ARISTODEMO                    Un lugar literario
La mujer del Más Allá         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   1.- Johanna

   Aprovecho de hablar sola en mi pequeño auto, porque sé que nadie me escucha. A lo más me oirá algún ángel, si es que todavía tengo, a pesar de todo lo que me ha pasado en estos últimos días. Voy en un lento camino a casa, después del trabajo, y quisiera hacerlo aún más demoroso porque al llegar me espera algo muy difícil. Será amargo tener que contarle a Rodrigo un asunto tan vergonzoso.
   Estoy involucrada en odiosos hechos que quisiera olvidar para siempre. Más de alguien podría pensar livianamente que sólo se trata de la obligación de ir a declarar algo muy simple. Es mucho más que eso. Debo participar como testigo, en un caso al que los periodistas llaman “Desaparición del Comerciante”, pero me siento más abrumada que si tuviera que dirimir la causa. Como una jueza que no soy, y que siempre me habría gustado ser. Cosa extraña, hoy quisiera desempeñar cualquier otro rol distinto. Hasta pienso que fue una muy mala suerte haber estado en aquel lúgubre estacionamiento subterráneo, justo en el mismo minuto en que ocurría el alevoso crimen.
   A una niña chica se la podrá neutralizar usando premios y castigos, pero no a mí. No quisiera ser como una autómata o un ser condicionado, que programa todos sus actos según lo que espera recibir a cambio. Necesito liberarme de toda influencia nefasta.
   Al ejercer mi derecho corro el riesgo de perderlo. Sin embargo, mientras no lo ejerza lo tengo perdido por completo. Más bien tendría que decir que al ejercerlo corro el “riesgo” de ganarlo. Nunca tendré certeza de ganarlo.
   Preferiría no haber presenciado esa escena desagradable, y no haber quedado tan impresionada por la frialdad con que el hombre mató al comerciante indefenso, a altas horas de la noche. Para ello utilizó un cuchillo que me pareció enorme. Y después pude observar, en minutos que me parecieron siglos, cómo puso el cadáver en el portamaletas, con un tremendo esfuerzo, pues parecía pesar toneladas. Si tan solo esa vez yo no hubiera tenido trabajo extraordinario hasta tan tarde, nada de esto me estaría pasando.
   Para peor, yo conocía al asesino, pues es un alto ejecutivo en la misma empresa de productos químicos en que yo trabajo. Es gerente de no sé qué cosa, en otra área distinta a la mía. En esa negra noche me pareció que él no me había visto. Quedé casi segura que no se dio cuenta que yo estuve ahí, pues nos separaba mucha distancia, estaba oscuro, y además yo me agaché detrás de un vehículo alto, como de reparto. Por eso me consideraba a salvo. Los lamentables sucesos que vinieron después me mostraron cuán equivocada estuve.
   Todo esto me hace recordar una escena de mi infancia, que parece estar sumergida en una época arcaica, cuando mi madre me castigó por insolente. Quizás no fue una sola vez, pero las recuerdo todas concentradas en una sola. Me puso mirando hacia la pared de un pasillo muy angosto, como pasadizo estrecho, que no tenía ningún sentido. Hoy lo veo más como un doble muro que como un lugar para transitar. Ahora, me da risa. Incluso, llego a dudar si acaso ocurrió realmente ese castigo. A veces pienso que mi memoria me hace trampas.
   “No saldrás de ahí mientras no suspires”. Esa es la frase que recuerdo, de mi mamá. Algo así de insólito me debe haber dicho. Yo no entendía nada. Solamente lloraba y pataleaba. Es un recuerdo tan difuso que parece irreal. Y se me vino en este momento, al darle vuelta a mi problema de hoy, supuestamente más grave que los que tuve de niña. Ahora sería un buen momento para que viniera mi madre y me encerrara, y con eso se me quitara la pesadilla después de chillar un rato. Sin embargo, la vida adulta no funciona así. Hay cosas irreversibles.
   En todo momento tuve claro que a ese malvado gerente no le convenía que yo estuviera dispuesta a acudir al tribunal y contar todo lo que vi. Demasiado tarde me di cuenta de sus perversos métodos. Ahora me pregunto si acaso va a poder hacer lo que quiera conmigo. Indudablemente, no. No puede. A esta altura me queda una sola manera de evitar que me maneje a su entera voluntad. Tuve muchas más hasta que ocurrió lo del cóctel de la oficina en que conocí a un tipo regio, y tan atento que me impresionó gratamente en esa oportunidad. Era tan entretenido para conversar, que se me hizo corto el tiempo, y no me di cuenta cómo fui ingiriendo unas copas demás.
   Me invitó a que saliéramos al día siguiente, después de la oficina. Acepté. Y disfruté su amistad, sin tomarle el peso al asunto, en un principio. Caí en su red como una mosca tonta en una telaraña. Es cierto que cuando fui a su departamento yo estaba muy picada con Rodrigo, por una pequeña escapadita de él, que en ese momento me parecía terrible. De todas maneras, eso no me justifica.
   He de dar mi testimonio en el juzgado, pase lo que pase. Ese tipo no me va a silenciar, tan solo porque tenga unas detestables fotos mal habidas.
   Si fuera posible desandar lo andado, eso sería una bendición para mí, porque viviría algunas cosas de manera distinta.
   Sólo sé que tengo que contarle todo a Rodrigo. Si no, mi vida no valdrá la pena seguir viviéndola.

