ARISTODEMO                    Un lugar literario
La visita de un crósor         Gonzalo Rodas Sarmiento

 

      Mini-Prólogo

   Mientras escribía este libro, pensaba que me iba a ser muy difícil presentarlo de manera adecuada.
   Desde luego, la palabra "crósor" aún no figura en ninguna Academia de la Lengua, ni Real, ni Republicana, ni ninguna otra. Me pregunté si acaso sería preferible explicar el término, o dejar que cada lector lo descubra en la lectura.
   Al final, creo que lo mejor es contar un sueño que tuve en Junio de 2010, y en el cual me inspiré para escribir "La visita de un crósor". El sueño fue así:
   "Estoy en un restaurante, compartiendo una mesa con otras personas, que son dos hombres y una mujer. Ellos conversan acerca de ciertos individuos a los que llaman crósores. Hablan de las características, limitaciones y costumbres de dichos personajes. Al principio, yo no sabía qué son los crósores, pero por las cosas que les escucho decir, me siento retratado. Y a la vez, me he dado cuenta de que no estoy en la vida real sino en el mundo de los sueños. En ese momento, la niña se dirige a mí, diciendo: 'Tú eres un crósor, ¿cierto?'. Respondo 'Sí', sintiendo curiosidad por lo que podría venir a continuación...".
   Justo en ese instante sonó el despertador.

 

      1.- Abdón

   Voy pasando a través de un teatro. Avanzo por uno de los pasillos laterales con mi vista hacia el escenario. Las butacas parecen ser cómodas, y están todas vacías. No hay función a esta hora de la mañana. Subo un par de escalones, y ya estoy en las tablas. Unos pocos metros más allá me encuentro con una salida hacia la calle.
   Estoy en una comuna alejada, llamada Constitución, desconocida para mí, a la cual he venido para asistir a la Consulta de la Doctora. Antes de salir de mi casa tuve que encender el televisor holográfico para pedir hora, y conocer la dirección. No uso la guía telefónica porque tiene tal cantidad de información que la hace inmanejable.
   He llegado acá demasiado temprano, y por eso quisiera hacer hora en alguna parte. Elijo para ello una de las casas transitorias que hay en este sector. Son como hoteles gratuitos.
   Toco el timbre, y mientras espero, me detengo a mirar unas botellas de vino guardadas en una bodeguita baja del muro exterior, cerca de la vereda.
   -Mi nombre es Abdón Lusera -le digo a la mujer que me abrió la puerta.
   -Bienvenido -me responde, y se va para adentro.
   La sigo, porque necesito conversar con alguien.
   -No entiendo bien cómo funciona el hospedaje acá -le pregunto.
   -Yo no entiendo mucho más, tampoco. Llegué recién ayer.
   -¿Alguien vive aquí en forma permanente?
   -No. Nadie.
   -Y cómo está todo tan limpio?
   -Bueno, es que acá no cobran nada, pero es obligación mantener la limpieza.
   Recorro la casa. Tiene once habitaciones, cada una con su puerta de doble hoja.
   -¡Chao! -grita desde la puerta de calle un tipo que va saliendo.
   -¡Chao! -le contesto, aunque no sé quién es.
   Elegí una de las habitaciones, pero me volví a salir, pues sé que estaré acá sólo un par de horas, y pienso salir a caminar un poco.
   Vuelvo al comedor, donde está la mujer que me acogió. Ella se toma un té. Entonces, yo también me preparo un té. Y conversamos.
   -Sé que tengo que ir a una pieza que no sé dónde está -le comento.
   -Eso no tiene nada de raro -la mujer sonríe, y me explica- cada una de las habitaciones corresponde a un signo del zodíaco.
   -Ahora entiendo por qué la que elegí, en primera instancia, no me venía para nada.
   -Una de las habitaciones es famosa por haber vivido ahí, tiempo atrás, el presidente de un país vecino.
   -¿Y era muy tirano?
   -Sí. Según me han contado.
   -En todo caso, para que sea zodíaco tendrían que ser doce habitaciones, pero yo vi once solamente.
   -La otra está en el subterráneo.
   -Esta casa tiene algún parecido con una que conocí hace tiempo.
   Ella guarda silencio, como dejando que mis pensamientos se vayan libremente a otra época. Pienso en una amiga que tuve en ese tiempo. Se llama Dánae. Hacíamos travesuras juntos.
   -Tonteras de niño chico -se me sale, pensando en voz alta.
   -¿De qué me estás hablando?
   -Nada. Es que me quedé pensando en una amiga que tuve, años atrás.
   -¿Te da penita?
   -Sí. Ella está prisionera, en alguna parte desconocida. Y no se me ocurre qué puedo hacer por ella.
   -Ojalá se solucione eso.
   Después de charlar otro rato más, me levanto de mi asiento, dispuesto a conocer la habitación de mi signo. Vuelvo a recorrer las once que están en la planta baja. Quisiera aprender cómo los signos del zodíaco pueden decirme algo.
   Definitivamente, ninguna de ellas es la mía. Sin duda, tendrá que ser la del subterráneo. Busco una escala para bajar, pero no encuentro ninguna, salvo una de muy pocos escalones. Me veo obligado a bajar saltando de un peldaño a otro. Parece ser un viaje sin posible retorno, sin saber cómo subiré de vuelta.
   Cuando llego a la que podría llamar Mi Pieza, ésta me acoge bien. Es un bello instante que me llama a buscar algún elemento esencial. Encima de una mesa alta veo un sobre. Ha de ser lo que busco. Como no está sellado, lo abro, y compruebo que está vacío. ¿Es el secreto lo esencial de mi signo?
   Me quedo un rato masticando en esa duda, y mi pensamiento se va a otra cosa más inmediata: ¿Cómo volveré a la planta principal?
   Después de todo, he comprobado que no me resultó tan difícil como creí antes. En este momento quisiera irme, pues ya han pasado las horas, y me haría bien caminar un poco. Pero, antes de salir pasaré al baño.
   Encuentro uno, cerca de la entrada. Es enorme de grande. Tiene muebles y sillones, como sala de estar. Y también muchas puertas por las que están entrando y saliendo algunas personas, hombres y mujeres. No me es cómodo orinar en ese lugar tan promiscuo, y falto de privacidad. Pero, me acuerdo que al fondo había otro baño, chiquito. Me dirijo hacia allá.
   Todo parece estar bien en este servicio chico. Por lo menos hay una sola puerta y tiene un pestillo. Sin embargo, me doy cuenta que este baño es la excepción, pues no está limpio. Más aún, está asqueroso y con el water tapado hasta arriba. Prefiero irme sin usarlo. Con razón, mi hermana Eudora ya me había advertido una vez respecto a estos baños.
   Me asomo por una puerta que deja salir una bulla. Hay unos tipos peleándose. Por supuesto, se tiran zapatos, unos a otros, por la cabeza. Un tipo tiró un zapato propio, en vez de tirar uno ajeno. Eso sí que fue muy raro. Seguro que ese hombre no pertenece a nuestra cultura.
   -Eres un crósor -acusa el que recibió el zapatazo.
   No entiendo qué quiso decir con eso. El tipo está viviendo en esta casa como allegado. Nadie conoce su procedencia.
   -Sí. Lo soy -acepta el tipo y se retira rápidamente.
   Entonces, pregunto:
   -¿Qué es un crósor?
   -Es un invasor -me responde el que había recibido el zapatazo-, o sea, es alguien que no pertenece a nuestro mundo.
   -¿Y qué se supone que está haciendo acá?
   -Eso es lo más misterioso, pero... cualquiera desconfía.
   Sin más que hacer ahí, me voy hacia la puerta de calle.
   -¡Chao! -grito desde la puerta, antes de cerrarla por fuera.
   No obtuve respuesta, lo cual me parece raro. Me voy caminando hacia el edificio en que está la oficina de la doctora. Pienso en ese extraño asunto de los invasores. El que vi no me pareció ser un mal amigo.
   Llego al edificio, y busco alguna puerta..., pero no tiene ninguna. Veo que la gente entra por una gran ventana de la planta baja. Hago lo mismo, y llego a una salita pequeña en que hay un sillón de dentista en reparación.
   Salgo a un pasillo largo, y al final está la puerta por la que he de entrar. Es tan angosta, que apenas alcanza uno a pasar hacia dentro. Además, la oficina está como un metro más abajo que el pasillo, así que he tenido que dar un salto difícil, para llegar, finalmente. La sala de espera tiene asientos de iglesia. Me siento en uno de ellos, y espero que sea mi turno.
   Antes de un minuto, ya estoy entrando a conversar con la doctora. Es algo así como holística, o sea, de las que no examinan a los pacientes de la manera tradicional. Me ha mirado los ojos, con un lente de aumento, y me hace muchas preguntas.
   Con rapidez llega a un diagnóstico:
   -Usted no está enfermo.
   Y ante mi asombro, me hace ver que he desarrollado un buen comportamiento junto a otro desajustado, que van de la mano, y que fue bueno que crecieran juntos, pero ya puedo separarlos y quedarme con el bueno.

 

      2.- Eudora

   En el comienzo de un día más, le di las instrucciones a la Nana. He llegado a aprender que ella es una persona importante.
   -Sí, señora Eudora -confirmó la empleada.
   Sonreí porque parece verso, y porque no supe si se estaba refiriendo a mis encargos o, secretamente, a lo que yo estaba pensando sin decirlo.
   Mi esposo, Dámaso, antes de irse al trabajo, estaba escuchando las noticias por la radio. Éstas acostumbran a ir acompañadas de canciones alusivas. En las mañanas, él prefiere la radio antes que la TV.
   Yo igual, y también de tarde y de noche, ya que la TV es tan perjudicial. El programa que ve Dámaso en la noche es terrible. Cada vez que lo ve, algún daño se produce en la casa. Últimamente han desparecido vasos de mi vitrina. Ya no hallo qué hacer. Le pedí a Dámaso que no vea más ese programa.
   Quizás lo molesto más de la cuenta, como esta mañana, por ejemplo:
   -Pero, Dámaso, ¿le vas a entregar dinero a otra mujer...? -le pregunté, muy molesta, porque ayer mi hermano Abdón me había advertido que iba a ocurrir una cosa así.
   -Bueno, se podría decir que sí -me respondió displicente.
   -¿Cómo se llama?
   -No sé cómo se llama.
   -¿Le vas a dar nuestra plata a una mujer que ni siquiera sabes cómo se llama?
   -Por favor, Eudora, si es la cajera del banco... ; el dinero sigue siendo nuestro.
   Me sentí avergonzada de haber incurrido en tamaño error, pero de todos modos, salí a la calle, como si estuviera molesta con él.
   Por el camino vi una cosa un poco extraña. Una pareja que iba conversando, él y ella muy abrigados. Hasta ahí no tiene nada de raro. Pero, pasaron por un charco profundo que se había formado con la lluvia de anoche en una abrupta bajada extensa. Se sumergieron por completo en esa especie de piscina, hasta el cuello, y volvieron a aparecer por el otro extremo de esa hondonada, goteando. A la salida del agua seguían en su charla tan tranquilos como antes. Creo que no les significó ninguna molestia pasar por ahí.
   Es sorprendente este país. Talvez no sólo este país. Hace tiempo oí decir que éste es un mundo onírico. Nunca he sabido qué puede significar eso. Hasta le he preguntado a Dámaso, y quedó de averiguar.
   Seguí caminando y me di cuenta de que había un tipo que me estaba siguiendo, desde hacía un rato. Me dio miedo de que pudiera tener malas intenciones. Cuando ya se había acercado demasiado, yo no hallaba qué hacer. Era imperioso eludir esa situación. A tal punto que, sin saber cómo, me transformé en una delgada lámina y escapé por la ranura de la puerta de una casa. Me divertí porque me gusta modificarme.
   Volví a salir a la calle por el otro extremo de la casa. Asombrada y contenta. Por acá había gente distinta. Iba pasando un hombre de túnica blanca, que andaba solo por la calle, tranquilo, sin guardias. Un poco más allá, unos diáconos y diaconisas repartían volantes a las personas que pasaban. Todos ellos vestían túnicas blancas delgadas, y una estola roja.
   Viendo ese despliegue, recordé que necesitaba ir al templo. Es lo que hice en ese mismo momento, a través de una escala. Esta ciudad está llena de escalas. Las de piedra, las mecánicas, las que contienen subidas y bajadas entre medio. Y sin contar la escala para viajes al Pasado. Trato de no bajar mucho por ahí. Una vez encontré en el Pasado a una persona que yo conozco, pero que ella todavía no me había conocido en aquel momento. Tuve que dejarla pasar.
   El camino hacia el templo es una escala muy angosta, sin baranda. Por ahí llegué a una especie de pagoda, con una sala vecina para oración y otra para meditación. Observé que nevó allí dentro. Está también la oficina del obispo, pero él no estaba en este momento, pues había ido donde el Patriarca de la región.
   Entré al templo. No tiene asientos, y los altares son muy modernos. También hay un gran espejo, y un cuadro representando una familia antigua, en blanco y negro. Muchas personas estaban rezando delante de ese cuadro. Mirado con cierto ángulo, se confunde con un espejo.
   Hoy será la procesión del Espíritu Santo. Está a punto de iniciarse. Una persona, a quien le correspondió este año el honor, toma una pequeña escultura representativa desde el altar del Espíritu Santo, y la lleva, con sus dos manos puestas atrás de la espalda, pues así debe llevarse el Espíritu Santo. Es una figura de madera con apariencia casi humana, tiene sus extremidades recogidas, y había estado tapada con una funda blanca.
   Salimos en procesión, cantando "Espíritu Santo ven". Nunca antes había vivido esto. El recorrido fue sólo de cuatro cuadras, o sea una vuelta a la manzana. Entre canto y canto escuché que algunas personas conversaban acerca de ángeles.
   -¿Qué son los ángeles? -le preguntó una señora a otra.
   -Son seres más evolucionados que los humanos -le respondió-, pero no se ven. . . Ya han trascendido.
   -¿Vuelan?
   -Eso dice la gente. Pero, es una manera de referirse a la rapidez con que actúan.
   En el templo hay unos ángeles, que son como personas que supuestamente pueden volar, aunque no tienen alas. Sé que es muy difícil aprender a volar pero creo que cualquiera podría lograrlo si se esfuerza.
   Hasta ese momento, yo no conocía a nadie que volara. Estaba yo pensando en eso, cuando salí al patio del templo, y vi a un tipo que caminaba en el aire, a grandes zancadas, a baja altura. Quedé extasiada.
   No era un ángel...
   Con toda seguridad era un crósor. Creo eso a juzgar por lo que Dámaso me había hablado, unos días antes, acerca de los crósores. Ojalá yo fuera tan liviana como ellos, y pudiera hacer lo mismo.
   Cuando aquel hombre trataba de tomar altura, había un envidioso de acá, que lo sujetaba y lo tiraba hacia abajo. No logró echarlo al suelo.
   Entre subidas y bajadas me di cuenta que ese hombre que camina por el aire es el mismo personaje que llevaba el Espíritu Santo en la procesión. Sentí un fuerte deseo de conversar con él. Ya podría hacerlo, probablemente más tarde.
   Volví a entrar. Fui hacia el espejo, el cual me mostró diferentes imágenes de mí misma. Cuando vi una que me gustó, opté por retirarme un poco hacia el lado, para así quedarme sólo con ésa.
   Empecé a irme de ahí, con lentitud. Antes de llegar a la puerta, alcancé a ver nuevamente al mismo extraño personaje, yendo hacia el espejo. Se miró en él y quedó retratado. Volví sobre mis pasos con intención de conversar con este hombre.
   -Soy Eudora -me presenté con una sonrisa.
   Él me atendió en silencio.
   -Quería preguntarte acerca del Espíritu Santo -le dije, por iniciar una charla.
   -Bueno, no es mucho lo que sé -me contestó.
   -Talvez más que yo.
   -Creo que el Espíritu Santo es la parte esencial y profunda de la divinidad.
   -¿Y por qué le decimos que venga...? ¿No deberíamos nosotros ir hacia él. . . o ella?
   -Efectivamente.
   -Tú debes saber de ángeles -le pregunté, ya que camina por el aire.
   -No tanto..., pero te voy a contar una anécdota muy divertida...
   -¿Sí? Cuéntame.
   -Una vez que yo andaba caminando por el aire, me vio una monja, y quedó tan impresionada, que se echó al suelo, con devoción.
   -¿Y qué hiciste?
   -Lo único que cabía hacer. Le anuncié "Soy un ángel", y me retiré.
   -¡Qué malo...!
   -Ni tanto. Debe haber sido bueno para ella.
   El hombre reía con su aventura. No entendí lo que susurró después. Mi curiosidad era mucha. Sin embargo, él tenía su mente en otra cosa.
   -Se me quedó la linterna adentro de la iglesia -explicó.
   -Ya vuelvo -agregó, mientras iba hacia dentro del templo.
   Esperé un buen rato, y como no volvía, fui hacia dentro yo también. Lo busqué afanosamente, pero no lo encontré. No sé cómo se esfumó.

 

