ARISTODEMO                    Un lugar literario
Historias notables         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Una mini-novela perteneciente a HISTORIAS NOTABLES

 
   Ludwig Van Beethoven

   Estando próximo a cumplir 17 años conocí al conde de Waldstein. A él le gustó mi manera de interpretar la música, y me ayudó económicamente. Yo tenía muchas ganas de ir a Viena a conocer a Mozart y aprender de él. Así, pude efectuar ese viaje. El Príncipe Elector me consiguió una entrevista con ese gran músico de este tiempo. Era el año 1787.
   Ese día en que acudí a su residencia, primero fui yo el que escuchaba fascinado a Mozart, y en una segunda parte él tuvo a bien escucharme a mí, al piano. No le pareció nada de mal mi actuación. Nos despedimos con afecto y él fijó un segundo encuentro para la semana siguiente.
   Dicha reunión, no fue posible concretarla, pues antes llegó un mensajero de correo rápido, trayendo una escueta carta de mi padre en la que me contaba que mi mamá estaba muy enferma y podía morir en cualquier momento. Volví a Bonn, mi ciudad natal, con gran urgencia, y alcancé a llegar cuando mi madre aún vivía. Murió al día siguiente. Fue una gran pena, y me llené de emociones porque se me venían imágenes recordadas, que habían parecido olvidadas.
   La dulzura de mi madre..., Magdalena era su nombre. Para mí fue como una amiga. Ella no era muy de andar acariciándolo a uno. La criticaban porque no estaba preocupada de mi ropa, pero eso no tiene mayor importancia. El amor no va por ahí; no va por el lado de la eficiencia. Es algo mucho más profundo. Recuerdo cómo demostró su temple, cuando se desbordó el Rhin. Eso fue hace poco; yo tenía trece años. Se inundó completamente nuestro barrio, y ahí estaba esta señora Magdalena, organizando nuestro transitorio éxodo y el de los vecinos. Entre ellos, el panadero y su familia. El hijo del panadero era mi amigo.
   Y ahora, yo tenía que ocuparme de mis hermanos, ya que mi padre, a esas alturas no valía nada. No le fue fácil afrontar su viudez, no sólo por lo que eso significa en sí, sino también debido a su afición a la bebida, que ya desde antes era un problema serio, pero ahora hizo crisis. Tuve que empezar a hacerme cargo de sus responsabilidades familiares, usando lo que lograba rescatar de su sueldo, y ayudar a mis hermanos a que pudieran trabajar en algo. Uno, como boticario; el otro como músico, igual que mi padre, mi abuelo y yo. Sé que mi abuelo era un buen tipo, aunque no tengo imágenes recordadas en que aparezca él. Se llamaba Ludwig como yo, y murió cuando yo tenía tres años. Algún día llegaré a ser Director Musical de la Corte, como lo fue él.
   La manera de relacionarme con mi padre me anduvo deprimiendo un poco, en estos días, y hasta me vino asma, pero muy pronto se me quitó. El recuerdo que tengo de mi papá no es grato. Llegaba tarde en las noches de mi infancia, y creo que él sentía la necesidad de hacerme practicar música. Para ello, me sacaba de la cama y trataba de ponerme a tocar piano. Era una lucha que casi siempre la terminé perdiendo yo.
   En algún momento, mi papá me puso profesor. Uno que venía durante el día, pero no sirvió de mucho, porque hasta yo sabía más que él. Tuve que seguir con el plan nocturno que imponía mi padre. En esos cansadores estudios opté por ponerme a improvisar, porque así me era más llevadero. Mi papá me retaba por hacer eso. La situación se tornó insostenible, hasta que me pusieron como profesor a Neefe, un gran tipo, nada menos que el Director Musical de la Corte. En ese momento se me arregló la vida. Con un profesor así, progresé rápidamente.
   Un año después ya me presenté como pianista en un concurso. Además, tocaba el órgano en la misa. Lo aprendí yendo temprano en las mañanas a la iglesia de los franciscanos.
   A los trece años de edad había llegado a ser ayudante de Neefe en la corte del Príncipe Elector. Y publiqué algunas composiciones. Fue gracias a Neefe que conocí al conde Ferdinand Waldstein. Él ha sido importante para mí.
   Si no hubiese sido por Neefe y sus enseñanzas, jamás me habría atrevido a ir a Viena a conocer a Mozart. Y el destino quiso que Viena durara poco, y ahora yo esté de vuelta en Bonn, en casa de los Von Breuning. Ha sido mi hogar desde el día de mi primera visita, a los catorce años, acompañando a mi amigo Franz Wegeler, cinco años mayor que yo.
   Al principio, pasaba días enteros con los Breuning. Después, hasta me quedaba a alojar algunas veces, y así me fui quedando. Es una familia acogedora, formada por la madre viuda Helene, y sus hijos Christoph, Stephan, Lorenz y Eleonore, a los cuales yo les enseño música. Frau Helene es como una segunda madre para mí. Me enseña idiomas. Y me tiene una paciencia increíble. Cuando caigo en respuestas desproporcionadas de mal humor, la mamá Helene dice, con comprensión y tranquilidad: "Otra vez tiene el arrebato". Así, se me pasa pronto ese estado.
   He vuelto a vivir en esta casa, lo cual es muy natural. Me quieren y yo los quiero. Eso es algo grandioso.
   Hoy he salido a caminar un rato. Más que caminar... , voy corriendo por la calle. ¿Adónde voy? Me gustaría llegar lejos. Pero, tengo que parar en algún momento. Entonces, considero que he llegado. ¿Dónde? Donde venden pianos, que no puedo comprar porque son my caros. Me voy caminando tranquilo y en paz. Puedo hacer mi música sin tener un piano propio. Por el momento, cuento con el de Frau Helene. Algún día podré comprarme uno.
   Llego a la orilla del Rhin. Tiro piedras al agua. Camino, salto de alegría. El paisaje me la da, o me la presta. También me siento a meditar durante algunos minutos. Veo una niña a lo lejos. No sé, desde aquí, acaso es muy linda o no, pero la imagino preciosa como una princesa. Ella mira a través del cristal de su ventana. No forma parte de mi acción, pero sí de mi pensamiento. Bajo una escala. La niña ya no está. Pero, en mí sigue estando. Pienso y pienso, pero al final..., prefiero pensar en otra cosa. Imagino que la voy a conocer un día y que congeniaremos. Y nos tomaremos de la mano para caminar a la orilla del río para siempre. Bueno, eso no puede ser...
   Ya empiezo a volver. Y sigo pensando: ¿estaré yo en los pensamientos de esa niña? ¿en qué forma? Eso es algo que nunca podré saber. Sigo entrando a la ciudad. Anda mucha gente. Más que nada, personas mayores. Creo que también yo llegaré a ser así de mayor. Y recordaré este momento como algo muy lindo que pude vivir sin mayor esfuerzo. Camino lento, sin rumbo conocido. A descubrir algo, quizás. Recuerdo mi niñez llorada. No siempre fue mala, tuve momentos muy buenos. Son los que quiero recordar porque me llevan a la felicidad. La que nunca debería abandonarme, pero es tan efímera y poco constante.
   Pasa un señor muy grave, quizás como yo. Me he cansado, talvez me faltó comer algo más, salí precipitadamente. Voy a casa. Al llegar, subo la escala al segundo piso. Llego bastante rápido. Está Eleonore. Ella es mi amiga, eso quiero yo esperar. Habla con su voz de canto que me fascina, o me ilusiona, me pone más abierto a entrar en su mundo. Nunca lo he logrado mucho. ¿Es mi falla? ¿o de ella?
   Ha entrado a su pieza. Y yo, entonces, entro en la mía. Sintiendo en mi interior la música que retrata este momento. Aunque la tengo bien, no logro ponerla completamente en el papel, sólo unas pocas notas, las esenciales. Siento tristeza. No entiendo cómo puedo cambiar tan rápido de la alegría a la tristeza. Creo que es el amor el que me hace recorrer esa dimensión. Escribir la música me centra, me da serenidad, paz. La melodía me fluye como un líquido cristalino que baja lentamente y elige la vía por donde seguir. Yo, simplemente, la miro y acepto su sendero. Igual, ese camino de agua llegará al mar, y se evaporará. Y caerá como lluvia y volverá a vivir lo mismo de siempre, o quizás cada vez algo nuevo. Ya es el ocaso del día, el cielo se pone rojo en arreboles, para dar paso a una noche de promesa. Imagino cómo será esta noche, en la cena. La viviré de alguna manera, siempre distinto y siempre igual.
   No me doy cuenta y ya estoy sentado a la mesa, con los demás. Hablamos de poesía y literatura. De repente digo algo que consideré importante. Y lo es, a juzgar por los comentarios. Después de comer, bailamos, bueno, yo soy el afortunado que baila con Eleonore. Los hermanos nos miran con preocupación. Sí, claro, no tenemos derecho a apropiarnos de una felicidad que ha de ser compartida. Conversamos entre todos, cosas importantes, que quizás no las sabemos muy bien, pero así vamos aprendiendo. Dios me habla en el momento en que me escucho decir algo que no sé de dónde proviene: ¡Qué importante es la vida!
   Y qué difícil es aprender a vivirla. En cambio, encuentro más fácil mostrarla en una música, eterna, clara, universal. Hasta me distraigo de la conversación. Eleonore se despide para retirarse a su habitación. Le doy un beso de despedida en la mejilla. Los hermanos me miran con una sonrisa. Yo también sonrío, pero de felicidad.
   Sin Lörchen, como le decimos a Eleonore, la conversa cambia de intenciones, ahora es más superficial, más jocosa. Hasta que se produce el silencio, que es roto después por alguna alusión de broma.

