ARISTODEMO                    Un lugar literario
Encuentros misteriosos         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Primera parte.-    Alfonso y Marcela

   El silencio

   Presido una reunión bien especial, aunque nadie repara en mi presencia. Es la monja la que toma la iniciativa y dice a las niñas:
   -Tenéis que hacer silencio para que podáis escuchar a Dios.
   Se los repite con tanta insistencia que las alumnas, poco a poco, dejan de oírla.
   Disfruto al ver a estas adorables creaturas tratando de apagar el ruido interno. Especialmente, Marcela, la traviesa y bulliciosa del curso. Parece estar en éxtasis, casi hasta darse cuenta que ando rondando cerca suyo. Decido hablarle, ya que es la única que está cumpliendo con lo encomendado. Entonces, suavemente la invito a una gran tarea, mucho mayor que la de hoy. Un verdadero sueño loco, de esos grandiosos.
   -Cállate -me dice-, estamos en silencio.

   

   Alfonso

   Cuando niños

   La sonrisa de Marcela me desarma. No creo que yo pueda gustarle, pero eso no importa, por el momento. Creo que le voy a gustar cuando seamos grandes. Vivimos a pocas casas de distancia, en la misma cuadra. Ella tiene un año menos que yo y va en Segunda Prep, en colegio de monjas. Yo voy en Tercera.
   El papá de Marcela tiene un trabajo importante, lo que le significa contar con chofer, don Benigno, que es un muchacho joven, y tiene a su cargo un sobrino, Norberto. Algunas veces, lo trae para que haga las tareas, cuando no tiene con quien dejarlo. Norberto va en Quinta. Él viene muchas veces a jugar conmigo. Casi siempre, a la pelota. También al teléfono hecho con dos tarros, unidos por un cordel muy largo para asegurar una buena distancia entre los dos. Nos divertimos mucho.
   Eso sí, yo prefiero ir a jugar con él en la casa de la Chela, porque así, ella también participa. Me encanta, aunque es un poco bulliciosa. Jugamos al Ludo, al Ha Llegado Carta y al Poto Sucio. También al Almacén, con tortas de barro.
   La esposa de Don Benigno está esperando un bebé. La Nana de la Chela dice que está esperando dos bebés, porque según ella van a ser mellizos. No se sabe si acaso tiene la razón. Don Benigno trata de tomarlo con humor:
   -Si son mellizos y si son varoncitos, se llamarán Renato y Remigio.
   Una vez soñé con Marcela. Soñé que íbamos en el auto con Don Benigno yendo hacia un colegio en que estábamos ella y yo. Me gustó tanto este sueño, que no lo he olvidado.
   Al día siguiente en la tarde fui a su casa y llevé el teléfono de tarros. Norberto había salido con su tía. Conversé mucho con Marcela por ese teléfono, que nos tenía un poco lejos. No nos veíamos.
   -¿Tú sueñas? -le pregunté.
   -Sueño muchas cosas... cuando estoy despierta.
   -¿Y cuando estás dormida?
   -Anoche soñé que estaba en el colegio, y venía Don Benigno en el auto a buscarme. Y estabas tú, y decías "¿Me llevan?".
   -No te puedo creer..., ¿el colegio era mixto?
   -Sí. Eso es lo raro.
   Me maravillé por la coincidencia.
   -Yo también soñé eso... -dije, ansioso-. O sea, casi lo mismo.
   -No. Eso no puede ser.
   -Ya sé que no puede ser... Pero, fue... Con la única diferencia que íbamos hacia el colegio, en vez de venir de vuelta.
   -No seas mentiroso, Alfonso. Estás inventando.
   No me atreví a insistir. Más adelante, tendrá que creerme.
   -Juguemos a otra cosa -dijimos, al mismo tiempo, y nos fuimos para adentro. No hemos vuelto a hablar de eso.
   En mi casa hay gallinas. Había una que era muy celosa, y picoteaba a las demás porque quería tener al gallo para ella sola. Ésa fue una de las primeras que nos comimos. No tuvo buen sabor. Su carne era dura y llena de nervios.
   Yo persigo a la gallina flaca. Todos los días, un par de vueltas por el patio, en la mañana, y otro tanto en la tarde.
   -Deja tranquila a esa gallina, Alfonso -grita mi madre desde la cocina.
   Yo no contesto nada. No le digo por qué persigo a esa gallina. Ella cree que por molestar. Pero, tengo mis motivos. Es que me cae bien esa pobre ave... Lo que quiero es que nunca engorde para que no tengamos que comerla. Le estoy salvando la vida.

   

