ARISTODEMO                    Un lugar literario
Encuentros misteriosos         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Quinta parte.-    Los años finales

   

   Eugenio

   Alumno escritor

   No sé qué escribir.
   Esta parece ser la frase típica de esos escritores que se sientan frente a su página, supuestamente en blanco, sólo con la fecha escrita. Ahora me ha pasado a mí, que ni siquiera soy escritor, sino un simple estudiante de colegio.
   Ya sé. Escribiré acerca de un escritor. Pero uno de verdad, de ésos que jamás se sientan frente a una página en blanco porque a menudo son visitados por las musas, y las palabras les salen a borbotones. Un escritor que no le importe volver sobre sus textos una y otra vez, con mucho amor, pues los ha traído al mundo desnudos y desvalidos.
   Yo mismo podría ser mi propio material. Sí, claro. Esta humilde persona. Pero, tendría que ser mi yo del futuro, después de terminar el colegio y la universidad. Y le pondré mi mismo nombre: Eugenio.
   Escribo el título, mientras tanto. “El Escritor”. No me gusta ese nombre para el cuento, pero no importa porque después se lo puedo cambiar.
   Me pongo a escribir con toda la fluidez que puedo.

   “El escritor está ansioso por leer su texto. Lo encuentra bellísimo, y eso está muy bien. Si de repente le parece que no lo hubiera escrito él mismo. Ayer no más lo invitaron a participar en esta lectura pública, y a él le vino como una buena oportunidad para darse a conocer, y de pasada, disfrutar tanto como si recién viniera conociendo un cuento que escribió hace ya varios años.”

   El profesor se pasea por los puestos mirando furtivamente las hojas de cada uno, como si fueran placeres prohibidos. Yo sigo llenando la mía.

   “El escritor ya está leyendo su cuento. Un relato muy tradicional, que trata de un señor y su hija que está a punto de casarse. El narrador recuerda ciertos momentos importantes vividos en relación a su hija. Como esa vez que la llevaba al colegio, no tan temprano como era de esperar, y sufrieron un contratiempo. Por doblar en segunda fila, un carabinero les puso una infracción, y eso los demoró más aún. Como consecuencia, la niña llegó tardísimo a su clase. Así como esta anécdota, surgen varias más en el cuento que su autor lee con añoranza.”

   Trato de que se me ocurra algo más, mientras el profesor sigue paseándose y disfrutando con cada nueva línea que aparece en alguna de las hojas. De pronto, se abre la puerta de la sala y entra una niña que yo no conozco. Es alumna porque tiene el uniforme, pero no es de este curso, pues no la he visto jamás. Supongo que se equivocó de sala. Sin embargo, ella actúa como si éste fuera su curso. Debe ser nueva.
   La recién llegada sabe cual es su puesto y se dirige a su escritorio sin dudar. Se disculpa ante el profesor por estar llegando atrasada. Le explica que un carabinero les pasó un parte porque a su papá se le ocurrió doblar en segunda fila.

