ARISTODEMO                    Un lugar literario
Atisbando los misterios         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Sonetos del sendero

Soneto 1          Escuchar el llamado

   Casi escapo del mundo, soltando antigua crianza;
   saber cuánto debo a mi vida, es lo que me ofende.
   Temo salir desde la tumba, al viento que enciende
   un destino nuevo, donde mi espejo no avanza.

   Capto la imagen y trinitaria semejanza,
   esencia común con el Señor que me trasciende.
   El de las estrellas, el que siempre es, y me entiende
   porque también espera eso que me da esperanza.

   Escucho en mi mar la voz del enviado tenor:
   "Recuerda que caíste desde el árbol de la vida".
   Lo adoraré si devuelve mi primer amor.

   Me dijo: "No lo hagas, pero escribe la acogida,
   y sé mi amigo aun si doy mensajes de dolor".
   Al entrar en casa, mi justicia está dormida.

 
Soneto 2           Responder al llamado

   Mi mar de cristal mira a Cristo abriendo el candado
   y llamando a renacer en cuerpo, ser y mente.
   Hacia afuera y adentro mira cada viviente:
   El forzudo, el poeta, el ardiente y el enviado.

   La oración trajo un caballo blanco por el prado.
   Tiene arco y corona el jinete de ojo ferviente;
   vestido del mismo blanco, de justicia es fuente.
   Su espada es palabra fiel, que da significado.

   Luz, calor y vida, desde lo alto el sol regala.
   Me anuncia que hablando en fidelidad ilumino,
   lo que es, lo que ha de ser y lo que ha sido el mandala.

   Con mi linterna me muevo a iniciar el camino.
   Ser un jinete blanco, el llamado me señala,
   ser susurro de agua fluyendo hacia su destino.

 
Soneto 3           La resistencia a salir

   Un mensaje divino capta mi corazón;
   he vivido verdad donde reina el falso experto;
   la palabra busca mi piedra blanca en el huerto.
   No he de culparle; mi historia anuncia mi misión.

   Con un pie sobre el mar y el otro en seca región,
   el ángel me enseña a amar el futuro concierto.
   Comí el librito de sueños, en su mano abierto.
   Primero fue dulce, después amarga ración.

   Herí la antigua copa vertida en fuego acuoso;
   mi mar, donde descansa mi vida, he de limpiar.
   Ya es el tiempo de salir del vientre generoso.

   Quiero vencer al dragón que me impide avanzar;
   fue enviado por un hombre sociable y poderoso.
   Adeptos que le rindan culto, quiere en mí encontrar.

 
Soneto 4           La salida

   Con la cabeza hacia abajo, un pie a una rama ciño,
   y miro mi historia, ya sin la antigua gomina.
   Se abre otro sello y un caballo alazán camina;
   la espada del jinete contemplo y escudriño.

   La fea y deforme enviada me habla con cariño,
   de la que da a luz, velada a la bestia dañina.
   Quien será Hombre Nuevo nació de mujer cristina;
   para auxiliarlo del dragón fue quitado el niño .

   Llegaron los sabios, cada uno de alba vestía,
   cuando vi el arco iris de la puerta celestial:
   amor, perdón, verdad, creación, valor, alegría.

   También vi presencias y ausencias, en gran caudal.
   Camino, verdad, vida, giran en armonía.
   Ahora puedo encerrar al dragón en un fangal.

 
Soneto 5           La lucha con enmascarados

   Salí de mi tierra y vi, subiendo desde el mar,
   un burdo animal con máscaras en sus cabezas.
   Antes lo adoraba, y me dejó tiernas tristezas,
   rabia de saber, vergüenza que hoy me hace luchar.

   Un niño acosado quedó preso en mi lugar.
   Uso disfraces; ya en el lodo están las bajezas;
   era un espejo el sitio en que escondí las certezas.
   Si amo al pobre y me soy fiel, podré el reino encontrar.

   Me ilumina ir al sueño, y al ausente dar vida;
   despertaré para ser profeta en la ciudad.
   Llueve agua muy pura y exploro la oculta herida.

   En el libro, dentro y fuera, escribió la deidad;
   hoy pido al enviado que me enseñe su acogida.
   Quiero dar amor, y que brote fuerza, y verdad.

 
Soneto 6           Sacarse las máscaras

   La llave del abismo llegó desde un lucero;
   dejó salir langostas con realeza en la cara.
   Vigilé que todavía al árbol no dañara;
   alegría, confianza y ternura es lo que espero.

   Apareció un negro corcel y su caballero;
   lleva una balanza, y para el atrio me dio una vara.
   Discerniré cuál semilla es de una vida clara;
   para sembrar, venceré resistencias primero.

   Al niño que quiere vivir, Cristo lo ilumina,
   junto a mí en la montaña, desprende mi careta.
   Miro en mí la extensión de la creadora divina.

   Fluye en su cauce la nueva música violeta;
   amo esa fuente, la inagotable y cristalina.
   Lavo mis ropas para ir a la entrada secreta.

 
Soneto 7           La lucha con mi sombra

   Parezco vivir, pero con cosecha perdida.
   Mi oído abriré en busca de armonía valiosa
   para recordar lo antiguo, y recobrar la airosa,
   la dignidad blanca para el libro de la vida.

   Soy rama nueva y vengo de rama envejecida.
   Me cierra la pasada una bestia mentirosa;
   marca con Oro de Salomón al que la endiosa,
   el que ha sido borrado del libro de la vida.

   Me enfrento a las alas rojizas de la mujer,
   basura hay en su cáliz de oro, perla y cristales
   Miro en su rostro igual al mío un gran menester.

