ARISTODEMO                    Un lugar literario
Unos sucesos ocultos         Gonzalo Rodas Sarmiento

  Roswell

   Cuando salimos de Ganímedes, hace ya muchos meses, teníamos gran entusiasmo. Todavía nos dura, a pesar del cansancio que significa estar encerrados en una nave de las pequeñas. Con mi esposa Arnelda evocamos aquellas lejanas noches de Júpiter menguante, que pasamos junto al mar.
    Además de nosotros viene, en esta misma misión, otro matrimonio, recordando también sus momentos románticos.
   Tratándose de un viaje tan largo, así resulta mejor, teniendo en cuenta que los cuatro tripulantes nos hemos graduado en Ingeniería Espacial y, además, somos pilotos capacitados.
   Esta nave funciona sola, programada, pero igual nos turnamos para mirar los instrumentos, y poder detectar alguna anormalidad, y también para saber donde nos encontramos en cada momento.
   A ratos, conversamos respecto a la misión que tenemos. Se nos encomendó venir al planeta Helios-3 que ha cometido la aberración de detonar una bomba nuclear. Hay peligro de que desestabilicen la órbita de algún planeta del sistema estelar si insisten con esto, además de destruir el suyo propio. Es necesario investigar qué se puede hacer para evitarlo.
   También conversamos muchas otras cosas, incluso hasta de religión. O sea, de la nuestra en comparación a la de los habitantes de Helios-3. Ésta nos fue enseñada antes de venir. No es la única religión del planeta al cual vamos, pero es la que profesan las personas con las que tendremos que interactuar, eventualmente. Pues bien, nuestro símbolo religioso es una elipse con una línea oblicua, pues esa forma tenía el instrumento de tortura en que mataron al Salvador, el hijo de Dios encarnado. En el planeta Helios-3 el signo es una cruz. Las historias se parecen mucho. Una diferencia notable es que en el planeta al que estamos yendo el Salvador tuvo doce apóstoles, todos hombres, mientras que en nuestro planeta tuvo sólo nueve apóstoles, cinco hombres y cuatro mujeres. Hablamos de por qué fue así, y hacemos bromas con eso. Al final, estuvimos de acuerdo en que las cosas se dieron así porque se trata de realidades diferentes.
   Ahora me ha tocado el turno, así que estoy en el sillón de mando, pendiente de cada paso que da la nave. Y es por eso que me estoy dando cuenta de que se produjo algo extraño en la máquina. Los computadores no se ponen de acuerdo en cuanto si falló o no un propulsor. Al parecer, la dificultad es más generalizada. Estamos atravesando una tormenta eléctrica en la atmósfera a la cual entramos hace poco rato, y parece que eso influyó en las fuentes de poder, en cierto momento. Se perdió parte de la programación de uno de los computadores.
   Se enciende la alarma, y muy pronto llegan los demás, asustados. Se sientan en sus sillones, y todos nos ajustamos los cinturones de seguridad.
   -Trataré de poner fuera de circuito el computador fallado -explico, pues pienso que eso es lo que conviene- es sólo por un rato para poder reiniciarlo.
   Lo estoy intentando, pero la máquina no me obedece. Así las cosas, no nos queda más que dirigir la nave hacia afuera y quedar en órbita por unos días hasta que podamos solucionar la falla. Se los digo a los demás.
   -Podemos volver cuando mejore el tiempo -comenta la mujer de mi compañero.
   Mientras tanto, en una pequeña fracción de tiempo, alcanzo a pensar en todas las cosas que podrían ocurrir. Me imagino que, si esto termina en desastre, los tecnólogos de Helios-3 copiarán los adelantos que observen en nuestra nave, y que ellos aún no tienen. En especial, descubrirán la fibra óptica, que les será absolutamente novedosa. En cuanto a los otros adelantos, podrán dar buenos pasos, aunque algo han avanzado ya, por ejemplo en semiconductores, en chaleco anti-balas y en rayo laser. De todo esto tuve información antes de venir.
   Intento cambiarle el rumbo a la nave, según lo pensado y que ya conversé con los demás. No me resulta, por más empeño que le pongo. Creo que el sistema perdió su inteligencia, y así no es fácil maniobrar.
   La nave acaba de chocar con el suelo. Casi se podría decir que con relativa suavidad. Así me ha parecido, pero quedamos muy golpeados. Parece que estamos sobreviviendo al accidente. Sin embargo, ha ocurrido lo peor. A causa de la rotura de la proa, nuestro aire se contaminó con el nitrógeno del exterior. Y nadie está en condiciones de ir a buscar las máscaras. Trato de hacerlo, arrastrándome como puedo...