ARISTODEMO                    Un lugar literario
Unos sucesos ocultos         Gonzalo Rodas Sarmiento

 
   a) USA

Roswell

   Cuando salimos de Ganímedes, hace ya muchos meses, teníamos gran entusiasmo. Todavía nos dura, a pesar del cansancio que significa estar encerrados en una nave de las pequeñas. Con mi esposa Arnelda evocamos aquellas lejanas noches de Júpiter menguante, que pasamos junto al mar.
    Además de nosotros viene, en esta misma misión, otro matrimonio, recordando también sus momentos románticos.
   Tratándose de un viaje tan largo, así resulta mejor, teniendo en cuenta que los cuatro tripulantes nos hemos graduado en Ingeniería Espacial y, además, somos pilotos capacitados.
   Esta nave funciona sola, programada, pero igual nos turnamos para mirar los instrumentos, y poder detectar alguna anormalidad, y también para saber donde nos encontramos en cada momento.
   A ratos, conversamos respecto a la misión que tenemos. Se nos encomendó venir al planeta Helios-3 que ha cometido la aberración de detonar una bomba nuclear. Hay peligro de que desestabilicen la órbita de algún planeta del sistema estelar si insisten con esto, además de destruir el suyo propio. Es necesario investigar qué se puede hacer para evitarlo.
   También conversamos muchas otras cosas, incluso hasta de religión. O sea, de la nuestra en comparación a la de los habitantes de Helios-3. Ésta nos fue enseñada antes de venir. No es la única religión del planeta al cual vamos, pero es la que profesan las personas con las que tendremos que interactuar, eventualmente. Pues bien, nuestro símbolo religioso es una elipse con una línea oblicua, pues esa forma tenía el instrumento de tortura en que mataron al Salvador, el hijo de Dios encarnado. En el planeta Helios-3 el signo es una cruz. Las historias se parecen mucho. Una diferencia notable es que en el planeta al que estamos yendo el Salvador tuvo doce apóstoles, todos hombres, mientras que en nuestro planeta tuvo sólo nueve apóstoles, cinco hombres y cuatro mujeres. Hablamos de por qué fue así, y hacemos bromas con eso. Al final, estuvimos de acuerdo en que las cosas se dieron así porque se trata de realidades diferentes.
   Ahora me ha tocado el turno, así que estoy en el sillón de mando, pendiente de cada paso que da la nave. Y es por eso que me estoy dando cuenta de que se produjo algo extraño en la máquina. Los computadores no se ponen de acuerdo en cuanto si falló o no un propulsor. Al parecer, la dificultad es más generalizada. Estamos atravesando una tormenta eléctrica en la atmósfera a la cual entramos hace poco rato, y parece que eso influyó en las fuentes de poder, en cierto momento. Se perdió parte de la programación de uno de los computadores.
   Se enciende la alarma, y muy pronto llegan los demás, asustados. Se sientan en sus sillones, y todos nos ajustamos los cinturones de seguridad.
   -Trataré de poner fuera de circuito el computador fallado -explico, pues pienso que eso es lo que conviene- es sólo por un rato para poder reiniciarlo.
   Lo estoy intentando, pero la máquina no me obedece. Así las cosas, no nos queda más que dirigir la nave hacia afuera y quedar en órbita por unos días hasta que podamos solucionar la falla. Se los digo a los demás.
   -Podemos volver cuando mejore el tiempo -comenta la mujer de mi compañero.
   Mientras tanto, en una pequeña fracción de tiempo, alcanzo a pensar en todas las cosas que podrían ocurrir. Me imagino que, si esto termina en desastre, los tecnólogos de Helios-3 copiarán los adelantos que observen en nuestra nave, y que ellos aún no tienen. En especial, descubrirán la fibra óptica, que les será absolutamente novedosa. En cuanto a los otros adelantos, podrán dar buenos pasos, aunque algo han avanzado ya, por ejemplo en semiconductores, en chaleco anti-balas y en rayo laser. De todo esto tuve información antes de venir.
   Intento cambiarle el rumbo a la nave, según lo pensado y que ya conversé con los demás. No me resulta, por más empeño que le pongo. Creo que el sistema perdió su inteligencia, y así no es fácil maniobrar.
   La nave acaba de chocar con el suelo. Casi se podría decir que con relativa suavidad. Así me ha parecido, pero quedamos muy golpeados. Parece que estamos sobreviviendo al accidente. Sin embargo, ha ocurrido lo peor. A causa de la rotura de la proa, nuestro aire se contaminó con el nitrógeno del exterior. Y nadie está en condiciones de ir a buscar las máscaras. Trato de hacerlo, arrastrándome como puedo...