   Mi sombra se dobla en muros y vías formales.
   Será cautiva la que está sobre aguas de ayer,
   con ella han fornicado los reyes terrenales.

 
Soneto 8           La integración de la sombra

   Jesús milagroso legó un dorado corcel;
   su jinete listo, viene a matar a la muerte;
   no surtirá a un sector, para que el otro despierte.
   Con la ayuda de Ariadna llego a la oculta hiel.

   Me hace ver el desorden y la imagen infiel.
   La ciudad ha caído por un sismo muy fuerte;
   aborrecida hasta por el rey que la pervierte.
   Venid al juicio, sobre el agua que arde en la piel.

   Vendrá el inscrito en el libro, y el bestial sirviente.
   En la oscuridad del día busco un leve fuego;
   alumbro mi sombra y así comprendo a la gente.

   Al liberar mi anhelado sueño, me despliego;
   la maestra me señala como encontrar el puente,
   a vencer el miedo, las costumbres, y el apego.

 
Soneto 9           Descubrir el alma

   Se partió la ciudad con tormentas y temblor;
   cada uno de los muertos llegó a ser peregrino.
   Alguien viene, y me seduce su embuste dañino;
   Están los que esperan, y también el impostor.

   ¿Elegiré el amor celestial o el vano amor?
   Varón y dama siguen por el mismo camino;
   Con vida abierta busco cuándo di amor genuino,
   y cuánto fue el aprendizaje, y cuánta labor.

   He tenido paciencia pero viví hacia afuera.
   Miro el devenir y mi futuro imaginado.
   Esa maligna Jezabel ya no se tolera.

   Ser maestro desde mi ser, Jesús me lo ha enseñado,
   para que diera amor, y mi expresión construyera;
   con paso firme, llega el corazón renovado.

 
Soneto 10           Aceptar el alma

   Al abrirme a mirar en mi interior, vi el sagrario,
   y bajo él, los que bebieron agua dolorosa,
   pedían justicia, agitando una palma ansiosa.
   Se pusieron a orar con nuevo blanco vestuario.

   La ciudad nueva de cristal bajó del santuario
   ataviada para el novio, como bella esposa;
   cada calle y cada casa es diáfana y valiosa.
   Se midió la gran ciudad y su alto campanario.

   Muros de doce bases, con gemas de fundar;
   en cada uno una puerta, tres hacia cada oriente.
   Los inscritos en libro eterno podrán entrar.

   No vi el templo; Jesús pastor de luz es la fuente.
   Tierra y cielo nuevos, ya no está el antiguo mar.
   Cuando tenga sed, beberé del agua viviente.

 
Soneto 11           La crisis ególatra

   Me gustó tanto el saber, que me puse arrogante;
   mi ser está escondido tras mi cuerpo de león.
   Después que la vendimia vertió sangre al jarrón,
   con tibio actuar retorné a una ruina elegante.

   Bebí su vino, y vendí la ciudad a un mercante;
   esa que vistió de lujo, sin tener visión.
   Desnudo, subí los tres pisos de la mansión;
   ésta se destruyó hasta que un día se levante.

   El dolor me ha sacado de esa ciudad oscura.
   Ranas escupidas iniciaron la reyerta;
   se secó el río, y ahora es camino de aventura.

   Los de las naves están llorando en la cubierta.
   Buscaré el tesoro, con la blanca vestidura;
   la santa presencia que negué, llama a la puerta.

 
Soneto 12           Acceso a la sabiduría del espíritu

   Hubo un terremoto, y el sol se oscureció ayer,
   la luna fue sangre; y la estrella se vino al suelo;
   como un pergamino celeste, se enrolló el cielo;
   islas y montañas se empezaron a mover.

   Vi jinetes con voces de fogoso poder;
   no escuché ruido de molinos ni voz de anhelo.
   Débil e inocente, me escondí tras pétreo velo;
   que la prisión tenga candado no es menester.

   Un anciano con linterna se acerca al futuro;
   me muestra quien soy, y salgo del sepulcro mío;
   la sangre de Cristo me recorre sin apuro.

   Al alba desamarro a los niños, junto al río;
   descubro la armonía de su canto tan puro;
   un niño pone agua en su cáliz antes vacío.

 
Soneto 13           Encontrar el tesoro

   Anuncié la palabra, sin quedarme pasivo,
   y he honrado a aquel que abrió, para mí con bondad,
   la puerta que perdurará por la eternidad,
   para entrar al divino universo creativo.

   Desde una fuente pura, junto al vital olivo,
   fluye el agua viva, venida de la verdad.
   Recibiré los nombres de la nueva ciudad;
   ya no tendré sed y seré pilar decisivo.

   Estoy sobre un firme mar de luz y calidez,
   junto a otros, cantando una alabanza diferente,
   canto de cielo y tierra me enlaza a la niñez.

   La princesa que danza se nutre de la fuente;
   ya no tengo lámpara; Dios me da lucidez.
   He retornado al divino y venturoso ambiente.

 
Soneto 14           Unificación integradora

   Subí a desatar el pie oscilante de la traba,
   y como un loco salgo a buscar lo original.
   Aunque no entiendan, mi destino es verdad cabal;
   preciso encontrar el mensaje que yo guardaba.

   Hubo silencio en el templo al abrirse la aldaba,
   y así dejar el paso al anuncio celestial,
   y llegue al incensario la fuerza espiritual,
   para renacer sumando lo que oculto estaba.

   La esposa del Cordero ya luce el áureo manto
   de las acciones justas que abatieron mi mundo;
   doce y doce ancianos son ahora del reino santo.

   Multitud que alaba, en fragor de río fecundo,
   al que es, que era y ha de venir, se eleva el canto.
   Grato es tener, de la vida, el motivo profundo.

   

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