ARISTODEMO                    Un lugar literario
José de Belén         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   12.- Melchor

       Nos pusimos en marcha porque ya empezaba a esconderse el sol. Durante algunas horas de calor habíamos estado descansando. Nuestra estrella se perfilaba apenas en un cielo que contenía todos los colores en tonalidades cambiantes.
       -Dentro de poco veremos al Enviado -gritó eufórico Baltasar. Los demás estuvimos de acuerdo, y también nos pusimos contentos. Yo estaba absolutamente seguro que nuestro largo viaje sería premiado con el éxito.
       Baltasar es el más joven del trío. Es un hombre muy rico, príncipe de la estirpe de los partos, estudia a Zarathustra y también es muy entendido en el lenguaje de los astros. Prácticamente, él nos financió el viaje, ya que Gaspar y yo somos pobres. Y por si fuera poco, es el que aporta la fuerza física a nuestro grupo. Estamos muy compenetrados los tres, aunque partimos sin conocernos mucho.
       Miro a mi camello y me da risa. Parece que hablara cuando gruñe. Yo le contesto con otro gruñido, poniendo la boca igual que él. Baltasar se ríe, mientras Gaspar me mira moviendo la cabeza. Gaspar es el más viejo de nosotros, un gran astrólogo, increíblemente sabio.
       Yo me llamo Melchor. Mi edad de cuarenta años es intermedia entre las de ellos. A mí me consideran sabio en la corte. No saben lo que dicen. Sólo me dedico a restaurar el libro santo, destruido en las guerras. Es que me encanta leer. Hay ahí conocimiento de muchos siglos, de diferentes materias. Hasta matemáticas que no las entiendo en absoluto. Somos estudiosos de los astros, pero no de los números.
       Vivimos en lugares distintos, en la parte oriental del mundo poblado. A Gaspar lo conocí por tratarse de una persona de cierta fama. Desde hace muchos años que le envío cartas con los mercaderes, consultándole materias que son de su conocimiento. En cambio, de Baltasar sólo había escuchado hablar un poco. Supe de él a través de un conocido común, que cuando le mencioné mis inquietudes se acordó que un Baltasar le había hablado también de eso. Con este mismo conocido le envié un mensaje. Se me ocurrió que sería bueno reunirnos, y también con Gaspar.
       Siempre estoy en búsqueda, leyendo, escribiendo y tratando de contactarme con los que saben. Quiero llegar a entender todo lo que aún está por descubrirse. En el fondo, necesito encontrar ese punto lejano desde el cual vine un día, y al que he de llegar nuevamente.
       Buscando en mis muchos libros, leí que al final de los tiempos aparecerá un hombre muy especial, enviado por la divinidad para enseñarnos a vivir la vida, cosa que todos deberíamos haber aprendido ya, y no lo hemos hecho. Será el que es esencia de la verdad, un maestro salvador, que está por nacer en un país lejano de occidente. Allá es donde he querido ir, dejando a mi familia por un tiempo. Mis sirvientes son muy fieles, y además, les encanta viajar.
       Una nueva estrella es la señal que anuncia la venida del Enviado. Cuando consideré que podría estar llegando el momento, me puse en contacto con Gaspar y Baltasar. Todo esto, a lo largo de varios meses en que las caravanas iban y venían, y ahí poníamos nuestras misivas. Entre los tres decidimos buscar un recién nacido, en el lugar indicado por la estrella. El que será el rey de reyes. El que gobernará sobre todos los reyes. Durante algunos meses nos preparamos para el viaje.
       Existen muchísimos magos como nosotros, pero casi ninguno tiene inquietud por el salvador del mundo. Los tres que estamos acá somos los únicos que la tenemos, al parecer. Hay un porvenir escrito, el destino de la humanidad. Desde tiempos antiguos estaba pronosticado que vendría al mundo un salvador cuando se cumpliera una determinada situación entre las estrellas, la que además, se supone que ha de evolucionar indicando una dirección. Cuando empezó a ocurrir eso, logramos ponernos de acuerdo para emprender juntos una aventura que nos fascinó.
       Cada uno de nosotros quiso hacer este viaje. Quedamos de encontrarnos en el oasis Ahvaz. Fui el primero en llegar hasta allá, instalé mi tienda y me puse a esperar con paciencia. A los cuatro días llegó Baltasar, y dos días después, Gaspar. Ahí conversamos mucho, de astros y de revelaciones. Lo que tenemos en común es que algo entendemos del lenguaje de los astros. Así fue como iniciamos nuestra aventura. Fueron cuatro meses en camello. Atravesamos el desierto entre el Eufrates y Siria, llegamos a Haleb. Bebiendo agua de camello, como decimos nosotros, en la jerga del desierto. Recorrimos el trayecto hasta Damasco y hacia el sur, continuando por la orilla del Mar de Galilea y del río Jordán.
       Venimos siguiendo la indicación de las estrellas. Pasamos horas enteras mirando al cielo en la noche, a la vera del camino. Es algo que me maravilla, y lo digo con alegría. Comparo cada noche con la anterior, mientras Gaspar calcula por donde hemos de seguir. No dispone de todos sus instrumentos, sino sólo los pocos que pudo traer, pero igual obtiene resultados.
       Después que cruzamos el vado cerca de Jericó, las señales estelares nos indicaron en forma muy clara la dirección a seguir.
       -Viajaremos hacia Jerusalén -dijo Gaspar, indicando con su mano-, aunque no es exactamente el pueblo que tenemos que encontrar. Está cerca, y ahí pueden ayudarnos.
       Esto de ir en pos de una estrella luminosa que nunca alcanzaré me enseña a vivir la vida. Las estrellas luminosas no fueron puestas para que lleguemos a ellas sino que para tener un rumbo y echar a andar. Igual que todos esos sueños imposibles que también tengo y que jamás alcanzaré. Me muestran cómo caminar.
       Respeto mucho a Gaspar por su experiencia y sabiduría. El piensa ya en la muerte. Y nos habla de unas profecías que él conoce, en que aparece la muerte de aquel hombre en que se convertirá ese niño que andamos buscando.
       Al llegar a Jerusalén ya empezamos a ver gente que nos miraba raro, pues no sabían quienes éramos. Causamos gran conmoción en la ciudad. Visitamos una sinagoga porque queríamos conocerlas. Me extrañó mucho que no tuvieran imágenes, ni pintadas ni esculpidas. Faltaba arte religioso en Jerusalén.
       Preguntamos en el mercado por algún niño nacido, uno que estaba destinado a ser muy importante. A Baltasar se le ocurrió preguntar por el “rey que ha nacido”. No fue muy afortunada su frase, que no tardó en llegar a oídos del rey Herodes. Este se preocupó tanto, que nos mandó a llamar a la corte.
       El rey estaba muy enfermo, y ya había escuchado antes, que los judíos esperaban un Mesías. Me llamó la atención que Herodes tenía el pelo visiblemente teñido. Aunque él no quería que nadie se diera cuenta que estaba enfermo, para mí fue de una evidencia clarísima. Estaba rígido en el trono, transpirando, con los labios apretados y las mejillas temblorosas. Unos sirvientes le hacían aire con abanicos.