   Viaje a mi antiguo barrio

   Mientras el ómnibus baja con lentitud por la Alameda, voy meditando acerca de mi vida solitaria de sabio loco. Vivo solo, en un departamento tan pequeño, que casi puede verse entero, con solo entrar en él. Para orientar la atención de las posibles visitas, siempre pongo algún retrato encima de la pequeña mesa que está a la entrada, al frente de la puerta. Cualquier retrato. Es como si le hubiera asignado la misión de recibir a las personas.
   En este momento voy hacia mi antiguo barrio de infancia. Solamente quiero ver cuán cambiado está todo. Me lo imagino lleno de vida nueva. Supongo que habrá otra gente distinta, pero con las mismas costumbres de siempre. Los mismos prejuicios, y lo que es peor, podré respirar esa misma ausencia de llanto que había en mi niñez, cuando hasta el aire estaba lleno de mandatos y restricciones. Al menos yo, terminé de llorar siendo muy pequeño. Ocurrió cuando me caí por ir corriendo frente a la botillería, y la señora ésa se burló de mí.
   -Los hombres no lloran, las puras mujeres -repitió varias veces, poniéndole una entonación desagradable.
   Me pregunto por qué habrá querido avergonzarme, si yo no le había hecho daño a ella. Ahora me doy cuenta que a la gente no le gusta que uno llore. Y se sienten con derecho a exigir de uno el comportamiento que quieren. Es un abuso.
   El caso es que ya no sé llorar. Eliminé de mi vida las lágrimas, y ahora me hacen falta. Pero, la gente no hizo conmigo todo lo que quiso. Por lo menos, me mantuve auténtico en algunas cosas.
   Mi abdomen se agita al estar cada vez más cerca de esas edificaciones que me son tan familiares. Me levanto del asiento porque ya estoy llegando. Con la mano que me queda libre, tiro de la cuerda, anunciando mi próxima bajada. Llevo mi amuleto para la buena suerte, un antiguo billete rojo de cien pesos. A pesar de esta supersticiosa protección, algo extraño me está sucediendo, justamente ahora, en el momento de descender del vehículo. Siento un destello acústico, dentro de una silenciosa oscuridad, durante una fracción de segundo. Puede ser mi imaginación. O bien, algún bombazo lejano, o un choque en la otra cuadra, o un fenómeno atmosférico. No lo sé.
   Con bastante preocupación me pongo a caminar. Un transeúnte que se acerca me evoca al maestro Juan, el que hizo la cómoda de mi pieza hace tantos años atrás. Su rostro y su aspecto son iguales a los del mueblista. Tendría que ser su hijo, pero no le conocí ninguno. Es tan increíblemente igual que me parece estar viviendo mi niñez.
   A medida que camino algunas cuadras, sigo viendo más hijos idénticos a sus padres, y me doy cuenta que mi entorno es de otra época. El hombre que se pone a vender fruta no ha cambiado. Con asombro, veo que la casa de la esquina es la misma que había cuando yo era niño, y todavía está igual. Y también la casa que está al lado, y las del frente. Lo encuentro maravilloso. Más aún, los autos que pasan son todos antiguos. Lindos modelos había en aquel entonces, y ahora los estoy disfrutando de nuevo. Sin duda, estoy en mi pasado. Esto es lo más raro que hay. Parece un sueño.
   Soy lo único que se ha modificado en el tiempo. En cambio, están misteriosamente en pie unas casas que no tendrían que estarlo, pues fueron demolidas hace algunos años. Así las cosas, no me queda más que asumir mi presencia en otra época, transformada en presente, de una manera fascinante. Todo está igual que cuarenta años atrás, menos yo. Al mirar mi aspecto de adulto me viene una pregunta sin respuesta. ¿Cómo llegué aquí? Después de mirarme por todos lados, entiendo que tengo que buscarme entre los niños. Presiento que me encontraré con mi yo local.
   Me encamino hacia la calle en que antes estuvo mi casa. Ya sé que la demolieron hace veinte años, junto a todas las adyacentes, y construyeron una universidad. Pero, ahora estoy viendo la que fue mi casa. El mismo caserón antiguo que todavía está casi cayéndose. Me acerco con una mezcla de temor y curiosidad. Quiero verla por dentro.
   Aunque tuviera la antigua llave en mi bolsillo, igual tengo que tocar el timbre, pues soy un invasor. Pacífico, pero invasor. Estoy a punto de empujar el timbre con mi dedo estirado hacia un recodo del muro, donde el cartero anota cuántas cartas ha entregado. Recuerdo que antes tenía que empinarme.
   Pero no, no tocaré el timbre. No me atrevo a invadir esa casa que ya no es mía. Además, no sabré qué decir. Tengo vergüenza porque no me podrán creer la verdad. Recorro toda la cuadra un par de veces, sin animarme a irrumpir en la casa que fue mía y ya no lo es.
   Desde la esquina veo, allá en la otra calle, un niño de unos siete años. Voy hacia él, decididamente, porque me siento identificado. No sé si ese niño soy yo, pero me recuerda a mí mismo. Más aún en el momento en que tropieza en una baldosa levantada y se hiere la rodilla. A ese niño le pasa lo que me pasó a mí, pero no parece ser yo. Siento ternura por él. Es alguien digno. Entonces sale la odiosa señora de la botillería, con su mismo vestido azul oscuro, y su cantinela “Los hombres no lloran, las puras mujeres”. La mujer se burla del niño que llora. Abusa porque ella es más grande. Este es el momento en que me enfurezco, porque me lo está diciendo a mí. Y esta vez no se lo aguantaré. La enfrento y le digo golpeadamente y con rabia:
   -Puede usted guardar su cantito donde le parezca y desparecerse de mi vista inmediatamente.
   La dama se queda muda, me mira con incredulidad y asombro, y ya no molesta más. No es tan anciana como yo la recordaba.
   Ayudo al niño a pararse y con mi pañuelo le limpio la sangre de su rodilla. Quizás he venido a rescatar algo que se me quedó atrapado en las frustraciones de la infancia.
   Ya que estoy frente a mi versión antepasada, necesito conversar con ese niño. Menos mal que confía en mí y en mis intenciones. Nos sentamos en la cuneta y le cuento lo que ha sido de mi vida. Queda fascinado al escuchar acerca de mis inventos, y también me habla de su mundo. Decido ir al grano. No puedo andar con rodeos conmigo mismo.
   -Alfonso..., ¿qué niña te gusta? -le pregunto sonriendo.
   -Estoy muy chico para que me guste alguna.
   -Pero, puede gustarte una tan chica como tú.
   -¿De verdad, puede?
   -Sí. ¿Quieres que te guste alguna? La Chela, talvez.
   -¿La conoces?
   -Que si no la voy a conocer. Tiene unos ojos azules preciosos.
   -Sí. La conoces -me dice con ternura.
   -Cuando la veas, dile que la encuentras linda. Nada más que eso.
   No sé si trato de ayudar o de ser ayudado. Le explico que no tiene que esperar ninguna respuesta de ella. Tan solo decírselo. Es seguro que a ella le gustará escuchar algo así.
   -Dile que te gustan sus ojos -insisto.
   -No me atrevo, señor
   -¿Qué puede pasar? Mira, cuando yo tenía tu edad me gustaba una niña como la Chela, y nunca se lo dije. Eso me entristece, después de cuarenta años. En cambio, si se lo hubiera dicho, nada malo habría pasado que durara cuarenta años.
   -Tengo que irme -anuncia, al tiempo que se para y empieza a caminar.
   -Sí. Tu mamá se va a preocupar si no llegas pronto.
   -Parece que la conocieras.
   -Me encantó conversar contigo -prefiero expresar solamente eso, y no contarle cuánto conozco a su madre.
   -A mí también.
   -Chao.
   -Chao.
   -Gracias -le alcanzo a gritar cuando se aleja.
   -¿Gracias? ¿Por qué? -grita también él, deteniéndose un instante.
   -Por todo -le digo, simplemente. Quisiera poder explicarle que todo lo que soy y lo que no soy se lo debo a él. A pesar de innumerables dificultades, él pudo construir un hombre, y ése soy yo. Hizo lo que pudo.
   No me parece que haya quedado muy convencido de decirle algo a su amiga. Lo comprendo. ¿Cómo podría ser de otra manera?
   Yo también tengo que irme pronto. No puedo seguir pretendiendo cambiar el pasado. Sería inútil.
   No sé cómo tendré que hacer para volver a mi ámbito normal. Sólo sé que es urgente hacerlo. Me subo a un destartalado ómnibus antiguo. Para pagar el pasaje estoy obligado a recurrir a mi billete de la suerte. De vuelto, me da el chofer un billete verde de cincuenta y varias monedas. Salgo ganando, pues ahora tengo más amuletos.
   Durante el insomnio de anoche, me estuve diciendo a mí mismo lo lindo que sería volver atrás. Y es lo que he estado haciendo. Metido en un pasado que ya dejó de ser mío, sin saber cómo volver a mi entorno propio. Espero conseguirlo en este trayecto, a través de otra explosión rara.
   -Hasta aquí no más llegamos, caballero -anuncia el conductor, después de muchísimas cuadras, cuando alcanzamos el final del recorrido.
   Me demoro en bajarme pensando en lo difícil que será volver a mi mundo. Todavía faltan ocho cuadras para llegar a la esquina de mi casa. Lentamente empiezo a caminar a través de potreros, pues aún no han construido nada.
   Cuando calculo estar muy cerca, imagino el edificio, con cada detalle. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. No pasa nada. Sigo en el pasado.
   Respiro profundo y cuento desde cinco hasta cero, en regresiva. . . Nada. Creo estar en el sector en el cuál algún día construirían el edificio en que viviré. Miro hacia arriba, calculando el piso séptimo. Sólo veo aire.
   Cuento desde el cien hacia abajo, mientras camino en círculo. Cuando voy en el veinte me tropiezo con una raíz que sobresale y me voy estrepitosamente al suelo. Después de una fracción de segundo en que no supe de mí, aterrizo en los pastelones de la entrada del edificio. Por fin estoy en mi época actual. Después de apaciguarme, me dirijo hacia los ascensores.
   Mientras subo, me pregunto por qué no estoy contento, si volví a mi mundo. Empiezo a entender la tristeza. Mi departamento sigue siendo solamente mío. Casi todo está igual que cuando salí en la mañana, excepto por un detalle, pues encima de la mesita de entrada hay un retrato de una niña hermosa. No sé por qué motivo, nunca antes me di cuenta que estaba ahí, como si no formara parte de mi entorno. Sin embargo, hoy que lo puedo ver, reconozco haberlo tenido en mis manos miles de veces.
   Me parece estar haciendo renacer unos recuerdos olvidados. Por algo sé que quiero leer, una vez más, el reverso de la antigua foto en blanco y negro. Es la Chela, de quince años, con su sonrisa inconfundible. Ella me la envió desde otro país al cual tuvo que irse cuando su padre fue nombrado en un cargo internacional.
   Tomo el retrato en mis manos con una emoción que no me conocía. Abro el marco lentamente y saco la foto. La doy vuelta para leer la dedicatoria:
         "Mis ojos se alegran al recordarte.
                      Marcela"

   Y es entonces, que los ojos míos se empiezan a humedecer.

   

   Marcela

   La vendedora de vestidos

   Recuerdo un horrible vestido que tuve cuando niña chica. Era de un color azul oscuro con franjas verde agua, y tenía unos vuelos extraños, que me cargaban. Mi obligación era usar ese vestido, y además, no ensuciarlo. Yo me ponía un delantal encima, y así me sentía mejor. Me iba a la cocina y preparaba cosas ricas para comer.
   Ahora que ya crecí, y me independicé, trabajo como vendedora en una tienda de ropa. Disfruto entre tantos vestidos lindos que me gustan.
   Hace un momento, acaba de entrar a la tienda una señora joven, con su hija pequeña. La pobrecita tenía un vestido casi tan feo como el que tuve yo en mi infancia. Se me empezó a remover todo por dentro, pero mantuve la calma. Atendí a la señora, y mientras ella se fue al probador, me dediqué a ofrecer lindos vestidos a la niñita. Hasta la llevé a otro cubículo para que se probara el que más le gustó.
   Ambas salieron casi al mismo tiempo. Regias las dos. La mamá miró a su hija con cara de asombro, como diciendo que no estaba en sus planes comprarle un vestido a ella. Fue entonces que se me ocurrió un truco. Inventé que había una promoción de llevar dos vestidos, uno de mujer y otro de niña, todo por el precio de uno, sólo por hoy.
   Madre e hija quedaron felices con su compra.

