ARISTODEMO                    Un lugar literario
Algunas de mis vivencias         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Salvador Sanfuentes 2312

   A los que no conocieron la casa de Salvador Sanfuentes, les advierto que ya en ese tiempo era antigua. Ocupaba el segundo piso, y no tenía patio. Sólo lo tenían las casas vecinas, de primer piso. Desde la ventana del comedor, que era interior, teníamos acceso visual al patio de la casa de la Pata y la Yoya. Y sus tías, que tomaban el sol en traje de baño.
   En la larga mesa de la cocina almorzábamos los niños. Cada uno tenía su propia silla roja con su nombre en letras blancas.
   En vez de patio teníamos la pieza última. Ahí funcionó la industria de billetes, y toda clase de experimentos químicos no explosivos. Era una casa llena de oportunidades. Cada sillón del Hall estaba formado por dos caballos para huir del sheriff. A mí me tocaba ser el sheriff porque era el más chico, en aquel entonces.
   No necesitábamos patio, ya que había un pasillo enorme, que parecía cancha de fútbol. Y, de hecho, lo fue durante un tiempo, hasta esa tarde en que la lámpara cayó estrepitosamente. Fue una tarde triste. ¡Son cosas del fútbol!
   En el baño negro había una puerta a cada lado del trono. A veces, uno estaba en lo mejor, y se abría violentamente una de las puertas, pasaba alguien corriendo a toda velocidad y se iba por la otra puerta. En seguida pasaba también el que lo venía persiguiendo, completando así un circuito de carreras que daba toda la vuelta, incluyendo también tres piezas y un sector del pasillo.
   El lavamanos servía para helar las bebidas, hasta que pudimos tener un refrigerador. El famoso refrigerador con patas.
   La pieza de la máquina, no sólo era de costura, sino también biblioteca, música y alojados. A su lado estaba el teléfono. Negro, larguirucho, con pedestal, tenía el micrófono en su parte más alta, y el auricular estaba en otro lado, colgando de un cable. Para marcar tenía un dial giratorio. Las llamadas de larga distancia se pedían a una operadora, con anticipación variable según las circunstancias.
   Muy cerca de ahí se ubicaba la pieza del gato, en la que nunca entré, ni el gato tampoco. Nunca supe ni de qué porte era ese aposento. Al último, creí que era una simple puerta, como un balcón tapiado que comunicaba con la oscuridad.
   Para calentarnos usábamos un brasero, al que se le agregaba una especie de esqueleto de carpa de mimbre, que servía para no quemarse, y también para poner a secar la ropa.
   Antonio, el mayor de nosotros, inventó una máquina de pasar películas. Fabricábamos largos rollos de figuras animadas que dibujábamos en el papel Confort. Después se proyectaban en la pared, usando una ampolleta y una lupa, dispuestas en una caja de zapatos. Y un rodillo hecho con el Meccano.
   La leche la llevaban a la casa todas las mañanas, temprano. Venía en botellas de a litro, retornables. Como teníamos pocos envases, la empleada salía a la puerta con una olla para que el lechero trasvasijara algunas botellas. Mientras tanto, él le decía piropos a la nana. El lechero no tenía apuro. Todos los días, esta escena era igual. Sólo cambiaba el color de las letras de la pequeña tapa redonda de la botella. Forzando un poco la memoria podría decir que los martes era naranja y los miércoles, roja. Pero, de eso no estoy tan seguro.
   También pasaba todos los días el pequeño carretón del pan. Y el componedor de hojalatería.
   A través de la ventana conocí la calle, mucho antes de estar en ella. Me gustaba observar todo el movimiento del sector. Las carretas tiradas con caballo, y también los autos, que en ese entonces eran lindos. Nunca supe por qué dejaron de fabricar autos tan bonitos como los de aquella época. Para anunciar el viraje, había que sacar la mano por la ventana porque aún no se habían inventado las luces intermitentes. También recuerdo esos autos que tenían un asiento atrás, fuera de borda, que se abría y se cerraba como una maletera.