 
   Una habilidad ansiosa

   Vivo en una neurona de Eugenio. Paso días enteros, guardado en mi célula apagada, tratando de no olvidarme de mí. Hoy ha ocurrido mi renacer. Eugenio me llamó, por fin. Fue bellísimo despertar con todo iluminado. Las dendritas del vecindario se alborotaron y se pusieron a coquetear como locas. Que me necesiten es un acontecimiento, aunque sólo sea para una consulta trivial. Contengo la información del estado de cosas que había al gestarse la criatura en la cual vivo. Bueno..., ya es un niño grande. En este momento, camina de vuelta del colegio, junto a su amigo, el hijo de Carolina.
   -¿Te has puesto a pensar que, hace apenas unos treinta años, las cosas no estaban tan avanzadas como ahora? -le dice, alegremente, mientras esperan para cruzar la calle.
   -En ese tiempo... -responde el amigo- , tienen que haber habido puras carretas.
   -No, Elías, si no hace tanto tiempo... Habían autos, pero no eran eléctricos como ahora. Funcionaban a gasolina, como algunos de los actuales buses interurbanos.
   -Esos que tienden a morir... ¿Y cómo eran, en ese tiempo, los tranvías de Santiago?
   -Los tranvías de Santiago estuvieron desaparecidos por varias décadas. Durante un tiempo fueron remplazados por unos horribles buses a gasolina, que ensuciaban mucho el aire..., a tal punto, que las autoridades decidieron volver a los tranvías.
   A medida que siguen conversando, mi lugar se ilumina, y logro ver cada vez más lejos. Hasta la casa de Eugenio, donde los niños están llegando. El tiempo se me vuela. No me doy ni cuenta y ya están en la pieza de Eugenio, quien acciona el interruptor al lado de la puerta. Al instante, se enciende una gran pantalla que ocupa toda la pared frente a la cama. El muchacho toma el control remoto desde el velador y se pone a manipular botones con una maestría increíble.
   -¿Sabes, Elías? No pude ir a clase de Matemáticas porque a esa misma hora había Arte, y también Filosofía. Fui a Arte, ¿y tú?
   -Yo fui a Matemáticas. Dieron tarea, y también entregaron la nota de la prueba.
   -¡Ah! Déjame buscarla -Eugenio maneja el control remoto, y elige en la pantalla el ícono “Colegio”. Se abre una ventana tras otra, con rapidez, hasta que aparece la clase de Matemáticas.
   -Adelántala un poco, que el principio es una lata.
   Veo pasar la clase en cámara rápida, hasta detenerse. Varias frases se van desplegando en el lado derecho. Se ilumina una que dice “Notas”, y después aparece una lista.
   -Cinco y medio, apenas. Tendré que reclamar.
   Eugenio enciende otra frase, “Mi Tarea”, la que se apaga dando paso a “Impresión”.
   -Tráela, por favor -dice Eugenio, displicente. Elías va hacia la impresora y vuelve con una hoja en la mano, leyéndola.
   -Es muy fácil tu tarea. Después te puedo ayudar, pero antes quiero que me expliques el Quijote, mira que mañana tenemos prueba. Voy recién en el capítulo cuatro.
   Eugenio vuelve a su control remoto. Durante un segundo, destaca en el muro iluminado la palabra “Literatura”. Continúa yendo de una ventana a otra. Pronto aparece a todo color la figura de Don Quijote, cabalgando junto a su escudero.
   -Te voy a imprimir el cuatro, pero... algo raro me está contestando.
   -Oye, Coné, ¿por qué no lo mandas a la impresora de la María Paz?
   -No me digas Coné, y ... no te hagas ilusiones..., si a mi hermana no le interesas... -dice Eugenio riendo-. Bueno..., allá va.
   Elías se dirige hacia el dormitorio que está al final del pasillo. Golpea la puerta antes de entrar. Lo recibe María Paz, no muy amistosa.
   -¿Se puede saber qué hace Sancho Panza en medio de mi trabajo de Historia? -pregunta la niña, un tanto ofuscada por la invasión.
   -¡Ah! Justamente vengo a buscar un capítulo de Don Quijote.
   -Oye Elías, ustedes se pasan de frescos.
   -Te ves linda cuando te enojas.
   -Mejor cierra la puerta por fuera, estúpido -le responde María Paz, pasándole el capítulo todo descompuesto -¿Crees que no me cuesta caro el papel?