   

   Una noche especial

   Me contaron que cuando era bebé me dejaron a cargo de una tía. Sólo por un fin de semana. Desde hacía tiempo, mis padres querían vivir una noche especial, los dos solos. Lo sé porque me lo contaron. Y en su misma ciudad, no se vislumbraba bien la manera de lograrlo.
   Decidieron tomar un bus en la mañana, hacia el pueblo vecino. Llegaron a mediodía, y contrataron una habitación de hotel cinco estrellas. Dejaron su equipaje en el hotel y salieron a buscar un buen lugar para el almuerzo, el cual resultó muy grato. Casi fueron de ahí al hotel, pero durante el café evocaron ese otro pueblo cercano a éste, que visitaron una vez, hacía algunos años, y que ahora les vendría bien recordar.
   Era cerca. Tomaron un bus y llegaron a las cinco de la tarde. ¡Y cómo recordaron! Si habían pololeado en ese pueblo. Se sintieron tan tórtolos, que desecharon la seguridad adquirida en la mañana. Ya que buscaban una noche romántica, aquí podrían tenerla. Les estaban ofreciendo una cena especial, con champaña, una suite suntuosa. Sería inolvidable.
   Podía irse al diablo la anterior reserva. Allá se quedó el nuevo camisón coqueto. Compraron otro, y lo pusieron bajo la nueva almohada. Estaban listos para una noche inolvidable. Faltaban todavía unas horas para la cena. Mientras tanto, podían conocer un poco. Ir a una atracción turística, que estaba a unos cuarenta kilómetros, y volver bien para la cena. Sí, sería entretenido.
   Tomaron el bus hacia ese lugar. Conocieron mucho, pero empezaron a cansarse. Se subieron al bus de regreso. Justo a tiempo. ¡Qué día! ¿Habrá sido demasiado?
   A mitad de camino, el bus tuvo una falla que lo dejó inutilizado.
   Calcularon que pronto tendría que venir otra máquina a buscar a los pasajeros. Bueno..., no tan pronto, quizás. No quedaba más que esperar. El conductor del bus hacía lo que podía para comunicarse a través de un pequeño equipo de radio.
   Siguió pasando el tiempo... Y aumentando la aprensión. Y también la frustración. A medida que se perdía la esperanza.
   Aquella fue una noche muy especial..., en bus detenido.

   

   Turista

   Mientras bajo del bus, con la cartera en una mano y la cámara fotográfica en la otra, ya empiezo a admirar la impresionante parte alta del templo. Prefiero correr, pues no me queda ninguna mano para evitar que el viento trate de levantarme la falda. Después de entrar a la basílica, me maravillo con los vitrales y con las escenas del vía crucis. Tienen algo que me sobrecoge.
   Una voz de hombre habla desde el púlpito, instándonos a mejorar nuestras vidas. La mía lo necesita a gritos. Hace muchos años que no me reconcilio con Dios. Desde que estaba en las monjas, para ser exacta. En este momento, más que nunca tendría que hacerlo, pero no hallo cómo. No es nada de fácil dejar al descubierto las intimidades del alma. Es casi como desvestirme. “O por lo menos, como sacarme la falda y quedarme en calzones” me dice esa voz interior festiva que tengo. Me doy cuenta que decir mis cosas privadas sería una falta de respeto, frente a alguna persona excesivamente seria, como puede ser un sacerdote.
   Lo que más me llama la atención es que la gente está recibiendo la homilía con humor. Risas y aplausos cosecha ese hombre, que no tiene aspecto de cura, sino más bien el de un atractivo galán. Claro, pues si me fijo mejor, veo que es uno de los que venían en el otro bus, anterior al mío. Un turista como yo, pero viviéndose el viaje hasta el fondo.
   El hombre se baja del púlpito entre la simpatía de sus amistades y el enojo del sacristán. Para terminar su actuación, el tipo no halla nada mejor que meterse en un confesionario. Ahí, al lado mío. Esto es más que una coincidencia, si tengo en cuenta lo que yo pensaba recién. Sin vacilar ni demorarme, acudo hacia el impostor, antes que llegue el sacristán, y me hinco en la grada de madera.
   Trato de imaginar su gesto de sorpresa, al otro lado de la rejilla, en el momento en que susurro:
   -Necesito confesarme.

   

   Anuncio

   Esta mañana me ocurrió algo notable.
   Desde que me casé con Alfonso hemos querido tener un bebé, pero por alguna razón, el tiempo ha transcurrido sin que yo pudiera quedar embarazada. No queremos consultar al médico todavía. Decidimos darle más tiempo a la creatura que ha de venir. Cada vez que tengo un atraso, pienso que ahora sí, ha resultado, y me tomo el examen, el cual ha salido siempre negativo, hasta ahora.
   Sin embargo hoy, domingo, en cuanto desperté sentí algo especial. Como una voz de alguna persona invisible. O talvez un ángel, creí al principio. Sí. Me habló en silencio. Era escuchar lo que se estaba diciendo dentro de mí. No a través de mi oído, sino muy adentro.
   Alfonso no estaba, pues tuvo que salir muy temprano por un trabajo extraordinario, cosa que no ocurre casi nunca.
   La persona que intentaba comunicarse conmigo no podía ser un ángel. Eso empezó a quedarme claro por lo que dijo después. Al comienzo me había dicho "vendré a ti". Al menos, eso me pareció, con claridad. Después rectificó lo dicho. Era muy rara su expresión. Algo así como "no vendré, ya vine".
   -Estoy contigo..., estoy en ti -agregó la voz silenciosa-. Vengo a cumplir una misión. Tendrás que comprenderme.
   Hasta ese momento no había confiado mucho en mi nuevo atraso, pero ahora ya me estaba pareciendo que quizás esta vez..., sí que era cierto.
   -Mamá, te quiero -fue lo próximo que escuché en mi interior.
   Me llené de felicidad.
   -Quiero llamarme Julián -me dijo la voz invisible y silenciosa-, que significa "con fuerte raíz".
   No hubo más diálogo..., si se puede llamar así. Sólo fue lo indispensable. Nunca creí que se pudiera tener tal vivencia, con un ser pequeñito que recién inicia su gestación.
   Quedé tan segura de mi embarazo, que no veo la necesidad de hacerme ningún examen.
   Alfonso llegó a la hora de almuerzo, y me encontró radiante.
   -Vas a ser papá -le dije, y se puso tan contento, que me abrazó y besó con ternura.
   -¿Y cómo lo sabes? -preguntó cuando estuvimos más calmados.
   Me limité a sonreír... Se lo contaré más tarde.


