ARISTODEMO                    Un lugar literario
La mujer del Más Allá         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

   26.- Cristóbal

       Era un pequeño gran detalle el comprobante del taller de costura. El puzzle debía tener la información necesaria. Menuda tarea ésta, la de obtener un número, ahí donde sólo aparecían palabras. Era necesario proveer un verdadero papelito, para no llegar sin nada a buscar una ropa que no es nuestra.
       Estábamos frente a unas hamburguesas, en un local no muy ruidoso, menos mal. Y unas cervezas, por supuesto.
       - Creo saber qué costurera - me explicó Lucía -. Es que hay una bastante buena a pocas cuadras de Johanna. Casi con certeza puedo decirte que ella tiene que haber llevado su chaqueta ahí. ¿Intentemos ese taller?
       - Podemos hacer el intento de retirar una chaqueta de mujer, en la esperanza que contenga algo como una prueba, escondida dentro del forro, por ejemplo. Eso suena interesante.
       - Por lo menos, sabemos que es azul - dijo ella -. Me parece que conozco esa chaqueta de Johanna. La usaba mucho para ir a la oficina, aunque no es propiamente uniforme. El problema es que no tenemos ningún papel para ir a retirarla.
       Recordé la chaqueta de Johanna en el tren. También era azul.
       - Sólo números - afirmé -. Y eso, si es que los obtenemos.
       - No es mucho.
       - En realidad, no son ni números. Simples acontecimientos y referencias, convertibles en fechas, como decíamos ayer - agregué eso último para seguir poniendo un poco de humor. Yo lo necesitaba.
       - Por ahí vi que decía “Hiroshima” - expuso Lucía, entrando en materia -. Esa es una de tus palabras.
       - Eso nos remonta al año 1945. ¿No es así?
       - También tienes a Mussolini - agregó ella -. No sé ninguna fecha que se refiera a él.
       - Bueno, pero tienes que saber que lo mataron al término de la segunda guerra mundial.
       - Eso nos pone en el mismo año, uno más, uno menos.
       - El mismo, directamente. Esto podría estar confirmando el comprobante número 1945.
       - ¿No te estarás apurando mucho? - me reprobó -. A mí no me da ninguna seguridad.
       - A mí tampoco - reconocí -. Johanna era buena para los números. Tiene que haber puesto una pista certera.
       - ¿Qué otras palabras tienes? Eso sí . . . que signifiquen fechas.
       - “Gabrielamistral”
       - No te puedo creer.
       - ¿Qué tiene?
       - ¿Cuándo le dieron el Nobel?
       - Mucho antes que yo naciera.
       - Tengo una tincada, pero voy a verificarla con una amiga que es bala para esta cuestión - dijo Lucía, y empezó a marcar un teléfono en su celular.
       Después de un par de minutos de conversación previa, recién escuché la pregunta:
       - ¿Cuándo ganó el premio Nobel la Mistral?
       Lucía estaba usando un verdadero “comodín del teléfono”. Vinieron otros dos minutos de conversación de cualquier cosa, hasta que finalmente cortó.
       - 1945 - más que decírmelo, prácticamente me lo tiró por la cabeza.
       - ¿Sabes? Tú eres la dama del teléfono - le dije, para divertirme un poco, pero no se dio por enterada.
       - Bueno, tenemos el número, ¿no? - insistió, poniéndose seria.
       - Así y todo, no lo siento tan seguro.
       - Pero, yo me arriesgaría a hacer el loco - me dijo, soltándose -. A esta hora está abierto el taller.
       Decidimos partir inmediatamente, pues nos iba a tomar bastante tiempo para llegar. Nos fuimos conversando y riendo. Ella es encantadora. Somos una buena yunta, pienso yo. Cuando llegamos, yo estaba escéptico pero dispuesto a cualquier esfuerzo y a cualquier frustración. Si no resultaba ahora, ya habría otra forma.
       - No tenemos el papel para retirar la chaqueta azul - dijimos, y agregamos que estaba a nombre de Johanna, y que el comprobante tenía el número 1945.
       La niña que atendía partió difícil, diciendo que sin comprobante no puede entregar nada, pero la convencimos finalmente porque sabíamos el número, y porque la clienta había fallecido y jamás supimos donde dejó el comprobante.
       - ¿Y cómo saben el número? - nos preguntó.
       - Yo sé que ella lo anotó en esta libreta - dijo Lucía, agitándola.
       Mal nos fue. El comprobante aquél era demasiado antiguo, del año antepasado. Costó para que apareciera y resultó ser de un pantalón de hombre, que ya fue entregado al cliente, en su oportunidad. O sea, nuestro comprobante virtual no tenía nada que ver. Tuvimos que retirarnos en medio de disculpas. Lucía dio explicaciones a la niña. Dijo que volvería a mirar bien la libreta porque en ella habían muchos más números. Creo que ésa era una salida honrosa. Yo estaba seguro que tendríamos que volver con el número verdadero.
       Al día siguiente, estábamos frente a un par de completos y las consabidas cervezas.
       - Puede haber sido otro taller de costura - opiné, sólo para iniciar el tema.
       - No creo. Mejor revisemos el número.
       Volvimos a leer todas las palabras del crucigrama, incluso las que nunca miramos antes. Así fue que saltó una, inmediatamente. “Triple”. Ahora quedaba clarísimo. No le habíamos dado importancia a esa palabra, menospreciando también la habilidad de Johanna para darnos la clave en forma inequívoca. Ahora sí que nuestra numerología me daba plena confianza.
       - Tenemos tres fechas iguales, ¿no?
       Igual, lo debatimos un rato. Porque no era cuestión de ir a fracasar de nuevo. Esta vez teníamos que acertar, u olvidarnos para siempre del asunto.
       Hice la multiplicación en la servilleta porque jamás ando trayendo la calculadora. Después, nos armamos de valor y fuimos al taller de costura. Nos atendió la misma niña. Esta vez nos regaló una sonrisa. Después de todo, le empezábamos a caer bien.
       - ¿Me van a hacer dar vuelta todo, otra vez? - nos preguntó amablemente.
       - No, señorita - respondí -. Esta vez tenemos correcto el número del comprobante. Es el 5835.
       El papelito apareció rápidamente. La niña lo puso sobre el mesón. Efectivamente, estaba a nombre de Johanna y decía “chaqueta azul”. Estábamos salvados. Además, alcancé a fijarme que decía “cambiar botones”. Todo estaba perfecto. Me puse muy contento.
       - ¡Qué suerte! - exclamó Lucía.
       Por supuesto, prometí pagar el trabajo inmediatamente, y me dispuse a hacerlo. Creí que con eso ya estaría listo y tendría la chaqueta, pero las cosas no son tan fáciles.
       - Ya pasaron más de noventa días, señor.
       No me la iban a dar. De hecho, la chaqueta ni siquiera estaba. La habían regalado al Hogar de Cristo. Eso es lo que hacían con la ropa no reclamada.
       - ¿Cómo son los botones que le pusieron? - preguntó Lucía. La señorita trató de recordar, y buscó afanosamente en varios cajones, hasta que encontró lo que buscaba.
       - Así como éste - le mostró un botón cuadrado, azul con borde blanco, como los que Johanna tenía esa tarde en el tren.
       - Son tres mil pesos, señor - agregó, mirándome a mí - y no le estoy cobrando reajuste.
       Le di el dinero y nos fuimos. Teníamos cara de haber perdido la batalla pero no la guerra.