       Le expliqué a Herodes en forma muy simplificada lo de nuestras estrellas. Solamente le dije que se habían visto juntas la estrella de la realeza y la estrella de la fortuna. No le mencioné que carecen de luz propia, ni que reflejan la luz del sol, ni menos aún, osé decirle que eso mismo ocurre con nuestro mundo que habitamos. Si hubiera incurrido en tamaño desatino, no creo que habríamos salido vivos de ahí.
       -En estos días parecen una sola estrella brillante que se mueve con cierta orientación, de manera de indicar el lugar en que ha de nacer el gran niño -le dije, simplemente. El se reía mucho con mis explicaciones. También yo reía, para hacer amistad, y para no tener que entrar en profundidades.
       Tampoco le dijimos que, según las antiguas escrituras, todo esto significaba la aparición de un rey poderoso en Judea. Nos limitamos a hablar de un hombre de mucho carisma, y que tendría seguidores. De todas formas, Herodes no entendió mucho.
       -Vosotros os equivocáis de país -dijo Herodes-. Consultaré con nuestros sabios.
       -Los tres coincidimos en nuestros vaticinios, en gran medida -afirmé-, aunque con algunos matices distintos y nos pusimos en contacto para viajar a esta zona a conocer al niño que había de nacer, según dichas predicciones.
       El rey nos dijo que nos quedáramos en la ciudad, y él averiguaría acerca del niño que buscábamos. Más aún, nos alojó en el palacio y prometió comunicarse con nosotros dentro de un día o dos. Lo noté atemorizado y no supe de qué.
       Llegaron los sabios ante Herodes. Varios doctores de la ley, y algunos de los llamados fariseos, avergonzados de estar ante tanta magnificencia. También venía el anciano Hillel, hombre muy respetado en el reino. Herodes consultó a los maestros de la ley, qué sabían de todo eso.
       -Las creencias de los discípulos de Zarathustra son un eco de nuestra esperanza de un Mesías. Y acá hay algunos que sienten que el tiempo está cerca -el maestro Hillel dijo a Herodes.
       Las profecías de este pueblo hablan de lugares. Hillel citó una de un profeta llamado Miqueas : “y tú Belén, no serás la última entre las ciudades de Israel porque de ti saldrá el Señor, cuyo origen está en el principio, y que se pondrá de pie para guiar a su rebaño”. Cuando me la leyeron me admiré de la manera cómo nuestras culturas se complementan.
       Herodes nos dijo que fuéramos a Belén y volviéramos a contarle. Insistió en que él también acudiría entonces.
       Después, cuando conversamos entre nosotros, Gaspar me manifestó su recelo respecto a la actitud de Herodes. Baltasar y yo también sospechamos algo turbio.
       -¿Por qué ese miedo de Herodes? -pregunté.
       -Quizás siente que le tiembla el piso -observó Baltasar.
       -Un niño rey, aun no se sabe bien qué es eso. . . , pero Herodes siente inseguridad.
       -Un bebé desconocido le hace sombra -dije riendo.
       En Belén nos dispusimos a investigar para dar con la ubicación del niño. No nos fue tan fácil, pero con un poquito de inteligencia, y con la buena voluntad de la gente, poco a poco fuimos ubicándonos hasta que dimos con la familia del niño. La estrella nos guió hasta una puerta.
       Vimos un niño de un poco menos de un año, con un vivo resplandor en torno suyo. Al verlo, nos miramos los tres, y nos postramos en el suelo a adorarlo. Jesús es su nombre. Le besamos sus piececitos, y a Jesús le daba cosquilla.
       El padre del niño salió a recibirnos. Es un carpintero llamado José. Uno a uno nos presentamos y Gaspar le explicó el motivo de nuestra visita. José nos acogió con júbilo y nos presentó a su joven mujer, María.
       Baltasar, que tiene muy buena situación, trajo unas monedas de oro, y se las entregó a José. Gaspar, el anciano que piensa en la muerte, le entregó un frasco de mirra a María. Los antiguos persas ofrecían esto mismo a su dios. Yo traje incienso en un pequeño saco y se lo di al niño, que apenas lo pudo levantar y trató de descubrir a qué podía jugar con ese asunto. Se reía, y nosotros también.
       Baltasar dijo a María, la madre, “Has dado a luz a un niño que ama a Dios”. Gaspar agregó “Un niño que es amado por Dios”. Entonces, me surgió, no sé de dónde, decirle “Tu hijo y Dios son una misma cosa”. Me escuché decir eso.
       José, el padre del niño, nos preguntó por nuestro origen y quiso saber cómo nos enteramos de este lugar.
       -Venimos de diferentes regiones de Persia -expliqué-, aunque sólo Baltasar tiene ascendencia persa.
       Le conté que Gaspar es descendiente de árabes, y que mis abuelos provenían de India, y por eso el color oscuro de mi piel. Volví a mencionar lo de la estrella misteriosa y los cálculos de Gaspar para dar con la dirección que seguimos.
       La casa en que vivía José con otras familias era humilde y pobre, lo cual nos venía bien, después de todo, era lo que requeríamos sin saberlo. Conversamos muchas más cosas, hablando principalmente en griego y en árabe, y una mezcla de idiomas, tratando de darnos a entender. Nos contaron muchas cosas entretenidas y tomamos buen vino. Cuando hablamos de los pormenores del largo viaje que acabábamos de realizar, a José le llamó la atención cuando mencioné los ojos de aguja que están al lado de las puertas, en pleno desierto, para entrar a algunas ciudades.
       -Las personas podemos pasar fácilmente por esas pequeñas aberturas, que se llaman ojo de aguja -expliqué-, pero para los camellos resulta imposible.
       José me ayudó a interpretar mi sueño de anoche. En ese sueño me veía en una ciudad extraña y entré en una casa en que no vivía nadie. La recorrí y salí, pensando volver. José me preguntó qué sentía, y cuando le respondí algo parecido a lo que las personas sienten, me ayudó a ver que un sueño es un viaje a mi interior, a conocerme, a entenderme cada vez un poco más. También hablamos de Jesús.
       -Es tu hijo, pero también es tu Señor, tu Dios -le dije a José, atendiendo a ese conocimiento nuevo que me había surgido de manera misteriosa, y creo que esa frase le quedó sonando y lo impresionó.
       Pienso que el rey no entiende de qué se trata esto. él es, simplemente, un hombre adicto al poder y que no querrá que nadie intente siquiera restarle una gota de potestad.
       -Tienes que andarte con cuidado -advertí a José-, pues nadie sabe qué pretenderá hacer Herodes en contra de Jesús cuando el niño vaya creciendo.
       Durante el camino de vuelta voy pensando muchas veces en lo que me habló José, respecto a mi sueño, y en lo que yo mismo me escuché decirle a él, “es tu hijo y es tu Dios”. Me emociona el cambio que se produjo en mi manera de mirar los acontecimientos, y que fue ciertamente milagroso. Este enorme viaje a adorar a un niño, y más aún, su presencia que me interpela con ternura, fue algo vital para mí. Rescaté a mi propio niño, por tantos años encerrado en mí, como en una cárcel. Tuve una transformación que me ha hecho querer a ese niño que llevo dentro.