  Segunda parte.-    Desde el Norte

   Mesa de ayuda

   -¿Qué es un lupanar?
   -Se dice luna-par, creo yo.
   -Si tú lo dices... -consintió Belinda, la más joven, volviendo los ojos hacia su libro.
   -Es un lugar de juegos y diversiones, como una fantasilandia.
   -¡Ah! Con razón, aquí dice “lo pasaban de maravilla en el lupanar”.
   Obdulia, la de más edad, siguió tomando helado de su enorme copa. Ya hacía rato que estaban instaladas en una mesa de la vereda del restaurante.
   -¿Qué es un lenocinio? -preguntó Belinda, que seguía leyendo.
   -Es cuando matan a alguien.
   -¡Ah! Con razón, aquí dice “lo mataron de tres cuchilladas en un lenocinio de mala muerte”.
   -Se te va a derretir el helado si no te lo tomas -dijo impaciente Obdulia.
   -¡Oh! También dice “murió en los brazos de una puta” -insistió Belinda.
   -Supongo que no tengo que explicarte lo que es una puta, ya que lo sabes por experiencia propia.
   -Más experiencia tienes tú, que fuiste la que me metió en el ambiente.
   -Agradecida tendrías que estar..., si no tenías donde caerte muerta, y no te quedaba más que volver a la casa de tus papás.
   -Ni muerta habría vuelto. Tú no te imaginas lo que sufrí en esa casa, con mi padre borracho, violándome a cada rato y sacándome la cresta. Y la vieja, como si no pasara nada.
   A estas alturas, Belinda lloraba de rabia contenida, que surgió como de un volcán en erupción. Obdulia la consoló como pudo.
   -Quince años tenía cuando me escapé -continuó la joven, entre hipos- y me juré no volver nunca más... Ni me buscaron, tampoco.
   -Menos mal que me recogiste -logró decir Belinda cuando se repuso, después de un silencio- , y me llevaste donde esa señora que yo creí que era tu tía.
   -Bueno, si esa misma señora, a quien quiero tanto, me recogió también a mí cuando yo no valía un peso -empezó a contar Obdulia.
   -¿También te escapaste de tu casa?
   -De la casa de mi marido. Un abusador, que en mala hora se me ocurrió casarme con él. A mí, sí que me buscaron. Con tiras y pacos. No es nada de fácil vivir escondida si no tienes ni qué comer.
   -Supongo que no podías recurrir a tus papás -comprendió Belinda.
   -Ni por casualidad. Si yo tampoco salí bien de esa casa. Tenía dieciocho años cuando me enamoré de un hombre estupendo. Mis papás no lo podían ver ni en foto.
   Obdulia no lloraba. Había criado una coraza protectora infranqueable.
   -Tuve que escaparme para seguirlo -agregó-, pero no alcanzamos ni a casarnos, cuando lo perdí en un accidente de automóvil. Pasé muchas pellejerías hasta que me casé con un tipo que después resultó ser un imbécil. Es que ya estaba desesperada.
   -Me tengo que lavar el pelo -dijo Belinda, cuando la densidad del silencio se apaciguó.
   -Pero, si te lo lavaste esta mañana.
   -Sí. En la mañana fue por pura costumbre, no más. En cambio ahora, es por que no me aguanto ni yo misma.
   En cuanto terminaron su helado, llegó el mozo con la cuenta.
   -Son cuatro mil, más los quince que me deben, serían diecinueve mil, en total.
   -Anótalo, Pantruca, ¿ya? Mira que... no andamos trayendo nada... -dijo Obdulia, coqueteando.
   -No es mi problema, si... no andan trayendo nada... -casi deletreó el mozo, moviendo su vista de rayos X desde una falda a otra. Y agregó sonriente:
   -Quizás podamos arreglar esto de otra manera.
   -Junta más plata, flaco fresco -alcanzó a escuchar el mozo, cuando ellas ya se alejaban riendo.

   

   Pantruca

   Un trabajador de estación

   Desde muy niño trabajé en la estación del ferrocarril. Si algo me ha fascinado durante toda mi vida es ver los rieles, esos fierros que no se sabe hasta dónde van a llegar.
   El primer día, me pasaron un trapo mugriento y un escobillón, con el que me entretuve haciendo perder el equilibrio a los pasajeros que estaban en fila frente a las ventanillas. Me sentía obligado a molestar para estar a tono con el letrero de plata que mi padre me colgó al cuello a causa de mis primeras diabluras callejeras. Siempre me ha pesado toneladas esa sentencia que es una verdadera meta, y he necesitado esforzarme para cumplir lo que de mí se espera.
   En mi estación mando yo, aunque a alguien no le guste. Llegué acá después de conocer todos los liceos desde dentro hasta que no quedó ninguno que me aguantara. Es que el letrero me inducía a ser valiente, y decirles unas cuantas verdades a los profesores. Especialmente a uno, que trató de hacerme creer que las líneas paralelas nunca se juntan. Con sangre me entró esa frase que no olvidaré, ni tampoco aceptaré. ¿Cómo puede una persona estar tan segura que las paralelas nunca se van a juntar ? No quise entenderlo. Más bien, estoy seguro que se juntan cuando nadie las ve.
   Después de un tiempo, supuestamente dedicado a la limpieza de una estación que se negaba a perder la suciedad, fui progresando, y pasé a cargador de maletas. Así, adquirí un uniforme y un gorro rojo con visera. Desde entonces, recorro el andén una y otra vez, disfrutando el movimiento de las locomotoras. En algunos ratos me escapo a tomarme unos tragos, y me enfrasco tanto en el vino, que después no sólo los trenes se mueven, sino también todo el edificio de la estación. Y qué decir de los rieles. Se juntan. Y también se cruzan y se separan. Yo siempre supe que mi profesor de matemáticas estaba equivocado.

   Estación de trenes

   Estando yo en la limpieza de la estación ferroviaria de Antofagasta, llegó un tipo con vestimenta extraña. Me preguntó por un tren con destino a la localidad de Bajo Cóndores. Lo tuve que atender yo porque el jefe de la estación no estaba. Le expliqué que ese tren pasa una vez por semana, todos los sábados. El hombre andaba con suerte, pues sólo tendría que esperar algunas horas. Dijo llamarse Norberto, y traía una especial recomendación de trabajo para una empresa minera, talvez pequeña, o al menos desconocida.
   Mientras Norberto esperaba el tren que lo llevaría a su destino, conoció a Obdulia. Tuvieron tiempo para conversar muchas cosas, pues el tren tardó varias horas en pasar. Yo pasé muy cerca de ellos varias veces para escucharlos. Me pareció que Norberto creía estar enamorándose, y además, siendo correspondido. Obdulia le contó que vivía muy sola, y trabajaba como auxiliar de lavandería. Era una mujer mayor que él, y había tenido una vida azarosa.
   Obdulia no se subió a ese tren, pues su destino era otro.
   Casi un año después, volvió Norberto y lo reconocí de inmediato porque traía puesta la misma ropa.
   -¿Qué tal la pega? -le pregunté.
   -No había pega. Me dijeron que esa empresa dejó de funcionar a fines del año pasado.
   -¿Y qué te quedaste haciendo?
   -Me tuve que quedar toda la semana esperando el tren.
   Me pareció extraña esa respuesta, si había pasado muchísimo más de una semana, pero Norberto no estaba con ganas de conversar, y se fue muy rápido a conseguir alojamiento, según dijo.
   Al día siguiente, Norberto vino a la estación especialmente a hablar conmigo. Estaba muy nervioso y desconcertado.
   Me contó que cuando llegó a Bajo Cóndores no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Un pueblo abandonado... Incluso, llegó a creer que se había equivocado de lugar.
   -Y eso no es lo más extraño -me dijo-. Ayer en la tarde quise visitar a Obdulia..., para continuar esa amistad que habíamos empezado a tener.
   -¡Ah! Y no la encontraste.
   Empecé a comprender la frustración de Norberto.
   Me explicó que durante largos minutos golpeó la puerta, sin obtener respuesta. Una vecina de su amada le contó que ésta murió, hace algunos meses. Nada tenía lógica para Norberto.
   -Murió hace ya unos ocho meses -confirmé, apenado, porque yo también la quería mucho.
   -Eso es absolutamente imposible. Tú sabes que estuve con ella hace poco más de una semana.
   Lo miré sin saber qué decirle. Para él, el tiempo no transcurrió como a cualquier otra persona. Le tuve que mostrar la fecha de un diario reciente. Casi se cayó al suelo de la impresión.
   -¿Y qué puedo haber vivido durante un año completo, sin darme cuenta?
   Es una de las cosas más notables que ha ocurrido por acá.

   Un caso policial

   ¡Qué hermoso parque! Nunca antes había estado en la capital. Desde que llegué, en la tarde, me entretengo en cualquier cosa. Mañana iré a ver a mi compadre, que me está consiguiendo una pega.
   -¿Qué sabís hacer? -me había preguntado en cuanto bajé del tren.
   -De todo. He sido mozo, he trabajado en la estación...
   Allá en el norte la cosa está mala. Quizás algún día pueda volver a mi pueblo. Allá están mis amores. Y todas mis raíces. Por ahora, ya se está oscureciendo, y mejor me vuelvo a la pensión, antes de que aparezca algún malandra. Como esa sombra que camina por ahí. No me gusta nadita. ¿Y si me apuro? Ya voy casi corriendo. También el otro bulto corre, y mucho más que yo. Ahora me asalta:
   -Dame la chaqueta, cabrito.
   -¿Estái loco, oh? Córrete, antes que llame a los pacos.
   -Y también los zapatos, ¿oíste?
   ¿Qué se habrá creído este huevón? ¿Mis zapatos nuevos? ¿Y mi chaqueta de cuero? Pienso que de un solo puñete me lo puedo sacar de encima. Allá voy. ¡Cresta! Sacó un cuchillo. Le hago el quite. ¡Ay! Me alcanzó. Me corro. Trato de arrancar. No puedo. Me dio otra vez. ¡Cómo me duele! Se me nubla la película. Caigo al suelo. Siento unas patadas. Ya no siento nada, pero sigo estando aquí mismo. . .

