ARISTODEMO                    Un lugar literario
Realidades legendarias         Gonzalo Rodas Sarmiento

  8.- Puma León

   En la época del colegio mis compañeros me llamaban "Puma León", no sólo por mi apellido, sino también por mi rostro felino. Esos años de colegio fueron larguísimos, tratando de aprender las cosas típicas. Por cierto, no eran las mías.
   En la Universidad estudié un par de carreras cortas, que me permitieron tener después un buen pasar. Sin embargo, lo mío no era nada de eso. A mí siempre me gustó escribir, y a eso he dedicado mis horas libres y también más de alguna hora de oficina.
   Por otra parte, he estado por mucho tiempo buscando una mujer de la cual enamorarme. Aún no la he encontrado. Talvez sea yo demasiado exigente.
   En mi última novela que ya estoy terminando, creé una personaje femenina extraordinaria. Bellísima, además de alegre, simpática e inteligente. No sólo eso, es también una persona de muy buen corazón. La llamé Gladys. En la novela, ella se enamora del personaje protagonista, un tipo común y corriente, así como yo.
   Mis personajes siempre adquieren vida propia. Dejan de estar manejados por mí. Hacen su vida como les parece. Y eso está muy bien. Han sido creados exactamente para eso. Pero, es así como Gladys ya no está dentro de mí. Ha salido al mundo.
   No sé en qué momento se escapó. Y está muy bien así, repito, pero igual la busco porque en alguna parte del mundo real ella está. Sueño con recuperarla.

         * * *

   Me he enamorado de Gladys. Justo ahora que ya no la tengo. Ahora, que tendría que buscarla en el ancho mundo.
   En mis oraciones pido a la divinidad creadora que me conceda encontrar a Gladys. Se lo pido con fervor.
   Creo verla en alguna mujer, cientos de veces, para después darme cuenta de que no es ella.

         * * *

   Esta mañana me ocurrió algo notable. Yo estaba en el Café, disfrutando un Cortado, mientras trataba de leer el diario sin poder concentrarme.
   En eso vi venir a una mujer hermosa, con su bandeja. Estaba buscando donde ponerse, y como no había nada libre, me atreví a invitarla a mi mesa.
   -Yo ya me voy -mentí, para suavizar un poco mi atrevida invitación.
   Encuentro increíble cómo esta mujer se parece a mi Gladys. Creo que me la ha enviado la divinidad.
   -¿Siempre vienes acá? -le pregunté para iniciar una conversación.
   -No. Casi nunca. Hoy por casualidad andaba por aquí.
   -Acá tienen el mejor café de la ciudad.
   -Así veo.
   Seguimos conversando. Ella es una persona de gran simpatía.
   Yo estaba fascinado. Si hasta le pedí su número de teléfono. Sé que la llamaré.
   -¿Cuál es tu nombre? -le pregunté al despedirnos.
   -Gladys -respondió.

         * * *

   Han pasado varios años desde que me casé con Gladys.
   Ya sé que ella no es perfecta como la personaje de mi novela. ¡Eso no importa! Nos amamos.
   Ya comprendí que no tiene sentido buscar una mujer perfecta. Porque no existe, ni podría existir jamás.

   

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