 

   13.- José en Egipto

       Sólo los camellos de la caravana estaban tan frescos como al principio. Por lo menos, ya podíamos considerarnos a salvo. Habíamos llegado a un importante pueblo de Egipto. Como era muy de noche tuvimos que cobijarnos donde pudimos. Un sacerdote gentil nos acogió en su casa que se encuentra al lado de un templo atestado de ídolos. Fue lo único que pudimos lograr, y allí nos recibieron con los brazos abiertos, debo reconocer eso. Yo me sentía muy raro en un lugar así, y María también. La mujer del sacerdote nos habilitó el que sería nuestro cuarto. Lo primero que pensé fue que a primera hora del día siguiente nos iríamos muy rápido de ese lugar. Era tal nuestro cansancio que nos dormimos tan pronto como terminamos de comer lo que nos sirvieron.
       Al alba siguiente desperté temprano y me quedé un rato pensando en esa necesidad que tuvimos de dejar nuestra patria, sin saber por cuánto tiempo sería. Hasta hace muy poco estábamos en Belén, en casa de unos parientes, pasando unos días antes de irnos a Nazaret. Jesús ya tiene varios meses de edad. En realidad, está próximo a cumplir un año y emite algunos sonidos de conversación, como queriendo hablar. Recordé la llegada de los magos, con sus turbantes, la que ocurrió un día cualquiera. Usaban vestimentas finísimas, collares de oro, y costosos anillos en los dedos. Además, traían regalos para Jesús. En aquel instante María estaba preparando el almuerzo, así que agregó ingredientes para invitar a nuestros inesperados y amistosos visitantes.
       Los magos observaban todo y conversaban entre ellos, entusiasmados, intercambiando opiniones. Menos mal que sé algo de griego, y pudimos comunicarnos, aunque no sin dificultad. Me llamó la atención que eran personas llanas a aceptar lo que no ven los ojos. Yo les hacía muchas preguntas, de dónde venían, cómo es allá, cómo supieron que nacería un niño. Pude darme cuenta de la amistad que han hecho los tres en este viaje. También conversamos acerca de las siniestras intenciones que atribuíamos a Herodes.
       -Siendo como es un tirano sanguinario, además de atemorizado, no podemos esperar nada bueno de él -les advertí.
       Temimos que en algún momento futuro pudiere atentar contra el niño. Ese niño, que era un enviado. Empezamos a pensar en movilizarnos para la seguridad de Jesús, pues los magos nos sugirieron alejarnos de Jerusalén. Y se fueron de vuelta al Oriente dando un rodeo para no pasar por esa ciudad. Recuerdo que les regalé unas figuritas de madera, de ésas que hago.
       En esos pensamientos estaba cuando tuve que volver a la realidad, pues ya era hora de levantarme a tomar desayuno con nuestro hospedador, quien después nos llevó a conocer el templo. Por su tamaño y sus dependencias, era un verdadero palacio, casi una pequeña ciudad entera. Encontré asombroso que personas tan buenas estuvieran en una devoción así, que yo consideraba tan negativa. Cómo podían tener esas imágenes de divinidades, era algo que no me podía explicar. Creo que la fuerza del Altísimo es inmensa, ya que puede volver buenas a las personas aunque estén equivocadas en su percepción de él. Sentí amor por esta gente. Sí. ¿Por qué no puedo sentirlo, aunque adoren ídolos? Nos invitaron con tanto cariño que decidí quedarnos ahí un par de días, ya que nos recibieron con generosidad. Durante esos días, que después se alargaron a dos semanas, me dediqué a observar el culto que efectuaban estas personas, que me parecía blasfemo.
       También tuve mucho tiempo para jugar con Jesús. Y para reflexionar acerca de la manera cómo llegamos a este insólito lugar. Con María, habíamos decidido adelantar el viaje a Nazaret y eliminar de nuestros planes la pasada por Ein Karem, que previamente dispusimos para despedirnos de Isabel y Zacarías, además del pequeño Juan. Al escuchar a los magos y sus aprensiones, desistimos de hacer esa visita, y más aún, tuve un sueño aquella noche, que me volvió a cambiar los planes. Soñé con un camello que me miraba como invitándome a seguirlo. Después venía a mí. Casi sonreía el pobre animal. De pronto se hincó para tomar pasajero. Y me miraba. Y yo no le hice caso. Hasta que se paró, dio un par de vueltas a mi alrededor y partió lentamente. Cada cierto trecho giraba su cabeza hacia mí. En cierto instante, el camello se cambió por un faraón, que me hacía señas con la mano para que lo siguiera. Intenté seguirlo. No me decidía, y en eso, desapareció. Yo estaba solo en el desierto. Caminé en la dirección que me habían indicado, apenas un par de pasos, y me encontré con un niño que lloraba en el suelo. Eso es todo lo que recuerdo del sueño.
       Ya de antes, había estado reconsiderando incluso la decisión de ir a Galilea. Por lo demás, no se me ocurría dónde, pero en ese momento lo supe con certeza. Egipto estaba apareciendo como el destino. Y era perfectamente viable. Sí, sin duda, valía la pena intentarlo. Le di vuelta a la idea un par de horas, y empecé a preparar el viaje. Le dije a María que iríamos a Egipto, y a Josetos le pedí que él volviera a Nazaret y que no le contara nada a nadie, excepto a mi suegra. Me habría gustado venir con Josetos a Egipto porque con él me habría sido más fácil esconder a Jesús si nos detenía alguna patrulla. En cambio, podía despertar sospechas.
       No me fue difícil partir rápido, siendo tan pobres, no había mucho que llevar, ni que dejar arreglado antes de irnos. Salimos un día de madrugada, con María y el niño. Logré reunir dos burros, para llevar sólo lo indispensable. Ibamos con cautela porque era una aventura descabellada, y a la vez, una necesidad imperiosa. Necesitamos mirar mucho a Jesús para tener fuerzas y seguir adelante.
       Habría tomado el camino de Emaús, pero era demasiado transitado. Preferí ir por el sur hacia Hebrón, donde está la sepultura de Abraham, y de ahí hacia Ascalón, en la costa. Durante el trayecto nos encontraron otros viajeros, y seguimos juntos un buen trecho. Así nos sentíamos más seguros en los campamentos que hacíamos para dormir.
       Después de la primera semana de viaje María estaba muy cansada. A mí me dio solamente sed. En cierto momento detuve la marcha, bajé a María del burro y la ayudé a acomodarse bajo una palmera, tan alta que la sombra quedaba a varios metros de distancia, a esa hora. Desde la sombra mirábamos lo alto de la palmera y nos ilusionábamos con sus frutos. Suerte tuvimos. Una pequeña brisa fue suficiente para remover la copa de la palmera y dejar caer un coco. Pudimos comer y beber de ese fruto que llegó en forma tan oportuna. Con María le cantábamos a nuestro hijo, recordando el viaje a Belén, antes de que naciera.
       Ahora, en Egipto, Jesús jugaba con un niño de pocos años, hijo de uno de los sacerdotes. Según decían, este niño estaba poseído por espíritus malignos, pues se desnudaba y salía a tirarle piedras a la gente. No hallaban qué hacer con él.
       Una vez que María lo vio así, quiso cubrirlo y le puso lo primero que pilló, un pañal de Jesús. El niño no puso muy buena cara. Lloró y pataleó un rato hasta que se durmió. Entonces, María se lo llevó a su madre, y después de eso, nunca más dio problemas. Los sacerdotes se dieron cuenta que Jesús tenía algo especial, y nos tomaron afecto.
       Poco a poco, una amistad se establecía entre nosotros y esta familia que nos acogió. No entiendo por qué el Altísimo nos ha traído hasta acá, una casa adoradora de ídolos en Matarieh, ciudad egipcia cerca de Heliópolis. Y eso, después de una larga travesía que continuó a orillas de uno de los brazos de salida del Nilo, por varias jornadas, viniendo aguas arriba. En cierto sector del camino vimos a lo lejos las pirámides, eso fue una vista digna de admiración.
       Durante nuestra estadía en casa del sacerdote ocurrió algo notable. Hubo un fuerte temblor, con un ruido estruendoso y un movimiento atroz. El sismo causó destrucción en el pueblo, principalmente en las casas más pobres. Algunas personas resultaron heridas, y todas quedaron con tanto miedo, que en la noche no querían dormir. Dentro de la casa en que estamos no fue tanto, pero se fueron al suelo varias de las estatuas del templo, las que quedaron destruidas. Tuve la tentación de pensar que, después de todo, había una ira divina, que había desatado las fuerzas de la naturaleza para destruir los ídolos. Después de un rato recapacité, pues esa gente era buena.
       Dentro de un determinado ídolo vivía, supuestamente, cierto espíritu, y los egipcios le presentaban ofrendas. Un sacerdote habitaba cerca del ídolo, y el espíritu rebelde le hablaba desde dentro de la estatua, cada vez que los egipcios querían interrogar a sus dioses. En el terremoto, este personaje de piedra quedó dañado con una fisura, de arriba a abajo, y ahora emitía un gemido en la mañana cuando empezaba a calentar el sol. Los sacerdotes lo interpretaron como una expresión de dolor divino.
       Me dio pena el sufrimiento de estos sacerdotes y sus familias, que nos habían tratado tan bien. Hasta ayudé a levantar nuevamente lo que se pudo. No podía negarme a reparar algunos ídolos. Que mi Dios me perdone. Y con mis herramientas me esforcé por arreglar todo lo que estaba roto, como por ejemplo, un pedestal de madera que se había quebrado.
       Finalmente, fue bueno actuar así porque ellos saben de mi reticencia, por no decir intolerancia, y al ver que yo la he vencido, se están interesando en conocer a mi Dios.

