ARISTODEMO                    Un lugar literario
José de Belén         Gonzalo Rodas Sarmiento

     
Advertencia

      Este libro parece ser la historia de un carpintero llamado José, y su familia, que vivieron hace dos mil años. Sin embargo, talvez no lo sea, pues no pretendo haber encontrado alguna historia perdida.
      Siempre me ha apasionado el tratar de descubrir cómo siguen viviendo las personas después que mueren.
      Ésta es la historia de un carpintero llamado José, y su familia, que viven hoy en algún lugar tan lejano como cercano.

      El autor

 

   1.- José y los sueños

   Desde muy niño me interesaron los sueños. No sólo los que sueño despierto. Con mucha más razón los que me vienen en la oscuridad de la noche. Casi siempre me duermo en cuanto pongo la cabeza en la almohada. Sin embargo, no despierto con la misma rapidez. Ahora me doy cuenta por qué me costaba tanto levantarme cuando yo era pequeño, lo que me significó unas peleas atroces con mis padres. Es que yo necesito repasar el sueño antes de salirme de la cama.
   Me maravilla cómo cada sueño me lleva de la mano, igual que lo haría un padre tierno, con la sabiduría admirable de algún anciano que me impulsara a vivir los preámbulos de su propia vida. Hasta he concebido un lenguaje. En este caso, me refiero a lo que sueño dormido.
   Estas vivencias extrañas me muestran caminos. Y me los seguirán dando a conocer por mucho tiempo más, puesto que recién estoy llegando a esa edad en que se supone que uno ya es adulto y, por lo tanto, tiene que cambiar sus costumbres livianas de la niñez por otras más pesadas, aptas para la vida seria.
    En mi infancia estuve bastante solo, aunque nunca me faltó algún amigo con quien recorrer entero el pueblito de Belén donde nací, y me crié con mis bondadosos padres. Pertenezco a una familia de carpinteros. Todos lo han sido, desde que se recuerda, y a mí también me tocó serlo. He llegado a dominar el trabajo con maderas. Jacob, mi padre me lo enseñó con mucha paciencia, tal como mi abuelo se lo enseñó a él, y yo tendré que enseñarlo a mis hijos cuando los tenga. Siempre me he llevado bien con mi papá, a pesar de haber sido él muy autoritario. Asumí la carpintería siendo un niño aún, cuando mi padre se enfermó de la respiración. Al ser yo el mayor de los hijos, he tenido que ser responsable y estar pendiente de mis hermanos y hermanas. Me acostumbré a preocuparme demasiado de las cosas. Después de los años, aún vivimos en la misma casa, a la entrada de Belén.
   Me encanta todo lo que sea de madera, y trabajar con los troncos de árboles. Me asombra ver cómo un leño tosco puede llegar a convertirse en belleza. Sin embargo, para efecto laboral he preferido trabajar en la construcción. La mayor parte del tiempo me dedico a hacer arreglos en viviendas de personas que han adquirido algún poco de dinero. Están siempre mejorando algo. También trabajo en mi taller, cuando me encargan un mueble o cualquier cosa menor.
   En Belén no tenía muchas posibilidades laborales, pero la cercanía de Jerusalén me hizo venir en busca de trabajo. Tuve mucha suerte porque en uno de los primeros días de búsqueda en Jerusalén conocí a Joaquín, que intentaba reunir trabajadores para su hacienda. Le caí bien y me preguntó qué sabía hacer. Le dije que soy carpintero. Ese día trabajé en su hacienda y como lo hice muy bien me pidió que siguiera yendo. Somos muchos los que venimos a trabajar a la finca de Joaquín y su esposa Ana, en Jerusalén. La casa es enorme. Afortunadamente para mí, porque eso me significa tener siempre algún arreglo que hacer ahí. También vienen jardineros a mantener los amplios lugares en que la señora Ana ha plantado arbustos y flores. Al principio, yo estaba a la orden de un carpintero anciano que también se llamaba José. Nos decían “Los José”. Eramos el José viejo y el José niño. Cuando el José viejo se enfermó y ya no pudo seguir trabajando, Joaquín me puso como jefe de la carpintería. Después de un tiempo me ofreció pernoctar en su hacienda cuando quisiera para no perder tanto tiempo movilizándome todos los días. De hecho, me quedo en la hacienda casi siempre, menos en Sábado. Joaquín me invita, con muy buena disposición, y tiene habitaciones de sobra.
   Es gente generosa con su riqueza material, que es mucha. Joaquín cuenta con una gran cantidad de ovejas y otros animales. He trabajado tanto en su casa que casi vivo ahí, y me han acogido como a un verdadero hijo. Joaquín ayuda a muchas personas, y se mete a tal punto en los trabajos de la hacienda, que no le queda tiempo para sentarse a conversar un rato. He sido su brazo derecho en todo lo que tiene que ver con carpintería.
   Estando la situación tan mala como está, los pobres cada vez más pobres, y los ricos cada vez más ricos, es reconfortante que un rico esté tan preocupado de los pobres. Y su esposa es una verdadera santa, muy servicial, siempre preocupada de traer la comida para los trabajadores.
   -Mis padres me eligieron un muy buen esposo -me ha dicho la señora Ana, varias veces, agregando que ella no se resistió porque supo que el Altísimo estaba de acuerdo. Doña Ana tiene una percepción muy especial de las cosas, y por eso siempre he querido hablarle, hasta que una vez me decidí a hacerlo. Desde ese día, siempre me conversa un rato.
   No ha podido tener hijos en sus veinte años de casados, y eso entristece a Joaquín, y le da problemas para participar en el templo. Creo que hasta un simple escriba se permitió tratarlo duramente cuando se aprestaba a ofrecer sus dones, como acostumbran a hacerlo los ciudadanos importantes. Le manifestó que el Altísimo no lo ha querido bendecir dándole descendencia. Cómo será, que justamente por esta razón, Joaquín anda desaparecido desde hace algún tiempo. Yo trato de darle optimismo a la señora Ana. De verdad, confío en que el Altísimo les envíe un hijo.
   -Cuando estaban reunidos en una sala del templo, los que habían traído ofrendas -me contó ella hace algunos días-, el sacerdote rechazó la de Joaquín, y más encima lo recriminó delante de todos por no tener hijos. Lo mandó a un rincón. Salió de ahí muy dolido y avergonzado de que lo trataran así.