   -Yo te voy a comprar una resma -grita Eugenio, para que lo escuchen.
   Cuando vuelve Elías, ordenando las hojas, su amigo ya está buscando el programa de las compras. Digita una letra, y selecciona “Resma de papel A4”. Antes de confirmar la compra hace que aparezca una foto de la hermana. Al final obtiene lo que parece ser un mensaje de error en el proceso. En realidad, es una simple frase, “Mesada Agotada”.
   -Anda a “Línea de Crédito” -le aconseja Elías.
   -Mi viejo me la quiere bloquear -responde Eugenio, pero hace caso a la sugerencia, y obtiene un nuevo mensaje que dice “Compra Efectuada. Entrega en 15 minutos”.
   -¿Te fijaste que no me dejó elegir la marca?
   -¡Qué te va a dejar! Si la marca la eligió tu viejo cuando compró el sistema.
   -Creo que, años atrás, uno elegía lo que quería comprar. Toda mi célula se ilumina nuevamente. Eso me da como más vida. Me hace sentir pleno.
   -Ya te pusiste a pensar leseras -le reprocha Elías.
   Ahora resulta que me consideran una lesera. Me dan ganas de enojarme, pero no está en mí.
   -¿Veamos cómo están las noticias? -ofrece Eugenio.
   Miro la pared y el control remoto. Los niños seleccionan “Noticias” y se despliegan varios títulos. Encienden uno de ellos, y surge la imagen de un automóvil espectacular que avanza por la carretera. Se escucha la voz del relator refiriéndose al viaje que el Agente de Mercado Global está haciendo hacia Valparaíso, con motivo de la inminente llegada de unos materiales de construcción.
   -Antes, yo creía que el AMG era una especie de Ministro de Estado.
   -No, no es del gobierno..., pero influye... El tipo es dueño de casi todas las empresas.
   -Escuché por ahí... que es dueño hasta de los semáforos.
   -No de todos. En realidad, tiene la concesión vitalicia de los semáforos de la Alameda, Providencia, Apoquindo y Avenida Las Condes. Cada vez que un vehículo pasa con luz roja en alguna de esas calles, el propietario tiene que pagar una multa al AMG.
   -¡Qué patudo! Y él pasa con la luz que le da la gana. Así me contó el chofer de este viejo. Lo detesta. ¿Sabías?
   -No tenía idea.
   -No lo puede ver. Me dijo que hasta los comandantes en jefe tartamudean cuando le hablan al AMG.
   Recorren varias noticias, pero no se quedan con ninguna.
   -Mejor, vamos a las películas.
   Estoy como atontado mirando en la pantalla las indicaciones. “Cine en su Hogar”, “Seleccione Actor/Actriz”, "Western". Eugenio elige un filme, y éste empieza a proyectarse. Me fijo en mi propio ámbito, cada vez con menos claridad. Trato de sobrevivir y escucho los sonidos de la casa. Puertas, teléfonos, música y voces lejanas que no siempre se entienden.
   -¿Hasta qué hora vas a estar ahí trabajando? -escucho que a lo lejos pregunta la mamá de Eugenio a su marido.
   -Mi viejo es súper trabajólico -dice Eugenio.
   -El mío también.
   Ambos vuelven a mirar la pared de luz, mientras yo trato de mantenerme despierto. Más teléfonos, más voces. Suena el timbre. Siento la puerta de calle, un “Gracias”, y la puerta, otra vez.
   -Pacita, te traen un A4 -grita hacia arriba la madre.
   -Recíbemelo, que ya me desocupo -grita hacia abajo la hija.
   Los niños se cambian varias veces a otras películas, hasta que se quedan con una que los atrae un poco. De pronto, la proyección se interrumpe. Una lucecita se enciende en la pantalla de nuestra pieza, y suena una alarma, no muy exigente.
   -Noticia de último minuto -exclama un locutor.
   -¿Qué habrá pasado? -se preguntan ambos muchachos.
   Con el control remoto destacan la frase “Ver la Noticia”. Al instante, un despliegue en la pantalla. El periodista nos cuenta acerca de un accidente ocurrido en el camino al puerto. Un automóvil cayó a un precipicio. Mueren el AMG y su chofer.
   Empieza a reinar el silencio en la pieza. En el resto de la casa, la bulla habitual. Mi célula se está apagando. Las dendritas se retraen. No quiero irme a dormir todavía, pero no soy yo quien decide. Se cierra mi neurona. Y ahí quedo en la penumbra, no sé por cuánto tiempo más.

