ARISTODEMO                    Un lugar literario
Historias notables         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Una mini-novela perteneciente a HISTORIAS NOTABLES

 
   Gobernar educando

 
   Primera parte.     El inicio

   a) Pedro Aguirre

   Se me ha hecho muy corto el tiempo, y ya me estoy titulando de abogado. Ha sido bonito estudiar, y sobre todo, trabajar en mi tesis un tema que me cautiva, el que se refiere a la instrucción secundaria en Chile.
   Nací hace 25 años en el sector llamado Pocuro, en Calle Larga, al lado de Los Andes. En una casa patronal inmensa, de adobe, y con un hermoso techo de tejas, muy tradicional. Allí vi la luz, aunque mis padres no tenían mucho dinero, pues eran campesinos.
   Cerca de mi casa estaba la que fue de Domingo Faustino Sarmiento. Recuerdo que, de niño pequeño, yo iba a mirar esa casa por curiosidad.
   Tengo muchos hermanos y hermanas, una de ellas llamada Clarisa, como mi madre, es la que tiene una edad más parecida a la mía.
   Cuando chico, yo iba a la escuelita cercana, pero al entrar a Humanidades me pusieron en el Liceo de San Felipe, que me quedaba bastante lejos. Con suerte, casi siempre me iban a dejar al liceo, a caballo.
   Yo admiraba al Presidente Balmaceda, por su impulso al desarrollo industrial. Por eso, lamenté la forma cómo éste terminó.
   En ese tiempo empecé a ser muy buen amigo de mis amigos. No sólo compañeros del liceo, también en los últimos años entablé amistad con el profesor de Castellano, Maximiliano Salas. Él era muy joven, estaba recién titulado. Conversamos mucho acerca de lenguaje, que es un tema que me interesa. Y también acerca de Educación, pues siempre he querido dedicarme a eso.
   A los veinte años me inicié en política, mientras estudiaba en el Pedagógico de la U de Chile. Muy pronto caí detenido, y me pasaron al Juzgado de San Felipe. Mi infracción había sido el estar inscrito en un partido político, el Radical en mi caso, siendo que aún me faltaba un año para ser mayor de edad y tener derecho a inscribirme en un partido. Ese asunto no tuvo mayor consecuencia, por supuesto. No es más que un dato curioso. Al año siguiente ya quedé legal, y además, me titulé de Profesor de Castellano y Filosofía.
   Estuve unos años haciendo clases en una escuela nocturna de Santiago, mientras me puse a estudiar Derecho, también en la U de Chile.
   Mi amigo y profesor Max Salas acaba de fundar un liceo en Los Andes. Lo encuentro genial. Por mi parte, yo estoy haciendo clases en diversos establecimientos en Santiago. De Castellano, Educación Cívica y Filosofía.