         * * *

   Ya estaba yo casi cumpliendo 22 años cuando nuevamente decidí ir a Viena. Lamentablemente, no iba a poder encontrarme con Mozart, ya que éste había muerto pocos meses antes. No sé cómo se me fue pasando el tiempo, y se me frustró esa posibilidad. De todos modos, consideré llegado el momento de trasladarme a Viena, ciudad de pianistas.
   Me ayudó el conde Waldstein, convenciendo al Príncipe Elector de Colonia para que me financiara el viaje.
   Lörchen copió para mí un poema de despedida. Es de Herder, se refiere a la amistad, y dice algo así: "La amistad crece con la bondad, como la sombra del atardecer, hasta que se oculta el sol de la vida".
   Dejé atrás Bonn, con todo lo que tiene de bueno. Como escuchar la música de vientos los domingos en la plaza. Pero, también con todo lo que tiene de malo, como aquel pequeño grupo de muchachos que se decían amigos..., y no lo eran. Me molestaban porque no soy dado a andar revolcándome con cualquier mujer para satisfacer un impulso físico. Creo que eso es tomar muy a la ligera algo grandioso que puso Dios en las personas. En cambio, ellos se sienten importantes haciéndolo, aunque no tengan ni ganas. Una vez, llegaron al extremo de poner a una camarera a tentarme. Ella se movía provocadoramente, poniendo sus nalgas muy cerca de mi cara. Para sacármela de encima le di una fuerte palmada en el trasero. Mis amigos se rieron mucho, mientras la mujer se retiró, muy molesta con ellos.
   El viaje a Viena duró muchos días, y tuvo más de un percance en el camino.
   Al mes de haber llegado, supe que murió mi padre. La comunicación me llegó con tal tardanza que ya no alcanzaba a asistir al funeral, así que me quedé en Viena, con toda clase de recuerdos, buenos y malos. Como esas veces en que tuve que salir a la calle a buscar a mi papá borracho. Y esa vez que intercedí ante la policía para que no lo arrestaran.
   Al llegar a Viena, permanecí unos días en una habitación muy pobre a la que pude acceder, pero pronto fui invitado a vivir con los Lichnowsky, parientes del conde Waldstein. Me acogieron muy bien. El príncipe Karl, jefe de la familia, había sido alumno y protector de Mozart. Su esposa, la princesa Christiane, es una pianista importante.
   Al príncipe Lichnowsky le gusta organizar sesiones de música de cámara. Me han venido muy bien. Por otra parte, los benefactores de los principales pianistas organizan competencias de piano para destacar las bondades de sus protegidos.
   Ya se había sabido de la caída de la monarquía en Francia, lo que, hasta ahí, fue considerado una buena noticia. Mucho antes se supo lo de La Bastilla, lo cual prometía algún buen resultado a futuro. Pero, después tuvimos la mala noticia del ajusticiamiento de Luis XVI, y más tarde el de su esposa. Me impresionó, y creo que se trató de un odio excesivo. La libertad había llegado tiempo atrás con la bandera de la fraternidad pero una vez instalada en el poder, creo que se traicionó a sí misma.
   Por ese tiempo, me puse a estudiar con el compositor austríaco Joseph Haydn. Esas clases no me aportaron tanto como yo hubiese querido, y por eso tomé también otro profesor. Cuando Haydn se enteró se enojó conmigo, y ya no lo tuve más como maestro.
   ¿Cómo pudo pasar esto? No lo entendí pero lo acepté, y hasta me gustó, aunque no debería. La tranquilidad y la paz llegan a veces hasta mí para diluir por un rato mi conflicto interior. Ya estoy mejor. No me detesto, al contrario, la vida es bella, quizás esquiva, coqueta como una mujer hermosa, altiva, amorosa, y a veces, dura. Me enamoro de la vida pero la vida no me corresponde. La amo de un modo platónico. No nos poseemos, pero así está bien. ¿Me necesita a mí para algo, como yo necesito la vida? Canto a la vida, y hasta ella me canta a mí, porque le canta a todo el mundo. ¿Me pongo celoso? No, porque acepto que la vida es de todos, tan mía como de otros. Amo el amor. De pronto me pongo temeroso, o rencoroso, y es porque en vez de estar con la vida me he ido hacia alguna otra, que le llaman mujer de la vida, paradojalmente. Pero es la no-vida, o quizás vida inferior, casi animal. Hay muchas vidas. Mi vida, tu vida, su vida.
   Talvez recuerdo mi niñez. Ahí fue que se me instaló esa distancia, o temor a hacer daño. Salvar a los otros... de mí. Un contrasentido. Y vuelve después de un rato que parecía superado. Recuerdo cuando por tratar de acercarme a alguna tía, la ensuciaba porque yo venía de jugar con barro. Me acostumbré a que me quisieran así no más, de lejitos. Y esa vez que corriendo choqué con otro niño. Mi cabeza fue muy dura para él, un poco más alto que yo.
   Es como si yo mismo me hubiera puesto un cartel que dice "Dañino". Un cartel que yo no lo veo, y por eso no me molesta. ¿Ternura?, sí, también la hubo en mi niñez. Desde mi madre. La adquirí para darla a los demás. Paradojal parece ser el dañino tierno. Todo es posible, en mis personajes interiores hay de todo. Los que aclamaron a Jesús entrando a Jerusalén, y los que pidieron su muerte a los pocos días. No son los mismos. Conviven como en cualquier sociedad, y en cualquier persona, también en un niño.
   ¿Conversan en mí el tierno y el dañino? ¿Amistosamente? Sí, aunque se sepan tan distintos. Soy esos dos y muchos más. ¡Salgan personajes míos, canten, bailen! También el científico y el religioso; el comprensivo y el taimado. No condeno a ninguno. Soy todos ellos, alguna vez cada uno. Como hermanos, se pelean, así tiene que ser. Es como agredirme yo mismo. No puede ser, tengo que perdonar. Y sale a vivir el personaje principal, el que disfruta con la belleza de la vida y la proclama a viva voz. Un personaje que me enorgullece porque es mejor que yo. ¿Cómo puede ser? Son sensaciones. Quisiera poder ir a abrazar a ese niño que fui, y darle las gracias por la manera como me construyó desde sus limitaciones pero también con la fuerza del ser. Ese personaje niño sigue siéndolo. Hizo su trabajo y no se puso a descansar. Me cedió el mando, y yo lo tengo ahí no más. Quisiera resaltarlo. Soy sólo su representante en el mundo de la relación social. No sé si buen representante, pero trato de serlo. Cada día que pasa me es más difícil y esporádico.
   Mi música es para recordar lo que quiero vivir. Es un acto de fidelidad, un método de trabajo conmigo. Pero, para las demás personas es solamente algo que les agrada escuchar. Tengo buena llegada en los salones. La gente me dice que soy muy audaz. De hecho, mi intención es innovar, hacer una música distinta, original.
   Las mujeres se sienten atraídas por mi música, pero no por mí. Lo mejor que me han dicho es que tengo ojos expresivos.
   He estado admirando a una cantante, llamada Magdalena Willmann. Cuando le declaré mi amor, ella me rechazó groseramente, diciéndome que soy feo y medio loco. ¿Será porque no me gusta usar peluca? No supe si reír o llorar. Talvez pueda ella tener razón..., pero no me importa..., ya dejé de amarla.
   Recuerdo con mucho cariño a mi Lörchen. Todavía uso el chaleco que ella me tejió. Le escribí una carta en la cual le hablé de los pianistas de Viena, y de las competencias en las que he estado, y cómo me ha ido bastante bien en eso.
   Tengo en mis manos la respuesta de Eleonore. Me alegró mucho recibir esa carta. Me cuenta que su hermano Lorenz vendrá a establecerse en Viena. Pienso que será bueno continuar nuestra amistad.
   Hace poco llegó también a Viena mi hermano Karl. Está trabajando como cajero de banco, pero también se da tiempo para enseñar música, que es lo que le gusta. Eso es un distintivo de nuestra familia. A veces logramos conversar. Le conté que desde hace unos años tengo muchas ganas de poner música al Himno de la Alegría, de Schiller.
   De hecho, siento eso con fuerza. Es como querer manifestar mi amor a la humanidad. Con este anhelo en mi mente, me agrada dar un breve paseo antes de mediodía, y un largo paseo después de almuerzo, alrededor de la ciudad. Llevo un cuaderno para anotar cualquier inspiración que me venga. También me gusta ver la salida del sol en verano. En cambio, al atardecer voy a la taberna a reunirme con mis amigos, y tomar cerveza.