    En la rutina de la mañana estaba el chofer de la mansión de enfrente. Todos los días sacaba el auto a la misma hora. Me refiero al Chevrolet que usaba él, porque el Hudson azul de lujo sólo salía con los patrones, y también cuando el chofer tenía que lustrarlo. Ese auto era un verdadero espejo. Un poco más tarde, pasaba el vendedor de paltas, el organillero y el afilador de cuchillos. Y a veces, el camión que distribuía barras de hielo.
   La mayor parte de la gente andaba a pie. Los caballeros usaban sombrero para andar por la calle, y talvez era por eso que nos acostumbraban desde chicos a peinarnos con gomina. Las señoras usaban unos sombreros muy extraños, y medias con una costura vertical en la parte de atrás.
   Todos los años, mi madre nos disfrazaba para la fiesta de la Primavera, y salíamos a ver los carros alegóricos en la Alameda, que nos quedaba a una cuadra.
   Los hombres del farol eran unos estudiantes que se reunían al atardecer en la calle República a conversar y hacer bromas. Todo esto en forma muy ruidosa. Después en la noche, pasaba el buque manisero con su pregón característico, y más tarde, se sentía la quema de hojas. Varias piras por cuadra daban un humo espantoso, como para prepararse a ser ciudadano de Santiago del siglo 21.
    La Tita Nona había llegado de España muchos años atrás. Nos contaba cuentos y nos mostraba las fotos de la Carmelina. Una vez le pregunté si acaso ella ya estaba para la guerra del Pacífico, y se enojó. Después adiviné que ella no sabía cuándo había sido esa guerra. La Tita Nona nos llevaba en las tardes a la iglesia, al rezo del rosario. Ahí se juntaba con sus amigas.
   Era la época de los escapularios, estampas y agua bendita. Los curas vestían sotana, y se sacaban un círculo de pelo, constituyendo así la tonsura que los identificaba como tales. Las mujeres debían ingresar al templo con velo y manga larga, para asistir a la misa, la cual se celebraba en latín.
   Muchas nanas pasaron por nuestra casa, a lo largo de los años. Recuerdo a tres Marías y a una Rosa; a la señora Melania, que hacía papas rellenas; la dulce Graciela, de pobreza rural; y la Berta, muy dura, de pobreza urbana, o sea, mucho sufrimiento acumulado. La Berta es la que más tiempo estuvo. Su entretención máxima era cerrar el convento en la noche con un portazo, cuando iba pasando alguna pareja de tórtolos desprevenidos que, por supuesto, echaban toda clase de garabatos.
   Después, en nuestra adolescencia, alcanzó a estar unos pocos días una nana llamada Flor. Estaba tan peligrosamente atractiva, que de repente ya no la vimos más. Supongo que mi madre se había dado cuenta de lo riesgoso de la situación.
   Desde chico, me dejaban salir solo a comprar. Yo llegaba al almacén, que era el antepasado de los Almac, y pedía un tarro de Cocoa y un octavo de aceite. Le pasaba al vendedor una pequeña botella, y él la llenaba por medio de una bomba mecánica. Y también compraba un cuarto de azúcar. Ésta la envolvían en el típico papel, al cual le hacían un cachirulo en cada extremo, y con ellos le daban un par de vueltas en el aire, con una destreza que yo jamás iba a ser capaz de aprender.
   Por ese tiempo, la Coca-Cola empezó a venderse en tamaño familiar. Era un envase de tres cuartos de litro, inmenso para esa época.
   El principal medio de locomoción colectiva era el tranvía. A nosotros nos servía el 9, por Avenida España, y el 30, por la Alameda, pero no el 33, pues ése se iba por Avenida Matta.
   No había TV. El mundo que está más allá de la calle, lo conocí a través de la radio. Un enorme aparato a tubos, enchufado a la corriente eléctrica. Tenía onda larga y onda corta, y servía principalmente para visualizar películas en radioteatro y para escuchar los partidos de fútbol, imaginándose las jugadas. Recuerdo cada programa de música que había en la radio, especialmente Discomanía y Triunfos Musicales. Me resultaba grata la emoción de escuchar una canción por primera vez.