   b) Juanita Aguirre

   Mi niñez transcurrió plácidamente. Desde pequeña estuve en las Monjas Inglesas, acá en Santiago. Tuvimos siempre un buen pasar. Orgullosa de mi padre, el doctor José Joaquín Aguirre. En ese entonces fue Decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, y además, Diputado. Primero, por San Felipe, y después por Santiago.
   En las vacaciones de verano nos íbamos con mi mamá al campo de mi tío Juan, cerca de Los Andes. Yo lo pasaba muy bien, jugando con mis primos Pedro y Clarisa que son más de mi edad. Siempre me gustó Pedro, que es tan amistoso.
   A comienzos de mi adolescencia, mi papá dejó de ser Diputado, pero asumió como Rector de la Universidad.
   Cuando yo estaba en los últimos años de Humanidades, las cosas empezaron a complicarse. Me refiero a las vacaciones en el campo del tío Juan. Lo que pasó es que me enamoré de Pedro, y él de mí. Pololeábamos en secreto, pero mi mamá nos pilló y se asustó muchísimo.
   -Juanita, tienes que cortar eso -me dijo, después, a solas.
   -Nunca te vas a poder casar con él -agregó, mientras yo estaba callada. Y me explicó que la gente no puede casarse entre primos.
   -¿Por qué? -quise saber.
   -Porque los hijos pueden salir con un defecto genético.
   Ése fue nuestro último verano en Los Andes. En Marzo volví a mirar mi libro y mi cuaderno de Biología. Efectivamente, vi que dice ahí aquello de los genes recesivos. Se me vino el mundo al suelo. Lloré y lloré.
   La vida continuó, triste.
   Entré a la Universidad, y me titulé de Asistente Social. Como visitadora, trabajé en Hijas de María del Sagrado Corazón.
   Poco después murió mi padre, en un día muy triste. En el funeral me encontré con Pedro. Antes, no nos habíamos buscado. Pedro me contó que se tituló de Profesor, y después se puso a estudiar Derecho, además de hacer clases.
   La muerte de mi padre fue algo que enfermó de pena a mi mamá, la cual quedó postrada. Yo la cuidé durante sus últimos cinco años de vida.
   Nos vimos con Pedro sólo unas pocas veces a lo largo de unos años, pero después que se tituló de Abogado, reiniciamos una amistad lindísima. La vida me estaba sonriendo nuevamente.
   Pedro era insistente en pedirme matrimonio. Yo me negaba.
   Y como lo bueno no puede durar demasiado, y siendo Pedro un tipo muy estudioso, ocurrió que él se fue a París, a seguir estudiando para perfeccionarse en Legislación Social. Tuve que soportar una ausencia que se me hacía larga.
   Trabajé bastante en la Viña Conchalí que, con mis hermanos, heredamos de nuestro padre. Pero, es Joaquín el que más se dedica a eso.
   Pedro volvió, finalmente, y se metió mucho en política. Era candidato a Diputado cuando nos pusimos de novios. En mi familia no querían creerlo. "Pero, si es tu primo", "pero, si es masón..., y tú eres católica". Me hacían ver los inconvenientes. Me da rabia que las mujeres estemos tan sometidas, suponiendo que tenemos que hacer caso a los prejuicios de los familiares.
   -Soy cristiana -les dije-, sigo a Jesús, él acoge a todos, él predica el amor.
   Esto es un diálogo de sordos. Simplemente, no me entiendo con mi familia.
   Pedro resultó elegido Diputado. Fue una gran tarde.
   Un año después, nos casamos.
   Decidimos que no tendremos hijos. Por lo demás, a mi edad ya no resulta conveniente tampoco, si ya me acerco a los cuarenta.
   También decidimos que no haremos cuestión respecto a nuestras diferencias religiosas. Ambos somos tolerantes, comprensivos y respetuosos.

