ARISTODEMO                    Un lugar literario
José de Belén         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   24.- José y los juegos de Jesús

       Después de llegar de vuelta a Nazaret, y antes de cumplir los diez años, Jesús tenía un grupo de muchachos amigos y logró introducir entre estos chicos muchos juegos nuevos. Yo los escuchaba desde mi taller.
       También Jacob y Judas jugaban con Jesús, pero no Simón, ni Josetos, que son más grandes.
       -Démonos un rey -les dijo. Inmediatamente, ellos extendieron sus capas en el suelo, y Jesús se sentó encima. Tejieron una corona de flores y ramitas de laurel, y la pusieron sobre su cabeza. Se colocaron junto a él, formados en dos grupos, a derecha e izquierda, como chambelanes que se mantienen a ambos lados del monarca.
       Pero lo lúdico no quedó ahí. Acostumbraba a jugar al rey todos los días. Por turno le tocaba a cada uno ser rey y sentarse en un improvisado trono, caminar por sobre las capas que los amigos ponían para él en el suelo. El que hacía de rey daba órdenes en cuanto a ir a alguna parte, cómo continuar el juego, etc. Por ejemplo, “El rey ordena ir a matar a la serpiente”, y partían todos corriendo a buscar alguna culebra.
       Muchos niños jugaban con Jesús. El más osado era Isaac, que si le tocaba ser rey daba órdenes más aventuradas y los niños se metían en problemas.
       Nunca estuve tan seguro de que Jesús fuera distinto a cualquier niño rebelde. Jamás lo castigué, pero en más de una ocasión tuve que llamarle la atención seriamente.
       Una vez se me acercó una niñita que observaba entretenida.
       -¿Cómo te llamas?
       -Verónica.
       -¡Qué lindo nombre! No cualquier niña se llama así -le dije con ternura.
       -Mi padre me puso así porque le gustó ese nombre. Dice que significa “imagen verdadera”.
       Ambos sonreímos. Ella intentaba infructuosamente entrar al juego del rey. Los otros niños no la aceptaban. Jesús lo pensaba. Creo que ya entonces a Jesús le gustaba esa niñita, pues yo los veía conversar mucho.
       Un día, el padre de Isaac, muy molesto, fue a visitarme. Me dijo que Jesús era una mala influencia para su hijo. Se suponía que yo tendría que salir disparado a castigar a Jesús, pero no hice tal cosa. Habría sido muy injusto.
       -Por favor, no vayas a creer que mi hijo es de mal comportamiento -traté de tranquilizar a este hombre.
       -¿Y las maldades que hace?
       -Son niños. Talvez tú has sido demasiado severo con tu hijo . . . -no alcancé a terminar de hablar.
       -Como también tú deberías serlo con el tuyo.
       -Todo se arreglará.
       -Si lo llego a pillar . . . -amenazó al irse.
       Después le dije a Jesús que por favor no tuvieran tanta docilidad para caer en los juegos de este niño que, al parecer, era el de las influencias peligrosas.
       El padre de Isaac era el mayor entre los magistrados de la sinagoga, y no hallaba qué hacer con su hijo. El hombre era tan estricto que en cierta ocasión encerró a Isaac en una de las torres de su casa, simplemente porque no quería que saliera a jugar con sus amigos.
       Incluso, aunque no era sábado. La torre tenía apenas un ventanuco por el que entraba un poco de luz. Yo encontraba aberrante encerrar al niño para mantenerlo dominado. Se lo dije al papá, y casi me salió persiguiendo.
       Reconocí en este magistrado a uno de los que estaban para aquel enojoso asunto de las aguas amargas, hace ya varios años. No me cabe duda de que él también me reconoció a mí y no le caigo nada de bien.
       Cual no sería mi sorpresa cuando escuché a Jesús, que estaba en el rol de rey, decir :
       -El rey ordena ir a liberar a Isaac.
       Partieron todos corriendo y gritando, enardecidos. Escalaron la torre, para lo cual hicieron una especie de posta, subiéndose unos encima de otros, hasta llegar arriba. Después, Jesús me contó que apenas aguantaba el peso de la columna de amigos sobre los hombros.
       Por el ventanuco lograron sacar al niño prisionero, y lo integraron al juego. El padre del niño Isaac vino a mí, a quejarse. Yo no hallaba dónde meterme.
       El hombre es fariseo, muy llevado de sus ideas. Rechaza todo lo que parezca pecaminoso, aunque sólo se trate de un niño travieso. Por algo este niño mío no acepta de buen grado esa rigidez de los fariseos. Yo respeto a los que son sinceros, pero no todos lo son. Si hasta hay algunos doctores de la ley que se escudan en su prestigio para proclamar falsedades. Afortunadamente, son los menos.
       -Tu hijo y sus muchachos están llevando al mío hacia los cerros de allá al frente. Se las verá conmigo -enojadísimo, recogió un palo y se fue hasta el monte.
       A toda costa quería tenerme de su lado, amedrentándome. Igual, partí yo también detrás del tipo, porque podía ser necesaria mi participación en este asunto. Vi cómo Jesús se escabullía, y daba unos saltos que nadie lo podía seguir. Finalmente, el caso se suavizó, y el arquisinagogo comprendió que no podía seguir teniendo a su hijo tan dominado. Esto, no sin antes dar una lucha sin cuartel.
       Jesús tuvo un intercambio verbal con el fariseo, padre de ese niño, y le dijo “Tú eres muy limpio por fuera, pero quién sabe cómo eres por dentro”. El hombre se enojó muchísimo y quiso pegarle.
       Después Jesús vino a pedirme excusas, mientras yo estaba trabajando con el cepillo en unas maderas. Sabía demás que yo reprobaba su comportamiento. Le propuse ir a disculparse con el papá de Isaac. Jesús aclaró que no estaba pidiendo disculpas por eso, sino que por haberme causado problemas a mí.
       Yo no me iba a quedar sin conseguir un resultado positivo de todo esto, así que convencí a Jesús que dejara entrar al juego a Verónica. Le expliqué que las mujeres también tienen derechos. Cuando Jesús la aceptó, todos los niños la aceptaron. Después, se la veía subiéndose a los árboles, con todos ellos.

 

   25.- José en Jerusalén

       En otra ocasión, obtuve un contrato para un trabajo grande en Jerusalén. Hacia allá partí, porque valía la pena. Jesús quiso ir conmigo.
       Lo primero que hicimos con Jesús en Jerusalén fue ir al templo. Allí vimos algo que nos llamó mucho la atención. Un fariseo que rezaba “Gracias, Señor, porque no me hiciste nacer mujer”. Me pareció horrible su oración, pero no le dije nada. Con Jesús nos miramos callados, y no sabíamos si lamentarnos o reírnos.
       Recorrimos Jerusalén varias veces, y Jesús estaba fascinado, pero para él no fue fácil soportar algunas cosas. El asunto se me empezó a poner pesado cuando visitamos el patio de los gentiles, donde la bulla y las malas palabras se mezclaban con otras voces y con el balido de las ovejas. Jesús lamentó la presencia de diversos mercaderes, y de los vendedores de animales para los sacrificios. Hasta quedó de mal genio, cosa muy rara en él. No le gustaba nada ese mal uso que se daba a un lugar de oración. Yo trataba de conciliar, pero, tuve que rendirme a la evidencia. Hasta lo acompañé una vez a conversar con los mercaderes, sin ánimo de armar conflicto, sino simplemente por tratar de comprenderlos y que ellos comprendieran también los superiores designios.
       Lo peor vino después, cuando descendimos al patio de los israelitas, y tuvimos la oportunidad de ver la matanza de los animales y cómo los sacerdotes se lavaban sus manos, y el agua salía roja. Había sangre por todas partes, mientras los pájaros chillaban aterrorizados. Eso fue demasiado para Jesús. Nunca había tenido una impresión tan fuerte como esa. En cuanto vio hundir el cuchillo en el cuello de un cordero le dio náuseas. Se tapó la boca con una mano y se agarró de mí con la otra, y tuve que llevármelo de ahí lo más rápido que pude. Creí que su reacción era desproporcionada. En todo caso, yo soy culpable porque no debí haberlo hecho entrar a ese atrio, pues Jesús aún no tenía la edad necesaria para ello. Lo dejaron pasar, solamente porque es alto.
       Más tarde, Jesús me hizo preguntas sobre por qué razón el Padre celestial exigía la carnicería de tantos animales inocentes e indefensos.
       -¿Por qué tanta crueldad? -me preguntó.
       -Hijo, los sacrificios son para limpiar nuestros pecados.
       -Pero, si Dios es puro amor.
       -Pues, ahí está la palabra de los profetas.
       -Habrá sido una parábola del profeta -manifestó Jesús.
       Por la expresión del rostro del muchacho, supe que mis respuestas y explicaciones no eran tan profundas como las que él necesitaba. Y fuimos metiéndonos en otros asuntos, de los cuales yo no sabía cómo salir.
       Fue inevitable entrar en el tema de los niños de Belén que fueron asesinados por las fuerzas de seguridad de Herodes. Esa parte de la historia nunca se la había contado antes, pero ahora ya era el momento adecuado porque en Jerusalén la gente habla de eso y yo no quería que él se enterara de mala manera. Supe que iba a sufrir mucho. De hecho, lloró cuando se lo conté, aún cuando elegí las palabras con todo el cuidado que pude.
       -Hace años ya de eso -le expliqué-. Fue cuando estaba el otro Herodes, el papá del rey de ahora. Era un tipo abusador que hacía lo que quería. Pidió que le llevaran los niños de hasta dos años, pues uno de ellos llegaría a ser rey y había que formarlos a todos mientras no se supiera cuál. Después estos niños nunca fueron devueltos a sus padres. Desaparecieron para siempre.
       -¿En todo Jerusalén?
       -No. Sólo en un sector, y en Belén, donde naciste tú. Antes de eso alcanzamos a emigrar a Egipto porque sospechamos que Herodes se desvelaba de miedo por lo que iba a pasar cuando creciera un niño que ni conocía. Ese rey nunca entendió que el Altísimo nos iba a enviar un salvador.
       -¿Les advertiste a otros, para que también pusieran a salvo a sus hijos?
       -No hablé con nadie porque no sabía realmente qué es lo que iba a pasar. No estaba seguro acaso mi actitud de irme era un poco exagerada. No podía decir a alguien que organizara un apurado viaje porque yo soñé tal o cual cosa. Por lo demás, mi temor era que Herodes actuara directamente sobre ti, pues supuse que la información con que él contaba lo orientaría en ese sentido. Nunca imaginé que otros niños pudieran correr peligro.

