ARISTODEMO                    Un lugar literario
José de Belén         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   5.- María recibe un anuncio

       Hace algunos días fui a la fiesta de la luna nueva con las otras niñas. Nunca antes lo había hecho. En los meses anteriores de este mismo año, me limitaba a disfrutar con ellas en el cerro cercano, cuando al llegar con sus mantos blancos me contaban que habían ido fuera del pueblo para esta hermosa fiesta. Ellas saben que se dejarán amar por un hombre algún día. Por primera vez tuve la disposición a participar activamente cuando sentí gratitud y admiración por José. Tengo la certeza que Dios lo ha puesto en mi camino. La vara florecida es un signo.
       Hay algo más que me impulsó a asistir con mis amigas. He cambiado mucho en este último tiempo. Reconozco que yo no tenía deseos de salir del Templo, pues me gustaba esa vida, entregada a lo que Dios dispusiera. Desde pequeña hice mucha oración. Ahora, a los quince años ya estoy casada.
       En el fondo, Zacarías no tenía tan claro que quisiera dejarme ir del Templo. Actuó movido por lo que consideró su deber. Puso un requisito que talvez le haya parecido poco menos que imposible, para así salir bien del paso, y no sé si creyó que una vara iba a florecer. Le pedí a Dios que manifestara su poder y gloria para hacer de mí lo que quiera. En algún momento tuve una secreta fantasía en la cual José era el elegido. Desistí de pensar en eso, para entregarme a la voluntad de Dios. El Altísimo ha sido siempre muy bondadoso conmigo.
       Cuando supe que esa vara había brotado se me iluminó la sonrisa y me puse roja. José me tomó de la mano y salimos caminando.
       Primero hubo una ceremonia pequeña. Zacarías habló y dijo que nos comprometíamos, y que yo sería virgen porque así lo decidí. Le habló a José diciéndole que me aceptara, y a mí me ordenó obedecer a José.
       Cuidar a sus niños, para mí es algo lindísimo. Ya están crecidos, con excepción de Jacob. Siempre quise tener una misión maternal, a pesar de mi voto de virginidad. Desde chica soñaba despierta, que iba a estar encargada de proteger a un niño muy especial, privilegiado de Dios. Uno que llegaría a ser grande, no en poder terrenal, sino ante los ojos de Dios. Un conductor espiritual. Hasta hace muy poco, imaginé que Jacob llegaría a ser ese gran líder religioso. Algo de eso puede estar en los planes de Dios, pero ahora ya sé que la cosa es un poco distinta.
       Después que José salió para Cafarnaum a trabajar en una construcción, quedé encargada de cuidar a Jacob. Recuerdo que José puso un montón de palos sobre un burro, y se encaminó con lentitud hacia su destino.
       Me encantó entrar a la casa de José, y alternar con sus hijos. El mayor, José, es casi de mi edad. Le decimos Josetos para diferenciarlo de José padre.
       Al poco tiempo celebramos los esponsales, y unos meses después, la boda. Amo mucho a José, como nunca antes había amado a ningún otro. Tiene una dulzura que contrasta con su enorme vitalidad. Es un hombre que no habla mucho mientras no haya meditado acerca de lo que oye.
       Mis pocos ratos libres los lleno de oración. El Altísimo me enseña a vivir y a soportar los pequeños contratiempos. Le hablo en sigilo, diciendo “Acudo ansiosa a tu llamado. Disfruto cada paso y cada descanso. No hay reja que me pueda apartar de tí. No hay placer que no se vea opacado por tu presencia. Amo los árboles y los pájaros, los colores y los sonidos, los movimientos del aire, y del agua, y de las llamas de luz. Amo las personas y los momentos”.
       Ha habido cambios en mí, pero el más importante vino hace pocos días. El pueblito de Nazaret empezaba a tener el pequeño movimiento de un día habitual, cuando el sol ya estaba a media altura. Las calles comenzaban a poblarse de comerciantes. Igual que todos los días, yo fui con un cántaro a buscar el agua a la fuente. Iba cantando, como es mi costumbre. También en la misma fuente lavaba ropa. Es ahí donde nos reunimos las mujeres, y algo conversamos. Es que a ninguna le permiten demorarse mucho. Hasta tenemos la osadía de descubrirnos el rostro. Por lo menos, en Galilea las mujeres podemos ir un poco más libres que en Judea. Acá, una mujer hasta puede conversar con un hombre fuera de su casa. De todas formas, la mujer es obligadamente apagada, en nuestra cultura, y a mí no me gusta eso. Nunca he querido rebelarme en forma brusca ni frontal, pero cuando puedo, manifiesto mi inquietud, para que la mujer pueda llegar a tener un rol más preponderante.
       Varias veces escuché una especie de voces lejanas, al estar en la fuente, ese día y los anteriores. La primera vez me asusté mucho. “Alégrate María” escuché decir, y no supe quién me hablaba. Creí que era Josetos, pero él no estaba ahí, ni tampoco ningún conocido. Miré para todos lados. Nadie más había escuchado nada. Recuerdo que recogí mi cántaro y partí apurada a casa, cerré la puerta y le puse cerrojo.
       Como ocurrió esto mismo varias veces, al final me acostumbré. Igual, me preguntaba quién me conoce y me habla tan misteriosamente. Buscaba las voces, y cada vez que mi oído se ponía atento surgían esos sonidos como coro de ángeles. Yo sentía lo mismo que si me estuvieran saludando. Después lo percibí con más intensidad. Las voces parecían salir de las flores. Sentí la presencia de algún ángel que intentaba hablarme, aunque no lo vi como veía a los ángeles niños cuando yo era chica. Me he estado acordando de ellos y su levedad que conocí hace años.
       Caminé con mi cántaro, y con fuertes deseos de escuchar ese saludo diario. Efectivamente, ocurrió que el coro de ángeles cantaba y oí la voz de un niño saludándome. Hasta lo pude ver, pero nadie más lo vio. Las otras mujeres ni siquiera lo escucharon. Era un joven muy alto para su edad, y parecía tener un magnetismo especial. Seguramente provenía de un país remoto. Lo observé caminar sonriente, a paso lento, saludando a los inexpresivos transeúntes, que lo ignoraban.
       Volví a casa un poco intranquila. No sabía qué significaba esto que estaba ocurriendo casi un año después del asunto de la vara seca que tuvo brotes.
       Más tarde, a la hora de la oración, me puse a rezar con toda la fuerza de mi alma, y cuando ya estaba casi poniéndome invisible sentí el saludo nuevamente. Ahora vi al ángel, pues eso es lo que era este muchacho. Estaba a poca distancia, no más de unos seis pasos. Era un niño resplandeciente vestido de blanco. Se detuvo al llegar a mi casa, y entró al patio, con respeto, como correspondía a un extraño. Llamó con una voz amistosa. Me di cuenta de su presencia y lo hice pasar al pequeño repostero en que yo acostumbraba a alabar a Dios. Era un buen lugar, tranquilo, sin más ruidos que el canto de los pájaros.
       No era la primera vez que veía un ángel. En mi niñez vi muchos, pero hacía años que no me pasaba. No sentí que necesitara cubrir mi rostro.
       -¿A quién buscas? -pregunté sin reparo, pues el visitante irradiaba confianza.
       -María, he sido enviado por Dios. El ha querido responder a la perseverancia con que tú lo invocas todos los días, y me ha dado un mensaje para tí.
       Creí estar metida en una ensoñación, y no me atrevía a decir palabra alguna.
       -No tengas miedo -me dijo cariñosamente-. Tú conoces bien lo que está escrito acerca de un gran hombre que traerá a la tierra el reino de los cielos, y que ese reino no tendrá fin.
       -Sí. Lo he leído. Le llamarán Hijo del Altísimo.
       -Librará a la gente de sus propias bajezas.
       -Ardo en deseos de estar viva cuando ese hombre venga al mundo a traer la salvación.
       -No sólo estarás viva -me respondió el visitante-. Dios quiere que su hijo Jesús nazca de ti, porque eres la mujer más pura y más digna.
       Me llenó de elogios que provenían de Dios. Es una de las cosas más felices que me ha tocado vivir. Me dijo que yo iba a tener un hijo.
       Tuve que sentarme, pues mis piernas me temblaban, igual que mi emocionada voz preguntando:
       -¿Cuándo será eso? Estoy casada con José el carpintero, pero he prometido al Altísimo mantenerme virgen.
       -Jesús no ha de ser engendrado como todos los hombres. El Hijo del Dios Altísimo será concebido por la acción de su Santo Espíritu. Será un milagro que no te es dado comprender.
       -¿Y cómo podré, si tengo compromiso de virginidad ? -reiteré preocupada, y me dijo que para Dios no hay nada imposible. Me explicó que así como se produce el milagro de la concepción cuando un hombre fecunda a una mujer, eso también puede ocurrir sin la intervención de un hombre, si Dios así lo dispone. El permite que ocurran milagros.
       -Una luz del cielo vendrá a morar en tí - aclaró, o al menos intentó proporcionar una aclaración.
       Como soy incondicional de Dios, traté de expresar lo mejor que pude, que Dios podía hacer en mí todas las maravillas que quisiera regalarme. Para mí, eso es magnífico. Me arrodillé en señal de humilde aceptación, y extendí los brazos hacia un rayo de luz, que venía de una pequeña ventana en lo alto. Mis manos estaban resplandecientes. Me fijé que todo mi cuerpo lo estaba. Alabé a Dios diciendo:
       -Bendito seas porque haces maravillas. Puedes disponer de mí. Soy tuya.
       Cuando volví a tomar conciencia del entorno, el extraño visitante se había retirado, sin que yo atinara a preguntarle algo, y ahora que se ha ido, no sé qué tengo que hacer. Durante varios días he estado reflexionando en torno a la visita del ángel, sin atreverme a contarle a nadie.