   Con doña Ana tenemos mucha afinidad. Se podría decir que somos amigos, aunque yo soy prácticamente un niño, y ella ya está entrada en años. Yo la respeto mucho. Siempre ha sido muy maternal conmigo. Es una mujer bondadosa y con inquietudes por lo sobrenatural, igual que yo. Me conversa cuando me trae la comida en la tarde, al final del trabajo. Y también me acompaña mientras estoy comiendo, en una improvisada mesa de piedra, y me sigue hablando.
   El sol ya se está poniendo. Sentados en el hermoso jardín estamos ahora hablando como todas las tardes, mientras ella se entretiene en la costura. Tiene su cara descubierta, ya que está en su casa. Para salir debe ponerse un velo que le cubre la parte inferior del rostro. Eso es así en Jerusalén solamente, y por tratarse de una mujer de cierta posición.
   -Siempre que converso con algún amigo -le cuento a la señora Ana-, o con alguien de mi familia, respecto a lo que son para mí los sueños, me miran raro, como si yo estuviera hablando de cosas extrañas e insólitas. Debe ser por eso que cuando era niño, yo hablaba solo.
   -La gente no recuerda sus sueños, al menos no completamente. Olvidan los colores, y hasta los personajes -responde ella.
   -En cambio, yo los recuerdo muy vivos, y me encariño con cada imagen -le explico, y me entusiasmo-. Muy pocas veces los anoto. Simplemente, los recuerdo por varios días, y les voy encontrando un sentido. Son mensajes del Altísimo que nos guían con amor y conocimiento. Algunos, no los olvido jamás.
   -Eres muy instruido para ser un carpintero.
   -Me gusta saber todo lo oculto.
   La señora Ana esboza una sonrisa y guarda silencio. Está muy triste porque Joaquín se ha ido y nadie sabe dónde.
   -Temo que Joaquín haya muerto -le escucho decir casi en un susurro-. Hace ya cuarenta días que salió de casa. Supuestamente se fue al desierto, y debe estar pasando hambre y sed.
   -A lo mejor está con los esenios.
   -Quiera el Altísimo que esté con los esenios. Ellos podrán consolarlo, darle un consejo, y también algo de comer. Lo último que se supo es que andaba con uno de sus pastores, y el rebaño. Se fueron cuando estaban construyendo las chozas para la fiesta de los Tabernáculos -hace una pausa, y continúa-. Voy todos los días a la Puerta Dorada a ver si lo veo venir. Justamente ahora vengo llegando de allá. Es que ese joven de la otra vez . . . ¿te acuerdas? me anunció que Joaquín estaría de vuelta muy pronto. A las mujeres nos toca esperar.
   -¿Qué joven de la otra vez?
   -¿No te acuerdas? Cuando te fui a buscar y te pregunté si era de los que trabajan contigo. Creí eso en un principio. Al final, nunca supe quién era ni de dónde apareció.
   Ahora recuerdo que el otro día la señora Ana me comentó algo que le había acontecido una tarde en el jardín.
   -Vi un nido en un laurel -mencionó en esa oportunidad-, con unos hermosos pájaros que me hicieron recordar cuánto ansío concebir. Le rezo a Dios y me lamento.
   En eso, un joven apuesto estuvo a su lado, según me contó. Ella supuso que sería uno de los que trabajaban conmigo, y por eso fue a preguntarme. Resultó que no era ninguno de ellos. También me dijo que después de la escena del laurel se tuvo que recostar, cansada, y continuó en oración. Estaba muy confundida.
   -¡Ah! Ya recuerdo -le digo-. Era un desconocido para mí, a juzgar por la descripción, ya que no lo alcancé a ver.
   -El caso es que él me aseguró que pronto concebiré una hija y que todo el mundo llegará a conocer a sus descendientes. Me dio mucha alegría, pues le creí. Es que necesito creerle. También, esos pajaritos del laurel fueron un signo inconfundible para mí -hizo una pausa y continuó, sonrojada-. Además, no he tenido mi derrame impuro, ninguna de las dos veces en que me tocaba tenerlo, desde que se fue Joaquín. No se lo he contado a nadie.
   Al decirme esto, Ana se sobrepone a su tristeza y logra habitar la alegría. Empiezo a ver un resplandor alrededor de ella, especialmente en su cabeza y hombros, como tantas otras veces. Ella me ha contado que también ve resplandores en algunas personas, a veces. Yo solamente en ella. Talvez por eso, nuestra amistad ha perdurado.
   -¿Y cómo pudo saberlo? -pregunto- Es un personaje extraño.
   -El Altísimo se las arregla para dar signos. El nos guía de esa forma, ¿sabes? Me encanta descubrir lo que El quiere de mí.
   Así como ella tiene un don para los signos, yo lo tengo para los sueños. Nos ayudamos entre los dos a entender nuestros destinos. Yo confío mucho en su sabiduría, lo que es bastante decir, si se tiene en cuenta que no conozco ningún otro hombre con ese grado de confianza en una mujer. Las mujeres son muy injustamente despreciadas.
   A doña Ana le encanta el tema de las apariciones y signos. Sobre todo, signos. Lee hasta en los árboles. La forma como la brisa pasa por sus hojas es para ella como un canto que le fascina. Siempre encuentra un mensaje en todo. Es una buena enseñanza para mí, la de buscar señales a través de las que el Altísimo me va guiando.
   -Simplemente lo acepto -agrega-. Cuando deseamos algo con fuerza, también sentimos temor. Esto ha sido como un reencuentro con raíces de infancia. Yo viví en el templo desde los cinco años hasta que me casé. Es la aventura la que me enfrenta a la costumbre.
   -O también la originalidad contra el deber -digo susurrando.
   -Más bien, es el logro contra la resistencia.
   Reímos con el juego de palabras. Creo que el saber viene primero en lo superficial, y más tarde en lo profundo.
   Después de la risa, el silencio nos hace volver a la tristeza. Mi vida no ha estado exenta de heridas ni de prejuicios. Muchas veces me he sentido obligado a vivir caretas. Sentir rabia y humillación cuando lo único que me nace desde adentro es conformidad. Precisamente, son los sueños los que me traen de nuevo a mi suelo y me dicen claramente que mi sensibilidad no tiene por qué obedecer a obligaciones sociales. Me llega ese tipo de cosas y las veo como sugerencias de Dios. El sueño me aclara cuál es, en realidad, mi sentimiento frente a las cosas, porque lo que uno cree que siente está muy contaminado por prejuicios, heridas y por los desperdicios invisibles que están en el ambiente. No hallaba cómo expresarle todo esto a la señora Ana.
