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Comentario de Ernesto Livacic acerca de "El expreso de las 10:20"
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     El ingeniero Gonzalo Rodas ha elegido como tema de esta novela - hasta donde sabemos, su primer libro - el tránsito de un personaje desde esta vida al más allá, a través del inevitable pasadizo de la muerte.
     Ese tránsito, preanunciado por una enfermedad terminal a no avanzada edad, es visualizado, en el relato, mediante sucesivas instancias, de las cuales dos nos parecen particularmente significativas.
      La primera, admirablemente descrita en el capítulo 5, es la del desapego del entorno, la adquisición de una cierta ingrávida incorporeidad, que, sin embargo, no incomunica a Ernesto, el protagonista, de los lugares, objetos y personas hasta entonces familiares, sino que le otorga la capacidad de enfocarlos desde una nueva perspectiva.
      La segunda es la de un viaje hacia su destino final. Para realizarlo, las personas concurren a una “estación múltiple”, donde se asigna a cada cual alguno de los diferentes medios de transporte que desde ella parten, en una gama que va desde la carreta al aeroplano. A Ernesto le corresponde un tren, específicamente el expreso de las 10:20 - de ahí el título de la obra -. Cuando pregunta “¿Para dónde vamos?”, la respuesta que obtiene es “Eso no lo sabe ni el maquinista. Se limita a continuar por la interminable línea. El que la dibujó sabía lo que hacía” (pág.73).
      Ese viaje - como es habitual en la literatura - reviste carácter simbólico. Se trata de la búsqueda de sí mismo, de un itinerario interior. Ernesto, en quien convergen el creyente algo tradicional y el ser humano propenso a caer en la tentación, irá preparándose durante el trayecto para su encuentro final con el Padre. Una de las vías hacia este acercamiento será la lectura de revistas en el tren : “Juan”, “Lucas” (los evangelios), de cuyos relatos irá progresivamente sintiéndose partícipe activo.
      No es un proceso fácil ni rápido. Ya antes de tomar el tren, el personaje debió pasar un tiempo en una casa deteriorada y llena de incomodidades (¿el purgatorio?). Después, hay episodios complejos, en que el sueño se mezcla con la realidad. Su ritmo de alcance de la lucidez es lento. Para más, increíblemente, el tren mismo sufre un desperfecto que alarga el viaje de sus pasajeros - toque, a nuestro ver, más de humor que de irreverencia en el relato -.
      Por cierto, para que toda esta textura responda a la lógica, Ernesto no está aun propiamente muerto, sino en sus momentos finales, aquellos en que el ser humano revisa lo que ha sido su existencia y se dispone al trance de dejarla y enfrentar lo que sigue. Al terminar el relato, llegado ya al lugar de su destino, Ernesto dice tener la misión de ir a visitar a un enfermo, y alcanza a verlo : es él mismo, en sus últimos instantes en la tierra. Se ha producido el encuentro con la propia identidad.
      La novela hace, así, jugando un tanto con los montajes temporales, un recorrido cíclico, que termina con el retorno a su punto de partida, iluminado ahora en un contexto de trascendencia.
      Fiel a su intento de expresión de las experiencias del personaje, la novela tiene como básico un narrador en primera persona. Pero no es el único. En varios capítulos toman la palabra diegética otras voces : en ocasiones, de seres humanos; en otros casos - con mayor audacia -, de objetos inanimados. Escuchamos a la ventana (cap.26), al tren (cap.28), al carretón (cap.32), etc.
      A menudo ellos, al reflexionar sobre sus respectivas funciones, hacen consideraciones sugerentemente aplicables a los humanos : la ventana, al comentar las limitaciones de su punto de mira; el tren, al confesar que anda casi siempre apurado y casi nunca reflexiona acerca de sí mismo; el carretón, cuando acepta contento – amándose a sí mismo – los recursos aparentemente poco estimables que la vida le ha regalado. Capítulos como éstos, a la vez que están plenamente integrados a la dinámica del libro, serían también sustentables como textos autónomos, de meritoria dimensión valorativa dentro de su registro metafórico.
      Menos felices, en cambio, nos parecen – por excesivamente explícitas, por escasamente insinuadoras – las reflexiones puestas en boca de personas en los capítulos finales (señaladamente, en el 29).
      Gonzalo Rodas ha elaborado, con esos elementos, una obra indudablemente original. Sin grandes pretensiones estilísticas, más bien en un lenguaje directo y cercano al común, ha sabido aplicar técnicas narrativas ágiles y variadas, imaginar con riqueza lo desconocido y entregar a sus lectores una tarea de recepción activa en torno a cuestiones profundas.
      Sus capítulos son treinta y tres, como los años de vida terrena de Cristo. Aunque alguno de ellos nos parece en alguna medida disonante del tono general - como el 19, con su demasiado contingente crítica a las instituciones de justicia humana -. tal cifra podría representar un llamado a intentar una mayor semejanza de la propia vida con la de ese perfecto modelo.

Ernesto Livacic Gazzano