ARISTODEMO                    Un lugar literario
La mujer del Más Allá         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   7.- Cristóbal

       Almorcé bien temprano, y me dirigí hacia el estadio. Afortunadamente, no hacía mucho frío ni mucho calor. La tarde estaba agradable para asistir al partido de los naranja, mi equipo favorito. Bueno, yo les digo los naranja, por el color de la camiseta. Llegué a un estadio lleno de gente, con mucha disposición a disfrutar del fútbol. Por eso me tuve que venir con tiempo, pues es un evento masivo. Aún así, no alcancé a encontrar muy buena ubicación. Y eso que me apuré todo lo que pude.
       A mi lado hay un hombre gordito que va por los verdes. Aunque nunca lo había visto antes, me da una impresión como de antiguo conocido. Ambos tratamos de no mirarnos mucho para no rabiar cuando el otro celebra los goles de su equipo. Y también los casi-goles. Esos son los más gritados. Pareciera que la frustración despertara más intensamente las cuerdas vocales. Cuando uno ve la pelota dentro del arco, y después se da cuenta que está por el lado de afuera de la red.
       Ya terminó el primer tiempo de este partido entre eternos rivales. Quizás por esa misma enemistad ancestral el partido ha sido áspero, sin mucha calidad. Hasta ahora no me ha gustado. Casi me arrepiento de haber venido, pero confío en que el segundo tiempo será mejor.
       Nos levantamos de nuestros asientos para estirar un poco las piernas. Es lo mismo que hacen todos. Ni pensar en salir a caminar, si no hay por donde pasar. Además, me ocuparían el puesto. Resulta imposible ir al baño, pero no importa porque no es tan urgente. Converso solamente un par de palabras con el vecino. En las que estamos de acuerdo. Por ejemplo, que el arbitraje ha estado malo, con errores para ambos lados. Y también podemos comentar el penal que se les fue a los verdes.
       En eso estamos cuando suena el celular de él. La gente lo mira con reprobación, pero sólo por el nerviosismo, si no están jugando en este momento. A mí no me importa. No puedo evitar escuchar la conversación. Por lo menos, la mitad de ésta. Lo que habla mi vecino.
       - Aló.
       - . . .
       - No, si yo estoy solo.
       - . . .
       - Bueno, sí, en el estadio, y hay mucha gente, pero yo vine solo, y no he encontrado a ningún conocido.
       - . . .
       - Bueno ya, entonces se supone que no estoy solo - a esta altura, mi vecino se impacienta.
       - . . .
       - Claro que hay alguien a mi lado. A los dos lados.
       - . . .
       - Mire, yo no me llamo Cristóbal - alega, mientras yo me sobresalto porque es como si me estuvieran nombrando.
       - . . .
       - ¿El que está a mi lado? ¿Y usted qué sabe?
       - . . .
       El diálogo me causa extrañeza. Que me estuvieran llamando a mí por el teléfono de él, sería muy raro. Me llego a reír solo, al pensar una cosa así. Es que no puede ocurrir esa tontera.
       El gordito está muy confundido.
       - ¿Cómo te llamas? - me pregunta.
       - Cristóbal - le respondo, temeroso.
       Lo primero que él cree es que algún espectador cercano le está haciendo una broma. Por eso, mira para todos lados.
       - ¿Con quién andas? - vuelve a preguntar, poniéndose en guardia, pues debe haber pensado que le están tomando el pelo. Incluso yo mismo, supongo que ha surgido en las cercanías algún conocido común, que llama simplemente para molestar un poco.
       - Solo - le respondo.
       Mi vecino me mira con un poco de recelo y otro poco de risa. Igual, me pasa el teléfono sin ningún temor. Después de todo, no es fácil que uno pueda salir corriendo con un celular, entre tanta gente.
       - Te llaman - me dice, y yo no hallo dónde meterme. Creo que debe haber alguna cámara indiscreta, escondida por ahí.
       Tomo el teléfono y empiezo a hablar como queriendo desenmascarar a algún bromista, pero pronto cambio de actitud. La voz que me llega por el receptor me hace interesarme vivamente, y al poco rato estoy fascinado conversando.
       Cuando termino mi charla, devuelvo el celular a mi vecino, con gratitud.
       - Eres grande - le digo. Casi lo abrazo. El sigue sin entender nada, y mirando hacia las graderías en busca de un desenlace. Yo tampoco entiendo, pero estoy como en éxtasis. Me agradezco a mí mismo el haber venido al estadio.
       Era Johanna. Después de años sin vernos. ¿Cómo se le habrá ocurrido esta manera tan rebuscada de ubicarme? Me dijo que tenía que darme algo, mañana en la estación, a las cinco de la tarde.
       Es increíble, pero sé que esto está ocurriendo. No me explico cómo. En cuanto me encuentre con Johanna le pediré que me aclare todo respecto a esa llamada tan extraña. ¿Estaría ella en el estadio? Cerca nuestro, es lo más probable. ¿Por qué sabe el número de esa persona?
       No comprendo lo que pasa, pero me gusta.