         * * *

   He tenido varios benefactores para poder desarrollar mi música. Son generosos, es cierto, y se los agradezco, pero no se trata sólo de una ayuda gratuita. En estas cortes es muy bien vista por la alta sociedad la presencia de artistas de cierta categoría. A uno le exigen obediencia, y a veces hasta lo castigan para mantenerlo en orden. A mí me gusta ser independiente, mientras pueda. Me tienen paciencia.
   Con Lichnowsky hasta salimos de gira. Estuvimos en Praga, Nürnberg, Dresden, Leipzig y Berlin.
   Los mecenas también organizan desafíos entre sus músicos. Así, Lichnowsky se enorgulleció de mí aquella vez en que, en una competencia de improvisaciones en piano, vencí a Steibelt, el gran pianista patrocinado por Lobkowitz.
   Al año siguiente dejé de vivir con Lichnowsky, pero él siguió siendo mi protector. Es que allí me sentía un poco aprisionado, como en jaula de oro. Me he cambiado de casa varias veces, pero siempre trato de estar cerca de los Lichnowsky. Me conseguí un retrato de mi abuelo Ludwig y lo tengo puesto en mi casa. Ese cuadro me lo trajo mi hermano Johann cuando se vino a vivir a Viena, donde trabaja como farmacéutico.
   Estando de visita en casa de Lobkowitz, que es ahora uno de mis patrocinadores, conocí al violinista Karl Amenda. Él estudia teología, y tiene un carácter tan armonioso, que nos hicimos amigos enseguida. Nos juntamos para componer y también ponemos a prueba nuestras destrezas musicales, Karl con el violín, y yo en el piano.
   Al año siguiente, cierto día estaba yo componiendo un cuarteto que evocaba mi infancia y más aún, también la casa de los Breuning. No sé qué me dio por agregar un quinto instrumento. Estuve un par de días con mi quinteto, Karl me ayudaba con el violín, y de pronto me dijo:
   -¿Por qué no agregas un fagot?
   Me gustó la idea, y así fue como ya estaba trabajando con un sexteto. No me duró más de una semana, porque quise extremar la originalidad y lo transformé en septeto, usando violín, viola, cello, contrabajo, fagot, corno y clarinete. Me resultó muy bien esa pieza musical, sin tanta profundidad como un cuarteto, pero llena de sentimiento. La bauticé con el nombre "Septimino". Amenda se reía con complicidad.
   Al Septimino le puse un Minueto en el tercer movimiento, casi como homenaje a Mozart. A Karl le encantó, pero yo no quedé conforme con eso. Agregué un quinto y un sexto movimientos para incluir un Scherzo, que es mi sello personal.
   -Tu Scherzo expresa de manera distinta el mismo tema de tu Minueto -me dijo Karl.
   -Así es -asentí, y le conté acerca de las sinfonías que quiero componer.
   -Veo que tu septeto es una verdadera aproximación a la sinfonía -indicó Karl. Creo que tenía bastante razón.
   Muy poco después estrené mi primera sinfonía. No fue muy comprendida por los músicos. Esto es algo que he venido observando desde el comienzo. Incluso, una vez hasta Haydn me criticó uno de los movimientos de un Trío. Yo sé que tengo que seguir adelante. No todas las personas tienen igual grado de aceptación de la novedad.
   Es más, estoy dejando de interpretar en público la música de otros autores. Prefiero limitarme sólo a lo que yo compongo.
   Avanzo en la construcción de varias obras, según como viene la inspiración tal o cual día. Estoy muy atento a ella cuando camino y cuando busco la naturaleza, casi siempre en soledad. También añoro otras culturas, las que enseñan mucho. Corro dentro de mí, y ando despacio por fuera.
   Fui muy amigo de Amenda, aunque él alcanzó a estar apenas un poco más de un año en Viena. Tuvo que volver a Courland, debido a la muerte de su hermano y a que tuvo que hacerse cargo de sus sobrinos.
   Desde hace algún tiempo empecé a sentir persistentes zumbidos, que no están en ninguna parte, sino sólo dentro de mi oído. Debo haber tenido unos 27 años. Al principio, el asunto aquel me complicaba un poco, porque me dedico a la música. Esperaba que se me pasara, para no tener dificultades creativas.
   La sensación que percibo es como escuchar oscilaciones espontáneas y duraderas en mi oído. Es un ruido de fondo, que quiero apagar. Es un anuncio de tragedia. Pero también es vida que se desborda, y que reclama, y me saca de mi música, o intenta hacerlo. Es una tristeza. Talvez dependa del ámbito en que estoy. Empiezo a romperme por dentro, y me cuesta iniciar lo que siempre he iniciado.
   Ahora que tengo treinta años, mis oídos zumban muy fuerte, sobre todo en las noches, porque hay menos bulla en el ambiente. Los sonidos intensos lejanos los escucho, sin mayor problema, excepto los tonos altos, pero los sonidos fuertes cercanos me producen dolor en los oídos.
   Empiezo a huir de la sociedad, a causa de este problema. Cuando me hablan percibo los sonidos, pero me cuesta distinguir qué palabra es la que me están diciendo. Así y todo, algunas personas no advierten mi dificultad de audición. He consultado doctores, en secreto. Wegeler, que es médico, me ha recomendado algunos. Casi ninguno me ha servido mucho, excepto el doctor Johann Schmidt. Me alivió el zumbido y el dolor, pero sigo sin escuchar bien los tonos altos.
   El doctor Schmidt me recomendó vivir en el campo. Por eso, durante los meses más calurosos vivo en Heiligenstadt, en las afueras de Viena. Y en los meses más fríos vuelvo a la ciudad.
   Además, tengo otro problema de salud. Unas diarreas que me vienen con cierta frecuencia.
   Leyendo a Plutarco he aprendido la resignación activa, que no consiste en sufrir sin luchar, sino en no apesadumbrarse por lo pasado ni acongojarse por lo irremediable; en mirar al porvenir, siempre. Me gusta leer los clásicos griegos.
   Hace poco se estrenó el ballet "Las criaturas de Prometeo", con música que compuse gratamente.
   Comencé mi tercera sinfonía. Al principio quería titularla Heroica, en honor a Napoleón que me tenía deslumbrado con su dimensión liberadora. Pero, hoy he cambiado de idea, pues me he desilusionado, y rechazo al dictador imperialista en que se ha convertido Napoleón.
   El otro día fui detenido por la policía, cuando estaba participando en una marcha de protesta. Al rato me dejaron en libertad. Sólo les interesaba disolver la manifestación.
   Por ese tiempo, llegó Stephan von Breuning a Viena. Sentí como si no hubiera pasado tiempo desde la última vez que nos habíamos visto.
   Tengo un discípulo. Se llama Ferdinand Ries, y es hijo de un músico checo. Vive en casa de un sastre que tiene tres bellas hijas. Visito a Ries, a menudo. Una vez que andábamos paseando con ellas por los bosques de Viena, Ferdinand mencionó que estaba sonando la flauta de un pastor. Y como quedó claro que yo no la había escuchado, me preocupé mucho, porque me sentí de vuelta en ese mundo de soledad en que no puedo compartir con la gente.
   Ahora salgo a pasear en soledad por los bosques. Los árboles me hablan en silencio. No necesito el oído para escucharlos.
   Lo único que siento es perder la comunicación con personas. Supongo que la gente no querrá confiar en un músico sordo.
   Sin embargo, me he dado cuenta de que puedo componer música perfectamente, pues mi imaginación es auditiva, musical, y no la he perdido en ningún momento. Puedo expresar en música la particular manera de ser de alguna persona, tal como la percibo.