         * * *

   Nunca se supo si este relato quedó atrapado entre las neuronas de su dueño, y por lo tanto, yace bajo tres metros de tierra, o bien, si quedó en algún fluido etéreo rondándonos infructuosamente. Lo único que se pudo saber, en un primer momento, fue lo que apareció en el diario, dos días después, en una columna menor de la página policial:
   “Fue hallado un cadáver semidesnudo, de sexo masculino, de mediana edad, en la orilla sur-oriente del estero Los Sauces, a la altura del sector denominado Las Ñipas, de esta capital. El occiso, que aún no ha sido identificado, presenta heridas corto-punzantes en las regiones torácica y abdominal. Vecinos de Las Ñipas manifestaron no conocer al infortunado, así como tampoco advirtieron ningún movimiento extraño.”

   

   Norberto

   Un final con guitarra

   Todo empezó en un bar nortino. Una de esas tantas veces en que fuimos con Juan a tomarnos unos tragos. Era nuestra costumbre conversar varias copas junto a otros amigos.
   Juan fue para mí algo muy parecido a lo que sería un padre, que casi no tuve. Mi padre murió en un accidente del trabajo cuando yo era un niño chico. Desde el momento en que ocurrió aquella desgracia me convertí en un tipo solitario.
   De todas formas, mi soledad ha sido llevadera. Y mucho más aún, cada vez que me siento atraído por alguna mujer. Hasta tuve una novia, que me hacía la vida feliz, pero nada resultó porque ella era de clase, y su padre no me aceptaba. Eso fue hace mucho tiempo.
   Como siempre, después de la segunda copa, Juan cantó su canción favorita, acompañándose de su querida guitarra. Es como si todavía lo estuviera viendo, en el sector más iluminado de la mesa. El trataba de alegrarnos la vida a todos los demás, y lo disfrutaba. Sin embargo, yo apenas sonreía, sin poder salir mucho de mi tristeza.
   -Compadre -le dije- , cuando yo me muera, usted me va a ir a tocar la guitarra, mire que quiero un funeral alegre, con música.
   -Así será, Norberto -me respondió riendo- , pero . . . ¿y si yo muero antes?
   -En ese caso, yo le consigo alguien que sepa tocar la guitarra.
   Entre risa y risa, quedó sellado el trato. Esa noche, no nos dimos cuenta que había quedado un presentimiento flotando en el aire. No le dimos importancia a una frase que dijo Juan, refiriéndose a su guitarra. Me pareció escucharle algo así como “a una cuadra de distancia no le veo las cuerdas”. No entendí bien por estar distraído pensando en mi imperiosa necesidad de aprender a tocar un instrumento musical, y en las muchas veces que había tratado sin éxito porque mis dedos ya se estaban poniendo tiesos. De todas maneras, la frase de Juan me quedó sonando.
   Ni nos imaginamos que tan pronto iba a ser el momento de cumplir nuestro pacto, cuando la violencia se hizo cargo del país. El abuso y la injusticia merodeaban en cada esquina. No podíamos salir en las noches porque estaba prohibido por la autoridad. Cada uno tenía que quedarse en su casa escuchando los balazos, sin siquiera saber a quién iban destinados.
   Ya no me resultaba posible trabajar contento como antes. Era el mismo mineral de cobre de siempre pero con un sabor completamente distinto. Empecé a temer por mi compadre Juan, que había estado metido en más de alguna actividad medio sindical, medio socializante.
   De un día para otro dejamos de ver a Juan.
   -Anda escondido -aseguró el Pantruca. Le decíamos así porque era el único rostro que no se quemaba con el sol ni se resecaba con la sal del aire. Me lo dijo convencido, pero no supe si creerle o no. Además, no había a quién preguntarle.
   Una tarde apareció Juan. Estaba flaco y un poco desanimado. Fuimos a tomar unas copas, pero bien temprano. Curiosamente, esa vez cantó canciones tristes, y se retiró callado. No fue mucho lo que alcanzó a estar en el pueblo. Lo sacaron durante una noche negra, y ya no volvió. No lo vi más.
   Muchas veces fui a compartir una taza de té con la madre de Juan. En su casa estaba la guitarra, como esperando algo, y causando un doloroso recuerdo a la pobre señora, cada día y en cada momento. Por eso, no vaciló en dármela en cuanto me atreví a pedírsela. No teníamos mucha esperanza de que mi amigo volviera.
   Juan no murió de manera natural, sino que en una situación odiosa, como si se hubiera tratado de una guerra en que cualquiera podía ser tildado de enemigo. Casi lo echaron a una fosa común de desaparición. Por alguna circunstancia fortuita se salvó de eso. Nadie supo ni cuándo ni cómo, y ya estaba bajo tierra en el desierto, a cierta distancia de un camino secundario.
   De cómo me enteré de esto, fue a través de un uniformado. Hasta ese momento, sólo se sabía que lo tomaron detenido. Nadie era capaz de decir nada de él. Sin embargo, una noche en el bar me puse a conversar con un suboficial. Al principio creí que me tomaba el pelo, cuando me dijo donde estaba enterrado Juan.
   -No se puede sacar de ahí -me advirtió con firmeza.
   No creí que él pudiera estar dando información tan sueltamente sin que sus superiores arremetieran contra él. Hay muchas cosas del ambiente militar que yo nunca he entendido.
   Fue una impotencia salvaje. La rabia me hacía querer decirle unas cuantas cosas al milico, a pesar de que fue atento y cortés al darme la mala noticia. Desde luego, él no tuvo nada que ver con esa sucia historia. El lo vio por casualidad, en una ocasión en que encontraron varios cadáveres tan descompuestos que había que darles sepultura rápida. Igual, quedé con la duda. Ni pensar en ir a confirmar con algún otro militar lo que el suboficial me había contado.
   Primero, se me ocurrió que podía ir al lugar y hacer un hoyo, pero no tenía datos tan exactos, y además era muy peligroso porque me agarrarían rápidamente, y me meterían para adentro. En realidad, me llené de miedo. En uno de esos intentos podían pescarme a mí por desafiar a la autoridad.
   No me constaba que Juan estuviera ahí, pero realmente daba lo mismo si acaso estaba en ese lugar o en cualquier otro. El estaría siempre en todo el aire, de día o de noche, invierno y verano. El lugar dado por el suboficial estaba bien para centrar el recuerdo.
   No intenté excavar ni averiguar más. Lo esencial es que tenía que darlo por muerto. Nadie podía estar vivo después de todo lo que le había pasado. Tuve que asumirlo así, sin más. Equivalía a entregar todo, lo material y lo inmaterial, a cambio de nada, y sin que me dieran ni un maldito recibo. Fui despojado de mi amigo. El no era criminal, ni nada de eso. A lo más un poco exaltado y con una tremenda fuerza para pedir lo que era suyo. Ahora, ninguna cosa material es suya. Sólo la guitarra. Su legado es más que una canción.
   Como gran cosa, logré ir al día siguiente a despedirme en silencio de mi amigo. Llevé la guitarra, que aún no había aprendido a tocar. Ahí estaba yo, solo, en el desierto, con una tumba presunta. Aún hacía calor cuando ya empezaba a ponerse el sol. El aire lejano se pintaba con todos los colores en suave evolución.
   Rasgueé lo que pude con mis dedos torpes. Canté lo que pude con mi voz desentonada. Lloré lo que pude. Recé un padrenuestro, aunque mi compadre no era tan creyente, igual le sirve. Armé una improvisada cruz con dos palos y la clavé en el lugar en que se suponía estaba Juan.
   Le solté un poco las cuerdas a la guitarra para que no se cortaran con el frío de la noche, y la puse al lado de la cruz con un mensaje escrito en una caja de cartón desarmada. Ahí escribí el epitafio:
   “Peregrino que cruzas el desierto, cántale una canción a mi amigo Juan, que será también tu amigo en el cielo”.
   Así dejé la tumba, y me fui con el corazón apretado. Pensé que sólo estaba tirando una guitarra y un pedazo de cartón, lo cual no importaba para nada. Si algún día una persona llegaba a interpretar el amor a la humanidad en esa guitarra, se pagaba sola. Nunca llegaré a saber qué canciones se cantaron, si es que alguna.
   Imaginé multitudes en la tumba de Juan. Mi fantasía me presentaba las historias de cada una de las miles de personas que habrían acudido. Estoy condenado a no saber qué se vivió realmente en ese desierto. Por lo menos, estoy seguro que el viento entonó su saludo diario.
   Siempre le converso a Juan. No sé si me escucha, pero a mí me hace bien, sobre todo cuando ando con muchas dudas, se me aclaran. El me espera allá en lo alto, pero no voy a ir todavía.
   Estuve viviendo en el extranjero. Así lo decidí, antes de que fuera demasiado tarde. No sabía si irme o quedarme, porque no era nada de seguro vivir aquí. Mi trabajo en la mina de cobre se había puesto difícil, y no era cosa de revolverla tanto. Aunque no me estaban echando ni persiguiendo, yo no tenía a nadie y preferí intentar algo completamente nuevo. Pasó el tiempo, y parecía eterno. Trabajé en cualquier cosa, cuando tenía algo, y cuidando el poco dinero que lograba ganar.
   Cuando volví al país, habían pasado como cinco años. Una noche soñé con una guitarra sin cuerdas, en plena pampa, y al fondo se veía el pueblo y el camino secundario. Al despertar recordé, palabra por palabra, esa frase extraña que Juan pronunció una vez. “A una cuadra de distancia no le veo las cuerdas”. Sí. Esa era la extraña frase que se me quedó grabada.
   Me levanté con urgencia y partí a visitar la tumba. Todavía estaba la cruz, y hasta el cartón, con muchas piedras encima. Envejecido, pero aún se leía. No estaba la guitarra. La encontré mucho rato después, como a cien metros de ahí, totalmente destrozada. Me la llevé para guardarla como un preciado recuerdo.
   -Se parece a la guitarra del Pantruca -dijo alguien a quién yo no conocía, en cuanto me vio entrando al pueblo.
   Cuando se la mostré al Pantruca, casi se murió. Ahí me contó que él se la había robado de la tumba y se la llevó a su casa. Desafinada por el calor, casi quemada, inútil, pero gratis. Eso era impagable.
   Me contó que en la noche no pudo dormir por una bulla que venía del entretecho, y que se levantó dos veces a mirar y no encontró nada. A la noche siguiente habían vuelto los ruidos extraños y el Pantruca ya no podía más. Siguió teniendo toda clase de estragos, hasta que no le quedó más remedio que ir a devolver la guitarra. Iba tan asustado que no encontró la tumba y tuvo que dejarla por ahí, en cualquier parte.
   Después de toda esta historia, todavía no he podido quedar conforme. Ni tampoco he logrado aprender a tocar la guitarra. Lo más notable es la cantidad de cosas que me cuenta Juan cuando voy a tomarme un trago al bar.