 
   El escritor y la escritora

   Estábamos de paso en una misma gran casa de campo, aunque antigua, muy bien tenida y arreglada, con su escala majestuosa para subir a cada uno de los dos pasillos del segundo piso.
   Carolina también es escritora, como yo, y bastante mayor que yo. Nuestra relación es la de colegas y amigos. Estábamos asistiendo a una sesión de un club literario.
   -Eres un imbécil, Eugenio -me gritó Carolina.
   -¿Qué te has creído?
   Continuamos diciéndonos frases hirientes, que a todos asustaban.
   Ambos sabíamos que sólo se trataba de crear diálogo para nuestras novelas. Después de estar casi peleando, nos reímos los dos muy contentos y nos elogiamos mutuamente:
   -Eugenio, estuviste genial.
   -Ése será un buen diálogo.
   Las demás personas se aliviaron al final, diciendo:
   -Otra vez estos idiotas y su jueguito.

   

   Elías

   El mensaje

   Esa mañana de lunes no parecía ser distinta a las demás. Me desperté de a poco, repasando el sueño, como hago siempre. Aún estaba en ese estado que no es ni alfa ni beta. Quizás puede ser algo así como delta.
   -Levántate, Elías, ya desocupé el baño -me dijo María Paz, envuelta en una toalla y en una nube de vapor.
   Yo no estaba tan despierto todavía. Me faltaba decirme a mí mismo que de nuevo soñé con esa misma habitación recurrente. La de adornos en relieve, como guirnalda recta en los bordes de la pared. Y curva en el techo, rodeando la pesada lámpara de seis ampolletas con sus cilindros imitación vela y una argolla metálica. Y al lado de la puerta, un ajado piano vertical lleno de fisuras, entre las que se destaca una especial, más grande, en el borde izquierdo, muy cerca de la tapa del teclado, y que se parece a los galones de un sargento. En el otro extremo de la pieza, esa ventana de segundo piso. La abrí girando el pomo, y salí afuera dando grandes zancadas en el aire. En mis sueños, ésa es mi pieza, pero no logro relacionarla con ninguna de las casas en que he vivido. El piano es como el que tenía mi abuelo, heredado de su padre. Pero, el de la realidad estaba casi impecable. Sólo tenía una muy pequeña muesca en el lado izquierdo, que mi elaboración onírica ha magnificado. Me sentí prisionero de este sueño, del cual no podía salir. No es que fuera un mal sueño, pero no entendía por qué me visita casi todas las noches.
   Cuando ya pude levantarme, me puse a pensar en mi abuelo. Siento cariño por él. Fui su nieto regalón. Consolaba todas mis penas de niño, y después, las de adolescente, hasta que su vejez se lo llevó de este mundo.
   Mientras me duchaba ese lunes, recordé que el abuelo siempre me hablaba de una novia que tuvo, años antes de casarse con mi abuela. Una niña a la que adoraba. Estercita, como le decía, murió en un accidente, a temprana edad.
   -Vas a llegar tarde a la oficina -me reprendió María Paz cuando me senté en el comedor y me disponía a ponerle mantequilla a una tostada.
   -Tarde, pero con el desayuno bien puesto -respondí, y le conté mi sueño.
   -Esa pieza debe ser de alguna vida anterior que has tenido -me aseguró, y yo estaba a punto de creerlo así. Se lo dije, pero le manifesté también mis dudas. En todo caso, siempre he sentido curiosidad por el tema.
   -Para mi próxima vida, si es que la hay -le dije-, tendría que inventar, desde ya, la manera de dejarle un mensaje.
   María Paz rió, como si yo hablara leseras. De hecho, en ese momento creí que lo eran. Ella se levantó para irse a su trabajo.
   -No te atrases -me dijo al despedirse.
   Me quedé pensando en lo que me oí decir. Talvez debía buscar un mensaje que mi antecesor me hubiese dejado.
   Partí hacia mi trabajo, caminando porque me quedaba cerca. Por el camino, pensaba que yo también amé mucho a Estercita, cuando el abuelo me contaba su historia triste. A mi manera de niño, claro, y sin haberla conocido. Ella fue criada por una tía, que era como su mamá. Conoció a sus hermanos cuando tenía ya cerca de catorce años. Nunca entendí los motivos que pudieron tener sus padres para abandonarla, pero recuerdo que cuando el abuelo me lo contaba, se me caían las lágrimas.
   El mismo caminar de siempre tenía ese día un sol primaveral y el canto de los pájaros. Y también esa casa estilo inglés que está en una esquina, tres cuadras después de cruzar la avenida principal. No es que fuera atrayente, pero a mí me gustaba tanto que habría dado cualquier cosa por entrar a verla por dentro. Nunca me había atrevido a insinuarlo siquiera, pues no conocía a las personas que la habitaban. Esa casa me decía algo, como si yo la conociera de antes, aunque ya sabía que nunca he vivido en ella.
   Esta vez, la casa tenía un letrero anunciando con grandes letras rojas “Se vende”. Al verlo se me dio vuelta el corazón. Saqué mi libreta y un lápiz, y anoté el teléfono que aparecía en el letrero. Me puse muy contento. Por fin iba a conocer la casa.