 

   14.- María ante la protesta de una mujer

       Pasamos por un lugar que estaba plagado de ladrones. Seguimos camino, con mucho miedo, hasta llegar a otra ciudad más tranquila y ahí nos quedamos, cerca del Nilo, en un pueblo en que viven muchos judíos, la mayoría de ellos trabajando como jardineros. Hay una sinagoga y un rabino. Por lo menos, ya es algo. Al poco tiempo, nos hicimos muy amigos del rabino, y él me pedía que le ayudara a copiar las escrituras. Fue entretenida la estadía en Egipto. Al principio del viaje yo iba con mucho espíritu de sacrificio, obediente a José, que es el depositario de la sabiduría de Dios.
       Por esos días se produjo una situación insólita que dio mucho que hablar. Una mujer joven se rebeló contra las rígidas normas que sometían a las mujeres. A pesar de pertenecer a una familia muy honorable, ella salía de su casa cuando le venía en gana. Más aun, se descubría el rostro, cosa que acá no es bien vista, y si le daba calor se sacaba parte de su ropa, pues se sentía con derecho a estar cómoda. Principalmente, quería romper los esquemas que la aprisionaban, pues para ella eran injustos. Cuando supe de la protesta de esta mujer, sonreí admirando su valentía, pero después encontré que ella se estaba destruyendo porque no podía tener tanta fuerza como para derrotar los prejuicios reinantes.
       Cierta vez, esa mujer había ido al río a lavar ropa, y creyendo que no había nadie por los alrededores, se desvistió y empezó a bañarse desnuda. Apenas había alcanzado a disfrutar el agua cuando fue descubierta, y se armó un escándalo de proporciones. Desde entonces, su padre decidió mantenerla en casa, amarrada, por la propia seguridad de ella, según decía, pero la mujer se las arreglaba para soltarse y arrancar de su casa.
       Yo traté de comprenderla, pues a mí tampoco me ha gustado esto de que las mujeres estemos tan sometidas. Decidida a ayudarla, la busqué y le hablé. Al principio, ella no entendía mucho, porque yo fui la única persona que la acogió. Le dejé claro que sus motivos de descontento eran legítimos, pero golpearse la cabeza contra una pared no conduce a nada bueno. Le conversé de la maternidad. A José le daba miedo escucharnos. Yo, diciéndole “Tienes razón en encontrar injusto el sistema”. Y agregaba inmediatamente una cita del Eclesiastés. “Hay un tiempo para cada cosa y un momento para hacerla. Un tiempo para lanzar piedras y otro para recogerlas”.
       A esta mujer le gustó el Eclesiastés. No lo había escuchado nunca, es que no forma parte de su cultura. Nos hicimos muy amigas. Ella necesitaba alguien en quien confiar. Yo quedé contenta porque finalmente, la mujer se adaptó a la sociedad, por amor a los hijos que, en algún momento, llegaría a tener. Los padres de la joven me estaban muy agradecidos y nos dieron su hospitalidad. Fue entonces que se me reafirmó que el Altísimo es tan inmenso que no lo podemos abarcar.

 