   Las amigas

   Poco después de llegar de un viaje al extranjero, y haberme instalado en Santiago, viví una misteriosa situación. Cuando esperaba la luz del semáforo para poder cruzar, vi a una joven que también esperaba. Me sentí muy atraído por ella, mucho más de lo normal, si ni siquiera era tan bonita. Alguna irradiación invisible estaba actuando.
   Ella intentó cruzar distraídamente, cuando venía un microbús. La tuve que sujetar del brazo. Le salvé la vida, en virtud de ese algo invisible. Me dio las gracias, y conversamos un poco. Se llama Ester.
   Como quedamos de juntarnos, al otro día la busqué en el lugar acordado. Sin embargo, ella no llegó. Por lo menos, dejó un mensaje para mí, con el mozo. Éste me dijo que yo fuera a la casa de ella, al día siguiente. Y me explicó más o menos cual era la casa.
   Todo esto era tan extraño, que me debatía entre ir y no ir. Finalmente, acudí, porque esa intensa atracción que sentí, tiene que haber estado para algo.
   Toqué el timbre que había en la reja del antejardín, y esperé un rato. Volví a tocar, ya que nadie me abría la puerta. Se escuchaba una bella música de piano, supuestamente interpretada por Ester. Al menos, eso creí, y quizás por eso ella no escuchaba el timbre. Seguí esperando otro rato.
   Opté por retirarme de ahí, pensando que tendría que olvidarme de Ester. Sin embargo, volví al día siguiente. De nuevo se repitió lo mismo. Una música de piano, triste, muy triste.
   Fui varias veces, sin mejor resultado. En una de éstas, se me acercó una vecina, una muchacha joven. Conversamos.
   -Soy Norberto.
   -Soy Elisa.
   Aproveché de preguntarle si conocía a Ester.
   -La que vive en esa casa -le dije-. No la de la esquina, sino la del lado.
   -Sí -me respondió Elisa-. La conocí, y lamenté mucho su muerte.
   -¿Qué? ¿Murió? ¿Hace pocos días?
   -Hace más de seis meses.
   -No puede ser...
   Se la describí, para que me confirmara que no era la misma.
   -Es ella misma.
   -¿Pero, cómo?
   -La atropelló un microbús.
   Me dijo dónde ocurrió... Y es la misma esquina en que la conocí hace poco más de una semana.
   No iba a quedarme así, no más. Aquí había un misterio que yo quería resolver. Invité a Elisa a almorzar en el centro, y aproveché la ocasión para preguntarle muchas cosas. Pero, ella no sabía mucho acerca de Ester.
   -Estábamos recién empezando a ser amigas... -me dijo, y no terminó la frase. Nos despedimos con tristeza.
   Investigué en la Biblioteca los accidentes ocurridos en esa época, en ese lugar. Fueron sólo dos tardes las que estuve buscando en los diarios, hasta que encontré algo. Una Ester, precisamente. No había foto.
   Ya no quedaba mucho que indagar. El misterio amenazaba con seguir siéndolo para siempre. De todas formas, volví a llamar a Elisa, por si ella pudiese aclarar esta situación.
   Para ser sincero, no fue sólo por eso que llamé a Elisa. Ella me gustó desde el primer momento. Iniciamos una amistad, que pronto derivó a noviazgo.
   Ahora que Elisa es mi esposa, me pregunto si acaso habría llegado a conocerla si no fuera por esa misteriosa intervención de Ester.

   Viajando

   Mi lectura transcurría plácida, casi somnolienta. Algo de lo que leí me hizo recordar a Juan, y todo el asunto ése de la guitarra. Dejé la lectura por un rato, evocando viejos tiempos.
   De pronto, en la otra silla, la que estaba desocupada, apareció Juan, sin que hubiera habido un mínimo ruido. Pero, ¿cómo?, si eso no es posible...
   -Hola, Norberto -me pareció escucharle.
   Al principio, no entendí nada. Después, por lo menos capté lo que Juan intentaba decirme. Me habló de Adelaida, su mujer, y de su hijo Rafael, que estarían en peligro, debido a un derrumbe que estaba por producirse en la carretera. No dijo cuándo, ni cómo, ni dónde. Desapareció, así como había llegado, de repente.
   Pasó un día entero en que no atiné a nada, sin saber a qué atenerme, hasta que escuché por la radio la noticia del derrumbe. Corrí a la casa del vecino para pedirle prestado su auto.
   Cargué gasolina y partí rumbo al norte, reprochándome inútilmente por mi demora, que había sido inevitable. Llegué en pocas horas a la zona del derrumbe, ya que no estaba muy lejos de Santiago. Hasta ese punto se podía pasar. De ahí mismo partía un desvío. Lo que siguió fue como una odisea, por caminos angostos y disparejos, hasta alcanzar de nuevo la carretera, esta vez por el lado norte, como a un kilómetro del derrumbe. Fue entonces que vi un camión con el capó abierto, en señal de estar teniendo problemas. Me acerqué, con intención de preguntar por la familia de Juan.
   Fue asombroso, pues ahí mismo me encontré con Adelaida y Rafael. Y todos sus enseres, pues están trasladándose a Santiago, en busca de un futuro para Rafael. El chofer trataba de inventar alguna manera de llevar el camión a un taller del pueblito cercano. El motor no quería arrancar. En forma providencial se había detenido, sin ningún motivo aparente, justo antes de que ocurriera el derrumbe.
   -Ha sido una gran suerte -les dije, con entusiasmo-, la pana los salvó de quedar sepultados debajo de un montón de tierra y piedras.
   Seguimos conversando. No había nada que pudiera apurarnos. Les conté lo que ha sido de mi vida, de mi esposa Elisa, y de mis hijos Carolina y Cirilo.
   Al final de ese día, un nuevo intento del chofer logró hacer partir el motor del camión. Así se confirmaba que lo vivido fue un verdadero milagro. ¿Por qué se había detenido el camión? Ésa era una pregunta sin respuesta. Un misterio inexplicable.
   -¿Por qué viniste hasta acá? -me preguntó Rafael, que es muy observador.
   No me quedó más que hablarle algo acerca de la visión que tuve.
   -Son misterios relacionados -concluyó, con una triste sonrisa de haber siempre querido conocer a su padre.
   Adelaida y Rafael continuaron conmigo su viaje hasta Santiago. Mientras tanto, el chofer se quedó a la espera de que despejaran la carretera, ya que su tremendo vehículo no pasaba por el desvío.
   Tres días después llegó el camión a Santiago, con las cosas.