   Lo primero que hice después de llegar a la oficina, y de saludar así no más, y de encender el computador, y de soportar la mirada agria del jefe y sus palabras desatinadas, fue tomar el teléfono y llamar a la oficina de propiedades.
   -Sí, está bien, mañana a la hora de almuerzo.
   No me costó tanto esperar un día más. Trabajando se me volaba el tiempo. Fui al día siguiente a esa casa, lleno de curiosidad, pensando que a lo mejor era un verdadero mensaje. El que yo necesitaba.
   Desde que crucé la puerta y me interné por el pasillo oscuro, había algo que me era familiar. Al subir la escala, supe por anticipado cual escalón es el que iba a crujir. Y llegué a mi habitación. Sí, a la misma del sueño, con los mismos adornos en la pared y en el techo. Y esa lámpara tan conocida. No había ningún piano, lo cual era de esperar. Me asomé a la ventana y me imaginé caminando por el aire. Me daba pavor y risa, al mismo tiempo.
   El empleado que me acompañaba me miró con mucha esperanza al notar mi alegría. No le quise decir que no estaba en condiciones de comprar la casa. Le dije que lo iba a pensar y que lo llamaría.
   La recorrí una vez más, y me imaginé jugando con mi elefantito, sentado en un cojín verde, con una muñeca. Eso era tan extraño. ¿Una muñeca? No sé por qué, si nunca jugué con muñecas. ¿Sería que, realmente, tuve una vida anterior en la cual fui mujer? Me costaba mucho asumir la sola posibilidad de tener una identificación femenina. Igual, me quedó dando vueltas ese pensamiento por varios días y lo fui juntando con otros que ya tenía de antes, un poco olvidados. Pianista. Sí. Desde siempre me he visto tocando el piano cuando intento visualizar a mi eventual versión anterior. Esa tarde recordé que Estercita tocaba el piano de una manera maravillosa, según decía mi abuelo.
   Días después de visitar la casa, volví a la oficina del corredor a hacerle algunas preguntas. Quise saber el nombre del propietario anterior al actual. Casi me caí del asiento cuando escuché el apellido, pues era el mismo de Estercita. Los cabos se estaban atando. Entendí por qué ella era importante en mi vida. Y me maravillé de cómo, por morir joven, habría tenido la posibilidad de reencontrarse con mi abuelo, su ser amado. Mi ser amado.
   No me podía convencer. Más que nada porque encontré un inconveniente que antes no había querido mirar. En mi vida real nunca pude aprender a tocar el piano porque tengo los dedos tan gruesos que, hasta el día de hoy, cuando escribo en el computador tengo que corregir mucho por andar golpeando teclas vecinas. De niño lo intenté en varias ocasiones, en el piano del abuelo. Claro que eso fue antes de ese año difícil que hubo, cuando la situación económica de la familia se puso tan delicada que el abuelo optó por vender su adorado piano.
   A pesar de mis dudas, seguí dispuesto a buscar un mensaje de Estercita para mí. Que yo supiera, no dejó nada escrito, ni pintó, ni nada parecido. Tampoco dejó alguna grabación de música. Supongo que en ese tiempo ni las hacían. Al último, acepté la absoluta inutilidad de seguir buscando mensajes inexistentes. Definitivamente, no me siento Estercita, aunque tenemos mucha vida en común. Pienso esto mientras le pongo mantequilla a la tostada del desayuno de hoy.
   -No creo que uno tenga otras vidas -le digo a María Paz.
   -¿Y por qué no? Ya te he contado que yo fui Juana De Arco.
   -Pero, Pacita, muchas mujeres que conozco fueron juanas-de-arcos. Y eso no puede ser.
   -¿Entonces, qué?
   -Simplemente, uno puede sentirse unido a alguien que vivió mucho antes. ¿No te parece?
   -Lo que me parece es que se me está haciendo tarde para el trabajo -me dice y me da un beso rápido mientras se dirige hacia la puerta.
   Yo también me levanto de la silla y me voy a mi oficina. Esta vez no quiero pensar en cosas filosóficas. Tampoco he vuelto a sentir la necesidad de visitar esa casa, y lo que es más importante, hace varias semanas que ya no sueño con esa habitación que me tenía atrapado.
   Cuando termino de cruzar la avenida principal veo a lo lejos un camión de mudanzas estacionado allí, junto a la casa aquella, al parecer. Seguramente fue vendida, y hoy están llegando sus nuevos dueños. Entre varios hombres intentan bajar del camión un mueble vertical de color negro que parece ser muy pesado. Después de un par de cuadras ya distingo mejor. Es un piano, igual al del abuelo. Se ve que está en muy buen estado. Ya lo tienen en la vereda, junto al portón de la casa que fue de Estercita. Corro unos pocos metros para acercarme pronto. Cuando ya estoy cerca, no puedo evitar que mis ojos se dirijan hacia el borde izquierdo del piano. Ahí está, en el punto preciso, esa muesca que conozco tanto, y que quedó integrada en mi vida. Sin duda, esa simple rayita es un mensaje que leí hace mucho tiempo. Ahora, cuando creía estar entendiéndolo, se agrega un nuevo matiz. Empiezo a comprender que hay más personas involucradas en este juego.