         * * *

   Eleonore se casó con Franz Wegeler. Saber esto fue muy duro para mí, aunque no tengo de qué quejarme, si a ella no la he visto en muchos años, y además siempre me habló de pura amistad.
   Dejé de escribirle a Franz, por un buen tiempo, hasta que se me pasó la tristeza. Pero, he vuelto a tomar la pluma para dirigirme a él, más que nada para así sentirme cerca de Eleonore, y tener alguna presencia en ella. De hecho, en una carta Wegeler me contó que conversa de mí con su mujer.
   Me doy tiempos de descanso paseando. Y me digo que me gustaría tener una compañera para caminar por la vida. Casi siempre estoy enamorado de alguna mujer. Quisiera bailar y gritar de felicidad, a veces, pero jamás lo hago porque no me gustaría después recordar eso como algo absurdo. Antes, yo decía "la vida no es para mí". ¡Qué equivocado estaba! La vida es para mí, es mi vida. No puedo pretender que la amada sea perfecta, si yo tampoco lo soy. La vida no es el ámbito de tres dimensiones que me circunda, no es el calor ni el frío. Es mucho más que todo eso. Y no muere ni morirá jamás. Mi muerte, cuando ocurra, no nos separará. Nos iremos a otra parte, a otro ámbito distinto. Como ir de viaje, ya estoy de viaje. Antes, he estado en otro ámbito con mi vida. Las mujeres se empeñan en mostrarme todo esto, enseñarme que ellas son símbolos de la vida. ¡Qué feliz se puede ser cuando uno palpa todo esto! Trato a las mujeres como trato a la vida.
   Entonces empecé a tener problemas porque, a menudo, las mujeres han interpretado mal mis invitaciones a pasear. Eso es lo que ocurrió con María, una mujer casada que estudiaba piano conmigo. Ella es una gran pianista, que siente la música.
   Ahora tengo otras estudiantes de piano. Teresa, de veinte años, es Condesa de Brunswick y muy buena alumna. También lo son sus primas. Me enamoré de una de ellas, la adorable Condesa Giulietta Guicciardi, de 16 años. ¡A mis treinta años! Ella ha logrado enseñarme a ser sociable. Decía amarme más que a nadie. Yo estaba dichoso, y esperaba con paciencia que Giulietta fuera un poco mayor, para pedirle matrimonio. Sus padres no estaban tranquilos con este romance, porque yo no soy de la clase alta. Fue así como se apresuraron a comprometerla con el Conde Von Gallenberg, un muchacho joven, como ella.
   He vuelto a mi tristeza, que también me inspira mientras compongo una sonata a la luz del claro de luna. Vislumbrando una vida preciosa, que está ahí para que uno la vea, pero no acceda a ella.
   Mi música gusta mucho, hay mujeres enamoradas de cada una de mis armonías. Siento celos de mi música. ¿Cómo puede ser eso? Lo más lindo que sale de mí. No es cierto que yo haya creado esa música. No. Está ahí escrita en el aire. Yo sólo la leo, y escribo notas en un papel. A mí mismo, esa música me dice cosas distintas cada vez, y misteriosas, desconocidas. Me pregunto si acaso podría leer esas corcheas etéreas si tuviera la satisfacción de la vida en pareja.
   De igual manera, se da que yo amo mi música, y las mujeres que algún día intentaron amarme se sienten también celosas de ella. Soy todo para la música, y eso jamás será aceptado por mujer alguna. Es el destino, no me quejo. Nunca he sido un conquistador. Mi vida tal como es, está bien. Amo a mi manera, y soy amado a la manera de ellas.
   Cosas que se dicen de mí, que soy bajito, que ando de mal humor, que bailo muy mal. Todo eso es cierto, pero no creo que un hombre alto, sonriente y buen bailarín tenga asegurado el ser una buena persona.
   Desde hace unos pocos días he entablado una amistad con la Condesa Marie von Erdödy. Hasta me he atrevido a contarle mis penas y alegrías. Es como una confesora, una amiga del alma.

         * * *

   Mientras camino por el campo, disfrutando los prados verdes, veo unos pajaritos que parecen estar cantando. De pronto, una brisa agita los árboles. Bellos árboles. Me cuentan sus penas y alegrías. Tenemos complicidad. Me aproximo al lago, o laguna, más bien. Veo botes, gente que disfruta navegando. Me siento en un escaño a contemplar la naturaleza.
   Se pone a hacer un poco de frío. Me levanto a seguir caminando por la orilla. Le doy toda la vuelta a la laguna. Quisiera estar en la orilla del frente, siempre digo eso, aunque sea otro frente. Me interno en un bosque de árboles uniformados, pobrecitos, cómo les digo que lo siento. Son felices, igual. "Así es la vida de los árboles", dicen.
   Sigo caminando un buen trecho. Me detengo muy cerca de un gran tronco. Toco su corteza áspera, comprendiéndola. Dios ha sido generoso. Ha creado belleza. Salgo de ese bosque, hacia un prado extenso.
   Voy por el sendero. Anda mucha gente, feliz, creo. No sé si por sus mentes pasan problemas o no. Viene un vendedor de golosinas. Se acercan a él los niños. Lo saludo al pasar. Pienso que en varios siglos más esto va a seguir estando lindo, y vendrá otra gente.
   Ya pasó el viento, y quiero asimilar bien el lugar, no a la pasada solamente, sino con intensidad. Dejo que las utopías me ronden. La música que viene a mi alma en este momento es bella. Tomo mi libreta y lápiz, y escribo las notas, para que no se me olviden. En esto, puedo estar horas. Los niños pasan corriendo y gritando alegremente. Me dan felicidad. Y le dan un matiz especial a la música. Me voy de ahí hacia el campo. Se ven a lo lejos las ovejas, los caballos, otros animales, y también gallinas en alguna granja.
   El cielo se empieza a llenar de nubes. Sigo caminando, y la brisa ya es viento, surge el frío, también con su mensaje. Corro un poco, hasta entrar en calor. Las nubes se ponen negras. Está amenazante. No por eso menos lindo.
   Y se larga a llover, primero gotas, después torrencial. Ahora corro para guarecerme bajo la copa de algún árbol. No es mucho lo que protegen. He de llegar a casa a secarme, parando en las partes que pueda. Es bella también la lluvia. A ratos amaina, entonces camino más calmado. Hasta sale un tímido rayo de sol. Voy más lento y tranquilo, pero quiero llegar pronto a casa. Primero a la ciudad, que aún está lejos. Ya no se ve gente, o al menos no tanta. Vuelvo a estar en el bosque. Siento frío, y acá no se puede correr mucho. Tengo paciencia. Sigo adelante, hacia la laguna que alcanza a verse a veces a lo lejos. Estoy todo mojado. Ya llegaré. Por lo menos a la laguna, y empiezo a caminar por la orilla, ahora un poco más rápido. Hasta llegar al frente inicial. Y de ahí otro sendero que me llevará al pueblo. Ya está todo bien. Ahora pienso en mis proyectos, las sinfonías que me ocupan. Imagino estar ya estrenándolas. Voy por el pueblo, por los adoquines y charcos. No pasaré al bar, por hoy.