 
   Segunda parte.     Pedro Aguirre Cerda

   a) Dificultades como Ministro del Interior

   El presidente Sanfuentes me llamó a ocupar la cartera de Instrucción Pública y Justicia. Fue uno de los trabajos más importantes que he tenido. Preparé un nuevo proyecto de ley de Instrucción Primaria, ya que el anterior que hubo fue rechazado por el Congreso. Me esmeré en sacar adelante la educación primaria obligatoria, y gratuita en liceos fiscales. Hasta que finalmente se aprobó. También enviamos un proyecto para facilitar la creación de una Universidad en Concepción. Y fue aprobado.
   Conocí a Gabriela Mistral en el Liceo de Los Andes, donde ella era directora. Es una persona con excelentes condiciones. Tanto así, que la propuse para el cargo de directora del liceo de Punta Arenas. En un primer momento, se produjo un entendido poco cabal, pues el Presidente me dijo que ese cargo estaba reservado para una profesora llamada Lucila Godoy. Muy pronto vimos que era la misma persona.
   Cuando había que suceder a Sanfuentes surgió la candidatura de Arturo Alessandri. Por todas partes se cantaba el Cielito Lindo, pero con otra letra, muy simple y popular, especialmente escrita para la campaña del candidato.
   Alessandri ganó la elección y me nombró su Ministro del Interior. Esta nueva misión me fue extremadamente difícil e ingrata.
   En el mismo verano en que asumí se produjo una odiosa situación en la salitrera San Gregorio, al interior de Antofagasta.
   Yo había recorrido esa zona, unos días antes, y me impresionó la pobreza en que vivía la gente.
   Dicha oficina era una de las tantas que estaba en proceso de cierre, debido a la crisis del salitre. Los trabajadores se habían puesto a exigir el pago del desahucio, que estaba pendiente. El empresario no quería pagar. Los obreros, por su parte, se negaban a retirarse del recinto de la oficina salitrera.
   El intendente comunicó a Santiago esta situación, a lo cual respondimos que usara el razonamiento y la convicción, con la ayuda de Carabineros. Como eso no le pareció suficiente, no se le ocurrió nada mejor que conseguir un pelotón de soldados del regimiento Esmeralda, para mantener el orden.
   Un ejecutivo de la empresa dijo a los trabajadores que el desahucio se pagaría en Antofagasta, para lo cual dispuso un tren con dicho destino. Algunos obreros y sus familias se retiraron y abordaron el tren, pero muchos otros no creyeron, y se quedaron en la oficina salitrera.
   Antes del anochecer ya me enteré de la desgracia que ocurrió esa tarde. Se produjo un enfrentamiento entre los obreros y los militares. Resultó muerto el teniente que lideraba a los soldados. Llegaron refuerzos militares dispuestos a vengar la muerte del teniente. El resultado final fue de unos cuarenta obreros muertos, además de varios soldados y un ejecutivo de la empresa.
   A raíz de esta desgraciada tragedia me vi obligado a renunciar al cargo, recién estrenado. No es que tuviera alguna responsabilidad en los hechos, pero tenía que caer una cabeza, y fue la mía.
   A los pocos meses fui elegido Senador por Concepción. Me agradó ese cargo, en el cual estuve casi tres años, hasta que el Presidente Alessandri me llamó a reasumir el Ministerio del Interior. Nuevamente me vi metido en dificultades muy poco gratas, que duraron sólo unos meses. Se produjo un Golpe Militar, y tuve que partir al exilio.
   Viajé a Francia, con Juanita. Creímos que iba a ser sólo por unas pocas semanas. Sin embargo, el asunto se prolongó por casi un año, después de lo cual Alessandri volvió al gobierno, y yo a Interior, una vez más.
   Durante mi ausencia ocurrió la muerte, en condiciones sospechosas, de un dirigente comunista llamado Recabarren. Aunque se dijo que se había suicidado, no todos creyeron esa versión.
   Alessandri completó su período de gobierno de cinco años en 1925. Durante ese año, en sus últimos meses, alcanzó a dar al país una nueva Constitución, ya que la anterior era muy antigua, no estaba adaptada a los tiempos.
   Para efectos de redactar la nueva Constitución, el Presidente convocó una Comisión Consultiva, formada por miembros de todos los partidos políticos y de las Fuerzas Armadas. Se aprobó en un plebiscito.

