ARISTODEMO                    Un lugar literario
El alejandrino Orígenes         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   El alejandrino Orígenes      (del libro "La iglesia niña")

   Nací en Alejandría, cuando ya había pasado un siglo y medio desde la muerte de Jesús. De mi padre Leónidas recibí la educación cristiana y también la helenística. Él tenía privilegios de ciudadano romano, pero yo no, porque mi madre es egipcia.
   Siempre he tenido gran deseo de saber, y formulé muchas preguntas a mi padre, que parecía saberlo todo. Le pregunté respecto a libros que han sido escritos por los seguidores de Jesús. Fue entonces que él me contó algo muy importante que ocurrió antes de que yo naciera. Se reunieron los obispos y estudiaron una gran cantidad de esos libros. Su objetivo era escoger los que tuvieran un mayor grado de inspiración divina para incluirlos, como un Testamento, dentro de la Biblia. Ya he leído todos los libros que fueron seleccionados en aquella oportunidad: Cuatro de los evangelios, solamente los de las comunidades de Marcos, Mateo, Lucas y Juan; también la segunda parte del libro de Lucas; además de las nueve cartas de Pablo a siete comunidades, Corinto, Éfeso, Filipos, Galacia, Colosas, Tesalónica y Roma; también las cartas personales de Pablo, a Timoteo, Tito y Filemón; dos cartas de Juan, una de Judas Tadeo; y el Apocalipsis joánico. Algunos de estos rollos estaban en mi propia casa, pues teníamos una gran biblioteca.
   Cuando yo tenía un poco más de quince años se produjo una persecución contra los cristianos, la cual duró varios años, durante los cuales toda mi familia vivió en peligro. Entre otras cosas, estábamos preocupados por nuestra biblioteca, ya que a menudo habíamos visto destrucciones masivas de libros en plena calle. Mi padre decidió que había que esconderla completa.
   -¿En qué forma? -quise saber.
   -Muy fácil -respondió mi padre, y se puso a excavar. Le ayudé en esto, con entusiasmo. En una tarde enterramos los libros. Ahí estarían protegidos contra los posibles invasores.
   Muchos meses después, mi papá cayó preso, y a los pocos día lo mataron. Yo quería morirme. Junto a otros jóvenes, decidimos salir a la lucha a la semana siguiente. Casi no dormí esa noche. En cuanto empezó a aclarar, me levanté de mi cama y quise vestirme, pero no encontraba mis ropas por ninguna parte. Fui a preguntarle a mi madre, pero no logré despertarla. Llegaron mis amigos a buscarme, y no pude irme con ellos, así como estaba, completamente desnudo.
   Finalmente, mi madre despertó. Entonces quise escuchar de ella qué pasaba con mi ropa. Estaba clarísimo quién me la escondió. Yo estaba airado.
   -Mi querido Orígenes -me dijo mi mamá -. Tú sabes lo duro que ha sido para mí quedarme sin Leónidas, y... ¿acaso quieres que más encima me quede sin ti? Tú eres el mayor, y yo te necesito para que me ayudes a seguir viviendo y a criar a tus hermanos.
   Comprendí inmediatamente cuán egoísta estaba siendo yo. Abracé a mi madre, y la besé en la frente, con toda mi ternura, y por fin, ambos dejamos salir nuestros llantos que teníamos atascados.
   Alcancé a vestirme, y muy pronto vinieron emisarios de la autoridad a llevarse nuestros bienes. Nunca se enteraron de que teníamos una biblioteca escondida.
   La vida se puso tan difícil que tuve que buscar trabajo. En la misma academia en que estudié, me puse a hacer clases. Una amiga de mamá nos ayudaba en lo económico, pero todo eso no era suficiente. Opté por desenterrar la biblioteca y venderla, ya que así sólo la estaba escondiendo en otra parte.

