ARISTODEMO                    Un lugar literario
José de Belén         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   7.- José con dudas

       Anduve trabajando en una construcción en Cafarnaum, por varios meses, sin tener siquiera unos pocos días para ir a Nazaret. Dormí en tabernas, donde nunca faltaba el buen vino. Cuando por fin terminó la obra, y volví a casa, iba feliz, lleno de expectativas, con unas ganas inmensas de ver a mis hijos y sobre todo, estar al lado de María. Añoraba su fragancia de nardo y ya quería besar sus mejillas y sus labios dulces. Acariciar su pelo negro, escuchar su delicioso timbre de voz y reírnos juntos. Se podía haber dicho que ella era como otra hija más, por la edad, pero nuestra relación jamás podrá ser padre-hija. Somos compañeros de ruta, aunque yo pase mucho tiempo afuera.
       Al volver a Nazaret escuché unas risitas por ahí. En un primer momento no supe a qué atribuirlas. Y vi miradas interrogantes que trataban de disimular la ternura que parecían sentir. Antes me paraban para pedirme consejos, eso era lo habitual. Y ahora, . . . ¿risitas? ¿Qué está pasando aquí?
       -Felicitaciones, José -me dijeron varios transeúntes, y tampoco supe por qué. Sólo me quedó claro que algo tenía que estar pasando con María. No sabía si reírme o ponerme serio. Algo cree la gente. ¿O sabe? No quería reconocer ante mí mismo que una silenciosa alarma intentaba invadirme.
       Yo estaba intrigado. Preferí no preguntar nada a nadie. Si algo pasaba con mi mujer, se lo preguntaría directamente a ella. Sin embargo, se me cerraba un círculo odioso. Cualquiera pensaría que iba a tener un hijo. Seguí negándome a creer que María pudiera estar embarazada, pero esa imagen se me venía a la mente.
       Llegué a la casa y saludé a María con mucho entusiasmo, pero la noté triste y confusa, sin su acostumbrada gracia infantil. Su rostro pasaba de la palidez a un color rojizo.
       -¿Por qué estás triste ? -le pregunté-. ¿Te ha hablado alguien ?
       -Es que hay algo que no sé cómo explicarte -me respondió. Justamente, yo estaba notando que tenía una barriguita como de unos pocos meses de embarazo. Entonces, terminé de atar cabos, y me empezó a dar un dolor creciente.
       Casi todo el pueblo sabía que yo estaba en Cafarnaum trabajando, y María en Ein Karem visitando a su tía. A algunos no les cuadraba bien que ella apareciera embarazada.
       En una fracción de segundo me dije a mí mismo :
       “Cómo pude ser tan descuidado. Y ella, quizás tan inocente. Yo no entiendo qué pasó, si María no es de las mujeres que buscan lo fácil. Puede estar enamorada de alguien. Yo no tengo ya cabida en su vida, y esto es una desgracia. Todo mi mundo se ha venido al suelo. Nada volverá a ser igual. ¿Dónde voy a ir a morirme? ¿Qué van a decir todos? Eso es lo que menos me importa. Qué va a ser de mi mujer, que ha arruinado su vida, y yo tengo gran parte de la culpa. No quiero meterme en este lío. No me gusta que me pase esto. Ingenuo fui, y ella ya no parece ser lo que era. ¡Qué desilusión ! Hasta se supone que tendré que sonreír cuando camine con ella por Nazaret. Quiero irme lejos, lejos, lejos. Esto me sobrepasa. ¡Qué dura puede ser la vida ! ¿Cómo volver atrás? ¿Sería posible? ¿Podría empezar todo de nuevo? Yo la protegería”.
       -¿Qué estuviste haciendo, María ? Tú que eras alimentada por los ángeles y que te consagraste a Dios en cuerpo y alma. ¿Cómo pudiste ? -le dije, desde mi corazón destrozado. Me sentía muy mal, y me imaginé lo peor. Ella me explicaba como podía, pero yo no quise entender.
       -Dime qué acción prohibida has cometido. ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué te niegas a defenderte?
       Con toda la ternura que pude le pregunté si la habían violado yendo a Ein Karem. Temí que hubiera sido así porque hay bandoleros en los caminos. Dijo que no le había pasado nada de eso. Le seguí preguntando.
       A medida que hablaba, fui subiendo el tono. Ya casi gritaba. Hasta me rasguñé la cara. Es que no hallaba qué hacer con las manos. No le iba a pegar. Jamás lo haría.