   

   Renato

   La cruz de piedra

   El camino estaba siendo monótono. Especialmente después de dejar atrás la carretera y entrar en la huella, que no difería mucho del resto del paisaje. Nunca en mi vida había sentido tanto calor. Un cielo despejado, azul, limpio, y un sol quemante. El viento sólo se escuchaba. No se veía, porque no había árboles, ni arbustos, ni construcciones, ni siquiera arena suelta.
   Me dirigía hacia la radioestación para controlar los registros. Con ellos intentaba ayudarme a eliminar una odiosa interferencia que se estaba produciendo en las comunicaciones. En ese tiempo no existían tantos adelantos tecnológicos como ahora, y se hacía necesario tener los instrumentos de medición en el lugar mismo.
   Al subir el último tramo del cerro por el largo y sinuoso camino, en pleno desierto, el motor de la camioneta se calentó tanto que el radiador empezó a hervir.
   -Hasta aquí no más llegué -me dije a mí mismo y comprendí el motivo por qué no permitían subir solo. Y entendí cabalmente la necesidad de andar trayendo un equipo de radio portátil. Este sí que lo traje. Lo levanté inmediatamente desde el piso de la camioneta, y me dispuse a comunicarme con la ciudad. No me sirvió de mucho. Después de varios fracasos, me rendí a la evidencia. El equipo estaba descargado. Esto me pasa por no haber sido previsor. Cuando estuve en la oficina, antes de salir, había cogido el primer equipo que encontré, así no más, sin probarlo.
   Y ahora, ¿qué podría hacer? Me culpé sin piedad. Era el colmo que no hubiera tomado las mínimas medidas de precaución. No traje ni agua de repuesto. Apenas una bebida para mí, y ya no estaba ni helada siquiera.
   Tendría que esperar a que se enfriara el motor, o incluso, esperar hasta la noche. El frío jugaría a mi favor. Que alguien pasara por aquí, era poco menos que imposible. Sin embargo, a lo lejos alcancé a divisar algo como una columna de tierra, indicando que quizás venía un vehículo por la carretera. Me pareció que se acercaba, pero no fue así. Se alejó cada vez más hasta perderse.
   Si iba a esperar hasta la noche para bajar, no me venía mal seguir subiendo a pie. Por lo menos, decidí iniciar la caminata. Veía espejismos hacia donde mirara. Cuando estaba preparando las cosas que llevaría conmigo, alguien me habló:
   -¿Necesita algo?
   Casi me morí del susto, pues no lo había visto llegar. Ni tampoco escuché ningún ruido de vehículo.
   -¿Quién . . . es usted . . .?, ¿de dónde . . . viene? -le pregunté, intrigado. Sólo me contestó que todos le dicen Juanito. Insistió en preguntar si yo necesitaba algo.
   -Agua -le dije, sin saber para qué me servía decirlo. Entonces, me fijé que él cargaba un bidón de quince litros. Lo puso al lado del vehículo, mientras me pedía que por favor lo devolviera después en Antofagasta, en una dirección que me dijo, y que me aprendí.
   -Cuando se enfríe el radiador le echa el agua -agregó a continuación. Eso fue todo.
   Yo trataba de entender cómo supo que el agua era para el vehículo y no para mí. Quise darle las gracias, pero el hombre ya no estaba. Miré para todos lados, confundido. No quedaba rastro de Juanito. El viento seguía aullando.
   Esto es lo más incomprensible que me ha pasado en toda mi vida.
   Caminé unos metros hacia distintos sectores, para ver si detrás de alguna loma se veía alguien alejándose. Nada. El viento me llevó con mucha fuerza, sin tener yo donde sujetarme. Cuando acepté irme al suelo, divisé un objeto extraño a unos cien metros de distancia. Fui hasta allá en la dirección del viento, hasta darme cuenta que se trataba de una pequeña cruz enterrada en el suelo. Estaba hecha de piedra. Al acercarme, vi que también había un cuadro con un marco y un vidrio trizado que ya no permitía leer ningún epitafio. La acción del tiempo había sido implacable.
   Cuando disminuyó el viento volví a la camioneta. Un par de horas después pude reanudar viaje, hacer mi trabajo en la radioestación y volver a Antofagasta, tarde en la noche.
   Preferí esperar hasta el día siguiente para ir a la dirección que me dio Juanito. Acudí temprano, llevando el antiquísimo bidón, ya que había prometido devolverlo. Por lo demás, mi curiosidad era enorme.
   -Mi nombre es Renato, y vengo a devolver el bidón que me prestó Juanito -le dije a la mujer que me abrió la puerta.
   Abrió también unos tremendos ojos y me miró muy asustada.
   -Adelaida, para servirle -balbuceó.
   -¿Juanito? -preguntó, sorprendida-. ¿Desde cuándo tiene usted ese bidón?
   - Desde ayer en la tarde. El me lo pasó allá arriba, en el cerro de la antena.
   -Eso no puede ser. Juanito murió hace quince años. Me dijeron que tuvo un accidente. Justamente en ese mismo cerro.
   -¿Es usted su esposa?
   -Su viuda, para ser exacta.
   -¿Dice usted que él murió en ese cerro? - atiné a preguntarle, porque no sabía qué decir.
   -Sí. Mi Juanito quedó enterrado ahí mismo, en el cerro de la antena. Y le pusieron una cruz de piedra, según me dijeron. Pero, fíjese que yo he ido muchas veces, y jamás he podido encontrar la tumba.
   Entonces comprendí todo. Al día siguiente fui al cerro de la antena, acompañado por la viuda, para mostrarle la cruz de piedra. Era lo menos que podía hacer por Juanito.