         * * *

   He adquirido la costumbre de escribir cosas que, después cuando las lea, me permitan aprender algo nuevo acerca de mí. Al principio eran simples reflexiones y algunos desahogos. Cada vez puedo ir más adentro y conversar con mis personajes internos. Tengo allí una maestra fabulosa, musa inspiradora, amiga platónica que me guía. La llamo Amada Inmortal. En las cartas que le escribo, y que jamás enviaré a nadie, la visualizo con rostro y rasgos de alguna mujer real a la que he amado.
   Quiero descubrir la mejor manera de ir por el camino que me toca transitar. He de legar algo a la humanidad. Y para poder visualizar eso, siento necesario dejar por escrito algo así como un testamento. Dirigido a todas las personas, pero en particular a mis hermanos, que representan para mí el mundo.
   Hoy digo a todas esas personas, aunque talvez me consideren huraño, sin saber el oculto motivo de esa apariencia, que siempre he querido hacer algo bueno y grande. Os revelo la grave situación en que me encuentro, sin que los médicos hayan sido capaces de aportar la solución. A pesar de mi temperamento ardiente he debido apartarme, y pasar mi vida en soledad. Nunca pude decir "soy sordo". ¿Cómo revelar la debilidad del sentido, que antes tuve, y que debería ser el más importante para mí? ¡Perdonadme, por favor! Me encuentro siempre solo y con angustia por el miedo a que la gente se dé cuenta de mi estado. Acabo de pasar seis meses en el campo, para cuidar mi oído. Me he sentido humillado cuando alguna persona cerca de mí se ha referido a un sonido que yo no escuché. Sólo el arte impide que ponga fin a mi vida. He decidido no abandonar este mundo antes de realizar lo que tengo que realizar. La paciencia me lleva a prolongar mi vida triste, hasta que la diosa del destino quiera cortar el hilo de mi vida.
   ¡Oh Dios!, tú miras desde lo alto en el fondo de mi corazón, y lo conoces, sabes que en él moran el amor a los demás y el deseo de hacerles el bien. Vosotros, hombres, si leéis un día esto, no seáis injustos conmigo, que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, hice cuanto estaba a mi alcance para ser admitido en el rango de los artistas y de las personas dignas.
   Después que yo haya muerto, pedid al doctor Schmidt que describa mi enfermedad, para que la sociedad se reconcilie conmigo. Perdono cualquier mal que pudierais haberme hecho. Recomendad a vuestros hijos la virtud, porque sólo ella puede dar la felicidad que no da el dinero.
   Dejo a mis hermanos Karl y Johann mi pequeña fortuna, si es que puede llamarse así. Gracias por la fidelidad que me habéis demostrado. Hago votos por que tengáis una vida feliz. Así como también el príncipe Lichnowsky y el doctor Schmidt.
   ¡Cuán feliz seré si todavía puedo serviros desde la tumba! Si fuera así, con qué alegría volaría hacia la muerte. Pero si ésta llega antes de haber desarrollado todas mis facultades artísticas, será demasiado temprano para mí, mas aún así, estoy contento. Venga cuando viniere, yo voy valerosamente hacia ella. Adiós, y no me olvidéis. Merezco que penséis en mí, porque a menudo he pensado en vosotros durante mi vida.

         * * *

   Me animé a componer una ópera. No me fue fácil decidirlo, y después se me complicó la vida. La obra se llama Fidelio, y en tres actos cuenta la historia de Florestán, que está preso por haber intentado desenmascarar los crímenes de cierto personaje noble. Llega Fidelio a pedir trabajo como guardia en la cárcel, y lo consigue. Fidelio es Leonora, la esposa de Florestán, disfrazada de hombre. Fidelio lucha tenazmente por liberar a Florestán. El libreto de esta ópera lo escribió mi amigo Josef Sonnleithner, inspirándose en un hecho real acaecido en París durante la época más terrorífica de la reciente revolución.
   En Noviembre de 1805, Fidelio fue estrenada en el principal teatro de Viena. La presentación tuvo poca concurrencia de público, pero el teatro estaba casi lleno de militares franceses. Lo que pasaba era que Napoleón conquistó Viena, poco tiempo antes, para gran rabia mía y de muchas otras personas. Las nuevas autoridades tenían mucha preocupación por el tema político.
   A los tres días, Fidelio tuvo que ser retirada. Con Josef nos vimos presionados a quitar algunas partes, que no eran del agrado de los militares. Nos opusimos. Sin embargo, La princesa Christiane, esposa de Lichnowsky me imploró, casi de rodillas, que por favor acortara la ópera, que era tan linda, que no podía perderse. Tanta fue su ternura, que le prometí hacer lo posible. Invité a Josef a tomarnos unas cervezas, para tratar de convencerlo. Se negó, pero seguimos siendo amigos.
   Compuse otra versión para la ópera Fidelio, igual pero más corta. Ahora, ésta es en dos actos solamente, con libreto de mi amigo Stephan von Breuning. También modifiqué la obertura. Todo este trabajo, entre medio de las sonatas, sinfonías y conciertos que también me están fluyendo.
   En ese abril estrenamos de nuevo la ópera, esta vez con gran éxito. De todos modos, duró pocos días. El dueño del teatro me comunicó que la sacaba. Recuerdo que discutimos mucho, porque no me dio razones, pero creo que había recibido amenazas. Convinimos en que ésta había sido una versión de transición, y ya vendrá algún día la definitiva.
   A fin de año, ocurrió algo muy desagradable. El príncipe Lichnowsky me ordenó tocar para un grupo de oficiales del ejército de Bonaparte, que estaban invitados a su casa. Me negué, y me retiré indignado. Así fue como se rompió nuestra amistad de años. Salí perdiendo en lo económico, pero en paz conmigo mismo. Todo se me complicó. Seguí dando conciertos, enseñando piano, y obteniendo algún dinero con la venta de mis composiciones.
   Dejé Viena y me fui a vivir en Heiligenstadt . Ahí trabajé en dos sinfonías. Mi confesora Marie Erdödy me pidió que no me aleje de Viena, y que continúe componiendo, cosa que ya desde antes estaba en mis planes. Heiligenstadt no es tan lejos.
   Por ese tiempo, se instaló en Viena un hermano de Napoleón, llamado Jerónimo, como rey de nuestro país. Pienso que es un tipo indeseable.
   Después de unos meses me reconcilié con Lichnowsky. Menos mal que fui capaz de dar ese paso, muy importante para mí. En cambio, me peleé con Stephan. Y fue por una estúpida tontera. Nos llevábamos bien, pero sentí como si él estuviera desconfiando de mí, en cuanto a un asunto de dinero. Esa vez tuve una reacción desproporcionada, la que lamenté a partir del día siguiente. Sin embargo, me demoré como un mes en ir a pedirle perdón, y confesarle la causa de mi mal proceder.
   Asistí al matrimonio de Stephan. Se casó con una chiquilla de veinte años, llamada Julie. Cuando ella murió, poco tiempo después, de una enfermedad pulmonar, tuve que ir a consolar a Stephan.
   Nunca he apreciado mayormente el dinero. Tampoco soy gastador, pero tengo muy claro que el dinero llega rara vez, y necesito hacerlo durar un buen tiempo.
   Se produjo una rebelión de los vieneses, la cual fue sofocada por las fuerzas napoleónicas. Viena fue prácticamente recuperada por el ejercito francés. Eso me deprimió mucho.
   Jerónimo Bonaparte, que sabía de mi aversión al régimen, quiso humillarme. Me ofreció el cargo de Director Musical de la Corte. Lloré a solas, de rabia, porque tuve que rechazar ese cargo, que siempre había querido. Ese asunto fue peor que una broma de pésimo gusto.
   Y siguió pasando el tiempo. Llegué a tener tres benefactores: el archiduque Rodolfo, El príncipe Kinsky, y el príncipe Lobowitz, que es un personaje interesante. Usa muletas, le gusta mirar por la ventana sin que la gente lo vea. Para lograrlo, usa un gran espejo.
   En cambio yo, para comunicarme con la gente uso cuadernos. Ahí me dicen lo que tengan que decirme. Y también yo escribo en ellos las inspiraciones que me vienen en cualquier momento. Así, he continuado con mi obra musical, que cada vez más parece ser poesía.
   Como ese tema sencillo en piano, que ahora se llama "Para Elisa". Elisa es una pianista muy joven, tiene 17 años, y es hija de un cantante de ópera. El que hacía el papel de Florestán, en Fidelio. Hace unos días, Elisa se trasladó a Bamberg para actuar en teatro. En su despedida, le dediqué esa pieza musical.
   En estos días, trata de invadirme el pesimismo pero no lo dejo entrar. Quiero optimismo. No hay otra manera de salir a flote. Los momentos de tristeza también son válidos, forman parte de mi mundo, y vienen desde el amor. Están bien. Los vivo, y los viviré. Pero esos otros, de alegría, creación y vida... ¡qué ganas de que fueran más frecuentes y duraderos! Cuando siento afecto por un niño... sé que eso es una aspiración a reconciliarme con el propio niño que fui. El que está fuera del tiempo y tiene múltiples facciones y maneras de mostrarse.
   Vuelvo a casa después de un paseo en que cada niño que vi me despertó algo de mí mismo. Ellos se ríen al verme pasar como si bailara. Y yo quedo riéndome solo. La vida es bella. Aprender a vivirla es tarea de años, y siglos, si los tuviéramos. He vuelto a sentirme como al principio. Si cada día trato de acercarme un poco más a lo que quiero ser, estaré en camino.