      3.- Dámaso

   Ayer estuve en el banco, para hacer un depósito. Me demoré demasiado porque tuve que llenar un montón de papeles para poder hacer el trámite. Y ponerme al final de una fila muy larga. Cuando llegué a la caja surgieron algunos inconvenientes menores, pero no uno solo.
   -Tenga paciencia, don Dámaso -me pedía la cajera, y el asunto se siguió demorando.
   Después de salir del banco, caminé por una avenida principal, pensando en llegar pronto a mi oficina. A pesar del apuro, disfruté unos lindos faroles centrales en la ancha calzada, cada uno con su veredita cuadrada.
   Vi un tipo que bajó desde el tercer piso hacia la calle, saliendo por una ventana. Durante el trayecto lanzó hacia la basura un vaso desechable, y llegó suavemente al suelo. Se puso a caminar, sin mayor problema. Sin duda, era una persona muy especial, no sé decir si de este mundo o no. Talvez haya sido uno de esos a los que llaman crósores. Hace poco, mi cuñado Abdón me estuvo hablando algo acerca de estos extraños personajes.
   Subí hasta la plazuela, que tiene varias calles saliendo de ella, una empinada hacia arriba, otra que baja suavemente, también en curva; y una tercera que baja abruptamente; y otra más, por donde llegué. Estaba fluyendo un gran caudal de agua que provenía desde una tapa de alcantarilla que reventó. A borbotones iba el agua, muy cerca de aquel extraño personaje, quien no se animaba a cruzar la calle, debido a la inundación.
   Bajé hacia el correo porque quería rescatar una carta perdida. Más bien dicho, intentar la llegada hacia un mensaje que he esperado recibir desde hace mucho tiempo.
   En el segundo piso estaba el buzón, si se lo puede llamar así, de las cartas perdidas. Ésas que aún no han encontrado su destino. Es, en realidad, una caja enorme, llena de fajos de cartas, casi clasificadas según fechas, o según características de los sobres. Son cartas con dirección equivocada o inexistente, que jamás fueron reclamadas, y ni siquiera se pudo re-enviarlas de vuelta al remitente, porque éste no estaba explícito en ninguna parte del sobre.
   Ahí estaban las cartas, a disposición de cualquier persona como yo, tratando de unirme a un presunto corresponsal. Afortunadamente, las personas que vienen acá tienen el buen criterio de no llevarse alguna carta que no les corresponda. Si así no fuera, el sistema no funcionaría.
   Busqué y busqué en cada fajo y, una vez más, no encontré nada para mí. Bajé por la escala y salí al exterior. Ya se me hacía tarde, y necesitaba llegar pronto a mi trabajo.
   Camino a la oficina, me puse a analizar lo que viví en el correo, y cómo eso expresa algo de mí. Las calles estaban más angostas que otras veces, y con baches y montículos. Era difícil avanzar. Más adelante surgieron unos obstáculos que me obligaron a desviarme por un sector que no conozco. Algunas calles ya no son pavimentadas. Una de ellas está destruida, llena de escombros. Bajé y subí por senderos que fueron calle. Este camino estaba cada vez más raro, desconocido y cambiante.
   No quise preguntar en la comisaría. Seguí caminando.
   Vi un señor bebiendo agua de un charco. Y unos letreros: "Calle Facundo Talca", "Calle de la Ostra", "Panadería El Canelo, no cierra nunca".
   Y en la mitad de la calle, una estructura de concreto, larga y angosta, con torres y cornisas, en plena calzada. De pronto empezó a moverse. Era un tranvía. Con pasajeros que parecían ir trotando en su mismo lugar.
   Con tantas actividades y problemas imprevistos, llegué a la oficina muy tarde, cuando ya estaban terminando de almorzar. Comí algo, apurado, y decidí no contar nada acerca de los motivos de mi tardanza porque no me iban a creer. Peor aún, supondrían que yo invento disculpas.
   Ni siquiera pude ponerme a trabajar de inmediato, porque necesitaba llamar por teléfono a mi hermana Edelmira, para invitarla que vaya a mi casa a cenar, un día de éstos. Nuestra relación es un poco distante pero cordial. Talvez, influida por asuntos ocurridos en la niñez.
   Hoy tampoco pude trabajar mucho porque fui a la Universidad en que estudié. Hacía mucho tiempo que no iba. Esta vez, necesitaba hacer un trámite. Es que quiero averiguar cómo hacer para dar un examen de nuevo, que si lo apruebo modificarán lo que señala mi Título y pondrán "Alumno Destacado".
   Al llegar, por el edificio occidental, fui hacia el ascensor que puede llevarme por arriba al edificio oriental. Pagué el pasaje del ascensor, entré en él, y éste empezó a subir hasta el octavo piso, siguió en horizontal, atravesando las dos torres centrales y llegó al edificio oriental, bajó hasta el sexto piso, y ahí descendí del ascensor.
   Todo me hacía recordar mis tiempos de estudiante. Vi que se siguen usando esos ficheros antiguos, como tableros para corchetear ahí los avisos.
   Llegué hasta la oficina del profesor. Es tan anciano que en su estante de libros tiene también algunos antiguos rollos. Me dio las instrucciones para proceder a inscribirme en ese examen que tendré que dar.
   De ahí fui a la biblioteca central a pedir un libro que iba a necesitar para estudiar. Antes que yo, en la fila, había un señor de cierta edad, bastante mayor. La señorita le estaba informando que aún estaba debiendo un libro desde su época de estudiante.
   "Qué cosa más extraña", pensé yo.
   Seguí esperando turno, hasta que pasé adelante y pedí el libro.
   Entre tanto, vino el jefe de la biblioteca y retó a la niña airadamente:
   -¿Por qué no llenó el formulario?
   Parece que se había perdido un libro.
   -Si para eso son -insistió el jefe, muy enojado.
   Fue incómoda para mí esa escena. Traté de empatizar con la señorita, aunque más con gestos que con palabras.
   Un poco más tarde, conversando con aquel otro caballero de edad que estaba en la fila antes que yo, me contó que tiene atrasado el examen de Ramo Humanístico, y no recuerda qué materia entra. Y han pasado treinta años. Yo sé que hay alumnos que pasan meses, y hasta un par de años, sin ir a clases ni a dar pruebas. Arrastran ramos atrasados, por mucho tiempo, hasta cuando están ejerciendo, pero lo de este señor es demasiado.
   Fue entonces que volví a recordar lo que me contó Abdón respecto a los crósores. Sospecho que este caballero podría ser uno de ellos, pero preferí no referirme a eso en nuestro diálogo, por temor a estar equivocado. Era preferible observarlo un poco más. Sin embargo, él se retiró y ya no lo volví a ver. Talvez ésa sea una característica de los crósores, el desaparecerse misteriosamente.

 

      4.- Edelmira

   Ayer fui a una tienda a hacer unas compras. Quedé impresionada por unos maniquíes que parecían estar atendiendo público.
   Había una pareja comprando ropa. Ellos se visten en composé. O sea, por ejemplo, en ese momento, ella andaba con una falda color beige y una blusa escocesa, y él, con pantalones de un beige muy parecido y camisa a rayas, con los mismos colores que la blusa de ella.
   Charlé animadamente con la vendedora mientras me atendía, y al final cuando cerré la compra, la besé en la mejilla, como es la costumbre.
   Después de la tienda pasé a la boletería del cine para comprar entradas. Miré los afiches tridimensionales vivos. Para eso, tuve que meterme dentro. En plena escena de una película.
   Anduve un rato por ahí dentro, pero cuando ya empezaba a sentirme casi perdida en otra dimensión, opté por salir a mi mundo real. En ese momento, tropecé con un ciego que se puso ahí a pedir limosna. Lo hice sin querer, claro está.
   "Disculpe" nos dijimos mutuamente.
   Le pasé un par de monedas. Él las recorrió con sus dedos para tratar de saber cómo clasificarlas.
   -¿Me ayuda, por favor? -me preguntó.
   -Sí. Por supuesto.
   -Es que estoy ordenando las monedas en distintos compartimientos de la chauchera.
   Le ayudé en eso. Justamente eran cuatro las divisiones, y cuatro los tipos de monedas. Cuando estuvimos listos, le pasé otra moneda más, diciéndole dónde guardarla, y nos despedimos. Me fui a hacer la fila de la boletería. Había varias personas en la fila, antes que yo. Bien adelante, dos mujeres idénticas, pero una era blanca y la otra era negra.
   La persona de la caja, que parecía anciana al comienzo, poco a poco fue rejuveneciendo.
   -Dos, por favor -le pedí, cuando fue mi turno.
   Me exigió que le presentara los carnet de las dos personas. Sólo tenía el mío, pero di el número de la otra persona, que es mi sobrino. La cajera me explicó que este cine tiene también una sala especial para los que se aburren con la película. Ahí pueden ver un televisor que es como los afiches, o sea, uno puede meterse dentro de la escena y queda formando parte de ella; y de ahí hay que buscar una puerta para volver a salir al lado de afuera del televisor.
   Me pareció interesante. Algún día lo usaré.
   Mientras iba de vuelta a casa, sentí cómo se cortaba el elástico de mi calzón. Creí que se me iba a caer, pero no alcanzó a llegar ni a la rodilla. Menos mal que ya estaba cerca de casa.
   Cuando finalmente fuimos al cine, con mi sobrino, vimos una familia con muchos niños, que se cambiaban de asiento a cada rato, invadiendo a otras familias y corriendo ruidosamente por los pasillos. ¡Qué molestosos! En cambio, la película la disfrutamos.
   Invité al niño a mirar la Feria de las Curiosidades, que es muy entretenida. Mientras él corría de un lado a otro, yo me quedé en un stand en que ofrecían a la venta un antiguo manto descolorido y remendado.
   -Es el manto de San Bonifacio -afirmó el joven que atendía.
   Y yo, que conozco algo de la vida de ese monje, dudaba si comprar o no el manto. Estaba muy barato. Pero, precisamente por eso temí que pudiese no ser auténtico.
   En eso, mi sobrino llegó corriendo y nos retiramos de ahí.
   Hoy fui al teatro con una amiga. Cuando entramos, me pareció estar en una casa, en una habitación no muy grande. Estaba oscuro. Cuando las pupilas se me adaptaron, pude ver a mi lado una mujer morenita que estaba llorando. Y eso que estábamos dentro de un ambiente que parecía de fiesta. Ella no era una persona muy bella, pero me cayó bien. Entre lágrima y lágrima, sostuvo que quería dar un mensaje. Y que había allí alguien muy importante que tendría que escucharlo.
   Justo en ese preciso instante se encendió la luz del recinto, que no era una simple habitación, sino una sala de teatro. El movimiento que se produjo dificultó las cosas para que la niña pudiera dar en ese momento su anunciado mensaje.
   Nos preparamos para ver una obra teatral. Había bancas hasta en la acera, que es una vereda techada, con una mesa larga de trabajo. El escenario estaba adentro de la sala, en el otro extremo.
   Alguien del público prestó su propia ropa para que la usara un actor, que la necesitaba. Son muchos los actores, y éstos interactúan con los espectadores. Ésa es la gracia de la realización que nos disponíamos a presenciar..., o más bien dicho... a vivir.
   Ésta era una obra de teatro novedosa, en que las espectadoras teníamos que imitar todo lo que hacía la actriz principal. Y los espectadores, imitar al actor protagonista.
   Entre el público había un tipo que dijo ser funcionario internacional. Me llamó mucho la atención que estuviera metido en ese teatro. Entonces recordé a la niña del mensaje. La busqué con la vista. ¿Sería éste el personaje importante, a quien estaba destinado el mensaje? Él salió hacia la sala de lectura. Nosotras también hicimos lo mismo. No vi más a la mujer morenita.
   Pedí un diario del verano pasado, para ver de nuevo el lugar donde estuve en las vacaciones. Ahí sale todo. Era de esos diarios que cambian constantemente de aspecto, además de tener papel interactivo. Las fotos de ese diario tenían zoom para acercarse a la imagen.
   Me fijé que el hombre que decía ser funcionario internacional andaba sin pantalones. Sólo en ropa interior. No sé por qué no me había fijado antes, talvez porque es algo que carece de importancia. De hecho, a mí me da exactamente lo mismo, y además, sé que un hecho tan simple como ése, nunca le ha importado a nadie. La gente acostumbra a circular en pijama o con poca ropa. Incluso, desnudos, a veces. Pero..., ¿un funcionario internacional? Sólo por ese detalle cambia toda la situación, y se torna en algo muy extraño. Yo no hallaba cómo interpretarlo.
   Entonces, recordé lo que me hablaba mi hermano Dámaso, el otro día. Algo acerca de unos personajes que él llama crósores.
   En eso, el tipo éste me habló. Me preguntó acerca de los diarios antiguos, que cómo los conseguí. Le contesté con mucha cortesía, aunque se trataba de algo que cualquiera sabe, pero eso no se lo dije. Con mayor razón si es funcionario internacional. Definitivamente, era un crósor.
   No seguimos conversando porque ya iba a comenzar la función.
   Hoy ha sido un día mucho más tranquilo que ayer, hasta el momento. Con mi amiga, esperamos disfrutar lo que vamos a vivir a continuación.
   Y en cuanto salgamos me apuraré en llegar a la casa de Dámaso y esposa, pues estoy invitada a cenar.

 

      5.- Ladislao

   -Señor Altravia don Ladislao... -me nombró el profesor, pasando lista.
   -Presente -respondí, y seguí pensando en cualquier cosa. Era grato que a los alumnos se nos tratara con deferencia, como a adultos.
   Esa clase estuvo entretenida, por lo menos al principio, y se nos propuso la tarea para el día siguiente.
   En las tareas del colegio, algunas cosas van con letra grande, y otras con letra chica. Una compañera negrita me explica qué cosas van con letra grande y cuáles no. Me gusta esta niña. Quiero ser su amigo. También se quejó de que Dios no estaba en la misa, ese día en que ella fue a la iglesia. Le conversé de eso:
   -Supongo que estaba invisible, y por eso no lo viste.
   Se limitó a sonreír. ¡Qué hermosa la encuentro! Además, es muy agradable. Me encanta conversar con ella.
   -Cuando sea grande -me dijo un día- quiero escribir acerca de los acontecimientos.
   Yo, a mi vez, expresé lo mío:
   -Cuando termine el colegio me gustaría estudiar para Acuático. Pienso que es una linda profesión.
   A la salida de clases, me puse a mirar escaparates. En una tienda grande estaban ofreciendo una máquina para teletransportar personas que tengan fe y no estén pensando que van a morir al desmaterializarse.
   Seguí de largo, pensando que el sistema podría tener un desperfecto, algún día. Creo que a esa cosa le falta desarrollo aún.
   En otra tienda vendían una pintura especial, para escribir los letreros, de manera que las personas lean, no lo que está escrito, sino lo que para ellas eso significa. Esto lo encuentro espectacular.
   Tomé mi teléfono móvil e intenté llamar a Dánae, mi hermana mayor. Sé que la llamada llega al teléfono que esté más cerca de ella. Igual, nadie me contestó. Eso quiere decir que sigue prisionera. No supe qué tendría que hacer para liberarla. Aún no lo sé. Es algo que me preocupa mucho.
   Un poco más allá, una bicicleta obstaculizando la vía, como si fuera monumento. Vi también un perro caminando en dos patas, y con lentes oscuros de sol.
   Y en la otra cuadra exhibían un avión que, según dice ahí, puede quedar un rato suspendido en el aire, sin caerse.
   Al llegar a la plaza, un monumento a las tragedias de la humanidad a lo largo de su historia. Está construido con prismas metálicos.
   A lo lejos, se veía una cancha de futbol con un edificio al medio. ¡Qué cosa más rara!
   Llegué, finalmente, a la librería a la cual quería ir. Se llama "La Novedad Escasa". En el primer plano de la mesa más cercana a la puerta, se destacaba el libro que siempre me ha llamado la atención. Tomé ese libro desde la mesa, y empecé a hojearlo, leí frases interesantes de ésas que uno nunca vuelve a encontrar. También miré algunos trozos de relatos breves.
   Me gustó "Los secretos del velero" y también "El hombre de Venus". Cada vez que vengo, la tapa del libro tiene distinto tamaño, distinto color, y distinto tema de dibujo. De repente las letras se empezaron a poner difusas, y hasta se borraban algunas.
   Al leer este libro, uno puede visualizar las escenas en forma holográfica, y hasta meterse un poco en ellas. Otro cuento que me gustó es futurista y utópico. En él, los fabricantes de armas llegan a un momento en que su negocio ya no es tal. Ven que si siguen trabajándole a la guerra se irán a la quiebra. Por eso, prefieren cambiar de giro. Se establece la paz mundial. Creo que es un cuento grandioso.
   Después de salir de la librería pasé de un calle a otra por dentro de un edificio. Incluso, a través de la habitación de alguien desconocido. Recorrí varias cuadras de edificios, por dentro en vez de andar por las calles. Es una cosa laberíntica. Pasé por dentro de una casa de personas que nunca antes había visto. Y dentro de esa casa, por muchas piezas habitadas. Supongo que debe ser incómodo para ellos. Yo pedía disculpas, un tanto avergonzado. Algunas habitaciones no tenían puerta, sino sólo ventana.
   De nuevo en el largo pasillo, llegué hasta el final, tomé el teléfono para llamar al ascensor. Se demoró un poco, pero llegó, y me fue a dejar a otro piso un poco más bajo.
   El edificio es tan extenso que me fue difícil encontrar la salida. Hay buses que ayudan, pero también cuesta dar con el paradero más cercano. Menos mal que no necesité usarlo, porque el pasillo largo y muy angosto por el que yo andaba se transformó en una especie de calle, y así pude salir a un patio. En el jardín, un regador como ducha, de abajo hacia arriba, hasta poca altura. Lo estaban disfrutando unas niñitas en traje de baño.
   Me llamó la atención un balcón de segundo piso por el cual parecía que se puede salir a la calle, pisando en una cornisa que está más abajo. Me entretuve mucho mirándolo. Entonces ocurrió algo verdaderamente notable. Un hombre salió desde el balcón, y sin siquiera pisar la cornisa. El tipo se puso a caminar por el aire. Eso sí que es extraño. Si estuviera Dánae, ella habría sabido decirme qué significa. O si no, talvez puedo aprenderlo en un libro.
   Es por eso que, a los pocos días, decidí ir de nuevo a La Novedad Escasa. Allí encontré un libro, después de mucho buscar. Es uno muy pequeñito, que contiene frases escritas en un lenguaje que no conozco. Iba a dejarlo, pero recapacité pues me puede servir para aprender ese lenguaje y poder desentrañar misterios. De hecho, en la última página vi una referencia hacia otro título. Ésa la entendí.
   Pedí el libro en el mesón, y muy pronto ya lo estaba leyendo. Aunque tenía poco tiempo ese día, seguí metido ahí por un buen rato. En él aprendí que a esos personajes extraños que caminan por el aire, se les llama crósores. Volveré sobre este libro, más adelante, porque el tema me interesa.
   Y lo triste de estos últimos días es que mi amiga negrita ya no ha ido más al colegio.

 

      6.- Dánae

   Vivo en una ciudadela que es prisión. Nunca había imaginado que iba a estar privada de libertad. Yo, que era la espontaneidad misma.
   Se ven rejas por todos lados. Acá hay hasta microbuses. Pero, sobre todo, hay muchos guardias, y también muchas tiendas, aunque no hay dinero. Además, no están permitidos los libros.
   El otro día me di cuenta que uno de los presos tiene una radio especial, que detecta si hay guardias en las cercanías. Es genial. Cuando puedo, trato de estar cerca de él. Eso es lo más seguro.
   Un montón de grandes y pesadas piedras tapan la entrada. A veces se desmoronan, y queda una abertura por donde la gente puede entrar, pero no puede salir.
   Llegué aquí por curiosidad. Y debido también a mi ansia buscadora. Muy confiada, con la esperanza de vivir algo entretenido. Porque escuchaba una canción tan bella, que se alcanzaban a ver tenues colores en el aire. Me distraje, y pasé a través de ese montón de piedras. Había una puerta, por la que entré, pero cuando quise salir, la puerta no funcionaba, o sea, estaba bloqueada. Es muy extraña, con cerradura en el lado izquierdo, y también en el lado derecho. Eso me desconcertó aquella vez, y tuve que ir a una caseta cercana a pedir ayuda. Fue peor, porque ahí se certificó mi calidad de prisionera. Me arrepentí de mi osadía, pues quedé atrapada.
   Me trasladaron a una oficina de trabajo, que tiene el suelo de latas y otros materiales de deshecho, superpuestos, afirmados unos a otros con unos pernos que sobresalen. Es un lugar inhóspito y deprimente, del cual no puedo huir. Fue angustiante la manera cómo llegué hasta acá. Un poco antes de entrar a este edificio vi a un hombre a quien se le cayó su cabeza al suelo. Aunque siguió teniendo una cabeza puesta, quiso llevarse también la otra que estaba caída. La puso en una bolsa. Y la miraba como quien se mira al espejo. En cambio, la cabeza dentro de la bolsa parecía mirarme a mí, suplicante. ¿Qué podría hacer yo?
   Lo que más siento es no poder cuidar a Ladislao, mi hermano menor. ¿Cómo estará? Recuerdo también a mi amiga Eudora Lusera y su hermano Abdón. ¡Cómo jugábamos en nuestra niñez! También con otros niños y niñas. Lo pasamos muy bien. A la escondida, al pillarse, al doctor, a la pieza oscura, a ponerle la cola al burro. Y cuando estábamos en el campo, pasando las vacaciones, nos llevaban donde una vecina a tomar leche al pie de la cabra. Tibiecita.
   En esta oficina hay un jefe detestable. Es el director. Parece simpático, pues ésa es su máscara. Se produce, se vende, pero en el fondo es un desgraciado, a quien sólo le interesa ganar dinero y poder, y alivianar su urgencia corporal dañando a otras personas. Cree que todo es de él. Tiene una secretaria explotada, y una funcionaria intermediaria que recibe las órdenes del jefe y las comunica a la secretaria y a las otras personas.
   En este edificio, hay también una dama que trabaja en una pequeña oficina, muy alejada del resto. No es fácil ir a esta oficinita. A esta mujer, casi nadie la conoce. Es posible llegar a su reducto a través de una escala con pocos peldaños. Para subir, es necesario ir sacando los peldaños de más abajo y atornillándolos más arriba. Se llega a una pieza en que hay vidriecitos en el suelo.
   Hoy estuve castigada, por haber sido irrespetuosa con el jefe, quien me estaba pidiendo algo sucio que yo no quería concederle. Me tuvo trabajando sumergida, durante toda la mañana. Sólo la cabeza fuera del agua. Los lotos andaban cerca de mi cuello. Fue un abuso del director del establecimiento.
   En la tarde llegó un extraño señor a este edificio. Pudo pasearse, entrar, salir las veces que quiso. No sé cómo puede tener esos poderes.
   En cuanto a su carácter, es todo lo contrario del director. No parece ser amistoso. Es tímido y un poco distante. Lo digo porque conversé un rato con él. Le pregunté cómo hace para ponerse tan liviano. Mencionó que a veces se siente pesado y no puede andar por el aire. Otras veces, en cambio, hasta vuela a grandes distancias. Él se extraña de que yo no pueda hacer lo mismo. Es un tipo raro. Decidí que quiero ser amiga de él.
   Me acerqué con timidez. Fue él quien habló primero:
   -No lo pasas bien acá.
   -No... Hay personas que me oprimen.
   -Sí. Me he dado cuenta que en este lugar hay, por lo menos, una persona detestable.
   -Gracias por comprenderme.
   -Igual, creo que lo único positivo sería descubrir cómo amar a todas las personas.
   -¿Sí...?
   -Sí. Pero lo veo muy confuso. Realmente, no sé cómo hay que tomar este asunto.
   Me pareció que tenía intenciones de ayudarme. O por lo menos, mostrarse amistoso conmigo. Me preguntó por una marca que tengo en la frente. Le conté que hace años tuve puesta una corona, durante mucho tiempo, tan ceñida que se me incrustó. Hasta que decidí sacármela. Y por eso me quedó esa marca en la frente, de colores azul y rojo deslavados.
   Seguí conversando con él. Le conté acerca de lo bello que es para mí soñar despierta. Sonrió mi amigo. A él también la agrada la ensoñación. Afirmó que es una manera de casi vivir aquello que quisiera poder vivir realmente.
   En eso vimos un insecto amarillo avanzando por la pared. El hombre intentó matarlo, a pesar de que era un insecto lindo. Pero, el bicho se echó a volar y ya no lo vimos más.
   Cuando el jefe se dio cuenta de la presencia de mi nuevo amigo, salió persiguiéndolo.
   -Eres un crósor -le decía-, un detestable crósor. Ándate de aquí.
   El hombre se tuvo que retirar, con toda la rapidez que pudo.