       -No he dejado de ser pura -me respondió sollozando-. No he estado con ningún hombre, si es eso lo que piensas. No me juzgues a la ligera.
       -¿Puedes explicarme cómo fue que quedaste embarazada?
       Trató de decirme que la había visitado un ángel, pero no se daba a entender muy bien.
       -¿Me vas a decir que el ángel violó tu virginidad ?
       -No, José, entiendes todo al revés.
       Yo tenía rabia conmigo mismo, porque no supe custodiar a María. Recibí una virgen. . . Mientras crean que el bebé es mío, no me importa tanto. No obstante, hay por lo menos un hombre que sabe que no lo es. ¿Qué haré cuando se burle de mí ?
       -El ángel me dijo que concebiría un niño, sin intervención de varón.
       -¿No habrá sido un tipo que se hizo pasar por ángel?
       María se empezó a desesperar. Me retiré en ese momento, y después no quise comer lo que María me sirvió. Yo estaba enojadísimo. No hallaba qué hacer. Lo primero que hice fue salir corriendo sin saber adónde. Apenado, trataba de huir de mí mismo. Lloré, y después volví, pensando con qué cara me iba a presentar en la sinagoga, después de no haber sabido cuidar a María. Además, me sentía engañado. Ella, que no quería yacer conmigo, ¿lo hacía con otro ? No. Eso no podía ocurrir. Era todo muy extraño. Yo no estaba dispuesto a darle a nadie el derecho a ocupar mi lugar. Sólo al Altísimo.
       En ningún momento dejé de amar a mi mujer, pero necesitaba reflexionar. Esa noche, mientras todos dormían, preparé un equipaje y salí de casa. Quería estar solo, y era preciso pensar qué hacer. Seguí hablándome a mí mismo :
       “¿Cómo pudo ella corresponder así a mi amor que renunciaba a todo? Amo mucho a María. Yo quería que riéramos juntos. ¿Y por qué no llorar unidos? ¿Acaso se puede? Siempre pensé que iríamos al paraíso juntos pero, aunque tengamos que sufrir, que también sea juntos, y si ella ha de ser castigada por algo, compartiré con ella el castigo. Que nada pueda separarnos, ni siquiera un desliz de conducta. El mundo quiere impedirme actuar desde lo mejor que Dios puso en mí”.
       En un momento como ése, yo quería que me tragara la tierra. Lloré casi la noche entera. Decidí que no la iba a reprender públicamente, porque con eso la sentenciaba al castigo brutal de todo el pueblo. No le haría eso. La quiero demasiado. En ese momento, me venía la tentación de irme lejos, muy lejos. Hasta escribí una nota de despedida, que después rompí.
       Ya nadie más se interesaría en mis consejos, ni me pedirían que leyera en la sinagoga. Mucho me gustaba hacerlo, con mi pequeño taled lleno de flecos, subido en un estrado. Si hasta me ha tocado ser oficial encargado de facilitar, pasando rollos desde el armario santo donde se guardan, protegidos por una funda bordada.
       Me puse a pensar en el niño o niña que vendría, sin tener ninguna culpa, por supuesto. Mi religión, sin embargo, me obligaba a rechazar a mi mujer. No podría seguir recibiéndola en mi casa. Toda mi vida estaba hecha pedazos. Ya no tenía nada más que hacer en Nazaret. Nunca volvería a tener ilusiones. En ese momento necesitaba oración, y a eso dediqué un buen rato. Los pensamientos me seguían invadiendo. Rechazar a María y a su hijo sería poner de manifiesto el adulterio. Entonces, ella sería lapidada. Eso me angustiaba enormemente. No quería que nada malo le pasara a María, pero ya no podía seguir al cuidado de ella. Dejaría que todo el mundo creyera que fui yo. Sin duda, eso era lo mejor para todos. Y si yo desaparecía del pueblo, las culpas caerían sobre mí. Todos me creerían un malvado que abandona a su esposa embarazada. Por lo menos, creo que no sospecharían de ella. ¿O quizás sí? ¿Por qué motivo iban a pensar que me voy? Saldría a la luz eso de que yo estuve lejos de María por varios meses. ¡Qué dilema! No estaba seguro, pero no quería volver aún. Por el momento, me fui a una posada en Séforis, llevando un burro con mi carga. Pocas personas me conocían ahí, y difícilmente podrían conocer a María.