 

   26.- María no encuentra a Jesús

       La fiesta de Pascua, siempre me había dejado muy contenta, hasta el año pasado. Muchas veces hemos ido a Jerusalén, con José, para esta fiesta, en que se conmemora la liberación de nuestro pueblo del dominio del faraón. Es la mejor fecha para hacer este viaje cuando podemos, y no en Pentecostés, que es otra fiesta más apropiada para los agricultores que celebran sus cosechas de trigo. Igual lo festejamos acá, con mucha alegría. Y recordamos los mandamientos que Dios entregó a Moisés.
       Esta vez viajamos casi todos los del clan familiar, menos mi madre anciana. Después que murió mi padre, ella prefiere quedarse en casa, en Nazaret.
       La caravana hacia Jerusalén era enorme, a pesar de que íbamos con un par de días de anticipación. Unos a pie, otros en asnos o en camellos. Y también una gran cantidad de carretas tiradas por burros. Jesús y los demás niños pequeños iban con las mujeres, como corresponde a la costumbre.
       Al borde del sendero se ponían los vendedores de frutas y de pan sin levadura. Después de tres días completos llegamos a Jericó. Salimos temprano al día siguiente y el camino ya estaba lleno de peregrinos, subiendo hacia Jerusalén.
       En los días que nos sobraban al comienzo de la estadía, visitamos a menudo el templo, en actitud de oración. Le expresé a Dios la alegría de que él haya puesto algo tan grande en mí. A mi cuidado y al de José. Fui dándome cuenta de lo que yo era, poco a poco, desde muy pequeña. No es cualquier cosa haber tenido a Jesús en el vientre. Tuve que prepararme durante largos años.
       A Jesús, que cumplió ya los trece años, le correspondía el rito de iniciación a la vida adulta, y ésta era una ocasión inmejorable para hacerlo. Jesús insistió en que quería hacerlo en el templo. Por eso nos vinimos antes, para alcanzar a hacer las gestiones a tiempo. Gracias al Altísimo, lo conseguimos. Y también gracias a que algunos doctores de la ley conocían a nuestro hijo.
       Durante la celebración en el Templo, le pusieron a Jesús su primer taled, y recitó las oraciones. También hizo una disertación sobre un pasaje bíblico, que preparó previamente. Ahora ya es un hombre, desde un punto de vista religioso, y tiene derecho a leer en la sinagoga. Y en el templo, ya puede ingresar al sector de los israelitas. Yo estaba orgullosa de mi Jesús, y presencié la ceremonia de iniciación, a lo lejos, desde el atrio de las mujeres.
       Mucha gente llegó a Jerusalén para esta fiesta de tres días de duración. Casi todos comen la cena pascual en carpas, incluso algunos, fuera de las murallas de la ciudad. Por la noche, les gusta cantar. Todo estaba iluminado hasta altas horas, con gente por las calles. Nosotros nos alojamos en casa de la mamá de Lázaro, en Betania. Muy cerca de ahí, donde unos vecinos, tuvimos nuestra cena pascual.
       Al término de las fiestas, éramos un grupo enorme de personas las que habíamos venido de Galilea, y juntos íbamos a regresar. Incluso, muchos más que los de nuestra caravana de llegada. Los que veníamos de Nazaret quedamos de juntarnos en cierto lugar cerca del templo en la mañana del día después de terminar la fiesta pascual. Así lo hicimos, y salimos en viaje de regreso a Nazaret. Con las otras mujeres nos incorporamos al grupo, conversando nuestras impresiones. Los hombres iban hablando sus cosas, por otro lado, como era la costumbre en estos viajes, tanto a la ida como a la vuelta.
       Aunque Jesús llegó con las mujeres a Jerusalén, ahora que ya era un joven iniciado, le correspondía hacer el viaje de vuelta a Nazaret con su padre y los demás hombres. Por eso no me extrañó no verlo en nuestra partida. Lo que yo no supe en ese momento, ni tampoco en los días siguientes, era que Jesús había entrado en el templo para escuchar las enseñanzas, y se quedó completamente absorto en una discusión con los rabinos. Se le pasó la hora en que debía unirse a la caravana. Cuando se dio cuenta ya era el mediodía.
       Según me enteré después, José tampoco se percató de la ausencia de Jesús porque suponía que viajaba con las mujeres, tal como había llegado. Por lo demás, Jesús era tan independiente, que andaba siempre con otras familias, y con sus amigos.
       Cuando paramos en Jericó para pasar allí la noche, recién nos dimos cuenta de la situación. Con José recorrimos toda la caravana buscando al niño, pero no lo encontramos. Después de preguntar a los rezagados que iban llegando a Jericó, nos vimos enfrentados a la triste realidad. Simplemente, Jesús no estaba. Nadie lo había visto. Pasamos una noche horrible, pensando que le podía pasar algo. ¡Dios mío, qué hemos hecho! Yo que haría cualquier cosa por cuidar a Jesús, y lo he hecho durante todos estos años, ¿ahora he echado todo por la borda? Me arrepiento de haber sido tan excesivamente confiada.
       Nos tuvimos que salir de la caravana, y todos quedaron muy intranquilos. Y yo, desesperada. No puedo permitir que a Jesús le pase algo. Cómo no supe custodiarlo. Con José deberíamos haber redoblado esfuerzos para vigilar a un niño tan independiente. Yo creí que estaba con él. No debí haberme metido tanto en la conversación con las otras mujeres. Aunque el niño sea ya mayor, al cuidado de José, igual debí haberme preocupado. Quizás José no atinó a tomar esa responsabilidad nueva, acostumbrado a que sea yo la que esté atenta a los pasos del niño.
       “Perdón”, decía en mi oración, “perdón Dios mío, por este descuido. Te hemos fallado. Ten piedad de mí, que sólo quiero servirte. Encuéntramelo, que no lo volveré a perder”. Yo, que me enamoro de cada cosa que voy viviendo, esta vez no pude. Esto de la pérdida de Jesús, es uno de esos amores que duelen.
       Recordé con gran temor eso que me dijo el anciano Simeón, aquella vez, “una espada atravesará tu corazón”. Eso estaba ocurriendo, y dolía.
       Con José nos levantamos al alba dispuestos a volver a Jerusalén. Hicimos todo el viaje solos y resultó interminable. Llegamos a Betania cuando ya el sol se ponía. Lo primero que hicimos fue ir a la casa donde nos habíamos alojado, pues teníamos la esperanza de que Jesús hubiera vuelto allí.
       No sabían nada de él. Salimos hacia Jerusalén, y preguntamos en todas partes, abriéndonos paso por las callejuelas. No era fácil con tanta gente que andaba en todas direcciones. Yo creía ver a Jesús en cada niño que pasaba. Dejamos mensajes en las posadas. No hallábamos cómo encontrar a Jesús.
       Temprano, al día siguiente, alguien nos dijo que Jesús estaba en el templo, así que acudimos con rapidez. Cruzamos el patio de los gentiles y el atrio de las mujeres, hasta la escala en que se ponen los levitas. Por lo que ellos nos indicaron, habían visto a un muchacho que les hizo varias preguntas y no de las fáciles.
       Cuando José ya se iba a la escala para llegar al atrio de los israelitas y yo me lamentaba de no poder acompañarlo, y tener que quedarme esperando afuera, tuvimos la ocurrencia de mirar en la sala en que los rabinos acostumbran a comentar la escritura, especialmente cuando hay forasteros. Ahí estaba Jesús, sentado en un banco, escuchando a los doctores. Un escriba me dijo : ¿Tú eres la madre de este niño? Respondí que sí, con mucha ansiedad. Entonces los doctores me prodigaron elogios. “Nunca hemos visto ni oído tanta sabiduría”.
       -No hagas a tu vecino lo que no quieras que te hagan a ti -le estaban diciendo a Jesús, y él dio vuelta la frase:
       -Lo que quieras que los demás hagan por tí, hazlo tú a alguien.
       Corrí y abracé a mi hijo, por fin. José tuvo que explicarles a los escribas nuestra situación porque a mí me miraron con desconfianza. Pretendían que me fuera.
       Habíamos pasado tres días de suplicio. Casi se puede decir que encontrar a Jesús nos despertó algo agresivo, pero, lo superamos porque era mucho mayor la felicidad. De todas formas, José optó por contenerme. Teníamos una mezcla de sentimientos. Estábamos contentos, pero igual le hicimos un llamado de atención a Jesús, quien me respondió:
       -¿Por qué estabas tan intranquila? ¿Acaso no esperabas encontrarme en la casa de mi Padre? ¿Por qué no buscasteis acá desde el primer momento?
       De ahí nos fuimos, llevando a Jesús con nosotros, a ver si pescábamos alguna pequeña caravana de rezagados. Efectivamente, pudimos entrar en una que estaba próxima a salir. Por el camino, Jesús nos contó que estuvo en el templo toda la tarde de ese día, disfrutando una grata tranquilidad. Y también todo el día siguiente, y las primeras horas del día en que lo encontramos. Entonces, nos pidió perdón por el mal rato que tuvimos.
       -Al tercer día te encontramos. ¿Y en las noches, Jesús, cómo te las arreglaste? -quise saber.
       -Me quedé en casa de un maestro de la ley. Se llama José, como mi papá, y proviene de un pueblito llamado Arimatea.
       Jesús nos contó que ese José, un hombre ya maduro, es muy rico, y posee una casa fastuosa con un gran sitio en el cual tiene listo el sepulcro para que lo entierren cuando muera. También nos explicó que se había visto enfrascado en conversaciones muy importantes con los sabios, y que estaba fascinado. Se le pasó la hora, y la caravana lo dejó. Después de eso, ya no le quedaba más que seguir aprendiendo de los sabios. En realidad, parece que no sólo aprendió. También enseñaba. Por lo que me contó, fue un intercambio de conocimientos. Habló con un físico, un astrónomo, y no sé cuántos otros sabios. Y a todos les supo decir algo que les resultó nuevo. Jesús les hizo un llamado de atención por el mal camino que llevaba la gente.
       Le preguntamos de qué estaban conversando con los doctores de la ley. Jesús se rió, porque él primeramente había estado en conversación con los rabinos, pero poco a poco fueron llegando los maestros, llenos de curiosidad. Por lo demás, las preguntas de Jesús, con muchas ganas de aprender, no resultaron fáciles para los rabinos. Acudieron los doctores de la ley que estaban dispuestos a atender a un joven con tanta sed de conocimientos, como dijeron.
       Jesús quería averiguar qué es lo esencial de la ley, y se atrevió a preguntarlo. Para algunos, resultó ser la fe en Dios y el rechazo absoluto a las idolatrías. Para otros, el cumplimiento riguroso de los preceptos. Jesús les mencionó uno de los primeros pasajes del libro de Isaías : “harto estoy de holocaustos de carneros . . . sangre de novillos . . . no me agrada . . . “, y otras frases similares.
       Todo esto lo conversamos cuando ya estuvimos más calmados, y queríamos saber miles de cosas. José preguntó a Jesús “¿Qué puede hacer el hombre, que resulte más grato al Altísimo?”. Jesús le señaló dos textos, del Deuteronomio, y del Levítico, respectivamente : “Amarás a tu Dios con todo tu corazón y con toda tu fuerza”, “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. José y yo quedamos sorprendidos.
       -Miren, aquí dice “Hablaré en parábolas y explicaré los misterios eternos” -Jesús estaba fascinado con un salmo que descubrió y del cual tomó apuntes.
       También preguntó a los doctores acerca de lo que creen y lo que no creen. Ellos le explicaron que creen en la inmortalidad del alma, en los ángeles, en la resurrección de los muertos y en el juicio final. Que son los saduceos los que no creen, pues sólo atienden a lo material, creen en su dinero, y en nada más. Hay muchos sacerdotes saduceos, pero no estaban metidos en la conversación que Jesús sostenía con los maestros.
       -Los doctores son sabios -dije a Jesús.
       -Igual tuvieron dificultades cuando les pregunté que dónde empieza y dónde termina el pueblo escogido. Y cuando les pregunté por qué las mujeres deben estar separadas de los hombres en el templo -Jesús hizo una pausa-. Y por qué el Altísimo necesita tanto sacrificio de animales. Y por qué toleran la presencia de los mercaderes en el templo. Según Jesús, hay maestros que discuten acerca del cielo, pero aún no conocen bien la tierra. Que tratan de explicarse a Dios cuando todavía no han podido explicarse al hombre.
       No entiendo cómo los maestros de la ley se abrieron tanto a conversar con un niño, si habitualmente ellos no son así ni con los adultos. Y me maravilla que Jesús hable de tú a tú con personas tan sabias y estudiosas. Ellos tuvieron la mejor voluntad para ocupar su tiempo con un niño.
       Todas estas cosas hablamos con nuestro hijo. Yo tomo nota de todo lo que acontece alrededor mío, y me dejo sentir los acontecimientos. Escucho lo que éstos me dicen en mi interior. Cómo me iluminan y me hablan proféticamente. Una vez más, me están diciendo que mi hijo ha de morir y resucitar.