   b) De la anarquía al cumplimiento de la nueva Constitución

   El Ministro de Guerra, General Carlos Ibáñez, empezó a tener mucho poder. Desde mediados de 1925 ya empezó a manipular el cuadro político, de manera de llegar a un candidato de consenso entre partidos políticos y fuerzas armadas, para suceder a Alessandri. O sea, los militares no entregaron el poder del todo, sino que continuaron vigilando nuestro sistema político.
   Fue así como llegó a ser candidato Emiliano Figueroa, muy respetado por los partidos y por los militares. Por supuesto, ganó la elección por amplio margen. Ibáñez continuó siendo ministro.
   El hermano de Emiliano Figueroa, que era Presidente de la Corte Suprema, fue muy combatido por Ibáñez, a tal punto que tuvo que exiliarse. Como consecuencia inmediata, don Emiliano renunció a la presidencia de la República. Había durado un poco más de un año en el cargo.
   Ibáñez, como Ministro del Interior, asumió la primera magistratura de la nación. Debió haber llamado a elecciones, pero no lo hizo. Se constituyó en dictador.
   Yo tuve que partir al exilio, nuevamente a París. En ese tiempo escribí unos libros, "El problema agrario" y "El problema industrial". Tres años después pude volver, ya que la dictadura se suavizó bastante. Incluso, pude dedicarme a actividades políticas, en el Partido Radical.
   Meses después, Ibáñez puso el gobierno en manos del Presidente del Senado, y se retiró a Argentina. No quiso aprovechar la gran oportunidad de llamar a elecciones. Se inició en Chile un período de anarquía.
   El vicepresidente estuvo un solo día en el cargo. Nombró un ministro del Interior, y abdicó en favor de éste, Juan Esteban Montero, del partido Radical. Duró medio año en la magistratura. Se sucedieron varios presidentes y juntas de gobierno, a lo largo de algunos meses, hasta que hubo una elección. La ganó Alessandri, quien logró también gobernar por seis años, como indica la Constitución, que de esa manera empezó a cumplirse.
   Fue un buen gobierno. Se inició un debate del desarrollo económico e industrial del país. En ese ámbito, se creó el Consejo de Economía Nacional, del cual fui su primer director. Ahí yo estaba en lo que me es natural, un tema que me apasiona. Sentando las bases para algo que está en mis sueños desde hace años: Una institución que fomente eficazmente el desarrollo del país.
   Por otra parte, ese mismo año la Universidad de Chile creó la Facultad de Industria y Comercio. Fui decano. A estas alturas, yo tenía una cantidad enorme de trabajo. Un trabajo lindísimo, que llenaba mis expectativas y me permitía desplegarme.
   En los últimos años de este segundo gobierno de Alessandri empezó a producirse un giro a la derecha. Mi partido se fue distanciando poco a poco, al igual que otros y también la Confederación de Trabajadores.

   c) El triunfo de la CORFO

   Formamos el Frente Popular, que incluyó al Partido Radical, el Socialista, el Comunista, el Democrático, el Radical-socialista, la Federación de Trabajadores, y el Movimiento de Emancipación de la Mujer. Esto fue una gran cosa, destinada a generar un gobierno que realmente se ocupe de las causas más importantes para el desarrollo del país, en libertad y solidaridad social.
   Me correspondió el honor de ser el candidato del Frente Popular para la elección presidencial de 1938. Mi lema para la campaña fue el que he tenido siempre: "Gobernar es educar". Porque la educación es el más importante de todos los temas imaginables. En la medida en que las personas tengan formación, ya podrán hacer algo por mejorar las cosas. Es que nada se puede hacer sin las personas.
   Se desencadenó una campaña del terror. A tal punto, que las monjas creían que si ganábamos la elección las iban a matar.
   Obtuvimos el triunfo, por un estrecho margen de un punto porcentual. Asumí la presidencia de la República a los 59 años.
   Nombré Ministro del Interior a Pedro Alfonso, porque consideré que es la persona más capacitada para el cargo. Y le advertí que la cosa no iba a ser fácil. Que en este país ser ministro del Interior es lo más ingrato que hay.
   A los pocos meses se produjo un devastador terremoto en Chillán. Hubo que iniciar un plan para ayudar a los damnificados y reconstruir desde Maule a Concepción.
   Yo trabajaba mucho en mi escritorio. Y cuando salía, alternaba con la gente sencilla.
   En mi gobierno se creó una gran cantidad de escuelas y liceos, para incorporar a la educación a todos los niños y niñas. No sólo con instrucción, sino también con música, deporte y recreación.
   Al mismo tiempo, envié al Congreso un proyecto de ley para crear la Corporación de Fomento de la Producción, que será un necesario inicio del proceso de transformarnos en país desarrollado. En el Senado hubo fuerte oposición de la Derecha. Nos faltaba sólo un voto para que el proyecto pudiera ser aprobado, y eso se logró felizmente, gracias a la visión de futuro de un senador del Partido Conservador. Lo llamé por teléfono, estando yo muy emocionado, y hablamos largamente.
   Por esta misma época, empecé a tener serias diferencias con Gabriel González Videla, de mi mismo partido, pero con un pensamiento muy distinto. Y no me dejé manipular por la directiva del Frente Popular. A Gabriel González lo nombré embajador en Francia.