   

   2.- Rodrigo

   Desde que era niño chico me gustó tocar el piano. Practicaba horas enteras cada vez que iba a la antigua casa que mi abuelo tenía cerca del centro. Yo trataba de ir muy a menudo a visitarlo. El abuelo me preguntaba “¿Vienes a verme a mí o al piano?”, y se reía sin esperar respuesta.
   En el colegio, yo no era muy bueno para nada. Sólo para cantar. Por algo, todos los años me elegían como integrante del coro. Hasta gané una vez un concurso, en un caótico festival de la canción que improvisaron para la semana del colegio. Después me dediqué a la música porque eso es lo que más me gusta. Especialmente, interpretar a Chopin y a Beethoven. Sus composiciones me transportan a un mundo de eternidad, desde el cual puedo presenciar todas las épocas, pues aunque pasen muchos siglos, la gente sigue sintiendo igual que lo hacían sus antepasados.
   Pero, como uno tiene que ganarse la vida, y además, teniendo en cuenta que mi abuelo hizo cualquier sacrificio necesario para que yo pudiera estudiar, opté por entrar a la carrera de Pedagogía en Música, hace ya una buena cantidad de años. Me titulé de profesor, y con ese flamante título me he puesto a trabajar haciendo clases a niños que aún no les agrada ninguna cosa que sea clásica. Parece que un concierto para piano y orquesta, nunca les llegará a interesar tanto como el rock pesado. Eso es un poco frustrante, para mí. Me tengo que esforzar mucho, día a día, para ganar tan poco dinero. Como es lo que me gusta puedo ser perfectamente feliz.
   A las clases llego con una inmensa radio portátil y varios CD de música clásica. Intento que los niños empiecen a apreciarla. También enseño a los alumnos las biografías de los compositores y los aspectos históricos más importantes, pero estimulándolos a que disfruten un fondo musical adecuado.
   Mi padre murió cuando yo tenía apenas catorce años. Y como soy el mayor de tres hermanos, tuve que reemplazarlo un poco, hasta donde pude. Desde luego, empecé a preocuparme de que mis hermanos tuvieran un buen comportamiento, y estudiaran todos los días, e hicieran sus tareas, en vez de andar revolviéndola con los amigos. Me vi en la obligación de prohibirles ciertas amistades que consideré inconvenientes. No siempre fui comprendido por mis hermanos. Cuando ellos salieron de su adolescencia, recién pude pensar en casarme.
   Adoro a Johanna, mi mujer, aunque no sé si congeniamos. Suscribo eso de que a las mujeres se las puede amar, pero no se las puede comprender. Cuando la conocí, ella era la mujer perfecta, y no creo que haya dejado de serlo. Es hermosa, simpática, inteligente. Está siempre irradiando alegría. Sin embargo, tenemos intereses muy distintos. El otro día, sin ir más lejos, estábamos en una fiesta, y había piano. Me entretuve tocando música, festiva, por supuesto, mientras los demás bailaban. También Johanna, que parecía un trompo. Cuando volvimos a la casa, muy tarde, ella iba en silencio y muy seria. No me quería decir por qué.
   -Bailaste toda la noche -le hice ver- ¿y no estás contenta?
   Hasta que logré que me dijera lo que le pasaba. Estaba molesta porque yo no había bailado con ella. ¿Quién la puede entender?
   Desde que nos casamos, me he ido dando cuenta, poco a poco, que el imperfecto soy yo. Trato de mejorar, pero la vida no ofrece muchas oportunidades. Tampoco he podido aceptar de buen grado que ella gane mucho más dinero que yo. Nunca se lo he dicho directamente, pero para mí es como una espina que tengo clavada.