 

   27.- Johanna

       Estoy recién conociendo este lado del universo. Es asombroso. Cada momento trae alguna sorpresa. No hay como aburrirse. Me resulta increíble el estar a tanta distancia del que fue mi mundo. Puede decirse que me lo arrebataron, o que me echaron del paraíso, pero no es tan así. Aquí se está bien. Esta es una etapa de tránsito acogedor.
       De todas formas, yo estoy ansiosa porque si salí mal de allá, algo tengo que hacer para resolver el conflicto en que estoy metida. Más bien dicho, estamos, Rodrigo y yo. Fui desleal con él, que me adoraba. Quizás hasta el día de hoy me sigue queriendo, a pesar de todo. Siempre fue un poco machista, pero ya se le estaba pasando.
       Creí no tener perdón, pero el ángel me dijo que todos lo tendrán, antes o después. Supongo que a mí me tocará después. Muchas cosas tienen que pasar antes de eso.
       Trato de ambientarme en este lado. Hasta podría prescindir de todo lo que quedó allá en el que fue mi mundo y ya no lo es.
       Si no fuera porque ya eché a andar una verdadera maquinaria, me quedaría tranquila y confiada. Sin embargo, ya estoy embarcada en algo y no puedo irme a seguir transitando mientras no decante eso que pedí.
       A lo mejor voy a quedarme eternamente por acá, como quien toca la lira, sentada en una nube. Cuando menos, he de esperar el resultado de las gestiones de Cristóbal. Y también de Lucía, según he estado observando.
       Fue buena mi vida con Rodrigo, mientras duró. Yo no era la buena esposa que él merecía. Fallé, en grado superlativo. Y aún así, recuerdo tantas cosas lindas, como esos veranos que pasábamos en la playa, sin nada que hacer más que amarnos. Por lo menos, eso no lo eché a perder. Mis evocaciones son bellas, como un premio inmerecido.