   d) Una proeza referida como Winnipeg

   A comienzos de 1939 estaba terminando la guerra civil en España, con la derrota de los republicanos. Muchos de éstos lograron cruzar los Pirineos y llegar a Francia, perseguidos por Franco. Algunos pudieron ser acogidos en familias francesas o españolas residentes. En cambio, otros fueron a parar a campos de concentración. Era una situación lamentable. No podíamos quedar al margen de la historia. Chile, asilo contra la opresión, tendría que acoger refugiados españoles.
   El poeta Pablo Neruda conversó conmigo este asunto. Me quedó claro que él era la persona indicada. Lo nombré Cónsul Especial para la Inmigración Española, con sede en París.
   En camino a Francia, Neruda pronunció un discurso en Montevideo clamando por ayuda económica para transportar refugiados a América. Indicó que Chile los va a recibir con los brazos abiertos, pero como el terremoto nos dejó en mal pie, se nos hace difícil financiar el viaje de tantas personas.
   De hecho, se obtuvo la ayuda económica de muchos países, también europeos.
   Neruda y su esposa Delia se instalaron en París, y se dispusieron a embarcar refugiados, rumbo a Chile. El poeta se contactó con el líder español Juan Negrín, para sacar españoles desde los campos de concentración franceses. Contrataron un antiguo buque de carga, llamado Winnipeg, que habitualmente cubría el trayecto de Marsella a las costas de África con escasa tripulación.
   En uno de los muelles del puerto de Trompeloup, cercano a Burdeos, comenzó a ser acondicionado el barco, con camarotes de madera.
   Neruda debía elegir si traer profesionales, poetas, industriales, trabajadores especializados, etc. Todos querían venirse.
   En cuanto se supo en Chile que se estaba organizando el salvataje de miles de republicanos españoles, el tema provocó controversia. El “Diario Ilustrado” se opuso tenazmente a la inmigración, mientras que el matutino “Frente Popular” defendió nuestra postura. La derecha chilena temía que los refugiados se convirtieran en agitadores y promovieran desórdenes. Decían defender los puestos de trabajo para los obreros chilenos. Sin embargo, los trabajadores defendían la acogida a los refugiados. La derecha no quería, tampoco, la llegada de intelectuales. Hablaba de los refugiados españoles como gente de mal vivir, peligrosos socialmente.
   La culminación de este conflicto se vivió en la Cámara de Diputados, cuando uno de sus miembros, que prefiero no nombrar, dijo que la inmigración de españoles sería inconveniente para el interés nacional, y que la llegada de niños españoles no aportaría nada a la industria ni a la agricultura. Y criticó al cónsul Neruda porque, según él, estaría facilitando el transporte a destajo de personas indeseables, rechazadas por otros países.
   Algunas personas del gobierno ya estaban a punto de dejarse convencer, y eso me preocupó tanto, que pedí a la Cancillería que averiguara esto con nuestro embajador González Videla. Fue entonces que este último habló mal de la gestión de Neruda.
   Yo necesitaba hablar urgente con Neruda, y como no pude ubicarlo por teléfono, le envié un telegrama diciendo que, según algunas informaciones, se estaría efectuando la inmigración de españoles a Chile en cantidad desproporcionada. Le pedí desmentir esa información, o bien, cancelar el viaje de los refugiados.