 

      7.- Eudora

   Ayer en la mañana me levanté tarde y decidí salir para disfrutar el día. Ya tendré algún momento para ponerme a tocar el piano, cosa que hace tiempo que no hago. A pesar de tener uno en casa. Siempre digo "Mañana".
   Pensando en el piano, caminé por la ciudad. En eso estaba, con mucha tranquilidad, cuando vi pasar un taxi chiquitito, con forma de locomotora. Los pasajeros iban sentados en unos asientos pequeños que habían sido abiertos desde el techo.
   Pasé por la Peluquería "Dalila", para pedir hora. Me dieron para la próxima semana. Seguí caminando y llegué a un negocio en que venden artículos novedosos. Me entusiasmé mirando unas velas de apio que, para encenderlas, basta presionar con los dedos en ambos costados, cerca de la mecha. Y también una arena especial, para poner una capita a los vasos por dentro, para que el brebaje no entre en contacto con el vidrio. Y una fruta que es palta por un lado, y piña por el otro.
   Esa fruta extraña me hizo recordar una vez que organizamos una fiesta con Dánae y otras amistades. Yo estaba soltera en ese tiempo. Aquella vez preparamos palta reina y postre de piña, entre otras cosas.
   También vi en la tienda algo mucho más entretenido aún. Un juego parecido al Dilema, pero que avanza un grado más. O sea, cada ficha, en vez de ser una simple letra, es una palabra completa. El juego se trata de armar frases en el tablero, en vez de palabras, usando esas fichas. Puede verse en el tablero algunas casillas con premio: Las Doble y las Triple Valor Palabra, así como también las Doble y las Triple Valor Frase. Quedé fascinada. Creo que le regalaré uno a Dámaso para su cumpleaños.
   Al salir de la tienda me fijé que andaba por ahí un tipo de no muy buen aspecto. Algo así como sospechoso de tener malas intenciones. Me puse cerca de un señor que iba pasando, para ser ocultada por él, y no ser vista por el presunto bandido. Siempre me escondo cuando veo a lo lejos un maleante.
   Ese señor al que me acerqué estaba, poco antes, con una mujer conocida mía, pero ahora estaba solo.
   Después que pasó el peligro, me puse a conversar con el hombre que, sin saberlo, me había protegido. Es que se dio cuenta de que yo me había aproximado a él. Resultó ser un tipo amistoso.
   La charla fue muy entretenida, y tan extraña que empecé a darme cuenta de que el hombre podría haber sido un crósor. Andaba buscando a su esposa, que se le había perdido misteriosamente.
   -Recién estaba aquí conmigo- observó, preocupado, y me la describió.
   Claro, es la mujer conocida mía. Y sé con quién está casada. Por eso supe que la mujer que él buscaba no es su esposa, sino solamente adoptó esa apariencia. Se lo aclaré, lo más serenamente que pude.
   De pasada, me di cuenta que este señor creyó que aquella persona es de su mundo, pero no lo es.
   En ese momento, el hombre miró su reloj un par de veces, muy confundido, y entonces me dijo: "Eres un personaje de sueño". Me sentí halagada. Intenté adivinar su pensamiento ya que, más de una vez, he tenido experiencias de telepatía.
   Le conté de ese Dilema tan especial que vi hace poco rato. El hombre quedó maravillado.
   -De cada ocasión en que se juegue a eso -propuso- puede surgir un cuento.
   -De veras. ¡Qué entretenido!
   Pensé que el crósor es un verdadero espejo en el que una persona puede mirarse para conocerse mejor. En eso, él compartió conmigo una reflexión:
   -Recién tuve un recuerdo de algo que había ocurrido, pero no en mi vida de afuera.
   -No te entiendo mucho.
   -Lo que quiero decir es que no sé si estoy recordando algo que viví en un viaje anterior.
   -¿Y qué puede ser eso?
   -Yo mismo no lo sé. Talvez mi presencia acá nació conteniendo una historia pasada que nunca existió, más que en mi imaginación.
   -Ahora ya no te entiendo nada.
   -No te preocupes, que yo tampoco lo tengo nada de claro -me respondió, y se fue, no sin antes despedirse de mí.
   El maleante lo empezó a seguir. Me preocupé. También el crósor se puso a correr unos pocos metros, pero después paró y sonrió. No tuvo problemas para enfrentar al delincuente. Éste optó por retirarse, frustrado.
   Y yo me quedé pensando que si aquél era mi espejo, y no lo entiendo, debo ser una persona compleja.

 

      8.- Abdón

   Conversé con Eudora acerca de lo que le ocurrió el otro día, pues quedé muy impresionado cuando me lo contó. Ese encuentro que ella tuvo con un personaje extraño fue algo notable. Me atrevería a decir que nunca se había visto algo así. Por lo menos, me deja muchas interrogantes, que ya se irán aclarando con el tiempo. Eso espero. Ella es muy religiosa, y le encanta creer en milagros.
   Quedé tan tomado por ese asunto, que ahora empiezo a ver crósores por todas partes. Por supuesto, no lo eran. Al menos, la mayoría de ellos.
   Necesitaba ir a cierto lugar, muy alejado, inhóspito y con pasadas difíciles. Me encontré con un tipo medio misterioso, quien dijo estar perdido, y no saber dónde andaba. Me pidió le dijera cómo llegar a la Alameda. Se lo indiqué, y el tipo se fue... No supe si acaso era un crósor.
   Otro que vi después, sí lo era. Se maravilló al ver una casa igualita a la que tuvo cuando niño, según manifestó. Estaba tan entusiasmado, que se elevó en el aire y entró a la casa por una ventana del segundo piso.
   Me quedé perplejo, pensando que los ojos me engañan. Talvez no ocurrió lo que creí ver. Puede haber sido sólo mi imaginación. Sin embargo, sé que sucedió.
   Seguí caminando con lentitud. No podía dejar de darle vuelta a mi confusión. Al pasar por una callejuela hacia una bella avenida, vi una ventana con el marco roto y desvencijado. Me quedé mirándola. No tenía ninguna relación con mi casa de infancia, pero por algún motivo desconocido me atraía mucho. Me fui pensando en cual sería esa motivación secreta. Ya me he dado cuenta de que lo mío es buscar, siempre buscar, incluso sin tener muy claro qué es lo que busco. Y sin saber si acaso encontraré algo, o la nada más absoluta.
   Anduve muchas cuadras, acostumbrándome a mi incertidumbre. Sin darme cuenta llegué a mi oficina.
   Y a propósito de crósores, creo que es uno de ellos el nuevo ingeniero que se integró ayer a la oficina. Justamente, a mi propio grupo de trabajo. Al menos, parece serlo. Estoy casi seguro. Pero, no tanto como para decírselo, pues esto es muy delicado. Aunque haya poca probabilidad de estar equivocado, sería fatal hacer el ridículo poniéndolo de manifiesto.
   El gerente de la empresa en que trabajo decidió agasajar a nuestro grupo, por el éxito que tuvimos en el último proyecto que llevamos a cabo. Tal como ha ocurrido también en otras oportunidades. Una vez nos regaló sendos viajes a la isla Bonita, con todos los gastos pagados. Y, años atrás, el premio había sido sólo una cena de lujo.
   Pero, esta vez, quiso dar algo sorprendente. Contrató unas prostitutas, y las ha puesto a nuestra disposición. Confeccionó una lista de dichas mujeres, incluyendo los principales atributos de cada una de ellas. Y nos ha dicho que cada cual elija una. Varios compañeros se abalanzaron sobre la lista para tratar de quedarse con la más atrayente mesalina.
   A mí me parece desubicado este obsequio, si se le puede llamar así. Más aún, lo hallo grotesco. No hay derecho que un premio sea hundir a personas en un pantano del cual cada vez les costará más salir. Yo no concibo el sexo de tan distorsionada manera. Lo único que quise ante esta inusitada situación fue rechazar eso de vivir el amor tan a la ligera y de seguir derrumbando a esas mujeres.
   Por eso, decidí llegar al último para no tener que elegir. Incluso, después del ingeniero nuevo, que también estaba un poco reticente. Por supuesto, no tuve que escoger, pues quedaba sólo una, la más fea. Sin más trámite me anoté en la línea correspondiente a ella. Desde luego, yo no tenía ninguna intención de tener actividad sexual, sino sólo dar un espacio para desahogarnos de nuestras desdichas.
   Cuando íbamos todos hacia el prostíbulo, los demás estaban muy alegres, pero yo no. Me sentía como un prisionero. En todo momento, mi propósito era el de ayudar a la mujer que me tocó en suerte, para que pueda mejorar su manera de vivir la vida.
   Salí con la fea, y decidí ser tierno con ella. No tenía ni la más mínima motivación, corporal ni sicológica, para tener una relación sexual. A lo más, un poco de erotismo, si es que se diera, y eso sería todo.
   Entramos al cine. Ella, con una carterita pequeña. Nos sentamos en una fila que estaba desocupada, y nos pusimos a conversar. Primero, algunas cosas triviales, como para entrar en confianza. Ella se levantó de su asiento, y se fue precipitadamente, diciendo "ya vuelvo".
   Me puse a esperarla, con toda mi paciencia. Trataba de imaginar qué problema puede haber tenido. Pasó el tiempo y ella no volvía.
   Cuando perdí la esperanza de que la mujer volviera, me sentí muy triste e incomprendido. Ella me estaba rechazando, y eso socavó mi autoestima. Si yo no le iba a hacer ningún daño.
   Después de algunas horas empecé a comprender. Seguramente ella rechazaba la situación, al igual que yo. Esto no ha sido nada personal. Algo tendré que aprender de esta experiencia. Me dispuse a perdonar y ser perdonado.

 

      9.- Dámaso

   Sobre el escritorio de mi oficina hay un moderno ordenador. Por más que lo sea, no funciona como debiera. Talvez sea yo el que no logro acostumbrarme a esta máquina infernal. Si hasta tengo que tomar la pantalla en mis manos para sostener la imagen.
   Cuando uso las teclas, éstas se sienten golpeadas, y quieren vengarse. No es muy amistoso mi ordenador.
   Una vez, el ratón se transformó en un pequeño regador automático. Salían de él dos chorritos de agua, que giraban a gran velocidad. Dejaron toda la oficina mojada. Para solucionar el inconveniente fue necesario apagar el ordenador y encenderlo de nuevo.
   Y si todo eso fuera poco, saltan cada cierto rato los chips de memoria que ya están viejos y no sirven más. Y cuando les llamo "viejos" me baso en el criterio de la máquina aquella, y es así como estos elementos se envejecen día por medio, más o menos, según la densidad de uso. Ahora que he juntado muchos los llevaré donde esas damas de granate, que hacen colchas con una infinidad de Chips de Memorias viejas.
   El trabajo que hago en esta oficina no significa para mí algo importante. A veces me aburro, si caigo de lleno en lo rutinario. Cuando estaba estudiando en la Universidad, nunca imaginé que esto iba a ser así; que ninguno de los conceptos matemáticos que aprendí iba a servir para algo más que añorar la vida de estudiante. Siento que yo podría estar haciendo otra cosa de más nivel, o más creativa.
   Más encima, aunque yo me enorgullezco de mi capacidad de síntesis, soy rechazado en el ambiente laboral, a raíz de dicha característica.
   ¡Me gustaría tanto encontrarle un sentido a la vida laboral!
   Hace poco rato llegó un cliente tan extraño, que desde el principio parecía ser crósor. Ahora, ya no me cabe duda. Creo que él no se da cuenta de que lo es. Por mi parte, yo prefiero no decírselo.
   Me interesa conversarle de otras cosas. Y a él también le vendría bien. Le hablo de aventuras que he tenido en el desempeño de mi trabajo.
   -Eso sí, soy muy responsable -afirmo, para que no se forme una idea liviana de mí- y además me gusta el estudio.
   Por su parte, el cliente también me habla de su trabajo. Me describe una jornada típica suya cuando está en la mina.
   -Trabajo como despachador cada mañana -me explica- controlando quienes salen, ya sea a alguna faena, o a la escuela, en el caso de los niños y profesores y profesoras, o a preparar almuerzos, o la labor que sea.
   -¿Tienes que anotar todo eso?
   -Sí. Tengo que anotar todo en un libro grande. Y el resto del día lo ocupo trabajando en la contabilidad... No es lo que yo más sé, pero... es el único trabajo que pude encontrar.
   -Bueno, está bien -opino, comprendiéndolo absolutamente-. En cambio yo, he tenido malas experiencias laborales. No me satisfacen.
   Después de una pausa, continúo diciendo:
   -Es que a cada rato se encuentra uno con malas intenciones..., zancadillas..., y todas esas cosas.
   -Sí. Tienes razón. Tuve un jefe una vez, que se llenaba de gloria con las cosas que yo hacía bien..., y que eran muchas, ¡ah! Me hacía trabajar durante largas jornadas.
   -Es peligroso trabajar tantas horas porque el cansancio te juega en contra. Uno empieza a hacer mal las cosas.
   -Justamente. Cuando yo hacía mal las cosas, el tipo me insultaba y me desprestigiaba.
   -No creas que es el único jefe que actúa así.
   -Nunca tuve otro así.
   -Dejé ese trabajo -continúa-. Años después me encontré con ese antiguo jefe, y le hablé de aquella infinidad de desencuentros, como si fuera el momento de pedir explicaciones.
   -¿Y qué te dijo...?
   -Me desconoció. Sostuvo "No sé de qué me está hablando usted". Sí. Ésas fueron sus palabras. Hasta llegué a pensar que talvez yo estaba confundido. Quizás era otra persona. . . Esto ocurrió hace muy poco rato, antes de venir hacia acá.
   -Me ha pasado otras veces -agrega-, con otras personas. Me doy cuenta de que alguien no es quien yo creía, como si fuera un actor desempeñando ese papel. Me hace pensar que estoy metido en una obra de teatro.
   No me cabe duda que mi cliente está confundido. Porque un personaje de acá fue visto por él como si fuera de su mundo. ¿Acaso él ve a las personas distintas a como son? Se encontró con un "Igualito". Sí. Así podríamos llamarles a esas personas que los crósores confunden con gente remota. Prefiero no decírselo.
   De todos modos, trato de actuar con la mayor naturalidad posible, y quisiera hacerme amigo de él, pues creo que será una gran cosa contar con alguien tan poderoso entre mis amistades.

 

      10.- Edelmira

   Yo iba en auto con dos amigas de la oficina. Queríamos asistir a una exposición. Las tres llevábamos zapatos rosados, haciendo juego con los neumáticos del coche, que también eran rosados.
   Un poco antes de llegar, estando detenidas por una luz roja, miramos el auto del lado. Tenía unas cintas blancas que me hicieron pensar en matrimonio. La novia que iba dentro con su vestido blanco era una persona muy extraña. Para empezar, tenía muy poca edad, si era apenas una niñita. Y su rostro reflejaba un estado de ánimo ausente, como si no se diera cuenta de lo que estaba haciendo.
   En cuanto llegamos a destino nos bajamos, muy elegantes para ser día de semana, o sea, un día de trabajo. Entramos a un edificio de gran altura. Me fui quedando un poco atrás porque mis amigas avanzaban demasiado rápido. Además, yo no estoy acostumbrada a andar con tacos altos.
   En ese momento me abordó un señor de la TV. Dijo ser del canal 14. Un hombre atrayente y amistoso. Se puso a conversar conmigo. No puedo negar que el tipo me gustó a primera vista. Bueno, es que soy muy enamoradiza. Lo fascinante fue que también yo le gusté a él. Eso lo supe sin lugar a dudas, porque vi que su corazón se encendió.
   Muchas veces me pasa eso de sentir que llega a mí un conocimiento por una vía etérea, no convencional. Sé que tendré que hacer algo con esa capacidad tan difícil de asir, que a veces me parece tener.
   Luego de muy pocas palabras ya me quedó claro que entre nosotros hay química..., o electrónica, o como sea que se llame esa magia invisible que nos hace sentir cercanos, aunque antes no nos habíamos visto jamás. Juntamos nuestros rostros, como si hubiésemos sido adolescentes. Yo estaba encantada.
   -Te llevaré a un mundo maravilloso -declaró.
   Ése fue el primer indicio de que talvez ese hombre pudiera ser un crósor. Porque creo que ningún tipo de acá se expresaría de esa manera.
   Nos dirigimos hacia el ascensor mágico. Ése que no sólo sube y baja, sino que también anda hacia el lado, y lo que es más novedoso, a través del tiempo. Nos pusimos a esperar al final de la fila.
   Llegaron las otras dos amigas a hablarnos. El hombre se distrajo, y no sé por qué motivo empezó a distanciarse de mí. Tanto, que tuve que ponerme a abrir puertas para buscarlo. Cuando lo divisé apenas, dejé mi actitud de búsqueda proactiva, y me dispuse a ser buscada por él.
   Mientras tanto, atendí a la exposición, aunque no le tomé demasiado asunto. Una hoja de un árbol se movía sobre mí. A ratos me tapaba la vista, o me manoseaba el pelo. Entre otras cosas vi un gato que cantaba. Su nombre era Chesterton.
   Transcurrió un par de minutos, y llegó finalmente el hombre de la TV, sonriendo. Nos tomamos de las manos y nos besamos con ternura y suavidad. Eso, al comienzo, pero después nos besábamos apasionadamente.
   El hombre se entusiasmó y aventuró su mano por entre mis ropas. Quedé extasiada, pero toda la situación se tuvo que tranquilizar porque llegó una señora con aspecto policial, muy enojada, nos retó diciendo que según no sé quién es mejor no ser apasionado.
   Optamos por retirarnos de ahí.
   Y ahora, me está pareciendo que me enamoré a primera vista. Caminando tomados de la mano, se me ocurrió preguntarle:
   -¿Eres un crósor?
   Aunque no me contestó nada, entendí que de verdad lo era, y que recién estaba tomando conciencia de ello.
   Me preguntó acaso yo también lo soy, y que de ser así, podríamos encontrarnos algún día en otro ámbito. Yo no entendía nada de eso, pero entonces comprendí que ésta era una ocasión inmejorable, y que tendría que aprovecharla, pues según me contó Dámaso el otro día, los crósores tienen la costumbre de esfumarse en cualquier momento.
   Decidí ser yo quien manejara la situación, dejando vivir a la juguetona que hay en mí. Le abrí el cierre del pantalón y me dispuse a acariciarlo.
   Sin embargo, el hombre se estaba poniendo transparente, sin consistencia, pero aún estaba ahí.
   -¡Maldito despertador! -le escuché decir al desvanecerse en el aire.
   Me quedé triste, sin entender mucho, añorando a ese amor que, a pesar de ser un designio, talvez no vuelva.
   Parece que los crósores le llaman "Despertar" a ese momento en que dejan de estar en este mundo.