 

   28.- Lucía

       Fuimos directo al Hogar de Cristo. Me acompañó Cristóbal, y si no hubiera sido así, yo no me habría animado a ir sola porque no sabría con qué palabras expresar mi súplica. La descripción de la chaqueta ya la sabíamos de memoria. También teníamos la fecha del envío, pues me la dijeron en el taller de costura. La chaqueta ésa la conozco bien porque se la vi varias veces en su oficina. Y ahora conocía hasta el diseño de los nuevos botones.
       Cuando llegamos, Cristóbal pudo preguntar con bastante precisión. No fue fácil explicar que queríamos rescatar una ropa que, seguramente, ya pertenecía a una persona pobre que la necesitaba más que yo. Para que no fuera algo tan violento, llevé una chaqueta nueva de regalo, o más bien dicho, de intercambio, muy parecida a la que yo andaba buscando. Llevé también más ropa, la que yo ya no usaba.
       Nos trataron con mucha amabilidad y comprensión. En todo caso, me dijeron que la chaqueta ya no estaba. Hacía un par de semanas se la dieron a una viejecita que sobrevive mendigando. Conseguí la descripción de la anciana. Se trataba de una mujer de unos setenta años, de pelo gris oscuro, bajita, que acostumbra a ponerse en la entrada del Metro que está cerca de la estación del ferrocarril.
       - Estuvo aquí por una o dos noches, solamente. Es lo que hacen muchos - me dijeron -. No los podemos retener a la fuerza.
       A partir de esa tarde, nos dedicamos a buscar ancianas mendigando cerca de la estación. Durante varios días. Parecía que lo hacíamos infructuosamente, hasta que, por fin, Cristóbal me mostró a una mujer que correspondía a la descripción y tenía puesta una chaqueta como la de Johanna. De eso, no cabía duda. Hasta con botones cuadrados, pero me parecieron distintos a los que me mostró la niña del taller de costura.
       - Estoy completamente seguro que ésos son los botones. Para mí son inconfundibles - me dijo Cristóbal, y yo tuve que creerle, sin saber de dónde sacó tanta seguridad. Es que él tiene como un sexto sentido.
       Aunque sucia y gastada, a pesar del poco tiempo que la tuvo, esa chaqueta estaba ahí, ante nosotros. Puesta en una mujer que nos miraba con unos enormes ojos aprehensivos. Es que la estábamos observando desde hacía un rato. Le di una suculenta limosna y le hablé del frío, y de muchas otras cosas. Menos mal que resultó ser conversadora. Probablemente, nadie le habla mucho durante el día. La pobre debe haber estado deseosa de charlar. Así, me fui ganando su confianza.
       - Usted tiene mucho frío - le dije, volviendo al tema central, después de muchos otros. Y entonces la convencí de cambiarle la chaqueta por un abrigo nuevo. Ella no quería creerme cuando le ofrecí el poco acostumbrado canje, pero ya que le convenía, aceptó. Sorprendida, pero entusiasta, fue sacando sus cosas de los bolsillos de la chaqueta. Un pañuelo, mezclado con billetes arrugados, varias monedas, y unas pocas galletas en un envase de papel. Quedó feliz y agradecida.
       Con Cristóbal nos fuimos rápidamente a su departamento, que estaba más cerca. Yo me iba rascando a dos manos, porque me pesqué una pulga.
       Cristóbal me pasó una tijera para abrir el forro de la chaqueta, sin pérdida de tiempo. No teníamos muy claro qué era lo que teníamos que encontrar, pero ahí estaba. Era un documento de dos páginas. Una declaración firmada ante notario. La leímos varias veces, hasta entenderla bien. En ella, Johanna describía lo que vio en un estacionamiento. Identificaba al asesino del comerciante, con nombre y apellido, y hasta su lugar de trabajo.
       Sin duda, se trataba de un doble asesino porque nadie más que él podría estar tan interesado en el silencio de Johanna.