 

   6.- María después del anuncio

       Tendré un hijo que no es de algún hombre. Es de Dios. ¡Qué grandioso ! Nacerá de mí un hijo de Dios. Yo no quepo en mí de felicidad. Se está cumpliendo esa especie de sueño que siempre tuve. Es una emoción la que me invade, que apenas puedo vivirla, por lo intensa. Tengo en mí al hijo de Dios, gestándose como cualquier bebé. Necesito alimentarme para él. Me cuesta creerlo. De repente se me ocurre que todo lo imaginé.
       Al mismo tiempo, me da mucho miedo. He tenido que vencerlo, poco a poco, después que se fue el ángel, pero a él no le iba yo a tirar mi miedo. Al contrario. Traté de mostrarme valiente.
       El gran drama de este momento es cómo decírselo a José. ¿Cómo lo tomará él? José es un hombre fuerte y lleno de vida, que me ama profundamente, con una gran delicadeza y ternura. Yo amo sus ojos, su frente, sus labios dulces. Tendré que apelar a toda su comprensión. No es fácil pedirle que me crea así no más. Es lo que le corresponde hacer, pero será difícil para él. Como siempre, confío en Dios. El sabe como hará las cosas. Es preciso que yo esté muy unida a José para criar a nuestro hijo. No podría hacerlo de otra manera. Necesito su complicidad en esto. Sé que él me quiere mucho, y por eso espero su comprensión. Necesito integrarlo, pues él es el arco para lanzar la flecha que es el hijo que vendrá. José es el brazo fuerte. Pido a Dios que ponga en mí las palabras más adecuadas y en él la sabiduría para que seamos la pareja que tenemos que ser.
       Nuestro hijo será un gran hombre, con una misión importante. No será un guerrero que salga victorioso en batallas dando muerte a adversarios. No. Tampoco será un rey benigno y poderoso que produzca riquezas en cantidad grande y sepa repartirlas armoniosamente entre sus súbditos. No. Será un hombre con un gran carisma y que tendrá seguidores. Enseñará lo que el Padre Dios le ha encargado desde el principio de los tiempos. Vendrá a proponer cambios importantes en la manera como los seres humanos nos relacionamos entre nosotros y con Dios. Tendrá adversarios pero no descargará ningún poder sobre ellos. Me aterra pensar qué harán con él esos adversarios. Como sea la voluntad del Altísimo, así tendrá que suceder.
       Difícil tarea se nos viene encima a José y a mí. ¿Cómo hemos de criarlo? No tenemos mucho que enseñarle. Dios sabe cómo hará las cosas. Yo soy una simple servidora, y haré todo lo que Dios me diga. Me invade el sentido de la responsabilidad, al ser la cuidadora de algo tan divino. Ya no puedo arriesgarme a perder el regalo recibido.
       Como no me atrevía a contarle a nadie, y necesitaba desahogarme, decidí que mi tía Isabel era la única persona a quien le contaría. Sí, tenía que hablar con ella, pues sabría aconsejarme. Recuerdo que el ángel la nombró. Sí. Me dijo que ella también ha concebido un bebé, a pesar de tener ya cierta edad. Era allá donde tenía que ir. También recuerdo cuando me habló de eso mi tía, una vez que me visitó en el Templo, hace varios años. Declaró estar en la certeza de que tendría un hijo algún día, y que la señal era un milagro en sí. No entendí nada, pero ahora, todo se juntó y se me aclaró en gran medida. Por lo demás, de todos modos yo necesitaba compartir con alguien lo que me estaba pasando, y ella era la persona más indicada.
       A través de una caravana envié un mensaje a José, que estaba trabajando en Cafarnaum, en casa de Zebedeo, y le pedí permiso para viajar a Ein Karem. Después de unos días recibí su respuesta, y preparé el viaje. Encargué a Miriam, mi casi hermana, que atendiera al pequeño Jacob en mi ausencia, y a las niñitas, aunque ellas ya están grandes, creo yo, no hay mucho que preocuparse. Hasta pueden ayudar a cuidar a Jacob. Lo hice así porque yo iría a visitar a mi tía Isabel, muy cerca de Jerusalén, hacia el oeste. Miriam es lo más buena persona que hay, y no tuvo ningún problema. Igual tiene a su pequeño Judas que nació el año pasado, y a Simón, que ya cumplió seis años.
       Miriam se casó siendo muy niña con Alfeo, un buen hombre que conoció al llegar a Nazaret, y se enamoró de él para siempre. Eso fue cuando yo estaba en el Templo. Alfeo tiene unos amigos griegos que le dicen Cleofás.
       Sí. Tenía que ir donde Isabel, y talvez podría aprovechar de ir al Templo y hablar con los rabinos. Josetos me preparó el burro, y no sólo eso, también tuvo la buena voluntad de acompañarme, de acuerdo a las instrucciones que envió José. Menos mal porque, en ningún caso, conviene andar sola.
       El viaje fue agotador. Llevaba en mi vientre a un salvador del mundo, en gestación. Quizás era aún del tamaño de un grano de trigo. El grano que caerá a tierra y dará frutos. Lo dicen los profetas.
       Salimos al alba y llegamos a Jerusalén muy tarde una noche, días después. Desde ahí son dos horas a Ein Karem, más el tiempo de espera, aunque hay caravanas con cierta frecuencia. Uno de los criados de Zacarías nos proporcionó las habitaciones. Yo iba a quedarme varias semanas. En cambio, Josetos emprendió viaje de regreso al día siguiente, después de un descanso reparador. En cuanto me levanté, fui a saludar a la tía Isabel. Me acogió tan bien, que me daba seguridad. Cualquier duda se desvanecía. Efectivamente, ella tenía varios meses de embarazo. No me equivoqué. Y también ella tuvo noción de lo mío, aunque no sabía bien a qué atribuirlo, en el primer momento. Me contó que su bebé estuvo brincando hace algunos días. Calculé que justamente cuando concebí.
       Lo sorprendente fue que también los bebés en nuestros vientres se reconocieron, no me explico cómo, y se saludaron a su manera. La única que la naturaleza les permitía, por el momento.
       Zacarías hablaba por gestos, y escribiendo porque estaba con un serio problema en su garganta. Contó que un día en el altar del incienso vio como si hubiera un ángel diciéndole que tendría un hijo Juan. El no lo podía creer, en aquel momento.
       Zacarías integraba el grupo de Abías. Hace unos meses, cuando le tocó un turno de servicio sacerdotal, entró al santuario del Señor para la quema del incienso, que se efectúa dos veces al día. Se renuevan las brasas de los perfumes en el altar del incienso, ante el Santo de los Santos. En ese instante, siempre se agolpa la gente afuera del templo.
       Era yo la que hablaba de todos esos detalles que conocía bien, mientras Zacarías no estaba en condiciones de hablar.
       El caso es que en esa oportunidad Zacarías demoró mucho en salir, y hablaba por señas. Quería dar a entender que tuvo una visión. Eso lo contó Isabel.
       Durante un mes y algo más conversé muchas cosas con ella, algunas profundas, otras superficiales. Me quedé hasta después que nació Juan.
       -Vuelve a Nazaret y quédate tranquila -me recomendó-, no salgas mucho, y haz todo lo que José te ordene. El Altísimo sabrá cómo solucionar tu problema.
       Fue hermoso el tiempo que pasé en casa de Isabel. Volviendo a Nazaret, seguía pensando cómo explicarle todo esto a José. Y ahora que ya se me nota el embarazo, la gente ya empieza a considerarme una futura madre. Tengo que dejarle esto a Dios. El tendrá previsto cómo sacarme de donde me metió. Me tranquilicé. Yo estoy serena y alegre porque sé que Dios me ayudará. En mi oración le pido “¡Ayúdame, ahora es el momento. Por favor, ayúdame!”
       Mi oración fue también gestándose en estos meses. Día a día se ha ido agregando alguna alabanza, alguna intuición, alguna manifestación de gratitud, alguna profecía que aprendí cuando niña, sin saber entonces cuán cerca llegaría a estar de aquel hombre grandioso, al que siempre había querido amar con amor de hija, y ahora empiezo a amarlo con amor de madre.

