ARISTODEMO                    Un lugar literario
El fondo de las pupilas         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   El fondo de las pupilas   (Del libro "La isla Tierra Tierra")

   El cielo está bello. Hay un sol radiante tan hermoso que me hace recordar cuando mi abuela decía “el sol va a salir para el día del juicio”. Esa era su frase preferida, en los días nublados. ¿Acaso esto quiere decir que hoy ha llegado el día del juicio?
   Parece . . . que sí. Por todas partes se están empezando a ver letreros publicitarios. Hay uno que dice “Acude al Juicio Final” y contiene una flecha indicando una dirección a seguir. En la cuadra siguiente, “No te lo pierdas”, y una flecha similar. “Gran juicio hoy y toda la semana”, “Usted no será espectador sino protagonista” son otros de los afiches, cada cual con la infaltable saeta. He de ir a pie, por supuesto, pues ya no hay locomoción colectiva. Todos los negocios están cerrando.
   Me pongo a caminar. ¿Qué otra cosa puedo hacer? La señalización me lleva hasta un caudal de gente estimulada, ya sea por el miedo a lo desconocido, o bien, por la inminencia de algo mejor. Está claro que no voy solo. Todos vamos hacia allá.
   Después de varias cuadras llegamos hasta el único teatro grande que va quedando en este sector de la ciudad. Creo que tendré que entrar, salvo que el gentío me lo impida. Espero mi turno, con paciencia. La verdad, no tengo ningún apuro. Avanzo lentamente hasta llegar a la antesala de recepción, en que me acogen unos jóvenes vestidos de blanco. Supongo que deben ser ángeles. Es una ángela quien me pregunta mi nombre.
   -Me llamo Adrián -le respondo con una sonrisa.
   Después de mirar a mis ojos y al fondo de mis pupilas, señala “ya te ubiqué”. Entonces, escribe algo en su teclado y me invita a pasar a la sala.
   -Por suerte llegas temprano -observa la ángela con optimismo- pues aún hay asientos, bien adelante.
   -¿Piensas que todos vamos a caber acá? -pregunto ingenuamente.
   -Son muchos los locales -aclara ella-, a lo largo y ancho del país, y del mundo.
   Le doy las gracias, más que nada porque es simpática. Entro en la sala y busco un asiento cerca del pasillo, para que no me cueste tanto salir, llegado el caso.
   Mientras espero que empiece el evento más importante de todos los tiempos, me distraigo mirando los preparativos. En el podio, recién han terminado de instalar varios computadores sobre unas largas mesas, y ahora vienen llegando unas personas vestidas de blanco, y con un aspecto mucho más importante que las de acogida. Parecen ser arcángeles, o algo así.
   También hay una pantalla gigante sobre la cual se están proyectando imágenes de lo que está ocurriendo en otras salas, no sólo del país, sino también del extranjero. Desde muy temprano se empezaron a juntar las multitudes en los diversos lugares habilitados para este espectacular suceso, que promete ser uno de los principales hitos de la humanidad. Millones de computadores están conectados en la más gigantesca red de teleconferencia que haya habido jamás.
   En la pantalla gigante aparece ahora la ciudad de Jerusalén, sede de la sesión principal de esta magna asamblea. Una voz explica que los bombardeos ya fueron suspendidos para siempre.
   La silla de honor de aquel estrado remoto está ocupada por un señor de túnica blanca, pelo largo, y cuidada barba, con unos ojos negros penetrantes y cariñosos. Creo que debe ser Jesús. Sí, lo es. El locutor así lo confirma, y agrega algunas instrucciones para vivir el juicio. Nos dice que en este primer día solamente se espera que todas las personas vivas del planeta tomen ubicación. Se deberá dar preferencia a los ancianos y a las mujeres que tengan un bebé en su vientre o en sus brazos.
   Recién mañana comenzará el juicio, pero no será todavía a las personas, sino solamente a las instituciones religiosas, por el momento. Ni siquiera a sus administradores. Se juzgará el grado de alcance celestial que cada iglesia haya tenido a través de la historia.
   Se nos informa que los muertos han de levantarse de sus tumbas, evento que se espera para el tercer día de reuniones. Un murmullo ocupa toda la sala, como una ola. En voz baja le digo a mi vecino:
   -No creo que eso les resulte.
   -De ninguna manera -confirma él.
   Por lo que veo en la pantalla, en las otras reuniones es la misma duda la que ocupa a todas las personas de todas las salas.
   -Eso no es posible -clama la gente, pensando en cuerpos estropeados y esqueletos reducidos, además de fosas comunes y cenizas diseminadas.
   -Hoy no es posible -sentencia un arcángel de esta sala-, pero al tercer día todo será posible.
   Se nos anuncia por la pantalla que a partir del cuarto día comenzará el juicio a las personas. Y que, por favor, tengamos paciencia. Esto no será fácil, y se necesita la colaboración y buena voluntad de cada uno.
   Miro mi reloj. Son recién las 11:50 del primer día. Es mejor que me levante de mi asiento y camine un poco.
   Después de unos breves paseos por el pasillo, voy hacia la acogida y, aprovechando que a esta hora llega poca gente, converso con la ángela que me recibió. Le pregunto si ella puede ubicar en su computador a todas las personas del mundo. Le explico que quiero ver a Evelyn, la mujer que he amado toda mi vida, y que desde hace unos años he perdido su pista.
   -Ya no es posible hacer nada para juntarlos -me asegura ella-. El tiempo se ha terminado.
   -Pero, ¿puedes decirme dónde está ella? Sólo saberlo me ayudará a soportar su ausencia.
   La ángela me otorga una sonrisa amplia.
   -¿Cómo son sus ojos? -me pregunta-. Esa es la clave de acceso.
   -Bueno . . . -intento expresar algo, y me lamento en silencio por no tener una foto- son claros y serenos, como ojos de poema.
   -Pero, ¿qué hay en el fondo de sus pupilas?
   -Ya sé -declaro-. Ella me corresponderá cuando yo descubra lo que hay en el fondo de sus pupilas.
   -Sí, pero . . . se acabó el tiempo, Adrián y Evelyn -mi ángela vuelve a sonreír-. Sólo quedan las próximas civilizaciones que vendrán después de ésta.
   Luego de una pausa, agrega con complicidad:
   -Os anotaré como postulantes para ser Adán y Eva en la próxima.

   

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