   -Una vez tuve un sueño decisivo -atino a decirle-. O sea, el que me abrió los ojos que ven y leen los mensajes. Había un sol tan fuerte en mi sueño, que quemaba todas las cosas. Los árboles, las casas, y cuanto estuviera en ellas o fuera de ellas. Hasta que ese sol se fue tapando de nubes y apagándose, en consecuencia. Así pudo sobrevivir lo que aún quedaba del ambiente en el que yo vivía. Al despertar, yo estaba triste porque lo relacioné con lo que había pasado el día anterior.
   -¿Y qué había pasado el día anterior?
   -Yo me había disgustado con mi hermano menor, y lo había hecho llorar, lo cual causó risas en mí. Risas de fuego, como rayos malignos del sol de mi sueño, cuyo exceso de alegría había empezado a causar daño.
   -De ahí, tú mismo puedes sacar la enseñanza.
   -Después de un par de días, recién comprendí el mensaje -le explico-. La enseñanza me estaba diciendo que los nubarrones de tristeza me salvan de seguir haciendo daño. Entonces supe que ser dañino es también ser víctima. Y que la tristeza tiene un sentido. Necesito vivirla para ser yo, plenamente, como me creó el Altísimo.
   -Es fascinante el mundo de los sueños.
   -Sí. Me llama la atención que, de repente, un personaje del sueño se convierte en otro.
   -Pienso que eso tendría que ser clave para descifrar los sueños -reafirma ella- pero no se me ocurre cómo.
   -No siempre son tan importantes.
   -Un sueño puede ser un simple saludo o un llamado a tomar nota de algo. Finalmente, nos acercan al Altísimo.
   -Hace poco soñé que iba caminando bajo un cielo rojo de nubes, al atardecer -empiezo a contarle a Ana-, y de pronto ya no podía seguir avanzando. El aire parecía asombrado, los pájaros detuvieron su vuelo. La gente miraba hacia arriba fijamente y sin moverse. Un pastor que había levantado su vara, estaba con su brazo tendido en el aire. Después de poco rato todo siguió su curso nuevamente. Nunca he podido descifrar ese sueño.
   -Entonces, no lo olvides. Algún día lo vas a comprender.
   -Eso espero. Antes, yo fui rebelde y no hacía mucho caso a mis padres, que eran muy devotos -hago una pausa-. Cierta mañana, siendo adolescente, me desperté con una especie de ataque de felicidad, con un mensaje lindísimo que no podría reproducir. Me levanté corriendo y me arrodillé en plena naturaleza a disfrutar ese momento, y darle gracias al Altísimo. No me canso de alabar al Señor por sus maravillas -hago otra pausa-. Sentí su respuesta amorosa, y desde entonces me he acostumbrado a volver sobre las lecturas de los profetas, que ya tenía tan olvidadas.
   En eso estamos, hablando en el patio, cuando vemos venir un hombre pequeño de porte, demasiado conocido para nosotros. Es Joaquín. Después de cuarenta días, regresa con una larga barba. Su mujer se levanta y corre a su encuentro.
   -¿Dónde estabas?
   -Orando en el desierto -responde Joaquín, mientras ella lo abraza llorando, y le cuenta atropelladamente que serán papá y mamá.

   

   2.- María en el templo

   Un poco antes de que yo naciera, mis padres ya habían prometido al Señor que me consagrarían al servicio divino. Esto no era tan extraño, ya que en algunas pocas familias de Israel se acostumbra a poner una de las hijas al servicio del Templo, lo que es un gran honor.
   El mismo día que llegué a este mundo, nada menos que a Jerusalén, mi padre Joaquín estaba tan contento que hizo una gran fiesta, a la cual invitó a los pobres y les regaló ropa. Al año siguiente, para mi primer aniversario, nuevamente mi padre organizó otra fiesta similar con los pobres.
   A pesar de que yo estaba prometida al Altísimo, las cosas no se estaban dando así, al principio. Ya tenía cuatro años cuando me llevaron al templo. O sea, cuando ya era una personita de cierta independencia. Mi aprensiva madre se resistió a llevarme antes. Tengo recuerdos de esa época, y bien nítidos.
   Varias otras niñas llegaron también ese mismo día, que los sacerdotes habían fijado. Todas llevábamos una lámpara en la mano, con mucho cuidado, para no causar algún daño. Ibamos vestidas de blanco con dorado y cantábamos salmos de alabanza. Una a una fuimos entrando al patio de los gentiles, llamado así porque a él puede ingresar cualquier persona, aunque no profese nuestra religión. No es más que un gran patio cuadrado, con unas enormes columnas al llegar a la parte edificada. A este recibidor sólo podemos entrar los judíos. Algún tiempo después me di cuenta que eso está especialmente señalizado en unas placas del muro, en griego y en latín. Desde esta construcción, tres puertas llevan al atrio llamado de las mujeres, pues está permitido para hombres y mujeres. La central es la Puerta Hermosa, donde se ponen los mendigos a pedir limosna.
   Apenas entramos al atrio de las mujeres, los sacerdotes salieron a nuestro encuentro y nos acompañaron hasta el otro extremo del patio. Quince escalones hay que subir para llegar al atrio de los israelitas, al cual no deberíamos ingresar las mujeres, según supe después. En esas gradas estaban, como era la costumbre, los levitas cantando salmos con lindas voces, y acompañándose de flautas, arpas y címbalos. Es una música maravillosa. Desde lo alto, el sumo sacerdote, con su túnica blanca y su lujoso efod, tenía una ancha sonrisa y una mitra de dos cuernos en su cabeza. Abría sus brazos en señal de acogida, y dispuesto a ayudarnos a subir las gradas. Mis padres ya me habían contado cómo sería todo, y yo estaba tan ansiosa que subí sola la escala del templo. El sacerdote me llevó hacia el Santuario, y yo entré con él, muy suelta de cuerpo por el espacio que dejaba la cortina, porque no sabía que era un lugar exclusivo para los sacerdotes. La puerta, que era de oro, estaba abierta. Después supe que el sacerdote hizo una excepción al dejarme entrar. Y estaba muy contento. Me preguntó si acaso sabía que al Santuario se entra para conocer y adorar al Altísimo. Por supuesto, no supe qué contestar. Me limité a admirar los candelabros y altares.
   Así fue mi llegada al templo. Mi mamá se quedó triste. Después que me dejaron, junto a las otras niñas, y conversaron con el sumo sacerdote, mis padres se fueron. Al comienzo me visitaron mucho, pero después de un par de años se cambiaron de casa y de pueblo. Se fueron a Nazaret, en el norte. Mi padre tuvo algunas dificultades económicas, no muy grandes, pero prefirió vender sus terrenos en Jerusalén y comprar uno más pequeño cerca de Nazaret. Además, no le gustaba la vida agitada de Jerusalén. Siempre quiso volver al Norte, a la tierra saludable que lo vio nacer.