   

   3.- Cristóbal

   Cuando niño, me enamoré de Johanna, pero no se lo dije. Por ese tiempo, yo tenía unas emotivas ensoñaciones, sin saber de dónde llegaban. En ellas me veía liberando a Johanna de toda clase de peligros, y la salvaba de unos enemigos, supuestamente hombres malvados que querían hacerle daño. Esas fantasías eran persistentes. Después que crecí las ahuyenté, porque las consideré indignas de alguien que intentaba ser adulto.
   La conocí en el campo, cuando no teníamos más de unos siete años. Ella iba todos los veranos a casa de su abuelo. También yo veraneaba cerca de ahí, en la casa vecina, la de mi tía Eulalia, que quedaba a pocas cuadras, yendo por una apacible alameda, y sintiendo la brisa mover las hojas de los árboles, con un ruidito característico.
   Seguimos siendo niños chicos, durante largos meses de invierno, en que no nos veíamos, y en las rápidas vacaciones estivales. A partir de cada Año Nuevo jugábamos días enteros, con Johanna y mis dos primos, hijos de la tía Eulalia, que eran menores que yo, pero nos llevábamos bien.
   A veces, Johanna invitaba a amigas del colegio a pasar unos días. Cuando estaba con sus compañeras, ellas preferían venir a la piscina de mi tía, en vez de salir a disfrutar el campo.
   La piscina era larga y angosta, y bastante rústica, pero para ser de campo estaba buena. A pocos metros de distancia había un improvisado camarín. En realidad, era una pieza amplia, de construcción ligera, que antiguamente había sido baño, y después se empezó a usar para que los visitantes de la piscina pudieran cambiarse ropa.
   En una oportunidad descubrí que en la pared del fondo del camarín había un hoyito, entre medio de dos tablas que estaban ligeramente deterioradas por la acción del tiempo y el agua. Casi no se notaba el agujero. Como no era mucho lo que se alcanzaba a ver por ahí, lo agrandé un poco con ayuda de un destornillador que encontré un día de suerte. Me quedó perfecto para mirar cuando las niñitas se desvestían. Por supuesto tuve que invitar a mis primos a echar una miradita, porque no podía ser tan egoísta, ni tampoco era posible esconderme de ellos. Así fue como los inicié en el arte voyerista. El problema fue que estos cabros chicos se reían, cuando tenían que estar callados. Yo tenía miedo que las chiquillas escucharan las risas que, posiblemente llegaban hasta adentro del camarín. Una vez nos pilló una amiga de Johanna. No puedo acordarme cómo se llamaba. El caso es que se vistió rápido y salió hecha una furia a acusarnos a la tía Eulalia. Los tres niños quedamos castigados durante una semana completa.
   Ese fue el último verano en que la tía me invitó a su casa. Parece que yo era un mal ejemplo para sus hijitos.