   15.- José viajando de vuelta

       Ya estamos nuevamente acercándonos a las tierras nuestras. Tres años permanecimos en el exilio en Egipto, con algunos problemas de idioma al comienzo, sin apoyo de familiares, y con dificultad para encontrar trabajo. Eso último tuvo también la gran ventaja de permitirme jugar con Jesús.
       Estuvimos una parte del tiempo en Matarieh, donde nos prestaron por muy bajo precio una habitación en la casa de una viuda. Era una construcción muy simple, donde pasamos más de dos años, después de los cuales decidimos volver a nuestro país, pues nos enteramos de que ya había muerto Herodes.
       A poco de salir, y pernoctando en Zoán me di cuenta de que era conveniente quedarnos ahí unos días. Me gustó mucho estar en esa tierra en que también estuvo Abraham aprendiendo de los sabios, así que opté por quedarme varias semanas, que se fueron transformando en meses. Aún queda un templo de sabiduría antigua. Traté de aprender cuanto pude aunque no sé hasta qué punto puedan ser verdades absolutas. Me despiertan la curiosidad cosas como éstas : “Los hombres no comprenden la pureza de la vida ni cuando la luz brilla en la oscuridad”. Elías y Salomé se llamaban los que nos acogieron en Zoán. Una vez más apareció en mi vida el nombre de Salomé. Eran maestros de lo trascendente, según alguna extraña tradición. María estaba fascinada porque en la cultura egipcia la mujer no está tan relegada a funciones menores como ocurre en nuestra formación.
       Finalmente, emprendimos nuestro regreso a Galilea. Jesús ya tiene casi cuatro años. En uno de los campamentos durante el viaje terrestre me enteré de una desaparición de niños que hubo en Belén poco después que nosotros salimos. Y no sólo en Belén, sino también en sus alrededores, incluyendo Ein Karem y algunos barrios pobres del sur de Jerusalén. Lo que pasó fue que Herodes ordenó que le llevaran a palacio a los niños varones con menos de dos años de edad, para darles una formación especial ya que uno de ellos estaría destinado a rey. Bueno, eso fue lo que inventaron para justificar su acción. Mucha gente les creyó, y no tuvo problemas en llevar sus bebés de uno y dos años. Incluso algunos aunque tenían tres años.
       A los más incrédulos les dijeron que había una sorpresa al final de un período de cuidado especial que supuestamente iba a ser sólo de un mes, en una primera fase. A aquellos que se resistían a llevar los niños, los fueron a visitar. Al final, las autoridades andaban casa por casa buscando niños. Y así fue como en pocos días separaron de sus padres a unos veinte niños en Belén, y otros más en los alrededores, todos los cuales nunca más aparecieron.
       Incluso, me contaron que cuando los padres de estos niños se acercaron a preguntar por ellos, nadie supo decirles nada. Hasta negaron que los hubieran llevado a palacio.
       Más tarde estuve a solas con María en la tienda, y le hablé de esto. Lloramos por esos niños. El asesinato era cosa corriente en el gobierno de Herodes, y mucho me temo que siga siéndolo con sus sucesores.
       Traté de no pasar por Jerusalén, porque reina Arquelao, el sucesor de Herodes para Judea. Así, pues, nos salimos de la caravana y dimos un rodeo. Fue una precaución excesiva, según comprobé después. Yo no entendía bien esto de que ahora el reino está dividido en tres, o en cuatro, no sé en cuantas partes.
       Pasamos muy cerca del Mar Muerto y llegamos a los montes de Engedi. Esa noche alojamos en casa de Josué, un antiguo conocido que generosamente nos acogió.
       Después de la cena estuve largas horas conversando con Josué, cuando las mujeres se retiraron, y los niños dormían. Me contó varias cosas de las que yo sólo había escuchado rumores tardíos.
       -Entiendo que fue espantoso quedarse acá -dije-, pero te aseguro Josué, que también fue tremendo irse al exilio. He sentido la lejanía, la añoranza de mi pueblo, ese diario vivir que integré en mí, cuando niño.
       -Recibí a Isabel y a su pequeño Juan -mencionó Josué y me siguió contando que esta pobre mujer había sufrido muchísimo cuando arrancó hacia los cerros. Vivió varios días en cuevas, pasando hambre y frío. Herodes y su gente pensaban que el hijo de Zacarías, por ser de la clase sacerdotal, podía ser el elegido. Juan sobrevivió, por suerte, jamás pudieron encontrarlo.
       -Si hasta el día de hoy, Isabel lleva muchas veces a Juan donde los esenios, en los montes -agregó Josué-. Prácticamente se ha estado criando con ellos.
       -De repente, por ahí me dicen “esenio” -observé riendo.
       -Bueno, eres bastante solidario, y también te lo pasas rezando.
       -Pero no soy ermitaño.
       -Eres pacifista y comunitario. Mira, si a mí también me han dicho “esenio” más de una vez.
       -¿Los esenios provienen de los fariseos? -pregunté, porque realmente no lo sabía.
       -No puede ser, si son tan distintos. Yo creo que provienen de una raíz común, antigua, claro.
       -He visto que los fariseos se dedican más a estudiar que a orar.
       -Son ceremoniosos, y muy quedados en las formas y en las obligaciones.
       -Los zelotes, sí que salieron de los fariseos.
       -Y son más distintos, todavía -afirmó Josué.
       -Son todo lo contrario.
       -Han elegido la vía violenta.
       -Al final, los únicos que apoyan a los romanos son los saduceos.
       -Y, porque les conviene, pues mantienen su riqueza y su poder.
       -¿Qué ocurrió con Zacarías, el esposo de Isabel ? Años atrás estaba al servicio de Dios - pregunté en forma muy directa a Josué.
       -Un día, estando los sacerdotes reunidos a la hora de la plegaria -me respondió-, esperaban a Zacarías. No llegó. Los sacerdotes se preguntaban qué habría pasado. Y, extrañados de su tardanza, pensaron que rezaba su oración privada, o bien había tenido alguna visión en el templo.
       Josué me contó que cuando se decidieron a buscarlo no lo encontraron. De hecho, el cuerpo todavía no ha aparecido. Sólo vieron un reguero de sangre coagulada, junto al altar. Lo mataron los soldados que buscaban al pequeño Juan. Fue víctima de la fuerza abusiva de los poderosos. Lo asesinaron en el templo, cuando oficiaba en el tabernáculo de la alianza. Ya varias veces lo habían amedrentado para que diera el paradero de Juan. Realmente no lo sabía, y aunque lo hubiera sabido, jamás lo iba a decir. Lo insultaron y le pegaron para que averiguara. Hasta que perdieron la esperanza y lo mataron. El azar quiso que justamente en la fecha en que buscaban a Zacarías, le tocaba el turno en el templo a su orden sacerdotal, la octava, la de Abías. En esas semanas tenía que ofrecer el incienso dos veces al día. Me impactó mucho enterarme de lo que hicieron con el padre de Juan, quitándole toda posibilidad de verlo crecer y enseñarle, y todo eso.
       -Zacarías había sido bastante crítico de los romanos -reflexioné en voz alta. -Un opositor pacífico.
       -Simplemente, no le gustaba el abuso ni la opresión injusta -agregué.
       -Necesitamos un libertador como Judas Macabeo.
       -Creo que necesitamos algo más espiritual -aventuré, y Josué se quedó pensando.
       -El no era tan pobre como nosotros, ni tan rico como Joaquín -dije, después de un largo silencio, pensando siempre en Zacarías.
       -Lo admiro. Fue heroico como murió por la causa de los niños. Tenía esa valentía inocente, casi infantil.
       -Supe que una vez le entró algo como una tierra que lo atoró y le rompió la garganta -le conté a Josué-. Le dolía tanto hablar, que no pronunció palabra hasta que empezó a sanar, al nacer Juan.
       -Cómo lo habrá sentido, si Zacarías era un viejo dicharachero. De expresión fuerte. -Y de muy buenos sentimientos.
       -Lo que tuvo fue una grave molestia en la garganta por acción de unos productos que se usan en la celebración litúrgica -precisó-. De hecho, estuvo sin poder hablar por algún tiempo. Piensa que en el templo son bastante dados a urgir a los sacerdotes que no tienen descendencia.
       -A Zacarías le pasó lo que a Joaquín, que no era sacerdote -expliqué-. Hay un notable paralelo entre las vidas de ambos. Una concepción milagrosa siendo el tiempo de la desesperanza.
       -Zacarías estuvo por renunciar a su labor de formador de sacerdotes. Era un verdadero profesor.
       -También oficiaba en el templo, pero eso era menos frecuente.
       Quedé triste. Nuestros niños están a salvo, es cierto, y eso es una gran cosa. Me pregunto cómo puede haber descendientes del pecado, que puedan cometer estas atrocidades. Lo del censo aquél fue algo afortunado para Jesús, ya que al haber tal cantidad de gente flotante en ese momento en Jerusalén, que después partió a distintos lugares, no era fácil seguir la pista de los niños nacidos.
       A la mañana siguiente continuamos nuestro viaje. Nos fuimos hacia el Jordán y a los pocos días, ya estamos muy cerca de Nazaret. A estas alturas, ya sé que debo ser fuerte y mirar las profecías respecto a la muerte de Jesús. Me resisto mucho a ello.
       Tengo gran esperanza de que todo podrá partir de nuevo.

 

