiente, temprano, y de ese modo el parto ocurriría cuando estuviéramos bien instalados en Ein Karem, después de inscribirme en Belén.
       Decidí llevar los dos burros, uno para María, y el otro para acarrear nuestros enseres y los odres llenos para beber, ya que en el camino no había mucha agua, al menos los primeros dos días. Llevé algunas herramientas por si nos quedábamos más tiempo. En un caso así, tendría que trabajar. Siempre acarreo elementos de trabajo para donde voy. Supuse que cuatro días iba a durar la travesía, y que el niño no iba a nacer tan pronto.
       La preparación del viaje no nos tomó mucho tiempo. Josetos, mi hijo mayor, nos acompañó, pues él también tenía que empadronarse. El se encargaba de llevar el ronzal que tiraba del burro en que iba sentada María. Traté de que ella estuviera cómoda, pues había que atravesar el desierto.
       Partimos en una caravana, de las muchas que estaban saliendo en esos días. Poco había alcanzado a avanzar nuestra caravana cuando nos quedamos atrás, ya que María necesitaba descansar muchas veces. Nos decían que nos volviéramos, y creyeron que eso hicimos.
       Después del primer día de viaje llegamos hasta un lugar acogedor, al pie de un monte, y ahí instalamos campamento junto al río. María se sentía bien, pero estaba cansada. Puse mis manos en su crecida barriga para sentir al niño, que de repente pegaba unas leves pataditas. Le canté como acostumbro a hacerlo, y María me acompañó con su preciosa voz. También Josetos se incorporó a la canción. Nos sentíamos felices. Abracé a María y muy pronto nos dormimos. Al día siguiente nos alcanzó otra caravana, y tratamos de permanecer en ella, el mayor tiempo posible, por seguridad. Sin embargo, eso nos duró sólo unas horas. Muchas veces tuvimos que descansar en el trayecto, y éste se me hacía eterno. Yo, siempre adelante. Más atrás, Josetos tirando al burro que llevaba a María. La travesía por el desierto era sofocante.
       Menos mal que pudimos unirnos a otra caravana que venía más retrasada. La gente se quejaba de Herodes y lo maldecía, excepto cuando se cruzaba una patrulla militar, que habían varias, de soldados a caballo. Sin ser judíos, estaban al servicio del rey judío el cual a su vez, estaba al servicio de los romanos.
       De vez en cuando yo miraba hacia atrás y veía el rostro de María. A veces estaba sonriente, y a veces apenada. Después, volvía a sonreír. Me llamó tanto la atención, que le pregunté:
       -¿Cómo estás, María, te pasa algo, que sientes alegría y pena?
       -Es que veo dos pueblos, alternadamente -me respondió-, uno que llora y otro que se regocija.
       -¿Cómo es eso? -le pregunté entusiasmado.
       -El que se lamenta es nuestro pueblo de Israel que, a pesar de estar en la luz, la gente no la percibe. Parecen no tener ojos para ver.
       -Ese es el de hace un rato. ¿Y el de ahora?
       -El pueblo optimista es uno que aún no ha conocido a Dios. Están acostumbrados a las tinieblas, pero a la más mínima claridad se alegran porque están empezando a ver.
       Fue un viaje largo y empecé a temer que el alumbramiento llegara en descampado. Y pensaba en eso que me dijo María acerca de los dos pueblos. De hecho, no es que hayamos estado viendo algún pueblo. Sin embargo, ya sé que ella habla en imágenes. El hijo que nacería, ya le estaba dando alegría anticipada. Y según avanzaba en su visualización, llegaba al momento ineludible del sacrificio. Los profetas habían hablado de este niño que vendrá y que deberá entregarse en sacrificio.
       En las frías noches, cuando llegábamos a algún poblado se encontraban copadas todas las disponibilidades de hospedaje. Hasta las casas se llenaban. Vi mucho egoísmo entre los viajeros, por lograr un cupo. Incluso había que pagar a la gente lugareña. En algunas noches conseguimos casa.
       Con tanta lentitud, no nos alcanzaron los víveres. Yo me recriminaba “¿cómo pude ser tan poco previsor?”. Unos esenios, vestidos de riguroso blanco, nos convidaron comida. Ese era el sector en que vivían, alejados, ensalzando la verdad y la justicia, ayudando a los pobres. No comen carne, y practican la castidad. Hasta encontré razonable que en Nazaret algunos me digan que soy esenio. De todos modos, no sé muy bien todo lo que significa ser esenio.
       He aquí que soy casi esenio. Por lo menos, estoy agradecido de ellos. Los sacerdotes los odian. Yo no veo motivos.
       Varios días después de salir de Nazaret volvimos a llegar a la orilla del Jordán, por el vado inferior. Era impresionante admirar la belleza del río, a lo lejos, parecía un hilo de plata. Dos veces tuvimos que cruzarlo, hacia allá y hacia acá. Una de ellas resultó difícil porque el río venía tan crecido que los burros se asustaron. Mientras se pudo, nosotros seguimos a los que continuaban por la orilla, río abajo, hasta internarnos en el desierto, nuevamente.
       Faltando un día para Belén, salimos al alba. María caminaba con mucha dificultad. La puse sobre el burro. El sendero iba a veces por el borde mismo de un acantilado. Lo único que yo quería era llegar pronto. Pasamos por momentos de niebla, momentos de viento. Ibamos tan despacio que nos alcanzó otra caravana.
       Un poco antes de llegar hicimos el último descanso, después del mediodía, a corta distancia de Jerusalén.