   Después transcurrió mucho tiempo en que no vi a Johanna, hasta que, sorpresivamente, la volví a ver en la Universidad. Estando yo en tercero de Ingeniería, entró ella a primer año. Nunca olvidaré el día en que llegó. Nos saludamos efusivamente y le di todas las instrucciones necesarias para que el “mechoneo de bienvenida” al que iba a ser sometida en forma inevitable, se redujera lo más posible y no hiciera estragos en ella.
   A comienzos de Abril recordé que yo estaba enamorado de Johanna. En esa oportunidad, sí que se lo dije. Insistí más de una vez, pero no fui correspondido. Solamente entablamos una linda amistad durante el tiempo de estudiantes. Le ayudé con los problemas de cálculo diferencial, que a ella le costaban un poco. Durante esos años tuvimos largas conversaciones. A ella le gustaba leer libros de desarrollo personal, y me los prestaba. Después los comentábamos.
   En cuanto terminé de estudiar entré a trabajar en una pequeña empresa constructora. No me va mal, en lo económico, pero desde el punto de vista del desarrollo profesional se me ha ido acentuando una ligera frustración que me empezó ya antes de titularme.
   Siempre me gustaron las matemáticas. Quizás no tanto la ingeniería misma, pues aquéllas ni se utilizan en el trabajo cotidiano. Es todo tan distinto a como yo lo había imaginado. Existe una magia fascinante en la ciencia de las cantidades, que está totalmente desperdiciada. De niño, yo soñaba con trabajar en algo interesante e incomprensible. Más bien dicho, misterioso. Una vez vi en una revista, que ya en ese tiempo era antigua, una publicidad de automóviles que me marcó profundamente. Aparecía nada menos que una expresión matemática con varias de esas culebritas que, mucho tiempo después supe que se llamaban Integrales. Era fascinante. Y decía algo como “Así calculan el viraje los ingenieros de esta fábrica automotriz y diseñan los automóviles más seguros”. Comprendí que eso era lo mío, y que yo iba a trabajar en esa forma cuando fuera grande, y que iba a estudiar en la universidad para entender esas famosas culebritas que parecían “S” alargadas.
   Ahora que tengo pleno dominio del cálculo integral, ocurre que en mi trabajo no tengo que calcular más que las leyes sociales de los trabajadores. Y eso, una vez al mes. Lo encuentro frustrante. Por eso, no es mi trabajo lo que más me motiva. En los ratos libres desarrollo algo mucho más interesante. Nadie me pagará nunca por ello, pero a mí me gusta ocupar mi tiempo en tratar de lograr un mecanismo que estoy inventando. Es como una máquina eléctrica para lijar madera. Ese parece ser mi destino. Rebajar la madera.

 