   16.- José en Nazaret

       Qué bella es la Galilea. Estoy feliz de estar de nuevo en mi tierra. Y de estar de nuevo con Jacob y sus hermanos y con mis niñitas. Entre Ana y Miriam los han cuidado muy bien, pero yo los he echado de menos. Durante el largo camino que hicimos hasta acá, le enseñé a Jesús a montar el burro y dirigirlo. Para aprender a hacerlo se requiere paciencia, y él la tiene.
       Nuestra llegada a Nazaret causó sensación en el pueblo. Fue un hecho notable, pues a pesar del tiempo transcurrido, éramos más que recordados. Los vecinos nos agasajaron. Muchos niños llegaron de todos lados, contentos, querían jugar con Jesús, que ya hablaba y corría por todos lados. Lo llevaron a conocer la fuente.
       La señora Ana estaba intranquila porque durante tanto tiempo no tuvo noticias de nosotros. Siempre mantuvo la fe, sabiendo que llegaríamos. María le trajo de regalo un pequeño espejo de metal pulido, con un mango muy lindo.
       Acá en Nazaret, pueblo de artesanos, y pequeños propietarios agrícolas, viven muchos gentiles, y nos llevamos bien con ellos. Con mayor razón ahora, después de haber estado en Egipto. Menos mal que María y yo entendemos bastante el idioma griego.
       Llegamos a una nueva casa, no a la que yo tenía antes, que ya estaba en muy mal estado. Ahora quedamos al lado de Alfeo, que yo le digo Cleofás, y su familia. Y también al lado de mi suegra.
       -Cleofás, tú estás igual.
       -Si no ha pasado tanto tiempo -me respondió.
       -Para mí ha sido eterno -exclamé.
       -Jacob, ¿cómo te has portado con tu tía Miriam? -pregunté después de unos instantes a mi pequeño, refiriéndome a la mujer de Cleofás.
       Por toda respuesta, Jacob corrió hacia Miriam y se pescó de su ropa. Veo que ella es como una mamá para él. Ha tenido tantas madres este niño en su corta vida.
       -Hola, Judas -saludé a mi sobrino, y también a Josetos y a Simón. Besé con ternura a mis dos hijitas.
       -Eres una bendición del Altísimo -dijo cariñosamente María a su prima Miriam.
       -No sabíamos nada de vosotros -respondió- pero, confiábamos en que algún día llegaríais. ¡Qué lindo está este niñito! -agregó, dirigiéndose a Jesús.
       - Somos tres bocas más para alimentar - observé -, pero también dos brazos fuertes para trabajar.
       -Estaremos bien -me tranquilizó Cleofás.
       Ya empecé a hacer unos arreglos en nuestra casa de piedra, que es muy reducida.
       En el exterior la vivienda tiene un muro y un portón. Delante de la casa misma está el patio, pequeño pero suficiente para el horno que construyó Cleofás, y algunos otros enseres. María plantó flores, y hasta tenemos unos pocos árboles, pero el patio se hace más chico aún por estar compartido con los vecinos de ambos lados. En la casa más pequeña vive mi suegra Ana. En la más grande, Cleofás con su esposa e hijos. Nosotros vivimos en la casa mediana. Tenemos apenas dos piezas grandes, además de un pequeño repostero.
       Las piezas grandes, durante el día se usan como comedor y sala de estar. A veces ponemos ahí la tejedora. En la noche disponemos las camas. Quiero hacer unos taburetes, que serán muy prácticos.
       El patio tiene varios sectores, para cocinar, para lavar, para hilar. En la parte de más atrás, cerca del establo para el burro, y del gallinero, hay una moledora de trigo para hacer el pan. A Jesús le gusta aprender, así que María le está enseñando a echar el grano. Todos los niños tienen que hacer algo. Simón, a sus once años, es el que lleva las cabras a pastar.
       Hemos llegado pocos días antes de Janucá, la fiesta de las luces. Ahora, ya es el primero de los ocho días que dura. Mientras voy al horno a encender la lámpara de aceite, Jesús me sigue y me hace preguntas. Le explico que se celebra la victoria de nuestro pueblo sobre Antíoco de Siria, quien había prohibido nuestro culto en el Templo, y lo profanó haciendo entrar un cerdo.
       -¿Y qué tienen que ver las lámparas? -su pregunta es razonable. Pienso la respuesta mientras nos acercamos a la puerta para poner la luz cerca de ella.
       -Se cuenta que prendieron la lámpara santa cuando el sacerdote logró entrar al templo, y aunque no había aceite suficiente, la lámpara duró ocho días.
       -Por eso son ocho las candelas, entonces -dijo Jesús después de contarlas ayudándose con su dedo índice.
       -Exactamente.
       -¿Y no vas a prender las otras?
       -Cada noche, una nueva. Mañana serán dos. Pasado mañana, tres, y así.
       Pronuncio el comienzo de la oración “Bendito seas, Señor, que nos has dado la vida”, y el resto de ella, en conversación con Jesús :
       -La luz de estas candelas tiene poder para encender nuestros corazones.
       No les pude comprar ningún regalo a los niños, ya que la situación económica está muy mala. En cambio, estoy fabricando unas cajas de madera en mi taller. Varias de distintos portes, para Jesús y también para Jacob, que aún está en edad de regalo, y ya que es Janucá y además el cumpleaños de Jesús, es una buena ocasión. Las continuaré hoy o mañana, y se las daré en cuanto las termine. Ayer no pude porque era sábado. Antenoche sonaban las trompetas anunciándolo. Entonces, oramos especialmente por nuestros hijos, encomendándoselos al Altísimo, para que los proteja y lo ilumine.
       Ya fuimos a la sinagoga, por primera vez desde que llegamos a Nazaret. Yo llevé a los niños más chicos, Jesús y Jacob. Cleofás llevó a su hijo Judas. Los más grandes fueron solos, mientras que María, Miriam y Ana llevaron a las niñas. La liturgia comenzó con una oración, y después siete hombres leyeron pasajes de la Torá. Al terminar la lectura escuchamos el sermón, y volvimos a casa.
       Ahora estamos todos juntos, los de las tres casas que forman nuestro pequeño clan, reunidos en la nuestra que es la del medio. María conversa con Miriam y con mi suegra. Cleofás y yo nos entretenemos observando a los niños.
       -Cleofás -le digo a Alfeo, imitando a sus amigos griegos-, tus hijos son maravillosos.
       Todos los niños juegan entusiasmados, intercambiando unos dulces que María les preparó con miel y pulpa de fruta, mezclados en cierta proporción, que aprendimos en Egipto. Simón, que es el niño más grande, dirige a los pequeños Jesús, Jacob y Judas, que son los tres casi de la misma edad, y a las niñitas. Josetos no juega a esas cosas porque ya es un hombre. Tanto, que ya quiere casarse, e instalar su propia carpintería en Séforis, pues allí hay mucha oferta de trabajo.
       Es asombroso cómo los tres más pequeños se llevan tan bien. Todavía no han tenido ni una sola pelea. Me pregunto si irán a seguir siendo siempre tan unidos.

 