 
   El antepasado

   Entré a una librería, para aprovechar una hora desocupada. Me encanta revolver todo, con la esperanza de encontrar algo novedoso. En la repisa más cercana al suelo había un libro que me llamó la atención porque conozco mucho al autor, Eugenio, un antiguo compañero de colegio, y que además es mi cuñado. Había pasado más de un año que no lo veía, porque él se fue a vivir a Concepción, y yo no me había dado un tiempo para viajar fuera de Santiago, ya que el trabajo me absorbe mucho. Y ahora me estaba encontrando con esa grata sorpresa. ¡Eugenio es ya un escritor famoso! Yo sólo sabía que a él le gustaba escribir. Hasta ahí llegaban mis conocimientos al respecto.
   Compré el libro, y lo leí en muy poco tiempo. Tuve que releer cuatro veces una página que me pareció asombrosa. No porque se estuviera ahí describiendo algo impresionante. No. Era sólo un pequeño suceso trivial. Algo que le ocurrió a mi abuelo. Yo no lograba descubrir cómo Eugenio se enteró de ese acontecimiento, si yo jamás se lo conté, ni a él ni a María Paz. ¡Qué extraño! Si mi abuelo murió hace tanto tiempo. Eugenio no lo conoció.
   Entonces, ¿cómo? ¿Acaso hay que creer en alguna rara forma de reencarnación?
   Esta historia que le pasó a mi abuelo fue algo muy simple, sin mayor trascendencia. Ocurrió realmente, años atrás en Santiago, cuando él era un joven universitario y tenía una polola que estudiaba la misma carrera de Leyes, dos cursos más abajo. Cuando al joven se le murió su padre en Puerto Montt tuvo que ir para allá por unos días.
   Mi abuelo tenía un rival en Santiago, que aprovechando la ausencia de aquél, se aproximó a la muchacha con intenciones de conquistarla. Ella no dio cabida a esos avances. El tipo insistió con tal vehemencia y abuso, que la niña salió corriendo y llorando. Entonces, un amigo de mi abuelo encaró al inoportuno, hasta con golpes de puño. Casi nadie se enteró de ese asunto, según me contó mi abuelo, así que es muy raro que Eugenio haya llegado a saberlo.
   Yo necesitaba saber cómo lo supo. Alguien se lo debe haber contado.
   Recordé que varias veces María Paz me ha pedido que vayamos a visitar a Eugenio. Y yo..., siempre con evasivas. Esta vez le dije:
   -¿Vamos a ver a Eugenio?
   Así fue como planeamos un viaje a Concepción, en un fin de semana. Resultó bastante grato, con grandes abrazos de reencuentro. Conversamos miles de cosas. Le hablé de esa historia que vivió mi abuelo, y que él incluyó en su novela.
   -La anécdota es idéntica -afirmé cuando él puso cara grave.
   -La inventé.
   -¿De la nada?
   -Nunca es de la nada... Simplemente, se me ocurrió.
   -¿Te inspiraste en algo que te hayan contado?
   -No, Elías.
   Esa vez no seguí insistiendo pero, meses después, Eugenio vino a Santiago. Lo llevé a ver la casa en que vivió mi abuelo cuando era joven. Mi cuñado nunca había estado en ese sector. Vimos sus calles, la farmacia, la confitería. Eugenio vibró con eso. Tenía ese lugar inscrito en él.
   -Es como si fueras mi abuelo que volvió a la vida -le dije.
   Él permanecía en silencio, sonriente y asombrado.
   -Gracias, abuelo -atiné a decirle en tono festivo-, por darme todo lo que me diste.
   Sin embargo, yo sabía que eso no podía ser, porque cuando mi abuelo murió, Eugenio ya había nacido. ¿Acaso alguien puede estar viviendo en dos personas al mismo tiempo?
   Eugenio continuó sonriendo, sin decir nada.
   Comprendí que los misterios siguen siéndolo siempre.

   