         * * *

   Conozco la obra de Clemente de Alejandría, que ya no está con nosotros. Aunque nunca fui su alumno, me ha impresionado bien. Él también está impregnado de la cultura griega, elevándose hacia las realidades ocultas, y vislumbrando verdades profundas.
   Si tuviera que definirme y decir qué soy, diría que soy un buscador. Estoy comenzando a practicar el ayuno y a vivir en pobreza. Eso me ayuda en mis meditaciones.
   He estudiado ciencias humanas, a tal punto que muchos me llaman Maestro. Luego de algún tiempo, llegué a dirigir la escuela cristiana de Alejandría. Hay acá una santa mujer llamada Apolonia. Ella es solamente diaconisa, pero es muy respetada, por su vocación de servicio.
   En mis clases enseño que la fe y la razón pueden convivir sin problema. El que ama a Dios sabe hasta donde su mente puede comprender, y cuándo debe recurrir a la fe para ampliar su conocimiento. No sólo enseño la Escritura cristiana. También la filosofía de Sócrates y de Platón. Acostumbro a citar las escrituras y el Pastor de Hermas.
   Me ha tocado tener alumnos gnósticos valentinianos. Se puede convivir bien con ellos, intercambiando puntos de vista. Al final, siempre logro convencerlos de que la parte espiritual es la más importante, en todos los seres humanos, y no sólo en algunos, incluyendo aquellos que parecen movidos solamente por instintos o por apetitos.
   En cada clase me dedico, en gran medida, a responder las preguntas de los alumnos. Y me agrada mucho que surjan interrogantes. Es así como ellos pueden vislumbrar las verdades que esperan ansiosas a ser descubiertas dentro de ellos mismos.
   Acepto que los jóvenes asistan a las clases de los maestros paganos, con tal de que integren esa enseñanza en una perspectiva cristiana.
   Converso mucho con un profesor de otra escuela, Amonio Saccas. El que me llevó hacia él fue un alumno mío, llamado Heraclas.
   Ya me acerco a los treinta años, y tuve la oportunidad de viajar a Roma, durante el pontificado de Ceferino. Ahí conocí al presbítero Hipólito, y escuché varias de sus homilías. Me impresionó tan bien, que quise conversar con él. Me recibió con amabilidad. Es un hombre muy culto, y ha escrito artículos de gran interés.
   Hipólito se dedica en parte a preparar a la gente para el bautismo. Esa enseñanza puede durar dos y hasta tres años, con mucha oración. Después de todo ese tiempo, la persona está preparada para el gran evento. El día anterior practica el ayuno. Un diácono, en el caso de los hombres, o una diaconisa, en el caso de las mujeres, hace la inmersión de la persona, en la piscina. Un presbítero o presbítera, administra el sacramento del bautismo.
   Las presbíteras son cada vez más escasas, debido a que esta función les está siendo quitada a las mujeres. Hipólito está disconforme con esa situación, y defiende la presencia femenina, pues las mujeres no son mentirosas como se les achaca, sino portadoras de la verdad. Él da el ejemplo de María Magdalena, santa mujer.
   Ya estoy de vuelta en Alejandría, y sigo enseñando lo que me han pedido que enseñe: el conocimiento de Dios. Me gusta esta misión porque me permite romper los esquemas de la gente. Yo digo a los alumnos que cualquier palabra humana acerca de Dios no será jamás una expresión perfecta, ni mucho menos. De ahí que la verdadera comunicación con Dios sea por la vía del Espíritu.
   -El hombre, por sí solo -les digo-, no puede llegar a conocer a Dios, con su limitada inteligencia.
   -¿Qué...? ¿Cómo...? -son los asombrados comentarios que obtengo.
   -Dios no puede ser visto con los ojos del cuerpo -insisto-. Con el Espíritu que hemos recibido de Dios, podemos comprender las cosas divinas.
   Trato de hacerles ver el sentido alegórico de las Escrituras, y que no podemos explicar algo acerca de Dios si no es mediante símbolos.
   -Por ejemplo, las manos de Dios..., los ojos de Dios..., son símbolos -les digo.
   -Toda la vida de Cristo es Palabra -insisto-. Es historia y es alegoría, al mismo tiempo. Por medio de Jesucristo podemos acercarnos al conocimiento de Dios.