       Después de beber vino con otros pasajeros de la posada, pude dormir un poco. En el sueño vi un niño de luz, que vino deslizándose en un rayo de sol, y me tomó de la mano, me sonrió y entonces me puse a caminar junto a él. Yo estaba triste, también en el sueño. Algo en mi interior trataba de hablarme pero yo no quería entender, por más que repasé el sueño tratando de interpretar qué me decía Dios. Talvez he de tener la fuerza para aceptar una situación que me incomoda tremendamente. El sueño apelaba a mi generosidad.
       Salí a las afueras del pueblo y me puse a meditar, a rezar. Necesitaba una respuesta. Estuve muy seguro de que Dios me ama, y también ama a María. Me unió a ella para algo. Eso de llorar juntos era una experiencia que necesitaba vivir.
       Volví a mi pieza, y al poco rato me venció el sueño, nuevamente. Fue la comprensión de este otro sueño lo que me hizo volver el alma al cuerpo. Me devolvió la vida legítima. Con toda la plenitud que Dios regala. Sí. Tuve el sueño más grandioso que haya tenido hasta ahora. En él, vi a María que conversaba con los pájaros y los árboles, bailaba contenta, alzaba sus brazos al cielo, se elevaba, y seguía bailando a cierta altura sobre el suelo. Yo iba hacia ella caminando por el aire, avanzando gran espacio en cada paso. Eso me agrada mucho. Cuando estuve cerca, ella se había sentado en una roca y tendía las manos hacia mí. De sus dedos salían líneas con pequeños círculos luminosos en distintos tonos, que se transformaban en copos de algodón de colores. En gran cantidad se iban juntando, y poco a poco daban origen a un pequeño ser humano. Mi curiosidad inicial se transformó en expectativa. Con esas pequeñas esferitas de todas las tonalidades se fue formando la figura de un hombre que emanaba amor. Curiosamente, parecía un rey. Yo estaba extasiado. De pronto, ese rey se convirtió en un niño, era un niño pobre, en harapos, y trepó por mis rodillas, y se acurrucó sentado en mis muslos, tendiendo sus manitos hacia mi cara. Al instante, me sentí lleno de una ternura inmensa, y con pleno conocimiento de todas las cosas. Fue tanta la emoción, que en el sueño yo lloraba. Me inundaban lágrimas de felicidad, y así desperté, con esas mismas lágrimas, que hasta hacía poco habían sido de profunda tristeza.
       Leyendo en mi sueño comprendí la verdad. Dios piensa en todo, y me dio un don para enfrentar este momento. Me acordé de lo que leí en Isaías, “Una doncella concebirá y dará a luz un hijo que será Dios con nosotros”. Me sentí mal por haber desconfiado de María. Sentí deseos de correr a abrazarla. Me levanté, y me lavé, porque estaba sudoroso. Pesqué todas mis cosas, acudí a pagar y me fui de ahí cuando aún estaba oscuro.
       Amé a María más que nunca, y quería volver pronto a abrazarla. A mi casa, de donde nunca debí haber salido. O quizás sí, para comprender había necesitado un poco de soledad. Me arrodillé en el sendero y pedí perdón a Dios. Empecé a tomar conciencia de que tendremos al hijo de Dios. Necesitaría mirar eso en las escrituras de los profetas, después, cuando estuviera en Nazaret.
       Emprendí el camino, pensando en ese ser que María concibió, ese pequeño ser, hecho a imagen y semejanza del creador. El mismo milagro, que ocurre todos los días y seguirá ocurriendo, en el caso de nuestro niño que vendría, algo fue distinto. Dios no quiso que él tuviera mis defectos. Y tiene toda la razón. Si el Altísimo puede lograrlo, por algo lo ha querido así. Igual me destacó, pues me estaba encargando criar a una persona tan especial. No me negaré. Por el contrario, estaré siempre agradecido. ¡Qué tarea ! Soy un privilegiado, y he sido muy injusto con María.
       Nos miramos desde lejos y nos acercamos caminando, y después corriendo, fui botando las cosas, y nos fundimos en un abrazo cálido, tanto tiempo esperado. La besé en la mejilla muchas veces y en la boca, con amor verdadero. Llorábamos, pero estábamos contentos.
       -Perdóname -le dije con ternura-, por haber desconfiado, suerte mía. Te quiero. Viviré para protegerte.
       Nuestras mejillas estaban juntas. Le di muchos besos. Besé sus lágrimas y ella las mías.
       Ya podíamos empezar a conversar de lo que se venía a nuestras vidas.

 

   8.- José acusado al tribunal

       Ese saduceo Anás es muy torcido. Es un sacerdote joven, bastante menor que yo, bajito de estatura. Se supone que es piadoso, pero tiene un puesto de cambio de monedas en el templo. No sé por qué no me gusta mucho esa actividad comercial en pleno templo. No entiendo cómo un sacerdote puede ser así.