   Hermano menor

   Gesto fraterno

   Soy igual en todo a mi hermano mayor. Pareciera que fuéramos gemelos. Pero, no lo somos. El es alguien, mientras que yo pertenezco a esa casta inferior de los esclavos sin derecho a nada. Mi hermano mayor tiene su pieza, su cama, sus cosas, su tablero de dibujo, sus libros, su bicicleta. Y almuerza en el comedor de la casa, con sus padres. Se supone que también son los míos. Sin embargo, no es así. Vivo en una casa especial, que parece cárcel, con muy poco espacio, y comemos píldoras vitamínicas.
   Una vez me escapé y fui a la casa de mi hermano mayor. No me atreví a dejarme ver, pero me puse a observar, escondido detrás de unos matorrales. Ahí estaba él en un escaño del jardín, creyéndose galán, con una mujer al lado, . . . ¡y qué mujer! Simplemente, estupenda. Por supuesto, no tengo derecho a ella. Él la abraza y la besa. Todo para él, nada para mí.
   Esa mujer me tenía tan excitado que planeé cuidadosamente mis pasos para conquistarla. La seguí varias veces. Para ello tuve que escaparme de mi prisión otras tantas. Hasta que un día la abordé.
   -Hola mi amor -le dije, en el paradero del bus.
   -Hola, Samuel -fue su respuesta. Yo estaba fascinado. Para algo me estaba sirviendo ser tan igual a mi hermano mayor. Hice como él hacía. La tomé de la mano, le pasé mi brazo por su cintura, la besé varias veces. Me entusiasmé y fui mucho más allá aun. Cuando puse mi mano debajo de su falda, sentí estar en el cielo. Esa tarde la acaricié tan groseramente en plena vía pública, que ella se enfureció, me dio una cachetada y se alejó corriendo, después de decirme:
   -No te veré nunca más, Samuel.
   Cuando volví a espiar a mi hermano mayor, estaba solo, en su escaño de siempre. Muy triste. Nos quedamos sin la mujer, y la culpa es mía. Habría dado cualquier cosa por arreglar el lío pero no sabía cómo hacerlo. Mi hermano mayor no sabía de mi existencia. Además, estaba convencido que la mujer amada se había vuelto loca. Quise enfrentarlo, pero desistí. Se me podía morir de la impresión.
   Hasta que se me ocurrió un buen plan. Otro plan. Decidí disfrazarme dejándome crecer el bigote. Con el pelo muy corto y unos anteojos sin aumento mi apariencia cambió. Me puse una ropa distinta que tomé prestada de mi compañero de pieza, para esta circunstancia solamente. Con ese aspecto nuevo, me aparecí a mi hermano mayor en la biblioteca de la universidad. El estaba tan metido con un problema insoluble, que le dije que le ayudaría. Tengo su inteligencia aunque no sus conocimientos ni tampoco sus prejuicios. Estaba muy motivado a aclarar esta situación, porque para mí, podría llegar a significar mi libertad.
   Como mi hermano mayor no se interesaba mucho por mí, tuve que recurrir a una táctica desesperada.
   -¿Te gustaría tener un hermano que fuera igual a tí? -le pregunté derechamente. Dijo que no, y que no tenía tiempo para hablar estupideces. Me dolió en el alma. Resulta que ahora soy una estupidez. Lo encuentro denigrante. Me armé de valor y empecé a preguntarle si creía que pudiera llegar a suceder.
   -Jamás -dijo tomando sus libros, y se alejó. Quedé frustrado porque mi plan no funcionó, una vez más.
   Me fui triste, vagando por las calles, y llegué a mi prisión. Trepé la reja en la oscuridad.
   A la mañana siguiente descendí por esa misma reja. Esta vez tenía un plan que no fallaría. Llegué disfrazado hasta el paradero de la locomoción en que sabía que encontraría a esa mujer estupenda, que no era para mí. Llegué caminando lentamente. Cuando quise hablarle me paró en seco.
   -No creas que no te voy a reconocer porque andas con un estúpido disfraz.
   -No soy mi hermano mayor.
   -Nadie es su hermano mayor -rió y me miró con extrañeza. Por lo menos el buen humor era una señal alentadora.
   -¿Te gusta mi corte de pelo? -le pregunté, porque era imprescindible que ella reparara en ese detalle. Me respondió que no. Eso no me importaba. Le pedí excusas por lo del otro día y le prometí que nunca más volvería a suceder. Me mandó a buena parte, pero eso era lo de menos. Ya estaba todo dicho. La dejé ir en el bus que pasó. Yo seguí esperando otro, y otro. Estuve horas sin saber dónde ir. Ya no volvería a mi prisión porque lo que necesitaba era morirme.
   Al día siguiente fui a espiar a mi hermano mayor. Estaba en su escaño, acompañado de nuestra amiga. Ahora no sólo la abrazaba y la besaba como antes. También la acariciaba en una forma bastante más osada. Eso fue lo que heredó de mí. Sin más, me retiré, entre risa y llanto. Fue una misión difícil la mía, y ya estaba cumplida. Es lo que se espera de mí, pues no soy más que un estúpido deshecho de la sociedad. Soy un simple clon.

   