 

   27.- Jesús y su abuela

       La abuela Ana fue importante en mi infancia. Era sabia y estaba llena de amor. Desarrolló en mí una capacidad natural para ver más allá que la gente común. También me hacía dulcecitos, me regaloneaba, me contaba cuentos y jugábamos a interpretar signos. Sí. Hasta la gente que pasa es un signo. O una nube que tapa el sol en un momento dado. También hay signo en el ruidito que hace el estómago. En todo. Además de entretenernos, ese juego tenía frutos concretos. Aprendí a descubrir los mensajes de Dios en la vida diaria.
       Desde muy pequeño, mi abuela Ana me contó acerca de mi primo Juan. En aquel entonces yo preguntaba mucho por él, y supe que vivía lejos.
       Era fabulosa la abuela, con su sabiduría que, según ella, estaba en el aire. Me contó que Dios se demoró mucho en enviarles a su hija, que es mi madre. Y eso fue así porque no encontró que ella y mi abuelo estuvieran todavía preparados para criarla.
       Para la fiesta de Purim, también llamada fiesta de la suerte, mi abuela me disfrazaba con cualquier cosa que encontrara por ahí. Nunca le faltaba algún género o ropa vieja. Tenía gran creatividad. En esa fiesta, a principios de la primavera, ella me daba dulces y me decía que fuera a compartirlos con los niños pobres. En ese día, siempre hay mucho jolgorio en la calle. Los niños hacíamos bulla y silbábamos reprobando al malvado Hamán. También llegaban los rabinos explicando el significado de la fiesta, en que se conmemora la salvación milagrosa del pueblo judío en Persia gracias a la intercesión de una mujer llamada Ester. Eso fue hace muchos años cuando el famoso Hamán decretó leyes contrarias a los judíos, y profanó los lugares sagrados.
       Cierta vez, estábamos en la puerta de la calle jugando con la abuela a decirnos qué significaban los detalles de las personas que pasaban. Pasó un soldado, y le tuve recelo. No era habitual que pasaran soldados por nuestra calle. Al mismo tiempo, por el frente iba una mujer con su cántaro de agua. El cántaro era más oscuro que la mayoría de los cántaros que circulaban. Le correspondía decir algo a la abuela y dijo “la lucha ha de ser para iluminar”. Quedé encantado. Fascinado. Me puse contento. Brincaba. Tanto, que vino mamá. Todos reímos.
       Casi siempre teníamos un juego más sencillo. Jugábamos a decir “en qué se parece”. Por ejemplo, una rama de árbol y una piedra. Yo pensaba y pensaba. Y dije que las dos conversan con el tronco. Le hablan y escuchan lo que les responde. Después me volé. “El tronco es como mi Padre”, dije a continuación.
       La abuela Ana murió un año y medio después de aquella vez en que me perdí en Jerusalén. Con ella siempre habíamos tenido largas conversaciones. Era bien especial mi abuela. Muchas veces la vi llorar de alegría. Me enseñaba a escuchar al Altísimo. Yo me atreví a contarle un secreto, que mi padre del cielo es el Altísimo. Ella siempre me entendió. “Todos los niños son sabios”, me dijo. También me confesó que ella ya lo sabía, pues yo había sido concebido por obra del Espíritu de Dios.
       -¿Cómo era yo cuando estaba dentro del vientre de mi mamá? -le pregunté a mi abuela.
       -Igual que todos los bebés.
       -¿Cómo es allá dentro?
       -Hay agua -respondió-. Antes de nacer los bebés están en el agua de la madre.
       -Nací del agua y del espíritu -dije, como una sentencia.
       -Bella forma de decirlo -afirmó ella, y eso se me quedó grabado.
       Al morir mi abuela, le sostuve una de sus manos, y mamá la otra. Ana me dijo “Bendíceme y encomiéndame para que pueda estar junto con Dios y Joaquín en el paraíso”. También me dijo que lamentaba enormemente no poder verme crecer hasta ser adulto. Todos nos apenamos por su partida. Tuve que aprender a vivir sin ella.

 

   28.- José y los últimos profesores

       Los rabinos siguieron pidiéndome al niño, pero ya con una actitud diferente. Simplemente pretendían adiestrarlo como futuro rabino. A decir verdad, yo siempre he sabido que ése será el destino de Jesús. Se trata de una educación superior que él estaba necesitando en aquel momento, y dado que yo no tenía medios económicos, fue una gran cosa que lo solicitaran, así no más, sin pedirme ningún pago.
       Yo sé que a Jesús le gustará la vida itinerante que llevan los rabinos. Disfrutará recorriendo pueblos y enseñando en cualquier lugar, teniendo discípulos que lo escuchen y lo sigan. Y que la gente lo considere como un juez, auque sólo sea para asuntos menores y cuestiones domésticas.
       Talvez Jesús llegue a ser doctor de la ley, pues tiene todas las condiciones, y desde ese lugar creo que podría cumplir su misión. No sé si le gustará. El tendrá que decidirlo en su debido momento.
       Vino a Nazaret un profesor de una academia de rabinos de Jerusalén. En la sinagoga conoció a Jesús, y conversaba con él. Un día, me aconsejó que le permitiera a Jesús ir a Jerusalén, pues allí tendría acceso a una mejor formación.
       Después de hablarlo con María y con Jesús, accedí a la petición de este profesor. Me dejó convencido de que ése era el mejor camino para Jesús. Así fue como el muchacho partió a Jerusalén, donde un rabino se hizo cargo de su formación. Menos mal que era un hombre comprensivo. En una de mis esporádicas visitas que yo efectuaba para conversar con el rabino, éste me contó un especial diálogo que tuvo con Jesús.
       -¿Cuál de los diez mandamientos es el más importante? -fue la pregunta que el rabino le planteó en cierto momento.
       -Ninguno -respondió Jesús-. Hay un hilo que los une a todos y los transforma en uno solo. El amor está presente en todos los mandamientos. El que está lleno de amor no rompe ninguno de los diez.
       -¿De dónde te viene este conocimiento? -quiso saber el rabino.
       -La verdad es una sola y está en todas partes. Es como el aire, y entra en mí si me abro.
       El rabino quedó maravillado con esa respuesta de Jesús. Yo disfruté cuando me lo contaba, es que ya me estoy acostumbrando. También me dijo que, de tanto leer la Torá, Jesús descubrió que la mejor manera de expresar las cosas eternas es por medio de comparaciones.
       Jesús criticaba lo establecido, y hacía sus comentarios, como “Hemos levantado un muro a nuestro alrededor y no vemos lo que hay al otro lado”, “También crecen las flores y las siembras de todos los hombres, no sólo de los judíos”, “¿Para qué hacen matanza de animales? ¿No oyen los balidos de los corderos y las súplicas de las palomas?”.
       Horas después inicié mi regreso a Nazaret con la cabeza llena de cosas dándome vueltas. Este niño ya está perfilándose como un gran rabino. Seguramente por ahí canalizará su misión, que es de enseñanza y de salvación. Conversé todas estas cosas con María, en cuanto llegué y la vi que rezaba las oraciones mientras trabajaba en el telar. Para ella es muy natural que Jesús tenga sabiduría. Igual se sonríe y se emociona tanto como yo.
       Al poco tiempo, el rabino Hillel de Jerusalén, que ya estaba viejito, simpatizó con Jesús. Hillel es un sabio que no le interesa figurar, sino entregar su conocimiento. En uno de mis viajes me sugirió que dejara a Jesús en manos de un maestro para que se forme como doctor de la ley. Gustoso permití a Jesús que se siguiera quedando en Jerusalén, esta vez con Hillel, que es un hombre extraordinario. Es alegre y optimista, y se rodea de gente simple, pero no tosca. Propicia el amor a la humanidad. Ha escrito varios libros sagrados. La enseñanza es tan natural en él, que hasta a mí me da sabios consejos cuando me ve.
       “No hagas a tu vecino lo que no quieras que te hagan a tí”, y “ayuda al asno de tu enemigo si ha caído bajo la carga” son sus frases favoritas.
       A la vuelta, teniendo ya Jesús quince años, llegó muy motivado para salir de la tierra judía y conocer otras realidades. Yo encontré que aún estaba muy pequeño para eso.
       Jesús leyó los libros de los profetas, y buscó ahí lo que decían del Salvador. Fue aprendiendo, y sintiéndose identificado, descubriendo poco a poco lo que él es y la misión que tiene. Y no por eso deja de ser niño.

 

   29.- José y el padre de Jesús

       Casi me morí, pero logré sobrevivir. Todo fue a causa de una caída física. Jesús tenía quince años en ese tiempo. Estando yo en una obra en Séforis, trabajando en lo que llegaría a ser la casa de un hombre rico, caí de un andamio, desde cierta altura, y estuve mal muchos días. No era primera vez, ni mucho menos, que trabajaba en andamio, sin embargo, noté que la estructura no estaba tan firme. No le di mayor importancia, y aunque se la hubiera dado, los patrones no me iban a regalar el gusto de mejorar las condiciones de trabajo, pues eso les costaría más dinero. Hasta lo comenté con otro trabajador. El caso es que el andamio cedió, y quedó colgando. Yo perdí el equilibrio, y llegué a un suelo durísimo. Empecé a ver nublado pero no me desmayé. Creo que no me pegué muy fuerte en la cabeza, menos mal. Fue todo tan rápido, que no supe en qué parte de mi cuerpo me había pegado. El dolor tuvo una especie de evaporación. Podría decir que no me dolía nada, que mi cuerpo soportó el golpe, a la perfección. Si hasta quise pararme, pero ahí fue que estuve a punto de perder el conocimiento. Toda la escena me daba vueltas, y se ocultaba, y volvía a aparecer. En el momento, todos creían que moriría.
       Después de varias horas en que me pusieron en algún lugar mejor que la tierra, el capataz envió un mensajero informando a una caravana que salía pronto hacia Nazaret. Al otro día llegaron María y Josetos, me trasladaron a mi casa, y aquí estoy reponiéndome.
       Todo esto ocurrió en pleno período de verano, cuando muchos salen a vacaciones. Justo entonces vino esta hermosa fiesta de los tabernáculos. La cosecha es el actor principal, pero lo que realmente se celebra es esa vida errante que tuvieron nuestros antepasados al salir de Egipto con Moisés. Es por eso que toda la gente se dispone a acampar. Nosotros mismos, hemos construido todos los años unas chozas con simples ramas. En esta ocasión me tocó estar en mi lecho de enfermo, convaleciente de la caída, así que los niños construyeron las cabañas ellos solos. Tienen que ser precarias, pues ése es justamente el sentido. La fiesta dura solamente ocho días, con buen tiempo, casi siempre. Comemos en una de las cabañas, la más grande, y dormimos en las otras. Y entre medio de las ramas del techo alcanzamos a ver las estrellas. Es un tiempo de pasarlo bien. Hay juegos y competencias entretenidas. También leemos el Eclesiastés, y pedimos la lluvia.
       Tenemos adornos campesinos para poner dentro de las cabañas, y unos grabados que nos recuerdan a los patriarcas antiguos. Algunas de todas estas cosas las guardamos durante el resto del año. Estoy acá adolorido, pero aún permanezco, y eso es lo importante. He tenido que parar toda actividad. Tengo que estar en reposo, lo cual me ayuda a reflexionar y hacer mis meditaciones. Rezo al Altísimo, que es el padre de mi hijo, y padre mío también, según Jesús me dice.
       -Si eres padre de mi hijo, entonces tengo que ser tu amigo -me escucho decirle a Dios, y al instante se me enciende el rostro y miro para todos lados a ver si alguien me ha oído lo que parece una blasfemia. Imploro el perdón de Dios por tanta pretensión, pero también le digo con la sinceridad más absoluta que quiero visualizarlo como amigo. Necesito vivir la vida así. En este momento siento el abrazo cariñoso de Dios, que baja hasta mi pequeñez. Con lágrimas en mis ojos le digo “Gracias”, me pongo muy contento, y sigo estando un buen rato en las nubes, hasta que por fin vuelvo a mis reflexiones.
       Mis niñas ya se casaron. Y mucho antes, se casó Josetos. Simón está por hacerlo, dentro de poco. Josetos abrió su propio taller de carpintería, y entre los dos nos repartimos trabajo cuando nos sobra. Ahora último, he tenido un envidiable tiempo para conversar con Jesús.
       -Eres como el espíritu -le dije- porque no sé de dónde vienes ni hacia dónde vas.
       -Naciste del agua y del espíritu -agregué, repitiendo la frase que el mismo Jesús me enseñó-. Del agua del vientre de tu madre, y del Espíritu del Altísimo que puso en ella la semilla para que tú te formaras.
       A pesar de saber eso, yo estaba muy desconcertado, al principio, cuando él hablaba de “mi padre de los cielos”. Yo no estaba en el cielo. Después de un tiempo comprendí, pero, entonces, mi confusión fue aún mayor, al escucharlo hablar de él mismo como “Hijo del Hombre”. Me explicó que ése es sólo un modo de referirse a un hombre que quiere renovarse haciendo germinar sus propias semillas.
       -Tengo dos padres -declaró Jesús una tarde, y yo sólo atiné a mirar mi pierna y mi brazo entablillados -. Aprendo mucho de ti, mi padre de la tierra.
       -Y mucho más de tu otro padre.
       -Sí. Mi padre del cielo también me dice muchas cosas. En verdad, tengo que decir “nuestro padre”.
       -Sí. Nuestro padre -reconocí-. Quiero conocerlo mejor. A veces puedo verlo, con su túnica blanca y su sonrisa bondadosa.
       -Si no lo ves, lo puedes escuchar dentro de tu oído -puntualizó-. A mí me ha dicho que tengo mucho que aprender. Buscar en todas las cosas. En mi propia vida, todo lo que voy pasando tiene algo escrito. Mi padre de los cielos me ha dado un lenguaje para descifrarlo.
       -Yo soy tu padre de los suelos -le dije, y ambos reímos, recordando mi reciente caída en Séforis.