   Así y todo, se las arreglaban para visitarme dos veces al año. También venía a verme Miriam, mi prima que quedó huérfana un poco después de venirme yo al templo. Mis padres se hicieron cargo de ella, amorosamente. Resulta que ahora es como hermana mía, y nos llamamos casi igual. Si viviéramos juntas, no sé cómo nos diferenciaríamos. Talvez por la edad, pues ella es ocho años mayor que yo.
   Ese día que llegué me quedé feliz como si siempre hubiera vivido ahí. Ya era asidua a la oración. También tejía a esa temprana edad. Mi madre me había enseñado, en el tiempo en que viví en mi casa. Recuerdo a un trabajador que mi padre tenía. Se llamaba José y cuando mi mamá me enviaba a llevarle algo de comer, él me hablaba.
   -Tú eres la alegría -ésas eran sus palabras favoritas. Me hacía fiesta y me estimulaba a reír. Yo era una niñita pequeña.
   Ahora me estoy acostumbrando al templo. Al día siguiente de llegar nos presentaron a los rabinos, que nos imparten la formación religiosa en una sala especialmente dispuesta para ello. En realidad son jóvenes que están recién estudiando para rabinos. Así, ellos aprenden y nosotras también. La sala está en una de las esquinas del atrio de las mujeres que es bastante más que un patio cuadrado, pues tiene hasta un altar de sacrificios. Y edificaciones en las cuatro esquinas, no sólo para la formación religiosa sino también hay bodegas para guardar enseres. En una de las esquinas del patio están las habitaciones para nosotras, las niñas.
   Pronto me hice amiga de todas. Acá, las chicas tenemos que coser los velos del altar, hilar el efod del sumo sacerdote, lavar los vasos que se usan en las ofrendas, y hasta limpiar el piso, pero ha sido un tiempo feliz.
   Hemos aprendido la oración “Alabado seas Señor, Dios de Israel”. Es lo que hacemos bien temprano, en la mañana. Después, leemos la Sagrada Escritura durante un rato, antes de pasar a los trabajos del día. Lo que más me gusta es hilar la lana. En las tardes me voy sola a leer unos apuntes que he tomado de los profetas. Esa es una lectura que me vitaliza. Cuando Jeremías anuncia una ley que se escribirá en el corazón de las personas, me llego a emocionar. Lo mismo, cuando Ezequiel habla de un nuevo espíritu que vivirá en el alma.
   Llevaba cerca de un año acá cuando observé algo que me llamó mucho la atención. Era necesario hacer un arreglo en el edificio donde está el Santuario, que contiene el altar de oro para los inciensos, la mesa con la ofrenda del pan y el candelabro de siete brazos. Todos los trabajos los hicieron los mismos sacerdotes, sin contratar trabajadores. Me explicaron que nadie puede tocar esas piedras si no es sacerdote. Cuando me acuerdo que, de niña chica recién llegada, anduve por ahí, sin entender nada, me da una mezcla de vergüenza y risa secreta.
   Cerca del Santuario está la puerta de Nicanor, llamada así en honor a un antiguo judío de ese nombre que, estando en Alejandría donó dos puertas de bronce para el Templo. Durante el transporte de esas puertas, en barco, se desató una fuerte tormenta que casi hizo zozobrar la embarcación. El capitán ordenó tirar al mar una de las pesadas puertas, para alivianar la carga, a pesar de los ruegos de Nicanor. Cuando un poco después, el capitán quiso tirar la otra, Nicanor se amarró a ella. En el rato que duró el forcejeo, el mar se calmó, y gracias a eso se salvó la puerta. Más aún, cuando el barco arribó a puerto, la otra hoja que Nicanor creía perdida apareció, pegada al casco de la nave. Ambas hojas pudieron instalarse en el Templo.
   Por la puerta de Nicanor se llega al atrio de los israelitas, que está presidido por un altar blanco, de mármol, para los sacrificios. En este inmenso patio se concentran los hombres judíos que peregrinan a Jerusalén para ciertas festividades. Aunque lleguen miles de hombres, el patio jamás se llena. Los peregrinos asisten en gran cantidad al Templo, no sólo para Pascua, sino también en Pentecostés, que se celebra cincuenta días después cuando ya empieza el verano. Y principalmente, para la fiesta de los Tabernáculos, en el otoño. Esta es la que más me gusta. Es una fiesta alegre, con cantos levíticos, y los sacerdotes tocan las trompetas. También se hacen sacrificios y ofrendas en el templo. Por la noche, se ve preciosa la ciudad iluminada, y también el templo, con los inmensos candelabros que arden en el patio de las mujeres, contrastando con el siniestro y oscuro castillo romano de Antonia.
   Los hombres son los privilegiados. ¿Por qué? No es justo. Igual, me agrada mi vida, y no necesito tantos privilegios tampoco.
   En una de las esquinas del patio de los israelitas está la sala de las piedras labradas, en que se reúne el Sanedrín, que es el máximo tribunal, para resolver los casos más graves que se presenten. Este consejo está formado por los principales sacerdotes y por los maestros de la ley, además de los ancianos, que son israelitas respetables e importantes.
   En otra de las esquinas está la sala en que se enseñan las leyes de la Torá. Precisamente, las peregrinaciones son una oportunidad para que el pueblo aprenda las leyes y tenga también diversas enseñanzas.
   Otros doce escalones conducen al atrio de los sacerdotes, donde está el altar de bronce, sobre el cual se ofrecen sacrificios. En éste, el fuego nunca se apaga, pues los sacerdotes tienen buen cuidado de alimentarlo en todo momento.
   Sólo pueden llegar a ser sacerdotes los descendientes sanguíneos de Aarón, por rama masculina. Son los representantes de Dios en la tierra, y a ellos les corresponde ocuparse del templo. He notado que su relación con los rabinos es un poco tensa. Los levitas también provienen de la tribu de Leví, pero no de Aarón. Ellos ayudan en los ritos litúrgicos y se hacen cargo de custodiar los utensilios.
   En el extremo del recibidor se ve una doble cortina que lleva al Santísimo, una enorme habitación sin más altares ni adornos que el arca que guarda en su interior los Diez Mandamientos. Sobre ella, dos querubines de oro extienden sus alas una sobre otra simbolizando el amor de Dios. A este lugar, sólo puede entrar el sumo sacerdote una vez al año para quemar incienso en el día de la expiación.