 

   29.- Rodrigo

       Por primera vez, mi entorno está distinto. Ya no estoy en una rígida y estrecha prisión, sino en una muy amplia, aunque incómoda. A una gran distancia veo a los demás internos, pendientes de mí, todos juntos al otro lado de la reja, mirándome. Desde fuera me están diciendo que mi celda está abierta, y me llaman con lentísimos movimientos de sus brazos. La fiebre me consume.
       - Del edificio no podrás salir, pero sí de la celda - escucho que todos me dicen, con insistencia. Desde dentro yo veo la celda cerrada. Sólo barrotes, y más barrotes.
       Como puedo, me arrastro varios metros. Quiero salir de ahí, pero no puedo. Llego a llorar de impotencia, afirmado de esos sutiles tubos suspendidos en el aire. Y sin embargo, están muy firmes, y me aferro a ellos.
       Entonces, invito a toda esa gente a mi prisión. Les digo que me he estado entreteniendo durante toda la condena. Ellos no ven las rejas que me dan seguridad. Es increíble que no veamos las mismas cosas. Llegan y se van inmediatamente porque no se sienten a gusto. Es frustrante reconocerlo, pero a nadie le gusta venir a mi invitación.
       - Vive tu vida y déjame morir la mía - le digo a uno de los inoportunos. Al que está más cerca.
       - Está delirando - dice alguien, y después todos van y vienen. Algo gritan hacia afuera. No entiendo lo que significa todo esto. Es como estar metido en una pesadilla. Poco rato después, vienen unos gendarmes y me llevan con ellos. Apenas logro entender lo que hablan. Es algo relacionado con la enfermería.

 

   30.- Cristóbal

       Parece mentira haber aclarado el misterio. Sin embargo, eso es lo que realmente sucedió. Dentro del forro de la famosa chaqueta azul estaba la prueba que podía salvar a Rodrigo. Era una declaración notarial en que Johanna contaba el asesinato que le tocó presenciar en un estacionamiento subterráneo. El criminal quedaba completamente identificado. Entiendo que Johanna no quiso tener este documento en su casa, pues habría sido extremadamente peligroso, y por eso lo ocultó así.
       Después de fotocopiar el papel y certificar la copia ante notario, lo envié en un sobre al abogado. Supuestamente por correo. En realidad, lo fui a tirar por debajo de la puerta de su oficina, después de ponerle un timbre hechizo que inventé, haciendo constar una fecha bien atrasada. Me quedó perfecto. Pude hacer todo esto sin temor a salir mal parado, pues sabía que actuaba en forma justa. Incluí dentro del sobre una pequeñísima carta de Johanna. Ella me perdonará el haberme tomado esa libertad. No le puse firma manuscrita a la carta. Sólo el nombre, escrito todo en el computador. A cualquiera le puede pasar que se olvide de poner la firma.
       Fueron muchos días de espera paciente, en los cuáles no vi a Lucía ni tampoco la llamé. Es lo que habíamos convenido desde esa vez. Y fue mucho peor aún, después que las cosas se complicaron de nuevo, y ella se volvió a enojar conmigo por otra lesera. Esto me está costando demasiado, y ahora tengo una tremenda necesidad de verla. Lucía ya me rechazó, pero creo que sólo por un tiempo. Somos muy buena yunta.
       Finalmente, llegó a saberse la verdad sobre los asesinatos. Quizás no toda. Por lo menos lo suficiente para que el viudo pudiera salir libre.
       Poco a poco, y a gotas, empezaron a aparecer noticias en la televisión. Primero, el comerciante que estaba desaparecido fue encontrado muerto. A los pocos días, fue detenido un alto ejecutivo de una empresa de productos químicos. Yo estaba fascinado. Me reía solo, y me imaginaba a Johanna. Parecía que el caso se iba solucionando solo. Ya sé que era el abogado el que lo estaba moviendo, y muy bien, por cierto.
       Los acontecimientos se fueron encadenando, y la verdad fue saliendo a flote. Días después, el alto ejecutivo fue procesado por asesinato. El negaba todo, pero fue entrando en contradicciones, según afirmaban en el noticiario. Especialmente cuando se le mencionaba que una funcionaria lo había visto cometer el crimen. Yo comprendía que era sólo cuestión de esperar. Un buen día, se le vinculó al asesinato de Johanna, que hasta entonces era un hecho independiente, del cual la gente se había olvidado. Todo el mundo seguía el noticiario, con mucho interés. Varios días más tarde, el hombre no pudo más, y confesó todo, lo cual trajo como consecuencia que Rodrigo saliera de la cárcel, en libertad incondicional. En total, fueron casi seis semanas de buenas noticias.
       Y Lucía, no me llamaba. Y eso que yo le digo “la dama del teléfono”. Claro que sólo para hacerla rabiar un poco. Una tarde se me ocurrió una solución. La llamé a la mueblería, a la hora en que ella almuerza, y le dejé grabado un mensaje. Aunque me sentía raro hablándole a una máquina, valía la pena porque así ella podía llamarme sin herir su orgullo. Han transcurrido dos días, y yo sigo esperando que se le pase, pero ya no me aguanto. Si mañana no me llama, la voy a llamar yo.
       En el diario, una gran foto de Rodrigo, y otra de Johanna. Hojeándolo, encontré el puzzle de hoy. Un poco por costumbre, lo resolví, y no me demoré casi nada. Salió la palabra “Gracias”. Creo que éste es mi último crucigrama. Ya no necesito ninguno más. De pasada, me di cuenta que me estoy enamorando de la dama del teléfono. No puede ser. El destino nos quiere unir. ¿Bendito destino, te saldrás con la tuya?