       Estando de paso en Galilea, vino a mi casa con la excusa de que falté a una reunión en la sinagoga. Siempre supe que eso a él no le interesaba. Anás quería saber si eran ciertos los rumores que corrían por el pueblo. Cuando entró, lo recibí con un cortés abrazo.
       -Es un honor vuestra presencia en mi casa -le dije, con frialdad.
       Me preguntó por mi viaje, y nos sentamos a comer algo. Le expliqué que no pude asistir a la reunión porque llegué cansado. No quise contarle el lío mayúsculo en que estaba metido esa tarde.
       Vio a María embarazada, y después de eso ya casi podía irse, dichoso. En el fondo, él sospechaba que el bebé esperado no era mío, y con toda seguridad se las iba a arreglar para averiguarlo.
       -Cuando María estaba en el templo -empezó a explicarme Anás, con cortesía-, nos pidió a los sacerdotes que veláramos por su voto de virginidad. . .
       El silencio que siguió me fue incómodo.
       -. . . Tú la has ayudado a romperlo -continuó diciendo, con absoluta compostura.
       -No hemos roto nada -intenté tranquilizarlo.
       -Creo en tu inocencia, José -su tono era amable.
       Quise hacerle ver que María tendrá un Hijo de Dios. Tratándose de una conversación con un sacerdote, creí que él iba a entender. Sin embargo, me equivoqué rotundamente, pues Anás se puso molesto por primera vez desde que llegó y me llamó la atención diciendo que soy un blasfemo, y que cómo podía esgrimir una defensa tan irrespetuosa y difícil de creer, si ni siquiera soy descendiente de Aarón.
       Me sentí pésimo, y permanecí en silencio porque no hallaba qué decir. Anás recuperó su tranquilidad y su disposición alegre y cordial.
       -No permitas que mancillen tu buen nombre -me advirtió al despedirse.
       Me disgustó su aparente seguridad y dignidad extrema. No confié en sus intenciones ni en su integridad.
       Al día siguiente vinieron a buscarme, y también a María. Los servidores del tribunal, que realmente eran guardias de la sinagoga nos llevaron a un juicio público. Supuse que Anás hizo valer su influencia como sacerdote con una fuerte intención de que se juzgue todo lo que considere pecaminoso.
       Como buen pueblo chico, la gente nos siguió. Estaban todos llenos de curiosidad, y no entendían bien lo ocurrido. Yo iba con una gran angustia porque me imaginaba que querían apedrear a María. Eso, yo no lo iba a permitir. Tendrían que pasar sobre mi cadáver. Llegamos al edificio en que funciona el tribunal, y entramos en él, mientras el pueblo quedó afuera esperando un veredicto.
       -Has cometido una gran iniquidad -me dijo, desde su solemne asiento un maestro de la ley-. Tú, que te creíamos un hombre justo.
       -Soy un hombre justo -respondí inmediatamente, y empecé a darme cuenta que me estaban acosando con un pretexto, el de no haber respetado la virginidad de María. Ella ya me había manifestado que tenía ese temor, pues al salir del templo comprometió a los sacerdotes en cierta medida, haciéndoles ver que son representantes de Dios.
       En algún momento, le dije al maestro de la ley “No es asunto tuyo” y me respondió “Sí que lo es. Es un asunto de todos”.
       Tuvo que hacerse presente el hombre de más jerarquía, ya que el caso lo ameritaba. El presidente de la sinagoga era casi como una especie de sumo sacerdote de pueblo chico. Me llenó de acusaciones, en el sentido de que yo no habría respetado la decisión de María de permanecer virgen. Yo comprendí que realmente eso no le interesaba al fariseo, sino que él sospechaba de la fidelidad conyugal de María, y estaba tratando de obtener de mí una acusación en tal sentido.
       -Dios hizo un milagro para mantenerla virgen -dijo el presidente-, hizo florecer una antigua vara, y tú . . . ¿así pagas tanta bondad? Te encargan custodiarla y fuiste como el lobo cuidando ovejas.
       Yo sabía que si me defendía mucho, el repudio feroz caería sobre María. Me defendí hasta donde pude, tratando de no dar pie a que a ella la acusaran de adulterio, pues ésa era la peor de todas las posibilidades que enfrentábamos.
       -No me condenes a la ligera -le dije.
       -Devuélveme virgen a la santa y pura María que has recibido del Templo. ¿Te has arrogado el derecho del matrimonio?