       Cuando vi un árbol, único, aislado, no es que lo conociera tanto, pero supe que estábamos cerca. Ya tenía prácticamente a la vista el pueblo de Belén, tan conocido para mí. María empezó a tener contracciones. Nuestro bebé también estaba próximo. Menos mal que llegamos pronto al pueblo. A la entradita estaba la posada principal, a la vera del camino, amplia, con lugar para camellos y asnos al medio, edificaciones a los lados. Primero, temí que fuera excesivamente caro el alojamiento, pero cuando me enteré de que estaba todo lleno, eso fue mucho peor. El tiempo seguía transcurriendo.
       Mis hermanos también tenían la casa llena, con tal de ganarse unos pesos. En ninguna posada encontré lugar. Todas las habitaciones de Belén estaban ocupadas. Al regresar al patio de una de las posadas, me indicaron que, para poder recibir más gente, habían acondicionado los establos que habitualmente se usan para los animales de las caravanas. Fui orientado a ir hacia allá, y me aseguraron que los pesebres habían sido aseados prolijamente. Tuvimos que dejar los asnos en un lugar precario que habían dispuesto para ello. Eso sí, llevé conmigo todos nuestros bultos, hasta que pudimos instalarnos en lo que había sido un pesebre. Después de todo, fue una suerte haber conseguido por lo menos algo que servía de refugio.
       Probablemente el niño se estaba adelantando, o quizás calculamos mal el tiempo que faltaba cuando María dejó de tener su período.
       -Le cantamos tanto, que el niño quiere nacer pronto -bromeé para relajar un poco la situación.
       Puse a María en el pesebre, lo más cómoda que me fue posible, y le dije que se estuviera tranquila, mientras yo buscaba una partera. Mi hijo se quedó con ella, y yo fui al pueblo. Le dejé instrucciones a Josetos para que consiguiera agua y le lavara los pies a María. Y también un poco de leña para hacer fuego.
       No era fácil encontrar una matrona hebrea en Belén, estando ya en el atardecer. Rezaba para alcanzar a llegar a tiempo, agradeciendo el estar en mi pueblo, en tamaña emergencia como la que teníamos. “Haz que tu hijo se aguante otro poquito, que ahí se está muy bien” decía yo al Altísimo.
       Amo mi ciudad natal, y he aquí que estaba volviendo en estas condiciones, y muy asustado por la responsabilidad que tenía. Encima, me estaba saliendo todo mal. Ya veía que echaba a perder la obra de Dios. Yo sabía que ese niño era importante, y que venía a salvarnos. Siempre traté de descubrir qué es eso de salvarlo a uno.
       El cielo rojo de nubes me hizo recordar ese antiguo sueño en que el tiempo parecía detenerse. Eso estaba necesitando yo en ese momento. Que todo transcurriera muy lento para darme tiempo. Golpeé la puerta donde antes había una matrona, la que atendió a Salomé, mi primera mujer en algunos de sus partos. Me dijeron que ya no está en Belén. Fui donde otra, que atendió otros partos de mi mujer.
       -Ella no se encuentra, pero le puedes dejar recado -me respondieron.
       -No. La necesito ahora. A ella u otra matrona.
       -Hay una en la otra cuadra, que trabaja mucho con mi hija.
       Para allá fui, según las indicaciones. Encontré una mujer muy joven, que sabía de partos porque había estado en más de alguno. Me puse contento, pues fue casi milagroso encontrar tan rápido una comadrona. Se llama Salomé, como mi primera mujer. Con esta joven nos dirigimos a nuestro establo, cuando ya era de noche.
       Salomé examinó a María, que miraba hacia lo alto y rezaba. Yo seguía contento, pero a la vez muy asustado por la responsabilidad que se me venía. Me sentí un poco torpe y con miedo a que las cosas me salieran mal. Quería apoyar en lo que pudiera. Preparé un fuego que nos diera luz y calor. No me fue fácil, pues no tenía piedra de pedernal. Encontré una roca suficientemente dura, y también una buena cantidad de yesca seca. Con la ayuda de un cuchillo intenté encenderla durante largos minutos, hasta que resultó.
       Tomé la mano a María, y sus dedos se aferraban a mi brazo. Sólo unas pocas horas más tardó el niño en nacer. Yo estaba algo angustiado, pero todo salió bien. Hasta nos visitó la luz de la luna. Tuve una gran emoción cuando la matrona cortó el cordón que unía al niño con su madre, y después sentí algo muy especial cuando vi al bebé en sus brazos. Y me lo estaba pasando a mí. Era un niño hermoso. Entonces, tuve la seguridad de que todo iría bien. Supe que yo estaba al servicio de mi hijo, si podía llamarlo así. De hecho, me gusta decirle así. Siempre lo he visto como un hijo.
       Eramos todos una sola felicidad. Hablábamos en voz alta, salíamos afuera y volvíamos. Unos pastores se extrañaron y acudieron trayendo leche y queso. Nos alegraron mucho, y nos pusimos a cantar alabanzas a Dios, mientras María daba el pecho a nuestro bebé. Era una legítima fiesta. Encendí una lámpara de aceite y la puse en el lugar más visible, pues era el primer día de Janucá.
       Yo empecé a ser el hombre más feliz del mundo. Todo había salido bien. Ya podía cantar directamente al niño nacido.
       La partera se despidió emocionada y con gratitud por haber ayudado al nacimiento del hombre que venía a salvar al mundo. Así lo dijo. Tal cual. No sé cómo lo supo, pero antes que yo alcanzara a darle las gracias y preguntarle cuánto le debía, ella ya estaba agradeciéndome, con lágrimas en sus ojos, porque se daba cuenta que había participado en algo grandioso.
       Como no quiso cobrarme nada, le regalé una figura de madera, hecha por mí, de ésas que siempre ando trayendo. Justamente, era una que representa un niño. Salomé se fue dichosa.

   

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