 

   31.- Lucía

       Teníamos el enigma resuelto. Y lo resolvimos juntos. Me dio una gran felicidad cuando abrimos el forro de la chaqueta y encontramos ese bendito papel que tanto necesitábamos.
       Cristóbal me fue a dejar a mi casa. Yo tenía muchas aprensiones en cuanto a cómo actuar, pues había llegado el temido momento de disipar esa molestia que yo le manifesté al comienzo. En el fondo, fue como una coraza que yo me puse.
       - Lucía . . . - dijo en voz alta Cristóbal, a pesar de que yo estaba ahí mismo abriendo la puerta y todavía no entraba.
       - ¿Qué?
       - Espero que se te haya pasado esa incomodidad que tú tenías conmigo.
       Ya no podía hacerme la enojada con Cristóbal, pero le quise dificultar un poco la cosa.
       - ¿Por que esperas eso? - le pregunté -¿Acaso no hiciste amistad conmigo con fines utilitarios?
       - Mira, Lucía, no fue así como dices, porque nosotros ya éramos amigos desde antes - me respondió -. Que tú no te acuerdes de mí, es otra cosa.
       - ¿Ah, sí? ¿ Desde cuándo?
       - Desde niños. ¿Te acuerdas cuando ibas a veranear donde el abuelo de Johanna? Pues, yo iba a la casa del lado.
       - ¡Ah! Donde había una piscina - completó Lucía, muy seria.
       - Justamente, Lucía. ¿Ves que éramos amigos desde antes? Recuerdo que a ti te encantaba nadar. Y cruzar la piscina, una y otra vez.
       - Sí. Ahora me acuerdo de todo. De lo bueno y de lo malo -. Le dije, y me fui enojando cada vez más -. Lo veo muy bien. Cristóbal se llamaba el niñito imbécil que me miraba por un agujero del camarín cuando yo me desvestía.
       - Te acuerdas - dijo Cristóbal, con una risa que a mí me daba rabia. Y más encima, la pulga me seguía picando.
       - Nunca te perdonaré ésa - le grité, prácticamente.
       - Lucía . . .
       - No quiero verte más - agregué y cerré la puerta por dentro. Desde mi infancia que quería hacer esto, y ya me di el gusto. La verdad es que yo esperaba que al día siguiente Cristóbal me llamara, pero no ocurrió así. Ni tampoco la semana que siguió.
       Estaba muy arrepentida de haberme puesto difícil. En realidad, fui un poco injusta. Y él, sumamente orgulloso, no me llamó en un mes, que se me hizo larguísimo. Cristóbal es un gran tipo, y es super tierno. No lo iba a dejar irse así no más. Ni mucho menos, por culpa mía. Comprendí que había sido una verdadera niña chica, con mi actuar tan infantil.
       Finalmente, lo llamé, y traté de estar lo más simpática posible. Hablamos del éxito que obtuvimos. Comentamos todo y le dije que estaba contenta. Me invitó a salir. Eso me dejó más feliz todavía. A la hora de almuerzo fui a la peluquería. En la tarde, lo único que deseaba era que terminara pronto la jornada de trabajo. Nos encontramos a la salida de la mueblería. El estaba más estupendo que como lo recordaba. De nuevo junto a él, me quedó la sensación de que jamás dejamos de vernos. Como si ayer mismo hubiéramos estado sentados a una mesa resolviendo un enigma.
       - Estás hermosa - me dijo al verme.
       Esta parecía una buena oportunidad para que Cristóbal me besara en la boca. De todos modos, le puse solamente la mejilla. Los hombres creen que ellos controlan las situaciones. No se dan cuenta que somos nosotras las mujeres quienes planificamos de antemano cuan largos pasos daremos. Dispuse toda la energía necesaria, y resultó. El me besó en la boca, aún cuando para lograrlo tuvo que buscarme por un lado y por otro. Fue fantástico. Creo que nunca más voy a enojarme con él. Este reencuentro ha sido maravilloso. Me acerco a su rostro y todo es distinto. Todo es perfecto.