       -No he cometido impureza -fue mi defensa.
       Entonces, volvió el maestro de la ley, se dirigió a María y la llenó de acusaciones.
       -No he cometido impureza -fue también la defensa de María.
       No nos podían sacar de esa posición.
       Se me saltaron las lágrimas cuando el tipo me amenazó con quitarme a María. En ese momento no me di cuenta que era una amenaza sin fundamento. Lo dijo para ablandarme. Y lo consiguió. Acepté beber el agua amarga del Señor, una prueba de la verdad. Tuve que dar siete vueltas en torno al altar, y después beber completamente el contenido de un jarro en que el jurista había puesto el agua de la prueba.
       -Esta agua te hará salir manchas en la cara si mientes.
       Después de beber esa agua, di otras siete vueltas en torno al altar. Los letrados examinaban mi cara, buscando el más leve signo. Yo me secaba la transpiración con la mano. Después de un tiempo prudencial, me dieron por limpio. Algunos del público ya se aprontaban a apedrear a María.
       Tomé fuertemente de la mano a mi mujer. Cualquier condena que nos dieran, iríamos juntos. Por nada del mundo la iba a dejar sola en esta dificultad. Yo la defendería con mi cuerpo. Tendrían que matarme a mí antes que a ella. Me encomendé al Señor. Sólo El podía salvarnos de esta situación de peligro.
       -¿Qué acción ilegítima has llevado a cabo, hija mía, tú, que has sido educada en el Santo de los Santos, y que has oído los cantos de los ángeles? -preguntó el maestro de la ley- ¿Cómo es posible que hayas perdido tu virginidad, y olvidado la promesa que hiciste al Señor tu Dios?
       -Mi conciencia no me acusa de ninguna culpa -repuso María llorando-, y mi virginidad permanece santa, inviolada y sin la menor mancilla. Si el Señor me condena, a pesar de mi inocencia, cúmplase su voluntad.
       -Yo también beberé el agua de la verdad -agregó María, con mucha decisión, después de varios segundos en que el silencio llegaba a golpear.
       El jurista accedió, y María empezó a dar vueltas en torno al altar, después que él le advirtió que era preferible confesar ahí mismo, y no ser delatada por las manchas que aparecerían en su rostro.
       -Dinos quién fue.
       -No he cometido impureza -repitió María, con lágrimas en sus ojos, y se bebió todo el contenido del jarro. Después dio con mucha lentitud las otras siete vueltas en torno al altar. Su seguridad era impresionante. Ninguna sombra de nada apareció en ella. Estaba más linda que nunca. El presidente de la sinagoga la sacó a la calle y gritó hacia la gente:
       -Veréis las manchas que aparecerán.
       Sin embargo, no hubo manchas. Todos tuvieron que rendirse a la evidencia.
       Entonces, María avanzó hacia la gente con una valentía que yo no había visto en nadie más que en ella, y les dijo:
       -Mi Señor sabe que no he cometido impureza. Y no la cometeré, porque así lo decidí en mi infancia.
       Entonces el presidente hizo que compareciésemos ante él, María y yo.
       -Lo que la ley nos ordena hacer, lo hemos hecho -declaró-. El Señor no ha manifestado vuestro pecado, y yo tampoco os condeno. Id en paz.
       Pudimos retirarnos a casa, en medio del júbilo del pueblo, y alabando al Señor.

 

   9.- José y el nacimiento

       Estaban haciendo un censo, con toda la complicación que eso significa. Se supone que era para facilitar el cobro de los impuestos. Una trompeta anunciaba al mensajero real, quién se paraba en cada esquina y desenvolvía el rollo para leer una vez más el latoso edicto, que después pegaba en una muralla.
       Por eso, y muy a mi pesar, tuve que planear un viaje a Belén, mi ciudad natal. Quise dilatar el asunto, pues María estaba embarazada, probablemente de unos ocho meses.
       -Me voy ahora mismo y alcanzo a volver para cuando el niño nazca -manifesté, no muy convencido, pues no quería separarme de María ahora que se avecinaba el alumbramiento.
       -¿No irás sin mí? -entre que aseveró María y preguntó sin esperar respuesta, porque no admitiría que me fuera sin ella.
       María no necesitaba ir, pero insistió en acompañarme y me explicó que quería que estuviera con ella su tía Isabel cuando naciera el bebé y también las últimas semanas antes de tenerlo.
       -Tendríamos que habernos ido antes.
       -Estaba esperando que se mejorara mi mamá, pero ya no será posible que ella nos acompañe.