   Neruda quedó descolocado con mi mensaje, según me contó él mismo, meses después. "No sabía si llamar a la prensa, partir yo mismo en el barco, o pegarme un tiro", me dijo en tono festivo, algún tiempo después de los hechos. "Por la razón o la poesía", agregó, parafraseando el lema de nuestro escudo, y reímos distendidamente.
   En realidad, lo que hizo Neruda en aquella oportunidad fue comunicarse por teléfono con el canciller, tratando de aclarar la situación.
   Cuando el canciller Ortega me informó esto, me puse un poco áspero, y le pedí me explicara por qué antes me había informado otra cosa. Me comuniqué con Neruda y arreglamos el lío. La inmigración siguió su curso.
   Sin embargo, Ortega me presentó su renuncia. Creo que se sintió mucho por la desconfianza que yo mostré hacia él. Entonces comprendí que fue un error mío, estaba nervioso.
   Hablé con Ortega, y le di toda clase de explicaciones. Le pedí que por favor continuara en su cargo, a lo cual el canciller accedió. Al día siguiente concedió una entrevista al Diario Ilustrado, y explicó la política de inmigración, aclarando lo que estaba realmente ocurriendo. Que los inmigrantes son solamente 1350 hombres, algunos casados y con familia. Y que fueron seleccionados cuidadosamente según sus oficios.
   A comienzos de Agosto zarpó el Winnipeg, dando inicio a una travesía que iba a durar un mes. Se reabasteció en la isla Guadalupe, para lo cual hubo que vencer la negativa inicial de las autoridades isleñas. El barco ingresó al Océano Pacífico a través del Canal de Panamá, construido años antes. Cuando el Winnipeg estaba ya acercándose a Chile por el norte, el viaje estuvo a punto de fracasar. Ibáñez, aprovechando la coyuntura política, creyó que estaban dadas las condiciones para un Golpe de Estado y lo intentó, usando para ello a un general en retiro, llamado Ariosto Herrera. Éste había quedado en ridículo, días antes, con ocasión del desfile del 21 de Mayo, cuando todavía estaba en servicio. En aquella oportunidad, la gente salió a la calle a ver pasar a los militares. Muchos de los curiosos mostraban banderas. Herrera se trenzó en discusión con uno de ellos, que mostraba solamente el lado rojo de la bandera.
   Ahora, Herrera intentó sublevar al regimiento Tacna. Alguna gente del gobierno me sugirió que me refugiara en Valparaíso, ya que contaría con la Marina. Me opuse con mucha firmeza:
   -De aquí no me sacarán sino muerto.
   Prefiero morir con la bandera al tope, antes que salvar la vida para que muchos otros la pierdan. En este caso, especialmente los inmigrantes españoles.
   El Golpe fracasó, gracias a la lealtad de muchos. Los oficiales involucrados fueron dados de baja. Ibáñez huyó a Argentina.
   El barco entró a aguas chilenas. En Arica descendieron unos cuantos refugiados. Cuatro días más tarde, un número aproximado de 2.300 inmigrantes desembarcaron al amanecer en el puerto de Valparaíso. Irradiaban felicidad, y amor por Chile, la tierra que los acogió.
   Sé que estos españoles luchadores serán importantes para el desarrollo de Chile.