 

   32.- Rodrigo

       Crucé la puerta de salida de la cárcel con una maleta en mi mano. Fue auspicioso e irritante, a la vez. Por fin he salido libre, de verdad. Es como para no creerlo. Tenía ganas de estar pronto muy lejos de ahí. Afortunadamente, no había nadie esperándome. Le pedí dinero al guardia, para locomoción.
       Jamás podrá ser una libertad completa. No sé cómo voy a poder vivir sin Johanna. Dicen que me acostumbraré. A mí no me queda tan claro.
       He vuelto al que fue nuestro hogar. En este pequeño departamento encontré todo tan lleno de Johanna. Y por lo mismo, tan vacío. Su presencia invisible me llenó de tristeza. Cada mueble me hacía recordarla. Puse suavemente mis manos en el respaldo de una silla, y ahí estaba ella. O sea, no estaba, pero era como si estuviera. Con su vestido rosado, ése que más me gusta.
       Me senté al piano, y lo abrí. Estuve largo rato contemplando, hasta que mis manos se fueron yendo lentamente hacia las teclas, y me puse a interpretar Liebestraum, de Liszt. Desde la silla, Johanna me sonreía, y también yo a ella, con mis ojos llorosos. Sentí como si ella estuviera levantándose de su asiento y como si llegara a estar detrás mío, poniendo sus brazos sobre mi pecho.
       Todavía estaba triste mucho rato después, cuando fui a la mueblería a buscar la repisa, y aproveché de conversar un poco con Lucía. La noté muy distinta a la que yo conocí hace ya algunos años. Ella estaba tan radiante de felicidad, que sospeché que se había enamorado de alguien.
       - ¿Cómo se llama él? - le pregunté.
       - Cristóbal - respondió ella, después de mostrarse extrañada.
       Su gesto me hizo reír de buena gana. Menos mal, porque la alegría me hacía mucha falta. Para mí fue como resucitar.
       Así, pude dar por iniciado el resto de mi vida.

 

   33.- Johanna

       Estoy fascinada con esa amistad entre Cristóbal y Lucía. Los veo tan unidos. Son el uno para la otra. Yo no hallaba cómo agradecerles lo que hicieron por mí. Tanto, que no pude soportar la tentación de venir a saludarlos. Hamael me lo permite, siempre que no les siga pidiendo ningún favor ni les hable de mis conflictos no resueltos. Mientras sea un simple saludo. Ahora que están en el pub por enésima vez, es el momento, por fin. Los veo tomados de las manos. Es algo envidiable.
       La mesa está iluminada románticamente con unas velas. Estoy ahí sentada en la silla que ellos creen vacía. No me ven.
       - Hace tantos años que no te veo desnuda - le dice Cristóbal, lleno de risa.
       - Pesado - le responde Lucía, sin poder evitar llenarse de risa, también.
       Por mi parte, yo necesito hacer que me vean, con mi tenue vestimenta blanca. Como si el candelabro fuera una torta de cumpleaños, soplo las velas y pido un deseo para ellos. Que vivan un amor feliz. Sólo eso, y ya empiezo a retirarme, y no los veré más. Ellos están demasiado ocupados para darse cuenta de mi presencia. Está bien así. Me alejo. Llego hasta la puerta. Es preferible que yo salga por ahí, aunque podría hacerlo por cualquier parte. Ya podré irme definitivamente de este mundo de transición. Algo debo haber aprendido, y ahora me toca superar otros obstáculos.
       Con mi mano les digo Adiós desde lejos. En el momento en que se me escapa un par de lágrimas, ellos me ven. Sí. Me están viendo. No me cabe duda. Y también agitan sus manos, con gran entusiasmo, y me sonríen como yo a ellos.
       Ya estoy fuera de su escena. Debo continuar viviendo lo mío. Seguir el curso de mis acontecimientos. Vuelvo a esa mesa verde de hierro, que me espera con paciencia infinita. Tengo muchas más cosas que contarle a Hamael.