   Diez años he vivido en el templo. Han sido hermosos. Muchas veces he danzado en pleno atrio. Cuando puedo, me gusta estar un rato en el patio de los gentiles porque todo el mundo puede entrar ahí, hasta los no creyentes y los impuros. Es el verdadero templo, para mí. También dedico tiempo a leer los salmos, y a copiar algunos escritos sagrados que me piden los sacerdotes. Me encanta escribir todas estas cosas y leerlas una y otra vez, así las integro. También tengo que tener tiempo para remendar y lavarles la ropa.
   Recuerdo las primeras veces que estuve lavando, yo pensaba en la forma del agua, si es que se le puede decir así a algo tan cambiante. Me entretenía imaginándome qué pasaría si el agua no mojara, o sea, si no entrase en el tejido. No serviría para nada si no se dejara absorber, pues no se relacionaría. Me daba risa pensar esas cosas, y se me hacía más liviano el trabajo.
   Mi tía Isabel viene mucho al templo a ver a su esposo, el sacerdote Zacarías. Cuando ella llega, algún levita va a avisar, y después de unos breves minutos Zacarías se acerca hasta el atrio de las mujeres, conversa un poco con su esposa, y después mi tía aprovecha de visitarme a mí, y hablamos de todo. Ella es una gran persona, en la que confío plenamente para contarle cualquier asunto. Yo le digo tía, pero en realidad es prima de mi padre.
   Ya pronto tendré que salir al mundo. Preferiría quedarme en el Templo. Me he estado quedando todo lo que he podido, leyendo, que es lo que más me gusta, en especial esos escritos que están llenos de sabiduría. Cuando leo, el Altísimo me susurra palabras al oído. También me he acostumbrado a escribir, y me agrada mucho.
   A los pocos años de llegar a este maravilloso templo, tuve un encuentro con Dios. Yo, que siempre he tratado de ser una niña simple, la más simple. Muchos ángeles niños han visitado mi oración, pero aquel encuentro divino es lo más grandioso que me ha pasado en toda mi vida. Ocurrió una vez que estaba orando en plena naturaleza, en un lugar que me gusta porque ahí siento la presencia del Altísimo. Había empezado en el patio de los gentiles, y me fui alejando poco a poco. Quería respirar el aroma de los árboles en flor, y sentir la brisa en mi cara. Me encanta contemplar la bella vegetación que Dios crea todos los días. Los sacerdotes me dicen que dentro del templo está esa presencia que yo busco afuera. Yo creo que está en todas partes, y es afuera donde la siento más. Observo a los pájaros, y el crecimiento de los árboles que parece que se pudiera ver. Recibo y disfruto todo lo que Dios nos da en su infinita bondad. Tal como hacía tantas veces, antes que me trajeran al templo. En la huerta que tenían mis padres, acostumbraba a sentarme bajo las ramas de los árboles, y después corría a preguntarle a mi mamá “¿Quién hace crecer los árboles?” Ella me enseñó a amar al Creador.
   Este encuentro fue fabuloso. Me sentí transportada sin moverme. Viví la felicidad de una enorme cercanía a Dios, como si Él estuviera abrazándome. ¡Y cómo me fasciné de estar con Dios! Fue entonces que decidí ser virgen. Quizás entendía poco. Lo justo y necesario. Mi renuncia a la vida sexual no es sacrificio, ni requiere mucha voluntad. No se trata de rechazar la ternura. Tampoco es un desprecio al varón, ni al sexo por ser una carga para la mujer. Simplemente, es consagrarme al Altísimo.
   He vuelto a tener oraciones profundas, pero nunca una tan grandiosa como ese feliz encuentro, a los siete años.
   Ahora que cumplí trece, el sacerdote Abiatar se acercó a conversar con Zacarías que ha pasado a ser el sumo sacerdote. El Sanedrín lo nombró, el año pasado después que murió el anterior sumo sacerdote, Eleazar, y después del mes de duelo que hubo, pues todos sentimos mucho esa muerte. El caso es que Abiatar me eligió para darme en matrimonio a su hijo. Eso es lo que estaba solicitando al sumo sacerdote. Zacarías vino a mí muy contento y me comunicó que tendría que casarme con un joven que estaba destinado a ser uno de los mejores representantes del Altísimo. Lo que me estaba pidiendo el sumo sacerdote no me vino nada de bien. Menos mal que tengo cierta confianza con él, por ser el esposo de mi tía Isabel. ¡Qué problema! “Ayúdame, Señor, haré lo que tú me pidas”, digo al Altísimo en silencio.
   Con toda la mesura que pude, le aclaré que yo no compartía su entusiasmo. Casarme no estaba en mis planes. Se lo dije. Y como los sacerdotes que andaban con él insistieron en su petición, me tuve que negar en forma terminante. Les hice saber mi promesa de permanecer virgen, y eso les extrañó mucho. Abiatar afirmó que cada israelita, hombre o mujer, debe contraer matrimonio. Le repetí que yo no pasaría jamás por encima de mi promesa, e incluso ellos, hasta tendrían que protegerme y custodiar mi virginidad, porque yo pensaba quedarme en el Templo para siempre. Se alejaron sin entender nada. Yo me quedé suplicando a Dios que me ayudara en esta dificultad.
   Unos días después, Zacarías volvió a la carga, y se puso a sí mismo como ejemplo:
   -Tu tía Isabel estuvo varios años en el templo, como tú, y cuando tuvo edad de salir, su padre ya había fallecido. ¿Entiendes?
   -Y ella se casó contigo, que eres hijo de sacerdote.
   -Exacto. ¿Por qué ella pudo y tú no puedes?
   -Ella no tenía promesa de virginidad.
   -¿De dónde sacaste esa promesa tan extraña?
   Preferí guardar silencio. No quise decirle que tuve un encuentro con el Altísimo. Eso no le iba a parecer bien.
   A los pocos días volvió el sumo sacerdote a conversarme. Me explicó que la ley no permite que una joven que ya ha llegado a la pubertad permanezca en el Templo, porque provocaría la impureza del recinto sagrado. Por lo tanto, lo que me corresponde es volver con mi padre, o casarme. Como mi papá había muerto un par de años antes, justamente ahí radicaba el problema. Zacarías no quería obligarme a ir en contra de mi promesa, y me lo hizo saber. Así está la cosa, por el momento, y yo sigo rezando.
   -¿Por qué no podéis llevarme donde mi madre en Nazaret? ¿Porque ella es mujer no puede tener responsabilidad? -reclamé, pero Zacarías se limitó a mirarme con extrañeza.
