ARISTODEMO                    Un lugar literario
Algunas de mis vivencias         Gonzalo Rodas Sarmiento

  El colegio English

   El English era un colegio pequeño que quedaba cerca de mi casa. En él estuve desde primera a tercera preparatoria. Tres años que me dejaron un torbellino de recuerdos incompletos, como fotos que identificaran actividades y personajes. Esas fotos vivas me sirvieron después para comprenderme un poco mejor. Sólo mencionaré las más notables.
   Desde el primer día de clases identifiqué el colegio con la acogedora esencia que se respiraba en la sala. Una mezcla entre el perfume de la profesora, y los restos de madera y grafito que nacían cuando los niños le sacaban punta a los lápices, hasta terminarlos.
   La miss Juanita mostrándome en el Silabario cómo juntar una letra con otra, es algo que no quisiera olvidar.
   En la sala de Primera Preparatoria se usaban mesas tan largas, que uno quedaba atrapado entre mesa y pared. Eso me dificultaba ir al baño. Desde la Segunda Preparatoria, las salas eran normales.
   Las niñitas siempre se portaban bien. Los niñitos, sólo a veces. En ocasiones, nos amenazaban con castigos.
   -El que se porte mal... se va a ir a sentar con las niñitas -así se escuchaba esta amenaza.
   Una de esas veces en que mi conducta no gustó a la profesora, me tocó asumir eso que se consideraba un ignominioso castigo. Mientras iba, de un extremo a otro de la sala, sentía una especie de vergüenza, pero después que me ambienté, la vida empezó a sonreírme. Descubrí que mis compañeras de curso eran unos seres adorables. Simpáticas y encantadoras. Eso sí, nunca creí que yo pudiera gustarle a alguna de ellas.
   De ahí en adelante, mi conducta no quiso mejorar, así que tuvieron que cambiar la forma de castigarme.
   En ese colegio quitaban las revistas y no las devolvían nunca más. Aunque fuera un inocente Pato Donald. Decían que las iban a quemar, pero nunca me tocó presenciar un fuego.
   El profesor de Matemáticas se hacía llamar Sir, y se comportaba como un ogro, como todos los profesores de matemáticas de Básica, que conocí después. Talvez lo hacían así para que uno odiara esa materia. Conmigo no les resultó.
   En esa época, ya empecé a tener buenos amigos, que después no vi nunca más. Por ejemplo, mi tocayo Latorre, Luzoro, Rojas, los hermanos Siña.
   ¡Ah! Nunca olvidaré el cumpleaños de Rojas. Fue memorable. Asistí con mis hermanos, y allí nos encontramos con una gran cantidad de niños y adultos. Rojas vivía lejos, en Cerrillos. Mi papá consiguió con un amigo que nos fuera a dejar al cumpleaños en su pequeño auto.
   -¿A qué hora los vengo a buscar? -preguntó cuando llegamos a destino, y nos bajamos. El papá de Rojas le respondió que no se preocupara, pues él nos llevaría de vuelta. Así, pues, éste anotó nuestra dirección.
   La mamá de Rojas era como precursora, porque estaba en pantalones. Nunca antes había visto yo una mamá en pantalones. Además estaban a tono con la música festiva que se escuchaba. Toda la tarde el mismo disco, muy bueno, en todo caso. Después supe que se llama Rapsodia Sueca.
   Lo pasamos bien. Y llegó el momento de volver a casa. Esa tarde, el papá de Rojas había estado compartiendo unas breves copas con sus alegres amigos, y optó por encargarle a unos niños grandes, que nos fueran a dejar. Deben haber tenido unos quince años. Todo iba bien, hasta el momento en que se dieron cuenta de que se habían equivocado de micro. Nos tuvimos que bajar y tomar otra, y después otra. Pasaron las horas. Finalmente, llegamos a casa después de caminar muchas cuadras. Me imagino que mi mamá debe haber estado en el quinto rosario de esa noche.
   Talvez el amigo más importante que tuve, en ese tiempo, haya sido uno que vivía en Onofre Jarpa, cerca de Avenida España. Se llamaba Carlos Guillermo, si no me acuerdo mal. Nuestra amistad nació una tarde en plena clase. Estábamos peleándonos, no recuerdo por qué tontera. La profesora nos mandó salir de la sala. En esa ubicación estábamos, al lado de afuera de la puerta, cuando vimos venir a la directora. Se nos olvidó toda nuestra pelea. En la adversidad nos sentimos amigos.
   Al final, aprendí inglés, y admiré a un cura profesor que sabía inventar buenos cuentos. Intentaba hacernos creer que esas cosas habían pasado realmente. Eran fantásticos, con enseñanza. Me gustó eso de inventar cuentos, aunque en ese momento no supe que eso es lo que yo haría cuando grande.