   17.- José con sus amigos

       Cada día que pasa estoy teniendo más trabajo. Es como si la gente hubiera estado esperando que yo llegara a Nazaret para traerme sus pedidos de yugos, arados, arcas para guardar la ropa, artesas, mesas y banquetas. A veces tengo que ir a trabajar en alguna construcción. Todavía me quedan ratos libres, que me permiten hacer objetos de artesanía. A María y a los niños les gustan.
       A María también le han llegado solicitudes, para fabricar túnicas y cinturones, que vende a través de una amiga. Se las arregla para ayudarme a obtener algún dinero, a pesar de todo lo que tiene que hacer en la casa. En la mañana, ordeña las cabras, retira los huevos del gallinero, va a buscar agua a la fuente y prepara el desayuno. Después muele el trigo para el pan, amasa, y saca higos, limpia la casa, lava y cocina. En la tarde va a buscar leña para el horno y pone aceite en la lámpara. Mi mujer trabaja cantando a viva voz. Es increíble. Está casi siempre contenta. Cuando llego a casa, María me está esperando con la palangana de agua, la barrilla y plantas aromáticas, y me lava los pies, siempre llenos de la tierra que les traen las sandalias.
       Incluso, María se da tiempo para conversar con las amigas, lo cual le hace muy bien. Y lloran cuando están tristes. Después tengo que consolarla, hasta que la hago reír nuevamente.
       Yo le ayudo en algunas tareas, a pesar de que es muy mal visto que un hombre esté metido en tales deberes. No se me ocurriría ir a buscar agua a la fuente, siendo ésta el lugar preferido de las mujeres para ponerse al día de todas las cosas que estén pasando.
       -María, estás cada día más linda -me salió desde muy adentro decirle eso, ayer, en nuestra hora de descanso, al atardecer-. Te quiero tanto. Eres lo mejor que ha pasado en mi vida.
       -¿Acaso no es Jesús, lo mejor que ha pasado en nuestras vidas? -me hizo volver a mi lugar.
       -Bueno, sí, tienes razón . . . pero, tú también.
       María rió como si cantara, y nos quedamos observando el sol que se estaba poniendo detrás de unas nubes, mientras el tiempo transcurría lentamente. Estoy contento de vivir así el amor con María, con gran afecto. Es un amor puro, más gratificante que el sexo.
       Después nos pusimos a hablar de Jesús.
       -Menos mal que ya se mejoró de su garganta -observé.
       -Qué bien se lleva con Jacob y con Judas.
       -Y con Simón, el hijo de Salem -afirmé.
       Desde que volví a Nazaret me he hecho muy amigo de Salem, el tintorero. Y a su vez, Jesús se hizo amigo del hijo de éste, que es casi de la misma edad que Jacob. Simón es un niño rebelde e incisivo. Juntos, hacen diabluras, como aquella vez, en casa de Salem, metieron en el azul unos paños que éste tenía para teñir. Todo lo estaban poniendo de color azul.
       -Por suerte, Salem le tiene paciencia a Jesús -dije a María, y nos reímos.
       En las noches converso con mis amigos. Muchas veces me junto con Salem y otros vecinos, después del trabajo, y contamos historias interminables, algunas muy divertidas, y reímos todos. Me llevo bien con ellos, porque también intentan escuchar al Altísimo, igual que yo.
       Los sábados nos juntamos a orar en la sinagoga. De hecho, fue ahí donde nos fuimos conociendo y apreciando. Antes, traté de orar junto a los más instruidos del pueblo, como hacía en mi juventud, pero ellos me han estado rechazando pues no aceptan mi manera de hacer oración, que la consideran simple y extraña. Y no sólo eso, también me intereso por la sabiduría griega. Con mis amigos compartimos un pan y unas copas de vino, algunas noches, en la casa de cualquiera de nosotros, y hablamos de muchísimas cosas. Por ejemplo, de Platón y lo que él escribió acerca del amor, que no es lo mismo que el apego, ni tampoco que la satisfacción corporal. Nos encanta conversar de eso. A veces, hablamos de política. Hasta donde se puede solamente, ya que es un tema tabú, por la dominación a que estamos sometidos.
       Hay otros temas de los cuales no se ha podido hablar libremente en mucho tiempo. También se les llama temas políticos pero no lo son. Más bien son temas humanos. La noticia de la matanza de niños en Belén llegó a Nazaret en su momento, con extraños matices propagandísticos que la intentaban justificar como una manera de evitar un mal mayor. En todo caso, una farsa que no tiene pies ni cabeza, pero la gente es más bien crédula e ingenua, y hasta cierto punto se creen el cuento. También hay muchas personas que, por lo menos, sospechan que hay algo escondido en todo eso.
       De ahí nos pasamos al tema de los zelotes, los revolucionarios. Yo apoyo todo lo que sea ayudar a los pobres, pero lo hago pacíficamente. Nunca estuve con los zelotes, ni nadie de mi familia lo ha estado. Entiendo perfectamente sus motivos para estar disconformes, pero yo no optaría por un camino violento. Salem es el único que los defiende de manera incondicional. Por eso, le decimos “El zelote”, para molestarlo. Yo sé que vale más la sabiduría que las armas de guerra, como está escrito en el Eclesiastés.
       Salem me contó que ha escuchado un par de veces en el pueblo que Jesús había venido al mundo por fornicación. El ha tratado de convencerlos de que no fue así, pero no es fácil, me dice. Según él, yo soy el padre de Jesús. Yo no sé cómo reaccionar. Creo que es bueno que todos crean que lo soy, pero no me agrada mentirle a mi amigo Salem. Tampoco quiero hacerme el desentendido porque no me resulta mucho.
       -¿Fornicación? -me quejo-. Todavía salen con esa lesera.
       Lo que me pone nervioso es que Jesús pueda escuchar en el pueblo esos comentarios mal intencionados, y le harían daño. Con María hemos conversado esto, y ya estamos poco a poco hablándole hasta donde él puede entender.
       Las veces que traté antes, de que la gente comprendiera que Jesús nació del Espíritu, siempre me creé problemas graves, no sólo a mí y a María, sino también al propio Jesús.
       A veces me pregunto cómo puede haber sido la encarnación de Jesús, sin participación de fluido humano masculino. Ya sé que para el Altísimo no hay nada imposible, pero igual quiero saberlo todo. Llegar a saber cómo se formaron en Jesús sus rasgos físicos, si es bien sabido que algunos de éstos provienen del cuerpo del padre. Y en el caso de Jesús han de venir del cuerpo del Altísimo, que al parecer, no conocemos.
       Continúo reflexionando en torno al milagro de la vida. Es algo que siempre se vuelve a producir, miles de veces. Me inclino a pensar que el fluido humano no es lo más importante para que se engendre un nuevo ser. Me imagino que cuando la simiente masculina se une a la femenina, ocurre al mismo tiempo algo más grandioso aún, pues un trozo del espíritu del varón es lo que realmente se está uniendo a un trozo del espíritu de la mujer, hechos ambos a imagen y semejanza del creador. No puede ser otra la forma cómo se genera un nuevo niño o niña. Y ese gran milagro, con esa esencia, ha sido exactamente la forma como se formó Jesús en el vientre de María. . . Sólo que en este caso el varón es el Altísimo. . . Todo es demasiado complicado. Mientras más me meto en estas profundidades, más ignorante soy. Lo único cierto es que cada día amo más a Jesús.
       No sé hasta dónde podría decirle toda la verdad a Salem. Que Dios me perdone por mantener ciertos secretos. Son cosas que la gente no entendería.

 

   18.- José celebrando a Jesús

       Isabel y su hijo Juan vinieron a visitarnos. Esto no es muy frecuente, ya que viven lejos, pero siendo el cumpleaños de Jesús aprovecharon de venir. Siete años cumplió Jesús. Encuentro espléndido que los niños tengan la posibilidad de verse con su primo Juan. Estuvieron toda la mañana jugando con figuritas de madera y con arena, y se divirtieron juntos los cuatro niños, con Judas y Jacob.
       En la tarde hicimos una pequeña fiesta, o al menos eso es lo que pretendíamos, pero sucedió algo tan notable que cambió bastante las cosas. Como yo acostumbro a relatar mis sueños a Jesús, y mostrarle cómo esas imágenes pueden guiarme, él también se sintió motivado a contarle su sueño a la abuela durante la fiesta. El tiene una inquietud como la mía, y no le viene de su gestación, sino de observar su entorno.
       -Estaba delante del mar en una playa -empezó a relatar Jesús-. Las olas eran muy grandes y se escuchaban ruidos, como de tormenta. Desde lo alto de unas rocas alguien me dio una vara. La recibí empinándome. Después que disfruté el hecho de tenerla, toqué la arena con ella. Al instante los granos de arena tomaron vida y cantaban. La playa se puso linda. Entonces, toqué el agua con la vara, y las olas se convirtieron en árboles con flores. En vez de ruido de tormenta, cantaban los pájaros, y todo era precioso. En eso, oí la voz del hombre que me había entregado la vara, el cual dijo “Ya no hay muerte”.
       Hasta ahí no más llegaba el sueño, que todos escuchamos con interés. Lo encontré muy lindo, tan distinto a los míos que yo no sabría interpretarlo. Estuve tentado a preguntarle qué había logrado descifrar de todo eso, pero no lo hice porque él es muy niño aún. Sólo le dije una frase de estímulo.
       La abuela Ana no pudo evitar interpretar el sueño, y por cierto lo hizo muy bien.
       -Cuando tú contabas tu sueño -le dijo a Jesús- yo estaba prácticamente viendo todas esas imágenes. El mar es como la vida, llena de tormentas. Los granos de arena son las personas. Están ahí, aparentemente sin hacer nada. La vara viene siendo algo así como la verdad. Una cosa eterna. ¿Vas entendiendo?
       -Sí -respondió Jesús, muy interesado.
       -Bueno -prosiguió la abuela-. Cuando la verdad toca a las personas, éstas reviven. Entonces, la verdad toca la vida y se terminan las tormentas.
       Jesús quedó sumamente impresionado. Descubrió que su sueño le estaba hablando, y él estaba dispuesto a escucharlo. Se quedó pensando por largo rato. En eso estaba Jesús, cuando mi suegra le dijo :
       -Es tu cumpleaños, tienes que pedir un deseo.
       -Quiero ser un grano de arena vivo -le salió del alma a Jesús, y agregó, mirándonos a todos- ¿Me dais permiso para traer a los niños pobres a esta fiesta?
       Con Ana, Cleofás, y María, primero reímos, pero después nos pusimos serios. Esto era algo que no estaba en nuestros esquemas, y no sabíamos qué pensar. Después de mucho andar por las ramas, finalmente, dije que bueno, aunque con más de alguna aprensión. Jesús salió corriendo, no sin dar las gracias. Volvió después de un largo rato, acompañado de niños y niñas que recogió en las chozas más pobres.
       La fiesta cambió. Todos empezamos a servir a esos niños, y lo hacíamos contentos, y agradecidos de tener esa oportunidad. Nunca en mi vida me había sentido así.

