ARISTODEMO                    Un lugar literario
del libro "Atisbando los misterios"        Gonzalo Rodas Sarmiento

  Audacia invisible

  Añoranzas

   Habiendo venido el ocaso
   me pongo a escribir una historia,
   distinta al estilo avezado;
   será en paz en vez de discordia.

   No son combates ni contiendas
   lo que pretendo encontrar,
   sino admirables finas perlas
   que algún día iluminarán.

   Soy un buscador de añoranzas
   transparentes como un cristal,
   sumergidas en nubes blancas,
   pequeños mundos de verdad.

   Mis preguntas están conmigo
   dando vueltas alrededor,
   formando cúmulos o cirros,
   pidiendo al árbol su opinión.

   Escucho la historia del árbol
   puesta en su corteza perenne;
   y a los pajaritos cantando
   la alegría de su presente.

   Oigo a la amiga sensación
   debajo de la oscuridad,
   nace victorioso el color
   desde la oculta claridad.

   Y cuando comienza mi actuar
   no puedo seguir en butaca,
   voy a un ignorado lugar,
   llevando brújula y el mapa.

   Quisiera saber cómo ha sido
   aquello que recuerdo apenas
   son escenarios escondidos
   entre las luces y tinieblas.

   Espero encontrar algún rastro
   en la bocina de los trenes
   y en la voz de los campanarios
   cuando están llamando a la gente.

   Durante la remota infancia
   busqué algún marco verdadero;
   la iglesia griega en la otra cuadra
   desbordando nubes de incienso;

   Decido atender los mensajes
   ocultos en miles de nubes;
   la música envía las llaves
   de abrir unos viejos baúles.

   El estilo que tiene el pueblo,
   y también su modo de ser
   está grabado en sus paseos
   y en la antigua estación del tren.

   De las bellezas el sendero
   tiene su música bemol,
   con hojas secas en el suelo,
   y bonita puesta de sol.

   Las vías están ahí mismo,
   en algunas hay más viajeros;
   avanzo por muchos caminos,
   todos ellos al mismo tiempo.

   La primera casa del pueblo,
   tan bella como descuidada,
   triste soledad padeciendo,
   pide a gritos ser visitada.

   Al ver la puerta me asombré,
   fue mi casa en tiempos antiguos;
   subí a un oscuro nivel
   en peldaños entristecidos.

   Todo era lleno de tristeza,
   desde la escala a los pasillos,
   las habitaciones desiertas,
   anaquel de libros antiguos.


  Leer y escribir

   No quise estudiar utensilios,
   ni las piedras ni los caudales;
   opté por campos nunca vistos,
   con radio viviente en el aire.

   Son estos campos un trayecto,
   la vía de las figuras tenues,
   imanes que nos llevan lejos
   en veloces instantes breves.

   También recibo los mensajes
   que con levedad me susurran,
   provienen de bellos lugares
   para gritar desde la altura.

   Algunas personas declaran
   que si no lo vieron no existe;
   es una moción muy liviana,
   yo quiero explorar lo invisible.

   Tendré una mirada profunda
   con los ojos de bellas hadas,
   descubriendo verdad oculta
   lejos de la sapiencia vana.

   Me dirijo a la biblioteca,
   la del saber universal;
   el mago Melchor me aconseja
   en cual estante he de buscar.

   El libro sobre mi persona
   tiene sus páginas vacías,
   que se presentan misteriosas,
   contienen mágicas semillas.

   Perpetuas creaciones se encuentran
   dentro de sometidas cajas
   bajo las elegantes mesas,
   no queriendo ser olvidadas.

   Amo un libro cuando lo leo,
   mirando en cada personaje
   como si ellos fueran espejos,
   para así poder encontrarme.

   Escribo de mis personajes,
   así los doy a conocer,
   quiero que puedan expresarse,
   y conocerlos yo también.

   Permito que hable mi caballo,
   y el lápiz diga lo que piensa;
   también yo mismo estaré hablando
   en rol de estante o de una mesa.

   Por largo tiempo busqué el libro
   que siempre había querido leer;
   encontré que aún no ha sido escrito;
   entonces, yo lo escribiré.

   Llevo mis ojos a la cima
   de cada dominante cerro,
   también la pequeña colina
   en que se esconde el monasterio.

   Mientras subo con mi plegaria,
   vibro con los cantos antiguos
   que todavía se desplazan
   entre los olmos del camino.

   Sublimes sueños me presentan
   personas de túnicas blancas;
   vienen a tocar a mi puerta,
   ponen sus mensajes en casa.

   De tanto empezar el sendero,
   demasiado lejos de todo,
   he malogrado mucho tiempo
   en lugares que no conozco.

   Si el reloj está muy extraño,
   simulando ser lo que no es,
   o si salta hora en breve lapso,
   asumo que sueño otra vez.


  El tiempo relativo

   En improvisado velero
   Por lunas del lago venía
   para conocer sus secretos
   desde el agua llega la vida.

   Lindos y breves arreboles,
   de preciosa manera anuncian
   con sus gestos y sus colores,
   que se viene la noche oscura.

   En la fiel biblioteca viva
   del bazar de los locos sueños
   leo páginas de mi vida;
   en estantes se guarda el tiempo.

   Nunca olvido ciertas vivencias
   aunque hubieran sido triviales,
   son tenaces y siempre intentan
   entregarme un vivo mensaje.

   Escenas antiguas que hoy vivo,
   tienen vigor en mis recuerdos,
   como cartas de medio siglo
   que recién llegan, justo a tiempo.

   En cada empedrado sendero,
   el principio y el buen final
   enlazan su infinito tiempo
   como un eterno regresar.

   Lo que en el Futuro comienza,
   pasa el Presente muy ligero,
   y después de mucho, se queda
   junto a los pasados recuerdos.

   En breve y fugaz recorrido
   mirando feliz la ventana;
   me fue dado ser acogido
   en mi antiguo barrio de infancia.

   A mi yo niño pude hablarle,
   le di las gracias por su actuar,
   consiguió contento empinarme
   entre tanta dificultad.

   Casi recuerdo haber estado
   en distinta escala de tiempo
   con niños tenues conversando
   de lo esencial que llevo dentro.

   En presencia de niños leves
   miré en revisión de mi vida,
   en grato universo celeste,
   después de mis últimos días.

   Desde qué remoto lugar
   salí en un día muy distante,
   y he venido al mundo real
   tan distinto y tan arrogante.

   En la historia busco y encuentro
   algún personaje perenne;
   miro en ese mágico espejo,
   descubro mi actitud pendiente.

   Agradecí al samaritano,
   conversé con el sembrador;
   y al gran banquete me invitaron,
   la cena del reino de Dios.

   Dediqué mi vida a sembrar
   y aprender a mirar lo eterno,
   buscar el vivo manantial
   queriendo escuchar el silencio.

   Un día veré lo invisible
   y antes sentiré su presencia,
   dejando que pueda estar libre
   la fuente de la vida plena.

   Y así concluye esta memoria
   destinada a ser inconclusa;
   si bien se completa una historia,
   no terminará la aventura.