   -Ahí está Alfeo, el marido de mi prima, ya que quieren una persona de respeto -insistí.
   -No. Es demasiado lejano -respondió al irse.
   Yo era muy niñita cuando prometí la virginidad, pero aún así, es lo más válido de cuanto hay en mi alma, pues yo ya estaba, en aquel momento, muy cerca de Dios. Entiendo que ése fue el momento indicado para hacer mi promesa, pues después me iba a costar mucho. Dios me respondió algo, y con mucha claridad. Lo aprobó y me dijo que igual podría tener un niño a mi cargo, pues yo siempre he aspirado a tenerlo. Eso se instaló en mí como una certeza. El conocimiento de que yo estaba renunciando al contacto sexual pero no al ser madre, entendido como el cuidar a un niño, día tras día. Empecé a tener el sueño loco de ser madre virginal. Tener un bebé en mi vientre sin intervención de varón. Es uno de esos sueños tan locos, que rápidamente lo hago a un lado por inverosímil. Sin embargo, es una luz que ilumina mi caminar. Todo empezó esa vez que sentí como si un ángel me lo estuviera anunciando. Después del tiempo, todavía recuerdo eso.
   Albergué mis certezas hace años, desde que tuve mi encuentro con Dios. En ese momento, las mismas cosas de siempre estaban distintas. Todo era más brillante, y yo veía los árboles y los pájaros sin sensación de distancia. Con fe en lo que estaba viviendo, esto iba ganando en intensidad. Me sentí una persona de Dios, propia de El, y le juré fidelidad. Sentí que me tenía en sus brazos, y eso era tan hermoso que no quería salir de ese estado. El Altísimo me dijo que volviera al mundo real. Yo tenía siete años. La edad en que más amor tiene una persona.

   

   3.- José viudo

   Varios meses estuvo deliberando Zacarías, y consultó también a los sabios, y leyó a los profetas. Según supe después, el sumo sacerdote no encontraba la manera de sacar del templo a María, que ya había llegado a la adolescencia, y en cualquier momento podía ser tentación de pecado para los sacerdotes.
   Zacarías se vistió con el manto de las doce campanillas y entró al Santuario a orar por ella. Al parecer, escuchó que el Altísimo le ordenaba reunir a algunos hombres del pueblo, cada cual con una vara, pues en una de ellas haría el Señor Dios una señal milagrosa.
   Como resultado de todo eso, nos han buscado a hombres de cierta edad, viudos, respetables, relacionados de alguna forma con Joaquín, ya que fuéramos parientes, amigos, o como es mi caso, que trabajé mucho tiempo para él.
   Yo enviudé hace apenas un año. Buscaban hombres de poca pasión sexual, según dijeron. ¿Qué se creerán? Todavía soy fuerte, vigoroso, activo y vital. Hace pocos años pasé los treinta, y ya me tratan como a un viejo. Lo que pasa es que tengo cuatro hijos. A mi edad, me siento joven y lleno de vida, listo para empezar de nuevo. Es cierto que tengo un bastón, pero no porque no pueda caminar sin él. Simplemente me acostumbré a usarlo, porque es entretenido caminar, y la vara ayuda en las pendientes.
   Los sacerdotes decidieron en oración que era necesario que un viudo fuera el elegido para hacerse cargo de María, hija del difunto Joaquín. Después en el templo nos explicaron que María estaba causando dificultades para ser entregada en matrimonio, debido a su extraña idea de permanecer virgen. Aún vivía en el templo, a pesar de estar ya en los catorce años. Desde hacía varios meses, ya no era permitido que la niña pudiera seguir en el templo, y no habían podido desposarla como hacían con las demás niñas al llegar a esa edad. Me refiero a las doncellas del templo, aquellas que sus padres llevaron muy pequeñas para que estuvieran dedicadas a la oración.
   Que no divisaba a María, hacían ya muchos años. Para mí siguió siendo hasta ahora la niñita pequeña que corría por todas partes, con una alegría infinita. La conocí recién nacida, estando yo en unas construcciones en que participé en su casa. Recuerdo a la hijita de Joaquín como una criatura adorable. Me encantaba jugar con ella, cuando tenía unos tres años. Me sentaba en el suelo y ordenábamos las piedritas lindas que ella había encontrado. Me conversaba en su media lengua, y estaba enterada de todo. También le contaba cuentos, y María escuchaba fascinada las primeras frases. Entonces, para ella el cuento ya estaba terminado y se iba.
   En ese tiempo yo estaba casado desde hacía muy poco. Antes de los veinte años ya había contraído matrimonio con Salomé, una mujer de gran belleza que comunicaba en sus gestos y en su mirada. Ella era de Belén, y yo la había visto muchas veces siendo un niño que la pequeña Salomé nunca advirtió.
   Me enamoré de ella con motivo de algo muy divertido que ocurrió. Yo iba pasando cerca del arco de piedra que adorna el pozo, al centro de la plaza, y ahí estaba Salomé tratando de sacar agua. Siempre me fijaba en ella, pero esa vez me llamó la atención más que de costumbre porque vi que estaba teniendo problemas, y le costaba subir el cubo, que estaba hecho con un simple tronco ahuecado. Entonces me decidí a ayudarle tratando de que nadie se percatara de una acción tan insólita de mi parte. Entre los dos logramos sacar el agua que ella necesitaba.
   -¿Quién habrá hecho este cubo? -preguntó airada Salomé, en cierto momento-. Se atasca y se da vuelta para todos lados, es un desastre.
   -¿Quién habrá sido? -dije yo, y agregué:
   -Fui yo.
   Nos reímos mucho. Iniciamos una amistad, que muy pronto derivó en amor apasionado. Conseguí que mi padre hablara con el de ella, y así se fue arreglando la boda cuando aún éramos casi niños.
   A pesar de todos los chiquillos que crié, sigo teniendo un sueño extraño, como un rumor persistente dentro de mí, tan descabellado que casi no me atrevo ni a contarlo. Me veo criando a un niño muy vivo, sabio y lleno de amor, un niño maravilloso. Alguien que llegará a ser un rey, a pesar de haber nacido pobre. Me veo enseñándole y ayudándole a desarrollarse, aunque mi triste realidad es distinta. No he logrado ser así con mis hijos. Con cada uno de ellos he aprendido un poco más. A costalazos. Además, en mi ensoñación hay una mujer, la madre, la que hoy ya se ha ido.