  Casi pierdo el avión

   Llegué tan atrasado al aeropuerto, que casi perdí el avión. Alcancé a subirme de pura suerte, cuando ya empezaban a retirar la manga. Sentí un gran alivio cuando ocupé mi asiento, hace ya un rato, y aun trato de relajarme.
   Debe hacer unos veinte minutos que el avión despegó. Ya estoy más tranquilo. Las dificultades quedaron atrás. Tomo mi pequeño teléfono y marco el número de mi casa, para contarle a mi mujer que ya estoy en camino y que pronto estaré con ella.
   -Hola mi amor -alcanzo a decirle, mientras ella me habla a torrentes. Me está contando que un avión se acaba de estrellar contra una de las torres gemelas de nuestra ciudad natal.
   -Habrá sido un accidente -le digo, sin dejar de pensar que yo mismo estoy en pleno vuelo, en este preciso instante.
   -No creo, porque estoy viendo el . . . televisor . . .
   -¿Qué pasa, Lucía, que no hablas?
   -¡Oh, no! -le escucho gritar-. No lo puedo creer. Otro avión, . . . contra la otra torre.
   -Entonces son secuestros -atino a decir, alarmado, y bajo la voz, porque en este momento dos tipos se están parando de su asiento, esgrimiendo cortaplumas. En una fracción de segundo, mi mente toma nota de estar viviendo momentos finales. Me salta el corazón. Alcanzo a comprender por qué el destino me quería sacar de este vuelo, y yo el porfiado, no me dejé salvar. Le relato a Lucía lo que está pasando. Reconozco que estoy asustado. No es para menos.
   -Te quiero, Lucía -alcanzo a gritar por el celular, cuando un tipo me lo está quitando. No hallo cómo decirles a los demás pasajeros que este asunto va en serio y que tenemos que jugarnos porque ya no nos queda nada que perder.
   La voz me sale apenas. A nadie le interesa lo que yo pueda decir. Están todos paralogizados.
   Nunca fui peleador, ni siquiera en el colegio, pero esta vez va a ser la primera. Y la última. Le pego al tipo, con la mano empuñada, y me duele más a mí que a él. En un esfuerzo de locura logro quitarle el cortaplumas y darle una estocada en el vientre. No recuerdo nada más. Me parece que el tiempo se ha detenido. Ya no estoy en condiciones de hacer nada por impedir lo inevitable. Solamente evoco escenas que no sé si ocurrieron recién o hace ya mucho rato. O quizás, aún están por suceder. Fueron dos los cuchillos que me clavaron, no sé si antes o después que abandoné mi cuerpo. Me voy hacia la parte alta de la nave, mientras mi cuerpo cae al suelo.
   Ahora estoy afuera del avión. Quisiera tomarlo con mis manos, pero me está vedado. Mientras camino por el aire, lo veo estrellarse a lo lejos, cerca de la carretera. Ningún ruido llega hasta mí. Sólo una brisa gris que me arrastra suavemente.

 