         * * *

   El obispo Demetrio me envió a Arabia, a solicitud del gobernador, ya que varias damas de la corte estaban interesadas en el cristianismo. Allí estuve unos meses, y fue muy grato.
   La mayor parte del tiempo he permanecido en Alejandría, haciendo clases de cuanta materia existe. Llegó un momento en que no quise seguir en tanta dispersión. Adiestré a Heraclas para que se hiciera cargo de varios de estos cursos. Así, yo pude dedicarme de manera más profunda a enseñar Teología y Sagrada Escritura. Son los temas que más me gustan y los que más ayudan a comprender el sentido de la vida. La lectura de la Biblia es una verdadera oración, un diálogo de amor. De esta manera se comprende mejor el lenguaje místico de las escrituras, el que permite ver a través de un espejo misterioso.
   Es en cada uno de nosotros que Jesús crece en sabiduría y en gracia. Y es esa gracia la que ayuda a amar a Dios, y es ese amor el que salva a la persona.
   Mis clases se vieron interrumpidas nuevamente, pues tuve que hacer otro viaje, esta vez impulsado por las dificultades políticas. Me fui a Cesarea en Palestina, donde fui bien recibido por el obispo Teoctisto, y también por el obispo Alejandro de Jerusalén. Ellos me invitaron a predicar en la Asamblea, y también los fieles me recibieron bien.
   En Jerusalén vi la biblioteca que fundó Alejandro, la cual cuenta con varios libros que reconocí inmediatamente. Habían pertenecido a la biblioteca de mi padre, y aquella vez tuve que venderlos para que mi familia saliera adelante. Me alegré porque mis queridos libros están en buenas manos.
   Cuando Demetrio se enteró de que yo estaba dando homilías se indignó y me mandó llamar de vuelta.
   -¿Qué te has creído? -me recriminó airadamente-. Una cosa es hacer clases, y otra muy distinta es dártelas de presbítero en la Asamblea.
   -Yo quiero ser presbítero.
   -Pero aún no lo eres.
   -Ya estoy bien preparado para ello.
   Esta conversación se terminó de manera abrupta. Tampoco era el momento para seguir insistiendo. Más valía esperar mejor oportunidad. Ésta no llegó, en parte por la mala disposición de Demetrio, y en parte porque no todos estaban de acuerdo con mi manera de enseñar. A algunos no les agrada que yo interprete la Escritura de manera alegórica.
   -No busquéis un lugar físico para el Edén -explico-, porque éste es la representación de una idea.
   Pero, lo que menos aceptan algunos es que el alcance del amor de Dios es tan grande que todas las personas y cosas regresarán al seno divino, incluido hasta el mismísimo Satanás.
   Por lo demás, yo inicio cada clase advirtiendo a mis alumnos que mi enseñanza no es dogmática, sino sólo la más certera aproximación que se puede lograr hoy, como una flecha que aún no logra dar en el blanco. Me limito a proponer ocasiones para la reflexión, y habrá que abandonar la enseñanza de hoy cuando alguien encuentre algo mejor.
   -Estamos construyendo entre todos -les digo-. La teología es una continua búsqueda. Intento ayudaros a entrar en contacto con Dios.
   Enseño a mis alumnos a relacionar entre sí distintos pasajes de la Escritura. En una oportunidad estábamos viendo una escena del evangelio de Juan, en que Jesús se apresta a devolver la vista a un ciego y entonces un discípulo le pregunta si acaso ese defecto se debía a que pecó el pobre hombre, o si pecaron sus padres.
   Inmediatamente un alumno me preguntó acerca del concepto de "karma". Los demás lo miraron raro. Yo también, y le contesté:
   -No hay nada de eso. Hemos de quedarnos con lo que Jesús respondió a ese discípulo, "no pecó éste ni sus padres".
   El alumno insistió, refiriéndose a cuando Jesús preguntó a sus discípulos "¿quién dice la gente que soy yo?", y le respondieron que algunos dicen que Elías, y otros que algún profeta.
   -¿Eso -me preguntó el muchacho-, acaso no nos habla de la reencarnación?
   -Sí. Habla de que alguna gente creía en la reencarnación.
   -Y Jesús no les dijo que esa creencia estuviera errada.
   -No se los dijo.
   -¿Y..., entonces...?