   4.- Lucía

       No entiendo qué le pasa a Johanna. Si siempre hemos sido tan amigas. Desde el colegio, cuando estudiábamos juntas. Ella era la que siempre se sacaba un siete en matemáticas. Yo, ahí no más, pasaba de curso, pero raspando. Cuando lograba sacarme un cinco, en mi casa hacían fiesta, poco menos. La única excepción era Educación Física. Ahí, sí que me iba bien. Participé en campeonatos de atletismo, todos los años, en carreras con vallas. Siempre llegué a correr la final, pero una sola vez la gané.
       Al salir del colegio, Johanna estudió Ingeniería, y yo me puse a trabajar como vendedora, primero en una tienda de ropa fina, y después en la mueblería. Este trabajo de ahora me gusta más, y me pagan mejor.
       Fuimos inseparables durante los años que duró el colegio. Nos complementábamos bien. Si hasta vivíamos cerca y teníamos los mismos amigos. Incluso, después que se casó nos hemos seguido viendo, muy a menudo. Lo raro es que ahora, cuando la llamé por teléfono, como hago tantas veces, se le ocurrió hacerme una desconocida. Es que eso no puede ser.
       - Hola, Johanna, soy Lucía - me anuncié ayer por el teléfono, a última hora, cuando ya iban a cerrar la mueblería. Tenía que entregarle un trabajo de reparación que ella había pedido. Era una repisa a la que fue necesario corregirle un pequeño detalle.
       - Buenas tardes, señorita - me respondió, y yo estoy segura que ella sabía perfectamente que era yo. Algo le pasa a mi amiga. Es cierto que la llamada tenía que ver con trabajo, pues yo le vendo los muebles que ellos necesitan para su departamento, pero eso no justifica esa actitud de ella.
       Encuentro especialmente molesta la situación, porque somos como hermanas. Recuerdo las diabluras que hacíamos juntas. Ni fueron tantas, pero esas pocas se me quedaron grabadas. En realidad, éramos bien tranquilas. Fiestas teníamos, eso sí, todos los sábados. Era frecuente que saliéramos con un par de amigos, los cuatro. La fiesta de quince, ésa sí que fue memorable. Nos pusimos vestidos largos, y los chiquillos fueron todos con corbata.
       Después de toda esta historia, no puedo entender lo de ayer.
       - Soy Lucía - insistí en ese momento -. Te llamo para avisarte que ya está lista la repisa. Puedes venir a buscarla mañana, porque ahora ya estamos cerrando.
       - Muchas gracias, señorita, entonces si está lista la chaqueta, mañana la iré a buscar - fue su desconcertante respuesta. Lo raro no es solamente que me haya tratado con tanta distancia. Es que además me contestó algo incoherente. Y no es que haya escuchado mal.
       Bueno, el caso es que yo le seguí insistiendo por el teléfono, porque sus respuestas eran muy raras.
       - Oye, gansa, si te estoy diciendo que . . . . - no alcancé a seguir porque me cortó. Así de improviso. No entendí nada, y me llené de preocupación. No vaya a ser cosa que esté enojada conmigo. A lo mejor está molesta porque no fui a un té que me invitó. Es que no pude ir porque estábamos haciendo inventario. Ella tiene que entender eso. Trato de pensar qué otra cosa puede ser.
       Es muy misteriosa mi amiga. En la mañana, bien temprano, la llamé a su oficina y no estaba. Y mucho rato después la volví a llamar. Aún no había llegado. Y en la tarde, otra vez no me fue posible ubicarla.
       ¿En qué pasos andará? Realmente, me preocupa. Ni siquiera vino a retirar la repisa. Ni ella, ni Rodrigo. Aunque puedan tener muchas preocupaciones, lo de ahora es incomprensible.

 