   b) Chile


  La Moneda 1973

   Olivares

   Podría pensarse que soy solamente el director del canal de TV nacional. Sin embargo, creo ser más que eso. Allende venía a mi casa casi todos los sábados y conversábamos por horas, planificando.
   El último sábado nos reunimos, varios, con el Presidente. Elaboramos un llamado a plebiscito, para ser anunciado por cadena nacional a comienzos de esta semana. Con la finalidad clara de ver si este gobierno tenía que continuar o no. Nada de eso se alcanzó a hacer, talvez porque Allende confiaba en Pinochet, quien le pidió postergar el anuncio hasta el miércoles.
   Anoche cené en mi casa con mi esposa Mirella. Me despedí de ella con mucha ternura. No estaba seguro si acaso la volvería a ver.
   Después me fui a Tomás Moro a reunirme con el Presidente. El asunto ya estaba color de hormiga.
   Hoy, martes 11, llegamos muy temprano a La Moneda.
   No sé por qué me dio por recordar cosas. Mis inicios como reportero de La Tercera... Se me vino a la mente la imagen de mi suegro, Mariano Latorre, un gran escritor..., tenía en su casa varias piezas con estantes de libros. Y tantos otros recuerdos...
   Llegaron también al palacio algunos ministros, otros periodistas y varios médicos, además de la guardia personal. Vivimos los primeros cuartos de hora de la mañana en clima de reuniones de emergencia.
   En una de esas reuniones, alguien me dijo "Augusto". Entonces, me sentí muy molesto por tener el mismo nombre que el traidor golpista, así que respondí "No me digas Augusto. De hoy en adelante me llamo Perro, a secas". Todos rieron. Fue una salida que sirvió para distender el ambiente en ese momento tan dramático.
   Hablamos también de lo que se estaba quedando sin hacer. Por ejemplo, justicia en el caso del asesinato de un trabajador en Concepción, perpetrado por el gringo de "Patria y Libertad", cuando decidió robarse el equipo de comunicaciones, siendo que las instrucciones que le habían dado sus jefes eran sólo de silenciarlo.
   En algún momento de esta mañana, Allende me dijo "Vamos a morir... Puedes retirarte, si quieres...". Le respondí "Salvador, no me ofendas... Yo también moriré". De hecho, yo tenía clarísimo que mi lugar era junto al Presidente, y que esta situación no tenía más salida que la muerte.
   Un poco más tarde llegaron las hijas de Salvador. Yo llamé por teléfono a Mirella. Traté de explicarle que la situación estaba muy crítica.
   También los edecanes llegaron, transformados en mensajeros del golpista Pinochet, instándonos a hacer abandono del palacio presidencial. Y que Allende iba a ser llevado al aeropuerto pues estaba siendo expulsado del país.
   -Es inútil resistir -alcanzaron a decir antes de que el Presidente los invitara a retirarse.
   Allende me pidió disponerle un canal de comunicación con Radio Magallanes, la única que quedaba en funcionamiento. Con el Negro Jorquera establecimos el contacto fácilmente. Eso sí, uno de los cables coaxiales no estaba muy bueno y tuve que sujetarlo con la mano para que el Presidente pudiera dar su discurso sin problemas. Fueron palabras de despedida, llenas de contenido, a tal punto, que se me saltaron las lágrimas, por la emoción del momento.
   -¿Estás llorando, Perro? -me dijo Salvador, después que terminó su discurso de despedida por Radio Magallanes.
   -¿Acaso lo que estamos viviendo no es para llorar?
   Entonces empezaron a atacar La Moneda con cañones.
   Pinochet anunció que iba a bombardear el palacio presidencial desde el aire a las 11:00. No creí que cometerían tamaña brutalidad. Por algún motivo, después el bombardeo se postergó para las 12:00, lo cual apoyaba mi opinión de que se trataba de una bravata solamente. En todo caso, sirvió para que las mujeres accedieran a salir de La Moneda, como Allende se los exigía con gran esfuerzo.
   Después de la salida de las mujeres, nos cayeron bombas lacrimógenas intentando que saliéramos. Era terrible. Menos mal que teníamos algunas máscaras anti-gases, y las turnábamos.
   Fue horrible. Se me cortaba la respiración, y la corrosión en la garganta era feroz.
   No salimos.
   Y empezó el bombardeo.
   En una de ésas caí al suelo, y me pareció perder el conocimiento.
   "Quiero a mi mamá" es una frase que escuché muchas veces cuando niño. Ante cualquier dificultad mayúscula, yo nunca había podido decirla, pues mi madre murió cuando yo tenía dos meses. Hoy pude pensarla, pero sólo para mis adentros.
   La bandera sigue en el tope del palacio, y ya está quemándose. Después de la tercera bomba, yo ya no sabía qué estaba pasando y qué no pasaba. El aire era irrespirable.
   Creo que me salí del cuerpo.