  Tercera parte.-    Aventuras de Remigio

   Es un trato

   Son casi las doce del día cuando Remigio está despertando, tirado en la alfombra de la sala de estar. Le duele la cabeza como si se la hubieran aplastado. Y no es para menos, si anoche se tomó todos los licores que quedaban en el departamento.
   Se demora en levantarse del suelo, porque todavía está muy mareado. Le da vueltas la famosa sala de estar. “De estar solo”, se dice Remigio a sí mismo, mientras también le da vueltas toda la frustración. “¿Cómo pudo ocurrirme que me entusiasmara tanto con Paola ?”, se recrimina.
   Apenas puede mantenerse en pie. Así y todo, se encamina hacia el baño, sacándose la ropa, y dejándola en cualquier parte. A nadie le importa, ya que vive solo. Mientras se ducha empieza a recordar cómo llegó Paola a su vida. Hace ya casi un año, al volver una noche a casa, a altas horas. Ella iba entrando al edificio, junto a un hombre que la insultaba y la golpeaba. Había sangre en el rostro de Paola. En ese momento, Remigio no sabía quiénes eran. Probablemente una pareja en discordia momentánea, supuso.
   Pero, cuando ella fue a parar al suelo, y el tipo casi la mató, Remigio se vio obligado a intervenir. Entonces, se acercó con rapidez y le dio un par de golpes al hombre, el cual optó por la retirada.
   Esa vez, Remigio hizo pasar a Paola a su departamento, en un gesto de buen samaritano. Lavó sus heridas y le preparó un café. También le dio un poco de comprensión. Nadie es quién para juzgar a los demás. Si todos tenemos tejados de vidrio, no es cosa de andar apedreando a las mujeres pecadoras.
   Con estos pensamientos dándole vueltas, Remigio sale de la ducha, bastante más repuesto, y empieza a vestirse.
   -Engañarías a cualquiera -recuerda haberle dicho a Paola en aquella oportunidad.
   -No tengo intención de engañar a nadie -le respondió ella esa vez.
   Muy atrás quedó todo eso. Con una mueca, Remigio se prepara un café bien negro. Cuando se dispone a ir al trabajo, ve la carta que había entrado por debajo de la puerta. No tiene sobre y está firmada por Paola. A Remigio le da miedo leerla, y sigue repasando imágenes.
   Aquella primera noche no hablaron mucho. Después la volvió a ver varias veces, ya que vivían a un piso de diferencia. No le hizo el quite a esa amistad, a pesar de las habladurías de los vecinos. Los primeros encuentros fueron tensos. Remigio no sabía cómo actuar, pero tampoco quería estar tan solo. Era una amistad como de un tío con una sobrina, difícil de llevar.
   Intentó que ella pudiera solucionar sus conflictos sexuales y vivirse desde un lugar más aceptado. Con gran expectativa le presentó una amiga un poco lésbica, pero eso fue algo que no funcionó.
   En aquel momento, que ahora parecía muy lejano en el tiempo, Remigio había recordado una ensoñación que acostumbraba a tener durante su adolescencia. Era una fantasía, seguramente premonitoria. En esos antiguos pensamientos, el joven Remigio se imaginaba en algún futuro, teniendo una amiga misteriosa que no quiere entregarse, y no lo deja llegar físicamente a ella, más allá de unos besitos. En un imaginado viaje que debieron efectuar, tendrían que tomar dos piezas contiguas en un hotel barato, en vez de una sola en algún hotel mejorcito, pues ella no quería ir a una misma habitación. Y de pronto, en esa ensoñación ocurría lo de la ranura en la pared de la habitación del hotel, a través de la cual él se tienta, y decide espiarla secretamente en un momento en que su amiga se desviste. Cuando ella se saca el calzón, él ve... sorpresivamente... ¡eso...!, en toda su envergadura. Para él es un golpe muy fuerte, que explica la actitud cuidadosa de "ella". Esta fantasía tuvo distintos finales cada vez que Remigio se pasaba este rollo.
   Recién hoy comprendió Remigio por qué le venían esos pensamientos. Era una advertencia, que él no supo recoger debidamente.
   Paola sentía adoración por Remigio, y sin embargo, anoche salió arrancando con una velocidad increíble, dejándolo sumido en la desesperación y el arrepentimiento. Todo empezó cuando él la acarició, y la besó en la mejilla. Estaban solos. Nunca antes creyó Remigio que un día iba a ser capaz de poner la mano debajo de su vestido y tocar sus depilados muslos. Ni mucho menos creyó que ella lo rechazaría de esa manera.
   “He llegado a un punto de crisis -dice la carta-. "O cambio o me derrumbo, o quizás las dos cosas. Tú sabes que daría mi vida por ti, y eso es lo que estoy haciendo al partir lejos, muy lejos, que no me puedas encontrar. Respeté el trato que propusiste, y que después quebraste. A mí no me fue fácil. Pero, jamás cedería a la debilidad de una noche para cosechar después el más firme repudio al día siguiente . . .”
   Casi se muere Remigio al leer eso. Su vista se detiene en el espejo del recibidor. Un pálido y demacrado ser lo mira desde el otro lado del vidrio.
   -Imbécil -le dice Remigio a esa imagen, y se lo grita un par de veces.
   -Maricón, además de imbécil -dice al espejo, tomando en sus manos un florero y descargándolo con toda su furia sobre la imagen, que cae al suelo hecha trizas.
   Sale dando un portazo, como quien va a su oficina, pero sabe que no podrá asistir al trabajo ese día, en un estado tan lamentable. Y comprende que nunca más volverá a saber de Paola.
 
   Los zapatos de Piolín

   -Cómprame zapatos nuevos... ¿Ya?
   -Tranquilo, Piolín, ya te he dicho tres veces que te aguantes hasta fin de mes.
   Después de dar esta respuesta, el hombre subió a su auto y se dirigió hacia el otro extremo de la ciudad, como todos los días. Iba tan veloz que no se fijó en una mancha de aceite en el pavimento. El pequeño Piolín no pudo evitar el resbalón. Se dio una vuelta en el aire y terminó estrellando su nariz contra un poste.
 
   La Foto

   El hombre no tenía puesta su ropa. Era Remigio y estaba en plena calle, siendo las siete de la mañana de un día domingo de invierno. En las antípodas se estaba jugando la final del campeonato del mundo. Esta persona no era la única que se había aventurado en algo tan insólito. Cientos de hombres y mujeres se habían desnudado igual que él.
   Un fotógrafo muy profesional, que parecía aficionado por su precaria cámara, estaba subido en una débil escala de tijera, y sostenía un megáfono para hacerse oír. Gesticulaba y gritaba órdenes en su media lengua.
   -Sentarse en el suelo -repitió varias veces.
   -Esta gente ser incontrolable -dijo después, con su acento americano-. ¿Por qué todos saltando?
   -¡El que no salta es pi-no-che! -era el grito de la muchedumbre.
   -Mí, no entender -dijo el señor Tunick y decidió que no podía tomar la foto ahí. Era un espacio muy reducido el que se escogió para este evento, pues nadie adivinó que llegaría tanta gente.
   El gringo se las arregló para moverlos a todos hacia el otro extremo del museo. Corrían felices por la costanera miles de potos blancos sobre piernas tostadas por el sol.
   Finalmente, la famosa foto fue tomada como se pudo, y resultó bastante bien.
   -A vestirse. Estamos listos. Gracias por haber venido -se escuchó por el megáfono.
   Mucho más agradecidos estaban los cientos de personas desnudas, que ya se aproximaban al sector en que habían dejado sus ropas. Nadie les pagó ni un cinco. Eso no importaba. Habrían acudido aunque les hubieran cobrado por entrar.
   Algunos encontraron sus vestimentas y se la pusieron. Otros no tuvieron la misma suerte. En una improvisada feria de las pulgas, muchos hubieron de vestirse con ropa ajena, ante la absoluta imposibilidad de encontrar la propia.
   Remigio se iba feliz, a pesar de que la polola le había prometido ruptura si incurría en tal inmoralidad. Ya la convencería de alguna manera.
   -Hasta luego -le dijo al carabinero, en el momento de traspasar la barrera.
   -Déjatelo crecer un poco -le respondió éste, riéndose.
   -¡Chitas!, mi cabo, si con este frío a cualquiera se le pone chiquitito.
   El carabinero ya se había desentendido. Nuestro hombre siguió caminando hasta estar muy cerca de uno de los cristianos, que aún oraba compungido.
   -Perdona, Dios mío, a este hombre porque no sabe lo que hace -rezó el cristiano, con muy buena intención.
   -Sí sé lo que hago, compadre -Remigio detuvo su marcha.
   -Si supieras lo que haces no harías lo que has hecho.
   -Si me desvestí, no más, como tantas veces.
   -¿Tantas veces? ¿Frente a los demás?
   -¿Qué puede tener de malo que otros me vean? Hace años que soñaba con un momento así.
   -Esas fantasías y malos pensamientos son la tentación del demonio. Si tú le haces caso, le estás jugando a él y no a Dios.
   -No. En mi caso, no es del demonio.
   -¿Qué no te das cuenta de todas las violaciones que se van a producir ahora por tu culpa?
   -Al contrario, compadre, mientras menos represión, menos agresión.
   -Estás yendo contra los valores.
   -¿Qué valores?
   -Pues, el pudor. Somos seres humanos, no animales. Por eso tenemos el pudor.
   -¿Qué es el pudor?
   -Guardar tus zonas erógenas, y no mostrar ni siquiera la ropa en que las guardas. Así no andas provocando excitación en las otras personas. Mira que sería algo incontrolable para ellas.
   -Yo no creo en eso.
   -¿Te sientes con derecho a no creer en lo que Dios ha puesto en ti?
   -Es que en mí no lo puso.
   -El pantalón que andas trayendo te queda chico, y la camisa te queda grande -dijo el cristiano, cambiando un poco el tema.
   -Es que se armó una confusión tan grande con la ropa, que todos teníamos que ponernos la de otros.
   -Eso me recuerda las colaciones de mi comunidad.
   -Compadre, ¿cómo son las colaciones de tu comunidad?
   -Bueno, uno llega con pancitos blancos, con jamón y queso, y después termina comiendo unos ave-palta en pan negro, que ni sabes quién los trajo.
   -Veo que ya me vas entendiendo. De hecho, yo te respeto en tus creencias, y te admiro por haber sido capaz de venir a rezar con este frío. Tú también estás siendo valiente y fiel a lo tuyo, compadre. Igual que yo.
   -Sí, pero en nombre de Dios.
   -Y yo también -dijo, alejándose contento.
   El hombre no tenía puesta su ropa.

   

Retorno:    Volver a "Hexalogía asombrosa"