 

      11.- Dánae

   Sigue imperturbable la vida de esta paciente oficina, si es que se le puede llamar vida, a una actividad tan monótona y frustrante. El Director continúa siendo abusador y corrupto. Y la espantosa mujer de edad, que maneja al personal, encarga trabajos grandes a la secretaria, una hermosa joven, muy trabajadora. En cambio, la mujer de edad se acuesta con el jefe cada cierto tiempo, y así logra privilegios.
   Por lo menos, hoy no estoy sumergida. Hasta puedo caminar algunos pasos, y he podido conocer un poco más el edificio. Hay una escala, escondidita, y cerca de ella, una palanca negra que si alguien la activa paraliza todo el trabajo del edificio. Sin duda ese alguien, si se atreviera a hacerlo, habría de ser eliminado. Hay acá un sistema autoritario abusivo. De cualquier manera, no es recomendable accionar el mecanismo, si el servicio lo repondrían al poco rato.
   Fuimos al comedor cuando los punteros del reloj marcaban la hora de almuerzo. Todo iba bien hasta que el jefe, abusador como es, tomó el tenedor de otra persona, como si fuera de él. Me sentí muy mal al no atreverme a sacárselo en cara. Al poco rato, el Director tomó mi cuchara. La rabia acumulada en mí parecía hervir. Ya no aguanté más y lo encaré:
   -Ésa es mi cuchara -le dije, en un tono ligeramente golpeado.
   El jefe me echó para afuera, después de quitarme el plato. Ya no sé cómo tengo que comportarme para no dañarme a mí misma ni en el cuerpo ni en la mente.
   Aquello fue hace varios días, y casi ha quedado en el olvido. No tanto, pues el Director es rencoroso. Me encerró en una horrible pieza, como calabozo. En vez de puerta tiene una reja que se cierra con candado. Y dispuso la presencia de un carcelero, por el lado de afuera de mi prisión, cuidando que yo no me escapase.
   Por lo menos, tenía un banquito para sentarme. Además, al fondo de la pieza, hay un pequeño baño, precario pero salva. Con el carcelero nos llevamos bastante bien, para lo que cabía esperar. Es una persona tranquila. El tipo es amistoso, igual que yo. Se entretiene resolviendo puzzles de palabras cruzadas. Muy concentrado en esa tarea. A veces se quedaba pensativo mirando el techo, y me preguntaba a mí:
   -¿Una palabra de siete letras, en que la tercera es "R", y que se describe como algo que se usa en las cárceles?
   -Cerrojo -le respondí, con calma. Es que me encantan los crucigramas.
   Sólo quería estar libre, aunque aquel encierro no era tan malo. Es que cuesta convivir con una situación de no poder salir a correr por el mundo.
   Así, fueron pasando los días.
   La otra noche, cuando el tipo se alejó hacia dentro de la casa para irse a dormir, se le olvidó ponerle llave a la reja. Por supuesto, aproveché la oportunidad para escaparme sigilosa. Con un poco de cargo de conciencia, eso sí, porque el carcelero ha sido buena persona. No debiera decirlo, pero creo que lo voy a extrañar.
   Corrí por el primer pasillo y también por otras galerías. En cuanto vi un baño entré en él. No sólo para esconderme, sino más que nada para cambiar mi aspecto. Al poco rato salí, teniendo una relativa seguridad de que no sería descubierta.
   Me encontraba en una casa grande, en la que vive mucha gente.
   El carcelero optó por atender a los diálogos que se hablan en la casa, y descubrir alguna pista según la forma como se dicen las cosas, para así poder dar con la persona que busca. Por eso, yo he preferido guardar silencio, para sentir una mayor seguridad.
   Cuando traté de salir de aquella casa, me costó mucho pero logré llegar, por lo menos, a mi recinto habitual. De la ciudadela, no sabría cómo huir. Sigo con mi disfraz.
   Hoy ha llegado alguien nuevo a trabajar en esta oficina. No como esclavo, sino como hombre libre, al servicio del Director.
   A media mañana, el jefe ya lo estaba mirando un poco mal. Lo escuché mascullar que el señor éste, talvez sería un crósor. A la hora del almuerzo, me fijé que este hombre cuidaba su cuchara porque entendió que podría caer en las manos del abusador.
   En la tarde, parecía que el jefe le iba a pegar. Pero, el nuevo es un hombre con personalidad. Pienso que trataré de hacerme amiga de él, si es que tengo la oportunidad, pues, sólo él podría liberarme de esta prisión.

 

      12.- Ladislao

   Pertenezco a un club deportivo de barrio, pero ya me estoy aburriendo. Antes jugábamos futbol, aunque fuera en los potreros, pero ahora, ni eso. Esta inquietud me empezó cuando el tío Abdón me llevaba al estadio algunos domingos. Mejor dicho, no es tío sino amigo de Dánae, pero bastante mayor que ella.
   En el club en que estoy siguen invitando a partidos de futbol, pero nunca jugamos realmente. El club se llama Preparativos. Hablamos de deportes, miramos la TV, y unas pocas veces necesitamos conseguir que nos laven las camisetas.
   Esa ingrata situación estaba en mis pensamientos, yendo de camino a la librería, cuando iba pasando el camión refrescante. Ése que tiene un grifo del cual sale un chorro de agua, para deleite de los transeúntes acalorados. Es el famoso servicio municipal llamado "manguereada". Había varias personas refrescándose. Yo no, pues no tenía tanto calor. Pero, era agradable estar presenciando y participando pasivamente. Ni tan pasivo, porque me puse a hacerle publicidad a la manguereada, a viva voz.
   Después de un rato, me fui a "La Novedad Escasa", mi librería favorita. En cuanto entré vi a un hombre de chaqueta azul, hojeando un libro. No tuve ninguna clase de duda respecto a su procedencia, pues ya aprendí a reconocer a los crósores, por sus actitudes y gestos, aunque no me es fácil explicarlo.
   Tomé un libro atrayente, por el colorido de su portada. En el lomo decía "Nahum". Me puse a mirarlo, con curiosidad y esperanza de encontrar algo bueno. Contenía una gran cantidad de relatos breves, de ésos que me gustan. Una de las narraciones se llama "Desde la letra A hasta la Z", y es a su vez un conjunto de relatos. Cuando iba en el "F" empecé a distraerme, observando de vez en cuando al hombre de chaqueta azul. Es que a mí me interesa aprender de todo. Además, creo que necesitaré a esta persona para que libere a Dánae. Sí, por supuesto. Creo que él será capaz de lograrlo.
   Me salté varias letras, y en la "S" estaba el cuento "Sopa de letras", que cuenta la forma cómo un niño se tomaba la sopa de letras, por orden alfabético. Éste se enfrenta a problemas, como si la "C"... ¿no será en realidad una "O" rota? Y si la que parece "N", ¿ no será talvez una "Z"? Me reí mucho.
   Ya iba yo en la "V" cuando me puse a modificar mi rostro varias veces para llamar la atención del crósor. "Alberto", me llamó, y yo no sé qué significa esa confusión, pero traté de entablar amistad con él. Me acogió muy bien. Tuvimos la oportunidad de conversar acerca de lo que cada uno estaba leyendo. Y otros temas que fueron saliendo, en forma muy natural. Entre otras cosas, me contó que es candidato a diputado.
   Que pueda ser candidato me pareció extrañísimo, casi como para dudar, pero no dudé. En cambio, el haberme llamado "Alberto" es algo que lo delata, por ese despiste tan típico de las personas foráneas.
   No me explico mediante qué mecanismo extrasensorial adopté un disfraz de un tal Alberto, que no sé quién es. De todos modos, no me cabe duda que estoy muy unido al crósor. Aunque no logro entender cómo funciona ese aspecto de la vida, constato que estamos comunicados de alguna manera misteriosa.
   Un tercer lector que estaba cómodamente sentado en un sillón, me miró muy raro, como reprobándome, y me dijo: "Yo a éste no lo tengo", indicando a mi interlocutor. Ya sé que eso quiere decir que no está llamado a ser su amigo. Quizás es de otro partido político. Es lo que pensé, pero en realidad la enemistad iba mucho más allá, pues el tipo se levantó de su sillón y le dio un puñete en la cara al hombre de la chaqueta azul, el cual quedó preocupado, más que adolorido. Respondió con palabras en vez de guantazos.
   -Hay golpes que sólo duelen -opinó-, pero hay otros que hacen daño sin doler.
   Acto seguido, salió. Y yo lo acompañé, solidariamente. En cuanto estuvimos afuera vimos un león, sentado en plena acera. Mientras avanzábamos, el león se levantó y se empezó a acercar. El crósor le tuvo miedo y decidió que cruzáramos la calle. Le hice ver que es un animal inofensivo. Igual, cruzamos.
   Y yo. . ., que había pensado pedirle ayuda para liberar a mi hermana, me retuve por el momento. Cruzamos la calle, para tranquilidad de él. Igual, seguimos con nuestra animada conversación. Ya vería yo qué puedo hacer más adelante.
   -Hasta mañana -nos dijimos.
   Sin embargo, al día siguiente no llegó.

 

      13.- Eudora

   Estando yo en la planta baja de un edificio muy concurrido, observé en una gran pared blanca unas imágenes que nadie más vio. Como si ese muro hubiese sido la pantalla gigante de un televisor. Lo que vi no era muy auspicioso. Fue una visión fugaz de un naufragio. No sé si estaba ocurriendo realmente en algún lugar del mundo, o si se trataba de algo que, en ese momento, aún estaba por ocurrir. O talvez haya sido una extraña proyección simbólica de alguna cosa rara de mi mente.
   Pensando en que el misterio se resolverá más adelante, me fui con lentitud hacia la oficina que necesitaba visitar. Para eso fue que vine a este edificio. No es una institución que tenga mucho renombre, pero ahí tienen un medidor de la sensibilidad extrasensorial de las personas. Ocurre que tengo muchas inquietudes en torno al tema porque a veces me pasan cosas raras, como eso del naufragio, por ejemplo, y tantas otras. Sin embargo, mi empeño se frustró porque el aparato aquel estaba descompuesto. Y probablemente no lo puedan reparar hasta el próximo mes.
   Salí del edificio, y al llegar a la esquina vi que había un tipo muy singular. Miraba a la gente, incrédulo al parecer, a juzgar por el tamaño de sus ojos y su boca abierta. Parece que el hombre encontraba muy raro el proceder de las personas. Consiguió una tabla y la puso sobre un gran charco de agua sucia, para poder cruzarlo sin tener problemas.
   Entonces comprendí su extraña actitud. Se debía a que a él no le parecía prudente pisar el invisible fondo del charco, como hacemos todos, y lo hemos hecho siempre. Supuse que seguramente este hombre debe ser un crósor, a juzgar por esa rara manía.
   Hay veces que alguno ha sido visto traspasando murallas. En todo caso, he llegado a saber que son inofensivos, y hasta miedosos, a veces. Es muy raro que adopten actitudes abusivas, y cuando lo hacen, es fácil neutralizarlos.
   Por ejemplo, recuerdo que una vez vi un tipo que andaba desnudo por la calle. No parecía sentirse incómodo. A mí me daba lo mismo, aunque no es una escena usual. No tiene nada de censurable.
   Con el personaje de hoy me puse a conversar, primero acerca de los charcos de agua, y también otras cosas. Le pregunté la hora, porque me bajó el apuro. Con tanta conversa se me estaba haciendo tarde. Me imaginé que quizás podrían ser más de las cuatro de la tarde. Él miró su reloj, lo encontró raro y me respondió:
   -Mi reloj está malo. Los punteros se mueven muy rápido.
   Me despedí de él, y ambos seguimos nuestros respectivos caminos, pero me fijé que el hombre quedó muy asombrado, y de nuevo miró el reloj. Lo que vio ahí debe haber sido asombroso. Se puso contento y se devolvió para entablar amistad conmigo.
   Se puso a hablarme de ciencia-ficción. Estaba tan entretenida con esa conversación, que me despreocupé de mi atraso, y le conté lo que me ha ocurrido más de una vez. Sostuve que poniéndome en contacto con la totalidad cósmica, en férrea unión, puedo traer una vivencia, tan viva que hasta los elementos físicos llegan a la pieza.
   Ya que su mente se entusiasmó al conocer eso que le dije, continué:
   -Se puede ir al pasado, con sólo recordar algo. Me acuerdo de una persona y ésta aparece.
   El hombre encontró que eso era raro. Así lo afirmó, pero no se daba a entender muy bien.
   -También hay otra forma de viajar al pasado -agregué-. Con sólo pararme en la esquina donde estaba mi antigua casa y esperar a que pase alguien del pasado.
   El crósor seguía incrédulo, y me miraba con ojos muy abiertos.
   -Si viajas al pasado -me preguntó-, ¿puedes recordar algo de tu vida, o sea, lo que en ese momento es futuro?
   -Por supuesto.
   Por la manera de hablar, me quedó la idea de que este crósor es el mismo de la otra vez. ¡Cosa extraña! ¿Existirá más de uno? ¿O no?
   Recordé lo de mirarme al espejo en alguna persona. Ahora entendí el sentido de esa mirada. Se lo dije a este señor:
   -Creo que entendiendo a los demás puedo llegar a entenderme a mí misma.
   Tanto se nos alargó el tema, que no tardó en llegar la noche. El hombre se despidió de mí y salió volando como Superman. Es lo más increíble que me ha tocado ver en mi vida.
   Un poco más allá, este hombre volador bajó a tierra y ayudó a una mujer que trataba de subir la escala y parecía que le era difícil. La tomó por la cintura, se elevó nuevamente, y depositó a la mujer en un piso de arriba, por una ventana abierta. Alcancé a fijarme que el esposo la recibió con mala cara. Creo que ella quería llegar a casa inadvertida.

 

      14.- Dámaso

   -No me gusta ese horrible tubo -reclamó anoche Eudora, con un poco de impaciencia.
   -¿Cuál tubo?
   -Ése que está ahí en el suelo de nuestra pieza, Dámaso. No lo usamos para nada. -¡Ah, ya! Pero es que algún día nos va a servir. Cuando tengamos tiempo de hacer una perforación.
   -¿De qué perforación me hablas?
   -Vamos a encontrar petróleo, Eudora. ¿Te das cuenta?
   -¡Pamplinas!
   -Tenemos que valorarlo. Si por esto es que la casa nos costó tan cara.
   -Si podemos venderla igual de cara, seré feliz.
   Preferí no continuar con este diálogo de sordos. Sé que tengo que buscar algo bajo las tablas del suelo, pero Eudora nunca me va a comprender en mi afán. A esa altura, preferí ir a la sala de la TV holográfica, que es muy entretenida. Se está imponiendo.
   Sin embargo, era tarde, y muy pronto me dio sueño. Me fui a acostar.
   Hoy en la mañana salí temprano hacia mi oficina. Ya que iba solo lo hice en mi auto volador, que es muy pequeño, para una sola persona. En él necesito ir parado, cuidando que el vehículo no se desestabilice. Al comienzo, es un maletín volador, y poco después se transforma en autito.
   Al llegar al edificio, estacioné mi pequeño auto en una sala dedicada a eso. Y entré por una puerta especial, de seguridad, con dispositivos para chequear a las personas. Diariamente me someto a eso, sin problemas. Esta vez, recordé que también existen de estas puertas en versión portátil. Las llevan donde vaya el Presidente, para que pase por esa puerta segura.
   Me puse a trabajar, y al poco rato llegó hasta mi escritorio una chica nueva que empezó ayer a trabajar acá. Se la veía un poco aproblemada, y debe haber pensado que yo soy un tipo de mucha experiencia.
   -¿Me puede ayudar, por favor? -me pidió.
   -Encantado.
   -Es que cuando entro al ordenador para hacer una búsqueda en el archivo, me salen puros registros que empiezan con "E".
   -Ya... ¿y tú tratas de encontrar algo con otra letra?
   -Sí. Con "R".
   Me puse a hablarle de la búsqueda binaria, y eso le parecía casi como sánscrito. Es que los muchachos jóvenes tienen métodos muy distintos a los de mi época.
   -Vamos a ver tu ordenador -me levanté de mi asiento y nos dirigimos hacia el escritorio de ella.
   Buscó la contraseña en una página de su cuaderno. Me fijé que tenía muchas anotadas para cada "User".
   Mientras ella iniciaba el programa, le pregunté:
   -¿Por qué tienes tantas contraseñas donde sólo cabría una?
   -¡Ah! Es que las demás son falsas. Sólo yo puedo descubrir la verdadera. . . Porque sus cifras están en una determinada relación matemática que yo no más sé.
   Le celebré su genialidad. En eso empezaron a aparecer en la pantalla muchas líneas escritas que se iban rápidamente hacia arriba y desaparecían, mientras llegaban otras en la parte baja. Casi no se podía leer.
   Cuando me di cuenta de que los registros empezaban con "Empresa..., le pedí:
   -Busca "Empresa R".
   Así lo hizo, y aunque siguió sin encontrar lo que buscaba, se le sonrió el rostro.
   -¡Ya sé! -exclamó. Se me ocurrió cómo tengo que hacerlo. ¡Gracias!
   No sé si me alcancé a merecer las gracias... Pero, talvez sí. Por lo menos me sirvió para salir un poco de la rutina. Volví a mi trabajo.
   A media tarde sentí la necesidad de ir al baño, así que me dirigí a uno de esos baños públicos, que conocí hace algún tiempo. Es mixto, y muy entretenido. En otro edificio, en cierta oportunidad, me ha tocado uno sólo para hombres, que es casi como prostíbulo, atendido por mujeres desinhibidas que le pasan a uno una hoja explicando los servicios higiénicos disponibles.
   Al volver a mi oficina, observé en el pasillo a un tipo que es muy parecido al crósor que he visto otras veces. Seguramente debe ser el mismo. He llegado a pensar que existe un crósor único.

 

      15.- Abdón

   Me he enterado de que algún día no muy lejano comenzarán los viajes interplanetarios. Me encantaría ir a otro mundo que sea muy similar a éste. Con el único que puedo conversar estas cosas es con Ladislao, un chico muy simpático, hermano menor de Dánae. Ella es una antigua amiga mía y de mi hermana, cuando éramos adolescentes, aunque ella es bastante menor.
   Para Ladislao soy como un tío joven. Así ha sido nuestra manera de relacionarnos. Lo llevé de paseo a la jungla de los loros. Ahí aprendimos a conversar. Tenemos confianza. Le conté que se produjo un cambio importante en mi vida. De científico a escritor.
   -Lo más importante no es el número; es la palabra -afirmé.
   Él se entusiasma mucho imaginando aventuras fuera de nuestro planeta. Por mi parte, lo que me gustaría es ir a ese otro planeta en que han desarrollado facultades sicológicas que nosotros tenemos atrofiadas. Sólo unos pocos privilegiados irán hasta allá para aprender de ellos.
   Por el momento, me conformo con el ascensor. Me refiero al ascensor para viajar en el tiempo y en el espacio, hacia cualquier momento de la vida. Son muchos los que vamos a ese ascensor. Una vez me encontré con Dámaso.
   Se trata de una máquina con aspecto de ser muy antigua. Me he dado cuenta de que a los crósores les fascina. Varias veces he encontrado alguno allí. Y ya me está pareciendo que es siempre el mismo.
   Este ascensor es como una habitación muy pequeña. Hay que tener mucha paciencia esperando que venga, pero cuando finalmente llega, uno entra, cierra la puerta, y acciona los botones para indicar a qué lugar remoto quiere llegar. Tras un corto viaje, abre y vuelve a salir, y se encuentra en ese lugar y tiempo que quería.
   Volver desde allá es un proceso similar. Precisamente, fue al final de mi viaje de vuelta, cuando me bajé me puse a conversar con el crósor que venía con el propósito de esperar el ascensor. Hablamos acerca de un funcionario internacional que llegó a ser Sumo Pontífice. Él le dice "Papa".
   -Estoy trabajando como profesor de un colegio -me contó-. El mismo colegio en que estudié cuando niño. Sin embargo, las profesoras no me reconocieron.
   Encontré que eso era muy raro, pero preferí no decirle nada. En todo caso, vibro con la actividad docente, la que no tomé cuando era el momento.
   El hombre se metió al ascensor, y yo salí del edificio, pensando en lo que viví durante aquella instancia pretérita en la que acabo de estar, hace menos de una hora.
   Repasé el encuentro que tuve con un niño que jugaba a ser piloto, y hablaba cosas extrañas en torno a un avión secuestrado, que la policía trataba de encontrar. Era como si el niño estuviera recibiendo un mensaje desde el Más Allá. A tal punto, que había un detective preguntándole cosas al niño. El tema era que, según contaba el niño, uno de los pilotos estaba muerto y el otro vivo, no encontrado en ese momento.
   Entonces recordé que en mi ámbito actual, hace pocos días apareció una noticia diciendo que encontraron un avión que había sido secuestrado.
   Ahora lo relacioné, porque correspondía claramente. Y entendí cómo fue que pudieron encontrar ese avión. Le hicieron caso a la intuición del niño.
   Me puse contento y seguí mi camino. A metros de la esquina a la cual me estaba aproximando, casi atropellaron a una niñita, pero salvó por milagro. Lo que no pudo evitar fue que se cayera su pastel, envuelto en una servilleta. En ese momento, vino un tipo muy desgraciado. Recogió el pastel, le dio un mordisco, y botó el resto en un hoyo cuadrado pequeño, de desagüe.
   La niñita se llenó de tristeza. Tanto fue, que sufrió una dramática transformación. Pasó a ser un árbol de tronco delgado, con hojas de otoño que conformaban los rasgos de su rostro.
   La consolé en silencio, y sus hojas sonreían. Me quedé pensando acaso todos los árboles han sido personas en algún momento anterior.
   Después de mucho rato sigo caminando. Para acortar el camino, entro por un patio lateral yendo hacia la casa que voy a visitar. Es de noche clara. Veo un ataúd maltrecho, a la orilla del sendero. Con la tapa a medio poner. No es una escena muy auspiciosa. Decido volver. Me doy media vuelta para entrar por la puerta principal, aunque para ello tenga que caminar mucho más.