   He enviudado a tan temprana edad. Me dio una pena honda cuando murió mi mujer. Yo adoraba a Salomé, la que me dio cuatro hijos. Sutilmente llegó a mi vida, y así también se fue, poco después de tener a Jacob, el más chiquito, que tenía un año recién cumplido cuando su madre nos dejó, en un día tristísimo. Ella había quedado muy enferma al tenerlo. La verdad es que nunca se recuperó mucho de eso. Le tuve que preparar el ánimo cuando supe que iba a morir. Mis hijas me ayudaron, y eso que son niñitas aún, Lisia y Lidia, ya vislumbraban que tendrían que dedicarse a atender un bebé. Pienso que para ellas, eso habría sido una carga demasiado grande.
   Nadie supo decir qué dolencia padecía Salomé. Era una enfermedad misteriosa que le impedía alimentarse bien. Simplemente, Dios quiso llevársela, y me vi triste y destruido y con la necesidad de conseguir alguna mujer que cuide al pequeño Jacob. Lloré con mis hijos, y también oré y les enseñé que la oración es como respirar. Para ellos fue una pérdida muy difícil de aceptar. En cada uno de mis hijos he creído ver a una persona admirable. Me encantan los niños. Y al quedar viudo tuve que ser papá y mamá al mismo tiempo, y eso me cuesta mucho.
   Algo ayuda mi hijo mayor, José, que ya está grande. Además, me acompaña cada vez que tengo una de mis salidas frecuentes cuando hago trabajos en otros pueblos, y dejamos a los niños con la vecina.
   Después que murió Salomé, decidí que lo mejor era que emigráramos porque nuestro Belén nos estaba dando mucha tristeza. Además, el trabajo se estaba poniendo escaso. Me pareció que lo mejor que podía hacer era irme al norte con mis hijos, y así lo hice, tal como lo hizo Joaquín hace algunos años, cuando entró en dificultades económicas y se estableció en Galilea, en las afueras de Nazaret, estando ya muy enfermo. Hacia allá nos dirigimos, y trabajé en la casa de Joaquín, administrando unas obras pequeñas que él aún impulsaba hasta que murió. Luego de su muerte, vinieron meses en que he tenido muy poco en qué ocuparme.
   El día en que me fueron a buscar para este asunto, pensé “qué fastidio”, porque no sabía que se trataba de la hija de Joaquín. Cuando llegó el heraldo, yo estaba trabajando en el campo, procurándome madera que necesitaba para una construcción. Hacha en mano, trataba de derribar un árbol. El propietario de este bosque me encargó hacerlo yo mismo, ya que nadie más podía hacerlo con presteza. En eso estaba cuando llegó esta persona recolectando viudos.
   En un primer momento no relacioné la situación con el sueño que había tenido la noche anterior. Hasta que vi el rollo que traía el emisario, pues era idéntico al rollo que vi mientras dormía.
   Recordé inmediatamente todo el sueño. En él, yo iba caminando con cautela por una pieza un poco oscura, de la casa en que crecí cuando niño. Me pareció que hubiera vivido siempre ahí. Pasé por todos los umbrales de los servicios y habitaciones, hasta llegar a una que no se usaba. Ahí había bastante luz y estaba lleno de rollos. Era como la sabiduría, y eso me puso muy alegre. Después esa pieza se transformó en un pasillo interminable, con estantes de rollos a ambos lados, cada cual más bonito y atrayente. Tomé uno y se puso brillante. Al extenderlo vi en él unas letras hermosas muy difíciles de comprender, y que se movían como bailando. Se mezclaron de distintas maneras, hasta que sentí un ruido en una de las habitaciones, pero no había puerta por ahí. Se escuchaban cantos hermosos y música melodiosa, que me tenía contento, con ganas de ir a esa pieza cercana pero inaccesible. Empecé a caminar de vuelta hacia el comienzo del pasillo. Hasta ahí llegó el sueño. Al despertar no me imaginé que algo de esa vivencia iba a estar presente en mi vida real, durante el día.
   Acerca del sueño, pienso que la pieza que no se usa es alguna fortaleza mía que no arriesgué aun. Y tiene luz. Estoy llamado a entregar sabiduría, no sé dónde. En aquel instante yo no anhelaba precisamente que me correspondiera a mí hacerme cargo de la niña, pues podría llegar a ser una relación difícil. Sin embargo, por otra parte, el pequeño Jacob necesitaba una mamá. Con él yo no sabía atar ni desatar, y siempre estaba pidiendo ayuda. Eso era algo que me movía. Sin este niño pequeño yo no tendría tanta fuerza.
   Cuando le conté a mi hijo José que yo estaría afuera unos días porque iba a venir a este ritual, se rió de mí graciosamente, con un poco de celos. Al principio no me imaginé que el destino pudiera ser mío.
   Y aquí estaba yo sin saber mucho cómo iba a seguir el asunto. Acudí a Jerusalén como muchos otros, para que el sumo sacerdote escogiera el esposo para María. Me quedó claro que estaba ahí por viudo, pues no querían dar la custodia de María a algún hombre lleno de energía sexual, si tenía que respetar la virginidad de su mujer. También sabía que necesitaba llevar mi vara. Así se nos pidió, para entregarla en el templo. No quise llevar mi vara actual, la que me acompaña donde voy, y marca mis pasos al caminar y me da una sensación de seguridad al apretarla en mi mano. Preferí llevar otra antigua que yo tenía en mi casa, y que le faltaba un pedazo. Por años la guardé como un recuerdo feliz, sin saber por qué. Al llegar nos reunieron en el templo, nos pidieron entregar las varas y las pusieron dentro del lugar más sagrado, llamado Santo de los Santos. ¡Vaya ceremonia ! En esta ocasión me tocó sentarme con los ricos, adelante. Yo no estaba muy acostumbrado a eso. Al fondo, bien atrás estaba María, en el sector para las mujeres.
   Antes de entrar habíamos estado conversando en el patio de las mujeres, María y varios de sus pretendientes, si se nos podía llamar así. Repasé en mi mente esa escena. Me impresionó la increíble belleza de María, que se había convertido en una mujer encantadora. Llevaba un velo, e irradiaba alegría y serenidad. La saludé y le hice recordar su niñez. A ratos reía con mis bromas, y se volvía a poner seria, como preocupada. Su voz dulce me tenía extasiado.
   El sumo sacerdote nos explicó de qué se trataba todo esto.