   Mi casa estaba en uno de los pocos sectores que aún tenían corriente continua. Ya en ese tiempo era algo muy precario y anticuado. Casi ningún artefacto eléctrico servía para esa corriente. Nuestro pick-up, como se le decía al tocadiscos, sólo aceptaba esos gruesos discos negros de 78 rpm, muy pesados, que se quebraban de sólo mirarlos. Recuerdo la emoción que sentí la primera vez que visité una casa en que había corriente alterna, y se podían tocar discos de 45 rpm.
    El equipo de música que teníamos se llamaba Electrola. Incluía una radio, buenísima, que sirvió muchos años, hasta esa tarde..., cuando se quemó la electrola, me imagino que por las fluctuaciones del voltaje continuo. Fue una tarde triste. ¡Cosas de la electricidad!
   Así se fue la fiel RCA Victor, que por algo tenía dibujado un perro. Era exactamente igual al que estaba retratado en un cuadro, ahí mismo en el Hall. Al lado del cuadro de los aburridos, como le llamábamos al que representaba una especie de resaca. Los rostros de los personajes denotaban el hastío, en medio de la elegancia.
   Los programas más importantes de la radio eran el humorístico Radio Tanda, y una especie de drama-comedia con ribetes políticos llamada La Familia Chilena, que ningún adulto se perdía. Yo, en cambio, solamente esperaba con paciencia la infaltable frase final “Señor, dame tu fortaleza”.
   Hasta tres películas podían verse en una sola tarde, en los cines de barrio. Con algunos cortes, que despertaban las rechiflas del público.
   “No se pierda el próximo episodio” era la frase de término del capítulo de la serial, en que el jovencito quedaba en situación de extremo peligro, hasta el domingo siguiente, en que se salvaba, por supuesto.
   También daban el noticiario Emelco, que permitía ver las imágenes de las noticias más importantes que se habían escuchado por la radio durante la semana.
   Fue una época de lapiceras a tinta, y papel secante. Lápiz de grafito número dos para usar con hojas de calco, en caso de requerirse más de un ejemplar.
   Tuve un libro que me daba vida. Era de cuentos cortos, y me lo compraron en la Librería Chilena, un verdadero paraíso de ofertas. Lo leí una y otra vez, tantas veces como pude, hasta que se destruyó y se perdió. No lo he encontrado nunca más. Me dejó gran parte de lo que he podido ser.
   Algo sembramos, yo creo, porque después de las lluvias de varios inviernos, en el lugar en que estaba nuestra casa creció una Universidad.

 
  Que me perdone don Arturo

   Cuando era niño chico me agradaba entretener a las visitas. No es que yo fuera alguien tan prodigioso, pero me sabía completa, de memoria, la arenga de Arturo Prat. Y la declamaba con toda mi alma, especialmente esa frase final que sentenciaba “si muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber”.
   Recitaba otras poesías y hasta cantaba una canción machista que me habían enseñado, y que decía: “Conmigo pueden ganar / conmigo pueden perder / pero nunca con mi perro / mi caballo y mi mujer”. A mis cinco años, no le tomé el peso a la ofensa que iba inmersa en esa canción, pero sin saberlo, se produjo un rechazo en mí, que de alguna manera iba a tener que manifestarse.
   Todo iba muy bien, hasta esa vez que se me cruzaron las líneas. Fue una mala tarde.
   Parado en una silla, estaba yo representando a Arturo Prat en su arenga, y terminé expresando con solemnidad:
   -¡... si muero, mis oficiales sabrán cumplir con mi mujer!
   No fue una simple risita lo que se escuchó, sino un bosque de carcajadas, principalmente femeninas. Mi cara ardía. Se estaban riendo de mí por una equivocación que le puede pasar a cualquiera. ¿Qué tan grave puede ser cambiar los finales? Arranqué a perderme.
   Fue la primera vez que dije un chiste tan bueno. Y ni siquiera lo entendí. También fue la última vez que mis padres lograron hacerme actuar artísticamente para las visitas.
   Muchos años después, en mi vida adulta se me desbloqueó esta escena, y entonces entendí el chiste y me reí yo también, en plena calle, estando solo. La gente me miraba como si yo estuviera loco.