 
   Tercera parte.     El final

   a) Pedro Aguirre

   Durante ese mismo año, 1939, recibimos también en Chile otros refugiados. Ya en Marzo, aceptamos la entrada al país de más de 150 judíos que estaban en Montevideo presentando unas visas falsas que alguien les proporcionó en algún momento, y que el gobierno uruguayo no quiso aceptar. Estas personas habían estado a punto de ser devueltas a Europa.
   Después de eso, el día anterior al inicio de la guerra, salió de Hamburgo el barco chileno Copiapó, en el cual se habían construido literas de emergencia. Ahí llegó otra centena de judíos, principalmente niños.
   En Diciembre se nos produjo una crisis de gabinete, la cual fue solucionada para Navidad. Tuvo que renunciar el ministro de Hacienda, Wachholtz. Alfonso pasó a ocupar ese ministerio. Labarca, que era ministro de Defensa, pasó a Interior. Es un gran profesor, escritor, e historiador. Escribe novelas breves, lo cual me parece novedoso. Su visión del servicio militar no es muy auspiciosa. En Defensa entró Alfredo Duhalde.
   En ese mismo verano, en Febrero de 1940, la derecha intentó un paro legislativo, el cual no prosperó gracias a que la Falange, proveniente del ala juvenil del partido Conservador, siempre concurrió a las sesiones, otorgando el quorum necesario.
   Poco después, hubo otra crisis de gabinete, ocasionada por la Junta Central del Partido Radical. Tuvo que salir Labarca, para gran disgusto mío. Él siguió contando con mi confianza, y así se lo hice saber. Mi propio partido me estaba ocasionando toda clase de problemas.
   En Julio de ese mismo año, el partido Radical amenazó con retirarse del Gobierno, ya que volví a nombrar a Labarca en Interior.
   La Junta Central siguió causando dificultades. Antes de fin de año, hubo otras dos crisis de Gabinete. En una, salió Duhalde; en la otra, salió Alfonso.
   A fines de ese año, ocurrió otro episodio desgraciado. En Valparaíso, con motivo de una elección complementaria, se produjo una tremenda gresca debido al cohecho que se estaba transparentando. A raíz de esa violencia, la Derecha presentó una acusación constitucional contra el ministro del Interior. Labarca tuvo que renunciar. Eso fue para la Navidad, una vez más.
   Olavarría asumió Interior. A principios de este año, se aprobó en el Congreso la llamada "ley Olavarría", para mantener el orden en los actos eleccionarios, por medio de las Fuerzas Armadas.
   De cualquier forma, el sistema político completo estaba intentando echar abajo el gobierno. Estuve a punto de renunciar. Fue mi sobrino Humberto Aguirre Doolan el que salvó la situación. Me habló, con mucha sabiduría para ser tan joven.
   Seguí firme.
   Llamé un día a Allende y le dije: “Yo quiero que usted, ministro de Salubridad, haga una exposición de la vivienda, porque yo sé, y usted lo ha escrito, la interrelación que hay entre vivienda insalubre y salud”. De ahí surgió una Exposición de la Vivienda, frente al Club de la Unión, en la Alameda de la Delicias. Con cifras muy serias se señaló que en Chile faltaban trecientas mil viviendas y que más de un millón de personas vivían en habitaciones insalubres.
   Ese año cuarenta continuó causando estragos. También en mi propia salud. Al principio creí que era un simple resfrío que no quería irse y me daba mucha tos. Al final resultó ser tuberculosis.
   Seguí gobernando. Aún faltaba ver los derechos de la mujer. Desde fines del siglo 19 la mujer ha venido luchando por tener derechos civiles. Respecto a eso, en Enero presenté un proyecto de ley, en cuya preparación participó Elena Caffarena. Se trata de lograr que las mujeres puedan sufragar en elecciones presidenciales y parlamentarias. Sólo tienen derecho a voto en las municipales, desde hace unos pocos años. La Derecha se opuso en el Congreso, lo cual era previsible, pero también se opusieron muchos radicales, y el proyecto fracasó.
   En Febrero de este año 41 se empezó a producir un quiebre en el Frente Popular, debido a conflictos entre los moderados y los más izquierdistas.
   En Abril renunció un funcionario radical del Ministerio de Salubridad, y fue reemplazado por una persona de otro partido. Eso molestó mucho a los dirigentes del partido Radical. Decidieron salirse del gobierno. Era la excusa que necesitaban. Para ello, todos los ministros radicales tendrían que renunciar. Así lo hicieron, acatando la orden del partido. Sin embargo, no acepté ninguna de las renuncias. El PR amenazó con expulsarlos si continuaban en sus cargos. Sólo uno continuó: Olavarría.
   En Junio la Junta Central expulsó a Olavarría, quien seguía siendo Ministro del Interior, pues insistió en no renunciar. Pero, en Septiembre hubo otra crisis de gabinete, y Olavarría tuvo que salir del ministerio.
   En Octubre, el PR volvió al Gobierno. Hubo nuevo Gabinete.
   A lo largo de este año fue quedando progresivamente en evidencia la falta de fuerza de la directiva del Frente Popular, en relación a la gran fuerza de cada uno de los partidos que integran la coalición. El Frente dejó de ser importante como grupo político.
   En Noviembre ya no pude seguir gobernando, debido a mi enfermedad. Entregué el mando al ministro del Interior, el doctor Jerónimo Méndez, asumiendo éste como Vicepresidente.
   En los tres años que duró mi gobierno, se quintuplicó la cantidad de alumnos en escuelas primarias.