 

   30.- José y la misión de Jesús

       Me gusta mucho ver como se entretienen los niños. Pienso que sus cosas son tan importantes como las de los adultos. Les converso a todos ellos cuando acuden curiosos a mi taller, y juegan en la carpintería, con las astillas y otras sobras, construyendo ciudades.
       Viendo a Jesús comprendí lo importante que son los niños. Vienen a rescatarnos de algo, y no les hacemos caso. Para que el mundo cambie, lo tendría que cambiar un niño, si acaso se lo permitimos los adultos.
       Reconocí en Jesús al niño salvador que, mientras fue pequeño, necesitaba que lo tomaran de la mano y lo llevaran donde él tenía que ir. Si no sabía ir solo, pues yo iba con él. Mi responsabilidad era también descubrir los lugares en que él necesitaba estar. Los niños chicos necesitan un adulto para poder ir a alguna parte. Como quien necesita una carreta, y no quiero decir un burro, para no sentirme mal.
       Cuando Jesús necesitó trepar cerros, para allá fuimos. En el fondo, él me estaba llevando a mí. Otras veces, salíamos a sembrar. Jesús tomaba un puñado de trigo, y lo esparcía por el suelo. Le enseñé a darse cuenta acaso llovería al día siguiente. De vez en cuando íbamos a observar cómo estaba la plantación, y yo le mostraba la maleza que crecía junto al trigo. Le enseñé a Jesús a no cortarla cuando el trigo está aún muy chico, porque se tronchan muchas gavillas.
       Después de unos meses, llegaba el momento de cosechar el trigo. Disfrutábamos recogiendo las espigas. El trigo que reuníamos lo usaba María para hacer pan en casa. Después, cuando nos sobraba casi todo el pan, lo regalábamos a los pobres.
       Jesús fue siempre un niño alegre y entusiasta, de risa fácil, pero no de carcajada ruidosa. Parecido a mí, en ese aspecto. Le gusta observar la naturaleza, el vuelo de los pájaros, y cómo consiguen comida. Hoy, Jesús tiene una sonrisa que invita, y el ritmo con que pronuncia las palabras atrae a la gente. Su rostro de expresión armónica le da una autoridad natural.
       Es asombroso cuánto ha progresado este niño. Me siento como hijo de mi hijo. La oración me la enseña él. Ya no me queda más que seguirlo. Prácticamente, ya es un hombre, un conductor de personas. Trato de decirle que puede experimentar conmigo, si quiere. No necesito decírselo. Yo quiero ser su primer discípulo. También Jacob y Judas quieren serlo. Y hasta mis hijas, pues veo que Jesús es muy abierto a dejar que las mujeres participen.
       Escucho a Jesús hablar de libertad interior y me suena novedosa la manera de decirlo.
       Anoche sonaban las trompetas anunciando el perdón. Son un llamado a prepararse para recibirlo. Nueve días no es poco, y no es fácil pedir perdón. Jesús me ha enseñado que el Altísimo perdona para que nosotros aprendamos a perdonar. Pienso que eso, la gente no se lo va a entender tan fácilmente.
       Nunca me resistí a ver en Jesús a alguien que tenía que salvarme. No supe de qué, pero me imaginé que de esa especie de prisión en que vivimos los adultos, obligados por la sociedad a ser siempre muy responsables, graves y cautelosos. Y no creo que esté tan mal ser así. Sin embargo, sólo de un niño puede uno aprender a ser más libre. No deja de sorprenderme el que yo mismo haya tratado de permitir que cada día mis hijos fueran un poco más libres. Sé que me puedo haber equivocado en muchas cosas, pues ser papá no es tarea fácil.
       Como los niños imitan mucho, traté de ser como un espejo, en que Jesús pudiera ir descubriéndose. Tuve que apelar a lo mejor de mí. Si él necesita ser valiente, es porque el Altísimo ha puesto la valentía en él. En la medida que yo pueda mostrarme valiente, hasta donde sea capaz, eso le despierta algo. Fui observando otras virtudes en Jesús. Justicia, verdad, amor al prójimo. Habla en un lenguaje muy especial, para darse a entender mejor. De niño pequeño le gustaba jugar a hacer comparaciones entre las herramientas de carpintero y esas otras que usa la mente para construir el carácter. Yo trataba de inventar cuentos en la medida de mis posibilidades, y se los contaba, torpemente quizás, cuando paseábamos por el campo. Con Jesús y Jacob subíamos hasta la cumbre de un cerro cercano. El mismo al cual ellos llevaban muchas veces nuestras pocas ovejas y cabras a pastorear. A Jesús le gustaba ese cerro y el sendero de acceso.
       Cuando Jesús estuvo más grande, ya nos aburrió la colina cercana y empezamos a ir al Tabor, un cerro precioso y llamativo. Es un monte redondo y solitario, nuestro preferido. En días claros la vista es magnífica. Subimos con frecuencia, a pesar de que queda lejos y necesitamos un día completo, saliendo de casa muy temprano. Bordeando el lago, se llega al pie del monte, por un sendero agradable.
       El lo eligió. “Quiero ir a ese monte”, “no, el del lado”, “no, a ése”, “Ah, el Tabor”, le dije.
       -¿Tabor? Lindo nombre -exclamó Jesús.
       Nos acostumbramos a ir al Tabor, un lugar de una belleza prodigiosa. Yo trepaba, igual que niño chico. Casi siempre nos acompañaba Jacob. Jesús me decía que ahí se sentía muy cerca del Padre de los cielos. Jacob y yo aprendimos a estar también muy cerca del Altísimo.
       Sin duda, ahora que está grande, Jesús ya tiene noción de lo que es y lo que será. Me maravillo cómo dialoga con Dios. Si a veces hasta rezo a través de él. O sea, rezo con él, juntos y con María a veces, pero ella es más reservada. Voy diciendo mi oración en voz alta. Como años atrás, cuando Jesús la repetía. Ahora recibe siempre prontas y sabias respuestas que también las dice en voz alta. Yo no le digo que estoy rezando a través de él, ni él me dice que me proporciona ese servicio. Simplemente, se empezó a dar así de a poco. Ahora soy yo el que repite la oración de Jesús, mientras él me dice las respuestas del Padre. Al principio, no me fue fácil aceptar que Jesús tratara a Dios como su “Padre”. Me sonaba blasfemo, por la educación que recibí. Dios es Altísimo, mucho más que un padre. Después me acostumbré. Jesús me hizo ver la dimensión de un Dios Padre.
       Siempre habló directamente con Dios, y fue muy incomprendido por eso. Yo temía que lo persiguieran por considerarlo blasfemo. Desde chiquito, buscó lugares y momentos de silencio. Y es muy observador. Jesús también rezaba en voz alta y nos integraba a Jacob, a Judas, y a mí. “Padre nuestro, santo es tu nombre, tú estás en el paraíso, y tu reino está también en nosotros. Que se haga tu voluntad en la tierra igual que en el cielo”.
       -Los pobres saben tantas cosas -me decía. Es que le encanta conversar con un hombre del vecindario que, a duras penas, se gana la vida remendando ropa. Se pasa tardes enteras con él. Y también con otro hombre, que trabaja como peón en la fabricación del vino.
       Jesús tiene unas salidas asombrosas. No le gustó que la efigie del emperador aparezca en las monedas.
       Algo notable ocurrió en una mañana luminosa, estando los dos solos en el Tabor, Jesús se puso muy especial. Su resplandor fue creciendo más y más, tomando colores azulados o amarillos, de repente, yendo a blanco. Después de un rato, que yo miraba extasiado, su resplandor era enorme y blanco. Yo lo veía a lo lejos. Ahí sobre el cerro, intenso, blanquísimo. Yo estaba atónito. Su oración en silencio llegaba hasta mí. No sé explicarlo. No quería que eso terminara jamás. Caí de rodillas, orando. Dije “Padre”. Fue la primera vez que hablé al Altísimo con una emoción intensa, que no sé cuánto duró. Después, todo se apaciguó y volvió lentamente a lo normal. Jesús vino hacia mí y conversamos con naturalidad.
       Mientras bajábamos entendí mejor que nunca, que mi hijo es grandioso y tiene una misión importantísima.
       En otra de nuestras subidas al Tabor con Jesús, conversamos un asunto de gran significación.
       -Aprenderé mucho para enseñar a la gente -empezó diciendo Jesús-. El Padre me dice que es el momento para traer un mensaje de amor al mundo, y que lo hará a través mío.
       -Es una gran misión. Tanto, que no todos te van a comprender.
       -Nuestro Padre no les enseñará estas cosas a ningún sabio, sino a los más pobres, a los niños, a las mujeres, a los postergados por la sociedad.
       -En particular, a mí.
       -Y después, será el momento de enseñar. A los 17 años, lo que me mueve es aprender mucho para tratar de descubrir cómo mejorar la vida.
       -Creo que tú tienes un sentido especial.
       -Es la certeza de la presencia del Padre. El me sostiene y me permite hacer cosas que parecen milagros.
       Se retiró un poco, y lo escuché orar algo así como :
       “Gracias, Padre, por haberme elegido para algo tan bello. El saberlo así me da fuerzas para esas búsquedas que me pides. Gracias por mi madre María y mi padre terrenal José. Los quiero mucho y no quisiera contrariarlos. Ayúdame a que me entiendan cuando estoy en tus cosas. Tú eres grandioso. Quiero proclamarte, cuando te entienda bien en lo que tú eres. Cuando sea grande.”
       Después de un largo rato volvió a acercarse.
       -Te has dado cuenta que has venido para algo -me atreví a decirle.
       -Lo que veo afuera me dice qué llevo adentro. Me gusta tratar de ver más de lo que ve el común de la gente. El resplandor de las personas, y la eternidad que hay en cada objeto o planta. Tú y mamá me han estimulado en esto.
       -¿Ves el resplandor de las personas?
       -Sí.
       -Eso lo has heredado de tu abuela.
       -Descubrí tantas cosas en la oración.
       -Desde chiquito, siempre rezabas mucho.
       -Quiero tratar de que las cosas mejoren.
       -Siempre en un plano respetuoso y atinado -reconocí.
       -Me duele cuando falta la alegría, o la libertad, o la verdad.
       -Tu vida de niño en Nazaret ha sido alegre, activa, social. Y soñadora, también.
       -Me encantaría aprender todo y enseñarlo. Y que todos me entiendan con facilidad. Quiero poder decir las cosas con palabras simples, con ejemplos y símbolos de eternidad.
       -¿Símbolos de eternidad? -repetí, revelando mi duda.
       -Es atender algo que surge desde mi interior. Desde muy adentro. . . Como una enseñanza. A veces parece que lo dijera yo mismo, como si estuviera hablando solo, pero no es así.
       -Entiendo. Hablas con tu interior.
       -Escucho algo que no dije yo mismo, porque no podría decir una cosa que aún no sé. Es algo inesperado, que pasa de repente. Siento una palabra tan cierta que no da lugar a la duda.
       -¿Es algo difuso?
       -No es difuso ni es espejismo. Es un conocimiento definido, que viene en imágenes, y me dan ganas de darles nombre.
       -Eres admirable -volví a reconocer.
       -Siento el saludo de mi padre de los cielos, con esas armonías que quieren darse . . . y se dan.
       Ya no tuve más palabras para expresarle lo que me hacía sentir. Guardé silencio, pues no necesitaba hablar nada más.
       Y ahora que Jesús está mucho más grande, me preguntó :
       -¿Has leído a Jeremías?
       -Por cierto, creo que es un profeta de gran importancia.
       -En ese libro, declara Yavé que hará una nueva alianza con su pueblo.
       -Sí, lo recuerdo. “Escribiré mi ley en sus corazones” es lo que dice.
       -Y también dice claramente “Todos me conocerán. Limpiaré su iniquidad y perdonaré sus culpas”.
       Lo encuentro grandioso.
       -Bendito seas, hijo mío -fue lo único que atiné a exclamar, lleno de alegría, mientras Jesús irradiaba amor.
       -También estuve viendo en la sinagoga un rollo muy especial, que no se lo prestan a cualquiera -afirmó pausadamente Jesús-. Es el de Ezequiel. De ahí adopté un nombre con el que me identifico.
       -¿Cual nombre? -pregunté, ya que hace mucho tiempo que leí a Ezequiel.
       -Hijo del Hombre.
       -Ah, sí, si te lo he escuchado. ¿Qué significa?
       Me contó que había copiado el texto y me mostró un pergamino enrollado que andaba trayendo. En él pude leer:
       “La voz me dijo: Ponte sobre tus pies y hablaré contigo. Entonces, el Espíritu entró en mí, me puso de pie, y pude escuchar la voz diciéndome: Hijo del Hombre, yo te envío a mi pueblo, que se rebela contra mí, de igual forma que lo hicieron sus antepasados”.
       -Mira -me explicó Jesús-. En el fondo, significa que nací del agua y del espíritu. Del agua del vientre de mi madre y del espíritu de mi Padre.
       No supe qué decir. No es fácil entender eso.
       -Ese nombre corresponde a un enviado por mi padre de los cielos a transformar a las personas en hijos de Hombre -continuó-. Lo que enaltece al hombre.
       -¿Como un profeta?
       -Por ejemplo. Hijo de Hombre es todo aquel que ha descubierto la vida que se esconde detrás de la muerte. Es el Hombre Nuevo.
       Me admira cómo Jesús es capaz de darse cuenta de lo que es verdadero y lo que es falso.
       -También me siento identificado con la palabra que leí en un rollo de Isaías -agregó-. Ahí aparece el lema que me mueve. Es la manera como el padre del cielo me ha dicho mi misión. El me ha enviado con buenas noticias para los humildes, para sanar los corazones heridos, para liberar a los que están cautivos en su propio interior. Para consolar a los que lloran. Para traer cantos de alegría, en lugar de pesimismo.
       Jesús ha venido a traer la palabra. Empiezo a creer que eso de “salvar” no se refiere a un futuro remoto ni a lo que hay después de la muerte, sino que es algo de “aquí y ahora”. Se salva el que renace como Hijo de Hombre, en esta vida, limpiando toda su maldad, sus errores, penumbra y tiniebla. El que logra salir de la prisión en que se metió en algún momento. Creo que esto es lo que Jesús enseñará. Me pregunto por qué va a ser tan difícil que lo comprendan.