 

      16.- Edelmira

   Me encontré con el mismo crósor del otro día. Ya me es inconfundible. Seguimos siendo amigos. Él se acuerda perfectamente del encuentro que tuvimos, pero a él le parece que fue hace mucho tiempo. Sin embargo, yo juraría que fue poco antes de ayer.
   Ahora, vamos por la calle. A ratos, llueve un poco, pero no mucho. Como el agua no moja, y eso es novedoso para mi amigo, está admirado y sorprendido. En el mundo de ellos el agua moja, según me está diciendo.
   -También existe acá un agua especial, que moja -observo.
   Y para confirmarlo, saco de mi cartera un sobre con una tarjeta postal, y se la muestro. Tiene la foto de una fuente. Paso mi dedo índice cerca de la tarjeta, y el dedo se moja. Se lo hago ver, y él se divierte con eso. Y también encuentra divertido el sobre. Yo misma lo había hecho, grapando dos hojas de un cuaderno.
   -Ahora que ya no se usan los cuadernos -le explico-, hay que buscarles alguna aplicación.
   Sospecho que no hay más que un solo crósor, pero prefiero no hablarle de esto. Es que no me dejó nada de bien lo que ocurrió la vez pasada. No sólo fue una frustración, sino también me sentí muy mal conmigo misma.
   En cambio, éste es un paseo entretenido, el que hacemos hoy. Llegamos a una plaza en que hay sólo dos árboles.
   -¿Por qué no tres? -me pregunta mi amigo, sin esperar respuesta.
   El árbol más cercano está iluminado por el sol. Y las sombras de sus hojas, en el de más atrás, forman una visión muy linda.
   Al doblar en una esquina, nos encontramos con unas mujeres cuya misión es alegrar. Sin erotismo. Solamente ponen bellas sonrisas en sus rostros. Y además, le enseñan a la gente:
   -Para sonreír, no hay que trabajar sobre los músculos de boca u ojos. Hay que acordarse de esas pequeñas travesuras que uno ha cometido.
   Y todo el mundo se sonríe al escuchar a estas niñas. Hasta yo..., cómo no sonreír al acordarme de ciertas cosas, que por lo demás son inofensivas. Como esa vez, cuando niña, con Dámaso nos comimos a cucharadas el dulce de leche, y después la mamá no tenía con qué rellenar la torta. O esa otra vez, hace pocos años, cuando me las arreglé para que dejaran entrar al cine a Ladislao, que aún no tenía la edad. Él es de una familia amiga de mi cuñada.
   Efectivamente, esos recuerdos me hacen sonreír.
   En eso, vemos a un señor que busca algo afanosamente en el suelo. Dice que se le perdieron sus anteojos.
   -¡Ah! -exclama el crósor-. Acabo de verlos. Estaban tirados en el pasto, un poco más allá -, e indica la dirección desde donde veníamos.
   Lo lleva hacia allá y al poco rato encuentran los lentes.
   Hoy es feriado. Por eso, nos hemos puesto de acuerdo para ir a pasear a otro pueblo vecino. Hacemos el viaje en un microbús que yo nunca antes había utilizado. El boleto del bus es una hoja grande, y vale por dos meses. En cada asiento de la micro hay un visor mostrando el desplazamiento del vehículo.
   Un pasajero nos cuenta que tiene que hacer un importante trámite. Se baja del bus, diciendo "Ya vuelvo". Con mi amigo, nos reímos, mientras el bus sigue su recorrido.
   Después de mucho rato, aquel pasajero se vuelve a subir, en otro paradero.
   Llegamos finalmente a Isla Moderna, cuando ya es de noche, y la ciudad está bellamente iluminada. Un letrero tiene la extraña idea de expresar: "Vamos quedando 145.000 habitantes".
   Es un pueblo con un diseño raro. Las casas vecinas tienen sus puertas a distintas calles que no están comunicadas directamente, sino por laberínticas avenidas que se alejan y se acercan, a lo largo de muchas cuadras. Sin embargo, nos enteramos de que esas casas tienen pasada secreta hacia sus vecinas.
   Tiempo atrás, el rey de Isla Moderna había ordenado a sus súbditos reconciliarse con él. Pero, a la semana siguiente, pensó mejor esa orden paradojal, y decidió que deben reconciliarse Hombre con Mujer; Patrón con Esclavo; Padre con Hijo.
   -Esos personajes están dentro de cada persona -me explica el crósor.
   Lo encuentro genial, pero me quedo callada.
   Vemos una casa muy especial. Está construida a un nivel más bajo que la calle. Para entrar a esa casa es necesario encaramarse en una torrecilla, y deslizarse por un tobogán. O si no, por el lado hay unos techos por donde también se llega.
   Como quisimos conocer un camping, estamos ahora en uno de ellos. Yo nunca había visto uno. La gente anda con una gran cantidad de cosas, además de la consabida carpa, anafres, lámparas, y muchas más. Y las guardan de un año para otro, enterrándolas en el suelo.
   Nos encontramos con un conocido mío. Alguien a quien recuerdo haber visto un par de veces, tiempo atrás.
   El crósor le encuentra cara conocida y lo llama por un nombre que no corresponde. Es que le había parecido que era un amigo de él. De hecho, lo saluda efusivamente.
   -Pienso quién puedes ser -expone el amigo.
   Sin embargo, se ponen a hablar de cosas que ambos parecen saber. En eso están por lago rato, como si se conocieran mucho, como si este amigo perteneciera también a otro mundo, pero yo sé que no es así.
   Después que se despiden, el crósor me habla de su amigo.
   -¿Desde cuando lo conoces? -le pregunto.
   -Desde siempre -me responde.
   Creo que estoy encariñada con el crósor.
   -No sé si quizás nos queda poco tiempo pero disfrutémoslo -observa con alegría.
   En cambio, yo me pongo triste porque sé que el tiempo que queda es poco, y no se lo puedo decir.

 

      17.- Ladislao

   Miro un escaparate en que se exhibe la cámara fotográfica que está de moda. Me gusta tanto, que entro a pedir que me la expliquen. El vendedor me informa que esta máquina tiene una opción super-automática que detecta donde está la densidad de personas para sacarle una foto, y también el punto óptimo desde el cual tomarla. Lo encuentro fascinante. Talvez algún día me la pueda comprar.
   Después de salir de la tienda, disfruto al pararme a mirar lo que pasa en el kiosko de la esquina. Una muchacha joven está poniendo una revista en uno de los alambres, utilizando para ello uno de esos "perritos" que se usan para colgar la ropa a secar. Es una revista de edición artesanal. Se nota que esta niña no tiene mayores recursos, como para publicar su obra de mejor manera. Los dueños del kiosko no se dan cuenta, o quizás no les importa.
   Está el diario de hoy. Me llama la atención la foto de la primera página. Un árbol frondoso, en primer plano, tapa casi completamente la fachada de un edificio. Logro distinguir que se trata del que ha sido mi colegio hasta ahora. ¿Qué menciona esa noticia? Se refiere a la casa vecina al colegio: Un bambi se había metido en la casa y había dejado unas fecas blancas.
   Se acerca un señor a comprar el diario.
   -Lo quiero revisado -pide, y entonces surge alguien que empieza a mirar detenidamente cada página del diario, antes de entregarlo al comprador.
   Me acerco a mirar una revista que me llama la atención. La figura de la portada, a todo color, tiene vida propia. Se mueve y evoluciona. Bueno, es notable, pero no tan novedoso.
   Prefiero ir a La Novedad Escasa, que es lo más agradable que hay. Hacia allá me dirijo ahora, y al llegar busco en el estante algún libro que me tinque. Tomo uno y me pongo a leer un entretenido relato de una monja que estaba enamorada de un cura. Un párrafo cuenta algo así: "Una joven atrayente inhibida en la fila de adelante me habla”, expresa el narrador. “Se salió de novicia porque le empezaron a gustar los hombres. ¿Qué tiene de raro? ¿Escuché mal? ¿Hombres o mujeres? Hombres. Ella sólo veía sacerdotes. Uno le empezó a gustar mucho. Salió arrancando. Llorando, me imagino”, dice el narrador.
   Me encantaría ser escritor.
   Levanto la vista y veo que viene llegando un crósor. Es el mismo de aquella vez, cuando sólo permaneció poco rato. Esta vez, me quedé pensando que estos personajes jamás vienen acompañados a este mundo. No sé por qué éste asegura que su esposa anda por aquí.
   Son un poco raros. Se apropian de los autos que les parecen conocidos. Pero, jamás de los tetraciclos, esos vehículos individuales, como triciclos, pero con cuatro ruedas y motorcito. Son casi como ropa.
   Estoy por creer que no hay tantos crósores, sino que es uno solo, siempre el mismo, con distintos atuendos y aspectos. Uno que viene varias veces a este mundo, y lo hace con distintas edades.
   El personaje de esta vez ha empezado a conversarme en la librería. Propone que quiere dejar el mundo un poco mejor que como lo encontró.
   -¿En qué forma lo intentarías? -le pregunto.
   -Por lo menos, quisiera hacer algún trabajo en el mundo de los libros.
   -¿De qué manera?
   -Mira. Quiero fundar una editorial. Hasta sé cómo se va a llamar.
   -¿Cómo se llamará?
   -"Despertando".
   -Buen nombre.
   -Pero, por el momento no tengo dinero para meterme en eso.
   Me muestra un libro que él escribió, en el cual sintetiza otros libros que están en lenguaje extenso, de autores muy admirados por todos, también por él.
   -He sido mal interpretado, y me acusan de plagio -se queja- pero yo siempre cito al autor.
   -Por ejemplo, acá -agrega, mostrándome una página- aclaro que es de Neruda.
   Leo en esa página: "Desde el fondo de ti, y arrodillado, un niño triste como yo, nos mira".
   Encantado con ese verso, me cuenta que en su propio libro, el que tiene ahora en sus manos, él habla de lo que se viene a su mente al leer ese verso. Más allá de lo que pueda haber tenido Neruda en la suya. Lo escrito llega de alguna manera al lector.
   -Para mí -me explica-, y así lo pongo en mi libro..., yo veo ahí la gestación de un bebé, que mira a su padre y a su madre implorando que no interrumpan el embarazo. ¿Me entiendes?
   -Sí. Entiendo.
   -Lástima que Neruda haya muerto. Murió de pena.
   -¿Pero, cómo? -pregunto- si Neruda no ha muerto.
   -Cómo no voy a saber yo. Neruda murió hace varios años.
   -No. Él viene mucho por acá. Casi todos los días.
   Justamente en ese momento, entra Neruda a la librería, nos saluda amablemente, y continúa su camino hacia unos estantes lejanos. El crósor se pone feliz, a la vez que muy asombrado.
   Es entonces que me armo de valor y le pido, directamente y sin disimulo, que por favor rescate a Dánae. Para ello, le explico la situación, hasta donde la sé. Me promete que lo hará. ¡Qué bueno! Hoy es mi día de suerte.

 

      18.- Dánae

   En mi soledad, por lo menos tengo tiempo para pensar. Por ejemplo, recordar la comunidad religiosa a la que pertenezco. En algún momento ellos pusieron en mí la idea de que la misión de algunos Hermanos tiene relación con confinarse en un campo de prisioneros, porque la vida es dura. No es que yo haya caído acá pensando que vengo a una misión. No. Claramente no fue así. Sin embargo, estoy metida en eso, y lo concreto es que empezó mi prisión. No me queda más que sentirme estafada, porque no puedo salirme de esto.
   También recuerdo otras cosas extrañas que observé en la Comunidad. Algunas, sin mayor importancia. Pero, otras muy molestosas, por decir lo menos. Por ejemplo, una vez había un auto dentro de un templo. No me pareció adecuado. Es de una liviandad increíble.
   Pero, también aprendí cosas provechosas en la comunidad. Cada persona tiene un ángel y una ángela. Son invisibles, y sólo vienen en ciertas circunstancias especiales. No son mágicos, que si lo fueran ya me estarían sacando de aquí.
   ¡Ah! Y ahora recién me acordé de un cura que copiaba las prédicas antiguas; a veces, francamente medievales. Y las exponía como si tuvieran actualidad. Era deplorable.
   Lo que me gustaba mucho era esa institución llamada MAF, que significa Método de Ayuda a la Formación. Algunos de los métodos son: Dialogar con una persona en un determinado rol, y después otro rol, y otros, como ser amigo, vecino, súbdito, etc. Otro método, juntar una buena cantidad de personas con trabas similares. Unos que buscaban más compañeros ponían un aviso en el diario, planteado en términos positivos: "Se necesita alguien que sea culto, inteligente, reservado y cauteloso. Dejar mensaje en la secretaría de MAF".
   Sólo una vez logré convencer a Dámaso de que participara en la comunidad.
   Se armaban varios conjuntos de personas entre los interesados a participar en una expedición. Lo importante es que no hubiera grupos de puros hombres, ni de puras mujeres. Además, cada grupo necesita tener un buen conocedor de la geografía del país, y uno que sepa de ciencias, y otro que conozca de humanismo, para que los grupos sean equilibrados, y puedan sobrevivir.
   La idea con esta formación de grupos era experimentar la pertenencia a una entidad de acción, formado por personas que, además de tener afinidad, sean complementarias.
   Recuerdo un aviso viviente "El que tiene ojos que vea". Estaba puesto en un supermercado en que ofrecían el Néctar de la Visión, para desarrollar el sentido de vista trascendente. Me entusiasmé con eso, y quise tratar de descubrir de qué puede tratarse algo así. Parecía importante.
   El aviso continuaba diciendo "Llene su botella con este néctar", e indicaba con una flecha, hacia dónde había que dirigirse. Esa vez, fui, en esa dirección, con mucha curiosidad para saber de aquél producto. Al llegar al estante vi que estaba vacío, sucio y descuidado. Y no había ningún néctar. Ni tampoco alguna persona que atendiera. Fue una tremenda desilusión.
   En ese mismo supermercado vendían calorías para ponerle a los productos "Sin calorías".
   Hoy me pregunto en qué forma podría servirme todo lo aprendido en la vida, para poder salir de la prisión. Y no puedo dejar de responderme que aún me falta mucho por aprender.
   En ese tiempo, que hoy me parece tan antiguo, conocí un hombre que fue aceptado en un convento de monjas, como si fuera un sacerdote. Era un tipo muy tierno, que le gustaba conversar con los niñitos y niñitas. Una vez, un bebé estaba en el suelo, llorando lágrimas amarillas, mientras los transeúntes le daban patadas. El hombre tomó al bebé en sus brazos, lo acunó y consoló.
   Necesito alguien así . . .
   Ahora, empiezo a sospechar que aquel hombre debe haber sido un crósor. Y yo me pregunto "¿Acaso era un ángel?"
   -¡No! -me respondo a mí misma, inmediatamente. Porque me imagino a un ángel, o ángela, como persona encargada de alguien en particular. Y además, son invisibles. Mientras que a un crósor puedo verlo, y no es mío, sino de todos.
   Y siguiendo con esta actividad imaginativa, recién se me ocurre que no podría existir más de un crósor. Trataré de indagar en esta intuición.

 

      19.- Eudora

   En este tiempo estoy yendo a un centro de Formación. Nos enseñan a controlar la rabia y el odio. Y a respetar todas las edades, y a no mirar mal la enfermedad. He aprendido bastante. Es un curso muy bueno.
   La casa es enorme, como una mansión de la antigua aristocracia. Y tiene un patio inmenso, un verdadero parque, con árboles hermosos, de muchas clases. Hay uno muy especial, con hojas de color verde claro transparente. Hasta tiene aura. Lo voy a visitar cuando necesito vitalizarme.
   Hoy teníamos ahí en esta casa una reunión de nueve personas. La tenía registrada en mi libreta, pero al llegar, con toda la puntualidad de que soy capaz, no encontré por ninguna parte un aviso que dijera qué sala nos habían asignado. Tuve que buscar en todas, abriendo puertas, diciendo "Disculpen" si ya estaba ocupada, entrando y saliendo, hasta que al fin di con nuestra sala.
   Habían dispuesto tres bancas, cada una de ellas para tres personas. Las bancas se colocan en una forma parecida a la letra U, pero un poco cerrada, casi como un triángulo con una abertura en un vértice, para que las personas puedan entrar y salir de la reunión.
   Teníamos que conversar acerca de lo que uno siente cuando recuerda alguna ocasión en que uno ha hecho el ridículo o ha cometido un lamentable error que podría perfectamente haber evitado. Yo recordé varias de estas situaciones, y reconocí que me da una vergüenza atroz. A las demás personas les pasaba lo mismo. Una de ellas es la monitora, y trató de hacernos ver que no es avergonzarse lo que ayuda, sino lo que puedo hacer surgir de ahí.
   Parece que soy un poco lenta, porque cuando iba a preguntarle qué quería decir con eso, ella ya estaba en otro tema que se asomó en el momento.
   -Es inútil lamentarse de que algo ha terminado -señaló-. Porque eso me impide avanzar en mi sendero eterno. Si algo termina, me despido con amor, y podré recordarlo con amor.
   Eso me vino bien. Ya antes de entrar en la sesión había sentido una energía vibrante que se reflejaba en la pared y volvía hacia mí. No pude dejar de recordar mi piano que, todos los días, me espera en casa con una paciencia infinita, y a mí me cuesta tanto darle cabida. Siempre confío en que algún día lo retomaré, pero ese famoso día no logra llegar.
   En la segunda parte del encuentro, después de la pausa, la monitora nos propuso un tema bastante avanzado, que se llama Homo-Hétero. Es un método para aprender de sexo y también de género. Todo esto en base a escucharnos, ya que los homo tienen mucho que enseñar a los hétero, y viceversa.
   Me di cuenta de que el mismo crósor de la otra vez está asistiendo a este encuentro. Y sus aportes son atinados.
   Cuando terminó la actividad formativa de hoy, me fui pensando en el desarrollo de la humanidad. Al mismo tiempo que algo avanza en lo espiritual, avanza también la tecnología, y con mucha más rapidez. Se supone que dentro de poco estarán tan desarrollados los robots, que una persona podrá tener una réplica de sí misma, como sirviente programado. Me deprime pensar todo esto. Es espeluznante. ¿A dónde vamos a llegar?
   Decidí pasar un rato al museo, pues me agrada mucho. Vi unos cuadros que evolucionan; tienen vida propia. Los rostros pueden modificarse. Pero, no en forma permanente. Siempre vuelven a su situación original.
   Me sorprendí para bien cuando observé que el museo estaba siendo visitado también por el mismo crósor de la otra vez, que también es el mismo del encuentro formativo. Miraba las obras, igual que yo. Estuvimos conversando un rato. Es un tipo interesante, aunque de pocas palabras.
   Él estaba asombrado de que acá se respetan las edades. Le conté que, incluso, hasta han inventado un concurso de belleza "Super Body", por edades; por ejemplo, mayores de 70, etc.
   Me preguntó acerca de una capacidad poco común que, según él, yo poseo. Es la de poder salirme del cuerpo cuando estoy en situación difícil. No sé si será poco común. Ocupo esta habilidad, por ejemplo, si necesito salir de un lugar en que me siento apretada. Así, desdoblada, me es más fácil solucionar la situación. O también, si estoy apurada, perseguida, o si la llave de la casa no funciona cuando trato de abrir.
   Observando a este nuevo amigo, que es como un viejo amigo, se empieza a confirmar mi pensamiento de que talvez exista un solo crósor.