         * * *

   Entre los 35 y los 38 años de edad tuve mi mejor época. Estaba lleno de felicidad, y compuse muchas obras; las cuales gustaron al público. Todo esto comenzó cuando me di cuenta que allí, muy cerca mío, estaba Teresa, condesa de Brunswick. Antes yo..., no me había fijado en su encanto. Tuve amores con la hermana y con la prima. Sin embargo, llegado cierto momento supe que Teresa era la mujer de mi vida. Nuestro romance fue grandioso. Ella me confesó que estaba enamorada de mí desde que era adolescente, cuando yo les hacía a todas ellas clases de piano.
   Siempre había querido yo tener una esposa y adorarla tiernamente. Sin embargo, con Teresa eso no pudo ser. En parte porque su padre se oponía a que ella se casara con alguien como yo, que no soy noble ni tengo mucho dinero. Y en parte porque me deprimí al constatar que, una vez más, la mujer de mis amores tiene impedido convertirse en mi esposa.
   Volví a lo que era mi vida habitual. Triste. Así estaban las cosas cuando ocurrió algo notable. Conocí a los Brentano. Una familia acogedora, de ascendencia italiana, muy religiosos casi todos ellos. La primera que se me presentó fue Bettina, una chica atractiva, liviana, simpática, traviesa, y con cierta cultura. Simplemente me habló después que terminé una interpretación al piano, cierta vez. Ella es escritora y cultiva el género epistolar. Su imaginación la hace inventar fogosas cartas a Goethe, el famoso escritor, amigo de la familia Brentano. Y también ahora me ha incluido entre sus corresponsales ficticios. Yo lo disfruto. La que no se alegra tanto es la esposa de Goethe.
   Una tarde, Bettina llegó a verme, acompañada de su cuñada Antonie, la esposa de Franz Brentano. Se inició así mi amistad con Antonie y con Franz, una pareja maravillosa. Y con sus niños, con los que me hice muy amigo. Empecé a visitarlos con frecuencia.
   Antonie me contó su historia: Ella es de Viena. Hija única de un erudito famoso. Cuando él enviudó, la pequeña Antonie fue enviada a un convento, donde tuvo una educación rigurosa durante siete años. Regresó a Viena en 1795 y en esa ciudad hizo durante varios años una vida enclaustrada, en la mansión de su padre, hasta su matrimonio, en 1798 con un comerciante de Frankfurt, quince años mayor que ella: Franz Brentano. Por supuesto, un matrimonio concertado sin consultarla, y Antonie había tenido que ceder, aún cuando ella amaba a un muchacho vienés que estaba enamorado de ella. Tuvo que abandonar Viena para dirigirse a Frankfurt, después de la boda. Franz fue un marido distante; al principio ella lo trataba de "usted". Antonie derramó muchas lágrimas en soledad, pero nunca contó a Franz sus sentimientos. Su primer hijo murió a pocos meses de haber nacido, pero después vinieron otros. A los ocho años de casada tenía cuatro hijos.
   -Respeto mucho a Franz -me aclaró Antonie-. Él me ama, y jamás me ha hecho ninguno de los daños que los maridos habitualmente hacen a sus mujeres.
   -Además -agregó-, es un excelente padre de nuestros hijos. Y eso es algo que yo no cambiaría por nada.
   Sin embargo, Antonie me contó que permanecía hundida en una abstracción que se manifestaba en forma de jaquecas y un dolor en el pecho, que la hacía llorar. Ansiaba volver a Viena.
   Es por eso que Franz accedió a trasladarse a Viena. Acá abrió una sucursal de su empresa, y dejó a su hermano a cargo de la oficina en Frankfurt.
   Mientras tanto, Bettina se casó con Achim von Arnim, un poeta amigo de su hermano mayor Clemens Brentano, también escritor.
   De tanto consolar a Antonie me fui encariñando con ella. Antonie me venera. Es mi nuevo amor imposible. Ambos tenemos muy claro que no vamos a traicionar a Franz. Para mí, él es un gran amigo.
   Antonie permanece mucho tiempo enferma en cama, inaccesible para cualquier visitante, excepto para mí. Me voy a la habitación vecina, y separados por una puerta abierta, toco el piano para ella.
   Antonie va a las termas de Karlsbad, a tratar de curar sus males, pero no ha tenido éxito. En cambio, yo voy a las termas de Teplitz, y tampoco he tenido algún resultado. Pero, no perdemos las esperanzas.