 

   31.- José en una celebración

       Jesús ya tiene 18 años. Hoy los ha cumplido, y por eso vinieron amigos a saludarlo. También los amigos míos, que son padres de los suyos. Estos jóvenes que son la realidad de hoy siguen integrándonos a los viejos, y se los agradezco, también lo disfruto. Todos mis hijos ya son grandes e independientes. Recuerdo cuando yo tenía esa edad, me parece que hiciera tan poco tiempo, y es algo que no volverá. Ya no tengo tanta vigencia, y sin embargo me siento muy joven, aunque me cansa un poco la carpintería.
       Como está a punto de empezar Janucá, comenzamos hablando de eso, para ir pasando a otras cosas. Jesús contó a sus amigos que ha estado estudiando para rabino. Lleva varios años en eso, y necesita viajar mucho a Jerusalén.
       -Juan -me dirigí a mi sobrino-. ¿Nunca quisiste ser sacerdote?
       -Nunca -respondió a secas, con mucha seguridad.
       -Te correspondía, por ser hijo de sacerdote -argumentó Salem, el tintorero-. Yo le tenía mucho aprecio a tu padre, ¿sabes?
       -Mi padre fue sacerdote en otros tiempos que no volverán -explicó el joven-. Ya ves cómo fue asesinado por los que tienen el poder.
       -De la manera más alevosa -reconoció Salem.
       -El caso es que los sacerdotes están ahora muy contaminados por los saduceos, y yo no quiero formar parte de eso -continuó Juan-. Preferiría mil veces ser rabino, que los estimo mucho, por su labor formativa, pero jamás sacerdote, ni andar matando animales, supuestamente para agradar al Creador.
       -Ahora tenemos a ese Anás que domina todo -intervine, sin evitar que se me notara mi aversión a aquellos que no les importa que estemos ocupados por los romanos, mientras mantengan ciertos privilegios, y agregué- aunque ahora puso a su hijo de sumo sacerdote, él sigue presidiendo. Y se las arregló para hacer caer a varios procuradores romanos, uno tras otro.
       -Como que Valerio ha atinado a concederle favores -señaló Zebedeo.
       -No podemos seguir tan sumisos a la dominación romana -dijo con fuerza Simón, hijo de Salem.
       -Se ve que eres muy zelote -observó mi hijo Jacob.
       -¿Acaso es obligación que seamos todos fariseos? -replicó Simón, como un fogonazo.
       Hubo varios segundos de silencio expectante, y entonces Zebedeo dijo, con su fuerte vozarrón:
       -No tenemos que serlo todos, claro está.
       Jesús se rió y yo no entendí por qué. También Zebedeo se inquietó.
       -¿Qué pasa, niño? -preguntó.
       -Está bien, no te preocupes -se apresuró a decir Jesús- lo que pasó es que tu voz, y lo que dijiste, sonó igual que un trueno, un rato después del relámpago de Simón, que parece un verdadero cananista.
       Ahora, todos rieron. Hasta Zebedeo.
       -Jacob -preguntó Jesús-. ¿Tú te consideras fariseo?
       Y como intentara contestar el hermano de Jesús, que también se llama Jacob, lo calmó, “No, Jacob. Me refiero al hijo del trueno”. Seguimos riendo todos. De cualquier forma, ambos Jacob manifestaron ansiar otra cosa, ni farisaica ni zelota. Los dos estuvieron de acuerdo en criticar a los fariseos porque le dan tanta importancia al premio y al castigo, y por eso son tan apegados a las normas establecidas.
       -¿Y a tí por qué te dicen Tadeo? -preguntó Jacob, el de Zebedeo, a Judas.
       -Es una vieja historia -se disculpó Tadeo, no queriendo entrar en detalles.
       -Pero hay una historia más reciente que también te sirve -rectificó Jesús-. Esto pasó apenas hace unos pocos meses.
       -¿Qué es lo que pasó? -preguntó Zebedeo con su vozarrón, después de varios segundos de silencio.
       A estas alturas, sólo sonreíamos al escuchar el trueno.
       -Fue para la Pascua -empezó a contar Judas- cuando andaba en Jerusalén con mis hermanos. Un soldado romano me escuchó algo que dije. Fue pura mala suerte.
       -Es que hablaste a toda boca -explicó mi hijo Jacob.
       -Es que me dio rabia -exclamó Judas- porque el tipo ése trató muy mal a un pobre mendigo que iba pasando.
       -El caso es que se llevaron preso a mi hermano -señaló Simón el de Alfeo.
       -Y partimos todos detrás pidiendo al soldado que soltara a Judas -continuó Jesús.
       Entre todos contaron cómo llegaron al lugar de detención y Jesús intervino ante el oficial, explicando lo sucedido, de la manera más diplomática posible.
       -Y ahí fue que el oficial le preguntó a Jesús “¿Tú estás a cargo de este tadeo?” -dijo finalmente Judas. Por algo me dicen Tadeo, porque siempre me dispongo a defender las causas perdidas.
       Todos reímos, menos Cleofás, que reclamó:
       -No me habíais contado nada de ese asunto de Jerusalén.
       Los muchachos siguieron comentando aquel suceso que no pasó a mayores, ya que dejaron libre a Judas, sin siquiera cobrar alguna multa, pero bajo la severa advertencia de no volver a incurrir en algo semejante.
       En eso, entró Salomé, la esposa de Zebedeo, sobresaltada.
       -No encuentro a Juanito.
       -Nos vamos a quedar acá esta noche -le explicó Zebedeo- y mañana viajaremos a Cafarnaum.
       -Igual estoy preocupada. Ya se oscureció, y no sé dónde anda este niñito.
       -Yo iré a buscar a Juanito del Trueno -dijo Jesús, y salió de la pieza. Nos dejó riendo, una vez más.
       -Con los esenios, yo me llevo bien -anunció mi sobrino Juan, cambiando el tema.
       Nos volvimos hacia Juan, pues todos queríamos seguir escuchándolo.
       -Sí -repitió Juan-. He pasado algunas temporadas con los esenios, en los montes del desierto, y he aprendido a quererlos.
       -Son admirables -reconocí, y todos estuvieron de acuerdo, con excepción de Simón, que de verdad es un poco zelote.
       -Les falta acción -sentenció éste.
       Desde ese momento se produjo un largo intercambio de opiniones, hasta que llegó Jesús trayendo a Juanito. El sabía en qué lugar buscarlo, donde le gusta jugar a este niño.
       Cuando Jesús se integró de nuevo, su primo fue al grano:
       -Vosotros sabéis que casi nunca vengo a Nazaret. Ahora quise venir especialmente, para participaros mi decisión.
       Hubo un silencio.
       -¿Qué decisión? -preguntó Zebedeo con su tremenda voz que lo llena todo.
       -Me iré definitivamente a los cerros, con los esenios. Seré uno de ellos. Ya no viviré más de la manera tan urbana en que lo he hecho hasta hoy. Mi vida cambiará desde ahora.
       Quedamos todos tan asombrados, que no atinamos a decir una palabra, por largo rato. Sé que asisto a algo importante cuando Juan, el de Zacarías, tiene tan clara su original personalidad. No es cualquier cosa la decisión que ha tomado.