 

      20.- Dámaso

   En mi trabajo de la oficina, pasó lo que tenía que pasar. Iba a ocurrir de cualquier modo, tarde o temprano. Caí en desgracia. Eso es lo que pasó. Injustamente, por cierto. Es que no accedí a efectuar unas trampas informáticas destinadas a favorecer a los accionistas grandes en desmedro de los chicos. En consecuencia, me despidieron, y después me volvieron a contratar de una manera muy distinta. Ahora soy un trabajador paria, de segunda clase, por decir lo menos.
   No tengo los mismos derechos que los demás, y mi sueldo es mucho más bajo, aunque hago los mismos trabajos que los funcionarios de primera clase. Además, se me ha advertido que en cualquier momento me podrían echar sin motivo, y sin indemnización. En cambio, lo bueno es que si me ausento por unas pocas horas, a nadie le importa. Tengo mi dormitorio ahí, al lado de mi lugar de trabajo. En efecto, la oficina del gerente general se transforma en la noche en dormitorio para otra persona, que soy yo. Tengo que levantarme a las 6 AM todos los días, por si el Gerente llega a trabajar temprano, cosa que jamás ocurre.
   Me explotan más que a los demás, pero me llevo bien con algunos. . . y muy mal con la mayoría. Es ingrato esto, pero tiene una ventaja: Puedo abandonar la oficina durante el día, y así aprovecho de salir a buscar trabajo.
   Mi actitud es de paciencia y perseverancia. Total, si a nadie le importa si hago algo o no hago nada... Tengo cierta libertad.
   El cliente que llegó hace poco rato es amigable. Me contó, como amigo y colega, que le fue frustrante la ingeniería porque en el desempeño de la profesión no se usan las altas matemáticas. Coincidí con él en esa apreciación. De hecho, yo siempre eché de menos en mi trabajo las Derivadas y las Integrales. En vez de ellas he tenido que usar el teléfono, y lo que podríamos llamar "látigo metafórico", vale decir, lograr que los que trabajan con uno lo hagan, efectivamente.
   De matemáticas, no hay mucho más que sumar y restar.
   Conversamos muchas cosas más, y no esgrimí ninguna de las mentiras que se acostumbran por acá. Algo le hablé acerca de mis desdichas. Y del número 11.
   -¿Qué pasa con el número 11? -me preguntó.
   -Si sumo 1+2+3+4 resulta 11-1.
   -Ya. ¿Y?
   -En cambio si multiplico 3x4 resulta 11+1.
   En eso pasó un pollito caminando sobre mi escritorio. Aunque nos reímos, me disculpé:
   -Es que hay un gallinero aquí al lado.
   El cliente estaba muy entusiasmado con ese ramo de Formación Integral que dan en los colegios. Para él es algo novedoso pues, entre muchas materias, se enseña algo de letras, junto con arte, y hasta un toque de matemáticas, pero siempre mirando el crecimiento personal.
   Fue entonces que empecé a sospechar que mi cliente es crósor.
   Hasta logró ser contratado como profesor en un liceo, según me contó.
   -Mañana empiezo -anunció, muy contento.
   -Me alegro -respondí.
   No pudimos hablar nada más porque el hombre se esfumó gradualmente, hasta desaparecer. Me quedé pensando que talvez nunca mi amigo crósor llegará a dar alguna clase en ese colegio. ¿O sí? Es muy misterioso eso.
   En cuanto terminó esa reunión, de manera tan insólita, salgo y cruzo la calle para ir al baño, que está en otro edificio. Las llaves del lavamanos tienen forma de pequeñas figuras humanas. Se les mueven los brazos y los pies.
   A veces voy a pasear por las calles subterráneas, y subir desde ahí por una escala, esperando no equivocarme, pues podría llegar al sector peligroso del centro.

 

      21.- Edelmira

   Ayer acudí a un importante evento literario. Me entregaron un premio por mi participación, "meritoria" según expresó el maestro de ceremonias, en un concurso de narrativa. Presenté un cuento que me gusta mucho. Si hasta yo misma me emociono cuando lo leo.
   Lo más notable no fue el premio mismo, pues se trataba sólo de un tercer lugar, o sea casi mención honrosa, apenas. Antes de caminar hacia adelante para recibirlo, yo estaba sentada en una de las filas de más atrás, junto al pasillo. Y en el asiento de la misma fila, justo al otro lado del pasillo estaba el crósor. A ratos nos mirábamos.
   Él recibió el primer premio en el concurso literario. También fue hacia el podio, igual que yo, para recibir su premio. Cuando ya teníamos que volver después al asiento, no había que hacerlo por el pasillo hacia atrás como sería lo lógico, sino que nos enviaron hacia dentro del escenario, y de ahí, por fuera llegamos a la parte de atrás del teatro, y entramos por el pasillo un corto trecho hasta nuestros asientos. Durante todo ese extenso recorrido tuvimos tiempo de conversar.
   Me aseguró que hace tiempo estuvimos juntos en un taller literario. Le tuve que responder que yo no me acordaba de eso, en absoluto. También me dijo que estaba más contento por el premio mío que por el suyo. Le agradecí su gesto, pero no supe si me estaría confundiendo con alguien.
   Finalmente, me propuso que a la salida planeáramos cómo reactivar el taller. Le respondí que bueno, y me senté. Él también volvió a su asiento.
   Al poco rato, el evento empezó a ponerse un poco áspero, debido a unas críticas interactivas que se produjeron. Es que había más temas que tratar además de la premiación. Por lo incómodo de la realidad que se estaba viviendo, opté por retirarme y ni siquiera me despedí. No lo estaba pasando nada de bien.
   Lo que se quedó sin cerrar pude haberlo retomado hoy, por una de esas sincronías que arreglan las vidas. Yo estaba en una tienda de ropa. Al principio, sólo miré por aquí, por allá. Alguien trataba de vender un líquido que cuando se enfría toma la forma de género. Seguí de largo.
   Andaba el crósor por ahí. Qué notable coincidencia, pensé, y me gustó que ocurriera eso.
   Hasta conversamos un poco, pero él ya no se acuerda de ese taller literario del cual me hablaba.
   Ya me había probado unos dos o tres vestidos en la tienda, y le pedí a la vendedora que distrajera a ese hombre, para que no me vea en ropa interior. No me importa si me ve, pero es para molestarlo.
   Mi actitud en esta tienda, siempre es de alegría.
   Parece que mi espontaneidad llamó la atención del crósor, pues me di cuenta de que miró el reloj varias veces, y como consecuencia empezó a ponerse pesado. Cambió completamente de actitudes.
   Tuve que hacerle una broma para neutralizarlo. Cuando el metió su mano debajo de mi falda y acarició mis muslos, y de ahí, mi sexo femenino a través del calzón, decidí que era el momento de espantarlo, y me puse a inflar mi anatomía genital, como si fuera un objeto largo y duro aprisionado y queriendo salirse por la entrepierna. El tipo se retiró sorprendido y muy molesto. Se alejó lo más rápido que pudo, algunos metros, mientras yo disfrutaba enormemente. Pero volvió, y se rió conmigo, pues entendió mi sentido del humor.

 

      22.- Abdón

   En aquel día necesitaba tomar el tren para ir a un retiro. Existe un tren al que se sube libremente, pero para bajarse hay que gestionar un permiso especial. Preferí evitarlo.
   También está el otro tren, tan angosto que sólo tiene filas de a uno. Es para último caso, si es que uno pierde el que le sirve mejor.
   Llegué temprano a la estación, y me puse a esperar mi tren. Pasó uno por esta estación, sin detenerse. Estaba formado por tres carros sin máquina.
   También pasó otro tren, uno que tiene un carro-biblioteca.
   La línea férrea consta de cuatro vías, cada una parte de un punto cardinal y llega a otro punto cardinal contiguo. Por ejemplo, la línea Norte-Este.
   Entre tanta disquisición, llegó mi tren, y alcancé a subirme con calma, pues tenía tiempo.
   Casi se llenó el carro en que yo estaba. Supongo que también los otros. Llegó un señor y me preguntó si acaso estaba libre el asiento a mi lado. Le contesté que sí. Se sentó y nos pusimos a conversar. Todavía faltaba un buen rato para la hora de salida. A ambos nos pareció que nos conocíamos de antes, pero ninguno de los dos atinó a descubrir la circunstancia misma.
   -¿Hacia dónde es tu viaje? -me preguntó.
   -Hacia el Sur. ¿Y tú adónde vas?
   -Yo voy al Norte. ¡Qué raro! -exclamó, asustado-. Uno de los dos está equivocado de tren.
   -Quizás... Eso no es tan seguro.
   Como todavía teníamos tiempo, el hombre se bajó a preguntarle al conductor que estaba por ahí, en el andén.
   Entonces deduje, debido a su rara conducta, que es el crósor. ¡Claro! Por eso nos pareció ser conocidos, sin estar tan seguros de ello. Por la ventanilla vi cómo el conductor se sonreía, con mucha paciencia, y mandó a mi amigo a que subiera de nuevo.
   -Me dijo que los dos estamos bien -confesó, casi resignado.
   Partió el tren. Disfrutamos el paisaje que se ve por la ventanilla. Una avenida con árboles tupidos, y al fondo, una edificación con ventanitas delgadas y una torre. El crósor observó que siente cómo la energía se transforma. La que traía el tren se puso en los árboles, dándoles belleza. El hombre estaba contento, hablándome de esa energía que lograba observar.
   -Va siempre bajando como un caudal de agua -me explicó-, y de alguna manera mágica, vuelve a las fuentes de más arriba para poder seguir bajando.
   Esa magia nos estaba llamando la atención.
   -¿Acaso existe una super-energía que produce eso? -le pregunté, y no obtuve respuesta.
   El tren anduvo unos diez minutos y ya llegamos a una estación principal, en la que teníamos que bajar y dirigirnos hacia nuestros respectivos andenes.
   -Por lo menos ya aprendí cómo funcionan los trenes -señaló al bajar -. Para la próxima vez estaré más claro. Chao.
   -Chao.
   Después de un viaje no muy largo llegué a mi destino. Estoy pasando unos días en una casa de retiro. Creo que me vendrá bien porque me he estado sintiendo abrumado por una infinidad de cosas que, cada una es nada, pero juntas se potencian.
   Aquí se ve gente un poco extraña. Una joven y un joven se dejan ver mutuamente en paños menores, al despertar en la mañana. Coqueteando sin pretensiones reales. Los sorprendió una señora con aspecto de jefa y los retó.
   Durante este retiro masivo, un día, en una sala de estar encontré un sagrario. Ahí estaba también el crósor, vestido de ropa formal. Cuando lo saludé, me respondió amablemente, pero ya no se acordaba de mí.
   El hombre aquel no encontró nada mejor que abrir el sagrario. La misma persona jefa, de la mañana, quién es la que controla el comportamiento, lo retó airadamente, pues se supone que sólo los presbíteros pueden abrir el sagrario.
   -¿Qué buscas? -le gritó con agresividad.
   El hombre formal se le plantó delante, a defender su actitud de ir contra lo establecido, en ese aspecto.
   -Lo que no hace daño no puede prohibirse -sostuvo con serenidad.
   La jefa optó por irse, sin saber qué hacer. Mientras a mí me quedaba sonando eso de "qué buscas", como si me lo hubiera dicho a mí y se estuviera refiriendo a todo mi paso por la vida. ¿Cómo puede uno saber lo que busca, si aún no lo ha encontrado? Eso no me atreví a decirlo en voz alta. Sólo quedó en mi pensamiento.
   El crósor se sonrió, como si me hubiera escuchado. Me puse a conversar con él. Le hablé de una prédica que di el otro día en el culto semanal. Fue algo así como esto:
   "La tendencia natural es actuar desde la fuente de bondad; pero, basta que una vez una persona se desvíe un poco, ni siquiera intencionalmente, sino por su imperfección, o por efecto de alguna fuerza de la naturaleza, para romper el equilibrio de bondad, y así seguirán surgiendo reacciones negativas. Es lo que vivimos a diario. ¿Qué puedo hacer yo para volver a la fuente?".
   -¡Buena! -exclamó. El hombre quedó tan fascinado con eso de que los laicos puedan predicar que me anunció que postulará a ser predicador.
   -Esto es como aquel niño que tenía cinco panes y les dio de comer a todos -me explicó. Y tiene toda la razón. Es que se refiere al alimento del alma. Y son los niños los que nos proporcionan ese pan.
   En las reuniones diarias hay una sola pregunta que las personas debemos hacernos, cada vez con distinto resultado: "¿Qué me falta aún saber de mí mismo?". Después que me lo pregunté y me lo respondí, ya sé más de mí mismo. Así, la próxima vez que me lo pregunte, seguiré avanzando.
   Hemos visto lo importante que es la historia de todo lo que a uno le ha pasado en la vida. También lo que ocurre en los sueños. Hablamos de todas estas cosas, así compartimos nuestras vidas, nos reflejamos y aprendemos.

 

      23.- Ladislao

   Iba feliz caminando, cuando me encontré con un extraño buzón. Era tan atrayente, que entré por la abertura del buzón, como si yo fuera una carta. Llegué a una pieza grande. Adentro de ella había una pequeña biblioteca, dispuesta en una serie de repisas. Intenté tomar en mis manos un cuaderno, y éste se transformó en lavamanos.
   Por fin, vi a mi amiga negrita. Esto es algo que yo estaba esperando desde hace tiempo. Aún la estoy viendo... al otro lado de un espejo. La admiro. Y lo que es grandioso es que ella también me admira. Lo siento así, a tal punto que no quisiera frustrarla. Desistiría de cualquier paso negativo que se me pudiere ocurrir.
   Le sonreí y ella me sonrió. Nos hablamos muchas cosas, sin usar palabras.
   Nos besamos en la boca a través del espejo.
   Mi niña amada se despidió de mí, sonriente. Y se alejó con lentitud, mientras yo seguí mirando el espejo hasta mucho rato después de que ella dejó de verse.
   Cuando volví a salir, me dirigí hacia La Novedad Escasa. Caminé unas pocas cuadras, y ya estaba en la librería.
   Me puse a leer un relato romántico. El personaje se llama Rudiberto, y ella, Caroliana. A las pocas líneas dejé la lectura, pues la encontré un poco aburrida.
   Al llegar de vuelta a casa me vino una gran inquietud por ir al otro lado del pasillo que conecta con la casa vecina. Ya sabía yo eso. Sin embargo, nunca me había atrevido a ir hacia allá.
   Esta vez me animé a ir a la casa vecina. Es tan fácil como caminar hacia el final del pasillo. Sin embargo, es una tremenda aventura. Vi allí un mueble con libros y ropa. Por ejemplo, calcetines, corbatas. Y al lado, una puerta, que me llevó a una habitación con un lado muy oscuro, pues no le llega nada de luz. En ese sector había un sillón para llorar.
   En la casa vecina vi también la Máquina de Guardar. Es un mueble grande, con llave. Si no se dispone de ella uno no puede guardar los objetos que no necesita, sino que debe andarlos trayendo.
   Un poco más allá, una caja en que ponen las llaves perdidas. Relojes complejos, y un libro destartalado.
   El entretecho es común a muchas habitaciones. En cada una hay una tapa cuadrada en el techo que se abre para entrar en un sector angosto, oscuro y lleno de tierra.
   Fui a conocer la cocina. Me acerqué al lavaplatos. Por su desagüe se ve abajo una habitación, un poco desordenada. Supuse que nadie entra en ella, habitualmente, y cada cierto tiempo habrá que buscar la puerta de acceso, desbloquearla y entrar a limpiar.
   Esta casa vecina tiene un ropero Narnia. Las dos casas tienen un baño común. Lo tuve que usar para ver qué pasaba con mi codo, pues le estaba saliendo agua desde ahí, porque tenía una herida.
   Al salir del baño, con mi codo arreglado, vi al crósor, y me alegré mucho, pues quiero que me cuente qué ha pasado con Dánae. No me habló nada acerca de ella, por lo cual supongo que aún no ha hecho nada.
   Por lo menos, aproveché de preguntarle algo que no sé, y necesito para una tarea del colegio:
   -¿Cómo se calcula la Memoria Liberada?
   El crósor dijo que lo iba a pensar.
   Crucé el pasillo, y llegué de vuelta a mi casa. Me puse a hacer las tareas. Entonces, oí que el crósor me andaba buscando.
   -¿Dónde está el Memoria Liberada?
   Me llama así porque no sabe mi nombre. O se le olvidó, más bien dicho. Me encontró y me dio la solución a mi pregunta:
   -Restar del Estado Actual el Estado Antiguo.
   -¡De veras! -respondí, después de pensar un poco.
   Me puse contento y traté de escribir eso para que no se me olvidara, pero el intento fracasó. A la lapicera se le empezó a salir la tinta y echó a perder lo escrito.

 

      24.- Dánae

   Ayer vino el crósor, y al verlo quedé completamente segura de que es único. O sea, siempre el mismo. No necesité preguntarle nada. Ni siquiera pedirle que me ayude a salir de la cárcel. Él lo tenía clarísimo.
   En eso, recibió una llamada telefónica y, por lo que le escuché decir, me pareció que él creyó que estaba hablando con un antiguo amigo de su ámbito. Por lo menos, le conversaba en esos términos. De pronto, se cortó la comunicación. El hombre intentó llamar a su presunto amigo, para reanudar el diálogo. Como no sabía el número, lo buscó en la guía telefónica, pero ese nombre no aparecía.
   -Qué lástima -opinó-, mi amigo podría habernos servido para liberarte.
   De hecho, el crósor trató de rescatarme, pero no le fue posible. A él lo redujeron, y a mí, me llevaron a una sala de tribunal, para ser sometida a juicio.
   En la sala hay un estrado y un sector para el público. El lado izquierdo y el derecho del estrado se comunican por detrás, donde hay un oratorio.
   Me hicieron sentar a una mesa que tenía un lado oscuro, y el otro iluminado. Me dijeron que me correspondía el lado oscuro. No me hicieron preguntas; sólo sentencias.
   Yo estaba vestida de rojo. Hasta ese momento, todavía era prisionera de unos seres malvados, y por supuesto, no querían dejarme ir.
   Peor aún, después de alocuciones, testimonios y peroratas, fui condenada a muerte, a pesar de una defensa informal que el crósor hizo de mí. Él actúa como si me conociera de siempre. Cuando declaró que yo era buena y admirable, nadie le hizo caso, pero yo le quedé eternamente agradecida.
   Al poco rato, me llevaron al cadalso. No podíamos creer lo que estaba pasando. Mi improvisado defensor empezó a ponerse transparente, hasta desaparecer. Creo que ha sufrido más que yo misma.
   Antes de darme cuenta de lo que estaba pasando, fui ajusticiada. Caí lentamente hacia un sector profundo, amarrada por cuerdas invisibles. Dí un grito de dolor, tratando de mantener mi dignidad hasta donde me fue posible.
   -Mañana viviré -alcancé a decir, antes de perder el conocimiento.
   En el momento de mi muerte, algo siguió vivo en mí. Me sumergí en una especie de mundo distinto, sintiendo una música linda a bajo volumen. Llegó a mí una certeza: Sé que me encontraré con el crósor nuevamente, aunque no sé ni cuándo ni cómo.
   Hoy es el funeral que está teniendo lugar para despedirse de mí. Han puesto flores, y esparcido esencias espirituales. Veo pasar el ataúd de madera en que va mi cuerpo. Lleva flores y va flotando, río abajo. La gente se despide "Adiós, Dánae". Sin duda, no se han dado cuenta de que una parte de mí está presente junto a ellos.
   Mis seres queridos más cercanos no están porque no se enteraron de mi desgracia. Por casualidad divisé a Edelmira. Con ella hemos tenido una bonita amistad.
   Mi padre, que murió hace ya un tiempo, me está esperando. Es un bello encuentro.
   -Estás terminando un ciclo -me dice-, y comenzando otro.