 

   7.- José con dudas

       Anduve trabajando en una construcción en Cafarnaum, por varios meses, sin tener siquiera unos pocos días para ir a Nazaret. Dormí en tabernas, donde nunca faltaba el buen vino. Cuando por fin terminó la obra, y volví a casa, iba feliz, lleno de expectativas, con unas ganas inmensas de ver a mis hijos y sobre todo, estar al lado de María. Añoraba su fragancia de nardo y ya quería besar sus mejillas y sus labios dulces. Acariciar su pelo negro, escuchar su delicioso timbre de voz y reírnos juntos. Se podía haber dicho que ella era como otra hija más, por la edad, pero nuestra relación jamás podrá ser padre-hija. Somos compañeros de ruta, aunque yo pase mucho tiempo afuera.
       Al volver a Nazaret escuché unas risitas por ahí. En un primer momento no supe a qué atribuirlas. Y vi miradas interrogantes que trataban de disimular la ternura que parecían sentir. Antes me paraban para pedirme consejos, eso era lo habitual. Y ahora, . . . ¿risitas? ¿Qué está pasando aquí?
       -Felicitaciones, José -me dijeron varios transeúntes, y tampoco supe por qué. Sólo me quedó claro que algo tenía que estar pasando con María. No sabía si reírme o ponerme serio. Algo cree la gente. ¿O sabe? No quería reconocer ante mí mismo que una silenciosa alarma intentaba invadirme.
       Yo estaba intrigado. Preferí no preguntar nada a nadie. Si algo pasaba con mi mujer, se lo preguntaría directamente a ella. Sin embargo, se me cerraba un círculo odioso. Cualquiera pensaría que iba a tener un hijo. Seguí negándome a creer que María pudiera estar embarazada, pero esa imagen se me venía a la mente.
       Llegué a la casa y saludé a María con mucho entusiasmo, pero la noté triste y confusa, sin su acostumbrada gracia infantil. Su rostro pasaba de la palidez a un color rojizo.
       -¿Por qué estás triste ? -le pregunté-. ¿Te ha hablado alguien ?
       -Es que hay algo que no sé cómo explicarte -me respondió. Justamente, yo estaba notando que tenía una barriguita como de unos pocos meses de embarazo. Entonces, terminé de atar cabos, y me empezó a dar un dolor creciente.
       Casi todo el pueblo sabía que yo estaba en Cafarnaum trabajando, y María en Ein Karem visitando a su tía. A algunos no les cuadraba bien que ella apareciera embarazada.
       En una fracción de segundo me dije a mí mismo :
       “Cómo pude ser tan descuidado. Y ella, quizás tan inocente. Yo no entiendo qué pasó, si María no es de las mujeres que buscan lo fácil. Puede estar enamorada de alguien. Yo no tengo ya cabida en su vida, y esto es una desgracia. Todo mi mundo se ha venido al suelo. Nada volverá a ser igual. ¿Dónde voy a ir a morirme? ¿Qué van a decir todos? Eso es lo que menos me importa. Qué va a ser de mi mujer, que ha arruinado su vida, y yo tengo gran parte de la culpa. No quiero meterme en este lío. No me gusta que me pase esto. Ingenuo fui, y ella ya no parece ser lo que era. ¡Qué desilusión ! Hasta se supone que tendré que sonreír cuando camine con ella por Nazaret. Quiero irme lejos, lejos, lejos. Esto me sobrepasa. ¡Qué dura puede ser la vida ! ¿Cómo volver atrás? ¿Sería posible? ¿Podría empezar todo de nuevo? Yo la protegería”.
       -¿Qué estuviste haciendo, María ? Tú que eras alimentada por los ángeles y que te consagraste a Dios en cuerpo y alma. ¿Cómo pudiste ? -le dije, desde mi corazón destrozado. Me sentía muy mal, y me imaginé lo peor. Ella me explicaba como podía, pero yo no quise entender.
       -Dime qué acción prohibida has cometido. ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué te niegas a defenderte?
       Con toda la ternura que pude le pregunté si la habían violado yendo a Ein Karem. Temí que hubiera sido así porque hay bandoleros en los caminos. Dijo que no le había pasado nada de eso. Le seguí preguntando.
       A medida que hablaba, fui subiendo el tono. Ya casi gritaba. Hasta me rasguñé la cara. Es que no hallaba qué hacer con las manos. No le iba a pegar. Jamás lo haría.
       -No he dejado de ser pura -me respondió sollozando-. No he estado con ningún hombre, si es eso lo que piensas. No me juzgues a la ligera.
       -¿Puedes explicarme cómo fue que quedaste embarazada?
       Trató de decirme que la había visitado un ángel, pero no se daba a entender muy bien.
       -¿Me vas a decir que el ángel violó tu virginidad ?
       -No, José, entiendes todo al revés.
       Yo tenía rabia conmigo mismo, porque no supe custodiar a María. Recibí una virgen. . . Mientras crean que el bebé es mío, no me importa tanto. No obstante, hay por lo menos un hombre que sabe que no lo es. ¿Qué haré cuando se burle de mí ?
       -El ángel me dijo que concebiría un niño, sin intervención de varón.
       -¿No habrá sido un tipo que se hizo pasar por ángel?
       María se empezó a desesperar. Me retiré en ese momento, y después no quise comer lo que María me sirvió. Yo estaba enojadísimo. No hallaba qué hacer. Lo primero que hice fue salir corriendo sin saber adónde. Apenado, trataba de huir de mí mismo. Lloré, y después volví, pensando con qué cara me iba a presentar en la sinagoga, después de no haber sabido cuidar a María. Además, me sentía engañado. Ella, que no quería yacer conmigo, ¿lo hacía con otro ? No. Eso no podía ocurrir. Era todo muy extraño. Yo no estaba dispuesto a darle a nadie el derecho a ocupar mi lugar. Sólo al Altísimo.
       En ningún momento dejé de amar a mi mujer, pero necesitaba reflexionar. Esa noche, mientras todos dormían, preparé un equipaje y salí de casa. Quería estar solo, y era preciso pensar qué hacer. Seguí hablándome a mí mismo :
       “¿Cómo pudo ella corresponder así a mi amor que renunciaba a todo? Amo mucho a María. Yo quería que riéramos juntos. ¿Y por qué no llorar unidos? ¿Acaso se puede? Siempre pensé que iríamos al paraíso juntos pero, aunque tengamos que sufrir, que también sea juntos, y si ella ha de ser castigada por algo, compartiré con ella el castigo. Que nada pueda separarnos, ni siquiera un desliz de conducta. El mundo quiere impedirme actuar desde lo mejor que Dios puso en mí”.
       En un momento como ése, yo quería que me tragara la tierra. Lloré casi la noche entera. Decidí que no la iba a reprender públicamente, porque con eso la sentenciaba al castigo brutal de todo el pueblo. No le haría eso. La quiero demasiado. En ese momento, me venía la tentación de irme lejos, muy lejos. Hasta escribí una nota de despedida, que después rompí.
       Ya nadie más se interesaría en mis consejos, ni me pedirían que leyera en la sinagoga. Mucho me gustaba hacerlo, con mi pequeño taled lleno de flecos, subido en un estrado. Si hasta me ha tocado ser oficial encargado de facilitar, pasando rollos desde el armario santo donde se guardan, protegidos por una funda bordada.
       Me puse a pensar en el niño o niña que vendría, sin tener ninguna culpa, por supuesto. Mi religión, sin embargo, me obligaba a rechazar a mi mujer. No podría seguir recibiéndola en mi casa. Toda mi vida estaba hecha pedazos. Ya no tenía nada más que hacer en Nazaret. Nunca volvería a tener ilusiones. En ese momento necesitaba oración, y a eso dediqué un buen rato. Los pensamientos me seguían invadiendo. Rechazar a María y a su hijo sería poner de manifiesto el adulterio. Entonces, ella sería lapidada. Eso me angustiaba enormemente. No quería que nada malo le pasara a María, pero ya no podía seguir al cuidado de ella. Dejaría que todo el mundo creyera que fui yo. Sin duda, eso era lo mejor para todos. Y si yo desaparecía del pueblo, las culpas caerían sobre mí. Todos me creerían un malvado que abandona a su esposa embarazada. Por lo menos, creo que no sospecharían de ella. ¿O quizás sí? ¿Por qué motivo iban a pensar que me voy? Saldría a la luz eso de que yo estuve lejos de María por varios meses. ¡Qué dilema! No estaba seguro, pero no quería volver aún. Por el momento, me fui a una posada en Séforis, llevando un burro con mi carga. Pocas personas me conocían ahí, y difícilmente podrían conocer a María.
       Después de beber vino con otros pasajeros de la posada, pude dormir un poco. En el sueño vi un niño de luz, que vino deslizándose en un rayo de sol, y me tomó de la mano, me sonrió y entonces me puse a caminar junto a él. Yo estaba triste, también en el sueño. Algo en mi interior trataba de hablarme pero yo no quería entender, por más que repasé el sueño tratando de interpretar qué me decía Dios. Talvez he de tener la fuerza para aceptar una situación que me incomoda tremendamente. El sueño apelaba a mi generosidad.
       Salí a las afueras del pueblo y me puse a meditar, a rezar. Necesitaba una respuesta. Estuve muy seguro de que Dios me ama, y también ama a María. Me unió a ella para algo. Eso de llorar juntos era una experiencia que necesitaba vivir.
       Volví a mi pieza, y al poco rato me venció el sueño, nuevamente. Fue la comprensión de este otro sueño lo que me hizo volver el alma al cuerpo. Me devolvió la vida legítima. Con toda la plenitud que Dios regala. Sí. Tuve el sueño más grandioso que haya tenido hasta ahora. En él, vi a María que conversaba con los pájaros y los árboles, bailaba contenta, alzaba sus brazos al cielo, se elevaba, y seguía bailando a cierta altura sobre el suelo. Yo iba hacia ella caminando por el aire, avanzando gran espacio en cada paso. Eso me agrada mucho. Cuando estuve cerca, ella se había sentado en una roca y tendía las manos hacia mí. De sus dedos salían líneas con pequeños círculos luminosos en distintos tonos, que se transformaban en copos de algodón de colores. En gran cantidad se iban juntando, y poco a poco daban origen a un pequeño ser humano. Mi curiosidad inicial se transformó en expectativa. Con esas pequeñas esferitas de todas las tonalidades se fue formando la figura de un hombre que emanaba amor. Curiosamente, parecía un rey. Yo estaba extasiado. De pronto, ese rey se convirtió en un niño, era un niño pobre, en harapos, y trepó por mis rodillas, y se acurrucó sentado en mis muslos, tendiendo sus manitos hacia mi cara. Al instante, me sentí lleno de una ternura inmensa, y con pleno conocimiento de todas las cosas. Fue tanta la emoción, que en el sueño yo lloraba. Me inundaban lágrimas de felicidad, y así desperté, con esas mismas lágrimas, que hasta hacía poco habían sido de profunda tristeza.
       Leyendo en mi sueño comprendí la verdad. Dios piensa en todo, y me dio un don para enfrentar este momento. Me acordé de lo que leí en Isaías, “Una doncella concebirá y dará a luz un hijo que será Dios con nosotros”. Me sentí mal por haber desconfiado de María. Sentí deseos de correr a abrazarla. Me levanté, y me lavé, porque estaba sudoroso. Pesqué todas mis cosas, acudí a pagar y me fui de ahí cuando aún estaba oscuro.
       Amé a María más que nunca, y quería volver pronto a abrazarla. A mi casa, de donde nunca debí haber salido. O quizás sí, para comprender había necesitado un poco de soledad. Me arrodillé en el sendero y pedí perdón a Dios. Empecé a tomar conciencia de que tendremos al hijo de Dios. Necesitaría mirar eso en las escrituras de los profetas, después, cuando estuviera en Nazaret.
       Emprendí el camino, pensando en ese ser que María concibió, ese pequeño ser, hecho a imagen y semejanza del creador. El mismo milagro, que ocurre todos los días y seguirá ocurriendo, en el caso de nuestro niño que vendría, algo fue distinto. Dios no quiso que él tuviera mis defectos. Y tiene toda la razón. Si el Altísimo puede lograrlo, por algo lo ha querido así. Igual me destacó, pues me estaba encargando criar a una persona tan especial. No me negaré. Por el contrario, estaré siempre agradecido. ¡Qué tarea ! Soy un privilegiado, y he sido muy injusto con María.
       Nos miramos desde lejos y nos acercamos caminando, y después corriendo, fui botando las cosas, y nos fundimos en un abrazo cálido, tanto tiempo esperado. La besé en la mejilla muchas veces y en la boca, con amor verdadero. Llorábamos, pero estábamos contentos.
       -Perdóname -le dije con ternura-, por haber desconfiado, suerte mía. Te quiero. Viviré para protegerte.
       Nuestras mejillas estaban juntas. Le di muchos besos. Besé sus lágrimas y ella las mías.
       Ya podíamos empezar a conversar de lo que se venía a nuestras vidas.

 