   -Entonces... no sabemos en qué forma sigue viviendo la persona después que el cuerpo muere. ¿Es eso lo que quieres saber..., no?
   -Sí. Eso es lo que quiero saber.
   -Si tienes en ti la pregunta, también tienes que tener la respuesta. Lo que yo puedo hacer es ayudarte a buscarla.
   En ese momento surgieron en la clase varias voces interrogativas.
   -Si os ayuda, puedo hablaros de cómo vive en mí esta situación que tanto os está preocupando.
   Entonces, les dije que cuando la persona muere acá en la tierra, la resurrección se lleva a cabo en un cuerpo que no es material. No sabemos si acaso en algún momento ese ser puede volver a tomar un cuerpo material, en este mundo o en cualquier otro que ni siquiera somos capaces de imaginar. Si acaso antes he sido o no un profeta, hoy eso no importa para nada, pues mi tarea de esta vida es otra, y debo abocarme a ésta. Yo tengo una gran inquietud por llegar a saber un día cómo se muestran en la persona los misterios divinos y las instrucciones recibidas de Dios antes de ser concebidos.
   Al final, me aplaudieron. Y yo doy gracias a Dios porque mis alumnos respetan mi enseñanza. Mis clases, no sólo van dirigidas a los muchachos. También me reúno con las personas que vienen hacia mí trayendo inquietudes. Trato de enseñarles a buscar las respuestas mirando cómo el evangelio vive en cada uno.
   Yo tenía un poco más de treinta años cuando tuve que viajar a Antioquía, ya que ahí estaba viviendo Julia Mamea, una dama de la nobleza, que quería saber más acerca del cristianismo. Fue un encuentro provechoso.
   Por ese tiempo, Hipólito fue elegido obispo de Roma. La jefatura de la Iglesia la había asumido el diácono Calixto, a la muerte de Ceferino, ya que aquél era el brazo derecho de éste.
   Mucho antes, Calixto había sido esclavo. Su amo le permitió estudiar, y hasta le asignó funciones importantes en un banco. Su gestión no fue nada de buena, y Calixto decidió huir. Capturado, fue condenado a trabajar en las minas de Cerdeña. Ahí tuvo contacto con cristianos que también estaban condenados a ese trabajo. Calixto se convirtió al cristianismo, y como tal, fue liberado en una amnistía que se produjo cierta vez. Ceferino le encargó administrar una catacumba, y siempre confió en él. Calixto es misericordioso con los pecadores, en contraposición a Hipólito, que es bastante estricto.
    Cada día que pasa siento más gusto por escribir. A pesar de lo costoso que es esto. Gracias a Dios, he tenido una gran ayuda en lo económico. Mi amigo Ambrosio se ha transformado en mi benefactor. Él es quien me ha estado empujando a poner por escrito la enseñanza, pues la considera valiosa. De hecho, fue en sus conversaciones conmigo que Ambrosio decidió volver al pensamiento cristiano original, después de que estuvo por años frecuentando la asamblea de Valentino.
   Y he seguido con mis clases.
   -De Dios, algunos piensan cosas que no se podrían pensar ni siquiera del más injusto y cruel de los hombres -afirmé una vez que me preguntaron si acaso Dios castiga.
   -Si Dios nos ha dado libertad, no es para castigarnos, sino para que aprendamos a vivirla -insistí.
   -¿Y qué hay de la libertad de los prisioneros? -quiso saber un alumno.
   -Ahí tienes que buscar el sentido profundo. Muchas veces las personas estamos prisioneras de alguna instancia interna que abusa de su poder -Y después de una pausa agregué-. Como ves, la sagrada escritura debe leerse en su contenido interno. Está dicho en el Apocalipsis joánico, capítulo 5, que te habla de un libro escrito por dentro y por fuera.
   -A Dios lo encontramos en lo profundo de nuestro ser -seguí hablando-. También nosotros estamos escritos por dentro y por fuera. Nuestra alma es como una montaña, a cuya cima podemos llegar, aunque no tan fácilmente. Es como nuestro pequeño Tabor, donde Jesús se transfigura.
   -Pensándolo de esa manera -dije, continuando mi exposición-, ya podemos entender a los ángeles. Sea cual sea la forma de éstos, no dudéis de que Dios nos ha asignado un ángel a cada uno, para que nos guíe y nos proteja. Y cuando estamos reunidos en el culto, también los ángeles de cada uno están reunidos ahí mismo.