  Regalo de Navidad

   Esa mañana nos levantamos temprano para ir a la Pascua del Soldado. Así se llamaba la celebración navideña con que se agasajaba a los hijos de militares. Mis hermanos y yo teníamos derecho a ello, pues nuestro padre trabajaba en el Ejército, como dentista, y hasta se ponía uniforme a veces, cuando asistía a las maniobras en Peldehue por si a algún conscripto le dolían las muelas.
   Debo haber tenido unos ocho o nueve años para esa Navidad. La celebración se llevó a cabo en el Regimiento. Ya no recuerdo si acaso era el Buin, o el de Infantería en San Bernardo, o el de Mecanizados en la calle Antonio Varas. También olvidé qué me regalaron en aquella oportunidad, porque con toda seguridad, algo me han obsequiado. Sólo recuerdo un detalle que para mí fue importante. Quizás la gran mayoría de los asistentes no advirtió nada extraño.
   Íbamos caminando por una callejuela, dentro del regimiento. Mis hermanos y hermanas, mi papá, mi mamá, y yo, por supuesto. Un poco más adelante estaba el kiosko en que repartían helados. Eran de agua, del tipo chupete con palito. Varios niños y niñas corrían para pedir helados. Entre ellos, una chica morenita, con cara de simpática. Yo también quise adelantarme y correr hacia el kiosko. Era una buena oportunidad para integrarme, además de disfrutar un helado. Sin embargo, mi padre me detuvo, pues lo que yo buscaba era algo que no me correspondía. Me explicó que los helados de agua eran para los hijos de suboficiales. A nosotros nos darían algo mejor.
   Tuve que seguir caminando y pasarme de largo el kiosko, hasta llegar al Casino de Oficiales, lugar al que entré, junto a los demás. Nos ubicamos en una mesa con mantel, y un mozo nos llevó copas de helado de leche con vainilla. En ese tiempo, eso se llamaba Bocado.
   Debo reconocer que estuve muy bien atendido. Incluso, con privilegios. Me sentí agradecido. Sin embargo, algo no estaba en paz dentro de mí. Precisamente, de ese lugar nace la principal fuente de gratitud. Un personaje interior se me había despertado. Uno que me interpela, diciendo:
   -¿Qué te parece que el mundo funcione de esa manera?


  Un domingo en la tarde

   Hoy es Domingo, nuevamente. Con mi papá, mi mamá y el lote de hermanos, nos subimos a la micro Central-Ovalle para dirigirnos a la Gran Avenida, a casa del tío Patricio y la tía Maruja. Llegamos un poco antes del almuerzo. Es el encuentro de la familia numerosa.
   Nos han ofrecido toda clase de exquisiteces para comer, hasta que nos acercamos a la inevitable sobremesa. Los grandes conversan sin problemas, o al menos, eso es lo que a mí me parece. Los más chicos salen corriendo para cualquier lado, y vuelven a ratos, a arrimarse a sus mamás.
   Lo complicado, para uno que tiene una edad intermedia, digamos unos diez años, es que no encajamos en ninguna de esas dos actividades. Y estamos ahí, retirándonos de a poco hacia otro sector, tratando de contarnos cosas entretenidas. Nos reímos, con la Pity, la Gabriela, la Nelita, la Cecilia. Apenas alcanzo a darme cuenta de que son puras niñitas y yo. Para mí, eso no significa dificultad.
   De pronto, todas ellas parten veloces y se precipitan por la escala hacia el segundo piso. Les había bastado una mirada para ponerse de acuerdo. En cuanto me doy cuenta de que nuestro asunto está cambiando de ambiente, subo también, detrás de las niñitas, y solamente alcanzo a llegar hasta la puerta del dormitorio, en el momento en que ésta se está cerrando. Todas han entrado ya, dejándome afuera. Escucho el ruido de la llave asegurando la puerta.
   Es entonces que me enfrento a mi realidad. Me devuelvo lentamente, bajo la escala, y alcanzo el patio vacío. Llego a la cocina, y la vida me sonríe de nuevo. Ahí está Alicia, lavando y secando rumas de loza. Es una chiquilla joven, y me recibe amistosamente.
   Alicia me conversa, y me cuenta la última película que fue a ver. Se llama "La intrusa", y es una tragedia entre dos mujeres que disputan el amor del mismo hombre. Una de ellas es buena, y la otra es perversa y le pone toda clase de trampas a su rival. Como es una película para mayores, me interesa. Así como Alicia la cuenta, me parece estar en la sala de cine, y me imagino la pantalla con la escena, en blanco y negro. Se puede decir que estoy viendo el film, en la misma forma en que veo los radioteatros.
   Al final de la tarde, debo reconocer que lo he pasado muy bien.