   5.- Johanna

       Me bajé del auto, sin ningún apuro. Lo cerré, y me demoré en guardar la llave. Entré en la casa con lentitud, pues quería que el tiempo pasara y ya estuviera todo dicho, de una manera mágica. No sabía cómo iba a ganarme el derecho a comenzar mi vida de nuevo.
       Hasta los muebles de la casa parecían acusarme. Era yo misma la que me estaba odiando. Una sola vez en mi vida fui tentada por un placer prohibido, y ahora me avergüenzo de haber caído tan estrepitosamente. No hallaba cómo empezar mi confesión, pero sabía que necesitaba dar este paso. Nunca quisiera ser falsa, ni tampoco vulnerable. Mi responsabilidad como testigo era una cosa muy seria y, por cierto, sigue siéndolo. El mal actuar que tuve no puede interponerse entre la justicia y yo. Me estaba sintiendo asquerosa. A ratos creía que no iba a ser capaz de contárselo a Rodrigo.
       El estaba viendo las noticias en la televisión. O por lo menos las escuchaba. Noticias, en las que una vez imaginé que iba a aparecer yo, como una heroína con la misión de poner las cosas en su lugar. Eso me enorgullecía, pero no ocurrió así. No sé si para bien o para mal.
       Durante una eterna fracción de segundo me pregunté a mí misma qué pasaría si accediera a venderme, y si me olvidara que tiene que hacerse justicia, y siguiera viviendo sin que Rodrigo se entere de nada.
       Rechacé ese pensamiento.
       Cuando venía en el auto ensayé las palabras que diría, pero la realidad es siempre más difícil que los futuros imaginados. En tal medida, que mi mente se puso en blanco. Yo miraba para distintos lados, y partí diciendo las cosas de cualquier manera. Lo único que sabía es que era urgente empezar.
       - Tengo algo que contarte - le anuncié, mientras el corazón me estaba saltando con fuerza. Rodrigo me respondió con una frase anodina, de esas que salvan vidas, pero no la atendí. Mi vida seguía debatiéndose.
       - Necesito confesarte algo - insistí, hasta que él comprendió que la cosa iba en serio. Apagó el televisor.
       - ¿Qué te pasa, cariño? - me dijo con suavidad.
       Yo tenía mi autoestima por el suelo.
       - Es posible que llame Lucía para decirnos que vayamos a buscar la repisa, que ya debe estar lista - atiné a decir porque fue lo primero que se me pasó por la cabeza, y no me estaba resultando, en absoluto, sacar una sola palabra de lo que realmente tenía que decir.
       - Estás actuando de una manera extraña, Johanna - me respondió - si anunciaste algo terrible, no te escapes con eso de la repisa.
       - No dudes del amor que siento por tí . . . - empecé a decir, y el resto no me salía.
       - Nunca lo he dudado.
       - Es que soy débil y tuve una caída . . . - seguí diciendo, lo más entera que pude, pero a mitad de frase el maldito llanto me tomó por asalto y me impidió controlar la situación. Se me fue de las manos, como si hubiera sido agua. A partir de ese instante, no tuve noción de las cosas que dije. Tampoco supe si acaso me culpé más de la cuenta. Sólo después que pasó el momento explosivo, comprendí aterrada, que quizás abarqué un exceso de detalles, inconvenientes para ese momento, en vez de ir a lo esencial. Ahora, ya era demasiado tarde.
       Rodrigo se puso furioso. Y yo lo comprendo. Además, nunca le ha gustado que llore porque cree que es manipulación. Alguna tranca tendrá el pobre. Me gritó, y me lo merezco. Me dijo cosas más hirientes que las que merezco. A los pocos minutos salió, dando un portazo.
       Quedé desconsolada, ahogándome en llanto.

 