 

   32.- José se enfrenta a un dilema difícil

       Una hermosa niña llamada Verónica se enamoró de Jesús. Lo ama desde que era niñita. Ella es la hija mayor de Joel, un fariseo de Nazaret, quien formalmente me pidió a Jesús para contraer esponsales con su hija. Yo estaba feliz por esa bella unión que se daría, pues encuentro que ella es una muy buena chica. Pensé consultarle a Jesús, esperando que se pusiera tan contento como yo. Sin embargo, yo estaba dubitativo pues con Jesús nunca se sabe qué planes tiene.
       -Tú decides solo. Eres el hombre de la familia -me dijo Joel, ofreciéndome una buena dote.
       Traté de explicarle que Jesús es un niño muy especial, pero me enredé y no hallaba cómo seguir.
       -Yo le consulto las cosas que le competen -le dije, y Joel me miraba muy extrañado.
       Después le hablé a Jesús, en una de nuestras subidas al Tabor.
       -Buenas noticias. Me dijo Joel que . . . -apenas alcancé a empezar. Jesús se puso serio, pues ya se imaginó lo que yo iba a decir.
       -De buena gana aceptaría -respondió, después que terminé de preguntar-. Es una niña estupenda, pero . . . tengo algo que decirte.
       -¿Qué tienes que decirme?
       -Hay algo que nunca te había dicho . . . Tengo una misión acá en esta tierra.
       -Sí, que me lo has dicho, pero Jesús, ella te adora.
       Jesús siguió hablándome:
       -Ya lo sé, y yo también la amo. Mira papá, tengo con ella una linda amistad, y no he de tener con Verónica más relación que ésa. En este momento no te lo puedo explicar. Es cierto que aún no salgo a llevar a cabo mi misión. Precisamente, este asunto es lo que me ha llevado a demorar.
       -Si piensas salir a recorrer tierras ella tendrá que seguirte.
       -No es eso, papá.
       -¿Es ya tu hora? -dije osadamente.
       -Aún debo esperar un signo -y después de una larga pausa, agregó-. Somos herramientas del Padre en la creación del ser humano, y tenemos que tener una actitud de colaboración con él.
       -No te entiendo -reconocí.
       -Lo que no te he dicho es que por mi misión seré incomprendido.
       -Sí. También me lo has dicho, pero . . . ¿qué tiene que ver todo esto?
       -Talvez no te he dicho que seré perseguido y que moriré.
       -Todos hemos de morir. Esta niñita no necesita un marido inmortal.
       -Lo que tampoco te he dicho es que moriré muy joven -me dijo, poniéndose serio de nuevo- y por eso prefiero no contraer matrimonio, pues no tendría sentido si sé que viviré muy poco. Decidí no tener hijos porque no los podré cuidar.
       Yo ya sabía eso, pero como un secreto entre María, el Altísimo, y yo. Jesús nunca me lo había dicho. Y ahora que me lo decía, me empezaron a caer unas lágrimas. Lo abracé, y ya no pudimos seguir conversando. Parecía que estaba todo dicho, pero sospeché que Jesús me ocultaba algo y que todos esos motivos que esgrimía, él mismo no los consideraba tan prioritarios. Había alguna fuerza más poderosa, algún designio de su Padre de los cielos. Algo muy íntimo en esa relación Padre-Hijo, que me hacía sentir como invadiendo lo que no me corresponde.
       -Estoy renunciando a algo que podría tener . . . -declaró- ¿Recuerdas lo que decíamos cuando yo era chico y tú no querías que yo jugara en sábado?
       Más que recordarlo, lo tenía presente en todo momento. Comprendí que Jesús tenía poderosas razones y que le estaba costando decírmelas.
       Después de esta última conversación quedé golpeado con la fuerza de esa verdad que nunca había querido asumir. Dando cabida a la intuición, adivino que su padre de los cielos le ha encargado encarecidamente que no deje descendencia. Por supuesto, tiene que ser así, aunque parezca paradojal. Fundar una tribu de dioses no es lo que el hijo del Altísimo ha venido a hacer a la tierra. Es que eso sería una actitud reñida con lo divino.
       Se me hacía un mundo tener que decírselo a Joel, sin que se ofenda, y sin entrar en materias que no iba a entender, y más aún, él rechazaría. Sin embargo, mi intención era ser lo más sincero posible. No sabía cómo decírselo. Traté de evadirme, pensando en otra cosa, dilatar la situación, a ver si se arreglaba sola. No hubo caso. Me armé de valor y fui a su casa y le expliqué como pude. Le llevé un odre de vino y también un regalo, un adorno de madera para su casa, que hice especialmente para dárselo. No le pude contar toda la verdad, ni mucho menos mis sospechas. No le dije más que lo necesario para que él comprenda que la situación es irreversible, y que no se trata de un rechazo. Al contrario, la niña es adorable.
       -Emparentarme contigo es lo mejor que quisiera -le dije-. Jesús la ama, pero tiene planes, y entre sus planes no está el contraer matrimonio.
       -Pueden quedar comprometidos para más adelante . . .
       -No conoces a Jesús . . .
       Sólo yo me fijé que por la rendija de la puerta escuchó Verónica todo esto, que le significaba mucho. Alcancé a darme cuenta que ella salió al patio, llorando.
       Durante varios meses, a Verónica se la veía apagada, pero esta última semana empezó a mostrar una notable animación. Ayer en la tarde me dijo, no sin algo de solemnidad, que ya le había encontrado un sentido a su vida.
       -¡Qué bien! -me alegré de verdad- ¿Y cuál es ese sentido?
       -Admirar -me dijo con una sonrisa enigmática. Y cuando me vio reírme, agregó-. Sí, admirar al hombre más grandioso que ha habido. Tu hijo me acerca al Altísimo.

 

   33.- José cuando su hijo se va

       Es común ver caravanas que pasan por Nazaret, de un lado a otro, principalmente debido al comercio. No sólo cumplen esa función. Son también compañía para los viajeros, y además, la vía más eficaz que hay para difundir las noticias. O más bien dicho, los rumores. Muchas veces las informaciones llegan distorsionadas, pero después de dos o tres caravanas ya decantan bien. Eso sí, los mensajes particulares, de fulanito a zutano, vienen por escrito.
       Judas, Jacob y Jesús se acostumbraron a curiosear. Cuando llega alguna caravana conversan con los conductores y se enteran de lo que pasa en otras comarcas. Siendo pequeño, Jesús quedó impresionado cuando vio que los rabinos ofrecen a los forasteros escuchar las sagradas escrituras, de Moisés y los profetas. Poco a poco empezó a hacer lo mismo, para gran vergüenza de Jacob, que trataba de quitarle esa costumbre. Ya un poco mayor, Jesús hablaba a los forasteros acerca del Dios único e indivisible. Al principio, éstos se limitaban a tomarlo con humor y afecto. Con el tiempo empezaron a escucharlo y a maravillarse de su sabiduría.
       Jesús tiene una enorme fuerza de aprendizaje y de búsqueda. Y muchas ganas de viajar. Es de los que quieren ir adelante. Ser el primero en atreverse a dar un paso. A pesar de mis aprensiones, yo sé que sería bueno para él. Como todo el mundo quiere llevárselo, no me está siendo fácil retenerlo. Me lleno de temor, pues pienso que puede tener dificultades. No sé cómo manejar esto. O sea, no manejaré nada. Simplemente, me pongo en oración, y que Dios disponga.
       Y eso no es todo. A mi modesta casa han llegado hombres ricos y nobles que ansían tener a Jesús como yerno. No les importa que no tengamos dinero. Entre tanta gente, también llegó un hombre rico y justo de la India que se asombró al escuchar a Jesús cuando hablaba entre medio de los rabinos. Se deslumbró cuando lo escuchó en Jerusalén. Se interesó en preguntar a todo el mundo, que le hablaran de Jesús. Con gran cortejo llegó un día a Nazaret. Yo estaba trabajando en el taller, y Jesús me ayudaba. Tenía en sus manos tal montón de palos y una escuadra, que apenas podía saludar al visitante.
       Fuimos los invitados de honor en una fiesta que este hombre dio en la posada del pueblo. Quedaba al fondo de la calle principal, casi en las afueras. Se podía decir que lo teníamos casi de huésped por varios días, pues él quería conversar con Jesús. Y ahora que está por irse de vuelta, me ha pedido encarecidamente poder llevarse a Jesús, y ser su protector. Esto ya me sobrepasa. No tengo argumentos para sujetarlo.
       Desde los quince años Jesús ha estado por irse con algún grupo de comerciantes. Hoy partirán unos hacia el Sind, valle inferior del Indo, al sur de Pakistán, donde compran mercancías. Jesús quiere aprenderlo todo. El indio se sigue quedando, porque yo aún no consiento en el viaje de Jesús, aunque él es ya un hombre.
       Es de noche y estoy sobresaltado. No pueden llevarse a nuestro Jesús así no más. Por otra parte, sé que será algo bueno para él. Me dijo que necesita conocer un poco más el mundo, ya que vino para todos, inserto en nuestra realidad judía, es cierto, pero él necesita sentir otras realidades y querer también a esa gente. Me ha dicho que sus estudios de rabino puede continuarlos después.
       Converso largamente este asunto con María. Después la abrazo con ternura. La quiero tanto. Le doy un beso de “buenas noches”, y me voy a mi cama a dormir. María se va a la suya, aunque un poco más tarde pues le quedan cosas que hacer, por haber estado largo rato en oración.
       Con mi mujer quedamos de acuerdo en que no nos podemos oponer a lo que parece ser un designio divino, y que tendremos confianza en Dios. Ha llegado el día en que Jesús emprenda el viaje, para seguir aprendiendo y meditando.

 