   María Paz

   El abducido

   Constanza, la amiga de mi hijo Samuel, llegó una tarde a mi casa, muy agitada. Venía sin Samuel, a pesar de que habían salido juntos.
   -¿Qué pasa con Samuel? -le pregunté, preocupada, después que ella entró.
   -Se lo llevó una nave.
   -¿Qué...? No me tomes el pelo.
   -Sí, tía, aunque parezca increíble.
   Me contó que ella se percató, estando a cierta distancia, y no pudo hacer nada más que ver cómo la nave se alejaba a gran velocidad.
   -A él se le ocurrió ir a ver qué era ese extraño objeto metálico que estaba en medio de la plaza -continuó diciendo-. De pronto vi que se abrió una especie de puerta...
   -¿En el objeto ése...?
   -Sí. Era un objeto grande... -aclaró Constanza, que casi lloraba-. Y de ahí salió un personaje extraño..., con ropa de astronauta.
   -Tranquilízate, por favor.
   En realidad era yo la que estaba intranquila, por decir lo menos, y no sabía si creer o no.
   -Fue todo tan rápido -agregó-. El famoso objeto era una nave, y despegó en vertical. Se detuvo por un rato cortito, y se fue tan rápido, que prácticamente desapareció... No dejó rastro.
   -Me tienes desconcertada.
   -Es así mismo como quedé yo, tía María Paz.
   -Tenemos que dar aviso a la policía -atiné a decir, pero me parecía estar viviendo algo irreal.
   Sin pérdida de tiempo fuimos a hacer la denuncia. No nos creyeron, pero iniciaron una investigación, de todos modos, pues Samuel estaba desaparecido. Eso no podían dejar de creerlo.
   Este insólito suceso ocurrió el 5 de Abril de 2054. Y después pasaron los días. Se inició un largo período de incertidumbre. Me visitaron de la TV, pues el asunto se transformó en una de esas noticias en que todas las personas se fijan.
   Cuando se acercaba el primer aniversario de la desaparición, los opinólogos empezaron a decir que el joven sería devuelto el día 5 del mes 5 de 2055.
   Siguió pasando el tiempo, y llegó la famosa fecha de los cincos. Toda la gente estaba expectante. Periodistas y camarógrafos de los canales de TV estuvieron desde temprano en las afueras de mi casa. Yo estaba muy molesta por esa invasión. Fue un día tenso, de esperanza y duda. Pasó el día completo, y a altas horas de la noche optaron por irse los de la TV. Así se terminó la duda, y casi también la esperanza. Samuel no llegó.
   Y ahora que han pasado tres meses más, acaba de sonar el timbre. Voy a abrir y me encuentro con... Samuel...
   -¡Qué sorpresa! -lo recibo con alegría, lo abrazo, lo beso. Hasta lloro un poco, con tanta emoción.
   -¿Qué te pasa, mamá?
   -¿Qué crees que puede pasarme...?
   -¿Y por qué están todos los muebles en distinta ubicación que esta mañana?
   -¿Te gustan así como están? -es lo único que atino a preguntar, aunque me quedó dando vueltas su alusión a esta mañana.
   -Sí..., mamá... La llave no me quiso abrir la puerta. ¿Qué pasa?
   -Tuve que cambiar la chapa, el mes pasado. Es que no funcionaba bien.
   Me mira extrañado.
   El joven toma el teléfono para llamar a su amiga y le sale una grabación diciendo que ese número no tiene teléfono. Su desconcierto es mayúsculo.
   Trato de explicarle que ha transcurrido tiempo. Al ver su cara de incredulidad, pienso que talvez sea mejor que él duerma un poco. Se lo propongo.
   -Recién dormí -me dice-. En la plaza me quedé dormido. Soñé algo muy entretenido, que casi no recuerdo... Bueno, fue sólo un sueño.

   

   Samuel

   Dos ancianos

   Deben haber tenido como noventa años cada uno. Salían a caminar en las mañanas, con abrigos iguales, y sus rostros cansados pero contentos. Todos los días los encontraba en mi camino al trabajo. Eran tan iguales como una sola gota de agua. No sé cómo los gemelos tenían tanto que contarse y tanto de qué reírse.
   Durante unos días no vinieron. Supuse que estarían enfermos. Hasta que un lunes vi a uno de ellos caminando solo. Con paso lento, y sus ojos brillosos. También el martes y los días siguientes. De repente sonreía, igual que antes cuando conversaba, como si se contara sus propias vivencias. Me parecía que estuvieran los dos.
   Después de un mes, ya no vino ninguno.

 
   Nuevas carreras

   Trabajo en la Universidad, haciendo clases en la especialidad de Telurología, pero principalmente investigando cómo podrá utilizarse la energía telúrica en forma pacífica, para servicios básicos.
   Mi esposa Constanza también trabaja en la Universidad, pero en la especialidad de Glaciología, que estudia los glaciares, cómo se forman, cómo avanzan, su velocidad, cómo rompen la roca. En definitiva, cómo crean geografía.
   Nos encanta conversar acerca de nuestros respectivos asuntos. Y de unas carreras nuevas que están apareciendo. La más notable es Profetología, en el sector humanista. En esa carrera no ponen notas, ni se da exámenes, ni hay título, ni cartón alguno. Usar cualquiera de esas cosas sería formar falsos profetas. Además, se enseña que el trabajo de profeta no puede ser remunerado. Es todo muy raro, y tampoco se enseña mucho que digamos, más bien se despierta el conocimiento que ya está en la persona. Por supuesto, hay que entender que profetizar no tiene nada que ver con adivinar el futuro.

   

   Cirilo

   Los restos

   Estamos ya en el año 2073.
   Afirmándome en mi bastón, tuve que venir a recibir lo que quedó de su cadáver. Me refiero a don Benigno. Era un antiguo desaparecido, tío de mi padre, y ya no le quedan familiares más directos que yo. Un largo tiempo hubo de transcurrir antes de que se aclarara una situación tan desgraciada.
   No sé muy bien quién era este personaje, ni cómo se metió en líos, ni qué pensaba, ni por qué sus ideas molestaron tanto a los fusiles.
   Presenté mi identificación, al llegar a la ventanilla, y al poco rato me entregaron una cajita con una etiqueta y un número. Recién entonces, empecé a comprender muchas cosas.
   Vislumbré el sentido de la vida, y el sentido de la muerte.

   

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