   8.- José acusado al tribunal

       Ese saduceo Anás es muy torcido. Es un sacerdote joven, bastante menor que yo, bajito de estatura. Se supone que es piadoso, pero tiene un puesto de cambio de monedas en el templo. No sé por qué no me gusta mucho esa actividad comercial en pleno templo. No entiendo cómo un sacerdote puede ser así.
       Estando de paso en Galilea, vino a mi casa con la excusa de que falté a una reunión en la sinagoga. Siempre supe que eso a él no le interesaba. Anás quería saber si eran ciertos los rumores que corrían por el pueblo. Cuando entró, lo recibí con un cortés abrazo.
       -Es un honor vuestra presencia en mi casa -le dije, con frialdad.
       Me preguntó por mi viaje, y nos sentamos a comer algo. Le expliqué que no pude asistir a la reunión porque llegué cansado. No quise contarle el lío mayúsculo en que estaba metido esa tarde.
       Vio a María embarazada, y después de eso ya casi podía irse, dichoso. En el fondo, él sospechaba que el bebé esperado no era mío, y con toda seguridad se las iba a arreglar para averiguarlo.
       -Cuando María estaba en el templo -empezó a explicarme Anás, con cortesía-, nos pidió a los sacerdotes que veláramos por su voto de virginidad. . .
       El silencio que siguió me fue incómodo.
       -. . . Tú la has ayudado a romperlo -continuó diciendo, con absoluta compostura.
       -No hemos roto nada -intenté tranquilizarlo.
       -Creo en tu inocencia, José -su tono era amable.
       Quise hacerle ver que María tendrá un Hijo de Dios. Tratándose de una conversación con un sacerdote, creí que él iba a entender. Sin embargo, me equivoqué rotundamente, pues Anás se puso molesto por primera vez desde que llegó y me llamó la atención diciendo que soy un blasfemo, y que cómo podía esgrimir una defensa tan irrespetuosa y difícil de creer, si ni siquiera soy descendiente de Aarón.
       Me sentí pésimo, y permanecí en silencio porque no hallaba qué decir. Anás recuperó su tranquilidad y su disposición alegre y cordial.
       -No permitas que mancillen tu buen nombre -me advirtió al despedirse.
       Me disgustó su aparente seguridad y dignidad extrema. No confié en sus intenciones ni en su integridad.
       Al día siguiente vinieron a buscarme, y también a María. Los servidores del tribunal, que realmente eran guardias de la sinagoga nos llevaron a un juicio público. Supuse que Anás hizo valer su influencia como sacerdote con una fuerte intención de que se juzgue todo lo que considere pecaminoso.
       Como buen pueblo chico, la gente nos siguió. Estaban todos llenos de curiosidad, y no entendían bien lo ocurrido. Yo iba con una gran angustia porque me imaginaba que querían apedrear a María. Eso, yo no lo iba a permitir. Tendrían que pasar sobre mi cadáver. Llegamos al edificio en que funciona el tribunal, y entramos en él, mientras el pueblo quedó afuera esperando un veredicto.
       -Has cometido una gran iniquidad -me dijo, desde su solemne asiento un maestro de la ley-. Tú, que te creíamos un hombre justo.
       -Soy un hombre justo -respondí inmediatamente, y empecé a darme cuenta que me estaban acosando con un pretexto, el de no haber respetado la virginidad de María. Ella ya me había manifestado que tenía ese temor, pues al salir del templo comprometió a los sacerdotes en cierta medida, haciéndoles ver que son representantes de Dios.
       En algún momento, le dije al maestro de la ley “No es asunto tuyo” y me respondió “Sí que lo es. Es un asunto de todos”.
       Tuvo que hacerse presente el hombre de más jerarquía, ya que el caso lo ameritaba. El presidente de la sinagoga era casi como una especie de sumo sacerdote de pueblo chico. Me llenó de acusaciones, en el sentido de que yo no habría respetado la decisión de María de permanecer virgen. Yo comprendí que realmente eso no le interesaba al fariseo, sino que él sospechaba de la fidelidad conyugal de María, y estaba tratando de obtener de mí una acusación en tal sentido.
       -Dios hizo un milagro para mantenerla virgen -dijo el presidente-, hizo florecer una antigua vara, y tú . . . ¿así pagas tanta bondad? Te encargan custodiarla y fuiste como el lobo cuidando ovejas.
       Yo sabía que si me defendía mucho, el repudio feroz caería sobre María. Me defendí hasta donde pude, tratando de no dar pie a que a ella la acusaran de adulterio, pues ésa era la peor de todas las posibilidades que enfrentábamos.
       -No me condenes a la ligera -le dije.
       -Devuélveme virgen a la santa y pura María que has recibido del Templo. ¿Te has arrogado el derecho del matrimonio?
       -No he cometido impureza -fue mi defensa.
       Entonces, volvió el maestro de la ley, se dirigió a María y la llenó de acusaciones.
       -No he cometido impureza -fue también la defensa de María.
       No nos podían sacar de esa posición.
       Se me saltaron las lágrimas cuando el tipo me amenazó con quitarme a María. En ese momento no me di cuenta que era una amenaza sin fundamento. Lo dijo para ablandarme. Y lo consiguió. Acepté beber el agua amarga del Señor, una prueba de la verdad. Tuve que dar siete vueltas en torno al altar, y después beber completamente el contenido de un jarro en que el jurista había puesto el agua de la prueba.
       -Esta agua te hará salir manchas en la cara si mientes.
       Después de beber esa agua, di otras siete vueltas en torno al altar. Los letrados examinaban mi cara, buscando el más leve signo. Yo me secaba la transpiración con la mano. Después de un tiempo prudencial, me dieron por limpio. Algunos del público ya se aprontaban a apedrear a María.
       Tomé fuertemente de la mano a mi mujer. Cualquier condena que nos dieran, iríamos juntos. Por nada del mundo la iba a dejar sola en esta dificultad. Yo la defendería con mi cuerpo. Tendrían que matarme a mí antes que a ella. Me encomendé al Señor. Sólo El podía salvarnos de esta situación de peligro.
       -¿Qué acción ilegítima has llevado a cabo, hija mía, tú, que has sido educada en el Santo de los Santos, y que has oído los cantos de los ángeles? -preguntó el maestro de la ley- ¿Cómo es posible que hayas perdido tu virginidad, y olvidado la promesa que hiciste al Señor tu Dios?
       -Mi conciencia no me acusa de ninguna culpa -repuso María llorando-, y mi virginidad permanece santa, inviolada y sin la menor mancilla. Si el Señor me condena, a pesar de mi inocencia, cúmplase su voluntad.
       -Yo también beberé el agua de la verdad -agregó María, con mucha decisión, después de varios segundos en que el silencio llegaba a golpear.
       El jurista accedió, y María empezó a dar vueltas en torno al altar, después que él le advirtió que era preferible confesar ahí mismo, y no ser delatada por las manchas que aparecerían en su rostro.
       -Dinos quién fue.
       -No he cometido impureza -repitió María, con lágrimas en sus ojos, y se bebió todo el contenido del jarro. Después dio con mucha lentitud las otras siete vueltas en torno al altar. Su seguridad era impresionante. Ninguna sombra de nada apareció en ella. Estaba más linda que nunca. El presidente de la sinagoga la sacó a la calle y gritó hacia la gente:
       -Veréis las manchas que aparecerán.
       Sin embargo, no hubo manchas. Todos tuvieron que rendirse a la evidencia.
       Entonces, María avanzó hacia la gente con una valentía que yo no había visto en nadie más que en ella, y les dijo:
       -Mi Señor sabe que no he cometido impureza. Y no la cometeré, porque así lo decidí en mi infancia.
       Entonces el presidente hizo que compareciésemos ante él, María y yo.
       -Lo que la ley nos ordena hacer, lo hemos hecho -declaró-. El Señor no ha manifestado vuestro pecado, y yo tampoco os condeno. Id en paz.
       Pudimos retirarnos a casa, en medio del júbilo del pueblo, y alabando al Señor.

 