   AK-47

   Soy un fusil. Y por eso, según me hicieron, soy demasiado directo, obediente y sin mucha diplomacia, además de olvidadizo.
   Mi primer recuerdo es cuando un gobernante de una isla del Caribe me tomó en sus manos y me convirtió en un regalo. Pasé a otras manos, las de un revolucionario pacífico de un largo y angosto país en el sur del mundo.
   Después de eso, lo que recuerdo de mí es que estuve guardado por mucho tiempo, hasta que un día, el revolucionario pacífico, convertido en Presidente batallador, me dijo:
   -Ven. Te necesitaré por primera y última vez en mi vida.
   Tengo un poco borrado lo que pasó esa mañana en el palacio. Vi cómo el Presidente lloraba a un fiel amigo recién muerto.
   -No era un hombre de guerra -dijeron unos, tosiendo.
   -Era un hombre de paz -dijeron otros, tosiendo.
   Todo esto, en medio de un humo denso.
   Cuando entraron los militares, se tomaron la primera planta rápidamente. Y pidieron a los de la segunda planta que bajaran ya que no tenían ninguna posibilidad de resistir. Casi todos bajaron y se entregaron. Fue Allende quien los instó a bajar. "Yo me quedo para el último", fue lo que dijo. También se quedaron los GAP. Antes, hubo un minuto de silencio por el Perro Olivares.
   Subieron los militares y fueron recibidos a balazos.
   Heroico fue el Presidente. También el general que dirigía a los militares fue muy valiente al enfrentar los disparos junto a sus hombres; un militar notable, que logró controlar una situación difícil. Algunos soldados murieron, también varios GAP.
   Lo que no olvidaré es mi desvirgamiento. Fui disparado por primera vez, y la bala rozó la mano del jefe de los militares.
   No me pregunten qué pasó después, porque fue todo muy confuso. Realmente, no supe de mí. Creo que estuve tirado en el piso.
   Cuando murió el Presidente, los GAP que aún estaban vivos se entregaron, pues ya no había nada más que defender.
   Lo que tampoco olvidaré es que otras manos me tomaron y me pusieron en posición vertical, parado en el suelo, afirmado entre las rodillas de un cadáver que estaba sentado. Era el cuerpo del Presidente. Alguien le había puesto una chaqueta impecable sobre su camisa con tierra y ensangrentada.
   No maté a Allende. De mí salió la bala del montaje. La que mató a un cadáver.
   Burdo montaje. Si realmente se hubiera tratado de un suicidio, yo habría saltado para cualquier lado. Me habrían encontrado a varios metros de distancia. Y no entre sus rodillas.

 

  Hombre de ninguna parte

   La de cosas que diré cuando pueda hablar nuevamente. En esa noche negra les dije de todo, hasta que uno de los proyectiles me impidió sacar las palabras. Mis insultos se quedaron flotando en el fondo de la quebrada, y no me los contestó sino mi propio eco.
   En el trayecto, en la espera, en la ejecución, y también antes, cuando me llevaban esposado a la cárcel de Tocopilla, yo, iluso, creía que se trataba de una equivocación y que todo iba a arreglarse. Es que no tenían de qué acusarme, y por más que buscaba en las capas geológicas de mi conciencia, no descubrí siquiera un atisbo de motivo. Para entonces, ya me consideraba un hombre hecho y derecho, a mis veinticinco años. Pero, ahora que miro desde aquí, lo veo todo tan distinto. Si yo era apenas un niño que recién se empinaba.
   -Ciudadano Segundo Flores -llamó el guardia. Sentí que me decía “ciudadano de segunda clase”. Y eso es lo que estaba siendo. De malas ganas acudí al llamado, sin imaginarme lo que vendría.
   Solamente el padre José me llamaba por mi nombre, Norton. Era el capellán de la prisión y trataba de inculcarme una resignación que jamás podrá entrar en mí. Me decía que me arrepintiera de mis pecados. No logré comprender esa manera suya de darnos ánimo.
   Cuando de niño jugaba con soldaditos de plomo, no imaginé que podían pasar cosas como éstas, y que con el plomo de los soldados me mandarían al otro mundo.
   Algún día despertaré de este largo sueño, bañado en sudor, aunque no todo en él ha sido pesadilla. También estoy soñando cosas bellas, al mirar desde una perspectiva diferente. Veo que todo lo que yo había venido a hacer a esta tierra, alguien lo está haciendo por mí, generosamente, a cambio de nada.
   Y pensar que mi vida fue derramada para lograr el detestable objetivo del tirano, de someter a su propia gente, llenándola de miedo, y endurecer a los que estaban siendo demasiado humanos.
   Vuelvo a la encrucijada. A ese instante que fue un final y un principio, en que mi vida se vio obligada a tomar el camino más lejano. Vuelvo a ese momento oscuro de luna menguante y ráfagas cobardes. Y me pregunto cómo sería todo hoy si el resultado del sorteo hubiera sido otro y yo no hubiera sido de esa partida. Habría sobrevivido a la masacre, y después de años de encierro y sufrimiento habría podido salir a la calle. No a mis amadas calles de Antofagasta o María Elena, sino a las calles de Europa, hablando en lenguaje extraño y criando hijos extranjeros. Hoy estaría de vuelta tratando de reconocer mi lugar, que ya no estaría en ninguna parte. No parece mucho lo que me estoy perdiendo. Pero, es mucho más que eso. Es el contacto corporal. Me han privado de tantos abrazos y besos, que yo habría tenido. Los han postergado para otra ocasión, de un futuro que no conozco.
   Al clamar justicia no estoy pidiendo volver a la vida, sino volver al prestigio, que me gané limpiamente, trabajando por el bienestar de los mineros. Sí. Aun puedo recuperar mi dignidad, pisoteada en la quebrada, esa noche, cuando el viento era el único alivio para el frío que sentí al bajar del vehículo, después de un camino interminable, donde alcancé a repasar mi vida entera, y vislumbré que ésta sería mi última noche despierto. Todas las noches que vinieron después y las que aun no han pasado, me las gastaré intentando gritar sin que la voz pueda salirme.
   Ya me puedo expresar de alguna manera. Escuchen lo que dice el viento de la pampa y lo que grita el abrumador silencio de las noches sin luna. Es ahí donde puedo inscribir mi testimonio. La de cosas que diré cuando pueda hablar nuevamente.