       -Cleofás, ¿qué opinas? -pregunté a mi cuñado.
       Si van a ir a Belén, cuanto antes será mejor. Vayan tranquilos.
       Una vez más puse mi oreja en el vientre de María y escuché unos ruidos como si el niño ya quisiera hablar. Me emocionaba imaginar cuando naciera. Sería un niño hermoso. Mi mujer se reía de mi entusiasmo, mientras yo improvisaba una canción para ese niño Dios que se estaba gestando.
       -Hijo esperado -le cantaba-. Bendición del Altísimo. Suspiro de Dios que pasas como el viento. -Jacob, ven acá a sentir a tu hermanito -llamé a mi hijo pequeño para integrarlo en esta espera, no sea cosa que vaya a sentir muchos celos después.
       No sólo vino Jacob, sino también vinieron las dos niñitas, que siempre andan juntas. Ayudaban mucho en la casa cuando María tuvo que estar tranquila.
       -¿Por qué tengo que estar tan tranquila?, si no me va a pasar nada.
       Mi suegra nos miraba con alegría desde su cama. Ella no pudo acompañarnos a Belén porque estaba enferma. Además, no necesitaba ir ella por lo del censo, ya que es mujer. En un momento en que conversamos, como en los viejos tiempos, me contó que al principio el Señor no los encontró preparados para criar a María, y por eso tardó en enviarla. Ana y Joaquín tuvieron que ayudar al desarrollo del carisma que ella traía. Ana siempre se ha dejado guiar por Dios. Le fascina obedecerlo. Intenta las escuchas más extrañas. Me contó que sus padres eran muy piadosos, y eso que tenían dinero. Por su descripción, me parecieron perfectos. Ellos le eligieron a Joaquín por esposo.
       -En ese tiempo fui sumisa -recuerdo haberle escuchado-, no me rebelé porque sentí que era el Altísimo quien lo estaba disponiendo.
       Por ningún motivo, mi mujer aceptaba estar sin mí cuando naciera el bebé. A tal punto fue así, que lo discutimos entre todos, y finalmente estuvimos de acuerdo en que había que partir al día siguiente, temprano, y de ese modo el parto ocurriría cuando estuviéramos bien instalados en Ein Karem, después de inscribirme en Belén.
       Decidí llevar los dos burros, uno para María, y el otro para acarrear nuestros enseres y los odres llenos para beber, ya que en el camino no había mucha agua, al menos los primeros dos días. Llevé algunas herramientas por si nos quedábamos más tiempo. En un caso así, tendría que trabajar. Siempre acarreo elementos de trabajo para donde voy. Supuse que cuatro días iba a durar la travesía, y que el niño no iba a nacer tan pronto.
       La preparación del viaje no nos tomó mucho tiempo. Josetos, mi hijo mayor, nos acompañó, pues él también tenía que empadronarse. El se encargaba de llevar el ronzal que tiraba del burro en que iba sentada María. Traté de que ella estuviera cómoda, pues había que atravesar el desierto.
       Partimos en una caravana, de las muchas que estaban saliendo en esos días. Poco había alcanzado a avanzar nuestra caravana cuando nos quedamos atrás, ya que María necesitaba descansar muchas veces. Nos decían que nos volviéramos, y creyeron que eso hicimos.
       Después del primer día de viaje llegamos hasta un lugar acogedor, al pie de un monte, y ahí instalamos campamento junto al río. María se sentía bien, pero estaba cansada. Puse mis manos en su crecida barriga para sentir al niño, que de repente pegaba unas leves pataditas. Le canté como acostumbro a hacerlo, y María me acompañó con su preciosa voz. También Josetos se incorporó a la canción. Nos sentíamos felices. Abracé a María y muy pronto nos dormimos. Al día siguiente nos alcanzó otra caravana, y tratamos de permanecer en ella, el mayor tiempo posible, por seguridad. Sin embargo, eso nos duró sólo unas horas. Muchas veces tuvimos que descansar en el trayecto, y éste se me hacía eterno. Yo, siempre adelante. Más atrás, Josetos tirando al burro que llevaba a María. La travesía por el desierto era sofocante.
       Menos mal que pudimos unirnos a otra caravana que venía más retrasada. La gente se quejaba de Herodes y lo maldecía, excepto cuando se cruzaba una patrulla militar, que habían varias, de soldados a caballo. Sin ser judíos, estaban al servicio del rey judío el cual a su vez, estaba al servicio de los romanos.