   9.- José y el nacimiento

       Estaban haciendo un censo, con toda la complicación que eso significa. Se supone que era para facilitar el cobro de los impuestos. Una trompeta anunciaba al mensajero real, quién se paraba en cada esquina y desenvolvía el rollo para leer una vez más el latoso edicto, que después pegaba en una muralla.
       Por eso, y muy a mi pesar, tuve que planear un viaje a Belén, mi ciudad natal. Quise dilatar el asunto, pues María estaba embarazada, probablemente de unos ocho meses.
       -Me voy ahora mismo y alcanzo a volver para cuando el niño nazca -manifesté, no muy convencido, pues no quería separarme de María ahora que se avecinaba el alumbramiento.
       -¿No irás sin mí? -entre que aseveró María y preguntó sin esperar respuesta, porque no admitiría que me fuera sin ella.
       María no necesitaba ir, pero insistió en acompañarme y me explicó que quería que estuviera con ella su tía Isabel cuando naciera el bebé y también las últimas semanas antes de tenerlo.
       -Tendríamos que habernos ido antes.
       -Estaba esperando que se mejorara mi mamá, pero ya no será posible que ella nos acompañe.
       -Cleofás, ¿qué opinas? -pregunté a mi cuñado.
       Si van a ir a Belén, cuanto antes será mejor. Vayan tranquilos.
       Una vez más puse mi oreja en el vientre de María y escuché unos ruidos como si el niño ya quisiera hablar. Me emocionaba imaginar cuando naciera. Sería un niño hermoso. Mi mujer se reía de mi entusiasmo, mientras yo improvisaba una canción para ese niño Dios que se estaba gestando.
       -Hijo esperado -le cantaba-. Bendición del Altísimo. Suspiro de Dios que pasas como el viento. -Jacob, ven acá a sentir a tu hermanito -llamé a mi hijo pequeño para integrarlo en esta espera, no sea cosa que vaya a sentir muchos celos después.
       No sólo vino Jacob, sino también vinieron las dos niñitas, que siempre andan juntas. Ayudaban mucho en la casa cuando María tuvo que estar tranquila.
       -¿Por qué tengo que estar tan tranquila?, si no me va a pasar nada.
       Mi suegra nos miraba con alegría desde su cama. Ella no pudo acompañarnos a Belén porque estaba enferma. Además, no necesitaba ir ella por lo del censo, ya que es mujer. En un momento en que conversamos, como en los viejos tiempos, me contó que al principio el Señor no los encontró preparados para criar a María, y por eso tardó en enviarla. Ana y Joaquín tuvieron que ayudar al desarrollo del carisma que ella traía. Ana siempre se ha dejado guiar por Dios. Le fascina obedecerlo. Intenta las escuchas más extrañas. Me contó que sus padres eran muy piadosos, y eso que tenían dinero. Por su descripción, me parecieron perfectos. Ellos le eligieron a Joaquín por esposo.
       -En ese tiempo fui sumisa -recuerdo haberle escuchado-, no me rebelé porque sentí que era el Altísimo quien lo estaba disponiendo.
       Por ningún motivo, mi mujer aceptaba estar sin mí cuando naciera el bebé. A tal punto fue así, que lo discutimos entre todos, y finalmente estuvimos de acuerdo en que había que partir al día siguiente, temprano, y de ese modo el parto ocurriría cuando estuviéramos bien instalados en Ein Karem, después de inscribirme en Belén.
       Decidí llevar los dos burros, uno para María, y el otro para acarrear nuestros enseres y los odres llenos para beber, ya que en el camino no había mucha agua, al menos los primeros dos días. Llevé algunas herramientas por si nos quedábamos más tiempo. En un caso así, tendría que trabajar. Siempre acarreo elementos de trabajo para donde voy. Supuse que cuatro días iba a durar la travesía, y que el niño no iba a nacer tan pronto.
       La preparación del viaje no nos tomó mucho tiempo. Josetos, mi hijo mayor, nos acompañó, pues él también tenía que empadronarse. El se encargaba de llevar el ronzal que tiraba del burro en que iba sentada María. Traté de que ella estuviera cómoda, pues había que atravesar el desierto.
       Partimos en una caravana, de las muchas que estaban saliendo en esos días. Poco había alcanzado a avanzar nuestra caravana cuando nos quedamos atrás, ya que María necesitaba descansar muchas veces. Nos decían que nos volviéramos, y creyeron que eso hicimos.
       Después del primer día de viaje llegamos hasta un lugar acogedor, al pie de un monte, y ahí instalamos campamento junto al río. María se sentía bien, pero estaba cansada. Puse mis manos en su crecida barriga para sentir al niño, que de repente pegaba unas leves pataditas. Le canté como acostumbro a hacerlo, y María me acompañó con su preciosa voz. También Josetos se incorporó a la canción. Nos sentíamos felices. Abracé a María y muy pronto nos dormimos. Al día siguiente nos alcanzó otra caravana, y tratamos de permanecer en ella, el mayor tiempo posible, por seguridad. Sin embargo, eso nos duró sólo unas horas. Muchas veces tuvimos que descansar en el trayecto, y éste se me hacía eterno. Yo, siempre adelante. Más atrás, Josetos tirando al burro que llevaba a María. La travesía por el desierto era sofocante.
       Menos mal que pudimos unirnos a otra caravana que venía más retrasada. La gente se quejaba de Herodes y lo maldecía, excepto cuando se cruzaba una patrulla militar, que habían varias, de soldados a caballo. Sin ser judíos, estaban al servicio del rey judío el cual a su vez, estaba al servicio de los romanos.
       De vez en cuando yo miraba hacia atrás y veía el rostro de María. A veces estaba sonriente, y a veces apenada. Después, volvía a sonreír. Me llamó tanto la atención, que le pregunté:
       -¿Cómo estás, María, te pasa algo, que sientes alegría y pena?
       -Es que veo dos pueblos, alternadamente -me respondió-, uno que llora y otro que se regocija.
       -¿Cómo es eso? -le pregunté entusiasmado.
       -El que se lamenta es nuestro pueblo de Israel que, a pesar de estar en la luz, la gente no la percibe. Parecen no tener ojos para ver.
       -Ese es el de hace un rato. ¿Y el de ahora?
       -El pueblo optimista es uno que aún no ha conocido a Dios. Están acostumbrados a las tinieblas, pero a la más mínima claridad se alegran porque están empezando a ver.
       Fue un viaje largo y empecé a temer que el alumbramiento llegara en descampado. Y pensaba en eso que me dijo María acerca de los dos pueblos. De hecho, no es que hayamos estado viendo algún pueblo. Sin embargo, ya sé que ella habla en imágenes. El hijo que nacería, ya le estaba dando alegría anticipada. Y según avanzaba en su visualización, llegaba al momento ineludible del sacrificio. Los profetas habían hablado de este niño que vendrá y que deberá entregarse en sacrificio.
       En las frías noches, cuando llegábamos a algún poblado se encontraban copadas todas las disponibilidades de hospedaje. Hasta las casas se llenaban. Vi mucho egoísmo entre los viajeros, por lograr un cupo. Incluso había que pagar a la gente lugareña. En algunas noches conseguimos casa.