 
  

La Micro veintiuno

   Se demoró en pasar la veintiuno, la de la buena suerte. Ahora la tomo varias veces al día, yendo de un centro a otro, por todo Valparaíso y Viña. Es algo que ocurre desde que me quedé sin trabajo, hace diez meses.
   -A ti no más se te ocurre votar por Allende -me sacó en cara una vez mi esposa, airada.
   -A muchos más se les ocurrió -le respondí.
   -Me refiero a gente de la familia.
   Cierto, soy la única oveja grisácea de una familia convencional. No tengo remedio. Desde que me despidieron le estoy sacando punta al curriculum, y lo llevo en mi maletín, en varios ejemplares, además de fotos pequeñas, una corchetera, una perforadora, sobres chicos y grandes; toda una oficina ambulante, incluyendo lápices, hojas en blanco, escuadra, carpetas, cartas, talonario de boletas, goma, papel milimetrado y la regla de cálculo. Todo lo que necesita un ingeniero no establecido, excepto la mesa, que las hay por montones en los cafés.
   Mi vecino de asiento, un hombre de contextura gruesa y bigotes, trataba de conversarme, pero yo no estaba de ánimo, y me dediqué a mirar por la ventana. Un muchacho joven venía hacia la micro, como un desaforado. Nunca vi a alguien correr tan rápido. Cuando pasábamos por Alvarez con Ecuador logró subir sobrecorriendo, y le dijo al chofer:
   -Vámonos por favor, rápido.
   Dos perseguidores venían por la misma calle, uno de civil, cabello corto, y un suboficial de la Armada. Cuando casi lograban alcanzar la micro, se levantó el tipo que estaba a mi lado, sacó un revólver y obligó al chofer a detenerse. Mala suerte. Lo que menos se me habría ocurrido, que un desgraciado como ése perteneciera a eso que llaman “Inteligencia”.
   El fugitivo no se entregaba, aunque no tenía escapatoria. Dos balazos le dispararon cuando sus perseguidores lograron subir. Uno se le incrustó en el abdomen, y lo hizo botar mucha sangre. Sin embargo, trataba de mantenerse en pie, afirmado del fierro.
   El suboficial nos hizo bajar a todos. Se veía tan irritado que temí que nos diera un balazo a cada uno. Todos descendieron rápidamente por la puerta de atrás y desaparecieron. Yo me quedé para el final. No me resignaba a permanecer pasivo ante semejante escena. Tampoco me atrevía a enfrentar a tres hombres armados. Antes de bajar alcancé a escuchar el grito del detenido:
   -Me llamo Alberto Salazar Aguilera. Avisen a mis papás en Talcahuano.
   Se me quedó grabado su nombre hasta el día de hoy. Esa noche después de meterme a la cama, me vi de nuevo dentro de la micro. Esta vez, los asientos tenían rejas. Quise pegarle al tipo que iba a mi lado mostrándome su cara de fiera, pero mi brazo no me respondía. Por el pasillo de la micro pasaban hombres sangrando desde los puñales que tenían enterrados por el cuerpo. Todos decían “Me llamo Alberto Salazar Aguilera”. Desperté gritando. Le tuve que contar todo a mi mujer, que se asustó mucho, talvez demasiado. Más tarde, cuando me vio una lista de números que extraje de la guía de Concepción en la oficina telefónica, me dijo golpeadamente :
   -No te sigas metiendo en líos -desde que me mantiene, se siente con derecho a invadir mis decisiones y a decirme qué hacer. Y yo cada vez más, me siento un desperdicio de la sociedad, angustiado con cada puerta que se cierra. Igual, tomé el teléfono.
   -Un llamado a Talcahuano.
   Con cada una de las llamadas, ella se ponía más tensa. Y yo intentaba calmarla con explicaciones, mientras trataba de comunicarme.
   -¿La señora Aguilera de Salazar?
   -Equivocado.
   Hasta que una respuesta fue diferente:
   -Con ella.
   No supe cómo se lo dije. De la manera más atinada que pude. La que se echó a llorar fue mi mujer. Yo también estaba muy nervioso, pero no hallaba cómo reaccionar. No es fácil estar con los encarcelados si no es dentro de una prisión. Por lo menos, puedo estar con los que esperan sin saber qué, porque yo también espero lo mismo.