       De vez en cuando yo miraba hacia atrás y veía el rostro de María. A veces estaba sonriente, y a veces apenada. Después, volvía a sonreír. Me llamó tanto la atención, que le pregunté:
       -¿Cómo estás, María, te pasa algo, que sientes alegría y pena?
       -Es que veo dos pueblos, alternadamente -me respondió-, uno que llora y otro que se regocija.
       -¿Cómo es eso? -le pregunté entusiasmado.
       -El que se lamenta es nuestro pueblo de Israel que, a pesar de estar en la luz, la gente no la percibe. Parecen no tener ojos para ver.
       -Ese es el de hace un rato. ¿Y el de ahora?
       -El pueblo optimista es uno que aún no ha conocido a Dios. Están acostumbrados a las tinieblas, pero a la más mínima claridad se alegran porque están empezando a ver.
       Fue un viaje largo y empecé a temer que el alumbramiento llegara en descampado. Y pensaba en eso que me dijo María acerca de los dos pueblos. De hecho, no es que hayamos estado viendo algún pueblo. Sin embargo, ya sé que ella habla en imágenes. El hijo que nacería, ya le estaba dando alegría anticipada. Y según avanzaba en su visualización, llegaba al momento ineludible del sacrificio. Los profetas habían hablado de este niño que vendrá y que deberá entregarse en sacrificio.
       En las frías noches, cuando llegábamos a algún poblado se encontraban copadas todas las disponibilidades de hospedaje. Hasta las casas se llenaban. Vi mucho egoísmo entre los viajeros, por lograr un cupo. Incluso había que pagar a la gente lugareña. En algunas noches conseguimos casa.
       Con tanta lentitud, no nos alcanzaron los víveres. Yo me recriminaba “¿cómo pude ser tan poco previsor?”. Unos esenios, vestidos de riguroso blanco, nos convidaron comida. Ese era el sector en que vivían, alejados, ensalzando la verdad y la justicia, ayudando a los pobres. No comen carne, y practican la castidad. Hasta encontré razonable que en Nazaret algunos me digan que soy esenio. De todos modos, no sé muy bien todo lo que significa ser esenio.
       He aquí que soy casi esenio. Por lo menos, estoy agradecido de ellos. Los sacerdotes los odian. Yo no veo motivos.
       Varios días después de salir de Nazaret volvimos a llegar a la orilla del Jordán, por el vado inferior. Era impresionante admirar la belleza del río, a lo lejos, parecía un hilo de plata. Dos veces tuvimos que cruzarlo, hacia allá y hacia acá. Una de ellas resultó difícil porque el río venía tan crecido que los burros se asustaron. Mientras se pudo, nosotros seguimos a los que continuaban por la orilla, río abajo, hasta internarnos en el desierto, nuevamente.
       Faltando un día para Belén, salimos al alba. María caminaba con mucha dificultad. La puse sobre el burro. El sendero iba a veces por el borde mismo de un acantilado. Lo único que yo quería era llegar pronto. Pasamos por momentos de niebla, momentos de viento. Ibamos tan despacio que nos alcanzó otra caravana.
       Un poco antes de llegar hicimos el último descanso, después del mediodía, a corta distancia de Jerusalén.
       Cuando vi un árbol, único, aislado, no es que lo conociera tanto, pero supe que estábamos cerca. Ya tenía prácticamente a la vista el pueblo de Belén, tan conocido para mí. María empezó a tener contracciones. Nuestro bebé también estaba próximo. Menos mal que llegamos pronto al pueblo. A la entradita estaba la posada principal, a la vera del camino, amplia, con lugar para camellos y asnos al medio, edificaciones a los lados. Primero, temí que fuera excesivamente caro el alojamiento, pero cuando me enteré de que estaba todo lleno, eso fue mucho peor. El tiempo seguía transcurriendo.
       Mis hermanos también tenían la casa llena, con tal de ganarse unos pesos. En ninguna posada encontré lugar. Todas las habitaciones de Belén estaban ocupadas. Al regresar al patio de una de las posadas, me indicaron que, para poder recibir más gente, habían acondicionado los establos que habitualmente se usan para los animales de las caravanas. Fui orientado a ir hacia allá, y me aseguraron que los pesebres habían sido aseados prolijamente. Tuvimos que dejar los asnos en un lugar precario que habían dispuesto para ello. Eso sí, llevé conmigo todos nuestros bultos, hasta que pudimos instalarnos en lo que había sido un pesebre. Después de todo, fue una suerte haber conseguido por lo menos algo que servía de refugio.