         * * *

   Mi hermano Karl y su esposa Johanna están teniendo fuertes dificultades en su relación. A tal punto, que fueron a tribunales por supuestos problemas de dinero. Johanna fue condenada a un mes de arresto domiciliario. Es un matrimonio lleno de peleas. Creo que les falta amor. He sabido que Karl es irascible y aficionado a las mujeres de vida fácil, pero Johanna no se queda atrás en eso de tener mal comportamiento.
   ¿Y yo? Hasta hace poco estuve en cama, pues caí enfermo. Así como estaba, también podía componer música, partes que después uniré. Quería sanar luego, pero no lo apuré. Miraba mi habitación muchas veces, la pared, el techo. Parecía que me la supiera toda, pero no es así. Tuve momentos casi depresivos, o más bien eran de cansancio acumulado en el tiempo.
   En cuanto sané, salí a pasear. Qué bien pude sentir la naturaleza, no hacía frío. Y sigo saliendo. También con frío y con lluvia. Me encuentro con gente y sonrío. Después sigo quedando solo. No es malo estar conmigo, pero quisiera tener una compañera que me sonría y me quiera. Prometo adorarla.
   Quisiera tener de qué acordarme. De hecho, tengo cuarenta años enteros, ya cumplidos, pero quiero El Hito que aún no ha ocurrido. Lo sueño despierto, ya vendrá. Qué bueno es fantasear con esos logros difíciles que quizás no tendré, pero la esperanza de llegar a tenerlo es fuerte. Me mantiene vivo.
   Sin embargo, hay momentos en que vuelvo a la tristeza, y a la rutina, ésa que no me agrada pero me permite trabajar en mi música. Y así se pasan los días y los meses. Hasta que de repente, un día es nuevo. Es un comienzo con esperanza. Y eso también se va al pasado y se convierte en un recuerdo que volverá a repetirse. Junto con la lluvia.
   No es la naturaleza mi único lugar, ni tampoco mi habitación, ni la taberna. Muy importante en mi vida es el teatro. Paso muchas horas en salas de espectáculos, ya sea en la escena o fuera de ella.
   Hasta en teatro vacío debo pasar varias horas, ensayando, y me quedo después de lo rutinario, percibiendo las vibraciones que aún quedan. En la soledad, hasta bailo, con alegría. Y pienso en mis proyectos, en mis planes, en mis obligaciones, en la falta de dinero. Me evado de eso último, ¿para qué sufrir? Igual me empiezan a atacar las ideas de contratiempos que vienen, han venido o que vendrán. Recorro el teatro, miro las butacas, voy al fondo, miro hacia el escenario. Muchas veces he sido el público. Otras, me toca estar en el podio, y siendo aplaudido. No es eso lo que busco, sino que mi música llegue. Es mi manera de expresarme, de dar amor, y también de reclamar.
   Recuerdo cuando estrené dos sinfonías en la misma noche, la quinta y la sexta. Hace cuatro años de eso. Fue un gran éxito. Ambas gustaron mucho.
   Y a comienzos de este año, se estaba dando el concierto número cinco, para piano y orquesta, en un teatro de Viena, que aún es ciudad ocupada por los imperialistas. Al término de la interpretación, surgió desde el público un militar francés, de esos que nunca faltan, y celebró el concierto a viva voz, así como con energía de mando, usando palabras de aplauso.
   -¡Éste es el emperador de los conciertos! -exclamó, con el evidente propósito de forzar una relación entre el concierto y Napoleón, ya que a los militares napoleónicos les parecía muy mal que yo me negase a dedicar al emperador alguna de mis piezas musicales.
   El tipo cumplió su vil objetivo, pues desde esa noche el concierto quinto fue apodado "Concierto Emperador", para mi gran disgusto. Y yo no podía hacer nada para evitarlo.
   ¡Qué fabuloso instrumento musical es el piano! Pero, quiere abracarlo todo. ¿Cómo sujetarlo un poco? Al mismo tiempo, quiero dejarlo ser en toda su plenitud.
   Admiro la oración de Plinio el Viejo: "Quien quiera cosechar lágrimas, que siembre amores". Le encuentro un doble significado, pues se refiere a vivir con penas de amor, pero también alude a los deudos que lo llorarán a uno cuando muera. Me gusta la lectura clásica, porque ayuda a entender la vida. Sócrates ha sido mi modelo, casi tanto como Jesús.
   Mientras, mi sordera se sigue agravando. Tuve que adquirir una trompetilla de audición, pero no me gusta usarla.
   He seguido trabajando en las sinfonías séptima y octava, que tienen mucha relación entre sí.
   A veces me pongo triste, pero es una tristeza que viene de haber amado y querer amar. No se puede conversar estas cosas del sentimiento con los amigos. Una vez traté, y se rieron en mi cara. No me desprecian pero no me toman en serio. Creo que a ellos les pasan las mismas cosas, o parecidas, a algunos, y las echan para un lado, tratando de que no existan. No podemos ser todos iguales. Somos como las partes de un cuerpo; eso es lo que enseña San Pablo. Yo soy el oído..., eso lo tengo clarísimo. También para escuchar a las personas que quisieran contarme sus tristezas. Y a veces las mujeres vienen a eso, y las escucho, y trato de dar algún consejo, pero prefiero que ella misma descubra su propio mundo, que yo no tengo cómo conocerlo.
   En Julio me dirigí hacia las termas, en Bohemia. Es un viaje de muchos días, pasando por Praga y Schlan. En Praga estuve con Antonie y Franz que iban hacia Karlsbad.
   La ruta normal desde ahí a Teplitz, muy montañosa, es por Budin y Lobositz, pero el coche que yo ocupaba se fue por otra ruta, la de Laun y Bilin. El mayoral prefirió hacerlo así, debido a que contaba con pocos caballos, y no podía reventarlos en la subida. El trayecto fue espantoso, de noche, por un camino sin arreglar, casi como para romper el coche, lo que no ocurrió gracias a la pericia del cochero.
   Llegamos a Teplitz a las cuatro de la madrugada. Mientras tanto me ubicaron en una habitación provisoria, y me dijeron que el ingreso se registraría al día siguiente.
   Dormí un poco, y al despertar me puse a escribirle a mi amada inmortal. Esta vez le puse el rostro y caracteres de Antonie. Necesitaba desahogarme. Quedé tan conectado con ella, que seguí escribiéndole en la tarde y al día siguiente. Hasta fantaseaba con poner la carta en el correo, lo que no tenía sentido, pero me hizo bien escribirlo.
   Tres semanas estuve esa vez en Teplitz. Entablé amistad con una cantante, llamada Amalia Seebald. Ella siguió en las termas después que yo me fui.
   En la segunda de esas semanas llegó Bettina a visitarme, nada menos que acompañada por Goethe. Yo le había dicho que quería conocerlo, y él también quería tener un encuentro conmigo. Goethe es mucho mayor que yo. Le conté que me gustaría poner música a su obra "Fausto". Realmente, no sé si alcanzaré a hacerlo algún día.
   Al salir de Teplitz, fui a Karlsbad donde estaban Antonie y Franz. Fue un emotivo encuentro. Prácticamente una despedida, pues ellos ya están por volver a Frankfurt, dentro de muy poco.

         * * *

   El mes pasado se estrenó con gran éxito la ópera Fidelio. Es el tercer intento, y esta vez resultó perfecto. Pudo pasar así, sin problemas de censura, gracias a que Viena ya es libre. Napoleón fue derrotado en Leipzig. De eso, hace ya casi un año.
   Nos había dado tanto que hacer esta ópera, pero por fin salió. En el estreno, estuve presente en el podio, dando la espalda al público, y con una partitura en mis manos, como si estuviese dirigiendo la orquesta. Sin embargo, el director fue Michael Umlauf, que es el primer violín. Si hubiera dirigido yo, no habría podido hacerlo bien, debido a mi sordera. En las demás funciones, dirigió Michael, sin mi presencia en el podio.
   Un muchacho llamado Franz Schubert asistió al estreno, y quiso conocerme. Estuvimos conversando un buen rato. Él ya es un buen músico.
   Me han estado faltando los benefactores, pues algunos han caído en dificultades financieras. Y Lichnowsky murió, lo cual me ha causado gran impacto, no sólo en lo emocional. Por eso me preocupo de que quienes compran mis obras me las paguen. No es que me mueva por el dinero, como andan diciendo por ahí. Necesito sobrevivir. Hasta he tenido que acudir a tribunales. Esta situación tiende a deprimirme un poco, pero siempre salgo adelante. Hice pintar mi cuarto de color verde claro, para sentirme mejor.
   A mis 44 años, construir la música me hace feliz. Algún día la gente vibrará con ella. No me parece haberla escrito yo. Es como si la hubiera escuchado, y anotado en un papel para que no se me olvide.
   Así, compuse la música para el drama Egmont, de Goethe. Y también un Octeto. Claro, sólo como divertimento. Con dobles oboe, corno, fagot y clarinete. Y estoy escribiendo la música para una Canción, basada en un poema lírico de Alois Jeitteles, "A la amada lejana". Vibré mucho con ese poema, que tanta relación tiene con mi amada inmortal.

         * * *

   A fines de aquel mismo año ocurrió la muerte de mi hermano Karl. Dejó indicado en su testamento que la custodia de su hijo de nueve años, también llamado Karl, debería estar a cargo mío y de la madre del niño. ¿Por qué se le ocurrió eso? Prácticamente me estaba casando con la viuda, siendo que ella no era una persona de mi agrado. Por sus comportamientos que tanto hicieron sufrir a mi hermano.
   Durante años, yo había compadecido a mi pobre sobrino por la vida que tenía con sus padres. Por eso, consideré que había llegado el momento de hacer algo por él y mejorar su formación. Aún estaba a tiempo.
   En el fondo, heredé de mi hermano la mala relación con Johanna, esposa de él, y no mía. Puse al niño en el internado de un preceptor español llamado Del Río. Estaba seguro que la vida del pequeño Karl iba a mejorar.
   Visité muchas veces al señor Del Río, un hombre muy acogedor, y le hablé especialmente de mi preocupación por Karl. El primer problema que ocurrió es que Nanni, la hija de Del Río, se enamoró de mí. Teníamos una bonita amistad, pero yo quería que no pasara de ahí. Ella es mucho menor que yo.
   El segundo problema que ocurrió fue que Johanna enviaba recados al internado. A mí eso me pareció muy mal. Estábamos en litigio judicial. Hoy, después de los años, ya sé que me equivoqué. Debí haberme limitado a pagar los estudios de Karl, y darle todo mi afecto..., ser un buen tío para él, pero no un papá. Nunca debí haberle quitado el niño a su madre. Cometí ese error y me pesa muchísimo.
   Siguiendo con el internado, se produjo un tercer problema, el más grave de todos. Karl tenía muy mala conducta. Tanto, que Del Río se vio obligado a expulsarlo, a pesar de nuestra amistad.
   Eso complicó mi posición en los tribunales. Johanna recuperó a su hijo. Tuve que conformarme. Visité mucho a Karl, y lo sacaba a pasear. Fue la mejor época de mi relación con él. Sin embargo, seguí tratando de recuperar al niño en la corte. Y lo logré. No fue bueno que así ocurriera. Al poco tiempo, Karl se escapó y se fue donde su madre. Con ella tampoco se llevaba bien. Después de eso, Johanna obtuvo su tuición en los tribunales.
   Y así nos llevamos, tironeando del pobre chico de un lado para otro, hasta que me di cuenta que nada bueno estábamos logrando. Dejé que él viviera con su madre. Visité a Johanna y le pedí perdón. Desde esa vez, hace ya dos años, he tratado de llevarme bien con ella. Le proporcioné dinero para que pudiera pagar unas deudas que tenía, y así pudo también comprar unos remedios que necesitaba. Nuestra relación se ha ido suavizando.
   Por ese tiempo, yo tenía pésima reputación, debido a mi comportamiento. Bebía en exceso, y varias veces fui arrestado por vagabundo. Y otra vez, por un motivo distinto, por hablar de política en voz muy alta. "Las paredes oyen" me había advertido Karl.
   También tuve dificultades con Schindler, mi secretario, pero logramos entendernos bien.
   Más de alguna mujer amiga me ha ofrecido su cuerpo, y lo he aceptado, pero eso no tiene nada que ver con amor.
   Estoy mal de ánimo, preocupado, acelerado por dentro. He salido a la calle para tratar de calmarme. Hay sol, pero no calor. Quisiera estar en otro tiempo, pero no es posible escapar de aquí y ahora. No puedo abandonar el estado de ánimo. Camino por calles inhóspitas, doblo en la esquina. Hay charcos, pero también hay partes secas. Partes oscuras y también claridades. Y al final del camino la ciudad se termina y llego a un desierto que no lo es.
   Me devuelvo. Comprendo que no tengo que irme del lugar anímico en que estoy sino limpiarlo, ponerlo bonito. Llego de vuelta a casa. Enciendo la estufa, y pienso algo lindo. Lo que me falta, podré llegar a tenerlo. La música que se me viene en el estado difícil es lo que me saca de ahí. Me dispone a aceptar mejor las cosas. Lo que antes dolía, ahora acaricia. He ahí el secreto para sobrevivir a lo difícil.
   ¡Qué frágil es la fama! Todo es una ilusión, que se la lleva el viento.

