ARISTODEMO                    Un rincón literario
Microcuentos           Gonzalo Rodas Sarmiento
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Microcuentos de Gonzalo Rodas Sarmiento, en el tema:   CIUDAD

  

  

   DOS ANCIANOS

       Deben haber tenido como noventa años cada uno. Salían a caminar en las mañanas, con abrigos iguales, y sus rostros cansados pero contentos. Todos los días los encontraba en mi camino al trabajo. Eran tan iguales como una sola gota de agua. No sé cómo los gemelos tenían tanto que contarse y tanto de qué reírse.
       Durante unos días no vinieron. Supuse que estarían enfermos. Hasta que un lunes vi a uno de ellos caminando solo. Con paso lento, y sus ojos brillosos. También el martes y los días siguientes. De repente sonreía, igual que antes cuando conversaba, como si se contara sus propias vivencias. Me parecía que estuvieran los dos.
       Después de un mes, ya no vino ninguno.

  

  

   LOS ZAPATOS DE PIOLÍN

       -Cómprame zapatos nuevos... ¿Ya?
       -Tranquilo, Piolín, ya te he dicho tres veces que te aguantes hasta fin de mes.
       Después de dar esta respuesta, el hombre subió a su auto y se dirigió hacia el otro extremo de la ciudad, como todos los días. Iba tan veloz que no se fijó en una mancha de aceite en el pavimento. El pequeño Piolín no pudo evitar el resbalón. Se dio una vuelta en el aire y terminó estrellando su nariz contra un poste.

  

  

   CERTIFICADO

       Todavía puedo aterrarme. Como ahora, frente a lo que quedó de un antiguo certificado, oscurecido a fuego muy lento. Lo encontré botado en el suelo y no estoy seguro si acaso es mío. Aún se alcanza a leer:
       “Recibí de usted un total neto de setenta y dos mil quinientas catorce horas con veinticinco minutos y seis segundos. Entrego a cambio la cantidad de dinero necesaria para adquirir dos mil setecientas toneladas de papas”.
       La firma del empleador es ilegible.

  

  

   LOS PAPELITOS

       -¡Está lloviendo! -dijo la voz, desde la avioneta, a través de un potente megáfono. Reinaba un sol esplendoroso, pero buscamos nubes, por si acaso, y hasta creímos verlas. Muchos salieron a la calle con paraguas.
       -¡Es de noche! -dijo la voz del avión, al día siguiente.
       Aunque la luz del mediodía golpeaba los ojos, nos retiramos a dormir.
       Cierta vez, surgió un rumor anunciando que el avión iba a tirar unos papelitos. Era una práctica anticuada, pero la esperé, ansioso. Seguramente, no osarían poner falsedades por escrito. Después de varios días, la avioneta dejó caer una nube de papeles. Los veíamos bajar, muy chiquitos. Quise ser el primero en agarrar uno.
       Cuando las hojas estuvieron cerca, atrapé una en el aire. El mensaje escrito decía:
       “Se ordena a la ciudadanía no creer en falsos rumores, en cuanto a que esta aeronave lanzaría papeles”.

  

  

   UNA CALLE

       No son las grandes avenidas las que llevan el nombre de un personaje tan digno, sino sólo yo, una arenosa callejuela de un barrio pobre.