       Probablemente el niño se estaba adelantando, o quizás calculamos mal el tiempo que faltaba cuando María dejó de tener su período.
       -Le cantamos tanto, que el niño quiere nacer pronto -bromeé para relajar un poco la situación.
       Puse a María en el pesebre, lo más cómoda que me fue posible, y le dije que se estuviera tranquila, mientras yo buscaba una partera. Mi hijo se quedó con ella, y yo fui al pueblo. Le dejé instrucciones a Josetos para que consiguiera agua y le lavara los pies a María. Y también un poco de leña para hacer fuego.
       No era fácil encontrar una matrona hebrea en Belén, estando ya en el atardecer. Rezaba para alcanzar a llegar a tiempo, agradeciendo el estar en mi pueblo, en tamaña emergencia como la que teníamos. “Haz que tu hijo se aguante otro poquito, que ahí se está muy bien” decía yo al Altísimo.
       Amo mi ciudad natal, y he aquí que estaba volviendo en estas condiciones, y muy asustado por la responsabilidad que tenía. Encima, me estaba saliendo todo mal. Ya veía que echaba a perder la obra de Dios. Yo sabía que ese niño era importante, y que venía a salvarnos. Siempre traté de descubrir qué es eso de salvarlo a uno.
       El cielo rojo de nubes me hizo recordar ese antiguo sueño en que el tiempo parecía detenerse. Eso estaba necesitando yo en ese momento. Que todo transcurriera muy lento para darme tiempo. Golpeé la puerta donde antes había una matrona, la que atendió a Salomé, mi primera mujer en algunos de sus partos. Me dijeron que ya no está en Belén. Fui donde otra, que atendió otros partos de mi mujer.
       -Ella no se encuentra, pero le puedes dejar recado -me respondieron.
       -No. La necesito ahora. A ella u otra matrona.
       -Hay una en la otra cuadra, que trabaja mucho con mi hija.
       Para allá fui, según las indicaciones. Encontré una mujer muy joven, que sabía de partos porque había estado en más de alguno. Me puse contento, pues fue casi milagroso encontrar tan rápido una comadrona. Se llama Salomé, como mi primera mujer. Con esta joven nos dirigimos a nuestro establo, cuando ya era de noche.
       Salomé examinó a María, que miraba hacia lo alto y rezaba. Yo seguía contento, pero a la vez muy asustado por la responsabilidad que se me venía. Me sentí un poco torpe y con miedo a que las cosas me salieran mal. Quería apoyar en lo que pudiera. Preparé un fuego que nos diera luz y calor. No me fue fácil, pues no tenía piedra de pedernal. Encontré una roca suficientemente dura, y también una buena cantidad de yesca seca. Con la ayuda de un cuchillo intenté encenderla durante largos minutos, hasta que resultó.
       Tomé la mano a María, y sus dedos se aferraban a mi brazo. Sólo unas pocas horas más tardó el niño en nacer. Yo estaba algo angustiado, pero todo salió bien. Hasta nos visitó la luz de la luna. Tuve una gran emoción cuando la matrona cortó el cordón que unía al niño con su madre, y después sentí algo muy especial cuando vi al bebé en sus brazos. Y me lo estaba pasando a mí. Era un niño hermoso. Entonces, tuve la seguridad de que todo iría bien. Supe que yo estaba al servicio de mi hijo, si podía llamarlo así. De hecho, me gusta decirle así. Siempre lo he visto como un hijo.
       Eramos todos una sola felicidad. Hablábamos en voz alta, salíamos afuera y volvíamos. Unos pastores se extrañaron y acudieron trayendo leche y queso. Nos alegraron mucho, y nos pusimos a cantar alabanzas a Dios, mientras María daba el pecho a nuestro bebé. Era una legítima fiesta. Encendí una lámpara de aceite y la puse en el lugar más visible, pues era el primer día de Janucá.
       Yo empecé a ser el hombre más feliz del mundo. Todo había salido bien. Ya podía cantar directamente al niño nacido.
       La partera se despidió emocionada y con gratitud por haber ayudado al nacimiento del hombre que venía a salvar al mundo. Así lo dijo. Tal cual. No sé cómo lo supo, pero antes que yo alcanzara a darle las gracias y preguntarle cuánto le debía, ella ya estaba agradeciéndome, con lágrimas en sus ojos, porque se daba cuenta que había participado en algo grandioso.
       Como no quiso cobrarme nada, le regalé una figura de madera, hecha por mí, de ésas que siempre ando trayendo. Justamente, era una que representa un niño. Salomé se fue dichosa.