 

      25.- Dámaso

   Dormir en la oficina es desagradable. Echo de menos a Eudora. Las gratas cenas que he compartido con ella. Y ver la TV un rato, conversando bajito para que no escuchen los personajes de la tele.
   Acá me aburro. La otra noche noté que el techo estaba descascarado. Me refiero al techo de mi habitación en la oficina. Vi que estaba muy húmedo y hasta deformado. Quise resolver este problema en ese mismo momento, aprovechando que el gerente estaba fuera por un par de días. Le pedí a mi jefe que autorizara el gasto que la reparación significaba. No le interesó, pues estaba muy ocupado en otras cosas. Decidí llamar a un trabajador de la empresa para que arregle el techo.
   Cuando el obrero venía llegando, yo estaba en mi escritorio conversando con un cliente. Éste se levantó de su asiento y saludó efusivamente al trabajador, dando a entender que lo conocía mucho. Sin embargo, obtuvo una respuesta relativamente fría, aunque cordial y respetuosa. Le habló de cosas que habían hecho juntos, mucho tiempo atrás. El pobre trabajador respondía en forma vaga, más por cortesía que por otro motivo. También le preguntó por un amigo común. Aquí, el trabajador recordó sus amistades y recuperó la sonrisa.
   De todos modos, me di cuenta de que mi cliente visitante estaba actuando de manera un poco rara. Recordé al crósor de la otra vez, pues este visitante mío parece ser el mismo. Sí. Seguro, es el mismo.
   Mientras el trabajador se fue a hacer lo del techo, continué mi conversación con el cliente, pasando de temas técnicos a aspectos humanos del diario vivir. Me puse a contarle mis dificultades laborales, aunque no se supone que debería hacer eso.
   El cliente me comprendió, y solidarizó conmigo. Me dijo que si podía le gustaría ayudarme.
   Sus palabras me hicieron recordar a Dánae, una amiga de mi esposa. Es que su situación, privada de libertad, es muy similar a la que siento estar viviendo yo mismo, en el ámbito laboral.
   En ese mismo momento el crósor me habló algo acerca de Dánae, pero sin nombrarla. Fue algo notable. Él no tiene cómo haberla conocido. Simplemente se enteró de mi pensamiento. Me imagino que ha de estar muy avanzado en telepatía.
   Después que se fue, me quedé pensando en eso. Quizás no está tan avanzado. La telepatía le falla en el caso de los Igualitos.

 

      26.- Eudora

   Habiendo llegado temprano al Centro de Formación, me puse a esperar que sea la hora de comenzar. Mientras tanto, recordaba a Dánae que está prisionera en alguna parte, y no sé dónde. Quisiera hacer algo por ella. He acudido a las autoridades, sin ningún resultado. El otro día fui a ver a Ladislao, el hermano, más que nada para solidarizar juntos.
   Quiero pensar en otra cosa. En las enseñanzas que se dan en este Centro. Se podría decir que amar lo divino es la columna vertebral. Aún cuando una persona sea atea, no podría dejar de ver que existen en la persona realidades profundas que la trascienden. Se trata de darse a los demás. Es que hay muchos bemoles. Todo eso me da vueltas, y no sé cómo podría explicarse.
   Miro una revista de las que ponen en la mesita de la sala de esperar. Es una publicación de una comunidad monástica, y contiene fotografías referidas a una civilización relativamente nueva, muy distinta a la de acá. Observo que la gente tiene un aspecto un poco más animal, a pesar de ser humana. En todo caso, no es una etnia atrasada, sino adelantada, al menos en algunos aspectos. No tienen tanto culto al intelecto, como nosotros. La ropa que usan es similar a la nuestra, pero sólo en blanco y negro. Nada de colores.
   A ratos, pienso un poco respecto a lo que veo en la revista. Es mi manera de aprender. Cuando levanto los ojos, miro por la ventana. Veo que está llegando el crósor. Está a unas decenas de metros desde acá y conversa con una mujer que, curiosamente, es amiga mía. No sé lo que hablan pero por sus gestos y actitudes deduzco que él trata de enseñarle a caminar por el aire. Luego de algunos intentos fallidos, ella logra salir casi volando, y la pierdo de vista. Su instructor viene hacia el edificio, y entra. Me saluda, se sienta y conversamos un poco. Aún es temprano para la reunión.
   El crósor cree que esa amiga mía es su esposa. Casi intento rebatirle, pero me contuve. Hay misterios que deben preservarse como tales, pues si uno trata de resolverlos a la fuerza antes de tiempo se pierde gran parte de la magia.
   A propósito de magia, a mi compañero de formación se le ha ocurrido mencionar el piano. Con ese tema, me empiezo a poner áspera. Por más formación que tenga, hay algo ahí que no he podido conciliar. Él trata de convencerme de que practique piano, pues entiende que eso me gusta. Yo no sé si me gusta.
   Afortunadamente, ya es hora de ir a la sala, y nos encaminamos en esa dirección. Me toca exponer a mí, y así se lo anuncio a mi amigo.
   Comienzo a tratar el tema, en torno a las distancias. Primero hablo de distancias físicas para después poder entrar a lo medular, las distancias sicológicas. Explico que se puede estimar la distancia a un punto lejano considerando la proporción en que se reduce el tamaño aparente de un objeto a causa de la distancia. Principalmente, los árboles son los elementos a usar en esta medición.
   A continuación, entro de lleno en las distancias sicológicas, en que puede observarse un fenómeno similar. De ahí surge el Via Vitalis, un camino que se recorre a lo largo de la vida, con catorce estaciones.
   El crósor está fascinado con estas cosas que aprende. Ya empieza a buscar en sus vivencias algunas de esas estaciones de su Via Vitalis. Entonces, me doy cuenta que ni yo misma conozco mis estaciones. Es ahora él quien me enseña. En realidad, nos alternamos. Cada cual va aportando algo.
   -Cuando niño censuré la censura -sentencia el crósor, saltándose los alegatos internos previos.
   -¿Cómo fue eso? -pregunto.
   -El que prohibe está enseñando a prohibir, ¿no? Es un ataque..., y uno reacciona de alguna manera..., como puede.
   -O sea..., te defendiste de la censura.
   -No sé si me defendí o huí. Tuve que mentir para ir a ver películas clasificadas para mayores.
   -Eso es como sacrificar lo realmente valioso..., por un plato de lentejas.
   -Sí. Reconozco que es así.
   No le diré que posiblemente se le manifieste ese mecanismo, de cualquier otra forma. Creo que él ya se ha dado cuenta.

 

      27.- Edelmira

   Yo iba caminando tranquila, en día festivo, por una hermosa avenida. En el suelo había hojas secas de otoño, adornando el paisaje. Disfruté ese hermoso entorno. Al llegar a un cruce, vi a mi amigo crósor, conversando con un anciano de túnica blanca. Me acerqué a ellos, muy interesada en saber a qué se dedicaban. Decían algo acerca de los planes que tienen o que podrían llegar a tener.
    El anciano me integró inmediatamente, y me preguntó también por mis planes. Respondí algo genérico, es que me pilló de sorpresa. Después, me subí en la oportunidad, y me atreví a decir que me gustaría escribir algo de la historia. Justamente, mi amigo dijo también que va a escribir acerca del primer milenio. El anciano sonrió complacido, y nos aseguró que es muy importante el pensamiento de un antepasado.
   -Hay que rescatarlo -reafirmó, mientras se retiraba.
   Seguí conversando con el crósor, pues el tema de escribir historia es del interés de ambos.
   -¿Cómo te llamas? -le pregunté.
   -Gonzalo.
   Lo invité a una fiesta en casa de una amiga. Me prometió asistir, y de hecho, súbitamente ya estábamos en la fiesta.
   Mi amiga resultó ser también conocida de Gonzalo. Quizás no tanto ella, como algunos invitados e invitadas, a juzgar por las animadas conversaciones que sostenían. Al parecer, se conocieron cuando niños. Sin embargo, no pude entender cómo se había producido eso. Ni tuve tampoco oportunidad de averiguar, pues siendo yo la encargada de administrar la fiesta, casi no me quedaba tiempo para nada. Las cosas no estaban resultando como me habría gustado. Hasta me trataron mal algunos disgustados, en vez de ayudar....
   En cambio, Gonzalo me habló con ternura.
   -¿Te ayudo a poner música más festiva? -me preguntó-. Mira que, hasta el momento, ha estado un poco lánguida.
   -Sí. Por favor -agradecí.
   Las amistades de esta fiesta son más bien amistades de Dámaso, de nuestra adolescencia. Por supuesto, yo también iba a las fiestas de aquella época.
   Incluso, mi amigo saludó muy amablemente a la mamá de la dueña de casa. Las amistades de este señor son lo más misterioso que hay. Ella le traía un recorte de revista. Al leerlo, Gonzalo quedó muy impactado.
   Yo veía esto desde el otro extremo del salón, así que no escuché lo que decían, pero vi cómo se iban hacia la escala y subieron al segundo piso. Mi curiosidad me llevó a seguirlos. Fui también al piso de arriba y entré a la habitación en que estaban. En un lugar destacado había un escritorio bellamente ordenado. Lo miraban y lo tocaban con añoranza de algo antiguo invisible.
   Bajamos todos nuevamente, y ahora sí que me puse a hablarle al crósor, porque yo necesitaba saber de qué se trataba toda esa historia. Me explicó que el recorte aquel es de una publicación acerca de detenidos-desaparecidos. No sé qué es eso pero no me cuesta imaginar de qué podría tratarse. Me contó que una amiga de su infancia, detenida y desaparecida hace muchos años, había ganado un reciente concurso, y eso es lo que salió en la revista.
   -¿Concurso de qué? -pregunté.
   -A cuál de las personas desaparecidas le tienen más lindo el que fue su escritorio.
   Sonreí, contagiada de una alegre tristeza.
   Inesperadamente para mí, Gonzalo cambió su expresión, como si se hubiera dado cuenta de que no estaba en su mundo. Y empezó a hacerme preguntas raras, como si quisiera, en este mismo instante, escribir la historia. En un comienzo intenté dar respuesta a sus inquietudes, pero me sentí entrevistada. Me pareció que él quería descubrir alguna verdad oculta en torno a su amiga desaparecida. O quizás no era eso, pero de todos modos, me sentí muy incómoda en una situación que no entendí. Decidí retirarme de ahí, con algún pretexto.
   El crósor se puso cada vez más tenue, hasta desaparecer.

 

      28.- Abdón

   En estos días estoy participando en un ciclo de reuniones para elaborar una nueva Constitución de la Iglesia de Cristo. Me gusta mucho esta actividad tan necesaria. Estoy muy agradecido a la vida que me ha traído hasta acá. Y, en particular, agradezco a mi hermana Eudora que me dio a conocer que iba a tener lugar esta actividad, y además consiguió que me aceptaran. Ella no quiso incorporarse a este grupo de trabajo, porque no siente que eso sea lo suyo. El crósor participa también, y conversamos mucho respecto a cada tema. En las pausas hablamos de otras cosas. Solidarizamos, nos comprendemos, y entablamos una amistad que ojalá pudiera ser duradera. Le he hablado de mi infancia. Cuando era bien chico, vivía algunos día con mi papá y otros con mi mamá. Recuerdo que ésta me puso una vez un calzón de mi hermana, porque ya no tenía qué ponerme.
   Mi amigo me cuenta que quisiera encontrar personas que ya han muerto, pero no sabe cómo lograrlo.
   La reunión de hoy está dirigida por un cura extranjero. Es algo tan extraño que no podemos menos que comentar entre nosotros tal situación. Por lo demás, este presbítero es dueño de un almacén cercano, y se va a veces a atender público, durante las pausas, y también si acaso lo llama con urgencia su esposa por haber muchos clientes esperando ser atendidos.
   El cura nos cuenta que en su negocio la mercadería no está a la vista. Cuando uno llega ve un puro mesón y nada más. Nos habló de esto al llegar, muy apurado pues sabía que estábamos todos esperándolo.
   Nos hizo entrar a la sala, anunciándonos que hablaríamos de trajes de baño. El crósor me habló en voz baja:
   -Si éste sale con una barbaridad del siglo antepasado, lo enfrentaré decididamente.
   Menos mal que el presbítero resultó ser abierto, y señaló:
   -Hay que asumir que ya no son como antes.
   Todos aceptamos eso sin necesidad de debate. Un poco más tarde, mi amigo quería expresar algo desconocido, en relación al sentido de la vida y la muerte. Para ello, usó lápices de colores, y un papel que encontró por ahí, en el cual yo ya había hecho antes un dibujo, en el sector izquierdo de la hoja. Él manifiesta que está muy abierto a aprender.
   Por mi parte, estoy seguro que puedo ser capaz de enseñar en este ámbito. Mirando el dibujo del crósor, veo que más bien se refiere al sentido del bien y el mal.

 

      29.- Ladislao

   Una vez más, estoy en La Novedad Escasa, mi lugar favorito.
   Más bien dicho, estoy en el patio, sentado a una pequeña mesa. Me vine para acá porque adentro hay mucha gente. Estoy tomando apuntes de un libro que ando trayendo, pero que no lo voy a comprar.
   Dice acá que los versos tienen algún color, probablemente con matices, pueden ser hermosos, en el mejor de los casos. O de algún color chillón que hace doler los sentidos. A manera de ejemplo, aparece un poema de bellos versos azules.
   Escribo algunas cosas en mi cuaderno.
   En eso estoy cuando se pone a llover. Unas gotas de agua están cayendo sobre mi cuaderno y lavan la tinta. La última palabra que escribí se está borrando completamente. Entonces, eso quiere decir que era errónea.
   Vuelvo a entrar al salón de los estantes. Veo que ha llegado el señor formal que siempre viene, y está conversando con un amigo. No creo que éste haga mucho caso. Y sin poder evitarlo oigo lo que hablan, mientras hojeo un libro que me interesa. Es la historia de un adolescente que relata lo que ha soñado. Me trae gratos recuerdos, de cuando yo era chico, y Edelmira, una amiga de mi hermana, me llevaba al cine.
   A ratos seguía escuchando algo de la conversación de los dos amigos. Alcancé a percibir que la ocupación del supuesto amigo es otra distinta, no la que el crósor le adjudica.
   Éste le pregunta cómo conseguir un ejemplar del libro que el otro escribió.
   -¿Qué libro? Si no he escrito ninguno -responde el interpelado, y empieza a alejarse.
   Poco a poco se libera el uno del otro. El señor formal me habla ahora a mí.
   -Seguramente es un actor disfrazado -se disculpa.
   -¿Disfrazado de tu amigo?
   -Sí. ¿Por qué no? -responde el crósor y se dirige a una repisa en que un libro le llama la atención.
   -No sabía que publicaba -me dice, refiriéndose al autor del libro, un conocido de él, de su mundo.
   -Y que su fama ha llegado hasta acá -agrego yo, causando su asombro.
   Deduzco que en este momento él cree ser de aquí. Mientras tanto, sigue buscando en el estante, hasta que encuentra por fin el libro que andaba buscando. Se pone contento. Lo hojea un poco y decide comprarlo. Antes de caminar hacia la Caja para pagarlo, me explica que el libro se trata de un adolescente que relata lo que ha soñado.
   Y no es el mismo que recién miraba yo. Sólo es una coincidencia notable.
   -Tiene dibujos alusivos -me explica-, en blanco y negro, no todos nítidos.
   El crósor encuentra que el libro es precioso.
   -A mí también me gusta mucho -respondo.

 

      30.- Dánae

   El amanecer fue muy lindo.
   Hay una gran extensión de arena y duna, dentro de un paisaje frío y solitario. La arena es tan fina que se comporta como el agua. Llega un avión anfibio, y se posa en la arena sin levantarla. Se entierra y sigue avanzando. Sólo se ve la luz del avión, o sea, una arena luminosa que se mueve.
   En la otra dirección veo un arroyo de aguas cristalinas, cuyo fondo tiene forma de escala. Y en la orilla, preciosas arboledas. También flores de todas clases. Rosas, con sus correspondientes espinas. Y pensamientos.
   El arroyo empieza con poco caudal en dos brazos entrelazados, para volver a bifurcarse con más caudal.
   Es un lugar maravilloso. Acá, la manera de vivir consiste en aceptar la energía que regala la naturaleza. Por ejemplo, ese árbol me da optimismo.
   A cierta hora, un poco antes del atardecer, el árbol se ve iluminado en directo; la sombra de las hojas de más adelante se proyecta sobre las hojas de más atrás, produciendo un efecto muy hermoso, como de cuento.
   Todo el ambiente es de belleza. Desde que el crósor me liberó de mi prisión y me trajo hasta acá, voy de maravilla en maravilla.
   Gotas livianas caen lentamente yendo de un lado hacia otro, como hojas.
   Donde termina el mar, a lo lejos, hay una muralla. No parece haber olas. Tampoco es un final de mar, sino un muelle de una ciudad costera. Cerca del muelle se ve un barco, que parece ser enorme.
   Por otro sector, cerca de acá, hay un cerro. Para subirlo, muchos senderos se cruzan. Me llama la atención uno de esos senderos, uno que es angosto y abrupto. Subo por ese sendero hasta llegar a una casa en ruinas, en plena cumbre del cerro. Es una antiquísima casa pequeña de madera. Trato de descubrir en ella la novedad, lo eterno.
   En el suelo, hay vidrios quebrados... Son trocitos pequeños, acompañados de gotas de aceite, como si una alcuza se hubiera roto. No sólo están en el suelo. Están por todas partes, y se me quedan pegados a la ropa.
   Me da una impresión extraña, como si el lugar bello en que estuve empezara y terminara en alguna parte. Siento como haber traspasado esa invisible frontera sin darme cuenta.
   En la casa hay una pintura-escultura. Un género grande, supongo que blanco al comienzo, pero pintado con diferentes colores, principalmente azul, también verde, amarillo y naranja, y blanco simulando espuma. Representa un mar en crepúsculo, con el viento armando el oleaje. Y en la costa, árboles. El género está puesto sobre un rectángulo de madera, en horizontal, afirmado de manera de lograr efectos de la luz que lo ilumina.
   Después de disfrutar ese cuadro, salgo de la casa, y vuelvo a bajar.
   A pesar de estar en plena belleza nuevamente, intento buscar mi lugar de origen. Quisiera estar con Ladislao, principalmente. Y también con Eudora.