   6.- Rodrigo

       El alcohol es mágico. Me tuvo alegre y bullicioso por fuera, durante varias horas, aún cuando seguía estando triste por dentro. La infidelidad de mi mujer me dejó muy mal. Mucho peor que lo imaginado alguna vez.
       Yo quería morirme ahí mismo. O mejor aún, lejos. Todo lo lejos que pudiera ir. Llegué solamente hasta un bar, después de caminar muchísimas cuadras, sin ningún destino, y sin darme cuenta de mi entorno. Sin ver los avisos luminosos, sin escuchar los bocinazos ni ningún otro ruido de la calle. No me fijé en los transeúntes, que tendrían sus propios problemas, por cierto, de menor importancia que los míos. Fueron más de tres horas las que gasté tratando de huir de mí mismo. Sí. Esa es la palabra más adecuada. En ese momento no me daba cuenta que estaba tratando de arrancar de mis propias sensaciones insoportables, y por eso jamás iba a arribar a algún destino.
       Después de entrar en el bar, me dejé caer en una sucia silla del sector más oscuro, junto a una mesa redonda sin mantel, que esperaba la llegada de algunos clientes. Conmigo, la mesa se llenaba. Yo no estaba de ánimo para conversaciones. Pedí un combinado, y después de un rato me lo trajeron.
       Muchas cosas me daban vuelta en la cabeza, enredadas en el alcohol. ¿Por qué Johanna puede haber hecho algo así? Ni siquiera tenía yo toda la información porque no fui capaz de seguir escuchando lo que ella intentaba decir. No quise encarnarme en un marido engañado.
       La amo con todo mi corazón y con toda mi alma. Hoy se me ha venido el mundo al suelo. Yo mismo me repetía eso en voz baja, con cada sorbo de mi vaso.
       Me dolía hasta la médula del alma mientras el alcohol que bebía luchaba por mezclarse con las lágrimas secas que no quisieron salir de mis ojos.
       Me habría muerto ahí mismo si no fuera por el piano. Un deteriorado piano vertical que había ido a morir al bar, igual que yo. La música que salía de él me mantenía expectante. Cuando el pianista terminó de tocar me levanté de la silla como con un resorte, y lo reemplacé por propia iniciativa. Yo no necesitaba que nadie me autorizara. Simplemente, ése era mi lugar. Siempre lo ha sido. Me puse a tocar música liviana y alegre, la cual dio nueva vida a una noche que había estado a punto de retirarse. Pude notar cómo el público fue adquiriendo nuevos bríos, al mismo tiempo que yo me fui olvidando de mis problemas. Mi destruido mundo ya empezaba a reaparecer.
       Ahora, pienso que Johanna tenía más cosas que decirme. Lamento haberle negado la oportunidad, porque perdí completamente la compostura. Bueno, pronto estaré más calmado, y podremos conversar.
       No llegué a mi casa anoche. Estuve botado por ahí, en estado deplorable. No en la calle, menos mal, gracias al administrador del bar, que me acogió en su casa. Yo ni recuerdo cómo terminó esa noche. Bebí mucho licor. Tanto, que al final estaba demasiado ebrio, y de repente se me borraba la película. Si no sabía ni dónde estaba. Desperté tarde y con un tremendo dolor de cabeza.
       Sentía en mis ojos la sensación de no poder llorar. Yo mismo me impuse la prohibición cuando niño y creo que ya nunca la podré levantar. Aunque me moleste ese letrero que dice “Los hombres no lloran”. No fui nada de original, tampoco. Si pudiera llorar, también podría hablar de lo que amo. Es eso lo que más necesito y añoro desde mi primera infancia. En vez de sacar a mi mujer del agujero profundo en el que estaba metida, me dejé arrastrar y me caí yo también a un hoyo mucho más hondo aún.
       Demás está decir que, en el estado en que me encontraba, no me podría presentar en el colegio a dar mi clase. Ya inventaría alguna excusa. Por ahora, tenía una enorme necesidad de hablar con Johanna. Estaba dispuesto a perdonarla, porque sé que no podría vivir sin ella. Y porque comprendí que nadie es perfecto. Tampoco lo soy yo.
       Recién puedo volver a mi casa ahora que son las once de la mañana, mareado aún, y en un estado tan lamentable que no me soporto a mí mismo.
       Ya estoy muy cerca de mi edificio, y veo un auto verde con puertas blancas, justo al frente. Sin duda, es de la policía. También se ve un amontonamiento de personas curiosas. Escucho decir que una mujer ha muerto en circunstancias extrañas, y que ya se han llevado el cuerpo. Eso es lo que oigo decir a los intrusos que se han juntado en gran cantidad.
       Al principio no había relacionado conmigo este suceso tan poco común, pero mientras subo en el ascensor, una cruel aprehensión se apodera de mí. Llego temblando a mi puerta y estoy a punto de desmayarme.
       No me dejan entrar, mientras no me identifique. No puedo entrar a mi propia casa. Alarmado y gritando, pregunto por Johanna. Estoy como un loco. Un detective trata de calmarme para poder decirme esa horrible noticia que yo no quería asimilar.
       Nunca antes me había despreciado tanto a mí mismo como lo estoy haciendo ahora, con rabia y sin piedad.