       Con tanta lentitud, no nos alcanzaron los víveres. Yo me recriminaba “¿cómo pude ser tan poco previsor?”. Unos esenios, vestidos de riguroso blanco, nos convidaron comida. Ese era el sector en que vivían, alejados, ensalzando la verdad y la justicia, ayudando a los pobres. No comen carne, y practican la castidad. Hasta encontré razonable que en Nazaret algunos me digan que soy esenio. De todos modos, no sé muy bien todo lo que significa ser esenio.
       He aquí que soy casi esenio. Por lo menos, estoy agradecido de ellos. Los sacerdotes los odian. Yo no veo motivos.
       Varios días después de salir de Nazaret volvimos a llegar a la orilla del Jordán, por el vado inferior. Era impresionante admirar la belleza del río, a lo lejos, parecía un hilo de plata. Dos veces tuvimos que cruzarlo, hacia allá y hacia acá. Una de ellas resultó difícil porque el río venía tan crecido que los burros se asustaron. Mientras se pudo, nosotros seguimos a los que continuaban por la orilla, río abajo, hasta internarnos en el desierto, nuevamente.
       Faltando un día para Belén, salimos al alba. María caminaba con mucha dificultad. La puse sobre el burro. El sendero iba a veces por el borde mismo de un acantilado. Lo único que yo quería era llegar pronto. Pasamos por momentos de niebla, momentos de viento. Ibamos tan despacio que nos alcanzó otra caravana.
       Un poco antes de llegar hicimos el último descanso, después del mediodía, a corta distancia de Jerusalén.
       Cuando vi un árbol, único, aislado, no es que lo conociera tanto, pero supe que estábamos cerca. Ya tenía prácticamente a la vista el pueblo de Belén, tan conocido para mí. María empezó a tener contracciones. Nuestro bebé también estaba próximo. Menos mal que llegamos pronto al pueblo. A la entradita estaba la posada principal, a la vera del camino, amplia, con lugar para camellos y asnos al medio, edificaciones a los lados. Primero, temí que fuera excesivamente caro el alojamiento, pero cuando me enteré de que estaba todo lleno, eso fue mucho peor. El tiempo seguía transcurriendo.
       Mis hermanos también tenían la casa llena, con tal de ganarse unos pesos. En ninguna posada encontré lugar. Todas las habitaciones de Belén estaban ocupadas. Al regresar al patio de una de las posadas, me indicaron que, para poder recibir más gente, habían acondicionado los establos que habitualmente se usan para los animales de las caravanas. Fui orientado a ir hacia allá, y me aseguraron que los pesebres habían sido aseados prolijamente. Tuvimos que dejar los asnos en un lugar precario que habían dispuesto para ello. Eso sí, llevé conmigo todos nuestros bultos, hasta que pudimos instalarnos en lo que había sido un pesebre. Después de todo, fue una suerte haber conseguido por lo menos algo que servía de refugio.
       Probablemente el niño se estaba adelantando, o quizás calculamos mal el tiempo que faltaba cuando María dejó de tener su período.
       -Le cantamos tanto, que el niño quiere nacer pronto -bromeé para relajar un poco la situación.
       Puse a María en el pesebre, lo más cómoda que me fue posible, y le dije que se estuviera tranquila, mientras yo buscaba una partera. Mi hijo se quedó con ella, y yo fui al pueblo. Le dejé instrucciones a Josetos para que consiguiera agua y le lavara los pies a María. Y también un poco de leña para hacer fuego.
       No era fácil encontrar una matrona hebrea en Belén, estando ya en el atardecer. Rezaba para alcanzar a llegar a tiempo, agradeciendo el estar en mi pueblo, en tamaña emergencia como la que teníamos. “Haz que tu hijo se aguante otro poquito, que ahí se está muy bien” decía yo al Altísimo.
       Amo mi ciudad natal, y he aquí que estaba volviendo en estas condiciones, y muy asustado por la responsabilidad que tenía. Encima, me estaba saliendo todo mal. Ya veía que echaba a perder la obra de Dios. Yo sabía que ese niño era importante, y que venía a salvarnos. Siempre traté de descubrir qué es eso de salvarlo a uno.
       El cielo rojo de nubes me hizo recordar ese antiguo sueño en que el tiempo parecía detenerse. Eso estaba necesitando yo en ese momento. Que todo transcurriera muy lento para darme tiempo. Golpeé la puerta donde antes había una matrona, la que atendió a Salomé, mi primera mujer en algunos de sus partos. Me dijeron que ya no está en Belén. Fui donde otra, que atendió otros partos de mi mujer.
       -Ella no se encuentra, pero le puedes dejar recado -me respondieron.
       -No. La necesito ahora. A ella u otra matrona.
       -Hay una en la otra cuadra, que trabaja mucho con mi hija.
       Para allá fui, según las indicaciones. Encontré una mujer muy joven, que sabía de partos porque había estado en más de alguno. Me puse contento, pues fue casi milagroso encontrar tan rápido una comadrona. Se llama Salomé, como mi primera mujer. Con esta joven nos dirigimos a nuestro establo, cuando ya era de noche.
       Salomé examinó a María, que miraba hacia lo alto y rezaba. Yo seguía contento, pero a la vez muy asustado por la responsabilidad que se me venía. Me sentí un poco torpe y con miedo a que las cosas me salieran mal. Quería apoyar en lo que pudiera. Preparé un fuego que nos diera luz y calor. No me fue fácil, pues no tenía piedra de pedernal. Encontré una roca suficientemente dura, y también una buena cantidad de yesca seca. Con la ayuda de un cuchillo intenté encenderla durante largos minutos, hasta que resultó.
       Tomé la mano a María, y sus dedos se aferraban a mi brazo. Sólo unas pocas horas más tardó el niño en nacer. Yo estaba algo angustiado, pero todo salió bien. Hasta nos visitó la luz de la luna. Tuve una gran emoción cuando la matrona cortó el cordón que unía al niño con su madre, y después sentí algo muy especial cuando vi al bebé en sus brazos. Y me lo estaba pasando a mí. Era un niño hermoso. Entonces, tuve la seguridad de que todo iría bien. Supe que yo estaba al servicio de mi hijo, si podía llamarlo así. De hecho, me gusta decirle así. Siempre lo he visto como un hijo.
       Eramos todos una sola felicidad. Hablábamos en voz alta, salíamos afuera y volvíamos. Unos pastores se extrañaron y acudieron trayendo leche y queso. Nos alegraron mucho, y nos pusimos a cantar alabanzas a Dios, mientras María daba el pecho a nuestro bebé. Era una legítima fiesta. Encendí una lámpara de aceite y la puse en el lugar más visible, pues era el primer día de Janucá.
       Yo empecé a ser el hombre más feliz del mundo. Todo había salido bien. Ya podía cantar directamente al niño nacido.
       La partera se despidió emocionada y con gratitud por haber ayudado al nacimiento del hombre que venía a salvar al mundo. Así lo dijo. Tal cual. No sé cómo lo supo, pero antes que yo alcanzara a darle las gracias y preguntarle cuánto le debía, ella ya estaba agradeciéndome, con lágrimas en sus ojos, porque se daba cuenta que había participado en algo grandioso.
       Como no quiso cobrarme nada, le regalé una figura de madera, hecha por mí, de ésas que siempre ando trayendo. Justamente, era una que representa un niño. Salomé se fue dichosa.