 

      31.- Dámaso

   He venido a devolver el auto que arrendé la semana pasada. Repaso mentalmente la odisea que fue conseguirlo. Esa vez llegué a un edificio cuya puerta está en el segundo piso. Tuve que escalar el edificio para poder entrar. Hay varios ascensores en ese piso. Éste, en el que estoy ahora, tiene Máquina del Tiempo.
   Otro ascensor anda en horizontal, a lo largo de muchas cuadras. Tiene dos puertas opuestas. Por una se entra, y por la otra se sale. Usé ese ascensor. Un puente elevado comunica con el edificio del frente. El estacionamiento en edificio caracol es un poco extraño. Todos los autos en hilera, pegados unos con otros, junto a la pared. Un Chevrolet que estaba estacionado cambió a Borgward, pero un poco más allá apareció el Chevrolet.
   Para conducir un auto de los modernos es necesario conectar un pequeño panel como radio desmontable, y desde ahí se puede manejar. Sin eso, el auto no anda. Es por seguridad.
   De pronto, un auto se va solo, sin chofer. Alcancé a subirme, y desde el asiento de atrás logré tomar el volante.
   Devolver el auto ha sido mucho más fácil. Lo complicado es volver a salir del edificio. Pero, lo logré y salí.
   En la ciudad hay muchas librerías. En cambio, cuesta mucho encontrar un policía. Menos mal que hay pocos bandidos, pero existen, y hay que enfrentarlos.
   Me encontré con el crósor, que anda buscando la calle "Los conquistadores". Estamos a un par de cuadras de la Avenida Principal y no logra llegar a ella, pasando por lugares que le parecen extraños, y otros en que apenas se puede caminar. Se oscurece, y el hombre está con miedo.
   Le doy la indicación de cómo llegar, y hasta lo acompaño.
   El crósor declara no entender lo que está viviendo, que es como ficticio.
   -No está en consonancia -explica.
   Por mi parte, y mirando todas estas vivencias extrañas, empiezo a darme cuenta de cual es el sentido de la vida. No sé expresarlo, pero tiene que ver con ayudar a los demás con lo que uno sabe. Aunque no sea mucho, una pequeña ayuda se junta con otra y otra; así se justifica el esfuerzo. Lo laboral, si tan solo es efímero, no vale la pena.
   Después de caminar algunas cuadras, llegamos al hotel en que él está hospedado. Me invita a un trago en el bar. Es como una pieza inmensa de grande, en la que hay un podio para que los pasajeros puedan decir discursos. Se ha formado una fila para ello.
   Los pasajeros que han de subir al podio deben mostrar su credencial, abriéndose el lado izquierdo de la chaqueta.
   Llega un niño que quiere decir un discurso. Ya se lo sabe, y lo ensaya diciéndolo a nosotros. Nos ponemos contentos de que el niño esté en esto.
   El chico no tiene credencial, pero igual se abre la chaqueta..., y lo dejan pasar.
   -Como te decía -me habla el crósor -, a veces me parece estar actuando en una obra de teatro, sin haber leído nunca el guión.
   -Y con lo desprestigiada que está la improvisación -respondo.
   -Es más -agrega- en un rato más tendré que ir a la recepción a pedir la llave de la habitación..., y no recuerdo el número.
   -No es tan grave... -le digo, sonriendo.
   En eso, llega una mujer con muy mal aspecto y nos reta por estar ocupando un lugar reservado. Eso me molesta un poco, y a mi amigo, más aún, al comienzo. Sin embargo, al poco rato, le habla con calma a la mujer.
   -Estaba reservada para mí -le explica.
   Inmediatamente, la mujer suaviza sus facciones y su modo. Hasta se ha puesto bonita y acogedora. Y se va, al tiempo que el crósor se empieza a poner transparente.
   Pienso que este hombre es una especie de síntesis de nuestro pueblo.

 

      32.- Eudora

   Estoy en una naturaleza hermosa, con piedras de bordes rectos, e incrustaciones de piedras preciosas verdes y azules. Y piedras grises que emiten tonalidades multicolores. Son relativamente blandas, como pan duro. Se pueden presionar, y hasta romper. Los pedazos se vuelven a pegar si los pongo uno al lado del otro, como si fueran plasticina.
   Llego a una casa de hielo transparente, de dos pisos y muchas habitaciones. No se derrite porque está en un sector muy frío. Algunos bloques son verde claro, y café claro, porque el agua con que se fabricaron contenía plantas, y tierra.
   Se escucha una bella música de piano que me hace sentir alegre y triste, al mismo tiempo. Hay una acequia que a veces trae pepitas de oro. También alcanzo apenas a divisar unas estructuras sutiles, transparentes. Se supone que serían invisibles, para la gran mayoría de la gente. Tienen una forma como si fueran escalas, y su misión es hacer posible los hechos milagrosos. Me fasciné con eso. Es casi como una motivación de cierta profundidad, si se la mira bien.
   Me lleno de esperanza de que ocurra alguna magia. Así, pensando en eso, veo un sobre en el suelo, entre las piedras. Es grande y parece una piedra más, sólo que con forma extraña. Al abrirlo veo que contiene una bandeja de corcho. Me emociono al verla porque fue mía en mi infancia. Es como un recuerdo que alguien cercano me ha enviado.
   Es Dámaso quien me lo envió. ¿Cómo se las habrá arreglado?
   Me pongo muy feliz, con ganas de llegar pronto a casa. A tal punto, que no me estoy demorando casi nada en viajar de vuelta.
   En cuanto llego, beso a mi esposo Dámaso. Veo que tiene un invitado a cenar. Es el crósor, y está intentando tocar el piano, pero reconoce no entender las pautas. No sabe qué tecla es cada nota.
   Trato de darle confianza porque lo noto como avergonzado.
   -Siempre me ha costado mucho soportar el miedo al "qué dirán" -reconoce-, es que no sé tocar muy bien.
   Entonces, me siento yo también al piano y comienzo a explicarle. Decido que tocaremos algo sencillo a cuatro manos. Lo que cuesta es empezar los dos al mismo tiempo.
   -Cuando yo era niño -me cuenta- quería tocar el piano, pero no me enseñaron porque tengo los dedos muy gruesos. Estaba muy claro que jamás llegaría yo a ser un gran concertista.
   Entiendo que estaba hablando de algo ocurrido en su mundo, y no en éste. Le digo alguna frase comprensiva, que después ni recordaré.
   -Ya. Ponte a tocar -agrego-. No importa que no entiendas las pautas porque no tengo ninguna... Desde esa vez que...
   -¿Esa vez qué...?
   -Yo iba en un barco, y apareció en el mar un animal extraño, como un tiburón, de cuya boca salió una lombriz solitaria. Después supe que era un cerdo de mar. El capitán le tiró lo primero que pilló, una caja metálica que estaba en la cubierta.
   -No me digas que ahí estaban tus pautas.
   -Así es.
   El crósor sonríe, y se fija en un adorno de madera que hay sobre uno de los muebles. Es un caballo blanco, que además tiene lámpara.
   -Imagino a ese caballo galopando en el aire -observa entusiasmado.
   Ahora soy yo la que ríe, y por primera vez en mi vida reconozco, ante alguien, que me encanta tocar el piano. Hay ahí una energía que me vitaliza. No es que quiera ser concertista, pero no soy justa conmigo misma al privarme de algo que necesito, y lo he tenido muy cerca. Ya no quiero seguir rechazándolo.
   Me gustaría practicar para aprender a tocar mejor el piano. Empezaré a hacerlo a partir de hoy mismo. De hecho, ya estoy practicando. . . Al mismo tiempo que mi amigo, y me siento muy bien así.
   Él interpreta la música de puro oído, y a mí me extraña mucho que conozca las sonatas de mi mundo. No sabía cómo decírselo, si él cree ser de acá. Hasta que se me ocurrió una forma:
   -Yo creo que en distintos mundos pueden haber creado las mismas composiciones musicales -le digo, sin estar segura de eso.
   -Por supuesto -me responde, sin dudarlo.
   Encuentro que la vida es fascinante. Y la música es capaz de expresarlo de la manera más bella.

 

      33.- Edelmira

   Asisto al Monte de los Designios. Quiero ser aceptada allá arriba en el templo. Adentro hay muros de vidrio. Recuerdo cuando una vez los tuve que limpiar. Eso fue lo que me habían encargado. Ya han pasado varios meses desde eso, y he ido tomando actividades de mayor responsabilidad.
   En este monte existe cierto lugar privilegiado para la comunicación cósmica, con lo más elevado. Algún día llegaré hasta allá. Por lo menos, estoy en camino, y muy feliz de estar en algo esencial en que puedo dejar fluir libremente esas capacidades que me parece tener.
   En el Monte de los Designios tenemos el Instituto de Formación Relacional en el Espíritu, con un enfoque muy especial. En vez de "¿Quién soy yo?", acá la cuestión es "¿Cómo soy yo?". Y en vez de preguntarse uno "¿Por qué soy así?", el cuestionamiento es "¿Para qué soy así?".
   Aprendemos las tres actitudes del crecimiento personal. En primer lugar, la Valentía, que es como dejarse mover por el viento del ser; está también la Claridad, que se logra explorándose uno mismo y mirando las motivaciones para actuar; y finalmente, la Perseverancia, que es la disposición a disfrutar el camino.
   Hay también un espejo mágico, en el cual tengo la capacidad de ver lo que no es evidente. En eso estoy en este tiempo, y es increíble cuánto aprendo para poder enseñar. Llega gente a consultarme, como si yo ya supiera mucho de esto. Algo sé, en todo caso.
   Es un espejo en que no me veo yo externa, sino que simbólicamente, mi yo profundo. O más bien dicho, el de la persona que consulta. Contiene un vidrio que refleja, y la imagen queda por un rato, después que el objeto se va. Se desvanece de a poco.
   Ha llegado el crósor al Monte de los Designios. Y viene a consultar esta especie de oráculo que yo intento manejar. Veo que no me ha reconocido. No se acuerda de mí, en absoluto. Es éste un tipo extraño. Ya sé que no tiene sentido pensar que yo pudiese llegar a ser pareja de él, pero me cae bien. Y ahora, lo único que nos interesa a ambos es su consulta específica.
   Pero, antes de entrar en esa profundidad, hablamos cosas más superficiales.
   -¿Tú cuidas tus índices corporales..., como el colesterol y esas cosas?
   -Por supuesto.
   -Pues bien, más importante que eso es cuidar los índices sicológicos.
   De ahí nos pasamos al tema de los sueños, y la importancia de sus mensajes. Entonces, me contó que anoche soñó que visitaba a una amistad pobre en una casa de población de la zona oeste de la ciudad. Era de noche, y la luna caminaba rápido.
   Le ayudé a analizarlo para que pueda después descubrir el mensaje, si es que lo hay. Entonces, quedamos listos para entrar en materia.
   -Hay que mirarse desde afuera para lograr ejecutar algo que esté resultando muy difícil -le anuncio.
   -Me gustaría saber -empieza diciendo- cómo funciona esa capacidad que tienen algunas personas de ver lo que no está ahí, o sentir presencias invisibles.
   -¿Tú tienes esa capacidad? -le pregunté.
   -Creo que sí..., pero muy pocas veces..., y no quisiera sentirme superior a nadie, sino sólo aprender.
   -Explícame eso, por favor.
   -Bueno, a veces creo estar conversando con mi madre, que ya murió hace unos años.
   -Ya veo. ¿Y qué más?
   -A veces, estoy con alguna persona muy amada, y me doy cuenta de que la manera de ser de esta no corresponde a la esperada. Es como si no la conociera realmente.
   -¿O sea?
   -Siento su presencia, aunque no esté.
   -Entiendo. ¿Y qué más?
   -¿Te parece poco? Algo parecido me pasa si intento hacer oración.
   -Ya veo. Te sientes cercano a la trascendencia.
   -Bueno... Sólo a veces.
   Le pido que se ponga frente al espejo. Yo lo observo a él. Al comienzo, su expresión es de asombro, y poco a poco se va cambiando a intensa alegría. Hasta se me contagia. Veo en él a una persona especial, que viene en viaje a este mundo a descubrirse, para poder resolver sus conflictos. Y se da cuenta que para ello, tiene que hacer el bien, a cualquiera de los que estamos en este mundo.
   Vi algo más en el espejo. El crósor tiene internamente una Amada Inmortal, y él quiere darle forma física, encontrarla en alguna mujer con la que se relaciona.
   Él se dio cuenta de eso. Sin ninguna duda.

 

      34.- Abdón

   Leí en el diario la necrología de mi propio funeral. No sabía que estaba muerto. No era el diario de hoy, sino de hace casi una semana. Ahora entiendo por qué me vi dentro de un ataúd el otro día. Fue así como comprobé en carne propia lo que ya me habían contado varias veces antes: La gente es inmortal, aunque a los muertos los meten en ataúd, pero en cualquier momento el tipo revivirá, abrirá sus ojos y esperará tranquilo a que lo saquen de ahí. Creo que pueden revivir con más facilidad si los miran mucho.
   Durante esta muerte aprendí que hay personas que me han precedido y que tienen mucho que ver conmigo. Estamos enlazados, como las cuentas de un rosario. Cada cual es más joven que su antecesor.
   Ya sé qué estoy llamado a buscar. Investigar en la historia con quiénes estoy enlazado.
   Para la próxima vez que yo esté muriendo, quisiera irme a la casa del Buen Morir, una pequeña cabaña de concreto donde se pone al moribundo, quién permanecerá como difunto por unos días. La construcción tiene dos torrecitas de las cuales salen sendas cruces oblicuas apuntando hacia atrás. Las sombras que proyectan las cruces al atardecer producen efectos sobrecogedores. En el interior, debe usarse un color que se considere adecuado para la ornamentación. En mi caso, yo escogería el granate.
   La gente le tiene miedo a la Casa del Buen Morir porque creen que de ahí no se vuelve, sino que se van para siempre a una isla central en el Lago Perpetuo. Es el destino final, el "Más Allá".
   Para llegar al lago, hay un barco de madera cruzando un estrecho en el que apenas cabe, pero pasa sin problema. El lago es fronterizo y tiene un pequeño muelle de madera.
   Dicen que una mujer está encargada de ayudar a la gente en ese tránsito. Ella cruza el lago a nado, por agua helada. Se supone que también lo harían los muertos si volvieran a visitar el mundo de los vivos. Pero, eso ya es pura mitología.
   Tengo en mi closet un ataúd conteniendo el cadáver de una prostituta que asesinaron hace algún tiempo. Nunca se aclaró el crimen, pero se supone que la mató un cliente. Yo me había encariñado con ella, una vez que estuvimos juntos por poco rato. Por eso, fui a robarla al cementerio, sin que nadie se diera cuenta. Es la fea, la misma que una vez me rechazó. A veces la miro, para ver si revive. No me animo a devolverla porque me pueden pillar.
   A propósito, me invitaron a un funeral, en el templo. Allí estoy ahora. En las paredes están representados los signos del zodíaco. Había un aroma como de funeral, una especie de concentrado de flores, mezclado con esencias espirituales que hacen más llevadera la despedida de los difuntos.
   El crósor está también presente en el funeral. Y, por cierto, no es el difunto. Esperamos acongojados a que aparezca pronto la persona fallecida. Mientras tanto, conversamos.
    El que ha muerto es un amigo del crósor. Se trata de un ser muy querido que murió hace poco tiempo en su mundo.
    Me voy hacia el sector por el que debe aparecer el difunto. Muchos se preguntan "¿Seré yo?". Se trata de un joven de unos treinta años. Viene de negro, caminando, el hombre que ha fallecido. Con una comitiva de personas angélicas.
    Y ahora está ahí junto al crósor, quien llora esa muerte. Se emociona hasta las lágrimas y le dice que lo quiere. El personaje tampoco entiende mucho, pero sonríe y lo acoge con afecto. Le sigue la corriente, pues al parecer aquél lo ha confundido.
   En uno de los discursos escuché una frase que me quedó grabada: "Fue llevado a dos tumbas y en ninguna se quedó".
   Creo que puedo mirar bien en esa oración. No hay manera de explicarlo, pero estoy aprendiendo acerca de la muerte.

 

      35.- Ladislao

   Caminé por una carretera que termina abruptamente. Baja hasta muy cerca del mar. Siempre se ven algunos autos flotando, que no alcanzaron a frenar a tiempo.
   Hay una gran plataforma navegando en el mar. Plana, pero levantada en los bordes. A un sector le ponen agua, queda como una piscina bajita. Hasta botes también le ponen.
   Antes había por aquí una biblioteca, pero se cambió a un lugar más protegido para no estar tan expuesta a las guerras de agua.
   Me fui a La Novedad Escasa, y leí el relato de la Cuba Libre. En el relato se expone:
   "
   Esto ocurre en los años 50. Llega Fidel Castro a un bar, acompañado de tres de sus comandantes. Se sientan a una mesa. Llega la niña a tomarles el pedido, y le pregunta a Fidel:
   -¿Qué va a querer, señor?
   Fidel, muy metido en sus pensamientos de liberar Cuba, manifiesta:
   -¿Qué es lo que quiero? Pues, lo que quiero es una Cuba libre -y golpea la mesa con su puño. La niña anota, sin saber qué será eso. Y le pregunta al Che Guevara qué va a querer. Él declara:
   -Quiero una Cuba libre -y golpea la mesa con su puño.
   Y la niña les pregunta a los otros dos qué quieren. Ambos dicen querer una Cuba libre, y golpean la mesa. La mujer se va directamente donde su jefe, mientras ellos quedan riendo.
   La niña le pregunta a su jefe ¿Cómo se prepara ese extraño trago que están pidiendo? El hombre, que es barman desde hace 30 años, nunca había escuchado ese nombre de brebaje. Entonces, le explica a la niña:
   -A éstos les gusta el ron. Coloca en un vaso un poco de ron y llénalo con Coca Cola.
   Así lo hizo la niña, y les llevó ese nuevo combinado recién inventado.
   -¿Qué nos has traído? -preguntó Fidel.
   -Pues, lo que habéis pedido, Cuba Libre.
   Ellos volvieron a reír. El Che Guevara prueba el trago y le dice a Fidel:
   -¿Sabes qué estamos aprendiendo hoy?
   -¿Qué estamos aprendiendo? -pregunta Fidel.
   El Che afirma:
   -Que para liberar Cuba hay que pasar por una bebida imperialista.
   Todos ríen, y exclaman:
   -¡Salud, compañero!
   "
   En eso, ha llegado el crósor a la librería, y se disculpa por no haber sido exitoso al tratar de liberar a Dánae.
   Llega también un médico a dar una charla. Me pide si puedo ayudarle, pues necesita alguien que vaya poniendo las figuras en el atril.
   Acepto. La charla resulta ser interesantísima. El doctor explica un descubrimiento que ha habido hace poco tiempo. Que los distintos tipos de cáncer son distintas proporciones de los tres componentes de un tumor. Cada uno de esos tres se sujeta en los otros dos. Así dan solidez al tumor. Ya existen tres fármacos para contrarrestarlos respectivamente. Es necesario ingerirlos en la proporción que corresponda en cada caso.
   El doctor continúa con su charla.
   -Después que los dos componentes más vulnerables se desarman -explica-, el tercero cae solo porque no tiene en qué afirmarse.
   Trato de poner cada figura en el momento preciso. Por lo menos, el doctor las tiene en orden. Y señala "Ahora vamos a ver...", cada vez que toca cambio de figura. Eso me ayuda.
   Al final, el doctor explica que una parte importante de la terapia es que el paciente haga meditaciones para orientar a los fármacos ingeridos que vayan al sector del cuerpo que corresponda.
   Parece que ya no quiero ser Acuático, sino Bioquímico.

 

      36.- Dánae

   El amanecer fue extraordinariamente bello, con colores en el cielo. Unos verdes y amarillos, muy claritos, que se van transformando a celeste.
   Divisé a lo lejos al crósor, de manera difusa, el cual parecía venir caminando sobre el agua. ¿Quién más podría ser? Pero, desapareció de mi vista.
   Horas después, iba distraída cuando me encontré con el crósor. Le di las gracias porque me ha traído a un mundo maravilloso. Sin embargo, sé que no puedo permanecer aquí para siempre. Es más, no quiero quedarme mucho tiempo, a lo más, un poco.
   Él se dio cuenta de que yo necesito volver a mi mundo. Y lo comprendió plenamente. Me ofreció rescatarme de nuevo, y llevarme a mi lugar de origen. Acepté encantada, a pesar de que he disfrutado las maravillas de acá, pero necesito volver adonde yo soy.
   -No hay urgencia -admito.
   Conversamos. Mi bienhechor me cuenta que vio a un hombre parecido al presidente de su país. Lo encerró en una casa oscura. Más tarde fue a sacarlo, arrepentido. Todo eso, en relación a la poca experiencia que dice tener en lo que se refiere a encerrar y liberar.
   También hablamos de gemelos. Éste fue un tema apasionante. Ninguno de los dos encuentra raro que uno pueda tener un gemelo al que ni conoce. Por lo menos, para mi manera de pensar es perfectamente posible que una pueda tener una gemela que haya vivido siempre en un ámbito distinto y lejano al mío
   Entre charla y charla veo en el cielo una especie de nebulosa rosada, cuya forma evoluciona y va cambiando de color, a naranja, rojo, etc. Cuando ya no se ve, siento su presencia invisible. Hermosas sensaciones me muestran que estoy puesta en mi ser. Y ése es el sentido de haber pasado por este lugar.
   El crósor me toma de la mano y vamos volando. ¡Qué maravilla!
   Tras un corto vuelo, llego a mi ámbito. Con mis seres queridos. Con Ladislao, Eudora, Abdón, Dámaso, y hasta Edelmira. Esto es una gran fiesta que ha surgido en forma casi espontánea.
   La mesa está servida.
   -Mañana volveré también a la comunidad de formación -anuncio, pensando que ya no seré tan dócil, pues el haber vivido en prisión me ha dado una fortaleza especial.
   -Nunca es tarde para comenzar de nuevo -señalo.
   El crósor alcanza a esbozar una respuesta antes de desaparecer.

   

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