   8.- Lucía

       Por la televisión me enteré de la terrible noticia. Fue como una tonelada de agua fría la que cayó sobre mí. Sin embargo, después de decirla, pasaron a dar los avisos comerciales, como si nada hubiera pasado. Yo quedé completamente paralizada por varios segundos. Johanna había muerto. Tuve que pararme y sentarme muchas veces. Esa información no cabía en mi cabeza. Y menos aún, por la forma en que ocurrió. Fue asesinada, según dijeron. Es que eso no puede ser.
       Partí inmediatamente a ver a Rodrigo. No me importó la hora, ni nada. Cuando llegué a su departamento, había más personas, a las cuales yo no conocía. Rodrigo estaba destruido, y no era para menos. La palidez de su rostro mostraba una tristeza sobrecogedora.
       No pude hablar mucho con él, ya que todos trataban de estar ahí encima. Lo ahogaban. Tuve que ponerme firme y decir a los demás que lo respetáramos.
       Preferí retirarme pronto, en cuanto Rodrigo quedó un poco más tranquilo. Yo no quería llorar delante de él, pues eso no le haría bien. En el camino de vuelta a mi casa me lo lloré todo. Recordé tantas cosas. Nunca supe si acaso eran una buena pareja o no, pero los quiero mucho a los dos. De partida, Rodrigo fue primero amigo mío. Yo se lo presenté a Johanna. En ese tiempo estábamos terminando el colegio. Al principio, no pasaba nada con ellos. Varios años después se pusieron a pololear. La fiesta de matrimonio estuvo entretenidísima. Si fue apenas el año pasado. Y ahora, todo convertido en tragedia.
       Cuando me calmé, pensé en la rara conducta que tuvo Johanna ese día, a través del teléfono. Fue justamente el mismo día del crimen. Entonces empecé a entender.

   9.- Johanna

       Yo iba detrás de mi ataúd, como un deudo más. No reconocí a la mujer que yacía dentro del féretro, cuando la miré hace un rato, durante la ceremonia. Supuestamente, tendría que ser yo misma, pero no lo era, pues yo estaba acá afuera, caminando, a pesar de que nadie parecía darse cuenta de mi presencia. Curiosamente, yo andaba casi desvestida, y lo más notable es que eso no me importaba, para nada, como si se tratara de un sueño, pero era la realidad. Circulaba entre la gente, sin más ropa interior que una antigua enagua blanca que me extrañó muchísimo, porque hacía tiempo que ya no usaba. Encima de ésta, llevaba apenas una blusa, también blanca. Tampoco comprendí por qué el cuerpo inerte que me representaba allí dentro estaba tan maquillado, si yo casi ni me pinto.
       Encontraba poco natural que no me vieran. Tanto más, si mi aspecto no tenía cómo pasar inadvertido. En cambio, yo observaba a todos los que iban caminando conmigo.
       Al poco rato empecé a notar que algunos me veían. Eran justamente los más tenues de todos. Con las facciones alegres y un poco distintas a las que yo recordaba. En cuanto a los demás, algunos de ellos, ni supe quiénes eran. Me sentí acogida y querida por todos.
       Según pude darme cuenta, también yo era tenue. Aprendí a ver las diferencias entre las personas terrenales y las que somos tenues. De pronto, me vi en amena charla con éstos, que no sé con qué nombre llamarlos. Cruzamos varios prados y cercos, hasta que me desligué del prestigioso mundo terrenal y empecé a vivir en otro ambiente, muy distinto al mundo conocido, y con enormes posibilidades de movimiento rápido, incluso a través del tiempo. Eso era fabuloso.
       Estoy comprendiendo que he pasado a otro ámbito diferente. Debo deducir que me morí después que ese señor gerente me enterró el cuchillo y caí desmayada sobre la alfombra. De hecho, no recuerdo lo que sucedió después de esa caída.
       A medida que me incorporaba a mi nueva forma de vida, fui descubriendo que no sólo existen ángeles, sino también ángelas. Ni ellos ni ellas tienen alas, ni tampoco son solemnes. Todos se visten como personas normales, aunque prefieren usar el color blanco. No necesitan abrigarse. Sólo se adornan con la ropa y se identifican con ella.