         * * *

   Cuando volví a sentir alegría de vivir, retomé la novena sinfonía, que la tuve botada por años. Ahora me dan ganas de saludar y ser saludado. La música que tengo dentro es hermosa, y tengo que dejarla salir. Quiero compartirla.
   Ya no me encuentro solo, ni siquiera cuando estoy solo.
   Logré, finalmente, esa antigua aspiración de poner música al Himno de la Alegría, y la he puesto en la novena sinfonía, que he llamado "Coral", ya que contiene un coro además de los solistas.
   Hoy es el estreno, acá en Viena. Está toda mi vida en esta sinfonía. Sería feliz si pudiera escucharla, no sólo en mi alma, sino también en mi cuerpo.
   Umlauf es quien está dirigiendo. Quiera Dios que, en todo instante, se ocupe muy bien en saber si la orquesta empieza a sonar muy fuerte o muy débil, que eso yo no lo puedo controlar. De todos modos, estoy en el podio, dando la espalda al público, y con una partitura en mis manos. No podría estar en ninguna otra parte en un momento como éste.
   El cuarto movimiento ya está llegando a su fin. No necesito escuchar para saberlo. También puedo ver que los solistas son estupendos.
   Se ha completado la sinfonía en este preciso instante. No me atrevo a mirar al público. ¿Cómo habrá salido la interpretación?
   La contralto está viniendo hacia mí. Es apenas una niña. Me toma cariñosamente del brazo, y me hace girar hacia el público. Veo aplausos fervorosos. ¡Qué felicidad! La sinfonía gustó. Para mí es un momento de gran emoción, es la culminación de toda mi vida.

         * * *

   Ya puedo morirme, cuando la muerte lo decida. A veces digo que, antes, quisiera terminar mi obra. De verdad, no lo creo así, porque siempre me están surgiendo planes nuevos. Ahora, estoy trabajando en mi décima sinfonía, que llamaré "Plenitud", tiene como tema un mito griego.
   Me gusta salir a la calle en tardes de sol tibio. Saludo a todos, y todos me saludan. Me viene inspiración, y también reflexiones. Y paso a tomar una cerveza con algún amigo, si es que aún lo hay.
   Mi amigo Clemens Brentano ya no está en Viena. Hace años se fue a un monasterio en Dülmen, y estuvo trabajando como escritor de las visiones de Sor Catalina, que murió hace poco. Él, que es muy místico, se fascinó con ese asunto. En una carta me contó que esas extrañas percepciones de la monja eran importantes para entender la religiosidad de esa persona, y también para que uno descubra qué de esas visiones podría ser universal.
   Estoy en casa, es de noche. No puedo dormir. Pienso cosas que tengo que hacer, y otras que han pasado hace tiempo. Me reconcilio con mi pasado. Mi vida parece tener un hilo conductor. Todo tiene que haber sido para algo. Visualizo etapas, unas ya superadas. Esto lo veo hacia muy atrás. Lo cercano es difuso, como desenfocado. Evoco con añoranza cosas bellas, y recuerdo a Eleonore, mi gran amor, no correspondido ni que pueda yo nombrar, siendo la esposa de mi amigo. En ella aprendí a amar la vida, amar el amor. Reímos juntos tantas veces. Esto está ya tan atrás, y sin embargo está próximo, vivo. Crecí a su lado. Mi vida es mejor por haber estado a su lado unos años. Doy gracias al Señor.
   Una tarde vino a visitarme un profesor de piano. Quería presentarme a su alumno, un muchacho prodigio, llamado Franz Liszt. Yo había leído acerca de él, en mi cuaderno de conversaciones. Todos dicen que ya es un gran pianista. ¡Cómo me gustaría poder escucharlo! Esa tarde, él tocó una sonata y algo de uno de mis conciertos. Por la manera como sus manos viajaban por el teclado, di por comprobadas sus grandes condiciones. Y por la alegría que él muestra, me fue grata esa visita.
   -Harás felices a muchos -le dije, y se emocionó tanto que nos abrazamos.
   -Es un trabajo lindo esto de hacer música -agregué-. No se trata de inventarla sino de descubrirla.
   A veces me pregunto si habrán más mundos, además del nuestro. Y que si los hay..., ¿Descubrirán allá la misma música que acá?

         * * *

   Estas cosas me rondaban el año pasado, pero ahora estoy muy enfermo, y me preparo para la muerte. Pido perdón a Dios por mis errores. Muy en especial, los cometidos con mi sobrino Karl. Hace unos meses intentó suicidarse, pero el disparo sólo le hirió el cuero cabelludo. Lo llevaron donde su madre. Allí acudí yo también pues todavía podía circular por el mundo. Se suavizó mucho nuestra relación.
   Hoy, Karl me cuida. Y también Johanna, con mucha ternura. Hice un testamento a favor de Karl. No es que yo posea muchos bienes, pero lo poco que tengo será para él.
   Conmigo, la medicina ha sido ineficaz. Ahora, tengo un doctor que es un absoluto desconocido. Cada cierto tiempo me extrae litros de líquido abdominal. Me ha dicho que tengo el hígado destruido.
   Estoy como apagado, pero al darme cuenta me enciendo, por un rato. Empiezo a vivir con intensidad el sentimiento. Me pongo a recordar la infancia, con sus momentos buenos y sus momentos malos. Todos forman parte del equipaje que llevo adonde voy. Es mucho peso, pero no puedo perderlo. Después de todo, esos elementos son indispensables. ¿Cómo, si no, podría detectar los sonidos inaudibles, las conversaciones de los árboles entre ellos y conmigo. No hablan palabras. Hablan música, y hasta en los lugares desérticos, si no hay árboles hablan las piedras y el viento, diciendo de dónde viene y hacia dónde va. Y en la noche las estrellas, por lejanas que sean, cantan y las oigo.
   Me han visitado muchas personas. Elisa y su marido; Stephan Breuning; el profesor Schindler; mi hermano Johann y su esposa; el cura que vino a darme la extremaunción; y Anselm Hüttenbrenner, un joven compositor austríaco, el amigo de mis últimos meses.
   A él le estoy hablando en este momento, las pocas palabras que logro articular. En realidad, conversamos más con el pensamiento.
   Afuera hay noche de tormenta. Veo los relámpagos, pero no oigo los truenos. Sólo sé que siempre suenan en mi oído. Veo la lluvia golpear, y no la oigo.
   Creo que ya estoy en viaje hacia el otro ámbito, a juzgar por los gestos con que mis amigos hablan entre sí. No sé cómo será el otro mundo al que llegaré, quizás en viaje tan azaroso como el de Teplitz. Sólo sé que ese otro ámbito me va a gustar. Será una nueva instancia que amaré. Espero, esta vez, ser correspondido. Como la música en esta vida. Y también espero, por fin, escuchar la dulce voz de mi amada inmortal...