   34.- María acoge el regreso de Jesús

       Con Miriam, Lisia y Lidia nos encanta que Jesús nos cuente sus aventuras. Ya es un hombre, pero para mí sigue siendo un niño. Su viaje fue provechoso, y ahora podrá retomar su vida de enseñanza.
       Nos sentamos en el suelo, nosotras las primeras, y después empiezan a llegar también los hombres, uno a uno. Todos callados y tranquilos alrededor de Jesús, en el patio, mientras el sol nos tuesta y la brisa nos acaricia.
       -Entramos en la tierra sagrada de los antiguos arios -empezó Jesús su relato-. Viajamos por la tierra de los cinco ríos, y después de mucho, llegamos a Orissa.
       -¿Ahí es donde están los brahmanes? -quise saber.
       -Sí. Estuve un tiempo con ellos y aprendí a leer y entender las escrituras védicas, pero también me enseñaron cosas que rechacé.
       -¿Como cuál?
       -Como el asunto de las castas. Los sacerdotes brahmánicos intentaron mostrarme que no todos los hombres serían iguales a los ojos de Dios.
       Nos explicó Jesús que según las creencias de esta gente, primero fue creado el sacerdote brahmán, de gran elevación, y en segundo lugar, el hombre destinado a la política y la guerra. En tercera instancia fue creado el trabajador agrícola y comercial, y finalmente, el sudra, para los trabajos serviles, sin derecho a escuchar la lectura de los vedas.
       -Yo les argumenté que no me parecía que un Dios justo pudiera hacer esa creación - nos dijo Jesús -. Fui más allá aún, y les dije muy claramente que hasta los sudras tendrían que poder entregar su oración a Dios.
       Jesús nos habla tan claro y vívido, que no nos cuesta imaginar las escenas. Es como estar viendo a los brahmanes enfurecidos, tomando a Jesús de la ropa. Estuvieron a punto de pegarle. ¡Qué horror! Menos mal que un sacerdote amigo lo defendió. Si no es por él, no sé cómo habría salido de esa reunión.
       -Encontré refugio en casa de un agricultor -contó Jesús-, y le hablé de la igualdad de todas las personas ante Dios. Y eso no es nada, pues también hablé a los sudras. Les dije que Dios susurra en el corazón de todas las personas, sin ninguna excepción. Les hablé de su dignidad, pues para Dios son todos hijos queridos.
       -Después de la India, ¿dónde fuiste?
       -A los Himalayas.
       -¿Estuviste meditando?
       -Era mi costumbre hacerlo silenciosamente, al lado de un manantial, cerca de la gente pobre. Estaban tristes. Les dije que el cielo de nuestro corazón es una luz alegre. Eso lo entendían bien.
       Jesús nos muestra mundos tan distintos y tan iguales al mismo tiempo. Nos contó de una reunión de sacerdotes y fieles en el pueblo. Enseñando en la plaza, les habló diciéndoles que Dios es Padre. Jesús tiene muy fuerte este conocimiento. Desde que volvimos de Jerusalén, tras aquel aventurado viaje a sus trece años, Jesús empezó a observar muy en serio sus nuevas responsabilidades. Ya en ese entonces me decía que las niñas también deberían estudiar, igual que los niños. Siempre le respondí que estoy completamente de acuerdo. Es una lástima que no puedan ir a la escuela de la sinagoga. Pues, ahora Jesús no se conforma con lamentarse, y ya que pidió a José un espacio en un sector de la carpintería para enseñar a los niños que siempre llegan, esta vez decidió dejar entrar también a las niñitas. En realidad, ese lugar ya lo tenía desde antes, cuando venían los pequeños de Nazaret a entretenerse. Siempre fueron muy bien acogidos. Jesús se lleva bien con los niños.
       -Traté de saber lo que le interesa a la gente de distintas culturas -aclaró Jesús, sacándome de mis cavilaciones-. Hasta dónde comprenden la finalidad de la vida.
       Cuando José se incorporó a la conversación, Jesús nos habló de los magos de Persia.
       -En Persépolis viví algo interesante -comenzó diciendo-, pues me encontré con el mago Baltasar, uno de los que había acudido a verme cuando yo era pequeño.
       -Baltasar debe haber estado fascinado -observé.
       -Sí. Y me llevó a conocer a otros magos como él. Son sabios que buscan la revelación. Me contó que Gaspar murió hace varios años, pues ya estaba viejito.
       -¿Y Melchor? -le pregunté, pues todavía me acuerdo de su nombre.
       -Andaba viajando, como es su costumbre.
       Ahora que Jesús está de vuelta de su larga travesía, empezaron a venir niños nuevamente a la improvisada escuelita de Jesús, y también dos o tres niñas, si es que sus padres no les han puesto alguna dificultad. Especialmente en estos días, en que se acerca la fiesta de Pentecostés. Se celebra la recepción de los diez mandamientos en el monte Sinaí. Las niñitas se portan bien y son estudiosas. Creo que aprenderán mucho, a juzgar por los métodos de Jesús. Les enseña a destacar lo que es provechoso, en vez resaltar lo negativo que se debe evitar. Es un enfoque distinto al tradicional.

 

   35.- Jesús recordando sus viajes

       Conocí mucha gente. Distintos tipos de personas. Eso es justamente lo que salí a buscar. Ver otras realidades, distintas y parecidas, me ha cambiado la mirada. Mi mundo ya no es tan pequeño, y entiendo mejor a los de acá, porque conocí otras formas de vida y de pensamiento. Si he venido por todos, cómo no empezar por conocerlos, al menos a unos pocos. Hablar con ellos, y saber qué inquietudes tienen. Para hacer que los sordos oigan tengo que escuchar primero, y para que los ciegos vean tengo que observar mucho. Yo les cuento todo esto a mi madre y mis hermanas, pues me escuchan.
       Desde muy niño me gustó estudiar, especialmente en la naturaleza. Me gustaba observar a los pajaritos, y tratar de captar qué había en sus pequeños corazones. Mi gran desafío era tratar de tocarlos y comunicarles alguna cosa. También miraba las nubes y su evolución. Intentaba leer ahí lo que mi Padre de los cielos me diría. Fui sabiendo cosas al escucharlas en mi corazón. Todo lo que llega a mi campo de atención trae un mensaje muy guardado. Hay que rescatarlo de la médula. Descubrir.
       Poco a poco fui conociendo la tarea que Dios puso para mí. Me fui descubriendo.
       Cuando ya estuve un poco más grande, mi padre me contó eso de los inocentes. Y me puse a averiguar más detalles, porque sentí la necesidad de saberlo todo. Sufrí por aquella situación. ¿Nadie pudo salvar al resto? ¿Acaso soy yo mejor? Sané la herida, con mucha oración, y sólo después de eso entendí cuánto daño había causado la daga de Herodes. El niño que fui, me habló, y lo escuché con mucho amor. Esa eliminación de niños, y que me hayan perseguido a tan temprana edad, me había dejado una dificultad para tolerar el rechazo a los niños, lo que yo veía en mi entorno. No tenía clara la raíz del problema hasta que llegué a comprender que la gente actuaba así por miedo al poder de los niños. Entendí muchas cosas, o quizás no entendí nada. Lloré, y a partir de ese día he ganado en serenidad y puedo dar tranquilamente algún consejo.
       Recuerdo que cuando tuve doce años lo que me movía era cómo cambiar la actitud de las personas. A veces chocaba con el entorno, y lamenté que así ocurriera, pero eran ambientes que tenían que cambiar. Hasta ahora, nunca he logrado cambiar nada en Galilea. Más caso me hicieron en otras tierras en que tuvimos buenos intercambios, pues enseñé cosas y aprendí otras.
       Un día, hablábamos de la verdad, y un sacerdote brahmán me preguntó “¿Qué es el hombre?”.
       -Una extraña mezcla de luz y oscuridad, que conviven en conflicto hasta que la luz llega a todos sus rincones -le respondí, y me siguió preguntando muchas cosas.
       A menudo iba a orar a un lugar apartado, junto al Ganges. Veía pasar a los mercaderes cuando venían de occidente. A veces me traían noticias de mi tierra, y también yo enviaba algún mensaje a mi padre.
       Yendo a Lahore me encontré con unos mercaderes en Cachemira. Se alegraron de verme, y yo, de verlos a ellos. Tanto, que me regalaron un camello. Entonces, yo ya podía hacer mis viajes con mayor comodidad. Incluso, viajé con ellos un trecho.
       Tenía 23 años cuando llegué a Persia. Me detuve un tiempo en algunos pueblos. Al término de una reunión, un mago me preguntó a solas que de dónde provienen mi sabiduría y mi resplandor. Le respondí que en el silencio interior está la fuente. Siempre es posible recogerse hacia ese lugar para orar.
       Cerca de Persépolis hay un manantial para la curación. Su agua es milagrosa en cierta época del año. Bueno, todos ellos creían firmemente eso.
       -Hasta el aire te puede sanar -le dije a una niñita que esperaba pacientemente que todos se saciaran del agua-, basta que respires con fe.
       No pude dejar de notar que en todas las partes en que he estado, la mujer es siempre postergada. Me parece, no sólo injusto, sino que también es una lamentable pérdida el dejar pasar la belleza que la mujer podría poner en las cosas.
       Cuando ya estaba por volver a mi tierra, unos mercaderes me trajeron una mala noticia. Mi padre está por morir. Debido a eso, anticipé mi partida. Baltasar me acompañó hasta el Eufrates, el día que dejé Persia. Pasé por Ur, y después de cruzar el Jordán, pronto estuve de vuelta en Nazaret.

 

   36.- José en la sinagoga

       Cuando Jesús terminó de leer a Isaías, lo volvió a enrollar y se lo pasó con una sonrisa al ayudante de la sinagoga. Todos se pusieron muy serios, menos Jesús, que desborda alegría. Si casi está a punto de reír, francamente. Admiro la personalidad de este hombre. Quien hubiera dicho que de la carpintería iba a saltar a la enseñanza. Yo creo que la gente acepta en su interior las palabras de Jesús pero no se atreve a reconocerlas públicamente.
       Toda esta incomprensión se explica porque aún hay mucha influencia de Anás. Este saduceo sigue siendo el hombre más poderoso, que maneja desde las sombras. De hecho, fue sumo sacerdote durante doce años y después consiguió que algunos de sus hijos también lo fueran, e igualmente Caifás, su yerno. La religiosidad de esta gente no es mucha. Se dedican más a obtener ganancias con los sacrificios del Templo, y saben moverse en las intrigas de la política.
       Estoy contento porque Jesús está de vuelta. Especialmente porque yo lo estaba necesitando mucho, pues no me siento bien. Estoy viejo, y caigo en enfermedades que vienen y van. El otro día eché a perder unas maderas porque ya no me acompaña mucho la vista. Mientras tuve buenos los ojos todo me salía bien. Ya no estoy para cualquier trabajo. En las construcciones hace tiempo que no me contratan. Y para las pequeñas cosas del taller, me demoro demasiado. Ahora son mis hijos los que hacen los trabajos. Josetos, el único que disfruta la carpintería tanto como yo, se ha independizado. Le pedí que se hiciera cargo de algunas de las labores que yo tenía pendientes. Estoy retirándome de esto. A lo más doy algún consejo o una ayuda para alguna decisión. Fuera de eso, mi vida ha tenido que tranquilizarse, y ya no puedo ni caminar mucho. Sólo un poco, cojeando hasta la colina cercana, y nada más. Subo apenas unos pocos pasos, y ya tengo que descansar.
       Mandé a decir esto a Jesús con unos mercaderes, cuando él estaba de viaje. Gracias al Altísimo, lo encontraron y se lo dijeron. El caso es que tuve un sueño que me anunció que pronto moriré. Antes de un año. En el sueño había un anciano con una barba larga y blanca, que irradiaba luz y me llamaba haciendo gestos con su mano. Fui hacia él y llegué en muy corto rato pues me desplacé rápidamente, a baja altura, sin tocar el suelo. Es la manera de caminar que más me agrada. Al llegar había una mesa con varios cántaros. Conté once. Todos tenían agua. Bebí uno y cuando me disponía al próximo, desperté. Estuve orando mucho con este sueño y llegué a concluir que mi muerte se aproxima. Por lo demás, ya lo estaba vislumbrando pues noto que mi cuerpo no me acompaña. Tengo problemas estomacales, me canso por nada, y mis movimientos se han puesto torpes.
       En aquel momento decidí ir por unos días a Jerusalén, pues allá podría prepararme para morir. Mi estadía en Jerusalén fue pura oración. Realmente, llegué a estar muy conectado con el Señor. Empecé a sentirme mejor, y volví a Nazaret, pensando que quizás estaba anticipándome demasiado a mi destino. De todas maneras fue bueno haber dedicado tiempo a mi oración en Jerusalén.
       -Si escucháis decir que el Reino está en lo alto del firmamento -explica Jesús calmadamente- no miréis a las aves con envidia. El Reino está más cerca de lo que pensáis. Está en el interior de cada uno.
       Me da alegría escuchar a Jesús, mi niño, para mí siempre será mi niño, aunque es la sabiduría misma. Al mismo tiempo, me entristece observar las caras con que lo miran. Muchos hombres no quieren entender, y no esperan nunca algo de él. Yo los veo muy disgustados porque Jesús les da un poco donde les duele. No ha venido para que lo aplaudan, sino que a sembrar. El fruto tendrá que venir mucho después.
       A sus veinticinco años Jesús habría querido cambiar ya a las personas, aquí, ahora. Poco a poco se ha dado cuenta que lo suyo no es eso, sino algo que trasciende el tiempo.
       Nunca quiso integrarse a los zelotes, aunque lo invitaban mucho. En Galilea son numerosos. Los zelotes trataron de convencerlo de incorporarse junto a ellos. Jesús lo pensó, pero desistió después de escucharlos atentamente y hacerles varias preguntas. En realidad, le costó hacerlos entender que su lugar es diferente. Ellos combaten la injusticia con injusticia. Combaten las armas con las armas. Combaten la violencia con la violencia. Simplemente, es una cosa contradictoria. En el fondo, se pliegan a lo que más detestan. Va contra la lógica de Jesús.
       -Mi camino -había dicho Jesús a los zelotes- es de paz y de amor. Combatir la injusticia poniendo justicia. Combatir las armas con la paz. No alimentar el fuego que quiero apagar.
       -Unos buscan y no encuentran -continúa Jesús, hablando en la sinagoga- pero yo os digo que el que sabe llenarse de admiración es el que encuentra.
       Desde hace un rato, algunos ya empezaron a levantarse de sus asientos.
       -Nadie es profeta en su tierra -le escucho decir a Jesús cuando ya empiezan a repudiarlo, primero con timidez, y después con la fuerza de la masa. Algunos exaltados lo empujan hacia afuera, y después por el callejón que va hacia arriba, hasta casi sacarlo del pueblo. Me impresiona la presencia divina en Jesús cuando logra zafarse y bajar nuevamente, dejándolos a todos petrificados. Hay algo en él que me inspira aprecio y reconocimiento. A estas alturas ya no necesito salir en su defensa. Ni soy capaz tampoco.
       Mientras tanto, yo estoy a punto de irme de este mundo. Y quiero hacerlo en la mejor forma posible. Pido a Dios que sus ángeles estén a mi lado en un momento como éste. Separar el alma del cuerpo será un momento difícil. Quiero ver rostros de ángeles alegres y en paz conmigo. Señor mío, facilita mi marcha hacia ti. No permitas que mi alma caiga en desgracia. Busco tu verdad y tu justicia, pero también necesito tu misericordia.