  Estamos aquí

   Los cuerpos dijeron “Estamos aquí”. Y ahí estaban, realmente. ¿Cómo pudieron decirlo si sus labios habían quedado sellados para siempre? Tampoco pudieron hacer ninguna seña, porque tenían sus brazos amarrados. Sin embargo, no sólo hablaron. Gritaron en todas direcciones:
   -¡Estamos aquí!
   Es como para creer en los milagros. Si el dictador los había ocultado para que no aparecieran nunca más.
   Los cuerpos dijeron “Estamos aquí”. Y lo dijeron con tal fuerza, que nadie pudo desconocerlo. Ni siquiera los encargados de administrar lo que quedaba de la justicia.
   Con mucha energía gritaron, en ese antiguo horno. No tardaron en ser encontrados, y llevados a identificar.
   Los cuerpos se mostraron con tanta seguridad en sí mismos, que al poco tiempo ya iban a ser devueltos a sus familiares para que los sepultaran dignamente, con nombre y apellido. Fue una proeza llegar hasta tal punto. Se empezó a preparar el templo para algo grandioso. Muchos deudos acudieron, desde temprano, para estar en la despedida.
   Pero, el dictador decidió otra cosa. Pisoteando sus propias estructuras precarias, volvió a desaparecer esos cuerpos que habían dicho “Estamos aquí”.
   El encuentro se llevó a cabo de todas maneras, y en un templo mucho más grande. Estaba repleto. Fue un funeral de cuerpos ausentes. Cantamos y lloramos, tomados de las manos, personas que nunca nos habíamos visto antes ni nos volvimos a ver después.
   Una sola cosa quedó de manifiesto. Se había llegado al momento más oscuro. De ahí en adelante, tenía que empezar a amanecer.

 
  

Despedida a María Paz

   He bajado a la tierra a buscar a una nueva alma que nos ha nacido. No es un alma cualquiera. No. Ella es una voz que clama justicia para los perseguidos. Ha estado sembrando durante toda su prehistoria terrestre.
   Los sacerdotes asesinados por un tirano han sido su propia causa. Es por eso que yo esperaba encontrarme acá con una verdadera procesión de presbíteros diciendo “Gracias, María Paz, porque alzaste tu voz en nuestra defensa”.
   Nada de eso estoy viendo. Veo gente solidaria, y también al sacerdote de turno que está embarcando a María Paz con una rapidez y una frialdad dignas de otras causas distintas. Es un cura, pero no conoce a Woodward ni a Alsina. Es un cura dietético, proporcionando dos cantos por el precio de uno, y apurando el padrenuestro más veloz que se ha escuchado jamás. Es un cura que envuelve la ceremonia en una capa protectora, como un preservativo. No vaya a ser cosa que alguien diga algo que alargue el trámite, con riesgo de contaminarlo de agradecimientos y saliva.
   Encuentro extraños a los humanos. Esta era la ocasión para que el gremio más sagrado justificara su investidura. Pero, no. María Paz ha de venirse así, sin más despedidas que los pañuelos distantes.

   

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