 

   10.- José y el anciano

       Después que nació Jesús nos seguimos quedando en Belén. Nos acogió la viuda de un hombre que fue sirviente en la casa de mi padre. Era una casa chiquita, muy pobre, y ya estaba en mal estado, pero nos recibieron bien. Ahí estábamos viviendo aún, cuando al octavo día de nuestro bebé tuvimos que llevarlo al templo para hacerle la circuncisión.
       A partir de ese mismo día, ya pudimos cambiarnos a la casa de mi tío, pues se le desocupó una habitación en la que había acogido a unos viajeros que vinieron a Belén a empadronarse. El tiempo pasó muy rápido, y sin darnos cuenta llegó el día del rescate, y fuimos al templo, nuevamente. Llegamos después de una larga caminata, y se nos acercó una anciana llamada Ana, una conocida vidente galilea que acostumbraba a andar por ahí esperando conocer a un niño que llegaría a ser conductor espiritual. La consideraban poco menos que loca. Cuando vio a Jesús se sintió realizada. Ciertamente, veía más que lo que vemos el común de los mortales.
       La mujer se postró hasta tocar el suelo con la frente y después se levantó y le sonrió al niño. María la reconoció inmediatamente. Muchas veces la vio, años atrás, cuando vivía en el templo. Se pusieron a conversar, y en eso estuvieron unos minutos. Ana nos pidió que por favor no nos moviéramos de ahí. En seguida, fue a llamar a otro anciano, Simeón, quien al igual que ella, acostumbraba a pasearse por los patios del templo. Pronto estuvo Simeón también con nosotros. Llegando, dijo estar viendo un resplandor alrededor del cuerpo de María. Le creí, porque yo también he visto ese resplandor en ella, en muchas ocasiones.
       También vio un resplandor en Jesús, y se fijó en sus ojos.
       -Por fin lo hemos encontrado -dijo con fascinación. A María le dijo “llena de gracia”. Creo que eso es lo mismo que le había dicho el ángel. María me lo contó impresionada, hace algún tiempo.
       Simeón tenía una percepción muy especial. Y se dejaba guiar por Dios. Pensar que lo debo haber visto muchas veces antes, y nunca me fijé en él. Sus muchas oraciones lo acercaban enormemente a Dios, y se daba cuenta de cosas que pasaban inadvertidas para todos los demás. Simeón, sin embargo, esperaba un salvador terrenal que rompiera cadenas de hierro, y no las cadenas de lágrimas. A Simeón no le cupo ninguna duda que aquel niño era el salvador esperado. A nadie se le ocurrió preguntar cómo lo supo. Hasta tal grado era la certeza, y la razón de estar ahí. El no sabía por qué fue ese mismo día y a esa misma hora al templo. Pienso que la oración lo condujo.
       -Este es el día más feliz que me ha tocado vivir -dijo Simeón.
       Miraba a Jesús largamente, teniéndolo en sus brazos. Era una estampa de misterio y encanto. Yo me maravillaba de cómo algunos veían algo extraordinario en Jesús. Es algo que yo había aprendido pero otros lo percibían al verlo, simplemente.
       Simeón cantaba sus oraciones y las que le enseñaba su amiga Ana. Yo estaba asombrado.
       -Niño que has venido a establecer el reino del Altísimo, para salvación de todos -decía Simeón cantando su alabanza-. Eres luz en las tinieblas.
       Era necesario para su tranquilidad espiritual no perderse a Jesús. La promesa de Dios estaba cumplida. ¿Cómo sería la oración de este hombre, para haber logrado una particular promesa de Dios? Yo me admiro de esa intensidad de acercamiento. Tiene que haber sido una alabanza grandiosa. También supo Simeón de un gran dolor que vendría para la madre de Jesús. Este era un viejo sabio, pues todo lo conocía. Esta escena me impresionó tanto que después la conté a mis amigos, y a mis hijos y a mis nietos. Todos quedaron asombrados. Supongo que Simeón tiene una cantidad de obras interesantísimas y desconocidas para todos. No quise preguntarle nada.
       El anciano anunció que muchos se rebelarán y se irán tras la voz de la contradicción. Llegaron algunas personas, y se ubicaron en torno nuestro, pendientes de cada palabra, con respeto por Simeón, y curiosidad por nosotros.
       -Ya puedo morirme tranquilo -dijo, en paz y alegría- porque he visto a este hermoso niño que el Señor ha enviado para la salvación de todos los pueblos.
       No era primera vez que yo tenía en cuenta el destino de nuestro niño. En cambio, era la primera vez que se lo escuchaba decir a alguien, como un profeta. Sin duda, este hombre tenía poderes especiales. Lo acogí de buen grado.
       De pronto, a Simeón le cambió el semblante. Se puso serio, casi triste.
       -Una espada te atravesará el alma -le anunció a María y, acto seguido, se alejó sollozando.
       No quise preguntarle acerca de esa espada, para que la frase pasara más suave, sin que nadie destaque lo que no me gustó escuchar. Igual, María captó perfectamente y le quedó una aprensión por el asunto de la espada, pero ella estaba dispuesta a cualquier cosa. Para María, el anuncio de la espada llegó como si fuera algo nuevo pues quería creer que estaban superados los obstáculos. Jesús ya estaba en el mundo, pero, no, . . . . algo falta aún. Supongo que un niño Dios no será bien recibido por todos. ¿Alguien querrá hacerle daño? He de prepararme para lo que pueda venir. Esta misión que tenemos no será siempre tranquila.