   b) Juanita Aguirre

   Ya hace un año y medio que murió Pedro. Lo echo de menos, y he seguido llorando. Hoy, en pleno invierno, vine a la Nunciatura y estoy esperando que comience una ceremonia muy especial. Se entregarán unas condecoraciones pontificias que el Papa Pío XII tuvo a bien dar, para distinguir a un grupo de chilenos entre los cuales estoy.
   En mi caso, se trata de un homenaje póstumo a quien fue Jefe del Estado, y es también un reconocimiento a mi actitud, según me han dicho, de virtud luminosa... Algo así es la palabra con que he sido elogiada. Me es incómoda la sensación que me queda al escuchar esas cosas.
   Mientras tanto, le doy vuelta a mis pensamientos. Sueño con algo que parece muy loco, pero no lo es tanto. Me gustaría fundar un hogar para niños. Le llamaría Posada del Niño. Para atender a chicos de escasos recursos o abandonados. Hasta les tendría escuela, por lo menos los primeros años de primaria. No sé cómo podría financiarlo.
   También me pongo a recordar mis tiempos de primera dama de la nación. Me llamaban "Misiá Juanita". Traté de tener bien puesto ese traje, desde el primer momento, pues en La Moneda recibía miles de cartas de obreros enfermos, de gente lisiada o cesante, de mujeres abandonadas y hasta de matrimonios mal avenidos. A todos les respondí y les prometí que los ayudaría en la medida de mis posibilidades. De hecho, cumplí eso, casi siempre. Así fue como empecé a impulsar una labor social.
   Le di primerísima prioridad a las celebraciones de Navidad para los niños pobres. Ya en 1938 quedó institucionalizada la Pascua del Niño Pobre. Entregamos juguetes hechos en el país, principalmente en talleres artesanales. Su distribución se hacía en las escuelas y estaba a cargo de comités locales en diferentes ciudades y pueblos. En el año 40, casi medio millón de juguetes.
   Pedro me decía que yo era más popular que él. Me hacía sonreír. Igual que ahora, aún puedo sonreír.
   Pedro fumaba mucho. Nunca pude evitar que lo hiciera. Y se resfriaba a cada rato. Se tomaba una Cafiaspirina y seguía trabajando... Hasta que no pudo más...
   Pedro y el arzobispo José María Caro llegaron a ser amigos. Conversaban mucho, y se tenían mutua estimación, a pesar de que la Iglesia chilena está muy en contra de la masonería.
   Cuando José María Caro llegó a Santiago, al ser nombrado arzobispo, ese mismo día nos visitó oficialmente. Y después siguió viniendo a tomar tecito, aceptando con gusto nuestras invitaciones. Una vez me dijo:
   -Don Pedro es un hombre muy valioso.
   En ese momento no sabíamos que pronto el arzobispo iba a estar dando la extremaunción a mi marido.
   Un día antes de morir, Pedro se había sentido bien, y conversamos. Él quiso hablar de cómo tendría que ser su funeral. Me dijo:
   -La manera cómo me lleven al cementerio no es cosa mía, es cosa tuya. Lo harás como tú prefieras.
   El funeral de estado, en la iglesia Catedral, fue presidido por el arzobispo José María Caro. Me emocioné con sus palabras en su homilía: “Tuvo razón el pueblo para amarlo y tiene razón para llorarlo y rendirle el más sentido homenaje de gratitud”.
   Una gran cantidad de gente acudió y me acompañó al cementerio.
   Me fue difícil aceptar las condolencias de la Junta Central del Partido Radical. Lo hice de manera fría.
   Ahora recién, me he puesto a conversar con Juan Rossetti, quien no pertenece al partido Radical, y fue el Canciller a mediados de 1941. Él llegó hace poco rato a la Nunciatura, y también espera una condecoración. Se la darán por haber apoyado la realización del Congreso Eucarístico, en ese año.
   Él me cuenta que, en aquella oportunidad, pidió oficialmente al Vaticano, que el arzobispo José María Caro sea nombrado cardenal. Yo no sé hasta qué punto esa clase de solicitudes tienen efecto, pero confío en que esa investidura va a ocurrir en algún momento.