         * * *

   Me decidí por la castidad. Es que quiero privilegiar mis tiempos de meditación. Esto lo he experimentado tal como lo dice San Pablo, en la carta primera a Corinto, capítulo siete. Nos dice que prefirió quedar soltero para dedicarse en mejor forma a la oración. Es por este mismo motivo que muchos presbíteros han optado por el celibato, aunque no todos. Y yo aún no soy presbítero, pero quiero serlo. Estoy renunciando a algo que podría tener, y lo hago libremente, por una causa sublime. Para ayudarme a cumplir con este sacrificio que me impongo, hasta lo dije públicamente en una de esas verdaderas homilías que doy con bastante frecuencia, a pesar de que Demetrio se enoja conmigo cada vez.
   En esa oportunidad en que me atreví a ser muy sincero con la gente, me apoyé en el evangelio de Mateo, capítulo 19, donde Jesús dice que hay quienes se hacen eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos. Por supuesto, partí explicándoles que Jesús habla en términos figurativos, de semejanza, y se estaba refiriendo a quienes optan por la castidad por causa del reino de Dios. Es ahí donde yo entro.
   Hasta ahora he podido cumplir con mi compromiso de castidad, y no me ha sido fácil, pues en algunos de mis viajes para enseñar el cristianismo no han faltado las damas tentadoras.
   En un viaje que hice a Roma, me enteré de la historia de amor entre una mujer cristiana llamada Cecilia, y Valeriano, un noble romano, que se convirtió al cristianismo. Dicha conversión movió a ira a las autoridades, a tal punto que ambos fueron asesinados. Fue un caso muy conocido, que despertó indignación en la gente común.
   De mis numerosos viajes, hay uno relevante. Cuando yo tenía 46 años, y Demetrio seguía negándose a ordenarme presbítero, ocurrió que necesité acudir a Atenas, llamado por el obispo, para atender a unos cristianos que tenían unas ideas extrañas. Decidí pasar por Cesarea y embarcarme allí. De esta forma, tendría la ocasión de saludar al obispo Teoctisto. Tuvimos una amistosa conversación, en la cual salió el tema de por qué yo aún no estaba oficialmente consagrado a la vida religiosa. Al día siguiente , Teoctisto me ordenó como presbítero, y eso me provocó inmensa alegría.
   Cuando volví a Alejandría, y Demetrio se enteró, lo tomó como si se tratara de una infidelidad o algo parecido. Se indignó, casi me pegó, y me gritó que no me quería ver nunca más. A tal punto, que me tuve que ir de Alejandría. Por supuesto, me vine a Cesarea, con pena por el rechazo, pero también con paz y claridad en mi alma. Eso me confirmó que estaba dando los pasos que el Señor me pedía.
   En Cesarea abrí una escuela, similar a la de Alejandría, y he seguido dedicándome a la enseñanza, y a escribir muchos tratados.
   -Basándome en lo que dice Pablo, cerca del final de una de sus cartas a Tesalónica -así inicié mi primera clase en la nueva escuela-, os puedo decir que el hombre tiene cuerpo, alma y espíritu.
   -Estamos unidos con Dios -continué-, por nuestro espíritu, el cual existe desde el principio del mundo. Y es inmortal. El alma, en cambio, contiene lo intelectual y lo afectivo. La educación de las almas continúa en mundos sucesivos; hay un proceso constante hacia la perfección, siendo nosotros primero como vasos de barro, luego de vidrio, luego de plata, para finalizar como cálices de oro.
   Al poco tiempo llegó Ambrosio, pues quiso seguir asistiendo a mi escuela, y ayudarme económicamente. Es una persona muy generosa.
   Supe que, en Alejandría, Demetrio seguía despotricando contra mí, y hasta inventó que yo me había castrado físicamente. No supe si reírme o llorar, pero al final preferí olvidarme. ¿Qué más podría hacer?