  Mi tía Carmelina

   Supe de Carmelina, a través de la Tita Nona. La anciana que nos contaba cuentos. Como ése del tipo que tenía que ir vestido y sin vestir, peinado y sin peinar, y no hallaba cómo hacerlo; se peinó la mitad de la cabeza; se puso algunas ropas, en un solo lado de su cuerpo. En ese cuento hay ingenio para cumplir una orden imposible.
   La Tita Nona guardaba antiguas fotos como un tesoro preciado, especialmente las de Carmelina, y cuando me hablaba de esa tía mía que no conocí, le brotaban unas pequeñas lagrimitas. En esos momentos yo no sabía que fue justamente Carmelina quien "bautizó" a la tía Abdona como Tita Nona, cuando recién aprendía a hablar, allá en España.
   Me imaginaba a Carmelina como una tía de mucha edad. Ella murió a los 34 años, y para un niño chico como era yo, eso es "mucha edad".
   La imagen de Carmelina quedó grabada en mí, como la de una persona que me habría gustado conocer. Y eso no pudo ocurrir porque ella murió antes de que yo naciera.
   Nunca comprendí por qué su padre la dejó en España cuando se trasladó a Sudamérica con su familia. Y cada vez que pregunté eso, me respondían cualquier cosa, que no satisfacía mi curiosidad. Hasta llegué a imaginar que Carmelina era hija de Abdona. En lo relevante lo era, ya que ambas vivieron en Málaga, mientras que mis abuelos y su familia estaban en Chillán, a miles de kilómetros de distancia. La disyuntiva biológica, que en algún momento me planteé, dejó de importarme cuando adquirí la madurez suficiente como para ello.
   Carmelina conoció a sus hermanos a los veinte años, cuando ella y Tita Nona se vinieron a Chillán, después que murió mi abuelo.
   Desde muy pequeño, yo sentía tristeza porque Carmelina tuvo que vivir la niñez sin su padre, y sin sus hermanos. Y cuando fui más grande me pregunté a mí mismo cuán abandonada se habrá sentido ella. Y también me preguntaba si acaso le escribían cartas desde Chile, o si ella, hacia acá. Son preguntas sin respuestas.
   Siento una presencia de Carmelina en mí. Y eso me gusta. Trato de darle mi ternura. Pienso que ella me cuida desde el Más Allá, como una Ángela de la Guarda.