 

   19.- José y los primeros profesores de Jesús

       Al principio era yo quien enseñaba a Jesús. Y no me resultaba nada de fácil porque sus preguntas me tiraban al suelo. Después de pensar un rato, yo contestaba lo que podía, tratando de ser entendido por un niño. Lo cautivan tanto los cuentos, que hasta empecé a inventarle toda clase de historias. Ahí supe cuáles son las que le agradan. Aquellas que contengan una pequeña parábola. Tuve que esforzarme mucho para que se me ocurriera alguna. A él le gusta aprender jugando y jugar aprendiendo. Su principal entretención es inventar juegos. El simple acto de dibujar una casa resultó ser algo muy provechoso. Yo pretendía despertarle la imaginación, pero eso no era necesario para un niño como Jesús. A tal punto que, hasta hace poco, yo lo observaba hablando solo a cada rato. Lo dejaba, no más, sin decirle nada, pues es algo que forma parte de la vida de un niño. Recuerdo que también yo, en mi infancia hablaba solo. Los adultos intentaban que yo no lo hiciera, pues decían que era una mala costumbre.
       Eso me hace evocar algo mucho más fuerte que viví cuando chico. Mis padres trataban de quitarme lo que llamaban maña. Es que yo no quería levantarme en esas madrugadas oscuras. No supe explicarles que yo necesitaba repasar mi sueño. Todas esas imágenes en las que había estado metido mientras dormía, formaban parte de mi vida.
       Yo mismo le enseñé la Torá a Jesús. Fue mejor así, a pesar de que acá en Nazaret hay un ministro de la sinagoga, con la misión de la enseñanza de los niños. Es el que se sube a la azotea más alta del pueblo los viernes en la tarde a anunciar el sabbath, con su trompeta. Es como un tutor, que encarga a un maestro, empleado de la sinagoga que imparta los conocimientos básicos. Josetos y Jacob estudiaron así, sin dar problemas. Y también Simón y Judas, según me cuenta Cleofás.
       Al ver que Jesús tenía facilidad de aprendizaje, se me acercó Zaquías, un empleado de la sinagoga, para que le confiara el niño, pues él le conseguiría buenos maestros. En realidad, este Zaquías me trató bastante mal, con poco respeto, como a un irresponsable que tenía a Jesús desperdiciando sus posibilidades de llegar a ser mucho más que carpintero.
       -Bueno -le dije a Zaquías-, ojalá Jesús llegue a ser más que carpintero -remarqué esa última palabra, pero di mi consentimiento.
       Lo que no le dije es que estaba reticente porque Jesús no es fácil de encasillar en esquemas. En fin, lo hablé con mi mujer, y le llevamos el niño a Zaquías. Lo primero que hizo éste fue conducirlo donde un maestro para que le enseñara el alefato, empezando por Alef. Ese era el principio en cualquier escuela. Bueno, el caso es que Jesús empezó a ocasionar problemas con su sed de saber. No comprendieron que Jesús ya había aprendido las letras y lo que sigue después de las letras, y que para él, Alef era mucho más que un simple sonido escrito.
       -Di Alef -le pidieron a Jesús en el primer día de escuela, tal como hacían con todos los niños. Después me enteré que cuando le preguntaban por Alef, Jesús se explayaba en miles de detalles que para él eran importantes.
       -Alef está hecha de un modo, y Beth de otro -había sido la respuesta de Jesús-, y lo mismo ocurre con Gamal, Dalad, etcétera, hasta Thau.
       Y siguió explicando que entre las letras, unas son rectas, otras desviadas, otras redondas, otras marcadas con puntos. Y que cierta letra no precede a las otras y que la primera letra tiene ángulos y por qué sus lados son puntiagudos, recogidos, complicados o sencillos, dobles y hasta de tres. Se puso a decir cosas que el maestro no había oído jamás, ni leído en ninguna parte. Supongo que el pobre maestro estaba muy estructurado y no entendía qué pasaba con ese niño.
       Un día, Jesús llegó a casa con mala cara. Casi nunca está así. Supe que algo pasó en la clase, pero no quise interrogarlo directamente, porque recuerdo que a mí, de niño, no me gustaba eso. Le convidé un pan, le dije una palabra amable, lo arrullé un poco, que todavía está en edad. Esperé a que él me hablara, pero como no lo hacía, entonces tomé esa iniciativa.
       -Algo te pasa, hijo. ¿Quieres contarme?
       Me contó. Lo que pasaba es que Zaquías se enojó mucho y empezó a pegarle a Jesús porque según él no aprendía, ni tenía una actitud abierta. Mi niño tuvo que salir huyendo.
       -Ese hombre está equivocado -me dijo, y yo estuve de acuerdo. Le comenté que, según mi parecer, se trata de un tipo que no tiene mucha educación, y mal puede educar a los niños.
       -¿Y por qué se enojó tanto?
       A medida que me contaba se le fue pasando su malestar.
       -A veces la gente no merece nuestro respeto -le advertí-, pero igual tenemos que regalárselo. De otra manera, nunca va a aprender.
       -¿Quién enseña y quién aprende ahí? -me preguntó sin esperar respuesta, y reímos de buena gana. Después de esa experiencia, Jesús volvió a su forma directa de aprender desde la fuente. A veces, dice unas cosas impresionantes. En una ocasión, estando en la carpintería, Jesús tomó la escuadra y se la aplicó a su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, en varios tramos, como midiéndose. Yo lo miraba sonriente.
       -Uno tiene que saber medirse -manifestó con alegría.
       -Por supuesto, uno tiene que conocer hasta donde llega. . . Y no pasarse.
       -Ni tampoco quedarse corto -acotó Jesús, mientras yo cortaba una tabla con el serrucho. Y después de un rato continuó hablando -. Somos como un trozo de madera. Esa que estás cortando . . . ¿es porque tiene algo que no necesita tener?
       -Sí. Es un nudo.
       -Sí. Hay que quitarse los nudos -expresó distraídamente, como si estuviera en otra parte. En eso, tomó la lima, me la mostró y la volvió a poner en su sitio-. Es para que uno no sea tan áspero.
       A esas alturas, ya reíamos los dos.
       Muchos rabinos me pidieron a Jesús para hacerse cargo de su enseñanza, pero yo preferí casi siempre dejar las cosas como estaban. No me gustó nunca esa función intermediaria que se acostumbra a usar, a través de un tutor. Igual, fueron varias las temporadas que Jesús pasó así, con un tutor.
       A menudo ocurrían pequeñas dificultades, pero cierto día el asunto casi pasó a mayores, ya que el profesor sorprendió a Jesús mientras dibujaba un retrato, tomando como modelo a otro niño. El mismo Jesús me contó, y no entendía por qué había incurrido en falta. Sin embargo, los niños no fueron castigados, pues Jesús siempre tuvo gran personalidad y sabía decir las cosas sin causar molestia.
       Un día, me armé de valor y le pregunté a Jesús que de dónde sacaba todos esos conocimientos que él parecía saber mejor que nadie.
       -En una escuela que está muy cerca y muy lejos -me respondió-, que está arriba, pero también está abajo, que está fuera, pero muy dentro... -Y yo seguía sin comprender, mientras él me miraba con mucha ternura.
       Finalmente me hice amigo de un maestro que era cliente mío. Entonces, me atreví a pedirle que le enseñara a Jesús. Me pareció la persona indicada. No era la vía habitual de relación con el maestro, pero estuve seguro que en este caso era lo mejor. El maestro aceptó encantado porque veía la facilidad de aprendizaje de Jesús y supo entender que lo que este niño necesitaba era estímulo para desarrollar sus potencialidades. Así me lo dijo, con esas palabras, y también me dijo que con Jesús se daba cuenta cómo el alumno podía llegar a hacer que el mismo maestro también aprendiera un poco.
       Ahora todo anduvo bien, durante unos meses. Hasta que me lo trajo de vuelta a casa.
       -Ya no puedo enseñarle nada más -me dijo. Y agregó-. Me has traído un niño para que lo instruya en calidad de discípulo, y se me ha revelado como maestro de maestros.

   

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