 

   11.- María en su purificación

       Me molesta que los sacerdotes me digan que estoy inmunda por haber parido. Es que eso no puede ser. Es insultante para mí y para el bebé. No me considero sucia, y ninguna madre debería considerarse sucia. Los sacerdotes tienen un cuidado extremo de que yo no vaya a tocar nada sagrado. Si supieran que he dado a luz a un hijo de Dios, ¿qué dirían? Especialmente desagradable fue sentir este rechazo cuando, a los ocho días de nacer el niño, lo llevamos a Jerusalén, que está cerca de acá. Es un viaje muy corto. Fuimos al Templo para que le practicaran la circuncisión a Jesús. Ahí fue que le pusieron su nombre, el que Dios eligió para él. Ha de ser una persona grandiosa. ¡Qué responsabilidad! Todo va bien hasta el momento.
       Un poco antes, a los tres días del nacimiento, ya me sentí como para salir del establo, que no estaba tan malo porque teníamos calorcito para el niño. José consiguió con una viuda pobre que compartiera con nosotros su pequeña casa. Ahí estuvimos unos días, hasta que pudimos irnos donde unos parientes de José en Belén, por todo el tiempo que queramos, pues nos recibieron con los brazos abiertos, con mucha generosidad, y si no lo hicieron antes fue porque tenían la casa completamente ocupada con huéspedes que habían venido por lo del censo.
       Ahí tuve más comodidad para cuidar a Jesús, cambiarle los pañales, darle el pecho, y tantas cosas que se le vienen encima a una al tener un bebé. Con José decidimos quedarnos más tiempo, hasta que Jesús esté un poquito más grande.
       -Amo la callada quietud -dijo José, una tarde en la plaza, mientras jugábamos con las manitas de Jesús-. El silencio me habla.
       El silencio de José es el de la persona que escucha a los demás y mide cada palabra con prudencia. Es un silencio para meditar y conocer la voluntad de Dios. José tiene una vida interior profunda, que le proporciona alegría.
       -¿Venías a menudo por acá, cuando vivías en Belén? -le pregunté.
       -Cuando era bien chico venía siempre a las diversiones musicales. Después que crecí, pocas veces acompañé a mis hermanos menores.
       Le conté a José que mientras estuve en el Templo leí mucho acerca de las profecías. Y ahora me pregunto en qué forma está viniendo Jesús. Por cierto, no en la forma que la gente esperaría. ¿Qué tendré que enseñarle? Mucho he de orar en los próximos años. Espero no echar todo a perder. Tendré que tener paciencia e imaginación, y estar muy atenta a sus preguntas. Menos mal que José tiene un don especial con los niños. El será fundamental en esto, pues yo sola no podría.
       ¿En que forma se enterará de quién es? Yo no le puedo decir nada. Dios se lo dirá. ¿Y cómo sabré cuándo se lo dijo, y cuándo todavía no? ¿Será de a poco, o de repente todo en un mismo día? Sólo puedo entregarme a Dios y escuchar su voluntad. Y que me perdone los errores que yo cometa.
       -José -le dije a mi marido, sacándolo de sus pensamientos.
       -¿Sí, mi amor?
       -Como padre terrenal de Jesús, eres la imagen viva del santo espíritu de Dios.
       -Nunca tanto -exclamó con modestia.
       -Sí. Una imagen del Espíritu que me fecundó como un esposo espiritual.
       -Y tú, María, eres la imagen viva de la dimensión creadora de Dios.
       -¿Qué?
       -Sí. De tu carne fue creado el cuerpo de Jesús.
       Nos besamos con ternura. Seguí reflexionando y comprendí que Jesús es el amor de Dios.
       Un mes después de la circuncisión cumplimos con el rito de presentar al niño en el Templo. Junto con la Presentación teníamos también que pagar el rescate, por tratarse de mi hijo primogénito, y por lo tanto, perteneciente al Señor.
       -Cuando Dios cierra el camino normal delante de un hombre, talvez le quiere enseñar algo -le dije a José, que estaba preocupado por la falta de dinero.
       José sonrió, y continuamos avanzando hacia el pórtico del Templo, el que da a la ciudad, y es menos suntuoso que el pórtico de Salomón y que el pórtico real. Habitualmente, está ocupado por puestos de vendedores y por las mesitas de los banqueros y cambistas. Estos tienen que pagar mucho dinero para conseguir un puesto ahí. Los vendedores están al acecho de las personas que vienen a hacer una ofrenda.
       En el atrio, José vendió el anillo familiar, después que el cambista subió la oferta varias veces. Con una parte de ese dinero compró un par de tórtolas grises. Tomé en mis manos la jaula, que era pequeña.
       Después de la presentación fuimos al lugar de las purificaciones. Considero que es un trámite fastidioso, pero siendo un ritual no faltaré a él, pues los ritos tienen su importancia. Ya estaba pasado el día 33 en que termina de renovarse la sangre, y esto porque tuve niñito. No entiendo por qué el tiempo sería el doble en el caso de haber tenido niñita. En el atrio de las mujeres hicimos la ofrenda de la purificación, ya que en el de los israelitas sólo pueden estar los hombres.
       Con dos tórtolas es suficiente para los que somos pobres. Una para holocausto y otra para expiación. Entregué la jaula, con gran dolor porque ya sabía lo que iba a pasar. El sacerdote sacó primero uno de los pájaros y le cortó el cuello. Puso el cuerpecito sobre el ara. Era un charco de sangre horrible.
       El holocausto es la ofrenda que hace el sacerdote sobre la leña encendida del altar, empezando por la cabeza de la tórtola. La sangre salpicó sobre la pared del altar. Después, el sacerdote le sacó el buche y las plumas, y las tiró junto con las cenizas que van a la basura. Dice que el olor es grato a Jehová. No me queda más que creerle.
       Después vino la expiación. Con una gota de esa sangre sobre mi cabeza, estando yo arrodillada, el sacerdote me purificó y después me dijo una oración con las manos levantadas sobre mí. Le ofrecí al Altísimo esta purificación para estar en condiciones de cuidar a Jesús.

   

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