  Cerro 45 46

   Durante algunos meses, Chile tuvo relaciones diplomáticas con Bolivia. En ambos países había gobiernos autoritarios de extrema derecha. En ese breve lapso se inició un estudio de una red de microondas entre Arica y La Paz. Me tocó formar parte de un grupo de trabajo que incluía ingenieros chilenos y bolivianos, para elegir los lugares en que se instalarían las estaciones repetidoras.
   Estudiamos un monte, que según la carta geográfica, tenía una altura de 4546 metros sobre el nivel del mar. Lo bautizamos como "Cerro 45 46". No era una tremenda cumbre, pues el suelo altiplánico en esa zona está por sobre los cuatro mil metros.
   El día que subimos el cerro nos aprovisionamos bien, antes de iniciar el ascenso. Nos aseguramos de llevar comestibles, bebidas, un portamóvil para comunicarnos con el otro extremo del posible enlace, mapas, papeleo necesario, taquímetro y otras cosas. Ya casi estábamos llegando arriba cuando me di cuenta que faltaba algo.
   -¿La antena del portamóvil... quién la tiene? -pregunté. Nadie la tenía. Se nos quedó abajo. Casi creímos morir.
   -Yo iré a buscarla -ofreció gentilmente el chofer de los bolivianos, y partió raudo hacia abajo.
   Al poco rato, apareció de vuelta, trepando como si todo fuera plano. Traía la antena. Y nosotros, aún no llegábamos arriba. Cuando, por fin, lo logramos, estábamos exhaustos... los chilenos. Dejamos todos los enseres y nos pusimos a descansar.
   De pronto, se levantó un viento súbito que tomó nuestros papeles, cartas geográficas, dibujos de perfiles, protocolos, borradores de informes, y todo cuanto necesitábamos para el trabajo. Todos los papeles subieron más arriba de nuestras empinadas figuras y se fueron alejando lentamente, describiendo caprichosas trayectorias. Unos minutos después, ya estaban muy lejos, arriba. Yo los veía chiquititos.
   Lo increíble fue que después de otros pocos minutos el viento volvió a bajar los papeles, y a acercarlos a nuestra posición. Era un hecho tan asombroso como prometedor. Nos pusimos a saltar, con las manos todo lo altas que podíamos, y así fue como atrapamos, una a una, todas las hojas. El viento estaba jugando solamente. No era nuestro enemigo.


  Vida literaria

   En mi niñez me demoré tanto en empezar a hablar, que aprendí a leer y escribir apenas un par de años después, a lo más.
   Tuve libros que me regalaron, y yo los amaba, y los tenía no tan guardados, para mirarlos de vez en cuando. Ya los leería más adelante.
   Mi prima María Dolores, un poco mayor que yo, fue importante para mí, en ese momento de mi niñez. Cuando la operaron de la vista y pasó un tiempo de convalecencia en mi casa, con los ojos vendados. Para ella resultaba dramático no poder leer, pues siempre había sido una lectora empedernida. Me pidió que le leyera. Y así lo hice, cada día, durante horas enteras. Yo creí que estaba siendo un buen samaritano. Pero..., no. En realidad, fue ella quien me estaba desarrollando el amor por la lectura.
   Lo de escribir ficción fue sembrado en mí durante la adolescencia. El profesor de Castellano, Julio Orlandi, instituyó en el curso la obligación de escribir un diario de vida. Y leerlo, una vez por semana, frente a todo el curso. Para mí, esto tenía una triple dificultad. Primero, ¡qué lata escribir diario de vida! Además, en mi vida no pasaban muchas cosas entretenidas como para estar escribiéndolas y leyéndolas. Y tres, mi pudor me impedía ventilar mis vivencias en voz alta, en la sala de clases.
   ¿Cómo resolver todos estos problemas? Muy simple..., inventando presuntas anécdotas. Claro, qué cosa más fácil. Mataba tres pájaros de un tiro.
   Bueno, hasta aquí la siembra. La cosecha vino muchos años después, cuando ya estaba viviendo en la casa de Esteban Dell'Orto. Incluso, ya llevaba mucho años allí en esa casa, en la que más tiempo he vivido. Esa cosecha se inició cuando tuve un sueño entretenido, y me gustó tanto que lo anoté en cuanto estuve despierto. Era la estación múltiple desde la cual salía el expreso de las 10:20. Por cierto, escribí el sueño. Y le di el carácter de Capítulo central de una novela que tendría que imaginar, ampliando la historia ya escrita. Tanto hacia atrás como hacia adelante.
   Así empecé a escribir, y no paré nunca más.
   Al principio, creí que tendría que publicar para darme a conocer. Después, ese camino me desilusionó. A otros puede haberles resultado, pero a mí no. Me di cuenta que primero tengo que darme a conocer, antes de poder publicar en papel, de manera eficaz. ¿Por dónde empezar a recorrer ese círculo? Luego de muchas vueltas, y ya en el siglo 21, opté por publicar en la Web. Ya se vería después qué puede resultar de ahí.