   -Escuchadme, hijos de Israel -empezó su discurso el sumo sacerdote-. Atended a mis palabras. Desde que el templo fue construido por Salomón, moran en él admirables hijas de reyes, de profetas, de sacerdotes, de pontífices. Al llegar a cierta edad, la costumbre es que tomen esposo, agradando así a Dios. Es el caso de María. Su padre, que murió hace poco, nos la confió en el templo, como un depósito sagrado. Ahora que la niña ha alcanzado la pubertad, ya no es posible tenerla más tiempo entre nosotros. La quise dar en matrimonio a un hijo del sacerdote Abiatar, pero ella se ha opuesto por una especial opción de virginidad que ha escogido libremente. Traté de disuadirla de su resolución, explicándole que puede honrar al Altísimo teniendo hijos. María ha encontrado un nuevo modo de agradar al Altísimo, prometiéndole que se conservará siempre virgen. A instancias del sacerdote Behezi, prometí hacer todo según la voluntad que revele el Altísimo. Así pues, tomando el pectoral, entré en el Santo de los Santos, y pedí por todas las jóvenes. Mientras esparcía el incienso ante el Señor, he aquí que escuché como si un ángel de Dios me hablara. Me hizo mirar en uno de los rollos del Números, en que Aarón fue escogido por Dios para tener la responsabilidad del santuario. Yavé dijo a Moisés “En esto se reconocerá al que yo elija, su rama echará brotes”. Fue la vara de Aarón la que resultó elegida en aquella instancia histórica. Hoy vamos a elegir al varón que tendrá la responsabilidad de custodiar otro santuario. El alma y el cuerpo de esta niña.
   Nos contó su oración del santuario, con las doce campanillas. Y cómo escuchó después de mucho orar que el Señor le decía que convocara a los viudos del pueblo y que traiga cada uno su cayado. El Señor elegiría un esposo para la niña. Sólo una de las varas iba a brotar, indicando así quién sería el escogido. Me tranquilicé. La mía tenía menos probabilidades de brotar porque era una rama más antigua que cualquier otra.
   Transcurrió la ceremonia de oblación del incienso. Hicimos una oración muy linda, que duró varias horas. Todos dijimos al Señor estar dispuestos a ser el elegido y también a no serlo. Supuse que a ninguna vara le pasaba nada aún.
   Es encantadora la niña, pero no creí estar en condiciones de hacerme cargo. “Señor, haz lo que tú quieras” fue mi oración. Después de todo, Jacob necesitaba una madre, y aunque María era muy niñita, por lo menos era mayor que mis hijas, que estaban muy chicas todavía.
   No sé por qué si me imaginaba el signo apareciendo en otra vara, de alguno de los postulantes, me sentía muy celoso por anticipado. De todos modos, me daría alivio.
   Llegó el temido momento en que los sacerdotes trajeron las varas y fueron repartiéndolas. Cada cual reconoció la suya. Yo no tuve apuro, y me quedé para el final. Cuando todos tenían su vara y creyeron que ninguna había florecido, notaron que yo aún no tenía ninguna en mi mano, y que en cambio, había una sobrante. El sumo sacerdote me preguntó:
   -José, ¿es ésta tu vara ?
   Asentí, y la tomé en mis manos. Al instante, observé en el cayado un brote muy pequeñito. Y después me fijé que tenía otro más. Y otro. Varios botoncitos de flores blancas adornaban la rama. Me llené de emoción.
   “Es la mía. ¡Oh, Dios! Bendito seas por confiar en mí” fue mi nueva oración. Dame fuerzas, que esto no es nada de fácil. Siempre fui un poco rebelde en eso de no pronunciar el nombre de Dios. Respeto eso, cuando se trata de algo banal. Sólo el sumo sacerdote en Día del Perdón puede pronunciar el nombre de Dios.
   Yo estaba asustado por la responsabilidad. No sabía cuán difícil iba a ser todo y cómo lo iba a vivir.
   -José, hijo primogénito de Jacob, eres el elegido del Señor -me dijo el sumo sacerdote, Zacarías.
   Casi pensé pedir que me liberaran. Casi alcancé a expresarlo. Abrí la boca, pero ninguna palabra salió de mí. En realidad, estaba maravillado por el milagro, y dichoso de ser tomado en cuenta por mi Dios.
   -Haré lo que el Altísimo me pide - eso fue lo que declaré, finalmente, apelando a ese vozarrón que tengo y que me escuchen hasta los de más atrás, y hasta el sector de mujeres, igual que cuando leo la Torá en la sinagoga.
   He de respetar su virginidad, pero no podría si yo fuera un adolescente. Hoy, Dios me manda a renunciar a muchas cosas, que aún no sé cuáles. Esto es como renunciar en blanco. Me agrada obligarme a algo por amor a Dios.
   -Vete con José y sé sumisa a él -dijo el sacerdote a María. Entonces me la entregaron, y me admiré de lo extraordinariamente hermosa que es esta niñita de apenas catorce años. Me fui con ella a mi casa.
   Venía Ana con nosotros, que estuvo presente en el templo, en el sector de las mujeres, junto a María. Se alegró mucho por este compromiso. Ella ya estaba viviendo en Nazaret, desde que tuvieron que irse al norte, no sólo por razones económicas y de salud, sino también porque les era muy doloroso estar tan cerca de María y no poder ir a verla muy seguido. De hecho, iban, pero eso no estaba bien según ellos.
   Hablé un poco con María durante los días de camino, y otro poco al llegar. Conversamos de los preparativos para los esponsales y para la boda. Y de su vida en el templo, de su entrega a Dios, y no me acuerdo qué más porque me dediqué a disfrutar del tono de su voz, y esa especie de cantito con que habla. Es una niña encantadora, y yo tendría que velar por ella. Me explicó muy claramente que ella había ofrecido a Dios su virginidad para siempre, y que no iría en contra de eso.
   -Está bien -tranquilicé a María- respetaré tu decisión.
   Le pedí que se hiciera cargo del pequeño Jacob desde ya, a lo cual accedió tan gustosa que parecía realizada. Fue una travesía fascinante, en que me sentí como un niño chico con juguete nuevo, o mejor dicho, como un adolescente descubriendo el amor. La presencia de María a mi lado fue siempre el mejor regalo que uno quisiera.
   Al día siguiente tendría que volver al campo a continuar mi trabajo, que ya llevaba dos semanas en que no había avanzado. Sé que el Señor protegerá a mi mujer durante mi ausencia. María estaba fascinada con Jacob, y yo con ella, pues el Altísimo había dado una madre a mi hijo menor. Nos ha llenado de bendiciones.
   Todos mis hijos estaban recibiéndonos. El mayor me dijo con complicidad, y un guiño:
   -Eres un tipo con suerte, papá.
   No supe qué decirle. No podía explicarle ciertas cosas, en ese momento. Por lo menos reconocí que me he enamorado de María, de una manera que a mí mismo me cuesta creer.