         * * *

   Siempre conversé amistosamente con aquellos cristianos que estaban confundidos y que interpretaban las escrituras de algún modo superficial, y han llegado a unas conclusiones que todos los obispos han considerado erróneas. Les hago ver cuál es la manera de leer las escrituras. Hay presbíteros que reprimen a estas personas airadamente, y eso es peor porque más se aferran a sus creencias. Mi método, en cambio, es el del diálogo. Así, he tenido buenos resultados.
   Yo llevaba ya unos pocos años en Cesarea, cuando ocurrió la detención de Hipólito, el obispo de Roma, junto a Ponciano, jefe de la Iglesia. Ambos fueron relegados a las minas de Cerdeña. No se llevaban nada de bien, pero el destino que les tocó los hizo reconciliarse. Los dos murieron en cautiverio. Fue un episodio muy triste para los cristianos.
   Por ese mismo tiempo, llegó a Cesarea el nuevo gobernador, junto a su esposa y el joven Gregorio, hermano de ésta, el cual se incorporó a mi escuela, como alumno. Fue muy destacado, y después de cinco años había asimilado tan bien el método, que se constituyó en mi ayudante. Nunca antes me había complementado así con un discípulo. En su graduación, dijo un discurso de acción de gracias, en que habló muy bien de la forma cómo yo guío a los alumnos.
   Años después, a Gregorio lo apodaron Taumaturgo porque, según algunos, él hacía milagros.
   Por mi parte, continué como profesor y escribiendo muchísimo, y dando homilías que tuvieron buena llegada. Me esforcé especialmente en enseñar la mejor manera de leer las escrituras. Para lograr una buena lectura hay que hacerlo tres veces. Primero, de manera literal, para iniciar un camino y añorar el sentido profundo. Después, una lectura moral destinada a captar qué debemos hacer para vivir la palabra. Y finalmente, la lectura espiritual, por medio de la cual el Espíritu Santo nos hace entender el contenido de la Escritura, y encontrar el sentido de los misterios.
   Insisto mucho en que los seres humanos estamos dotados de libre arbitrio y voluntad, y por eso, a veces actuamos mal y otras veces nos salvamos.
   Hace poco tiempo escribí una refutación de las teorías de Celso, escritas hace muchos años atrás, y que recién ahora algunos lo empiezan a tomar en cuenta. Celso fue un filósofo vulgar, que hablaba muchas tonteras. Yo no quería darle importancia a ese tipo, pero Ambrosio me pidió que lo rebatiera, y entonces, no me pude negar. Sólo por eso escribí ese texto contra Celso.
   Yo tenía 65 años cuando caí prisionero durante la persecución iniciada por el emperador Decio. También fue apresado Fabián, jefe de la Iglesia cristiana, cuyo pontificado fue de paz, organización, y expansión misional. Por esa misma época, fue asesinada en Alejandría, en plena calle, la anciana diaconisa Apolonia. Lo sentí muchísimo. Una turba la atacó y la golpeó, perdió algunos dientes, y la dejaron ahí tirada, sangrando. Ahí mismo murió.
   Estuve preso cuatro años, fui maltratado y torturado. Después que me liberaron me vine al norte, a este lugar llamado Tiro. Estoy tan débil, que me desmayo a veces. No sé qué más va a pasar conmigo. Creo que pronto el Señor me vendrá a buscar.

   

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