 

   37.- José moribundo

       Me cuesta respirar. Sé que es el momento de irme. “Irme hacia el Padre” diría Jesús.
       Recorro lo que fue mi vida. Durante toda ella estuve afligido por el yugo extranjero, pero a pesar de eso, nunca perdí la alegría. Se me ha pasado tan rápido el tiempo, que parece que fue ayer que estaban los magos.
       Me pregunto a mí mismo qué me habrá faltado decirle a Jesús, pues ya me queda poco tiempo. Me vienen imágenes de su niñez. No me costó nada enseñarle a manejar el martillo, la sierra, el cepillo, la lima, el formón, y todas las herramientas. Mucho más difícil fue entrar en los temas que eran necesarios para él. Yo le enseñé lo que pude, acerca de la débil naturaleza humana, y cómo comprenderla. Y el amor por las escrituras. En algún momento, Jesús comprendió que sus padres no lo sabíamos todo. Antes de eso, hasta tuve que esconderme cuando sabía que me iba a preguntar acerca de la luna y las estrellas, y lo que hay más allá. ¿Qué sé yo?
       Entre sorbo y sorbo de la agüita de hierbas que me preparó María, sigo pensando y recordando la niñez de Jesús. Observé sus descubrimientos cotidianos, cada pequeña nueva pista que le aclaraba progresivamente quién es y qué vino a hacer al mundo. Muchacho inquieto, pero también reflexivo. No se le escapa detalle alguno. En el fondo, es un soñador. Medita mucho, igual que yo, pero sus sueños son mucho más locos que los míos. Confía en sí mismo y habla en parábolas. Doy gracias al Altísimo porque me encargó una tarea grandiosa. Y también le doy gracias por la mujer que me regaló. Y por los hijos. Muy en especial, por Jesús. Espero que los errores que pueda haber cometido en la crianza de Jesús no le hayan quitado nada del mensaje que trae para el mundo. En estos últimos años ya no necesité incentivarlo mucho a que se desarrolle. Y me sigo preguntando, hasta mi último minuto . . . ¿por qué me eligió Dios para esto? Es maravilloso. Creo que fue más por María. Se necesitaba que su esposo la amara infinitamente. Comprender a María en su embarazo era algo que Dios necesitaba de mí. Y mucho me costó. Para eso, Dios me enseñó desde pequeño a atender a los sueños. Todo se da en armonía.
       No comí del fruto prohibido. Puedo decir eso con legítimo orgullo. Y por eso, María y yo no fuimos expulsados del paraíso.
       A mi mujer le ha tocado una vida intensa, y la seguirá teniendo. Con muchas alegrías y muchas tristezas. María tiene una fuerza espiritual admirable. Jesús heredó muchas cosas de ella. Siempre ha continuado hacia adelante con optimismo y entereza. El ya es responsable en grado sumo. Igual, sigue siendo un niño juguetón, inocente, como el más pequeño. Mientras más dialoga con el Padre, más niño se pone. Desde pequeño, cuando hablaba solo, yo lo dejaba. Si imaginaba y soñaba miles de aventuras, también lo dejaba. Otros jóvenes de su edad no son tan místicos ni tan niños. Jacob se le ha ido pareciendo. Sólo observando a su hermano menor se ha ido impregnando de esa cercanía con Dios.
       ¡Qué frío tengo! Y tos. Me duele todo. Sin embargo, estoy agradecido del Señor, que me regaló una vida privilegiada. Si bien, ahora he de rendir cuentas.
       Recuerdo cuando le explicaba a Jesús la costumbre hebrea de tocar el trozo de pergamino clavado en el marco de la puerta, cada vez que entramos o salimos de la casa, y besar después el dedo que lo había tocado. A él le gustaba decir, siempre de distinta manera que el Altísimo nos protege al entrar y al salir de la casa. Y ya sé por qué me he puesto a recordar justamente eso. Es porque estoy en un umbral. El Señor me protegerá en mi salida.
       No me puedo valer solo. Estoy postrado y eso me hace sentir culpable de causar tantos problemas a María. El Señor me está llamando y ya se lo dije a ella, que me atiende con amor. Le hablo a María acerca de sus sueños. Le digo que no importan los colores ni los disfraces, sino la actitud que nazca en ella.
       Me despedí de cada hijo e hija, y de María, y hasta de los hijos de Cleofás. Dios me está llamando. Recorro mi vida entera en imágenes vertiginosas. Veo también a mi padre. Ya sé que murió pero está en escenas de mi vida, y lo veo, y de ahí se va quedando cerca mío y me habla con ternura como si yo todavía fuera su niñito. Y me habla cosas de ahora. Hasta se sienta en mi cama. No sé cómo lo puede hacer. Recién me ha dicho que me iré de este mundo mañana en la tarde. De repente me parece estar ya al otro lado. Sin embargo, se borra toda la escena y vuelvo a ver borrosas a las personas que aún viven aquí en mi casa.
       Recuerdo cosas que parecen tan pequeñas, pero no lo son. Como eso que me dijo Jesús, en una de nuestras subidas al Tabor:
       -Hay cierta agua que echar en cierta tinaja. El Padre sabrá cuándo convertirla en vino. Primero hay que reconocer la tinaja, después atreverse a echar el agua.
       Recuerdo que me mostré muy extrañado por esas palabras enigmáticas. En esa ocasión me explicó que lo debo hacer con los apegos y con esas resistencias que me dificultan la vida. Transformarlas de manera que ayuden a construirme sanamente. Mientras no lo logre, se supone que no sé lo que hago. Ajustar eso es el resumen de toda la vida.
       Ahora, ya la he vivido. Tendré que irme pronto. Todo está en orden. Jesús cuidará a María. El más pequeño de mis hijos está llamado a ser el más grande. Mis otros hijos tienen ya sus vidas armadas con sus cónyuges. Y me han dado nietos encantadores. Me gustaría quedarme a disfrutarlos, pero si tengo que irme, me voy contento.

 

   38.- Jesús ante el lecho de muerte

       Cuando José cayó postrado en el lecho, sin poder ya levantarse, con su enfermedad de siempre, quiso gritar y no podía. Esta vez fue más alarmante que nunca, pues hasta se le quitaron las ganas de comer.
       -Puedo decirte “padre” a ti también, que tan bueno has sido conmigo y tanto has amado a mi madre -le declaré a José.
       -Sólo Dios sabe cuánto he querido a María. Doy gracias al Altísimo por haberme honrado con tu presencia, Jesús.
       -Puedes estar tranquilo.
       Lo admiro por su apertura a lo nuevo, a lo desconocido. Y por su humildad para aceptar lo que Dios le da. Es una enseñanza fabulosa. Le doy gracias por haberse sacrificado por mí. También le he dicho que admiro en él esa actitud de congeniar todas las realidades espirituales. Me enseñó a vivir así. Hoy, empiezo a recordar mi niñez, cuando jugábamos, cuando me llevaba a andar por la naturaleza, subir los montes. Me llevó a las partes en que yo tenía que estar, hasta que pude soltarme de su mano y caminar solo. Ya puedo salir al mundo a cumplir la misión que el Padre me ha encomendado.
       Mi viejo me llevaba al Tabor, y lo pasábamos bien. Me estoy llenando de tantos recuerdos, cuando me contaba cuentos, cuando trabajábamos los palos.
       José entró ayer en gran agitación. Estando en su cama trataba de gritar, pero sólo le salían gemidos. Mientras se quejaba de dolor, hacía un examen de conciencia en voz alta. Entré a su pieza y le dije “Salve mi querido padre”. Se tranquilizó un poco. “En verdad que tú eres Dios”, me dijo, con una certeza asombrosa, y me contó, una vez más, que fui concebido por obra del Espíritu Santo. Y me habló de los temores que tuvo en aquel entonces.
       Mi padre se puso a conversar con el suyo, mi abuelo que no conocí. Se conectó con él. Parecía que lo estaba viendo ahí mismo. José ya estaba un poco al otro lado, y también hablaba con su madre. “Ya tengo que irme” escuché que le decía a alguien invisible. De alguna manera, ese viaje final es como entrar en una caravana, de a poco. Es como ir primero el día antes a disponer el pasaje, y decir “Mañana será”. Así, José estuvo organizando su viaje, preparando su equipaje, si se puede decir así, y preguntando a qué hora saldrá.
       Me senté a su lado, en la cabecera. Mi madre se sentó a los pies de la cama. Al rezar oraciones de despedida no pude contener mis lágrimas. Las profecías que él me nombraba me evocaban otra que yo he leído. La de mi propia muerte. Le alcancé a decir que muy pronto nos estaríamos viendo.
       -Mujer, ahí tienes a tu hijo -dijo José a María. Y después, dirigiéndose a mí:
       -Ahí tienes a tu madre.
       -Mamá, todo está bien para mi padre -dije con lentitud-. El ya ha hecho su trabajo en esta tierra, y lo ha hecho noblemente.
       Un rato más tarde fui a buscar a mis hermanos y hermanas para que se despidieran de su padre. Y abracé a mamá, que estaba empezando a llorar. Lisia me contó que ésta es la misma enfermedad de la que murió su mamá. Después de un rato, todos llorábamos. Se podía palpar la presencia de la muerte. José estaba yéndose, apagándose. Me miró fijamente, sin poder pronunciar palabra alguna.
       Fui el primero en percatarme de su deceso. Cerré sus ojos lentamente y presioné su mandíbula durante un rato. No pude evitar recordar que en mi niñez, esa misma boca sujetaba los clavos que aún faltaba clavar. Desde joven cuando ayudaba a los viejos, hasta ahora en que era ayudado por los jóvenes. Pedí a mi padre de los cielos, misericordia para mi padre terrenal. Que pueda salvar de la mejor forma posible su séptimo día.
       La noticia se extendió rápidamente. Poco a poco se fueron enterando todos en Nazaret, y empezaron a llegar muy compungidos. El pueblo entero se agolpó a la puerta para acompañarnos en tal momento. Se fueron cuando ya oscurecía. Entonces, preparamos el cuerpo para su sepultura. Enterrar el cuerpo de la persona fallecida es como dejar atrás las ataduras más antiguas. Después, uno percibe más nítidamente la vida que aún tiene.

   

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