ARISTODEMO                    Un lugar literario
Unos sucesos ocultos         Gonzalo Rodas Sarmiento

  La Moneda 1973

   Olivares

    Podría pensarse que soy solamente el director del canal de TV nacional. Sin embargo, creo ser más que eso. Allende venía a mi casa casi todos los sábados y conversábamos por horas, planificando.
   El último sábado nos reunimos, varios, con el Presidente. Elaboramos un llamado a plebiscito, para ser anunciado por cadena nacional a comienzos de esta semana. Con la finalidad clara de ver si este gobierno tenía que continuar o no. Nada de eso se alcanzó a hacer, talvez porque Allende confiaba en Pinochet, quien le pidió postergar el anuncio hasta el miércoles.
   Anoche cené en mi casa con mi esposa Mirella. Me despedí de ella con mucha ternura. No estaba seguro si acaso la volvería a ver.
   Después me fui a Tomás Moro a reunirme con el Presidente. El asunto ya estaba color de hormiga.
   Hoy, martes 11, llegamos muy temprano a La Moneda.
   No sé por qué me dio por recordar cosas. Mis inicios como reportero de La Tercera... Se me vino a la mente la imagen de mi suegro, Mariano Latorre, un gran escritor..., tenía en su casa varias piezas con estantes de libros. Y tantos otros recuerdos...
   Llegaron también al palacio algunos ministros, otros periodistas y varios médicos, además de la guardia personal. Vivimos los primeros cuartos de hora de la mañana en clima de reuniones de emergencia.
   En una de esas reuniones, alguien me dijo "Augusto". Entonces, me sentí muy molesto por tener el mismo nombre que el traidor golpista, así que respondí "No me digas Augusto. De hoy en adelante me llamo Perro, a secas". Todos rieron. Fue una salida que sirvió para distender el ambiente en ese momento tan dramático.
   Hablamos también de lo que se estaba quedando sin hacer. Por ejemplo, justicia en el caso del asesinato de un trabajador en Concepción, perpetrado por el gringo de "Patria y Libertad", cuando decidió robarse el equipo de comunicaciones, siendo que las instrucciones que le habían dado sus jefes eran sólo de silenciarlo.
   En algún momento de esta mañana, Allende me dijo "Vamos a morir... Puedes retirarte, si quieres...". Le respondí "Salvador, no me ofendas... Yo también moriré". De hecho, yo tenía clarísimo que mi lugar era junto al Presidente, y que esta situación no tenía más salida que la muerte.
   Un poco más tarde llegaron las hijas de Salvador. Yo llamé por teléfono a Mirella. Traté de explicarle que la situación estaba muy crítica.
   También los edecanes llegaron, transformados en mensajeros del golpista Pinochet, instándonos a hacer abandono del palacio presidencial. Y que Allende iba a ser llevado al aeropuerto pues estaba siendo expulsado del país.
   -Es inútil resistir -alcanzaron a decir antes de que el Presidente los invitara a retirarse.
   Allende me pidió disponerle un canal de comunicación con Radio Magallanes, la única que quedaba en funcionamiento. Con el Negro Jorquera establecimos el contacto fácilmente. Eso sí, uno de los cables coaxiales no estaba muy bueno y tuve que sujetarlo con la mano para que el Presidente pudiera dar su discurso sin problemas. Fueron palabras de despedida, llenas de contenido, a tal punto, que se me saltaron las lágrimas, por la emoción del momento.
   -¿Estás llorando, Perro? -me dijo Salvador, después que terminó su discurso de despedida por Radio Magallanes.
   -¿Acaso lo que estamos viviendo no es para llorar?
   Entonces empezaron a atacar La Moneda con cañones.
   Pinochet anunció que iba a bombardear el palacio presidencial desde el aire a las 11:00. No creí que cometerían tamaña brutalidad. Por algún motivo, después el bombardeo se postergó para las 12:00, lo cual apoyaba mi opinión de que se trataba de una bravata solamente. En todo caso, sirvió para que las mujeres accedieran a salir de La Moneda, como Allende se los exigía con gran esfuerzo.
   Después de la salida de las mujeres, nos cayeron bombas lacrimógenas intentando que saliéramos. Era terrible. Menos mal que teníamos algunas máscaras anti-gases, y las turnábamos.
   Fue horrible. Se me cortaba la respiración, y la corrosión en la garganta era feroz.
   No salimos.
   Y empezó el bombardeo.
   En una de ésas caí al suelo, y me pareció perder el conocimiento.
   "Quiero a mi mamá" es una frase que escuché muchas veces cuando niño. Ante cualquier dificultad mayúscula, yo nunca había podido decirla, pues mi madre murió cuando yo tenía dos meses. Hoy pude pensarla, pero sólo para mis adentros.
   La bandera sigue en el tope del palacio, y ya está quemándose. Después de la tercera bomba, yo ya no sabía qué estaba pasando y qué no pasaba. El aire era irrespirable.
   Creo que me salí del cuerpo.

   AK-47

   Soy un fusil. Y por eso, según me hicieron, soy demasiado directo, obediente y sin mucha diplomacia, además de olvidadizo.
   Mi primer recuerdo es cuando un gobernante de una isla del Caribe me tomó en sus manos y me convirtió en un regalo. Pasé a otras manos, las de un revolucionario pacífico de un largo y angosto país en el sur del mundo.
   Después de eso, lo que recuerdo de mí es que estuve guardado por mucho tiempo, hasta que un día, el revolucionario pacífico, convertido en Presidente batallador, me dijo:
   -Ven. Te necesitaré por primera y última vez en mi vida.
   Tengo un poco borrado lo que pasó esa mañana en el palacio. Vi cómo el Presidente lloraba a un fiel amigo recién muerto.
   -No era un hombre de guerra -dijeron unos, tosiendo.
   -Era un hombre de paz -dijeron otros, tosiendo.
   Todo esto, en medio de un humo denso.
   Cuando entraron los militares, se tomaron la primera planta rápidamente. Y pidieron a los de la segunda planta que bajaran ya que no tenían ninguna posibilidad de resistir. Casi todos bajaron y se entregaron. Fue Allende quien los instó a bajar. "Yo me quedo para el último", fue lo que dijo. También se quedaron los GAP. Antes, hubo un minuto de silencio por el Perro Olivares.
   Subieron los militares y fueron recibidos a balazos.
   Heroico fue el Presidente. También el general que dirigía a los militares fue muy valiente al enfrentar los disparos junto a sus hombres; un militar notable, que logró controlar una situación difícil. Algunos soldados murieron, también varios GAP.
   Lo que no olvidaré es mi desvirgamiento. Fui disparado por primera vez, y la bala rozó la mano del jefe de los militares.
   No me pregunten qué pasó después, porque fue todo muy confuso. Realmente, no supe de mí. Creo que estuve tirado en el piso.
   Cuando murió el Presidente, los GAP que aún estaban vivos se entregaron, pues ya no había nada más que defender.
   Lo que tampoco olvidaré es que otras manos me tomaron y me pusieron en posición vertical, parado en el suelo, afirmado entre las rodillas de un cadáver que estaba sentado. Era el cuerpo del Presidente. Alguien le había puesto una chaqueta impecable sobre su camisa con tierra y ensangrentada.
   No maté a Allende. De mí salió la bala del montaje. La que mató a un cadáver.
   Burdo montaje. Si realmente se hubiera tratado de un suicidio, yo habría saltado para cualquier lado. Me habrían encontrado a varios metros de distancia. Y no entre sus rodillas.